Influencia de la Medalla Milagrosa en la familia vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Philippe Roche, C.M. · Traductor: Luis Huerga, C.M.. · Año publicación original: 1981 · Fuente: 9ª Semana de estudios vicencianos.
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1. Advertencia de la Virgen Santa a la familia vicenciana contra los abusos y la relajación.

En 1830, tocaba fondo la desdicha de la Iglesia de Francia. Diversas decadencias habían sorbido la savia de su interior y, en lo exterior, estaba a merced de un racionalismo triunfante y agresivo, del que no había sabido asumir los valores ni resol­ver las objeciones. Todo había concluido en la tormenta de 1789-1793: las instituciones habían sido suprimidas y los bie­nes eclesiásticos confiscados; los sacerdotes fieles habían te­nido que afrontar la muerte o la emigración, y se había fun­dado una Iglesia cismática. Después, Francia había conocido sin duda una doble restauración: la de Napoleón y la de los Borbones; pero la primera era demasiado ambigua, y la se­gunda demasiado decadente. Se soñaba con el genio del cris­tianismo, mas era una evocación del pasado: la Iglesia seguía aletargada. La “Restauración” acaba en la Revolución de julio de 1830, de acuerdo con los escritos autógrafos de Sor Catalina.

En este contexto, la aparición de la rue du Bac, en París, es como una señal de renovación. Lo atestigua el Padre Jules­Charles Chevalier, c. m. como hombre de la época: “La apa­rición de 1830 señaló el fin de un período desastroso para la Iglesia y la sociedad. Fue el comienzo de una era nueva, era de misericordia y de esperanza” (cf. La Médaille Miraculeuse, por el Padre Aladel, 9.- ed., p. IV, 1878: en realidad escribió este libro el Padre Chevalier, pues el Padre Aladel había muerto el 25 de abril de 1865).

Mas ¿por qué abría esta aparición una nueva era de miseri­cordia y de esperanza ?… Tal vez porque “el reino de Francia se consideraba entonces como reino de María, y porque la Virgen ha demostrado con insistencia su amor a Francia, a la familia vicenciana y al mundo. ¿No nos fue dada como Madre por su Hijo Jesús, suspendido del árbol de la Cruz ?”

La relación escrita de esta aparición es muy realista y rica en circunstancias que felizmente subrayan su autenticidad : así, el temor a ser sorprendida por las que estaban de vela y recorrían la casa varias veces durante la noche; el oir las cam­panas del reloj, que daban las 2; el no poder volverse a dormir. Todo lo dio Sor Catalina por escrito en 1856 al Padre Jean­Marie Aladel, su confesor, quien no conocía hasta entonces más que la relación oral. Pero ¿cuál había sido el objeto de aquella larga conversación con la Virgen ?… El Padre Aladel jamás lo reveló, y Sor Catalina guardó celosamente el secreto durante largos años. Sólo en 1876, a los veinte años, pues, de la relación precedente, refiere por dos veces la conversación con la Virgen Santa durante aquella noche del 18 al 19 de julio de 1830, y ello a petición de su Superiora, Sor Dufés, quien lo remitió todo al Proceso de Beatificación, según consta en el P.O. (p. 65). En esta primera aparición de la Virgen María, que Sor Catalina sitúa con gran precisión en la noche de la vigilia de la fiesta de San Vicente de Paúl (celebrada en­tonces el 19 de julio), entre las once y media de la noche y las dos de la madrugada, no hay Globo ni Medalla, sino que tiene lugar una larga conversación. La relación que de ella hace Sor Catalina es bastante lacónica, pues se resume en pocas líneas, aunque duró al menos dos horas (cf. Catherine Labouré et la Médaille Miraculeuse, por René Laurentin y Philippe Roche c. m., p. 86).

Ambas relaciones coinciden en la redacción. La conver­sación comienza por estas palabras, que dan la clave: “Hija mía, el Buen Dios quiere encomendarte una misión. Mucho tendrás que sufrir, pero todo lo sobrellevarás con el pensamien­to de que es para gloria de Dios. Sabrás lo que el Buen Dios quiere, y eso te atormentará hasta que lo digas a quien tiene a cargo suyo tu guía (el Padre Jean-Marie Aladel). Te contra­dirán, pero tendrás la gracia: no temas. Verás ciertas cosas: cuéntalas. Estarás inspirada en la oración. … Corren muy ma­los tiempos. La desgracia va a caer sobre Francia, el trono se­rá derribado, sacudirán al mundo entero infortunios de toda clase —la Virgen Santa ostentaba una gran pena al decir es­to —, pero venid a los pies de este altar: aquí se derramarán gracias sobre todos cuantos las pidan con confianza y fervor, sobre grandes y pequeños serán derramadas. … Hija mía, gusto particularmente de derramar gracias sobre la Comuni­dad: la amo mucho. Siento dolor, pues hay grandes abusos; no se observa la regla, la regularidad deja que desear. Hay gran relajación en ambas Comunidades. Dilo a quien se encarga de tí, aunque no sea Superior. Dentro de poco se le encomendará la Comunidad de modo particular; tiene que hacer cuanto esté en su mano para poner de nuevo en vigor la regla, díselo de parte mía. … Que vigile las malas lecturas, la pérdida del tiempo y las visitas. … Cuando la regla haya sido restaurada en su vigor, otra Comunidad se unirá a la vuestra. Eso no se acostumbra, pero yo la amo… dí que se la reciba. Dios las bendicirá, y gozarán de una gran paz. La Comunidad se hará grande… Pero sobrevendrán grandes males, el peligro será grande: no temas: el Buen Díos y san Vicente protegerán a la Comunidad… (la Virgen Santa seguía triste): yo misma estaré con vosotras. Siempre he velado por vosotras, os concederé muchas gracias. … Llegará un momento de gran peligro, cuando se dará todo por perdido; estaré entonces con voso­tras, tened confianza, reconoceréis mi visita y la protección de Dios y de san Vicente sobre ambas Comunidades”, etc…

Esta primera aparición era la preparación, el anuncio de la misión confiada a Sor Catalina, y de la forma en que esa preparación debía efectuarse, a saber, el retorno de las dos Comunidades al espíritu primitivo. Después de la aparición del 18-19 de julio, en la que la Virgen manifestó a sor Catalina que debía llevar a cabo una importante misión, Sor Catalina alimentaba la esperanza de ver nuevamente a la Virgen Santa. La vio todavía al menos cinco veces, según el Padre Aladel, quien es muy explicito al respecto. En la quinta sesión de la investigación “Quentín”, dijo señaladamente:

“Viéndome seguir, como desde un principio, sin conceder importancia alguna al relato de la visión, al que tampoco quería tratar como un producto de su fantasía, la Hermana no osaba hablarme del asunto; apenas si lo mencionaba con miedo, cuando el deseo de confiarme una vez más su misión la atormentaba, agitaba y perseguía violentamente. Tal es la causa por la que esta Hermana no me habló sino tres veces de ella, pese a que se le representó más a menudo. He de añadir aún que esta doncella, no sólo sentía mayor calma, sino una tranquilidad perfecta, una vez declarada su visión”.

En efecto, Sor Catalina vio de nuevo a la Virgen Santa ha­cia el mes de septiembre, el 27 de noviembre, una tercera vez en diciembre de 1830, luego en marzo y por fin en septiembre de 1831. La aparición de septiembre consta por declaración jurada del Padre Aladel en la investigación canónica. Esta precisión nos permite referir, como muy pronto, a septiembre de 1831 la última aparición de la Medalla Milagrosa y la ter­cera confidencia de Sor Catalina a su director espiritual. De ahí que el acceso al arzobispo de París, que aconteció sólo al cabo de algunas semanas, caiga en octubre o noviembre de 1831; todo lo cual se concilia perfectamente con la acuñación de la Medalla, retrasada a junio de 1832 (cf. Lucien Miser­mont, c. m., La Bienhereuse Catherine Labouré, Fille de la Charité, et la Médaille Miraculeuse, 3.’ ed. pp. 104-105, Pa­rís 1933).

En la aparición del sábado, vigilia del primer domingo de Adviento, el 27 de noviembre de 1830, la Virgen Santa indica­ría a la dichosa vidente cuál iba a ser su misión. Dicha misión constaba de tres elementos principales: acuñación de la Meda­lla, difusión de ésta y promesa de abundantes gracias a cuantos confiados la. llevasen.

