Historia de los Paúles en Cuba (Capítulo I)

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Autor: Justo Moro - Salvador Larrúa · Año publicación original: 2012 · Fuente: Mecanografiado.
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CAPÍTULO I: Cuba en el siglo XIX antes de la llegada de los PP. Paúles.

1. Situación de Cuba y de su Iglesia en la primera mitad del siglo XIX. Sociedad, economía, política y religión. Los asuntos de España y su repercusión en la Isla.

Cuba es la mayor de las Antillas, descubierta por Colón el sábado 27 de octubre de 1492. Dos años más tarde, en el segundo viaje que hizo Colón por el mar del Sur, visitó los puertos de Santiago y Guantánamo. Veinte años después del descubrimiento de la isla pensaron los Reyes Católicos en su conquista y colonización. En 1511 salió de La. Española el capitán Diego Velásquez, Fray Bartolomé de Las Casas, Hernán Cortés y trescientos hombres, quienes desembarcaron en Baracoa y allí se establecieron, designando aquel lugar como centro de sus primeras operaciones. Allí edificaron la primera iglesia de la Isla con el título de Nuestra Señora de la Asunción y fue designada como primera sede episcopal.

Desde 1511, cuando comenzó la colonización, hasta la segunda mitad del siglo XVIII, la Isla de Cuba no había sido para España más que una posición estratégica, la «Llave del Nuevo Mundo», perfectamente situada en el cruce de las rutas marítimas de Europa a América y del Norte al Sur del continente. Durante más de 250 años, los sucesivos monarcas españoles se preocuparon mucho por mantener la posición de San Cristóbal de La Habana, capital de la Isla, resguardada bahía donde se aprovisionaban y refugiaban las Flotas de Indias. Esta preocupación se materializó en las grandes fortificaciones que formaban el sistema defensivo de la capital, en las que se gastaron grandes sumas de dinero para garantizar la permanencia del poder hispano, mientras que las villas del interior apenas merecían atención de los funcionarios coloniales, salvo cuando se trataba de cobrar los impuestos para las Reales Cajas.

A finales del siglo XVIII e inicios del XIX, una serie de circunstancias darían un vuelco radical a la situación imperante. La ayuda brindada por España a Washington durante la guerra de independencia impulsó el desarrollo económico de la Isla, y por supuesto, de la fortificada capital, convertida en base de operaciones y suministros. Los negocios, las producciones y toda la economía de Cuba se reanimaron de forma decisiva cuando la Isla aportó buques, alimentos y suministros a las tropas del general Bernardo Gálvez en la brillante campaña que terminó con la recuperación de la Florida Occidental y el aseguramiento del cauce del Mississippi, que garantizaba la retaguardia de Washington.

Las principales producciones experimentaron un crecimiento notable. Habían surgido nuevas fábricas de azúcar y el recién nacido desarrollo encontraría paradójicamente un motor impulsor cuando la vecina posesión de Haití se liberó del dominio francés y las pujantes industrias haitianas del azúcar y del café desaparecieron junto con los amos europeos.

Algunos historiadores consideran que la conversión de Cuba en el primer productor mundial de azúcar fue un suceso tan importante que retrasó en medio siglo el inicio de las guerras de independencia. Este fenómeno trajo consigo el desarrollo de nuevas e importantes relaciones económicas entre la Isla y España y entre la Isla y los mercados norteamericanos, al tiempo que desarticuló la estructura demográfica, social y cultural del país con la introducción de cientos de miles de esclavos africanos. Entre 1816 y 1820, en sólo cuatro años, se importaron más africanos que en los tres siglos precedentes.

La Iglesia no pudo evangelizar la inmensa masa de africanos que fue traída al país. Cada año se fundaban nuevos ingenios azucareros y cuando llegaban los barcos negreros, los sacerdotes, si es que había alguno presente, apenas tenían tiempo de rociar con un poco de agua bendita a aquellos cargamentos humanos que de inmediato eran conducidos a lugares muy lejanos. Muchos de aquellos negros, dispersos por las plantaciones, jamás volverían a ver un Ministro de Dios.

