Hijas de la Caridad: Fundación en Filipinas (2)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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logo-hhcSumario: 1.- Fundación de la Viceprovincia Filipina. 2.- Hospicio de San José de Manila. 3.- Elogio de Sor Josefa Rivas. 4.- Colegio de Santa Rosa. Manila. 5.- Elogio de Sor Josefa Núñez. 6.- Colegio de la Concordia. Manila. 7.- Elogio de Sor Tiburcia Ayanz. 8.- Sor Catalina Carreras. 9.- Sor Florentina Chasco. 10.- Sor Josefa de la Rota.

1.- Formación de la Viceprovincia de Filipinas. La Viceprovincia de Filipinas data de 1864, según Carta Circular del P. Sanz, fecha en Madrid a 22 de Junio de aquel año, en que dice: «El Consejo queda establecido desde que se reciba esta nuestra Circular, y se compondrá del modo siguiente:

«1º. El Director de Hermanas, que lo es el Sr. Velasco, y en los casos de ausencia o enfermedad, el Sr. Moral, Subdirector.

2º. Sor Tiburcia Ayanz

3º. Sor Josefa Rivas

4º. Sor Casimira Marquínez

5º. Sor Catalina Carreras».

2.- Hospicio de San José. Fue confiado a la dirección y gobierno de las Hermanas en 1865. Es un asilo de Caridad, donde se aúnan todas las miserias. Tiene cuna de expósitos, correccional de menores, con oficios y clases: huérfanos, dementes, desvalidos, ancianos, etc…

Cuando se encargaron de él las Hermanas había de 150 a 200 asilados. Pronto subió a 800. Al principio las Hermanas fueron cuatro, aumentando luego hasta veinte, y son indecibles los muchos trabajos y sacrificios que les costó atender aquel establecimiento tan complejo y tan numeroso. Hoy forman en total 840 asilados al cuidado de 14 Hijas de la Caridad.

Superioras:

Sor Josefa Adsarias                 1865

Sor Josefa Casadeball             1866

Sor Josefa Rivas                      1867

Sor Maria Santos Maeztu        1907

Sor Ventura Casanova

Sor María Sanjuán

Entre las beneméritas Hermanas de este Hospicio de San José merecen especial mención  Sor Josefa Rivas, conocida y querida en todo Manila. A pesar de su carácter, al parecer áspero, y endeble organismo, estaba animada por un alma grande y alentaba en aquel pecho un corazón de oro. Cuarenta años, 1867-1907, estuvo al frente  de la Comunidad, en calidad de interina, según solía decir en su humildad, pues así pudieron engañarla para que aceptara el cargo de Superiora en un principio, cuando apenas tenía 33 años.

Fue natural de Monistrol, en Barcelona, donde nació en 11 de septiembre de 1833. Entró en la Congregación el 12 de enero de 1853. Su primer destino fue la escuela de niños pobres en Valencia. Cuatro años después pasó a Andujar. Arribó a Manila en la segunda expedición. Destinada interinamente a la Escuela Municipal, pasó poco después, al colegio de Santa Isabel al hacerse cargo de él las Hermanas.

En 1865 fue destinada a la fundación del Hospicio de San José, que después del horroroso terremoto de 1863, estaba instalado en una casa alquilada en el Barrio de San Miguel. No era posible vivir decentemente allí las doscientas personas que entonces había. Coincidió el traslado del Hospicio con el nombramiento  de Sor Josefa para Superiora y muy pronto se notó la más completa transformación.

A pesar de los muchos cuidados y atenciones que su cargo la imponían con toda clase de personas, raro era el día que no hiciera su visita a los pobres de los diversos departa­mentos, ya para consolarlos, ya para enterarse de las necesidades de cada uno. No obstante los setenta años y sus achaques consiguientes a dicha edad, no sabía dispensarse de visitar a sus amados pobres y cuando alguno se hallaba bastante enfermo no se contentaba con una o dos visitas diarias. Hallaba sus complacencias en medio de los menesterosos como una tierna madre en medio de sus hijos.

Agotada por los años y por los continuos trabajos, murió santamente entre el llanto general de todos, el día 6 de enero de 1907 a los 73 años de edad y 54 de vocación.

