Historia de los Paúles en Cuba (Capítulo XI B)

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Autor: Justo Moro y Salvador Larrua · Año publicación original: 2013 · Fuente: Mecanografiado.
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Para muchos católicos de filas, las Cartas Pastorales firmadas por los Obispos de Cuba poco después de comenzar 1959 tenían un sentido político contrario a la revolución. Es necesario aclarar al respecto que, como pastores de la Iglesia, los Obispos no hacían más que obedecer los dictados de su conciencia aunque no faltaron los casos en que algunos religiosos y laicos vieran, sintieran y quisieran encontrar en la Iglesia Católica un poder que se enfrentara al del Estado.

Ante el cierre de la Universidad de Santo Tomás de Villanueva y la invalidez de los estudios cursados en la década de los años 50, numerosos estudiantes también abandonaron el país. El cierre de los colegios católicos al terminar el curso 1960­1961 contribuyó a que muchos padres de familia emigraran con sus hijos, para poder proporcionarles fuera de Cuba una educación acorde con sus tradiciones y creencias. De esta forma, tanto la Acción Católica Cubana con todas sus ramas, como las demás asociaciones católicas, vieron sus filas sumamente mermadas a tenor de la salida del país de numerosos miembros. Ante la pérdida de muchísimos de sus integrantes, unida a las dificultades de la institución católica y a las presiones ejercidas sobre la Iglesia, la Acción Católica y las asociaciones comenzaron a extinguirse.

Junto con estas personas y también formando parte de ellas, decenas de miles de católicos afectados por las leyes revolucionarias o por motivos de conciencia, también comenzaron a emigrar. No solamente los católicos, también salieron del país miles de personas pertenecientes a diversas denominaciones evangélicas. Otros, perdidas sus tierras, edificios, empresas y negocios, comenzaron a salir de Cuba masivamente buscando nuevos horizontes para su vida. La proclamación del carácter socialista de la revolución, que tuvo lugar en 1961, acabó de convencer a muchos que todavía albergaban alguna esperanza de que la revolución no siguiera esos derroteros.

La mayoría de las estructuras tradicionales en las que descansaba la acción pastoral de la Iglesia cubana: misiones, colegios, asociaciones, publicaciones etc., desaparecieron por sí solas o fueron suprimidas como consecuencia del viraje político-social dado por la dirección del país, con lo que la Iglesia Católica tuvo que hacer frente a una situación muy difícil. De la misma manera, estos acontecimientos afectaron profundamente la estructura y la labor misionera de los PP. Paúles, quienes, insertados dentro de la Iglesia Católica y de la sociedad cubana, tuvieron que enfrentar los nuevos tiempos en condiciones sumamente precarias.

Los acontecimientos políticos y el viraje tan drástico a la izquierda hicieron recordar a muchos misioneros españoles los tristes acontecimientos que tuvieron lugar durante la guerra civil y la persecución y la muerte de miles de sacerdotes, religiosos y religiosas de todas las congregaciones. Ante la posibilidad de que algo parecido ocurriera en Cuba muchos de los misioneros optaron por salir del país cuanto antes. Con ese propósito, nos cuenta el P. Chaurrondo:

«El Hermano Agustín Díaz se desplazó a Oriente a recoger los pasaportes de todos. Cuatro o cinco de Oriente ya se habían venido el día 3 de Mayo, creyendo que los aviones o los barcos los estaban esperando. Poco a poco se fue calentando la idea de fuga general. Después de la visita a Oriente del P. Subiñas, parece que el cuadro quedó así:

En LA MERCED, los PP. Prudencio García, Ortiz de Zárate e Hilario Chaurrondo. Dudosos el P. Julián Pérez y el P. Pedro Vila. También se quedaba el Hermano Raúl Núñez, cubano. En SANTOS SUÁREZ se iban todos.

En SANTIAGO DE CUBA: Se quedaban los PP. Lorenzo Jaureguizar y Gregorio Gracia. Poco después abandonaron la casa. Fue el P. Desiderio López para hacerse cargo de la casa. Supone el P. Lépez que tenían razones más que suficientes para no aguardar a la entrega de la casa, pues parece que no todas las cosas iban bien. En SAN LUIS, el P. Esteban Barbarin. En CAIBARIEN, se iban todos, quedando solo el P. Demetrio Zúñiga. En GUANTÁNAMO, se quedaba el Gil Cruz, y Mariano García Matesanz en SANTA CATALINA.

