Historia de los Paúles en Cuba (Capítulo II A)

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Autor: Justo Moro - Salvador Larrúa · Año publicación original: 2012 · Fuente: Mecanografiado.
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Capítulo II (A): Primeros pasos de la Congregación de la Misión en Cuba

1. Breve historia de la Iglesia de La Merced y su Convento.

Cuando llegaron los Padres Mercedarios a la Habana en el año 1637 adquirieron a precios muy bajos unos solares en el barrio de Campeche, en un sitio deshabitado donde quedaban solamente las ruinas de algunas casas. Fray Gerónimo compró solares que colindaban con el sitio donde pensaba levantar la Iglesia y el Convento. El Obispo autorizó por sí mismo a Fray Jerónimo de Alfaro que iniciara la construcción. Pero el gobernador, Bitrián de Viamonte, se quejó al rey y se detuvo la obra. Desde ese momento, Bitrián de Viamonte se encargó de hacer fracasar todas las gestiones que en los años siguientes realizaron los Frailes para reiniciar la construcción, El 15 de abril del año siguiente, 1639, el Rey, a raíz de los problemas entre los mercedarios, el obispo y el gobernador, firmaba una Real Cédula prohibiéndoles fundar convento, ni hospedería, ni poner campana:

Que se notifique al Rev. Fr. Jerónimo Alfaro qe no funde Convento, ni Hospederia, ni ponga campana, ni use de otra ninguna Insignia de Convento por las causas referidas y otras que estan alega.

Poco tiempo después el Rey recibió noticias de que si bien los mercedarios no fundaban Convento ni Iglesia, se mantenían en Cuba aguardando la oportunidad de realizar sus propósitos, y reaccionó con otra Real Cédula firmada el 7 de junio de 1652, ordenando de forma perentoria, que el Comendador de la Merced, Fray Gerónimo de Alfaro, fuera embarcado para España:

y al dho Fr, Geronimo de Alfaro le embarcareis luego pa estos Reynos o pa la Ysla Española donde es Conventual y lo mismo hareis de otro qualquier Religioso o Religiosos qe en su lugar quisieren Intentar semejantes resoluciones por ser contra mi R1 Patronazgo a cuya defensa Saldreis como teneis obligación, procurando la observancia de las Cédulas que estan dadas sin admitir escusa, ni ottra interpretación ninguna, y sino cumplieredes.

Pero los mercedarios se las arreglaron para mantenerse en Cuba. Vivían de forma precaria, atendían a los más necesitados en aquel barrio tan humilde y los vecinos admiraban su abnegada labor. Algunos años después, en 1647, volvían a la carga a través del Procurador Fray Atilano de San José, y su petición era tomada en cuenta por los miembros del Cabildo de San Cristóbal de La Habana:

En este Cavildo se presentó petición del Padre Fray Atilano de San José, Procurador General de la Orden de Nuestra Señora de la Merced, y por las causas que en ella refiere pide se haga informe por este Cavildo a S.M. para que sea servido dar licencia para la fundación que pretende de un convento de su orden en esta Ciudad y tratado sobre ello se acordó que si acaso sobre lo referido hubiere otro pedimiento presentado en este Cavildo por parte del antecesor de dho Padre se busque con lo que se hubiere acordado sobre ello y se traiga á el primer cabildo.

Ante la actitud persuasiva y firme de los mercedarios, los Capitulares de La Habana, por unanimidad, acordaron escribir al Rey solicitando el permiso para fundar un convento de la orden, el 2 de marzo de 1647:

unánimes y conformes acordaron se suplique a S.M. conceda licencia para la fundación del dicho convento y se comete la carta que sobre ello se ha de escribir al Sr Licenciado D Pedro de Pedroso y habiéndolo fecho esta Ciudad lo ,firme.