El clero y la administración colonial española trataron, desde los primeros momentos, de cristianizar a los negros por medio del bautismo, y se ha llegado a la conclusión de que la Iglesia les daba «una adecuada asistencia espiritual» hasta 1780. A partir de ese año, el aluvión de africanos fue tan imponente que era poco menos que imposible el atenderlos espiritualmente y menos aún cuando aquellos cientos de miles de hombres fueron diseminados en lugares muy distantes de los pueblos.

La aplicación de las leyes de desamortización en Cuba, el despojo a las órdenes religiosas junto con la exclaustración que tuvo lugar en 1841 dejó postrada a la Iglesia, privándola de la mitad de sus cuadros pastorales. Los estudios conventuales y la Real y Pontificia Universidad de La Habana, fundada por los Dominicos, desaparecieron. La educación sufrió un golpe durísimo y la Iglesia perdió influencia ante una sociedad cuyos representantes más prominentes habían cambiado su mentalidad tradicional criolla y católica por otra muy marcada por el materialismo. Las normas sociales y la moral se habían relajado de tal manera, que en 1852, abrumado por la situación imperante, el Arzobispo Antonio María Claret escribía estas líneas:

Los propietarios de negros son hombres que a sus esclavos los hacen bautizar, es verdad, pero en lo demás viven como brutos. Ellos mismos señalan el esclavo a la esclava, lo mismo que el caballo a la yegua y, a veces, no pocas veces, ellos mismos y sus hermanos e hijos se copulan con sus esclavas negras, y éstos, por supuesto, son enemigos de misiones, religión y moralidad. En el mes pasado se hizo misión en el partido del Dátil y un amo envió una orden al mayoral de los esclavos que allí tenía (de) que al esclavo que fuese a oír la misión se le diesen cuarenta azotes.

La llegada de nuevos y mayores cargamentos de africanos y el mestizaje con la población blanca fue complicando cada vez más la situación, y la Iglesia Católica se vio ante un problema de solución muy difícil:

La presencia masiva de los negros, y muy pronto el creciente número de mulatos constituyeron un sector importante de la población cubana. Negros y mulatos habían recibido una evangelización superficial y su relación con la iglesia jerárquica era muy tenue, dada la naturaleza brutal de su trabajo. La escasez de sacerdotes y la enorme distancia cultural entre los diversos grupos africanos y el catolicismo español, explica la persistencia en las prácticas ancestrales entre los negros bajo capa de catolicismo, hecho que todavía disminuyó más la influencia del catolicismo oficial sobre este sector de la población.

Mientras el destino azucarero de Cuba se iba precisando en la medida en que avanzaba el siglo XIX, la primera guerra carlista desangraba a España entre 1833 y 1840. En Cuba comenzaron a aplicarse una serie de medidas contra el clero como represalia al apoyo que daba la Iglesia a los carlistas y en parte para resolver el agudo déficit del tesoro. El 19 de enero de 1836, por el decreto denominado Decreto de desamortización de los bienes del Clero Regular, se ponían en venta «todas las tierras y bienes que hayan pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas extinguidas».

Estas medidas tuvieron consecuencias fatales para la Iglesia. La Isla contaba con 458 religiosos en 1758, cuando solo tenía unos 150 mil habitantes, y en 1834, cuando ya había sobrepasado con creces el millón de habitantes, los religiosos disminuyeron a 234. Después de la aplicación de las leyes liberales, contrarias a la institución católica, la Iglesia dejó de ser una de las instituciones básicas del régimen colonial y del golpetazo en lo financiero no llegó nunca a resarcirse.

La Iglesia católica de Cuba pasaba por tiempos en los que se aglomeraron grandes dificultades y problemas sin precedentes. En esos momentos puso sus esperanzas en la ayuda que pudiera recibir del exterior y que vino junto con los Padres Paúles, los Jesuitas, los Escolapios y los Franciscanos.