4.- Colegio de Santa Rosa. Se encargaron las Hermanas del Colegio en 19 de enero de 1866. Todo el edificio estaba ruinoso desde el último terremoto. Lo primero, pues, a que se dedicaron fue a su reconstrucción material. El antiguo Colegio sólo ocupaba parte de la manzana que hoy ocupa, y poco a poco, gracias a las Hermanas, se fueron compran­do los solares y casas vecinas hasta levantarse el grandioso edificio  actual, tenido como el primer Colegio de Manila. El nombre de Sor Josefa Núñez es inseparable de este centro y puede con justicia ser llamada su segunda fundadora.

Actualmente tiene el Colegio de Santa Rosa doscientas veinte niñas internas, cincuenta medio internas y una escuela externa de ciento cincuenta.

La Comunidad está formada por diez y siete Hermanas ayudadas por igual número de maestras auxiliares. Han sido Superioras:

r Eustaquia Lara

Sor Catalina Carreras, 1866

Sor Josefa Casadavall

Sor Josefa Núñez, 1876

Sor María Juana Goitia

Sor Dolores Granollers

Sor Trinidad Puyuelo

Sor Felisa Pérez

5.- Sor Josefa Núñez, que como queda dicho pudo ser llamada, la segunda fundadora del Colegio de Santa Rosa, nació en Nogales, Badajoz, el día 17 de febrero de 1839. A los quince años y después de uno de prueba en ese hospital, fue al Noviciado y tomó el santo Hábito el 25 de abril de 1855. Tan buenos recuerdos tenían las Hermanas y los enfermos de ella en Badajoz, que a petición de la Superiora, fue destinada a aquel Hospital. Cerca de diez años pasó en él, cuidando de los enfermos, hasta que se ofreció para Filipinas. Consiguiólo, no sin dificultad, pues no querían allí desprenderse de Hermana tan buena y activa.

Vio al fin llegado el tan deseado día y, el 2 de Diciembre de 1864, embarcó en Cádiz, en compañía de once Hermanas, tres Padres Paúles y un Hermano Coadjutor.

El primer destino de Sor Josefa fue el Hospital Militar, en donde sólo estuvo dos años, sacrificada en el cuidado de los enfermos. En 1867 fue destinada al Colegio de Santa Rosa con el cargo de Directora. Lo mismo desempeñaba el oficio de inteligente y solícita enfermera que el de maestra ilustrada y hábil en el manejo de las niñas, con el consiguiente engrandecimiento  de la casa y crédito de sus enseñanzas.

Tanto fue así, que cuando el Sr. Obispo de Jaro pidió y obtuvo Hermanas para la apertura del Colegio de Ilo-Ilo, ninguna juzgaban más a propósito los Superiores que Sor Josefa, para organizar y dirigir la nueva Fundación. Bien manifestó allí el temple de su alma, pues falta de recursos y de la protección prometida, no se arredró y a fuerza de sacrificios y privaciones llevó adelante la obra comenzada. Pero el esfuerzo de cuatro años de lucha minó su salud y los Superiores la volvieron al Colegio de santa Rosa con el cargo ya de Superiora, en Agosto de 1876.

Al poco tiempo el terremoto de 1880 echó por tierra casi todo el edificio. Terrible situación que hubiera desalentado a otro corazón menos varonil y esforzado que el de Sor Josefa, quien se propuso levantar un colegio nuevo con todos los adelantos modernos. No tenía ni para los cimientos, pero ella se las arregló y gracias a su incesante actividad vio terminado el nuevo edificio, que es hoy orgullo de Manila. En medio de su incesante actividad conservó siempre la calma e igualdad de ánimo, como fruto de su mortificación interior y exterior. Era muy parca en el sueño y en la comida. Llena de méritos y virtudes murió  el día uno de marzo de 1901.

6.- Colegio de la Concordia. Manila. Doña Margarita Rojas de Ayala, donó a las Hijas de la Caridad, «sus queridas Hermanas» como siempre las llamaba, una hermosa casa de campo llamada la «Concordia» a fin de que establecieran en ella una escuela gratuíta de niñas pobres, y junto ella un Colegio, también para huérfanas y pensionistas. Cumplióse la voluntad de la donante en mayo de 1868. El Colegio es propiedad exclusiva de la Comunidad.

