Fundadores de la Sociedad de San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoSociedad de San Vicente de Paúl2 Comments

CRÉDITOS
Autor: Sor María Teresa Candelas, H.C. · Año publicación original: 2010.
Tiempo de lectura estimado:

Estamos acostumbrados a decir: Federico Ozanam, fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

Hoy vamos a decir: «principal fundador» de la Sociedad de san Vicente de Paúl. Nadie puede negarle su liderazgo, pero en realidad fue, en sus comienzos, La Sociedad de san Vicente de Paúl, una Obra de Comunidad. Un grupo de jóvenes, universitarios, veinte añeros, que se ponen bajo la dirección de un hombre maduro: Emmanuel Bailly que reunió en su casa en la plaza del Estrapade, un círculo literario o Conferen-cias de Historia, abierta a jóvenes de opiniones diversas. Ozanam participa en ella, se impone y se defiende contra las opiniones adversas. De ahí surgió la «Conferencia de la Caridad» que enseñará a los incrédulos que la fe cristiana es naturalmente activa, y que sería, para sus miembros un manantial de santificación.

El 23 de Abril de 1833, día del cumpleaños de Federico Ozanam, tiene lugar la primera reunión en la calle Petit-Bourbon Saint-Sulpice, 18, en la oficina del periódico «La Tribuna Católica», cuyo jefe de redacción es Emmanuel Bailey. Alrededor de él, seis estudiantes de 19 a 23 años: François Lallier, Federico Ozanam, Jules Devaux, Félix Clavé, Auguste le Taillandier, Paul Lamanche. Todos estudiantes en Derecho, y Jules Devaux, estudiante en Medicina.

Este pequeño grupo de jóvenes, unidos por una sólida amistad se pondrá, en menos de un año después de su fundación, bajo el patrocinio de San Vicente de Paúl, cuyo espíritu y ejemplo les inspirarán. La Sociedad de San Vicente de Paúl acaba de nacer.

A pesar de que sus fundadores eran jóvenes universitarios, no dudaron en ponerse a las órdenes de un hombre maduro, de cuarenta años de edad, casado y ejerciendo la docencia, a fin de recibir de él su sabia experiencia. Este hombre era Emmanuel Bailly, director del periódico La Tribune Catholique, presidente de la Sociedad durante los once primeros años hasta que se organizó y consolidó. Junto a estos jóvenes comenzaron a llegar otros, que no lo eran tanto, y que aportaron su prudencia y su experiencia.

Su primer presidente será Emmanuel Bailly, pero la figura principal, emblemática, será sin duda Federico Ozanam, gracias a su irradiación y su actividad. Sin embargo, él no aceptará ser considerado como «el fundador» de una Sociedad que según él no debe ser «ni un partido, ni una escuela, ni una cofradía… Profundamente católica sin dejar de ser laica».1

Federico Ozanam atribuyó la fundación:

En primer lugar a Dios:

La ocasión se la brindó un joven santsimoniano, Juan Broet, que le lanzó un reto en el transcurso de una de esas reuniones en la citada Conferencia de la Historia. Denunció el contraste de la acción cristiana de la antigüedad con la debilidad del momento, por la que se llegaría a la extinción del cristianismo.

Esta fue la chispa que puso en funcionamiento el motor de la caridad de ese joven fogoso lleno de amor de Dios y a los hermanos más necesitados. Este toque de atención fue un fuerte resorte que le hizo caer en la cuenta de que no es suficiente profesar la fe, sino que es necesario actuar. La voz y el ejemplo lejano de los antiguos hombres caritativos de su ciudad natal (Lyón), las agitaciones turbulentas de los santsimonianos y el ejemplo de sus caritativos padres, pusieron en funcionamiento y lanzaron a Federico Ozanam hacia los pobres, buscando unirse en acción liberadora para ellos y para los demás.

