Hermosos textos de los Fundadores (Prudencia)

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1977 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1977.
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La Fe

«…Esta lengua que os habla, gracias a Dios, no ha pedido nunca ninguna de las cosas que posee ahora la Compañía; y aunque no fuera necesario más que dar un paso o pronunciar una palabra para hacer que la Compañía que­dara establecida en todas las provincias y grandes ciudades, y se multiplicase en número y en tareas considerables, yo no querría pronunciar esa palabra y espero que Nuestro Señor me daría la gracia de no pronunciarla. Esta es la disposición en que estoy, dejando que actúe siempre la Providencia de Dios».

Extracto de una conferencia sobre la virtud de la pobreza. Coste XI, p. 772

 «Podemos elegir los medios proporcionados al fin que nos proponemos de dos maneras: únicamente con las luces de nuestra razón, bien débiles con frecuencia, o por las máximas de la fe, que Jesucristo nos ha enseñado, siem­pre infalibles y que podemos utilizar sin ningún temor a engañarnos. Por eso, la prudencia verdadera sujeta nuestro razonamiento a esas máximas y nos da por regla inviolable que juzguemos siempre en todas las cosas, como juzgó Nuestro Señor Jesucristo».

Extracto de una conferencia sobre la prudencia. Coste XI, p. 52

La imitación de Jesucristo

«La verdadera prudencia… nos da por regla inviolable que juzguemos siem­pre en todas las cosas como juzgó Nuestro Señor, de tal modo que, en las ocasiones nos preguntemos a nosotros mismos: «¿Cómo haría Nuestro Señor? ¿Cómo se comportó en tal y tal circunstancia?»

Extracto de la conferencia sobre la prudencia. Coste XI, págs. 52-53.)

 «La prudencia y la sencillez tienden a un mismo fin que consiste en hablar y obrar bien a los ojos de Dios, y como no se puede dar la una sin la otra, Nuestro Señor las ha recomendado juntas las dos».

Extracto de la conferencia sobre la prudencia. Coste XI, p. 51

La atención a la Voluntad de Dios

«San Vicente era amigo de la lentitud, o más bien, enemigo de la precipi­tación: efecto de su prudencia. Su lentitud tenía también su principio en el temor a contrariar a Dios, el deseo de asegurarse su ayuda, la necesidad de no comenzar una obra sin tener la certeza o por lo menos la esperanza pro­bable de poder llevarla hasta el final. De ahí la duración y permanencia de las suyas…

Pero una vez seguro de la Voluntad de Dios y de los recursos de la Provi­dencia, ya no había nada capaz de detenerlo. No le asustaba ni el número, ni las dificultades de las empresas. Las continuaba con una fuerza de vo­luntad, con una intrepidez de ánimo, que ningún obstáculo podía hacerle va­cilar, ya fueran personas, cosas, elementos de la naturaleza o pasiones hu­manas. Se dedicaba a ello con una sagacidad llena de orden y de luz; llevaba su peso, sus sufrimientos, sus tardanzas, con calma que provenía de una santa seguridad y con perseverancia que sacaba de la certeza religiosa del éxito.»

Vertus et Doctrine de St. Vincent. Maynard. Faris, 1864, págs. 247 y 248

«Su prudencia se apoyaba en Dios, cuya Voluntad le gustaba consultar en todo, y en Jesucristo, cuyas lecciones y ejemplos estudiaba para acomodar a ellos sus opiniones y su conducta en virtud de una santa analogía, siempre se preguntaba: ¿Qué hubiera dicho, qué hubiese hecho Nuestro Señor en circunstancias parecidas, en tal dificultad?»

Maynard: Virtudes y doctrina de S. Vicente, p. 245

«Por eso tengo una devoción particular a ir siguiendo paso a paso la ado­rable Providencia de Dios. Y el único consuelo que tengo es que me parece que ha sido sólo Nuestro Señor el que ha hecho y hace continuamente las cosas en esta pequeña Compañía. …atengámonos a ello con la confianza de que Nuestro Señor hará todo lo que El quiera que suceda entre nosotros».