La casa primera fue luego insuficiente y se pensó el levantar el actual edificio, en el que cupo parte muy principal a la noble y piadosa Dña. Margarita. Se inauguró solemne­mente  con el nombre de Inmaculada Concepción a principios de 1870, con inusitada solemnidad.

Después se han hecho tales mejoras que la Concordia está reputada  como uno de los mejores Colegios de Manila y de todo Filipinas, ya por el número de internas, ya por la excelente instrucción y esmerada educación, que en él se ha dado y se da en la actualidad.

Como en casa propia, quedó establecido en ella el centro  de las Hijas de la Caridad de Filipinas y la residencia oficial de la Vicevisitadora, juntamente con el noviciado para las jóvenes que se sientan con vocación de Hermanas.

Actualmente tiene este Colegio 190 pensionistas y 42 gratuitas; 49 externas pensionistas y 189 externas gratuitas. Además 63 niños externos gratis.

Desde 1872 funciona allí un comedor gratuito para los niños pobres de la escuela, con promedio anual de 92.

Pasan de 300 las maestras titulares formadas en la Concordia. Desde el cambio de régimen político tuvieron las Hermanas que acomodarse a los planes del Gobierno americano, enseñando todas las asignaturas en inglés, sin dejar por ello de dar al español un lugar importante.

Este colegio, como los demás de Hermanas de Filipinas, goza de aprobación oficial y está autorizado para expedir los mismos títulos, que se dan en las escuelas primarias, intermedias y superiores del Gobierno.

Entre las muy competentes Hermanas, profesoras de este centro, merece consignarse el nombre de Sor Petra Sáez, quien por sus excelentes dotes intelectuales y morales ha sido, por muchos años la Directora, alma y vida de estas enseñanzas y cientos de alumnas repiten su nombre y la bendicen desde todas las provincias filipinas. Pasan de 15.000 las jóvenes que han frecuentado este colegio desde su fundación hasta el presente.

La Comunidad se compone de 37 Hermanas. En el Noviciado hay 22 seminaristas. Han sido Superioras, Vicevisitadoras:

Sor Tiburcia Ayanz,                 1868

Sor Catalina Carreras

Sor Florenti­na Chasco

Sor Josefa de la Rota              1904

Sor Francisca Bernia               1908

Sor Carmen Almansa              1915

Sor Josefa Gurbindo                1921

7.- Sor Tiburcia Ayanz. He aquí el prototipo de la mujer fuerte, de la tiernísima madre del pobre, paño de lágrimas de miles de desgraciados, la querida e inolvidable Superiora de las Hijas de la Caridad, que por espacio de treinta y seis años  vino a ser representante genuina de casi todas las obras de caridad  de la Ciudad de Manila. Podemos asegurar, sin temor a ser desmentidos, que Sor Tiburcia fue en los treinta últimos años  de la dominación española, la persona más conocida y quizá la más querida en esta populosa ciudad, lo mismo entre la alta sociedad de Manila, en la que era venerada, que entre la gente pobre y necesitada, que la quería como a una verdadera madre.

Digamos algo de su santa vida e inagotable caridad. Natural de Cemborain, Navarra, vino al mundo el año 1822. Cumplidos los diez y ocho años partió para la Inclusa de Pamplona, donde hizo el Postulantado y, después de unos meses, fue al Noviciado de Madrid, el 16 de junio de 1844, saliendo al año siguiente para el Hospital  de Jerez de la Frontera.

El Hospicio de la Ciudad de Teruel pasaba por una de las crisis más terribles, cuando juzgaron conveniente los superiores encomendar su dirección a Sor Tiburcia, que sólo tenía 36 años. Bien pronto experimentó serios contratiempos y amargos sinsabores. Los Administradores comenzaban a tratar con cierta desconfianza a la nueva Superiora, mientras los empleados y aún los pobres recogidos se manifestaban rebeldes a su autoridad. Lejos de quejarse, se abrazó la cruz, logrando por fin su virtud el más glorioso triunfo, pues los pobres vieron pronto en Sor Tiburcia una madre y los empleados, atraídos por su dulzura, se convirtieron en fieles esclavos  de su voluntad. Los Administradores mismos, concluyeron por ser subyugados por la admirable prudencia de Sor Tiburcia, concediéndola todo cuanto ella pedía. Tan sólo en los cuatro años que allí estuvo cambió por completo la situación de la casa, así en lo espiritual como en lo económico, y al salir de Teruel fue tal la consterna­ción y el sentimiento de aquellos pobres que llorando exclamaban: «¿Por qué habremos conocido a la que tan pronto íbamos a perder?».

