Hijas de la Caridad: fundación en Filipinas (4)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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logo-hhcSumario: 1.- Influencia de las Hijas de la Caridad en la formación del Pueblo Filipino. 2.- Discurso del Sr. Obispo de Nueva Cáceres. 3.- Las Hijas de la Caridad en los Hospitales de Filipinas. 4.- Sus Fundaciones en 1941. 5.- La invasión japonesa en Filipinas. Espantosa destrucción.

1.- Influencia de las Hijas de la Caridad en la formación cristiana del pueblo de Filipinas. A medida que pasan los años se avalora más cada día la obra ingente civilizado­ra y misionera de España y llama particularmente la atención ese espléndido foco de luz que, en medio de la inmensa Oceanía, alumbra las tinieblas del lejano Oriente: las Islas Filipinas.

Como cristianos y como españoles debemos enorgullecernos. Es verdad, que allí, la obra de España quedó a medio hacer. Un siglo más y aquellas Islas serían hoy como Colombia o Perú. ¿Qué parte han tenido las Hijas de la Caridad en esta empresa misione­ra de España? esto es lo que queremos hacer resaltar en este capítulo.

En 1912 el P. Bruno Saiz, en su diligente obra «Los PP. Paúles y las Hijas de la Caridad en Filipinas» pone de manifiesto la gran influencia que las dos Congregaciones han tenido en la formación cristiana del pueblo Filipino, los unos desde sus Seminarios Clericales y las otras, desde sus importantes colegios. Su testimonio es abonado por haber pasado allí muchos años. Oigámosle: «Hay que confesar que la instrucción de la juventud femenina era poco menos que nula, antes de la venida a Filipinas de las Hijas de la Caridad de S. Vicente. Varias fueron las disposiciones en pro de la instrucción femenina, emanadas en distintos tiempos, ora de la Metrópoli, ora de los Gobernadores Generales, pero casi todas fueron poco menos que letra muerta, por unas u otras causas que no son del caso referir.

Continuaban sin embargo, las autoridades superiores muy preocupadas con la necesidad que se sentía en las Islas de la enseñanza primaria. De ahí que, a raíz de la venida de las Hermanas se diera aquel famoso Real Decreto del 20 de Diciembre de 1863 sobre la enseñanza primaria, en el que se establecen acertadas disposiciones para la vigilancia de un plan de enseñanza oficial. Lo propio hemos de decir de la determinante Circular del General Jovellar de 2 de septiembre de 1883, en la que después de dar las mas sabias a la vez que prácticas determinaciones, en pro de la enseñanza del castellano, excita el celo de todas las autoridades provinciales y municipales y de los Sres. Curas Párrocos. Circular que hizo suya el Arzobispo de Manila.

Con la venida de las Hermanas a Filipinas la instrucción de la Juventud femenina cambió de aspecto y bien puede decirse que el año de 1862 formará época en la cultura de la Mujer filipina. Ese cambio trascendental se debe a los distintos colegios que, así en Manila como en provincias, abrieron las Hermanas de la Caridad, pues fueron las primeras que regentaron colegios tal y como se ven hoy establecidos. Ya hemos dicho que existían en Manila los «Beaterios» de Santa Catalina, Santa Rosa y el de la Compañía. Pero estos establecimientos eran más bien, como su nombre lo indica, asilos en donde pasaban piadosamente la vida las jóvenes y mujeres de alguna edad, dedicándose a las practicas de religión y labores manuales; y si bien es cierto que se daba en ellos alguna instrucción, era esta muy insignificante y solo por vía de entretenimiento para las de menor edad.

Con la tercera misión de los Padres Paúles y Hermanas de la Caridad vinieron en 1865, algunas religiosas dominicas españolas para establecer en el Beaterio de Santa Catalina, un colegio en toda forma. Pero ya por entonces estaba abierta la Escuela Municipal y se venía activando es Establecimiento del Colegio en la Concordia, además de estar ya las Hermanas al frente de santa Isabel de Manila, en vísperas de encargarse de Santa Rosa y de abrirse el Colegio de Niñas de Nueva Cáceres».

Al hablar de la escuela Municipal hemos dicho ya que Sor María Ibarra, en el siglo vizcondesa de Sto. Domingo, mujer muy ilustrada y educada en París, fue la que implantó la enseñanza en los Colegios y escuelas de Hermanas, según el método francés, entonces y aún ahora, muy común en Europa. Dividíase la enseñanza en:

Clase ínfima o preparatoria: catecismo, lectura, escritura, principios de gramática castellana, aritmética y labores;

     Clase media: Gramática castellana, lectura y análisis gramatical, escritura al dictado, catecismo explicado, historia sagrada, aritmética, nociones de geografía e historia, en especial de España y Filipinas, higiene, urbanidad y labores

Clase superior: Religión y Moral, Gramática y ejercicios de composición, geografía e historia, aritmética y nociones de geometría, higiene, urbanidad, pedagogía y nociones de ciencias naturales y labores.

El piano, solfeo, dibujo y pintura eran asignaturas de adorno y por lo tanto no eran obligatorias. Las que estudiaban para maestras pasaban dos años más, perfeccionándose en las asignaturas arriba mencionadas, estudiándolas con más amplitud y ejercitándose prácticamente en el magisterio. Este plan de enseñanza ha venido rigiendo hasta hace tres años, en que, apremios del Gobierno han hecho adoptar el plan americano, si bien el inglés se enseñaba ya en todos los Colegios y escuelas desde 1902 inclusive.

Sucedía no pocas veces, sobre todo cuando eran pocas las Hermanas, que una sola tenía sobre sí una clase de treinta, cuarenta y más niñas, a las cuales hubiera sido imposible casi enseñar por sí sola, estudiando materias tan diversas como hemos dicho. De ahí el uso de instructoras, oficio que solían desempeñar las niñas más adelantadas del Colegio. Cada clase se dividía en tres secciones a cargo de dichas instructoras, corriendo la principal a cargo de la Hermana, la cual después de haber concluído con su sección pasaba inspección a las otras dos y de ese modo se enteraba por sí misma de lo que sabían las niñas de la clase. En este caso, dirá quizá alguno, saldrían perjudicadas las jóvenes instructoras. Nada de eso, pues antes de desempeñar su oficio en la clase respectiva, daban su lección y tenían enseñanza especial ellas solas; además que eran instructoras las que estudiaban para maestras; de modo que el oficio de instructoras era para ellas un ensayo de su futuro  magisterio.

Hemos querido descender a estos pormenores para que se vea cómo, en este punto, es muy poca la diferencia entre el método seguido en los Colegios de las Hermanas y el método de enseñanza americano que rige en la escuela pública y que con razón es tan elogiado.

Para complemento de lo que vamos tratando es necesario hacer distinción entre el Colegio propiamente tal y la Escuela Normal, que solía haber en cada Colegio, aunque no con carácter oficial. Estas normalistas recibían, además de sus respectivas notas, un certificado de haber completado sus estudios en el Colegio, por si querían optar al título de maestras oficiales o como prueba de su aptitud para desempeñar el magisterio en sus respectivos pueblos, aunque sin título oficial. Y las que habían completado la carrera de magisterio, al salir del Colegio tenían que sujetarse a un riguroso examen ante un tribunal competente nombrado por la Junta Superior de Enseñanza, si querían optar al título de maestras oficiales de instrucción primaria.

No obstante ser algo riguroso dicho examen, hay que confesar en honor a la verdad que muy pocas fueron las suspendidas, según nos han informado personas dignas de entero crédito; lo cual prueba el esmero que las Hermanas ponían en formar maestras de verdad, en cuanto era dable, atendidas las circunstancias de los tiempos. Cuatro eran propiamente, durante la dominación española, los colegios que en Manila regentaban las Hermanas de la Caridad: Santa Isabel, Santa Rosa, La Concordia y la Escuela Municipal. Los tres primeros continúan hasta el presente dirigidos por las Hijas de San Vicente.

En Provincias tenían otros: En Jaro, Cebú y Nueva Cáceres, en cuyo último punto había, además del Colegio, una escuela Normal Oficial de Maestras, que fue la única para niñas desde 1875 hasta 1895, en que vinieron las Religiosas Asuncionistas. Dirigían además la escuela de Cavite, asilo-colegio de Loobán y el Hospicio, en cuyos establecimientos se estudiaba, aunque no con la misma amplitud, casi lo mismo que en los Colegios. En total, pues, eran diez los centros de enseñanza dirigidos por las Hermanas de la Caridad, durante la dominación española y siete las escuelas anejas a los respectivos Colegios y estos mismos centros, a excepción de la Escuela Municipal de Manila y la Normal de Nueva Cáceres continúan hasta el presente a cargo de las Hermanas; además de la Escuela Católica de la  Ermita, fundada en 1901 y del Colegio de niñas de Calbayog fundado en junio de 1911.

Bien quisiéramos proporcionar a nuestros lectores el número exacto de jóvenes que han recibido educación en los Colegios y demás establecimientos dirigidos por las Hermanas de la Caridad pero nos es poco menos que imposible, ya por la diversidad de dichos establecimientos, ya a causa de las vicisitudes varias porque han pasado en estos últimos cincuenta años. Procuraremos dar el número aproximado, sacando el promedio anual de cada centro de enseñanza y advertimos que las siguientes cifras vienen a ser el mínimun, queriendo en este punto pecar más por defecto que por exceso, a fin de aproximarnos más fácilmente a la exactitud histórica que requiere la presente obra.

El número de niñas educadas por las Hermanas asciende a 38.000, de las cuales 1100 han sido maestras titulares; 11.000 han recibido instrucción completa o sea han cursado todas las

asignaturas de las tres clases arriba descritas y unas 16000 sólo han estudiado parte de dicho plan de enseñanza; las restantes, en número de 10000 han pertenecido a las escuelas externas anejas a los Colegios, los cuales tenían a veces el carácter de municipales, como los de Cebú, Jaro y Nueva Cáceres.

Por lo anteriormente expuesto se verá la magna labor llevada a cabo y sin mucho ruido por las Hijas de S. Vicente en pro de la mujer filipina, pudiéndose sentar la siguiente conclusión; a saber que la mayor o menor ilustración de la mujer filipina es debida, en su mayor parte, a las Hermanas de la Caridad, pues si bien es cierto que por sí mismas no han educado sino a unas 38.000, téngase presente, que, además de las 1100 maestras que, al salir del Colegio ejercieron oficialmente el magisterio, hicieron lo propio, según nuestros informes, mas de 1500 de las otras, en sus respectivos pueblos. Y hemos dicho en su mayor parte, porque, si bien no se nos oculta la labor educacional de otros centros de enseñanza, como el Colegio de Santa Catalina, de la Asunción y de la Compañía, los cuales también han contribuido de modo notable a la cultura de la mujer filipina, no han llegado, sin embargo, ni con mucho a los éxitos obtenidos por las Hermanas de la Caridad, no ya por razón de sus

métodos o amplitud de la enseñanza, que casi todos eran iguales, sino por razón del mayor número de centros docentes dirigidos por las Hermanas en Manila y en Provincias.

Téngase presente que, al sentar los juicios precedentes nos referimos principalmente a los últimos treinta años de la dominación española; pues en los catorce años de la actual dominación se han abierto otros centros de enseñanza particulares, además de haber recibido un impulso extraordinario la instrucción primaria de ambos sexos con la implan­ta­ción de las Escuelas Oficiales, no sólo en los pueblos, sino también en los barrios algún tanto numerosos; en lo cual, dicho sea de paso y en honor a la verdad, es digno de todo elogio el Gobierno Americano.

Tenemos a la vista un folleto editado en la imprenta del Asilo de Huérfanos de Malabón el año 1891, en el cual, al hablar  de las órdenes religiosas, se leen los siguien­tes datos que vienen bien a nuestro propósito y confirman cuanto llevamos dicho.

«En Filipinas, dice el folleto, tienen las Hermanas de la Caridad 12 establecimientos, a saber: 4 Hospitales, 2 Asilos, (Loboán y el Hospicio), 6 Colegios y 7 escuelas (6 anejas a los Colegios y la Municipal de Manila). La instrucción y enseñanza de la mujer en Filipinas comenzó por las Hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl». Y más abajo añade: «Casi todas las maestras que hay en la actualidad en todos los pueblos de Filipinas, han salido de los Colegios regentados por las Hijas de la Caridad de S. Vicente de Paúl.

Como nota simpática que realza en gran manera la misión de las Hermanas de la Caridad al frente de sus colegios en Filipinas, merece consignarse lo que ya hemos indicado en otras partes de la obra. Hay no pocas niñas pobres o huérfanas salidas de los Colegios , las cuales deben su educación completamente gratuíta a la caridad de las Hijas de San Vicente, pues, siendo los pobres su gloriosa herencia, juzgaron un deber admitir entre las pensionistas, algunas pobres agraciadas. Ordinariamente suelen ser un 10 por ciento. El número total de educandas  pobres que han recibido instrucción y alimentación gratuíta asciende a unas tres mil. En conformidad con este espíritu de Caridad, han tenido siempre abiertas en los Colegios sendas escuelas externas para las niñas de la población o vecindad,  casi todas completamente gratuítas; y en algunas, como en la Concordia, no contentas con esto las Hijas de S. Vicente, vienen dándoles, asimismo comida diaria y esto por espacio de más de cuarenta años. Todo esto han hecho y vienen haciendo las Hijas del gran Vicente por Dios y por la juventud de Filipinas. Juzgue, pues, el lector sobre los datos precedentes ligeramente expuestos, para venir en conocimiento de lo mucho que han hecho por la cultura de la mujer filipina las Hijas de la Caridad».

 

2.‑ Discurso del Ilmo. Sr. Gaínza, Obispo de Nueva Cáceres, pronunciado con ocasión de las primeras maestras de la Escuela Normal, a cargo de las Hijas de la Caridad 1872.

«…Acabáis de presenciar este espectáculo imponente para la imaginación de unas jóvenes indígenas, retiradas, vergonzosas, de tímido natural y no acostumbradas a presentarse ante una reunión tan lucida y respetable; con todo, habéis oído leer en caracteres impresos y en toda clase de formas, aún las más enrevesadas, con soltura y sentimiento; analizar períodos castellanos difíciles, escribir al dictado y resolver problemas complicados de todas las reglas de la fatigosa aritmética.

Ellas han revelado nociones nada vulgares en Religión, en la Historia Sagrada y en la especial de nuestra patria, en economía e higiene doméstica, en geografía, pedagogía y métodos de enseñanza, en una palabra, no tan sólo elemental sino también superior y muy cumplida. Además de presentar labores de mano de un trabajo exquisito y acabado. De modo que es un hecho felizmente consumado, que unas jóvenes indígenas, ayer tan atadas e ignorantes, hablan hoy español, visten con sencillez y modestia, han adquirido formas cultas, han observado una conducta intachable y reúnen condiciones para llevar la elevada misión para que han sido llamadas. No sólo saben lo necesario sino que tienen muchos conocimientos de adorno, y aun  si se quiere de lujo. Ahí están. Las habéis visto y odio y es concluyente la prueba.

Verdad es que para trasformar de esta manera a estas jóvenes indígenas, han sido imprescindibles prodigios de un celo ingenioso y tolerante; de una constancia paciente, de una abnegación constante, de una vocación sublime. Pero ya habéis admirado los efectos de ese celo cariñoso, de esa constancia sin límites, de esa caridad ardiente, y las vigilias de las laboriosas e ilustradas profesoras y el ojo avizor de la vigilante directora y los loables esfuerzos de la Junta Provincial han dado este resultado admirable y ciertamente increíble  para cuantos han presenciado este examen riguroso.

Los Señores de la Junta encuentran muy sencillo y natural este desenlace satisfactorio, porque, en la inspección mensual, en los exámenes trimestrales y en los generales de los cursos pasados han ido viendo y palpando los progresos y aplicación de esas jóvenes y el excelente método y constante desvelo de las Hermanas maestras. Todos debemos ver en este día retribuido abundantemente nuestro afanoso trabajo.

Hay, además, Señores, un motivo especial de pura satisfacción para el indigno Obispo que os dirige la palabra. Al recabar del Gobierno la inspirada licencia, ofreció solemnemente que, si los pueblos secundaban sus ideas, podría presentar algunas maestras sobradamente instruídas, antes de los tres cursos académicos, que prescribe el reglamento, con notable utilidad de los pueblos y con no despreciable economía para los fondos locales; y hoy, a los dos años escasos, tiene la grata satisfacción de cumplir esta palabra empeñada, presentando por de pronto once jóvenes instruidas y virtuosas que acaban de hacer sus exámenes brillantes y en vez de once podrían haber sido veinte, treinta, muchas más si las principalías comprendiendo mejor sus intereses… Señores el problema está resuelto».

 

3.- Las Hijas de la Caridad en los Hospitales de Filipinas. El verdadero campo, donde ha obrado y obra prodigios la Hija de S. Vicente es en el de la miseria y el dolor; y éste ha sido también su campo más abonado en Filipinas.

Ahí están, como testimonio elocuente, los cinco Hospitales  de Manila, Cavite y Cebú, los que por espacio de muchos años han estado servidos por las Hijas de S. Vicente. Miles de enfermos han salido de esos Hospitales bendiciendo, llenos de gratitud, su nombre. Para miles de corazones lacerados han sido el bálsamo consolador esos ángeles de paz; y mientras los cuerpos de la mayor parte hallaban la salud corporal, no pocos se encontraban, luego de entrar en posesión de otra dicha más notable y verdadera, la salud de las almas, merced a los solícitos cuidados de las Hermanas de la Caridad.

Pero no sólo se ha extendido su caridad a los enfermos de los Hospitales, hable por nosotros el Hospicio de S. José de Manila, en donde miles de seres necesitados, huérfa­nos, ancianos, pobres dementes, niños expósitos y jóvenes delincuentes son asistidos, tantos años ha, por su solicitud maternal. Hablen por nosotros los Asilos de Looban y Cebú, a cargo y cuenta de las mismas Hermanas. Todos ellos son el más elocuente testimonio de la caridad desplegada por las siervas de los pobres, en este campo confiado a su cuidado.

Una de las cosas que más llaman la atención de toda clase de personas que visitan los Establecimientos de caridad es ver la alegría con que hace ya treinta o cuarenta años vienen sirviendo muchas Hermanas a los pobres, casi siempre en el mismo oficio. Entrad en el Hospital de S. Juan de Dios y en el Hospicio de S. José y os encontraréis con venerables ancianas tan alegres y contentas hoy, como hace cuarenta años, cuando empezaron a servir a los pobres y enfermos. Sumidas en la oscuridad de su ministerio y desconocidas de los hombres, han pasado todo ese tiempo consagradas en cuerpo y alma al bien de sus semejantes. ¿No puede llamárselas con toda propiedad heroínas de la caridad, almas verdaderamente grandes y superiores a los hombres que el mundo llama héroes, tanto más, cuanto que su heroísmo es oculto y sólo conocido por Aquel de quien únicamente esperan el galardón después de la vida?.

Más aún; no sólo en los Hospitales y establecimientos de beneficencia han desplegado su caridad, sino también en las grandes calamidades con que ha visitado el Señor a Filipinas, en estos cincuenta años. Las enumeramos brevemente. Durante los terremotos de 1863 y 1880, las Hermanas todas de Manila y provincias se convirtieron no en siervas, sino en voluntarias esclavas de los enfermos y heridos, y sus establecimientos en hospita­les y asilos de dolor, desviviéndose al mismo tiempo por atender a tantos necesitados, no sólo con sus servicios personales sino también con socorros de todas clases y a cuenta de la misma Congregación[i]«.

4.- Según el Directorio Eclesiástico Filipino de 1941, las Hijas de la Caridad  tienen allí las siguientes fundaciones:

 

  • Colegio de la Inmaculada Concepción, Concordia. Manila.

 

Sor Carmen Reta. Superiora Provincial y Local[ii].

Sor Ana Casasas, Directora.

Hermanas,                             40

Novicias,                               16

Maestras Seglares,                 20

Estudiantes,                           820.

 

  • Colegio de Santa Isabel. Manila.

 

Sor Juana Zabalza, Superiora

Sor Cándida Ocampo, Directora

Hermanas,                                 18

Maestras Seglares,                     20

Estudiantes,                               580

 

  • Colegio de Santa Rosa, Manila.

 

Sor Jesús Huarte, Superiora

Sor Concepción Novas, Directora

Hermanas,                                  18

Maestras seglares,                       18

Estudiantes,                                350

 

* Colegio de San Vicente de Paúl. Asilo Loobán. Manila.

Sor Dolores Sánchez del Arco, Superiora

Hermanas, 12

Maestras seglares, 4

Niñas, 150

 

* Hospicio de San José. Manila

Sor Cristina Nicolao, Superiora

Sor Paulina Valnillo, Directora

Hermanas, 14

Residentes, 430

 

* Hospital de san Juan de Dios. Manila

Sor Teresa Villatela, Superiora

Sor Taciana Triñones, Directora

Hermanas, 35

Nurses, 200

 

* Colegio de la Inmaculada Concepción. Cebú.

Sor Matilde Romero, Superiora

Sor Clementina Iglesias, Directora

Hermanas, 25

Estudiantes, 850

 

* Colegio del Sagrado Corazón. Iloilo.

Sor Ana Ximenez, Superiora[iii].

Sor Inocencia San Cristóbal, Directora

Hermanas, 13

Estudiantes, 600

 

* Colegio de San José. Iloilo. Jaro

Sor Dolores Sánchez, Superiora

Sor Gregaria Echevarria, Directora

Hermanas, 14

Estudiantes, 820

 

* Asilo de Santa Luisa de Marillac. Molo. Jaro. Iloilo.

Sor Fémina Saldaña, Superiora

Sor Asunción Castro, Directora

Hermanas, 9

Niñas, 130

 

 

* Colegio de Santa Isabel. Naga City. Camarines Sur.

Sor Dolores Castro, Superiora

Sor Consolación García, Directora

Hermanas, 18

Estudiantes, 763

 

* Colegio del Sagrado Corazón. Lucena City. Tabayas.

Sor Carmen T. Francisco, Superiora

Hermanas, 5

Maestras Seglares, 9

Estudiantes, 560

 

* Escuela Parroquial de Deleguete. Cebú

Esta regentada por 5 Hermanas.

Alumnas, 150

 

* Asilo Escuela de Bogo. Cebú

Está dirigida por seis Hermanas y cuenta con 120 Alumnas y 6 maestras seglares.

 

* Colegio de la Milagrosa. Sorsogon. Nueva Cáceres.

Son cinco Hermanas de comunidad

Maestras Seglares, 3

Alumnas, 230

 

5.- No hay para que relatar aquí los horribles padecimientos del pueblo Filipino durante la guerra. El furor japonés se vengó de la derrota que le infligió allí el ejército americano, asolándolo todo en su retirada y dejando tras sí incendios, ruina y cadáveres, con un ensañamiento sólo comparable al de los rojos.

A los Hijos e Hijas de San Vicente les tocó una parte muy dolorosa. El 20 de julio de 1945 escribía la Vicevisitadora Sor Carmen Reta al Visitador de España, P. Tobar: «Creo está V. enterado de la catástrofe ocurrida en Filipinas y de la suerte que ha cabido a las dos familias de San Vicente de Paúl. Manila está en ruinas con todas nuestras obras, así como las demás islas y provincias del archipiélago. De las dieciocho casas de la Vicepro­vincia sólo quedan cuatro en pie, aunque con sus correspondientes desperfectos; las demás, en total trece, duermen en sus propias ruinas o cenizas. Seis Colegios, dos Asilos, dos Escuelas Parroquiales, el Hospicio de San José, el Hospital de San Juan de Dios y la Casa de Salud de Baguio. Todo perfectamente equipado en muebles, ropas, librerías, Capillas, laboratorios, música, vehículos juegos. etc. ha sido devorado por el fuego.

Los Padres han perdido todos los Seminarios y la Casa y parroquia de San Marcelino, donde fueron vilmente asesinados por los japoneses diez Padres y cinco Hermanos. De nuestras Hermanas han muerto tres, víctimas de los bombardeos, una en Manila y dos en Baguio. En las otras provincias, aunque ha sido todo destruído, no hemos tenido pérdidas personales.

Puede V. suponer las horas de angustia que hemos pasado viendo desaparecer en pocos momentos el trabajo de ochenta y tres años. Sin embargo, todo se ha ofrecido al Señor con generosidad y grandeza de ánimo, en la confianza de que tantos sacrificios estarán escritos en el cielo. Lo más doloroso ha sido perder a nuestros queridos Padres y Hermanas. Nunca podremos olvidarlos, sobre todo a aquel santo Padre Tejada, tan abnegado, tan prudente y bueno, sentido por todos, particularmente por el Sr. Obispo, que según sus mismas palabras, ha perdido al mejor y más prudente consejero. Que todos descansen en paz y su valimiento nos ayude desde el cielo.

El Sr. Cónsul y familia que salieron de aquí en abril llevó a nuestra Respetable Madre noticias y detalles, aunque no completos… A mi me cogió en Baguio la tormenta, donde no fue menos terrible y espantosa por la destrucción y el fuego, sin poder comunicar con Manila, viviendo casi tres meses en los agujeros de los montes; sin otra comida que los tubérculos de

la tierra, ni otra cama que el duro suelo húmedo y frío, hasta que decidimos cruzar la línea de fuego con gran peligro de la vida. Sesenta y ocho kilómetros trepando por montes y barrancos, casi acabaron con mi pobre vida, llegando medio muerta al primer pueblo ocupado por los americanos, que galantes y buenos como son, me trajeron en avión a Manila dando la más grande alegría a Sor Josefa y Hermanas que me creían desaparecida.

Todo pasó, gracias al Señor, y ya comemos, respiramos y trabajamos por su gloria. Si nos ha probado, así lo merecemos porque no somos mejores que otros. Bendito sea su santo nombre.

Ahora vivimos cada casa en sus ruinas o en casas prestadas, de lo poco que en Manila ha quedado libre de la destrucción, pero todas trabajan. Estamos poniendo techos de nipa o cogón, plantas tropicales que nos defienden del sol abrasador y de la lluvia. Así hemos empezado el curso, sin libros ni material de escuela, hasta que pueda venir de América. A todo se aviene el Buró de Educación con tal que siga la enseñanza y la juventud contenta de no perder el año.

Hemos pensado mandar algunas Hermanas, puesto que sobra personal del que no sirve para la enseñanza y hay oportunidad de repatriación., Ellas le contarán mucho más de lo que se puede decir por carta.

Le saludo en nombre de Sor Josefa, la que se mantiene a pesar de todo, chichirica, como dicen aquí. Esta sí que podrá decir a la hora de su muerte: «Todo está consumado». No le queda nada por pasar en cincuenta y cinco años que lleva en Filipinas. Ella ha visto levantar muchas casas y la destrucción de casi todas. Pero en todo momento conforme como los santos»[iv].

 

[i]. Ibíd. pág. 217.

[ii]. En el año 1953, de camino para España, hizo escala en Calcula y por encargo de los Superiores hizo visita a la Misión de Cuttack. Cayo enferma y en tres días paso de esta vida. Fue enterrada en Berhampore y años después sus restos fueron llevados a Filipinas.

[iii]. El Junio de 1940 llegaba a la India con Sor Magdalena Villanueva. Cuatro meses antes habían llegado otras cuatro Hijas de la Caridad de España. Sor. Ana Ximenez, superiora de la Comunidad, en la India. Trabajó bien. Enseguida comenzó la promoción de las vocaciones indias para su Compañía. Gracias a la colaboración de sus conocidos en Filipinas, fundo enseguida una casa Cuna en Gopalpore. en 1947 regresa a Filipinas, para después de algún tiempo regresar a España.

[iii]. Anales, Noviembre, 1945. [iii]. Mons. Fleix y Solans.

[iii]. P. Pablo Planas

[iii]. Una de esas Hermanas era Sor Petra Moya.

[iii]. M. AGUILAR, Vida admirable…

[iii]. Nota del autor: En Cuba les habían obligado a las Hermanas a vestir el traje y tocado francés.

[iii]. ANALES FRANCESES, T. 63, pág. 112.

[iii]. Extracto de un artículo publicado en el Diario de la Marina  de la Habana y publicaron en francés, los Anales Franceses, Tomo 63, pág. 112.

[iii]. Superiora de la Beneficencia de la Habana.

[iii]. Superiora del Asilo-Colegio se San Vicente de Paúl de la Habana

[iii]. Álbum Conmemorativo. Pág. 183.

[iii].Ibíd., pág. 313.

[iii]. Ibíd. pág. 217.

[iii]. En el año 1953, de camino para España, hizo escala en Calcula y por encargo de los Superiores hizo visita a la Misión de Cuttack. Cayo enferma y en tres días paso de esta vida. Fue enterrada en Berhampore y años después sus restos fueron llevados a Filipinas.

[iii]. El Junio de 1940 llegaba a la India con Sor Magdalena Villanueva. Cuatro meses antes habían llegado otras cuatro Hijas de la Caridad de España. Sor. Ana Ximenez, superiora de la Comunidad, en la India. Trabajó bien. Enseguida comenzó la promoción de las vocaciones indias para su Compañía. Gracias a la colaboración de sus conocidos en Filipinas, fundo enseguida una casa Cuna en Gopalpore. en 1947 regresa a Filipinas, para después de algún tiempo regresar a España.

[iii]. Anales, Noviembre, 1945.

Enseguida comenzó la promoción de las vocaciones indias para su Compañía. Gracias a la colaboración de sus conocidos en Filipinas, fundo enseguida una casa Cuna en Gopalpore. en 1947 regresa a Filipinas, para después de algún tiempo regresar a España.

[iv]. Anales, Noviembre, 1945. [iv]. Mons. Fleix y Solans.

[iv]. P. Pablo Planas

[iv]. Una de esas Hermanas era Sor Petra Moya.

[iv]. M. AGUILAR, Vida admirable…

[iv]. Nota del autor: En Cuba les habían obligado a las Hermanas a vestir el traje y tocado francés.

[iv]. ANALES FRANCESES, T. 63, pág. 112.

[iv]. Extracto de un artículo publicado en el Diario de la Marina  de la Habana y publicaron en francés, los Anales Franceses, Tomo 63, pág. 112.

[iv]. Superiora de la Beneficencia de la Habana.

[iv]. Superiora del Asilo-Colegio se San Vicente de Paúl de la Habana

[iv]. Álbum Conmemorativo. Pág. 183.

[iv].Ibíd., pág. 313.

[iv]. Ibíd. pág. 217.

[iv]. En el año 1953, de camino para España, hizo escala en Calcula y por encargo de los Superiores hizo visita a la Misión de Cuttack. Cayo enferma y en tres días paso de esta vida. Fue enterrada en Berhampore y años después sus restos fueron llevados a Filipinas.

[iv]. El Junio de 1940 llegaba a la India con Sor Magdalena Villanueva. Cuatro meses antes habían llegado otras cuatro Hijas de la Caridad de España. Sor. Ana Ximenez, superiora de la Comunidad, en la India. Trabajó bien. Enseguida comenzó la promoción de las vocaciones indias para su Compañía. Gracias a la colaboración de sus conocidos en Filipinas, fundo enseguida una casa Cuna en Gopalpore. en 1947 regresa a Filipinas, para después de algún tiempo regresar a España.

[iv]. Anales, Noviembre,

 

CAPITULO LXVII

 

Sumario: 1.- Guerra de la Independencia.- 2.- Primera Guerra Civil. 3.- Guerra Civil en México. 4.- Guerra de África. 5.- Guerra de Santo Domingo. Hospital Militar de la Habana. Primera Cruz Militar a una Hija de la Caridad española. 6.- Hospital de Sangre en Mindanao. Filipinas. 7.- Guerra Civil 1872.

 

1.- Las Hijas de la Caridad Españolas en la Guerra. Guerra de la Independencia. Escribiendo en 1863 el capitán General de Cuba, D. Domingo Dulco, al Ministro de Guerra de España, pidiéndole Hijas de la Caridad para los Hospitales Militares de aquella Isla, le dice estas palabras: «No creo necesario demostrar a V.E. las ventajas de servicio de estas religiosas, comparado con el de los hombres, puesto que las citadas Hermanas son las compañeras inseparables del soldado en sus aflicciones y dolencias»[iv], de ahí uno de los títulos más antiguos de las Hijas de la Caridad españolas.

Hallándose aún en España el Instituto en su cuna cuando sobrevino la cruenta Guerra de la Independencia y en los tres únicos Hospitales que entonces tenían, asistieron a los soldados heridos.

En 1921 se encargaron de los enfermos militares en el Hospital General de Valencia, y en 1825 en el Valladolid. Referido queda el heróico comportamiento de Sor Vicenta Molner en defensa de los pobres soldados franceses hospitalizados, a quienes el populacho de Reus quería sacrificar. Como bandera de paz y de perdón, la blanca toca de Sor Vicenta se interpuso y les salvó la vida con riesgo de la suya.

 

2.- Primera Guerra Civil. Más tarde, en 1836, recordando en un Memorial Sor Rosa Grau los servicios que de las Hijas de la Caridad prestaban a la Nación, dice así: «Los Ejércitos mismos de Vuestra Magestad reciben servicios y socorros considerables en este Vuestro Real Noviciado. Díganlo los Hospitales Militares y de Sangre d la Ciudad de Pamplona, servidos por Hijas de la Caridad, que de aquí han salido. Díganlo las tres de Vitoria, puestos todos al cargo de las mismas. Ya por tres veces han salido de esta vuestra Casa refuerzos de Hermanas para asistir a tantos beneméritos militares que han vertido parte de su sangre en servicio de la excelsa e inocente Reina y señora Doña Isabel II -q.D.g.-. Actualmente piden diez para levantar un cuarto hospital militar en esta última Ciudad. A pesar de estar siempre exhausto de Hermanas se ha hecho el último esfuerzo y se han podido juntar cinco aptas para desempañar los penosísimos cargos de una hospitalidad tan numerosa, etc…»

Según otro oficio del P. Codina, en aquel mismo año 1836, el número de Hermanas que sirvieron en aquellos hospitales fué el de treinta y en ellos, dice, han padecido cuantos horrores, privaciones y vejámenes se pueden imaginar».

«Pudiéramos citar, dice el P. Sanz, mil ejemplos admirables de caridad, de compasión, de ternura, de valor cristiano de las Hijas de la Caridad en favor de nuestros soldados heridos. Los Hospitales Militares de Vitoria, Pamplona, los establecidos provisionalmente en medio de los dos ejércitos beligerantes, presenciaron una y mil veces, el heroísmo de las venerables Hermanas de la Caridad, que, no teniendo más opinión que la de favorecer a los prójimos y aliviarlos en sus desgracias, se consagraron al servicio del legionario francés e inglés lo mismo que al español, su hermano. Mil valientes que en el día se hallan al frente de nuestro ejército deben la conservación de sus días al celo infatigable, a la paciencia angelical de estas ilustres protectoras de la humanidad. Así es que no hay soldado español para quién el sólo titulo de Hija de la Caridad no sea un objeto de profunda veneración. Lo repetimos con dolor, que nos ha prohibido el citar hechos de virtud y de caridad heróica, por lo que podría venirse en conocimiento de las Hermanas españolas que los practicaron y que viven aún todavía…

Uno de aquellos Hospitales de Sangre fué establecido en Irache, donde murieron dos novicias, mártires del deber en 1836. También en el Hospital Militar de Escoriaza murió en 1838 Sor Inés Arnároz. De otro Hospital de Sangre hay noticia que estuvo a cargo de tres Hijas de la Caridad y fué el establecido en Cantavieja, Capital del Maestrazgo en tiempo del carlista General Cabrera. De Sor Francisca Inés y de Sor Celestina Osés sabemos que murieron en la facción en 1838 y en 1839 respectivamente.

Para las Hijas de San Vicente todos eran hermanos y a todos igualmente prestaban sus heróicos servicios. Veinte años antes que las Hijas de la Caridad Francesas ciñesen laureles heróicos en la Guerra de Crimea, los habían conocido en España, las Hermanas españolas.

En 1854 se fundó en la Habana el primer Hospital Militar permanente, encomendado a las Hijas de la Caridad. En el prestaron sus servicios durante toda la dominación española. Llamóse de San Ambrosio.

 

3.- La Guerra Civil en México. También en aquel País regado con los sudores de las Hijas de la Caridad españolas, hubieron de ejercitar su heróica caridad con los pobres soldados durante las discordias civiles. Sin distinción de bandos ni partidos, era su deber socorrer a todos, y así lo hicieron. Cuántos por ellas salvaron su vida, y no sólo los heridos a quienes curaron en los hospitales, sino muchos prisioneros a riesgo de perecer.

No poco tuvieron que ejercer su caridad y sacrificio las Hermanas en los Hospitales de Sangre establecidos en san Agustín y San Hipólito de México, donde cuidaban indistintamente a los heridos de ambos bandos contendientes. Las Hermanas de San Hipólito, enfermas del contagio, tuvieron que ser retiradas a la Casa Central, donde murieron víctimas de su caridad tres de ellas: Sor Guadalupe Zárate, Sor María Pérez y Sor Rafaela Segura. Otras dos: Sor Antonia y Sor Clara Trejo se vieron a las puertas de la muerte. A sus heróicos trabajos tuvieron que añadir las Hermanas muchos desaires y hasta injurias de parte de los encargados y servidores de dichos Establecimientos.

Las Hermanas de Guadalajara se vieron en muchísimos peligros de perder la vida, tanto por hallarse entre las balas y granadas, como por las violentas enfermedades a causa de tanto herido y de tanto trabajo entre las tropas. Contagiadas de fiebre infecciosa cayeron varias Hermanas, de las cuales sólo una completó el sacrificio, que fué Sor Dolores Morales, excelente Hermana bajo todos los conceptos. Murió en noviembre de 1860[iv].

También en Silao el excesivo trabajo y las enfermedades de los soldados produjeron muchos padecimientos a las Hermanas y de ellas una víctima, que fué Sor Jacoba Vega y Vega, que murió el 16 de noviembre de 1860, atacada del contagio de fiebre.

«Las Hijas de la Caridad marcharon al campo de batalla sin temor alguno, siendo sin distinción de partido, las cariñosas enfermeras de los pobres heridos y dejaron bien sentada en la República la fama de su caridad, cuando en nuestras guerras fraticidas se presentaron en las refriegas de Saltillo y Monterrey, en la toma de Puebla y en el sitio de Querétaro. Así como convirtieron sus casas en hospitales de sangre, en los infaustos días de las perturbaciones políticas»[iv].

En el Hospital de México, sucedió durante la Guerra Civil de 1858 un trance curioso y no exento de riesgos y peligros para las Hermanas, siempre dispuestas a dar las vidas por sus prójimos. Y fué que habiéndose entablado la lucha dentro del mismo edificio, los liberales viéndose perdidos suplieron a las Hermanas que les salvasen la vida. La Superiora les hizo acostarse apresuradamente en las camas de los enfermos y por tales les hizo pasar cuando los pronunciados entraron en su busca. Sabida luego esta estratagema caritativa de las Hermanas fué aprobada por el Jefe vencedor.

En mayores angustias se vio la Superiora del Hospital de Belén de la Ciudad de Guadalajara. Herido gravemente en el sitio de México uno de los Generales, las Hermanas se pusieron a su cabecera para cuidarle con las mayores atenciones, como lo hacían con todos ya fueran del uno o del otro bando. Los Jefes que frecuentemente conversaban con el herido manifestaron los deseos de que estaban animados de vengar su sangre. Estos desahogos íntimos aparecieron reproducidos en el Boletín del bando de los enemigos. «¿Quién les ha ido a contar los que nosotros hablamos?. Dijo uno de aquellos Jefes apellidado Reha.: ´Es esta Hermana, Sor Luisa Merladet, que está engañando al Degollado, General en Jefe, con sus vasos de agua fresca´. Y sin más averiguaciones agarra su pistola y dice: ´La voy a matar¨.

Nosotros al verlo tan furioso corrimos a advertir a Sor Luisa de lo que pasaba, para que se guardase de aquel energúmeno. La buena Hermana, que nada sospechaba, tuvo que ocultarse y aunque inocente, salió de Guadalajara vestida de seglar, camino de Lagos.

Después se supo que la persona que estaba en relación con el otro partido era un individuo del hospital, que se fingía el más amigo»[iv]. «El 2o de octubre entraron en el Hospital de San Pablo tres hombres vestidos de guardias de Seguridad Pública, pero eran tres malhechores. Pusieron en alarma a los soldados de la guardia que custodiaban a los presos enfermos diciendo que el centro de la ciudad estaba en revolución y que traían orden de que abandonaran aquel punto de San Pablo. Los guardias huyeron y se escondieron y los presos quedaron sin guardia alguna. Con tal estratagema los malhechores libertaron algunos de sus compañeros, que estaban allí, y huyeron con ellos. Los demás soldados, prisioneros enfermos, se alborotaron y levantándose de la cama cuantos pudieron y dando gritos trataron de emprender la fuga.

La Superiora, Sor Micaela Ayanz y Sor Emeteria, viendo que los presos iban alborotando y llevándose las ropas del Hospital, corren a ellos, los detienen en el patio, aunque eran más de cien, y les obligan a volver a las salas y a sus camas con sólo sus palabras de persuasión, lo cual es sin duda sorprendente, si se considera, quienes eran los que se humillaban y obedecían a una sola Hermana y en qué circunstancias…[iv].

«Viniendo ahora a las revueltas civiles, escribe el P. Nieto, una de las más empeñadas y sangrientas fué la que tuvo lugar en México el 11 de enero de 1858, contra el Presidente Commorfort. Así los insurgentes como las tropas del Gobierno, ocuparon militarmente los edificios principales de la Ciudad, entre ellos los hospitales servidos por las Hermanas. La lucha fué desesperada y feroz. La Madre Visitadora no sólo envió refuerzos de Hermanas a los Hospitales de San Pablo y San Andrés, envueltos particularmente en la zona de fuego, sino que ofreció la Casa Central para Hospital de Sangre. No tardaron en verse llenas las salas de heridos y las Hermanas, se lee en una nota manuscrita, hubieron de trabajar día y noche, curándolos y asintiéndoles con peligro de su vida, por la copiosa multitud de balas que caían en el edificio y en su alrededor. Días de angustia, en que los segundos parecían eternidades, fueron aquellos. Al fin la victoria se declaró por los Insurgentes, que se hicieron dueños de la población, apoderándose a viva fuerza de los edificios en que se habían fortificado las fuerzas del Gobierno. Uno de estos fué el Hospital de San Juan de Dios. En él corrió mucha sangre y puede supónese el peligro que arrostrarían las Hermanas al ser asaltado el Establecimiento.

«Con parecida estratagema salvaron a otro grupo de los vencidos las Hermanas del Hospital de San Andrés. Viendo aquellos perdida la causa, penetraron en el Hospital y ocultos por los rincones no se atrevían ni a rebullirse por miedo a ser descubiertos. Movidas a compasión las Hermanas, los consolaban y dieron de cenar a todos ellos. Al día siguiente, sabedores de que el triunfo del enemigo había sido completo, dijeron a aquellas: «y ahora ¿qué hacemos?. Si dan con nosotros nos quitan la vida». Sor Juana Antía, la Superiora, los tranquilizó, recogió sus armas y uniformes de soldado, les dió ropa de los que habían muerto en el Hospital, los hizo cortar los bigotes y los fué despachando poco a poco, como si fueran criados de la casa. La campaña se siguió tenazmente por los bitados. Invitadas las Hermanas de Guanajuato a hacerse cargo de las ambulancias en los combates que se iban a librar por aquellos rumbos tuvieron el consuelo de asistir a los heridos de una y otra parte en los encuentro de Celaya y más aún en los de Salamanca»[iv].

 

4.- Guerra de Africa. Cuando en 1859, España entera se conmovió al grito de guerra para contener los desmanes de la morisma, las Hijas de la Caridad se apresuraron a pedir su puesto correspondiente junto a los soldados de la Patria. Una Real Orden de 1º de noviembre de aquel año acepta sus servicios en estas palabras: «Según tiene entendido el Gobierno de S.M. varias Hermanas del piadoso Instituto que V.S. dignamente dirige desean prestar sus humanitarios servicios en el ejército expedicionario que ha de maniobrar en el Imperio de Marruecos. Enterada la Reina (q.D.g.) con suma satisfacción de este deseo que tanto enaltece el ferviente celo de las Hijas de la Caridad, a tenido a bien significarme, para que lo manifiesta a S.S., como lo ejecuto, que sería muy de su real agrado el que por parte de V.S. se acordase el oportuno permiso a todas las que deseen acompañar las armas Españolas al territorio africano. Es así mismo la voluntad de S, M. que excite V.S. el celo de las Hermanas residentes en la Provincia, con el objeto de que algunas de ellas se decidan, etc…

Sr. Director del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad.

El 25 del mismo mes, otra Real Orden dispone que se establezca en Málaga con destino por ahora a los Hospitales de aquel punto una sección de dicho Instituto compuesto de un Director y ocho Hermanas… Al Director que se nombre se le acreditará el sueldo mensual de setecientos reales y a las Hermanas de quinientos, mientras desempeñan en el mismo su humanitaria misión».

Otra Real Orden de 17 de Febrero de 1860 dispone que «pase a los Hospitales de Africa 25 Hijas de la Caridad para el mejor cuidado y asistencia de los enfermos u heridos del Ejército y se ha dignado destinar 15 de la adjunta lista de Ceuta y 10 a Tetuán, debiendo V.R. entenderse para el transporte de las expresadas Hermanas, que será por el ramo de guerra por el Rdo. P. Juan Masnou, como igualmente arreglar y firmar condiciones… etc siendo la voluntad de S.M. que este servicio se regularice con toda urgencia, etc..

R.P. General de las Hijas de la Caridad».

Refiriéndose a los Hospitales de Africa, dice así una crónica de entonces: «Los Hospitales de Ceuta ponían pavor a las almas más valientes y todos preferían pelear y morir matando a vivir entre la ponzoñosa atmósfera de las enfermerías llenas de coléricos… ¡Qué cuadros tan tristes no presentaban nuestros hospitales! Entonces aparecieron en Ceuta las Hermanas de la Caridad, seres celestiales, cuyo valor saben apreciar bastante los que en el lecho del dolor han recibido consuelo… Ellas, sin temor al contagio, guiadas por el espíritu de la caridad y teniendo en nada el sacrificio por sus hermanos, corrían de cama en cama, lo mismo de día que de noche llevando en sus palabras el consuelo y en sus manos el alivio para el cuerpo»[iv].

El heróico comportamiento de las Hermanas durante aquella campaña, hízose popular, y fué cantado por cronistas, historiadores y poetas. Entre ellas se distinguieron Sor Casimira Marquínez, Sor Mariana Barral y Sor Francisca Ganbau, quienes partieron en 1862 a Filipinas, donde se hicieron cargo del Hospital permanente de Manila. También estuvo en Ceuta Sor Magdalena Mataradona. O´Donnell, el héroe de aquella guerra, fué quien dictó en 18 de Mayo de 1860, la primera Real Orden aprobando las condiciones para el servicio de las Hijas de la Caridad en los Hospitales Militares.

 

5.- Guerra de Santo Domingo. Hospital de la Habana y la primera Cruz Militar a una Hija de la Caridad Española. Desde 1854, a petición del capital General de la Isla de Cuba, habían ido las Hijas de la Caridad españolas a encargarse del Hospital Militar de La Habana, llamado San Ambrosio. El espíritu de caridad y de sacrificio habitual entre las Hermanas parece agigantarse a medida de que se agigantan los dolores y públicas calamidades. Tal sucedió en el Hospital Militar de la Habana, con ocasión de la expedición de nuestro ejercito a la Isla de Santo Domingo en 1865.

Durante aquella estéril cuanto costosa ocupación, la acumulación de tropas obligó a las Hermanas del Hospital Militar de la Habana a desvivirse y multiplicarse para cuidar de los pobres soldados, víctimas de las fiebres mortíferas del clima tropical, y fueron con la expedición a Santo Domingo, haciendo siempre el oficio de madres con nuestros soldados. Es insuperable el elogio de aquellas Hermanas y lo es tanto más por estar proclamado en documentos oficiales de la época como es la Real orden que sigue:

«Ministerio de Ultramar.-

 El Sr. Ministro de Guerra dijo a este Departamento en 28 de diciembre último, lo que sigue: Con esta fecha dijo al Ministro de Gobernación lo siguiente: Los extraordinarios e importantes servicios que las Hijas de la Caridad vienen desempeñando en el hospital militar de la Habana y muy particularmente con motivo de la campaña en Santo Domingo movieron al Intendente Militar del Ejercito de la Isla de Cuba a exponerlos al Capital General de la misma, añadiendo consideraba justo y oportuno que a la Superiora Sor Robustiana Jiménez se la propusiera para la Cruz de 1ª clase de la Orden de Mérito Militar, a fin de darle un público testimonio del aprecio que merecen al Ejercito los distinguidos servicios que tiene prestados en los diez años que cuenta al frente de la Comunidad consagrando su existencia al consuelo de los militares en las circunstancias más penosas y aflictivas de la vida, según se ha verificado alguna vez en el extranjero. Pero el Capitán General si bien considera oportuno recompensar ostensiblemente tan importantes servicios, al encarecerlos a este Ministerio, hizo presente que, en vista de los Art. 1 y 6 de los Estatutos de la Orden de Mérito Militar, entendía que no eran aplicarles en este caso y que por consiguiente parecían estar más en armonía con su sexo y ocupación la Cruz de Beneficencia. Consultado con el Consejo de Estado en pleno y considerando este Alto Cuerpo como lo hizo este Ministerio que ninguna de dichas condecoraciones podían concederse con sujeción a sus estatuto, por estar destinada a las clases puramente militares. ha apoyado, sin embargo, la opinión del Capitán General de Cuba y es de parecer que en atención a que la referida Superiora ha sobrepujado con tanto heroísmo y abnegación y virtud en los deberes de su penoso cargo, que la proponga para la Cruz de Beneficencia.

     «En esta atención la Reyna -q.D.g.- deseosa de dar a las Hermanas de la Caridad una prueba evidente del singular aprecio con que ha mirado sus servicios, ha tenido a bien resolverlo ponga en conocimiento de V.E. para que manifieste a este Ministerio si por el de su digno cargo habrá inconveniente en que se otorgue dicha recompensa, considerándose suficiente la instrucción y trámites de este expediente; en el concepto de que, a la vez, se pregunta al Director del Noviciado si por parte de la institución que dirige le ofrecería su aceptación, sirviéndole entre tanto de satisfacción el elevado concepto que han merecido a S.M. y a las autoridades de que dependen las Hermanas de la Caridad de Cuba los relevantes servicios que se dejan enunciados.=

     De Real Orden lo traslado a V.S. para su conocimiento, para que el Director del Noviciado lo tenga también por su conducto de lo resuelto y puedan también evacuar el informe de lo que se trata.= lo que de Real Orden comunico por el Sr. Ministro de Ultramar traslado a V.P. para los efectos que se indican.= El Secretario Interino. = Fernando Viela.

     Sr. Director del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad».

Otra Real Orden del 9 de marzo del mismo año dice que la publicidad y notoriedad de los servicios humanitarios prestados en el Hospital Militar de La Habana por las Hermanas con motivo de la Guerra de Santo Domingo hacen innecesaria la formación del expediente prevenido por regla general para poder conceder el ingreso en la Orden Civil de Beneficencia a la Superiora de dicho Instituto en aquella Comunidad, Sor Robustiana Jiménez…».

Por haber sido esta Hermana la primera entre las españolas y acaso primera entre todas las del mundo, en haber merecido tan señalada honra, que no era sólo de ella, sino de toda su Comunidad, y de todo en Instituto, quiero insertar otra Real Orden, en la que hallamos en informe del Director P. Sanz y la acción de gracias de S.M. la Reina Isabel a las Hijas de la Caridad. Dice así:

«Ministerio de Ultramar:= El Sr. Ministro de Guerra dijo al de Ultramar, en 10 de abril último lo que sigue: Con esta fecha digo al Capitán General de la Isla de Cuba lo que sigue: = Por consecuencia de los resuelto en la R.O. de 28 de Diciembre último, de que se dió a V.S. conocimiento, había inconveniente en que se otorgase la Cruz de Beneficencia a su Superiora de las Hijas de la Caridad de esa Isla, Sor Robustiana Jiménez en recompensa de los relevantes servicios que V.E. hizo mérito en carta, nº 2027, de 14 de febrero de 1865 y si por parte de la Institución del Real Noviciado le ofrecería su aceptación, expuso aquel Departamento a éste de Guerra en R.O. de 4 de febrero próximo pasado, que para proponer a S.M. la concesión de dicha gracia esperaba únicamente se le comunicase que la interesada podría aceptarla sin contravenir a las Reglas de Su Instituto.

     El Director General del Real Noviciado, a quien se dió también de conocimiento de esta resolución ha contestado en 1º de marzo último por conducto del Ministerio de Ultramar, que tanto por sí como en nombre de las Hijas de la Caridad con su Superiora del Hospital Militar de la Habana no pueden menos de estimar y agradecer de la manera más expresiva la alta distinción que se desea conceder a Sor Robustiana Jiménez, distinción tan honorífica con que se consideraría muy favorecida en España la Institución de San Vicente de Paúl en unión de sus más dignas Hijas por el celo y caridad cristiana que han desplegado en beneficio de la humanidad por espacio de muchos años, pero estos servicios importantes que, si merecen ser estimados, llevan la recompensa en sí mismos y la han de recibir de la mano de Aquel por quién esperamos la eterna felicidad, no necesitan ninguna otra recompensa: que además pudiera ser motivo de aspiraciones menos puras en el mundo, que las que deben las personas dedicadas al bien de sus semejantes y que cifran todas sus glorias en el servicio de los pobres, bajo cuyo concepto considera inaceptables la Cruz de Orden de Beneficencia.=

     En su vista, la Reina -q.D.g.- se ha servido resolver lo haga saber a V.E. para satisfacción de las Hijas de la Caridad de las Islas, que prestaron tan excelentes servicios  conocidos por V.E., al contar aquella recompensa que S.M. se hubiera dignando otorgar como una prueba ostensible de lo muy apreciable que ha sido el infatigable celo, que han tenido ocasión de demostrar en las extraordinarias circunstancias, por las que ha atravesado el Ejército, en cuyo nombre y en de S.M. les dará V.E. las gracias por su comportamiento.

     De Real Orden lo traslado a V.E. para conocimiento del Director General del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad, añadiéndoles, que respetando como es justo, su autorizada opinión este Ministerio ha desistido del apoyo que había prestado a los deseos de las Autoridades de Cuba fundados en que en el Ejercito de Oriente y por causas análogas, si que habían admitido semejante distinción, a cuyo otorgamiento, no obstante, no quiso proceder sin contar conque su aceptación no ofrecía inconvenientes a tan respetable como humanitaria Institución.=

     Lo que de Real Orden comunicada por el Sr. Ministro de Ultramar traslado a V. para su conocimiento.

     Dios guarde a V. muchos años.

     Madrid, 4 de mayo de 1866

     El Subsecretario Interino: Fernando Viela.

     Sr. Director de las Hijas de la Caridad».

 

6.- Hospital de Sangre en Mindanao. Filipinas. Por Real Orden de Julio de 1871 se pregunta al Director de las Hijas de la Caridad, si es posible enviar a Filipinas diez Hermanas para la asistencia de los enfermos de los hospitales militares de Cataboto y Zamboanga, que no se llegaron a fundar de una manera permanente.

En 1876, el General Malcampo organizó una expedición al Archipiélago Jolo para contener las demasías de aquellos moros y someterlos definitivamente. No podían faltar las Hermanas en empresa tan importante para la religión y para la patria y a la primer a insinuación del General se ofrecieron voluntariamente seis Hermanas, marchando a la cabeza Sor Catalina Carreras Asistenta de la Madre Vicevisitadora. Fué también el misionero P. González, ex-Rector del Seminario de Jaro. Llegados a Zamboanga, Capital de Mindanao, habilitaron las Hermanas el Hospital de Sangre, pero no contentas con cuidar en él con caridad y cariño de madres a los pobres soldados heridos, quisieron seguir a la tropa hasta el campo de batalla, más el prudente General se lo impidió, pues era muy expuesto internarse  en aquellos campos abruptos llenos de emboscadas y sorpresas. Después de algunos meses de sangrientos combates se consiguió pacificar aquellas Islas.

Sor Tiburcia Ayanz, la Superiora, no sólo se negó a recibir del Gobierno retribución por los servicios abnegados de las Hermanas, sino que ella misma, desde el Colegio de la Concordia proveíalas de cuanto necesitaban y hasta para los soldados del Hospital enviaba por su cuenta algunas provisiones. Conducta tan patriótica y tan desinteresada hizo subir de punto las simpatiza de Manila para con las Hijas de la Caridad, quienes fueron clamorosamente recibidas y vitoreadas a su vuelta de la expedición.

 

7.- Guerra Civil de 1872. Casi todos los establecimientos benéficos de las Hijas de la Caridad, tenían en las Provincias del Norte campo principal de nuestras guerras fratricidas quedaron a disposición de los Ejércitos de la Nación para recibir en ellos a cuantos lo necesitaban. No podían mira si eran de éste o del otro bando, sino como el buen samaritano curar las llagas de todos los pobres soldados heridos: y así lo hicieron con unos y con otros. Todas sus casas allí se convirtieron en Hospitales de Sangre.

«El estampido del cañón, el fragor de la fusilería y el estallar de la metralla sacaron de Elgoibar a las Hijas de la Caridad de San Vicente de sus cuotidianas labores de enseñanza. Con intrepidez guerrera voló Sor Juana Aguirre a los campos de combate, y sin miedo a los fuegos, ni a las balas, que muchas veces agujerearon la blanca toca, recogió innumerables heridos para curarlos en su casa.

Cuántos liberales y carlistas debieron a ella sus vidas. Adueñados los primeros de la Ciudad de Elgoibar consumaron los más atroces atentados. La santa Madre padeció no pocas vejaciones, pero su ardiente caridad era su argumento irrefragable del favor prestado a los vencidos. De estos, a unos facilitó la huída al amar de las sombras de la noche, a otros disfrazó de trajineros y viandantes, a éste hizo pasar por soldado de las filas victoriosas, y al mismo General Lizárraga, Caudillo de las huestes de D. Carlos, salvó de una menara segura, ocultándole bajo el entarimado de la cátedra en que daba clase el Capellán del Colegio»[iv].

También el Colegio de Murguía quedó convertido en Hospital de Sangre por la intrépida Sor Juana Lasuen. Sus bastos conocimientos de enfermería la colocaron a la cabecera de los heridos, curándolos, asistiendo a los moribundos y consolando a tantos y tantos infelices de aquella guerra fraticida. No vacila, dice la historia, en suspender su obra de educación a costa de tantos sudores y muda las clases en salas de dolor a fin de aumentar el espacio para las víctimas. Amenazaron que bombardearían el edifico, mas Dios la ilumina y ofreciendo de acuerdo con Sor Venancia su casa a los ejércitos, manda izar la bandera de color rojo y todos la respetan como hospital de sangre»[iv].

Esta Sor Juana Lasuen fué una tierna madre para los soldados. Estando en el Hospital Cívico-Militar de Aranjuez y siendo aún novicia mostraba ya arrestos de veterana.

Dos cientos soldados enfermos, dice su biógrafo, ingresaron un día en el hospital, sin recurso ninguno con que poder atenderlos ni siquiera para lo más indispensable. Sor Juana no se acobarda, habla con su superiora  y se dirigen ambas inmediatamente a Madrid. Penetra en el Real Palacio y piden audiencia a la Reina, quien al enterarse que son las Hermanas de Aranjuez las que solicitan la entrada ordena que las introduzcan a su presencia. Una escena sublime sigue a los primeros saludos, y al saber la excelsa dama el motivo de su venida, es decir, la precaria situación de los soldados llamando a su Administrador le dice: «Abrid esos cajones y traedme billetes». El Administrador cumple las órdenes de la Soberana. «Más, añade ésta repetidas veces y es obedecida puntualmente. Rebosando de alegría volvieron las Hermanas a Aranjuez con buena suma destinada a los pobres enfermos»[iv],

 

8.- Informe sobre los Hospitales Militares de Cuba en 1876. «Inspección de Sanidad de la Isla de Cuba.= Excmo. Sr. = En cumplimiento de la orden superior de V.E., fecha 13 de Junio próximo pasado, en que me pide conforme respecto a que se establezcan en algunos Hospitales Militares de importancia, como los de Villa-Clara, Puerto Príncipe y Matanzas, secciones proporcionadas de Hermanas de la Caridad para la asistencia de los enfermos y también que manifieste el número de Hermanas que faltan en los hospitales de esta plaza y de Cuba para el completo de su dotación, tengo el honor de informar a V.E. que, habiendo consultado sobre el particular con los directores de los Hospitales Militares, a los que V.E., se refieren su citada superior comunicación, todos ellos están contestes en reconocer los utilísimos servicios que dicha Institución presta a los enfermos, al buen orden, limpieza y moralidad que existe en los establecimientos encomendados al cuidado de estas Señoras, y como consecuencia de tan ventajosa opinión piden que se aumente su número en los hospitales donde existen en la actualidad y que se creen las secciones correspondientes en los que no disfrutan de los servicios de tan benéfico Instituto. El Director del Hospital de San Ambrosio reclama nueve, que faltan para el completo de su dotación, el de Santiago de Cuba pide seis más de las que tiene, dos para el completo de su dotación y cuatro más como aumento que juzga necesario para el mejor servicio. El de Villa Clara calcula en doce en número de Hermanas necesarias para aquel hospital y el de Matanzas cree que ocho serán suficientes para las atenciones del mismo. El Director del Hospital Militar de Puerto Príncipe  expresándose del mismo modo favorable respecto a la utilidad que reportarían a dicho establecimiento la creación de una sección compuesta de diez Hermanas manifiesta al mismo tiempo la dificultad de establecerlas allí por carecer aquel Hospital de Capilla, habitaciones y dependencias que las mencionadas Señoras necesitan para su vida privada y religiosa.

