Institución y fisonomía del Paúl en la actualidad

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Francisco Carballo, C.M. · Año publicación original: 1972 · Fuente: 1ª Semana de Estudios Vicencianos. Salamanca, del 4 al 8 de abril de 1972..
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Primera parte: Ensayo metodológico: Estructura e instituciones de la Congregación de la Misión y fisonomía del Paúl.

a) Bibliografía (selección).

La bibliografía que sigue tiene carácter selectivo; busca incitaros a una lectura suficiente; la realidad del escasísimo conocimiento que tenemos de nuestra historia es un obstáculo para toda reflexión con criterios históricos. Y esa deficiencia podíamos superarla con un poco de interés. Consta la biblio­grafía de tres apartados; el primero contiene obras generales sobre la Congre­gación; el segundo sobre algunos misioneros significativos y el tercero sobre la Congregación en España.

Primero

DELVILLE, G., Petit abregée de l’histoire de la C.M. de son origine, de ses fun­dations et sa maniere de vivre. Donai, 1656.

Notices sur les prétes, clercs et fréres de’funts 1625-1800. Paris, 1881, 1885, 1891, 1903, 1910.

Relations abregés de la vie… nouvelle serie. Paris, 1845, 1852, 1878, 1881, 1890.

Memoires de la Congregation de la Mission (9 vols.), Paris, 1863, 1866. 2.a edición (5 vols.), 1911, 1912.

Recueil des principales circulaires des superieur generaux (3 tomos), 1877, 1880.
LACOUR, C. J. – ALLOU, A. – PERBOYRE, G. – ROBERT, E – ETC., Histoire de la

Congregation de la Mission, 1660-1731; 1789-1874; 1788-1827; 1874-1918.

En «Annales C.M.» desde 1897 a 1963.

GONTHIER, Ephémerides Vincentiennes, Paris, 1959.

ETIENNE, J. B., Notice sur le restablisment de la Congregation de la Mission aprés la Revolution de 1789. Paris, 1870.

Notices bibliographiques sur les écrivains de la Congregation de la Mission. Anguléme, 1878.

COSTE. P.,La Congregation de la Mission dite de S. Lazare. Paris, Gabalda, 1927, 232 pp.

COSTE, P., D.T.C., t. IX, 88-93, Lazaristes.

GOYAU, G., La Congregation de la Mission des Lazaristes. Paris, Grasset, 1938, 260 pp.

CHALUMEAU, R., D.T.C., t. XII (del suplemento), 2.912-1.921. Lazaristes. BUGNINI, A., Congregazione de la Missione, en «Enciclopedia Católica»; t. IV, 287-292 pp.

CHIEROTTI, L., La Congregazione della Missione. Torino, 1918.

HERRERA, J., Historia de la Congregación de la Misión. Madrid, 1949, 568 pp. STELLA, S., La Congregazione della Missione en Italia. Parigi, 1884. GUIMARAES, M., Apontamentos para a historia da Congregavao da Mivao en Portugal (9 vols.). Lisboa, 1949-1971 (a ciclostil).

DODIN, A., En Mission et charité; passim 1961-1970.

Acta Apostolica in gratia C.M. Parisii.

Annales C. M., 1835, 1963.— Vicentiana, 1957, 1972.

Mission et charité, 1961, 1970.

Anales de la C.M., 1893, 1972.

Segundo

COSTE, P., Los beatos L. G. Francois, J. M. Gruyere (Trad. de Vicente Monte). Madrid, 1927.

Bienhereux Jean Gabriel Perboyre. 5.a ed. Paris, Gaume, 1891, 476 pp. Compendio de la vida del venerable Juan Gabriel Perboyre. Madrid, 1890. Huérfanos; 120 pp.

Virtudes e historia de la beatificación del glorioso mártir Juan Gabriel Perboyre. Ponce, 1911.

HERRERA, J., Alter Christus, vida del beato Juan Gabriel Perboyre. Madrid. Milagrosa, 1942, 340 pp.

DEMINUID, M., Vie du Venerable Francois Regis Clet. Paris, Gaume, 1893; 437 pp.

PANE, S., Il beato Gustino de Jacobis. Ed. Vicenziana, Napoli, 1949, 1.011 pp. HERRERA, J., El beato Justino de Jacobis. Madrid, 1946.

LUCATELLO, E., Ventidue anni in Etiopia. La missione del beato Gustino de Jacobis. «Annali della Missione». Roma, 1939, 242 pp.

SANTEGNA, A., Il Signore Manzella. 2.a ed., Roma, 1963, 414 pp.

CHIROTTI, L., II padre Marcantonio Durando. 1801-1880. Sarzana, 1971. 504 pp. LECLERCQ, J., Vie du Pére Lebbe. Paris, 1955.

GLEIZES, J. L., Jean Le Vacher. Paris, 1914.

CHINCHÓN, J., Pequeño prado espiritual de la Congregación de la Misión (trad. castellana). Madrid, 1909.

Espejo del Hermano Coadjutor (trad. castellana). Madrid, 1903.

Vie de Monsieur Etienne XIVe Sup. Gen. Paris, Gaume, 1881, 576 pp.

Eugene Boret, Notice biographice. Patis, 1879, 372 pp.

DODIN, A., Le Pére Pouget dans la tradition Vicentienne, en «Mission et cha­rité», 1962, p. 317.

HERRERA, J., Buenaventura Codina. Madrid, 1955, 316 pp.

HERRERA, J., Mons. Lisson, obispo de los pobres. Madrid.

FERNÁNDEZ, J., Folletos con las pruebas de los misioneros muertos en 1934-1936.