En LA MILAGROSA el P. Eladio Pascual. En MATANZAS los Padres. Desiderio López y Jesús Cuevas, procedente de Baracoa. En BARACOA el P. Maximino Bea. En YAGUAJAY el P. Florentino Villanueva. En SANTOS SUÁREZ los Padres José María Ardanaz y Pedro Vila.

Estos son los que se comprometieron a quedarse, pasase lo que pasase. Los demás, con el P. Gregorio Subiñas al frente, saldrían de Cuba lo más pronto posible. Continúa narrando el P. Chaurrondo:

Estando en ese plan se presenta en casa de La Merced un joven con una lista a lápiz, sin ninguna identificación de su personalidad diciendo que comunicaba que los Padres Salomón Sáez, Ricardo Etayo y el hermano Raúl Núñez, tenían que abandonar el país. Después al Hermano Raúl lo retiraron de la lista pues era cubano. Del interior no supimos, de momento, nada. Pero a los pocos días se aparece otro, entregando la reserva en el pasaje de la Transatlántica española, para los PP. Julián Pérez, Jacinto Ortiz, Pedro Vila y Hermano Eligio Rivas. Al día siguiente trajeron la orden para el P. Gregorio Subiñas.

Esto sí que descomponía el cuadro. Entonces tomé yo la determinación de acudir al Ministro del Interior o de Gobernación, para ver lo que había sobre el asunto. Me dijo que no hiciese caso de esas expulsiones y que presentase una pequeña exposición al Sr. Luis Amado Blanco, diciendo los que quería que se quedasen, dejándole a él una copia. El que me atendió en nombre del Señor Ministro, Comandante Ramiro Valdés, fue el Señor Albite, Jefe de Inmigración, dejando sin efecto las expulsiones.

Copia de la Exposición presentada al Señor Luis Amado Blanco.

Habana, 19de Junio de 1961

Sr. Luis Amado Blanco

Embajador Comisionado de Asuntos de Sacerdotes Extranjeros

Muy Señor Mío y Amigo:

Como le dije en nuestra conversación de ayer, en la mañana, hace unos días se recibió en esta casa una comunicación informando que tenían reservados los pasajes para España de los siguientes Padres.

Rev. P. Julián Pérez Huidobro

Jacinto Ortiz de Zárate

Pedro Vila Martínez

Quiero exponer a Ud. lo siguiente:

1. Que por lo que yo pueda saber, que vivo con ellos, no han tomado parte alguna ni han mantenido conexión, tampoco en la formación y ejecución de la contrarrevolución, respondiendo de sus personas, que desean trabajar en Cuba ateniéndose exclusivamente a sus ministerios sacerdotales.

2 Que se da la coincidencia de que si se van dichos Padres yo sólo tengo que encargarme de dos Iglesias, la de La Merced y la de La Milagrosa, de Santos Suárez, cosa que es imposible. Yo francamente solo no puedo tomar esa responsabilidad. Tendría que cerrarlas.

3. Por lo cual le ruego con todo encarecimiento que gestione la permanencia de dichos sacerdotes en Cuba, con lo cual, prestará un gran servicio a Dios, a Cuba y a la Revolución.

Con las gracias más sentidas queda de Ud. su afmo. amigo.

Hilario Chaurrondo.

Así ha sido, en efecto, sin que hayan molestados, hasta ahora, lo más mínimo, a los PP. Ortiz, Pérez y Vila, pues el Hermano Rivas se fue por su cuenta con el P. Castaño, que no había recibido indicación alguna. Se había salvado la situación en La Habana. El Problema era Oriente y las Villas, si es que allí comenzaban con las expulsiones. Al efecto de informarse vino el P. Jaureguizar de Santiago de Cuba.

«Fui yo al Señor Amado Blanco y al Señor Albite, pero ambos me dijeron que los asuntos de Oriente dependían de Raúl Castro y que ellos nada podían hacer. No así en las Villas si pasaba algo. Pero en las Villas, Cienfuegos, no pasó nada, ya que ningún padre de Yaguajay y Caibarien recibió orden alguna de expulsión, yéndose los Padres de las dos casas, excepto el P. Villanueva, por su propia voluntad.

