Introducción a la vida devota. Quinta parte, capítulo 03

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Francisco de SalesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Francisco de Sales · Año publicación original: 1604.
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San Francisco de Sales

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CAPÍTULO III

DEL EXAMEN DE NUESTRA ALMA SOBRE EL AVANCE EN LA VIDA DEVOTA

Este segundo punto del ejercicio es un poco largo, y es mi parecer que, para practicarlo, no se requiere hacerlo todo de una vez, sino por partes, por ejemplo, examinando ora el propio comportamiento con Dios, ora lo une hace referencia a ti mismo, ora lo que atañe a tus relaciones con el prójimo, ora considerando tus pasiones. No es necesario ni conveniente que lo hagas de rodillas, excepción hecha del comienzo y del fin, cuando se producen los afectos. Los otros puntos del examen puedes hacerlos, con provecho, paseando, y aun más útilmente en la cama, si puedes estar en ella sin adormecerte y bien desvelada; mas, para hacer eso, es menester haberlos leído antes. Es, no obstante, necesario hacer todo este segundo punto en tres días y dos noches, tomando de cada día y de cada noche alguna hora, es decir, algún tiempo, según te sea posible; porque, si este ejercicio se hiciese a intervalos muy distantes, perdería su eficacia e impresionaría muy débilmente. Después de cada punto del examen, verás si has faltado y en qué faltas has incurrido, y cuáles son los movimientos más notables que has sentido, al objeto de manifestarlo, para tomar consejo, resolución y ánimo. Aunque no es necesario que los días en los cuales hagas éste y los demás ejercicios te apartes del trato de la gente, conviene, empero, procurarlo algún tanto, sobre todo, hacia el atardecer, para que puedas acostarte más temprano y tener el reposo de cuerpo y de espíritu que se requiere para la consideración. También conviene dirigir, durante el día, frecuentes aspiraciones a Dios, a la Santísima Virgen, a los ángeles y a toda la corte celestial; importa también mucho hacerlo todo con un corazón enamorado de Dios y de la perfección de tu alma.

Así, pues, para comenzar bien este examen: 1. Ponte en la presencia de Dios. 2. Invoca el Espíritu Santo, pidiéndole luz y claridad, para que puedas conocerle bien, como San Agustín, que exclama delante de Dios: «¡Oh Señor, conózcame a mí, conózcate a Ti!»; y San Francisco, que preguntaba a Dios, diciendo: «¿Quién eres Tú y quién soy yo?» Declara que no quieres conocer tus progresos sino para alegrarte en Dios; no para glorificarte, sino para glorificar a Dios y darle las gracias. 3. Asegura que, si, como crees, descubres que has aprovechado poco, o bien que has retrocedido, de ninguna manera querrás abatirte por ello ni enfriarte por ninguna clase de desaliento o relajación de ánimo, sino que, al contrario, querrás alentarte y animarte más, humillarte y poner remedio a tus defectos, con el auxilio de la gracia de Dios.

Hecho esto, considerarás despacio y tranquilamente cómo, hasta la hora presente, te has portado con Dios, con el prójimo y contigo misma.

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