En otra aparición la Virgen se quejará a Sor Catalina de lo lentamente que se ejecuta esa misión, o sea, la acuñación de la Medalla. La queja de la Virgen María se atenderá por fin, y la misión será ejecutada exactamente, como lo atestigua el 17 de marzo de 1834 una carta del Padre Aladel al abate Co­rentin-Marie Le Guillou, cuyo tenor es (cf. Mois de Marie avec nouvelles priéres, de C.M. Le Guillou, abril 1834, París, pp. 317-20):

“…Hacia finales del año 1830, cierta persona me hizo sa­bedor de una visión que había tenido, a lo que me dijo, en la oración. Había visto como en un lienzo a la Virgen Santa (p. 318), tal como ordinariamente se la representa bajo la advoca­ción de su Concepción Inmaculada, en pie y tendiendo los brazos; sus manos despedían unos rayos tan brillantes, que la transportaban, y oyó las palabras : “Estos rayos son símbolo de las gracias que obtiene a todos los hombres”. En torno a esta imagen leyó, inscrita en caracteres de oro, la invocación :

“Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos”. El cuadro, que se había dejado contemplar unos momentos, dió la vuelta, y dicha persona vio en su rever­so la letra M con una cruz superpuesta, y debajo los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Oyose entonces de nuevo la voz, que dijo : “Debe acuñarse una medalla según este modelo, y quienes la lleven indulgenciada, y pronuncien con fervor esta breve plegaria, gozarán de una protección muy especial de la Madre de Dios”.

Declaro haberlo tomado todo por pura ilusión de una ima­ginación piadosa y, contento con decir a dicha persona algunas palabras edificantes sobre la devoción a María, no hice de ello más caso y la despedí. Unos seis meses más tarde, esa persona volvió a tener la visión, de la que habiéndome dado parte (p. 319) yo pensé y la traté como la vez anterior. En fin, al cabo de otro intervalo igual, dicha persona vio y oyó por tercera vez las mismas cosas, pero ahora la voz dijo además que “la Vir­gen Santa no estaba contenta, por descuidar yo la acuñación de la Medalla”. Esto produjo en mí algún temor de disgustar a la que de grado es llamada “Refugio de pecadores”. Siempre, sin embargo en guardia, contra las ilusiones de la imaginación, no me determinaba a darle crédito. Tuve entonces el honor de ver al señor arzobispo por razón de cierto asunto, y conversé con Su Grandeza sobre las tres visiones. Monseñor me dijo no haber inconveniente en la acuñación de la Medalla, puesto que todo en ella era muy conforme a la fe y a la devoción a la Ma­dre de Dios, en cuya honra no podría menos de redundar. Oídas las palabras del venerable arzobispo, cesaron mis du­das y la Medalla se acuñó.

Olvidaba decir a usted, señor, que en una de las tres vi­siones, dicha persona preguntó si debía haber alguna frase del lado en que aparecían la M, la Cruz y los dos Corazones, como acontecía del otro lado; fuele respondido que no, por­que tales objetos decían ya lo bastante al alma piadosa.

Esta Medalla comenzó difundiéndose entre las Hijas de la Caridad, quienes la dieron a algunos enfermos, y a moribun­dos que se obstinaban en el mal. Produjéronse curaciones asombrosas, y conversiones que no lo eran menos. Hubo en­tonces por doquier demandas de esta Medalla, como que el número de las suministradas hasta ahora por el orfebre es al menos de cincuenta mil”

Reciba, etc.

A(ladel), P(rétre) D(e) L(a) M(ission).

Como ahora veremos, la autenticidad y veracidad de la aparición de la Virgen Santa a Sor Catalina en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, son irrefutables. Leemos en las notas de Sor Emilia Pineau, con fecha 18 de marzo, 1877: “Por el tiem­po en que Sor Catalina era favorecida con visiones celestiales de la Santísima Virgen y de san Vicente, el espíritu reinante en la Comunidad dejaba mucho que desear. La borrasca de la gran Revolución, y el cisma que siguió a ésta, habían debili­tado la regularidad: el espíritu interior que quiere san Vicente acompañe nuestras santas obras, quitándoles cuanto puedan tener de servil y humano, no existía más que en algunas almas escogidas. La mayoría no era así: había quienes con facilidad se dispensaban de la Sagrada Comunión; la santa pobreza ha­bía cesado de ser un honor; en el pasado, una fábrica había provisto de hábitos a toda la Comunidad: éstos eran ahora ne­cesarios, e imposible hallar una como aquella; de ahí que fuese preciso adoptar (p. 2) el color negro; la Casa-Madre cuidó siempre de elegir géneros que, por su calidad, se aproximaban a los antiguos hábitos grises; mas no acontecía lo mismo en las casas particulares : a menudo se preferían los tejidos más finos y hermosos, y alternaban hábitos de invierno con los de verano; en un paquete que se llegó a abrir en Comunidad, venía un delantal de lana y seda. No se dejó en el paquete, y tan hermoso era que sirvió para confeccionar una capa negra muy buena; Lo mismo sucedía con la ropa blanca y todo cuan­to las Hermanas usaban.

Sucedía también que, cuando una Hermana iba de una casa donde se observaban antiguos usos, a otra en que habían ce­sado de observarse, el contraste chocaba, y a menudo era objeto (p. 3) de desdén y burla por parte de quienes no cum­plían ya con el deber.

No menos sufría la uniformidad que san Vicente tanto nos recomendó : la singularidad en la comida había alcanzado a la Casa-Madre, e intentar salir al paso de los abusos habría causado sinsabores.

Tocó entonces a nuestra Buena Madre Inmaculada dar remedio a nuestros males y hacer que renaciese en los cora­zones el apremio, el deseo de vivir el espíritu de nuestro santo fundador. No se sabía de otras apariciones que las de la Me­dalla y las del Corazón de san Vícente: las demás permanecie­ron ocultas mientras vivió nuestra buena Sor Catalina. Cun­día, sin embargo la impresión de que comenzaba un nuevo porvenir. El espíritu y ferviente deseo (p. 4) de pertenecer to­talmente a Dios, de unir la vida exterior de Hija de la Caridad a las virtudes más sublimes de la vida religiosa se apoderó de las Hermanas jóvenes. En la Casa-Madre no se oía a éstas, ya fuera durante el recreo u otras veces, sino hablar de Dios y de lo que más estrechamente une a El, y esto de modo tan atrayente, que su encanto se transmitía a todas : jóvenes se­minaristas o Hermanas de otras casas.

Para sostenerlas y dirigirlas en tan santas disposiciones, nuestro Buen Dios supo hallar, cuando había tan pocos misioneros, dos Padres a los que nuestras dos familias deben su vuelta a la prosperidad y al espíritu de san Vicente : el Padre Jean-Baptiste Etienne, elegido Superior General de la familia vicenciana el viernes 3 de septiembre de 1843 ,y el Padre Jean­Marie Aladel, nombrado Director de las Hijas de la Caridad el 21 de noviembre de 1846 (p. 5). Los Padres Etienne y Aladel captaron perfectamente este nuevo impulso y lo alimentaron y activaron con la prudencia más sabia: todo el proceso debía mantenerse oculto, bajo la mirada de Dios, en la humildad, la vida profundamente escondida, el valor de resistir a cuanto se le opusiese mediante una vida virtuosa, aunque en silencio.

Con la elección de Sor Marie Boulet como Superiora Gene­ral en 1833 comienzan las reformas exteriores. Su casa de Saint-André, en Burdeos, había sido el modelo más cabal del antiguo espíritu de la Comunidad y eco de nuestras primeras Hermanas, y ella deseaba ardientemente que aquel espíritu cundiese. Su profundo respeto por los misioneros indújola a depositar en ellos una gran confianza, y a no actuar más que de acuerdo con ellos para corregir (p. 6) cuanto contrariase al espíritu de nuestro santo estado. Ya por el tiempo de la Tras­lación de las Reliquias de San Vicente (domingo 25 de abril de 1830), habíanse retirado los cubiertos de plata usados por bastantes Hermanas, y para aliviar este sacrificio, se les pidió enviarlos a la Casa-Madre, a la que Monseñor de Quélen asignó un hueso del brazo derecho de san Vicente: un precioso relicario sería labrado para éste, como así fue, con los cubier­tos que de todas partes llegaron.

Nuestra Respetable Sor Boulet había abrigado siempre el deseo de volver al hábito gris, y aún sabiendo no ser nada fácil, hablaba de ello sin cesar y pedíalo a la Virgen, en quien ponía su confianza más ardiente. No la defraudó su esperanza, y la Providencia solícita hizo que se tropezase a un fabricante (p. 7), el cual aseguró poder proveerlo a toda la Compañía. Fue en­tonces de tal suerte urgida la ejecución, que quedó acordado se vestiría por primera vez el día de la renovación de los Santos Votos. Faltaban para ella entre cinco y seís meses: los prime­ros hábitos no sirvieron, mas eso a nadie desanimó; fueron encargados otros, que esta vez valieron. El asunto del hábito gris había concluido : se dieron gracias a Dios y a nuestra Inmaculada Madre. Cuantas personas sentían interés hacia la Comunidad experimentaron alegría por el cambio y esperaron de él los más hermosos frutos.

Pero estaba reservado a nuestro Muy Honorable Padre Etienne poner fin a los demás abusos. Desde el primer año de su generalato, quiso convertir la Casa-Madre en modelo de todas las demás, y presentarla como tal a todas (p. 8) las Her­manas Sirvientes que en ella hacían retiro por primera vez”.