A la sombra de Bailly, hombre maduro en años y en experiencia, comienzan su andadura los seis primeros jóvenes. Federico Ozanam, Pablo Lamache, Auguste Letaillandier, Julio Devaux, Francisco Lallier, Félix Clavé, poco después se unió Gustave de la Noue. Su deseo de expansión se lo comunicó por carta a su primo, a quien hace su confidente:

«Desearía que todos los jóvenes de cabeza y de corazón se unieran para realizar la obra caritativa, y que se formara en todo el país una vasta asociación generosa para aliviar a las clases populares. Ya te explicaré lo que hemos hecho en París, a este respecto, estos años y el pasado.»2

Los orígenes de las Conferencias los cuenta el mismo Ozanam en el discurso inaugural de la Conferencia de Florencia, siete meses antes de su muerte:

«Os halláis delante de uno de aquellos ocho estudiantes que, hace veinte años, en Mayo de 1833 se reunieron por vez primera al amparo de la sombra de San Vicente de Paúl, en la capital de Francia…

Sentíamos el deseo y la necesidad de mantener nuestra fe en medio de las acometidas efectuadas por las diversas escuelas de los falsos profetas…

Entonces fue cuando nos dijimos ¡trabajemos! Hagamos algo que esté conforme con nuestra fe. Pero ¿qué podríamos hacer para ser católicos de veras sino consagrarnos a aquello que más agradaba a Dios? Socorramos, pues, a nuestro prójimo como hacía Jesucristo, y pongamos nuestra fe bajo las alas protectoras de la caridad. Unánimes en este pensamiento nos juntamos «ocho…» Sí, realmente para que Dios bendiga nuestro apostolado, una cosa falta: Obras de caridad. La bendición de los pobres es la bendición de Dios. Dios había determinado formar una gran familia de hermanos que se difundiese. Por ahí veréis que no podemos nosotros llamarnos con verdad los fundadores, sino que es Dios quien la ha fundado y la ha querido así3

Este lenguaje es común a todos los fundadores. Sentirse «superados» por Dios en sus ideas iniciales o en sus proyectos de fundación. Podemos recordar aquí lo que San Vicente de Paúl decía a las primeras Hermanas en la Conferencia que les dirigió el 14 de junio de 1643 al explicarles sus orígenes:

«Yo no pensaba en ello, ni el Sr. Portail, ni la Señorita Legrás, Dios lo pensaba por nosotros, es Él, de quién  podemos decir que es el autor de vuestra compañía.»4

Una Hija de la Caridad en los comienzos

La misma tarde en que habían sido apostrofados por los enemigos de la religión, junto con su amigo Le Taillandier, fueron a llevar a una familia necesitada las provisiones de leña que se reservaban para pasar el invierno.5 Fue un rasgo heroico pero individual, hacía falta algo organizado. Es cuando se produce el encuentro providencial entre los pioneros de la Conferencia de Caridad y la célebre Hermana Sor Rosalie Rendu, «madre de todo un pueblo», en el barrio desheredado de la calle Mouffetard, barriada de Saint-Etienne du Mont, próxima a la iglesia donde se formó la primera Conferencia.

Al comprender la vocación de estos jóvenes, entusiastas y generosos, ella los condujo hacia los pobres y les enseñó la manera de servirles con amor y respeto, en la tradición más auténtica de «Monsieur Vincent».

Bailly les puso en contacto con esta Hija de la Caridad, que se distinguía por su servicio y entrega en el barrio contiguo al Latino, en el cual habitaban estos muchachos. Era el barrio de Mouffetard. De esta mujer admirable y sencilla al mismo tiempo, aprendieron la generosidad y apertura a toda miseria y sufrimiento humano. De esta casa salieron  consignas y misiones de servicio, las cuales recorrieron el barrio como verdaderos mensajeros de caridad.

Sor Rosalía les orientó y les proporcionó direcciones de familias necesitadas, así como un amplio crédito con el que pudieron afrontar el comienzo y distribuir abundantes limosnas.6

Junto con los «bonos», estos jóvenes aportaron a las gentes el regalo de la cordialidad y joven simpatía a través de la visita personal, amiga y fraternal.

El carácter y la vinculación tan marcadamente vicenciana de estas Conferencias de la Caridad, no cabe duda que se debe, en parte, a los primeros contactos con esta Hija de la Caridad, Sor Rosalía, que, a través de su persona y de su Obra, reflejaba fielmente el espíritu de San Vicente de Paúl.