Para la fundación de esta lejana y entonces desconocida tierra filipina los superiores pusieron sus ojos en Sor Tiburcia, encomendando tan ardua empresa a su prudencia y virtud. Al mes de su llegada a Manila pusieron el Hospital Militar a su disposición, siendo diez las Hermanas destinadas al servicio de los enfermos, bajo dirección de la misma Sor Tiburcia, cuya bondad ganó muy pronto las simpatías de cuantos la trataron, lo mismo de los pobres soldados enfermos, que de los jefes y administradores. Como era superiora de todas las fundaciones, vióse en la precisión de tratar con todas las clases de la Sociedad de Manila, lo mismo del elemento oficial, que simples particulares y fue tal el ascendiente que por sus virtudes adquirió sobre todos, que de Manila entera más bien que respetada era venerada.

Bien pronto se dio a conocer su grande y hermosa alma con ocasión del horroroso terremoto de 1863, desviviéndose por atender a todos  con su ardoroso celo, ya prestando sus servicios personales a tantos desgraciados, ya alentando cual general en jefe a sus Hermanas, para sacrificarse en aras de la más tierna caridad. En medio de aquella catástrofe, Sor Tiburcia se acordó de sus queridas Hermanas dejadas en Teruel y les comunicó en carta del día 6 de junio de aquel año, tan triste nueva: «No llevamos un año, les dice, y ya el Señor nos ha visitado con una de esas pruebas terribles, cuyo sólo recuerdo hace estremecer. Un terremoto tal, que jamás se había visto semejante en Filipinas, ha venido a arruinarlo todo, el 3 de este mes; nosotras nos encontramos en pocos momentos medio sepultadas entre los escombros del Hospital sin que ninguna Hermana tuviese la menor lesión, gracias a Dios.

Las salas de los enfermos se han desplomado, o por mejor decir todo el Hospital, no es más que un montón de ruinas, donde no puede uno arriesgarse a entrar más que temblando. Hasta el presente no se han podido sacar más que cuatro cadáveres de debajo de los escombros. No sabemos si habrá otros. Eran las siete y veinticinco minutos de la tarde cuando empezó el terremoto. Nos sorprendió en el Oratorio dando gracias. Si nos hubiera sorprendido en las salas, hubiéramos sido víctimas. La Divina Providencia lo dispuso todo para nuestro bien.

No puedo expresar cuál fue mi impresión en aquel momento. Cuando el sacudimiento pasó yo corrí a los enfermos. Más ¡ay de mi! al abrir la sala de los europeos la vi hundida y pensé que todos estaban sepultados bajo los escombros con Sor Francisca Villanueva. Yo grité ¡misericordia!. Pedí socorro, porque me encontraba sola entre tantos desgraciados. Llamé a Sor Francisca. Corrí llamando al contador para buscar gente. Encontré a este pobre hombre yerto de espanto saliendo él mismo de entre las ruinas. En fin, ya vi que Sor Francisca estaba viva y sin herida alguna. Mas, ¡qué cuadro tan espantoso!. Mejor podéis imaginarlo que yo representároslo. Todas las Hermanas lloraban con sus enfermos y sacaban los que ellas podían de los escombros. Muchos europeos se asieron a las ventanas y se dejaron caer a la calle por las paredes del edificio. Viendo a todas las Hermanas salvadas, ya no tenía otro cuidado más que por los Misioneros, que creía bajo las ruinas, mas gracias a Dios se han encontrado ellos y todos estamos sanos y salvos.