En consecuencia, resulta de los datos que acabo de consignar que es necesario un aumento de cuarenta y cinco Hermanas de la Caridad para poner el completo la dotación de los Hospitales Militares de San Ambrosio y de Santiago de Cuba y para destinar secciones proporcionadas a los de Santa Clara, Matanzas y Puerto Príncipe. Pero como siempre debe contarse con cierto número de bajas durante el primer año de arribo, considero necesario que vengan de la Península, por cuenta del ramo de Guerra hasta el número de cincuenta, con destino a los hospitales arriba expresados, teniendo la hora de informar a V.E. de conformidad con lo manifestado por Directores de Hospitales Militares de referencias respecto al número y utilidad de los servicios de las Hermanas de la Caridad en dichos hospitales; y que se digne V.E., acordar lo necesario para que en Hospital de Puerto Príncipe se hagan las obras para habilitar habitación y capilla para el alojamiento y servicio espiritual de dichas Hermanas.

Dios guarde a V.E. muchos años.

Habana 8 de agosto de 1876.

Excmo. Sr., Director, subinspector. Juan Bernal

Excmo. Sr. Capitán General.

En conformidad con el anterior informe se mandaba por Real Orden de 21 se septiembre de 1876 enviar a Hospitales Militares de Cuba las cincuenta Hijas de la Caridad pedidas. Pero esto no se verificó hasta más tarde cuando de nuevo sobrevino la guerra civil en la Isla.

 

 

CAPITULO LXVIII

 

Sumario: 1.- Hospitales Militares en Cuba. 2.- El Bloqueo de la Isla. 3.-Santiago de Cuba. 4.- Bombardeo de San Juan de Puerto Rico. 4.- Hospital Militar de Ponce. 6.- Invasión de Juana Díaz. Puerto Rico. Peligrosa situación de las Hermanas.

 

1.- Guerras Coloniales. Hospitales Militares en Cuba. La guerra obligó a ensanchar los Hospitales Militares, ya existentes en Cuba y a establecer otros nuevos. En 1895, se fundaron con Hijas de la Caridad los dos Santi Spiritus y Santa Clara. En 1896, los de San Juan de los Remedios, de Matanzas y Cienfuegos. En 1897, los de Santiago de las Vegas, Ciego de Ávila y el de Madera de la Habana. Todos duraron hasta la conclusión de la Guerra a fines de 1898.

«Hoy que Cuba está castigada por el azote de la guerra -dice una crónica de entonces- la Hermana de la Caridad ha venido a cumplir su misión. La tenemos en los Hospitales corriendo con todo lo que a la administración concierne en la asistencia de los enfermos. Ellas velan cuidadosamente porque, del Jefe al soldado, todos están atendidos. Ellas atienden a todos con su mágica influencia. Con su humilde palabra consuelan a los unos y a los otros. Les sirven en este destierro cual si fueran las madres que les lactaron. Durante la noche ejercen una exquisita vigilancia. Alimentos, medicinas, todo lo suministran por sus manos con arreglo a la prescripción facultativa y a cada rato se las ve sentadas a la cabecera de un moribundo hablándole de la vida eterna, consolándole en sus dolores, infundiéndole aliento, y por fin, cuando el alma del que deja de existir abandona la envoltura humana, sus labios rezan una plegaria, pidiendo a Dios la gloria para el pecador, que abandona el mundo de los mortales.

«En el Hospital Militar de Santa Clara tenemos Hermanas de la Caridad. Testigos son los innumerables enfermos que de continuo entran y salen, que pueden justificar los inmensos beneficios, que les reportan esta Institución, digna de todo encomio. No hay más que entrar en dicho establecimiento para apreciar todo su valor.

«Hoy existen dos Hermanas a la puerta de la muerte por haber contraído graves enfermedades en el cumplimiento de su deber: Ayer falleció otra, Sor María Cinea, víctima de la fiebre amarilla.

«La muerte se cierne en derredor de estos ángeles de la humanidad y con su constante guadaña ha segado una existencia preciosa y amenaza cortar el hilo de la vida de las virtuosas Hermanas, Sor Aureliana Currás y Sor Eulalia Lazuena…[iv]».

Tal era la vida de las Hijas de la Caridad en aquellos Hospitales: un poema de heroicos sufrimientos en campos de desolación y de muerte. Las rotura de hostilidades con los Estados Unidos fue el más desastroso acontecimiento nacional. El Clarín de la guerra resonó en muchos campos a la vez, y las Hermanas hubieron de acudir en tropel a Cuba, a Puerto Rico y a Filipinas, a los hospitales de sangre de la Península, a donde que se percibía el grito del dolor y todas se alistaron voluntarias al servicio de España y de sus valientes, cuanto infortunados hijos.

Escrita quedó entonces una de las páginas más gloriosas, no sólo de sus anales sino de los de la Iglesia y de la Patria. Vamos a recorrer algunos fragmentos de aquella epopeya.

«La situación apuradísima que atravesamos, decía la Visitador Sor Jovellar, en su Circular de marzo de 1896, nos exige a todas hacer algún sacrificio en beneficio de nuestros hermanos, que exponen sus vidas en defensa de nuestra amada Patria… Conozco la ansiedad conque todas Vds. quieren ser las elegidas para ir a Cuba a ejercer este acto caritativo».

Ya al partir la primera expedición de veinte Hermanas con los primeros Batallones se había presentado la muy digna visitadora  Sor Jovellar al Ministro de la Guerra para decirle: Excelencia, si tiene necesidad de más Hermanas, pida V.E. que todas estamos dispuestas a ir a la guerra», palabras dignas del bronce o del mármol. No en vano corría por sus venas sangre militar, como hermana que era del difunto General Jovellar, Capitán General de Cuba y Ministro de la Guerra que había sido.

Pronto una expedición de sesenta Hermanas sale para allá en los barcos abarrotados de soldados. Se han ofrecido para cuidar de los heridos en el campo de batalla y el Ministro de Guerra ordena qu marchen con sus batallones al campo, a donde parten animadas, en medio de los gritos de dolor dsew los moribundos y el silbar de las balas y el estampido  de los cañones, y «algunas -dice la crónica- estaban desconsoladas por tener que quedarse entre las paredes del Hospital»[iv].

Los hospitales entre tanto estaban abarrotado, no ya de heridos cuanto de infelices víctimas de la fiebre y el vómito, de la viruela y de aquel clima de fuego.

«Es necesario verlo y tocarlo, -escribe un herido grave al salir del hospital- para apreciar con conocimiento de causa y con toda su extensión el inapreciable servicio realizado por esos ángeles de la Caridad en este país, en este clima, donde la atmósfera en las presentes circunstancias asfixia y emponzoña … En los inmensos hospitales militares criados en plena guerra se ven cosas al parecer incompatibles: el mayor orden en medio del amontonamiento de los enfermos; la buena administración en medio de tantas entradas y salidas de tantas idas y venidas, de todo lo cual somos testigos diarios. Por consiguiente, las madres de nuestros soldados pacientes, esas madres que lloran con lágrimas amargas la ausencia de los hijos queridos del alma; esas madres que creen ver en visión a sus hijos en manos mercenarias pueden dar tregua a su tristeza y hallar calmante a su cruel dolor pensando que aquí en el país tropical hay quien las reemplaza a la cabecera de sus hijos. Aquí, en el país de las fiebres hay quien vela día y noche junto a los enfermos; aquí en el país de las epopeyas sangrientas hay quien se sacrifica con gusto, disputando palmo a palmo la presa reclamada por la muerte. Que las madres de nuestros veteranos soldados, que España entera bendigo a las heroicas Hijas de San Vicente. Bendigan el nombre de Sor Teresa Mora, y así reconoceremos, aunque sea muy pobremente los numerosos merecimientos que  así de la Religión como de la Patria han ganado las simpáticas Heroínas..,[iv].

Nada mejor para comprender el esfuerzo sobrehumano de aquellas pobres Hermanas como las estadística que de aquellos Hospitales nos da Sor Teresa Mora.

«Aquí en La Habana, dice, tenemos nosotras: Alfonso XIII con 2.000 enfermos; Beneficencia, con 2000; Madera, cuartel, con 700, hay seis hermanas; Regal con 3000, hay 10 Hermanas; Matanzas con 500, hay seis Hermanas.

Los de afuera son: Santiago de las Vegas con 9oo enfermos, hay siete hermanas; Cienfuegos con 500, hay seis Hermanas; Remedios con 600 hay ocho hermanas; Santa Clara, con 600 hay diez Hermanas; Santi Spiritus con 400, hay nueve Hermanas; Hospital de Santiago de Cuba creo tiene 1200, hay veinticinco Hermanas. Además tenemos enfermerías agregadas a los Hospitales de Bejucal y de Guanabacoa…»[iv].

Citado queda el nombre de la entonces Vicevisitadora de Cuba, aquella mujer, ángel de paz en medio de la guerra, Sor Teresa Mora: «No contenta, dice una relación, con hacer viajes muy largos y penosos para acompañar a las Hermanas a la fundación de las casas de Santi Spiritus, Santa Clara, Remedios y Cienfuegos, visita luego todos los establecimientos para activar la organización conveniente y para procurar socorros espirituales a las Hermanas. Ha visitado dos o tres veces las localidades más distantes, volviendo siempre sana y salva, no son haber sentido el silbar de las balas, el olor de los cadáveres y el resplandor de las llamas de las ricas haciendas, encendidas por los insurrectos.

«Y como si no fuera suficiente el campo a su caridad los cinco Hospitales Militares de la Habana con su diez mil enfermos o heridos, gestiona del Gobierno nuevo hospital militar para dos mil enfermos, en un gran edificio pegado a la casa central den ejerce el cargo de Supriora. Allí es donde ella da curso a su ardoroso celo todo el tiempo que el dejan libres sus múltiples ocupaciones. Con tal fin abre una puerta entre el nuevo hospital y el fondo de su casa y reparte sus solicitudes entre ambas comunidades.

«Por causa de estos servicios y de sus frecuentes visitas a los otros Hospitales de dentro y de fuera de la Habana sobre todo por sus viajes a Santiago de Cuba y a otros puntos lejanos, que se necesitan cuatro o cinco días, ya por mar ya por tierra, el nombre de su actividad y de su celo ha crecido hasta tal punto de haberle tributado elogios espontáneos los Periódicos de la Isla y de la Península…»[iv].

Pues bien, esta mujer fuerte hasta el erotismo tenía el corazo de la más tierna madre. He aquí una de sus cartas íntimas y efusivas: «Hemos tenido enfermería de tres mil enfermos, como sucedía en Regla, de donde salí un día muy conmovida del espectáculo que ofrecía ver cientos de enfermos tirados, con cuatro días de hospital y de no haber bebido ni agua. ¡Pobres miembros de Jesucristo!. Me entró tal pena y sentimiento que tuve que esconderme y hartarme de llorar para desahogarme. Y lo que me ha pasado a mi, ha pasado a las pobres Hermanas, a la vista de tan triste espectáculo»[iv]. El ejemplo de Sor Teresa Mora fue imitado por todas las demás Hermanas, muchas de ellas víctimas del cumplimiento del deber.

En la imposibilidad de dar a conocer a todas, ¿cómo callar a Sor Bernarda Lacabe, en Santiago de Cuba, a Sor Juana Garaicoechea en Santi Spiritus; A Sor Dominica Eizmendi en Santa Clara; a Sor Ignacia Batles en Remedios; a sor Demetria Ochoa en Cienfuegos; y a la primera de todas Sor Clara Larrinaga, en el Alfonso XIII de la Habana?. Estas heroínas dignas de nombre inmortal, arrancaron a la muerte y devolvieron a las madres españolas miles de sus hijos.

 

2.- El bloqueo. La resistencia física y moral en que se vieron puestas las Hijas de la Caridad, durante el bloqueo de aquella guerra infausta, es algo que supera el heroísmo puramente humano. La superiora del Manicomio de Cuba se desahoga escribiendo a la Madre General con estas palabras: «Las tres plagas que tanto temíamos al fin han caído sobre nosotras: la guerra, la peste y el hambre… Excepto tres Hermanas, todas las demás han caído enfermas. Respeto a nuestros pobres enfermos ya no pueden resistir por estar mal alimentados, pues no les podemos dar sino un poco de arroz cocido con agua… así es que se muere una multitud considerable. No tenemos vestidos con que cubrirlos. La Visitadora nos envió algunas piezas de tela blanca y de color para vestirlos y pasar así mientras Dios quiera…»[iv].

El mayor tormento de las pobres Hermanas era ver morir a aquellos infelices a centenares sin poderlos socorrer. «Cuando el hambre se comenzó a sentir en La Habana, escribe en su diario Sor Eduviges Laquidaín, empezamos también a pensar menos en el bombardeo, pues ya las conversaciones y noticias eran de distinta clase. Nuestra puerta abundaba de pobres extenuados, de mujeres que casi no podían andar, de chicos que buscaban algo de comer. No despedíamos a nadie sin dar alguna cosa y dentro de la casa se volvieron a abrir las escuelas de las niñas pobres, alimentando a unas trescientas, que quizá no tenían otra cosa. De mucho consuelo nos era, y más cuando asistían a la misa con puntualidad, aún sin abrir las clases…

«No crea Vd, mi respetable Madre, que esta miseria no ha sido nada más que de estos meses. Casi un año hace que para algunos establecimientos empezó el bloqueo, pues la miseria, que ha sido general durante el sitio, venía siendo particular, pudiéndose señalarse con especialidad el manicomio, que ha tenido una baja de quinientos pobres poco más o menos…

«Todavía no se habla sino de desgracias, de enfermedades en abundancia, en una palabra de tantas calamidades que naturalmente exclama uno: mejor es morir»[iv].

 

3.- Santiago de Cuba. Nombre es este evocador de una de las más grandes tragedias de nuestra historia patria. No podían faltar allí las Hijas de la Caridad. Pocas páginas pueden leerse más homéricas que el diario del bloqueo escrito por una de las Hermanas. Grandemente sublime es la relación que desde el hospital de aquella ciudad envía Sor Lucía Sosa a Sor Francisca Sanz, Superiora de la Inclusa de Madrid. Citemos algunos párrafos:«Estamos sitiadas por mar y tierra y se muere de hambre toda la gente. A nosotras no nos falta un poco de arroz, garbanzos y unas cajas de sardinas… Nos sentimos tan débiles que no tenemos fuerza para resistir los sustos de los bombardeos, que como Vd. sabrá han sido nueve o diez. El día seis –junio 1898- fue terrible. Principió a las ocho de la mañana y acabaron a las doce del día. No se podían contar los cañonazos en las primeras horas y sólo cuando estaba más calmado se vio que tiraban a diez cañonazos por minutos. Por el patio y cocinas de este establecimiento pasaron tres enormes granadas haciendo un ruido que aterrorizaba… No puede Vd. figurarse las ganas que tengo de comer un pedacito de pan. Sólo tenemos el eucarístico y bendito se Dios que todavía no nos ha faltado…

Día 1º de Julio. Desde esta mañana a las siete no se oye mas que el fuego nutrido fusilería, y a hora, que son las cinco de la tarde, no cesa aún el fuego…

     Día cinco. En los días pasados no le escribí, porque cada día han ido poniéndose las cosas de mal en peor. Ayer me encontraba como Jesús en el Huerto de los Olivos, tan triste que cogí la pluma para escribir y no sabía ya que decirle, y ¿sabe Vd. por qué era mi tristeza? Porque como hoy van a bombardear la ciudad por mar y por tierra dispusieron el Sr. Arzobispo y el P. Martínez Antolín, que saliésemos de la Ciudad para salvar la vida. Se habían dado de alta a todos los enfermos, pero quedaban postrados en la cama sin poder salir más de ciento y el pensamiento de que dejaríamos a esos desgraciados sin nuestro cuidado, me hacía morir de pena. Me parecía que ya no era Hija de la Caridad. Más nuestro Santo Padre, a quién le pedí con toda mi alma que no permitiera dejáramos abandonados a su promoción más querida, parece que me oyó y en la tarde, cuando esperábamos se nos indicara el lugar a dónde debíamos ir, se nos presentaron dos de nuestros Padres a decirnos que se había pensado que era mejor nos quedáramos con nuestros pobres. Cual fue mi contento al oir esto, sólo Dios, que penetra hasta el fondo de nuestros corazones, puede saberlo. Ayúdeme Vd. a dar gracias a nuestro Señor.

     «Dentro de pocas horas principia el bombardeo y en esta casa no ha quedado ni Capellán, ni Presidente, ni Administrador, ni Médico, ni Platicante y hasta la mayor parte de los empleados se han ido deseando salvar sus vidas. Ahora sí que me considero Hija de la Caridad de San Vicente. A Dios sean dadas las gracias. Si no muriere hoy le acabaré de contar lo que ocurra en este terrible día en que no se ve por todas partes sino soldados, fusiles y todo lo que puede hacer estremecer de espanto. Las Hermanas de la Beneficencia han salido fuera de la población para salvar a las niñas. Sólo Sor Justa y Sor Isabel han quedado en el Hospital Militar, donde tienen tanto trabajo las pobres Hermanas.

     Día 6.- Aún vivimos, querida Sor Francisca. Parece que nuestro Señor quería probarnos. Ayer por la mañana vino el P. Martínez a celebrar para darnos la Sagrada Comunión y quitar el Santísimo Sacramento. Después de la misa nos habló sobre el acto tan agradable a Dios que hacíamos las Hijas de San Vicente, quedándonos en la ciudad expuestas a perecer todas por permanecer firmes en la misión de caridad… Por fin de la hora y… un silencio profundo reina en todas las partes. Da el cuarto, da la media y el mismo silencio. Entonces me voy a preguntar a la portería que novedad había y me dicen que parecía que las Naciones extranjeras habían tomado parte y ya no había bombardeo… La población entera había salido de la ciudad. Calculan una 30.000 almas las que han salido…

     Día 7.- Todavía todo está en calma. De un día para otro se va aplazando el combate. Se dice que será el día nueve. Esta tarde tuve que salir y la impresión que me hizo la vista de la ciudad fue tristísima. No parecía sino un gran cementerio. Todas las puertas y ventanas cerradas, sin que se vea por la calle más que uno que otro militar y muchos perros muertos de hambre, que lloran a las puertas de sus amos.

     «Cuando regresamos a este Hospital, encontramos tres hombres vestidos de paisanos sentados en una esquina de la calle, los cuales al vernos se pusieron de pie nos saludaron y nos miraban de arriba abajo, como no creyendo lo que veían. Hasta que por fin uno de ellos me preguntó: Hermanas ¿No tenéis miedo a estar en Cuba? Yo le contesté,

– Señor, las Hijas de la Caridad no tiene miedo a las balas cuando están cuidando de sus pobres.

– Oh! y esta es la verdad, me contestaron, que Dios os asista Hermanas.

     Día 11.- Ayer a las cinco empezó el fuego que duró hasta las siete. La noche ha sido tranquila y hoy ha amenazado de nuevo. A la tarde le diré como hemos pasado el día… Hasta la una ha durado el fuego. Hoy ha sido una especie de bombardeo. Ha hecho mucho daño a la ciudad. Desgracias personales creo que ninguna, porque las casas están vacías. Aquí en el jardín cayó un pedazo de granada, en la ropería otro, pero todavía no nos ha tocado ninguna.

     Día 12.- Me siento tan triste y débil, que si esto dura mucho, creo que no llegaré a ver el fin de la guerra. Hoy no ha habido fuego, han estado en parlamento. Estamos rodeados de enemigos por todas partes… Dicen que mañana reducirán a cenizas la ciudad. Es una agonía tan terrible en la que vivimos, que ya no hay fuerzas para vivir, y ella nos recuerda a con frecuencia la de Jesús en el Huerto de los Olivos. Además los alimentos tan escasos y caros que no se pueden comprar. No se el tiempo que no comemos carne, ni pan, no bebemos un poquito de caldo…

     Adiós, Sor Francisca, pídale a nuestro Señor nos conceda la gracia de poder seguir cuidando a nuestros pobrecitos de Cuba»[iv].

¡Que temple de alma el de estas mujeres así transformadas por los rayos de la divina caridad.

 

4.-Bombardeo de San Juan de Puerto Rico. En mayo de 1898 la escuadra de Estados Unidos bombardeó cruelmente la Ciudad de San Juany, en aquel terrible bombardeo tocó una parte considerable de las casas de las Hermanas, pero se vino de una manera clara  la providencia divina sobre ellas. Cinco de los establecimientos se hallaban con vistas al mar y tocando a las baterías, sobre que el enemigo hacía fuego, a saber: Beneficencia, Hospital Militar, Asilo Municipal, Colegio de San Ildefonso y Casa escuela de Párvulos.

En el Hospital Militar una de las bombas derribó el techo de la Capilla donde las Hermanas se halaban en oración y a pesar de haber quedaron envueltas entre los escombros no recibieron lesión alguna.

Los horrores del bombardeo en la Beneficencia no son para descrito. Todas las baterías parecía que disparan sobre aquel inmenso Asilo de cerca de mil almas: niños, ancianos y locos. Un diluvio de metralla caía sobre él. A la gente tranquila se les hizo buscar refugio en los subterráneos, pro ¿Quién podía dominar aquellas ochenta infelices locas empeñadas en ver aquellos fenómenos celestiales?. Allí se vio patente las Providencia divina sobre las Hermanas. A Sor Florencia un proyectil le pasó tocando la cara sin que hiciera el menor daño siendo así que dejó hecho añicos cuento encontró a su paso.

En el Asilo Municipal con más de 300 acogidos, la protección de San Vicente fue marcadísima. Todos los ancianos de uno y otro sexo con las Hermanas estaban en la capilla del establecimiento, gritando junto a cada disparo «Señor, misericordia», cuando una bomba penetro, haciendo un horrible destrozo en la habitación de las Hermanas, que afortunadamente no estaban allí.

En el Asilo Mutuo, que parecía ser el más seguro de la Ciudad, un trozo de una bamba cayó a los pies de Sor Lucía sin tocar siquiera el vestido. De cogerla la hubiera matado. Con ocasión de la guerra aunque hubo pocos heridos, las Hermanas se encargaron de cuatro Hospitales de Sangre.

 

5.- Hospital Militar de Ponce. No menos que las Hermanas de San Juan tuvieron que sufrir las de Ponce, durante el bloqueo y bombardeo de la Ciudad por salvar y proteger la vida de los pobres.

Durante la invasión de las Isla de los Yuncos, el cambio de clima y alimentación ocasionaron tantas enfermedades entre ellos, que era muy difícil atender a tantos enfermos como llevaron al hospital militar de Ponce. Y ¡qué heroicos son en ocasiones los sacrificios de la caridad cristiana!. Nuestras pobres Hermanas hacían los mayores esfuerzos para servir y contentar a los verdugos de la patria. Pero esto era muy difícil, ya por el idioma distinto, ya por la desconfianza de aquellos soldados, casi todos protestantes en religión. Fue preciso que viniesen Hermanas de estados Unidos, quienes al principio hubieron de instalarse en el hospital militar ambulante, bajo tiendas, con un trabajo enorme y muchas privaciones. De diez que eran pronto cayeron gravemente enfermas dos y una murió.

Sor Manuela Rodríguez, Vicevisitadora entonces de Puerto Rico, nos pinta admirablemente algún de aquellas escenas: «Es verdad, dice, que por especial providencia del Señor no tenemos que lamentar ninguna desgracia personal y los desperfectos en nuestros edificios no son de consideración, pero qué de trabajos para salvar nuestros pobres. Era triste ver y admirar a nuestras Hermanas en los trenes, coches, y demás carruajes unas con niños otras y niñas, otras con locos y locas, estas con enfermos y enfermas, las más con ancianos y ancianas. A unos los tenían que subir en brazos, otros tropiezan, otros caen. En fin, era un cuadro desgarrador. Nadie lo miraba sin llorar, y esta escena se repitió cuatro veces en tres meses. Al llegar a las nuevas habitaciones nos encontrábamos con un sotechado sin abrigo con paredes y techo de palma. Debido a tan malos alojamientos  han enfermado la mayor parte de nuestros pobres  y muchos han muerto. Entre las Hermanas hemos tenido algunas enfermas, pero, gracias a Dios ya están bien.[iv]

Y es digno de notarse que no fue sólo aquí, donde las Hijas de la Caridad españolas, como el buen samaritano recogiendo los heridos sin mirar si eran o no compatriotas suyos. En sus casas fueron atendidos indistintamente españoles, yankis, cubanos o filipinos. ¡Qué correspondencia tan noble la suya y tan cristiana! Ni una queja, ni una injuria contra los enemigos de su patria,

Cuando los Yankis se apoderaron de Manila, escribe así Sor Florentina Chasco: «Los americanos trajeron a la Concordia muchos heridos y tres murieron. El día siguiente los llevaron a su hospital quedando el americano agradecidísimo de nuestros cuidados»[iv].

Cuando los españoles  evacuaron la Habana y los heridos españoles  salieron del Hospital Alfonso XIII «nos pidieron los americanos, escribe Sor Eduvigis, diez Hermanas para sus enfermos, a lo que accedimos con gusto,  suponiendo la aprobación de Vds.»[iv]. Y no es que no sintieran a veces hervir dentro de sus venas la sangre del león hispano. Así Sor María Casals, cual otra Agustina de Zaragoza, «al bombardear la escuadra yanki el Hospital Militar de Santiago de Cuba con ánimo varonil dirigióse al Comandante General Linares pidiéndole un fusil para irse a las trincheras con los soldados españoles para defender el honor de España»[iv]. Pero una mirada a ese Jesús crucificado que siempre les acompaña, templaba aquellos ardores con el fervor supremo de la caridad.

Cuando en noviembre de 1898 los soldados españoles se vieron obligados a abandonar la Isla, las diez y nueve Hijas de la caridad del Hospital Militar de Ponce se vieron igualmente obligadas a retirarse y partir a España. Varias de ellas septuagenarias habían pasado treinta y cinco años  en aquel hospital, encargadas pacíficamente al servicios de los pobres. El cambio de clima en pleno invierno era para ellas un sacrificio más entre los innumerables que habían ofrecido a Dios, durante aquellos aciagos días de la guerra.

 

6.- La invasión en Juana Díaz, Puerto Rico. Peligrosa situación de las Hermanas. «A la proximidad de los invasores americanos todos los habitantes de Juana Díaz abandonaron sus casas salvando la vida con la fuga. Los que quedaron se declararon abiertamente a favor de los americanos y concibieron odio implacable contra los españoles, cometiendo con ellos las mayores barbaridades. Quemáronse sus casas, confiscaron sus bienes, etc… les parecía hacer un buen servicio al americano procediendo de esta suerte.

Sor Justa Urra y tres compañeras lejos de abandonar su casa, allí permanecieron, puesta su confianza en Dios y en la Santísima Virgen, su único consuelo y esperanza.

Terrible situación. Una noche golpearon a sus puerta con gritos terribles, mueras y tiros. Las cuatro pobres Hermanas corrieron juntas a la capilla y con los brazos en cruz hicieron actas de contrición y se ofrecieron al Señor como víctimas expiatorias. Después la valerosa Sor Justa abrió la puerta a los invasores y salió a su encuentro para preguntarles qué deseaban y con las mejores palabras que pudo a su disposición los víveres que tenía. Quedaron contentos con esto lo forajidos y quiso Dios y la Virgen que ellos mismos se convirtiesen en custodios de la casa para evitar nuevos asaltos.

 

 

CAPITULO LXIX

 

Sumario: 1.- Islas Filipinas. Cavite y Canacao. 2.- Prisioneras. 3.- La Repatriación. Las Hijas de la Caridad en los Barcos. 4.- El último viaje. El Océano por sepulcro.

 

1.- Islas Filipinas. Cavite y Cañacao. La revolución filipina dió también ocasión a las Hermanas para desplegar otra caridad y abnegación a toda prueba en los varios Hospitales ambulantes que se vio obligado a improvisar en Manila el Gobierno español para asistir a tantos heridos. Desde la Superiora hasta la última Hermana, todas se ofrecieron generosas a servir a los enfermos, prefieren la vida del hospital a la del colegio, en cuyo ministerio, como en su ambiente propio siempre se han considerado dichosas las Hijas de San Vicente[iv].

Veintidós años llevaban en aquellos hospitales  las Hijas de la Caridad entregadas tranquilamente al cuidado de sus enfermos, soldados casi todos de marina,  cuando el 1º de mayo de 1898 tuvieron el inmenso dolor de ver con sus propios ojos la destrucción de la escuadra española y de recibir en el hospital el gran número de heridos que llegaban de las naves y de las baterías. «Pero lo más triste para las Hermanas de Cavite dice un testigo, ¡el P. Oriols, fue el día dos cuando amenazaron los yankis bombardear el pueblo  de Cavite si los españoles no salían de él. No había fuerzas suficientes en la plaza para defenderla. Así es que los militares y los paisanos españoles salieron de Cavite y quedaron las Hermanas y los enfermos a merced de los indios insurrectos, mejor diré, de los ladrones, quienes saquearon las casas. El día tres se presentaron en el hospital para saquearlo[iv]. Entonces fue cuando Sor Gregoria Martínez, Superiora del Hospital de san Juan de Dios de Cavite, tuvo el heroísmo de mirar cara a cara la muerte sin pestañear. He aquí como lo refieren aquellas Hermanas y lo dejo consignado el citado P. Oriols.

«Se habían refugiado allí cuatro religiosos recoletos y los insurrectos lo sabían. Presentóse el Jefe a la Superiora de las Hermanas -machete en mano, dice otra relación- y le dijo: ¨O me dices donde están esos religiosos, a quienes quiero matar, o si no te matare a ti y a las Madres. La Superiora animada del espíritu de nuestro Señor le contestó: No se yo donde están esos religiosos, pero aún cuando lo supiera no te lo diría, porque matar a los Padres e es malo. Nosotras hemos venido a Filipinas a servir a los indios. Si los Indios nos matan nos iremos al cielo´. Al oir esto aquel hombre la dejó, pero mucho costó a las Hermanas salvar la vida de aquellos pobres religiosos. Por fin lo lograron escondiéndoles en el desván  y haciendo después que se vistiesen como los indios y vendándoles la cabeza como si fuesen heridos o enfermos.

El día cuatro viendo la Superiora que ellas no podían permanecer en Cavite por faltarles todo y por no estar seguras ni siquiera sus vidas, resolvió pedir auxilio a los mismos yankis que se habían apoderado del arsenal los cuales se lo prestaron y con esto ellas con los enfermos de trasladaron a Cañacao. Salieron a las cinco de la tarde de Cavite y a las siete Hermanas y enfermos se hallaban en San Roque, sin ánimo de pasar adelante y sin tener en dónde cobijarse.

Acudieron al Cura Párroco las Hermanas, suplicándole por amor a Jesucristo permitiera que los enfermos se alojasen en la Iglesia  aquella noche. Concedióselo y alojados en la Iglesia los enfermos por todo alimento se les dio a cada uno un puñado de arroz y un poco de azúcar. Al día siguiente a las cuatro de la mañana se dirigieron a Cañacao  en donde estuvieron ya con alguna seguridad porque los yankis eran mas en número que en Cavite.

Y las Hermanas en Cañacao, ¡cuanto sufrieron en esos días de tribulación!. Tuvieron que trasladar varias veces a los enfermos por temor a las granadas: ya a la Iglesia parroquial de Cavite, ya a unos camarines que creo que se hallen en San Roque, ya, por fin, tuvieron que volverse a Cañacao y todo esto sin tener las provisiones necesarias para dar a los enfermos lo que necesitaban… [iv].

Al entrar los americanos en Cavite, los Jefes españoles ordenaron el traslado a Manila de los cuatrocientos enfermos que allí había, mas temiendo algún desaire del enemigo enviaron a las Hermanas a solicitar el permiso, el cual obtuvieron ellas fácilmente y acomodando enfermos y heridos lo mejor que pudieron en el vaporcito Isabel II, prestado por los Yankis que lo habían apresado y escoltado por ellos llegaron a Manila.

La Concordia. Desde el día diez y seis de abril hasta el mes de Junio el Colegio de las Hijas de la Caridad de Manila, llamado de la Concordia, quedó convertido en Hospital y parque de las tropas españolas. Traslados a él todos los enfermos que pudieron acomodarse. «Con el corazón algo oprimido, dice la relación, llegamos a la Concordia y encontramos el Colegio convertido en una especie de arsenal humano. En dos cuerpos del edificio hay colocados unos cuatrocientos enfermos. En el cuerpo de la derecha están las Hermanas que en estos días serán más de sesenta. En el ala saliente, que esta a la entrada s han quedado las niñas, que son unas ochenta. En los bajos de esa misma ala y en algunas otras dependencias varias familias españolas de empleados civiles y militares. En la casita de los Padres, además de los que fueron de aquí, los médicos militares, que ocupan la parte baja. Los patios están llenos de carruajes, cajas, baúles y otros muebles y todo esto junto con las carretillas que van y vienen continuamente acarreando víveres, comestibles y subsistencias de la administración militar para enfermos, hace que el Colegio se asemeje a un pueblo en continuo movimiento»[iv].

 

2.- Prisioneras. Contentas llegaron a Manila las Hermanas de la Caridad por verse libres ellas y sus enfermos de los peligros corridos. Mas como era imposible instalar todos aquellos enfermos en la Concordia, llena de ellos, ocho Hijas de la Caridad hubieron de pasar con una sección al Convento de Guadalupe, convirtiendo también en Hospital y distante unos cuatro leguas de Manila. Un mes estuvieron allí, largo como una eternidad por las angustias que sufrieron. Oigamos el relato de las mismas Hermanas: «El día cinco de junio, a eso de las ocho de la noche, se presentaron los insurrectos en derredor del convento y nuestro destacamento, compuesto de veinte hombres, mandaos por un teniente, ls hizo fuego durante la noche. Al día siguiente también se resistieron pero ya se veían mucho más acosados y amenazados por los rebeldes. Si hubiera estado sólo el destacamento podía haber resistido hasta quedar el último cartucho, porque el convento es de piedra y muy fuerte. Pro temiendo que toda la saña de los forajidos cayese sobre enfermos Hermanas y empleados del hospital parlamentaron y entregaron las armas, pues ya les habían intimado la religión, diciéndoles que de no hacerlo pegarían fuego al convento con seis latas de petróleo que tenían preparadas. Una vez rendidos les hicieron entregar las armas con mucha humillación. El día siguiente se presentó el cabecilla Pío del Pilar, titulado ahora general, para tomar declaraciones a todas las Hermanas y militares…

En el Convento quedó un destacamento de insurrectos para custodiar los presos y los enfermos cuyo jede, añade la relación, era un ex alumno de la Universidad, repugnante en lo físico y despreciable en lo moral. Este mortificaba mucho a las Hermanas y en particular a una, que perseguía con fines nada rectos. También las molestó bastante otro que se llamaba capitán, empeñado en que se quedaran cuatro o por lo menos dos Hermanas para cuidar según decía de los enfermos. Fue el que mas se opuso al cónsul inglés para que se llevase a todas las Hermanas, porque según la orden del Generalísimo Aguinaldo, sólo quedaban libres los enfermos.

Según la relación este mismo Jefe, irritado por la maternal entereza con que las Hermanas atendían a sus pobres enfermos contra los abusos de los insurrectos, llegó en su despacho, hasta a enviar al Generalísimo Aguinaldo un capítulo de acusaciones contra las Hermanas, pidiendo para ellas la pena de muerte, demanda que rechazó el generalísimo indignado.

La mayor pena de las Hermanas fue cuando libertados ya los soldados vieron solas en manos de sus enemigos. «Entre las Hermanas, continua la relación, había una que entendía el tagalo y un día escucho una conversación  en que traban como las matarías si a bayonetazos o fusiladas. Comunicó a las demás lo que había oído y después de encomendarse todas a la Virgen Milagrosa determinaron presentarse al titulado capitán rogándole con lágrimas y súplicas  que les perdonasen las vidas. También amenazaron con llevarlas a pie a Cavite, donde tienen todos nuestros prisioneros. Otros muchos sustos y malos ratos pasaron, pero Dios nuestro Señor las ha sacado libres por segunda vez de todos los grandes peligros que han corrido[iv].

Gracias al Cónsul Inglés se consiguió, al fin, la libertad de las Hermanas. «Pero, ay, mis pobres Hermanas, llegaron, dice Sor Florentina, que daba pena y horror oírlas contar lo que sufrieron y el miedo que habían pasado»[iv]. hay riesgos para una Hija de la Caridad mucho más angustiosos que la misma muerte.

 

3.- La repatriación. Las Hijas de la Caridad en los Barcos. ¡La repatriación! Jamás se apartará de nuestros ojos la visión de aquellas escenas dolorosas de nuestra historia. ¡Cómo venia la flor de los hijos de España! Cadáveres parecían, que no valientes, aquellos pobres soldados. Muchos morían en el mar. Otros llegaron vivos por un milagro de amor y de sacrificio de aquellas Hijas de la Caridad, que subían contentas a cuidarlos en las naves, ansiosas de restituir vivos a sus madres aquellos hijos que les había confiado la Patria.

«Estoy edificadísima, escribía Sor Teresa, del sacrificio que hacen nuestras Hermanas en estos viajes. Conozco algo de lo que se sufre en ellos y repito que me edifican».

Sor Francisca Vicente cuenta así uno de esos viajes a Sor Cristina Jovellar: «Madre: empecé a escribir esta mi segunda carta en la Habana, y después de veintidós días  de continuo trabajo en nuestra travesía tomo la pluma en Cádiz, por no haber podido escribir nada en el camino, pus nos embarcamos con cuatrocientos sesenta y nueve enfermos, ciento cincuenta graves. Algunos de estos confesaron, por prescripción facultativa, antes de zarpar el vapor. Estaba en él todavía Sor Teresa, cuando embarcaron también treinta y tres insurrectos. Algunos eran soldados Españoles. Al bajarlos a las bodegas, como los enfermos los conocían, les insultaban atrozmente. Había que hacerles callar.

«Hemos tenido mucho trabajo de día y de noche, no recogiéndonos hasta las doce o la una de la madrugada, porque veíamos muy malos, con una disentería tan grande, que parecían cadáveres. De esta enfermedad han fallecido tres, de los que no nos hemos retirado un momento, haciéndoles la recomendación del alma y otros actos con todo su conocimiento. Los pobrecitos nos manifestaban su agradecimiento. Más pena tenía en esto que en el trabajo.

«Seis días después de salir de Puerto Rico hemos tenido un balanceo atroz, pero, gracias a Dios, nosotras ni una mala hora malas ni mareadas. Los pobres enfermos muy mal, pues algunos han fallecido. Un enfermo, viéndose muy apurado, se tragó la medalla que yo le había puesto y luego gritaba en alta voz: ´Ya me alivié de cuerpo y alma, me quiero confesar». Causó mucha risa a todos, pero al fin llamamos al Capellán y se confesó. Ha desembarcado aliviado y contento»[iv].

La misma Sor Francisca en otra carta anota en su diario de mar, y el temple de su alma en estos fragmentos.

«Día 28. Seguimos bien. Hoy una oleada de agua abrió una ventana cayendo mucha agua encima de Sor Gregoria, quedando como una gallina mojada. Buen asperges, te aseguro. No ganamos para sustos.

«Día 29. Nosotras bien. Hay catorce enfermos. Era yendo de Cuba a España-, de peligro dos. Hoy me decía el médico: Estamos fastidiados con tanto enfermo, y más no estando el barco preparado para todo esto…

«Día 31. Nosotras bien. Seguimos cuidando a nuestros enfermos. Vamos muy ricas pues llevamos, viruela, sarampión, pulmonía. Lo que siento es que no llevamos sarna.

Con ser aquella vida de tanto sacrificio eran muchas las Hermanas que se ofrecían. Sor Dolores la clariana escribía desde Cádiz a su madre: «esta mañana, a las siete, legaron Sor Francisca Vicente y dos compañeras a la bahía y a las cinco de la tarde a esta casa, bien, gracias a Dios, aunque con mal viaje por el mal tiempo. Han traído cuatrocientos sesenta y nueve soldados, ciento cincuenta graves, los demás regular. Han llevado al Hospital de san Juan los peores y ciento ochenta mejores al Sanatorio, y mañana, Dios mediante, iré pues el General me ha citado temprano.

En medio del mal viaje las Hermanas vienen muy contentas por los prodigios que ha obrado la medalla Milagrosa… En lugar de Sor Jiménez viene una de Puerto Rico de mucho ánimo, y además, Sor Manuela les ha prestado otra muy buena. Estarán hasta el día diez.

«Ha llegado la Hermana de esa bien y el sábado saldrá Sor Matilde, Sor Melero o Sor Antonia Mendivil, que esta en el Sanatorio, con la que ha llegado ahora… Hay varias Hermanas que están dispuestas para ir en Vapores en esos traslados marítimos según se han presentado ayer y hoy y el Padre me ha dicho. De modo que si Vd. quiere le mandaré los nombres»[iv].

Sor Teresa desde la Habana decía. «Las Hermanas llegadas últimamente están bien gracias a Dios. Han tenido mucho balance. Saldrán mañana 20, otra vez en el mismo vapor que llegaron, el Patricio Satústregui. Algo penoso hicieron el viaje, pero Sor Matilde, que es la que ha venido al frente de esta última expedición, dice que es encuentra mejor en el mar que en la tierra, de modo que hay que tranquilizarse y mucho para alabar a Dios.

«Le digo a Vd. como en mi anterior, que pueden contar con Hermanas de esta para reemplazar en algunos viajes. Me alegro que haya echado Vd. mano de Sor Castañer de Puerto Rico.

«Aquí, entre otras, tengo a Sor Cecilia que se portó tan marino que ra un gusto. Está también Sor Rebilles, que no cabe de contenta…[iv].

La carta de Sor Juana de Cádiz a su Superiora Sor Dolores Clariana, es de una sencillez y grandeza homéricas. ¡Cuánto siento tenerla que recortar!.

«Santander. Hospital de San Rafael.

8 marzo 97.

Mi respetable y amadísima Sor Dolores. ¡Con qué alegría tomo la pluma para darle cuenta de nuestro viaje! La ida fue mediana. Tuvimos unos días tan malos que los niños decían que querían ir a la calle, y los soldados que estarían mejor en la manigua, por donde puede Vd-. comprender que tiempo traeríamos. Yo me maree, como era de suponer. Pero muy animada haciéndome la valiente para desechar el mareo…

«Llegamos a Puerto Rico. Nos recibieron muy bien. Vinieron dos Hermanas al vapor y desembarcamos… Por la tarde nos acompañó Sor Manuela con otra Superiora al Vapor. Estuvieron acompañándonos hasta el momento de zarpar para la Habana a donde llegamos felizmente.

«Al llegar a la Habana salieron al muelle Sor Magdalena y otra Hermana y fuimos al Noviciado… De allí pasamos a un Hospital que se llama La Regla, que es uno de los mayores. Luego fuimos a donde está Sor Josefa. Cuando me vio corriendo vino a mi para abrazarme. No he visto a Sor Lucía. Está fuera de La Habana por su salud.

«Empiezo a escribir el regreso de la Habana a Santander. Salimos el día 20 con 551 enfermos en el buque… Pero duró el tiempo bueno y las ganas de cantar. Empezó a soplar el viento y las hinchadas olas a azotar el barco. En esto yo no hacía mas que pedir a Dios y a todos los Santos que no me mareara, para poder asistir a tantos y tan delicados enfermos, pro como o estaba en mí, empecé a marear y no tener ganas de comer, pasando agonías de muerte entre el mareo y no poder acudir a mis pobres enfermos, como yo deseaba, de modo que se me carcomían las entrañas.

«El Capitán me decía que no iba a llevar a la barra y yo le contestaba: ´Con tal que se me quite el mareo puede Vd. llevarme ahora mismo´. En estos apuros me acodé de invocar a San Expedito y desde este momento conocí el alivio. Aunque las ganas de comer no volvían, eso no me apuraba, con tal de poder servir a los pobres enfermos. No dejé ni siquiera un día mareada y todo. El médico cuando me veía entre aquellos con cara de difunta me decía. ´Váyase que esta Vd. ya tambaleándose sin poder tenerse en pie´.

Estos fueron los primeros días. Después me decía que era una gran marinera. Es cosa que llena de gran confusión ver la atención y respeto con que esta buena gente  nos trata a nosotras indignas Hijas de San Vicente. Empezando por el capitán y el médico hasta el último de los marineros no nos hablan sino es descubierta la cabeza.¡No a nostras, Señor, sino a vos toda la gloria!.

«A los doce días llegamos a La Coruña. No nos esperaban hasta la tarde a causa de cuatro días de temporal que tuvimos en que pasamos las penas del purgatorio. No podíamos servir a los pobres sino con mucho trabajo. Sor Matilde que tan valiente es y que viene al frente de nuestra expedición decía que no había visto otra tanto. Los mismo marinos decían que era una cosa horrorosa. En uno de los balanceos fuertes, estando yo en el camarote lavándome las manos, vino Sor Matilde abrió la puerta y fuimos las dos de golpe a la pared. Yo creí que me partía la cabeza. Me hice una herida en la oreja y Sor Matilde recibió también un fuerte coscorrón.

«En fin, al llegar a la Coruña se nos acercaron varios caballeros y señoras muy finos, dándonos la enhorabuena por las pocas defunciones que habíamos tenido, merced al cuidado esmerado de las Hermanas y del médico, pero la verdad es que todos han tomado parte en ello, principiando por el Capitán y acabando por el último marinero. Todos estaban a nuestra disposición así es que a los obres no les ha faltado nada: todo cuanto pedíamos para estos enseguida nos lo servían con mucho respeto.

«Llegamos el día 7 a Santander a las nueva de la mañana. Vinieron a bordo el General, Gobernador Militar, varios empleados y caballeros y todos oímos misa, y ya para entonces las Hermanas lo habían dispuesto todo bien recibiéndonos muy cariñosas. Y como son tan buenas, nos trataron con la mayor solicitud…[iv].

Las Hijas de la Caridad, siempre de acuerdo con el Gobierno de la Nación, todo lo tenían admirablemente organizado. las Hermanas de los Hospitales de Ultramar entregaban los enfermos a las Hermanas de los Barcos. En llegando a España, otras los salían a recibir para conducirlos a las blancas camas que tenían preparadas.

Todas las Hermanas de los Puertos de desembarco rivalizaron entonces en el cuidado de los enfermos, pero es imposible no citar a tres, que bien merecieron el honroso nombre de «Madres del Soldado».

Sabe Sor Dolores Clariana, Superiora de la Cuna de Cádiz, que en Fort Luis van a ser alojados los enfermos repatriados. Pro aquello está desmantelado. Cogen un coche  y recorre los Establecimientos reclutando Hermanas y sin descansar ni acordarse de comer  en todo el día, preparó lo mejor que pudo aquellos almacenes, desprovistos de lo más preciso y estuvo arreglando camas con las demás hasta la noche, en que, haciendo llevar al Muelle una olla de caldo, ayudada por el Excmo. Duque de Nájera iba dando a cada soldado una taza, pus tan desfallecidos estaban que no podían tenerse en pie.

Cuatro murieron antes de desembarcar y echado en una lancha para llevarlos al cementerio. Tuvo que regresar en ella sola con el medico y habiendo llegado al Muelle a las once de la noche, a la luz de la luna, estropeada por el cansancio y las emociones, estuvo al punto de caer al mar, deteniéndola un empleado en el momento que daba el último paso al borde del muelle. A la mañana siguiente volvió ella, llevando cuanto pudo suministrarle su ingeniosa caridad, y mientras duró aquel improvisado lazareto hizo los imposibles para endulzar las penas de aquellos pobres soldados sirviéndoles muchas veces de amanuense para consolar a sus padres y socorriendo a los que convalecían[iv].

En diciembre de 1895, Ayuntamiento y Diputación de Barcelona unidos en laudable patriotismo abrieron un sanatorio para los repatriados de Cuba y Filipinas. Se organizaron los servicios de asistencia poniendo al frente a las Hijas de la Caridad. La Administración claudico y de este lastimoso motivo vino el que se nombrara  a Sor Paula Bayonas única Directora para todos los asuntos de aquella fundación que se convirtió entonces en modelo de pulcritud, severidad y al mismo tiempo en poética mansión de los pobres guerreros, que tuberculosos, palúdicos, caquécticos, disentéricos, sarnosos, anémicos, infecciosos, etc, llegaban ansiosos de curación de sus dolencias, con amos a sus familias y la esperanza en el cielo de su amada patria.

Relatar la acción de Sor Paula en tales tiempos, sus cuidados y asiduos desvelos, sus geniales disposiciones que fueron siempre de sublime ponderación, recogerlos y coleccionarlos sería sin duda una obra de gigantes. Navarro Reverter, Ministro entonces de Hacienda, invitado a visitar el Sanatorio y movido por los datos que en él había de su noble organización, así como de los méritos de su Directora, después de haberse enterado de todo, ofreció a la excelsa Sor Paula una Cruz de Honor, que ella naturalmente rechazó.

«La lectura de Reglas que deberán observarse para el régimen del Sanatorio destinado a los heridos y enfermos de guerra de Cuba y Filipinas» escritas por la misma Sor Paula acreditan su talento organizador y su amor a los pobres enfermos[iv].

Santander, finalmente, puede gloriarse de aquella excelsa mujer, ángel protector de la ciudad durante más de cincuenta años, Sor Ramona Ormazabal, Condecorada con la gran Cruz de Beneficencia por los innumerables beneficios que derramó  en su larga vida y sepultada en el Panteón de Hombres Ilustres de la Montaña.

«En el año 1897 y con motivo de la repatriación de nuestras tropas, dice un cronista, era frecuente el arribo a este Puerto de un gran contingente de Soldados, enfermos en su mayoría, que necesitaban ser hospitalizados y con este motivo dió nuevas pruebas de su incansable celo Sor Ramona, pues no sólo atendió a éstos en el hospital  con la solicitud y esmero en ella particular, sino que montó entre otros provisionales en el Cuartel maría Cristina, otro en el edificio Exposición y hasta un tercero en los anexos de la estufa de desinfección en donde fueron aquellos infelices debidamente atendidos.

«Muchas familias de estos defensores de la Patria acudieron ávidas de ver a los suyos a esta capital y la mayor parte con escasos medios pecuniarios para atender a las más apremiantes necesidades de la vida. Pues bien, Sor Ramona, en su inagotable caridad y amor a los desgraciados hubo de proporcionar a aquellos el dinero necesario para subsanar sus escaseces, y a muchos les pagó el billete de ferrocarril para volver a su casa»[iv].

Aquellas solicitudes maternales de las Hijas de la Caridad infundían aliento corporal y espiritual a aquellos muchachos enfermos, y apenas Juan Español se hallaba un poco aliviado ya se sentía con ganas de cantar, y noble, valiente y agradecido lanzaba sus primeras notas, dedicadas a sus madres adoptivas, las Hijas de la Caridad. Recojamos algunos ecos a bordo:

 

Vírgenes son, que allá van

buscando a los desvalidos

A los enfermos y heridos

En un sombrío Hospital.

 

En el fragor de la guerra

Ejercen noble misión,

Y el estruendo del cañón

nunca jamás las aterra.

 

Las respeta el militar,

las bendice el mundo entero,

Hasta el impío altanero

las tiene que respetar.

 

Y cuando en el ancho mar

siguen su rezo y su pauta,

nada, nada las espanta,

por que es su fuerza el orar

Bajan del buque al soldado,

sonriendo la mar que vocea,

entre el olor de la brea

al ver al pobre soldado.

 

Andan con modestia santa

del buque la ciudadela,

siempre en continuada vela

como su regla les manda.

 

Son Hijas de San Vicente,

Sor esposas del Señor,

Ángeles de paz y amor

en la humanidad doliente.

 

     Estos ecos no eran nuevos[iv]. Antes que las soledades del mar, los habían oído las tierras africanas donde ya Juan Soldado, desde 1860 había enriquecido con tales notas su largo romancero. Dicen que van a levantar en Cuba un monumento a los bravos de España. Si en

él no figura la Hija de la Caridad ha perdido la obra la mitad de su interés y de su mérito.

 

4.- El último viaje. Océano por sepulcro. Qué dulce palabra esta de la repatriación para aquellos pobre soldados que habían quedado con vida de aquella catástrofe, y que volvían a sus nativos lares, a la Patria querida, pero que triste para aquellas Hijas de la Caridad al tener que dejar sus viejos nidos, en donde tanto habían amado y tanto habían sufrido: los Hospitales Militares.

Por entonces con el cambio político pocas esperanzas tenía su porvenir en las Antillas y Filipinas. Si las hubiera profetizado el florecimiento que hoy tienen allí, no lo hubieran creído. Pero a lo menos se hubieran grandemente consolado.

«Después de las capitulaciones y entrega de la plaza de Santiago de Cuba las cosas estaban allí tan mal, dice el P. Martínez, que nos `pareció imposible poder permanecer, por entonces, en nuestra residencia de Santiago y resolvimos, muy a pesar nuestro, regresar a España, acompañando y asistiendo a nuestros pobres enfermos y soldados repatriados.

«La abnegación y sacrificio de nuestras Hermanas ha sido admirable, en tanto grado, que algunas han sucumbido víctimas de la caridad. Aún no había levantado ancla el buque y estando todavía en la bahía de Santiago tuvimos el dolor y sentimiento de ver morir a una de las dos Hermanas que en grave estado, en camilla, fueron conducidas a bordo del buque. La otra murió el sexto día de navegación. Las dos Hermanas acabaron con la preciosa muerte de los justos. La Hermana Supriora del Hospital Militar, que también fue embarcada en grave estado de salud, falleció apenas había llegado a la Coruña. Llevaba ya esta hermana más de treinta años de sacrificios en la Isla. En la Coruña falleció también, después de largos días de enfermedad otra Hermana, que durante muchos años, había trabajado incansable y servido en el mismo Hospital de Santiago.

Dos más volaron al cielo a unirse con sus compañeras de martirio a los pocos días de haber llegado a la casa Central. Son seis mi digno Padre, las Hermanas que hasta la fecha han fallecido, como os decían, víctimas de la caridad con los pobres enfermos, más temo no serán las últimas pues otras han regresado a España en un mal estado[iv].

«Qué dolor, escribía desde Ponce, Puerto Rico, El P. Roura, ver a esas Hijas de la Caridad entre ellas varias septuagenarias, que habían pasado 35 años en el Hospital Militar, donde estaban pacíficamente consagradas a sus trabajos, obligadas a volver a la Patria, ya dejada por amor a nuestros Señor, expuestas a morir en la travesía, o por lo menos a sufrir mucho por el cambio de temperatura, pus no estaban acostumbradas al frío[iv].

En marzo de 1899 escribía también desde Filipinas Sor Florentina Casco: «Qué situación tan triste para estas Islas y que difícil y oscuro se presenta su porvenir. Dios nos remedie pronto. El día 11 en el Vapor BUENOS AIRES se embarcaron para España doce Hermanas y dos Padres, y en los Vapores siguientes irán saliendo las Hermanas de los Hospitales Militares, que son unas cincuenta y tantas. Da mucha pena ver irse las Hermanas de un país que hoy las necesita como nunca por la falta que hay de religión[iv].

El día 13 del mismo mes de marzo se embarcaron veinte y cuatro y el 17 otras doce. Todos los pasajes los pagaba el Gobierno español, como los de la tropa que venía. Mucho temíamos, dice desde Manila el P. Oriols, que se cerrara el hospital -civil- de San Juan de Dios por falta de recursos y que hubiera de manda a la Península las veinticuatro Hermanas que en él sirven a los enfermos, pero Dios ha movido el corazón de algunas personas caritativas, las cuales han abierto una suscripción con la cual en poco tiempo se han obtenido más de 150.000 pesos con lo cual y con lo que se espera recoger en adelante, permanecerá Dios mediante, dicho Establecimiento…

«También me ha pedido el Gobierno Americano Hermanas para un Hospital de variolosos que ha abierto en Paudacán, que está cerca de Manila. Ya está en él. Tal vez después me pidan Hermanas para otros Hospitales[iv]. Además de las Hermanas citadas anteriormente, solamente en Cuba fallecieron otras doce durante aquel infausto año, 1898. Seis de ellas en el Hospital Militar Alfonso XIII, donde el mayor número de soldados enfermos obligaba a las Hermanas a un esfuerzo sobrehumano de cuerpo y Espíritu.

Como epílogo de este capítulo dediquemos un recuerdos a aquellas heroínas sepultadas para siempre en las inmensidades de los mares. Casi todos los días durante el sagrado silencio de la noche, la nave detiene su marcha un momento para depositar en el blando regazo de las olas el cadáver de algún soldado que ha fallecido en la jornada. Tampoco allí estáis solos pobres hijos de España. Sor Maria Cruz se queda también con vosotros como madre que no se aparta de sus hijos. Ya antes Sor Josefa de la Rota y Sor Francisca de Sales Montoya habían hallado igual sepultura en los mares de Oriente. De profundis clamavi ad te, Domine.

 

 

CAPITULO LXX

 

Sumario: 1.- MARRUECOS. Ante el desastre de Anual. 2.- Los Hospitales de Marruecos. Escenas íntimas. 3.- La cartas del Soldado. 4.- Las Santonas. 5.- En las avanzadas. 6.-Alhucemas.

 

1.- MARRUECOS. Ante el desastre Anual.

Triste era para el piadoso Eneas tener que renovar los dolores de su patria por compadecer a la Reina Dido. Así es triste, para el historiador de las Hijas de la Caridad, tener que sacar a colación las amarguras de España al contra las historia de las Hijas de la Caridad. Pero tal es la historia admirable de estas Hermanas. En los días de los grandes dolores, es cuando más se deja sentir su maternal influencia. El desastre de Anual, que hirió a España en medio del corazón, fue de nuevo, para ellas clarín de enganche, voz de alerta y al punto respondieron: Presentes.

No había tiempo que perder e inmediatamente ofrecieron al Gobierno y al Rey y sus generosos servicios, que ellos aceptaron en calidad de urgentes con las siguiente disposición:

«Negociado de Marruecos.

El Sr. Ministro de Guerra dice hoy al Alto Comisario de España en Marruecos lo que sigue:

-El Rey -q.D.g- ha tenido a bien disponer que, con toda urgencia, se imparte el servicio de asistencia  de las Hijas de la Caridad  de la Congregación española de San Vicente de Paúl en los Hospitales Militares establecidos en las tres Comandancias Generales de África. De Real orden comunicada por dicho Sr. Ministro lo traslado a Vd. para su conocimiento.

Dios guarde a Vd. muchos años.

Madrid, 31 de Agosto de 1921.

El Subsecretario, Duque de Tetuán

Señora Visitadora General de las Hijas de la Caridad de la Congregación española de San Vicente de Paúl.

C/. de Jesús, nº 3[iv].

Todas las Hermanas, dice la crónica, rivalizaron en abnegación, caridad y espíritu de sacrificio, ofreciéndose o poniéndose a disposición de sus Supriores para acudir generosas…[iv].

Dos días después de la R.O. citada, en 2 de septiembre salían de Madrid para Melilla las veinticinco Hermanas de la primera expedición. Iba al frente Sor Martina Vázquez, Asistenta de la Casa Central. Otras dos expediciones salieron para Melilla en el mismo mes de septiembre, una de cinco y otra de veinte. El quince del mismo mes salieron catorce destinadas a los Hospitales de Tetuán, a su frente Sor Francisca Maiza del Hospital General de Madrid. Muy pronto hubo que enviar otra expedición de dieciséis. Finalmente en el mismo mes salieron las veinte Hermanas destinadas a Larache, de donde se extendieron a Alcazarquivir y Arcila. En todas las Comandancias fueron bien recibidas, pero en Larache de una manera especial por el hidalgo General Barrera.

Ya para Enero de 1922, sólo en Melilla, había cincuenta hermanas con los siguientes Hospitales.

«En Dokar, escribe Sor Justa Lestau, tenemos de ochocientos a novecientos enfermos y heridos; en el Santiago, a cuyo frente está Sor Francisca casado, mil doscientos atendidos por diecisiete Hermanas; en el Jordana pasan de trescientos. Las Hermanas son cuatro… El campo de nuestra caridad y celo es aquí muy grande… En el casino Militar cuidan las Hermanas de unos cien heridos».

Al cerrarse, en 1928, el Hospital Alfonso XIII de Melilla ponen los Anales la estadística de entradas y salidas. «Con la toma de Taferrit, dice, a últimos de marzo de 1922 y repatriación de tropas los hospitalizados en Alfonso XIII oscilan entre seiscientos a setecientos, volviendo otra vez a aumentara fines de Mayo de 1923 a causa del asedio a Trivi, Assa, Afrau y Tifauriu y por la epidemia de disentería.

El 1º de octubre del año últimamente citado había en el hospital mil trescientos ocho enfermos. Entraron durante dicho mes 2072 y salieron 2114. En las operaciones de septiembre de 1926 entraron 1734 y salieron 1558. El total de enfermos entrados en el Hospital Militar de Tetuán, desde que llegaron las Hermanas en 1º de octubre de 1921 al 31 de octubre de 1929 fecha de la estadística fue el siguiente:

 

Heridos, 11.060

Enfermos:126.922.

 

Sólo en el año 1924 hubo 5.499 heridos y 16.705 enfermos[iv].

Las anteriores cifras dan idea del esfuerzo heroico a que estaban obligadas las Hijas de la Caridad. A esto hay que añadir el hallarse en la línea de fuego, pues hasta la toma de Gurugú por nuestro Ejército llovían las granadas sobre la ciudad y aún dentro del mismo hospital Doker cayó una a pocos metros de una Hermanas. Afortunadamente no reventó.

En medio de aquellas angustias estuvieron firmes en su puesto, y cuando se pensó en buscar lugar más seguro, ellos respondieron que sólo se retirarían con el último soldado enfermo[iv], como lo refiere una de las Hermanas de Melilla con estas ingenuas cuanto sublimes palabras: «Viendo que el Hospital ofrecía peligro, ofrecieron llevarnos a un barco de guerra, pero ninguna quiso ir y casi nos sirvió de risa el ofrecimiento porque dejar a los enfermos en peligro y salvarnos nosotras no se nos hubiera ocurrido nunca».