Esta Hermana asombró al París inquieto de la primera mitad del siglo XIX con el testimonio vivo de su amor a todos. Tuvo contactos con ricos y obreros, jóvenes y ancianos, desde el Emperador hasta el último. Federico Ozanam y sus compañeros aprendieron de ella a acercarse a los humildes llevados por su mano. Nadie marchaba de su lado sin recibir ayuda, orientación y consuelo. Su corazón, abierto a toda necesidad y miseria, comprendía el sufrimiento y se ganaba a todos. Era la encarnación y el reflejo del espíritu vicenciano: «Ver y contemplar a Jesucristo en sus miembros dolientes, los pobres.»

Los miembros de las Conferencias colaboraron también estrechamente con Sor Rosalía durante la época del cólera. Ella los organizó por todos los barrios de París para auxiliar a los apestados cuando el terror se había apoderado de la población, y dieron ejemplo de su celo, sobre todo, en el Distrito XII de París.7

De Sor Rosalía y de tantas Hijas de la Caridad se ha llegado a decir que: «Son el fruto maduro de la mirada revolucionaria de Vicente de Paúl.»8 Ahí, en la miseria y abandono de los pobres, llegará tanto Ozanam como sus compañeros a descubrir, como Sor Rosalía, que los pobres son el sacramento de Cristo, como afirma el teólogo J. Moltman: Los pobres antes de destinatarios de nuestros servicios, son presencia latente en el mundo del Señor crucificado. Cristo y los pobres son un binomio inseparable.

La influencia de Sor Rosalía tuvo un peso específico en las primeras andaduras de las conferencias, en un principio, limitadas a su círculo íntimo. A los dos años el señor Le Prévost propuso desdoblar la Conferencia a fin de extender la caridad estableciéndola en la Parroquia de S. Sulpicio. Ante las discusiones bastó decir que la idea procedía de Sor Rosalía y esta razón fue decisiva. Gracias a ella la expansión iba aumentando hasta cumplirse lo que en visión profética dijo Ozanam:

«Llegar a encerrar al mundo dentro de una red de caridad.»

El espíritu de Vicente de Paúl

Desde un primer momento, San Vicente de Paúl sería el inspirador de las Conferencias de la Caridad y fue elegido como Titular y Patrono de la Obra. Los «ocho» primeros fueron a ponerse bajo la protección del Santo en la Parroquia de Clichy, primera Parroquia que rigió en París.

Participaron en la procesión y llevaron sobre sus hombros las reliquias de su insigne patrono. 9Ozanam explicó las razones que tenía para ponerse bajo su protección:

«Un santo patrono es un modelo. Es menester esforzarse para actuar y realizar las obras como él mismo las realizó. Tomar como modelo a Jesucristo como él lo hizo. Es una vida que hay que perpetuar, en su corazón hay que calentar el propio, en su inteligencia es necesario buscar luces. Es un apoyo en la tierra y un protector en el cielo, a quien se le debe un doble culto de imitación y de invocación. San Vicente de Paúl tiene una inmensa ventaja por la proximidad del tiempo en que vivió, por la variedad infinita de los beneficios que esparció, y además por su universalidad…»10

Al elegir a San Vicente de Paúl como Patrono, Ozanam puso su Obra en línea referencial a Jesucristo, como servidor fiel del designio del Padre, que le consagró y envió para llevar la «buena noticia» a los pobres. El santo, dos siglos antes, propuso a Cristo como patrono de sus Caridades. Así podemos leer en el Reglamento de la Caridad de las mujeres de Châtillon:

«Y puesto que la santa costumbre de la Iglesia, en todas las cofradías es proponer un patrono, y como las obras toman su valor y su dignidad de la finalidad por la que se hacen, estas sirvientas de los Pobres toman por Patrono a Nuestro Señor Jesucristo y por finalidad el cumplimiento de aquel ardentísimo deseo que tiene de que los cristianos practiquen entre sí las Obras de Caridad y de misericordia, deseo que nos da a conocer en aquellas palabras suyas «sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso…» y aquellas otras: «Venid, benditos de mi padre porque tuve hambre y me disteis de comer…»11