2. El despojo a las órdenes religiosas: su efecto en la Iglesia y en la sociedad.

Comenzaba 1837 cuando el gobierno colonial dispuso, salvo algunas excepciones, que fueran enajenados «todos los bienes rústicos, urbanos, censos y demás derechos pertenecientes a las comunidades religiosas». El gobernador y el Capitán General se encargaron de implementar la medida en Cuba a lo largo de los cuatro años siguientes.

Al comentar esta sucesión de despojos y expropiaciones se manifestó que:

No parece necesario exponer todo el daño que a la Iglesia y a Cuba produjeron estas medidas gubernamentales, porque a las comunidades que quedaron en pie, perdidas también sus propiedades y hasta sus rentas y censo, que habían adquirido por donaciones particulares, determinaron irse de Cuba, con lo que el servicio religioso quedó deficientemente atendido por ser muy reducido el clero secular disponible.

Una de las consecuencias inmediatas y funestas del despojo a las órdenes religiosas fue la paralización de una buena parte de los más numerosos y mejores centros de estudios de la Isla, con lo que salió perjudicada toda la población, y sobre todo, la juventud.

Respecto a las propiedades religiosas incautadas, el gobierno español firmó un acuerdo con la Santa Sede. Este acuerdo pasó a la Historia con el nombre de Concordato de 1851. La Santa Sede no pudo hacer más que aceptarlo porque en estas circunstancias la firma del acuerdo era un mal menor, reservándose el dominio sobre aquellos bienes incautados. Como compensación, España ofrecía acudir con cierta cantidad de dinero para el sostenimiento del culto, como quien paga el interés o el servicio de una deuda. Este compromiso lo cumplió de forma absolutamente arbitraria y fue así como la Iglesia quedó completamente sometida al Estado que, desde hacía ya siglos, se reservaba el derecho de proponer a los prelados.

En cierto modo, el Concordato de 1851 se puede interpretar como una rectificación de los errores en que el gobierno español había incurrido, aunque el error no fue reconocido oficialmente. De todas formas, se restauraron los diezmos y se estipularon para las sedes episcopales salarios de 1800 pesos, al tiempo que la corona volvió a contribuir con los Cabildos catedralicios. Pero el paso más importante que se dio entonces y que fue respaldado por un documento de interés vital, fue la firma de la. Real Cédula de Restauración del 26 de noviembre de 1852 por la que los padres Paúles, Jesuitas, Franciscanos y Escolapios fueron autorizados a establecerse en la Isla.

Desde 1846 hasta 1854, el Obispo de La Habana, Mons. Francisco Fleix y Solans, se empeñó en la difícil tarea de ajustar los programas del Seminario San Carlos a los requerimientos de la legislación liberal, tratando al mismo tiempo que la enseñanza de los futuros eclesiásticos no perdiera en calidad y profundidad. Cifraba sus mayores esperanzas en que los Padres Paúles asumieran tanto la dirección del Seminario como las cátedras del mismo para garantizar el aprendizaje de los futuros sacerdotes, pero una infeliz combinación de circunstancias hizo que la Congregación de la Misión tuviera que demorarse todavía algunos años para hacerse cargo del Seminario de San Carlos y San Ambrosio en La Habana..

En realidad, era muy poco lo que la Iglesia podía hacer en aquellos momentos frente al poderoso Estado. Y la propia jerarquía eclesiástica, confundida, no atinó a deslindar las diferencias existentes entre sus deberes para con el Estado español y la postura que debían asumir como responsables del pueblo católico de Cuba…

Como prueba de lo anterior, La Verdad Católica, publicación periódica de la Iglesia que vio la luz en 1858, o sea, siete años después del Concordato, hacía suyas estas ideas del Arzobispo de Tarragona que presentó a sus lectores cubanos:

La Iglesia ha debido ser siempre y ha sido en efecto el primer auxiliar y el mejor amigo del Estado; el más noble y decidido defensor del principio de subordinación, y el guardián más celoso de las públicas costumbres.