Tercero

ALBIOL, E., Verdad religiosa y caridad social (la C.M.). Madrid, 1945. AZNAR, S., Ordenes monásticas, institutos misioneros. T. I; p. 314 y ss., 1912. ARMENGOL, M., Defensa de los Paúles españoles. Barcelona. 1856.

CERRO, J. (P. Recode), Los sacerdotes de la C. M., Paúles, cuestión de interés y honor nacional. Madrid, 1863.PARADELA, B., Colección de documentos para la historia de la C.M. en España, T. I: 1702 a 1835. Madrid, 1931.

Los visitadores de la C.M., Madrid, 1928.

Notas biográficas de los que han pertenecido a la C. M. en España, 1696­1835. Madrid, 1935.

Resumen histórico de la C. M. en España 1704-1868. Madrid, 1932. CHAURRONDO, H., Los Padres Paúles en las Antillas. La Habana, 1925. NIETO, P., Historia de la Congregación de la Misión en Méjico. Madrid. 1920,

Los Padres Paúles en Filipinas. Manila, 1912.

Lo extenso de esta bibliografía podría llevarnos a engaño. Es amplia, pero críticamente es insuficiente. Para lograr de la historia una iluminación del presente es preciso que se fundamente en criterios científicos. La bibliografía mencionada no nos ofrece tal calidad.

Si poseyéramos a mano una documentación crítica de la Congregación de la Misión, podríamos elaborar su historia científica y obtener de ella un medio de clarificación. Lamentablemente carecemos del instrumento crítico. No hay un «Monumenta Congregationis Missionis». Y los documentos que nos da la anterior bibliografía o no pueden ser comprobados, o están edita­dos con mutilaciones considerables.

El equipo de estudios de la Congregación que trabaja en Paris, cuenta con medios críticos muy amplios; por eso sus elaboraciones suelen ser va­liosas.

Urge que la Congregación dedique alguna atención a la edición y puesta al público de documentos y de datos para que se la pueda historiar conve­nientemente. Es esta una pequeña tarea que merece alguna consideración.

A base de una documentación fragmentaria y de elaboraciones acientí­ficas sólo se puede ensayar, con precaución y sin alarde alguno, esquemas provisionales y aproximaciones históricas como hipótesis.

En esta perspectiva, y con las salvedades dichas, me atrevo a presentaros una aproximación a la historia de la Congregación de la Misión, para tratar de aclarar los puntos válidos de lo profundo de la Compañía y lo tran­sitorio de muchas tradiciones. En la segunda parte mis opiniones reciben de esta leve base alguna probabilidad.

b) Nacimiento de la Congregación.

La Congregación de la Misión nace en los años que transcurren entre 1617 a 1625. Es una de las varias comunidades que brotan en la Reforma católica de Francia.

Son puntos importantes de análisis estos: ¿por qué brotan estas comuni­dades? ¿cómo surgen? ¿qué pretenden? ¿en qué medida la Congregación de la Misión se asemeja a las restantes y en cuál se diferencia?

Estas comunidades, y la Misión también, nacen entre los «clérigos» ave­cindados en las ciudades, formados en la Universidad, preferentemente no instalados en la vida beneficial rural, ni conformistas con la Iglesia urbana en la que de hecho viven. Brotan por una necesidad de identidad. Surgen alrededor de una comunidad parroquial, o de una función misionera, o de un servicio a la Iglesia insuficientemente realizado por otros. Pretenden re­formar las instituciones, ampliar su base a todo el pueblo. No se las ve diri­gidas a la transformación estructural ni en lo eclesial, ni en lo social.

Varias de estas comunidades son «estrictamente» sacerdotales. Sienten el problema de la función clerical y buscan vivir el sacerdocio. Cuentan con la institución sacerdotal como suficiente, se encierran en una alta sacraliza­ción y se teologiza ampliamente.

La Misión adopta en parte esta línea; en parte disiente de ella. Busca en ciertos elementos de la «espiritualidad de los religiosos» su consistencia co­munitaria; pero se obstina jurídicamente en ser fiel a su origen sacerdotal.

La Congregación de la Misión saca de su vocación las fuerzas que la im­pulsan. La experiencia personal de san Vicente de Paúl es básica. El la ve aflorante en la predicación de Folleville (1617), en su misión parroquial de Chatillon, en la misión de Montmirail y en sus compromisos con los pobres v. gr., los galeotes de Marsella.

A través de esas sucesivas realizaciones se forma la concepción misionera de san Vicente que compartirán sus primeros compañeros. Predicar el Evan­gelio exige una catequesis lenta, una comunión por la ayuda caritativa, y una entrega a los pobres con preferencia y el rechazo de los instrumentos de triunfo humano, dinero, poder, sabiduría.

San Vicente tendrá siempre aguda conciencia de que la Congregación de la Misión inició este servicio en la Reforma francesa. Y será constante en man­tener su sentido de la evangelización en la suma de estos varios factores sin que permita monopolizar uno en detrimento de otros. Esta es la comprensión que la Congregación tiene de sí misma al nacer. Y esta toma de conciencia parte tanto de la experiencia en la fe del Fundador, como del contraste con la palabra del Nuevo Testamento.

c) Tres momentos de la primera comunidad (1625-1660).

El primer período de la vida de la Congregación abarca tres momentos:

  • La comunidad de los «Bons-Enfants» (1625-1632);
  • La comunidad de san Lázaro hasta 1651
  • De 1651 a la muerte del Fundador (1660).

Los contratos fundacionales (S.V.P. XII, pp. 197-233), las aprobaciones de la Congregación, los compromisos de los misioneros y las oposiciones: de grupos nos permiten seguir la trayectoria de la estructuración de la Misión, de su institucionalización.