A todo esto el P. Subiñas, Visitador, consiguió, no sé por qué conducto, un puesto en el avión, yéndose el próximo sábado rumbo a España y siendo el primero que llegó a España, aunque me han dicho que no pensaba irse tan pronto y que quizás pensaba quedarse en definitiva, pero al recibir el papelito se ilusionó con el viaje y se fue, en lo cual hizo muy bien a nuestro parecer, pues estaba muy nervioso, mala condición para estas circunstancias, en que solo la serenidad y el control de uno mismo pueden impedir o aminorar esta catástrofes. Hay quien sospecha por confidencias que este salió de La Habana con la determinación de preparar y convencer a Madrid de la necesidad de que todas las Hijas de la Caridad abandonasen Cuba. ¿Será esa la explicación del cable de Madrid? Quizás sí, quizás no. Pero cuenta con alguna probabilidad el sí.

Así las cosas, se presentó el temido problema de Oriente, en que comunicaron a los cuatro Padres de Guantánamo y a todos los de Santiago, excepto al P. Arnáiz, la orden de abandonar la ciudad en el término de unos días y luego el país. Monseñor Pérez Serantes hizo gestiones con la Nunciatura, pero ésta le comunicó por telégrafo, que con los curas nativos no había problema, pero que los extranjeros no podían quedarse; y con la autorización del Señor Arzobispo, tanto los de Santiago de Cuba como los de Guantánamo, abandonaron sus casas, apareciendo en La Merced. Solo a dos no había comunicado tal orden. Al P. Bea, de Baracoa, y al P. Barbarin, de San Luis.

¿Qué hacer, pues Santiago y Guantánamo se quedaban sin sacerdotes? El Señor Arzobispo había mandado al P. Comas para que le entregasen las dos parroquias.

Al tener que venir todos los Padres de Santiago a la Habana, ya que el P. Arnáiz, único que no tenía la orden de salida, se prestó a quedarse para guardar la casa, el P. Pérez mandó al P. Desiderio López, para que se hiciese cargo de la propiedad, antes que la ocupase el estado por haberla abandonado sus moradores. Así se hizo.

Llegados a La Habana se les comunicó que por indicación de la Nunciatura y de la Secretaría de Estado, tales expulsiones de las autoridades locales estaban suspendidas hasta nueva orden. Pero para algunos, como los Padres Gil cruz, Federico García y otros, ya era tarde, pues al recibir la orden de expulsión a través del Cónsul español, habían conseguido pasaje en el vapor español, que salía en aquellos días. Por su parte y cuenta propia, el P. Jaureguizar y el P. Eladio Pascual se habían gestionado la salida en avión para Miami.

Así las cosas con casi todos los Padres de las casas en La Merced, recibimos la visita del Señor Internuncio y del delegado Apostólico, quienes hablaron a todos los reunidos, que seríamos como unos 20, pues todavía no habían salido la mayor parte.

El Señor Internuncio aclaró los siguientes puntos. 1. Que él declaraba en el nombre de la Santa Sede y previas conversaciones con el gobierno, que ningún sacerdote corría peligro alguno personal en Cuba. 2. Que era voluntad de la Santa Sede que se quedaran todos los sacerdotes a quienes la obediencia no los mandase salir. 3. Que tal era también la voluntad del Muy Reverendo P. General, P. William Slatery, C.M. con quien había tenido contacto antes de salir de Roma. 4. Que diesen por nulas las comunicaciones de expulsión recibidas, procurando hacer una distribución del personal, de modo que de momento no volviesen a los mismos lugares, los que habían recibido tales órdenes de expulsión.

Hubo un interesante diálogo de los «pro» y de los «contras» de la situación, sosteniendo el Señor Nuncio, que no habiendo un peligro «próximo», la norma de la iglesia en todas partes había sido el de no abandonar a los fieles, añadiendo enfáticamente: Que nadie diga que se va porque el gobierno central lo ha expulsado.

Así ha sido en efecto, pues hasta hoy, 1 de Agosto, ningún sacerdote ha recibido del Ministro del Interior la orden de salir del país, ni directamente ni a través de la Nunciatura. Sólo a dos se les recomendó que se fueran. Un Capuchino y un Jesuita. El Nuncio terminó diciendo que esperaba que todos se pusieran a disposición del P. Visitador, para atenerse a la obediencia de irse o de quedarse.

Todavía eran como 15 los que esperaban el avión para Miami y el vapor para España. Era difícil que se quedasen todos, pues los PP. Gil Cruz, Maestrojuán, Federico García y Arnáiz tenían ya las maletas en la aduana para salir en la mañana siguiente.