A partir de esta definición, la Iglesia aprobaba implícitamente la actuación del Estado, el despojo a las órdenes religiosas y las leyes de exclaustración que tanto daño causaron al pueblo de Cuba y a su Iglesia.

3. El Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio. Breve historia del Seminario. La llegada de los dos primeros Misioneros Paúles en 1847. El Carisma de los Misioneros.

El otro centro de estudios superiores que funcionaba en La Habana, además de la Real y Literaria Universidad de La Habana, era el Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Tenía su antecedente más lejano en el Seminario Tridentino que fundó en la misma ciudad el Obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano, Dominico, en 1605, dentro de los predios del Convento de San Juan de Letrán, donde se enseñaba gramática, latín y canto llano, y que tuvo una vida muy corta. En 1689, el Obispo Diego Evelino y Vélez, el famoso Compostela, fundó el Seminario de San Ambrosio, al que dotó con doce becas.

En 1741 los Jesuitas levantaban en la parcela conocida con el nombre de La Ciénaga, una Iglesia de San Ignacio, que se convirtió años después en la Santa Iglesia Catedral de La Habana y el famoso Colegio San José. Expulsados los Jesuitas de los dominios de España y de Cuba en 1767, los antiguos locales del prestigioso Colegio San José alojaron, algunos años más tarde, al nuevo Seminario de La Habana.

El 4 de abril de 1774, se materializó el sueño de tantos prelados de Cuba cuando el Obispo Santiago José de Echevarría y Elguezúa fundó en San Cristóbal de La Habana, en el gran edificio donde tuvo su sede el Colegio San José de la Compañía de Jesús hasta 1767, el Seminario Conciliar de San Carlos y San Ambrosio: San Carlos en memoria de Su Majestad Carlos III de España que aprobó la fundación, y San Ambrosio, para conservar el nombre que diera Compostela al Seminario que surgió en 1689.

La aplicación de las leyes de Mendizábal sobre exclaustración y desamortización de los bienes de regulares y otras medidas liberales se reflejaron también en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, que en las dos primeras décadas del siglo XIX había llegado a su máximo esplendor. El 24 de abril de 1847, el Obispo de La Habana, Mons. Francisco Fleix y Solans, alarmado por la falta de sacerdotes, escribía al gobierno, expresando la necesidad de organizar los estudios teológicos del Seminario Conciliar, que estaban reducidos a la nulidad, lo que evitaría las funestas consecuencias provocadas por la escasez de párrocos ilustrados, y enseguida pasaba a explicar las razones y objetivos del nuevo Plan de Estudios para la institución. La exclaustración y el despojo habían hecho disminuir los sacerdotes y el Obispo Fleix, para resolver este problema, trató de presionar al gobierno por todos los medios a su alcance. La Corona respondió con una Real Orden en la que solicitaba un informe al prelado y Fleix, con mucho tacto, envió la comunicación pedida con el fin de lograr el arreglo del culto y del clero para restaurar los efectos de la crisis religiosa padecida en los días del afianzamiento del régimen liberal.

De esta forma el prelado trataba de establecer el diálogo con el gobierno central empleando todos los argumentos. Poco después volvía a insistir:

No habiendo tenido contestación, mientras que es mayor cada día el mal que se trata de evitar… ganará mucho en mi concepto el país con la creación de dos conventos de misioneros, el uno en esta ciudad (La Habana) y el otro en la villa de Guanabacoa.

El 4 de diciembre de 1846, en la fragata «Preciosa Victoria«, partieron desde Cádiz hacia Cuba, seis Hijas de la Caridad acompañadas por los Padres Paúles Francisco Bosch y Ramón Vila, que venían como directores espirituales y acompañantes de las Hijas de la Caridad. El viaje duró 33 días desde Cádiz hasta La Habana, adonde llegaron el 18 de enero de 1847. En un principio fueron los Padres Serrano y Puig los invitados, pero por fin, no fueron éstos, sino los Padres Bosch y Vila. Muerto el Señor Vila fue a sustituirle el Padre Planas, quien con 18 Hermanas se embarcó en Barcelona el 28 de diciembre de 1850 en compañía del venerable P. Antonio María Claret y Clará que iba a tomar posesión del Arzobispado de Santiago de Cuba.