Pero la voluntad real se mantuvo firme y los Mercedarios siguieron aguantando el castigo. El 26 de mayo de 1654, el Procurador General de la Provincia Mercedaria de San Lorenzo, Fray Francisco de Roxas, presentaba una solicitud en el mismo sentido que tampoco fue escuchada.5 El Cabildo de La Habana, por su parte, volvía a escribir al Rey el 3 de julio de 1655 solicitando la fundación del Convento, pero esta solicitud, como las anteriores, tampoco obtuvo resultado.6

Más de medio siglo después, el 20 de julio de 1708, el Padre Presentador de la Orden de la Merced, Fray Pedro de Mora volvía a presentar al Cabildo de San Cristóbal de La Habana un detallado Memorial donde hacía el recuento de los sucesos ocurridos después del primer intento de fundación fracasado, renovando la firme voluntad de los Frailes de obtener su anhelado objetivo, y solicitando otra vez la licencia de fundación:

El Presº Fray Pedro de Mora del órden de Nira Sra de la Merced calzada redención de cautivos y Presidente de la Casa hospederia de esta Ciudad perezco ante V S’ por mi y en nombre de mi Sagrada Religión, y digo que abrá mas de sesenta años que por el Sor Govr q entonces era, fundó convento de dha relixión en esta Ciud por tener sitio y alguna congrua con que se mantener los relixiosos y por la grande y conocida utilidad q se seguia á los vezinos y en especial á todos los del barrio de dho Convento en la administración de los Sacramentos y en la asistencia de las misas ademas de ser ness° el dho convento por ser este puerto principal de todos estos Reynos y del pasto preciso de unos á otros.

Los Mercedarios tuvieron que esperar otro medio siglo más para obtener finalmente, en 1746, los permisos que hicieron posible la construcción del Convento de San Ramón Nonato y la Iglesia de la Merced, aunque estas obras no comenzarían sino a partir del año 1755 y se concluyeron en el año 1799 como consta en la tarja original de madera, que se encuentra actualmente en la biblioteca de La Merced, y una copia, en piedra, a la izquierda de la puerta de la oficina según se sale a la Calle Cuba.

El año 1763, al ser atacada y tomada la Habana por las fuerzas Inglesas que capitaneaba el Conde de Albemarle, se paralizaron las obras permaneciendo paradas hasta el año 1773, el año en que el Obispo Echevarría dio nuevos impulsos a los trabajos bendiciéndose nuevamente aunque no se dieron por terminadas hasta el año 1792.

La fachada principal de este templo mira a la calle de Cuba en una de las esquinas con la calle Merced, que tomó su denominación con la del mismo templo. La Iglesia mide 50 varas de ancho por 100 de largo. Al suprimirse en el año 1820 todos los conventos de la Isla, quedó también suprimido el de la Merced. En el año 1841 sufrieron estos Religiosos una nueva secularización, emigrando en su mayoría a la América del Sur. La Iglesia permaneció cerrada al culto y el convento fue ocupado para establecer en sus celdas las oficinas de la Real Hacienda.

La Iglesia levantada por los mercedarios, a costa de más de un siglo de espera paciente y abnegada, se convertiría con el tiempo, en la sede de la primera Comunidad de Padres Paúles en la Isla de Cuba.

2. Los Paúles en el Convento de San Ramón Nonato y en La Iglesia de la Merced: un proceso largo y difícil.

En el año 1851 el Obispo Claret pidió a la Reina de España Isabel 11 que enviase a Cuba un grupo de Hijos de San Vicente de Paúl, lo que le fue concedido por Real Orden de 26 de Noviembre de 1852, come hemos visto en el capítulo anterior. Sin embargo, la Real Orden de Doña Isabel II estaba sin cumplir y tuvieron que pasar diez años desde la firma de la Real Orden hasta que los PP. Paúles llegaron a La Habana.

El 12 de Noviembre del año 1862 la revolución de Méjico trajo a las playas cubanas a los Misioneros Sres. Joaquín Alabán, Joaquín Piñol, Ignacio Rocha y Eduardo Montaño, quienes bajo la dirección del P. Viladás, habitaron en una casa que aun se ve hoy en la Calzada de San Lázaro, número 338. A principios del siguiente año vinieron también los Sres. Juan Masnou y Francisco Javier Jaquemet, el primero Visitador de la Provincia mejicana y el segundo procedente de los Estados Unidos.