Ahora los enfermos están en una especie de cabañas muy mal, pero no hay otro remedio. Yo temo mucho que mis Hermanas caigan enfermas por el exceso de calor y de trabajo. Pedid al Señor por estas pobres Islas Filipinas. Muchos trabajos nos esperan, porque el Hospital que se construía ha sido destruido como el antiguo y tanto los enfermos como nosotras estaremos mucho tiempo sin asilo conveniente».

Hacia el año 1878 su salud sintióse debilitada a causa de los constantes trabajos y desvelos por sus Hermanas y por sus pobres, de cuyo pretexto se sirvió para suplicar a los Superiores la libraran del cargo de Vicevisitadora de las Hermanas en las Islas. Pero de ningún modo quisieron acceder a sus deseos. En cambio, para que procurara restablecer sus fuerzas, decidieron que fuera una temporada al próximo puerto de Shanghai, donde las Hermanas francesas tenían la Casa Central de la China.

Tan grabadas quedaron en su corazón las miserias que allí presenció que, desde entonces, siempre pensaba en sus queridos niños de la Santa Infancia, enviando cuanto podía para aquellos pobres seres desgraciados.

Digamos también algo de sus entrañas maternales para con tantas viudas desvalidas y huérfanas desamparadas. Bastaba con el simple relato de la necesidad que sentían, para deshacerse en amor aquel corazón compasivo. Rara era la pobre viuda que no saliera de su presencia consolada y socorrida. Procuraba admitir en el colegio de la Concordia a cuantas huérfanas podía sin que la amedrentaran las dificultades, ni asustase el número al parecer excesivo. Ordinariamente había treinta; a veces cuarenta y hasta cincuenta colegialas pobres y casi otras tantas jóvenes y ancianas en calidad de sirvientas, todas las cuales eran sostenidas por el Colegio. Lo mismo procuraba hicieran las Superioras de otros Colegios regidos por las Hermanas; de ahí la plausible costumbre de admitir en ellos un diez por ciento de estas niñas pobres y huérfanas. Cuando no era posible admitirlas en los demás Colegios, las solía recibir en la Concordia diciendo: «Ya que nadie recibe a estas pobrecitas desamparadas, ellas serán para mí». Efectivamente, entre las educandas pobres y las pensionistas no había ni hay distinción alguna. Todas recibían de Sor Tiburcia los mismos cuidados y la misma educación. Las niñas pobres, por su parte, con sólo ver a Sor Tiburcia, lloraban de ternura, considerando que ya no eran huérfanas, repitiéndose unas a otras: «qué buena es nuestra madre; cuánto nos ama».

Dios concedió a Sor Tiburcia el consuelo de que muchas de estas pobres consiguieran una honesta y holgada posición. Otras de estas jóvenes, por ella educadas, se han consagra­do al Señor en diferentes Congregaciones, ayudándolas Sor Tiburcia  en lo posible, cuando manifestaban voluntad decidida de abrazar el estado religioso.  Pero si alguna sentía sinceros deseos de ir a trabajar en la conversión de la China, ella le proporcionaba todo lo necesario, sin perdonar gastos, exclamando con aquel su celo de apóstol y de candor de ángel: «Dios sea bendito por haberte llamado a esta hermosa misión. ¡Anda hija mía, anda!, ya que casi nada puedo hacer yo por la pobre China, tu te sacrificarás en mi lugar con fe y caridad y tendrás una preciosa recompensa en el cielo».

Es incalculable el número de familias que hizo salir de la miseria material y moral, estando dotada del don de convertir almas. Con el ascendiente que le daba la fama de santidad dirigía amorosas reprensiones y daba maternales avisos a las personas que no se portaban como debían.

El año 1880 visitó Dios a la ciudad de Manila con otro horroroso temblor, ocurrido el 18 de julio, que redujo a escombros muchos edificios de la capital, llenando de consternación a sus habitantes. Escribiendo Sor Tiburcia a la Madre General le decía: «El día 18 de julio, cuando todas nuestras capillas estaban adornadas con lo mejor que teníamos para celebrar la fiesta de San Vicente y que, según costumbre debíamos reunirnos para los oficios en una de las Iglesias de Manila, sobrevino un terremoto que duró setenta segundos. Las casas se balanceaban como una barquilla sobre el mar borrascoso. Todas creíamos que íbamos a perecer. Nuestras alumnas, en número de doscientas, no recibieron la más pequeña herida y salimos para reunirnos en el jardín, junto a la estatua de San Vicente. Tan pronto como me fue posible, fui a ver lo que había sucedido a las Hermanas de otras casas. Ninguna de ellas ni sus pobres habían tenido nada, excepto cuatro jóvenes dementes que sufrieron ligeras contusiones.