Tanto el Obispo Fleix en esta época, como el Arzobispo Claret tiempo después, tenían puestas sus esperanzas en el carisma de los sacerdotes de la Congregación de la Misión para que se hicieran cargo de los Seminarios de La Habana y de Santiago de Cuba. Pero

Por de pronto el Sr. Obispo dispuso que tomasen las capillas de la Beneficencia y de San Lázaro y se hospedasen en las habitaciones de los capellanes de estos asilos, donde trabajaron hasta la ocupación de la Iglesia y del Convento de la Merced.

Sin embargo, los primeros Paúles no llegaron como respuesta a las grandes inquietudes del prelado, sino como acompañantes de las Hijas de la Caridad que venían para atender el grave problema social en que poco a poco se había convertido la Casa de Beneficencia.

4. El Obispo Francisco Fleix y Solans y el Seminario de San Carlos. El Arzobispo Antonio María Claret y la reforma del Seminario de San Basilio el Magno.

En relación con el Seminario, Mons. Francisco Fleix y Solans quiso adecuar el Plan de Estudios para ponerlo a tono con los estudios de humanidades y recibiendo el grado de bachiller en filosofía:

creo suficientemente preparado el ánimo y entendimiento de los alumnos para entrar con las disposiciones debidas en el estudio de la Sagrada Teología, término al que se dirigen los estudios del Seminario», siendo sus vivos deseos «de que los seminaristas consigan una instrucción que les merezca el nombre de verdaderos y sólidos teólogos para el desempeño del alto fin de su vocación.

Para esto lo primero que debe procurarse es, que los alumnos entiendan bien la naturaleza, fines y excelencia de esta gran ciencia… sus argumentos propios y extraños… el valor de cada uno de ellos… y por qué causa son indispensables (para llegar) a las conclusiones teológicas (que se infieren) de los principios revelados.

Sigue exponiendo la necesidad del estudio de la Teología para que los sacerdotes puedan valerse de la razón natural apoyada por el conocimiento de la Escritura, la Tradición y los Concilios, aclarando que «la Teología Moral cuyas resoluciones no sean tomadas de la Santa Escritura, de las decisiones de Concilios y Sumos Pontífices o vengan apoyadas por los Santos Padres y común consenso de los doctores católicos, debe ser desterrada del Seminario». En el Plan del Obispo se incluía que los seminaristas, al terminar los primeros cuatro años, «pudieran recibir el grado de bachiller en Teología por la Universidad».

Explicaba, entre otros, aspectos tales como la inclusión en el currículo del Seminario de un quinto curso dedicado al estudio de los fundamentos de la religión y en particular de la Sagrada Biblia. Este plan, en sus aspectos fundamentales, fue aprobado por una Real Cédula de 23 de marzo de 1848 para que los jóvenes que se destinen al desempeño de las funciones sagradas del sacerdocio, adquieran en el Seminario Conciliar la sólida instrucción religiosa, moral y científica que exige su ministerio.

Poco después, el 16 de febrero de 1851, desembarcaba en Cuba el nuevo Arzobispo de Santiago, Monseñor Antonio María Claret y Clará. El nuevo prelado, acompañado por un grupo de sacerdotes misioneros Claretianos venía con un plan de acción, cuyos puntos fundamentales eran las misiones como eje de la evangelización, la reforma del Seminario de San Basilio el Magno, (en Santiago de Cuba), para formar nuevos sacerdotes con elevada preparación religiosa y cultural y la moralización de las costumbres, muy relajadas en la Arquidiócesis oriental.