Otra dice: «Las Hermanas de vela del Hospital de Tetuán tuvieron que correr, pues las balas las caían casi a los pies… A las cuatro de la mañana, sin duda al encender nosotras las luces se dieron cuenta de que caían las balas que era un primo. No sabíamos por donde andar, pues por todas partes era peligroso. Yo tenía que bajar a la cocina forzosamente para sacar el desayuno, y confiero ingenuamente que sentía algún temor».

Del Hospital de Jordana de Melilla es digno de conocerse la relación de Sor Guadalupe Miñón, una de las Hermanas de aquel Hospital. «El tifus, dice, se desarrolló en la tropa. Hubimos de ceder el Hospital y tuvimos que meternos las ocho hermanas en una habitación que era dormitorio, cocina, despensa, etc… Para comer cubríamos la cama con una sábana y encima las viandas. Después cada una en sus rodillas y sentadas en cajones o lo primero que pillábamos  comíamos lo que buenamente habíamos podido arreglar. Otras veces Sor Justa nos enviaba la comida hecha, pero no por eso comíamos mejor, porque llegaba todo frío.

«Las noches de vela eran tremendas. se iba de tienda en tienda con una vela en la mano, tropezando en las cuerdas que tiene para sujetarlas. Otros veces, cuando había levante, se desataban y teníamos que luchar hasta dejar a nuestros soldados seguros de que la lluvia no llegara a ellos. Después de todos estos trotes se retiraba una a las cinco de la mañana a echarse un rato, pro allí estaban las Hermanas en oración, allí se hacía el desayuno y allí se tomaba. Así que a pesar de estar una cargada de sueño no se podía.

«Para oir misa teníamos que esperar a que el médico de guardia y sargento se retirasen para poner el altar portátil que nos había prestado el Regimiento de Artillería. Muchas veces no quedaba desalojado hasta las once…

«Cada ve que considero las privaciones que hemos pasado, los peligros de contagio a que estuvimos expuestas, me parece imposible, que sin el auxilio divino, pudiéramos escapar tan bien. Esto no sólo lo admiramos nosotras, sino que los mismos médicos que prestaban sus servicios en el Hospital reconocían lo mismo. Por eso en una de las excursiones que hicieron al campo a ver a sus compañeros, éstos les dijeron que las Hermanas, que habían estado en el campo, merecían una Cruz por lo expuesta que tuvieron su vida. A esto contestó el Sr. Fiol, médico de la clínica cuarta de nuestro Hospital, que en ese caso, tenían las de Jordna más derecho, pues sin salir del Hospital expusieron su vida en medio de un contagio terrible de enfermedades infecciosas de toda clase y con un trabajo mayor del que se podía imaginar. tal fué nuestro primer año en Melilla, en 1922».

El 1º de septiembre entraron las Hermanas en Tetuán. Las autoridades, jefes y oficiales, prensa y ejército y toda la ciudad saludó y dió la bienvenida a las Hijas de la Caridad. Después de vencer no pequeñas dificultades, lograron acomodarse en tres Hospitales: La Alcazaba, el central y el Nuevo. El primero era un gran cuartel cuyas salas se acomodaron para enfermerías con cuatrocientas camas. Carecían de capilla, de cocina y de habitaciones. Un aposentillo les servía de dormitorio, refectorio, estancia y dispensa. Se cerró este hospital a penas se pudieron trasladar los enfermos al Hospital Nuevo.

«Si el comportamiento de nuestras Hermanas, dice un cronista, en todos los hospitales ha sido eficiente, si todas ellas han derrochado valor, heroísmo y buen humor, si millares de veces me he sentido confundo ante la portentosa resistencia física y moral de estas heroínas de la Caridad, no puedo menos de manifestar que las ocho Hermanas que han ido sucediéndose en la Alcazaba, merecen especial mención»[iv].

Entre tanto las obras del nuevo Hospital se llevaban con actividad, a fin de trasladar a él todos los enfermos, como así se verificó  ya en mayo de 1922, pudiendo instalarse en él mas de quinientos. El aspecto de dicho nuevo hospitales majestuoso, sus clínicas espaciosas e higiénicas, sus dependencias corren a cargo de las Hermanas desde el primer día que se montaron. Los enfermos dicen que están tratados mejor que en un hotel y bendicen a Dios porque se ha dignado enviar a estas tierras inhospitalarias a las Hijas de la Caridad que los atienden, cuidan miman y hacen con ellos los mismos oficios que harían sus madres queridas con ellos si pudieran atravesar el Estrecho y llegarse hasta la cabecera de su cama»[iv].

En enero de 1922 legaban ya a 158 las Hijas de la Caridad en Marruecos y pocos meses después a doscientas.

 

2.- Transformación de los Hospitales de Marruecos. Escenas íntimas. «Era necesario verlo de cerca y después de visto pregonarlo». Esto hizo C.N.S. en un artículo que vio la luz pública en melilla el 27 de noviembre del mismo año 21, en que llegaron las Hijas de la Caridad. Se refiere al Hospital Dokerque, según frase del Sr. Ministro La Cierva parecía una cloaca y dice: «Pues bien, sólo hace dos meses que están en el los ángeles, llamados Hijas de la Caridad, y ..¡Qué transformación ha sufrido!. Dios tendrá escrito con letras de oro lo que ellas hacen».

«Ya no parecen cloacas aquellos barracones de madera y cartón, pus se barren, se mudan las camas, y no se acuesta a un enfermo sin que se cambien las sábanas. Y, si alguno muere, se cambia también el colchón, las almohadas y las mantas.

«Ya no se lavan los platos donde se lavaban los vasos inmundos y las escupideras, ya tienen todos los enfermos sus cubiertos, su taza y su baso. Ya no se les deja la leche a los que están en dieta encima de la mesilla de noche y el enfermo lo tomaba o no lo tomaba. De esto nadie se cuidaba.

«Ya no se reparten las comidas en convoyes, que eran unas cajones, donde se colocaban treinta o cuarenta platos, y al llegar a los últimos los enfermos no lo podían tomar por estar frío y lleno de polvo. Ahora la comida se reparte  en marmitas y portaviandas y se les va dando de uno en uno repartiendo al mismo tiempo que la comida, frases de cariño y consuelo.

«Ya no mueren solos. Ahora tienen los soldados a la cabecera a una Hija de la Caridad, que le enjuga el sudor, le limpia , se acudía de darle el alimento y medicinas de día y de noche, a su ahora, le dice palabras que le recuerdan a su madre. Le habla de Dios, ilumina su alma de una luz sobrenatural solamente con su presencia y hasta los más rudos ven algo sobrenatural en aquellas mujeres… y dóciles a su voz rezan con ellas y se resignan, y sus dolores se mitigan al oir decir a aquel ángel que Dios les espera en el cielo, que su sangre vertida por la Patria no quedará sin recompensa; que le coronará la gloria.; que, desde allí, verá a sus padres y alcanzará para ellos la conformidad y mil bendiciones. Y este joven en la flor de la edad sonríe, se confiesa, comulga, recibe los últimos sacramentos y se prepara para morir sin sentir aquella pena que sintió al serse herido, pues ya no muere sólo, hay quién recoja su último aliento. Hay quine diga a su madre, as su padre, a sus hermanos que nunca los ha olvidado, que muere pensando en ellos, pro muere como cristiano valiente, confortado con la voluntad de Dios, y, cómo espera abrazarlos en el cielo. esta esperanza les hace dulce la muerte.

¡La quiero como a mi madre! «y ¡Qué encargos hacen a las Hermanas!. Les entregan cuanto poseen, les hablan con la confianza que lo harían con su madre y se quedan tan tranquilos. ¡Qué escenas he presenciado! Hermana, decía uno de cuota de la Provincia de Santander. ´La quiero a Vd. tanto como a mi madre y más que a mis hermanas, pues es Vd. incomparablemente mejor que ellas, porque ellas están en su casa y Vd. se viene a África cuidarnos. Y ¿qué sería de nosotros sin Vds.?Nos moriríamos desesperados. Cuanto he de pedir en el cielo para que Dios las bendiga y proteja´. Y cuando la Hermana quería retirarse de su lado para atender a otros heridos, con una mirada que decía más que las palabras, exclamaba: ´¡Por el Corazón de Jesús, Hermana, no se vaya. Dígame jaculatorias, hábleme del cielo, de la Santísima Virgen. Me voy a morir a las dos – eran las doce y media- y quiero que esté Vd. aquí para que diga a mi madre que estoy conforme y contento, porque creo que me voy al cielo, pro que también pienso en la pena que ella tendrá». «Este soldadito murió  efectivamente a las dos, apoyando la cabeza en las manos de la Hermana y sonriendo. estas y otras mil escenas he presenciado tanto o más conmovedoras».

 

Al llegar los enfermos. «Por ellas se ha establecido una habitación en este hospital, con bancos y algunas camas, para que descansen los soldados que vienen enfermos de los campamentos, y en un estado d decaimiento, algunos de ellos, que parte el alma. El tren que trae a estos pasa por la puerta del Hospital dos veces al día y allí los deja, hasta que los médicos los distribuyen en los demás hospitales de Melilla.

«Estos pobres enfermos esperaban antes a la intemperie, sentados unos en bancos y otros tirados en el suelo dos o tres horas, hasta que venían los autocamiones por ellos, y muchos ya llevaban cuatro o seis días enfermos, ¿cómo estarían?.

 

«Pues estos ángeles, que tienen cien ojos para ver las necesidades y miserias, como su santo Fundador San Vicente de Paúl, vieron también ésta y, también la han remediado, recibiéndolos en dicha habitación con caridad y cariño, repartiéndoles caldo, vino generoso, leche y galletas. ¡Qué cuadro más hermoso! Los cielos se regocijarán al contemplarlos.

– ´¿Tu que quieres, hijo? No te desanimes. Ya verás, esto no será nada. Se pasará con unos días de cama y luego irás a tu pueblo. ¿Quieres ir a ver a tu madre?´. Y los pobrecitos soldados salen de allí reanimados de espíritu y de cuerpo».

«Pro también he podido observas con la pena que van a los hospitales donde saben que no hay madres, como ella las llaman».

 

¿Pero son mujeres o qué son?. «Y qué diré, cuando los llevan heridos? Para que mis lectores se hagan idea de lo que es el Hospital Docker, les haré una ligera descripción. Es como un pueblo. Tiene plazoletas, calles y carreteras. Los barracones son de madera y cartón y dos pabellones de mampostería. Están en fila, separados los unos de los otros doscientos metros y las filas forman calles.

«A la plazoleta donde está la sala  de operaciones y las de reconocimiento llegan los autocamiones con los heridos y los van dejando puestos en camillas  para irles introduciendo en aquellas, pero a veces son tantos que no caben, y así, se quedan fuera.  Hay que ver entonces a las Hijas de la Caridad, esos ángeles en carne humana, tapándolos con mantas, con la solicitud con que lo haría una madre. Lavándoles la cara, que muchos de ellos tienen llena de sangre y polvo. Dándoles coñac para fortalecerlos, agua y vino generoso y derramando de uno en uno el precioso bálsamo de la caridad que sólo ellas poseen.

«Se multiplican. Y yo me asombre el día dos de octubre, cuado pregunté a una de ellas cuántas eran y me dijo: én este hospital somos veinticinco´. Pues yo veía que eran Vds. cien. En todas las partes las veo. No me contestó. Bajó los ojos y siguió su tarea. Se que aquella misma tarde, un espectador y admirador como yo, dirigiéndose a una que lavaba la cara a uno del Tercio de alguna edad, que estaba herido en los brazos y al mismo tiempo animaba y alentaba a otros heridos, porque muy de cerca se sentían los cañonazos y tiros de los moros, y como es natural los infelices temían les llegase algún proyectil que les acabase de matar le dijo: Vds. parece que no tienen miedo a nada, ni tienen necesidades. ¿Cuando comen, cuando duermen? Pero Vds. ¿Son mujeres ó qué son?´. Ella con mucha gracia le contestó: No se lo puedo decir a Vd. porque yo tampoco lo sé, pues si fuésemos mujeres no podríamos soportar, no solo el ruido de las balas y el trabajo, sino el ver sufrir tanto a estos infelices.

 

En medio de la metralla. «¡Y de verdad que no son mujeres ni seres humanos! Qué valor más sobre todo lo terreno han entrado cando los moros bombardeaban desde Gurugú. Oían el silbido de los cañonazos sin dejar de atravesar aquellas calles, día y noche, para ir al lado de los enfermos y heridos.

«Y las noches del 14 y 15 de septiembre, -lo se por quien lo ha oído a ellas mismas-, se prepararon muchas veces para morir. Pero cuando les propusieron salir del Hospital e ir a la población a alguna casa donde no estuvieran tan expuestas, contestó la Superiora en nombre de todas: ´Nosotros saldremos detrás del último soldado herido o enfermo. Mientras haya uno aquí estaremos con él. ¡Vivan las Hijas de la Caridad! gritaron unos cuantos enfermos que lo oyeron y benditas sean las Hijas de la Caridad dirá muchas veces el cielo preparándoles una recompensa eterna[iv].

Documentos de reconocimiento. Las conducta de las Hijas de la Caridad en Marruecos está reconocida en el siguiente documento oficial:

«Jefatura de sanidad Militar. Melilla.

Nº 14958.

La abnegación y altruismo con que vienen realizando la más alta de las virtudes, esto es, la Caridad para con el herido y enfermo, ora en los hospitales de este territorio, como en los Hospitales de Sangre y Puestos de Socorro en las posiciones puestas en mayor peligro, hacen que el Cuerpo de Sanidad y el Ejército todo esté reconocido a las Hijas de la Caridad, que, sabiendo hermanar los sentimientos cristianos y patrióticos proporcionan lenitivo y consuelo al doliente, habiéndose hecho acreedoras a que sean felicitadas por el Cuerpo de Sanidad Militar,

Lo que me complazco en participar a V., como Superiora de dicha Institución, encareciéndola lo haga saber a las Hermanas que prestan sus servicios en este territorio.

Dios guarde a Vd. muchos años.

Madrid, 26 de agosto de 1923.

El Jefe de Sanidad, Eduardo Coll.

Sra. Superiora…[iv].

 

Valor cristiano. «Las tropas que solíamos encontrar por el camino en Melilla, escribe una Hermana, se alegraban de que fuésemos al campo y nos decían que les dábamos un gran consuelo, pues, si caían heridos, sabían que unas madres iban a suplir a la suya. Ninguno se resistió a morir como cristiano y toso se confesaban y llevaban la Virgen Milagrosa con qué fe.

«Un capitán, a quien la desgracia perseguía, estaba casi desesperado y cayó herido, de cuya lesión no murió, pero sirvió para que mudase de vida completamente y solía decir después que salió del hospital: antes deseaba que pegasen un tiro en el corazón, pero, desde que las Hermanas me han infundido valor cristiano para llevar con paciencia las penas de la vida, sólo deseo un tiro pequeño, para volver con ellas y disfrutar de esa paz y alegría que tiene quien las trata».

 

3.- Las cartas del Soldado. Pero hay otros documentos más valiosos aún que los oficiales. Son las cartas del soldado. ¡Qué cartas, Dios mío! es un género literario hasta hoy desconocido. Por casualidad han llegado a mis manos unas cuantas, pero sé que son centenares las recibidas por las Hermanas de aquellos Hospitales. Quién pudiera juntar y dar a conocer este rico epistolario, para que viera España el oro fino, que nos descubren estos hijos del pueblo, en esas cartas de ruda ortografía y de letra inculta a veces, pero que muestran un corazón purificado por el dolor y ennoblecido por l amor a las Hijas de la Caridad.

Quiero a lo menos proporcionar a las madres españolas, que tantas lágrimas de pena han derramado por sus hijos, el placer de unas lágrimas dulcísimas de consuelo.

Es el hijo del pueblo, que sale del hospital militar y vuelve al seno de su familia o a los campamentos lejanos. Pasan algunos días, y entonces vienen a la memoria cosas que le parecen sueños, y cae en la cuenta de una deuda de amor y de gratitud que lleva escrita en lo más céntrico de su corazón y que le obliga a coger la pluma y escribir cartas como la siguiente:

 

«Fuente de la Higuera, 21 de febrero de 1925.

     Señorita Sor Valentina:

     El artillero de la cama nº 29, tiene el honor de saludarla deseándola un buen estado de salud, como yo la disfruto hoy a Dios gracias.

     Le participo como tuvimos un buen viaje, pero a consecuencias de hacer mal tiempo, cuando llegué a mi casa me encontraba un poco enfermo y todas las noches soñaba que estaba en el hospital y mi madre me decía ¿Por qué llamas tanto a la Hermana? y yo la dije, es que después de Dios, le debo la vida a ella. y mi madre se puso a llorar, pro hoy ya me encuentro bien, gracias a Dios y a Vd. Porque nunca podré pagarle el bien que Vd. me ha hecho por mí, y los sacrificios que ha hecho por todos los de la sala. Porque a no ser que Vd sea la Virgen, no puede ser otra cosa. Porque un ser humano no se sacrifica como Vd. se ha sacrificado por nosotros.

     Sin más por esta, dará muchos recuerdos al Comandante y al Capitán y a los Sanitarios, a cano y al otro, y Vd. los reciba de mi madre y de mi padre y de toda mi familia y particularmente del Cura  y de este inolvidable enfermo, que lo es,

                            Francisco Gonzalvo.

     Mis señas son: Calle de las Eras, nº 49,

                    Fuente la Higuera,

                    Provincia de Valencia.

 

     La carta siguiente, ya por redacción, ya por su lectura y ortografía, manifiesta una esmerada cultura

Almería, 19 de enero 1925

A Sor Benita, Sor Felisa y Sor Petra un respetuoso saludo:

Han transcurrido más de dos meses desde que salí de la clínica y seguramente la recordación necesite presentarme. Sor el Sargento del Tercio, herido en el brazo, y para quien tuvieron Vds. cuidados más que fraternales, de madres cariñosísimas.

     Hoy que por circunstancial de esas heridas me hallo al lado de mis padres, a quienes conté todo el proceso de mi curación y de una forma sencilla los asiduos cuidados, el interés vivísimo y la paciencia santa de Vds. para conmigo han comprendido todo el valor y la abnegación sublime, y creyendo mi vida dependió se sus cuidados, alentaron mis deseos para que les escribiese, manifestándoles el infinito agradecimiento de unos viejos honrados, que cimentaron su vida en la convicción de que las practicas de caridad es lo que más nos acerca a Dios.

     Por mi parte, yo, Sor Benita, Sor Felisa, Sor Petra, que sé el valor enorme, la influencia decisiva que en mi ánimo -abatido por la gravedad y aislamiento de personas queridas- ejerció la piedad de Vds., no puedo por menos de conocer  la obra tan humana que realizan y, como les prometí ser portavoz de sus virtudes.

     Si en la tierra hubiese premios a la abnegación y a la caridad -y creo que por lo grande sólo Dios leude darlo- tengan la seguridad que mi voto sería de Vds…

     Reciban el testimonio de mi gratitud y el agradamiento ilimitado de mis padres y de su más respeluzo servidor.

                            Fermín Moreno Sánchez. S/c Hernández 6.

 

Francisco Fruto y Nicolás Gómez son los dos pobres heridos que han estado en el Hospital e Tetuán y han sido evacuados al Hospital Militar de la Posición de Ceuta. Con fecha 16 de noviembre de 1924, Francisco escribe en nombre de los dos a Sra. Emilia -No se acuerda de Sor- y le van contando con su confianza filial, aunque en un estilo y ortografía propios, los trabajos que pasaron en el traslado y dice:

«Hermanita, nos cuidan muy bien, pero como cuando estábamos con Vd. no. Porque aquí no hay Hermanitas y todo lo que nos dan tiene que pasar por manos de los enfermeros y ellos nos dan lo que quieren así es que hemos sentido mucho marcharnos de esa. Seba, el día que fuimos a Serrallo marchó a Cirugía para que le curasen la herida en la pierna. Hermanita nos acordamos mucho de lo bien que Vd. se portaba con nosotros, que si no nos apetecía una cosa de comer nos daba otra. Pero aquí tenemos que comer lo que nos den no lo que nos apetece. No queriendo molestarle más por hoy se despiden de Vd. estos que mucho se acuerdan de Vds. seguros servidores que son Francisco Fruto, o sea el nº 46 y Nicolás Gómez o sea el nº 45, que es el que escribe».

 

       Después de darle las señas, por si tiene el gusto de contestarle, añade esta postdata. «Recuerdos para el chico de Granada. o sea el 28 y l dice que si tengo alguna carta, que la mande etc…

 

       Antonio García Suárez es un buen muchacho, que escribe desde el Hospital de Carabanchel a Sor Filomena de Tetuán con fecha de Febrero de 1925 y le dice:

«Esta sirve para , que no le he escrito antes por no poder hacerlo por mi mano, porque han tenido que hacerme otras operaciones. No sé si se acordará de mí. Haber si se acuerda del manco que estaba en el nº 11… No sabe las veces que me acuerdo de Vd. y con razón, porque reconozco que a Vd. le debo yo mi vida y tendré que acordarme de Vd. mientras viva. Lo único que no podré hacer será pagarle sus atenciones…»

 

     Sabas Suárez es un chico de buen humor y corazón de patriota, que ha sido del Hospital y le ha tocado ir a la conquista de Alhucemas y desde allí, escribe con fecha 25 de octubre de 1925 a Sor Emilia de Tetuán contándole sus peripecias.

«Tengo que decirle que hace dos meses que me encuentro en Alhucemas, donde yo nunca esperaba ser victorioso, porque lo primero que uno piensa cuando se ve muy apurado es perder la vida. Y como aquí nos hemos visto tantas veces, pues muchas veces perdía las esperanzas. Pero bien sabemos y podemos tener la completa seguridad que Dios es poderoso y, al fin, hemos podido conseguir llegar a este día, donde reina la tranquilidad.

     «Tengo que decirle que, a pesar de todo, es mucho lo que tenemos que contar de esta escalabrosa tierra, pero nos queda el consuelo, por el honor de nuestra querida Patria, hasta la vida se pierde.

     «También le digo que yo ya creo que no podríamos ir a los Toros a Valencia pero por la presente estoy muy orgulloso de ver que me encuentro victorioso y casi cumplido. Ya me quedan 80 días nada más, así es que ya están los toros esperándonos.

     «No quiero que lo tome V. a desaire, sino que yo tengo que agradecerle mi vida y jamás olvidaré sus buenos comportamientos y todo cuanto esté a mi alcance para corresponder a Vd….

 

Manuel Seva y Ricardo Aparicio escriben desde el campamento de Benkarrich a 10 de septiembre de 1925 a la hermana Sor Emilia y le dicen:

«Hermanita Sor Emilia:

Sin duda alguna extrañara la presente, pues hace unos días nos juntamos  en este Campamento  de Ben-Karrich Manuel Seva y el Sanitario  de l cama 42, de aquella fecha, Ricardo Aparicio y por lo cual siempre la tenemos en nuestras buenas conversaciones, por el buen comportamiento que tuvo Vd. con nosotros, siendo que a Seva, le dió Vd. la vida, y a mí, Hermanita, poco menos, y por so le dirigimos la presente, como prueba de agradecimiento, sintiendo en el alma no poder corresponderle a Vd. esa obra de caridad, que se quedará grabada en nuestro corazones para toda la vida.

     Hermanita, estamos esperando el bajar de un día a otro a Tetuán y deseamos hacerle a Vd una visita como es nuestra voluntad…».

 

A 1 de noviembre de 1925 escribe Robustiano Hernández a Sor Filomena desde Antol y le dice:

«Mi muy venerada Hermana:

     Ya sé que estoy faltando a la gratitud que le debo de no decirles mi vieja, apenas llegué a mi casa. Pero me encontré a mi madre enferma, así que se han pasado los días sin escribirle. Pero por eso nunca olvidaré el cariño y la paciencia que Vd. ha tenido conmigo.

     Se lo comuniqué a mis padres y lloraban de alegría de ver tanta caridad y cariño maternal como Vd. ha demostrado conmigo. Lo mismo mis padres como mi familia quedamos todos sumamente agradecidos. Verdaderamente que no podremos hacerle nada pro si la sangre de mis venas necesitara Vd.  podría contar con ella pues aún no correspondería a la gratitud que Vd. se merece, y , aunque viviera cien años siempre la tendría presente.

     Ahora sigo muy bien, tengo mucho apetito y el viaje fue sin novedad.

     Tampoco me olvido del Capitán, el médico y lo mismo del Sr. Capellán con la amabilidad que me han tratado. Ya les dará Vd. los mas cariñosos afectos de mi parte y también a los sanitarios…».

 

Desde Valverde del Camino escriben con fecha 11 de noviembre de 1928 Antonio Contioso y su buena madre María a Sor Teresa, Hija de la Caridad del Hospital de Larache. Contioso es un joven de no vulgar cultura. La redacción de la carta, su letra, su ortografía perfectas nos lo dicen. Al escribir a Sor Teresa, se siente como ante un idealizado, a quien no debe escribir una simple carta, sino un romántico poema y escribe lo siguiente:

«Sor Teresa, Larache

     «Mi adorada madre: este tu hijo agradecido no pude menos de enviarte esta humilde misiva, porque volar con el pensamiento hacia ti constituye su más grato recuerdo.

     Jamás olvida, cuando en aquellas noches de fiebre, lejos de los suyos, llegabas tú, ¡Oh dulce Santa! y con solicitud maternal le colmabas de atenciones y cuidados.

     «Tú, que en el canto de tu infinita bondad aliviaste mis dolores. Tú, que velabas mi agitado sueño en horas intempestivas y delirantes. Tú, que luchaste anegadamente y me ofrendaste ternuras y llenaste de aliento mi espíritu abatido. Tú, que diste pan espiritual a mi ánimo embargo, divina santa. Dulce encarnación de Santa Teresa de Jesús. ¡Gloria a ti!.

     Bello Ángel de la Guarda, hada dulce de blancas alas, que Dios envió para mi consuelo!. Deja que este tu hijo te ofrezca la mística rosa  de su gratitud y se humille fervorosamente a tus pies.

     Besa tus manos con unción divina este tu hijo agradecido,

  1. Contioso Macías.

 

     P.D.- Mamá dice que eres santa, como Santa Teresa y pide a Dios premie  tu sacrificio con merecida recompensa. Tu casa: Joaquín Acosta, 46

 

Contrasta con esta carta del hijo, la de la madre de tanta sencillez y sublimidad, que bien puede considerarse su vos, como la portavoz de todas las madres españolas a las Hijas de la Caridad.

«Sor Teresa. Larache.

Amadísima Hermana en el Señor:

Ha tiempo tenía hecho el propósito de lo que, por fin, hoy he decidido, es decir, tomar la pluma y demostrar, aún rudamente, el cariñoso afecto que para vos guara mi corazón. Sí, Hermana, una madre agradecida jamás podrá olvidar el bien que por un hijo se haga y como vos habéis hecho por el mío tanto como yo podía haber hecho, tratándole con tanta solicitud y cariño y llevando con extrema paciencia las impertinencias que las enfermedades acarrean, velando por él en sus noches de insomnio y dándole ánimo en su corazón abatido. Pobrecito, cuánto sufriría ¿verdad, Hermanita Teresa?¡En trance de muerte y lejos de los seres queridos!. Pero garcías a Dios, que con sus consoladoras palabras mitigabais sus constantes sufrimientos y aminorabais sus penas.

     No puedo recordar impávida estos días de congojas sufridas, sin llenarse de consternación mi abatido espíritu. Pero, gracias a Dios que ya pasó todo. Ahora, si le vieseis, no le conoceríais. Imposible. Esta buenísimo, grueso como nunca, trabajando como el que más muy contento y acordándose muchísimo y ensalzan a su Hermanita Teresa y  a su madre extasiada oyéndole recordar la nobleza de tan cándida alma.

     Dios se lo pague mil veces, Hermana mía y…  no será posible, pro si la casualidad la interpusiera un día en mi camino, vería la legalidad de mi agradecimiento. Vería a una madre, por el amor a su hijo, postrada de hinojos a vuestros pies, y con santa veneración besar cien veces el borde de tu santo hábito que vestís. ¿Qué puedo hacer más?. Soy pobre. Si un día pudiera y pudiese recompensarle tantos favores como os adeudo lo haría con creces. No obstante para Dios nada hay imposible. Por ahora cuente con un corazón lleno de ternuras y que le adora son conocerla, con amor puro y desintegrado y dispuesto a mil favores que le ordenarais.

     Me despido de Vd. reiterándole una vez más mi agradecimiento y pidiéndole un favor: me conteste una ves, no más a ésta, sólo par sabe su estado de salud, y al mismo tiempo por tener un recuerdo con su carta».

 

Clodoaldo García escribía desde Espejo, a 10 de noviembre de 1924 y dice a Sor Emilia de Tetuán lo siguiente:

     «Soy tío del soldado Manuel Seva García, enfermo en la sala que Vd. tan piadosa y cumplidamente atiende.

     «Por cartas de los soldados paisanos que van a visitarlo, quedo bien enterado de los solícitos cuidados que por su parte recibe. Cuidados como los de la amantísima madre, me dicen que son. Cómo no enviarle por ello mi más sentida gratitud. ¡Oh, cómo llegan hasta aquí los aromas del divino bien que por esa humilde criatura V. hace!…»

 

Con fecha 12 de enero de 1925 escriben a Sor valentina, desde Argentosa, Inocencio Sierra y Josefina su hija, la cual dice:

«En nombre de mi querido papá y propio voy a escribirla gustosamente estas líneas  para darle, desde el fondo de nuestro corazón agradecidísimo, las más sinceras gracias por el interés  que ha tenido V. la bondad de tomarse durante la enfermedad de nuestro hijo y hermano respectivamente. Pues según nos dice el mismo, ha sido Vd. para él una buena y segunda madre. Nosotros no carecemos de tan precioso tesoro, figúrese V. lo contentos y agradecidísimos que debemos estar, al haber encontrado en tan críticos instantes un alma tan buena y llenísima de abnegación cual es la suya…»

 

     Cerramos este capítulo con la carta del Pbro. D. José María García, de Fuente Higuera, a Sor Valentina de Tetuán, en la que con fecha 25 de marzo de 1924 le dice lo siguiente:

«El soldado Francisco Gonzalvo ha escrito una carta a sus padres, diciéndoles que ha estado enfermo y que, gracias a su cuidado e interés, está mejor, enalteciendo los servicios tanto que sus padres se impresionaron mucho y no sabiendo que hacer, al menos me han encargado escriba a V. dándole las más expresivas gracias… Les extraña que hagamos muchas cosas que a nosotros nos parecen muy pequeñas y a ellos les paren tan extraordinarias que de veras les asombra… Muchos bien hacen Vds., porque he visto a los soldados que, debido a Vds. han vuelto desconocidos en bien de su alma. No desmayen y sírvales esto de aliento en la alta misión que desempeñan…»

 

Por estas cartas, muestras nada más, es fácil entender cuantos valores espirituales reportan los servicios de las Hijas de la Caridad en los Hospitales Militares. Multiplíquense esos miles y miles de muchachos que pasan por esos centros por el número de sus familiares, amigos y conocidos y pocos serán los pueblos de nuestra Patria a donde no lleguen los aromas de virtud y benéfica influencia de las Hijas de la Caridad. «Esos soldados vuelven desconocidos, como dice el buen Cura de Fuente la Higuera, y las gentes se admiran de cosas que a nosotros nos parecen muy pequeñas».

Estando herido en el Hospital Docker de Melilla el Capitán del Tercio D. Pedro Jareño, que gloriosamente dió poco después, su vida combatiendo por la Patria, supo expresar con tanta verdad como elocuencia la impresión que la alabanza producen esas Hijas de la Caridad. «Porque estas sencillas almas, dice, madres eternas de albas tocas… con esa sencillez divina que les nace del alma no comprenden la magnitud de su obra. Es tan desinteresado su altruismo, tan escasa de egoísmo su bondad, son tan purísimas sus intenciones, que al mirarlas risueñas, más parece que se regocijan por la íntima, que a nosotros nos conmueve. No quieren nada, ni piden nada»[iv].

Y estas santas mujeres que i quieren ni piden nada dan n cambio todo cuanto tienen, sus fuerzas, su reposo, su  vida entera llena de sacrificios, su corazón maternal. Y como si esto fuera poco, cuando las circunstancias lo han permitido han dado su sangre pura para transfundirla a los enfermos, como Sor Ana Antón en el Docker y Sor Justa Mendioroz en el Central de Melilla.

Esas Cruces de  Beneficencia o de Mérito Militar que les imponen, lejos de engreírlas, les parecen juguetes infantiles al compararlas con la Cruz del Divino Jesús, por quien trabajan, y con la recompensa eterna que tienen prometida».

Y aquí quiero poner un caso, entre otros, que no necesita comentarios, para probar el poco interés que ponen estas Hermanas en esas recompensas humanas.

«El Presidente de la Diputación de San Sebastián conferenció con el General Primo de Rivera para agradecerle la rapidez con que ha obrado en el expediente de rehabilitación de la Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco a favor de las Hermanas de la Caridad hoy en Segura, Sor Pilar Aguirre Balzátegui, a quien le fue concedidas en 1925 por servicios prestados en las posiciones de Dar-Drius y otras del Territorio de Melilla y que dejó pasar el plazo sin solicitar prórroga. El Presidente envió al de la Diputación la Real orden concediendo las insignias de la Cruz a la citada religiosa. El Sr. Luzunariz abona todos los gastos de su bolsillo particular»[iv].

 

4.- Las Santonas. La influencia de las Hijas de la Caridad en África, no recae solamente sobre los soldados españoles, sino que irradia también sobre los mismos moros, amigos y enemigos.

Oigamos esta linda página de un libro inédito de un testigo de vista. Titulase: «Un viaje por África, por E. Escribano. Avalora esta obra una copioso colección de cartas, verdadero diario de guerra, escrito en el Hospital nuevo de Tetuán, cuando allí estaba la línea de fuego por Isabel escribano. Son documentos históricos inapreciables

.

«Recorriendo los barracones de cartón y madera del Hospital de Alfonso XIII de Melilla, llegué a uno de los morosos. Los cuidaba una Hija de la Caridad vascongada, que al hablar lindamente la lengua de Cervantes ella se las andaba con sus enfermos los moros. Pero los traía de tal suerte subyugados con su bondad y su caridad sincera, que hasta iba logrando -empresa heroica-, enmendarlo de su proverbial suciedad, ya no se acostaban con chilaba y babuchas y cuando comían ya no se limpiaban los dedos, -sus ordinarios tenedores-, en la colcha blanca o en el embozo de la sábana.

´Mohamet ¡sucio! no tirar hueso en el suelo, dejarlo en plato.´.

Tú perdonar, santona, no hacer más. Tú para ser moro más madre que madre mía de la cábila´. ¡Y tanto! ¡La mujer mora y la mujer cristiana de veras!. Soberbio parangón. La mujer cristiana, santona cristiana mandar mucho en paisas, en médicos. Mujera mora en cábila no mandar nada, y, si ser mala, echar o cortar el cuello». es la gráfica opinión de un moro Regular de Alhucemas, en el Docker de Melilla[iv].

Sin embargo, quién más admira y envidia a las Hijas de la Caridad son las mujeres moras. No se cansan de mirarlas y tocarlas el vestido ¡Les llama tanto la atención aquellas batas blancas! De las tocas le dicen: Santona, eso ser fantasía. ¡Oh! cristiana no ser como mora. Mora sucia, rota. Cristiana blanca, limpia.

Y una joven orilla les decía: «Yo querer ser cristiana. Por eso yo aprender coser.[iv]

Hace unos días, refiere un testigo, tuve necesidad de ir a Ceuta. Esperando que partiera el tren conversábamos amigablemente unos cuantos viajeros., cuando abre la portezuela de nuestro departamento un morito de unos diez y ocho años, fija en mí sus ojos saltones, se descubre respetuosamente y alargándome un papelito me dice con mucha gracia: “Madre desir ver tú esto”. ¿Querer tú mas? y aguardando mi contestación permaneció descubierto, hasta que le dije estaba bien y que se podía retirar. El Coronel Sr. González Lara, que era uno de los presentes mostró su extrañeza diciendo: «Padre ¿quién es V. ó quien ha podio educar tan finamente a ese chaval , que contra todos los usos y costumbres de los moros se ha descubierto en su presencia?

-¿Si Vd. quiere presenciar varios actos como este, que tanta admiración le ha causado, véngase cuando guste por el Hospital Militar de Tetuán y los presenciará muy a menudo pues tenemos varios moros empleados que se descubren ante las santonas como suelen llamar a las Hermanas y ante el P. Capellán.

-«Pues permítame, Padre, que le felicito por ello. Porque han conseguido Vds. lo que nosotros con toda nuestra fuerza no hemos podido conseguir en los muchos años que llevamos en Marruecos[iv].

También la Correspondencia Militar publica una bella página de María Quirós. En ella leemos… «En una amplia avenida que bordean los árboles, veo destacarse, a lo lejos  dos figuras blancas con sus amplias vestiduras. Son las heroicas Hermanas de San Vicente de la Congregación española, que en plena noche oscura salen a buscar heridos en las posiciones avanzadas, sin temor al peligro y que cumplen a conciencia la misión de cuidar y consolar al que sufre. Como palomas blancas van apareciendo por la hermosa avenida de dos en dos, y al saber el objeto de mi visita, una de ellas, Sor Celsa, pequeñita y menuda, amablemente se me ofrece para servirme de cicerone…

«Llena a nuestro encuentro Sor María que con su gasto amabilísimo, me coge de una mano y me lleva al pabellón a ellas destinado, y bajo un enarrado me siento. Poco a poco van llegando Hermanitas y se sienta a mi alrededor en forma de corro… y contemplo la más poética visión que en mi vida he podido soñar. En esta noche oscura y calmada se oye rugir este mar rebelde por el levante. Los hábitos blancos -son las batas que se ponen sobre el hábito negro- aclaran las sombras y oigo la voz de la Superiora que dice: «Sor Josefa díganos algo de sus heridos…

«Frente a mi se yergue la figura arrogante de la Herman, de origen vasco, y que con su caprichos dialecto tiene en los moros una especial simpatía que se manifiesta en su deseo de entregarle todo el dinero con que llegan al Hospital. Mujera santa, no decir nunca mentita !Mujera santa cuidar moro, visar herida… dicen todos ye ella los coge las pardas chilapas llenas de miseria, dándoles en cambio ropa nueva y limpia, que ellos acogen con cierto recelo, pues el moro, cuando empieza a civilizarse se hace muy delicado y quiere la ropa finísima. ¡Qué contraste con sus jaimas miserables!. Sor Josefa les entiende a la perfección. Los domina, los reprende. Pero de tal modo le agradece sus cuidados que unos cuantos, cuando les dieron de alta quisieron demostrarle su agradecimiento y entre todos le regalaron una pequeña imagen de maría Inmaculada, de escaso valor material, más de un gran reconocimiento espiritual de nuestra religión.

«De repente unos gritos ensordecedores cruzan el espacio. Se oye el pitar de un tren que va a pasar delante del hospital. Son los regulares de Melilla que vuelven victoriosos de otra zona… y aquella bandada de palomas blancas que me rodean vuelve otra vez a dispersarse  por aquellos pabellones en que anida el dolor[iv].

Sor Verdugo, Hermana del Hospital de Alfonso XIII, de Melilla, publica en los Anales un interesante artículo sobre Medicina Mora y termina contando el siguiente caso curioso que ocurrió  cuando, con ocasión de las operaciones de la toma de Alhucemas, tuvieron en clínica más de cien moros.

«Observó la Hermana allí destinada, que un de los dichos moros nunca hablaba ni se le acercaba nadie. Como a las preguntas que ella le hacía apenas contestaba con algún que otro signo, pienso que esto sería por no saber más que árabe, llamó al que servía de intérprete para que le dijera lo que tenía aquel enfermo. El interprete haciendo mil aspavientos le dijo: ´¡Ah!, a ese moro no acercarse. Tener demonio y si tu hablar pasar demonio dentro de tú.

– No tenga pena, que con ninguno pueden los demonios morunos y si eso es todo lo que tiene, mañana le doy una purga y le echo fuera.

– No, no salir con purga porque ese moro robar cuarenta duros y, hasta no dar dinero y hacer en el Morabo unas ceremonias no poner bueno.

«Según esto deberían tener mucho miedo los moros el robar, puesto que se castigaba nada menos que con tener un demonio en el cuerpo, y sin embargo, el robo es en ellos tan corriente, que por la desconfianza que se tienen unos a otros, dan a la Hermana a guardar su dinero: conque, si los espíritus malignos entran en cada uno de los que roban, quedaría bastante vació el infierno, pues raro sería el moro que no llevara su diablillo correspondiente[iv]

 

5.- Las avanzadas. He aquí la narración que Sor Eulalia Alfaro nos ha dejado consignada de aquellas campañas en que ella tomó parte en 1921.

«Al principio no iban al campo las Hermanas, porque las posiciones estaban cerca de la plaza, y era fácil el traslado de los heridos, porque en cuanto se tomaron posiciones distantes y el traslado de los heridos de vientre era peligroso, los médicos organizaron los equipos, lo cuales se componían de cirujano, una ayudante de mano y un anestesista. Además dos Hermanas que preparaban las cosas y muchas veces, por el mucho trabajo de los Sres. Médicos tenían las Hermanas que anestesiar y ser algunas veces ayudantes de manos.

Cuando iba a haber combate se preparaba todo lo necesario y marchábamos al campo casi siempre más de dos Hermanas con los Médicos para volver alguna con las ambulancias de los heridos que no eran operados y las otras se quedaban a las operaciones de los graves y velarlos, pues decían los médicos que solo se fiaban de los cuidados que prestaban las Hermanas a los operados, particularmente los de vientre.

«Son innumerables las veces que salimos al campo, y así en el camino como en los campamentos tuvimos grandes peligros de ser heridas.

«En el automóvil nos colocaban los médicos con gran preocupación por si en el camino nos atacaban. Pero en las posiciones, como se tenía que estar operando, no había miedo de defensa y varias veces las balas traspasaban las ventanillas de donde se operaba, porque era lo único que tenía que estar iluminado y servía de blanco al enemigo.

«En la posición de Dar-Dris, muy cerca de la salita o barracón propiamente dicho, mataron a uno e hirieron gravemente a cinco. Tuvo que dar orden el Estado Mayor de que saliesen las ametralladoras, que aunque la cosa era terrible, no dejaba en la oscuridad de la noche de producir un efecto sorprendente. Esto sucedió varias veces sin que ni médicos ni hermanas dejásemos de seguir en nuestra obligación de operar.

«En todas las posiciones donde había enfermería estuvieron las Hermanas, y también las improvisaban con tiendas de campaña, que son modestísimas  para atender a heridos grave. Las principales fueron Batel, Drius, Tafersit cadur, Tifernin y otras muchas, cuyos nombres no recuerdo, las de Melilla los saben.

«Algunas Hermanas se relevaban para que subiesen otras, pues todas deseaban ir donde más trabajo  había y más sacrificio se tenía que hacer. Pues era repugnante vivir en el campo donde ni el rato que nos acostábamos, podíamos estar tranquilas porque los ratones se paseaban por encima de la cama. Los otros animalitos todavía más repugnantes, los teníamos que tolerar hasta ir a la población y poderse bañar y cambiar de todo».

 

Una profesión memorable. Interrumpo aquí la narración de la Hermana para hacer resaltar este suceso, acaso único en los anales de una Comunidad Religiosa. Sabido es que el día de la Encarnación, 25 de marzo, es el mas sagrado día del año para las Hijas de la Caridad. En él, todos cuantos miles de Hermanas hay en el mundo terminan un plazo de su consagración al Señor y vuelven a reanudarlo por medio de sus santos votos de pobreza, castidad, obediencia y servicio de los pobres. Con esta ocasión se regocijan las Hermanas y suelen tener algunos extraordinarios ya en la Capilla, ya en el refectorio. Pues bien, en tal día es algo muy sublime esa Hija de la caridad, que ella sola celebra su fiesta en medio de un campamento de cinco mil soldados y reanuda allí su consagración. Ahora podrá entender mejor el lector la sublimidad de este relato de la Hermana que dice:

«En un día para nosotras memorable, la Encarnación, a fin de que todas pudiesen renovar juntas fueron a la plaza, pero no se pudo prescindir  de que una se quedase en la posición con muchísimos heridos que era imposible dejarlos, y se quedó sola con mas de cinco mil hombres, pero tan contenta como si hubiese estado en su propia casa…»

 

Por los aires, más cerca de Dios. «El 28 de mayo de 1923, un combate inesperado nos hizo muchas bajas, casi al atardecer. Como era más allá de Drius, los heridos fueron llevados allí, más no había ni equipo ni material de operar, y siendo de noche tampoco se podía ir en otra forma que en aeroplano, para lo cual se prepararon enseguida cuatro aparatos y lo necesario para operar. Ofrecieron camión brindado, pero se hubiese llegado tarde y era preciso¡ marchar en vehículo seguro, pues retirándose nuestras tropas todo el que pase pueden pensar que lo matan, aunque sólo sean unos cuantos metros de distancia.

Las Hermanas dijeron a los médicos que no tenían inconveniente  en ir en el aeroplano, aunque fuese de noche, como así se hizo, marchando dos, una en cada aparato y recorriendo un trayecto de dos horas y media de automóvil en unos veinte minutos que costó en aeroplano.

Toda la noche y día siguiente hasta las tres de la tarde estuvieron operando, sin tener tiempo más que para tomar una taza de leche».

Estas dichosas Hijas de la Caridad, las primeras sin duda, en remontarse así al cielo en alas de su caridad, fueron Sor Maximina Riveri y Sor Eulalia Alfaro.

 

Los equipos quirúrgicos salidos del Hospital Militar de Carabanchel. En abril de 1922 salió el equipo del Capitán Herrer del cual formaron `parte Sor Josefa Odiazola y Sor Hipólita. Llegaron a Melilla en donde permanecieron tres meses acopándose en operar y curar numerosos heridos. En Junio con otra Hermana del Hospital Docker marcharon a Ceuta y Tetuán. De allí se traslado el equipo a Xuaen en donde permanecieron 15 días sin cesar de curar numerosos heridos  que allí hubo, que fueron muchísimos, siendo el ayuda de manos de los médicos, sin tener, tiempo para comer y descansar. Aminorado el trabajo en el campo volvieron a Tetuán, donde continuaron su labor otros quince días. Fueron segunda vez a Melilla y de allí a Madrid a los siete meses de campaña.

En julio de 1923 salió el segundo equipo del Comandante Herrer con Sor Amparo y Sor  Banignay a Melilla, y en vista de la urgencia pasaron en el campo siete días consecutivos sin descansar y dejar de curar. En septiembre, también de aquel año, salió el cuarto equipo del Comandante Gómez Ulla con Sor Odriozola, Sor Eulogia y Sor Máxima que salieron a campaña desde el año 21, anduvieron tres años en las avanzada operando en pleno campo entre el silbar de las balas. Acompañaron, entre otros, a los Doctores Sancho Vega y Muñoz.

 

¡En Artola! Largo sería de contar las peripecias de las pobres Hermanas en tales expediciones. Sólo pondré la que nos refiere Sor Julia Hernández, una de las protagonistas. «El día 4 de noviembre de 1925, dieron orden de que marchase el equipo quirúrgico a la playa de Afra para prestar sus servicios a los heridos en las operaciones que pensaban hacer aquellos días, y que al fin, no se llevaron a efecto. Con este motivo embarcamos aquella misma noche en el España nº 5 el equipo compuesto de dos cirujanos, dos Hermanas, y un practicante. Además, en el mismo barco iba el personal y material necesario para instalar una enfermería en aquella playa.

«Como Afra no está muy distante de melilla, a las ocho próximamente de la mañana, ya estábamos allí. Nuestra intención era empezar enseguida a prepararlo todo, así que desembarcamos en la playa. Más aún no hacía tres horas que estañábamos allí cuando avisan que se suspenda la instalación de la enfermería en la playa, pero que se desembarque todo el material y se quede aparejado hasta nueva orden. Aquí los apuros, porque como todo estaba revuelto, no teníamos a donde meternos pues la posición está en lo alto de las montañas y nosotros como ya lo hemos dicho, en la playa. Pero esta vez, como siempre, pudimos ver bien claro como Nuestro Señor vela por nosotras.

«Al enterarse el Comandante del España, persona finísima y a quien estamos sumamente agradecidas, dijo a los médicos que él no consentía nos quedásemos allí en aquellas condiciones. Que como el barco permanecía allí dos o tres días, podíamos volver a él, hasta que se marchase. Aceptamos el ofrecimiento y en una lancha nos trasladamos otra vez al España.

«Estábamos allí admirablemente instaladas, pero, al segundo día recibe el Comandante aviso de marchar a Melilla. Ya no quedaba otro remedio que irnos a la playa. Allí nos prepararon una tienda de campaña para las dos Hermanas, todo lo mejor que se puede pedir en el campo: dos camas, dos mesillas de noche y por sillas dos cajones de gasolina vacíos. ¿Qué más podíamos pedir? ¡Cuántas veces hemos estado peor.

A todo esto, los días pasaban y aquello seguía con la misma calma. Ni mandaban armar infantería, ni que marchásemos. Sin embargo corrían rumores que se habían suspendido las operaciones y algunos Jefes recibían orden de marchar a Melilla. Pero el equipo sin noticias.

«Ya llevábamos seis días cuando el Capitán de estado Mayor, Jefe del Campamento de Afra, recibió aviso de marchar a Dar-Quebdani, y, como este señor se interesaba mucho por nosotras, le rogamos el modo de marchar a Melilla, en vista de que no había nada que hacer. Como su deseo era complacernos, llamó por teléfono a la Comandancia para ver la manera de arreglarlo y lo logró, pues contestaron que el equipo podía regresar a Melilla hasta nueva orden. Mas aquí el conflicto: nos mandan marchar, pero ¿cómo?, por mar imposible, pues los barcos que venían de Alhucemas no se acercaban por allí. Por tierra era un viaje penoso y peligroso, por tener que ir en caballería por unas montañas elevadísimas y muy cercanas al enemigo. Pensaron en hidro, después de mucho pensarlo, no encontraron otra solución que la de ir por tierra.

«Esto, para la médicos acostumbrados a montar, muy bien, mas no así para nosotras que ninguna de las dos sabíamos tenernos ni en un borrico. En vista de esto nos prepararon un mulo con su correspondiente artola y allí nos pusieron a las dos, de la misma forma que transportan a los heridos.

«Daba risa vernos. parecíamos dos fardos una a cada lado del mulo. Pero lo más célebre fué la marcha, pues más bien parecíamos una caravana de gitanos, que un equipo quirúrgico. Íbamos de esta forma: Primero unos sorditos con sus fusiles, sirviéndonos de protección. Letras de ellos dos mulos con los cestones del instrumental. Luego nosotras en la artola, los médicos y estado Mayor a caballo, y por último dándonos escolta otros cuantos soldados. Ya puede Vd. hacerse cargo del efecto que haríamos.

«Cuando salimos de Afra, todos los soldados celebraban con risas la caravana que habíamos formado, pues estaba graciosa, tal que un Teniente Coronel que salió a despedirnos, dijo que esto era digno de perpetuarse y no nos dejó marchar hasta que sacó una fotografía.

«Al fin, en medio de risas y chistes, rompimos marcha yo por mi parte sin temor ninguno, ni por el peligro del camino,. ni respecto de los moros porque muy acostumbrada a ir al campo me era est familiar. Pero la verdad es que no hay cosa más atrevida que la ignorancia, pues nunca me figuré que tendríamos que pasar por verdaderos precipicios. Figúrese que subimos dos mil metros  sobre el nivel del mar y por un sendero tan estrecho que, a poco que el mudo de hubiese resbalado, no sé donde habríamos ido a parar porque había unos barrancos tan profundos que parecía no tenían fin.

«Por lo demás, el viaje muy distraído. Al pasar por algunas posiciones que hay en aquellas montañas, todos los soldados salían a mirarnos extrañados de vernos por allí y en aquella forma. Así que no pasamos desapercibidos para ninguno de aquellos pobrecitos, que nos saludaban con cariño.

«Después de cuatro horas de bajar y subir montañas llegamos a Farja, una posición donde tenían aviso de nuestra llegada y nos esperaban con una ambulancia  para llevarnos a Dar-Quebdani. En ella marcharon los médicos y algunos más, juntamente con el equipaje, y nosotras en un auto que esperaba al Capitán de Estado Mayor y que nos ofreció generosamente para ir en su compañía.

«Ya creíamos no había cuidado de mas, cuando nos dicen que seguía el peligro, pues era la segunda vez que subían coches hasta allí, y que como el camino no estaba en buenas condiciones  había que ir muy despacio a fin de evitar ocurriese algo desagradable. En efecto, todo lo que habíamos ascendido teníamos que descender continuando siempre con el abismo a nuestros pies.

«Al fin, gracias a Dios, llegamos a Dar-Quebdani sin novedad pero tan tarde que era imposible salir de allí para ir a Melilla, una vez terminada la protección de las carreteras, es muy imprudente y expuesto el ponerse en camino. Así que no quedaba otro remedio que pasar allí la noche. Al momento nos prepararon el alojamiento de la manera que se prepara en el campo y a esperar al día siguiente para continuar y terminar nuestro original viaje.

«No puede V. figurarse las atenciones de que fuimos objeto de parte de los Jefes de este campamento. Todos venían a felicitarnos por el valor que habíamos tenido para venir por aquellos sitios tan peligrosos, donde con tanta frecuencia suelen hacer los moros de las suyas, y como ellos decían ¡Vestidas de blanco para que nos viesen mejor! En fin, a cada uno se le ocurría una cosa, y no faltó quien dijo: ¿Qué diría San Vicente si las viese?.

«Al día siguiente, que por cierto era domingo después de oir dos misas, salimos en un auto para Melilla, donde terminó nuestro viaje sin novedad. El tiempo, que durante nuestro viaje había sido espléndido, cambió de tal modo que no recuerdo en mas de un año que he estado allí, otro semejante, pues se desencadenó un temporal que duró varios días y fue causa de inundaciones y hasta desgracias. Fue una cosa providencial, porque de habernos pillado en el camino o en la playa, no se como hubiéramos escapado».

 

Alhucemas. Alhucemas..! palabra grata a los oídos españoles como fin dichoso de gesta sangrienta y dolorosa. No podían faltar allí las Hijas de la Caridad.

En la flota de transporte de aquella expedición gloriosa, destinada a la conquista de aquella playa, baluarte de los moros, a cada una de las tres columnas le fue le fue asignado un barco hospital de 330 camas cada uno, y dispuso el mando supremo que fueran en ellos equipos de Melilla y Ceuta. Afecto a la Columna Saro iba el buque Hospital Barceló, en el que embarcaron las Hermanas Sor Antonia López y Sor Francisca Curieses, con su equipo. Salieron una media noche sin saberse donde iban, hasta que le día de la Navidad de Nuestra Señora lograron nuestros Soldados conquistar la playa de Alhucemas. A conveniente distancia pudieron ver las Hermanas aquellas sangrientas maniobras, no sin que dos granadas de los moros cayeran sobre el Barceló, afortunadamente sin causar desgracias.

Veinte días consecutivos estuvieron recibiendo y curando heridos yendo y viniendo con ellos a Melilla. Otras Hermanas hacían o mismo en el buque Castilla y en otros, conduciendo los heridos a Melilla y Málaga. Allí estuvieron otros dos meses y después han hecho lo mismo en diversas ocasiones.

Como fecha 2 de octubre de aquel año 1925, escribe desde Melilla Sor María Rodríguez a la Visitadora General de Madrid: «A Dios gracias, seguimos todas bien, pues en lo que mira sobre todo a nuestras pobres Hermanas de los barcos, es admirable que con el temporal tan horrible que ha habido, ni siquiera se hayan mareado. Más aún, al recoger los heridos con esa tranquilidad continuamente pasando las granadas por encima de las embarcaciones  o cayendo muy cerca de ellas, ni una sola las ha tocado.

«Adjunto a Vd. esa carta del Capitán Sr. Muñiz, que está ya en la playa poniendo el Hospital móvil para el que cualquier día pedirá Hermanas.

«Ayer, al medio día, llegó el Andalucía, y aunque el equipo se queda ya aquí, las Hermanas volvieron, pues traían el encargo de decirme en nombre del Sr. Gómez Ulla, que ellas tenían que continuar en los barcos… Volví, en efecto, a mandarlas pues se hallan bien y aún mejor que aquí, decían.  En el Villareal han ido otras dos, pues, nada más llegar a casa, vino el comandante del barco a pedirlas y mandé una de las que habían venido con la otra…»

«Lo que más nos trastorna, dice en otra carta la misma Sor María Rodríguez, en medio del torbellino que las agobiaba a todas en el hospital, es el recuerdo de las cuatro Hermanas que ahora tenemos fuera en los barcos. Una Hermana sobre todo lleva ya, yendo y viniendo veintidós días y otra quince…

«Buena lección nos dan los médicos. No podemos quejarnos de trabajo, viendo lo que ellos hacen pues no se acuerdan ni de comer».

Los médicos, a su vez, admiraban y reconocían el esfuerzo de las Hermanas. «De las Hermanas, escribe el Dr. Muñiz a la citada Superiora Sor María, no tengo que decirle sino que las cuide que bien se lo han ganado… Si las manda de nuevo a los barcos, creo, salvo su opinión, que debían aliviar ya a Sor Máxima y a Sor Carmen. La primera lleva ya vente días y quince Sor Carmen, y no estando los equipos a bordo…»

La misma Duquesa de la Victoria alabó a las Hermanas, y no quiso marcharse sin visitar a las que habían estado con ella en los Barcos»[iv].

 

A punto de naufragar. El día 11 de abril de 1926, embarcaba a las 11 de la noche el Correo de melilla a Cala de Quemado, Alhucemas, el equipo quirúrgico del Capitán D. Manuel Amieva, del que formaban parte Sor Celsa Roldán y Sor María Saladrigue. Amaneció el día siguiente con un fuerte temporal de levante, tan temido en las costas de Melilla. Los naturales decían que nunca habían conocido temporal tan grande. En el puerto eran lanzadas sobre el muelle las embarcaciones pequeñas, que se hacían materialmente astillas. Fuera de él varios buques mercantes naufragaron. Uno varó frente a las playas cercanas al Hospital Docker y otro un poco más lejos. Desaparecían bajo las aguas todo menos el puente donde se agolpaba la tripulación. Otros más prudentes  se hicieron a la mar, tratando de capear el temporal.

El Barco Hospital Castilla, rotas las amarras, se hundía al chocar contra el espigón de las minas del Rif. El pánico era grande. El viento bramaba y una verdadera tromba de agua caía de un cielo rojizo, que hacía pensar en algún terremoto o cataclismo. Al contemplar aquello, las Hermanas del Hospital Docker de Melilla no podían menos de llenarse de angustioso temor por sus Hermanas que estaban en las naves.

«Por ellas supimos, refiere una Hermana, que el temporal les hizo muy difícil la navegación, llegando a Cala de Quemado con un gran retraso. Allí hubo de hacerse el trasbordo a las barcazas para trasladarse ,en primer lugar, todos los Jefes. La natural confusión de dichos momentos ante el peligro, hizo que las Hermanas permaneciesen en el camarote mientras se desalojaba en una barca los demás componente del equipo quirúrgico. nada más hacerlo, se dió cuenta el sanitario agregado al mismo, que las Hermanas no habían bajado a la barcaza, lo que comunico, quien el contestó que si se atrevía subiese al barco por ellas. Así lo hizo el sanitario ayudando a las Hermanas a descolgarse. Idea de la rapidez con que esto se hizo es que haber perdido las ropas que llevaban en unas cajas y tener que quedarse a bordo del barco sanitario por separase la barcaza que daba sobre él fuertes bandazos.

«La llegada a tierra no pareció sino un milagro, pues apenas descargado el personal que llevaba, y cuando había de volver al barco a seguir transbordando a tierra los soldados, vieron como se partía dicha barcaza desapareciendo en las aguas furiosas y con ella sus cinco tripulante.

Dada la imposibilidad de continuar el equipo quirúrgico su viaje a Tarquist, debido al mal estado de pistas y carretera , quedaron las Hermana en el Hospital de la Cruz Roja de Cala Bonita…

Por fin llegaron a Tarquist uniéndose el equipo del Capitán Amieva al del Capitán Ruiz de Miguel en virtud de ordenes recibidas que ordenaban no seguir a Katama.

«Allí tuvieron las Hermanas de los dos equipos que sobre llevar con entereza las incomodidades de todo campamento. Entre ellas tener que turnar para dormir en cama y camilla por no tener más que dos camas. En esta ocasión tuvieron que hacer de ayudantes  de manos de los cirujanos, pues el teniente Jamini, enfermo, fue evacuado al Hospital de Cala Bonita.

 

 

CAPITULO LXXIII

 

Sumario:1.- Hospitales Militares. 2.- El P. Tobar y los Hospitales Militares. 3.- Testimonios de gratitud de soldados enfermos y heridos a las Hijas de la Caridad.

 

1.- Las Hijas de la Caridad en la última Cruzada. Hospitales Militares. Epílogo el más glorioso de nuestra relación habrá de ser por necesidad, consignar aquí la participación de las Hijas de la Caridad en la más decisiva Cruzada de la Historia, en la Guerra de Liberación llevada a cabo por nuestro providencial Caudillo, el Generalísimo Franco. Toda ponderación sería pálida e inútil ante la elocuencia grandiosa de los números. Al P. Eugenio Escribano, cabe la gloria de haber recogido con una diligencia y veracidad nunca bien ponderadas el prolijo documento de los Hospitales Miliares, cuyos servicios fueron confiados a las Hijas de la Caridad. Gracias a ello no podrá nunca olvidarse la ingente aportación de las Hermanas a esta dolorosa gloria nacional.