Pero todavía quedaban 13, de los cuales solo dos o tres habían recibido la orden de salir, anulada por el gobierno central, Los Padres Jaureguizar y Pascual que vivían fuera de la Comunidad, no asistieron al acto, estimando el P. Pérez, que perteneciendo al primer grupo que se ofreció quedar, mantendrían su palabra, al saber que la orden de expulsión había sido anulada, pero no fue así, desapareciendo de pronto para Miami.

De los 13 que quedaban, solo dos había entre los que habían recibido la orden de expulsión. El P. Gracia que había ofrecido quedarse y el P. Méndez, ambos de Santiago. De la primera gestión del Señor Nuncio, solo se había conseguido que se echara atrás el P. Alfredo Enríquez, quien dijo que él se quedaba a disposición del P. Pérez, para lo que le necesitase en Cuba, y el P. Méndez.

Ya estaba llegando el tiempo de partir, señalado para el día 15, sábado, cuando el jueves recibe el P. Pérez una carta de la Nunciatura, volviendo a pedir a los Padres que no se fuesen. El P. Pérez reunió a la Comunidad y luego de unas palabras afectuosas y sentidas, les rogó que se quedasen para solucionar que al menos se quedasen dos en cada casa y dos de remanente por si había la probabilidad de volver a Guantánamo.

Pareció a primera vista que recibieron bien la petición. Para celebrar su nombramiento de nuevo Visitador, hubo un extraordinario en la mesa, terminándose con cantos de folklore popular. Todo parecía una buena voluntad de rectificación. Pero ¿cuál no sería la sorpresa del P. Pérez, cuando llamando uno a uno a ver lo que decían, todos ellos dijeron que se iban.? El pobre P. Pérez quedó desplomado, sin saber qué hacer. Yo le aconsejé que suspendiese el viaje de todos y que pidiese la venida de un Comisario del P. General, desde Colombia o Argentina, para que zanjase el asunto, pero él estimó, que habiendo llegado las cosas adonde habían llegado, ya no podía hacer más. Que informaría al P. General y que ya había descargado su conciencia, haciendo lo que podía hacer.

Al abandonar los Paúles Caibarién, por orden dicen ellos del P. Subiñas, a las cuatro de la mañana se refugiaron en Matanzas. El P. Desiderio López habló con Monseñor Muller, Obispo de Cienfuegos y como resultado de esa conversación, se personó allí el P. Demetrio Zúñiga. Allí estaba tranquilamente el P. Zúñiga, cuando a primeros de Agosto de 1961, recibe la comunicación de un individuo del G-2, de que en el término de pocos días tenía que abandonar el país. Habló con las autoridades de Caibarién, civiles, militares y revolucionarias, las cuales nada sabían del asunto. Por fin recibió una llamada telefónica de Santa Clara, diciéndole que, en nombre del G-2 abandonase la población y el país.

El P. Zúñiga insistió en que le dieran un documento, pues él no sabía quien era el que hablaba. Entonces todos le aconsejaron que se trasladase a la Habana, para ver lo que había de aquel asunto. Llegado el sábado en la tarde, al lunes siguiente, por la mañana, fuimos los dos a ver a Albíte, con una carta para el Comandante Ramiro Valdés, Ministro del Interior. Llegados al Ministerio nos recibió inmediatamente el Sr. Albíte, el cual, leída la carta, subió a hablar con el Sr. Ministro.. Como a los diez minutos bajó y nos dijo: P. Chaurrondo, ya está arreglado. Ya les hemos dicho que no se repitan tales cosas y agradeciéndole su gestión nos despedimos.

Pero desgraciadamente no tardaron mucho en volver a la carga y tanto el P. Zúñiga como el P. Villanueva, fueron deportados en el vapor Covadonga. Durante algún tiempo ambas parroquias quedaron al servicio de la Diócesis, hasta que 2 de Agosto de 1965 llegó el P. Ardanaz quien, dejando la parroquia de la Milagrosa, en Santos Suárez, se encargó de Yaguajay y de Mayahigua.

Y llegó el 15 de Julio, sábado. Ese día salieron unos catorce entre Padres y Hermanos. Fueron los últimos, de los casi cuarenta que abandonaron el país.

Todo se lo llevó el viento. La historia golpea brutalmente. ¿Cuál será el futuro? Solo Dios lo sabe. Nosotros sabemos que hemos cumplido con nuestro deber. Hemos recogido la herencia de nuestros mayores para que, al menos, el manto del olvido no caiga sobre ellos.

 

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