Hermandad misionera de San Vicente de Paúl (Notas para la historia)

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CRÉDITOS
Autor: Pedro Langarica, C.M. · Año publicación original: 1966 · Fuente: Anales.
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Un viaje oportuno y bien aprovechado

Desde Roma, con fecha 31 de octubre, el P. Pedro Langarica, Vicedirector nacional de la Hermandad Misionera en España, re­cibió una carta, firmada por don José María Eguaras, Vicesecre­tario del Episcopado español y Asistente nacional de la Herman­dad. En ella se dice textualmente:

Mi querido Padre Langarica:

Un saludo muy afectuoso desde Roma, y al grano.

Usted recordará que el pasado verano, en vísperas de salir us­ted a una gira por el Norte para hablar de la Hermandad con varios señores Obispos, le hablé yo de la excelente oportunidad que se le presentaría con motivo del Concilio.

Me hizo ver usted las dificultades que llevaba consigo un viaje a Roma. No obstante, yo he seguido pensando y madurando la cosa, y con todos los respetos me permito decirle que sería muy conveniente que aprovechara la estancia en Roma de todos los Obispos españoles para hablar con todos y cada uno de ellos acerca de la Hermandad, Misioneros, etc…

Medítelo, Padre, y encomiéndelo a Dios. Y anímese.

Yo me permito escribir con esta misma fecha al P. Visitador y le adjunto una copia de la carta que le envío a usted. El juzgará lo que es mejor, pues nadie como él está interesado por el buen funcionamiento de la Hermandad.

Le encomienda y abraza afmo. s. s. en Cristo.

A los pocos días, como consecuencia de esta carta, el P. Visi­tador, desde Baracaldo, ordenaba al P. Langarica que el 11 de noviembre estuviese preparado para emprender viaje a Roma. Por motivos propios de su cargo, también el P. Viistador tuvo preci­sión de utilizar esa misma fecha para trasladarse a la ciudad de los Papas. ¡Coincidencia providencial! Así, el P. Langarica podría llevar a cabo su delicada misión en plena conformidad de criterios. Tanto el informe general sobre la Hermandad a todo el Episcopado español reunido como las intervenciones particulares con cada uno de los Prelados, fueron estudiados y revisados meticulosamente por el P. Visitador, como Director nacional de la Hermandad, y por el M. I. Sr. D. José María Eguaras, como Asistente nacional de la misma.

El viaje

A las cuatro de la tarde del día 11 iniciábamos el vuelo hacia Roma. Dos horas después aterrizábamos felizmente en el aeropuer­to romano de Fiumicino. En él nos esperaban el tercer Asistente General, Padre Lapalorcia, y el Secretario de lengua española, Pa­dre Resa. Alrededor de las siete de la tarde, en un coche conducido por el Padre Lapalorcia, nos trasladamos a la Curia Generalicia, donde teníamos preparados nuestros alojamientos en dos habita­ciones contiguas. Quedamos agradablemente sorprendidos ante la delicadeza casi excesiva de nuestro M. H. Padre General, que quiso ser el primero en saludarnos y darnos la bienvenida. A renglón seguido, conducidos en todo momento por el Padre Resa, nos fui­mos a la Casa Internacional, instalada en el segundo piso, para saludar y ofrecer nuestros respetos al Rvdmo. Superior de la mis­ma y sexto Asistente General, Padre Rigazio. Nos recibió con tales muestras de agrado y simpatía que nos hizo pensar nos encontrá­bamos ante un amigo de toda la vida. Nos ofreció Misa y mesa en su Casa mientras permaneciéramos en Roma. Y… a cenar, que en Roma se cena una hora antes que en Madrid por lo menos. Después de la cena los saludos y presentaciones de rigor y la ale­gría de abrazar a nuestros queridos estudiantes, PP. Benito Mar­tínez, Julio Suescun y Eduardo G. Curto.

Primeras entrevistas

Aquella misma noche, el Padre Langarica conectó telefónicamen­te con don José María Eguaras, que se hospedaba en el Nuevo Colegio Español de Via Torre Rossa, 2, juntamente con 42 Obis­ pos españoles. Los restantes, hasta 24, se hallaban instalados en distintas residencias diseminadas por toda la ciudad.

Al día siguiente de nuestra llegaba a Roma, a las once de la mañana, en un lugar apacible de la famosa Via Conciliazione, pu­dimos celebrar nuestra primera entrevista con don José María Egua­ras que fue nuestro mecenas y orientador. Sin la ayuda eficací­sima de don José María, nuestro cometido en Roma hubiera sido totalmente irrealizable. Mucho debemos y debe la Hermandad Mi­sionera a tan prestigioso amigo y hermano.

Fue necesario repetir la entrevista al día siguiente, a la misma hora y en el mismo lugar. En ellas revisamos el Informe de los señores Obispos, acordamos fechas, estudiamos el modo, forma y, sobre todo, los momentos que parecían más oportunos para afron­tar a las personas que mejor pudieran ayudarnos a realizar nues­tro cometido.