Los primeros paúles habían llegado a Cuba exclusivamente como directores de las Hijas de la Caridad, el 18 de enero de 1847. Se trataba de los Padres Francisco Bosch y Ramón Vila. Cuatro años después llegó el P. Pedro Planas con dieciocho Hermanas junto con el Arzobispo Antonio María Claret y Clará, que venía para tomar posesión de la Sede Primada de Santiago de Cuba. El número de Hermanas aumentó con gran rapidez. Entre 1847 y 1857 entraron en la Isla un total de 54 Hijas de la Caridad distribuidas entre la Casa de Beneficencia, el Colegio de San Francisco de Sales, entre los hospitales de San Francisco de Paula y el Hospital Militar y el colegio de Santa Isabel, todos ellos en La Habana y el Hospital de Guanabacoa.

Los Padres Bosch y Vila, residiendo en la calle San Lázaro, N. 338, en la Habana Vieja, por encargo del Obispo de la Habana, ejercieron como capellanes de la Casa de Beneficencia. El P. Vila falleció antes de 1850 y vino a sustituirlo el P. Pablo Planas en 1851.9 Pero el hecho de que llegaran estos Paúles no significaba que existiera en Cuba la Congregación de la Misión como tal, porque su instalación no tuvo lugar hasta que se cumplieron todos los requisitos civiles, eclesiásticos y canónicos. Todos estos requerimientos no se cumplirían hasta el 19 de Julio de 1863, fiesta de San Vicente de Paúl; precisamente por eso fue elegida como fecha de la instalación Canónica en el Convento e Iglesia de La Merced.

Con la firma del Concordato de 1851 y de la Real Cédula del 26 de noviembre de 1852, parecía que todas las dificultades estaban allanadas, pero en España habían surgido dificultades que demorarían la venida de los Paúles a Cuba, a pesar de las gestiones realizadas por el Obispo de la Habana, Monseñor Francisco Fleix y Solans y por las del Arzobispo de Santiago de Cuba, Monseñor Claret.

El 23 de julio de 1852 el Ministro de Gracia y Justicia, Don Buenaventura González Romero, firmaba el Real Decreto por el que se restablecía en España la Congregación de la Misión, dando cumplimiento al artículo 29 del Concordato de 1851, rubricado por Su Majestad. El Artículo 29 reza así:

A fin de que en toda la Península haya el número suficiente de ministros y operarios evangélicos de quienes puedan valerse los Prelados para hacer misiones en los pueblos de sus diócesis, auxiliar a los Párrocos, asistir a los enfermos y otras obras de caridad y utilidad pública, el Gobierno de Su Majestad, que se propone mejorar oportunamente los Colegios de Misiones para Ultramar, tomará desde luego las disposiciones convenientes para que se establezcan donde sea necesario, oyendo previamente a los Prelados diocesanos, Casas y Congregaciones Religiosas de San Vicente de Paúl, San Felipe Neri y otra Orden de las aprobadas por la Santa Sede.

Cuando el P. Buenaventura Armengol, Visitador de la Provincia de España y Director de las Hijas de la Caridad, desembarcó en Santander el 3 de junio de 1853, llevaba buenas noticias de las que dio cuenta el 30 de octubre del mismo año al Superior General de la Congregación de la Misión, P. Juan Bautista Etienne, del número de misioneros que había en la Península y con optimismo le anunciaba que:

nuestro seminario pronto estará lleno; hay un crecido número de vocaciones.

Aquellas vocaciones garantizaban el refuerzo de los primeros misioneros y la continuidad de la recién fundada comunidad de los PP. Paúles en Cuba.

Como la fundación de la Comunidad de La Habana había sido el sueño, tanto del Obispo Fleix como del Arzobispo Claret, Fleix escribió al P. Armengol para decirle que

En pocas partes tienen ustedes un campo más hermoso, y en ninguna un Obispo que se entregue a ustedes con más afecto y esperanzas.