En su Circular del 4 de agosto de 1855, escribía el Pa­dre Etienne (p. 1): “Mi corazón no veía llegado el momento de referir los consuelos por él gustados durante estos preciosos días, en los que se me ha dado contemplar el espectáculo con­movedor de las Hermanas Sirvientes haciendo retiro. Esta me­morable reunión deja impresas en mi recuerdo huellas imbo­rrables. Ha colmado mis deseos y rebasado mis esperanzas. Era hermoso ver la prisa de todos los puntos de Francia e Italia, cuantas habían sido convocadas a tomar parte en estos piadosos ejercicios… (p. 2). Hay que haber asistido, mis amadí­simas Hermanas, a esta conmovedora reunión, para hacerse una idea de la impresión que ha causado en todos los corazo­nes. Se experimentaba una indescriptible emoción que llenaba el alma de consuelo… (p. 3). El Señor me deparó este consuelo al comienzo del generalato para animarme en mi debilidad y demostrarme su poderosa y amante intervención en la direc­ción de vuestra Compañía.

Quiso también hacerme palpar, según yo dichosamente presentía, que el espíritu de san Vicente anima todas las almas, que en todas ellas hay un tierno afecto por vuestro santo es­tado, un celo ardiente por el digno desempeño de las obligacio­nes, fiel observancia de las reglas y perfecta práctica de todas las virtudes. … (p. 6). No hay que disimularlo, y mi conciencia me induce a decíroslo : Si el Señor os distingue con una pre­dilección tan sensible y señalada, si demuestra en vuestras obras una intervención tan poderosa, si —en una palabra—os asigna un puesto tan hermoso en la Iglesia, es que importa a su gloria, y que ha resuelto servirse de vosotras para procu­rar la expansión de su reino y la salvación de las almas. … La misión encomendada a san Vicente no concluyó con la vida de éste: tanto como a aquel siglo, concernía a los tiempos fu­turos, y las dos familias que se identificaban con él fueron suscitadas para, después de él, sucederle en su obra y conti­nuar su acción. He ahí por lo que plugo a Dios que sobrevivie­sen a todas las catástrofes y a todas las sacudidas del orden social.

(p. 7)… En los veinticuatro años que llevo en la familia de San Vicente no he cesado de atender a la progresiva reorga­nización de vuestra Compañía. He observado sus logros, y los reconozco proporcionados a los esfuerzos por restaurar los sabios reglamentos y piadosas prácticas de los primeros tiem­pos. He advertido cómo las almas fervientes y en verdad deseo­sas de llenarse del espíritu de vuestro santo estado no piensan sino en los medios de restaurar la observancia de las Reglas. Me he convencido asimismo de que, en una casa, la unión de espíritus y corazones, la paz y dulzura de la vida común, el espíritu interior, el amor a los pobres y el aroma exhalado por las virtudes son fruto de la regularidad; por el contrario, donde hay relajación en la observancia, se advierten luego tristes desordenes, que a menudo terminan en lamentables escándalos. …

(p. 9). He podido cerciorarme de que, en vuestra Compañía, no siempre han sido observadas las prescripciones que san Vi­cente os dio al respecto. La conciencia me obliga a señalaros algunas que considero de mayor importancia y no podríais in­fringir sin exponeros a funestas consecuencias.

1.° Vuestras santas Reglas quieren que sea el Superior General quien designe al confesor encargado de vuestras con­ciencias. No podéis dirigiros a ningún otro sacerdote sin fal­tar a la obediencia. San Vicente tuvo razones gravísimas para establecerlo así. La dirección de vuestras conciencias ejerce gran influencia sobre el interior de vuestras casas y las rela­ciones de la vida común, así como sobre la regularidad y el servicio de los pobres. … Pues bien, ha llegado a conocimiento mío que en algunas casas no se presta mucha atención a esta regla. … Una Hermana Sirviente que permite o tolera seme­jante infracción, sin duda desestima los efectos que pueden seguirse, y abre la puerta a la pérdida del espíritu de vuestro estado y aún de la vocación. …

2.° San Vicente os prohibe, no sólo dirigiros a un confe­sor diverso del que os está señalado, sino que os recomienda no tener por confesor, ni ordinario ni extraordinario, a un religioso. En lo posible, confesáos con el párroco, o si él falta, con otro sacerdote secular. Bien sabéis que sois por vocación auxiliares de las parroquias, para impulsar y compartir de al­gún modo la solicitud pastoral. Recordad que no sois religio­sas, sino doncellas seculares y feligresas: no os conviene, pues, en modo alguno la dirección de los religiosos. Un religioso no estaría tampoco versado en vuestro espíritu, pues sólo conocerá el de su orden. Cuanto más tenga el espíritu de su estado, menos capaz será de inspirarnos el vuestro e, insensiblemente, sin que os apercibáis, os llevará por un camino opuesto al trazado por vuestro santo Fundador (p. 10). … En ello va mucho la conservación del espíritu de vuestro santo estado y y aún de vuestra vocación. Lo que he dicho de vuestra direc­ción, dígolo también de los pobres, cuyo cuidado espiritual os está encomendado, y de las asociaciones juveniles que se for­man en vuestras casas. Son ésas, obras esencialmente parro­quiales: de ahí que los Señores Párrocos deban, ya dirigirlas en persona, ya delegar su dirección en otro sacerdote de la parroquia. Creo también deber prohibiros que las confiéis a religiosos en punto a confesión, instrucciones y retiros.

Vuestras reglas dicen también que el sacerdote encargado de daros el retiro anual debe ser designado o tener la aprobación del Superior General. Este artículo ha sido violado con bastante frecuencia en muchas casas de vuestra Compañía. Debo recor­daron no ser menor su importancia que la del que atañe al confesor: se apoya en idénticos motivos y, al dictarlo, san Vi­cente quería prevenir graves inconvenientes. El retiro anual tiene por fin renovaron en el espíritu de vuestro santo estado y procurar vuestro adelantamiento en la práctica de la perfec­ción. … Os ruego, pues, para en adelante, no os permitáis escoger vosotras mismas al sacerdote que va a daros el retiro anual. …

Al hablaros del confesor y del retiro, por fuerza he de re­ferirme a los confesionarios y capillas de que hacéis uso (p. 12). Sabéis, queridísimas Hermanas mías, que primitivamente no hubo capillas en vuestras casas. San Vicente no asigna a las Hijas de la Caridad otra capilla que la iglesia parroquial. Es una consecuencia del lugar que por vocación ocupan : son fe­ligresas y, como tales, deben ser objeto de edificación para los fieles, que cumplirán con las obligaciones religiosas movidos por su buen ejemplo. Las adversidades de los tiempos y las di­ficultades que la Revolución de 1793 puso al ejercicio del culto dieron lugar a que se creasen por doquier capillas domés­ticas. … Para las reuniones piadosas, se escogía preferente­mente la casa de las Hijas de la Caridad. Ahí comienza, en vuestra Compañía, la costumbre de que cada casa tenga una capilla, y de confesarse en ella. Una capilla particular sigue siendo, a mi ver, muy útil en las casas de las Hijas de la Ca­ridad. … Brinda además un consuelo que san Vicente habría estimad o mucho : el de hacer la oración y los ejercicios de piedad ante el Santísimo Sacramento, lo cual nutre y fomenta mucho la devoción (p. 13).

La costumbre de que todas las casas tengan capilla ha con­ducido a poner en ésta confesionarios, y de ahí el no confesarse generalmente en la iglesia parroquial. … Esos motivos no de­ben autorizares a tener en la capilla confesionarios no con­formes con las prescripciones de la Iglesia, y bajo este aspecto hay, en bastantes capillas, abusos que es preciso corregir. Así, no debéis contentaros con una simple rejilla, que más bien turba la timidez de una Hija de la Caridad virtuosa y contraria a la delicadeza de su modestia: de esa forma no puede con­fesarse a su gusto. Tiene que haber una separación completa entre el confesor y la penitente, bien en un confesionario pro­piamente dicho, o sino aislándose debidamente. … Estas dos condiciones son tan esenciales, que si el obispo de la diócesis viese otra disposición y decidiese cumplir con su obligación, en conciencia los prohibiría (p. 14)…

Hay otro medio de santificación, del que hacéis constante uso, y que considero digno de vuestra particular atención tanto como de la mía: es la lectura de libros piadosos. Los buenos libros son un alimento celeste que el Espíritu Santo depara a nuestras almas, por nutrir su fe y sostener su fervor en el servicio de Dios. … Pero sé también lo expuestas que con frecuencia estáis a olvidar que uno no puede emplear ciertas armas (p. 15) sin herirse, y que un alimento bueno en sí mismo y agradable al gusto puede alterar la más robusta salud, si no se atempera a la constitución de quien lo consume. … Hay ilusiones en la oración, y asimismo las hay en la lectura. En ambas sabe el demonio transformarse en ángel de luz para engañar y perder a las almas. … Tampoco, mis queridísimas Hermanas, escapó a la vigilancia de nuestro santo fundador el peligro que puede haber en las lecturas piadosas. Compren­dió la influencia, buena o mala, que podían ejercer sobre el espíritu de vuestra Compañía y, en consecuencia, que pesaba una grave responsabilidad sobre los Superiores cuya solicitud descuidase este importante punto de vuestros ejercicios pia­dosos….