La verdad que no era empresa fácil, ni mucho menos, preten­der distraer aquellos días a los señores Obispos e intentar intro­ducirnos en una de sus recargadas reuniones en el Nuevo Colegio Español para introducir un tema ajeno, al parecer, al Concilio. Sólo Dios sabe de nuestras inquietudes, angustias y sobresaltos. Nos encontrábamos indudablemente en un momento crítico y acaso de­finitivo para nuestra Hermandad Misionera. ¿Es obra de Dios, como tantas veces se nos ha dicho? ¿Le agrada? ¿No le agrada?… La sentencia favorable o desfavorable nos la darían los señores Obispos.

Las reuniones del Episcopado español tenían lugar normalmente dos días a la semana: martes y viernes. El martes, 16, era prema­turo intentarlo. Todos, además, estaban obsesionados con la anun­ciada visita del Santo Padre para bendecir e inaugurar el Nuevo Colegio Español La presencia del Padre Langarica en aquella gran fiesta no hay duda que produjo sorpresa e incluso alegría, par­ticularmente entre los Obispos amigos y conocidos. Fue un buen momento que utilizamos lo mejor posible para explicar a unos y por consiguiente, tiempo y ocasiones para dialogar particularmente a otros los motivos y el objetivo principal de nuestro viaje a Roma. Las impresiones de aquella tarde lluviosa no pudieron ser más optimistas, a tono con el gran acontecimiento que acabába­mos de presenciar. Sin embargo, aquellos saludos rápidos y nerviosos resultaban todavía insuficientes para nuestros planes. Habíamos iniciado el asalto a la fortaleza, pero nada más.

Merced a las gestiones de don José María, y avalados por su Eminencia el señor Cardenal de Málaga, don Angel Herrera Oria, pudimos adquirir un documento firmado por Monseñor Felici, Se­cretario General del Concilio, documento que nos facilitaba la en­trada al Aula Conciliar durante las sesiones y durante siete días. Otro buen paso y otra gran oportunidad que aprovechamos lo me­jor posible para continuar adelante en nuestros intentos. Teníamos, con aquellos señores Obispos a quienes interesaban nuestros problemas.

La benevolencia y buenas disposiciones de los Obispos, conoce­dores e incluso partidarios decididos de nuestra Hermandad, si bien alentadoras, no esclarecían, sin embargo, los horizontes. To­dos los consultados, a la hora de reflexionar comenzaron a descu­brir las grandes dificultades que se oponían a la realización de nuestros intentos, en razón, sobre todo, de la fecha elegida. La reunión episcopal del día 19 se presentaba excesivamente recargada de asuntos y de intervenciones inaplazables. Añadir una más, por muy interesante que fuera, no parecía factible. Y, sin embargo, habla que lograrlo a todo trance, pues no teníamos más fechas aptas para elegir. En la semana siguiente muchos Prelados se au­sentarían de Roma por ser esas fechas de vacación conciliar. Del 1 al 8 de diciembre tampoco eran días aconsejables ni suficientes para el logro de nuestros intentos… «En última instancia —nos de­cían ya con claro pesimismo— acudan ustedes a la Comisión Epis­copal encargada de estructurar nuestras reuniones.» «Ellos tienen la máxima autoridad en estos asuntos».

Por fortuna para nosotros, en la citada Comisión figuraba como Presidente su Eminencia el señor ¡Cardenal de Sevilla! Con él for­maban en la Comisión, entre otros, su Obispo Auxiliar don José María Cirarda y los, señores Obispos de Huelva y Cádiz. ¡Buen res­piro el que nos produjo esta noticia! Evidentemente, Dios estaba con nosotros y allanaba poquito a poco los caminos.

Nos encontrábamos a dos días nada más de la fecha tope. En la Sesión conciliar del 17 pude hablar despacio con Monseñor Ci­rarda y Monseñor Lahiguera. Los dos me repetían: «Por nosotros, encantados; pero nada podemos resolver, Padre Langarica. Es el señor Cardenal quien puede resolverlo.» Conmovidos, sin duda, por la angustia que se reflejaba en mi cara, los dos a una me dijeron: «Le abordaremos los tres a la salida del Concilio. Sitúese usted en la puerta por donde acostumbran a salir los Cardenales.»

Aquella espera no es para descrita. Me pareció inacabable… Al fin, tras una fila interminable de Cardenales y Obispos, pudimos avistar a su Eminencia Reverendísima el señor don José María Bueno Monreal, que venía dialogando, al parecer complacidamente, con su Obispo Auxiliar y Monseñor Lahiguera. A distancia nos re­conocimos, y bastaron sus miradas para disipar los nubarrones de tanta incertidumbres. Pero mi alegría no tuvo límites cuando, al tiempo de besar el anillo pastoral de su Eminencia, oigo que me dice: «Ni al Padre Langarica ni a la Hermandad Misionera se les puede negar absolutamente nada. No faltaría más. Duerma hoy tranquilo y cuídese, que lo necesita. Pero no se alargue mucho, por favor. Unos veinte minutos. En otra ocasión hubiéramos sido más espléndidos. Prepárese bien, que vamos a ser todo oídos para escucharle.»