Los Misioneros y las Hermanas, que se encontraban entonces en lo alto de la casa, tampoco tuvieron nada. El 19 celebramos la fiesta de San Vicente, a pesar de algunas oscilaciones, no pensando que el temblor de la víspera se renovase.

El mismo 19, mientras poníamos los muebles y otros objetos en seguridad, tuvo lugar a las diez y media de la noche, un terremoto tan violento como el del día 18. Tuvimos gran temor y no pudiendo estar seguras en casa con 200 niñas, nos instalamos en un campo cercano bajo pequeñas casas de paja y solo vamos a la casa para oír misa y confesarnos. Las Hermanas y niñas de Santa Rosa han tenido que ir a una aldea, pues su casa está derruida. Una de las Hermanas que estaba administrada, ha podido ser trasladada aquí.

El Hospital Militar está en ruinas. Una de nuestras Hermanas ha sido milagrosamen­te salvada de los escombros. La antigua parte del Hospital de San Juan de Dios ha sido enteramente destruida. Nuestras Hermanas se han mostrado muy solícitas, en medio de sus enfermos, cuyo número asciende a más de trescientos. Se les había ofrecido un local bien preparado, mas Sor Villanueva contestó: «Los pobres son nuestros Señores y dueños». Y los instaló allí, contentándose ella y sus Hermanas con los parajes más incómodos.

En Cavite el Hospital de Marina está casi derribado; nuestras Hermanas y enfermos están bajo tiendas. Nuestras Hermanas y las niñas del Colegio de Santa Isabel han podido permanecer en la misma casa, que como es grande ha sufrido menos. El Hospicio de San José ha quedado en mal estado. Nuestra Hermanas de Nueva Cáceres e Iloilo no han tenido nada. El Seminario de nuestros Misioneros está en ruinas. Se han visto precisados a retirarse al campo».

Dos años más tarde, en 1882 el terrible azote del cólera diezmaba a Manila y se cebaba en las poblaciones de Iloilo, Jaro, Zamboanga y otras, causando más de cien mil víctimas. El Gobernador General mandó cerrar la Universidad, Colegios, y Escuelas haciendo instalar en ellos hospitales provisionales. Todas las Hermanas se ofrecieron en alas del sacrificio para el servicio de los enfermos, bajo la acertada dirección de Sor Tiburcia, quien era la primera en el ejemplo y la que con sus palabras caldeadas en la más pura caridad; era así mismo el consuelo de los enfermos y el sostén de sus Hermanas en aquella terrible prueba.

Lo propio hizo con ocasión del terrible ciclón que asoló a Manila en el mes de octubre del mismo año. Aquel pequeño grano de mostaza de 1862 había llegado a ser grandioso árbol. Las 15 primeras hermanas habían aumentado hasta 160, que prestaban sus servicios a más 1500 niñas, 800 enfermos y 400 pobres y ancianos en trece estableci­mientos. Tal era el estado de las Hermanas en 1896, bajo la dirección de su Superiora.

Los tristes sucesos de la Revolución filipina y los que tuvieron lugar con la interven­ción de los americanos amargaron sus últimos días, hasta el punto de tenerla siempre muy preocupada la suerte de tantos pobres y de sus queridas Hermanas.

Sus últimos días no pudieron ser, espiritualmente hablando, más hermosos y llenos de los más edificantes episodios. Vióse obligada a abandonar la Concordia y trasladarse al Colegio de Santa Isabel.  Al entrar en él exclamó con evidente emoción: «Esta casa me acogió cuando llegué a Manila y desde aquí iré a mi última morada. Dios mío que vuestra voluntad se cumpla siempre en mí». Su lecho de dolor era una cátedra desde la cual no cesaba de enseñar, primero con su ejemplo de admirable paciencia y sincera piedad y en segundo lugar, con las palabras de consuelo y aliento que dirigía a las Hermanas, que sucediéndose unas a otras la iban a visitar, las cuales se separaban de su lecho llorando y recogiendo sus maternales consejos.