Antes de cerrar este importante artículo, debo daros al­gunos consejos que recomiendo a vuestra atención. Sé que en algunas casas se descuida la lectura de las Reglas, que no se leen mensualmente, como está prescrito. Bastará señalaros esta negligencia para determinaros a evitarla en lo porvenir.

Os he hablado del espíritu que asegura el porvenir y la pros­peridad de vuestra Compañía. Ahora os hablaré de una virtud no menos indispensable, pues da carácter distintivo a vuestra santa vocación: es la sencillez. Es, en efecto, como el sello que marca todas las obras de san Vicente. Es el secreto misterioso por el que vuestras obras imponen la estima y el respeto aún a los mayores enemigos de la religión. En una palabra, la sen­cillez sustrae toda vuestra vida al espíritu del mundo, a los pen­samientos y sentimientos de la tierra, y hace que practiquéis la perfección más sublime en una vida aparentemente común y ordinaria.

Muy queridas Hermanas mías, el rasgo delator, cuando una Hija de la Caridad se relaja en el cumplimiento de sus deberes y pierde el espíritu de su estado, es la falta de sencillez. Una casa de la Compañía comienza asimismo a relajarse, cuando cesa de ser sencilla y adopta pensamientos y usos del mundo. Esta verdad atrajo todas las miradas, cuando se rom­pió en la Compañía el lazo de la unidad. De entonces datan múltiples abusos, que luego ha costado mucho desarraigar y que no han desaparecido aún del todo. Pues bien, quiero bo­rrar hasta el último rastro de ellos y volver a la sencillez pri­mitiva, para lo cual os doy algunos consejos.

1º Sencillez de miras e intenciones. Advierto muchas ve­ces, queridísimas Hermanas mías, que en el cumplimiento de vuestros deberes, dais excesiva importancia a lo que de vues­tra actuación puedan pensar y decir los hombres. Estaríais dispuestas a admitir novedades contrarias al espíritu de san Vicente… Consentiríais incluso en sacrificar parte de las Re­glas, en cosas que os parecen de poca importancia, con el fin de obtener medios más abundantes de hacer el bien. En una palabra: a menudo ponéis el pensamiento del hombre donde sólo debe estar el de Dios.

Haríais, de ese modo, lo posible por que entrase en la Com­pañía una postulante que no reuniese las cualidades exigidas por las Constituciones, en atención a sus distinguida familia, o porque tiene una fortuna, o por el honor que a vosotras mis­mas podría reportar… Dejad que la Providencia cuide y es­coja a las obreras que llame a su viña. Las que vosotras esti­máis más dignas de admisión, son precisamente las que des­harían la obra de Dios, porque los pensamientos de Dios no son los de los Hombres (p. 27)…

Sencillez en la ejecución de las obras a las que estáis llamadas. Hoy, mis queridísimas Hermanas, no se habla sino de progreso y perfeccionamiento, que se ansía por doquier, aún para las obras de religión; a menudo, sin embargo, no se ve que, perfeccionando las obras, se desnaturaliza el espíritu. Todos los días se hacen inventos para que avance el cultivo de las ciencias humanas, mas pocos se preocupan de los medios para formar más eficazmente los corazones en la virtud. Ahora, precisa no olvidar el objeto principal de la misión a vosotras encomendada por el cielo, que es la salvación de los pobres : éste es el espíritu en que abrazásteis vuestra santa vocación y, en consecuencia, el fin hacia el que siempre debéis mirar en el cumplimiento de vuestros deberes. Si san Vicente os puso al lado del enfermo para servirle y aliviar sus sufrimientos, fue para procurar salvación a su alma mediante los cuidados del cuerpo, e impedir que dejase esta vida con otra muerte que la del justo. Si os envió para que visitaseis a los desgraciados en sus tristes cobijos, fue a fin de que ejercieseis sobre ellos una saludable influencia, de suerte que aspirasen el aroma de la virtud mientras procurábais consuelo a sus infortunios. Si os encomendo la formación de las niñas, fue para que formaseis a éstas en la vida cristiana y las preservaseis de los peligros que amenazan su inocencia, poniéndolas al abrigo del mundo y sus corrupciones. Rechazad, pues, inflexiblemente, entre los ade­lantos que se os propongan, cuantos desnaturalicen ese subli­me fin de vuestra vocación y tomad, para con los que se os impongan ineludiblemente, todas las precauciones contra el peligro, de suerte que no estorben la meta a alcanzar (p. 28).

Sencillez en las costumbres y usos de la vida común. Aunque es cierto que las apariencias externas no siempre son indicio seguro de las virtudes (p. 29) que presuponen, pues la hiprocresía se reviste de sinceridad en todo tiempo, no lo es menos que, donde hay una virtud real, siempre se muestra al exterior. La modestia se rodea siempre de precauciones que la pongan al abrigo de todo peligro; la obediencia habla siem­pre una lengua sumisa y respetuosa para con los Superiores, y así con las demás virtudes. Cuando hay sencillez real en una casa, sabe manifestarse en toda circunstancia, y cuida tanto más de hacerlo, cuanto que, en vuestra vocación, forma un todo con la pobreza, que es objeto de voto. Ahora, me importa mucho, amadísimas Hermanas mías, no se descuide medio al­guno para que esta virtud reviva en todas vuestras casas, pues, en todo y por doquier, es el carácter distintivo de la Hija de la Caridad, y era cara sobre cualquier otra al corazón de san Vicente. … Os recuerdo la frase de san Vicente : Sana o enfer­ma, la Hija de la Caridad no debe recibir un trato diverso al de los pobres. Siempre debe tener lo necesario, pero evitará buscar lo inspirado en el mundo o falto de mortificación. Es la servidora de los pobres, ha de recordarlo en todo momento. En la comida evite cuanto halague la sensualidad. La conducta a observar os es prescrita por la Regla, que manda os atengáis a la norma de la Casa-Madre. Proponeos ese modelo en éste y en los demás puntos, y si hacéis que se imite, vuestra con­ciencia estará a salvo. Otro tanto acontece con la forma de los Hábitos, la calidad de las ropas y de cuanto concierne a vuestro ajuar. … (p. 30)… Hay una única distinción, y atañe a las venerables ancianas, cuya edad y achaques piden les sean aliviadas las cargas, y las enfermas, que requieren cuida­dos particulares. No sólo permito esa distinción, sino que or­deno se la observe en todas las casas: corresponde del todo al espíritu de san Vicente, quien profesaba y recomendaba gran solicitud para con nuestras ancianas y consideraba a las en­fermas una bendición para las casas”.

En sus pláticas con Sor Catalina, la noche del 18 al 19 de julio de 1830, había dicho la Virgen Santa: “Hay mucha rela­jación en ambas Comunidades”, es decir, la Compañía de las Hijas de la Caridad y la Congregación de los Sacerdotes de la Misión, que forman la gran familia de san Vicente de Paúl. He­mos visto cómo fue combatida esta relajación entre las Hijas de la Caridad. Réstanos ahora ver cómo, diversos Superiores Generales de la Congregación de la Misión acometieron la corrección de una relajación semejante entre los Padres.

En su primera Circular, 8 de septiembre de 1788, el Padre Jean-Félix Cayla de la Garde, Superior General (2 de junio, 1788, 12 de febrero, 1800), escribía: “… (p. 204, t. 2 de las Circulares de los Superiores Generales). Llego en tiempos difíciles. Veo de un lado inmensas necesidades que auguran abundante cosecha, del otro muy pocos obreros; de un lado me confortan numerosos misioneros con su conducta regular y edificante, pero los hay del otro que me causan pena y dolor (p. 205). ¡Ay! cuáles han de ser mis sentimientos, cuando sé hay casas donde se ignoran casi todos los ejercicios de piedad acostumbrados en la Congregación; donde el Superior, tan relajado como sus cohermanos y más culpable que ellos, da el mal ejemplo de una irregularidad habitual; que en otras casas viven en la ociosidad, gustan de las distracciones y to­man parte en los placeres del mundo; en fin, que el espíritu del aseglaramiento y la insubordinación, la afición al reposo, a las comodidades y a la vida holgada hace por doquier rápi­dos progresos y causa graves estragos. A la vista de este espec­táculo, he querido consolarme manifestando mi dolor a los miembros de la Asamblea. Estos comparten mi aflicción, y les hago justicia al declarar que han demostrado el mayor celo por la corrección de los abusos: nada ha escapado a su ac­tiva información y sabias deliberaciones.

Para asentar la reforma sobre una base sólida, se ha ido a la raíz del mal, se le ha seguido el rastro y visto cundir. Tras de este profundo examen, ha habido lugar a la discusión de los medios más apropiados para detener su curso y procurar el mayor bien posible en las circunstancias. Unánimemente se ha reconocido que, para obtener este efecto con mayor segu­ridad, era ante todo preciso ocuparse de nuestra juventud, cuidando al máximo, tanto la admisión, como la formación de los candidatos en las ciencias y virtudes propias de su es­tado. Se estableció, pues, que permaneciesen dos años en el Seminario, pero haciendo ese tiempo más útil con ejercicios aptos a la formación del espíritu y del corazón.