El camino de la Congregación se determina en la línea de la evangelización de los campesinos; la realidad de un clero rural sin preparación brinda a la Misión el dar una mano al ministerio de la formación sacerdotal.

El grupo inicial de los misioneros consta de varios alumnos universita­rios de edad madura. Abandonan sus beneficios, sus modos de vida, viven en comunidad, reflexionan sobre la vocación y la afirman con votos privados. Los logros institucionales se evidencian en la bula papal Salvatoris Nostri, así como su finalidad eclesial: misión y atención a ordenandos.

Casi simultáneamente dos acontecimientos: la entrada en San Lázaro (1632) y la bula de erección de la Congregación 12 enero 1633 (S.V.P., XIII, pp. 234-267). San Lázaro va a condicionar las instituciones de la Misión; la fisonomía del grupo también va a modificarse.

Hasta 1651 hay varios hechos también decisivos: primera expansión en provincias, creación del «seminario interno», intentos de elaboración de las Constituciones y Reglas, Asamblea de 1642 (primera de la Congregación), aprobación de los votos privados reservados por el Arzobispo de París (1641), conferencias de los martes para los sacerdotes de París, primeros seminarios de la Congregación, salto a otros países (Italia, Argel, Túnez, Madagascar, Irlanda, Escocia). Ampliación, pues, ministerial. Ya no son solamente sacer­dotes los que se unen al grupo, hay también laicos y clérigos. Empieza la for­mación dentro de la Misión (DoDns, A., Entretiens, pp. 37-100) (S.V.P., I, pp. 293-298 y 561-567). En esos recuerdos de conferencias y en esas cartas rastreamos la laboriosa formación moral y mística de los misioneros. Vemos la vitalidad, el coraje, el optimismo de un grupo profético que se estructura y busca instituciones eficaces. Muy a tener en cuenta: el valor definitivo de la Bula «Salvatoris nostri» que estructura, inicia institucionalmente y recoge la fisonomía del grupo inicial.

A partir de 1651 asistimos al endurecimiento de las instituciones y a la pérdida de frescura del grupo. No quiero exagerar la diferenciación; pero algo se advierte en el tomo vital de san Vicente, y no sólo depende de la edad. Lo institucional se remata con los documentos papales «Ex commisa nobis» y «Alias nos». La asamblea segunda de la Congregación, de 1651, es defini­tiva para la adaptación de los votos y la intervención papal. La fisonomía de la Misión quiere fijarse gracias a las constituciones comunes y Reglas. El Fundador tiene tiempo para explicar los primeros capítulos. Este código de espiritualidad, de las grandes líneas estructurales y también de variables instituciones normativas será el más influyente documento en la vida cente­naria de la Misión.

La finalidad de la Congregación se afirma en la dedicación a los grupos necesitados del campo y de los paises aún no cristianos y en casi equivalencia, en la ayuda al clero en su formación y reforma. Pero las formas ministeria­les siguen ampliándose.

Los misioneros buscan ser un cuerpo apostólico, lleno de sencillez y humildad; pero se reafirma el espíritu de cuerpo en un estilo, un cultivo de actitudes, una uniformidad y una disponibilidad e indiferencia en manos de los superiores. El tono autoritario de una sociedad eclesial y política se re­fleja; el Fundador echa mano de lo que ve para cohesionar aquel grupo ya numeroso.

El posterior proceso histórico de la Congregación de la Misión puede di­vidirse en cuatro períodos:

d) Siguientes períodos históricos (1660-1969).

De 1660 a 1731. Lacour nos ha historiado estos años. La Misión fija sus instituciones (Ex iniuncto nobis de Clemente X, 2-VI-1670) con atención preferente al régimen alto y a las determinaciones minuciosas de cada oficio.

El P. Bonnet asestará un golpe de muerte a toda ideología projansenizante. La beatificación del Fundador (3-VIII-1728) rubrica su doctrina espiritual conocida a través de Abelly y de la lectura de las Reglas.

De 1731 a la Revolución francesa (1789). El peor historiado. Por eso desconocemos el impacto de la crisis de la Ilustración. Impacto débil fuera de Francia; posiblemente también en Francia.

La actuación de los superiores generales fuera de Francia es escasa y se dirige a mantener la observancia y uniformidad. Es casi ridículo su afán de obstruir la evolución en Italia, así como la negativa a modificar el hábito de los hermanos coadjutores italianos, obligando a intervenir personalmente al Papa. La supresión de los Jesuitas es la ocasión de que la Misión se abra a obras de enseñanza (en Alemania) y se encargue de misiones en Levante, India y China. La Misión era un cuerpo en buen estado; que su finalidad eclesial estuviese viva ya no es tan claro.

De la Revolución francesa a 1874. Los cuidadosos hallazgos de archivo del P. Perboyre y los resúmenes históricos de A. Allou nos posibilitan el co­nocimiento de este interesante periodo.

La finalidad de la Congregación se mantiene, con una prioridad al campo de la evangelización ad gentes, y nuevos cometidos ministeriales. Una aguda centralización en París, afán de máxima uniformidad, peso autoritario del general. Si en Francia el lazarista aún cautiva, fuera, el paúl es mediocre, y las Reglas son convertidas en fórmulas normativas en las que la espiritua­lidad es desconocida y las líneas estructurales protegidas por instituciones reaccionarias. La brillantez del generalato del P. Etienne no puede hacernos ignorar la escasa creatividad y la ausencia de la Misión en los campos pro­féticos del catolicismo social.