Aquí podemos ver cómo Federico Ozanam llegó a identificarse con S. Vicente de Paúl, tomándole como patrono, dando su nombre a la Obra, y, a veces, llegó a utilizar su mismo lenguaje, expresiones tan vicentinas como:»Socorramos a los pobres como hacía Jesucristo y pongamos nuestra fe sobre la protección de la Caridad.12

Federico Ozanam siempre habla de «fundadores», y rehusó continuamente la presidencia

Siempre muy ocupado, Federico será miembro del Consejo General de la Sociedad y, en 1844, con Cornudet, Vicepresidente General, pero no será nunca Presidente General, salvo, interino, después de los días de la insurrección de junio de 1848. en el transcurso de los cuales el Presidente Adolphe Baudon había sido herido.

Cada año, evocaba los «humildes comienzos» de la Conferencia de caridad alrededor de Bailly, se admira delante de este «arbolito» convertido en un «gran árbol».

Ozanam escribió en 1841: «Hace ocho años que se formó la primera Conferencia de París: Éramos siete, hoy nuestras filas cuentan con más de 2.000 jóvenes…» y en 1845: «Esta Sociedad, fundada hace 12 años por ocho jóvenes desconocidos, cuenta con más de 10.000 miembros, en 133 ciudades; se ha establecido en Inglaterra, Escocia, Irlanda, Bélgica, Italia…»

«La tierra se enfría y a nosotros, los católicos, nos toca dar el calor vital que no existe. Somos nosotros los que tenemos que volver a empezar igual que los mártires…«13

Estos jóvenes estudiantes cristianos tenían una sola pasión, el cristianismo, la Iglesia, la defensa de esta institución, amada y venerada, contra los ataques virulentos del espíritu del siglo: el racionalismo. Con un talante de firmeza y caridad, se aplicaron y llevaron a la práctica los consejos paulinos: «Estad alerta, manteneos firmes en la fe, sed hombres robustos y todo ello, con amor.»14

Estas inquietudes se las comunica a su primo.

«Quisiera formar una reunión de amigos que trabajaran juntos en el edificio de la ciencia bajo el pensamiento católico15

Federico Ozanam había descubierto que, la forma más segura de conservar y mantener viva su fe era poner la Obra al servicio de los necesitados.

De seis jóvenes, que eran en un principio, pronto pasarán a ser quince; y enseguida se juntaron más de cien. De una Conferencia en París ubicada en la Parroquia de Saint Etiene du Mont, fue necesario pensar en una división a causa del número. Con este motivo escribe al Sr. Bailly:

«Pienso que ha llegado la hora de extender la esfera del bien. Las Conferencias tan numerosas conviene dividirlas en secciones.»16

A pesar de lo que  les costó esta primera separación, se dividieron en cuatro delegaciones, tomando el nombre de la Parroquia en donde comenzaban a tomar parte: Saint Philippe du Roule, Saint Sulpice y Notre-Dame Nouvelle, además de la ya establecida de Saint Etiene du Mont. Y de París saltaron a Nimes, a Lyon… sembrando poco a poco la geografía francesa. La implantación del Reino, la Obra de Dios se multiplicó; es la levadura en medio de la masa, 17 o la semilla del grano de mostaza convirtiendose en árbol frondoso.18

Breve sembanza de los fundadores de la Sociedad de San Vicente de Paúl

Emmanuel Bailly (1791-1861)

Bailly es, con Ozanam, el hombre que más contribuyó a la fundación de la primera Conferencia de San Vicente de Paúl. Fue su presidente. Más tarde, cuando se difundió la primera célula, presidió el primer Consejo y fue, finalmente, Presidente general de la Sociedad hasta 1844. Por sus escritos, sigue iluminando e instruyendo a sus sucesores.

Emmanuel Bailly, de Surcy, procedía de una familia artesana y nació en Bryas (Pas-de-Calais), el 9 de mayo de 1791. Murió en París el 12 de abril de 1861. Su mujer, Apolline Vrayet de Surcy, le sobrevivió hasta 1870. El centro familiar era Berteaucourt, en la Somme, propiedad de la familia Vrayet de Surcy, pero la pareja se estableció en Pans y se quedó allí al menos a partir de 1825.