El P. Armengol solicitó a Mons. Fleix que enviara a España un representante «para establecer la base de la fundación de los Misioneros en La Habana» e incluso tuvo la idea de ir él mismo a esta ciudad para tratar el asunto, pero la situación de la Provincia de España se complicó y la fundación habanera se fue postergando. Tiempo después, el 16 de diciembre de 1856, el Obispo Fleix escribía estas líneas al P. Igües, uno de los Paúles españoles:

siento infinito no se hayan conservado en el archivo mis cartas y oficios. Por dichos documentos, vería V. R. que he reclamado el cumplimiento de la Real Cédula de 26 de noviembre de 1852, relativa al establecimiento de la Congregación en ésta, para la que se cuenta, además de los fondos y casa, con la buena voluntad del Prelado y demás autoridades, pero no se me ha contestado, o se ha verificado evasivamente.

Parece probable que las cartas y oficios de Mons. Fleix habían sido leídas pero su cumplimiento permaneció congelado esperando tiempos mejores. En esa larga espera, como decía el Obispo, pudieron perderse algunos documentos. Pero en el momento en que el Obispo Fleix hizo el mencionado reclamo, la situación había variado en España:

Ahora que ya parece hay Superior reclamo otra vez más lo mismo, esto es, el Instituto, esperando que V. R. me diga para cuándo, poco más o menos, podrá verificarse esto.

Desde la península, el P. Masnou se apresuró en contestar a Fleix explicando que no había sido posible realizar la fundación

…ya por no tener formada la juventud, ya también por el trastorno ocurrido en el seno del Instituto.

En otra parte de su carta, agregaba que la fundación habanera se llevaría a cabo lo antes posible, y no demoró en ponerse en acción para conseguirla. El Visitador, P. Masnou

…dirigió una solicitud al Ministro de Estado, encargado de la Dirección de Ultramar, rogándole que expida las órdenes convenientes al Gobernador y Capitán General de Cuba, para que se disponga el edificio que han de ocupar los Misioneros, y trató verbalmente del asunto con el Director de Ultramar, que le prometió poner pronto en ejecución lo que le pedía.

Mientras ocurría todo esto en España, los locales del Convento e Iglesia de la Merced que iban a constituir la sede de la. Comunidad de la Congregación de San Vicente de Paúl en Cuba, estaban ocupados por los congregados de la extinguida Orden de la Merced. El 17 de diciembre de 1853, uno año después de firmada la Real Cédula que autorizó el establecimiento de los Padres Paúles en La Habana, el Capitán General y Gobernador de Cuba, Don Juan de la Pezuela, escribió un oficio al Obispo Fleix donde le decía:

Creo que sería conveniente reunir en el Convento de Sn. Francisco, antiguo de Sn. Agustín, los religiosos que en él se encuentran, y los que residen en el de la Merced, para que este último local quede expedito para recibir a los de S. Vicente.

El prelado contestó el oficio con fecha 23 de diciembre. No estaba de acuerdo con la idea del Capitán General, que fue la que se adoptó a final de cuentas, porque en este momento el Obispo Fleix pensaba que el Convento de Santo Domingo sería más ventajoso para albergar a los Paúles:

El Convento de Sto. Domingo está más próximo al Seminario Conciliar, a cuya dirección y enseñanza destina el Artículo 1° de la Real Cédula de 26 de Noviembre de 1852 a los clérigos de S. Vicente de Paúl. La reunión de los seis sacerdotes congregados existentes hoy en el de la Merced en el de S. Francisco ofrece los inconvenientes de que no hay local suficiente al efecto; ser diversas y por consiguiente incompatibles, las obligaciones que practican los Religiosos de una y otra religión; y suprimir la devoción fervorosa y general a la Virgen de la Merced, existente desde su fundación en el Convento de su mismo nombre.