A. Bernard Codoing, sup. en Annecy, 7-12-1641. Coste II, p. 176

«Su voluntad era una voluntad paciente, tan paciente que su lentitud pa­rece exagerada. En este punto, confiesa su primer biógrafo, parecía «un poco singular». Esta lentitud procedía de una doble causa: quería tener tiempo para reflexionar bien antes de emprender nada y encontraba en esa espera una garantía contra el impulso de sentimientos demasiado naturales».

Sn. Vincent, por P. Coste, vol. VIII, p. 380

Manifestaciones de prudencia respecto a las dos Compañías

«Muchas veces se estropean las buenas obras por ir demasiado de prisa… El bien que Dios quiere se realiza casi por sí mismo, sin que se piense en ello; así es que como nació nuestra Congregación, los ejercicios de Lis misiones y de los ordenandos, como se fundó la Compañía de las Hijas de la Cavidad… Ninguna de estas obras se emprendieron por nuestra cuenta, sino que Dios, que deseaba ser servido en esas ocasiones, las suscitó él mismo casi sin dar­nos cuenta y se sirvió de nosotros, sin que supiéramos hasta dónde íbamos a llegar. Por eso tenemos que dejarle hacer, sin que nos afanemos por I progreso ni por el comienzo de sus obras».

A Philippe le Vacher, sacerdote de la Misión, en Argel. Coste IV, p. 49

«Y con relación al asunto que lleva entre manos, todavía no tengo el cora­zón bastante iluminado ante Dios por una dificultad que me impide ver si es ésa la voluntad de su divina Majestad. Le pido, Señorita, que le encomien­de este asunto durante estos días en que Él comunica con mayor abundancia las gracias del Espíritu Santo, así como el propio Espíritu Santo. Insistamos, pues, en nuestras oraciones».

A Sta. Luisa de M., mayo 1633. Coste I, p. 251

«Bien, mis queridas Hermanas, vosotras no sois religiosas de nombre, pero tenéis que serlo en realidad y tenéis más obligación de perfeccionaros que ellas. Pero si se presentase entre vosotras algún espíritu enredador o idólatra que dijese: ‘Tendríais que ser religiosas; eso sería mucho mejor’, entonces, hijas mías, la Compañía estaría para la extremaunción. Tened miedo, hijas mías, y si todavía estáis con vida, impedidlo; llorad, gemid, decídselo al Su­perior. Pues quien dice religiosa dice enclaustrada y vosotras tenéis que ir por todas partes».

Conf. del 24-8-1659. Coste X, p. 1176

«Si os pregunta que sois, si sois Religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, y que no se trata de que no estiméis a las Religiosas, pero que si lo fueseis, tendríais que estar encerradas y por consiguiente tendríais que decir adiós al servicio de los pobres…».

Conferencia del 22-X-1650; Coste IX, p. 533

«Con frecuencia se estropean las buenas obras por ir demasiado deprisa, porque se actúa según las inclinaciones personales que arrastran a la mente y la razón y hacen pensar que es factible el bien que se va a hacer y que está madura la obra que no lo está y sólo después el fracaso obliga a recono­cerlo. EL bien que Dios quiere se hace casi por sí mismo, sin que se piense en ello; así nació nuestra Congregación… y así se organizó la Compañía de las Hijas de la Caridad…»

A. P. Le Vacher, sacerdote de la Misión, en Argelia, 1650 ó 1651; Coste IV, p. 122

Manifestaciones de prudencia en relación a la Misión

«Así se mostró en el establecimiento y dirección de sus congregaciones de Misioneros e Hijas de la Caridad, a las que no dio reglas sino después de 25 y hasta 33 años, queriendo con ello imitar a Nuestro Señor que comenzó por actuar antes de instruir y evitar los inconvenientes de las constituciones prematuras. Así, pues, nada hay de imprevisto, de provisional y, por consi­guiente, nada que reformar en esas reglas, nada que no se derivase de los hechos antes de formularse en la letra; nada que la flaqueza y la cobardía pudieran tachar de impracticable o aun de difícil.»

Vertus et Doctrine spirituelle de St. Vincent. Maynard. París, 1864, p. 248

«El esperar, hasta el presente, no ha estropeado nada y espero que no es­tropeará nada en el futuro; y mientras Nuestro Señor os conceda la gracia de estar bajo su dirección, tened la seguridad que os encontráis bien».