En el período que va de 1874 a 1968 apenas se modifica el cuadro diseñado. El impacto de la beatificación de J. Gabriel Perboyre, Clet, Jacobis, los már­tires de la Revolución francesa, así como los acontecimientos alrededor de la Medalla Milagrosa son aprovechados para aumentar el aspecto devoto de nuestra espiritualidad. A ellos se añaden otros en los días del P. Fiat. Una adaptación a los moldes de la Iglesia de Pío XI-Pío XII se logra a través de los PP. Verdier y Slattery. Las constituciones de 1953, aprobadas por Pío XII, expresan la sucesiva asimilación al grupo de los religiosos, y también el ol­vido de nuestra teología; estas constituciones impuestas desde las Congrega­ciones curiales y aceptadas por la Asamblea de la Misión, crearon una si­tuación limite: la esclerosis institucional, la dicotomía espiritual y la enerva­ción vocacional. De esa fecha a 1968 la tensión dentro de la Congregación crece. Los valores conciliares irrumpen. El desfase es evidente para las pro­vincias más sensibilizadas y hasta las conservadoras notan síntomas de cri­sis. Los PP. Lebbe, Pouget y Portal, los tres de principios de siglo, ofrecen caminos de esperanza y fuerza creadora.

La Asamblea extraordinaria de 1968-1969 es la primera de la Congrega­ción con representatividad amplia y que resuelve partiendo de un diálogo de base. El conocimiento de esta asamblea es valioso.

Para prepararla, el Consejo General reunió en Roma, en 1967, un elevado número de misioneros. Sobre los postulados de las provincias y desde su per­sonal punto de vista cada delegado trataba de facilitar a los diputados de la Asamblea un material elaborado. Si el nombramiento de las comisiones pre­paratorias fue hecho de arriba, más a dedo resultó la pequeña comisión que redactaría el «libro negro».

La Asamblea empezó por rechazar las líneas indicativas de aquel libro; se organizó a sí misma y acometió la empresa de elaborar en la cámara toda la legislación de la Congregación. Las constituciones y estatutos experimenta­les que esta Asamblea ha elaborado, ofrecen una linea de evolución firme. Tendremos ocasión de verlo más adelante.

e) Síntesis descriptiva.

La Congregación de la Misión es un cuerpo clerical; nacida y desarrollada en el antiguo régimen, dentro de la Cristiandad, su estructura sacerdotal se abre lentamente a comprender la irrupción dentro de ella de los laicos céli­bes —coadjutores— como colaboradores sin intervención directiva. Lo que rechaza san Vicente y con él la Congregación es la adscripción al grupo «re­ligioso»; rechazo jurídico que expresa la búsqueda de una comunión con el pueblo de Dios, de la que los religiosos progresivamente se han ido separando. Esta sensibilidad sociológica y jurídica ha dificultado la reflexión sobre los elementos espirituales que, fuertemente impregnados de vocabulario reli­gioso, san Vicente pensó y experimentó en su vocación compartida.

La situación de la Iglesia en el xix y la primera mitad del xx, a la defensiva y de enclaustramiento, ha influido en la prevalencia de las estructuras mona­cales y religiosas sobre todos los cuerpos eclesiales. La Misión, a pesar de rehu­sar el vocabulario, fue progresivamente asimilándose a los institutos religio­sos durante el siglo xix y, sobre todo, en los años del P. Fiat. El culmen de este proceso lo constituyen las constituciones del 53. La Congregación acusa una estructura paternal y autoritaria, fruto de la mentalidad del XVII. Si los generales del siglo xvm, con escasa personalidad, debilitaron este factor, en el xix los PP. Etienne, Fiat y sucesores lo abultaron. Causa estupor cómo el P. Etienne veía en la uniformidad del vestir, orar, etc., un medio eficaz de re­novación. El Código de Derecho Canónico aún vigente, en parte, al recaer sobre la Misión, contribuyó a despersonalizar, tratando como menores a los simples misioneros.

Pero las instituciones de la Misión, han sido siempre sencillas y más bien endebles; las reglas de los oficios, tan urgidas por los generales del xix, eran un amontonamiento de normas intrascendentes y enervadoras, poco cono­cidas y sucesivamente peor observadas. El misionero se hallaba indefenso ante la ley y ante las arbitrariedades de los superiores, más de una vez reales. Ahora bien, la endeblez jurídica posibilitó el movimiento personal y permi­tió sobrevivir al paúl con cierta libertad en un organismo de petrificación incongruente. Unas instituciones con ambigüedades entre religiosas y secu­lares, nunca pudieron aplastar a los misioneros, como las religiosas lo han hecho.

Del paúl histórico tenemos suficientes retratos. Los rasgos negativos no faltan; recuérdese la definición de lazarista en las primeras ediciones del Larrousse. Y los cuadros pesimistas sobre paúles capellanes de los galeotes. Del paúl español del siglo xIx nos da el P.G. de Soto diseños sombríos. Se refiere a una época limitada, la primera mitad de siglo, escribe: «Ningún misionero, excepto el P. Armengol, tiene la menor idea de lo que debe ser un seminario eclesiástico… Conocí personalmente a casi todos nuestros misioneros que ingresaron después de 1790, y es cosa averiguada que, con una sola excepción, ninguno ha sido alumno en un seminario ni en un colegio, antes de entrar en la Congregación. Nuestros seminaristas externos han pasado por este apredizaje antes de la admisión. En España los varones pia­dosos propenden a la exageración, a la demasiada gravedad y lentitud y al quietismo indígena. Con este modo de ver las cosas, nuestro seminario in­terno es hace largo tiempo verdadero tipo de inacción física. Educados en esta calma y piadosa abstracción, no pueden luego soportar la actividad, el movimiento y sobre todo la vigilancia de los seminarios eclesiásticos que creen de buena fe ser incompatibles con el recogimiento interior…» (Carta al P. Etienne, del 2 de mayo de 1855; «Anales», t. XXXVIII, p. 92).