En contra de lo que pensaba Mons. Fleix, el tiempo demostró que la devoción a Nuestra Señora la Virgen de la Merced, muy lejos de desaparecer, se hizo más profunda y sentida desde que los PP. Paúles pasaron a residir a ese Convento y a regir la Iglesia. Pocas semanas después, en enero de 1854, el día 13, el Obispo oficiaba de la forma siguiente al Presidente de Regulares de San Francisco, establecidos en el Convento de San Agustín:

Ha dispuesto el Capitán General que se destine para los Paúles el Convento de S. Agustín que ha ocupado hasta ahora la Congregación de Regulares de S. Fco.; y que la Congregación de S. Francisco, hoy en el Convento de S. Agustín, se traslade a la Capilla de la Tercera Orden con claustros independientes del Convento de S. Fco., lo que se le comunica ya que Nos hemos también dispuesto se haga nómina de los gastos que ocasione el traslado.

A pesar de que el Obispo se inclinaba por la idea de que los Paúles fundaran su comunidad en el Convento de San Juan de Letrán o de Santo Domingo, el Capitán General insistió en darles por morada el de San Agustín. Los Congregados Regulares de San Francisco estuvieron de acuerdo, pero era necesario aprobar un presupuesto de $23,000 para realizar las reparaciones indispensables.

Sin embargo, todo el mecanismo que se había puesto en acción se detuvo, a pesar de las presiones que realizó el Obispo de La Habana, por los problemas que surgieron en la Península y las contradicciones entre los Paúles.

Casi tres años más tarde, el 29 de febrero de 1857, Mons. Francisco Fleix y Solans ordenaba desalojar el Convento de la Merced, porque los congregados habían permitido que un grupo de seglares pasaran a residir en sus locales. Unos meses más tarde, el 12 de octubre de 1859, Fray Francisco Carrero, de la extinguida Orden de la Merced, presentó su renuncia por razones de edad y fue nombrado en su lugar el Pbro. José María Bergaz y Solórzano, quien recibió el cargo de Presidente de los Congregados Mercedarios bajo formal inventario de los útiles, enseres y ornamentos del culto y del templo, así como de los documentos y archivos de la Congregación. Este nuevo Presidente, José María Bergaz, era el que se encontraba en funciones en 1863 cuando se extinguió finalmente la Congregación establecida en el Convento de la Merced para ser sustituida por la Comunidad de San Vicente de Paúl.

De nada valió que el Obispo se inclinara por el Convento de Santo Domingo y que el Capitán General prefiriera el de San Agustín para residencia de los PP. Paúles. Por encima de los deseos y aspiraciones humanas, la Providencia había dispuesto que los Padres de la Congregación de la Misión, no sin antes pasar por muchos años de dificultades de todo tipo, se establecieran en el Convento e Iglesia puestos bajo la advocación de María, Nuestra Señora, la Virgen de la Merced.

Cuando llegó el momento de elegir entre los Conventos de Santo Domingo, de San Felipe Neri y de la Merced, el P. Gerónimo Viladás, Superior de la Comunidad de los Paúles de La Habana, y el P. Juan Masnau, Visitador optaron, sin vacilaciones, por el Convento y la Iglesia de la Virgen María de la Merced.

3. El P. Gerónimo Viladás, C.M., primer Superior de los Paúles en Cuba

El P. Jerónimo Viladás, por ser el primer superior de los Padres Paúles en Cuba y por ser el gran restaurador tanto del templo como de la Iglesia, y sobre todo por su labor apostólica y misionera, merece un capítulo aparte. Nos basta por el momento con las notas biográficas que nos dejó escritas tanto Fernando de Casanova como el P. Benito Paradela. En muy poco tiempo desde su llegada a Cuba se haría realidad la profecía del P. Sanz, quien en una carta al P. Muller, escrita el 10 de Marzo de 1863, había escrito:

En la Habana se necesita una virtud a toda prueba y aun con esta se corre peligro. Sería bueno que al Sr. Viladás le tiren ustedes el freno, tiene un genio muy emprendedor y puede ponerse en compromisos de los que no sea fácil salir.

