Imposible soportar el peso de la riqueza y el de la virtud (V, II, 396) (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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Los medios para ser fieles al compromiso de practicar la pobreza

También nosotros nos esforzaremos, según nuestras pobres fuerzas, en el cultivo de esta virtud (RC III, 1)

46.- San Vicente fue generoso en ofrecer medios para ser fieles a la pobreza personal y comunitaria. Teniendo en cuenta lo establecido en las Reglas Comunes de los misioneros, podemos agrupar los medios en dos grandes apartados: los medios que tienen como fin animar e impulsar desde el interior la práctica de la pobreza y los medios concretos y prácticos. Hay que unir pobreza «afectiva y efec­tiva». Podemos aplicar lo que san Vicente dijo de la mortificación: quien no apre­cia la mortificación externa es señal de que tampoco aprecia la interna.

47.- Antes de exponer los medios, es necesario tener muy presente que san Vicente quiso y procuró que no faltara nada de lo necesario a los misioneros, den­tro del estilo de vida, propio de los que se han dado a Dios para servir a los pobres. Creó el oficio en la Congregación, posteriormente llamado en algunas Provincias «oficio de pobreza», para que todos pudieran pedir lo que necesita­ban’6. Partiendo, pues, de que cada uno tiene lo necesario, se puede exigir la pobreza interior y exterior:

1º. Principios de pobreza interior

Disponibilidad a dejar cualquier cosa cuando se lo mande el Superior o simplemente lo indique (cf. XI, 662).

No pedir ni rehusar nada, pero si hay necesidad de algo, exponerlo sencillamente y con total indiferencia (cf. XI, 84).

No buscar cosas superfluas o curiosas y moderar el uso de las cosas necesarias y el deseo de ellas, de manera que el estilo de vida, ali­mentación, habitación, ajuar, sean como conviene a un pobre (cf. XI, 87, 91, 663).

Estar preparado a sufrir las consecuencias de la pobreza hasta el punto de aceptar con alegría que le den lo peor (cf. XI, 662).

No quejarse si les falta algo de lo necesario, al contrario, sentir con gozo las consecuencias de la pobreza (cf. RC III, 7).

Suprimir en nosotros hasta el menor rastro de propiedad personal (cf. RC III, 8).

No aspirar a los beneficios y dignidades eclesiásticas, con la excusa de que se trata de un bien espiritual (cf. RC III, 10).

2°. Medios prácticos para guardar la pobreza

La gratuidad de las misiones y el servicio a los pobres.

Poner todos los bienes en común, a ejemplo de los primeros cristianos, lo que se gana y lo que es de uso corriente a todos los miembros de la comunidad. El Superior dará a cada uno lo que necesite (cf. RC III, 3).

Depender de los superiores: No disponer de los bienes sin permiso del Superior. Nadie usará nada como si fuera suyo, ni se llevarán de una casa a otra, cosa alguna sin permiso del Superior (cf. RC III, 3-9). Pedir permiso en todo lo referente a la aceptación, uso y disposición de los bienes comunes. La dependencia es una de las expresiones más claras de la pobreza vicenciana.

Estilo sencillo de vida: vestido, muebles, comida, libros, ornamentos de la iglesia, y evitar las desigualdades entre los miembros de la comu­nidad.

48.- En la correspondencia de san Vicente, se encuentran infinidad de deta­lles sobre la vida de pobreza, expuestos según las circunstancias de las casas y de los misioneros, vg.: cómo procurar tener buen pan, tener un extraordinario en una fiesta y cuidar de los gastos de los viajes21. Todos estos detalles son muy significativos, porque demuestran la sensibilidad de san Vicente por la práctica personal y comunitaria de la pobreza.

49.- En resumen de todos los medios antes dichos, tienen importancia espe­cial en la práctica de la pobreza vicenciana los permisos, la comunidad de bie­nes y el estilo sencillo de vida.

Administración de los bienes

Permite, pues, Dios mío, que nos dediquemos a la conservación de lo tem­poral, pero que esto se haga de forma que nuestro espíritu no se vea con­taminado por ello, ni se lesione la justicia, ni se enreden nuestros corazones (XI, 413).

50.- Una de las expresiones del espíritu de pobreza y de la práctica con­vincente de la misma fue para san Vicente la recta administración de los bienes de la comunidad que, según una de sus frases más significativas, eran bienes de los pobres, «patrimonio de los pobres». De la buena administración, dependía, no sólo el buen nombre de la comunidad, sino el buen servicio, la confianza de los responsables y, en último término, la conservación de la Compañía.

51.- San Vicente tuvo cualidades de buen administrador, tuvo talento para los negocios y una capacidad enorme para seguir con atención la contabilidad de casi todas las comunidades de la Congregación de la Misión.