Se ha compuesto un reglamento de estudios, muy sabio y bien combinado, que facilitará a los jóvenes la formación en la elocuencia del púlpito así como en la enseñanza de la teo­logía. A uno y otro objeto recibirán nuestras casas instruc­ciones mías. Se han tomado sanas medidas para que fomen­temos la unidad de doctrina y enseñanza y evitemos todo espí­ritu de novedad.

… Aunque en orden algo diferente, ése es el resumen, se­ñores y amadísimos hermanos míos, de los decretos de nues­tra Asamblea. Están demasiado llenos de sabiduría, como pa­ra que no merezcan vuestro respeto y acato. Os conjuro a que los leáis en el mismo espíritu en que fueron escritos. Como in­cumbencia que es de mi oficio, velaré con el mayor celo por su ejecución. Soy enemigo del brillo, como de los medios vio­lentos, pero no lo soy menos de la relajación e irregularidad. Los pasos que inspira la caridad, las medidas persuasivas irán por delante; mas si eso fuese inútil e insuficiente, ¿me conde­naríais, si en descargo de mi conciencia y honra de la Congre­gación, recurriese a medios más eficaces ?

No miraré más que a méritos y antigüedad de servicios para los nombramientos. Nada será a mis ojos el talento sin la virtud, ni debe esperar de mí cosa alguna el misionero irregular. No habrá consideración en el mundo que me aparte de la Regla, pero sí me serán caros los cohermanos con espí­ritu de su estado (p. 209) Me opongo a los cambios frecuentes, que alteran la estabilidad de las casas y merman la confianza de los obispos, y no me avendré a ellos más que si lo requieren las circunstancias. Sólo cuando sea indispensable acogeré de­mandas en este sentido. Un súbdito que no cumple su deber contagiará la irregularidad, y el escándalo será aún mas funes­to en el nuevo destino. Que el misionero relajado se reforme y borre la mala impresión que ha dado. No habrá puesto para él, si no atiende este deseo mío y mira por su propio bien…

Ruego a los Señores Superiores se conduzcan de suerte, que merezcan la estima y adhesión de sus cohermanos; eviten so­bre todo ese egoísmo intolerable que hace a uno indulgente consigo mismo, y aún pródigo, en necesidades a menudo ima­ginarias o fuera de lugar, mientras demuestra a los demás poco menos que dureza, y aún usa para con ellos de una parsimonia odiosa. Sé que, en la administración de lo temporal, muchos Superiores se conducen en forma del todo arbitraria: jamás reúnen a su consejo, ni piden en nada el parecer de sus coher­manos. Este proceder, tan opuesto al espíritu de nuestro estado y a la sabiduría de un buen gobierno, termina indisponiendo a los cohermanos y llega a ser funesto para nuestras casas… Ruego a los Señores Superiores me escriban cada seis meses sobre el estado de sus casas, y me indiquen sobre todo si en ellas se hace la oración mental y el retiro anual. Acogeré re­conocido las advertencias sensatas y razonables de los coher­manos para la mejora de las casas, pero (p. 210) rechazaré con desdén cuanto lleve la impronta de la malignidad. Es tiempo de que cese entre nosotros esa rivalidad, esas asociaciones pretendidamente patrióticas. El universo es la patria de los misioneros, que tienen una madre común y han de vivir como hermanos, en unanimidad de sentimientos y conducta. Jamás distinguiré entre misioneros de una u otra procedencia, ni atenderé en ellos más que al talento y a la virtud.

Vuelvo ahora sobre ciertos decretos de la Asamblea que piden ser detallados por mí. Ante todo, tengo en mucho las misiones populares y lo haré todo para que ocupen un lugar respetable. Prevengo, pues, a todos, cualquiera sea el oficio que desempeñen, se apresten al ejercicio de esta función, pri­mera de nuestra Congregación. Dentro de poco comenzaré a asignar indistintamente este destino. No puede quedar sin efecto el voto de dedicarse a ellas toda la vida. Estén aper­cibidos; no se podrá alegar falta de preparación.

Con esta disposición, todos serán aptos para ocupar los superioratos vacantes. Si alguien se viese impedido por las circunstancias, indistintamente sería candidato para los luga­res de reposo, en seminarios o casas que puedan recibir super­numerarios.

Mucho me apremia el que los destinados a misiones estén bien formados en la predicación e instruidos en los principios de la moral. Que quienes trabajan en este campo no ha mucho, desconfíen algo de sí mismos y consulten a cohermanos exper­tos en ese ministerio, o bien a amigos ilustrados, según cuyo consejo quiten y pongan lo necesario para que sus sermones den mayor fruto. A fin de nada descuidar en este artículo, en todas las casas donde haya equipo misionero, se discutirá al­gún caso de conciencia y algún punto de la Sagrada Escritura. Todos hablarán sobre la materia propuesta, y uno la tratará por escrito más prólijamente; será cada quince días, comen­zando al mes de haber vuelto de misiones.

Creo saber a qué ha obedecido la decadencia de las misio­nes, y fue, en parte, el poco cuidado que se puso en prepararlas, y en parte la negligencia en seguir el reglamento. Ruego, pues a los Señores Superiores se lea éste antes de que salgan los misioneros y que se acuerde, según él, el número y temario de los sermones.

El artículo que atañe a los seminarios reviste particular im­portancia, y lo comentaré brevemente. En general he de decir que los directores de seminarios, sobre todo los jóvenes, no están bien penetrados de la importancia de su función, no celan lo bastante por adquirir su espíritu (p. 211), ni emplean los medios adecuados para que sus trabajos rindan. Un direc­tor de seminario conocedor de ese oficio y deseoso de satis­facer sus obligaciones, ajusta primero su exterior al modelo del buen eclesiástico y a las normas de su estado. Es sencillo y modesto, reservado y decoroso, enemigo de modas y frivo­lidades. Se muestra edificante, y nadie le reprochará no vivir según lo que predica. Su ministerio le preocupa demasiado como para disiparse; se tiene a sí mismo demasiado respeto como para comprometer la dignidad de su estado en relacio­nes poco honorables y aún sospechosas. Su tiempo se reparte entre una vigilancia constante y el estudio eclesiástico. Consa­grado al bienestar de sus alumnos, gusta de vivir entre ellos, entra en cuantos detalles puedan interesarles y nada omite de cuanto contribuye a la perfección de su estado y adquisición de sus virtudes. Si todos nuestros directores de seminario se conformasen a este modelo, no sería yo el triste depositario de quejas llegadas de todos lados. Es tiempo de que éstas cesen. De no renovarnos en este aspecto, cerca andaremos de perder la confianza de los obispos y aún de todo el clero. Mi­remos a otras comunidades con misión en los seminarios. Qué enorme diferencia con nosotros, no en el talento, sino en el celo y piedad que a ellos animan

Si los destinados a seminarios no se creen capaces de esa vida seria, edificante, aplicada y recoleta que exige la educa­ción de los jóvenes clérigos, confiénsenlo francamente, y re­cibirán otro entre los posibles destinos. No puedo sufrir en los seminarios a hombres volubles, aseglarados, disipados, ocu­pados sólo en el propio bienestar, incapaces de hacer gustar una piedad que no conocen.

(p. 212)… Concluiré, señores y carísimos hermanos míos, esta carta ya bastante larga, señalando dos temores que me in­funde un abuso cuyas consecuencias pueden llegar a ser fu­nestas. Hablo de una comezón, y aún pasión, que hace se multipliquen los viajes a la familia con el más leve pretexto. Si quienes se dan a estas giras de placer fuesen sinceros, fácil­mente admitirían que, además de desperdiciar un tiempo pre­cioso y dilapidar una suma que podría emplearse mejor, su piedad ha terminado debilitada, si ya no ha naufragado tris­temente. Volvamos al uso de nuestros mayores, dejemos todos los viajes que las circunstancias no dicten y busquemos se­guridad y dicha en un sabio retiro. Hecha esta advertencia, que nadie se sorprenda, si me halla difícil sobre el particular. Prevengo que no haré concesiones al capricho ni a la ligereza, y sólo me moverán la necesidad o una utilidad muy señaladas.

…(p. 213) Con dolor muy vivo me entero de que bastantes jóvenes misioneros, contra la prohibición de los Sagrados Cá­nones y de los decretos de nuestras Asambleas, andan con tra­je corto y de color muy extraño a nosotros. Para remediar un abuso semejante, conmino a los Señores Superiores a que re­husen la entrada en sus casas a quienes se presenten con ese atuendo y me avisen de cuantas transgresiones vengan a su conocimiento.

Nada me resta, señores y carísimos hermanos míos, sino pediros una renovación de vuestro celo para cuanto toca a la gloria de Dios y al honor de la Congregación.

2.° Restablecimiento de la Compañía de las Hijas de la Caridad y de la Congregación de la Misión

Se quejó, pues, la Virgen de los abusos y relajación en ambas comunidades y dijo a Sor Catalina: “Cuando la Regla vuelva a entrar en vigor, otra comunidad vendrá y se unirá a la vuestra. No se acostumbrará, pero yo la amo : dí que sea recibida. Dios las bendicirá y gozarán de una gran paz. La comunidad llegará a ser grande, mas sobrevendran grandes desgracias. No temáis a pesar de todo : tened confianza. Re­conoceréis mi visita, la protección de Dios, la de san Vicente sobre ambas Comunidades”.

