Intercesores de los hermanos difuntos

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1983 · Fuente: CEME.
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asd«Yo soy la resurrección y la vida. El que tiene fe en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que está vivo y tiene fe en mí, no morirá nunca». (In 11,25-26).

Cuando moría algún misionero, el Fundador de la Congregación solía pedir oraciones a la comunidad por el eterno descanso del fallecido; dedicaba, además, algu­nas conferencias para resaltar las virtudes en que había destacado el difunto; comunicaba también la noticia al resto de las comunidades de la Compañía. Se servía San Vicente de todos estos medios para animar a los Misio­neros en la vocación apostólica y en la adquisición de la santidad cristiana.

1. «Deseo que esto se conserve dentro de la humildad y de la caridad cristiana».

La tradición, que se ha mantenido ininterrumpida­mente en la Congregación, de dar a conocer la noticia del fallecimiento de cualquier cohermano, se apoya en la voluntad expresa de San Vicente. Con motivo de la muerte del padre De la Salle, escribía el Santo Fun­dador:

«Había tenido siempre miedo a morir; pero desde el principio empezó a considerar la muerte con agrado, Porque había oído decir que Dios quita al final el temor de la muerte a los que lo tuvieron durante su vida y ejercitaron la caridad con los pobres. No puedo expresarle los sentimientos de devoción que ha dejado en la comunidad. Estaba por entonces en el retiro y, en la repetición de oración, cada uno decía lo más edificante que le había oído decir y refería las virtudes que le ha­bía visto practicar; lo cual nos ha dado tema por tener algunas conferencias sobre lo mismo. Yo tenía alguna dificultad; pero considerando que el espíritu de la Igle­sia es pensar en las virtudes de los que han muerto en el Señor y que por eso ha establecido notarios que re­cojan y manifiesten los combates de los mártires y las santas acciones de los confesores…, he creído que po­dríamos también nosotros hacerlo útilmente y he sen­tido gran consuelo. Deseo incluso que esto se conserve dentro de la humildad y caridad cristiana. Me parece que hay motivos para esperar que algunos se corregi­rán de sus defectos y otros se animarán en la virtud». (I 577).

2. «Poseen ya en Dios la vida verdadera».

La muerte de nuestros hermanos difuntos nos hace pensar en la nuestra, que sobrevendrá cuando se llene el cupo de nuestros días, conocido por el Señor, dueño de la vida y de la muerte. Pero ésta ha sido siempre y lo será un gran misterio para el hombre, en quien fra­casa toda imaginación:

«La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida, cuando el omnipotente y misericordioso Salva­dor restituya al hombre en el estado de salvación per­dida por el pecado. Dios ha llamado y llamado al hom­bre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado, el que ha ganado esta victoria para el hombre, librándolo de la muerte, con su pro pia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre, y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que po­seen ya en Dios la vida verdadera». (GS 18).

3. «Gozo eterno y absoluto».

El mundo de hoy necesita, acaso más que nunca, de un testimonio de esperanza ante la vida futura. Los consagrados a Dios para evangelizar a los pobres son, sin duda alguna, los que han de ofrecer este testimonio alegre y vivificador de liberación total:

«La Iglesia, en el decurso de la historia, no ha ce­sado de ser vivificada y de alegrarse por la santidad de tantos religiosos y religiosas que, en la diversidad de sus vocaciones, fueron testimonios vivientes de un amor sin límites y de Jesucristo. Esta gracia, ¿no es para el hombre de hoy como un soplo vivificador venido desde lo infinito, como una liberación de sí mismo en la pers­pectiva de un gozo eterno y absoluto?». (ET 53).

  • ¿Ofrezco con caridad cristiana los sufragios por mis hermanos difuntos?
  • ¿Trato de imitar los buenos ejemplos de tantos misioneros que entregaron su vida por Jesucris­to y por la salvación de los hombres?
  • ¿Me preparo a bien morir como hacía y aconse­jaba con frecuencia San Vicente?

Oración:

«Imploramos humildemente tu misericordia, Señor, para que nuestros hermanos que entregaron su vida al servicio del Evangelio y de los pobres, alcancen el premio de tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo». (Mro, por los difuntos que trabajaron en el servicio del evangelio).

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