Nació el 3 de octubre de 1820, en Cataluña, en la provincia de Lérida, en la villa de Agramunt y fue bautizado al día siguiente, 4 de octubre con el nombre de Gerónimo Jaime Pedro Viladás Lamich, hijo de Don Pablo Viladás y Doña Rosa Lamich. El pequeño era el último de cuatro descendientes varones.

Su vocación religiosa comenzaba a manifestarse. En 1847 — 1848 llegaron desde Australia dos famosos misioneros Benedictinos, los Padres Serra y Salvado. Sus narraciones sobre los vastos desiertos, las extensiones inacabables y las selvas inhóspitas, que tanto llamaron la atención en la península, inflamaron los deseos que ya se insinuaban en el alma del joven.

Algún tiempo después hizo acto de presencia en Lérida el P. Antonio María Claret, que estaba dando misiones por los pueblos de Cataluña. Gerónimo acudió para escuchar la santa palabra del apóstol, que lo conmovió profundamente, y

al oír la santa palabra del Ilustrado P. Claret y enardecido por el celo católico, despertada su verdadera vocación por las elocuentes pláticas que conmovían y atraían sus sentidos, corrió a consultar al Pastor, el cual le escuchó atentamente y comprendiendo que las gratísimas sensaciones que el joven Viladás experimentaba, no dudó en aconsejarle que abandonase la vida mundana para dedicarse al servicio de Dios.

De inmediato, Jerónimo emprendió el que iba a ser desde entonces el camino de su vida. Desde Lérida, pasó a Barcelona, y allí solicitó el ingreso en la Compañía de Jesús, cuyas reglas había conocido durante su estancia en Manresa. Ocurrió entonces que el Superior de la Compañía aplazó su ingreso considerando que era necesario que el aspirante profundizara en sus estudios de latín y filosofía. Gerónimo aceptó con humildad y resignación el dictamen del Superior y ya se preparaba para perfeccionar aquellos estudios cuando tuvo conocimiento que el Superior de la Congregación de la Misión de San Vicente de Paúl reunía un plantel de jóvenes ilustrados y decididos para llevar el evangelio a las vastas comarcas de la República de Méjico.

En Méjico, el 28 de junio de 1845, se había fundado una Provincia de San Vicente de Paúl con la autorización del Superior General, el P. Etienne, y con la aprobación inmediata del Arzobispo de Méjico junto con el decreto fundacional civil otorgado en esa fecha por Don Joaquín Herrera, presidente de la nación.

En ese momento el P. Buenaventura Armengol era el Visitador de Méjico, y había llevado al extenso país los primeros misioneros encomendados al P. José Puig. El P. José comenzó a reunir a todos los jóvenes con vocación que quisieran marchar a las misiones mejicanas, y entre estos figuró el joven Viladás, que enseguida escribió una carta al P. Puig manifestándole su vocación y su deseo de partir al lejano país.

Gerónimo Viladás hizo sus votos a los 33 años, dos años después de llegar a Méjico, una vez que cumplió las estipulaciones establecidas por la Congregación de la Misión. Los Superiores no demoraron mucho en ordenar la preparación de Viladás y de otros doce misioneros para que recibieran las órdenes mayores y el 24 de septiembre de 1853, día de Nuestra Señora de la Merced, la advocación de la Virgen que parecía estar ligada para siempre a la existencia de Viladás. Le ordenó de subdiácono el Señor Arzobispo de Méjico, quien también le confirió el diaconado el día 2 del mes siguiente, octubre de 1853.

Muy pronto comenzaron a manifestarse las singulares cualidades del P. Viladás, que desde muy joven poseía un gran poder de convicción. Estas cualidades hicieron posible que después de su ordenación sacerdotal el 11 de marzo de 1854, por decisión de los Superiores, Viladás entrara de lleno en el trabajo de las misiones. Jerónimo tenía entonces treinta y cuatro años.

Fue tan destacado el trabajo de Viladás, que el 26 de junio de 1856 sus superiores lo pusieron al frente de la comunidad de la Congregación de la Misión en Puebla de los Ángeles, apenas dos años después de su ordenación sacerdotal.