 A Jean Barreau. París, 11-10-1658. Coste VII, p. 238

Imitando siempre a Jesucristo

«El Hijo de Dios las practicó en todas las ocasiones de un modo excelente; por ejemplo, cuando le trajeron a la «mujer adúltera» para que la condenase. El no quiso hacer de juez, aunque deseaba su libertad; ¿qué hacer entonces?  ‘El que de vosotros esté sin pecado —les dijo a los judíos— tire sobre ella la primera piedra’. Fijaos, la sencillez y la prudencia están en estas palabra, La sencillez responde al deseo que tenía su corazón de salvar a aquella pobre criatura y de cumplir la voluntad de su Padre; y la prudencia se nota en la manera como logra obtener lo que quería; de ese modo supo compaginar perfectamente esas dos virtudes».

Conf. 14-3-1659. De la prudencia y sencillez. Coste XII, p. 469 1

Lo que se hace precipitadamente no resulta bien nunca

«Los asuntos de vuestra caridad me llegan al corazón y a veces tengo re­mordimiento de no trabajar en ellos, pero me resulta imposible. Los asuntos del Temple consumen todo mi tiempo y aún durará unos días este agobio. Cuando veo esto, pienso que la Providencia no lo permite en vano y lo más corriente es que las cosas precipitadas no resulten bien».

A Luisa de Marillac febr. 1638. Coste I, p. 134

La conducta de San Vicente

«…el prudente obra como debe, cuando debe y por el fin que debe».

Vida de S. Vicente, París, 1881, 2, p. 509.1

En relación con la Misión:

«…No hay que pensar en ello, y no debéis marchar tan de prisa. Las obras de Dios no marchan de tal suerte, se van haciendo a sí mismas y aquellas que no lo hacen así, perecen pronto.

«…No tengo consuelo más grande, en lo que se refiere a vuestra vocación, que el pensar que hemos seguido el orden de la santa Providencia, que re­quiere tiempo para que las obras se desarrollen. Caminemos sin apresura­miento hacia lo que pretendemos».

A Bernard Codoing Sup. en Roma 9-7-1644, Coste II

«Este hombre emprendedor tenía el genio de la organización, apoyado so­bre un sólido sentido común. Piensa en todo y prevé todo. Sus reglamentos son precisos, detallados, prácticos. Para aumentar los fondos de las cofradías o más bien de los pobres, imagina procedimientos llenos de ingenio: las co­fradías de los pueblos poseerán vacas y ovejas; las de las ciudades talleres. Algunos cepillos podrán colocarse en las iglesias y hostelerías. En los tiempos calamitosos de la Fronda, unas hojas volantes, distribuidas por las casas de los ricos, irán a hablarles de las necesidades de los desgraciados.»

El gran Santo del gran siglo. Pierre Coste, c. m. Tomo. III, p. 376

a) Tomarse el tiempo necesario

«Nuestro Señor nos ha dado una gran lección con lo poco que quiso hacer en comparación con los Apóstoles y con lo que Él podía…, no hemos, pues, de agobiarnos, si la necesidad nos obliga, hagamos las cosas lentamente».

A Bernard Codoing, de Beauvais; Coste II, p. 276

«Me objetará usted que suelo tardar mucho, que a veces tiene que esperar tres meses una respuesta que se podía haber dado en un mes y que, entre tanto, se pierden las oportunidades y no se hace nada. A esto le responderé que es cierto que soy demasiado lento para responder y para hacer las cosas, pero que sin embargo no he visto todavía que se haya estropeado ningún asunto por mi retraso, sino que todo se ha hecho a su debido tiempo y con todas las cosas bien pensadas y tomadas las precauciones necesarias; sin em­bargo, me propongo en el futuro contestarle lo antes posible después de haber recibido sus cartas y haber considerado las cosas delante de Dios, que saca mucha gloria del tiempo que se emplea en considerar maduramente los asun­tos que se refieren a su servicio, como son todas las que nosotros llevamos entre manos.

Así, pues, haga el favor de corregirse de esa rapidez en resolver y decidir las cosas, y yo procuraré corregirme de mi negligencia… Al repasar por en­cima todas las cosas principales que han pasado en esta Compañía, me parece, y esto es muy elocuente, que si se hubieran hecho antes de lo que se hicieron, no habrían estado tan bien hechas. Lo puedo decir esto de todas sin exceptuar ninguna.»