Después dio las órdenes oportunas para que el Informe del Pa­dre Langarica sobre la Hermandad Misionera apareciera en el pro­grama de la reunión.

Confieso humildemente que se me nublaron los ojos por la emoción, mientras que interiormente no me cansaba de dar gra­cias a Dios y a nuestra Madre Milagrosa, a quien prometí iniciar una novena de acción de gracias el mismo día 19, fecha de mi intervención ante todo el Episcopado español reunido en Asam­blea. Era la condición necesaria e indispensable para poder iniciar, con garantía de éxito, mis intervenciones personales y directas con cada uno de los señores Obispos.

Viernes 19 de noviembre

Fecha histórica para nuestra Hermandad Misionera. A las cinco de la tarde, en una sala confortable del Colegio Español, recién estrenado y bendecido por el Papa Pablo VI, el Padre Langarica tuvo la satisfacción inmensa de poder informar a todos los Prela­dos españoles sobre los objetivos, ‘origen histórico, naturaleza, fi­nes, miembros, reglamento y proyecciones diocesana, nacional e internacional de la Hermandad Misionera de San Vicente de Paúl.

A dicha conferencia asistieron, además de nuestro Director na­cional, Reverendo Padre Domingo García, y algunos Prelados Paú­les de Hispanoamérica, no pocos sacerdotes que se hospedaban aquellos días en el citado Colegio Español.

Acostumbrado a toda clase de auditorios, nunca en mi vida me había enfrentado con otro tan imponente y respetable. Ante aque­lla asamblea me sentí abrumado y empequeñecido. Pero Dios quiso bendecir aquel sacrificio. La extrañeza que producía mi presencia en aquel lugar y en aquellas circunstancias, visiblemente reflejada en el auditorio durante los primeros momentos, comenzó a disipar­se poquito a poco, hasta convertirse en franca manifestación de agrado y simpatía hacia el tema que se estaba desarrollando.

Al terminar la conferencia, su Eminencia Reverendísima el se­ñor Cardenal de Tarragona, visiblemente impresionado, se levantó de su asiento para decirnos a todos: «Me permito la libertad de hacer uso de la palabra para testimoniar al Padre Langarica, en nombre propio y de todo el Episcopado español, nuestro agrado y complacencia por su interesantísima intervención en esta oportu­nidad. Entiendo que tanto el Padre Langarica como la Hermandad Misionera bien se merecen nuestro agradecimiento y nuestro aplauso…» Por segunda vez volvió a tomar la palabra el señor Cardenal de Tarragona para decir: «Creo que todo el Episcopado español recibirá complacido una copia de la conferencia con que se nos ha obsequiado.» A estas palabras respondió el Padre Langarica con la promesa de satisfacer los deseos manifestados por el señor Car­denal lo antes posible. Y después de ofrecer sus servicios incondi­cionales y los de la Hermandad Misionera a todos los señores Obis­pos, se despidió del auditorio, no sin antes anunciar que, a fin de poder realizar mejor y más rápidamente sus visitas personales, había fijado su residencia en aquel nuevo y acogedor Colegio Español.

Resumen de la Conferencia al episcopado español informando sobre la Hermandad Misionera de S.Vicente de Paúl, por el Vice-director Nacional de la misma, Rvdo. P. Langarica, C. M.

DOS MIL SACERDOTES AL SERVICIO DEL EPISCOPADO ESPAÑOL

Dos mil sacerdotes seleccionados entre los mejores de cada Diócesis.

Dos mil sacerdotes humildes, sencillos, celosos, trabajadores… BONDADOSOS.

Dos mil sacerdotes hermanados, compenetrados y uniforma­dos en métodos misionales.

Dos mil sacerdotes especializados en temas y en auditorios…

Dos mil sacerdotes dispuestos a sacrificar sus vacaciones para acudir en auxilio de nuestras naciones hermanas de Hispanoamé­rica y lanzar a voleo la doctrina de Cristo en seis, ocho, o más millones de almas, durante los meses de julio, agosto y septiembre.

¡DOS MIL SACERDOTES! ¿Es mucho soñar que de 40.000 sa­cerdotes o más de ambos cleros que acaso hay en España, nos millones de almas, durante los meses de julio, agosto y septiembre.

He aquí uno de los varios objetivos de la Hermandad Misione­ra de San Vicente de Paul, erigida canónicamente en catorce Dió­cesis españolas y en víspera de erigirse en algunas más.