Basta para convencerse leer en el prólogo de su voluminosa obra el Resumen de Estadísticas de los Hospitales Militares, confiados a las Hijas de la Caridad. Al estallar el Movimiento, dice, había en la España de Franco 16 Hospitales Militares. Se abrieron:

 

año 1936……  152

año 1937……  104

año 1938……   42

año 1939……   11

Total            309

 

que unidos a los 16 que ya existían suman 325. Las Hijas de la Caridad de número fijo en ellos: 2890. Pero como especialmente el primer año  iban a los Hospitales Militares  de todas las casas, dejando los demás ministerios, y por tanto, hubo mucho cambio de personal entre ellas, no es exagerado decir que mas de 4000 han intervenido en la asistencia  de nuestros soldados. Número de enfermos y heridos que ingresaron en esos 325 Hospitales: 1.605.862.

¡Un millón seiscientos cinco mil ochocientos sesenta y dos soldados! y, por desgracia nos ha sido imposible hacernos con la estadística de ochenta y seis Hospitales. No es, pues exagerado afirmar que las Hijas de la Caridad cuidaron durante la guerra dos millones de combatientes de Franco. Ya se supone que esa cifra crece tanto merced a las frecuentísimas evacuaciones por las que muchos hospitalizados pasaron por muchos hospitales.

Número de defunciones en los 325 Hospitales: 22.354. Veintidós mil trescientos cincuenta y seis muertos. ¡Un 1.40% de los ingresados! y de esos muertos, todos con Sacramentos y muchísimos fervorosismos, y no pocos, si sus fuerzas se lo permitían al grito conque en las batallas y trincheras de Viva Cristo Rey, Viva Franco o Arriba España!

Los Hospitales de Sangre que han tenido nuestras Hijas de la Caridad no eran ciertamente todos los existentes, pero sí su inmensa mayoría en cantidad y calidad. El Ejército español estaba muy bien triturado. Fue la única labor positiva que supo hacer el bilioso intelectual Azaña. Las España de Franco en los primeros momentos de su existencia, hallóse con diez y seis Hospitales Militares y sabe Dios en que estado. También como en todas las ramas y actividades del ejercito, había que hacerlo todo, y todo lo hizo Franco con la jubilosa cooperación del pueblo.

La Iglesia cedió 72 de sus mejores edificios y los demás de Beneficencia provincial y Municipal, amén de los particulares  y escuelas públicas, casinos, fábricas con casas y palacios de propiedad privada. Las Hijas de la Caridad convirtieron en Hospitales Militares 124 de sus casas, muchas de su propiedad….

es un hecho probadísimo que en esta cruel guerra, nuestros Hospitales nos han salvado un verdadero ejército de jóvenes. Recíbanlos deshechos, despedazados, a muchísimos casi moribundos y luego los devolvían sanos, vigorosos de carne y de espíritu a sus madres y a la Patria.

¿A qué se ha debido tan espléndido resultado? Las causas son múltiples. ¿Como no ensalzar la pericia y honrado trabajo de tan eximios medidos y operadores? ¿Las atinadas y rápidas gestiones de Intendencia y Administración Militar? Sin esa sabia técnica sanitaria y administrativa convengamos en que poco valen los demás elementos auxiliares. Ni se debe prescindir ni dejar de reconocer la labor silenciosa y expuestísima a menudo de sanitarios y  enfermeros. Pro ya que el asunto principal de mi historia es hacer resaltar  la labor de las Hijas de la Caridad unida a la de enfermeras por dicha y gloria de España tan compenetradas y en tan bella armonía con las Hijas de la Caridad en estos tres años diré que he conocido a muchas, verdaderas cristianas que tomaban su oficio como una vocación religiosa y he observado cómo, sin sospecharlo ellas mismas se iban revistiendo del espíritu y virtudes de una Hija de la Caridad.

Deber de justicia es consignar aquí la meritísima labor del actual Director de las Hijas de la caridad en España, Rdo. P. Adolfo Tobar. Un testigo abonado, el P. Escribano, es quien nos cuenta sus incesantes desvelos en fundación y visita a aquellos Hospitales Militares.

 

2.- El P. Tobar y los Hospitales Militares en nuestra Cruzada. «Yo mismo soy testigo de las ansiedades que torturaron al P. Tobar, Director de las Hijas de la Caridad, desde que el Gobierno Frente-Populista empezó a arrojarlas de los establecimientos públicos de Beneficencia. Veíase próxima la hora en que apenas les quedase una casa donde cobijarse. Pues hoy, como entonces la verdad es que esta inmensa Provincia de Religiosas, la mayor seguramente de la Iglesia, con sus 8554 Hijas e la Caridad, y 785 comunidades, a penas posee nada propio. ¿Qué se iba a hacer con más de 8000 mujeres, no pocas muy ancianas y ya [sin] vestigios de familia terrena? Con estas congojas incrementadas de hora en hora desde Febrero  de 1936 llegó el mes de Julio en que ya España ardía en el bullir triunfante de la Revolución cuando nuestro P. Visitador se creyó en el deber estricto por los apremios de su cargo de ausentarse rápidamente a Pamplona.

La salida de Madrid, parecía entonces tan temeraria que todo su consejo se la disuadió por miedo a un atraco o a un asesinato de los que merodeaban por caminos y carreteras. El P. Tobar insistió y su única preocupación fue largarse en su auto. Volvería para el día 19, fiesta de San Vicente, o a lo más para su octava. Así, el hombre propone y Dios dispone.

Siempre he pensado que aquella partida fue el rasgo más divino de la Providencia en favor de nuestras Hijas de la Caridad. Las ocupaciones de una larga visita canónica a dos numerosas comunidades le entretuvieron más de lo pensado y el día 18 le sorprendió el Alzamiento en Pamplona. La vuelta a Madrid era imposible.

A los pocos días llegó a Burgos, empezaba a ser capital de la España de Franco, donde yo mismo presencié el `principio de una nueva vida del Director de las Hijas de la Caridad. A no emprenderla con todos estos riesgos y ajetreos, muy pusilánime hubiera de haber sido el P. Director, y gracias a Dios pusilánime no lo fue. Yo soy testigo. Dos fuerzas tiraban de él por las mas variadas y opuestas vías: Una el ansia vivísima de ver, consolar, remediar a los PP. Paúles e Hijas de la Caridad recién liberados de los rojos por los Ejércitos Nacionales. Siempre pisando los talones a las fuerzas liberadoras.

Desde las primeras conquistas de nuestro Ejercito, tuve de persuadirme de que, efectivamente, cuando el parte oficial del Generalísimo nos decía con su laconismo: «Nuestras Tropas conquistan a Mérida». Las columnas de África al mando de Yagüe toman al asalto la ciudad e Badajoz». «Mola conquista Irún». “Los Rojos huyen de Hernani».»Los requetés entran en San Sebastián…»Indefectiblemente esos partes no mentían ¿Por qué? Porque apenas el parte oficial ha dicho que se ha tomado tal o cual ciudad, inmediatamente, luego que amanezca Dios, o antes, Pedro tiene ya encendidas las entrañas trepidantes del auto y en él se entra el P. Visitador y rezando Ave Marías y rosarios, ¡hala!, volando hasta entrarse de rondón en la ciudad, conquistada ayer o esta mañana.

Pongas Vds. la interminable lista de ciudades y pueblos conquistados por Franco en los tres años, donde hubiera un asomo e casa de Hijas de la Caridad y tengan la seguridad  de que al punto, el mismo día o a lo más a la mañana siguiente ya estaba allí el P. Director con su auto bien cargado de víveres o de sabe Dios que otras mercancías ¡y siempre atestado de viajeros de las más distintas procedencias: soldados, capitanes, labriegos, obreros, sacerdotes, cualquiera que se plantase en medio de la carretera, alzase la mano pidiendo misericordia de un pedazo de asiento.

Otro motivo de viajes incesantes y de apuros: la rápida instalación de Hospitales de sangre. Desde el mismo Julio fue preciso irlos alzando por todos los frentes, a la vera de los campos de Batalla, Km. de las rudimentarias trincheras, expuestos a todos los riesgos.

Y fue preciso reclutar quien acogiese y cuidase a los que caían bajo el plomo del enemigo. Llamó la Patria a las puertas de las Hijas de la Caridad, a todas su moradas: Asilos, Colegios, Hospitales, y de prisa, urgentemente había que dejarlo todo. La antigua calma del vivir honesto, los santos y apacibles ministerios de la vid. Las altas autoridades de la pequeña Compañía a penas si existían. Todo el Consejo de la Congregación allá quedaba cautivo y tal vez asesinado en la mazmorra de aquel Madrid Rojo, tan herméticamente cerrado los primeros meses para la zona nacional. No se hallaba a la mano otra autoridad ¡que la del P. Visitador y Director que trataba de acudir al mismo tiempo a todas partes.

Y las peticiones, o más bien órdenes, llegábanle cada día y cada noche tajantes, inaplazables de todos los frentes, sin más trámites ni papel sellado que un telefonazo: que si D. Cesar, que si el Jefe de Sanidad, que si Camón, que si Vallellano o la Cruz Roja. Y el Visitador con dos Hermanas de aquí, una de allí y tres de más allá iba accediendo a todos los ruegos y peticiones inexorablemente, siendo inútil que alguna que otra Hermana Superiora inventara roncerías muy explicable para detener a sus súbditas, que tenían tantas ansias como el propio Visitador de servir a Dios y a la España, cuanto con más peligro mejor. Nuestras Hijas de la Caridad desde nuestros primeros días iban desparramándose por todos los linderos de la cruel contienda sabiamente aventadas por la insinuación de su Director, no sin que él lo reconociera todo continuamente.

Bastaría la lista escueta de fechas y localidades recorridas para llenarse uno de asombro por lo utilísimo y no menos temerario de tales correrías. Merece, pues quedar grabado para siempre esta verdad histórica: «El P. Tobar desde el 19 de Julio de 1936, recorriéndolo todo, estando en todas partes sin mellarle jamás el animo los miedos al fracaso ni los acaecimientos más adversos fue admitiendo de manos de las Autoridades sanitarias de nuestro Ejercito cuantos hospitales se le ofrecían o se le imponían, y en el espacio de doce meses puso entre los habilidoso dedos de sus Hijas casi todos los hilos de la Sanidad Militar de la España Nacional.

 

3.- Testimonio de gratitud de los soldados enfermos o heridos. Los servicios de las Hijas de la caridad en estos Hospitales Militares abarcaban desde los más complicados de la técnica en quirófano, farmacias y laboratorios hasta los más humildes de cocinas y lavaderos. Pero con ser ellos tan importantes hay otros que, indudablemente, valen más, muchos más, y son los servicios maternales que prodigan a los enfermos y heridos en una atmósfera de confianza y cariño familiar, que les hace sentirse acompañados, cuidados, queridos y hasta mimados por almas generosas, que los encontraron ayer en la senda del dolor y parece que toda la vida los hubieran conocido. Es la parábola en acción del buen Samaritano que se repite todos los días en un Evangelio eterno.

Y nada puede poner de manifiesto este valor espiritual como las cartas de los soldados cuando pasadas las horas dolientes del Hospital y lejos ya de él le asalta el recuerdo de aquello y no pude resistir al impulso del corazón y tiene que escribir a las Hermanas, porque para el son algo así como el dulce recuerdo de la madre ausente. Este epistolario es tan emocionante que no hay testimonio más elocuente y enaltecedor  de los oficios de una Hija de la Caridad. Escogidas al azar queremos recoger aquí algunas de esas numerosas cartas que publicó el P. Escribano en su obra de los Hospitales. Algunas entre cientos.

El Hospital de Benavente quedo convertido en Hospital Militar en enero de 1937 y el 4 de abril ya todo preparad con cien camas abrió sus puertas por primera vez a nuestros heroicos soldados que en número de 88 formaban la primera expedición llenándose después con sucesivas evacuaciones que venían de Valladolid, Segovia, Extremadura del Norte, y del mismo frente. Así hasta el 18 de abril de 1939. Han pasado durante este tiempo algo más de tres mil heridos y enfermos de guerra, sin contar los militares enfermos que posteriormente han estado, pertenecientes a los batallones que residen en la población. La intervención de este hospital estuvo exclusivamente a cargo de un Director y de la Superiora. Uno de aquellos soldados escribe:

«Plasencia, 31 de enero de 1937.

Hermanitas de las España Grande: las felicito por su aprecio muy grande para que sepan de mi salud y que me recuerdo del cielo de Benavente. Que Vds. han sido la segunda madre que conocí, después de ocho años que llevo rodando por el mundo y por tanto quiero decirles que me encuentro en Plasencia.

     Salí de Valladolid el día 27 del actual y el Tribunal me dió útil total y ahora estoy que un día de éstos marche para Teruel y las pido se acuerden de mi, que si no me muero en la guerra algún día pienso hacerles una visita…

     Por el momento no las molesto más. Quedo muy agradecido de Vds.  y reciban el aprecio de este Afmo. s.s.

                            Jesús Domínguez Cabrera

 

     Recuerdo a todas las enfermeras y al que dormía al lado mío.

     ¡Viva España!¡Vivan las Hijas de la Caridad y !Vivan los Regulares de Melilla!

     Las señas son: Representación de Regulares de Melilla, nº 2. Plasencia. Cáceres».

 

Otra:

«Mondáriz, Balneario, 28 del 7 de 1937.

Viva Cristo Rey.

Reverenda madre Superiora del Hospital Provincial de Benavente.

Respetable Sor Dolores;

     No quiero dejar pasar más tiempo sin hacerle expresivo mi más sincero agradecimiento por el comportamiento y trato que para conmigo han tenido todas Vds. siempre y hago votos a Dios para que las siga siempre conduciendo por ese recto camino de la bondad y de la caridad que tan bien han prodigado con nosotros pues ha de ser el más corto y seguro para alcanzar el bien supremo y el descanso y felicidad eterna en un puesto preparado al lado de El.

     Cuánto extraño yo a todas Vds., y cuánto tiene que extrañarlas todos los que como yo, hayan pasado y pasen en lo sucesivo por esa mil veces bendita casa.

     Sor Rosa, Sor Tomasa, Sor Consuelo, Sor Blanca, Todas, todas!. Que buenas han sido con nosotros.. .!Qué bien han sabido Vds. en todo momento suplir a nuestras madres, hermanas y esposas! Mucho les tenemos que agradecer todos y grande tiene que ser la recompensa para Vds.

     Orgullos deben estar todos los que luchan hoy en esta Santa Cruzada, pues luchan en defensa de Vds. Siempre es hermoso defender a una mujer, pero si esta mujer lleva toca y sayal es además de honroso, sublime.

     Igualmente recuerdo a todas las señoritas, a las que ruego salude V. en mi nombre. También me acuerdo de la Hermanita que estaba delicada y siempre le preguntaba cómo seguía. Celebraré que haya seguido mejorando  y pronto se restablezca totalmente.

     En fin, no me olviden en sus oraciones, como yo no las olvidaré mientras viva.  Besando el Crucifijo de Sor Dolores, le envío mi más respetuoso y mi más cariñoso recuerdo.

                            Carlos Domínguez.

 

Otra más:

Escarbajosa, 5.2.1938.

A las Hermanitas del Hospital Provincial de Benavente.

     Ya estoy en mi casa y al lado de mis padres y hermanos. Al volver a recibir el cariño de los míos, es cuando me he dado cuenta de lo que han hecho por mí esas santas Hermanitas que dejé en el Hospital.

     El trato que he recibido de Vds., el cariñoso develo y constante sacrificio. sólo pueden compararse al trato, desvelo y sacrificio de una madre. Ahora que la tengo a mi lado es cuando más claro eh visto hasta donde llega la caridad de aquellas almas que se consagran a Cristo para hacer el bien a la humanidad.

     ¡Qué bueno debe ser Dios pues tan bueno hace a las personas que le sirve de veras.  ¿Con qué pagare el bien que me han hecho? No solo me han cuidado bien, sino que mientras he estado en el Hospital, sabía que tenía cerca de mi personas que velaban cuidadosamente de todo cuanto necesitaba para curarme pronto y no sentirme sólo y entre personas conocidas. Es decir, que me parecía que estaba entre mi familia.

     Dios quiera pagarle en el cielo todo cuanto han hecho por nosotros. Y puesto que de otra forma no pudo pagarles a Vds. mejor el mucho bien que me han hecho, yo pediré a Dios nuestro Señor que la asista y continúe dándoles gracia, tanto como desea el agradecido hospitalizado que nunca se olvidará de Vds.

                            Eleuterio Cuellar.

 

Y así cada hospital tiene su epistolario y so que las Hermanas las han roto porque no le daban importancia.

Otra muestra sólo, porque sería interminable. Esta es del Hospital Asilo de la Vega. Salamanca.

«Plasencia, 27 de Julio de 1939. Año de la Victoria

Sor Julia, Salamanca.

     Distinguida y venerada Hermana;

     En distintas ocasiones le he mandado cartas, a las cuales no he tenido contestación. Supongo que será debido al exceso de trabajo, que como siempre, pesa sobre Vds.

     También creo yo que podría haber ocurrido algún destino. Pero me parece que le hubieran reexpedido mis cartas. Otra cosa no he pensado, pues estoy convencido que a una Sor tan buena nada malo pude ocurrirle. Dios no lo permitiría.

     En la actualidad me voy reponiendo y, aunque esto se verifica lentamente, me noto una mejoría., Seguramente que siguiera cuidándonos Vd.  estaríamos más pronto curados.

     Hace ya unos tres o cuatro días que me levanto, con muletas, desde luego. Los dos primeros días casi no podría aguantarme derecho, pero ahora ya me siento más firme.

     Paseo por dentro del hospital, ya que aún no he probado bajar las escaleras, tara que se me presenta muy difícil de realizar. Más tarde llegará.

     El Sargento Mohamed Niben Taiek Samohege, que también estaba conmigo, sigue mucho mejor, aunque él hace muchos más días que anda con muletas. Hasta baja las escaleras.

     Tanto él como Abrahán y yo estamos eternamente agradecidos por las continuas atenciones que de V. recibimos y la recordaremos siempre.

     Ahora dicen que muy pronto nos van a trasladar de Hospital. No sabemos fijamente donde iremos, pero suponemos que nos llevaran a Andalucía. Cádiz quizá.

     Si esto que le digo sucediera le comunicaría enseguida mi nueva dirección, pero de todas maneras si Vd. nos contestara pronto a las señas que abajo le señalo aun la recibiríamos en ésta.

     El herido que le recuerda con sumo respeto y agradecimiento eterno,

                            Rubio.

  1. Cabo Rubio, nº 18287.

     Hospital Musulmán

     Plasencia. Cáceres.

 

Pluma en alto para poner fin a estas cartas. Esta otra que sigue tira con tanta fuerza de mi que no la puedo dejar. Dice así;

«Barcelona, 28 de agosto de 1939. Año de la Victoria.

Sor Magdalena. Hija de la Caridad.

Inolvidable Hermanita:

     Mi gran ilusión es de que al recibo de la presente goce de la más buena salud, como la mía. ¡Dios nos la guarde muchos años!

     Hoy a las siete de la mañana, y con una gran alegría, ya me vi junto a mis queridos peores, cosa que después de tanto tiempo de encontrarme separado de ellos ya lo deseaba.

     Mis padres me manda decir le dé muchos recuerdo a V de parte de ellos, cosa que yo se los doy con gran emoción, porque Vd.  fue una verdadera madre para mí, y lo mismo es para todos los soldados que está junto a Vd., pues los auxilia de día y de noche y les da a ellos el aliento como una verdadera madre. Yo jamás mientras viva la olvidaré, pues en los momentos en que yo tenía las heridas bastante malas, V. me las curaba y no me oía del daño. Al contrario, encontraba junto a Vd. un consuelo y una esperanza de que pronto me curaría.

     Dará muchos recuerdo a Sor Sofía, a Sor Exuperancia y a Sor Lucía. En fin a toda las otras Hermanitas.

     Me despido de V. Dios le proteja y le guarde de todo mal

     S,S.S.. Ramón Teixidó.

 

Hay otras cartas de italianos, portugueses, alemanes y de algún marroquí, que en un castellano pintoresco, pro expresivo chapurreo, agradecidos dicen bien lo que sienten. Algunas son cartas patéticas de madres enternecidas, que al oir de la boca de sus hijos, o al saberlo por cartas escriben con frases salidas del corazón, agradeciendo a las Hermanas, servicios tan maternales.

Los moros escriben menos, como es natural, pero su noblote agradecimiento a las Hermanas se muestra en obras de generosa liberalidad.  Conocí en Oviedo a un maduro marroquí, que vino desde Galicia sólo para ver a sus caritativas enfermeras. Entraba a ver a las Hermanas como si entrara en su propia casa y les llevaba cuantos regalos podía. Su visita era continuamente y Sor Amadora era para él una santona. «Tú pedir… tu querer dinero, ropa, leña… decir a mi y yo traer». Se paseaba frente al Colegio procurando que la entrada se conservase expedida como si él fuera el portero de la casa.

Tan familiares le eran las Hermanas que se encontró con una de ellas en una calle de Lugo y las obligo a entrar en su comercio y quería comprarlas un traje vistoso.

Y aquel otro, en el Hospital de Oviedo, no se fiaba de nadie ni siquiera de aquella abnegada señorita que a pesar de su buena posición, voluntariamente servía de secretaria para escribir cartas, enviar giros y atender a todo en aquella tan típica sala de moros. Pues sólo en manos de la Hermana él depositaría su dinero que enviaba a su familia marroquí y no en otras.

Una de las impresiones hondas, más hondo de la guerra en Oviedo, fue para mí la d aquel moro bien barbado, de rostro venerable, mirada triste que desde su lecho de dolor me hizo señas para que me acercara y me dijo con tono de una confesión íntima: «Yo venir a España para defender contigo a Dios». La visita de las Hermanas y del sacerdote le hablaban de Dios. Y no pude menos de conmoverme y de pedir al Padre celestial, con toda mi fe, que le abriera de par en par las puertas del Paraíso.

 

 

CAPITULO LXXIV

 

Sumario: 1.- Las Hijas de la Caridad en la Zona Roja. 2.- El Real Noviciado. 3.- Trágica persecución de que son victimas numerosas Hermanas. 4.- Las Hermanas de Valdemoro. 5.- Coronas de martirio.

 

1.- Hijas de la Caridad en Zona Roja. Ya desde 1931, cuando se presagiaba la pavorosa tragedia que iba a sobrevenir andaba yo afanoso recogiendo datos, estadísticas y relatos heroicos de las Hijas de la Caridad con el fin de publicar en la Revista «La Caridad en el Mundo» algunos artículos referentes a las actividades y ventajas de las Hijas de la Caridad de san Vicente en los servicios de la Beneficencia Nacional.

Tal vez con ello, era mi ilusión que se podría ayudar a contener la irreparable perdida que supondrían la salida de las Hermanas, insustituibles en tantos cientos de establecimientos, que la nación les había confiado, y hasta me propuse publicar un folleto con el resumen histórico del valor humanitario de sus ministerios. Pero pronto me convencí de que todo iba a ser inútil. La República del siglo anterior, no se atrevió, mirando al bien nacional, a destruir el Instituto de las Hijas de la Caridad, a pesar de sus marcadas tendencias antirreligiosas, al fin, había sido una República Española. Pero esta nueva república, consta la que algunos ilusos republicanos , que más o menos buena fe imaginaban, no era una república española, sino un feudo de la lejana Rusia, a quién poco podía importar que España entera se convirtiese en un mar de sangre, de tormentos y de crímenes.

Lo demás está ya escrito en alas Historias y más profundamente gravado a fuego en el alma de esta generación que vio y oyó cosas nunca vistas y oídas, ni entre las visiones del infierno de Dante, ni entre los horrores del orco de Virgilio.

Con respecto a las Hijas de la Caridad  en Zona Roja, he recogido muchas páginas sueltas de su martirologio. Servicio insigne para la posteridad. A él hay que acudir para saber la tragedia  de estas indefensas mujeres españolas, cuyo único ideal eras servir a Dios y a los pobres.

La historia de su dolor no tiene límites en lo ancho ni en lo profundo. El relato es interminable y basta con referir algunos episodios para conocer la magnitud. Ab uno disce omnes.

Con tanta emoción como verdad ha podido decir el citado auto: «Cuatrocientas casas de Hijas de la Caridad. Mas cuatro mil mujeres derramadas por todo el ámbito de dominio rojo, treinta inacabables meses, hecho jirones todo cuanto podía darlas firmeza y cohesión, sin comunidad, sin Superiores que las guardasen, sin Directores que las guiasen e infundiesen ánimos, muy a menudo en absoluta soledad, sin razón humana que las sostuviese, con innúmeros y horribles motivos para dar por liquidado definitivamente el pasado, pero siempre fieles, siempre en espera segurísima de Dios, que al parecer se había alejado sin dejar vereda ni carril para la vuelta».

 

2.- El Real Noviciado. En el Real Noviciado de las Hijas de la Caridad  había en aquel fatídico día 16 de febrero de 1936, doscientas jóvenes novicias además de las sesenta hermanas profesas. Al día siguiente, el Director R. P. Tobar da la orden terminante: «Cuanto antes las Seminaristas fuera del Noviciado y fuera de Madrid».

La Madre anuncia a aquellas jóvenes novicias reunidas en el gran salón del Seminario que es preciso salir inmediatamente: «Estamos, les dice, en las manos de Dios, lo que permita será para nosotros lo mejor. No temáis… pero yo suplico a todas las que prefieran retirarse a sus familias, que se vayan sin miedo. Pasadas estas duras circunstancias yo les prometo que se les volverá a admitir con el mismo cariño. Id vosotras, las que queráis, siquiera las que tengáis familia cerca de Madrid. Pónganse en pie las que deseen irse… y calla y todas siguen sentadas… ¿No habéis entendido? Sí, Madre. Pues en pie las que quieran irse con sus familias. ¡Nadie! Prefieren correr la suerte de sus Hermanas mayores». 

     A una jovencita, cuyos padres vivían en Madrid, la obligaron aquella misma tarde irse a su casa, pero al otro día, a las cuatro de la mañana al levantarse la Comunidad ya la tenían llamado a la puerta.

Ciento salieron inmediatamente para Pamplona. Las otras ciento fueron repartidas en varias comunidades de Madrid. Pero el problema se presentó pavoroso para los Superiores cuando antes de estallar el glorioso Movimiento, Ayuntamiento y Diputación republicanos comenzaron a poner en ejecución las leyes laicistas de las Cortes, echando de los establecimientos benéficos a las Hermanas. Con razón se lamentaba su Director, el P. Tobar: «¿Que hago yo de más de ocho mil Hijas de la Caridad, el día, quizá muy próximo que se vean todas en la calle? ¿Dónde las llevo?¿Con qué las alimento?¿ A qué las dedico?».

Una Circular de la Madre Sor Justa Domínguez, de 30 de mayo de aquel año, refleja bien las angustias que oprimían su corazón, cuando daba alientos a todas las Hijas de la Caridad para aceptar la terrible prueba y confesar la fe. «Desde hace mucho tiempo, le dice, deseo comunicarme con Vds., mis amadas Hermanas, ya que todas anhelan noticias de su Casa Central y querida Provincia, tan probada en ésta época. ¡Cuánto padecen nuestras Hermanas en algunas Casas! Son el blando de las iras de los pobres engañados, que las insultan y calumnian sin miramiento alguno. De varios establecimientos las han despedido. Son ya 17 las Comunidades deshechas y casi otras tantas las amenazadas. Nos han quemado el Asilo-Escuelas del Pilar, en Cuatro Caminos, echado a las Hermanas a empellones y dejando sin albergue a 50 niñas asiladas, sin clase a unos 1000 niños de ambos sexos, a las obreras sin Academia Nocturna y a unas 400 jóvenes sin el cálido ambiente que en los domingos y fiestas disfrutaban en sus escuelas y con sus amadas Hermanas.

     Ese mismo día 4 de mayo despojaron del Santo hábito y lo quemaron en la callea dos de nuestras Hermanas del Asilo de las Mercedes, una de las cuales interrogada confesó con gran valor y serenidad nuestra Santa Fe. Recibieron muchos golpes y groseros insultos hasta dejarlas magulladas y llenas de cardenales, pro contentas, llenas de paz, bendiciendo y dando gracias a Dios que se dignó concederles dar testimonio de su Divina Magestad.

     Esto desea y pide nuestro Señor de nosotras, mis amadas Hermanas: que confesemos nuestra santa Fe.  y manifestemos que somos Hijas de la Caridad, con la aceptación humilde y sumisa de la prueba a que nos somete y que, sin duda, nos hace falta, y con la paciencia con que debemos tratar a todos, en especial a los que nos persiguen y maltratan, volviendo bien por mal y repitiendo con nuestro Divino salvador «¡Padre, perdónales, que no saben lo que hacen!.

     Animo, pues, y a no consentir que se apodere de nosotras la tristeza y el desaliento. Si nos quitan unos pobres, nos darán otros. Por una casa, tendremos ciento, y como a Job se nos devolverá todo abundantemente»

     «Bien dijo Calvo Sotelo en el Parlamento: ´Ya nadie contendrá la Revolución, pues se han atrevido con las Hijas de la Caridad.

El día 18 estaba declarada la guerra al grito salvador de Franco. Las Hermanas que aún permanecían encerradas en el Noviciado vieron con terror las escenas estruendosas del 19 y 20. Pero el día 21 su casa fue asaltada por los Rojos, con pretexto de haber salido tiros de allí y la bandera revolucionaria fue izada en el edificio, en el que se instalaron los milicianos sellando todas las dependencias. Las Hermanas quedaron prisioneras. Desde aquel día comienza su calvario y en especial de la Madre. Echadas las Hermanas el día 6 de agosto fueron saliendo en grupos a pensiones o refugios ya prevenidos. Sor Justa con alguna Hermanas del Consejo y secretarias fueron llevadas en Auto por los mismos rojos a una pensión.

El Presidente de la Diputación decía en Junta del 19 de Agosto: «Como saben sus Señorías, autorizada por el Gobierno Civil de la Provincia, la Corporación se hizo cargo del Noviciado de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl. Igualmente se hizo cargo de un dinero y de unos título de la deuda encontrados en dicho establecimiento de esta Congregación e incautados de ellos en nombre de la corporación».

Tenaces en su propósito ya el día 13 de Agosto los policías y dos milicianos, capitaneados pro Fernando Montequi, se presentaron en la pensión del carmen preguntando a gritos: «¿Cuántas monjas tenéis? ¿Dónde está la Ecónoma? Sale Sor Simona y la empujan hacia la escalera, llevándosela junto con la Madre a la Casa del Noviciado. Allí, después de largos interrogatorios y vejámenes continuos llegaron los rojos a descubrir el paradero de las alhajas y a incautarse de los bienes de la beneficencia, que la voluntad de piadosos donantes había confiado a las Hijas de la caridad y de los que las eran meras y fieles administradoras.

Pro no cesó aquí su martirio. Con varios pretextos siguieron las interrogatorios hasta que en 28 de Diciembre, las Hermanas pudieron encantar refugio más seguro en el Decanato de la Embajada de Chile.

En el informe de la intervención de fondos sobre situación económica al 31 de Diciembre leemos:«Como ingreso de carácter excepcional está pendiente el cobro de una suma de relativa importancia, valor de Cupones de Estado procedentes de la cesión de bienes de la Comunidad  de Hijas de la caridad de San Vicente de Paúl, cesión ratificada por decreto de la presidencia de Ministros de 6 de Agosto de 1937, si bien esta ratificación ha tenido efecto, reservándose el estado nuda propiedad»

Como es natural, el nuevo Estado devolvió religiosamente tales valores a las Hijas de la Caridad, con las seis cajas de alhajas y objetos de culto, que aparecieron en el Castillo de Figueras, y que el rápido avance de las tropas de Franco impidió fueran transportadas a Francia.

De los peligros que, durante aquel tiempo de su prisión corrieron la madre y sus compañeras de ser asesinadas nos da una idea el siguiente fragmento que trascribimos del P. Escribano: «Lo mismo las asegura uno de los dos porteros que han puesto en nuestra casita, un buen hombre: ´No traigan nada. Todo se lo quitan. nada les llega. Además, que bien harían en llevarse de esta casa a la madre y a todos Vds. No saben los muchos que cada noche vienen preguntando por la Madre y echando pestes contra los dirigentes, que las apadrinan y favorecen en ves de matarlas cuanto antes.

Aurora sabe más: enfrente del Noviciado, calle De Jesús hay una taberna muy frecuentada por la noche de milicianos guardianes y allí, entre vaso y vaso, lo vomitan todo, según Aurora se lo cuenta a la tabernera, muy buena mujer, y hay que oir las pestes que echan contra las monjas y contra los dirigentes que no las asesinan; «tendremos que hacerlo nosotros por nuestra cuenta y cuanto antes».

María se decide ir al mandamás, que ya no es Montequi, muerto en el frente, sino el pedagogo Escanilla, que vive como un príncipe, con un hijo regio en el despacho de la Madre y que a veces manda a sus subordinados por teléfono y cuando cara a cara con pistola amantillado en la mano. El miliciano la presenta al bravo personaje:

– «¿Qué se te ha perdido a ti por estos barrios?

– Que tengo una hermana Hija de la Caridad aquí presa y deseo verla y deseo llevármela.

– ¿Cómo se llama?

-Sor Josefa de la Concepción.

– A esa nadie la detiene. Ya podría haberse ido pero las demás.. ¿Qué interés tienes?

– Muchísimo. Quiero salvarlas. ¿Porque las tenéis?

– A mi todas me tienen sin cuidado, que las maten o dejen de matarlas. Pero es para nosotros igual compromiso matarlas que dejarlas vivas. Los de la C.N.T se figuran que esas monjas han dado más de lo que nosotros decimos, y si las matamos dirán que lo hemos hecho para ocultarlo, y si las soltamos y ellos las cogen, quien saben si declararán que han dado más de lo dado u otros valores y dineros qué ocultan. Al fin tenderemos que echarlas a  la calle, pro que se oculten bien, no se lo que les podrá pasar.  No podemos ya contener a esa gente. Si tu supieras los muchos que todos los días vienen a preguntarme por las aborrecidas monjas con aviesas intenciones».

 

3.- Trágica persecución de que son víctima numerosas Hermanas. Si se hubieran de referir las vicisitudes de aquellas cuatro mil Hijas de San Vicente, a quienes cupo la fatalidad de quedar en las provincias españolas dominadas por el caos revolucionario, menester sería escribir otras tantas tragedias. Nunca se creería que tales excesos pudieran representarse en un país civilizado. Aún podría explicarse algún hecho aislado de vesania en esta o aquella ciudad, pero la constante perversión diabólica fue en todas partes la misma. La raza maldita de Caín arraiga aún en esta pobre humanidad.

«Tres Hermanas, dice el P. Albiol en uno de esos clásicos «Relieves», salieron del Hospital tristes, indecisas, silenciosas. Toda la Comunidad, la más numerosa de España, se había desbandado por las calles de Madrid como un palomar acosado repentinamente por un lobo. Eran las siete de la tarde del día 21 de Julio. Sor María Bert dijo a sus compañeras: ´Yo tengo una prima que vive en Goya. Pidámosle albergue siquiera para esta noche y mañana veremos lo que hay que hacer. Y allá fueron pausadamente Sor María, Sor Matilde y Sor Demetria.

La dueña de la casa Dña. Matilde Fraile, esta mujer y sus hijos han muerto gloriosamente, recibió a las tres desventuradas y les arreglo un aposento, el más próximo a la puerta, a donde les permitió retirarse a empapar de llanto sus primeras horas de soledad. Poco a poco la congoja fue vencida por la resignación y las Hermanas se acostaron rendidas de fatiga y de tristeza.

Serían las doce de la noche, cuando las despertó el ladrido de unas detonaciones que retumbaban siniestramente en el dormitorio, blanco único de los disparos. La puerta cedió enseguida a la violencia de los tiros y los tiradores aullaban ante sus víctimas con algarabía infernal: ´Arriba si no queréis una bomba que os descuartice´. Y siguiendo a la amenaza la acción arrojaron una bomba de mano, que lleno de humo y de estruendo toda la casa.

Sor Nemesia fue la primera en descubrirse. Saltó del lecho y apretando el rosario con una mano que apoyó instintivamente en el corazón dijo con serenidad: ´Señor, no quiero ser cobarde. Mi vida te doy, si la quieres, por la Iglesia y por España´. Y a empujones, tirones y puñetazos como un ciervo cazado en su guarida salió de lo oscuro del aposento ignorando la suerte que corrían sus otras Hermanas. No se dio cuenta que salía descalza, cubierta únicamente con el modesto camisón de Comunidad y con otra túnica interior de sangre que bordaba rosas de púrpura en la blancura del camisón y flecos de grana en la palidez marfileña de sus pies.

Empezó a bajar escaleras, una escalera empinada y estrecha ocupada en todos sus peldaños por dos filas de milicianos armados, entre los que pasó la inocente Hermana, sin apoyarse en ninguna parte sino era en el santo rosario, que cada vez apretaba con más fe.

Ya en el zaguán oyó decir:

– «Esta es la de Alcalá. a matarla». a lo que ella respondió.

– No, señores, no soy de Alcalá. Yo he prestado siempre mis servicios en el Hospital General de Madrid.

Salió a la calle, donde la estaba esperando una multitud de gente curiosa, pero le fue imposible conocer a nadie,. ni dar un paso más. La serenidad de su frente se cubrió de sudor helado, las piernas empezaron a temblarle, seguía manando a borbotones la sangre de las ocultas heridas y los dedos se asieron convulsivamente al rosario para acercarlo a la boca cerrada y seca beso que Sor Nemesia creyó ser el postrer aliento de su existencia.

– No es la de Alcalá! dijo decepcionada una voz.

– ¡Está herida! gritó una mujer.

– ¡Se muere! dijo otra.

– Llevadla a la Casa Socorro, ordenó alguien.

Sor Nemesia ya no oyó más. La condujeron a una Casa de Socorro y allí taponaron sus heridas. Cuando recobraban vigor sus sentidos, se dio cuenta que la muchedumbre, en la calle, como arrepentida de haberle tenido conmiseración la insultaba y solicitaba cruelmente. Y, entre las voces más próximas a la puerta del botiquín, distinguió la de Sor María Bert, que inútilmente insistía: «Yo también soy enfermera, déjenme aquí con ella».

De la Casa de Socorro salió en una ambulancia para ser depositada en una ambulancia, que parecía más bien un carro bélico por el aparato de armas con que se defendía de la chusma.

Salió con cara descubierta y por eso le escupió un miliciano una frase provocativa y soez, que le hirió el alma con mayor dolor que el de todos los impactos de su carne. «Si te atreves a tocarme te desgarro a dentelladas» le contestó la Hermana.

Empezó a andar el vehículo y a las dos de la mañana se paró en la puerta del Hospital General. Bajan la Camilla, tocan la campana y el médico de guardia, que conoció enseguida a la infeliz yacente [mandó] ponerla en un cuarto sola. «no, no». suplicó con terror la enferma. Pues al número 37 de la sala 8. Era precisamente la sala en que tantas veces había prestado sus servicios.

En aquella cama recibió Sor Nemesia tres visitas. Una a las dos y media de la madrugada. La enfermera de la sala aturdida por los remordimientos susurró a los oídos de la que creía moribunda:

– Sor Nemesia, ¿me perdona antes de morir?

– Si hija te perdono.

Otra a las seis de la mañana. Era una enfermera veterana del Hospital que apoyándose en sus muletas se acercó para decirle:

– ¡Cómo! ¿todavía estas viva?¡Pues yo te aseguro que no llegas a la tarde!.

La tercera visita fue la más dolorosa. Una niña de ocho años se acercó para decirle que habían de matarla con el veneno de una inyección.

Sor Nemesia se negó a tomar ningún alimento y rogó al cirujano encarecidamente, que le diera el alta aquel mismo día. Por eso a las cuarenta horas de haber ingresado salió otra vez del Hospital en camilla y en dirección al Noviciado de las Hijas de la Caridad, aunque custodiadas por la guardia roja.

La Madre visitadora y su Consejo la recibieron con muestras de mucha compasión. Sor María Varela, descubrió varios proyectiles de revolver incrustados en los músculos de la enferma. Sor Adelaida curaba sus heridas dos veces al día y la misma Sor Nemesia aprovechó los momentos que la dejaban sola para incorporarse, coger unas pinzas y extraer de su propia carne algunos trozos de metralla de la fatídica bomba que explotó a su lado en la noche del 21.

Del Noviciado salió en una ambulancia el 4 de agosto al hospital de la calle Amaniel, Mujeres Incurables, entregado ya para entonces a la dirección laica de unas enfermeras que habían sustituido a las Hijas de la Caridad.

En esta nueva estación de su viacrucis estuvo Sor Nemesia cuarenta y siete días. Recuerda con gratitud el nombre de D. Francisco Ranzabal, cuya experta mano le fue extrayendo hasta ocho balas.

Las restantes se las extrajeron en el Hospital de la Princesa, nueva estación de su viacrucis doloroso, donde entró el 11 de septiembre y de donde hubo de salir el 7 de octubre pues aunque se había propuesto disimular su condición de religiosa, no pudo menos de pedir piedad para un sacerdote ciego, a quien tenían sometido allí al tormento del hambre. Este rasgo fue suficiente para despertar las sospechas de los camaradas.

Ni los pueblos más pequeños pudieron verse libres de aquel furor revolucionario.

En 30 de septiembre y un bando anunciaba a los vecinos la llegada de la columna Iglesias, que venía acantonada por orden  del Gobierno de Valdemoro. Eran desalmados criminales  sacados de los presidios de Valencia, Tarancón y Ocaña, difíciles de frenar por sus Jefes, aunque estos quisieran.

     Sólo esperaron al día siguiente 1 de octubre para demostrar el más grande valor militar que les animaba, para ir al asalto, de las trincheras fascistas, sino de los Hospitales Asilos de San Diego-San Nicolás donde más de doscientas mujeres aterradas , doscientas Hijas e la Caridad ancianas y enfermas, indefensas los esperaban. Sería como las once de la mañana, cuando sonaron  golpes estrepitosos en la portería de san Diego, y la casa fue invadida por un alud de energúmenos, que gritaban: ¡Fuera, fuera! que vamos a registrar. Fue en vano que las Superiora les recordara tener en cuenta, que aquel era el Hospital refugio de ancianas paralíticas y enfermas. Se desparramaron por la casa profanando, robando y destruyendo todo entre amenazas de muerte y horribles blasfemias. Ensañáronse de una manera especial con las cosas santas y con la Eucaristía. Un grupo se revistió los ornamentos sagrados y salió por las calles, escarneciendo el culto, no sin haber destrozado a bayonetazos las imágenes. Una oleada de desalmados salía, cuando otra entraba, en busca de botín.

Como palomas azoradas y reunidas todas las Hermanas en la misma pieza creyeron con fundamento  ser aquel el último día de su vida. Dos milicianotas hicieron en ellas el más minucioso y repugnante registro, haciéndolas desnudar y descalzar en busca de dinero.

Mientras tanto otro grupo esparcido por enfermerías y dormitorios hacían levantar a las pobres enfermas e impedidas, que se arrastraban por el suelo, mientras aquellas satanases buscaban algo que robar y ser dio el caso más repugnante pesadísimo, cuando uno de aquellos inhumanos, fijándose en una de las Hermanas con amenazas de muerte y a pretexto de registrar la casa la obligó a que fuera mostrándole todas las dependencias en compañía de otros forajidos, hasta que llegando a la cueva la Hermana se resistió a bajar y de rodillas con las manos cruzadas les dijo:

– Fusíleme aquí, prefiero morir antes que bajar.

– ¿Que no bajas?-.

– Únicamente bajaré si viene conmigo la Supriora.

Y fueron a llamar a la Superiora, quien ignorante de lo que pasaba se asusto sobremanera, al verse conducida a la cueva, por cuyos subterráneos las tuvieron mucho tiempo, pinchando las paredes con las bayonetas y encaramándose con la luz  a ver si dentro de las cubas vacías, había cubas escondidas.

La presencia de la Superiora desbarató el plan infame del malvado. Pero al día siguiente volvió a presentarse empeñado en llevar otra vez a dicha Hermana a la cueva. Entonces ella, a pretexto de tomar un bocado y en momento de despiste del guarda se encerró dentro de un armario, donde estuvo cuatro horas  hasta que casi sin respiración fue a colgarse dentro de una ventana, dispuesta a lanzarse por ella, antes de caer en manos de aquellos degenerados. Los que viéndose burlados, la emprendieron contra algunos cuadros de santos, que aún quedaban, amenazando hacer lo mismo con todas las monjas.

Presentóse un teniente con varios milicianos armados, y oída relación de los sucesos, el culpable se confesó autor de ellos. Qué tal sería el individuo que al otro día, por su indisciplina tuvieron que fusilarle a las afueras del pueblo.

Escenas parecidas se repitieron en aquel aciago día en la casa de San Nicolás, mansión asimismo de Hermanas Inválidas y enfermas.

Largo sería el catálogo de las Hijas de la Caridad que sufrieron persecuciones, cárceles y angustias de muerte, durante la tiranía de los rojos, un largo camino que renunciamos a espigar en él, pues sería el recuerdo de las cuatro mil Hermanas que quedaron en la zona no liberada. Por eso nos contentamos con embellecer estás paginas con los benditos nombres de aquellas que consiguieron la Gloriosa corona del martirio.

 

Asesinadas en Madrid

Sor Dolores Barroso

Sor Dolores Cano

Sor Adoración Cortés

Sor María Díaz Pardo

B

Sor María Mayoral

Sor Concepción Pérez

Sor Estefanía Saldaña

 

En Valencia

Sor Victoria Arregui

Sor Luisa Bermúdez

Sor Rosario Ciércoles

Sor Micaela Hernández Martínez

 

En Betera

Sor Estefanía Isisarri

Sor Isidora Izquierdo

Sor Josefa Laborras

Sor Pilar Nalda

Sor maría Rodríguez

 

En Barcelona

Sor Toribia Marticorena

Sor Dorinda Sotelo

 

En Segorbe

Sor Martina Vásquez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EPÍLOGO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO LXXI

 

RESUMEN CRONOLOGICO DE LOS DIRECTORES DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD

 

La primera aprobación eclesiástica del Instituto de las Hijas de la Caridad, pedida y obtenida por San Vicente de Paúl, fue la del Arzobispo de París, en 1646. Según ella la nueva Congregación «estaría siempre bajo la autoridad y dependencia de los Arzobispos de París.

Tal fue la primera intención de S. Vicente, cuando aún las Hijas de la Caridad estaban en la cuna. Pero las reiteradas instancias de Luisa de Marillac le hicieron mudar de parecer y el mismo santo al solicitar más tarde nueva aprobación de las Reglas de Instituto, pidió expresamente que el gobierno de las Hijas de la Caridad estuviese siempre a cargo del Superior General de la Congregación de la Misión, fundada también por él.

El Cardenal de Retz, Arzobispo de París así lo otorgó en 1655, concediéndole al Santo  por toda la vida y después de él a sus sucesores. Esta concesión fue ratificada en 1668, por el Cardenal Bendosme, Delegado en Francia de la Santa Sede y confirmada por varios Sumos Pontífices.

Durante el primer siglo de su existencia el gobierno de las Hijas de la Caridad podía ser directo e inmediato del Superior General, pues casi todas ellas eran francesas y dentro de Francia, si se exceptúan algunas pocas establecidas en Polonia y en Italia.

El incremento que tomó el Instituto a fines del siglo XIX, así en Europa como en América, hizo necesario que el Superior General nombrara Delegados suyos en cada Nación o Provincia con el nombre de Directores o Visitadores. En España estos Directores han sido siempre el Visitador o Provincial de los PP. Paúles, salvo algunos breves intervalos.

El primer Director en España fue el P. Fernando Nualart, quien las fundó en nuestra patria enviando al noviciado de París las seis primeras jóvenes españolas. A él se debió el folleto titulado «Breve noticia del Instituto de las Hijas de la Caridad etc..», que publicó en 1782.

 

Fue el segundo el P. Rafael Pi, a quien tocó la satisfacción de recibir en España a aquellas primeras Hijas de la Caridad españolas y verlas instaladas en el Hospital General de Barcelona, en 1790, y dos años después, en los Hospitales de Lérida, Reus y Colegio de Barbastro.

 

Le sucedió en 1796 el P. Felipe Sobíes, quien, secundando las iniciativas de las Señoras Nobles de Madrid y el prestigio de los Reyes, participó activamente en la fundación de la Inclusa y Real Noviciado, en 1800 y 1803, no sin tener que superar enormes dificultades. Se opuso eficazmente en 1802 a que en las Reglas de la Comunidad se introdujeran novedades en el tocado.

 

En 1808, acéfalo el Gobierno Supremo de la Congregación, por las revueltas políticas y guerras napoleónicas, el P. Sobíes fue nombrado por el Sr. Nuncio, Vicario General de las Familias Vicencianas en España. Investido de plenos poderes y con el fin de evitar la disgregación de las Hijas de la Caridad nombró a la Reina María Isabel, Superiora Honoraria de las Hermanas. Autorizó la publicación en castellano de las Reglas Comunes y Particulares de las Hijas de San Vicente. A su muerte, en 1815, tenían en nuestra Patria ocho Fundaciones con más de setenta Hermanas.

 

El P. Antonio Segura tuvo, como el anterior, el cargo de Vicario General de las Hijas de San Vicente, que fue conferido por el Nuncio de Su Santidad, D. Pedro Gravina en 1814 y confirmado por el Vicario General de Roma, P. Sicardi.

 

En 1817 comenzó la dirección del P. Francisco Camprodón. Arreglada por Bulas de Su Santidad y Reales Ordenes la Fundación del Real Noviciado en 1818, pudo ser propagado el Instituto con diez nuevas fundaciones y llegar a más de trescientas el número de Hermanas.

En 1825 fue nombrado Director el P. Fortunato Feu, y su dirección señala la época más importante y trascendental de las Hijas de la Caridad españolas, desde que se fundó la Casa de Misioneros en Madrid, 1818. A petición de las Hermanas allí residentes, concedió su Majestad Fernando VII, que ellos se encargaran de la Capellanía y dirección del Noviciado, siendo nombrados como capellanes los Sres. Codina, Barragán y González Soto. En su residencia de la Calle de Francos quedó centralizado el gobierno y dirección no sólo del Noviciado sino de todas las Hijas de la Caridad de España.

Sólidamente organizada la Casa Central, hizo gestiones para fundar una residencia de Salud o Refugio para Hermanas Enfermas o ancianas[iv]; y trató de alcanzar del gobierno un edificio más grande y adecuado al gran número de Novicias que se necesitaban.

Inició en 1831 la primera Escuela de Hermanas Enfermeras, con el aprendizaje de farmacia y prácticas de cirugía en el Hospital General, para lo que consiguió traer a Madrid tres Hermanas Francesas, que a los dos años se volvieron contentas y agradecidas a su tierra por lo bien que habían sido recibidas y tratadas en la nuestras, si bien no se pudo formalizar el propósito del P. Feu por los acontecimientos políticos que precedieron y siguieron a la muerte del Rey.

Pero el campo principal de este memorable Director fue la dirección espiritual de las Hermanas, a quienes proporcionó varias instrucciones impresas, notas edificantes y circulares a propósito para su formación. Tradujo e hizo imprimir las Instrucciones Ascéticas. Imprimió también, una Instrucción sobre el modo con que las Hijas de la Caridad deben ejercitar el celo de la salud de las almas por lo que mira a los pobres enfermos. Dio la luz al castellano el Catecismo de los Votos y en 1829, Los Artículos generales y particulares, bajo los cuales se establecerán las Hijas de la Caridad en las Casas de Beneficencia que las pretendiesen de todos los Dominios de Su Majestad Católica. Medio el más eficaz de difundir por todas partes la organización y régimen de las Hermanas en los Establecimientos en que las confiaban y evitar muchas tramitaciones lentas y enojosas con muchas Administraciones y Juntas que sin cesar las pedían.

Dio también a conocer impresas en castellano las Circulares anuas de los Superiores Generales a las Hijas de la Caridad, a fin de que participaran todas del amor a la Congregación y al espíritu de San Vicente.

Hizo imprimir una carta, que se enviaba a cada una de las Hermanas para la admisión a los Santos Votos, que comienza: «Acercándose ya el fin del quincuagésimo de probación etc…» Y otra semejante para la Renovación de ellos. Mas una Hoja de las Condiciones, que han de tener las Postulantes que deseen ingresar en el Instituto.

Imprimió la Perfecta Religiosa, libro útil a todas las personas que aspiran a la perfección. Reimprimió las Reglas Comunes[iv] de las Hijas de la Caridad y la Vida de la Venerable Luisa de Marillac de Gabillón, con un apéndice, en que se da noticia de las Fundaciones que se habían efectuado en España hasta 1832, que puede considerarse como su historia primitiva y que fue después completada por el P. Ganón hasta 1844.

Finalmente el P. Feu consiguió de Su Santidad un Breve en el que se autoriza a las Hermanas de España, extensivo a todas las del mundo, para tener en sus Capillas Privadas Reservado el Santísimo y otros varios privilegios. A su muerte, acaecida en 1833, dejaba el P. Feu diez y ocho fundaciones con 667 Hermanas.

 

Continuando el impulso dado por su antecesor y a pesar de la época calamitosa de la primera Guerra Civil, el P. Juan Roca logra consolidar el Instituto, formalizando el Consejo Central de la Provincia, y en 1844 envía a la República Mejicana las Primeras Hijas de la Caridad de nuestra América española.

Es notable su Colección de Circulares» dirigidas a las Hermanas. En dichas Circulares se aprecia el trabajo asiduo y la solicitud paternal y la sumisión y dependencia nunca interrumpida de las Hermanas con los Directores y por medio de ellos con el Superior General. Oigamos como se expresa en su primera Circular de 1833. «No ha sido menor, dice, el cuidado y esmero de los Superiores y Visitadores españoles, mis dignos predecesores han mirado por vuestra conservación y aumento. Cuantos desvelos, cuantos disgustos, cuantos trabajos, cuantas contradicciones han tenido han tenido que sufrir y cuantos sacrificios han tenido que hacer desde el año 1790, en que comenzó la dichosa época de vuestro establecimiento en España. Recorred con vuestras memorias los varios acontecimientos y los insuperables dificultades que, desde vuestra entrada en el suelo español, han tenido que vencer para que vuestra Congregación no quedase ahogada en su misma cuna… Pero jamás  habéis sido olvidadas ni abandonadas por vuestros Visitadores y Directores, que siempre han salido al frente para defender vuestro honor y para conservaros en vuestra vocación. Y si al presente os veis respetadas por las gentes, deseadas de las Juntas de Beneficencia y vuestros Casas multiplicadas, debéis atribuirlo a los Superiores y Visitadores difuntos y en estos últimos tiempos al celo y vigilancia con que vuestros Directores el Sr. D, Fortunato Feu y D. Buenaventura Codina os han dirigido. Ellos se han desvelado y aún desvivido por formaros en el espíritu de vuestra vocación y para extender vuestro Instituto. Vosotras los sabéis…»

Un siglo hace, y más, que publicó el P. Roca estos conceptos, cuando a penas cuarenta años de existencia tenían en España las Hermanas. Con cuánta mayor razón podemos repetirlas hoy, después de los muchos Directores que se han sucedido y trabajado en el adelantamiento de las Congregación hasta elevarla al grado de prosperidad que tiene al presente, tal vez sin igual en parte alguna.

 

A pesar del huracán revolucionario que aventó en 1835 a las Ordenes Religiosas. Las Hermanas siguieron prestando sus servicios bajo la dirección interina del santo Padre Borja, que permaneció en Madrid como Capellán del Real Noviciado.

Durante los seis años de la primera guerra civil, 1833-1839, toda la atención se hubo de reconcentrar en el servicio de los soldados heridos y enfermos de los Hospitales Militares  interinos y sólo tres nuevos establecimientos permanentes pudieron fundarse. El descenso de vocaciones corre parejo. De cincuenta y una novicias recibidas en 1832, desciende su número a cuatro en 1836, año de la dispersión religiosa.

 

Por el quebranto de salud del P. Roca, vuelto del destierro en 1839, fue nombrado Director el P. Miguel Gros, quien giró visita a todas las Casas de Hermanas, dejando en cada una de ellas largas instrucciones encaminadas a robustecer la disciplina regular, el amor mutuo y la caridad para con los pobres. Debido a los beneficios de la paz, después del abrazo de Vergara, lleváronse a cabo, en un sólo bienio hasta seis nuevas fundaciones.

Terminada la susodicha visita del P. Gros, volvió el P. Roca tomar la dirección de las Hermanas, entre quienes gozaba de grandes simpatías. Este segundo periodo de su gobierno es el que ha dejado más honda huella en la definitiva organización de las Hijas de la Caridad Españolas. En su Circular de diciembre de 1841, les anuncia la organización del Consejo Provincial con estas palabras: «Obrando en conformidad a las instrucciones que tengo recibidas de mis Superiores, mi primer deber y el más esencial es establecer vuestro gobierno bajo bases sólidas y duraderas, que serán las mismas que ya, desde el nacimiento de vuestro Instituto, fijó S. Vicente de Paúl, nuestro Fundador, y en el transcurso de los tiempos ha consolidado la prudencia y cuidado indefenso de los sus legítimos Superiores.

«La primera piedra, pues, sobre que debe alzarse el hermoso edificio de vuestro Instituto es la formación de un Consejo, que residirá en la Casa Noviciado de Madrid. Este Consejo o Junta Central de Gobierno se compondrá de las personas siguientes:

1º         del Superior o representante, que por ahora será el Sr. Miguel Gros y en su ausencia o enfermedad el Sr. D. Tomás Mata.

2º         de la Superiora o representante, Sor Vicenta Molner,

3º         de Sor María Antonia Gurrea.

4º         de Sor María Peñasco.

5º         de una Secretaria, que dejo a la prudencia del Consejo de elegirla, por esta vez.

En dicho Consejo se trataran todos los asuntos concernientes al bien de la Congregación y gobierno de la misma, pero siempre bajo conocimiento y dependencia del Superior y con arreglo a las instrucciones que de él mismo se reciben.

Con la fundación del Consejo Central, en 1841, la Provincia española llega a la mayor edad y desde entonces quedaron establecidas fundamentalmente las normas del régimen y gobierno. La necesidad de atender al Consejo, no menos que al constante aumento del Instituto, obligó al Sr. Roca a dejar su residencia de Sangüesa y trasladarse a Madrid, en el verano de 1842. «Son muchas, dice la Circular de enero de 1843, las fundaciones que nos piden; pero el número de Hermanas no basta para satisfacer los deseos de todos, sin perjuicio de las casas existentes, que son las que más principalmente llenan nuestra atención y tienen derecho a nuestro socorro. No obstante, al crecido número de postulantes, que solicitan con insistencia el ser incorporadas al número de Hijas de San Vicente, nos hace esperar…»

En el mismo año introdujo la práctica tan conducente a la más perfecta unidad de espíritu en todas las cosas, cual fue la más perfecta unidad de espíritu en todas las casas, cual fue la de convocar a las Superioras a hacer los Santos Ejercicios reunidas en la Casa Central, costumbre seguida hasta nuestros días. Y puso en manos de todas las Hermanas dos libros fundamentales para su recta formación en el espíritu de su vocación, a saber: la explicación de las Santas Reglas y las Conferencias de San Vicente. Publicó asimismo al Catálogo General de las Hermanas de España y de sus fundaciones y el Compendio de la Historia de San Vicente de Paúl, compuesto por su Secretario, el P. Sanz, con un resumen histórico de las fundaciones que tenían en nuestra Patria y los Artículos Generales, que habían de servir de norma para su instalación en toda clase de establecimientos.

Al retirarse en sus últimos años el benemérito P. Roca a su querido rincón de Sangüesa, como capellán de aquella Comunidad, podía contemplar su obra perfectamente acabada. Para entonces, el número de casas ascendía a cincuenta y cinco y a ochocientas cuarenta el número de Hermanas.

 

Difícil es reducir a compendio la larga y fecunda actuación del P. Buenaventura Codina en la dirección de las Hijas de la Caridad, que absorbió la mejor parte de su vida, antes de ser Obispo de Canarias. Comienza desde tiempos del P. Feu, en que es nombrado, por Real Orden, capellán del Noviciado. Ejerce desde el principio el cargo de Secretario, y al decretarse en 1836, la disolución de las Comunidades Religiosas, se encarga de la Dirección, en ausencia del P. Roca. En los años más críticos de hostilidad política, él es el que pide y eleva memoriales al Gobierno. Trata directamente con toda clase de Autoridades y Juntas. Sufre el choque de todas las contradicciones. Se opone a injustas pretensiones hasta 1829, recibe mandamiento de salir desterrado de la Corte. Con ocasión de esta orden de destierro, elevó el P. Codina un respetuoso memorial al Gobierno, enumerando brevemente los grandes servicios, que las Hijas de la Caridad habían prestado a la patria, así durante el azote del cólera, como durante los años de la guerra civil, servicios que ellas no hubieran podido efectuar sin el impulso y dirección, de su Suprior. «Haciendo, dice, el Superior esta ligera insinuación, no pretende hacer una vana ostentación de sus servicios prestados a la Patria, y esto graciosamente y sin salario alguno sino llamar a V. la atención y hacerle ver , que tal vez, en su ausencia, dejarán, en parte las Hijas de la Caridad de ser tan útiles al Estado como lo han sido hasta el presente. Ellas, divididas en treinta y cuatro casas, forman como una máquina compuesta de muchos y complicados resortes, que a la menor insinuación del Gobierno, deben desplegar su actividad en diferentes direcciones. Pero se necesita conocimiento, discreción y práctica para dar un movimiento acertado a todas partes, para que no se confundan y obren a un tiempo, el exponente lo ha adquirido en más de nueve años de experiencia y que no puede continuar en un momento al que haya de sucederle en tan penoso y delicado oficio…»

Por tales razones pide el Sr. Codina que se revoque, o al menos se suspenda dicha Orden, hasta dejar bien arregladas todos los negocios relativos a su cargo. Pero, vióse al fin obligado a emigrar a Francia, y allí permaneció hasta que, 1844, volvió a la Península con el título  de Director General de las Hermanas.