Dos cosas repetíales sin cesar: tierna e ilimitada confianza en la divina Providencia, que jamás las abandonaría, fueran cualquiera los tiempos que habrían de sobrevenir y un acendrado amor y cariño a los pobres. «Yo os suplico, decía a sus Hermanas, por amor de Dios, que los pobres encuentren en ustedes, el socorro y consuelo que necesitan entre tantos males como afligen al país». Siempre hasta el último momento la preocuparon sus queridos pobres.

Después de no pocos sufrimientos, expiró plácidamente en el Señor, el 26 de agosto de 1898, a los 76 anos de edad, 53 de vocación y 37 en Filipinas. Su entierro fue muy concurrido de todas las clases de sociedad no obstante las difíciles circunstancias porque atravesaba Manila[i].

8.‑ Sor Catalina Carrera nació en Regencós, Gerona, el día 24 de diciembre de 1835. Entró en la Congregación el 13 de mayo de 1855. Su primer destino fue el Hospital de Valencia. Formó parte en la primera expedición a Filipinas. Destinada al Hospital Militar,  en él pasó sus tres primeros años y luego cerca de dos en la Escuela Municipal de Manila. En 1867 le fue encargada la dirección del Colegio de Santa Rosa, donde se captó bien pronto la simpatía de la Junta administradora y la confianza de las niñas y ancianas, las cuales, llenas de dulce satisfacción se decían unas a otras: «qué buena es nuestra Madre; parece una santa».

En 1870 fue nombrada Superiora de la Concordia y asistenta de la Visitadora, cuyo empleo desempeñó hasta su muerte, durante 27 años. En la expedición del General Malcampo contra los moros de Jaló en 1876, ella fue la primera en ofrecerse para el cuidado de las tropas. Al frente de cinco Hermanas partió para Zamboanga, Capital de Mindanao, en donde se encontró con quinientos heridos y enfermos, desprovistos de todo lo necesario; unas pobres casas de caña y paja eran su hospital, pero sin camas suficientes, con escasez de medicamentos y faltos hasta de ropa. La situación de las Hermanas no era menos precaria, pero todo lo llevaban con alegría a trueque de hacer algo por los pobres enfermos y heridos, a quienes prodigaron sus maternales cuidados y bien pronto proveyeron de todo cuanto necesitaban, haciendo algo más consoladora su situación..

Este amor a los enfermos lo demostró en cuantas ocasiones pudo. Un año antes de su muerte, con ocasión de la insurrección filipina, fue necesario organizar hospitales provisionales para muchos soldados enfermos y heridos. Nuestra buena Hermana, a pesar de los sesenta años, recorría a diario los Hospitales, entraba en la cocina, preparaba los alimentos y con sus propias manos se los servía a los pobres soldados enfermos. Y juntamente con los servicios corporales, dirigíales palabras de consuelo y de aliento. Ella les proporciona­ba papel para escribir a sus familias y se encargaba de poner el sello y enviar las cartas al correo. La mayor parte no podían recibir tales demostraciones de caridad sin lágrimas de consuelo, oyéndoseles repetidas veces: Hemos dejado una madre pero encontramos otra aquí.

Falleció el 20 de junio de 1897, a los 62 años de edad, 42 de vocación y 35 de su permanencia en Filipinas.

9.‑ Sor Florentina Chasco nació en Narzar, Navarra, el 14 de marzo de 1848. Pasó cerca de veinte años en el Hospicio Provincial de Burgos, consagrada al servicio de los pobres, como directora de las niñas asiladas que pasaban de 200. Dejó allí los más gratos recuerdos por su buen espíritu y trato distinguido, que atraía a cuantos la hablaban. Mucho sintieron todos su salida cuando, en 18 de julio de 1889, fue destinada como Superiora al Colegio de nobles de Granada y poco después a las escuelas de Santa Fe. En 8 de enero de 1892 fue nombrada Superiora del Colegio de Jesús, María y José, de Cádiz, que recibió gracias a ella, notables adelantos.