52. Los puntos claves de la administración de los bienes, según san Vicente, son:

a) Necesidad de tener bienes

Las comunidades locales deben poseer bienes materiales porque no son mendicantes: ¡Dios mío!, la necesidad nos obliga a poseer bienes pere­cederos y a conservar en la Compañía lo que Dios le ha dado (XI, 413).

b) Administración diligente

La posesión de bienes para la comunidad y para los pobres exige que se los administre bien, que se los haga producir, que se los defienda ante los tribunales, si fuera necesario, y que se eviten los gastos inútiles22. Como hombre de su tiempo, se atuvo alsistema económico de entonces y usó los medios de adquisición y administración, entonces legítimos: propiedad de bienes muebles e inmuebles, donaciones, negocios, bene­ficios, fundaciones, rentas de fincas propias o de otros, inversiones, com­praventa, etc.

c) Obras económicamente sólidas

Las fundaciones vicencianas tienen ordinariamente una base económica sólida, fija, legalmente bien hecha, de tal manera, que la carencia de medios o la angustia por mantener la obra no quite tiempo y vigor al ser­vicio que se debe prestar a los pobres. A los mendicantes, les basta plan­tar la piqueta para quedar fundados. Pero a nosotros, que no recibimos nada del pobre pueblo, nos hace falta tener rentas; y esas rentas, que deben ser suficientes, no vienen de golpe, ni siempre en las ciudades para establecernos allí (IV, 446).

d) Contabilidad trasparente

Otro capítulo es el de llevar bien la contabilidad, con claridad, y rendir cuenta a los responsables y en los momentos oportunos. San Vicente comprendió que no siempre resultaba fácil llevar la contabilidad, princi­palmente, a los misioneros que se ausentaban frecuentemente de casa: Resulta difícil a los misioneros que van y vienen, escribir en detalle todo lo que gastan en la ciudad y en los campos (IV, 70). Si san Vicente fue exigente en la contabilidad interna, hizo todo lo posible para liberarse de rendir cuentas a los obispos: Temo que, si empieza Vd. a presentar cuentas, se seguirá haciendo así y luego el señor cardenal y el arzobis­po que le suceda, lo obligue a continuar; y eso es precisamente lo que hay que evitar por encima de todo, por tratarse de una sujeción que molesta (IV, 70).

La pobreza y el trabajo

53.- El decreto «Perfectae Caritatis» del Vaticano II considera el trabajo como una expresión de la pobreza. La idea está recogida en las Constituciones actuales de los misioneros. Las razones son el sentirse sujeto a la obligación común del trabajo, hacerse solidarios con los pobres que necesitan trabajar para vivir, ponerse a nivel de ellos, sometidos a las leyes de la competencia y de la insegu­ridad, sin dejar de confiar en la divina providencia. Sin embargo, tener trabajo, hoy, en una sociedad donde el trabajo escasea, es una riqueza muy apreciable.

54.- Tuvo miedo de la ociosidad como madrastra de todas las virtudes (cf. RC IV, 5). Dijo que un sacerdote debía tener más tarea que la que podía realizar (cf. XI, 121). Abelly nos ha trasmitido un pensamiento de san Vicente: lo nuestro es estar siempre ocupados, útilmente ocupados.

55.- San Vicente relacionó más el trabajo con el servicio que con la pobre­za, al menos, de una manera directa. Había que evangelizar y servir a los pobres gratuitamente. Los misioneros no podían recibir nada por razón de las misiones. El dinero debía venir por otros medios. Por otra parte, había que estar cercanos a los pobres que necesitan trabajar para vivir. En esta cercanía, está la semilla de la solidaridad con los pobres y en la exigencia de aceptar la ley universal del tra­bajo (cf. RC III, 2).

El voto de pobreza y el Estatuto Fundamental de Pobreza

Confirmamos y aprobamos con nuestra autoridad apostólica el Estatuto…y le añadimos la fuerza de la inviolable firmeza apostólica… (Alejandro VII, «Alias Nos»)

1º. Origen del Estatuto Fundamental de pobreza

56.- En la Congregación de la Misión, existe el llamado «Estatuto Fundamen­tal de pobreza». Al inicio de la Congregación, los miembros de la misma cedían el usufructo y la administración de los bienes propios a la Congregación. No obs­tante el voto de pobreza que hacían a partir de 1655, conservaban el dominio radical, podían adquirir bienes, disponer del capital por testamento o donación. Si salían de la Congregación, recuperaban todos los derechos sobre sus bienes.

57.- Después de la aprobación pontificia de los votos por Alejandro VII, mediante el Breve «Ex Commissssa Nobis», hubo cambios. Según la fórmula que establecía las condiciones primitivas del voto, dejaba de existir la obligación de ceder el usufructo de los bienes a la Congregación y la administración de los pro­pios bienes. La leyes civiles prohibieron que se cedieran los bienes propios a las comunidades de las que eran miembros. Las rentas de los bienes se podían emplear en favor de los familiares pobres. Si alguno abandonaba la Congrega­ción, recuperaba todos los derechos sobre los propios bienes, menos los ya per­cibidos por la Congregación.

58.- El 12 de agosto de 1659, el Papa Alejandro VII aprobó el Breve «Alias Nos». En él se contenía el Estatuto Fundamental de pobreza en la Congregación de la Misión27. San Vicente lo leyó a la comunidad y lo comentó en las conferen­cias del 14 de noviembre y del 5 de diciembre de 1659 (cf. XI, 647, 669).