Su primer cuidado fue afianzar más el Real Noviciado y atender espiritual y temporalmente a su numeroso personal. Las vocaciones llegadas de todas partes no bastaban. «Los pueblos, como él dice, y Juntas de Beneficencia claman porque se hagan muchas fundaciones, pero las muchas, que en poco tiempo se han hecho, han agotado así enteramente el Noviciado… Parece que todos los pueblos tienen fijos los ojos en las Hijas de la Caridad, sin cuyos servicios creen imposibles introducir el orden debido en los establecimientos de Beneficencia… Las Resoluciones, que amontonan ruinas sobre ruinas, sólo a vosotras perdonan y lejos de intentar vuestra destrucción procuran con el más vivo interés vuestro aumento».

Casi todo el año 1845 lo pasó el P. Codina visitando y dando ejercicios espirituales en las Casas de Hermanas. Una de sus penas era no proporcionar a todas un misionero para sus ejercicios anuales; con todo, eran muchas las Provincias, en que alguno de ellos atendía a su gobierno espiritual. Ora a título de Capellán o de profesor o sirviendo algún beneficio parroquial hallamos el cuidado de las Hermanas, en Sangüesa, a los Padres Igües y Roca. En Tarragona, a los Padres Ángel y Costa, en La Selva Al P. Estany; en Madrid al santo P. Roca, que escondido, humilde y constante trabajó toda su larga vida en la dirección interior y a veces, en el gobierno exterior de las Hermanas.

Una preocupación grande ocupaba la atención del P. Codina y era aquel aumento de novicias, que, en 1845, habían llegado a cincuenta y nueve y era preciso conseguir un local más amplio y adecuado que el que disponían en la calle San Agustín. Gracias a sus gestiones incesantes, la Reina concedió, en diciembre de aquel mismo año, una parte de la espaciosa huerta de Jesús, viejo solar del Convento de Trinitarios, lugar a propósito donde se había de fabricar después un amplio Noviciado. Tradujo y publicó en ese mismo año el libro titulado: «Instrucciones a las Superioras».

Otra fausta noticia comunicó, en 1846, a las Hermanas. «El Gobierno español quería llevar a las Hijas de la Caridad a Cuba y Filipinas, porque las deseaban y estaba el Estado dispuesto a complacerles en todo, a trueque de mantener la soberanía en aquellos Países…» El Sr. Fleix y Solaus, que era obispo de La Habana se creía feliz por llevar las Hijas de la Caridad». Y las Hermanas salieron para Cuba, en 4 de diciembre, en compañía de sus Directores, los Señores Bosch y Vila.

En la Península no era posible satisfacer el ansia, con que de todas las partes y a la vez, pedían fundaciones de Hermanas. Por eso el Real Noviciado vino a ser desde entonces como el órgano de la Beneficencia Nacional, incorporado a los Ministros de Gobernación y de Gracia y Justicia. Las Reales Ordenes llegadas a él sin cesar unas tras otras y ponían al P. Codina en serios compromisos. «El ánimo del Director, escribía en julio de 1847, ha sido siempre el realizar por su correspondiente turno las fundaciones, para las cuales se hallaba autorizado por su Majestad. Sin embargo, por razones que ha estimado justas el Gobierno, se le ha mandado realizar con preferencia algunas, que en el orden de las primitivas concesiones, eran posteriores, como son: Albacete, Habana, Burgos, Almería, y novísimamente el Asilo de Mendicidad de Sevilla y la Casa Cuna de Granada.

«Se ha obedecido y dado cumplimiento a las Reales Ordenes siempre que ha habido Hermanas a propósito para los establecimientos que se marcaban. Con Real Orden de 8 de mayo último, se me mandó que, con toda preferencia, se mandasen siete Hermanas al Asilo de Mendicidad de Sevilla, lo que no ha podido verificarse hasta el 21 de este mes. Antes que a ésta debió haberse enviado cinco a la Casa Cuna de Granada, como Vuestra Excelencia me lo previno con Real Orden de 4 de Junio y se hubiera ejecutado dándoles preferencia a las demás, sino lo hubiesen impedido ciertas dificultades que hay todavía que allanar por parte de la Junta de Beneficencia de Granada. Espero que Vuestra Excelencia me hará justicia de creer que mi conducta, hasta el presente, no ha sido arbitraria, sino arreglada a las Reales Ordenes, que se me han comunicado…»

Y termina este oficio el Ministro de Gobernación»: Si algunas provincias debieran ser preferidas en estas Reales concesiones, son aquellas que suministran mayor número de doncellas para el Instituto de Caridad. Las Andalucías, me merecen la mayor consideración… pero para tener tantas fundaciones, a penas sale una vocación. No así las Provincias del Norte y en especial Cataluña. Con tener pocas fundaciones, continuamente están viniendo doncellas para el noviciado…»

Cartas así entre el Ministro de Gobernación y el P. Codina son abundantes. Del mismo año 47 y Agosto es el siguiente oficio, que nos manifiesta el ansia con que los pueblos deseaban a las Hijas de la Caridad, el interés del Gobierno en satisfacerlas y la ímproba labor, que el Director se imponía noble y desinteresadamente por la beneficencia nacional: «Se acude, dice el P. Codina al Ministro, por las Provincia de Su Majestad, como a Patrono del Real Noviciado, pidiendo Hermanas. Su bondadoso corazón recibe benignamente las súplicas, y enseguida V.E. manda el expresado Director por una Real Orden que las concede muchas veces, con urgencia y postergando otras concesiones hechas por S. Majestad hace ya mucho tiempo. Sería para el Director la más grande satisfacción el poder al momento dar cumplimiento a las Reales Ordenes que se le comunican. Pero le es, Excmo. Señor, de todo punto imposible. Las concesiones son muchas, en buen número debe destinarse al reemplazo de las que mueren o se imposibilitan para el servicio de los sesenta establecimientos. que están a su cargo en la Península, Islas de África y América. Debe aumentarse la dotación de Hermanas que cada Establecimiento tiene, porque ase aumenta el número de pobres, y por consiguiente, las obligaciones penosas de las Hermanas. Esta providencia es absolutamente necesaria, a no querer que reinviertan la Hermanas con exceso de trabajos y de consiguiente, que vayan abajo los establecimientos que tienen a su cargo.

Cumplida esta atención indispensable, queda bastante reducido el número de 50 ó 60, que es el número máximo de las que entran, todos los años de nuevo, en este Noviciado. Restan con unas cuarenta por año de las que pueden disponerse para las nuevas fundaciones, después de haber sido formadas en el espíritu del Instituto, y ¿cómo tan corto número podrá satisfacer a tantas peticiones? Esto es imposible, Excelentísimo Señor…»

Expone a continuación las escasas rentas del Noviciado y luego prosigue: «Añádase a esto otro agravante que sufre: «Sus augustos fundadores erigieron para el servicio espiritual de las Hermanas dos Capellanes, con la datación para la Capellán de 600 ducados y para el segundo, de quinientos. En vez de aplicarlas a los directores natos de las Hermanas, el Gobierno de 1840 las dio a dos Capellanes sueltos incapaces de otra cosa que de decir la misa en el Oratorio cuando la dicen.

Por lo demás todo el peso de la dirección espiritual de las Hermanas del Noviciado y de los otros Establecimientos de Madrid recae sobre los cuatro sacerdotes de la misma familia de S. Vicente de Paúl. Es verdad que el encargado de la dirección espiritual de la Inclusa disfruta de una dotación regular que cobra del tesoro nacional, pero los otros tres, incluso el Director General y su secretario, no tienen pensión alguna. Sin embargo para vivir necesitan comer y vestir. No teniendo de qué, después que la Nación se apoderó de todos sus bienes claro está que su manutención debe recaer sobre el Noviciado que recibe de ellos los servicios espirituales. Fuera de estos, el Director General con su secretario prestan otros a toda la Nación. Sólo el que está en ésta empleado puede conocer el vasto de sus ocupaciones.

Esta dirección, Excmo. Señor, es un pequeño Ministerio con sólo dos empleados. La correspondencia epistolar activa y pasiva con los Jefes Políticos, Juntas de Beneficencia y Administraciones de Hospitales, Hospicios, Casas de Expósitos y Colegios de enseñanza ocupan al Director una gran parte del tiempo y ocasiona al Noviciado algunos miles de reales, todos los años. Agréguense a esta ocupación, la que es necesario tener con las Hermanas de todos los Establecimientos, dentro y fuera de la Península, para mantenerlas en su espíritu, sin lo cual serían de todo punto inútiles, cuando no dañosas al Estado…

«Sin estas dotaciones perentorias que exige la necesidad, es decir ciento veinte mil reales para el sostén del Noviciado, que era la dotación con que se fundó; y para la manutención del Director General y su Secretario la de doce mil y ciento, cosa a la verdad bien mezquina, pues, apenas iguala a la de un portero mayor de cualquier Ministerio, el Noviciado se hunde y no podrá cumplir las ordenes de Su Magestad dirigidas a que se den Hermanas para el servicio de los Establecimientos que se las piden y que su bondadoso real ánimo tan benignamente concede…»

En diciembre de 1847, dirigió el P. Codina su última Circular a las Hijas de la Caridad despidiéndose de ellas. La Santa Sede honraba sus méritos y virtudes con la dignidad del episcopado y se vio preconizado Obispo de Canarias. En vano él renunció e hizo cuanto pudo para impedirlo. En vano las Hijas de la Caridad, que no querían pagar tan cara aquella honra, acudían a la Santa Sede. Separóse el P. Codina de ellas, pero era imposible que las olvidase. Pasaron años y llegó el 1855, en que uno de tantos Ministros liberales, la emprendió de nuevo con los pocos bienes de la Beneficencia que quedaban, bien de los pobres, y entonces fue cuando el P. Codina, Obispo de Canarias, escribió a las Cortes aquel valiente Memorial, que impreso resonó por toda la Nación, como mejor apología en favor de las Hijas de la Caridad y de los pobres.

«El Obispo de Canarias, hijo en espíritu del gran Vicente de Paúl, no sólo como Obispo, sino también como Director General que ha sido por espacio de veinte años, de la Congregación de las Hijas de la Caridad, cuyo timbre más glorioso es ser siervas de los pobres de cualquier clase que sean, faltaría a los deberes de su conciencia sino dirigiese su voz trémula» a las Cortes Constituyentes … Señores Diputados, la Congregación de las Hijas de la Caridad, de esas vírgenes heroicas, que admiran hasta los herejes, va a desaparecer del pueblo español.  Y qué Señores Diputados ¿ha de desaparecer de nuestro suelo una Institución que tanto le honra? Desaparecerá sin duda si se realiza la enajenación de los bienes de Beneficencia…»

Expone a continuación, como testigo de vista, la labor caritativa, social y patriótica de las Hermanas de Pamplona, en Tolosa, en Zaragoza y en su Diócesis de Canarias, como muestra de lo que hacían en todas las partes.

 

Época delicada y azarosa fue la que tocó al sucesor del Ilmo. Sr. Codina, al P. Santasusana, y que culmina en hechos tan importantes como la construcción e inauguración  del nuevo edificio del Noviciado de Jesús y la restauración en España de los Padres Paúles.

Las numerosas fundaciones de Hermanas requerían cada vez más solicitud y desvelos para conservar y robustecer la observancia regular, el espíritu de uniformidad y la caridad fraterna, y tal fue la constante preocupación del P. Santasusana, como se manifiesta desde el su primera Circular de 1840, que versa sobre dichos puntos y les anuncia el horario, que ha de regir en todas las casas.

Sus dos Circulares de 1849, una a las Hermanas en general y otra a las Superioras, son también dos exhortaciones a la práctica de la mutua unión, a la uniformidad y al espíritu de pobreza.

 

La restauración legal de la Congregación de la Misión por el Concordato de 1851, inundó de alegría a las Congregaciones Vicencianas y para época tan trascendental que se iniciaba requeríase un nuevo Visitador y Director de Hermanas de condiciones especiales, que el P. Santasusana no podía reunir dada su edad y su carácter lento y descontentadizo. Por eso la alegría fue completa al tenerse noticia de la designación para aquellos cargos en la persona del P. Buenaventura Armengol, que desempeñaba el de Visitador de Méjico. Venía pedido por todos los Misioneros y fue recibido como se merecía por su virtud amable, cultura, carácter, emprendedor y amor grande que profesaba a ambas Congregaciones de San Vicente.

De Agosto de 1854 es su vibrante Circular, en que refiere los heroísmos de las Hermanas ante los estragos del cólera. Todas se ofrecían al martirio. Los pueblos las pedían con urgencia. Hasta treinta y seis Reales Ordenes tenía ya el P. Armengol para otras tantas nuevas fundaciones autorizadas, teniendo que esperar no sin pena su ejecución por falta de Hermanas. En 1855 embarcaban para Cuba cincuenta Hijas de la Caridad.

Cuando se ofrecía el más halagüeño porvenir a las Familias Vicencianas en nuestra Patria y hasta el mundo hispano-americano abría sus inmensos senos a los Misioneros y Hermanas  el Superior General, como si sintiese celos, en vez de complacencia por ello, quiso hacer tabla rasa de una gloriosa historia de Caridad y comenzarla de nuevo en España bajo el signo francés, persuadido de que sin esto no podía haber espíritu Vicenciano.  Y con motivo o pretexto de uniformidad prosiguió en su empeño de imponer a las Hermanas Españolas el tocado del cornette, que había sido adoptado allende del Pirineo.

Sobrevino el primer choque, cuando el P. Armengol, de acuerdo con el Consejo de España, expuso respetuosamente al P. General las dificultades que se ofrecían en sacar tres Hermanas españolas, que este dispuso enviar con la expedición de francesas que iban a la fundación de Chile y que las urgentes necesidades de España no lo permitían, sin exponerse a reclamaciones del Gobierno Español, que tenía destinadas no pocas fundaciones en la Península por falta de personal.

El hecho fue que las Hermanas salieron furtivamente de España con los consiguientes rumores y comentarios de los de dentro y de fuera de la Comunidad. Eso unido a la insistente presión del P. General, Sr. Etienne, para que las Hermanas dejaran su hábito tradicional y vistieran la cornette, que había prevalecido allende el Pirineo y que llegó a imponerse a nuestras Hermanas de Méjico, cuya Provincia, quedo por ello desgajada de España, hirió el sentimiento nacional y produjo tal efervescencia y reacción antifrancesa entre los Misioneros recién restablecidos y entre las Hijas de la Caridad, que, temiendo el P. Armengol alguna escisión dolorosa en la Congregación Vicenciana, acudió a la Santa Sede y fue personalmente a Roma a fin de calmar aquella tempestad. Este acuerdo fue mirado por el P. General como un atrevimiento digno de castigo y, a pesar de que General y Visitador, ambos en presencia de Su Santidad y a ruego suyo, parecieron quedar reconciliados, el P. Armengol fue sancionado con la expulsión de la Familia de San Vicente.

Es de advertir que la caída del Ministerio Español coincidió con la estancia del P. Armengol en Roma, con lo que quedó indefenso ante la omnipotencia del Gobierno francés, que a la sazón ejercía su preponderancia en la Ciudad Eterna. Esta ruidosa cuanto lamentable pérdida del Visitador enardeció la lucha, en que fueron cayendo muchos de nuestros mejores misioneros de la restauración, expulsados sin misericordia.

En tan luctuosas circunstancias volvió a se nombrado Visitador el P. Santasusana, quien en opinión general no reunía cualidades para tan difícil ministerio. Precisamente en aquel año de 1856 se inauguraba sin solemnidad alguna, el nuevo Noviciado de Jesús y se establecía en Madrid la primera Comunidad de Hijas de la Caridad Francesas, independiente de la Dirección del Visitador de España, como poco antes y en iguales condiciones había establecido otra de los Misioneros franceses al servicio del Hospital de su nación.

Para entonces las fundaciones de las Hermanas españolas llegaban a ciento, y sobre la mesa del Director esperaban otras muchas Reales Ordenes para nuevos establecimientos. El número de Hijas de la Caridad ascendía a mil cuatrocientas.

En todo este tiempo, continuó con la mayor tenacidad el empeño del P. General en imponer la cornette a las Hijas de la Caridad Españolas, pero a pesar del deseo manifiesto del P. Santasusana de complacerle, así él como los Misioneros que formaban su Consejo hubieron de exponer al P. Ettienne la imposibilidad de llevar a cabo semejante innovación por la oposición decidida de los Misioneros y de las Hermanas.

 

Con esto fue nombrado nuevo Director y Visitador el P. Masnou, en verano de 1857, si bien el P. Santasusana continuó con el Gobierno de las Hermanas y con su intervención se organizaron en 1859, expediciones de las Hijas de la Caridad para los Hospitales Militares de África.

 

En 1861 vino de Méjico el P. Sanz, en quien puso el P. General sus ojos para el designio de cambiar el hábito de las Hijas de la Caridad españolas, como lo había hecho ya en aquella República. Su primera intervención fue ultimar la fundación de las Hermanas en Filipinas. Acompañó a la expedición hasta el puerto de Cádiz y fracasó en su tentativa al intentar que cambiases de hábito, una vez que se apartasen de la costa española. Con ocasión de este viaje giró visita a las casas de Andalucía, que como él dice, le proporcionaron muchos consuelos. Pero pronto se vio sólo y lleno de amarguras, al convencerse de que toda la Provincia, así Padres como Hermanas, estaban contra él por el desdichado empeño de imponer la cornete, contra la voluntad expresa y decidida de Su Santidad, del Señor Nuncio de Madrid, y de todo el episcopado español, quienes se pusieron de parte de las Hermanas. Y el desasosiego de los espíritus fue de tal magnitud que hubo de intervenir directamente la Santa Sede y avocar la cuestión ante una Congregación de Cardenales, en donde por varios años de detenido examen estuvo pendiente la causa, con prohibición entre tanto de intentar innovación alguna.

Ni aún con esto se arredró el P. Sanz y se personó en Roma para vencer obstáculos y llegar al fin por él deseado. Pero su desilusión fue tan completa, que en 1866, pidió y obtuvo del P. General retirarse a la vida privada, ya que como él decía el único fin de su venida a España había sido hacer aquí lo que había hecho en Méjico: implantar la cornette.

A pesar de lo mucho que el sufrió y dio que sufrir por esta causa, son muchas las Circulares que salieron de su pluma, todas de abundante y saludable doctrina espiritual para sus Hijas, y en 1863, dio a la estampa los dos tomos de Ejercicios y Retiros de Hermanas.

 

En Mayo de 1866, comenzó la Dirección del P. Mariano Maller, uno de los misioneros emigrados el año 36 y cuyas actividades apostólicas en Estados Unidos y en Brasil le habían conquistado una fama envidiable. Últimamente estaba de secretario del P. Etienne en París, y de allí fue enviado a España como Visitador y continuador de la idea de imponer la cornette a nuestras Hermanas, aunque nada pudo realizar, pues, como queda dicho la cuestión seguía pendiente de Roma.

Después de dar los santos ejercicios a ciento cincuenta Superioras de otras tantas Casas, reunidas en el Real Noviciado, comenzó a pasar visita a los establecimientos todos del Reino, pero la revolución de 1868 le obligó a emigrar a Francia de donde no volvió hasta 1971. En su Circular de agosto de ese año da testimonio de la buena marcha del Instituto. «La justicia, dice, me obliga y mi corazón se apresura a daros el testimonio de que generalmente he hablado, reina entre vosotras el espíritu de vuestra vocación y de que por lo regular desempeñáis para mayor gloria de Dios, utilidad de los pobres y edificación de todos los ministerios de que, por disposición divina, la confianza pública os encarga…»

 

Poco después recibió comisión del P. General para visitar varias Repúblicas Hispano Americanas y en su ausencia se encargó de la Provincia el P. Aquilino Valdivielso, quien supo soportar con consumada prudencia las muchas dificultades suscitadas por la inquietante espera de la resolución del tocado.

Entre tanto la prolongada ausencia del P. Maller, durante varios años alejado del Gobierno de la Congregación Española, era un misterio, que muchos interpretaban una reserva sin desgaste, la más oportuna para el día tan deseado por la parte francesa y por el mismo P. Maller, en que la Sagrada Congregación de Cardenales decidiera la imposición de la cornette en España.

Pero los días fueron años, hasta que a fines de 1877, salieron las Resoluciones de Roma favorables en todo a las Hijas de la Caridad españolas y la decisión terminante de Pío IX para que continuasen con su Hábito tradicional. Con esto volvió a la Península el P. Maller, quien, acatando con filial sumisión ls Resoluciones de Roma, se entregó de lleno a trabajar con celo apostólico y eximios ejemplos de observancia y de prudencia en el anchuroso campo de ambas Familias de San Vicente. Desde entonces renació la paz en la Provincia Española, cuya prosperidad ha ido en aumento de día en día.

En 1885 se hallaba otra vez el P. Maller visitando las Américas y desde allí escribía a las Hermanas una vibrante Circular animándolas al martirio con ocasión de la nueva epidemia colérica de aquel año.

Murió el P. Maller en 1892. Durante los veintiséis años de su dirección y a pesar de las turbaciones susodichas, el número de fundaciones se aumenta con otras doscientas treinta, cifra asombrosa, sólo explicable por la protección grande que el estado dispensaba a las Hijas de la Caridad y por el espíritu de abnegación con que ellas se entregaban al servicio de los pobres.

 

La época del P. Eladio Arnáiz ha sido tal vez la más tranquila en lo interior y la más próspera en lo exterior. La nave marcha sin escollos. Las Fundaciones se multiplican de una manera nunca vista al compás de los pasos agigantados de nuestra Beneficencia Nacional. Exige esto más vigilancia, más frecuentes visitas y una correspondencia extraordinaria. A todo hace frente el vigilante celo del P. Arnáiz.

Uno de los primeros méritos fue haber iniciado la publicación de nuestros Anales, en los que se siente palpitar la vida de las Hijas de la Caridad. Las Circulares suyas son breves. Parecen sólo voces de mando y de acción como de hábil piloto que no se entretiene en hacer nuevas cartas de navegación. Basta tener ante los ojos las ya conocidas y dar órdenes ligeras.

En 1895 la venida a España del Santo Superior General, P. Fiat, confirmó la paz que gozaba nuestra Provincia. La guerra de las Antillas y Filipinas puso a prueba una vez más las vicisitudes tradicionales de nuestras Hermanas.

En 1896 decía la Visitadora: «La situación apuradísima que atravesamos nos exige a todos hacer un sacrificio en beneficio de nuestros hermanos que exponen sus vidas por nuestra amada Patria».Y numerosas expediciones de Hermanas acudieron a los Hospitales Militares y frentes de batalla. Una Real Orden del 29 de septiembre de 1897 decía: «Apreciando los servicios hechos en el Hospital de Carabanchel y en los de Cuba y Filipinas, donde asisten y cuidan con una caridad y abnegación incesante a los numerosos enfermos y heridos de las guerras actuales, la Reina Regente desea que las Hijas de la Caridad sean encargadas de los Hospitales Militares del Reino. Desea Su Majestad que los Capitanes Generales se entiendan con el Director de las Hijas de la Caridad para los contratos…»

A fines de 1904 testimoniaba el P. Arnáiz a todas las Hermanas su agradecimiento por las limosnas con que habían contribuido a levantar la Basílica de San Vicente de la Milagrosa.

Una gran fiesta de amor y de familia presenciaba el Noviciado de las Hijas de la Caridad, el 25 de octubre de 1908. Quisieron ellas solemnizar también las Bodas de Oro de su Director. «En el presbiterio, dice la crónica, hallábanse casi todas las Superioras de nuestras Casas de España, formando una hermosísima corona. El resto de la Iglesia estaba completamente repleto de Hijas de la Caridad». Con ocasión de esta circunstancia concedió su Santidad Pío X al P. Arnáiz y a sus sucesores, perpetuamente, el dar la Bendición Papal dos veces al año, una en el Noviciado de las Hermanas el día de la Inmaculada.

En abril de 1910, la Casa Central de las Hijas de la Caridad se regocijaba con un acontecimiento trascendental. La antigua y modesta Capilla era sustituida por la preciosa Iglesia, joya del gótico, que fue consagrada por el Sr. Nuncio, con fiestas extraordinarias, asistencia de muchos Prelados y grande gozo de Padres y Hermanas.

Finalmente en julio de 1913, la muerte vino a poner una nota triste, no menos triste por esperada, con el fallecimiento de aquel inolvidable Director, P. Arnáiz. Un fúnebre cortejo se detenía frente al Noviciado de las Hijas de la Caridad. Iba a echarles su última bendición. Como Director de las Hijas de la Caridad, dice su biógrafo, ha procurado el Sr. Arnáiz no menos su acrecentamiento espiritual, que el material respecto del personal y de sus fundaciones.

La Provincia española durante su dirección y gobierno ha visto aumentarse el personal y sus fundaciones en número muy considerable. Eran el 1º de enero de 1992, 4.322 Hijas de la Caridad. Han aumentado desde entonces hasta el número de 6.425. Los establecimientos eran en dicha fecha 403 y se han fundado después 263. De sus temporalidades no digamos, pues gracias a la generosidad de los Insignes bienhechores los Excmos. Marqueses de Vallejo se han podido levantar bajo su dirección edificios tan suntuosos como el Colegio-Asilo de San Diego y el Hospital de Convalecientes de San Nicolás. La misma Casa Central ha recibido grandes reformas de capacidad y hermosura. Se han levantado pisos y agrandado salones. Se han construido magníficos comedores. Se hizo el Seminario nuevo y se han puesto en mejores condiciones de amplitud y hermosura la Casa de los Capellanes del Noviciado. También en Valdemoro se han hecho muchas y grandes mejoras en las dos casas de san Diego y san Nicolás, para mayor comodidad, asistencia y cuidado de las pobres Hermanas enfermas e inválidas. A la intención del P. Arnáiz se debe también la Casa de salud o Dispensario de San Cayetano, en la Guindalera, en donde varias Hijas de la Caridad pasan algún tiempo mejorando de sus indisposiciones… El se interesó por la instalación de la Clínica particular para sólo las Hijas de la Caridad, establecida en el Asilo de Convalecientes de S. Nicolás, sin necesidad de andar mezcladas en los Hospitales, como era preciso antes…

Durante todo el tiempo de la Dirección del P. Arnáiz, que coincidió con el largo Generalato del Santo P. Fiat, las relaciones filiales de las Familias Vicencianas españolas no sufrieron la más mínima alteración y gozaron de una paz inalterada con respecto al P. General. Ya en 1895 se había él dignado venir a visitar nuestra Patria y pudo admirar de cerca el portentoso desarrollo de las Hijas de la Caridad. Y cuando en 1904 sucedió la Beatificación de Luisa de Marillac, Cofundadora de las Hermanas y a lo que contribuyó la Provincial española con amplia y generosa aportación, sabido es que uno de los milagros aprobados en Roma para dicha beatificación se había obrado providencialmente en la persona de Sor María Ferrer Nin, Hermana del Real Noviciado de Jesús. Con esta ocasión el P. Fiat no pudo menos de escribir una carta manifestando su paternal complacencia con estas significativas palabras: «Este milagro de la Madre vale tanto como una declaración de Pío IX».

El gran florecimiento de la Congregación de las Hijas de la Caridad en España hizo necesario para su régimen y para facilitar la visita de sus numerosos establecimientos el dividir la Provincia y sus filiales en numerosas zonas y nombrar para cada una de ellas una Hermana recomendable por su experiencia y prudencia, que con el título de Comisaria, y en nombre de la Visitadora General, visitase siempre que fuese necesario las casas enclavadas en su jurisdicción. Así lo dispuso el P. Fiat de acuerdo con el P. Arnáiz, por su Circular del 4 de enero de 1897. Desde 1925 esas Comisarias son veinticinco.

 

En 1913 fue nombrado Director el P. José Arambarri, varón sencillo, tal vez demasiado lento para el ritmo que necesitaba el Instituto en su marcha progresiva. Cincuenta y un establecimientos nuevos de las Hijas de la Caridad se fundaron en los nueve años de su Dirección. Si la Divina Providencia libró a España de los horrores de la Primera Guerra Mundial, hay que anotar las alteraciones que volvieron a suscitarse en nuestra Provincia por la vieja cuestión de la cornette. Al resolverse dicha cuestión de Cardenales, había quedado prohibido que las Hermanas Francesas tuvieran su Noviciado en España. Pero en 1917, o sea durante la Guerra, se ofreció ocasión propicia para que estas consiguieran de Roma autorización para dar formalidad legal al Noviciado, que por causa de la misma Guerra funcionaba más o menos clandestinamente. Esto causó tal alarma en la Congregación Española, que se manifestaron las protestas, y en dicho año, se vieron obligados a ir a Roma los Padres Arambarri y Orcajada, quienes pensaron atajar por vía recta aquel hecho que podía turbar las buenas relaciones de convivencia que reinaba hasta entonces entre las Hijas de una misma familia. Pero nada pudieron conseguir. Razones sentimentales y más que nada razones políticas favorecieron a la parte francesa preponderante por razón de su beligerancia, mientras que el Gobierno político de España pesaba muy poco a la sazón en la balanza internacional y el hecho del Noviciado francés quedó consumado con todos los inconvenientes, rivalidades y confusión resultantes por necesidad, de una Provincia enclavada en la jurisdicción territorial de otra de la misma Orden. Era la consecuencia lógica de las premisas puestas por el P. Etienne, con la fundación de las Francesas en 1856, resultado inevitable de la duplicidad de tocados en España, cuestión al parecer sencilla de resolver en teoría pero de muy difícil y complicada solución en la práctica.

 

En 1921 comienza la Dirección del P. Joaquín Atienza, entusiasta del Instituto de nuestras Hermanas, activo, vigilante y emprendedor como lo manifiesta en la Guerra de Marruecos, que abrió ancho campo a los caritativos servicios de las Hijas de la Caridad durante aquella ruda campaña, desde la rota de Anual hasta el triunfo de Alhucemas. Entonces se hicieron permanentes los hospitales militares de África.

Todas las atenciones del P. Atienza miran al bienestar espiritual y temporal de sus Hijas. A su bien espiritual se refieren las varias y estratégicas fundaciones de Misioneros en ciudades donde ellas tienen más numerosos establecimientos como Zaragoza, Pamplona, Málaga, Sevilla, Bilbao, etc… y las Circulares importantes que salieron de su pluma,

Uno de los documentos, que forman fecha en el Gobierno de las Hijas de la Caridad  españolas es la Carta del Muy Rev. P. General, de 15 de Agosto de 1921, por las que todas las Casas de la Península e Islas adyacentes se agrupan por regiones, poniendo al frente de cada una de estas, un subdirector, que bajo la Dirección general del Visitador haya de girar la visita canónica, cada cinco años, y aún con más frecuencia, según la norma de San Vicente, siempre que fuera necesario. Estas Regiones son las siguientes:

1ª.- Centro: Madrid, Ávila, Toledo, Guadalajara y Segovia.

2ª.- Nordeste: Cataluña, Zaragoza, Huesca, Segovia, Vascongadas y Navarra.

3ª.- Noroeste: Galicia, León, Asturias, Santander y Burgos

4ª.- Sudeste: Valencia, Murcia, Baleares, Teruel y Cuenca.

5ª.- Sur: Andalucía y Extremadura

6ª.- Islas Canarias

Cuba, Puerto Rico y Filipinas tiene también sus Directores.

Al P. Atienza se debe también la importante fundación de la Casa de Retiro, convalecencia y descanso de la Cartuja de Ara Christi de Valencia, en donde las Hermanas impedidas pueden ser cuidadas convenientemente, descongestionando así las casas ya establecidas con dicho fin.

La escasez de personal, que desde años hace se dejaba sentir, va en aumento, a causa principalmente de los Hospitales Militares y de otras de compromiso ineludible pedidas por el Gobierno. Por eso el empeño conseguido por el P. Atienza fue el hacer subir a trescientas el número de novicias o Seminaristas disponibles, cada año, hasta poder llenar las necesidades de personal de casi todas las Casas.

De esta época data el establecimiento de las Escuelas Oficiales de Hermanas Enfermeras Civiles y Militares, la renovación de planes y método de escuelas y colegios. Se acrecientan los servicios de visita domiciliaria a los pobres y la revisión de contrato de Fundaciones, pues había establecimiento donde las Hermanas recibían la misma subvención de hacía ochenta años. En todo ello intervino eficazmente el P. Lorenzo Sierra como Visitador y brazo derecho del P. Atienza.

El triunfo obtenido por las Hijas de la Caridad Francesas establecidas en España, al permitírseles por concesión de la Santa Sede establecer aquí un Noviciado había herido hondamente el sentimiento nacional de la Provincia española y el mismo antagonismo se puso de manifiesto durante la Dirección del P. Atienza. En 1923, con ocasión del cambio de la Visitadora Sor Carmen Bengoa, se volvió a rumorear que el P. General trataba de suscitar de nuevo la cuestión del Hábito, lo que hizo no poco ruido en la prensa diaria y en un folleto aparte con una embrollada defensa de la causa española, achacando al P. Atienza propósitos antiespañoles. El Director hubo de sufrir duros ataques, a pesar de su ilustrado y recio españolismo.

Más grave fue la cuestión que se suscitó en 1928, cuando a espaldas del P. Director, el P. General gestionó y obtuvo un decreto de Roma, por el que se le autorizaba para la separación de Cataluña y Valencia a fin de erigir allí una nueva Provincia de Hijas de la Caridad. La protesta de las mismas Hermanas residentes en aquella Región fue tan general y las inquietudes tantas, que habiendo tomado parte en ello el Gobernador de Cataluña, Gen. Magaz, consiguió que la Santa Sede suspendiese aquel intento, que estuvo a punto de producir los mayores trastornos.

 

En mayo de 1930 comenzó la Dirección el P. Adolfo Tobar, que coincidió  con los años aquellos inquietantes precursores a nuestra Guerra de Liberación, en los que el laicismo desenfrenado amenazaba destruir los cientos de establecimientos docentes dirigidos por las Hijas de la Caridad. Era necesario para evitarlo, a ser posible, que un buen número de Hermanas tuvieran títulos académicos y cursaran carreras universitarias. El P. Tobar intensificación la formación literaria en los colegios y Escuelas Apostólicas, adoptando todas las orientaciones de la pedagogía moderna sin escatimar gastos ni sacrificios.

En 1936, al advenimiento del tiempo del Frente Popular, el P. Tobar como si tuviera clarividencia de los horrores que se avecinaban, tomó medidas previsoras e inflexibles para salvar el numeroso personal del Noviciado, ordenando con urgencia su salida para la Casa de Sangüesa. El viaje de inspección a aquel establecimiento y otros del Norte que se juzgó temerario en vísperas del glorioso grito de Liberación, salvó de un modo muy providencial la vida del P. Tobar.

La Guerra puso prueba su valor sereno y su actividad paternal e infatigable. Ni un momento descanso en toda la campaña, organizando y visitando y a veces con un inminente peligro de perder la vida, los trescientos y pico Hospitales en que intervinieron las Hijas de la Caridad y casi siempre iba en vanguardia y línea de fuego. Su fe y su ilimitado espíritu  de oración le daban fuerza para todo, y a ejemplo suyo y bajo su dirección, miles de Hermanas, volaron a prestar sus caritativos servicios a los soldados heridos y enfermos. Entre tanto el Subdirector, P. José María Fernández, sufría en Madrid angustiosa prisión y era sacrificado por las checas.

Cerca de ciento cincuenta fundaciones nuevas se llevaron a cabo en los años de su Dirección. Entre ellas merecen destacarse la introducción de las Hermanas en la difícil Misión de la India, a la que visitó en 1934, recorriendo a la vez las Provincias filiales de Filipinas, Cuba, Puerto Rico y Estados Unidos, y la Fundación de la Clínica de la Milagrosa.

El agradecimiento, veneración y cariño de las Hijas de la Caridad a tan inolvidable Director tuvo una manifestación pública, el día 15 de septiembre de 1944, con ocasión de las Bodas de Oro de vocación religiosa del P. Tobar, cuya muerte súbita lleno de consternación cinco años después a las Familias Vicencianas.

Finalmente, en 1949 fue nombrado Director el P. Silvestre Ojea, heredero del espíritu del P. Tobar, como secretario suyo, formado en su escuela y conocedor de cuanto se relaciona con las Hijas de la Caridad en España, podemos felicitarnos de tal nombramiento y esperar que su dirección ha de ser, a la sombra de la paz, de que al presente goza nuestra querida Patria, una época de progresivo desarrollo en el cuerpo y en el alma de tan glorioso y benéfico Instituto de las Hijas de la Caridad.

 

 

 

CATALOGO DE VISITADORAS.

SOR JUANA DAVID, Asistenta de la M. General, que en 1790 vino a España con las Hermanas fundadoras. Murió                   en Reus en 17 de Julio de 1793.

SOR MANUELA LECINA, 1794-1818

SOR MARIA BLANC, 10 de marzo de 1817-1822.

SOR LUCIA REVENTOS, 1818-1841. El P. General, Sr., Wailly, la confirió el título en 1827.

SOR ROSA GRAU, 21 de setiembre 1830-1837.

SOR VICENTA MOLNER, 5 de agosto de 1841 y reelegida en setiembre de 1844-1860.

SOR VALENTINA CULLA(129), 31 de agosto de 1847-1875.

SOR ASUNCION AZCONA, 1O de junio de 18856-1859 .

SOR ANGELA OCHOA, 3 noviembre de 1859-1870

SOR VICENTA VALLE,  3 noviembre 1862-1866, siendo Visitadora.

SOR JULAIAN MESTRE, 16 junio 1866. Siguió en el cargo por disposición de la Santa Sede hasta 1878, en que                   se dieron las Resoluciones de la Sagrada Congregación +1886.

SOR FERMINA ARGUIÑARIZ(896), 21 de Enero de 1878 +1886

SOR CASIMIRA ASTIZ(1055), 16 de Febrero de 1888 +1894

SOR FRANCISCA MIER, 23 de febrero de 1890 +1894

SOR CRISTINA JOVELLAR, 14 de mayo 1894, +1922

SOR CAYETANA DE LA SOTA, 21 de junio 1900. +1922

SOR JOSEFINA BENGOECHEA, 6 de junio de 1910 +1926

SOR PURIFICACION SAMITIER, 23 de mayo de 1923. +

SOR ANTONIA ALVIRA, 8 de junio de 1926

SOR TERESA SANCHEZ, 11 de agosto de 1929.

SOR JUSTA DOMINGUEZ, Agosto de 1932.

 

 

 

CATALOGO DE DIRECTORAS DEL SEMINARIO

Sor Lucía Reventós 1803
Sor Rosa Grau 1817 hasta 1819, en que permaneció el Seminario en Valencia
Sor Valentina Cilla 1845
Sor Francisca Morriones 1848. Después de haber estado un año en París.
Sor Vicenta Minguella 1856. Jubilada en 1876
Sor María Madoz 1876. Interina
Sor Simona Oroz 1878
Sor Catalina Barriola 1879. Interina
Sor Cecilia Alvaro 1884
Sor Ursula Tablado 1902
Sor Justa Dominguez 1922
Sor Dolores Bohorquez 1932

 

 

DIRECTORAS SEGUNDAS

Sor Juliana Mestre

Sor Carmen Castel

Sor Juliana Sanz

Sor Juana Meoqui

Sor Dolores Bohorquez

 

 

SECRETARIAS

Sor María Teresa Tristany,

 

 

1841

Sor Mariana Guardia 1841
Sor María Josefa Bovira 1841
Sor Teresa Aixelá
Sor Agustina Invia hasta 1844 en que fue a la Fundación de Méjico
Sor María Peñasco 1844
Sor Rosa Prieto En 1845 y apenas vistió el santo Hábito fue reescogida por el P. Codina para enviarla a París a fin de que se amaestrase en los métodos de la secretaría de la aquella Casa Madre y formalizar la de Madrid.

Era Sor Rosa de ilustre familia de Santander y había estado de niña en Bayona, donde aprendió francés. Ya en parís la Madre General se la quedó para Secretaria suya hasta que en 1853 volvió a España en compañía del Padre Armengol, que venía nombrado Visitador.

Sor Rosa se asimiló de tal manera el espíritu francés que el P. Etienne quiso valerse de ella para afrancesar la Provincia española e imponer la cornette. Con este fin la nombró Comisaria de España y como tal, fue la confidente y ejecutora  de todas las disposiciones del Padre General, quien por medio de ella dirigía todos los negocios, cuando surgieron las disensiones entre el y los Misioneros de España.

Hasta las Cartas Dimisorias para el P. Armengol y otros, las recibieron ellos por manos de Sor Rosa. Tal situación humillante duró hasta que en 1878, la Sagrada Congregación de Roma mandó en sus Resoluciones cesara el tan odiado cargo de Comisaria Francesa para las Hijas de la Caridad Españolas.

 

Sor Deogracias Zabaleta 1855
Sor María Isabel Piera 1867
Sor Juliana Echevarrieta 1883
Sor Anselma Barberena 1893
Sor Teresa Sánchez 1907
Sor Concepción Picayo 1920
Sor Flora Sanz López 1925

 

 

CAPITULO LXXVIII

 

ESTADISTICA GENERAL DE LAS HIJAS DE LA CARTIDAD ESPAÑOLAS Y DE SUS FUNDACIONES.

 

Desde 1790 en que por primera vez pisaron la tierra bendita de España las Hijas de la Caridad, la trayectoria que ha seguido aquí el Instituto es la siguiente:

 

Año Fundaciones Nº Hermanas
1790    1    6
1800    5   25
1830   69  408
1850   69 1200
1900  512 5018
1930  712 8372

 

El número total de Hermanas que en España han vestido la blanca toda de Hijas de la Caridad en esos 140 años, es el siguiente, incluyendo las Hermanas difuntas y las que no perseveraron:

 

En 1790 eran      6 Hermanas
Hasta 1800 inclusive, habían entrado      30 Hermanas
Hasta 1830 inclusive habían entrado     544 Hermanas
Hasta 1850 inclusive, habían entrado    1293 Hermanas
Hasta 1900 inclusive, habían entrado   10032 Hermanas
Hasta 1930 inclusive, habían entrado   17332 Hermanas.

 

El Seminario o primer Noviciado, donde son admitidas y visten un hábito especial, antes de recibir el de Profesas, ha ido creciendo en idéntica proporción. Desde 1854 sobrepasó en número de cien; desde 1881 en de doscientas.

Hoy se construye en el Real Noviciado un nuevo pabellón para poder llegar hasta las trescientas. Este número se entiende en cada año, pues de ocho en ocho meses se renueva completamente el personal de dicho Seminario o Noviciado.

Estas numerosas vocaciones las suscita Dios de todas las Provincias Españolas, pero las Provincias del Norte han sido desde el principio y son al presente las que las producen con mayor abundancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO LXXII

 

INDICE GENERAL DE FUNDACIONES.

 

No un libro sino varios libros serían necesarios para narrar aunque sólo fuera brevemente, las Historia de todas las Fundaciones de las Hijas de la Caridad españolas. Pero como sería un vacío muy grande en esta Historia no mencionarlas siquiera damos a continuación el índice de ellas, siguiendo el orden alfabético de las Provincias en donde están enclavadas.

Van incluidas también en este índice aquellas casas, que están en la actualidad suprimidas, circunstancia esta que conocerá el lector por la letra s. en que se las señala. la puesta al principio es el año de la fundación la puesta al fin en la que se deshizo.

 

El número de los Establecimientos en España por Provincias es el siguiente:13

 

Madrid 59 Vizcaya 39
Valencia 35 Cádiz 33
Guipúzcoa 33 Navarra 31
Barcelona 36 Sevilla 27
Santander 22 Coruña 19
Asturias 17 Zaragoza 17
Canarias 15 Murcia 15
Granada 14 Valladolid 14
Jaén 12 Burgos 12
Córdoba 11 Logroño 11
Palencia 11 Alicante 10
Pontevedra 10 Salamanca 10
Lugo  9 Tarragona  9
Almería  8 Baleares  8
Málaga  8 Zamora  8
Álava  7 Ciudad Real  7
Gerona  7 Toledo  7
León  6 Lérida  6
Ávila  5 Cáceres  5
Teruel  5 Albacete  5
Cuenca  5 Huelva  4
Huesca  4 Badajoz  4
Orense  4 Guadalajara  3
Segovia  3 Soria  2
Castellón  1 Marruecos  7

El total de las fundaciones  mencionadas suma 653.

Cuba 60 Puerto Rico 27
Méjico 37 Filipinas 24
India 4

 

 

Están fundaciones suman 152. Al hablar de estas fundaciones en el extranjero, «nos referimos a las Fundaciones hechas por Hermanas Españolas  (1844-1874),ç. Recientemente se han fundado allí Hermanas de la Provincia Francesa.

 

Año Lugar Institución
1826 Vitoria Hospital de Santiago
1833 Vitoria 1er. Hospital Militar     S.
1833 Vitoria 2º   Hospital Militar     S.
1833 Vitoria 3er. Hospital Militar     S.
1833 Vitoria 4º Hospital Militar       S.
1846 Vitoria Hospicio
1868 Murguía Hospital, Asilo y Colegio
1908 Vitoria Asilo de las Nieves
1909 Vitoria Cárcel
1920 La Guardia Hospital(S)
1922 Llodio Escuelas
1846 Albacete Cuna
1864 Albacete Hospital
1866 Albacete Casa Misericordia
1918 Albacete Gota de Leche.
1858 Alicante Hospital
1859 Alicante Hospital Civil
1865 Orihuela Hospicio
1866 Orihuela Hospital
1883 Alcoy Escuelas San Vicente
1884 Elche Hospital
1885 Alicante Asilo Nª Sª Remedio
1858 Almería Hospital y Hospicio
1872 Vera Beneficencia y Escuelas
1877 Garrucha Hospital (S).
1883 Garrucha Colegio(S).
1896 Albox Hospital y Escuelas
1902 Almería Manicomio y Escuelas
1907 Almería Tienda Asilo y Escuelas
1923 Almería Reformatorio
1907 Almería Colegio de Nª Sª del Milagro
1928 Antas Escuela de San José
1836 Ávila Hospital y Escuelas
1857 Ávila Inclusa
1891 Ávila Beneficencia
1903 Ávila Colegio de la Inmaculada
1924 Ávila Sanatorio «La Granja»

 

BARCELONA
1790 Barcelona Hospital de Santa Cruz, 1792 (S)
1843 Vich Hospital
1844 Manresa Hospital y Escuelas
1846 Barcelona Colegio de Huérfanos
1854 Barcelona Inclusa y Maternidad
1862 Barcelona Asilo de Párvulos del Sdo. Corazón
1872 Barcelona Colegio de Santa Eulalia
1873 Barcelona Manicomio de San Gervasio
1874 Barcelona Escuelas de la Purísima
1875 Villanueva y Geltrú Casa Amparo
1886 Barcelona Colegio
1886 Barcelona Manicomio de San Baudilio
1887 Barcelona Asilo de San Juan Bautista
1888 Barcelona Asilo de Sanb Rafael
1890 Barcelona Asilo de Huérfanas
1893 Barcelona Escuelas Católicas
1894 S. Martín de Provensal Escuelas-Asilo
1894 Barcelona Desierto, Asilo de Ancianos
1895 Barcelona Correccional de Mujeres
1897 Barcelona Sanatorio de la Diputación y C.Roja
1898 Mataró Hospital
1903 Tarrasa Asilo Busquets
1904 Barcelona Cárcel Celular Hombres (S)
1905 Sabadell Hospital Beneficencia
1908 Mataró Restaurante de Obreros
1909 Mataró Asilo de san Vicente de Paúl
1910 Barcelona Patrono Escolar de Obreros
1911 Barcelona Refugio de obreras
1911 Barcelona Gracia- Escuelas de Obreras
1920 Barcelona Casa de Misericordia
1926 Barcelona Asilo de san Vicente
1929 Olesa de Monserrat Caridad de S. Vicente
1930 Barcelona Clínica de Santa Madrona
1930 Barcelona Cruz Roja

 

BADAJOZ
1828 Badajoz Hospital, Escuelas y Beneficencia
1887 Olivenza Hospital
1889 Mérida Manicomio
1909 Badajoz Asilo de Huérfanos
1921 Mérida Hospital

 

BALEARES
1808 Palma Colegio (S)
1815 Palma Hospital (S)
1866 Mahón Hospital
1869 Mahón Misericordia
1879 Palma Hospital Provincial
1879 Palma Hospicio Provincial
1881 Palma Inclusa
1888 Mahón Escuelas
1894 Palma Colegio Virgen Milagrosa
1909 Mahón Lazareto (S)
1921 Palma Misericordia

 

BURGOS
1846 Burgos Colegio Saldaña
1851 Burgos Hospicio
1859 Burgos Asilo San José
1885 Briviesca Hospital y Escuelas
1886 Quintana de Vald. Colegio  – 1828 (S)
1889 Rabé de las Calz. Escuelas y Colegio
1889 Villasana Asilo de Ancianos
1894 Soncillo Escuelas
1897 Burgos Hospital de Barrantes
1897 Burgos Escuelas de Santa Juana (S)
1901 Espinosa de los M. Hospital y escuelas (S)
1901 Pradoluengo Hospital – Asilo
1914 Burgos Escuelas del Círculo Católico
1927 Burgos Hospital Militar
1930 Burgos Cruz Roja

 

CACERES
1832 Cáceres Hospital, Colegio y Escuelas (S)
1849 Plasencia Hospital
1865 Plasencia Hospicio
1893 Cáceres Hospital
1895 Cáceres Hospicio
1925 Cáceres Colegio Provincial de Niñas

 

CADIZ
1831 Cádiz Casa Cuna
1845 Jerez de la F. Hospital de Santa Isabel
1847 Cádiz Hospicio
1859 Cádiz Hospital Civil
1860 Sanlucar de Bar. Hospital
1862 Cádiz Manicomio
1863 Jerez de la F. Asilo de San José
1863 Cádiz Hospital de S. Juan de Dios
1864 Jerez de la F. Casa de Huérfanas
1864 Jerez de la F. Hospicio de Varones
1870 San Fernando Hospital de Marina
1873 Cádiz Escuelas Católicas
1872 Puerto de S. María Asilo de Huérfanas
1874 Puerto de S. María Hospital de S. Juan de Dios
1875 Medina Sidonia Escuelas
1878 Jerez de la F. Colegio de Preservados
1878 Cádiz Colegio de Jesús, María y José
1885 Cádiz Asilo de San José
1885 Chipiona Hospital y Escuelas
1890 Cádiz Asilo Gaditano
1890 Cádiz Academia Popular
1890 Arcos de la Front. Hospital y Escuelas
1890 Jerez Casa Cuna
1893 Jerez Asilo de Infancia
1895 Campano Escuelas de la Colonia Viticola
1895 Cádiz Escuelas de San José
1895 Cádiz Asilo de Ancianas
1895 Vejer Hospital y Escuelas
1901 Ubrique Hospital y Escuelas (1906 S)
1901 Chipiona Sanatorio
1904 Cádiz Sagrada Familia
1905 Jerez de la F. Cocina Ecónomica y Escuelas el Salvador
1909 San Roque Hospital (S)
1909 Jerez de la F. Escuelas Madre de Dios
1922 Barbate Escuelas
1923 Cádiz Hospital Militar.

 

CANARIAS
1829 Las Palmas Hospital y Escuelas
1881 Sta. Cruz de Tenerife Asilo Benéfico. Hospital y Escuelas
1884 Orotava Hospital
1888 Las Palmas(Tafira) Hospital de San Lázaro
1894 Puerto de la Luz Escuelas y Colegio
1902 Las Palmas Colegio de la Sagrada Familia
1906 Arucas Escuelas y Colegio
1914 Santa Cruz de T. Hospital de Niños
1917 Guía Hospital
1917 Santa Cruz de T. Manicomio
1918 La Laguna Hospital de Dolores
1928 Telde Hospital de Santa Rosalía
1930 Las Palmas Clínica de San Roque
1930 Santa Cruz de T. Hospital Militar
1930 Las Palmas Hospital Militar
Tafira Manicomio
Tafira Sanatorio antituberculoso
Las Palmas San Antonio. Internado de Niños
Las Palmas San Cristobal, Casa de Niños
Santa Cruz de T. (La Cuesta) Hogar de Niños
Las Palmas-Rehoyas Internado de Nª Sª de los Ángeles y escuelas gratuítas de Niños
Arucas Casa del Niño

 

CASTELLON DE LA PLANA

 

1877 Segorbe Hospital y Escuelas

 

 

CIUDAD REAL

 

1867 Ciudad Real Hospicio y Manicomio
1867 Ciudad Real Hospicio
1886 Villanueva de los Infantes Asilo
1889 Ciudad Real Colegio de san José
1904 Almadén Hospital de Mineros
1905 Villanueva de los Infantes Hospital
1908 Tomelloso Escuelas de la Milagrosa
1915 Manzanares Hospital de la Asunción
1924 Villahermosa Asilo y Escuelas

 

CORDOBA

 

1841 Cabra Hospital y Escuelas
1843 Córdoba Casa Cuna
1854 Córdoba Hospicio del Socorro
1872 Córdoba Hospicio de los Crónicos
1873 Aguilar Hospital
1874 Baena Hospicio y Escuelas
1874 Montoro Hospital y Escuelas
1878 Bukjalance Hospital y Escuelas
1900 Córdoba Asilo y Escuelas
1906 Córdoba Cocina Económica (1906 SI)
1918 Benemejí Asilos escuelas (Si)
1923 Córdoba Hospital Militar

 

CORUÑA
1832 Ferrol Hospital y Escuelas (1848 Si)
1854 Coruña Hospicio y Hospital
1855 Santiago Hospicio
1865 Coruña Asilo Muncipal
1874 San Pedro de Nos Escuelas
1876 Coruña Asilo de Párvulos
1878 Santiago Colegio de Nª Sª de los Remedios
1880 Santiago Gran Hospital
1881 Ferrol Hospital de Marina
1883 Santiago Manicomio
1895 Santiago Hospital de san Lázaro
1899 Meirás Escuelas
1901 Molinos Colegio (1904 Si)
1909 Santiago Sanatorio Quirúrgico
1916 Betanzos Hospital-Escuelas
1916 Ferrol Cuna
1916 Coruña Escuelas Populares
1918 Coruña Refugio-Patronato
1919 Oleiros Escuelas
1924 Coruña Hospital Municipal
1924 Coruña Sanatorio Marítimo de Oza
1928 Coruña Hospital de Infecciosos de San José

 

CUENCA
1848 Cuenca Beneficencia
1869 Cuenca Hospital de Santiago
1882 San Clemente Asilo de Nuestra Señora del Remedio
1895 Huete Hospital

 

GERONA

1848 Gerona Hospicio
1886 Figueras Asilo de Ancianos
1900 Figueras Escuela Asilo
1905 San Feluí de Grixols Asilo (1909 Si)
1907 Gerona Carcel (1928 Si)
1913 Gerona Hospital
1913 Gerona Asilo Caridad
1915 Gerona Manicomio Salt
1917 Olot La Caridad

 

GRANADA
1848 Granada Cuna y Hospicio
1850 Granada Hospital de San Juan de Dios
1861 Granada Hospital del Refugio
1868 Granada Colegio de Niñas Nobles
1874 Granada Asilo de San José
1876 Loja Hospital Muncipal (1976 S)
1889 Santafé Escuelas de la Purísima
1893 Granada Colegio Riquelme
1894 Granada Hospital de San Lázaro
1899 Illora Hosdpital y Escuelas
1900 Lanjarón Colegio de la Santísima Trinidad
1902 Granada Cocina Económica
1904 Gabia la Grande Asilo de San Cristobal
1915 Ugijar Hospital y Escuelas
1923 Olivares Escuelas
1925 Cajar Asilo y Escuelas

 

GUADALAJARA
1843 Sigüenza Hospital y Escuelas
1854 Guadalajara Inclusa
1855 Guadalajara Hospital

 

GUIPUZCOA
1830 Tolosa Misericordia
1832 San Sebastián Misericordia y Hospital (Ssilo Reina Victoria)
1855 Irún Hospital
1858 Vergara Beneficencia
1864 Oñate Hospital y Escuelas
1866 Fuenterabía Hospital
1867 Elgoibar Beneficencia y Escuelas
1869 Azcoitia Hospital y Escuelas
1883 Motrico Beneficencia y escuelas
1883 Veassain Beneficencia y Escuelas
1884 Pasajes Beneficencia
1887 Segura Hospital y Escuelas
1887 San Sebastián Hospital de San Antonio Abad
1889 San Sebastián Asilo Matía
1890 San Sebastián Carcel Modelo
1891 San Sebastián Escuela de Párvulos d San José
1891 Villarreal Escuelas
1897 Rentería Asilo Hospital
1902 Villafranca Beneficencia
1903 Vidania Escuelas
1903 Villabona Casa de Expósitos
1903 San Sebastián Casa Torno
1903 San Sebastián Escuelas de santa Cruz de Colacoa
1917 Cestona Asilo
1918 San Sebastián Escuelas VFundación Elizazán
1918 San Sebastián Cruz Roja
1918 San Sebastián Clínica de las Mercedes
1921 Andoain Benficencia y Escuelas
1923 San Sebastián Hospital Militar
1924 San Sebastián Clínica de San José
1927 Tolosa Dispensario de la Cruz Roja

 

JAEN
1845 Jaén Hospicio de Mujeres
1853 Jaén Hospital
1857 Jaen Hospicio de Hombres
1862 Andújar Hospital e Inclusa
1862 Ubeda Hospital y Escuelas
1871 Baeza Hospital
1876 Andújar Asilo Huérfanas de Jesús (S),
1898 Jaén Escuelas de san Vicente
1900 La Carolina Hospital
1903 Baeza Colegio
1903 la Carolina Colegio (S)
1913 Jaén Asociación de Caridad

 

LEON
1862 León Hospital
1864 León Hospicio
1866 Astorga Hospicio y Escuelas
1885 Astorga Hospital y Escuelas
1892 Sahagún Escuelas
1896 León Asilo de Mendicidad
1907 León Cocina Económica

 

LERIDA
1792 Lérida Hospital e Inclusa
1820 Lérida Inclusa
1841 Lérida Casa de Misericordia
1925 Lérida Hospital Militar
1925 Lérida Instituto de la Mujer que trabaja
1929 Lérida Clínica de Bellori

 

LOGROÑO
1830 Santo Domingo de la Calzada Hospital y Escuelas
1848 Logroño Hospital
1863 Haro Beneficencia y Escuelas
1878 Calahorra Hospital y Escuelas
1879 Nájera Hospital y Escuelas
1885 Cenicero Escuelas
1887 Logroño Escuelas Provinciales
1887 Cervera del Río Alhama Hospital y Escuelas
1907 Logroño Cuna del Niño Jesús
1916 Logroño Asilo Santa Justa
1917 Haro Hospital

 

LUGO
1872 Mondoñedo Hospital e Inclusa
1879 Lugo Hospicio
1992 Lugo Hospital
1890 Vivero Hospital de Mineros y Escuela
1898 Lugo Colegio de la Milagrosa
1903 Galdo Escuelas
1925 Ribadeo Colegio
1929 Mondoñedo Colegio

 

 

HUELVA
1876 Huelva Hospital y Escuelas
1891 Corte Concepción Escuelas (1896 S)
1891 Ayamonte Cuna Asilo
1897 Huelva Farmacia, cocina y escuelas
1917 Nerva Escuelas

 

HUESCA
1792 Barbastro Colegio
1840 Barbastro Hospital
1867 Barbastro Amparo
1913 Ontiñena Escuelas San Pablo (S).

 

MADRID
1800 Madrid Inclusa y Colegio de la Paz
1803 Madrid Noviciado y Escuelas
1916 Madrid Mujeres Incurables
1822 Madrid Hospital General
1845 Madrid Hospicio 1869 -70- 1925
1846 Madrid Colegio de Santa Cruz
1852 Madrid Hospital del Carmen, Hombres incurables
1852 Leganés Manicomio de Santa Isabel
1854 Madrid Asilo de San Blas para Huérfanas
1857 Madrid Hospital de la Princesa
1863 Madrid Maternidad
1865 Aranjuez Hospital de San Carlos
1865 Madrid Colegio de San Vicente
1872 Madrid Asilo del Príncipe para Lavanderas, Escuelas
1876 Madrid Asilo del Sagrado Corazón (1878)
1876 Madrid Hospital de San Juan de Dios
1876 Madrid Asilo de Nuestra Señora de la Paloma
1878 Valdemoro Casa de San Diego
1880 Alcalá de Henares Galera
1880 Madrid Escuelas Católicas
1880 Madrid Escuelas Católicas
1881 Alcalá de Henares Asilo Tercero de San Bernardino (S)
1884 Carabanchel Colegio de la Unión
1885 Valdemoro Colegio de Huérfanas de la Guardia Civil.
1886 Madrid Asilo de las Mercedes
1888 Madrid Hospital de San José. Homeopático
1888 Valdemoro Casa de San Nicolás
1890 Carabanchel Asilo de Inválidos
1891 Madrid Asilo de Santa Cristina
1894 Madrid Asilo de Niños Desamparados
1896 Madrid Casa de Salud (1897 S).