No obstante el retrato del paúl medio es más bien halagüeño. D. Rops, lo mismo que Guitton, se muestran amables y respetuosos con quienes co­nocen bien. Calvet pondera la seguridad y solidez de la formación que dan todos los paúles. Un célebre epitafio polaco dice de un paúl: «bueno con todos, amado de todos». La siguiente página del Boletín de los lazaristas franceses nos ofrece un resumen acertado:

«Según el testimonio de quienes han observado a los paúles en sus tra­bajos, han comparado su modo de actuar con el de otros misioneros, he aquí cómo se podría caracterizar el espíritu que, desde hace siglos y en el día de hoy, anima a la Congregación de la Misión y a sus miembros:

  1. Cierta bonhomía, franqueza sin trivialidad, sin pretensiones; una repugnancia colectiva e individual hacia todo cuanto suena a hinchazón, pompa…; un horror práctico a lo vano y falsificado. El paúl ni se rebaja de lo que es, ni busca ser alabado sobre lo que es; no va a la caza de obras bri­llantes en las que sobresalgan sus cualidades; prefiere, a la reputación de sa­bio o de gran orador, la del trabajo apostólico, modesto, obscuro, hondo…, que nadie le va a disputar.
  2. Una desconfianza casi instintiva de las formas revolucionarias de apostolado. Algunos lo ven incluso, a veces, excesivamente apegado a las ma­neras tradicionales de actuar. Es cierto, en todo caso, que la audacia solamente es patrimonio de un pequeño número de paúles. Esto explica que entre los paúles no haya hecho falta «usar del bastón» para restablecer el orden, como sí ha sido necesario en otras comunidades que han dado larga cuerda a los «innovadores».
  3. Un celo ardiente y verdaderamente sobrenatural. Cuando la Santa Sede o los obispos han llamado a la Congregación para una misión penosa, para una obra difícil, los superiores han podido dar una respuesta positiva inmediata, seguros de encontrar entre sus compañeros voluntarios y compro­metidos. Muchos paúles han muerto mártires; muchos más aún han fallecido en climas mortales, en obras inmensas, desproporcionadas a sus fuerzas; y siempre se han encontrado sustitutos que voluntariamente han ocupado el puesto vacante de los muertos con las armas en la mano» (Congregation de la Mission, «Bulletin des Lazaristes de France», n.° 28, 1971, p. 52).

Si la estructura e instituciones de la Congregación han sido uniformes en el tiempo y en el espacio, con modificaciones accidentales, el tipo del paúl que hemos descrito, admite más variedad. Con Dodin creo que son dos los tipos en que se realiza el ideal misionero.

De un lado el tipo más vulgarmente conocido como misionero: con es­píritu de iniciativa, de aventura, gusto del riesgo y capacidad de adaptación. «En este grupo que sospecha su fuerza e ignora su originalidad, encontramos los grandes obispos de China y Etiopía, pioneros como Appiani, Mullener, los PP. Huc y Gabet, Bienaventurados Justino de Jacobis y Gebra Miguel. Más próximos, ciertos paúles de sesgos proconsulares como Baetemann, Lobry, Sarloutte, Coulbeaux… Si estos misioneros en plena actividad tienen necesidad de patronos o de protectores, elegirán al Beato Juan Gabriel Per­boyre, martirizado en China en 1840 o al Beato Francisco Regis-Clet.

De otro lado los «contemplativos». «Menos visible y menos encantador, un tipo psicológico de paúl marca durante los tres siglos una segunda tradi­ción vicenciana» (A. DODIN, St. Vincent de Paul et la Charité, pp. 85-93). Medio cartujos, medio pedagogos. Los seminarios les prestan ocasión de trabajo. En ellos, los riesgos se corren silenciosamente, las aventuras quedan entre cuatro paredes, «alimentados del trabajo, educados en la sencillez, bus­can ser siempre los amigos de los débiles y de los pobres». Su vocación es acoger, dar la paz; la renuncia a sí mismos y la sencillez que facilita la comu­nión de los corazones».

De los mismos días de san Vicente eran así Du Coudray, de la Fosse. En el XVIII Collet, los mártires Beatos Fra9ois, Gruyer y Rogue. Ya en nuestro siglo, Coste, Guichard, Jean Ch. F., y tantos más. Cualquiera de las provin­cias ofrece un elenco respetable. Así en España, el P. Escribano, el P. Paradela, el P. S. Ojea. Pero, en este grupo, brilla con luz propia el célebre G. Pouget, al que Dodin ha dedicado un estudio sagaz. Pouget es tan intelectual como sencillo, firme en el bien, profundo, sin doblez.

Segunda parte: La Congregación de la Misión hoy. El Paúl.

Acepto la doctrina que Alvarez Bolado nos expone en su conferencia so­bre las comunidades en la Iglesia de hoy. También me siento de acuerdo con las conclusiones de G. Anleo que muestran la necesaria rectificación para que el paúl siga ofreciendo en la Iglesia un signo de fe.

Solamente daré una referencia brevísima sobre los postulados en los que se asienta la nueva estructura de la Congregación, sus instituciones y las ac­titudes que se piden al paúl y que nos darán su nueva fisonomía.

1. Detrás de la institución y fisonomía de lo paúl que hemos evocado, hay una antropología. En ellas priva mucho el dualismo alma-cuerpo, y un pesimismo que en el siglo xvn se formuló de varios modos.