El señor y la señora Bailly tuvieron seis hijos, de los cuales varios entraron en religión. Los más conocidos son sin duda los Padres Emmanuel y Vicente de Paúl Bailly. Estos figuran entre los primeros y nuevos adherentes de la nueva Congregación de los Agustinos de la Asunción del Padre d’Alzón y que desempeñó un papel eminente para la defensa de la Iglesia a lo largo del siglo XIX. Los Padres Bailly, ambos, junto con el Padre Picard se encuentran en el origen de las más importantes obras asumpcionistas: Le Pélerin, La Croix, Le Comité Justice-Egalité, l’Oeuvre des Pèlerinages. Varias veces, de 1880 hasta 1901.

Durante la Restauración, el señor Bailly formaba parte de la Société des Bonnes Etudes, donde se encontraban jóvenes que se preocupaban por asociar su formación religiosa con sus trabajos de estudiantes. Muchos de ellos habían formado parte de la famosa Congregación, agrupación de pura piedad, pero cuyo reclutamiento operaba casi exclusivamente en las filas de los ultras. Por ello, Les Bonnes Etudes se hundieron con la Monarquía de Carlos X. Bailly se quedó con el local y con una escasa parte de los efectivos. Aprovechó para constituir una agrupación de jóvenes, bien defendida contra la política y también, una especie de pensión de familia.

En uno y otro, pasaron jóvenes de orígenes y formación muy diversas. Uno de ellos fue Baudelaire, quien se refugió en casa de Bailly para redactar una tesis. Caso sin duda excepcional: casi todos los demás iban a servir el cristianismo más abiertamente. Podemos retener los nombres de Lacordaire, Cazalès, Lenormant y por fin a Federico Ozanam a quien Bailly iba a prestar eminentes servicios.

Bailly había agregado a todas sus ocupaciones: periodismo, edición, impresión, una especie de casa familiar, tal y como lo acabamos de ver. Eso le permitía ejercer una influencia discreta, pero real, sobre esos jóvenes. Ozanam experimentó esta influencia y, con su generosidad habitual, sintió, hacia aquel a quien llamaba su bienhechor, un reconocimiento cordial y un afecto muy filial. Ese afecto explica al mismo tiempo la acción indirecta que Bailly ejerció sobre la formación de la Conferencia de la Caridad, en 1833 y la perseverancia con la que Ozanam le atribuyó siempre las ideas que él mismo había concebido para formar y desarrollar esta obra totalmente nueva.

Fuera de esta actividad a favor de los jóvenes, Bailly era el director general de la Tribune Catholique, cuyas oficinas, rue Saint Sulpice, fueron la primera sede de la Conferencia de la Caridad, y el redactor, con el sacerdote Migne, del Univers Catholique, que más tarde iba a ilustrar Louis Veuillot.

Bailly, sin ser un sabio, poseía la fuerte cultura clásica de sus tiempos. Era muy capaz de preparar la edición de un texto en latín o en griego y anotarlo juiciosamente. Migne, por otra parte, generalmente, sólo reproducía las ediciones de los Benedictinos de Saint-Maur así como otros eruditos del siglo XVII. Trabajo de dirección de la imprenta que Bailly, impresor, no ignoraba. Otra vez pudo tener Bailly una influencia sobre Ozanam pues este último, en cuanto llegó a París, se veía muy ocupado por su gran propósito apologético, propósito que le obligaba a frecuentes recursos a las fuentes latinas y griegas. Bailly pudo facilitarle la tarea.

En el ámbito propiamente religioso, Bailly desempeñó un papel  más evidente. Confidente de los seis jóvenes que, llevados por Ozanam, le sometieron su propósito de emprender una acción caritativa, con el fin de estrechar los vínculos de su amistad cristiana y de dar testimonio por Cristo y la Iglesia, él les proporcionó un local, les llevó a precisar sus ideas y aceptó dirigir sus esfuerzos. Esta dirección, a veces un poco indecisa, encontró en Ozanam, un ardor siempre renovado que triunfó de todos los obstáculos.