En su plática con Sor Catalina, la Virgen tenía razón en de­nunciar los abusos y relajación existentes en la familia vicen­ciana; tenía razón en prevenir a Sor Catalina contra las graves desgracias que iban a sobrevenir; y tuvo razón al asegurar su protección maternal, la de Dios y de san Vicente sobre toda nuestra familia. Por fin, como veremos, tuvo razón al anunciar que la familia vicenciana sería bendecida por Dios y aumen­taría.

El M. H. P. Etienne, en su Notice sur le rétablissement de la Congregation de la Mission aprés la Révolution de 1789, París, 4 de agosto de 1870, escribe (p. 3): “… Tenía yo 19 años, cuando entré en la Congregación. Dejé mi familia el 2 de oc­tubre de 1820, bajo la protección de los Santos Angeles, y llegué al nuevo San Lázaro el 4 del mismo mes, bajo la protec­ción de san Francisco de Asís. El 9 de noviembre de 1817 se había tomado posesión de la casa que serviría de cuna a la nueva familia de san Vicente. En ella encontre a 14 ancianos, venerables ruinas del antiguo edificio, erigido por las manos del Fundador, y sobre las cuales se erigiría el nuevo. Por sus virtudes, la constancia de su fe en medio de las privaciones y sacrificios del exilio, por su entrega a la Congregación, eran dignos eslabones de la cadena generacional entre los tiempos antiguo y moderno. Había en Francia varios centenares de antiguos misioneros que, vueltos de la emigración, habíanse integrado en el clero secular, y no quisieron abandonar éste para reunirse con sus cohermanos La abstención no fue de lamentar, pues su espíritu y hábitos sin duda habrían estor­bado el restablecimiento de la regularidad primitiva. Dios ha­bía hecho su elección y, a todas luces, era una elección digna de su Sabiduría. En efecto, supe de quienes formaban el pe­queño núcleo de misioneros fieles a la gracia de la vocación, que si la Congregación había sufrido en la Revolución la suerte de todos los institutos religiosos, fue porque, como ellos, había caído en el relajamiento, la irregularidad y el olvido del fin para que fue fundada. ¡Dichosa Revolución, declame un día uno de ellos, pues nos despojó de nuestros bienes y nos de­volvió al camino del deber! Un número de defecciones entre los misioneros, durante aquellos adversos días, demostraba bien el estado de la Congregación por entonces. La primera Circular del P. Cayla de la Garde, apenas elegido para el Ge­neralato, en 1788, nos suministra pruebas indudables de la de­cadencia del espíritu primitivo de la Compañía en bastantes casas. Mas diré que, si algunos fallaron, la gran mayoría per­maneció fiel, y más de treinta, según nuestras noticias, confe­saron la fe en las cárceles o el cadalso.

Me honro de la formación que recibí, impartida por aque­llos venerables y antiguos misioneros; ellos me acogieron con la amistad más benevolente, y de ellos oí los hechos que relato sobre el restablecimiento de la Compañía antes de que entrara yo en ella.

Vivo en la Casa-Madre desde 1820, y presencio, además de colaborar en él, el proceso, a menudo penoso, de su restaura­ción en sus sucesivas fases”.

… (p. 57)… En febrero siguiente (1848, día 24) estalla en París una Revolución que, con la rapidez del fluido eléctrico, propaga la devastación por toda Europa, derriba tronos, di­funde las doctrinas más suversivas y pone en tela de juicio la existencia misma de la sociedad. Los revolucionarios invaden Roma, y el Soberano Pontífice tiene que abandonar la capital, para buscar refugio en Gaeta. Cunde la anarquía, y todo pa­rece perdido para la religión y el orden social. Pues bien, esta Revolución terrible, que espantó a los espíritus más valerosos y no presagiaba más que ruinas, habría de trocarse en punto de arranque para nuestras dos familias, que no habrán visto una prosperidad igual. Conscientes de haber recuperado el primitivo espíritu, sintiéronse capaces de secundar los desig­nios de Dios.

Al momento mismo de estallar la Revolución, llega a París, de Brasil, un misionero; lo envía Monseñor Mariana, misio­nero a su vez, y honra de la Congregación. Pide misioneros que dirijan sus seminarios, e Hijas de la Caridad, cuyas obras desea establecer en su diócesis. Pronto se embarca una colonia de nuestra doble familia, presta a ejecutar esas piadosas inten­ciones. Era un grano de mostaza, que no tardaría en hacerse robusto árbol, pues el mismo Emperador del Brasil pedía también misioneros e Hijas de la Caridad con que dotar a su Imperio. Brasil cuenta hoy unas 400 Hijas de la Caridad. La Congregación se ha constituido en provincia, que abarca (p. 58) a la República Argentina, y cuenta siete seminarios y seis casas-misión: total, 13 casas formadas en 22 años.

Poco antes se había establecido la Provincia de Méjico, que comprende ocho casas, cuatro de ellas seminarios diocesanos. Aunque el gobierno de ese país ha suprimido todas las congre­gaciones de hombres y mujeres, subsisten nuestras ocho casas, y las Hijas de la Caridad aumentan y gozan de gran prospe­ridad.

Nuestra Provincia de España se asienta por ese mismo tiempo en la Habana e Islas Filipinas, estableciendo cinco casas, cuatro de ellas seminarios, y enviando numerosas Hijas de la Caridad.

En Estados Unidos, habíase formado una comunidad de Hermanas Hospitalarias según el modelo de las Hijas de la Caridad. Eran los comienzos del siglo. El Fundador había manifestado ya en un principio deseos de que algunas Hijas de la Caridad presidiesen la formación de esta obra. Sería como una rama de la Casa-Madre de París. Obstáculos irre­basables impiden la ejecución de este proyecto. Mas no se abandona la idea, sino que se espera el momento en que la Providencia dé veloz paso a su realización… La Superiora General, de dichas Hermanas hospitalarias, con bastantes de sus hijas, llega a París en persona, dispuesta a asumir el espí­ritu y máximas de nuestro Instituto. Pone su autoridad en mis manos y, con grandeza de alma, consiente en cambiar su tí­tulo por el de Visitadora de la Provincia; acepta, en fin, las reglas, hábito y usos de la Compañía. La transformación se efectúa en menos de un año : en la casa central se establecía un seminario, según el modelo de París, que dirigen dos Herma­nas formadas en la Casa-Madre. En Estados Unidos se ve des­de ese día a los miembros de la comunidad con el hábito de las Hijas de la Caridad de Francia, con quienes coinciden asi­mismo en conducta y acción. No tarda en probarse ser ésta obra de Dios, pues esa provincia ha venido a ser la más floreciente de la Compañía. Ha duplicado su personal y casas, y aun ha rebasado dicha marca, se ha extendido hasta Califor­nia, donde hace mucho bien (p. 59) y es de gran edificación. Durante los dos años en que el territorio es asolado por la gue­rra civil, las Hermanas de Estados Unidos, urgidas a caminar en pos de sus hermanas de Francia, saben reproducir, para sorpresa de los pueblos, los prodigios de dedicación demos­trados ya en las guerras de Crimea, Italia y Méjico.

En este mismo período reciben una organización regular nuestras misiones de China. Divididas en cuatro provincias, cuyos Visitadores son al mismo tiempo Vicarios Apostólicos, han visto multiplicarse sus casas y desarrollarse sus obras, que obtienen éxitos nunca soñados. Antes de mi generalato, dichas misiones contaban no más de ocho estaciones o seminarios; hoy cuentan veinticuatro. En 1848 había ido a China una co­lonia de 12 Hijas de la Caridad, para establecerse en una ciu­dad donde podían habitar libremente los europeos. Un tra­tado de paz coronó el éxito de las armas de Francia e Ingla­terra e impuso la libertad religiosa en todo el Imperio Chino. De inmediato fueron enviadas nuevas colonias a Chang-Hay, a Tien-Tsin, a Cheu-San y aún a Pekín, donde sus obras alcan­zan el más hermoso éxito, en beneficio de la propaganda ca­tólica y para la salvación de las almas.

Mientras así se extendía la Congregación allende los mares, implantábase con igual éxito y se desarrollaba en las diversas regiones de Europa. Nuestra Provincia de Irlanda, que antes tenía dos únicos establecimientos, añade a ellos otros cinco: 3 en Irlanda, 1 en Escocia y 1 en Inglaterra. Al mismo tiempo llegan las Hijas de la Caridad, y hoy cuentan con 18 estable­cimientos, repartidos por los tres reinos de la Gran Bretaña. Un hecho de gran importancia señaló la entrada de las Hijas de la Caridad en este territorio : la victoria sobre el fanatismo y los prejuicios. Antes de su llegada, nadie podía dejarse ver en público vestido como religioso o eclesiástico. Pues bien, ellas para nada dejaron el suyo ni temieron viajar o visitar a los pobres en ese atuendo, paseando, por así decirlo, la enseña del Catolicismo y tomando en su nombre posesión del país. Cosa admirable, en todos lados fueron acogidas con simpatía por la población. Eso mismo aconteció en Estados Unidos, y revela el nuevo porvenir de la religión y propagación de la verdadera fe en los dos grandes pueblos (p. 60). La Congre­gación renace por la misma época en Portugal, donde posee dos establecimientos, y en Argelia, donde tenía una sola casa, y donde hoy cuenta con 8, de ellas 4 seminarios.