Una nueva sensibilidad antropológica ha penetrado en la Iglesia: la mejor interpretación de la Biblia y la revolución de Freud son la base de la antro­pología actual, fuertemente unitaria, personalista. De ella brota un aprecio mayor a la libertad de la persona humana, el rechazo de formulismos y as­cetismos de base platónica y el conocimiento del valor de las relaciones in­terpersonales y de la dignidad humana. Toda nueva institución ha de servir a la maduración individual, a la salud afectiva que integre en la alegría la se­xualidad, en fin, a la liberación progresiva de toda esclavitud.

2. Si la eclesiología de san Vicente tiene atisbos importantes y en con­cordancia con el Vaticano II, éste ha dado a toda la Iglesia un descubrimiento del misterio eclesial más satisfactorio y un deseo de vivir con sinceridad las tareas del pueblo de Dios, signo de salvación. Los cristianos son conscientes de que la «cristiandad» —entendida como tipo politico-religioso— desapa­rece; que cada comunidad ha de realizar las notas eclesiales en la diáspora de un mundo pluralista. De ahí la importancia de la experiencia de la fe, de Dios, en un mundo de los hombres, no en una «sociedad cristiana». Las co­munidades proféticas, como la nuestra, sólo son viables en una Iglesia que abandone las estructuras estamentales, clasistas, clericales. Preciso es renacer en una Iglesia que renace; hay que reiventarse en una Iglesia que se reinventa. Esta sensibilidad aguda de la comunidad pide muchas transformaciones de estructuras.

3. De sobra sabemos y leemos en cada momento que estamos en una sociedad en rápido cambio. Los descubrimientos científicos, antropológicos, sociológicos, etc., inician su decisiva incidencia sobre la sociedad. Un mo­mento revolucionario exige clarividencia. La cultura de esta sociedad es anti­metafísica, rechaza demasiado todo lo tradicional, quiere métodos positivos; una cultura que no se fía, sino que parte de la experiencia, de los análisis cien­tíficos. Que se siente abrumada por el impacto de los medios de comunicación, esclavizadores, manipuladores de las masas. El antidogmatismo de esta cul­tura es antiautoritarismo social. Han caído por tierra todos los aspectos sa­cralizadores del hombre, del mundo, de la sociedad. La secularización que define a nuestro tiempo ejerce su influencia sobre todos los campos y en los aspectos de la organización social provoca una sensibilidad muy aguda en búsqueda de lo personal, lo representativo, lo competente, lo pluralista.

Podíamos seguir recordando cambios del tipo de los tres indicados: so­ciológicos, antropológicos y eclesiológicos. Baste esta llamada de atención.

Si hay unos presupuestos culturales y sociales hay también unas realidades interiores que exigen ser tenidas en cuenta.

1. Los estudios de Data y varios sondeos en algunas provincias de la Congregación nos atestiguan la existencia de un número notable de paúles por azar («Data, informe sobre la C.M.», pp. 179-216 y otras; Le préte de la Mission, réponse de la province de Toulouse, p. 6). Este tipo de paúl predo­mina entre los relativamente jóvenes, de 30 a 50 años. Los mayores dan sen­sación de un mayor aprecio y vivencia del ideal vocacional. Los Estudiantes buscan con interés precisar la función del paúl hoy, así como su «status» previsible. Creo que este dato es de primera importancia.

2. Distinguir la función del paúl de hoy y su «status» es tarea de todos, pero es más sentida y más grave para los jóvenes. Si la desaparición de la fun­ción del paúl en la Iglesia se diese, los mayores no sentirían mayor angustia; les bastaría un seguro y una jubilación correcta. Las necesarias rectificaciones en esa función cuestiona a la juventud agudamente.

Se trata de un problema vital para ellos. Es cierto que en las asambleas habidas estos dos últimos años, los jóvenes han estado amordazados frecuen­temente e insuficientemente representados. De seguir más tiempo esta situa­ción, correríamos peligro de perder momentos de evolución que no esperan. Es preciso que los jóvenes hablen y operen con lucidez y responsabilidad común.

3. Los condicionamientos sociológicos y psicológicos que exigen cambios no pueden hacernos perder de vista que estamos ante soluciones estricta­mente teológicas. Nos preguntamos desde la fe por nuestra vocación en el mundo, por nuestro quehacer en la vida. La secularización ha desmontado actividades subsidiarias de la Iglesia y libera muchas pedagogías y ascesis de cartón para provocar un tratamiento en lo profano de lo que es profano: enseñanza, medicina, etc. Nuestra vocación es el modo de vivir la fe y ejercer en la Iglesia el rol o el carisma que hemos descubierto. Ser fieles a la búsqueda y a la perseverancia en el mundo necesita de la comunidad. Pero también sabemos que las estructuras comunitarias no gozan de valor eterno, ni pueden ser absolutizadas; deben servir a la vocación, no frustrarla. Cuando el grupo se cierra a la fe, cuando se convierte en una institución muerta, la persona de­be despertarlo, y no dejarse asfixiar por los cadáveres. La tarea de la Misión sigue pareciéndonos atrayente, necesaria al mundo; la estructura de la Misión es arcaica, sus instituciones son pesadas e inoperantes. La fe nos exige trabajo, cambio, transformación, heroísmo para buscar y para contar con la palabra de Dios que nos juzga y nos apremia.

4. No dudo en afirmar que el precio de nuestro futuro es el cambio. Y dado que el futuro es atrayente y se presenta como necesario para cada uno de nosotros en servicio a la palabra de Dios, el cambio es algo que precisa­mos acometer sin dilación y sin descanso. No es amor al snobismo, es una exigencia del amor al hombre necesitado, del amor a la vocación.