SU ORIGEN EN ESPAÑA

Estamos ante una obra totalmente de Dios. Hace 18 años na­die pensaba en ella, ni siquiera las personas que el Señor utilizó como instrumentos. «Y cuando no se puede encontrar la causa de una obra buena, dice San Agustín, hemos de atribuirla a Dios».

En 1944, en la Diócesis de Pamplona, se trató de fundar una Asociación misionera para sacerdotes diocesanos: el VERBUM DEI. Con este motivo se organizó un cursillo. Las afirmaciones del P. Langarica C.M. en dicho cursillo, parecieron a muchos exage­radas y atrevidas. Hubo intentos de polémica que el conferencian­te atajó diciendo: «Admito el diálogo, pero con una condición: quienes lo deseen, pónganse primero un crucifijo al pecho y predi­quen una misión conmigo».

Estas palabras fueron la ocasión para iniciar en España las pri­meras misiones de los sacerdotes diocesanos. En franca armonía y con un entusiasmo indescriptible en los iniciados, se dieron las misiones de Rentería, Tolosa, Los Pasajes, Fuenterrabía, Oñate, Zalla, Portugalete, Corella, Cintruénigo, Falces, Peralta, Algemesí, Cullera, etc., etc. Todos los sacerdotes seculares diocesanos que in­tervinieron en ellas, afirmaron unánimemente que el P. Langarica se había quedado corto en sus afirmaciones. Pero nadie pensaba todavía en la Hermandad Misionera.

La idea surgió espontáneamente al finalizar la Misión de Valen­cia del año 1948.

En una reunión de intimidad que el Sr. Arzobispo Dr. Olaechea, celebró en Játiva con los misioneros, terminada la Misión, uno de ellos —se ignora quien fue— lanzó esta sugerencia: «¿Por qué no hemos de mantener y fomentar esta hermandad que Dios ha ben­decido clamorosamente?»

Un refrendo de aplausos acogió la idea. Y allí mismo, por vía de ensayo, se redactó un pequeño reglamento. Desde entonces casi todas las grandes misiones, en estos últimos 16 años, se han encomendado a nuestra incipiente Hermandad Misionera: Má­laga, Melilla (dos veces), Ávila (dos veces), Algeciras, Jerez de la Frontera (tres veces), Cuenca (dos veces), Palma de Mallorca (dos veces), Vitoria, Cáceres y toda la Diócesis; Teruel, Orense, Oviedo, Gijón, Bilbao con todas las grandes poblaciones de su famosa Ría, misión total y simultánea de toda la Diócesis de Calahorra y La Calzada, Sevilla, etc., etc., más un número extraordinario de po­blaciones y arciprestazgos de menos importancia.

No hay duda que Dios ha bendecido la Hermandad, apenas iniciada en nuestra Patria.

NUEVO REGLAMENTO

Era necesario un nuevo reglamento que reteniendo los substan­cial del reglamento escrito por San Vicente, fuera tan extenso que abarcara los principios fundamentales que rigen la vida jurídica y ascética de la Hermandad como «Asociación sacerdotal y misio­nera» (bases), toda la organización que hoy exige la marcha de la Hermandad (Reglamento) y las normas espirituales en armonía con el alto nivel ascético del clero español (Directorio de perfec­ción sacerdotal y misionera).

Este reglamento ha sido fruto de fraternales y concienzudas dis­cusiones durante varios meses durante el año 1955. En dichas dis­cusiones intervinieron tres PP. Paúles y seis sacerdotes del Clero Diocesano.

NATURALEZA Y FINES DE LA HERMANDAD

Se trata de una Asociación sacerdotal que pretende la perfección de sus asociados, mediante el ejercicio de la Palabra.

No sé qué dirá el Concilio cuando se promulgue el esquema relativo a los sacerdotes. A través de las reseñas de la Prensa, nos hemos podido enterar de algunas intervenciones de obispos españoles. Estoy seguro de que no caminamos fuera de la línea conciliar. Pero, si así fuera, les agradecería me lo dijeran.

Queremos, como finalidad específica, dedicarnos, en cuanto miembros de la Hermandad, a la predicación de la palabra de Dios, sobre todo en las Misiones.

Mediante esto, según me dice la experiencia, se logra un gran fortalecimiento del espíritu sacerdotal. Les puedo asegurar que son innumerables los sacerdotes que me han dicho a mí el bien enorme que les han hecho las Misiones.

  1. Una misión, en primer lugar, hace que el sacerdote tenga que prepararse mediante el estudio. He aquí un motivo por el que no somos partidarios de las Misiones precipitadas.
  2. En las Misiones se siente la necesidad de la oración…
  3. El contacto con las debilidades humanas que aparecen en las Misiones más que nunca, nos hacen más humildes y agradecidos a Dios.
  4. Las Misiones, en fin, nos ponen en contacto muy directo con el pueblo.

¿No es verdad, Sres. Obispos, que todo esto nos ayuda a forta­lecer el espíritu?