En 1897 fue destinada a Filipinas, para que ayudara a Sor Tiburcia ya muy imposibili­tada y la sucediera en el cargo de Visitadora. Los tiempos no podían ser peores, pues el país estaba en plena revolución. Esto le ofreció amplio campo para desplegar su caridad en favor de los desgraciados. Fueron inmensos los socorros que prestó a los pobres heridos, sin distinción de bandos beligerantes, siendo la Concordia el Asilo seguro que abrió sus puertas a toda clase de necesitados, lo mismo filipinos, que europeos o americanos. Sumamente agradecidas las autoridades americanas a los sacrificios de las Hermanas sobre todo de la

Concordia y en particular de Sor Florentina, la cual repartía cuanto tenía en casa, mandaron gratuitamente, durante más de un año, todo el arroz que necesitaba el Colegio.

Quebrantada su salud por los trabajos y sufrimientos físicos y morales que pasó en aquellos años dolorosos del fin de la dominación española en Filipinas, los Superiores la volvieron a la Península, a su antigua casa de Cádiz en 1904, pero en septiembre del mismo año falleció en la Casa Central. Su muerte fue muy sentida, principalmente en Cádiz y en Manila, campo principal de sus caritativos afanes.

10.- Sor Josefa de la Rota. Nació en 1854 en la ciudad de Pamplona. Entró en el Noviciado en 1870. Fue destinada a la Maternidad de Barcelona y en 1873 a Medina Sidonia. En 1 de mayo de 1886 fue nombrada Superiora de la Enseñanza de Los Arcos, Navarra. En todas partes dejó gratísimos recuerdos, principalmente en esta última población, en la que fundó el Asilo y renovó el viejo establecimiento. En 3 de abril de 1891 fue puesta al frente de las Escuelas Católicas de Sevilla, donde llevó a cabo muchas obras en favor de los pobres, gastando en ello su más que regular patrimonio.

En 1904 recibía la orden de pasar a Filipinas, en calidad de Vicevisitadora, disposi­ción que la impresionó mucho, ya por tanto cariño que profesaba a la casa donde estaba y por la que tanto había trabajado, ya por el temor que tenía al mar.

Sin embargo nadie pudo notar la más mínima mudanza en su exterior, manteniéndose en la misma tranquilidad de siempre. Las Hermanas y pobres niñas lloraban al saber su salida.

Sobreponiéndose a su propia pena, les decía bromeando: «Verán, verán como me comen los pececitos», frases que tuvieron su triste cumplimiento. Arribó, pues a Manila en compañía de trece Hermanas en 7 enero de 1905. Bien pronto se ganó las simpatías y el cariño lo mismo de las Hermanas que de los seglares por la bondad inalterable de su carácter y por su amor a los pobres y a las niñas huérfanas, pues no sabía negarse a cualquier petición que la hicieran en favor de ellos. Favoreció con liberalidad la catequesis de la Parroquia de Paco, a donde todos los domingos iban dos Hermanas que, además de la enseñanza les repartía mas de cincuenta meriendas, obsequio de Sor Josefa, estimulando con esto la asistencia de los pequeños.

El cumplimiento de su oficio de Visitadora le proporcionaba ocasión a los mas dolorosos sacrificios. Con solo ponerse en el vapor se mareaba de tal modo, que quedaba bastante mal por muchos días. Esto movió a los Superiores a sacarla de Filipinas, en donde no halló un día de completo bienestar. Embarcóse para España el 29 de setiembre de 1908, al parecer con regular salud, pero a las pocas horas de estar en el barco empezó a sentir los efectos terribles del mareo, pasando diez y nueve días en estado muy lamenta­ble. Su naturaleza se debilitó en extremo y se apoderó de ella una calentura de 41 grados, con que perdió el conocimiento, con algunos intervalos de lucidez, en que recibió los santos Sacramentos.

Murió el 21 de octubre y su cuerpo fue entregado a la inmensidad de los mares. Ultimo y meritorio sacrificio que ofreció al Señor en aras de la obediencia.

 

[i].Ibíd., pág. 313.

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