Resulta interesante comparar el plan de acción del Arzobispo Claret con el trabajo que los Padres Paúles comenzaron a realizar en Cuba pocos años después como misioneros. Conocidas son las relaciones frecuentes del Obispo Claret con los Paúles e Hijas de la Caridad antes y después de ser nombrado arzobispo de Cuba. Precisamente fue un Obispo Paúl, Monseñor Codina, quien le recomendó para la Sede de Santiago de Cuba. Claret conocía bien el Carisma de los Misioneros y sabía que tanto en Francia como en España y en otras muchas naciones, se dedicaban a las misiones y a la formación del clero en los seminarios diocesanos, conforme al carisma de la Congregación de la Misión. Resalta la semejanza entre los propósitos del prelado y la labor que realizó en este centro docente la Congregación de la Misión. Por este motivo, a nadie extrañará que Claret pusiera tanto énfasis y gestionara con tanta fuerza ante el gobierno central el ingreso de los Paúles a la Isla, objetivo que compartía plenamente el Obispo de La Habana, Francisco Fleix y Solans.

En apenas dos años, el trabajo desplegado por el Arzobispo y su equipo de misioneros, dejaba un impresionante saldo de saneamiento de las costumbres y un ejemplo para la posteridad. Miles y miles de niños pasaron a ser hijos legítimos y es seguro que esta condición cambió el rumbo de sus vidas, antes condenadas por el estigma de que su llegada a este mundo tenía origen en una unión ilegítima.

El Seminario de San Basilio el Magno y de San Juan Nepomuceno ocupaba un lugar principal en el proyecto de Claret, que necesitaba con urgencia sacerdotes cubanos sólidamente formados y lo que se encontró en Santiago de Cuba fue que el edificio del Seminario amenazaba ruina. En realidad, los viejos locales no servían para más que como escuela de enseñanza media y superior para los habitantes de la región oriental.

Reparé el Seminario Conciliar. Más de treinta años habían pasado sin que seminarista interno se hubiera ordenado. Todos empezaban la carrera diciendo que tenían vocación, se instruían a expensas del Seminario, y a último decían que no querían ser Curas, y se graduaban y se recibían de abogados. Así que en Santiago hay un enjambre de abogados criados e instruidos a expensas del Seminario, y los pocos Curas eran externos.

El testimonio de uno de los misioneros que acompañaban al Arzobispo Claret, Don Paladio Currius, es todavía más preciso al valorar la situación del Seminario San Basilio Magno:

Hallamos el Seminario tan desorganizado, que ni había clases de moral ni de teología, y de treinta años por lo menos, no se había graduado un seminarista interno. Había en Santiago 60 abogados, y la mayor parte de ésos, así como de otras carreras, se habían instruido a expensas del Seminario, declarando que no tenían vocación cuando venía el tiempo de cursar las asignaturas propiamente eclesiásticas.

Claret dio un viraje total al Seminario. Puso de Rector al P. Antonio Barjau, que tenía preclaras dotes de educador y un tacto singular para tratar a los jóvenes y comprender sus inquietudes y estimular sus cualidades. Su labor pronto dio los frutos requeridos:

…fue cómo les iba metiendo en carrera y les hacía practicar la Religión y aplicar a las ciencias. Así es que últimamente estaban muy adelantados tanto en la virtud como en las ciencias, y muchos de ellos ya se han ordenado y otros se van ordenando.

5. Las Reales Cédulas de Restauración de 1852 y la entrada de la Congregación de la Misión a la Isla de Cuba.

Firmado el Concordato de 1851 entre la Santa Sede Apostólica y España, se suponía que debía mejorar la situación del culto y del clero en Cuba. El Obispo Antonio María Claret dio curso a nuevas gestiones en este sentido y para lograr sus objetivos acudió al Superintendente de Hacienda, Claudio Martínez de Pinillos, quien había pedido dos años de licencia real para viajar a Inglaterra, Francia y España. Este último le prometió que haría cuanto pudiera tan pronto como llegara a la Península «para remediar de un modo radical tamaños males».

Además, Claret también solicitó la ayuda de Don Gerónimo Mariano Usera, aprovechando que el 13 de mayo de 1851 el Cabildo había decidido elevar al Supremo Gobierno de S. M la Reina Ntra. Sra. (q. D. g.) una reverente exposición que acompañase a la que pensaba dirigir Claret, auspiciando «que se nombre un individuo de su seno, que al efectuar la presentación de este documento pase a la Corte.