Pero hay más: Con motivo de una gran Misión se ponen en contacto sacerdotes de muchas Diócesis españolas. Sacerdotes de­dicados a distintas actividades: párrocos, curiales, religiosos, etc. En la Misión de Sevilla han intervenido sacerdotes de 54 diócesis.

Evidentemente que este contacto contribuye a abrir horizon­tes apostólicos sacerdotales, y sobre todo, crea unos vínculos de los que más tarde, puede brotar una ayuda efectiva en su propio campo ministerial…

Por todo esto creo que la. Hermandad Misionera logra perfecta­mente sus fines : nuestra propia perfección en un ministerio con­creto —el de la Palabra— y la ayuda mutua entre los sacerdotes.

RÉGIMEN EXTERNO

En toda su actuación ministerial y pastoral, la Hermandad Misionera depende de los Excmos. Prelados y de los Sres. Párrocos a quienes profesa una especial sumisión y reverencia.

COMPROMISO FUNDAMENTAL

Los sacerdotes militantes de la Hermandad Misionera cumplen sus obligaciones «misioneras» en activo, con un compromiso de misionar a lo sumo una vez al año, a las órdenes de la Hermandad si así se lo autoriza su respectivo Prelado o Superior.

MIEMBROS

La base 9ª del actual reglamento de la Hermandad dice textual­mente: «Con los sacerdotes seculares de la Congregación de la Misión integran la Hermandad Misionera sacerdotes seculares dioce­sanos y sacerdotes pertenecientes a cualquier estado canónico de perfección, supuesto el consentimiento de sus respectivos Prelados y Superiores, y bajo las condiciones que exigen los fines del es­píritu de la Hermandad».

Es, por consiguiente, una vieja tradición de una más estrecha colaboración apostólica de ambos cleros, iniciada por el mismo S. Vicente de Paúl.

En la clausura de uno de los cursillos celebrados con ocasión de la Misión de Sevilla, nos decía un Sr. Obispo: «La Hermandad Misionera es una organización apostólica que estimo grandemen­te y a la que bendigo con todo mi corazón. En la Hermandad hay unión de sacerdotes de diferentes Diócesis; hay unión de sacer­dotes y religiosos; hay unión de sacerdotes y religiosos pensando en problemas pastorales de otras Diócesis. Se vive en la. Herman­dad una universalidad de valores pastorales que no ha habido que esperar al Concilio Vaticano II para verla».

PROYECCION DIOCESANA Y NACIONAL

El conjunto de sacerdotes de una Diócesis que dan su nombre a la Hermandad Misionera, puede constituir «El Equipo Dioce­sano» capaz de resolver a su Prelado los problemas relativos a la organización y realización de las santas Misiones en su Diócesis y en otros géneros de predicación.

Pero esto sólo resulta insuficiente. Es la gran lección que nos da el Concilio. Ya se advierte en toda la Iglesia una gran tenden­cia a la unidad en todos los campos. También en el del ‘apostolado de la Palabra.

Por otra parte resulta incuestionable el poder de renovación espiritual que las Misiones bien preparadas tienen hoy, tanto por razón de sus métodos, como, sobre todo, por las áreas amplísimas de influencia a las que cabe llegar a través de dichas misiones.

En una época en que lo masivo tiene tal trascendencia y allá donde la Iglesia puede utilizar las masas, como sucede en nuestra Patria, esta eficacia pasa a ser de primerísimo orden, y aún pode­mos decir insustituible.

La Hermandad Misionera, adelantándose al Concilio, como se nos ha dicho, tiene abiertos desde siempre sus horizontes a todas las aspiraciones en pro de esta unidad y aportación de esfuerzos y valores. Está dispuesta a poner en juego cuanto Dios le inspire a fin de utilizar y fomentar la colaboración mutua de los diversos «Equipos diocesanos» entre sí y con la Dirección Nacional, para luego lanzarlos donde la Iglesia los reclame o necesite.

Esta colaboración y compenetración de los equipos Diocesanos entre sí y con la Dirección Nacional resulta absolutamente necesa­ria y del todo imprescindible para la realización de los grandes objetivos de la Hermandad. De lo contrario las grandes misiones resultarán siempre poco menos que imposibles, si no se cuenta —repito— con estas organizaciones diocesanas. Veámoslo:

A toda Misión debe preceder siempre un serio estudio estadís­tico, sociológico y religioso-moral sobre el campo de operaciones. Interesantísimo y necesario.

Pero también resulta interesantísimo y necesario el hacer una selección cuidadosa de los misioneros capacitados e incluso espe­cializados para las diversas clases de auditorios. Este conocimien­to a fondo de tantos misioneros como, a veces, se necesitan, jamás lo podrá adquirir la Dirección Nacional si no es a través de las organizaciones diocesanas.

Y viceversa: La dirección nacional puede ayudar muchísimo a las organizaciones diocesanas en el desarrollo de sus actividades.