Moderador, el señor Bailly supo arbitrar las discrepancias, elegir entre las iniciativas de los jóvenes consocios, y encauzar la Sociedad sobre el camino que le señalaba la experiencia.

En 1844, Bailly, envejecido, enfermo, víctima de las peores dificultades financieras, obligado a liquidar todas sus empresas, dio su dimisión como Presidente general de la Sociedad. Le sustituyó el señor Gossin, hombre muy caritativo, fundador de la Sociedad de Saint-François-Regis para la regularización de las bodas, y miembro de la Sociedad pero no del Consejo General. Gossin aceptó el cargo de la presidencia con su modestia habitual pero rogando a Bailly que siguiera formando parte del Consejo general. Gossin tomó, por el bien de la Sociedad, medidas importantes, sólo se quedó a la cabeza de la Sociedad durante un poco más de dos años. En 1846, tuvo como sucesor a Adolphe Baudon, ya vicepresidente general con Ozanam, pero aún más joven que este último. Baudon consiguió que Bailly se quedara en el Consejo y le manifestó un cariñoso respeto. Bailly prestó sus servicios para la redacción del Manual y para la del Boletín, este último instituido en 1848.

Sólo fue durante sus últimos años cuando Bailly se vio obligado a un retiro completo. Su muerte en 1861 pasó casi desapercibida y sólo fue después de la última guerra cuando el Consejo general, bajo la presidencia de Jacques Zeillier se preocupó por encontrar su tumba. Se encuentra en el cementerio de la pequeña parroquia picarda de la cual dependía la propiedad de Berteaucourt. Esta tumba fue identificada y renovada por los cuidados del Consejo general.

Auguste LeTaillandier (1801-1886)

Pierre-Auguste Le Taillandier era, por su padre y por su madre, de origen puramente de Ruán, instalados en Normandía desde el siglo XVII y, desde aquellos tiempos, entregada al comercio. Nació en Ruán el 28 de enero de 1811 y fue bautizado en la Catedral. Su padre era Pierre-Auguste Le Taillandier (1785 –1870) y su madre, Isabelle Jabory (1788-1870), hija de negociantes.

Primero, Auguste siguió en Ruán las clases de un pequeño colegio de frailes, donde hizo sus primeros estudios. Los prosiguió en Juilly, hasta la selectividad en letras. Juilly tenía entonces como directores a los señores de Scorbiac y de Salinis, amigos de Bailly y Ozanam. Los estudios de Auguste hicieron que el señor y la señora Le Taillandier decidieran instalarse en París. Así fueron testigos de los éxitos de su hijo. Este obtuvo, en 1833, el diploma de bachiller en Derecho y, en 1834, el de licenciado en la misma asignatura. Se matriculó enseguida en el Colegio de Abogados de París y ejerció su profesión hasta 1846.

Fue durante este periodo de su vida cuando encontró a Ozanam y entabló amistad con él. Entró en la Conferencia de Historia en testigo casi mudo, pues no tomó parte en las discusiones que apasionaban a sus amigos. Desde el principio del año 1833, emitió, ante Ozanam, la opinión según la cual esas luchas oratorias no llevaban a nada y que sería mejor hacer la caridad en común antes que perorar sobre la historia, la literatura o la filosofía. Ozanam cogió esta ocasión por los pelos, conforme a sus profundas tendencias, y la Conferencia de la Caridad fue la que estuvo al origen de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Se ve que Le Taillandier desempeñó allí un papel de fundador. Tomó una parte activa en los trabajos de la primera Conferencia, agregándole otras actividades caritativas como la educación religiosa de los aprendices, así como la visita a los prisioneros y antiguos prisioneros. Sin embargo, aún antes de que Ozanam se volviera a Lyón, Le Taillandier dejaba París para volver a su cuidad natal.

Se casó allí el 7 de junio de 1838 con Marie-Caroline Baudry, hija ella también de negociantes de Ruán. No se alejó mucho de la tradición familial que le hubiese llevado normalmente a entrar a su vez en el comercio, entonces floreciente en Ruán. Prefirió hacer favores a sus conciudadanos y aceptó la dirección regional de la Compañía de Seguros «La Nationale», una de las más antiguas y más importantes de Francia.