5. «Cuando un hombre (o una comunidad) se deja confrontar con la verdad del todo, nadie puede prever qué cantidad de desprendimiento y cuan­tas purificaciones deberá aceptar para llegar a la plenitud de la vida. Aceptar las exigencias de la verdad sobre un punto concreto, es poner el dedo en la llaga y entregarse hasta no se sabe donde» (Boguen por B. Besret, p. 14). Si nos atrevemos a darnos a Dios para ser encaminados por su Espíritu, si leal­mente nos entregamos a la obra de recrear una comunidad y recrearnos a nosotros mismos al fuego devorador del Espíritu, no sabemos ni sabremos nunca hasta qué grados seremos transformados y quedaremos libres de nues­tras mismas sospechas, de nuestras insignificantes ilusiones. Y esta es la raíz más esencial de una obra de fe, de un intento de amor de Dios, de una empresa larga y martirial.

Las constituciones ad experimentum de 1969 quieren darnos las líneas maestras de la reforma de la Congregación y de sus miembros.

De alguna manera rescatan la primacía de la comunidad de vida sobre los otros elementos de equipo de trabajo, cogestión etc. Y en esa comunidad están al mismo nivel los valores personales y los comunitarios. Los arts. 29-38 del capítulo IV son los más novedosos y sugerentes. Para posibilitar una comunidad de vida actual dotada de nervio profético y de audacia itine­rante, las constituciones debían haber sido más radicales.

Ante todo marcando con claridad la finalidad del grupo; el capítulo I es ambigüo. Su art. 5: «La evangelización y promoción humana y cristiana de los pobres será, pues, para la Congregación, la enseña que aúne a todos los miembros y los empuje al apostolado», es luminoso y da esperanza que pase a ser proximamente realidad.

La historia de la Misión y la conciencia de la Iglesia de hoy no dan más opciones; o apostar por el hombre necesitado, marginado, o perder sentido de misión.

La entrega a la evangelización de los hombres «a la intemperie», de los hambrientos, de los avasallados, no puede hacerse a través de las institucio­nes eclesiásticas, a saber: de la parroquia territorial, del colegio confesional, de los movimientos apostólicos de Cristiandad. Necesitan formas de Misión en un mundo secularizado; necesitan formas sociológicas con mordiente en un mundo manipulado por la información y por el consumo. Hoy se re­velan aptas las comunidades de base, los equipos especializados, los sectores misioneros, las comunidades de misión. Mientras nuestras provincias se obs­tinen en servir a las estructuras mortecinas de las parroquias sacramentalizan­tes administrativas, de intentar lo imposible con viejas asociaciones paternalis­tas, la Congregación no será comunidad de vida, ni grupo profético e itine­rante al servicio de la Iglesia para la salvación del mundo.

Rescatada la finalidad, la comunidad necesita una cohesión espiritual, personal, de que hoy carece. Sólo se llegará a eso mediante experiencias trans­formadoras de las mismas personas; experiencias arriesgadas, de tanteo. No se vadea el río sin peligro de ahogarse; pero en la orilla de la muerte nada la vida, hay que cambiar de rivera.

La vida de este grupo, de esta comunidad de vida, se ve obstruida hoy por ministerios muertos y por equipos de trabajo excesivamente grandes y agotadores. Merecía la pena probar la construcción de la comunidad sin esos elementos, que pueden integrar, pero que ahora, por extraño contraefecto, impiden el avance.

En las constituciones, y tienen larga tradición entre nosotros, se enumeran aquellas instituciones que se consideran portadoras de vida, de espíritu. No ha habido suficiente reflexión teológica sobre muchas de ellas. Concretamente nuestros votos, compromisos comunitarios, de entrega al fin y a la práctica de los consejos evangélicos, conllevan la ambigüedad que la teología de la vida «religiosa» soporta aún. Lo mismo podíamos decir de ciertas indicacio­nes ascéticas, de implicaciones de la vida espiritual, oración etc. (Véase el interesante ensayo de B. BESRET, Liberación del hombre, DDB).

En nuestra comunidad, la pobreza implica una puesta en común de los bienes y exige hoy una vida de trabajo compartida con los hombres nece­sitados, una sobriedad y una inseguridad a su mismo nivel. El resto es in­trascendente y perturbador.

El celibato tiene que potenciar nuestra disponibilidad en la comunidad cristiana en que la seamos vecinos, compañeros y corresponsables. La comunidad de vida misionera no puede realizarse en un grupo separado del pueblo, sino en y con el pueblo.

Y la oración, expresión de la fe, no es imaginable sin el diálogo que con­fronta nuestra vida y quehacer ante la palabra de Dios. El creer y su expresión no son separables; la fe se madura en la palabra; el hombre cristiano es el hombre que manifiesta su fe. La antropología nos dice hoy que en la contem­plación clásica hay postulados insostenibles y que las instituciones que la soportaban, se absolutizaron de tal forma que hoy ahogan. En la comunidad de vida el orar en común es ser cristianos y se institucionará como el espíritu vaya iluminando en la experiencia de una fe que nos embarga y nos aniquila y transforma.

De ahí que una característica de la nueva comunidad sea la capacidad crea­dora; la constante atención a los signos de los tiempos, la desvelación de toda ambigüedad por el poder de la palabra divina.

Consiguientemente en esta comunidad la unión personal, fraternal, rehúsa todo autoritarismo y necesita la llama de la libertad del espíritu.