 

1896 Madrid Sanatorio Central de la Cruz Roja (S)
1896 Carabanchel Hospital Militar de Madrid
1897 Madrid Escuelas del Pilar
1899 Madrid Escuelas del Dulce Nombre
1900 Madrid Cárcel de Mujeres
1902 Madrid Colegio Asilo de San Diego
1903 Aranjuez Asilo Patronato
1904 Madrid Hospital de Epidemias (1908 S).
1905 Madrid Asilo de Convalecientes
1912 Madrid Asilo de Ciegos de la Purísima.
1913 Madrid Consultorio «Gota de Leche»
1914 Madrid Colonia Agrícola del Pilar
1915 Madrid Asilo de Vallehermoso
1916 Madrid Segundo Asilo de Convalecientes
1916 Alcalá de Henares Escuela Albergue
1920 Madrid Escuela Asilo de la Milagrosa
1920 Madrid Sanatorio de Nª Sª del Perpetuo Socorro
1921 Chamartín de la Rosa Asilo Angela Marpia
1921 Madrid Asilo San Francisco de Padua
1924 Leganés Colegio de la Purísima
1924 Valdesierra Sanatorio Militar
1924 Chamartin de la Rosa Colegio de Huérfanos
1924 Madrid Escuelas del Carmen
1925 Chamartín de la Rosa Hospital del Rey
1926 Madrid Fundación Goicoechea e Isuri (1927 S).
1927 Aranjuez Asilo de San Isidoro
1928 Madrid Asilo Santamarca
1928 Madrid Dispensario y Botica del Parral

 

MALAGA
1843 Málaga Casa Cuna
1855 Antequera Hospital, Benficencia y Escuelas
1857 Málaga Hospicio
1896 Archidona Asilo-Hospital
1901 Málaga Asilo de Jesús María y José
1909 Málaga Asilo de N.S. de los Angeles
1911 Ronda Hospital
1923 Málaga Hospital Militar

 

MARRUECOS
1923 Melilla Hospital Militar Docker
1923 Melilla Hospital Militar Alfonso XIII (S)

 

1923 Melilla Hospital Militar Jordana
1923 Melilla Hospital Militar Central (S)
1923 Tetuán Hospital Militar Reina Victoria (S)
1923 Larache Hospital Militar Central
1923 Larache Hospital Militar Convalecientes
1923 Alzazarquivir Hospital Militar
1923 Arcila Hospital Militar
1929 Tetuán Colegio de la Milagrosa

 

MURCIA
1855 Murcia Misericordia
1855 Murcia Hospital
1858 Murcia Casa Expósitos y Escuelas
1864 Cartagena Misericordia
1875 Cartagena Hospital de Caridad
1891 Cartagena Hospital de Marina
1893 Yecla Asilo de Huérfanas y Escuelas
1897 Blanca Hospital y Escuelas
1902 Murcia Cocina Económica
1903 Murcia Asilo de la Purísima
1905 Mazarrón Cocina Económica y Escuelas
1905 Raspay Escuela. Asilo de los Sagrados Corazones
1917 Murcia Manicomio
1925 Cartagena Casa del Niño
1930 Cartagena Cruz Roja.

 

NAVARRA
1805 Pamplona Misericordia
1855 Pamplona Hospital General
1822 Pamplona Inclusa
1823 Tafalla Hospital y Escuelas
1825 Sangüesa Colegio
1828 Los Arcos Escuelas
1833 Pamplona Hospital Militar de Sangre
1854 Tudela Hospital
1858 Viana Escuelas y Hospital
1859 Elizondo Beneficencia y Escuelas
1861 Vera Colegio
1863 Artajona Hospital y Escuelas
1864 Peralta Hospital y Escuelas
1869 Falces Hospital y Escuelas
1873 Irache Hospital (1876 S)
1874 Villafranca Hospital (1874 S)
1879 Corella Hospital y Escuelas
1881 Lumbier Hospital y Escuelas
1882 Pamplona Casa de la Sagrada Familia
1883 Sangüesa Hospital
1883 Vera Hospital
1884 Cintruénigo Hospital y Escuelas
1892 Muruzabal Escuelas
1899 Huici Escuelas de San José
1900 Lodosa Hospital y Escuelas
1903 Colegio
1904 Larraga Hospital y Escuelas
1909 Pamplona Cárcel
1909 Aibar Hospital y Escuelas
1910 Falces Asilo San Francisco Javier
1910 Pamplona Asilo Niño Jesús
1909 Zugarramendi Hospital (1913 S)
1911 San Marín de Unx Hospital y Escuelas
1913 Los Arcos Hospital y Escuelas
1917 Mendigorría Asilo de la Sagrada Familia

 

ORENSE
1857 Orense Hospital
1881 Corcoces Escuelas y Asilo
1896 Orense Cocinas Económicas y Asilo
1898 Orense Colegio de la Purísima
1909 Santa Cruz de Arrebaldo Escuelas (1926 S).
OVIEDO
1830 Oviedo Hospital Provincial
1879 Oviedo Hospital
1894 Gijón Colegio de San Vicente
1894 Miranda de Avilés Escuelas del Angel de la Guarda.
1895 Oviedo Asilo de San Lázaro
1898 Ribadeo Hospital y Escuelas
1900 Luarca Hospital y Escuelas
1901 Oviedo Colegio de la Milagrosa
1902 Linares Colegio
1903 Avilés Asilo
1903 Gijón Asilo Patronato de San José
1905 Luarca Colegio Sagrado Corazón
1906 Ujo Bustiello Sanatorio y Escuelas Hullera Española
1907 Oviedo Cárcel
1908 Gijón Asilo Pola
1908 Oviedo Cocina Económica
1908 Gijón Cocina Económica
1911 Luarca Escuelas Asilo
1917 Pola de la Viana Escuela de S. José (S)
1919 Oviedo Sanatorio Quirúrgico

 

 

 

PALENCIA
1861 Palencia Hospital de San Bernabé
1879 Palencia Beneficencia Provincial
1880 Astudillo Hospital y Escuelas
1885 Carrión de los Condes Hospital y Escuela
1887 Paredes de Nava Colegio del Espíritu Santo
1894 Carrión de las Condes Colegio del Espíritu Santo
1902 Cisneros Hospital y Escuelas (S)
1911 Palencia Asilo de Huérfanas
1912 Baltanás Hospital y Escuela
1914 Villada Asilo Casado
1919 Barruelo Escuelas de la Compañia del Norte
1925 Carrión de los Condes Asilo (S)

 

PONTEVEDRA
1868 Vigo Casa Caridad
1873 Vigo Colegio (1875 S)
1878 Pontevedra Hospital e Inclusa
879 Pontevedra Hospicio
1882 Tuy Hospital y Hospicio
1891 Vigo Escuelas, Cocina Económica y Asilo
1869 Vigo Hospital Municipal
1903 Vigo Asilo del Niño Jesús
1909 Tuy Colegio y Cocina Económica
1909 Vigo Colegio de San Vicente

 

SALAMANCA
1850 Salamanca Hospital de la Santísima Trinidad
1855 Salamanca Hospicio
1973 Alba de Tormes Hospital
1894 Macotera Hospital y Escuelas
1887 Santiago de Puebla Hospital
1907 Vitigudino Colegio del Pilar
1911 Vitigudino Hospital de santiago
1914 Salamanca Asilo de la Vega
1916 Salamanca Manicomio Provincial
1921 Peñaranda de Bracamonte Hospital y Escuelas

 

SANTANDER
1844 Santander Hospital e Inclusa
1853 Santander Casa Caridad
1862 Santander Escuelas la Purísima
1862 Santander Hospicio de Portalín (S)
1872 Cóbreces Colegio de San José
1882 Terán Colegio de la Sagrada Familia
1888 Cabezón de la Sal Hospital y Escuelas
1893 Reinosa Asilo y Escuelas
1894 Laredo Hospital y Escuelas San Vicente
1896 Santander Asilo del Niño Jesús
1897 Carrejo Escuelas, Hospital y Asilo
1898 Bárcena Asilo y Escuelas
1901 Anaz Escuelas
1902 Sobremazas Escuelas
1903 Polanco Colegio
1905 Hoznayo Escuelas
1906 Astillero Asilo del Niño Jesús y Escuelas
1912 Los Corrales Escuelas de San José
1913 Santander Cocina Económica
1914 Santander Asilo «La Caridad»
1919 Reinosa Hospital
1919 Comillas Escuelas
1920 Solórzano Escuelas (S)
1924 Pedrosa Sanatorio Marítimo
1925 Santander Inclusa
1922 Santander Sanatorio de la Infanta Luisa

 

SEGOVIA
1819 Segovia Hospital y Escuelas
1829 La Granja Hospital y Escuelas (1848 S)
1861 Segovia Inclusa y Benficencia
1925 Segovia Reformatorio de Reclusas
1927 San Rafael Sanatorio de Santa Isabel

 

SEVILLA
1836 Sevilla Cuna
1840 Sevilla Hospital Central
1841 Sevilla Hospital de Incurables
1841 Sevilla Hospital de Santa Caridad
1847 Sevilla Hospicio de Hombres de San Luis
1847 Sevilla Asilo de San Fernando
1864 Sevilla Hospital de San Lázaro
1864 Marchena Hospital
1875 Ecija Hospital
1878 Sevilla Escuelas Católicas
1880 Carmona Hospital
1885 Morón Hospital
1887 Lebrija Hospital y Párvulos
1888 Ecija Casa Cuna-Escuelas de la Virgen del Valle
1890 Ecija Asilo de Huérfanas (1892 S)
1892 Dos Hermanas Escuelas
1898 Sevilla Manicomio de Miraflores
1898 Sevilla Tienda Asilo y Escuelas
1899 Alcalá de Guadaira Colegio de San José
1900 Ecija Tienda Asilo y Escuelas
1901 Sevilla Primer Patronato de la Infancia
1903 Sevilla Colegio de San José
1904 Sevilla Segunda Cocina Económica del Rosario
1905 Sevilla Tercera Cocina Económica de San José
1908 Sevilla Cárcel
1910 Sevilla Gota de Leche
1913 Lebrija Asilo de San Andrés
1923 Sevilla Hospital Militar
1924 Sevilla Asilo de San Cayetano
SORIA

 

TERUEL

 

1893 Teruel Beneficencia
1867 Teruel Hospital de la Asunción
1880 Hijar Hospital y Escuelas
1890 Alcañiz Benficencia (S)
1899 Teruel Asilo del Sagrado Corazón
1917 Utrillas Hospital y escuelas

 

TOLEDO

 

1836 Toledo Hospital
1861 Toledo Hospicio
1863 Toledo Hospital de Rey
1877 Toledo Manicomio
1879 Talavera de la Reina Hospital y Escuelas
1902 Puente del Arzobispo Hospital y Escuelas
1911 Talavera Asilo de San Prudencia
1913 Toledo Enfermería de la Academia

 

VALENCIA

 

1817 Valencia Hospital General e Inclusa
1825 Valencia Misericordia (1840 S)
1823 Játiva Hospital
1848 Valencia Colegio de San Vicente de Ferrer
1863 Valencia Asilo de Párvulos del Marques de Campos
1867 Sueca Hospital y escuelas
1870 Cullera Hospital y Escuelas
1870 Onteniente Hospital y Escuelas
1873 Valencia Asilo de San Juan Bautista
1876 Valencia Benficencia
1876 Alcira Hospital y Escuelas
1877 Albaida Beneficencia y Escuelas
1877 Alberique Hospital y Escuelas
1877 Ruzafa Asilo de Parvúlos
1879 Cullera Asilo de San Lorenzo
1879 Valencia Asilo de Sirvientes
1881 Godolla Asilo
1888 Bétera Colegio
1889 Beniganim Beneficencia y Escuelas
1891 Montesa Escuelas
1894 Mogente Escuelas
1894 Sueca Asilo de la Encarnación
1896 Burgasot Asilo de Huérfanos
1896 Valencia La Protectora
1896 Valencia Manicomio
1899 Cuartel de Poblet Escuelas
1903 Valencia Hospital de Santa Ana
1903 Chiva Escuelas
1905 Alboraya Escuela
1905 Alcira Beneficencia y escuelas
1908 Carcagente Asilo
1909 Valencia Presidio (S)
1912 Manises Asilo de Preservandas
1913 Valencia Prisión Celular
1818 Sella Colegio de la Sagrada Familia
1925 Valencia Sanatorio «La Malvarrosa»
1925 Bocairente Escuelas
1925 Valencia Hospital Militar
1926 Masanasa Escuelas
1927 Rafelbuñol Cartuja Ara Cristi

 

VALLADOLID
1825 Valladolid Hospital General y Escuelas
1855 Valladolid Hospicio Provincial
1864 Valladolid Hospital de Esgueva
1869 Valladolid Beneficencia
1876 Valladolid Manicomio
1878 Rioseco Colegio de San Vicente de Paúl
1881 Rioseco Hospital
1888 Villalón Hospital y Escuelas
1888 Mayorga Hospital y Escuelas
1906 Valladolid Asilo de Niños Desamparados
1918 Medina del Campo Hospital
1918 Villalón Asilo Pérez Gil
1923 Valladolid Hospital Militar
1928 Valladolid Colegio de Santiago

 

VIZCAYA
1823 Bilbao Hospital (1831 S)
1854 Lequeitio Misericordia, Colegio de San José
1867 Durango Hospital y Escuelas
1869 Begoña Beneficencia y Escuelas
1871 Orduña Beneficencia y Escuelas
1872 Valmaseda Hospital
1879 Elorrio Hospital y Escuelas

 

1880 Muncada Hospital-Asilo
1881 Bilbao Asilo de San Mamés
1881 Guernica Asilo Calzada
1883 Bilbao Hospital Civil
1883 Bilbao Casa Expósitos
            1884 Bilbao Salas Cunas de San Antonio
1884 Bilbao Asilo de Huérfanas
1886 Lequeitio Hospital de Abaroa
1887 Bermeo Hospital y Manicomio
1888 Bilbao Asilo de la Sagrada Familia
1889 Algorta Escuelas de la Purísima
1890 Lequeitio Hospicio
1893 Guiñes Escuelas de la Purísima
1893 Gordejuela Asilo de San José, Colegio
1894 Algorta Hospital
1894 Deusto Colegio de Sordomudos y Ciegos
1900 Bilbao Cárcel
1902 Sodupe Enseñanza de Nª Sª del Carmen
1903 Sestao Asilo de Ancianos
1908 Carranza Asilo Hospital, Escuelas
1912 Santurce Hospital Asilo
1913 Baracaldo Asilo Miranda
1914 Galdácano Escuelas Santa Bárbara
1919 Gorliz Sanatorio Marítimo
1922 Santurce Patronato Santa Eulalia
1923 Zaldivar Manicomio
1925 Villaro Fundación Zaldivar
1926 Bilbao Casa la Milagrosa
1926 Bilbao Asilo Mena
1930 Marquina Visita a Domicilio
1930 Bermeo Casa del Niño

 

ZAMORA
1860 Zamora Hospicio Provincial
1875 Zamora Hospital Provincial
1879 Toro Hospital
1879 Villapando Hospital y Escuelas
1890 Benavente Hospital
1906 Zamora Colegio la Milagrosa
1908 Benavente Escuelas San Vicente de Paúl
1911 Zamora Patronato de San Vicente

 

ZARAGOZA
1841 Sos Colegio y Escuelas
1845 Zaragoza Hospicio (1872 S)
1857 Zaragoza Inclusa (1872 S)
1871 Zaragoza Casa Amparo
1872 Zaragoza Colegio San Vicente de Paúl
1885 Zaragoza Asilo de Párbulos. Escuelas del Pilar
1895 Alcorisa Colegio
1900 Zaragoza Escuela Asilo- La Caridad
1904 Zaragoza Casa Refugio
1910 Ricla Escuelas del Pilar
1915 Zaragoza Escuelas del Terminillo
1918 Zaragoza Asilo Villahermoso
1918 Zaragoza Tienda Económica
1919 Sobradiel Escuelas
1921 Zaragoza Escuelas de la Milagrosa
1922 Zaragoza Sanatorio del Carmen
1924 Zaragoza Hospital Militar
1926 Uncastillo Escuelas Asilo
1928 Zaragoza Cruz Roja
1930 Zaragoza Enfermeria «Academnia»

 

FUNDACIONES EN MEXICO

1844 México Casa Central
1845 México Hospital de San Juan de Dios
1846 Silao Hospital y Escuelas
1847 México Hospital de San Pablo
1847 México Dspensario
1847 México Hospital de Sangre
1849 Puebla Casa Cuna
1850 México Hospital de San Andrés
1850 Guadalajara Hospital de Belén
1854 Guanajuato Hospital de Sangre
1852 Puebla Hospital de San Pedro
1854 Monterrey Colegio
1854 Guadalajara Hospital de Sangre
1855 México Manicomio de Mujeres
1855 Lagos Hospital
1857 Guanajuato Hospicio
1858 Toluca Hospital de San Juan de Dios y Colegio
1859 Zacatecas Colegio asilo
1869 Saltillo Colegio Asilo, Hospital

En 1863 esta Provincia de las Hijas de la Caridad pasó a depender de Francia y hasta 1874 en que las Hermanas fueron expulsadas de México se hicieron otras 26 Fundaciones más, casi todas destinadas a la enseñanza.

 

FUNDACIONES EN CUBA

1846 Habana Benficencia
1851 Habana Colegio de san Francisco de Sales
1854 Habana Hospital de san Juan de Dios
1854 Habana Leprosería de San Lázaro
1854 Habana Hospital Militar de San Ambrosio
856 Habana Colegio Santa Isabel
1856 Guanabacoa Hospital
1857 Guanabacoa Escuelas
1863 Santiago de Cuba Beneficencia
1863 Santiago de Cuba Hospital Militar
1863 Santiago de Cuba Escuelas de Belén
1864 Habana Mazorra, Manicomio
1864 Isla de Santo Domingo Hospital de Sangre
1865 Matanzas Asilo de San Vicente
1865 Santiago de Cuba Hospital Civil
1872 Habana Asilo de San Vicente de Paúl
1873 Matanzas Beneficencia
1886 Bejucal Hospital y Escuelas
1886 Habana Colegio de la Domiciliaria
1889 Matanzas Hospital de Santa Isabel
1891 Habana Colegio de Jesús María
1895 Habana Protectorado de Niños
1895 Habana Hospital de San Antonio
1895 Habana Hospital Militar. Madera
1896 Remedios Hospital Militar
1896 Matanzas Hospital Militar
1896 Cienfuegos Hospital Militar
1896 Santa Clara Hospital Militar
1896 Ciego de Avila Hospital Militar
1896 Santiago de las Vegas Hospital Militar
1897 El Bejucal Hospital Militar
1897 Guanabacoa Hospital Militar
1897 Habana Benficencia Hospital Militar
1897 Regla Habana Hospital Militar
1897 Habana Hospital Militar Alfonso XIII
1899 Santiago de Cuba Asilo de Huérfanas de la Patria
1900 Guanabacoa Asilo de Huérfanas
1902 Santiago de Cuba Asilo de Hijas de María
1902 Santiago de Cuba Colegio Belén
1902 Matanzas Colegio La Milagrosa
1903 Casa Blanca Regla Colegio
1914 Habana Vedado Asilo Cuna
1915 Guira de Melana Colagio Sagrado Corazón
1916 San Antonio de los Baños Colegio de la Santa Infancia
1918 Marianao Asilo «Truffin»
1919 Habana Sanatorio de la Milagrosa
1920 Habana Asilio «Hidalgo»
1924 Caibarién Hospital de Nª Sª del Carmen
1925 Habana Asilo «María Jaén»
925 Santa Fe. Isla de Pinos Sanatorio «Luisa Marillac»
1926 Cienfuegos Asilo «A. Fernández»
1927 Nueva Gerona Isla Pinos Academia de San Joséa
Habana escuela Parroquial Monserrat

 

 

FUNDACIONES EN FILIPINAS

1862 Manila La Concordia. Colegio
1862 Manila Hospital Militar
1864 Manila Escuela Municipal
1864 Manila Colegio de Santa Isabel
1865 Manila Hospicio de San José
1866 Manila Colegio de Santa Rosa
1868 Nueva Cáceres Escuela Normal y Colegio de Santa Isabel
1872 Manila Hospital de san Juan de Dios
1872 Jaro Colegio de San José
1876 Cavite Hospital de Marina
1880 Cebú Colegio de la Inmaculada Concepción
1885 Cavite Escuelas y Hospital de San Juan de Dios
1885 Looban Casa de San Vicente de Paúl
1909 Iloilo Colegio del Sagrado Corazón
1906 Zamboanga Hospital de sangre
1911 Calbayoc Colegio de la Milagrosa
1915 Molo Asilo de Bta. Luisa de Marillac
1915 Zamboanga Colegio
1921 Cavite Escuela de Silarig
Naga Colegio de Santa Isabel
Lucena Tabayos Colegio del Sagrado Corazón
Cebú Asilo Escuela de Bogo
Nueva Cáceres Sorsogon Escuelas de la Milagrosa

 

FUNDACIONES EN PUERTO RICO

1863 San Juan Beneficencia
1863 San Juan Hospital Militar
1864 San Juan Asilo de Párvulos
1868 Jan Juan Colegio Asilo San Ildefonso
1876 Mayagüez Hospital Asilo San Antonio
1881 San Juan Asilo Municipal
1884 San Juan Hato Rey Auxilio Mutuo y Beneficenci
1886 Santurce Casa de Convalecencia
1888 Ponce Horpital Tricoche
1894 San Juan Hospital de Santa Rosa
1895 Mayagüez Asilo de Pobres
1897 Díaz Juana Escuela de Párvulos
1900 Yanco Hospital
1900 Santurce Asilo de Niños
1901 Ponce Colegio y Escuelas Parroquiales
1901 Santurce Colegio
1901 Yanco Colegio
1901 Arecibo Hospital
1908 San Juan Hospital de Tuberculosos
1910 Ponce Asilo de Damas
1910 Vega Baja Colegio
1915 Ponce Asilo de Huérfanas
1915 San Juan Asilo de Niños
1915 San Germán Colegio de la Inmaculada
1928 Arecibo Asilo de Huérfanos

 

FUNDACIONES EN LA INDIA

1940 Gopalpore Casa Cuna
1941 Surada Orfanatorio
1947 Berhampore Colegio de Labores
1947 Raikia Dispensario y Orfanatorio

 

Multitud y variedad de ministerios que practican en España, 1931

Hospitales Civiles 167
Hospitales Militares  24
Hospitales de Marina   3
asas que vistan enfermos a domicilio  26
Clínicas y dispensarios   9
Dispensarios de la Cruz Roja   7
Sanatorios y Preventorios  13
Farmacias 106
Leproserías   5
Manicomios  20
Cárceles  11
Reformatorios   2
Institutos para ciegos   4
Institutos para Sordomudos   1
Asilos de todo género 108
Hospicios  27
Beneficencias  29
Misericordias o Caridades  24
Inclusas y Maternidades  20
Casas Cunas  10
Gotas de Leche   8
Protectorados Infancia   8
Casa de Salud y retiro de Hermanas   5
Escuelas de Jóvenes aspirantes a Hermanas  15
Escuelas Popualres diurnas 178
Escuelas nocturnas para obreras   8
Colegios  46
Hospedaje de obreras o personas de clase media   6
Patronato de obreras   2
Colegios obreras   2
Refugios de obreras   5
Instituto de obreras   2
Academias populares   1
Casa de Preservandas   2

 

Escuelas Dominicales  17
Escuelas profesionales de Artes y Oficios  32
Escuelas de Corte y Bordado  10
Obradores   8
Preparación al Magisterio  10
Mutualidades   2
Arreglo de Mastrimonios e legitimación de Hijos   3
Asistencia de Moribundos y funeraria de pobres   1
Cantinas Escolares   9
Tiendas y Cocinas económicas  20

 

EN CUBA

Hospitales   4
Leproserías   1
Casa que visitan enfermos a domicilio   6
Sanatorio de Mutualidades   2
Sanatorio   1
Beneficencia   2
Escuelas gratuítas  15
Colegios  13
Colegios  11
Residencias de Señoritas que estudian e Magisterio   2
Centro de Preparación al Magisterio   1
Obradores   5
Talleres de Artes y Oficios   3
Casas Cunas   2
Escuelas de Catequesis   1
Asilos y Protectores de la Infancia   4

 

EN PUERTO RICO

Hospitales   4
Asilos   7
Asilos de Caridad   1
Colegios   1
Escuelas gratuítas   4
Obradores   3
Manicomios   1
Sanatorios de Mutualidad   1

 

EN FILIPINAS

Hospitales   1
Asilos der Enseñanza preparatorio y media   3
Hospitales   1

 

Colegios de Enseñanza Oficial completa   7
Casa Cuna   1
Manicomios   1
Escuelas de Enfermeras   1
Escuelas Populares Católicos   6
Escuelas de Corte y Bordado   7
Obradores   2
Residencias de Jóvenes Maestras   1
Imprentas   1

 

EN LA INDIA

Casas Cunas   2
Dispensarios   2

 

Para el desempeño de tan múltipes y complejos ministerios bien se deja entender lo especializadas que necesitan estar las Hermanas en sus diversos oficios. La larga práctica y experiencia, así en el cuidado de los enfermos, como en la enseñanza dse las niñas, vele sin duda mucho más por los títulos profesionales, y son muchas las Hermanas que cuidan de las boticas, quirófanos, radiografías, laboratorios, instrumentales, etc… . son otro título que su admirable destreza y asiduidad. Lo mismo sucede en el ramo de la Enseñanza en el que, como es sabido no es el mejor maestro el que más sabe, sino el mejor enseña. Son muchísimos las Hermanas que tienen especial gracia en el manejo, educación e instrucción de las niñas.

Pero como hoy se desean y con frecuencia se exige títulos profesionales, el Instituto de las Hijas de Caridad en cuenta en España con:

 

Hermanas Maestras Titulares 231
Hermanas con grado de Doctoras en Pedagogía   3
Hermanas Bachilleres y Licenciadas en Artes   7
Hermanas Licenciadas en Farmacia   1
Hermanas con título oficial para Directoras de Reformatorios   4

 

Y aunque las Hermanas están autorizadas en España para enseñar en las Escuelas sin necesidad de título, el numero de tituladas aumenta de día en día y son frecuentes los cursillos de verano para perfeccionarse en los ramos de la enseñanza y de las jóvenes aspirantes, en cuanto es posible, se les dan los estudios de Magisterio.

Para el Ramo de Hospitales, Clínicas, etc… cuentan también las Hijas de la Caridad con:

 

Hermanas enfermeras titulares civiles 311
Hermanas Enfermeras titulares Militares 278
Hermanas Enfermeras titulares Cruz Roja 135
Hermanas con título de Practicante  96

 

También en este ramo aumenta cada día en número de las que adquieren el título, pues también abiertas con autorizada del Gobierno varias escuelas de enfermeras, así civiles  como militares, dirigidas profesores especiales, a las que acuden las Hermanas, según lo pide la conveniencia o la necesidad.

Y como las Hermanas del gran Apóstol de la Caridad, San Vicente de Paúl, a través de las obras de misericordia corporales que practican , buscan ante todo y sobre todo el bien espiritual y moral de los prójimos, queda sobrentendido que todas obtienen el título, que le da su vocación de catequistas y predicadoras del Reino de Dios con sus ejemplos y con su palabra.

Por eso excede toda estadística y sobrepasa todo cálculo el inmenso poder de su apostolado cristiano-social, porque esas ocho mil Hijas de la Caridad desplegadas en numerosas guerrillas por las ciudades y pueblos de las provincias españolas siempre al lado de los humildes, con sus millares de niños y niñas de pueblo a quienes educan; con sus millares de necesitados por quienes ser sacrifican, son como la saludable levadura del Evangelio en medio de las masas populares.

No hay una sola Provincia española donde no tengan funciones yendo a la cabeza de todas, la provincia de Madrid, con sus cincuenta y nueve Establecimientos, el algunas de los cuales, como en Hospital General, prestan sus servicios un centenar de Hermanas.

Nunca quedaría ésta estadística sino dedicáramos un recuerdo a los 182 Establecimientos suprimidos. Hubo algunos de mucha tradición, pues en ellos prestaron los servicios las Hermanas durante treinta, cuarenta o más años: Pero en general eran establecimientos de circunstancias, como los Hospitales Militares abiertos durantes las guerras civiles y coloniales, a las numerosas escuelas abiertas en Puerto Rico para contener los hervores de la invasión protestante. Tales fundaciones , aunque de corta duración, no fueron cortas en gloriosos sacrificios. La Provincia Madre Española, jamás olvidará a aquella su hija primogénita de Méjico, fundada con la flor de sus Hermanas en 1844, arrancada de sus brazos en 1857, en que se convirtió en una Provincia francesa, y murta tristemente en 1874.

El total de fundaciones suprimidas es de 182, repartidas del modo siguiente:

 

En España  91
En Méjico  44
En Cuba  22
En Puerto Rico  16
En Filipinas    9
Total………… 182

 

 

 

 

CAPITULO  LXXII

 

HISTORIA DE LAS DISENCIONES Y DISCORDIAS SUSCITADAS EN ESPAÑA DURANTE EL GENERALATO DEL P. ETIENNE.

 

Con las últimas fundaciones establecidas, durante el periodo 1846 a 1851 en Granada, Logroño, Gerona, Cuenca, Plasencia, Salamanca y Burgos casi todas las Provincias del Reino  sentían ya el benéfico influjo de las Hijas de San Vicente de Paúl. En adelante, sólo las quedaba ir cerrando de día en día la red de establecimientos, hasta alcanzar esa admirable multiplicación sin par entre todas las varias Congregaciones, que a la sombra del Concordato de 1851, fueron apareciendo en el ancho campo de la Beneficencia nacional.

Merced a sus hondas raíces, este árbol gigantesco de caridad pudo resistir a las más furiosas tempestades, que permitió la Divina Providencia sobreviniera entonces a los Hijos de San Vicente, en España. Esta vez la prueba era tanto más dolorosa cuanto no venía de afuera sino de dentro mismo del Instituto.

La restauración de la Congregación de la Misión por el Concordato dicho, tan esperada y deseada así por los Obispos como por los Misioneros dispersos fuera y dentro de España, después de la expulsión del año 35, ofrecía los naturales asperezas de un lapso tan prolongado de vida independiente, fuera de la Regla de la Comunidad; y es de admirar el entusiasmo con que todos en general, se mostraron dispuestos a reanudar la vida religiosa común.

El acoplamiento jerárquico del personal de la Provincia por parte del Padre General, residente en París, y sin el claro conocimiento de aquellos misioneros y de la situación de España originó trastornos largos de referir, con hondos disgustos en el seno de la Comunidad.

El gran acervo de documentos, así públicos como privados, de que dispone el historiador para conocimiento de este periodo manifiesta que raíz principal de aquellas inquietudes provino del sistema cerrado del Superior General de no conceder a la Provincia Española esa justa independencia, que reconoce el derecho canónico de las Provincias Religiosas, que era la pretensión, sino hacer de ella una nueva extensión de la de Francia, directamente intervenida y gobernada por la suprema autoridad de la Congregación. En varios documentos manifiesta el Padre General su propósito, hasta llegar a afirmar que, a ser posible, no hubiera sido el único noviciado para la formación de todos los miembros del Instituto. Tal sistema halló tanta oposición y repugnancia, que muchos misioneros más sensatos, como el Ilmo. Sr. Codina y los Sres. Roca, Armengol, Igüés, etc… le representaron el peligro de ello, el Padre General,  firme en sus propósitos, no titubeó en sacrificar el personal más valioso con que contaba nuestra Provincia, empezando por el benemérito P. Armengol, venido de Méjico para ser su Visitador, a petición de todos como su mejor esperanza.

Pero tal vez, hubiera cesado toda disensión y discordia si no hubiera mediado otra cuestión todavía difícil y trascendental, cual fue la del Hábito de las Hijas de la Caridad españolas, una de las ideas fijas del Padre General, que no le abandonó en todo su largo generalato y que fue causa de los infinitos dolores e inquietudes para las Hermanas.

Ya queda referido algo de lo sucedido en Méjico, Cuba y Filipinas. La cuestión de hecho y de derecho era la siguiente. Las Hijas de la Caridad españolas vinieron a España a establecer su Instituto con el Hábito usado en Francia y fieles a él continuaron celosas en conservarle. Después de la revolución Francesa, que dispersó a las Hijas de la Caridad, al reanudar su vida común, adoptaron ellas el nuevo tocado del cornette, malamente denominado en España: La corneta. Este nuevo tocado tan llamativo y fantasioso causó tal repugnancia a las Hermanas españolas que nunca se avinieron a aceptarlo.

Aunque la uniformidad hubieron sido de desear como lo mejor, bien considerado era algo accidental, mientras las Hijas de San Vicente españolas tuvieran el espíritu del santo, cumplieran sus reglas, sus votos y sus prácticas de piedad, con la entera dependencia y sumisión a sus Superiores jerárquicos, y finalmente, se entregaron de lleno al servicio maternal de los pobres, fin primordial de su vocación. Todo lo cual no fue porque ellas nunca desmedido.

Mas no era este el punto de vista considerado por el P. General y de ahí su empeño el más tenaz de implantar en España y sus dependencias de ultramar el tocado francés por encima de todo. En favor de estas miras determinó venir él mismo a España con el motivo de arreglar las dificultades sugeridas en la restauración de los Misioneros y de preparar la fundación, en Madrid, de una casa de Hermanas francesas, que dos señoras de la nobleza española, residentes en París, habían pedido y conseguido fácilmente, bajo la influencia de Olózaga, nuestro Embajada en Francia.

La relación de este viaje está publicada por el biógrafo del P. Etienne[iv]: «Llegó, dice, a Madrid, en 30 de mayo de 1856, y fue recibido por los Misioneros y Hermanas con la más grande y sincera alegría». «El Señor Ministro me ha pedido, escribe el mismo P. General, una entrevista para poder tratar del asunto, de acuerdo con el Embajador de Francia. Saco de la conversación que me pedirá algunas concesiones para el Visitador… (P. Armengol, a quien había echado de la Congregación). Estoy muy resuelto a no aflojar en el punto de autoridad». La Reina le ha recibido muy bien y le ha dado mil pruebas de confianza, «manifestándome su gozo de verme en Madrid. Hace hablando mucho de las Hermanas, a quienes conoce muy bien… Entre tanto nuestro buen Embajador francés va a pedir al Ministro cita para nuestra entrevista, a fin de ponernos de acuerdo y poder yo arreglar todas las cosas. Allí serán las dificultades y estoy preparado para luchar».

«La conferencia fue el 8 de junio. El Ministro de Gracia y Justicia era asesorado por el Secretario. El Embajador de Francia acompañaba al P. Etienne. El Ministro manifiesta sencillamente que deseaba ver cómo de un modo práctico se pudiese conciliar el ejercicio de la autoridad del Superior General con leyes y las tradiciones de la Monarquía española y esperaba que, con las concesiones mutuas, se llegaría a entender.

«Nosotros, dice, no hemos aguantado nunca órdenes religiosas que dependieran de Superiores extranjeros. Señor, le ruego me dispense. hace más de cien años que nuestra Congregación se estableció en España y siempre ha estado bajo la dependencia del General. –.Pues esa dependencia, responde el Secretario, ha sido cubierta pues el Gobierno nunca la hubiera permitido.

-.»La conocía, replicó el P. Etienne, que cuando en 1829, el Visitador, antes de ir a la Asamblea de París, vino con los dos Diputados a visitar al Rey Fernando VII, lejos de oponerse a su partida, le pagó los gastos del viaje.

-. Pues bien, esto es contrario a los usos del Reino. jamás en las Ordenes Religiosos han sido colocadas bajo la dependencia directa de superior extranjero. Siempre ha habido a la cabeza de cada orden un Vicario General e independiente por cesión de la Santa Sede. ¿Por qué vuestra Congregación no se acomoda a este régimen, a que se han acomodado los demás?.

-. Me opondré con todas mis fuerzas por bien de los Misioneros españoles, a quienes está pretendida independencia sería fatal. Toda Provincia separada del centro de la Congregación  está condenada a desaparecer como rama separada del tronco. ¿Dónde están, al presente esas órdenes, cuyos privilegios pondera Vd?. ¿Dónde se encuentran? porque separándose de su cabeza, vosotros las habéis cortado las fuentes de vida.

-.»Comprendo, dice el secretario, que ésta unión de Provincias con el centro sea de utilidad para la misma Congregación, per que no puede menos de inspirar recelos al Gobierno político. Puede, un gobierno prudente ver con indiferencia que los intereses y la libertad de sus conciudadanos están a disposición de un extranjero?…»

-. Se equivoca V. mucho sobre los deseos de un Suprior General… No pude aplicar los bienes de una Provincia a otra… En cuanto a la Autoridad sobre las personas, ningún daño le viene la Provincia de España ir a otra parte, a Chile por ejemplo, V. halla esto intolerable y se lamenta de ello. Pero dígame el Sr. Secretario, si esta persona se hubiera quedado en el mundo no podría ir a Chile a su antojo? ¿Porque ha de perder la libertad, sólo por ser religiosa?».

Claro se ve que en este animado diálogo se jugaba con el equívoco que media entre la jurisdicción mediata y jurisdicción inmediata, entre la absoluta sujeción y la templada independencia que reconoce el Derecho Canónico a las Provincias Religiosas; que es así mismo el régimen, a que se atiene de ordinario la misma Iglesia en las distintas naciones en que se establece su orden jerárquico. esto era sencillamente lo que pedían los misioneros españoles para sí y para las Hermanas. sólo cuando fueron acorralados hubo algunos pocos y de los expulsos, que pensaron en la independía absoluta de Francia.

Y el ejemplo que cita el P. General, -que había sido un hecho que tres Hermanas fueron llevadas a Chile-, si el Ministro español hubiera estado en antecedentes, pudiera haber replicado, que de allí habían pedido Hermanas a España, como en Méjico, en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, según lo pedía la sangre y la lengua; pero que el venerable Padre Armengol, viendo la gravísima necesidad que había de ellas en España y sus fundaciones en Ultramar y otras que estaban en espera, había expuesto respetuosamente al P. General la imposibilidad de sacar Hermanas de España, para Chile y más, si el Gobierno se percataba de que iba a favorecer influencias políticas extranjeras. La Fundación de Chile se hizo en efecto, con Hermanas francesas, y al servicio de aquella expedición se agregaron tres Hermanas españolas, sacadas ocultamente de España, contra el parecer del Visitador y no poco que decir de Padres y Hermanas. Y no hay que olvidar que el Gobierno Español era el que sufragaba en su Noviciado Real, la formación de ellas para el aumento de la Beneficencia nacional, lo que le daba derecho a una equitativa intervención en el asunto.

Lo de depender o no de un Padre General residente fuera o dentro de España, no había tenido nada que ver con la expulsión de las Comunidades de nuestro territorio, sino el empuje liberal y desamortizador antirreligioso de Mendizábal, como había sucedido en Francia y en casi todas las naciones.

Pero el Padre General, Sr. Etienne, quien, como dice su biógrafo, «ya sabemos, la estimación, en que le tiene los Sres Thiers, Guisot, Cousin y los principales miembros del Gobierno de Luis Felipe», y respaldado por su Embajador en Madrid, disponía de armas irresistibles para triunfar de un gobierno inestable como el nuestro y a merced de los ataques de los partidos políticos de dentro y de fuera de España.

«Por fin, continúa el biógrafo, el Ministro puso fin a al sesión diciendo, «mañana iré a ver y terminaré el asunto». «Al día siguiente el Ministro le dice que la Reina le recomendaba expresamente terminar el asunto y dar toda clase de satisfacciones al buen Padre General; y sólo pide al Sr. Etienne que no se ensañe contra el anciano Visitador y sus partidarios, sino que les trate con indulgencia y así evite una interpelación en las Cámaras. (Esta interpelación se refería a la salida oculta de las tres Hermanas llevadas a Chile). «Por lo demás tiene libertad para gobernar como guste ambas Congregaciones. El Sr. Etienne asegura al Ministro que no habrá peligro del escándalo que teme. Las medidas que va a tomar para restablecer el orden no crearían ninguna dificultad el Gobierno». Era claro que el Embajador francés lo impediría.

«El otro negocio que trajo el Sr. Etienne terminó con la misma facilidad. Se formaría en Madrid una Casa de Caridad modelo, donde se organizarían las diversas obras entonces tan necesarias en España para instrucción del pueblo y servicio de los pobres enfermos, y que Hermanas francesas vendrían a ponerse al frente. Se consiguió un basto edificio por las Señoras Fundadoras y la Reina autorizó dar su nombre, Santa Isabel, al nuevo Establecimiento. En el mes de Diciembre siguiente, del mismo año 1856, diez Hijas de la Caridad, escogidas de entre las más experimentadas -de Francia- vinieron a tomar posesión».

Pero nuestra Historia manifiesta que ya para entonces tenían las Hijas de la Caridad españolas no una, sino setenta y seis casas modelos de Caridad.

«El Superior General, firme en su designio de implantar el hábito francés en España y sus dependencias, siguió moviendo todos los resortes divinos y humanos para obligarlas a ello. Las Hermanas Españolas recibieron con noble generosidad a las de Francia y las trataron con la sincera efusión tan de nuestro carácter. Las convidaron a al mesa de la Casa Central, del Real Noviciado de Jesús, que se estreno aquel mismo año. Pero no pasaron muchos días cuando ciertas insinuaciones, ya directas ya indirectas, por medio de las Señoras Fundadoras de Santa Isabel, para que cambiaran de tocado, hicieron resfriar la primera amistad y desde entonces se dibujó el antagonismo y quedó en el surco el germen de la discordia.

Lo cual no podía menos de manifestarse al exterior, hasta hacer intervenir en el caso a muchos Prelados, que las tenían en sus Diócesis, al Sr. Cardenal de Toledo, al Sr. Nuncio y al mismo Gobierno. Resultado fue, como era natural, acudir a la soberana autoridad de la Santa Sede, quien envió al Superior General un rescripto del tenor siguiente: «Rvdo. Signiore: habiéndose representado a la Santidad de Nuestro Señor, que se procura introducir algún cambio en el Hábito de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en España, y que de tal innovación no podrá menos de seguirse grandes disgustos y lamentables consecuencias, su misma Santidad ha ordenado que se haga a Vd. sabedor de ello, a fin de que disponga no se insista sobre ello y no se haga innovación. Esto es cuanto he decir sobre el asunto. Dios le guarde…

Roma, 14 de septiembre de 1857.

A sus órdenes = G. Cardenal de la Genga. Arzobispo de Filipi.

Francia, Al Superior General.

 

También el Sr. Arzobispo de Méjico escribía con fecha 26 del mismo mes y mismo año al Sr. Sanz, Director de las Hermanas de aquella República, un oficio en el que dice: «Habiendo visto el Ilmo. Sr. Arzobispo el comunicado que sobre la materia se publicó ayer  en el Diario de avisos y sabiendo la gran inquietud que reina en los ánimos de la mayor parte de las Hermanas, a consecuencia de esa inesperada variación de traje, que haría perder su vocación a muchas, especialmente mejicanas, a quienes no se les puede obligar a que se pongan un traje que no conocían y, en cierto modo las expone al ridículo, por ser tan contrario a los usos y costumbres de este país cambiándolo por el muy honesto y decente que ahora llevan, me ha prevenido me dirija a Vd. oficialmente, como tengo el honor de hacerlo para decirle que prohíbo absolutamente que se haga tal variación en el traje de las Hermanas, exponiendo al Superior General las razones fundadas para que así se verifique,…

Setiembre, 26 de 1857″

Claro aparece que la decisión pontificia no llegó al conocimiento de los Superiores de España, ni de los de Méjico, donde un año después y por encima de todo, pudo al fin prevalecer la innovación, aunque no sin hartas lágrimas y pérdidas de vocaciones, como lo había temido el Arzobispo.

En tres de octubre de aquel mismo año escribía el P. Santasusana al P. General lo siguiente: «Voy a hablar a V.R. con mucha repugnancia de otro asunto y es que me han dicho que V.R. está persuadido de que, si las Hermanas no quieren mudar de traje el Consejo y, más yo, tenemos la culpa. Hay circunstancias en que conviene callar y creo estamos en el caso. Yo no he hecho otra cosa que tranquilizar los espíritus».

Y el nuevo Visitador de España, P. Masnou, escribía en 14 de junio: «Por lo que mira a la corneta le dirá francamente que no me parece que estén en condiciones de tomarla. Yo aprovecho todas las circunstancias para abatir los prejuicios y allanar las dificultades, pero el sacrificio que se les exige se halla sobre sus fuerzas».

De cómo pensaba aquel hombre de Dios, el santo Padre Borja, aplicado casi toda su vida a la dirección espiritual de las Hermanas de Madrid, nos da idea de su estilo, la carta que, con fecha 19 de junio de aquel mismo año 57, dirigió al Padre General: «M. H. Padre: Felicito a Vuestra Paternidad los días del glorioso San Juan Bautista con muchos aumentos de gracia, para que, como sucesor de San Vicente, pueda santamente gobernar las dos familias,

«Permítame, Honorable Padre, proponga a vuestra Paternidad se sirva dejar a las Hijas de la Caridad de esta Provincia que sigan como hasta ahora, con su vestido acostumbrado. Pienso que Charitas Christi urget me, y esto para evitar muchos males y de consideración  que con fundamento, temo se seguirán si se les obliga a vestir como las de esa Provincia. No querría que en los días de vuestro Generalato se ocasionaran tantos males.

Disponga de su seguro servidor que su mano besa.

José Antonio Borja, indigno Sacerdote de la Congregación de la Misión».

Así pasaron varios años de inquietudes y zozobras hasta que en 1861, fue llamado a la Casa Generalicia de París, como Secretario de Padre General un misionero español, cuya vida apostólica se había derramado por los Estados Unidos y Brasil, dejando en todas partes fama de sus eximias dotes de prudencia y santidad. Era el Padre Maller. Emigrado de América, siendo muy joven como tantos otros en tiempo de la expulsión de las Comunidades  de nuestra Patria, no podía conocer la situación de las Hijas de la Caridad Españolas. Llevado de sus deseos de establecer la paz y moralmente obligado a secundar los empeños del Padre General a cerca de la uniformidad del tocado, escribió en este sentido a los dirigentes de la Provincia española.

El P. Igüés, uno de los más incondicionales adictos del Padre General, contestándole le dice, con fecha del 24 de noviembre de aquel año: «Sólo diré a V. que hay muchas complicaciones, que hacen grave y difícil de resolver la cuestión perteneciente a las Hermanas. Comprendo muy bien, y lo mismo los Sres. Masnou y Borja, a quienes he leído la carta de Vd., comprendemos digo, que el M. R. Padre estará muy ofendido por lo que le han escrito de Roma, pero nosotros nada sabemos, de que se hubiese escrito desde aquí… De consiguiente, ignorándolo completamente no vemos nos hallemos en el caso de dar satisfacción… Veremos el resultado, que Dios mediante, esperamos favorable, estando con el influjo de Vd. a quien agradecemos ya los pasos que ha empezado a dar el feliz desenlace».

De un hombre tan recto como el Padre Maller, incapaz de miras terrenas y políticas en su conducta, bien es de creer, que si se movió a intervenir en aquel asunto ya fallado por la Santa Sede, hubo de ser por ignorar el Rescripto de 1857. Como quiera que sea, su intervención en esto, solo produjo nuevas alteraciones entre los Misioneros y zozobras entre las Hermanas con la consiguiente intervención de los Prelados, del Gobierno y del Nuncio, lo que obligó a la Santa Sede a renovar formalmente el anterior Rescripto con estas palabras dirigidas al Padre General.

«11 de Diciembre de 1861. = Reverendo Señor.

Recordará V.S. que en letra del 16 de setiembre de 1857, le fue participado de aquesta Sagrada Congregación de Obispo y Regulares, que era mente del Santo Padre, que no se hiciese mudanza de Hábito de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en España. Ahora se supone que se suscita de nuevo la cuestión. Por eso S. Santidad ha ordenado se comunique a Vd. su deseo de que no se mude nada.

Para que le sirva de norma y Dios le guarde.

Roma, 11 de diciembre de 1861.

A sus órdenes, N. Cardenal Palavicini. Clavelli, Prefecto;

Arzobispo de Filipu, Secretario.

Al Superior General de la Misión».

 

Poco antes de esta segunda prohibición de la Santa Sede, había concebido el P. General el proyecto de hacer intervenir en sus empeños uniformistas al Padre Sanz, que, como queda dicho había conseguido con tenacidad y dureza imponer la cornette entre las Hermanas españolas en México, quienes por la lejanía no podían defenderse con la protección de España.

Con tal pretensión vino el P. Sanz a la Península en octubre de 1861, en compañía del joven Padre Recoder, entusiasta por entonces de aquellas ideas, de las que luego había de ser el más terrible adversario. Oigamos su actuación según carta del P. Sanz al Padre Maller: «Por lo que observo y por lo que me han comunicado las Hermanas de más juicio, yo creo que el cambio deseado es muy realizable con el tiempo. Deseo que haga presente todo esto al Muy Honorable Padre a quien escribiré más despacio, luego que haya terminado mi misión en el noviciado»(2 de octubre).

«(20 de enero de 1862) Aquí, gracias a Dios, todo se prepara bien. Yo espero en Dios que con prudencia y calma todo se conseguirá». Pero en 3 de febrero dice cómo piensa el Cardenal de Toledo, aunque no es eso lo que más le espanta sino «el estar sólo y no tener nadie que le ayude».

Por su parte el P. Recoder, con fecha 25 de enero escribe al P. Maller: «Pronto hará dos meses que estamos en la Península. En todo este tiempo yo no he hecho nada más que observar, sondear y examinar tanto a los Padres como a las Hermanas. Entre aquellos no hay uno que se haya adherido al Sr. Sanz. Nos hallamos solos, y como V. conoce, yo por ser tan joven, bien poco puedo hacer. Pero el momento de preparar el terreno a fin de que, en marzo del año entrante, quede todo concluido es ahora. Las más de ellas están por seguir en todo lo que quiere nuestro Muy Honorable Padre, y esto lo sé, no sólo por que lo he oído de boca de muchas Superioras, sino también porque he procurado que las Hermanas francesas examinaran el espíritu de las españolas y me han confirmado lo mismo.

El Sr. Sanz es, como V. habrá conocido, muy escrupuloso. Pide consejo y parecer a los Señores Igüés y Santasusana, y como no pueden oir de cambio, dejan al Sr. Sanz en la más crítica situación.

El mismo Padre Sanz repite esto mismo con fecha 30 de enero diciendo al P. Maller: «Yo no dudo que se conseguirá todo pero se necesita mucha calma. Aquí estoy sólo para este asunto. Los que pudieran y debieran ayudarme no lo harán por ahora, porque todavía están muy prevenidos contra el deseado cambio. El Cardenal de Toledo y más su secretario lo abominan. Nada de esto me espanta, nada temo, porque la causa que defendemos es muy justa.»

Y pocos días después: «Con la gracia de Dios yo trabajaré por conseguir el cambio tan deseado, aunque me cueste la vida».

Tales declaraciones muestran que los Misioneros de España ignoraban del todo las decisiones dadas por Roma al Padre General, pues, de haberlas sabido, ninguno de ellos y menos el Sr. Sanz tan obediente y escrupuloso como era, ni el P. Maller, varón de Dios se hubieran atrevido a despreciar el mandato del Papa.

De cómo opinaban los Prelados de España basta leer la carta del P. Sanz al P. Maller, con fecha 16 de marzo de aquel año 62: «Estuve con el Cardenal de Toledo. Hablé con él largamente y le encontré enteramente opuesto a la corneta. Me dijo hasta tres veces, en ocasiones distintas, que escribiera al Superior General de su parte, que estaba enteramente decidido a emplear todo su influjo en el Gobierno y con Roma para impedirlo y que preferiría la extinción de las Hermanas, antes que verlas con un traje tan opuesto a las costumbres de España…

«Me dijo que tenía muchas cartas de Hermanas, que estaban muy alarmadas con las noticias que corrían de que iban a mudarlas de tocado, lo que él nunca permitiría. Con todo esto y viéndole tan aferrado yo no creí entrar en debates con él y me despedí. Tiene un secretario que es más obstinado que él…

He sabido también que dos Hermanas se han presentado a la Reina, cuando esta viajaba… y que las respondió: «mi padre os puso la toca y yo no os la dejaré quitar»[iv].

«V. querrá saber mi dictamen en vista de todo esto. Pues bien, yo creo que saldremos con nuestro intento, trabajando con calma, sin precipitar las cosas y formando el corazón, etc…»

En 3 de mayo su desilusión era la más completa: «Contra mi mismo, dice, hay preocupaciones fuertes, por la sospecha de que he venido  hacerlo que hice en Méjico. Añade V. a esto que aquí todo lo huele a francés disgusta, cuyo disgusto es temible».

Se aumenta con las pretensiones de Francia en Méjico -la guerra que impuso allí el imperio de Maximiliano- y su conducta con los asuntos de Italia -la ocupación de Roma por los Franceses-.

«En vista de esto me parece una temeridad tocar este asunto en el día. Lo que importa es calmar los ánimos y trabajar en forma a las Hermanas en el verdadero espíritu de su vocación. Dice que el Sr. Obispo de la Habana a quienes se había impuesto la corneta y estaban alborotadas y que no sabe como contestar. Habla contra el P. Recoder, quien de ningún modo conviene esté en Madrid.

El caso de Recoder es de lo más desconcertante. Después de sus primeros entusiasmos por la cornette, y acaso con esperanzas de figurar, se trueca pronto en paladín de la causa española, hasta publicar un folleto [    ] terrible contra las pretensiones francesas, lo que le acarreó  ser expulsado de la Congregación y fue a formar en la piña de tantos misioneros ya expulsados en aquel tiempo, quienes con la libertad en que se movían fuera, hicieron campaña pública  de sus opiniones y de sus corazones lacerados, pus muchos de ellos, hombres beneméritos, siguieron amando entrañablemente a la Congregación , mientras vivieron.

Sólo queremos señalar la siguiente Carta Circular impresa, que se envió a todos los Obispos de España:

«Madrid, mayo 15 de 1962.

Aprovechamos la presencia de V.E.I.  en esta Ciudad Santa para manifestarle los gravísimos males que desde 1856 está sufriendo nuestra Congregación de España fin de que Vuestra Señoría Ilustrísima se digne poner todos u poderoso valimiento cerca de nuestro Santísimo Padre…

«Como el Superior Francés quisiera hacer en nuestra Congregación de España varias innovaciones, que luchaban contra el espíritu español y aún con lo manifestado por Su Real Majestad, así como con los deseos de los Rvdmos. Obispos españoles, el Visitador General, que se hallaba a la sazón al frente de los Misioneros en la Península  se opuso a ello con respeto, firmeza y dignidad acudiendo para ello a la Santa Sede. Era esto a principios de 1856. España tenía rotas sus relaciones con la Silla Apostólica. la Francia mandaba en la Ciudad Santa y sus bayonetas brillaban en todos sus baluartes. Los dos Superiores se halaban a la vez en Roma. No es necesario decir a vuestra Señoría Ilustrísima quien fue el que triunfó en esta ocasión. Mas nuestro Santísimo Padre hizo cuanto pudo en favor de los Misioneros españoles, conociendo la justicia de su causa, pues hizo prometer al Superior francés que no inquietaría ya más a los Misioneros de España y que las cosas seguirían de la misma manera que hasta entonces. Mas esta palabra no fue guardada , pues no solamente trastornó todo lo que habían hecho los Superiores españoles sino que los destituyó y separó de la Congregación por sí y ante sí, contra los deseos y voluntad de todos y cada uno de los que formaban  la Congregación en España… Necesario es pues, Excmo. Señor, conseguir cuanto antes de la Santa Sede el que la Congregación de la Misión en España sea regida y gobernada por un Vicario General Español, nombrado por Su Santidad con entera dependencia de Francia…»

Esta petición, aunque según el impreso, era hecha en «nombre de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión española» era sólo un desahogo de la amargura de los expulsos, aunque no dejaba de haber otros que participaban de sus tendencias. «Está ya en Roma el expediente pidiendo nuestra Separación del Superior General . Este plan infernal lo ha fraguado el Sr. Recoder y en él ha metido a otros sacerdotes de esta Casa, y tres Hermanas. Ha estado y hablado tres veces con la Reina y al Ministro, y por conducto  de este ha ido el expediente a Roma» escribía el Sr. Sanz al P. Maller el 17 de junio.

Y algunos días después lo confirmaba el P. Santasusana diciéndole: «Acabo de hablar con el Obispo de Salamanca que ha vuelto de Roma y hoy para en esta casa. es ciento que los Obispos españoles, que fueron a Roma, se convinieron en hacer una representación al Papa sobre el asunto de las Hermanas contra lo de la corneta. esta representación la firmaron (son que) unos cuantos de ellos, pero sí seque la firmó el mismo Sr. Obispo que me lo ha dicho en confianza y el Cardenal de Burgos se encargó de presentarla al Papa… El Plan de Recoder pata más adelante se reduce a separar esta Provincia del Superior General y nombrar un Vicario, que sea el P. Armengol… ha conseguido del Ministro de la Reina una Orden o Carta para el plenipotenciario de misma Roma».

Lo mismo que el Obispo de Salamanca al P. Sanz, había repetido el S. Arzobispo de Valencia a Sor Vicenta del Valle: «y le añadió que las Hermanas francesas de aquí debían estar sujetas al Noviciado de las españolas»[iv].

Sobre este particular escribe, cuatro días después, el P. Maller al P. Sanz, que él está por la uniformidad absoluta y la expulsión de los que se opongan. Y como para entonces, dentro de la Provincia española ya se había nombrado otra Vicevisitadora para las varias casas d hermanas Francesas, que iban estas estableciendo, dice: «Claro está que no debí haber en España sino una Visitadora, como un Director, pero quien tiene la culpa es quien la puso sí y los que no los ayudan a entrar en el orden que evidentemente Dios dispone. El remedio, por consiguiente, sería tomar la corneta… obedeciendo sin esperar a que se la impongan por autoridad, lo que – el P. General- no quiere imponer sino por amor».

Que fácil veía esto el buen P. Maller desde parís: «Entonces con mucho gusto el Superior General suprimiría la Visitadora Francesa. Pero querer sujetar las Hermanas francesas a la Visitadora española , en el estado actual de las cosas, sería casi ridículo y para ellas intolerable». Verdad es que el mismo P. Maller confiesa que por falta de juicio y de experiencia y, sobre todo, falta de conocimiento práctico del estado real de las cosas en España» pensaba así.

Según carta del 27 de Junio del Sr. Guarini misionero de Roma, en contestación a la del Sr. Maller, que lo consulta sobre ese postulado de separación  intentado por algunos Misioneros, no era cierto ni creíble que tal petición se hubiera presentado al Papa, después, que seis años antes, había sido ya rechazado por él. En cambio confirma la representación de los Prelados para que «no prometiese cambiar la toca por la corneta e impidiese al Superior General el Considerar a las Hermanas de España separadas de la Congregación, sino que siguieran con su dirección». Y añade que el Papa había dicho al Misionero Mons. Spuccapetra aquello que los Obispos de España le habían expuesto, y que había exclamado riendo: «no credo che un jezzo de velo le voglia abbandonare» -no creo que un pedazo de tela las quiera abandona. De donde se saca que la contrariedad del Padre llegó al extremo de quererse separar de la Congregación a todas las Hermanas españolas[iv].

Como resultado de le efervescencia interna y externa que reinaba entre los misioneros  y entre las Hermanas, el Sr. Nuncio de España avisó de ello: «En medio de esta desgracia, lo único favorable es la persona, a quien se ha dado comisión… El Sr. Nuncio está sumamente interesado por la Congregación y me ha asegurado la dependencia a nuestro muy Honorable Padre no se alterará absolutamente en nada. Que no quiere  dar publicidad a dicha visita y que la reducirá a tomar una información de los Superiores y Superioras de las Cosas relativas al estado de nuestras cosas…».

Y tres días después se lo comunica al P. General: «Yo manifesté al Sr. Nuncio que las Hermanas, fuera de Madrid, estaban ignorantes de lo que aquí se tramaba, y que la visita podría turbarlas, pero me contestó que el esperaba lo contrario y que serviría para establecer la paz en ellas…  A pesar de esto. la visita es un gran mal, y creo que uno de los resultados será el dar a las Hermanas una seguridad auténtica de que nunca se podrán la cornetta». «En vista de todo esto y de otras causas que a Vd. no son desconocidas, la misión que Vd. me confió esta terminada y perdidas las esperanzas de poderla llevar a cabo. Por tanto si V. gusta destinarme a otras parte…».

Durante el tiempo que estuvo abierta la visita, que fue larga y minuciosa, la agitación de los adversarios de las pretensiones  francesas fue muy violenta en folletos, hojas impresas, cartas, influencias políticas, etc. etc… y no menos la presión que venía de parís que llegó a obligar a la Visitadora  y si Consejo a presentar la renuncia de sus cargos. «Porque conocemos, decía Sor Vicenta del Valle al Sr. Maller en 28 de junio de 1863, que aunque nosotras quisiéramos darles gusto en la dichosa corneta, que es toda la cuestión, no podemos hacerlo sin menoscabo de la Provincia y ser el escándalo del mundo todo, por lo enconados que están ya los ánimos, no tanto de las Hermanas sino de todo el episcopado español.

«Nos vemos, amado Padre, entre la espada y la pared y yo y mis compañeras, antes d ser instrumento de una revolución  entre nuestras hermanas, presentamos nuestra dimisión con todo gusto. Como Visitadora no puedo en conciencia darle gusto sin perder la confianza de todas las Hermanas de España».

Al Sr. Sanz le llama el afrancesado y cuando fue a Cádiz con las Hermanas de Filipinas se levantó una polvareda contra él, porque decían que las iba a vender, y que tenían en Cádiz las cornetas y hábitos para ponérselas en el barco, cuando no pudieran volver atrás».

Otra carta de Sor Juliana Mestre, Asistenta y más tarde Visitadora, retrata al vivo, en 16 de Julio, aquella situación violenta  y la tenaz presión del P. Maller. «Recibí, le dice, en Barcelona la de Vd… Me he penetrado bien del contenido y francamente me contristó. Como Vd. está lejos y no ve las cosas le parece muy fácil el achacar a inclinar a las Hermanas a la uniformidad. Lo miro muy difícil y si Vd. viniera a España, pensaría como nosotras. Vd. dice que podríamos haber hablado al Papa para que incline o manifieste deseos  de que nos uniformemos. ¡Ay, Sr. Maller, que somos cuatro en comparación de mil y cuando se ve claro que, si alguna vez piensan las Hermanas en lo de la separación es sólo para evitar que se las obligue a cambiar de traje A mi me da lástima la Visitadora», que es buena.