El Arzobispo escribió al Cabildo para que resolviera la cuestión y éste, por unanimidad, acordó que se nombrara al Sr. Canónigo Penitenciario, Licenciado Gerónimo M. Usera y Alarcón, lo que se puso en conocimiento de S.E.I.

El nombramiento fue aprobado por Claret y comunicado a los párrocos, y el 17 de junio de 1851 se obtuvo la licencia aprobatoria del Capitán Genera125. El día 30 del mismo mes, el P. Usera salía de Santiago de Cuba llevando consigo los informes de Claret y del Cabildo de la ciudad.

Una vez en Madrid, Usera tuvo que bregar mucho. Fue necesario convencer, persuadir y aunar voluntades. Desde la Metrópolis resultaba difícil aceptar la veracidad de los informes que pintaban un paisaje desolador, y no faltaron personas que llegaron a la conclusión de que el sacerdote exageraba, pero el respeto que infundía Usera y la fuerza de sus argumentos pasaron por encima de las dudas. Según contó después el propio Usera, costó trabajo que en Madrid creyeran cierto lo ruinoso y mezquino de esos templos, la pobreza suma de los párrocos…pero gracias a Dios, el año de 1852 va a ser el último de las miserias en esa Iglesia… en todo el próximo mes de junio quedará concluido en el Consejo de Ultramar.

El Superintendente de la Real Hacienda, Martínez de Pinillos, también envió una carta esperanzadora en la que decía «que estaba haciendo todo lo posible», y esta misiva fue cariñosamente contestada por Claret. El 31 de diciembre de 1852, el P. Usera escribió de nuevo al Arzobispo comunicando el triunfo de sus gestiones con lo que se había podido resolver a favor del «dignísimo clero cubano» un asunto de «merecida justicia».

Finalmente se conoció en Cuba el contenido de las Reales Cédulas de Restauración. De ellas, la Real Cédula de 30 de septiembre de 1852 comenzaba fundamentando los privilegios patronales de la Monarquía atendiendo a las «concesiones apostólicas», y daba normas precisas para la Iglesia cubana, entre ellas la que aumentaba el número de parroquias con la misma clasificación que en España (de ingreso, de ascenso y de término), y la que precisaba las asignaciones de los miembros de la jerarquía eclesiástica y del clero, aparte de la concesión de un presupuesto anual para reparación y construcción de iglesias, compra de ornamentos, culto catedralicio, etc.

Las cuatro Reales Cédulas restantes, dos para cada diócesis, concretaban la aplicación de las reformas a los cargos capitulares y a los Seminarios Diocesanos, y determinaban nominalmente las parroquias aunque se confiaba en que el Capitán General, de acuerdo con los prelados y como Vice-Real Patrono, instruyese «a posible brevedad el oportuno expediente conforme a las Leyes de Indias para la erección de nuevas parroquias».

La última de las cinco Reales Cédulas expedidas, que tuvo fecha 26 de noviembre de 1852, disponía:

Sobre los Padres Paúles. Que se encarguen de la enseñanza, régimen y disciplina de los Seminarios Conciliares. Manda se les erijan dos casas, una en Santiago de Cuba y otra en La Habana.

Escolapios. La Real Cédula ordena que se erijan dos colegios de Escolapios para la enseñanza primaria de las clases pobres, que podrán recibir alumnos de las clases acomodadas.

Jesuitas. Ordenaba establecer un colegio de enseñanza secundaria en La Habana, regido por la Compañía de Jesús.

Franciscanos. La Real Orden mandaba establecer una casa matriz en España y que desde allí se fueran repoblando los viejos conventos cubanos y se diera atención a los Santos Lugares de Jerusalén.

5. Hermanas de la Caridad. La Real Cédula disponía que sustituyeran a los Hermanos de San Juan de Dios en la labor hospitalaria.