No disminuyó su celo apostólico con el título de Superior… él era el alma de las misiones y el predicador de todas las fiestas, con cuyo solo fin lo veremos hacer varios viajes a Méjico. Ejercicios al clero, ejercicios a las religiosas y hermanas, cárceles, hospitales, semanas santas, novenarios, triduos: por todas partes resonaba la voz ardiente del Sr, Viladás. Notable fue la Misión de San Francisco de Atlisco, desde el 4 de octubre hasta el 22 de noviembre de 1858, sosteniendo él el peso de 48 sermones, del mismo modo que al año siguiente sostuvo la Misión de Córdova con 40 sermones en el mes de diciembre. A su paso siempre correspondía la gracia de Dios con frutos asombrosos.

La fama de Gerónimo Viladás se extendió rápidamente por Méjico y el Ilmo. Sr. Francisco de Paula Verea, Obispo de Monterrey, se sintió tan impresionado por su labor que pensó solicitar del Santo Padre que lo nombrara su Obispo Auxiliar. Los deseos del Obispo no pudieron materializarse porque entonces estalló en 1858 la Guerra de Reforma, que comenzó por Michoacán y Guadalajara y pronto llegó a la capital del país:

Comenzaron a aparecer las Leyes de Reforma sobre la nacionalización de los bienes de la Iglesia, separación Iglesia-Estado, supresión de las órdenes religiosas de varones, invalidez del matrimonio eclesiástico, secularización de los cementerios, supresión de las fiestas religiosas y prohibición a los funcionarios del gobierno de asistir a ceremonias religiosas. Se expulsa al Nuncio y a varios embajadores, se destierra a obispos y se desamortizan bienes eclesiásticos.

En sus apuntes el P. Viladás recogió la fecha del 1 de enero del año 1861, el día infausto en que se publicaron las Leyes de Reforma «en cuya fuerza tuve que disolver la Comunidad, y nos distribuimos en las Casas de las Hermanas».

No pasó mucho tiempo sin que llegara a sus oídos la mala nueva de que el gobierno expulsaba del país a las Hijas de San Vicente de Pad_ y los misioneros que se habían refugiado en sus casas quedaron desamparados por completo. Ante el rumbo que tomaron los acontecimientos, el Superior General de la Congregación de la Misión le llamó para encargarle de la Isla de Cuba, con el carácter de Superior de la Misión y Director de las Hijas de la Caridad.

En su cuaderno de notas escribe el P. Viladás:

El 2 de Noviembre llegamos a Port de France, Martinica y salimos el 4 al medio día. El 8 desembarcamos en Santiago de Cuba. El 9 en Manzanillo. El 11 en Cienfuegos, el 12 desembarqué en Batabanó y el mismo día llegué a la Habana. Por invitación del Exmo. E Imo. Sr. Obispo D. D. Francisco Fleix y Solans me alejé en su palacio, por espacio de 20 días.

Apenas llegado a la Habana, el 12 de Noviembre de 1862, Viladás escribe al Obispo Francisco Fleix y Solans, con fecha 2 de diciembre del mismo año:

Ya se encuentran en esta ciudad desde hace pocos días, en la casa Calzada de S. Lázaro 338, cuatro Sacerdotes de S. Vicente de Paúl presididos por mí, y vendrán más y todos esperamos órdenes de S.S.

Los misioneros a los que aludía el P. Viladás llegaron a Cuba cuando fueron expulsados de México en tiempos de la Revolución. Eran los Padres Joaquín Alabán, Joaquín Piñol, Ignacio Rocha y Eduardo Montaño. Estos misioneros regresaron a México en enero del año 1864, después de la llegada de los misioneros Juan Masnou, (de México), Francisco Javier Jaquemet, (de Estados Unidos), y de España los Padres Faustino Marcos, Ramón Guell, Juan Arroz, Hermano Vicente Moreno, quienes llegaron a Cuba el 18 de noviembre del año 1863 junto con 20 Hijas de la Caridad.

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