Estaremos de acuerdo en que, tanto en la preparación como la realización, las Misiones constituyen un verdadero arte. Exi­gen una técnica, es decir, un conocimiento teórico y práctico de un amplio complejo de métodos, procedimientos, resortes, etc., etc. También una habilidad especial para aplicar dichos métodos y pro­cedimientos.

El descuido de esta norma ha sido, a mi modo de ver, la causa <le ciertos fracasos o poco rendimiento de algunas misiones. Difí­cilmente podrán organizar misiones quienes no se hayan dedicado habitualmente a este ministerio y no posean el conocimiento y ha­bilidad antedichos. El libro de la propia experiencia vale mucho, pero no se vende. El enseña que ciertos recursos, al parecer buenos y realizados con señales visible de éxito, resultaron, a la larga, perjudiciales al fruto de la Misión y misiones sucesivas…

La Dirección de la Hermandad puede extraer estos «técnicos» del vasto campo nacional y ofrecérselos a las organizaciones dioce­sanas, al menos en sus primeras actuaciones.

También coincidirán conmigo en que el antiguo sistema de misiones está llamado a desaparecer. Me refiero a las Misio­nes aisladas en pequeños núcleos de población. La moderna pasto­ral misionera los rechaza.

Hoy se imponen las misiones colectivas en grandes zonas o áreas de población de iguales o parecidas características.

Estas misiones bien preparadas, no hay duda que resultan más amoldadas, sus frutos espirituales más permanentes y las consig­nas de la Jerarquía mucho más eficaces.

Para esta clase de Misiones acaso resulten insuficientes los mi­sioneros propios de cada Diócesis…

Pues bien; la Dirección de la. Hermandad se los puede propor­cionar seleccionándolos en las Diócesis vecinas o donde se en­cuentren.

Reconozcamos, además, que la propaganda, libros, equipos radiofónicos, centros prefabricados etc., etc., difícilmente se podrán obtener si no se cuenta con una Dirección General.

CONCLUSIONES

La Hermandad Misionera sólo aspira a convertirse en un instrumento eficaz al servicio de los Sres. Obispos, tanto en escala diocesana como nacional.

Se proyecta y prepara una Asamblea de la Hermandad. Pero nada se hará sin contar con el Episcopado a quien informa­remos a su debido tiempo. Esperamos representaciones de todas las Diócesis españolas.

Dicha Asamblea tendrá los siguientes fines: 1.° Acomodación del actual reglamento a esta época postconciliar. 2.° Actualización de las Misiones de la Hermandad. Después del Concilio se precisa revisar temas, métodos, procedimientos, cánticos, libros, etc., etc. 3.° Espíritu que ha de informar al misionero. Las Misiones impo­nen exigencias e incluso un estilo en el misionero.

UNA REVISTA que sirva de lazo de unión entre los aso­ciados y fomente el auténtico espíritu misionero. Revista en plan positivo y orientador en lo teológico moral y pastoral.

ERECCION CANONICA DE LA HERMANDAD EN LAS DIOCESIS. Ya se ha hecho en catorce (14), pero suplicamos verla en muchas más. Mejor en todas.

I.N.D.

Visitas personales a los Sres. Obispos

Después de esta intervención, ya todo fue sobre ruedas. Polleo- piado el esquema de la Conferencia —uno de tantos favores que debo agradecer a mi entrañable amigo don José Miguel Abad; se­cretario particular del señor Obispo de Cádiz, y mi sombra bien­hechora durante mi estancia en el Colegio español— y repartido entre todos los señores Obispos, Arzobispos y Cardenales, el día 22 inicié mis entrevistas particulares con cada uno de ellos para oír sugerencias y puntualizar resoluciones. Todos la esperaban y desea­ban. Todos sin excepción. «Que le estoy estoy esperando, P. Langa­rica. Que me interesa muchísimo el asunto de la Hermandad Mi­sionera»… Frases como estas las oí frecuentemente en mis encuen­tros fortuitos por vestíbulos y corredores. Si dijera que uno solo de los entrevistados me había recibido con indiferencia o apatía, fal­ta ría a la verdad.

Sería cosa de no terminar, si pretendiera reproducir aquí las páginas, palabras y testimonios encomiásticos que tuve la satisfacción de escuchar en pro de nuestra Hermandad Misionera e incluso de la pe­queña Compañía. Parecerían, además, exagerados e impropios. «La Providencia lo ha traído a usted a Roma en esta hora trascenden­tal.» «Habéis sido oportunísimos en venir aquí…» «La Hermandad nos va a resolver no pocos problemas pastorales en nuestras Diócesis «Os necesitamos.» «Si se logra la plena unificación de am­bos cleros en el apostolado de la Palabra, habrá que levantarles un monumento» (Cardenal Quiroga). Frases como estas o parecidas se nos dijeron a granel.