Carta a Bernard Codoing: Vertus et doctrine spirituelle de St. Vincent.

Maynard, París, 1864, p. 246. Esp. 176

«Cuando le vuelvan a hablar del reglamento del hospital, dígales, si le pa­rece, como cosa suya, que es una buena norma para los que Dios emplea en establecer obras santas y nuevas, diferir todo lo posible la elaboración de un reglamento, a causa de que muestra la experiencia lo que resultaba factible al principio es a veces perjudicial luego o está sujeto a enojosos inconvenientes».

b) Pedir consejo

«No decida nada en ningún asunto, por poco importante que sea, sin co­nocer el parecer (de sus cohermanos), sobre todo el de su asistente. En cuanto a mí, reúno a los míos cuando hay que resolver alguna dificultad en el go­bierno, bien sea de las cosas espirituales y eclesiásticas, o bien de las tem­porales; y cuando se trata de éstas, consulto también con los encargados de ellas; les pido incluso el parecer a los Hermanos en lo que toca al cuidado de la casa y a sus oficios, debido al conocimiento que tienen de ello. Esto hace que Dios bendiga las resoluciones que se toman de común acuerdo. Le ruego que se sirva también usted de este medio para desempeñar bien su cargo».

A Antoine Durant, sup. en Agde, 1656: Coste VI, p. 88

«Cuando se le consultaba, a veces era lento en responder, porque el mismo pedía poder consultar antes con Dios y con hombres expertos; pero la es- puesta que daba estaba marcada siempre con el sello de la sabiduría y de la experiencia. Era también lento para decidirse y emprender algo y siempre en virtud de ese buen sentido que necesitaba penetrarse bien antes y com­binar a la vez la naturaleza, los medios y el fin de todas las cosas».

Vertus et doctrine spirituelle de St. Vincent. Maynard. París, 1864, p. 246

A propósito de la Compañía

a) Vida comunitaria.

«Pues bien, me parece que la Señorita Le Gras ha nombrado a muchas (hermanas) para visitar. Pero puesto que quizás no todas son capaces, yo creo que convendría ensayar de antemano con dos o tres, para ver cómo va la cosa… Y llevad sobre todo ojos y oídos, pero dejaos la lengua en casa.»

Conferencia de julio 1646 Avisos para visitar los establecimientos de París.

Coste IX, p. 247

«De ordinario no corregía en el momento y jamás dejándose llevar de un movimiento de la naturaleza, sino en espíritu de caridad, después de haberlo pensado delante de Dios Y de haber considerado las disposiciones de aquel a quien quería corregir y los medios de que la corrección resultase para él útil y saludable. En una ocasión en que tenía que hacer una advertencia a una persona bastante inobservante y que no era fácil que recibiese bien la corrección, hizo la oración mental durante tres días consecutivos sobre este tema, para pedir a Dios más luz a fin de conocer cómo había que actuar».

Vicente de Paúl, Abelly III

 «El amor que debe usted tener a la observancia común y al progreso de cada uno en particular le obliga a poner remedio a las faltas mediante la corrección pública o secreta, pero que se haga con prudencia y caridad».

A Pierre Cabel, sup. en Sedan, 17-11-1657. Coste VI, p. 613

 «…La primera vez, con mucha bondad y mansedumbre, aprovechando la ocasión; la segunda, con un poco más de severidad y gravedad, pero acompaña­da siempre de mansedumbre, utilizando súplicas cariñosas y demostraciones llenas de bondad; la tercera con celo y calor, indicándoles incluso lo que se tendrá que hacer con ellos».

Conf. de 1644. Sobre los cargos y oficios. Coste XI, p. 60

«Poseía un carácter reposado, circunspecto, capaz de grandes cosas y que difícilmente se dejaba sorprender. No se limitaba a conocer los asuntos no] encima, los estudiaba muy seriamente y profundizaba hasta el fondo, des cubriendo todas sus circunstancias grandes y pequeñas y previendo sus in convenientes y consecuencias y, sin embargo, no emitía un juicio pronto si ‘u se veía obligado a ello, no decidía nada sin haber pensado los pros y los contras y le gustaba consultar a otros».