Del resultado de la Visita del Sr. Nuncio Barilli, nos informa el Sr. Sanz, a primeros de Agosto: «Por fin el Nuncio ha mandado un despacho  en la semana pasada, concerniente a vuestras Familias de San Vicente. Franchi se apresuró a traerme  el original para que lo leyera. En él dice que no hay necesidad de molestar a las Hermanas a cerca de la corneta y algunas pequeñeces.

«Por lo demás el espíritu es excelente y ninguna deja que desear. Con respecto a los Misioneros sería de desea para quitar contradicciones entre ellos reinantes, mandar algún misionero italiano y todo andará perfectamente».

Tales eran las noticias que enviaba desde Roma el P. Guarino, Procurador General de la Congregación  de la Misión ante la Santa Sede.

En vista de ello, se decidió el P. Sanz, en Febrero de 1865 a presentarse en Roma para enderezar el negocio. Desde allí escribía al P. Maller descorazonado: «Al Nuncio de Madrid se le ha escrito por encargo especialísimo del Santo Padre que mande con la brevedad posible el resultado de la Visita. Veremos si lo hará y cuándo. Hasta entonces no sabemos la ultimación  de estos asuntos… Roma es una Corte y a ella llegan también las influencias humanas. Créame V., Sr. Maller, que deseo ver terminado este asunto para no ocuparme, en lo poco de mi vida que me queda, más que de mi mismo».

Pero el negocio caminaba en Roma con mucha lentitud, como nave que camina entre escollos y no hacia el puerto suspirado por el P. Sanz. Así se lo manifestaba desde allí  el P. Guarini al Sr. Maller, en 22 de abril: «Para los Misioneros se ha conseguido cuanto se ha podido para enfrenar la audiencia del Arzobispo de Toledo ¡y que no se mezcle para nada en los asuntos de ellos, los cuales, en la interna administración no reconocen más prelado que el Suprior General».

Medida fue esta bien  antipolítica como luego se vio. «De las Hermanas no se ha dicho una palabra, porque las actas de la Visita aún no han venido. Y yo quisiera que no llegasen jamás, y las cosas se acomodasen por sí mismas con el tiempo. Cuento que las actas de la Visita no nos serán muy favorables y no quisiera yo que la Sagrada Congregación diese sentencia +, porque podría dañar mucho…»

En aquel estado de indecisión acaecían lances tan dolorosos como el referido, entre otros, por el P. Sanz al P. Maller, en carta de1 de Junio: «Ya le dije, como, a pesar del documento que se me dio en Roma, abriga temores fundados de que éste Excmo. Cardenal de Toledo, no vejaría en sus pretensiones. Anteayer le visité y me dijo, que el era el Superior de esta Casa y que, si no se reconocía su autoridad, nos suspendería. A esto le contestó, con gran paz, que tenía paciencia para sufrir las consecuencias  de la resolución de Su Eminencia, pues que no podía hacer lo que pedía». Por la tarde fue el P. Sanz a ver al Sr. Nuncio, pero éste se retrae y quiere echarse fuera de la lucha».

Entre tanto el panorama político de Europa iba a meter la cuestión de la corneta en vía muerta. El imperialismo francés se resquebrajaba y, en 1866, todas las casas de la Congregación en Italia fueron suprimidas y confiscadas por el Gobierno, sin que la influencia napoleónica, en que fiaba el P. Etienne, valiera para nada. Ante éstos graves acontecimientos, que repercutían entre las naciones, lo de la uniformidad en España era cosa baladí.

El P. Sanz había fracasado y para sustituirlo en el cargo de Visitador fue enviado el P. Maller, en mayo de aquel año. Y sucedió lo que Padres y Hermanas le habían advertido: que vistas las cosas de cerca, no era lo mismo que verlas desde París y con prudencia consumada, prescindió por entonces de su fervor uniformista y se dedicó de lleno a la dirección de la Provincia.

Desgraciadamente la política de nuestra Nación se volvió a alterar y juntamente la paz con la intentona de Prim y la sublevación del cuartel de la Montaña, vecino a la residencia de los Misioneros y con no pocos daños en ella en 1866. La revolución siguió sus pasos hasta triunfar en 1868, con el derrumbamiento del trono en España, viéndose obligados los Misioneros de Madrid a dispersarse. El P. Maller con algunos de ellos se fue a Paris. Venida la República y rotas las relaciones oficiales con Roma, las Hijas de la Caridad fueron en general respetadas y continuaron flotando por el espíritu de caridad sobre aquel mar de desdichas.

Hasta entonces la lucha entre el Superior General y la Congregación Vicenciana española había sido principalmente a causa de las diferencias sobre el modo de reorganizar la Provincia al ser reconocida oficialmente por el Concordato de 1851, y que los Misioneros deseaban fuera sobra las bases tradicionales anteriores al P. Etienne, celoso centralizador en París de todos los poderes de la Congregación, anulando los de los Visitadores.

Aventados de nuevo los Misioneros por la revolución del 68 cesó por esta parte toda discusión y hubiera reinado la paz, a no haber renacido con tenaz porfía el desdichado empeño de imponer a las Hermanas el cornette. Hasta aquí el choque principal lo habían recibido los Misioneros, sin que las Hermanas hubieran tomado parte activa y directa en la lucha. Ahora iban a ser ellas las que respondieran briosamente al ataque en defensa de su hábito tradicional, y con fuerzas mucho mayores, desde que entraron en la lid Obispos, Cardenales, Nuncios y la misma Santa Sede. El asunto había quedado pendiente desde que, poco antes de estallar la revolución triunfante del 68, El Excmo. Sr. Cardenal Cuesta, Arzobispo de Santiago, había enviado a Roma, con fecha 16 de febrero un Proyecto de arreglo para las Congregaciones de San Vicente de Paúl, en España con el contenido siguiente:

1º         Las Hijas de la Caridad de España estarán bajo la dirección de un Sacerdote de la Misión de los Paúles, que tendrá el título de Visitador General, el cual será nombrado por el Superior General, a propuesta de la Asamblea Española… Su cargo durará seis años.

2º         Las Hijas de la caridad de la Provincia de España, vivirán según las Reglas de San Vicente de Paúl.

3º         Se prohíbe perpetuamente que se las mude de traje o se altere su modo de vivir; antes bien las extranjeras que vengan a establecerse en la Monarquía Española habrán de conformarse, tanto en el Hábito como en la manera de enseñar y desempeñar los oficios de su vocación a las costumbres españolas y habrán de estar sujetas a Visitador español.

4º   Todas las casas de las Hijas de la Caridad establecidas en los dominios de Su Majestad Católica formarán una sola Provincia y estarán sujetas inmediatamente al Visitador General, nombrado como va dicho, y a la Visitadora General, que habrán de residir en Madrid. Siendo cargo del Visitador admitir en el Instituto a las Pretendientes y darles la Profesión, pasado el Noviciado en la Casa de Madrid, como también, admitir la renovación de los Votos de las Profesas, disponer de la traslación de las Hermanas a las Casas de la Península y Dominios de España, nombrar y separar las Superioras locales, y aún la Visitadora General de España, con ausencia del Consejo establecido en Madrid, entender en las nuevas Fundaciones, y disponer equitativamente de los fondos existentes en las casas de las Hermanas para acudir a las necesidades de otras casas exclusivamente españolas; como que todos los actos, que van enumerados, ha acostumbrado a ejercerlo el Visitador de España desde los primeros tiempos de la fundación según testimonio de los Padres más antiguos.

5º         Para el mejor gobierno de las casas establecidas en las posesiones españolas de Ultramar nombrará el Visitador, oído el dictamen del Consejo, algunas de las Hermanas Sirvientas como Vicevisitadora con las atribuciones de la Visitadora General a quien estarán sujetas les concediere. Al mismo tiempo el propio Visitador, oídos los Consultores de la Provincia nombrará algunos Presbíteros de la Misión con el título de Subdirectores, que hagan las veces del Visitador General de Ultramar, debiendo ser tanto el Visitador General como los Subdirectores, naturales de España, que hayan hecho su Noviciado dentro de ella y permaneciendo después constantemente en algunas casas, sin haberse incorporado a otra Provincia…

6º         Los Misioneros y el Visitador General nombren para confesores de las Hijas de la Caridad españolas o para darles Ejercicios espirituales, habrán de ser españoles, formados en la misma Provincia o que lleven en ella al menos diez años.

7º         Habrán de serlo también la Visitadora General y las Oficiales que formen el Consejo y las Vicevisitadoras, de modo que hayan vivido desde su ingreso en el Instituto o en las Casas españolas de los dominios de la Monarquía y no hayan estado fuera.

8º         Ninguna Hija de la Caridad de la Provincia de España podrá ser invitada y menos obligada a salir de su Provincia para pasar a otra, sin ella hacerlo, después de un año de Noviciado, sin licencia de Su Majestad Católica. Más si, antes de concluir el año quiere pasar a otra Provincia perderá el derecho de ser admitida de nuevo en aquella de que salió.

9º         Las Hermanas Sirvientes darán cada año cuenta de los ingresos y gastos de la Comunidad a la Visitadora o a quien ella deputase. Lo propio hará la Ecónoma del Noviciado. La Visitadora las presentará al Consejo y al Visitador para que las examinen y aprueben. Mas no tendrán obligación de remitirlas ni enviar razón de ellas a otros Superiores. Tampoco podrán los Superiores Generales de las Hijas de la Caridad exigir de la Provincia de España subvención alguna pecuniaria, ni obligar a que se hagan impresiones de las Reglas, Conferencias de su Santo Fundador ni otros libros necesarios o útiles para la instrucción, fuera de España, ni que se hagan otros ejemplares que los que han estado en la Península hasta el año 1860; y finalmente no se les podrá obligar a admitir a otros impresos fuera de las Circulares del M.R. Superior General u otros encaminados al Gobierno de la Congregación.

10º       Las elecciones de Visitadores y Subdirectores, de Visitadoras y Vicevisitadoras, que se hiciesen en lo sucesivo contra lo dispuesto en este arreglo serán de ningún valor, y si avisado el Superior y la Superiora, que hubiesen hecho la elección de su nulidad, no la subsanasen en el término de dos meses a contar desde la fecha del aviso, perderán el derecho a la elección por aquella vez y se hará el nombramiento de Visitador General y Visitadora con sus Vicevisitadores y Vicevisitadoras por el Arzobispo de Toledo, oyendo antes el dictamen de los Asistentes y Consultores de la Provincia para el nombramiento del primero y, para el de la segunda, habrá de oir el dictamen del Consejo de la Provincia con el de otras cuatro Hermanas Sirvientes de las más antiguas de la Casas de Madrid.

11º       En todo lo demás que aquí no se trata se regirán las Hermanas por las Reglas y prácticas constantemente observadas en España…

Últimamente convendría que los Padres, que han sido excluidos de la Congregación  en estos últimos años, dirijan una solicitud al Visitador General pidiendo se examinen detenidamente las cláusulas de su exclusión, y si no han sido graves, se les admita de nuevo, dando las satisfacciones convenientes al Superior General para que se eche un velo sobre lo pasado».

Para nosotros que vivimos en otras circunstancias aparecen extravagantes algunos puntos de estas peticiones. Así los números 4º, 5º, 6º y 7º que tratan de cómo los Superiores y Directores de las Hijas de la Caridad habían de ser españoles, que perteneciesen y hubiesen vivido en nuestra Provincia de España. Sólo sabiendo la tendencia del Padre General, que era la de poner al frente de nuestras Congregaciones individuos, si bien españoles, que pertenecían a las Provincias de Francia, Estados Unidos o de Méjico, que desconocían las personas y las cosas de España y venían aleccionados por el Superior General para introducir aquí las novedades, que tanto repugnaban a nuestros Padres y Hermanas de la Península, se ve la razón de semejantes peticiones. Las perdidas recientes de las tan queridas Viceprovincias de Méjico y Cuba, en donde la imposición del Cornette había conseguido arrancarlas de España, y convertirlas en Provincias Francesas, era una sangrante realidad que exasperó el sentimiento, dentro y fuera de las Comunidades. De ahí el recelo manifiesto contra los Sres. Sanz, Masnou, Maller, Boch, principales agentes del cambio de Hábito, bajo el señuelo santo de uniformidad. Y las pobres Hermanas del Noviciado habían tenido que soportar la convivencia con una hermana española, Sor Elena Prieto, que después de muchos años de vivir en París, como Secretaria de la Superiora General, vino de allí con el título de Inspectora, y con su cornette, para humillación y tormento de nuestras Hermanas.

El numero 9º indica, que el interés económico con capa, claro está de espíritu y uniformidad, entraba entonces en juego más que la hidalga generosidad y largueza de España lo permitían, y hasta se llegaron a descubrir sumas cuantiosas destinadas a París e intervenidas por los Gobiernos de Méjico y Cuba.

La Proclamación de Alfonso XII en Sagunto, en 1875, esclareció de nuevo el cielo de la política española y la cuestión latente de la corneta volvió a aparecer. Para entonces habían perdido su más ardiente adalid, con la muerte del P. Etienne en 1874. El P. Sanz había fallecido poco antes, y el Sr. Maller andaba en comisión de Visitador extraordinario fuera de España. Ahora eran las Hermanas francesas las que defendían su existencia en nuestra Patria, atacando a las españolas, según leemos en unas notas enviadas por aquellas a Roma en enero de 1876. «Mientras las Hermanas de España, decían, reconocer en el Superior General el derecho de nombrar a la Visitadora y al Director de la Provincia, pretenden que deberían ser siempre españolas de nacimiento, educadas y formadas en España, sin haber nunca formado parte de otra Provincia, pudiendo recurrir a la Santa Sede, en caso de que temiera un cambio de los mismos… Y ésta es precisamente la conducta que la actual Visitadora está siguiendo. El Superior General no podrá permitir a las Hermanas pasar a otra Provincia sin el consentimiento de la Visitadora, lo cual equivale a pedir la abolición de la Provincia francesa en España o anexionarla a la española o retirar del país a sus Hermanas.

… El Superior General de la Congregación con el acuerdo unánime de sus Asistentes y del Consejo de las Hijas de la Caridad, está dispuesto a declarar libres de todo compromiso para con él, a las Hermanas españolas, de modo que podrán formar una comunidad nueva e independiente, antes que suscribir las susodichas exigencias».

La susodicha representación del Sr. Cardenal de Santiago quedó en Roma pendiente de los sucesos aflictivos de la política por los que atravesaba nuestra Nación.

Desde 1866 regía la Provincia de las Hermanas españolas Sor Juliana Mestre, Asistenta del Consejo anterior, y como Asistenta Sor Carmen Moreno, Superiora del Hospital Central de Sevilla y con ellas Sor Benita Bárcena, Superiora del Hospicio de Granada, y Sor Martina Pérez, Superiora del Hospicio de la Coruña. En ellas había puesto el Visitador P. Sanz, sus esperanzas para conseguir el tan por él ansiado cambio de tocas.

Respirándose ya en España un poco de paz política, en 1871, el nuevo Visitador de las Hermanas, P. Masnou, de acuerdo con el Superior General trató de mudar la Visitadora y su Consejo, lo que si en tiempos normales nada habría significado, entonces vieron ellas claramente, era con el fin de poner otras que se plegaran a la imposición del Cornette. Ante este peligro inminente Sor Carmen Moreno dirigió al Pro-Nuncio de España el siguiente oficio:

«Muy Señor mío y de mi mayor respeto:

En cumplimiento de lo acordado ayer, paso a indicarle algunas de las razones, por las que no nos conviene mudar en la actualidad de Consejo Directivo de las Hijas de la Caridad de esta Provincia.

No ignora Vuestra Señoría, el empeño que el Superior General ha tenido y tiene de que nos uniformemos en el Hábito con las Hermanas Francesas y nuestra oposición y la de todos los Prelados españoles a esta uniformidad, tras de la cual vendría, como en Méjico y en la Habana, al poco tiempo que se le obligaron a vestir, el imponernos por Superioras Hermanas francesas, lo que acarrearía muchos males a esta floreciente Provincia y a los Establecimientos que le están confiados.

«Estos y otros males, que sin remedio se seguirán, fueron expuestos a Su Santidad, y en vista de esto ordenó al Muy Rvdo., Superior General que no nos inquietase en este asunto. Mas ya que no podían mandarlo, no han dejado de tantear el conseguirlo por otros medios. Tratan de persuadirnos a que lo pidamos nosotras y para ello nos lo pintan como cargo de conciencia. Pero, como nosotras, estamos bien convencidas de que no faltamos en no pedirlo, antes estamos persuadidas de que faltaríamos a nuestra conciencia, si lo procurásemos, por cooperar a los males que de esta medida se habían de seguir a toda la Provincia, quiere sin duda elegir otro Consejo de Hermanas, que se muestren dóciles instrumentos de su voluntad.

¿Y le parece a V.S. que es difícil de hablarlas, atendida la flaqueza de nuestro sexo y de la constante insinuación de los Superiores y más haciéndolo a cargo de conciencia?. Sería, a mi juicio, posible y lo llevarían a cabo sin contemplaciones, aunque contra la voluntad de la mayoría, con ruina de nuestras vocaciones.

Por otra parte no hay razón de mudarle, y en especial a la Visitadora, que de seguro no se hallará otra ni de más talento, actividad y celo por la observancia. El mismo Director General lo conoce y sólo le disgusta porque no conviene con él, en el fin indicado. Supuesto que en el sentir de Su Santidad no se nos debe inquietar por esto, que no afecta a lo sustancial de la observancia, antes esto mismo nos preserva de la relajación como por la gracia de Dios nos había preservado hasta ahora, no hay razón para que se mude el Consejo.

Además, si siempre se resiente una Corporación numerosa de la mudanza de los que han de gobernar, porque para esto se requiere tener conocimiento de las personas… ¿será prudente poner en éste siempre difícil cargo, personas inexpertas, repudiando a las que actualmente dirigen con acierto a la Compañía con detrimento de la misma, por sólo no querer consentir en lo que su conciencia no les permite?».

«Finalmente concluye diciendo que el Gobierno, por un Decreto del 18 de octubre de 1868, niega al Director el que intervenga en nuestro Gobierno y en el mismo, que dependamos se superiores extranjeros, y aunque estas disposiciones no nos obligan en conciencia y nosotras hemos estado y queremos estar sujetas a nuestros legítimos Superiores,  pero se expone a que el Gobierno sepa, como lo sabrá sin duda, que se ha hecho la mudanza del Cuerpo Directivo de la Provincia y puede ocasionarnos choque y disgustos con el Gobierno, tanto más, que éste y los Diputados se han entendido con la Visitadora desde la Revolución.

«Por estas y otras razones, que no se ocultan a V.S. y que sabrá exponer mejor que nosotras a Su Santidad, le suplicamos atienda… etc.”.

El Pro-Nuncio, Mons. Elías Blanchi, en vista de la anterior exposición consultó con la Visitadora, Sor Juliana Mestre, quien le contestó del tenor siguiente:

«… Para contestar con acierto a las preguntas que me hace V.S. he procurado informarme de mi Hermana Asistenta, acerca de lo que había expuesto a S.S. pues como le dije lo ignoraba…

Que el motivo del cambio del Consejo no es otro que el de haber hallado en el actual, quien secundarán el plan del Director General en orden al cambio de Hábito, porque no hace mucho tiempo que se quejó en mi presencia de que no le ayudábamos en ello; que se hallaba sólo y que tampoco podía contar con ningún Padre de la Misión de esta Provincia.

A lo primero le contesté que no lo haría, como otras veces se lo había dicho, porque mi conciencia no me lo permitía. Es una lucha, Señor, constante y penosa la que estamos sufriendo en España desde que el M.H., Superior General ha manifestado de diversos modos el decidido empeño de hacer de la Provincia de España una de tantas Provincias francesas, bajo el pretexto de uniformidad. Y con esto va la vida o la muerte de la Provincia, con gravísimo daño de los Establecimientos. Los Rvdos. Prelados se han interesado siempre en nuestro favor y, a fin de que Su Santidad pusiese término a este malestar, se les dio a leer a algunos, cuando fueron al Concilio los siguientes avisos, que me tomo la licencia de acompañar a estas respuestas.

En cuanto a las Constituciones de nuestro Instituto, nunca las Hemos conocido en España, y a mi ver habrá sido la causa, el deseo que siempre ha tendió el M.H. Superior General en concentrarlo todo en París, causando no poco daño esta centralización a las Provincias.

Empero, que las Constituciones no prescriben el tiempo que ha de durar en el Consejo se colige de que he visto Visitadoras, que han desempeñado este destino muchos años, hasta que su ancianidad y achaques las ha imposibilitado. Y lo mismo sé que se practica en otras Provincias.

También es verdad que el Sr. Nuncio me ha dicho más de una vez que no permitiese ninguna clase de mudanzas en el Consejo sin darle al conocimiento. Lo que había omitido por delicadeza por una parte y por echar de mi una carga tan pesada como es el destino que hoy ocupo.,

Me parece haber satisfecho a las preguntas que me hace V.S. Ahora sólo me resta, como hija de obediencia, acatar lo que S.S. disponga y entre tanto se encomienda a sus oraciones, su afectísima, segura servidora…

Sor Juliana Meste».

 

Con fecha 22 de septiembre escribe Sor Carmen al Sr. Arzobispo de Valencia diciendo:

«Madrid 22 de septiembre de 1871.

Excmo. Sr., D. Mariano Barrio.

Mi Respetado Sr. Arzobispo:

Como sé el interés que siempre ha tenido V.E. por las Hijas de la Caridad españolas, voy a molestarle suplicándole tenga la bondad de tomar parte en un asunto que les interesa a todas.

Ha llegado el caso en que nuestro Director, el Sr. Maller, trata de mudar el Consejo de Hermanas, que compone el Gobierno de esta Congregación por no poder conseguir de las que ahora le componemos, que secundemos su ideas respecto al cambio de traje y en lo demás que de esto se sigue.

Como el Sr. Nuncio de S.S. antes de salir de España me encargó que no consentiría en la mudanza de Visitadora, sin ponerlo en su conocimiento y previniendo los grandes daños que causaría a la Congregación semejante mudanza, me determiné a pasar a casa de D. Elías Bianchi, como V.E., me aconsejo la última vez que en Valencia hablamos del asunto, para ver si se podría impedir. Este Señor, tomando un gran interés en el negocio, me dijo lo pusiera por escrito cuanto habíamos hablado para enviarlo a Roma y le mandé una carta dirigida al dicho Señor, D. Elías, se recibió en Roma y contestaron era necesario que la Visitadora acreditase que la Hija de la Caridad que había escrito la citada carta, decía verdad y otras muchas preguntas, a las que la Visitadora contesta como verá V.E., en el segundo borrador que he llevado hoy al Sr. D. Elías, para que cuanto antes lo remita. Este Señor nos dice sería muy del caso que alguno o algunos Prelados recomendasen el asunto para su pronto y feliz éxito al Sr. Marini, por ver a quien compete el asunto. Y creemos que V.E. es uno de los que más nos aprecian, le suplico a V.E., también en nombre de la Visitadora tanga la bondad de escribirle cuanto antes al referido Señor, pues no se puede perder tiempo…».

La exposición que por indicación del Pro-Nuncio, envió el Consejo y Directoras del Noviciado a Su Santidad en octubre del año 1871, era del tenor siguiente:

«Santísimo Padre:

Las que suscriben, Visitadora y Ofícialas del Consejo Directivo de las Hijas de la Caridad de la Provincia de España, y de las Directoras del Seminario de la misma, en cumplimiento de un deber de amor y de gratitud hacia dicha Provincia y haciéndonos fieles intérpretes  de todas las Hermanas, a Vuestra Santidad humildemente expone:

Que, deseando vivamente la paz y tranquilidad de sus espíritus tan necesarios para labrar  su propia santificación y siendo la causa perenne de sus perturbaciones las continuas y diversas tentativas del M.H. Superior General y de nuestro actual Director para que dejemos el Hábito, que vestimos las españolas y tomemos el de las Hermanas Francesas, Hábito aquel, bajo del cual, como de una salvaguardia, se han conservado la disciplina y antiguas costumbres del Instituto; Hábito grave y honesto y más conforme con nuestras costumbres patrias que el de las francesas, por lo cual siempre ha repugnado, así a nosotras como y muy particularmente a los Señores Obispos; Hábito, finalmente, que se asemeja más al que vistió nuestra Venerable Madre Luisa de Marillac, y por consiguiente, las primeras Hijas de san Vicente, como se colige de la simple vista de los genuinos retratos que tienen el gusto de acompañar; por estas razones y otras indicadas en la representación hecha, el 22 de setiembre del presente año por la Asistenta de este Consejo al Pro-Nuncio de Vuestra Santidad, en esta corte. Mons. Bianchi, y en la carta respuesta de la Visitadora a las preguntas del mismo, en vista de las cuales, Vuestra Santidad tuvo la bondad de mandar al M.H. Superior General  suspendiese por ahora las mudanzas del Consejo, gracia por la que le están muy reconocidos, a los pies de V. Santidad postradas humildes y respetuosamente,

Suplican se digne poner término a sus zozobras y temores sancionando con su Autoridad Suprema los adjuntos artículos….. o del modo, que Vuestra Santidad en su alta sabiduría lo juzgue conveniente.

Este nuevo favor esperan conseguir del piadoso corazón de V. Santidad..sus hijas que no cesarán de pedir al Dios de las Misericordias le consuele en sus aflicciones, libre de su enemigos, conceda la paz de la Iglesia y después le de la gloria.

Art.1º No se obligará en lo sucesivo ni directa ni indirectamente a las Hijas de la Caridad mudar de traje ni de recibir entre ellas a otras que no vistan el mismo.

Art.2º Así el Director General como los Subdirectores de las Hijas de la Caridad, de la provincia de España habrán de ser españoles, haber ingresado en el noviciado de la misma Provincia de Misioneros de San Vicente de Paúl y haber permanecido constantemente en algunas de sus casas, sin haberse incorporado a otra Provincia, a no haberse suprimido la suya, sin incorporarse a otra, fuera de los casos indicados en el Artículo anterior y por las mismas causas y tiempo.

Art. 3º Así mismo la Visitadora y ofícialas del Consejo, Directoras del Seminario y Hermanas Sirvientes serán naturales de España, deberán haber hecho el Noviciado en la Provincia y haber permanecido constantemente en ella, sin incorporarse a otra, fuera de los casos indicados en el artículo anterior y por las mismas causas y tiempo.

Art.4º Todas las casas de las Hijas de la Caridad, que al presente existen en la Península y en Ultramar y otros dominios del Reino o que, en lo sucesivo se fundases, formarán una sola Provincia, gobernada por un Director, que no podrá tener otra a su cargo y no se podrá desmembrar dicha Provincia o formarse otra sino a petición del Consejo.

Art.5º Ninguna Hija de la Caridad de la Provincia de España podrá ser obligada a salir de su Provincia para incorporarse a otra, ni ella hacerlo después de un año de Noviciado, sin licencia de la Visitadora y su Consejo. Mas la que antes del año, quisiera pasar a otra Provincia de su Instituto no tiene derecho a ser de nuevo admitida en aquella de que partió. De esta suerte se cierra la puerta a la relajación, que de lo contrario se introduciría en la Provincia.

Art.6º Las Hermanas Sirvientes y las particulares se dirigirán para pedir los Votos o su dispensa u otra licencia a la Visitadora General, como hasta hace poco se ha practicado en España con buenos resultados.

Art.7º Dichas Hermanas Sirvientes darán cada año cuenta de los ingresos y gastos habidos en su Comunidad a sola la Visitadora o a quien ésta deputase. Lo propio hará la Ecónoma de la Casa Central de la Provincia, pero la Visitadora las presentará al Consejo presidido por el Director para que las examine y apruebe.

Art.8º No podrán los Superiores y Superioras Generales exigir de la Provincia de España subvención alguna; mas si alguna Provincia por acontecimientos extraordinarios se hallase en necesidad, una insinuación bastará para que acudamos en su socorro, y aún sin esto, sólo la noticia como lo hemos practicado recientemente con la Casa de París.

Así mismo tampoco nos obligarán ni a hacer impresiones de los libros de nuestro uso fuera de España, ni tomar los impresos en la Península por otros ejemplares posteriores a 1860, para evitar de esta suerte que se introduzcan innovaciones.

Art.9º El M.H. Superior General entregará un ejemplar de las Constituciones de las Hijas de la Caridad a la Provincia de España, la cual se guardará en el Archivo de la Casa Central.

Art.10º En todo lo demás, que no se expresa en los artículos antecedentes, las Hijas de la Caridad de la Provincia de España, se gobernarán según las Reglas de su Instituto y costumbre legítimas observadas hasta aquí en su Casa Central de la misma».

Siguiendo las indicaciones del Pro-Nuncio de Su Santidad, escribió también Sor Carmen Moreno al Excmo. Sr. Alameda, Arzobispo de Toledo: «Ya sabe V. Eminencia, el empeño que el Superior General tiene en mudarnos de traje… Con este empeño ha venido nuestro Director de España, el Sr Maller, y viendo que con las Hermanas que tiene ahora en el Consejo no puede conseguirlo trata de mudarlo poniendo otras que le ayudasen a ese fin de acuerdo con el Superior General[iv].

Para evitar un mal de tanta consideración y para obedecer al Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad, que nos había encargado en nombre del Santo Padre, que no admitiésemos ningún género de mudanzas, su servidora como Asistenta de la Visitadora, acudí a su representante el Sr. D. Elías Bianchi, el cual escribió a Roma incluyendo la misma que le había dirigido, expresándole los motivos por los cuales no era conveniente  que hicieran la pretendida mudanza de Visitadora. esto fue atendido…

También han pretendido escribir a Mons. Marini dos de los Prelados, que con otros muchos de habían interesado anteriormente por el principal negocio de que ya V. Eminencia tuvo conocimiento, pero que por las circunstancias del Gobierno se quedó aplazado para mejor época.

Pero como el principal a que debemos dirigirnos es a V. Eminencia, lo hacemos, esperando su protección, como varias veces la hemos experimentado».

Con fecha 28 de noviembre, contesta el Secretario del Cardenal: «Me encarga Su Señoría diga a V. Reverencia que, cuando quiera, puede remitir a dicho Excmo. Señor la exposición original para el Santo Padre, y a continuación pondrá el Prelado su informe favorable, según es costumbre hacer en esta clase de recomendaciones».

Lo mismo contesta el Eminentísimo Sr. Moreno, Cardenal de Sevilla por su Secretario  D. Victorino Guisasola, añadiendo: «La ocasión para gestionar con buen éxito me parece propicia, porque si antes, hallándose aquella Ciudad de Roma y Estado Pontificios bajo la tutela de Francia, nada se atrevían a hacer allí que pudiese disgustar al Gobierno Francés, hoy estamos en otro caso. Mons. Franchi, puede hacer mucho y para este Señor es recomendación poderosísima la del Cardenal Moreno».

Con tales recomendaciones el asunto se trataba en Roma, pero con esa lentitud con que suelen caminar los asuntos internacionales. Entre tanto la muerte del Padre General, Sr. Etienne, iba a cambiar el signo de los negocios de nuestra Congregación y la cuestión de cornette, perdía con él su principal apoyo político y su más empeñado campeón.

Con fecha 26 de Diciembre de 1874, El Sr. Cardenal Arzobispo de Valladolid, en carta autógrafa a la Visitadora decía lo siguiente: «tengo el gusto de decirla que hoy mismo he recibido una carta atrasada de Roma, en la que el elevado Prelado que escribe, me manifiesta lo siguiente: «He hecho presente a Su Santidad el cometido de la comunicación acerca del lamentable dualismo que se ha introducido en la Congregación de las Hermanas de la Caridad en España, y el Santo Padre, apreciando ser justas las consideraciones de V. Eminencia, ha tenido la bondad de referirme que, sobre este asunto había instruido a los Vocales, que de aquí fueron a París, para la elección del nuevo General, y ha agregado que con la ocasión de la venida de éste a Roma no dejará de manifestarle su voluntad de hacer cesar ese funesto dualismo y que las Hermanas de España, sigan con sus costumbres y tradiciones o con sus costumbres tradicionales. Y como esto es lo que la Congregación deseaba tiene sumo placer en comunicárselo su Afmo., etc…”

En Febrero de 1876 La Sagrada Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, pedía informes sobre los oficios de las Hermanas del Consejo y sobre las Comunidades más importantes de España y el número de Hermanas en casa una de ellas. En Diciembre Luis Palloti vuelve a pedir otros informes sobre la elección de las antiguas Visitadoras Sor Manuela Lecina, Sor Lucía Reventós, Sor Grau, etc… y terminaba diciendo: «El trabajo mío está casi acabado. Espero que todo saldrá pronto y bien. Estén Vds. muy tranquilas que aquí se les aprecia a Vds. y conforme merecen; y no las quieren menos cincuenta de sus buenos Obispos».

Las quejas de la parte francesa llegaron también a Roma, al Sr. Nuncio, quien consultó sobre ello a varios Prelados de España, quienes unánimemente contestaron a favor de la causa española.

Un oficio de la Nunciatura decía con fecha 15 de Mayo de 1876, al Sr. Arzobispo de Valladolid: «El Superior General de los Padres Paúles, residente en París, dirigió hace unos meses a la Sagrada Congregación de Obispos Regulares una carta, en la que expone que entre las Hermanas españolas de la Caridad se trata de introducir en los deberes y en los métodos del Instituto alguna variación, particularmente sobre la movilidad de los oficios, y en especial de la Visitadora, que quisiera se cambiase.

Esta variación, según dicho Superior General, sería perjudicial al mismo Instituto, si se tiene en cuenta el sistema general observado en las diversas regiones aún muy lejanas, en las que se halla difundido aquel Instituto, prosperando felizmente por la unidad de Gobierno.

El mismo Superior General se queja, en la mencionada carta de que las Hermanas de la Caridad Francesas venidas a España, se las ponga trabas para establecer un Noviciado, y queriendo a su juicio, de esta manera introducir una separación entre las religiosas de las dos naciones, lo cual dice, no sería ni regular ni conforme a la Caridad.

En vista de todo esto y para cumplir con los deseos de la Sagrada Congregación arriba mencionada, he de merecer de la bondad de V. se sirva proporcionarme sobre lo expuesto  exactos informes, en orden a las casas de Hermanas que se hallan en su Diócesis, manifestándome así mismo, con su respetable parecer, todo lo que crea pertinente al asunto de que se trata y, en particular si cree llegado el momento oportuno para hacerse cambio de oficios…»

«Juan Cardenal Simeoni, Nuncio Apostólico.

 

Por algunas de las contestaciones de los Prelados sabemos cual era el modo de sentir. El Obispo de Cádiz, en 17 de mayo de 1876, decía:

«Amada Sor Carmen:

Por no perder tiempo en contestar al Sr. Nuncio encargué a D. Federico La Pedrosa que escribiera a V. pidiéndole antecedentes sobre los puntos de la cuestión francesa. Tengo algunos apuntes de memoria y algunos escritos, que V. me mandó. Pienso hablar en mi tono clarito, clarito, para que terminen las exigencias de Francia.

Aquí, mientras yo sea Obispo, haré hincapié y en punto a corneta y otras cosas no cedo un dedo de terreno. Ya lo sabe la Congregación. Las francesas quieren hacer francesas a las españolas y éstas ni lo serán, ni lo pueden ser porque al ser eso se acaba la Congregación en España, como se acabó en Méjico. Con que sólo entendiese el Gobierno que la administración de temporalidad radicaba en Francia, iban Vds. todas a Francia o sus casas. Las Hijas de la Caridad no pueden subsistir en España, sino como están, fuera de algunas intervenciones que de aquí tienen y han tenido los Superiores franceses por medio de su Visitador español». «El Obispo de Cádiz».

En 19 de mayo escribe el Obispo de Zamora: «Si todas las quejas del Superior General se reducen a las de la Carta al Sr. Nuncio, de que es la adjunta copia, fácil es la contestación.

Respecto de lo primero, no tengo noticias de que haya inconveniente en que se muden los oficios de los tiempos marcados por las Constituciones de la Congregación, sobre todo si tienen la aprobación apostólica especial, toda vez que en ellas se atenderá a las circunstancias del tiempo, del lugar, lenguas, costumbres  etc… y que por lo tanto no se obligará a las españolas a recibir una Visitadora, que no sea española.

En cuanto al Noviciado francés, creo que hay en realidad inconocimiento».

Después de referir la diferencia de caracteres, entre ambas naciones y de poner el caso de 1qe «los Premostratenses de España nos separamos del General de la Orden, que siempre era francés e insufrible a la paciencia española», añade: «he aquí la necesidad de estorbar el noviciado francés. Si el General francés quiere cornetas españolas, llévese las que pueda  a a Francia, pero no pretenda introducir en España la confusión entre las Hermanas de la Caridad españolas, para concluir con el Instituto en España».

Los franceses confiesan que los mejores hijos e hijas de San Vicente de Paúl están en España. ¿A qué, pues, el empeño d afrancesarlos?. Todo esto viene de la manía de la Corneta. El traje de Legras y de sus asociadas no fue ese adorno ridículo.

… Las pocas francesas que se han visto en Zamora, ha sido objeto de la curiosidad y de la risa de los chicos, mientras que a las nuestras todo el mundo les respeta. Por eso tengo yo dispuesto si llega alguna francesa, ni me ande fuera de casa con cornete ni se acerque a comulgar sino con la cota y velo de las españolas.

Y creo ser de necesidad sostener con energía estos dos puntos y que ellos basten para impedir el noviciado francés en España».

En 24 de Mayo, el Sr. Obispo de Lugo respondía así: «No me han pedido el informe, a que se refiere el contenido de su carta y puede V. estar seguro de que si viene, -lo que tal vez no suceda, pues aquí no hay Hermanas de la Caridad- se evacuará satisfactoriamente en favor de las nuestras. Mi primer Prelado decía de la Francia que debía estar separada de España por la distancia y la gran muralla de la Tartaria.

En el Centenar de San Pedro de 1867, ya por parte del General Francés, con motivo de las que había asistido a Santiago de Cuba, de donde se proponía sacar cuantiosas sumas, gestionó de Su Santidad para hacerse autócrata de todas y como si dijéramos señor de horca y cuchillo, pero se estrellaron con sus exigencias en el Sr. Fleiz y Solans, Arzobispo de Tarragona, y antes Obispo de La Habana, que puso las cosas en su lugar defendiendo a las Hermanas. Le apoyaron todos demás Prelados Españoles y el Padre Santo determinó suspensiones, quedando entonces resuelto el asunto que era el objetivo de ellas.

En el proselitismo francés cualquier cosa se puede esperar o temer de ellos. Si los españoles les imitásemos en su amor patrio, se apagaría mucho el fuego de la ambición universal…»

Tenemos la contestación directa del Sr. Arzobispo de Granada al Nuncio de Su Santidad, que fue del tenor siguiente:

«Granada 24 de mayo de 1876.

Muy Señor mío y Venerable Hermano:

He recibido su atenta carta del 19 del actual, en la que me pide informe y parecer sobre la carta consulta elevada  hace algunos meses por el Superior General de los Padres  Paúles a la Sagrada Congregación  de Obispos y Regulares, relativa a las Hijas de la Caridad españolas, y accediendo gustosos a sus justos deseos, voy a decir a Vd.  con toda franqueza y lealtad, propia de mi carácter y mi dignidad, lo que se y lo que siento sobre la referida consulta de dicho Superior General.

Esta abraza dos partes según se desprende de la carta de V.: una sobre la inmovilidad de ciertos oficios y en especial de la Visitadora y otro sobre ciertas trabas e impedimentos que se ponen a las Hermanas Francesas  para establecer su noviciado en España.

Sobre la primera parte expone el Superior General a la Sagrada Congregación, que entre las Hermanas de la Caridad Españolas,  se trata de introducir en los deberes y métodos propios de su Instituto alguna variación, particularmente sobre la movilidad de los oficios y en especial de la Visitadora, que quieran que no cambiase. esto dicho así  parece capcioso y no muy exacto. Creo que el Superior General debiera haber sido más explicito y decir todo lo que sabe y todo cuanto hay sobre el particular de que se trata. manifestando la verdad entera a la S. Congregación  para fallar con pleno conocimiento de causa.

El P. Superior General debe saber mejor que yo, que la inmovilidad de la actual Visitadora y del Consejo directivo de las Hijas d la caridad españolas no proviene de las exigencias y propia voluntad de ésas como, al parecer se indica, sino que proviene de la voluntad suprema  del mismo santo Padre, el cual en vista a lo expuesto por la Visitadora y el Asistente  de las Hijas de la Caridad  a su Pro-Nuncio en esta corte, en 22 de septiembre de 1871, y en vista de otra exposición elevada  directamente  en 20 de noviembre de dicho año, al mismo Santo Padre, éste se dignó prevenir y mandar al P. Superior General suspendiese por ahora la mudanza del Consejo actual de las Hijas de la Caridad, hasta que él resolviese lo que tuviese a bien sobre la mencionada exposición  y sobre ciertos artículos que la acompañan. De todo lo cual conservo copia , que remito adjunta para mayor ilustración del asunto y de Vd., añadiéndole que, por aquel mismo tiempo, el entonces nuncio Apostólico de España, hoy Emmo. Cardenal Franchi, a fines de enero de 1872, me escribía desde Roma estas palabras que afirmaban más y mas lk qu dejo indicado: «Sobre el negocio de las Hijas de la Caridad Españolas puedo asegurar a Vd. que el santo padre ha mandado prevenir al P. Superior General  de los Paúles  que se obtenga de toda innovación en la dirección de dichas Hermanas, mientras que el asunto y el proyecto de acuerdo se está examinando,  en la Congregación de Asuntos Eclesiásticos».

Vengamos ya a la segunda y oigamos primero al referido Padre General el cual dice en son de queja: «que a las Hermanas de la Caridad Francesas venidas a España se les ponen trabas para establecer un Noviciado, queriendo, a su juicio, de esta manera introducir una separación entre las Hermanas de las dos naciones lo cual dice, no sería regular ni conforme a la caridad.

De esto no tienen culpa algunas las Hijas de la Caridad españolas, las cuales, como V. puede  conocer muy bien, no tienen facultad ni medios para quitar ni poner noviciados contra la voluntad  de su Superiores ni sé que esto lo hayan intentado jamás. Lo que sobre este particular ha llegado a mi noticia no sé si con plena exactitud, es que las Hermanas francesas, además de las postulantes y novicias que admiten, y admiten furtivamente en su casa de Santa Isabel y en alguna otra casa de Madrid, habiendo llegado a plantear un noviciado formal en el pueblo de Canillas, cerca de Madrid, y últimamente se ha dicho que ha  tenido que levantar dicho noviciado pro orden del Emmo. y Rdmo Dr. Cardenal, Arzobispo de Toledo, el cual, si es cierto que así lo ha mandado ejecutar, no pudo menos de decir que ha estado en su perfecto derecho. Porque, cuando en tiempo del Rey don Fernando VII, (q,s.g.m) vinieron a España por primera vez las Hijas de la Caridad, se estipuló y escrituró, que la casa Madrid y Noviciado y todas las que entonces se establecían y se estableciesen en adelante en España, sin romper en los necesario los vínculos de la Congregación General , habían de despertar sin embargo, inmediatamente de un Visitador y una Visitadora españolas.

De lo que se infiere, que en rigor, no solo no debe haber más noviado en España que el magnifico que hoy tienen nuestras Hermanas españolas, sino que no debe establecerse ni fundarse casa alguna de Hijas de la Caridad que dependan y estén sujetas inmediatamente al Director y Visitadora españoles Y lo contrario es una intrusión y violación de lo pactado.

Se infiere además que los que han introducido la división el cisma y la inquietud de conciencia entre las Hijas de la Caridad, han sido el último Superior General de los Paúles y el actual establecimiento furtivamente, en estos últimos años, casas de Hermanas francesas, con traje francés y sin sujeción ni dependencia alguna del Director y Visitadora españoles, contra lo estipulado y sin intervención del Arzobispo de Toledo, que debe tenerla en estas Cosas.

Y esto de ver en España Hijas de la Caridad con traje distinto de las españolas y que dependen y que no dependan de las Visitadora española, lo cual nunca se había visto en España hasta ahora,  es para muchos cusa de verdadero escándalo,  y fomenta la indisciplina  y el desorden entra las mismas Hermanas, pues cuando algunas flacas e imperfectas se consideran demasiado constreñidas y sujetas por sus superiores, les amenazan como que se pasaran a las francesas, y estas admiten sin gran dificultad  a las que así lo verifican., por el empeño que tienen de poner la corneta a las españolas.

Finalmente me pide Vd. parecer o informe particular sobre si creo llegado el momento oportuno de hacer el cambio de oficio sobre lo cual ya dejo indicad que no hay más oficios que cambiar que la Visitadora y Consejo Directivo de las Hermanas Españolas , porque todos los demás se cambian siempre que lo juzgan conveniente los Supriores.

TY puesto que la Visitadora y el Consejo actual siguen inamovibles, como he dicho, por disposición del Padre Santo, cree que hasta que el resuelva lo que tenga a bien, sobre la mencionada petición y artículos de las Hermanas, debe continuar del mismo modo y sin hacerse alteración.

Y añado que si por cualquier incidente fuese preciso varias la Visitadora y el Consejo, esto debe hacerse a mi juicio con la intervención y designación del Cardenal Arzobispo de Toledo , oyendo a las Hermanas Españolas, y de ningún modo por designación del actual Director Sr. Maller, que es muy afrancesado y tiene tenaz empeño en afrancesar a las Hermanas españolas, que por eso lo tienen y conservan aquí los franceses. Y menos debe dejarse esta elección a cargo del P. General de París, el cual lo mismo que su antecesor, desea tener un Consejo de personas afrancesadas, nulas para manejarse a su antojo y quitar el traje que hoy tienen las españolas, y ponerlas la corneta y dominarlas por completo, que es lo que desean los franceses. Y si esto sucediese por desgracia, aseguro a V. en conciencia, que nos disgustaría a todos lo Obispos, que se perderían muchas vocaciones y que habría que lamentar muchas disensiones, muchas ofensas a Dios y gravísimos escándalos.

Por todo lo cual concluyo, rogando a V. encarecidamente, que interponga sus buenos oficios y su poderosa influencia, para que los franceses cesen ya de agitar y perturbar los ánimos y las dejen en paz y con su traje, y con el modo de vida y gobierno que han tenido por muchos años, sin que les hayan inquietado jamás los Superiores Generales de París,  hasta el pasado y el actual que han concebido el tenaz y fatalismo empeño de poner la corneta a las Hermanas españolas y cambiar el modo de régimen y gobierno, que han tenido hasta aquí, como si de esto dependiera la salvación de la Iglesia y del mundo, contrariando el sentimiento del Episcopado español, y la voluntad expresa de nuestro Santísimo Padre, el cual ha dicho muchas veces y yo mismo comisionado por los Obispos residentes en Roma con el Excmo. Sr. Cardenal Cuesta y Obispo anterior de Barcelona (q.s.g.h) oí de sus labios estas palabras: «que no inquieten a las Hermanas españolas y las dejen en paz con el traje, y gobierno que tienen, hasta que yo determine sobre esto lo que conviene». P. Gran bien haría Vd. a nuestras Hermanas Españolas si por su mediación lograse poner término a la guerra sorda y latente con que las tienen agitadas y soliviantadas, los franceses de algunos años a esta parte».

El Sr. Obispo de Astorga, en 29 de Marzo escribe:

«Sobre el asunto de las Hermanas de la Caridad, de que Vd. me habla en su anterior, todavía no me ha dicho nada el Sr. Nuncio y estoy dispuesto, como lo estaba ya, a manifestar que es una impertinencia, que por ningún motivo razonable se puede excusar, lo que en orden a su traje pretenden los franceses. Esos señores siempre pretenden llevar el pendón, lo mismo en lo bueno que en lo malo, y me temo que en este asunto tenga más parte la vanidad, que la caridad, pues para ejercer ésta nada importa que las Hermanas se cubran la cabeza de una manera o de otra.

En fin yo soy muy español y muy apegado a los usos y costumbres españolas, que, en general las tengo por mucho mejores que las francesas, y así pierda cuidado, que haré todo lo posible, para que no afrancesen ni en lo más mínimo a nuestras Hermanas».

La contestación del Sr. Obispo de Oviedo dice al Sr. Nuncio:

«Desea Vuestra Eminencia que le manifieste mi pobre opinión en el asunto. Desde luego considero más conforme a derecho y en principio más conveniente la amovilidad de los oficios y cargos del Instituto, especialmente el de la Visitadora. Pero comprendo la utilidad, de que puedan ser reelegidas las que durante el tiempo de su oficio hayan dado pruebas de celo, idoneidad y prudencia con ventajas al Instituto y aunque, en circunstancias anormales, como las que hemos atravesado y por desgracia no han pasado, se suspenda la elección y continúen las Superioras al frente de las Casas. La misma Santa Sede ha creído conveniente se hiciera así en algunas Ordenes Religiosas en estos últimos años.

Es indudable que las Hermanas luchan con grandes dificultades, y en ésta Provincia no les falta que sufrir de parte de Corporaciones y Autoridades Civiles. Se necesita mucho tacto y prudencia en las Hermanas y aún más en las Superioras, para no verse acaso en la necesidad de abandonarlos, y el conocimiento que sólo con el tiempo y la práctica se adquiere de personas, de costumbres y de espíritu que domina más o menos en la Administración Civil, es utilísimo, sino indispensable para saber manejarse, como sucede con la Superiora del Hospicio de esta Ciudad.

Respecto al Noviciado para las Hermanas Francesas temo que sea un medio adoptado para que cesen las Españolas, o para que logre introducir más fácilmente la innovación del traje, cuyo sólo anuncio dio lugar, hace años, a disgustos y escisiones en el Instituto.

Si las Hermanas Españolas pertenecen a la Congregación fundada por San Vicente de Paúl, cumplen sus Reglas y Constituciones, gozan de todos los derechos y privilegios de aquellas y tienen Noviciado, no parece justo ni conveniente, haya otro Noviciado de las francesas, como si se tratase de dos Congregaciones diferentes de un mismo Instituto. Si este segundo Noviciado es sólo para francesas, tiene menos razón de ser, porque no han de venir de allá a ser novicias en España. Si es para Españolas, es innecesario, habiéndolo ya antiguo. Parece pues, que se trata únicamente de hacer que se formen las Hermanas españolas a la francesa y poco a poco quede absorbida la que impropiamente puede llamarse Congregación española por la extranjera, sea dirigida por Superiores de otra Nación, se modifique el Hábito adoptado en España por ser más conforme a las costumbres que el uso en Francia y se altere el modo de ser de nuestras Hermanas españolas en otros puntos, que nada afectan en lo sustancial del Instituto.

Si esto llegara a realizarse, ¿no surgirán dificultades aún con el Gobierno y las autoridades subalternas?. De temer es, sobre todo, tratándose de centralizar en manos de Superiores de una Nación, a la cual, se a por lo que sea, nunca ha querido la nuestra reconocer superioridad y prestar sumisión…»

Finalmente el Sr. Obispo de Santander, con fecha 21 de Julio de 1877 comunicaba a Sor Carmen las Impresiones, que sobre la cuestión tenía de la Ciudad Eterna:

«Estimadísima Sr. Carmen:

Aunque recibí oportunamente en Roma su apreciable penúltima, por el continuo movimiento en que allí estuvimos, me fue imposible contestarla seguidamente, como hubiera debido y deseaba… Ya de regreso en esta voy a decir a V. lo que hay acerca del consabido enojoso asunto, que tanto les molesta e inquieta.

En dos ocasiones hablé de éste con el Cardenal Simeón… Díjome que jamás se impondría la variación del hábito; que se exigiría del Superior General que las tratase con la deferencia y consideración debidas; que la resolución definitiva se adoptaría tan pronto como lo permitiesen las tristísimas y graves circunstancias que atraviesa la Iglesia; e insinuome que Vds. deberían prestarse a las visitas de enfermos domiciliarias; y que no era cosa decidida si convendría dejarlas bajo la Autoridad del Superior General o ponerlas bajo la de uno espacial, como acontece con las Ordenes Religiosas en España, sometido inmediatamente al Papa.

Después de esta conferencia particular, en otra que celebramos los Obispo de la Propagación, yo indiqué que juzgaba oportuno y aún necesario que, cuando viésemos a Su Santidad en audiencia privada, le recordásemos respetuosamente, en gracia de la paz y provecho de las almas, que el mencionado asunto terminase con la posible brevedad y del modo más conveniente a Vds. Unánime y favorablemente fue acogida semejante indicación, y hubiese llevado a cabo, a no haber manifestado el Cardenal Pallac que sin necesidad de ocasionar al Santo Padre molestia alguna, se obtendría tal resultado, mediante las gestiones que él había practicado y la petición, que según me parece recordar, dijo había presentado a la Sagrada Congregación de Obispo y Regulares. Con esta declaración y la promesa que hizo de no dejar el asunto de la mano, en los días que permaneciera en Roma después de nuestra salida, todos nos aquietamos y deferimos a su prudencia, celo y rectitud.

Nada he vuelto a saber después, pero me inclino a creer que la cuestión aún no había terminado, porque en otro caso, bien el Cardenal Simeón lo habría dicho a todos los obispos o por lo menos a los de la peregrinación que tanto se interesaban en favor de Uds.

Pudiera, sin embargo, suceder lo contrario y que el silencio  de los Cardenales dependiera  de las ocupaciones gravísimas de uno y otro, pero aún así y sin embargo de la indicación, que antes mencionó, hecha por el Cardenal Simeoni, sobre si sería más conveniente que dependieran Vds. del Superior General o de uno especial de España. Dudo mucho que si ha resuelto la cosa, sea de este segundo modo, porque nos consta que el Santo Padre, si bien ha consentido Superiores especiales a los Institutos Religiosos españoles, propende, para dar a estos más perfecta unidad y por consiguiente mayor fuerza, a subordinarlos a un sólo Superior General.

Siento en el alma los disgustos que están Vds, sufriendo. Quisiera a cualquier precio quitárselos, así como poderlas proporcionar noticias más completas. Y así lo haré, si logro adquirirlas cuando me contesten los citados Cardenales a los que al efecto pienso dirigirles. Entre tanto procuren conservar la paz del alma, apoyándose sobre todo en la paternal providencia de nuestro Señor, que no ha de permitir que quien espera el sea confundido, en la bondad de nuestro Santísimo Padre, en la rectitud del Cardenal Simeoni y en el perfecto conocimiento que tiene del asunto, y por último en la actitud y excelentes disposiciones de todos los Obispos españoles…».

Y fue idea de la Sagrada Congregación el llamar a Roma a la Madre Visitadora de España, «a fin de oirla y resolver definitivamente», según comunicaba desde allí el Sr. Cardenal de Toledo, después que éste «habló con el Sr. Franchi». Esta noticia fue sin duda, la que movió al Consejo de las Hermanas a enviar a Roma a la Señora Asistenta Sor Carmen Moreno, acompañada de la entonces Secretaria Sor Carmen Piera. Con tal fin escribió Sor Carmen Moreno al P. General el día 2 de septiembre de 1877, para conseguir el permiso para ir a Roma. Pero recibió como respuesta el siguiente telegrama: «No puedo conceder permiso para ir a Roma con tanta gente».

«Mi M.H. Padre General

Con oportunidad recibí por telegrama la contestación a la petición, que, con fecha de 19 de septiembre hice a V. Reverencia. Ahora que ya vuelven los peregrinos, reitero la misma petición, añadiendo que no me mueve a hacerla sólo el deseo de felicitar al santo Padre, en nombre de todas como españolas católicas romanas según ha hecho la multitud de peregrinos que han ido, sino que además necesito hablar con el Santo Padre de un asunto importante para la tranquilidad de mi espíritu y bien de la Provincia. Y de tal modo deseo esta entrevista que hubiera pedido el permiso al mismo santo Padre directamente, a no estar convencida de que V.R. no me lo negará ahora, que ha cesado la causa que le impidió concederme el permiso.,Doy a V.R. las gracias anticipadas y soy etc, etc…»

En contestación a esta carta escribía la Madre general:

«París 22 de octubre de 1876

Mi carísima Hermana

La gracia de nuestro señor sea siempre con nosotros.

Nuestro M.H. Padre habiendo entrado en Ejercicios, me ha comunicado la de Vd. con fecha del 18 del presente, por la cual pide la autorización para ir a ver a Nuestro Santísimo Padre. Está Vd. libre se seguir sobre este punto las inspiraciones de su corazón. Sin embargo, aprovecho esta ocasión, mi buena Sor Carmen, para hacerla observar que la carta dirigida a Nuestro M.H. Padre está lejos de llevar el carácter de una verdadera obediencia, puesto que Vd. se muestra dispuesta a obrar sin la licencia que Vd. pide. Tales disposiciones parecían hacer una carta bastante inútil. V., comprenderá, mi buena Sor Carmen, que sólo en vista de su propio interés, hago a Vd. estas reflexiones.

Quedo, etc…. Sor L. Lequette».

 

Agradecida Sor Carmen contestó a la Madre General dándole las gracias.

«Mi muy Venerada Madre…

También agradezco la advertencia que me hace, persuadida de que, como V. dice, lo hace sólo por mi bien, y aunque no quisiera disculparme, me permitirá V. que le diga que no era mi intención obrar sin licencia de nuestro M.H. Padre, a quien siempre he reconocido por mi legítimo Superior; por eso, ni ahora, ni antes la hubiera solicitado, si no hubiera obtenido el permiso de la Suprema Autoridad, a quien deseamos obedecer. Creo que nuestro M.H. Padre, no hubiera encontrado dificultad en añadir el suyo».

Y en 3 de diciembre a la misma Sor Carmen agradece al Superior General, diciéndole:

«2 Madrid, etc…

Mi Muy Venerado Padre:

Vuestra bendición, si os place.

Aunque cuando tuvo Vd. la bondad de autorizarme para ir a Roma por el apreciable conducto de nuestra Venerable Madre, por el mismo dí a Vd. las gracias me parece un deber repetírselas después de haber vuelto de mi viaje. Sí, mi H. Padre, doy a V.R. gracias por haberme permitido tener el consuelo de besar los Venerables pies de nuestro Santísimo Padre Pío Nono, y haber oído de sus mismos labios su voluntad acerca de nuestra Congregación en España.

Dios nuestro Señor haga que algún día hable la Santa Sede y que conformándonos todos de buena voluntad con la del Vicario de Jesucristo vivamos con más y tranquilidad siempre unidas a V.R., como sucesor que es de San Vicente».

Entre tanto la expectación de todos estaba en Roma, aguardando la decisión ya en 24 de Febrero de aquel año 1877, el P. Maller escribe al P. Valdivielso: «El Papa ha nombrado una comisión de Cardenales para tratar de nuestros negocios. De modo que no es la Congregación de Obispos y Regulares, sino otra especial ad hoc. Y aún habrá quien diga que la cosa no es de tanta importancia y que sólo se trata de un trapo más o menos. Roguemos mucho a Dios que se cumpla su voluntad».

Y en otra carta suya desde Baltimore, a 23 de septiembre, manifiesta su opinión radical. «Estoy en que el dilema es: o unidad o separación. Y eso no obstante la buena voluntad de los que no quisieran lo uno ni lo otro. Y digo más. Yo quisiera que Dios se lo hiciese conocer a los Señores Cardenales, cuya decisión esperamos y acato de antemano y acataré, cualquiera que sea, y haré todo lo posible para que se efectúe, como que viene de Dios, o efectivamente o permisivamente como un juicio divino inescrutable…,»

Para que se vea cómo un hombre tan buen y prudente en todo lo demás, como el P. Maller, se puede equivocar cuando se apasiona por una idea. Que distinto era el criterio del gran Pío IX, cuando decía riendo: «No creo que el P. General por un pedazo de tela, quiera abandonar a las Hermanas».

Aunque no hallamos documento alguno acerca de las gestiones de Sor Carmen en Roma, en su visita el Santo Padre, que, según tradición después de recibirlas amablemente, se fijó su Santidad muy particularmente en su modesto traje, es de creer que volvió informada de las declaraciones de la Congregación ya terminadas sustancialmente antes de su viaje a Roma.

La primera noticia de las Resoluciones llegó a las Hermanas en carta confidencial enviada a la Madre Visitadora por Fray José Valiño, desde Zaragoza, con fecha del 10 de octubre de 1877.

«Mi estimada M. Visitadora:

«El viernes último era el día destinado para resolver la Congregación nuestro pleito; y se hizo así. Se habrán apresurado los amigos a comunicárselo, a no ser que recelen por alguna cosilla que no vendrá enteramente a satisfacción. Con la reserva propia del negocio y negocio que aún podría ser modificado en la Congregación plena, diré lo que estaba en proyecto y redactado para la aprobación común y es como sigue: ninguna mudanza en el traje español. De consiguiente nada de corneta. Esta la rechaza el viejo expresamente por lo impresa que le quedó); nada de dinero fuera de España, y lo más cuentas sin dinero. Nada de formar fuera ninguna española, a no ser las que se ofrezcan espontáneamente en cuyo caso quedará incorporada perpetuamente a las de la corneta; nada de Noviciado francés en España, sino el único para españolas y las casas que hoy tienen en España las proveerán del Noviciado Francés, como las Españolas del de España. Visitadora y Consejo para España compuesto por españolas, pero serán nombradas como mandan las Constituciones, que creo mandan sean nombradas por el General, porque eso de nombrar ternas no es conforme con ellas. Estas son las principales disposiciones que recuerdo ahora, que vio redactar y ayudó a alguna.

Salió tres días antes de la Congregación, que había de resolver y por eso podría modificarlas en algo, aunque presumo que no será en mucho, porque el viejo se opuso a tomar la corneta y su segunda defendió las otras disposiciones, que presentaba con deseo de servir y bastante enterado. De modo que si no tardan en resolver por algún incidente impensado que ocurra o por algún nuevo dato que presente, o a sustancia del cuerpo la sabemos. Creo que anda Dios de por medio, por las señales que he visto, y debemos esperar… para no llevar chasco ni nuevo sentimiento. Yo soy demasiado franco y digo lo que entendí, pero los diplomáticos quizá dirían sólo lo agradable y callarían lo que pueda molestar.