Mientras cada uno de nosotros no seamos capaces de ser dignos de la fe que vivimos, sería inmoral querer llamar a la comunidad signo de la presen­cia de Cristo. Pero desde el momento en que nos abramos a esa fe liberadora y transformadora de nuestros miedos y reservas, aparecerá Cristo entre nos­otros haciéndonos fuertes y nuevos.

Las constituciones del 69 han aligerado las instituciones y han dado cier­tos rastros para llegar a una nueva estructura.

Al definir a la Congregación como sociedad apostólica (art. 6), acen­túan (art. 7) la entrega de sus miembros «al seguimiento de la caridad per­fecta» que tratan de vivir en la verdadera comunión fraterna. Esta indicación es una semilla para que la estructura de la Congregación cambie y se haga más horizontal, más personalizante, más representativa.

Por desgracia en el mismo número y párrafo se enumeran dos institucio­nes, vida en común y práctica de los consejos evangélicos, sin una subordi­nación clara a lo anterior. Esta zozobra la hemos notado en la descripción de la finalidad y reaparece a todo lo largo de las constituciones. Otra fisura para la evolución estructural vemos en artículos que autorizan, y aún ponde­ran, la realización de experiencias a las que no se impide afectar a la misma estructura. Basta que respeten la finalidad, el espíritu y naturaleza de la Con­gregación (art. 18, II 1.° del Cap. VIII). Las mismas constituciones sugieren en el capítulo del gobierno formas de representatividad muy amplia y que pueden las provincias aumentar. Así la representatividad, la subsidiariedad y descentralización van ganando camino.

En la Misión urgía la fraterna participación de todos en las responsabili­dades; los Hermanos coadjutores han ganado una integración justa. Creo que interesa abrir totalmente a la participación a los jóvenes que se adscriben a la Misión; las constituciones generales tardan en darles voz y voto; algunos estatutos provinciales siguen con las mismas limitaciones.

Aspecto de valor es la concepción de la autoridad. Nuestra larga historia autoritaria, inspirada en la sociedad europea y en las comunidades religiosas occidentales, necesita un giro copernicano. La autoridad servicio de que habla el Nuevo Testamento, tiene en las estructuras de un grupo profético un sentido específico de servicio a la fe. Conviene disociar al máximo las actua­ciones de los superiores en la organización del trabajo y en la burocracia, del sentido de la obediencia evangélica que sirve al crecimiento de la persona cris­tiana y de la comunidad. Cada día los ejercicios de la autoridad son más com­partidos, están más diluidos y subyacen al tratamiento técnico de las organi­zaciones. En la comunidad de vida los llamados superiores o sirven al carisma de la creación de la comunidad, o no tienen sentido.

En resumen, nuestras comunidades deben vivir con un mínimo de estruc­tura y ésta muy fraternal, colegial y funcional; y con un máximo de vitalidad espontánea, en la amistad y en la entrega al espíritu de Cristo (véase R. Voi­LLAUME, La vida religiosa en el mundo actual, apéndice de J. M.a R. Tillard).

Las actitudes básicas del misionero están enumeradas en las Reglas Co­munes (II, 14).

Su llaneza —sencillez— para acoger a todos e ir a todos. Más de una vez he oído señalar esa «normalidad» como retrato del paúl. Y en nuestra socie­dad igualitaria es más exigible.

Una humildad que no se mide, sino que es ánimo agradecido a Dios y es­fuerzo en el rendimiento según la medida posible. Humildad que transforma esta tierra —humus— en resurrección; humildad que modela el barro en una espiral de tierra y gracia.

«Aprended de mí que soy manso», nos dice el Señor y san Vicente explica (R.C. II, 6) como lenguaje del corazón. Actitud que se basa en la autenticidad personal y sabe respetar a las personas, su dignidad, su inviolabilidad. Posi­blemente hemos repetido ya cuánto urge luchar por el desarrollo de la per­sona, por superar la atonía, la pasividad, fruto de una educación masiva, irresponsabilizante, y fruto de vivir en un país autoritario, sin representacio­nes políticas, ni crítica social, ni información plural. Pero es la más visible necesidad del paúl de hoy; hacerse persona activa, creadora, responsable y libre.

Aún enumera más san Vicente: la necesaria mortificación del apóstol que muere a sí mismo para vivir para Cristo; que sabe gastar su vida en el amor. Y del celo, llama que quema al misionero y le hace morir con las botas puestas, o detrás de cualquier pared cansado de bregar.

Habrá siempre cierta tensión entre vida y estructura, entre comunidad y persona. La clave está en una dialéctica de progreso y de revisión. Pero en caso de duda, apostemos por la persona, apostemos por la libertad del que vive con apurado ardor de fe, la conciencia de su vocación, el ansia de dar y de darse.

La firmeza del grupo es un bien; su cohesión una prueba de que lo forman personas y de que viven una vocación. Para ello, que disminuyan los paúles por azar. Y que los llamados formandos vean claro su carisma, clara la función del paúl en el mundo y se eduquen en auténticas comunidades comprometidas, con responsabilidad y con constante toma de decisiones.

Saber tomar decisiones, vivir en estructuras que nos ayuden a tomar de­cisiones nos hará personas capaces de compromisos tan permanentes como cabe a una antropología que se fía de Dios (Véase Schilleeckx E. La misión de la Iglesia).

En los años del beato Perboyre se empezó a rezar en los noviciados una oración que perdura aún entre nosotros y con lo que terminamos la jornada, el Exspectatio Israel; es un manojo de frases bíblicas; es un clamor por una comunidad numerosa y fiel: «ven a esta viña, inunda sus regueros, multipli­ca sus racimos; esta es tu casa, Señor; guárdanos en tu nombre y santifí­canos».

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