La vida de S. Vicente, por L. Abelly. París, 1891, pp. 114 y 115

 «Le pido a Dios que os conceda esta virtud en la medida que Él sabe que la necesitáis; porque, hijas mías, vosotras tenéis que tratar con persona distinguidas y con los pobres. Hay que saber portarse bien en todas las ocasiones. ¿Y qué virtud hay para eso? La prudencia».

Conf. 3-7-1660. Sobre las virtudes de Luisa de Marillac. Coste X, p. 1220

«Nadie supo mejor guardar silencio cuando la palabra podía violar un secreto, herir la caridad, comprometer un negocio o era simplemente inne­cesaria. Sabía escuchar, ciencia rara aunque necesaria, sin interrumpir jamás; cuando se le interrumpía a él, se callaba en seguida; pero como nade era capaz de doblegar su inflexible sabiduría, acabada la interrupción, tomaba de nuevo el hilo de su razonamiento y marchaba derecho al fin. Tenía al ha­blar un poco lento por la reflexión. Sus razonamientos eran precisos, justos y apremiantes, expresados en términos claros y concretos, animados de un suave ardor y llevaban la persuasión a los corazones al mismo tiempo que la convicción a las mentes.

Alma verdaderamente superior por su admirable prudencia, en quien las pasiones no descomponían jamás sus planes, al revés de lo que sucede a la mayoría de los hombres, cuya virtud, al contrario, inspiraba, dirigía y aunaba criterios…»

Vertud et doctrine spirituelle de St. Vincent.

Maynard, págs. 245, 246 y 248.)

b) Vida consagrada.

«Hijas mías, no debéis pretender otra cosa que haceros agradables a los ojos de Dios. Sí, no estéis apegadas a nada más que a El… Es menester que no os preocupéis de nada más que de Dios sólo».

Conf. 24-8-1659. Perfección que necesitan las Hermanas de las parroquias.

Coste X, p. 1180

«Los medios para impedir la ruina de la Compañía por todas estas cosas son: Hacer mucho caso de la observancia de todos los reglamentos y, sobre todo, evitar las lisonjas y conversaciones con las personas de fuera; pone’ sumo cuidado en no detenerse en ningún sitio más de lo necesario, huir de las conversaciones de los hombres; acordarnos con frecuencia de la gracia que Dios nos hizo llamándonos a la Compañía, y pidiéndole al mismo tiempo la de perseverar en ella; y finalmente, esforzarnos en adquirir su espíritu mediante el amor que debemos a Nuestro Señor, y a la práctica de la hu­mildad, sencillez y verdadera caridad».

Luisa de Marillac. Escritos, 1961, p. 315

«En nombre de Dios, Señor, no permitáis que pase nada que pueda dar pie a apartar ni un solo instante a la Compañía de la dirección que Dios le ha dado, pues sabéis muy bien que desde ese momento dejaría de ser lo que es y los pobres ya no serían socorridos, con lo cual creo que no liaríamos la voluntad de Dios».

Luisa de Marillac, Escritos, p. 360

«Conscientes de su propia dignidad y sobre todo de la de los pobres, de los que es el portavoz, hablará a los reyes y a las reinas con una libertad que, con frecuencia, falta a los burgueses, sin dejarse deslumbrar jamás por su falso brillo. Y como buen aldeano, no será nunca audaz inútilmente y des­confiará de las teorías brillantes, sobre todo en teología. Finalmente, su origen campesino le afianza en la idea de que toda la vida no se limita a París y a la corte, sino que hay que contar también con la gente de las provincias y de los campos. Yo he sido «porquero», declarará en más de una ocasión. Y estas palabras encerrarán a su vez una provocación irónica».

Jacques Potin: Dos mil años de cristianismo, VI, p. 128

«Es una muestra de prudencia y de sabiduría no solamente hablar bien y decir buenas cosas, sino también decirlas a propósito, de tal manera que sean bien recibidas y aprovechen a aquellos a quienes van dirigidas. Nuestro Se­ñor dio ejemplo en varias ocasiones, y especialmente cuando hablando con la Samaritana, aprovecha el que va a buscar agua para hablarle de la Gracia y para inspirarle el deseo de una perfecta conversión».

La vie de St. Vincent, por Louis Abelly. Tomo III, p. 345

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