Particularmente inolvidables por lo interesantes fueron mis en­trevistas con los señores Obispos de León, Huelva, que desea ini­ciemos cuanto antes los preparativos de la Misión en la capital de la Diócesis; Osma, Cádiz, Cuenca, que habremos de misionar en junio del próximo año; Mondoñedo, que ofrece la Misión de Ferrol del Caudillo; Badajoz (Obispo Auxiliar), Ávila, Granada, que ha prometido escribirnos después del Concilio para que le ayudemos y orientemos en la Misión que proyecta para la capital; Mallorca, ilusionado con nuestra proyección hacia Hispanoamérica (es miem­bro director de la OCSHA); Jaén, que amplía la Misión de Úbeda a toda su comarca y proyecta misionar toda la Diócesis por zonas, al igual que los de Tortosa y Guadix, Zaragoza y Valencia. El doc­tor Olaechea no se cansaba de recomendarnos la bondad como ca­racterística primordial y específica del Misionero. Recuérdeles —de­cía— aquello del Salmista: «Doce me, Domine, discernere dies tuyos, ut perveniam ad sapientiani cordis.»

Mis visitas a los señores Obispos que se alojaban fuera del Colegio Español implicaron no pequeños sacrificios y rompimien­to de cabeza. El desconocimiento de la lengua, terreno y servicios urbanos dificultaban extraordinariamente mis propósitos. Más de una vez me perdí por aquellos andurriales de la periferia romana. Los taxis, por otra parte, demasiado caros en Roma, se prestaban al abuso, particularmente con los extranjeros.

La víspera de mi regreso a España tuve que repetir mi visita al señor Obispo de Albacete, Monseñor Tabera, que se hospedaba en el Palacio de las Congregaciones, residencia del Cardenal La­rraona El día anterior no le fue posible atenderme. No me penó, sin embargo, repetir aquella visita, que recuerdo y recordaré como una de las más interesantes y alentadoras. En ella se me hicieron afirmaciones que obligan a la reflexión: «A ustedes —decía Monse­ñor Tabera— les bendice y bendecirá el Señor cada día más, porque han sabido mantenerse en la línea y en el campo trazados Por su Fundador. Otros… se han desviado y ahora padecen las consecuencias. Yo me congratulo con ustedes y les felicito de co­razón.» Después me acompañó a saludar al Cardenal Larraona. ¡Qué rato más feliz e inolvidable! El señor Cardenal coincidía plenamente con las afirmaciones del señor Obispo de Albacete, y también con las del señor Obispo de León, que omito porque… ¡ya está bien! Al finalizar la entrevista, el Cardenal Larraona, a imitación de los antiguos Patriarcas, puso sus dos manos sobre mi cabeza, me bendijo y bendijo también largamente a nuestra Hermandad Misionera. Ya en la puerta oí que me decía: «Adiós, Padre. Beati pedes anuntiantis…» En la plaza de Pío XII gocé como un niño saboreando la entrevista. Eran las ocho de la noche del 1 de diciembre. Solito entre las columnatas de Bernini, exta­siado ante el Vaticano iluminado, recé tranquilamente mi rosario de acción de gracias. No hay duda: Dios quiere y bendice clamoro­samente nuestra Hermandad Misionera. En el autobús 98 llegué puntualmente al Nuevo Colegio para las nueve, hora de cenar.

Pero faltaban todavía seis Obispos que visitar. ¡Y al día siguien­te, a las 11.45, tenía que estar, sin falta, en el aeropuerto, pues era el día señalado para mi regreso a España. ¿Qué hacer? Aplazar la salida ya no era factible. Indudablemente había fallado en los cálculos, y yo era el primero en lamentarlo… Pero no fue así. La sombra bendita del Papa Juan XXIII, sobre cuya tumba celebré la Santa Misa el día anterior, me acompañó en todo momento, resolviendo maravillosamente el conflicto… A las 8.30 del día 2 salía hacia el Vaticano en el autobús de los señores Obispos espa­ñoles. Ya no tenía tarjeta para entrar en el Aula Conciliar. Por otra parte no era fácil escamotear la vigilancia de la policía va­ticana. Al fin pude hacerlo, arropado cariñosamente por los seño­res Obispos.

– Allí me esperaba el fidelísimo y experto don José Miguel Abad.

Gracias a sus inmejorables servicios pude atinar fácilmente, en medio de aquella baraúnda de PP. Conciliares, con los escaños de los señores Obispos de Teruel, Jaca, Ciudad Real y Orihuela, con quienes pude dialogar a placer durante casi una hora. «Alerta con la policía —me gritaba de vez en cuando José Miguel—. Mientras dialoga con los Obispos no hay peligro; pero sí mucho cuando se traslada de un lado para otro.» A mí todos me parecían policías aquel día…

Terminado mi intento en el Aula Conciliar, recé agradecido al Papa Juan, que aún me reservaba nuevos consuelos. Al tiempo de salir a la calle, en la misma puerta de entrada a la Basílica, me tropecé materialmente con el señor Obispo Auxiliar de Valencia y con Monseñor Gúrpide, Obispo de Bilbao, llegado a Roma la noche anterior. ¡Bendito Juan XXIII! Dialogamos tranquilamente duran­te un buen rato sobre nuestra Hermandad, claro está, y les referí los éxitos alcanzados.