2º. El breve «Alias Nos»

59.- El contenido del breve «Alias Nos» se resume en los siguientes puntos:

  1. Los miembros de la Congregación retienen el dominio de los bienes inmue­bles, y de los beneficios simples que posean y puedan poseer en el futuro.
  2. Los frutos o rentas de los bienes propios no se pueden capitalizar ni usar en provecho propio, deben emplearse con permiso del Superior en obras pías, en favor de los pobres.
  3. Si los padres o familiares están necesitados, el Superior cuidará de que se les dé a ellos (X, 552).

60.- El Estatuto se centra exclusivamente en los bienes inmuebles y en los beneficios simples (cf. Est. A 1). El misionero tiene poder sobre estos bienes, puede administrarlos, conservarlos, disponer de ellos, etc. sin permiso de los Superiores. Son bienes que, en principio, la Congregación deja a la responsabilidad del misionero y a su espíritu de pobreza. Sólo el uso de los frutos o rentas están supe­ditados al permiso del Superior y, por supuesto, al espíritu de pobreza.

61.- Las Asambleas Generales han ido resolviendo las cuestiones que susci­taba la aplicación de este Estatuto. Sustancialmente, dichas aplicaciones pasaron a las Constituciones de 1954. Las Constituciones actuales dan una nueva inter­pretación, muy matizada pero importante, es la que se refiere al uso de los frutos de los bienes en provecho propio: Los miembros de la Congregación pueden, con licencia del Superior, emplear estos frutos (frutos o rentas de los bienes propios inmuebles o beneficios simples) en usos personales. Esta es la norma permisiva: es claro que se trata sólo de una concesión, de ninguna manera de una orientación positivamente recomendada (Estat. Fundamental, 4). Antes no era así, todos los bienes personales tenían que emplearse en obras pías: Los miembros de la Con­gregación deben emplear los frutos de sus bienes en obras pías. Esta es la norma principal y positiva que nace de la orientación vicenciana. Por ella disponemos de nosotros mismos y de nuestros bienes en servicio de la evangelización de los pobres. Este es el valor evangélico más claro y eminente del Estatuto. La ayuda a los padres y parientes necesitados es, ante todo, un deber de piedad y justicia (Est. Fundamental, A, 2).

62.- El Estatuto establece, además, que no se capitalicen los bienes: Los miembros de la Congregación no pueden retener los frutos de sus bienes. Esta es la norma negativa por la que se nos prohíbe capitalizar acumulando los frutos y hacernos ricos. Nace de la pobreza evangélica, que no sólo es pobreza de espí­ritu, sino también de hecho. (Est. Fundamental, A, 3).

El uso de los bienes, incluso de los procedentes de los bienes inmuebles, no es libre en la Congregación: Los miembros de la Congregación no gozan del uso libre de sus bienes ya que también en esto deben depender de los Superiores. Esta norma nace de la dimensión comunitaria de nuestra pobreza (Est. Funda­mental, A. 5).

63.- La Asamblea General dio una explicación extensiva del Estatuto Fun­damental de la pobreza.

  1. Hay que equiparar a los bienes inmuebles y a los beneficios simples todos los bienes productivos y los derechos de percibir intereses, según estimación común en todas partes (Est. Fundamental, B. 1). La razón es que los bienes inmuebles y beneficios simples son considerados como fuente de bienes. La extensión está, pues, en equiparar todas las fuentes de bienes actuales, por ejemplo, lo intereses por poner en dinero en el banco en forma de acciones y obligaciones.
  2. Recuerda que, aunque el Estatuto no diga nada de los bienes muebles que no provienen de los bienes productivos, tampoco, según el espíritu del Estatuto, estos bienes muebles ni pueden sustraerse de la norma principal y positiva, que nos obliga a emplearlos en servicio de la evangeli­zación de los pobres, directamente o mediante la comunidad, ni de las demás normas (Est. Fundamental, B. 2).
  3. Finalmente, reconoce que el Estatuto Fundamental no es la única fuente de normas por las que se rige el voto de pobreza de la Congregación de la Misión, (cf. Est. Fundamental, B. 3). EL Estatuto, en el número B. 4, enu­mera siete fuentes sin pretender que sean exclusivas: a) la dedicación a la evangelización de los pobres; b) la pobreza de espíritu (XI 647-655; RC III, 4, 7); c) la comunidad de bienes (RC III, 3-6); d) la acomodación de nuestra vida a la vida de los pobres (RC III, 7); e) la ley universal del tra­bajo (XI, 120, ss.); f) los frutos de nuestro trabajo son bienes de la comu­nidad; g) los bienes de la comunidad se han de considerar como patri­monio de los pobres; no nos es lícito, ni individual ni colectivamente, con­servarlos improductivos y sin colocarlos del modo más rentable para la promoción de los pobres; h) la comunidad tiene propiedad de los bienes para, según la necesidad, poder desempeñar gratuitamente nuestros ministerios y socorrer con largueza a los pobres (RC III, 2; XI, 647-655).

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