En Ruán, Le Taillandier, impulsado por Ozanam, que le escribió varias cartas al respecto, fundó una Conferencia de la cual le eligieron Presidente. Tuvo buena escuela, Le Taillandier fue un miembro y un presidente muy activo, muy apreciado de sus consocios, que eran sus amigos y, de alguna manera, sus discípulos. La gratitud de las Conferencias de Ruán hacia su fundador se manifestó de modo muy original y conmovedor por el obsequio de una vidriera en la iglesia Saint-Godard, una de las más bonitas de la ciudad. Esta vidriera, donde la figura de Le Taillandier ocupa un medallón, da fe de la piedad de las conferencias de Ruán así como del recuerdo que conservan de su antiguo presidente.

El señor y la señora Le Taillandier tuvieron cinco hijos, entre los cuales, una hija, la mayor, que entró en las «Visitandines de Ruán» y fue la historiógrafa de la familia y, otra hija, Blanche, que se casó en 1862 con Charles de Robillard de Beaurepaire, archivista del Sena inferior [hoy, Sena marítimo], cuyo nieto conserva piadosamente todos los documentos de sus abuelos y les comunica con generosidad.

Auguste Le Taillandier, que sus conciudadanos colmaban de honores, vicepresidente de la Comisión de los Hospicios, caballero de la Legión de Honor, permaneció vinculado sobre todo con la Sociedad de San Vicente de Paúl y a los amigos que ésta le había dado. No iba a quedarse fuera de la vida del Consejo General ni tampoco de los recuerdos de la primera Conferencia. Así es como, con Lallier y Chaurand, tomó parte en la defensa de Ozanam en contra del Univers, cuando este periódico pretendió, en 1856, atribuir la calidad de fundador de la Sociedad a Bailly solo. Participó en la redacción del folleto que rogaron a los supervivientes que escribieran, en 1880, con vistas a las fiestas de las «Bodas de Oro», celebradas en 1883. Le invitaron a esas fiestas, vino a París en aquella ocasión y recibió la acogida que merecían sus obras de caridad.

Fue su última actividad exterior. Abandonó los seguros y se dedicó a su familia, a la educación de sus hijos, a sus amigos, su Conferencia y su jardín. Murió piadosamente el 23 de marzo de 1886, llorado por sus amigos y sus hijos, también lamentaron su muerte sus consocios y el Consejo General que no dejó nunca de recordar su memoria y su diligencia.

François Lallier (1813-1887)

François Lallier nació en Joigny (Yonne) el 22 de junio de 1814. Murió en Sens el 23 de diciembre de 1886. Fue, según Amélie, el más querido de los amigos de su marido. Ozanam le eligió, en 1845, para ser el padrino de la «pequeña Marie». Sin embargo, no era lionés sino borgoñon y muy vinculado a su provincia. Sólo la dejó para hacer sus estudios jurídicos, de 1830 a 1836 y únicamente durante la duración de éstos. Conoció a Ozanam en la facultad de Derecho, a la que ambos acudieron a partir del curso de 1831-1832. Se casó en Sens, el 22 de agosto de 1839 con Adèle Colombe Delporte, que le dio cuatro hijos.

Lallier formó naturalmente parte de la Conferencia de Historia que se celebraba rue de l’Estrapade, patrocinado por Emmanuel Bailly. Es probable, aunque no se pueda afirmar con certeza, que fue Ozanam quien le introdujo. Fue uno de los que más tomaron parte en los debates de esta asamblea juvenil. Ozanam, Lamache y él formaron una especie de Comité que preparaba las intervenciones que nuestros jóvenes católicos estimaban que fuera bueno hacer con el fin de responder a los ataques de los racionalistas y de los sansimonianos contra Cristo y su Iglesia.

Otro miembro de la Conferencia era Le Taillandier. Este intervenía muy rara vez en las discusiones. Evidentemente, este jurista, orientado hacia los negocios, no gustaba mucho de las «peroraciones». Se lo dijo un día a Lallier, quizás también a Ozanam a quien, de todas maneras, Lallier debió de hablar. «No sería mejor, dijo, dejar allí las discusiones estériles donde, sin duda, tenemos la ventaja porque somos más pero que no convencen a nuestros adversarios y no sirven más que a un triunfo de la vanidad, y reunirnos entre cristianos para una obra de piedad y de caridad?»