El decreto de 26 de noviembre de 1852 fue definitivo para el ingreso de los Padres Paúles de la Congregación de la Misión. Los Paúles, como misioneros yencargados de los Seminarios Conciliares, iban a ser una de las piezas fundamentales en el proyecto que ideó Antonio María Claret para la Isla de Cuba.

Ya hemos mencionado antes que los dos primeros Paúles, Ramón Vila y Francisco Boch, llegaron a la Isla el 18 de enero de 1847. En 1850 llegaron dos Hijas de la Caridad (Sor María Josefa Zafra y Sor Francisca Jiménez), que habían salido de España el año anterior y es posible que con ellas viniera algún otro padre de la Congregación de San Vicente, aunque las crónicas no recogen información al respecto.

La Real Cédula de 26 de noviembre de 1852, que autorizaba oficialmente el ingreso de los Paúles a Cuba, fue como una bendición para el Arzobispo de Santiago. La Real Cédula dice así:

Gobernador, Capitán general y Presidente de mis Audiencias de la Habana, de la Isla de Cuba: Mi Vicepatrono. Siendo uno de mis primeros deberes, así como el más glorioso timbre de mi corona, merecer el dictado de Católica, que he heredado …y en vista de todo, y del parecer de mi Consejo de Ministros, he venido en expedir esta mi Real Cédula, por lo cual declaro y mando lo siguiente.

1°- Considerando los servicios que desde su fundación ha prestado a la Iglesia los clérigos de San Vicente de Paúl, y la obligación que están por su regla no sólo de consagrarse a la enseñanza religiosa de los que se destinan al sagrado ministerio, sino el de ocuparse en las Misiones y otros cargos que tengan por conveniente confiarles los Prelados de las diócesis en que se hallen establecidos, he dispuesto que se erijan dos Casas de esta Orden, una en la ciudad de Santiago de Cuba y la otra en esa de la Habana, en alguno de los conventos suprimidos que vos de acuerdo con el respectivo intendente, tuviereis por conveniente designar y siendo obligación de aquellos encargarse, con el beneplácito de los reverendos Diocesanos, de la enseñanza, régimen y disciplina de los Seminarios conciliares , cuya suprema dirección en inspección ha de conservar siempre los últimos, conforme a los dispuesto en el Santo Concilio de Trento.

El gozo del P. Claret, dice su antiguo biógrafo Aguilar, fue inmenso cuando recibió esta Real Cédula, con tanta ansia esperada, pareciéndole que con el auxilio de los Padres Paúles ya no debería temer por el Seminario, ni podían faltarle Sacerdotes para las Parroquias y las Misiones. Hoy, (escribía el Santo Arzobispo al Visitador de la Misión), veo con placer y satisfacción mía próximos a realizarse mis deseos, y, lo que es más, me prometo los mejores resultados para la causa de la Religión, en la disposición soberana acerca de los Padres. Ya comienzo a dar pasos para arreglarles una Casa de Ejercicios, y deseo que ruedan lo más pronto posible hacerse cargo de mi Seminario.

Los Paúles no llegaron nunca a hacerse cargo del Seminario de San Basilio el Magno, en Santiago de Cuba, como deseaba el Obispo Claret, pero si llegaron a fundar casa en el año 1884, como veremos más adelante. Su ingreso oficial a Cuba en el año 1862 inauguraba una nueva etapa en la historia de la Iglesia cubana. Llegaban en una situación particularmente difícil cuando la guerra de los diez años estaba a punto de estallar. El camino que comenzaron a recorrer estaba lleno de dificultades, pero su trabajo silencioso y abnegado, unido a su dignidad y a una entera disposición al sacrificio, les permitieron llevar la Palabra de Dios a todas partes: a las aulas del Seminario, a los colegios, a los lugares más intrincados del monte o del llano con las misiones o a la oscuridad de las cárceles para sanar a los hombres más solitarios.

Estas actividades marcaron la senda por la que otros muchos misioneros han transitado hasta nuestros días. Esta es la Historia de los PP. Paúles en Cuba, Historia que nos proponemos narrar en las páginas siguientes.

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