Alegre como unas castañuelas, me trasladé al Colegio Español con tiempo suficiente para arreglar mi maleta y trasladarme al aeropuerto, acompañado hasta el último instante por don José Ma­ría Eguaras, que además de proporcionarme gratuitamente un coche magnifico, me solucionó infinidad de problemas en el control de la Aduana. Que Dios, se lo premie.

Resultados que justifican un viaje a Roma

  1. Todos los señores Obispos, sin excepción, han nombrado ya sus Delegados especiales en las Diócesis, con amplias facultades y recomendaciones para iniciar sus tareas con mira a la formación de los respectivos «equipos diocesanos de misioneros». Con ellos se ha de entender, por ahora, la Dirección Nacional de la Herman­dad en lo referente a Misiones y selección de misioneros. Un buen primer paso para la erección canónica de la Hermandad en todas las Diócesis españolas.
  2. Todos, también sin excepción, se han comprometido en fir­me a enviar sus representantes a la futura I Asamblea de la Her­mandad, proyectada para el próximo verano. Algunos señores Obis­pos prometieron asistir personalmente, pero yo, en confianza, pro­curé disuadirles. Les prometí, eso sí, informarles a su debido tiem­po sobre la fecha, lugar y programa de la susodicha Asamblea, les agrada extraordinariamente nuestro claro afán de perfecciona­miento y adaptación en orden al reglamento, temarios, libros, mé­todos, cánticos, etc , a tono con esta época posconcillar que ya se ha Iniciado.
  3. Algunos señores Obispos me han manifestado deseos de dar su nombre a la Hermandad, y concretamente me han suplicado un puesto en las Misiones de Málaga y Huelva.
  4. Ha sido objeto, por parte de los señores Obispos, de mu­chos y favorables comentarios el espíritu de sumisión y obediencia que la Hermandad Misionera profesa a la Jerarquía eclesiástica, acorde con las consignas tantas veces repetidas por San Vicente. Siempre y en todo a las órdenes de los Prelados. Nada sin su be­neplácito.
  5. No menos comentarios favorables y bendiciones ha mereci­do nuestra Hermandad de todos los señores Obispos por su ten­dencia abierta, desde sus primeros orígenes, a la UNIDAD y apro­vechamiento de toda clase de esfuerzos y valores en pro de la Igle­sia y de las almas, estén donde estén. No se puede negar que, en este aspecto, la Hermandad se ha adelantado con mucho al Conci­lio. Todos caben en ella: Obispos auxiliares, clero secular y regu­lar, seglares…, todos. Unos y otros encontrarán abierta siempre la puerta grande de su espíritu universal y de ampliación de ho­rizontes.
  6. Todo el Episcopado español agradece hoy y reconoce que nuestra Hermandad ha sido, sin género de dudas, la primera en descubrir y demostrar con hechos concretos que la «hora» del clero diocesano no era un mero tópico. Su mayor deseo de obrar apostólico, su preparación y su número como posible cantera de misioneros, han dado a las Misiones encomendadas a la Herman­dad unos alcances que nadie ha podido igualar.
  7. Existen discrepancias en el Episcopado en cuanto a temas, métodos, procedimientos, etc. Incluso en cuanto al nombre de la Hermandad. Pero hay algo muy consolador en lo que ninguno discrepaba, a saber: Que la Hermandad Misionera tenga siem­pre como ALMA a la. Congregación de la Misión por su espíritu, por la tradición que gloriosamente puede ostentar y por su mayor adaptabilidad, sobre todo, con el clero diocesano.
  8. Con nuestro viaje a Roma durante el Concilio creemos ha­ber aprovechado una oportunidad sin precedentes y sin posibilidad de repetirse en muchos años, incalculables. Se han ahorrado mul­titud de viajes, tiempo y dinero. Difícilmente se podría realizar en dos años lo que providencialmente se ha podido hacer en veinte días. LAUS DEO.

Conclusión

¿Y ahora, qué? Si por culpa nuestra se pierde esta hora para la constitución y consolidación definitivas de la Hermandad Misio­nera, reconozcamos, al menos, que luego, más tarde y a destiempo, será mucho más difícil ponerla en marcha, a más de que se habrán frustrado grandes posibilidades de movilizar y de misionar exten­sas zonas necesitadas de la palabra de Dios.

Todo esto, es cierto, exige personal apto, dedicación y sacrifi­cios, muchos sacrificios. Pero también es cierto que las bendicio­nes del cielo descenderán superabundantemente sobre la Congre­gación de la MISIÓN.

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