El citado borrador decía:

«Santísimo Padre:

Sor Juliana Mestre, Visitadora General de las Hijas de la Caridad en España, con el más profundo respeto expone:

Que habiendo llegado a su noticia extraordinariamente, que Vuestra Santidad ha dispuesto se respete a las Hijas de la Caridad Españolas, el traje que en dicho dominios han usado, lo usan y vienen usando desde su creación, como Su Soberana disposición ni los términos ren que está concebida no se les ha comunicado, es por lo qué, a Vuestra Santidad humildemente suplica se digne ordenar se les traslade la Pontificia Resolución recaída acerca del traje, que en España deben usar las Hijas de la Caridad, a fin de qué, en lo sucesivo no se les moleste con variación alguna que quisiera introducirse en la forma de usarlo distinto al que han usado y usan desde su creación».

Al dorso del documento se lee: «Borrador, que envió Lizárraga para hacer una exposición al Santo Padre y que la presentará el Obispo de V. (Valencia).

Por fin la Santa Sede puso el punto final a tan largo y enconado pleito con sus :»Resoluciones acordadas en sesión particular de los Excmos. Padres de la Sagrada Congregación de Negocios Eclesiásticos Extraordinarios, para desvanecer las desavenencias suscitadas, há muchos años, entre las Hijas de la Caridad de la Provincia Española y el Superior General de los Señores de la Misión».

 

I.- Por medio de un Decreto de la Sagrada Congregación de Negocios Eclesiásticos Extraordinarios se autorizó a las Hermanas llevar el Hábito como se usa en España.

 

II.- Por un rescripto de la predicha Sagrada Congregación se hará saber al Superior General de los Señores de la Misión:

1º.- Que, al tenor de la Bula Postea quam de 23 de Junio de 1818, toda la Provincia de las Hijas de la Caridad en los dominios españoles, jurisdictioni, obediencia et superioritati Superioris Generalis Misionis subjecta permanebit.

2º.- Que las Hermanas pertenecientes a  la susodicha Provincia seguirán pacíficamente vistiendo aquel hábito que al presente usan;

3º.- Que toda la Provincia dependerá inmediatamente del Visitador o Director, que por el Superior General debe deputarse, según su agrado, pero que debe escogerse de los Sacerdotes de la Misión de la Provincia española, salvo en los casos extraordinarios, en los cuales puede dirigirse inmediatamente a sus dependientes, esto es, sin servirse del Visitador.

4º.- El Visitador será el órgano intermedio de toda la Provincia ante el Superior General, el cual cada año dará cuenta exacta de toda la Provincia, tanto en la parte moral y directiva, como en la económica y administrativa; entendiéndose, sin embargo, que los fondos pertenecientes a la Provincia Española no podrán ser aplicados a otras Provincias. Las Hermanas Sirvientes y todas las demás de España respetarán a la Visitadora y al Director, y así podrán conservarse en perfecto orden jurídico.

5º.- Que se insinuará a la actual Visitadora y sus Oficialas, que no existiendo al presente las circunstancias que movieron al Santo Padre a prolongar la misión de las mismas, éstas deben, por salvar así sus conveniencias, presentar su renuncia en manos del Superior General, tal es la voluntad del Sumo Pontífice.

6º.- Al ya mencionado Superior General se recomendará procure recaiga la elección de la nueva Visitadora en persona no mezclada, en cuanto sea posible, en las divisiones que se trata de remediar, y que por consecuencia no haya pertenecido al uno ni al otro partido. Debiendo esta representar un elemento y una base de pacificación.

7º.- En cuanto a la traslación de Hermanas de unas a otras Provincias, los Excmos. Padres han resuelto que ninguna Hermana Española pueda ser rigurosamente obligada a dejar la Provincia propia para ser trasladada a otra; esto no obstante, el Superior General podrá por motivos particulares reclamar al Director o Visitadora alguna Hermana de la Provincia española para destinarla a otra, a cuyo efecto insinuará a la Visitadora y al Director que hagan todo lo posible por adherirse al deseo del Superior General.

8º.- Que habiendo en España un considerable número de Hermanas francesas, a fin de conservar la mutua concordia y alejar cualquier causa de disturbio y rivalidad, permanece en general prohibido el traslado de las Hermanas españolas de su Provincia a la de las francesas y viceversa, a menos que, además de la petición hecha por cualquier Hermana por motivos razonables, intervenga el consentimiento de la Visitadora y la aprobación del Superior General.

9º.- Que por la misma razón queda prohibido a las Hermanas francesas el tener Noviciado propio en España, pudiendo reclamar las Hermanas que necesitaren  de las Casas y noviciados de Francia, a donde podrán enviarse también aquellas jóvenes españolas, que quisieren pertenecer a la Provincia Francesa.

10º.- Últimamente se recomendará a la caridad y prudencia del Superior General, que emplee en el gobierno de las Hermanas españolas la indulgencia que exige su índole y el estado de perturbación que existe, ha mucho tiempo, en las relaciones con la autoridad, haciéndole entender ser en el deseo del Santo Padre, que si por una parte viene prescrito a las Hermanas Españolas la absoluta sumisión a su legítimo Superior, por otra parte esta misma autoridad sea aplicada como medio para cortar todo pretexto de queja contra ella, la cual, muy en especial al principio, debe ser ejercitada con paciencia y longanimidad para obtener, al menos con el tiempo, que la provincia española vuelva a ser una dependencia verdadera y ejemplar de su Superior General.

 

III.- De las anteriores providencias se dará conocimiento a Mons. Nuncio Apostólico, a fin de que:

1º.- Insinúe a la Visitadora y sus Oficialas la dimisión espontánea y, caso de necesidad, declare a las mismas que, siendo irrevocable ésta orden del Santo Padre, Su Santidad se vería obligado a despojarlas de sus Oficios si no se sometiesen espontáneamente.

2º.- Que haga reconocer per suma capita a las Hermanas y a los Señores Obispos las Resoluciones tomadas, para que tanto éstas como los Ordinarios, que tienen Hermanas de la Caridad en sus Diócesis, sepan que, si bien el Santo Padre había dispuesto que las Hermanas dependan absolutamente del Superior General, no obstante, nada se ha omitido para asegurar a estas las satisfacciones compatibles con sus Constituciones y con la integridad de la autoridad del Superior General. Y

3º.- que hayan, finalmente, por calmar a los Obispos, a fin de que acojan con agrado las decisiones de la Santa Sede, la cual no podrá jamás consentir que la Provincia española del benemérito Instituto de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl se extraiga a la autoridad del General, habiendo con ello camino a semejantes demandas de parte de otras Provincias, lo que conducirá a la destrucción de un Instituto tan benemérito de la Iglesia  como a la Sociedad y que ha derivado siempre su fuerza y valimiento de la unidad de Dirección y dependencia de una sola cabeza».

Como se ve, las Resoluciones de la Sagrada Congregación favorecían plenamente a todas las aspiraciones de España, aunque señaló normas prudentísimas para su ejecución, atendiendo a no herir demasiado a la parte contraria. La advertencia al Sr. Nuncio de darle a conocer per suma capita, hizo que no aparecieran desde el primer momento como habían sido redactadas en Roma, sino que se comunicaran en varia redacción, primero al Superior General, luego a los Señores Obispos y finalmente a los Hijos e Hijas de San Vicente, como más o menos parte de su contenido. Y pasaron más de dos meses sin que se conocieran el texto original y auténtico de la Sagrada Congregación. Tiempo breve si se considera la importancia del asunto, pero muy largo ante la expectación que a todos acuciaba. Esta diferencia de textos y esta demora produjo una desorientación grande muy grande e infundió sospechas de mixtificación y amaño en los ejecutores. Bien es verdad que no faltaban motivos de recelo.

El P. General, Sr. Bosé, a fin de contrarrestar la fuerte reacción de las Familias Vicencianas Españolas había enviado a la Península dos Misioneros de fuera, cuya carta de presentación al Sr. Valdivielso, el 30 de Julio de 1877, decía así: «El Sr. Lotteri, misionero italiano, que vale mucho, ha tratado en Roma el asunto de las Hermanas, que se dicen españolas, y deseo que estudie la cuestión sobre el terreno».

La situación de ambos misioneros era muy sospechosa y comprometida, pues eran mirados como agentes de la causa, y más, cuando se rumoreó que el Sr. Lotteri iba a ser nombrado Visitador de España. «Parece que tanta dilación en comunicar debidamente a nuestras Hermanas la Resolución de Roma, da que sospechar, decía el P. Ribas, desde Barcelona, en carta del 3 de enero de 1878 al P. Valdivielso; y mucho me temo que aquel Señor italiano, a quien Vd. hizo comprender cosas importantes, estará intrigado, perdone V. la expresión, todo lo posible a favor de los franceses y con perjuicio de nuestra abatida Familia. No se lo que esto significa, pero me suena muy mal, y estoy temiendo que, ahora más que nunca, nos anoten los franceses, arreglándolo todo a medida de sus deseos». Esta era la voz común.

En efecto, el Sr. Nuncio había comisionado al Sr. Lotteri para la ejecución de las Resoluciones de la Sagrada Congregación. Sin sernos lícito ni posible juzgar los secretos de la política internacional, a que están sujetos los acontecimientos humanos y pensando benignamente que, en el fondo, había tal vez sólo un exceso de prudencia, nos atenemos a la carta dirigida, en enero de 1878, por el Sr. Nuncio al P. Lotteri, que dice los siguiente: «Rdmo. Señor: Transmito a V. Reverencia una copia auténtica del Decreto por el cual la Sagrada Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios permite a las Hijas de la Caridad, pertenecientes a la Provincia Española, que continúen usando el hábito que actualmente llevan y os ruego hagáis llegar a manos de vuestro Muy Rvdo. Superior General esta copia.

Al mismo tiempo adjunto aquí para vuestro Gobierno una copia auténtica de una carta que he dirigido a las dichas Hermanas comunicándoles las decisiones de la Sagrada Congregación y otra copia impresa de la Circular, que he enviado a los Arzobispos y Obispos de la Diócesis, en que existen Hermanas de la Caridad. Si lo juzgáis oportuno podréis comunicar estos documentos a vuestro Superior General.

Sin embargo, no debo pasar en silencio que de intento y por un sentimiento de delicadeza, que sin duda sabréis apreciar, he omitido en mi carta a las Hermanas el hacer alusión a la prohibición positiva hecha por la Sagrada Congregación a las Hermanas de la Provincia Francesa en España, de tener aquí un noviciado aparte. Por lo demás, como la Sagrada Congregación, en las últimas declaraciones, hechas a varias dudas que habían sobrevenido, nada ha cambiado de lo dispuesto en las primeras decisiones de 4 de octubre último, claro está que la declaración queda confirmada.

Vez, pues, que he cumplido mi obra. A V. Reverencia toca comenzar la suya, disponiendo las cosas de manera que las Resoluciones de la Santa Sede se cumplan plenamente, como es nuestro deseo.

Esto espero de la experimentada prudencia de V. Reverencia, así como las bendiciones que San Vicente hará descender del cielo sobre V. que con el celo y amor de su hijo se esfuerza en procurar en esta Nación el bien y esplendor del Instituto, que forma una de las más bellas glorias de tal Padre…

Su atento Afmo. servidor

Santiago, Arzobispo de Ancira, Nuncio Apostólico».

 

La Carta Circular del Señor Nuncio a los Prelados fue la siguiente:

«Nuestro Santísimo Padre Pío, Papa IX, por conducto de la Sagrada Congregación de Negocios Extraordinarios Eclesiásticos ha tenido a bien comunicarme oficialmente las disposiciones, que se ha dignado adoptar en beneficio de las Hijas de la Caridad del Instituto de San Vicente de Paúl, las cuales tengo el honor de transmitir a V.

     Sin duda sabrá V. que importado este Instituto de Francia a España por el Sr. Rey D. Carlos IV, a fines del siglo anterior, venía de algún tiempo a esta parte aquejado por la perniciosa influencia, que los acontecimientos de la época han ejercido en el orden religioso.

     Nuestro Santísimo Padre, siempre solícito por el bien de esta parte escogida de sus Hijos, deseando impedir que el Instituto tan benemérito a la Iglesia y a la Sociedad, que ha debido siempre sus más gloriosas empresas, en todo el mundo, a la unidad de su régimen y dependencia de su legítimo Jefe, venga a su destrucción y ruina, no ha podido en ninguna manera consentir ni consentirá jamás, que la Provincia Española del mencionado Instituto sea sustraída de la Autoridad del su Superior General, porque abriendo el camino a iguales pretensiones de otras Provincias, se quebrantaría la autoridad y se debilitaría la fuerza que sostiene su vida.

     Por tanto, el mismo Santísimo Padre se ha dignado disponer que las casas de Hermanas de España sigan constituyendo una o más Provincias Españolas, por sometidas a sus legítimos Superiores, en quienes reside la facultad de nombrar la Visitadora y Consejo de España, como así mismo los Directores que crea convenientes.

     Al mismo tiempo, condescendiendo Su Santidad con los deseos manifestados por las Hermanas Españolas de continuar usando el Hábito y toda que al presente visten, les permite que usen el mismo, durante el beneplácito de la Santa Sede.

     Esta cariñosa condescendencia de la benignidad apostólica no puede menos de ser muy grata a las Hijas de la Caridad Españolas, y con este motivo tan plausible me prometo de su bondad y muy ejemplar celo que distingue a V. que con la elocuencia y unión de su autorizada palabra, hará renacer en el corazón de las Hijas de la Caridad que moran en su Diócesis la calma, el consuelo y mutuo amor que debe reinar entre las Hijas de la Caridad de un mismo Padre; recomendándolas al mismo tiempo la más profunda sumisión a lo dispuesto por el Soberano Pontífice, a fin de que demuestren con al unión y observancia de la Santa Regla que, a pesar de la diferencia de Hábito forman un sólo cuerpo con las Hermanas de todo el Instituto y viven el mismo espíritu de caridad que les inspiró su Santo Fundador San Vicente de Paúl.

     Con esta conducta secundarán los deseos de nuestro Santísimo Padre y se harán cada día más dignas de la predilección Apostólica.

Aprovecho con gusto esa ocasión para repetir a V.E. l exposición de mi consideración distinguida.

Madrid, 3 de enero de 1878.

Nuncio Apostólico, Santiago , Arzobispo de Nacira».

 

Esta tan serena Circular no pudo menos de ser bien recibida por todos, salvo algún raro extremista soñador de la total independencia.

«Después de todo, decía el P. Arnaiz, la carta del Nuncio, fuera de lo relativo al Noviciado Francés y a la facultad del Superior General, a cerca de la división de la Provincia, está expresada con bastante fidelidad y aún dice alguna cosa favorable a España, que no figura en el Documento de Roma. Tal es, que la Visitadora haya de ser exclusiva-mente española, de modo que si se hubieran guardado los sabios miramientos y en lugar del italiano fuera otro o ninguno el que hubiera mediado en el asunto, la cuestión, por lo demás está bien tratada  y resuelta a fondo, dado el tenor de la Resolución auténtica» (4 de Junio).

Sólo habremos de notar un punto en esta Circular del Señor Nuncio, y es que, como se puede ver en los precedentes capítulos de esta Historia, la causa de aquellas inquietudes calmadas por la Santa Sede, no es según dice, «la perniciosa influencia, que los acontecimientos de la época han ejercido en el orden religioso». Estos para nada afectaron a las Hermanas de España, que vivieron tranquilas en su abnegada vida de Caridad, hasta la época del P. Etienne, cuyo desmedido imperialismo a pretexto de uniformidad, suscitó aquellas inquietudes fuera y dentro de España. Porque, como muy bien ha escrito uno de los historiadores modernos de la Congregación «su excesivo amor a los franceses y el cándido optimismo de que estaba en tiempos de Luis XIV y que de Francia tenía que venir la regeneración y salvación del mundo, le llevó a mezclar en el gobierno de la Compañía miras y aspectos, que tenían poco que ver con el espíritu vicenciano, que fueron causa de disgustos  para él y de disturbios y desasosiegos innecesarios[iv].

Para él, el ideal y patrón único era la Casa Madre y París, la capital de la democracia y de la Caridad. Si hubiese podido habría hecho un Noviciado único en París y un almacén único de ropas, acaso de víveres, donde se proveyeran todas las demás casas, para que todos pensaran los mismo, vistieran los mismo y comieran los mismo» mismo. 371).

La otra Carta Circular decía:

«A las Reverendas Hermanas Españolas de la Caridad.

La Santa Sede, que de una manera particular vigila la marcha y buen espíritu de los Institutos Religiosos, no menos que el de las Pías Asociaciones de uno y otro sexo, quienes siguiendo más de cerca los consejos y ejemplos de Nuestro Señor Jesucristo,  constituyen la porción más escogida de la Iglesia, no podía permanecer indiferente ni ver sin pena que se habían, sino quebrantado, al menos relajado los lazos de unión y caridad fraternal, que deben existir entre las Hermanas Españolas de la Caridad, la casa Madre y su Superior General, a causa de las muchas perturbaciones y agitaciones políticas, que trastornaron a esta nobilísima Nación.

Por esta razón, con particular interés, la misma Santa Sede, escucho las peticiones elevadas por esta Provincia y las reclamaciones de vuestros Jefes Superiores, tomando así mismo en consideración las recomendaciones hechas por algunos Prelados del reino en favor vuestro.

Esta Sagrada Congregación ha reconocido de grande importancia la necesidad que hay de conservar en la Provincia Española la santa unión con toda la benemérita Familia de san Vicente de Paúl, la cual unión es, sin duda, para la misma, arca y fuente de vida y disciplina; a cuyo fin dicha Congregación ha declarado por unanimidad, que la provincia de Hermanas de la Caridad en España, queda sujeta entera, filial y constantemente a la autoridad del Superior General y a la de la Cada Madre, del mismo modo que lo están todas las demás Provincias, las cuales tanto bien hacen a la Iglesia de Jesucristo.

Es, pues, innegable que el benemérito Instituto de las Hijas de la Caridad no ha podido ni podrá continuar haciendo este bien, sino está estrictamente unido y dependiente de su cabeza que es el sucesor legítimo del Santo Fundador, Vicente de Paúl.

El Sumo Pontífice manifiesta por conducto de la susodicha Congregación que, así como está firmemente decidido a mantener esa santa unidad y perfecta dependencia, desea también que reine un sólo espíritu de hermandad y la más completa armonía de caridad y de obras entre sus amadas Hijas Vicencianas.

El mismo Santo Padre, en el acto de recomendar vuestros Superiores Mayores la benignidad acerca de la Provincia española, quiere que esta, depositando a los pies de su trono todo sentimiento de mal entendida nacionalidad y de espíritu de partido se una a su centro y se conforme completamente al espíritu y a la obra de las otras Provincias, que dependen como hijas amantes y dóciles de su Superior General.

En Conformidad, pues, con las decisiones de dicha Sagrada Congregación debo comunicar a Vds.

1º.-  Que el Santo Padre, en vista de las circunstancias particulares, ha concedido benignamente que las Hermanas de la Caridad de la Provincia o Provincias Españolas sigan usando el traje que al presente visten, mientras la Santa Sede no disponga otra cosa.

2º.-  Que ninguna Hermana de la Provincia o Provincias Españolas podrá ser obligada rigurosamente abandonar su Provincia o Provincias para ser trasladadas al extranjero. Pero, en particulares circunstancias, el general podrá pedir al Director o a la Visitadora alguna Hermana de una Provincia Española, para enviarla a otra parte, en el cual caso el Director y la Visitadora harán todo lo posible, a fin de que se cumplan las disposiciones del Superior General.

3º.-  Para evitar toda perturbación y motivos de emulación, ni será permitido a las Hermanas de la Provincia españolas pasar a la Provincia francesa y viceversa, sin permiso y conocimiento de las respectivas Visitadoras y aprobación del Superior General.

4º.-  Es permitido que tanto el Director o Visitador ordinario de las Hermanas españolas cuanto la Visitadora de las mismas sean exclusivamente de la nación española.

5º.-  Finalmente que los fondos pertenecientes a las Provincias españolas no podrán ser distraídos en favor de las Provincias extranjeras.

Sin embargo, deseando el Santo Padre ordenar y regularizar la Provincia o Provincias Españolas con relación a la Casa Madre y al Superior General, conforme a todos los demás pertenecientes al benemérito Instituto de las Hijas de la Caridad, me encarga también que haga conocer a Vds.:

1º-.  Que en conformidad con la Bula postea quam de fecha 20 de junio de 1818 la Provincia o provincias de las Hermanas de la Caridad, en los Dominios de España, quedan sujetas enteramente a la Jurisdicción del Superior General de la Misión.

2º-.  Que, a consecuencia de esta dependencia y sujeción corresponderán al Superior General los nombramientos de Visitador o Director de la Provincia o Provincias españolas, el de la Visitadora y su Consejo, así también como la renovación de los mismos.

3º-.  Que el Visitador y la Visitadora serán el órgano intermedio de toda su Provincia cerca del Superior General, a quien darán exacta y fielmente cuenta, en conformidad con las Constituciones y Reglas, de todo lo que concierne a la parte moral y directiva, como también a la parte administrativa y económica.

4º-.  Que todas las Hermanas comunicarán directa y ordinariamente con su Visitadora y su Director, advirtiéndose que, de conformidad con las Constituciones y Reglas, será permitido a las Hermanas, cuando lo juzguen necesario, acudir al Superior y Madre General.

5º-.  Que el Superior General está facultado para dividir la actual Provincia española, si así lo cree conveniente para la mejor administración.

6º-.  Que ninguna excepción o privilegio se concede al Director o a la Visitadora fuera de lo que queda expresado anteriormente, deseando el Padre Santo reine la mayor igualdad posible entre las Hijas del mismo Padre S. Vicente de Paúl.

Mientras por una parte cumplo con vuestro gusto y satisfacción el encargo que me ha sido confiado de comunicar a Vuestras Caridades ls mencionadas decisiones, por la otra levanto a Dios mi corazón, pidiéndole por la intercesión de la Virgen Purísima y de vuestro Santo Fundador, que estas disposiciones de la Santa Sede, tan sabias y prudentes, aprobadas por Su Santidad, sean para vosotras origen y fuente de tranquilidad, de paz y de toda suerte de bendiciones.

Al estado de agitación y ansiedad debe ahora suceder la reconciliación y la paz más perfecta. Si por razones especiales y benevolencias de la Santa Sede se diferencias Ustedes de las otras Provincias por el hábito, no deben en manera alguna diferenciase en el espíritu y en las obras propias de la Asociación.

Dios, la Iglesia y la Sociedad Civil tienen los ojos puestos sobre vosotras. En la unión está la fuerza, y en la obediencia y el espíritu de sacrificio la vida, el mérito y la gloria de vuestro Instituto.

El fuego de la caridad cristiana, que une y estrecha milagrosamente los corazones de las Hermanas en las demás Provincias esparcidas hasta los confines de la tierra, con el sólo fin de glorificar a Dios y socorrer a los desdichados, una y estreche también los vuestros. este es el deseo del Padre Santo, esto exige vuestro bien y vuestra dicha.

Fraternizando de una manera cordial y afectuosa vuestra Provincia con las otras, es llamada también con ellas a heróicas y nobles empresas. Cierto es que los tiempos son muy calamitosos y difíciles y que la sociedad está amenazada de espantosos desastres, por esta razón es preciso abrir el corazón a grandes virtudes.

Divididas del centro y conducidas por un espíritu de partido poco o nada poséis hacer. Acaso dentro de poco tiempo no seréis ni Hijas de San Vicente, ni Hijas de la Caridad. Por el contrario, unidas en un sólo corazón y en un sólo espíritu de verdad, de caridad, y de obediencia a vuestro centro y a vuestro Superior General, seréis siempre santo y grande instrumento de grandes y santas obras.

Y por último, deseando a las Reverendas Hermanas de la Caridad de la Provincia Española toda clase de gracias espirituales de lo más íntimo de mi alma, os doy mi paternal bendición.

Madrid, 31 de Diciembre de 1877.

Santiago, Arzobispo de Ancira

Nuncio Apostólico.

Nota. La presente se comunicará a todas las Comunidades de la Provincia, a fin de que llegue a conocimiento de las Hermanas.

Por mandado de Su Excia. Rvdma. Nuncio Apostólico.

Conforme al original.

Francisco Enrique Lotteri, Pbro. de la Misión, Comisario Visitador Provincial.

 

Así en los prenotandos de esta carta como en sus consejos finales se transparenta una cierta recriminación a las Hermanas de España, como si hubiesen ellas pretendido sustraerse  a la sumisión y obediencia al Superior General. Esta suposición, según ya queda dicho, carece absolutamente de fundamento. No se halla constancia de ello en documento alguno y sí afirmaciones rotundas en contrario. Sus aspiraciones consistían únicamente en la conservación del Hábito tradicional y primitivo, en que sus superiores inmediatos fueran españoles de la Provincia de España y en que los bienes de las Provincias de España y en que los bienes de las Provincias Españolas no se sustrajesen para las extranjeras. Aspiraciones justificadas por las mismas Resoluciones de la Sagrada Congregación de Roma, quien puso coto a estas extralimitaciones. como medio de afianzar y conservar la verdadera unión espiritual y sumisión al Superior General.

Otro punto merece anotarse en ésta carta a las Hermanas y es no sólo la omisión que en ella se hace de la prohibición a las Hermanas Francesas de tener Noviciado en España, omisión que el mismo Sr. Nuncio justifica» por razón de un sentimiento de delicadeza», sino la ingerencia de una disposición que no se halla en los textos de las Resoluciones, cual es la de que «el Superior General está facultado para dividir la actual Provincia Española, si así lo cree conveniente para la mejor administración. Esto, que no hemos visto ni pedido ni recusado por la Provincia Española, aparece en algún otro documento con la añadidura de que no se haría sin previa consulta de dos de los principales Prelados españoles. ¿Por qué se introdujo este nuevo punto, ni pedido ni recusado?.

Tales variantes se achacaron al P. Lotteri, como concesiones suyas en favor de la causa francesa y aumentaron la antipatía con que era mirado en España.

Estas resoluciones fueron comunicadas por carta de Mons. Czactu, Secretario de la sagrada Congregación de Asuntos Eclesiásticos extraordinarios, al Padre General, en 3 de octubre de 1877.

«Muy Reverendo Padre, Superior General de los Sres. de la Misión.

París.

Me apresuro dulcemente a comunicar a V. Señoría Rvdma. las Resoluciones adoptadas por esta Sagrada Congregación, tocante al enojoso asunto que se ventila entre las Hijas de la Caridad de la Provincia Española y esa Casa Central.

Por el tenor de las decisiones que voy a detallar decidirá con satisfacción V. S. Rvdma.  cuan altamente se han penetrado los Eminentísimos Padres, que componen la referida Congregación, de las justas observaciones que la V.R. proponía, respecto de la dependencia de aquella Provincia de la autoridad central, y cómo se han esforzado asimismo, con las insignificantes concesiones hechas a las Hermanas, en proveer a la unión y firme concordia entre ellas y la autoridad del General en tanto grado, que Su Santidad, sancionándolo con su soberana aprobación, he reconocido ser éste el único remedio capaz de poner fin a tan prolongadas y penosas controversias. En consecuencia, me gozo en creer que V. Señoría Rvdma. cooperará con el celo y prudencia a su ejecución, ateniéndose no tanto a las palabras con que se expresan cuanto al espíritu que las ha inspirado, a saber: de conducencia por lo que se refiere a las cosas de poca importancia, pero de rigurosa firmeza en conservar todo cuanto representa la fuerza vital del Instituto.

En conformidad, pues, con tan altas miras, los referidos Eminentísimos Padres han decidido que, de acuerdo con la Bula Postequam del día 23 de junio de 1818, toda la Provincia de las Hijas de la Caridad, en los Dominios de España, quede sujeta a la jurisdicción y obediencia del Superior General de la Misión conservando empero pacífica-mente el hábito que usan al presente.

En virtud de tal dependencia y sujeción, el Superior General nombrará, como bien le pareciere, el Visitador o Director, del cual dependerá directa e inmediatamente toda la Provincia, debiendo empero elegirle entre los Sacerdotes de la Misión de la Provincia Española, salvo los casos extraordinarios en que el Superior General deba dirigirse a sus súbditos aún inmediatamente, esto es, sin servirse del Director o Visitador.

Este Visitador será el órgano intermedio de toda la Provincia con el Superior General, el cual todos los años, tendrá que rendir cuentas, ya por lo que se refiere a la parte moral y directiva, ya también por lo que se hace a la parte económica y administrativa, con la condición, sin embargo, que los bienes pertenecientes a la Provincia española no podrán ser distribuidos en favor de otra Provincia. Las Hermanas Sirvientes y todas las demás obrarán de acuerdo con la Visitadora y el Director y así podrán conservarse en perfecto orden jerárquico.

(Se dará a conocer a la Visitadora actual y a sus Oficiales, que las circunstancias que habían determinado al Santo Padre a prolongar su misión no existen ya en adelante y por esto, deben por delicadeza poner el dimisión de su cargo en manos del Superior General, siguiendo la voluntad del Pontífice. Vos trataréis Rdo. Padre, de hacer recaer el nombramiento  de una nueva Visitadora, en cuanto sea posible, en una persona, que no se haya metido en discusiones, a que se ha buscado remedio y por lo mismo, que no pertenezca al uno ni otro bando, para que sea como base y elemento de pacificación).

Tocante al traslado de las Hermanas de una a otra provincia, los Eminentísimos Padres han resuelto que ninguna religiosa española podrá en rigor ser obligada a dejar la propia Provincia para ser destinada a otra. Así y todo, el Superior General podrá sin embargo, por circunstancias especiales, pedir al Director o a la Visitadora, algunas Hermanas de la Provincia española para destinarlas a otra parte, en cuyo caso procurarán tanto la Visitadora  como el Director hacer todo lo posible para secundar los deseos del Padre General.

Además, los Eminentísimos Padres han considerado que, habiendo en España un número importante de Hermanas francesas, convenía para conservar la unión y mutua concordia y remover toda la cusa de disturbios y celo, prohibieron general que ninguna de las Hermanas españolas de otra Provincia pasean a la Provincia de las Francesas y viceversa, a no ser que, juntamente con la petición hecha por alguna Hermana con justa causa, intervenga y preceda el consentimiento de la Visitadora y después de la aprobación del Superior General.

Por idénticas razones han juzgado, asimismo, necesario prohibir a las Hermanas Francesas tener en España un Noviciado propio y especial, pudiendo reclutarse las Hermanas de que tengan necesidad de las casas noviciado de Francia, a donde podrán también mandar los jóvenes españolas de que deseen pertenecer a la Provincia francesa.

(En fin, los Señores Eminentísimos únicamente han manifestado la necesidad de recordar a Vuestra Caridad y prudencia que usan de la más condescendiente indulgencia en el gobierno de las Hermanas españolas con respeto a su modo de ser y al estado de perturbación, ya demasiado antiguo, en las relaciones de dichas Hermanas con su cabeza. Tal es también la voluntad manifiesta del Santo Padre, al probar las decisiones susodichas.

Su Santidad desea que la autoridad a la que están sometidas las Hermanas españolas se aplique por el que está de ella revestido de tal modo que quite todo pretexto de queja contra él y que la ejercite, particularmente al principio, con paciencia y longanimidad, a fin de obedecer, a lo menos con el tiempo sumisión verdaderamente ejemplar para con su Superior General.

Aprovecho la ocasión de ofrecer a Vuestras Reverencias los sentimientos del más profundo respeto y de quedar, Muy Rvdo. Padre, perfecto y obediente servidor.

Czacki, Secretario).

 

Juntamente con estas Resoluciones se envió también al P. General un nuevo Decreto de Su Santidad, en lengua latina confirmatorio de los anteriores, en favor del hábito de las Hermanas Españolas. Dice así:

     «Día 12 de Octubre de 1877.

     En audiencia del Santísimo. Nuestro Señor Padre Pío, por la Divina Providencia, Papa IX, siendo relator yo el infrascrito Secretario de la Sagrada Congregación, encargada de los Negocios Eclesiásticos Extraordinarios atendidas algunas especiales, que obran en su ánimo, después de oir el consejo de los Eminentísimos Cardenales de la Santa Iglesia Romana de la mencionada Congregación permita a las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl que moran en España y sus Dominios puedan continuar llevando a Beneplácito de la Santa Sede, el hábito que actualmente usan, sobre lo que manda Su Santidad que se expida este decreto y se archive en las Actas de la Congregación antes mencionada. Sin que obste nada en contrario.

     Dado en la Secretaría de la misma Congregación, en el día, mes y año mencionados.

     Madimiro Czactri, Secretario

     Lugar del sello. Concuerda con el original

     Madrid, día 13 de diciembre de 1877.

     Santiago, Arzobispo de Ancira

     Concuerda con el original.

     Eugenio Boré, Superior  General, Lugar del Sello».

 

Réstanos ahora decir el efecto producido en nuestra Provincia por las Resoluciones de la Santa Sede.

En una copia litografiadas de ellas, que hay en nuestro Archivo Central y que fue sin duda la primera que llegó a manos del Padre Maller, estando aún en el extranjero, hay una nota manuscrita suya que dice: «Este documento es apócrifo y no merece fe alguna». Tal fue el primer desahogo de su corazón contristado por tal desenlace. No creía lo que veía.

En otra copia impresa anotaba, cuarenta años después, el Padre Horcajada: «Esas Resoluciones son auténticas como consta en la copia de ellas en italiano, que Mons. Eugenio Pacheli, Secretario de la Congregación de Negocios Eclesiásticos Extraordinarios, entregó a los Sres. Sierra y Horcajada en Roma a 13 de abril de 1917, Mauricio Horcajada.

El gran misionero, P. Díez, escribía en Noviembre al P. Valdivielso que gobernaba interinamente en España: «!Roma locuta est, causa finita est, vale esto para los humildes pero humildad ¿dónde resides? que después de tratar en el mundo no se tu morada». Preveía disensiones en la ejecución.

Cuando el P. Maller se convenció de que las Resoluciones eran auténticas, escribía desde Natches, 8 de diciembre, al P. Valdivielso: «Me alegro de que Su Santidad haya decidido algo sobre nuestra situación. Lo admito y acepto con sumo respeto y veneración y de lo íntimo de mi alma todo cuanto haya dispuesto en eso y en todo lo demás». Confesión que en boca del Padre Maller, cuya opinión irreducible de antes era tan conocida, bien manifiesta que su alma era una de las moradas de la humildad, que andaba buscando el P. Díez.

Y en 13 de diciembre, desde Sigüenza, escribía el P. Arnáiz: «Tengo a la vista su atenta de ayer. Doyle a V. las más humildes y expresivas gracias por las buenas noticias… En efecto lo que podíamos desear y en el el fondo todos ansiábamos. aunque mejor fuera, que las francesas se fueran o se quedaran sometidas a las españolas. Pero esto sería pedir gollerías».

Y el Sr. Rivas, desde Barcelona, 22 de diciembre: «Ya sabía estaba en Madrid el Decreto de Su Santidad, pero no tenía tantos pormenores como Vd. se sirve declararme. Ojalá se publique pronto tan deseado documento que contribuya a establecer la paz en nuestras familias, aminorando la injusta preponderancia pretendida por franceses. Así sea».

Y el P. Díez vuelve a escribir, a 28 de diciembre: «Lo de las Hermanas es golpe tremendo para el Padre General y los franceses, teniendo en presente el carácter francés. El Sr. Maller, casi estoy cierto que, por más amante que es de acatar las disposiciones de la Iglesia, dudo que acepte la dirección de las Hermanas».

Por parte de las Hermanas, como para ellas en general, toda la cuestión se reducía a seguir con su Hábito tradicional, una vez que se cercioraron de la decisión terminante de la Santa Sede para que en ello no fueran en adelante molestadas, todas quedaron contentas y tranquilas en el ejercicio de su asidua caridad. Citaremos sólo como resumen de su sentir unánime, la carta de Sor Benita Bárcena, Hermana del Consejo y Superiora del Hospicio de Granada, quien escribía confidencialmente al P. Valdivielso, en 23 de Diciembre de 1877: «Con que, según V. me dice, es cosa decidida lo del Hábito de las Hermanas. Mucho me alegro, a ver si de una vez se acaba tantos disgustos y reina la paz, que sin ella nada bueno pude haber.

Y el Sr. Maller ¿por donde anda?. Cuando Vd. le escriba le da mis afectos. Ya mucho que falta de España. Nada le ha de gustar el que nos dejen con nuestros Hábitos, porque el estaba muy firme en que nos pusiéramos la cornette. Eso para Francia. En España anda más modesta la gente».

De ser verdad y no uno de tantos infundios nacidos en el calor de la lucha, el único lance lamentable había sido el de la Visitadora, Sor Juliana Meste, quien no por oposición a las disposiciones de la Sagrada Congregación, sino por los procedimientos sinuosos y poco sinceros, quizás excesos de prudencia o de política del P. Lotteri, podía haberse despistado. Queda susodicho cómo la conducta del dicho Señor se había hecho sospechosa en España y más, cuando circularon resúmenes de las Resoluciones de la Santa Sede no concordes entre sí, lo que fue causa de rumorearse ser todo amaño italiano quien terminó por salir de España en completo desprestigio y por mandato del Sr. Nuncio, hasta el P. Maller llegó a ver un visionario en el P. Lotteri.

El caso fue según lo relata el Cardenal Simeoni al P. General, único documento que hallamos a esto referente, que, «habiendo el Sr. Nuncio Apostólico encomendado al Sr. Lotteri, enviado especial del Superior General, para dar las órdenes opuestas, a fin de que las Superioras de las Casas de Madrid fuesen convocadas para recibir comunicación de las disposiciones de la Santa Sede, la dicha Visitadora, no sólo se resistió cuanto a tal fin le fue mandado, más no se guardó de decir que, si las Superioras se presentaban no las dejaría entrar en la Casa. Creció su obstinación de tal modo que el Visitador y Director, (Lotteri y Masnou) estimaron conveniente no se hiciese la convocación».

Anotemos que este hecho no pudiera haber acaecido sino antes de la Circular del Sr. Nuncio a las Hermanas, o sea, antes del 31 de diciembre de 1877, y que no hubo previo aviso del Sr. Nuncio, al que la Visitadora y su Consejo no habrían resistido.

Y continúa la carta del Cardenal: «La indolencia, pues, de la dicha Visitadora es digna de la mayor nota, cuando se considera la grave falta de respeto cometido para con la persona del Papa, el cual -Sr. Lotteri-, habiéndose presentado en la Casa Madre para comunicar las órdenes de la Santa Seda, y habiendo anunciado a dicha Visitadora su determinación de dar la bendición con el Santísimo, después de haber pasado comunicación de sus órdenes, no halló por ningún lado los sagrados ornamentos…

De todo esto, ella misma comprenderá cómo el corazón del Santo Padre había quedado dolorido por esta extraña e irreverente conducta de la Visitadora. Se complacerá, por tanto, V.S. en dar a conocer a la misma el disgusto enorme del Padre común de los fieles y la exhortará a mostrarse en el porvenir más obediente a las decisiones de la Santa Sede y a la persona de su representante. Con esta ocasión reiteró a V.S. la más sincera estimación de Vuestra Señoría.

Illma. y Rdma.

Roma, 4 de Febrero de 1878.

Servidor, Giovani, Cardenal Simeoni.

Al Ilmo. Sr. Obispo Auxiliar del Emmo. Cardenal Moreno, Arz. de Toledo. Madrid.

Para que se vea la desorientación que reina en aquellos momentos, no sólo entre las Hermanas sino entre los Padres, conviene conocer la siguiente carta que con fecha 13 de abril de aquel año 78, escribía el P. Maller al P. Valdivielso:

«¡Cuántas cosas, qué lío, qué confusión! por más que V. no tenga la más mínima duda  de todo lo que V. me indica, sin embargo, se me hace muy duro y cuesta arriba el admitir las terribles consecuencias que V. saca sin titubear un momento. Yo, hasta prueba más concluyente no me atrevo a creer que ni el Sr. Lotteri, ni muchísimo menos el Nuncio se hayan atrevido a falsificar un documento tan importante y solemne como es una decisión de una Congregación, instituída con el fin expreso de examinar un negocio; la cual ha deliberado poco menos que un año y cuya resolución estaría a no poderlo dudar muy por entero y a la letra entre los documentos de esa índole. Sería menester haber perdido el santo temor de Dios y hasta el sentido común. Es posible que se persuadieran que en semejante matera, después de tantas discusiones, cuando todos están en una inquietud expectativa, la tal decisión podría ocultarse, suprimirse o alterarse, sin que luego, muy luego tal supresión o alteración viniese a ser sabida de todo el mundo?.

Y me inclina a pensar que el Sr. Nuncio y el Sr. Lotteri tendrán alguna otra explicación en reserva para cuando convenga… Paso de largo lo del desafía, que, o es cosa muy seria o muy chistosa. Tal vez sea una chanza del tal, que se apellida Ayala Mestre. O si será una visión o alucinación del enemigo de Todos?. Más bien creería y esto que no el que el pobre Lotteri, que tan ingrata tarea trajo a España, haya fingido todo eso, hasta para añadir el ridículo a su desprestigio. Hay, pues, hallar la clave del misterio. El que el Sr. Nuncio de Su Santidad le mandara salir de España, no prueba nada, sino que, en virtud del alboroto de los espíritus, valía más que se retirarse, y esto, ya fuera víctima, iluso o culpado… cualquiera que sea la decisión de Roma no agradará a todo el mundo. Se dirá que la parte vencedora supo ganar, lo que pretendía, por medios humanos.

Al cabo y al fin, no es ilícito recurrir de nuevo a la misma Roma. El camino ya está abierto. Mañana se les antoja a otras dos Cármenes ir a Roma. Si llevan buenas recomendaciones, y las llevaron no pueden menos de ser bien recibidas y atendidas. Y luego irán otros obispos y aún Cardenales a Roma y entre tanto, la autoridad del Superior General  a que queda reducida?…

Aquí se olvidaba el P. Maller de que, después de casi treinta años de lucha, la autoridad del P. General no había podido resolver en angustioso pleito de la corneta en España. ¿Quién podía y debía hacerlo sino la Santa Sede?.

Ese incidente del desafío y amenaza del P. Lotteri por parte del Ayala Mestre, que suponemos pariente de Sor Juliana Mestre y del que no hay más constancia en nuestros archivos, parece haber sido por creerse él parte de las amarguras de dicha Hermana como familiar suyo.

Pero donde las Resoluciones de la Santa Sede causaron contrariedad y amargura fue, como era natural, en los partidarios de la causa francesa. Aquellas concesiones a la Provincia de España, que vista desde Roma o desde Madrid se referían sólo, como decía el Secretario de la Sagrada Congregación, «a una condescendencia en una cosa de poca importancia, pero de rigurosa firmeza en conservar todo cuanto representa la fuerza vital de Instituto», contrariaban totalmente las miras de París, que parecía poner toda las esencia de las Hijas de San Vicente en el uso de la cornette, como si de ello dependiera la salvación del mundo y a pesar de las repetidas declaraciones de la Santa Sede.

El Reverendo P. Boré, sucesor del P. Etienne, no sólo en el supremo cargo sino en el espíritu, no pudo disimular esta contrariedad y en la Carta Circular, que, en el mes de febrero de 1878, envió a los Misioneros de España vertió conceptos más a propósito para separar que para atraer voluntades.

Aunque hubieran sido verdaderas las acusaciones en ellas contenidas, era bien intempestivo recordarlas en aquella sazón: «Vosotros sabéis, dice, las causas del pasado malestar de las Hermanas, y que habían afectado personalmente a mi venerado predecesor, el P. Etienne, y puedo confesar que le ha participado en un todo de su pena. Nuestras Hermanas de España, sin saberlo, pero extraña respecto a las Constituciones y Reglamentos de nuestro bienaventurado Padre San Vicente, fueron arrastradas, según la expresión misma de la Santa Sede a consumar fatalmente un deplorable rompimiento».

Anotemos que estos conceptos para nuestros misioneros, aún los menos teólogos y prevenidos, tenían que sonar a puro galicioso. Cómo podía ser que la Autoridad del Papa fuera extraña a nuestras Constituciones y Reglas de San Vicente, no sólo en su aprobación sin no su vigencia, a que han de estar sometidas en todas las Ordenes y Congregaciones Religiosas? y ¿cuando o en donde ha dicho la Santa Sede que las corporaciones vicencianas hayan consumado fatalmente un deplorable rompimiento del cuerpo de la Congregación? Véase, en esta Historia, lo mucho que trabajaron los Hijas e Hijas de San Vicente, en nuestra Patria, para evitar tal rompimiento. Léanse los varios testimonios de Superiores y Superioras Generales, anteriores al P. Etienne, que alababan el buen espíritu de sumisión, obediencia y observancia de nuestros Padres y Hermanas.

Y continúa la carta: «La causa primera de este mal estaba en la dirección del Consejo, que poco ha faltado para perderlas. Ellas siempre pertenecían a la Familia de San Vicente en el corazón, más el espíritu fundamental, que descansa sobre la obediencia y uniformidad, había de tal modo desaparecido que, en contraste de las otras Provincias de la Compañía, hacía dudar de la unidad de su origen y de la identidad de su vocación.

«La diferencia no provenía solamente del color o de la forma del vestido sino antes bien, en el modo de entender y de interpretar las enseñanzas tradicionales de la compañía, las Reglas los usos y las obras de Caridad que ejercen».

Bien se ve aquí, en primer lugar el desconcierto de las Historia de nuestras Hermanas. Puede ser que algunos usos y modalidades francesas, que nada tienen que ver con el espíritu de San Vicente, ni con sus Reglas, no se practicasen en España, ni en otras partes.

Es verdad que las Hermanas de España, en sus cincuenta primemos años de existencia, tuvieron poca o casi ninguna comunicación directa con las de Francia, pero ¿como podía olvidar el Sr. Bosé la dispersión que produjo en las Congregaciones Vicencianas la Revolución Francesa, que descuajó de París el centro de la Congregación y partió a ésta en do o tres Vicarios Generales con jurisdicción sobre las Hermanas, quienes unas veces dependían de Roma o de París, pues el representante nombrado para ellas de una u otra jurisdicción era nuestro Visitador o Vicario, a quienes obedecían con toda sumisión? Y ¿cómo podía compararse la ya floreciente Congregación de España con las de otras naciones, que, entonces más que Provincias eran pequeñas colonias con Superiores y Hermanas, por lo general francesas, y que por ésta razón tenían como es natural, que relacionarse de continuo con su Patria? En este sentido, aún hoy, las francesas Hijas de la Caridad, que están, por ejemplo en China, han de estar mucho más cerca de la Casa Madre de París, que las vecinas casas de España o Italia, donde ni la lengua, ni los afectos de conocimiento personal, ni las costumbres de Francia, ni las relaciones económicas estimulan el acercamiento de las unas con las otras. Lo cual ni impide un acercamiento espiritual y disciplinario entre todas. Y este acercamiento lo tuvieron las Hijas de la Caridad españolas desde que restaurada la unidad en todas las Provincias con la desaparición de los distintos Vicarios y distintas Jurisdicciones, se instaló de nuevo un Padre General en París. Pero lo esencial del Espíritu Vicenciano, o sea la observancia de las Reglas, estará allí donde ellas se observen con fidelidad si estar localizado en ésta o en aquella nación. Y las Hijas de la Caridad españolas tuvieron siempre vivo ese espíritu Vicenciano.

Lo demás ya es sabido. El hábito primitivo, aquel Hábito que trajeron ellas de Francia, y que no cambiaron por la cornette en tiempo del P. Etienne, a pesar de sus insinuaciones que tampoco llegaron a expreso mandato, fue la única causa de resfriarse, que nunca de romperse, la unión entre las Hermanas y Padres españoles hacia el Superior General, y Roma indirectamente, al menos, las dió la razón.

Pero era lo más grave que, en esta supuesta rotura, acusaba la Carta que comentamos, a los Misioneros de España, Directores de Hermanas. A esto podían contestar el Venerable P. Murillo, el santo P. Borja, el P. Sanz, por no citar sino a los más influyentes Directores antiguos, que se desvivieron, en tiempos de paz y en tiempos de borrasca, en defender la unión de las Hermanas con sus legítimos Superiores, hasta sufrir algunos amargas persecuciones y destierro, llegando así, con la bendición de Dios y de San Vicente, a formar la Provincia Vicenciana más probada y adicta a sus Reglas y espíritu, a la vez que la más grande y floreciente entre todas las del mundo, sólo, entonces superada por la Provincia Francesa.

Si entre tanto, la Revolución Francesa ocasionó allí el uso de la cornette, ¿qué culpa tenían nuestros Directores y Hermanas de aquí?. Esta modalidad de la cornette, hija del almidón tan prohibido a todas, a fines del siglo dieciocho por circulares de la Madre General, -véase su colección-, salió triunfante. ¿Quién podrá decir que por ello las Hermanas de Francia perdieron su espíritu vicenciano? y ¿por qué lo habían de perder las españolas, conservando el hábito primitivo, aunque también algo alterado por el dichoso almidón, contra el que unas y otras debían querellarse?. Y no es que nosotros, persuadidos de lo accidental del hábito, dejemos de consideras la uniformidad como un desideratum.

Finalmente otra acusación trae la Carta y es que «la mencionada nota enviada a Roma manifiesta una parcialidad nacional pidiendo a la Santa Sede que el Director y la Visitadora  sean de nación española». «Consulto nuestros Anales y no encuentro ya alguna Provincia haya puesto semejante condición porque es la virtud, y no la carne y la sangre lo que hace a uno digno de su dignidad».

Cualquiera pudiera haberse escandalizado si se hubiera pedido un Padre español para Superior General, o una Hermana Española para Superiora General; pero, el pedirlo para el gobierno inmediato de la Congregación en España, era bien poca cosa y bien justificado, en aquellas circunstancias, en que ninguna Provincia se ha visto como la nuestra. Y bien era de tener que si para los de casa era entonces difícil la dirección, cuanto más lo habría de ser  para un extranjero, desconocedor del personal y del modo de ser de nuestra nación.

Por lo demás, es bien sabido que el espíritu de la Iglesia, norma de San Vicente, ha sido que la jurisdicción eclesiástica se ejerza de ordinario en cada país por los nativos hasta en los países infieles, siendo posible. De los españoles que venían del extranjero ya queda dicho por qué y para que eran enviados a España por el Superior General. Nada tiene, pus de extraño, por todo lo dicho que la citada carta Circular dejará mal sabor en nuestras casas.

«Muy dura y hasta cruel me parece la Circular» decía el P. Rivas desde Barcelona en su carta del 18 de marzo, y el Sr. del Río, desde Teruel el 8 de abril: «por más buena fe y santos deseos, que haya el Superior General tenido al escribirla, cero, según mis cortos alcances, que al leerla, cuando vuelva de la misión, causará más daño que provecho, y por esta razón, preferiría no leerla».

Ni fue menos hiriente la otra Circular que, en abril de 1878, dirigió el mismo P. Bosé a las Hermanas de la Provincia española. La siguiente carta de Sor Carmen Moreno del 12 de abril del dicho año, al P. Masnou, encargado entonces de la Dirección nos manifiesta el afecto atrayente de la citada Circular.

«Mi muy Venerado Padre:

Como la santa regla me autoriza y aún me manda comunicar el Superior mis dudas, dificultades y tentaciones etc… voy a decir a Vd. lo que ahora me ocurre.

Hace días que recibí una Circular del Superior General, que aunque escrita con la prudencia de un digno Superior, encuentro en ella algunas cosas, que quizá por malos informes, están en entera contradicción con lo que yo misma he visto y oído. Como por ejemplo: El P. Lotteri, de feliz memoria, me dijo más de una vez, que si no nos pusiesen la corneta, había resuelto el Superior General, de acuerdo con todas las demás Provincias, separarnos de la Congregación, a lo que le contesté que pensaba no podía hacerlo por sí y que Su Santidad no lo haría. porque repetidas veces habíamos protestado no querer la separación.

Y como la dicha Circular lo da bastante a entender no puedo vencerme a leerla sin enterar a las Hermanas de la verdad, para volver por el honor del Consejo pasado, de algunos, a quienes sin razón se les ha impuesto haber pedido la separación, pero muy en particular de la pobres Visitadora Sor Mestre, a quien se han levantado atroces calumnias y a quien nadie tiene valor de defenderla, por más que dicen la aprecian y conocen su inocencia.

En vista de lo dicho, me parece mejor no leerla por haber de dar esas explicaciones, pues las Hermanas nada hablamos del asunto; alguna que me ha preguntado, que el Santo Padre ha decidido ya que permanezcamos con nuestro hábito español y se ha quedo tranquila.

A pesar de que, después de haberlo pedido al Señor y meditado mucho, me ha parecido omitir la lectura en la Comunidad de la referida Circular, no he querido hacerlo sin decirlo a V., sujetándome siempre a su mandato. Esta es sólo para V., pues nada he dicho a la Visitadora».

La contestación del P. Masnou, que como queda dicho, era en España Director también de las Hermanas del Cornette se concretó con decir: «no puedo tomar bajo mi responsabilidad el que no se lea a la Comunidad la Circular de que V. me habla, pues no puedo oponerme a la voluntad del Superior General. Lo único que puedo aconsejar a V. es que obre en este asunto, según le dicte la prudencia».

Merecen ser notadas las declaraciones contenidas en la susodicha carta de Sor Carmen Moreno, principalmente la rotunda afirmación de que nunca intentaron ni quisieron las Hermanas españolas separarse del cuerpo de la Congregación Vicenciana. y hasta queda «en duda la veracidad de la acusación referida contra la conducta de la Visitadora, Sor Mestre,  cuando el P. Lotteri se presentó en el Noviciado para comunicar a las Hermanas las Resoluciones de Santa Sede.

Siguiendo las Normas prudentes de la Sagrada Congregación se mudó el Consejo de las Hermanas y el 21 de enero de 1878 fue nombrada Visitadora Sor Fermina Arguiñariz, Superiora del Hospital de Cuenca.

Poco después volvió a España el P. Maller como Visitador y Director de las Familias de San Vicente. Hay que decir en honra suya que, durante esta segunda época de su Dirección, el asunto de la corneta, por el tan acariciado antes, quedó sepultado en el más absoluto silencio. Actuó como fiel hijo de la Iglesia las decisiones de Roma, y ya sólo se preocupó, hasta el fin de sus días, en la dirección prudente de ambas Congregaciones, comenzando una nueva época de paz y prosperidad, para las Hermanas Españolas.

Como signo de esta paz escribía la nueva Visitadora su Carta Circular de 30 de mayo, 1878, que decía: «Al tomar posesión de mi cargo quise hacer retiro espiritual en los ejercicios que tuvieron lugar en casa… después de los cuales me encaminé a Zaragoza a visitar a nuestra querida Madre, la Virgen Santísima del Pilar, y pedirle su santa bendición. Allí, como pueden Vds. figurarse las tuve a todas presentes… »

Cuenta cómo fue a París, porque el Sr. Bosé quería verla, pero que murió estando ella allí, sin haberla visto. «Nuestra M.H. Madre me amonestó manifestase a Vds. lo mucho que a todas nos quiere. También la Asistenta, Oficiales y Secretarias.. Sólo me queda añadir que siempre hemos llevado el hábito negro y la toca no llamando la atención a nadie. Así, pues, estén tranquilas y seguras de que no seremos molestadas en este punto y así fuera dudas y escrúpulos, si los hubiese, pues es cosa decretada por Su Santidad y admitida por nuestros Superiores…»

Y confirmose esta paz con la elección del nuevo Superior General, P. Fiat, hombre de Dios, sin otras miras políticas sino el bien de sus Hijas y con razón llamado el nuevo San Vicente. A este dignísimo sucesor suyo tuvieron ocasión de manifestar las Congregaciones de España su adhesión y obediencia a la que él contesto muy particularmente con esta Carta Circular:

«París, 8 de Diciembre de 1879.

Mis carísimas Hijas.

La gracia del Señor sea siempre con nosotros.

Estoy de regreso en la Casa Madre, hace unos días, de un viaje bastante largo, pero feliz. Experimento la necesidad de expresaros de nuevo mi agradecimiento por el gusto que me han procurado los numerosos testimonios de vuestra piedad filial y religiosa adhesión, que me han sido muy sensibles y por los que doy las gracias al Señor. Personalmente no tenía ningún interés propio en cuanto a las manifestaciones que me han sido demostradas, mas mucho me han consolado el veros tan contentas de recibir al sucesor de San Vicente, amando tanto vuestra hermosa vocación y sacrificándoos con tanto celo para el bien de vuestras obras.

Me habéis asegurado que sois y queréis continuar siendo mis Hijas y que en todo yo os hallaría tan sumisas como lo son mis otras Hijas. Dios no puede sino bendecir esas disposiciones. El mismo es quien os inspira y ellas procuran la gloria. Por mi parte, mis carísimas Hijas, quedáis aseguradas que sólo por el interés de vuestras almas, de vuestros obras y de vuestra Provincia me serviré de la autoridad que nuestro Señor me ha dado sobre vosotras.

El inmortal y muy amado Pío IX os ha dispensado, mientras la Santa Sede no disponga otra cosa de la regla de la uniformidad respecto del Hábito. El sucesor de San Vicente, tiene las manos atadas sobre este asunto y nada tenéis que temer. Mas no puedo dejar de pensar y deciros que esa excepción que os distingue entre todas las Hijas de la Caridad os sería desfavorable, sino tuvierais cuidado de procurar ser uniformes en todo lo demás, pues el día en que se pudiera decir que hay entre vosotras y las Hijas de la Caridad de San Vicente otras diferencias además del Hábito, mucho perderíais en la opinión pública.

Con gran satisfacción he pido ver que esa opinión pública os es favorable en España…

Y les comunica a las Superioras: «que, en adelante habrá una tanda de Ejercicios Espirituales para ellas en la Casa Central del Noviciado como se observa en todas las Provincias. El Respetable P. Maller, vuestro digno Director había presentido mis deseos y se ofrece con gusto para prestaron ese importante servicio».

Anotemos que esto se practicaba ya desde el tiempo del P. Roca, como puede verse en su circular de 1 de enero de 1843. Establece, en segundo lugar, el uso del formulario de oraciones y prácticas, traducido al castellano, práctica ya en uso por lo menos desde la dirección del P. Feu.

Y finalmente «he determinado hacer traducir y comunicaros el Consuetudinario o Compendio de las Costumbres y Prácticas de la Compañía»… del que el P. Feu se había preocupado de establecer en 1827.

No terminaremos esta relación referente al Hábito de las Hermanas sin añadir una nota de las principales, que por hallare el Consejo aquellos años, hubieron de actuar en la cuestión y de sufrir muchos sobresaltos y sin sabores para evitar la separación de la Provincia del cuerpo de la Congregación, cuando no sólo los Prelados españoles lo miraban como la mejor solución, sino que el mismo Superior General se mostraba decidido a ello, sino se implantaba la cornette. Sólo la tenacidad de ellas y la voluntad resuelta de Pío IX evitó una lamentable escisión en la Familia Vicenciana.

Sor Julia Mestre nació en Reus en 1817. Entró en la Congregación en 1833. En 1852 fue nombrada Superiora de Huérfanas de Barcelona. En 1862, pasó con igual destino al Hospital de Zaragoza y en septiembre del mismo año, fue llamada al Consejo Provincial con el cargo de Asistenta, hasta que en 1866 obtuvo el Visitadora. Al cesar de este oficio por disposición de la Santa Sede pasó de Superiora al Colegio de Barbastro en Junio de 1978 y allí murió el 12 de enero de 1886 después de haber hecho testamento de los bienes familiares en favor de la Congregación a la que amó tiernamente y por la que sufrió muchas contradicciones y hasta calumnias.

Sor Carmen Moreno (876) nació en la ciudad de Cádiz, en 27 de mayo de 1819. Fue bautizada en «la Iglesia Parroquial castrense de la Plaza, como hija legítima de D. José Moreno, primer médico cirujano de la Real Armada y de Doña María de los Dolores Jiménez. «Entró en la Congregación en 1844 y fue destinada al Hospital de Valencia, donde permaneció hasta 1852. En agosto de 1856 fue nombrada Superiora del Colegio de Teruel, en 1858 del Hospicio de Málaga. En marzo del 62 del Hospicio de san Luis de Sevilla hasta que, en Julio del 66 recibió el cargo de Asistente en la Casa Central. Cambiando el Consejo en 1878 pasó de Superiora al Hospital de Valencia donde venerada por todos murió santamente el 27 de enero de 1893. Fue Hermana de grandes talentos y prendas físicas y morales, de sólida instrucción y trato de gentes, que le ganaron la estimación no solo de sus Hermanas sino de los Prelados y hasta del mismo Papa Pío IX, cuyos pies fue a besar e un arranque de decisión cuando la Provincia pasaba por inquietudes angustiosas, logrando ver asegurada la Unión de la Familia Vicenciana y sancionadas las Resoluciones de la Sagrada Congregación, en las que ella tuvo no poca influencia con sus peticiones, informes y de la amistad con varios Cardenales y Obispos de España.

Sor Carmen Piera nació en Barcelona en Febrero de 1836. Entró en la Congregación en 1851. En 1867 fue nombrada Secretaria de la Casa Central hasta que, en 1878 cesó juntamente con todo el Consejo. Tuvo la suerte de ser compañera de Sor Carmen Moreno  en la audiencia que les concedió Pío IX. Fue nombrada Superiora de la Beneficiencia de Valencia, donde murió querida de todos cuantos la conocieron.

Sor Benita Bárcena (1073) nació en Santander en 1821. Entró en la Congregación en 1847. Fue destinada al Hospital General de Madrid, desde donde pasó de Superiora al Hospicio y luego al Hospital de Granada. En 1870 fue llamada a la casa Central como Consejera hasta la renovación del Consejo en 1878. Desempeño el oficio de Superiora de Valdemoro, San Lucar de Barrameda y Aranjuez, En 1867 (???)fue a la Maternidad de Barcelona, donde murió en 1905.

 

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