La Provincia de Prusia nació en 1851 y hoy, además de la Casa Central de Colonia, posee otras 6: una casa Misión y 5 Seminarios. Al mismo tiempo se introducían las H. C. que pronto contaron con 7 establecimientos. El origen de esta Provincia es demasiado interesante como para callar sus cir­cunstancias tan manifiestamente providenciales. Cinco sacer­dotes jóvenes de la diócesis de Colonia se sintieron atraídos por la evangelización de los pobres del campo, pero, debido a su inexperiencia en tal ministerio, pidieron un Superior que los dirigiese. Había conocido en Roma al Sr. Hirl, misio­nero nativo de Alemania y que se había dedicado a dar mi­siones en Italia en los veinte y cinco últimos años. Lo llamé a París y le encargué esta interesante fundación que, hoy, su estado de prosperidad indica que procedía de Dios… (p. 61).

Austria iba a formar parte de un vasto campo de trabajo al que Dios llamaba a la doble Familia de San Vicente. En 1851, una joven condesa, señorita Brandis, de una distin­guida familia de Estiria que siempre había deseado ser Hija de la Caridad, no sabiendo en donde encontrar la Comuni­dad-madre, buscó información que la condujo a Munich, capital de Baviera. Allí entró en una Congregación Hospitala­ria que se le aseguró pertenecer a la Familia de San Vicente. Después de hacer el Noviciado volvió a Gratz, en Estiria, acompañada de tres Hermanas de la misma comunidad con la finalidad de establecer una Casa de su Orden. Recibe no­vicias y toma la dirección de dos establecimientos hospitala­rios. Cuando oyó hablar de las Conferencias que San Vicen­te había pronunciado a las Hijas de la Caridad tuvo un gran deseo de conocerlas. Se informó de que existían en la Casa de las Hijas de la Caridad de Leopol, en la Galicia pola­ca. Al instante escribe a la superiora rogando se las comuni­que. La superiora responde que no puede hacerlo, a menos de autorizarla a ello los Superiores mayores, residentes en París. Esto causa sorpresa en la Señorita de Brandis y provoca en ella grave ansiedad… (p. 62)… Me suplica tenga a bien ad­mitirla con sus religiosas en la familia de san Vicente. Mas ha­go saber que, para la realización de ese deseo deben cumplirse dos condiciones: 1.a que el obispo de la diócesis de Graz consienta en ello, las desligue de su autoridad y las vincule a la mía; 2.a que sus religiosas entren en el seminario de la Casa-Madre de París, prestas a adoptar hábitos y reglas de nuestra comunidad. Al instante hace las debidas diligencias cerca del obispo y obtiene por escrito de él cuanto yo exijo; luego me anuncia su pronta partida hacia París con una com­pañera, en cumplimiento de la segunda condición. En efecto, llega y al punto entra en el seminario. Un año después volvía a Graz en compañía de varias Hermanas francesas quienes coo­peran en la formación de un seminario y en la puesta en prác­tica de todos los usos de comunidad: acto seguido, es hecha Visitadora de las Hijas de la Caridad establecidas en Austria.

Muy pronto solicitan ser admitidos en la Congregación varios sacerdotes del país. Viajo personalmente a Estiria para instalar al Señor Schlick como Director de las Hijas de la Ca­ridad. Este no tarda en ser nombrado superior de una casa de misioneros y, poco después, Visitador de una provincia que cuenta hoy 4 casas, 24 misioneros, 3 estudiantes, 6 seminaris­tas y 22 Hermanos coadjutores. La provincia de las Hijas de la Caridad de Austria, aunque reciente, tiene ya 31 casas repar­tidas por Moravia, Hungría, Estiria, Iliria, Austria Superior e Inferior, y Austria propiamente dicha. La suma de su per­sonal supera las 400 Hermanas.

Por esta misma época tuvo lugar la incorporación a las Hijas de la Caridad de otra congregación hospitalaria: (p. 63) la de las Hermanas de la Caridad de los Estados Unidos de América. En 1809, un misionero de aquellas tierras, lle­gado a Francia en interés de su misión, manifestó al P. Ha-non, entonces Vicario General de la Congregación, gran de­seo de llevar consigo al regreso algunas Hijas de la Caridad, con el fin de establecer su instituto en aquellos territorios. Monsieur Hanon acogió la petición y designó a las que iban a formar la pequeña colonia. Ya tenían reservados lugares en un barco que se hacía a la mar, cuando el gobierno re­husó el visado de sus pasaportes, objetando no bastar las Hermanas para las necesidades de Francia. Ante lo insupera­ble, el misionero hubo de renunciar al proyecto. Pidió empe­ro al P. Hanon una reliquia de san Vicente y un ejemplar de las Reglas de las Hijas de la Caridad : comenzaría como mejor pudiese y confiaría a la Providencia la ulterior realización. En efecto, en América halló a una digna viuda quien, —hoy es santa Isabel Ana Seton—,con sus dos hijas, acometió la piadosa empresa. Dios bendijo ésta, y la comunidad comenzó pronto a desarrollarse. Seguía presente la idea de efectuar la unión con la Casa-Madre de París, y se dieron pasos en direc­ción a esa meta. 400 eran entonces sus miembros, número elevado al millar después de la unión. El instituto se difundió mucho, haciendo en el Nuevo Mundo mucho honor a la re­ligión. Sólo nuestras Hermanas tuvieron valor para aparecer por doquier con el hábito religioso, en un país que no tolera en público hábito alguno, ni aún eclesiástico. Como en Ingla­terra, la Hija de la Caridad ha sido la abanderada del Catoli­cismo, atrayéndose la estima y simpatía de todos.

Hoy hay dispersos por Estados Unidos y California un centenar de establecimientos, estupenda prosperidad, que data de cuando la comunidad se hace rama del árbol de la caridad plantado por san Vicente, la comunicación de cuyo espíritu recibe y en cuyo destino entra a participar, bajo la dirección de los misioneros.

Así es como, hace medio siglo, el granito de mostaza de la Compañía germina bajo el montón de ruinas dejado por la revolución más espantosa, yergue su tallo, brota en el cam­po de la Iglesia; regado por aguas de tribulación, azotado por vientos y tempestades, internas y externas, echa por do­quier hondas raíces, bajo el rocío celeste y el saludable influjo del Sol de Justicia, formando en breves años (p. 64) un ro­busto árbol cuyas ramas y frutos tocan los confines del globo.

Durante el solo período de mi generalato, o sea, 27 años, han sido erigidas 14 nuevas provincias: 4 en Francia, y una respectivamente en Argelia, Irlanda, Prusia, Austria, la Po­lonia austríaca, Méjico, Brasil, Chile, Persia y Abisinia. Se han constituido 120 nuevas casas, de ellas 50 en Francia y 70 en el exterior. Por fin, 1.630 miembros de la Compañía han emitido votos, de los que 1.200 son sacerdotes o clérigos y 420 Hermanos coadjutores.

En el momento de escribir estas líneas, la Congregación presenta la situación siguiente:

  • 29 provincias; 182 casas;
  • 1.080 sacerdotes;
  • 220 estudiantes o seminaristas;
  • 500 hermanos coadjutores;
  • 1.800 personas en total.

Según esa situación, en el medio siglo de su segunda época, la Congregación ha adquirido una importancia mayor que la conocida en los 150 primeros años. Su acción apostólica cir­cunscribíase entonces casi sólo a los límites de Europa. Apenas si contaba algunas casas fuera de Francia y de Italia. Hoy ejerce esa misma acción a gran escala en las dos Américas, Asia, Africa —sin omitir las regiones europeas. Es más: es­tablecida por todos lados en condiciones muy favorables, to­do hace presagiar que está jalonando y demarcando el vasto terreno que la Providencia desea encomendar a su celo y trabajo”.

Para dar una idea exacta de la actividad del Padre Etienne y determinar con justeza el importante lugar que ocupa en la obra restauradora de la gran familia vicenciana, habría que añadir los establecimientos de las Hijas de la Caridad, cuya sola enumeración excedería ya a la presente tarea. Diremos apenas que las Hijas de la Caridad están hoy repartidas por el mundo hasta sus más remotos lugares, y no sólo por Europa. A ellas dejó dicho san Vicente: “Hijas mías, si observáis vues­tras reglas, no sabré yo lo que Dios hará de vosotras: iréis a Africa, a las Indias, a los ejércitos”… En nuestros días se ha visto cumplida a la letra la predicción del gran servidor de Dios y de los pobres. Hoy todos conocen a las “Siervas de los Pobres”, a cuya dedicación apelan. Asombra el que no sean ya, como en otro tiempo, solamente las personas particulares o administraciones locales quienes reclaman sus servicios, sino que los propios gobiernos les encomienden los más hermosos establecimientos. Y si de algún sitio son expulsados por la Revolución, ésta las vuelve a llamar muy pronto, “como para proclamar ante la faz de la tierra que su propia fortuna depen­de de ellas, a cuyos servicios por fuerza ha se recurrir en los momentos de pública necesidad” (Panegírico de san Vicente de Paúl, Monsieur 1 ‘Abbé de Place, Paris, Adrien Le Clére, 1857, p. 72).

Este maravilloso crecimiento se produjo principalmente entre 1850 y 1870. Tanto se multiplicaron las vocaciones du­rante ese período, que el vasto seminario, con capacidad para 300 Hermanas, resultó estrecho y hubo de ampliarse conside­rablemente, dadas las proporciones que iban adquiriendo las sucesivas tomas de hábito, que vamos a ver.

En 1830, año en que entra en el seminario Catalina La­bouré, hubo en la rue du Bac 107 tomas. El lento renacer de la Compañía sube de punto en cantidad y calidad:

  • 1835— 119 tomas;
  • 1840— 210 tomas;
  • 1845— 322 tomas;
  • 1850— 340 tomas;
  • 1853— 445 tomas;
  • 1855— 686 tomas;
  • 1860— 627 tomas;
  • 1870— 440 tomas;

En 1874 —cuando muere Sor Catalina— hubo 445 tomas. Tal es el censo hecho poco ha, en los archivos de la rue du Bac.

Comunidades enteras en Bélgica, Austria, Estados Unidos piden adherirse a la Compañía de las Hijas de la Caridad, y en América se ve un día de una vez a 400 Hermanas adoptar el hábito y las reglas de dicha Compañía. Esta cuenta, en 1843, entre cinco y seis mil Hermanas; en 1870 son unas veinte mil.

Nos faltan datos para dar una cifra exacta en este último cálculo. Ni aún el mismo Padre Etienne se esforzó por hacerlo, aunque nada hubiera sido más fácil que efectuar el censo de la Compañía; pero no quiso, temeroso él de que envolviese algún sentimiento de vanidad. “No quiero”, dijo sobre el particular, “cometer la falta por la que tan duro castigo recibió el santo rey David”. Mas aún distaba de comunicar al público cuanto al efecto pudiera saber, poniendo especial cuidado en ser dis­creto, tanto por respeto a las máximas de san Vicente, como por natural aversión al reclamo.

Monseñor Gerbert, obispo de Perpiñán, solicitó un día del Padre Etienne la estadística del personal y establecimientos de las Hijas de la Caridad, con el fin de incluirlos en una de sus obras. Era cuando la Guerra de Oriente había hecho tan po­pulares a las Hijas de la Caridad, que, no sin peligro, por todos lados provocaban elogios. Etienne rehusó tal información, y dio las razones en carta del 18 de julio de 1857 a Gerbert. “Muy de grado hubiese demostrado mi gratitud, Monseñor, dando al instante los datos pedidos, si en mi mano estuviese el hacerlo. Pero me lo prohiben las normas de prudencia tra­zadas por san Vicente… Tanto mejor observamos éstas, cuan­to más las han hecho necesarias los tiempos que corremos. Se habla en exceso de nuestras Hermanas, y tememos los elogios a ellas tributados, que exponen la humildad a grandes peligros. Estamos en la necesidad de redoblar el cuidado y la vigilancia en el interior de la comunidad, para preservar a ésta de ser da­ñada por el mundo. La experiencia de san Vicente y la nuestra propia enseñan que la modestia es la salvaguarda de las Hijas de la Caridad. Y así nada de lo por ellas realizado publicamos, sino que nos aplicamos a que sean más y más humildes, a me­dida que su caridad crece con su éxito. Estamos persuadidos de que esta manera de obrar les asegura las bendiciones de la Providencia, sólo la cual puede conservar en toda su integri­dad, el preciso depósito del espíritu y dedicación a ellas legado por san Vicente”… (cf. Lettre du Pére Etienne á Mgr. Gerbert, 18 juillet, 1857).

El admirable aumento acabado de comprobar en la Com­pañía de las Hijas de la Caridad desde 1830 no halla gozosa co­rrespondencia en la Congregación de la Misión. Recordemos que ésta fue casi aniquilada por la Revolución de 1789, mien­tras que, más afortunada, aquella no sufrió apenas daño. Te­nía, pues, que surgir de entre ruinas. Según los archivos de la Congregación, que se remontan sólo hasta 1816 y son muy fragmentarios, tenemos :

Seminaristas, en:

  • 1816— 1
  • 1817— 3
  • 1818— 11
  • 1819— 4
  • 1820— 4
  • 1825— 16
  • 1830— 3
  • 1835— 13
  • 1840— 23
  • 1845— 27
  • 1850— 31

Sólo desde 1853 tenemos datos más precisos, con la publi­cación del primer catálogo de las casas y personal de la Con­gregación:

Estudiantes Seminaristas H.°s cdjtrs. nov°s.
1853 37 22 30
1855 45 32 23
1860 72 36 18
1870 90 30 53
1877 97 31 59

Al término de este estudio podemos ver la razón que asistía a la Virgen María cuando, en su aparición del 18 al 19 de julio de 1830, se quejaba a Sor Catalina Labouré de los abusos y relajación que minaban la doble familia de san Vicente:

“Cuando la Regla vuelva a entrar en vigor…, Dios le bendi­cirá y llegará a ser grande, pero… sobrevendrán grandes males. No temáis, a pesar de todo : tened confianza. Reconoceréis mi visita, y que Dios y san Vicente protegen a las dos comuni­dades”.

Hemos visto a la M. H. M. Marie Boulet (Superiora Ge­neral, del 27 de mayo, 1830, al 21 de mayo, 1839) y al M. H. P. Jean-Baptiste Etienne (Superior General del 4 de agosto, 1843 al 12 de marzo, 1874) —al igual que quienes les habían pre­cedido en tan pesada responsabilidad— combatir, ora suave­mente, ora con firmeza y energía, los abusos y la relajación que tanto apenaban a nuestra buena Madre celestial. El Padre Etienne podía escribir con alegría, en su circular del 1.° de enero de 1855 a los Misioneros… (p. 226) … “La Compañía, surgida penosamente de entre sus ruinas, llevaba una existen­cia muy débil, estéril, con escasas esperanzas de recuperar jamás (p. 227) el hermoso lugar que había ocupado en la Igle­sia. Una voz misteriosa anuncia entonces que Dios va a ser­virse de las dos familias de san Vicente para reanimar la fe. Poco después se produjo, en la capilla de la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad, la aparición de María Inmaculada, que dio origen a la Medalla llamada Milagrosa. El aconte­cimiento tenía lugar el 27 de noviembre de 1830. Comenzó entonces una era nueva para la Compañía. Pese a grandes esfuerzos y constante dedicación en los antiguos misioneros, ansiosos de restaurar la obra de san Vicente, pese a las sim­patías y general apoyo, tanto del gobierno como de la auto­ridad eclesiástica, pasaron catorce años sin que lograra er­guirse, y no guardaba de su anterior vida, sino un pálido brillo que se extinguiría bien pronto… Mas se aparece María Inmaculada, y todo cambia de aspecto : la vida parece renacer en su seno. Desde 1831, colonias de misioneros, animados del celo más puro y ardiente, cruzan los mares, ganan Levante y China, restablecen con nuestras misiones extranjeras un con­tacto que había roto la Revolución…

Pues bien, todo eso acontece en los veinticuatro años que nos separan de la manifestación de la Medalla Milagrosa, que recordaba al mundo el privilegio de la Inmaculada Concep­ción y, nos cercioraba de la protección de María, de la de su divino Hijo y de san Vicente, lo mismo a la Compañía de las Hijas de la. Caridad que a la Congregación de la Misión, para que, pasada la Revolución de 1789, que había asolado la obra de san Vicente —no menos que los demás institutos religio­sos—, esta familia vicenciana resurgiera de entre los escombros y se extendiera por el mundo, a una mayor gloria de Dios y por la salvación de las almas. ¿Quién no ve ahí una interven­ción (p. 228) maravillosa del Cielo ? ¿Quién no abriga el senti­miento de admiración que embargó a san Vicente para decir con él: —Ahí anda el dedo de Dios. ¿Se llamará obra humana a lo que el hombre no pudo prever ni imaginar ?”

Concluida esta retrospección histórica, nos queda una cues­tión: la de la actualización del mensaje de la Virgen Inmacula­da en nuestro tiempo, pues nada hay del todo nuevo bajo el sol. Durante la actual evolución religiosa, económica, social y política, que conmociona hace decenios el fondo del mundo y asemeja extrañamente a una revolución, una devoción reno­vada y ferviente a María Inmaculada es sin duda una respues­ta; pero ¿la única ?… He ahí la invitación que se nos hace para que reflexionemos, meditemos y actuemos.

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