El papel de Lallier no fue el de protagonista, sino más bien el de confidente, de un confidente activo y afanoso. Asistió a un conciliábulo entre Lamache, Le Taillandier y Ozanam, en esta ocasión. Fue el testigo, si se puede decir así, de la germinación, en el espíritu de su amigo, de los pensamientos cuya semilla había sido arrojada por la sugerencia de Le Taillandier.

Lallier formó parte de la pequeña delegación que acudió a Bailly, para exponerle el propósito contemplado y pedirle consejo. Asistió el 23 de abril de 1833 a la primera reunión celebrada en las oficinas de la Tribune Catholique. A lo largo de una sesión de la Conferencia de Caridad, una de las primeras, antes del final de la primavera, Lallier propuso que se admitiera un octavo miembro. Le acogieron fríamente. Temían mermar el espíritu de amistad e intimidad de la pequeña reunión. Solo, Ozanam apoyó a su amigo y triunfó del rechazo de los demás miembros. El neófito, Gustave de la Noue, fue un excelente consocio. Pero, sobretodo, se aseguraba el futuro de la Conferencia y el desarrollo futuro de la Sociedad se hacía posible.

En 1834, Lallier acompaña a Ozanam, a Lamache y otros jóvenes a casa de Monseñor de Quelén, arzobispo de París, para pedirle por segunda vez que instaurara una predicación eficaz en relación con las necesidades de los tiempos, en el púlpito de Notre-Dame. El arzobispo benévolo pero difícil de convencer, acabó por rendirse ante el deseo de sus visitantes. A partir de 1836, se instituyen las Conferencias de Notre-Dame. Lacordaire, el hombre que Ozanam y sus amigos deseaban oír, dio a esa nueva predicación un brillo admirable.

En 1835, Bailly encargó a Lallier redactar los artículos del Reglamento de la Sociedad de San Vicente de Paúl. El presidente se había reservado la composición de los prólogos que encierran la esencia y el espíritu de la obra. Lallier llevó su tarea a cabo con la aplicación, la precisión de los términos y la sobriedad de expresión que eran el atributo de este excelente jurista. El Reglamento experimentó, desde entonces, agregaciones, necesitadas por el desarrollo de la Sociedad. Los consejos creados en dos ocasiones para garantizar el vínculo entre el centro y las partes de una obra extendida de ahora en adelante a todo lo largo y ancho del mundo, han sido objetos de nuevos artículos. El conjunto permaneció intacto, en su redacción de 1835 hasta hoy. Aquí reside, con la amistad de Ozanam, el más bello título de Lallier a la gratitud de los consocios de San Vicente de Paúl.

En 1837, fue nombrado secretario general de la Sociedad y como tal firmó algunas Circulares que constituyen un valioso monumento de la tradición vicentina. Fue su última participación en los trabajos del Consejo General. Dio su dimisión en 1839 y volvió a Sens, cuidad que no iba a dejar. Primero, ejerció allí el oficio de juez suplente.

Al no tener ambición y siendo muy vinculado a su país, no dudó en renunciar a los eminentes cargos que su inteligencia y su ciencia jurídica le hubiesen permitido obtener. Una ocupación útil, una manera de ganarse la vida honesta, el afecto de sus hijos y la fidelidad de sus amigos le bastaban. Su carrera de magistrado se detuvo en cargos honorables, pero encerrados en un estrecho círculo, de presidente de tribunal de primera instancia en la cuidad en la que vivía.

En 1879, unos años antes de la celebración de las «Bodas de Oro» de la Sociedad, el presidente general Adolphe Baudon, encargó a Lallier que investigara y redactara los hechos relativos a los orígenes de la Sociedad: parecía bueno aprovechar una fecha solemne en nuestros anales, y también del hecho de que algunos de los fundadores todavía vivían, para poner la historia de su nacimiento fuera del alcance del olvido. Lallier se puso al trabajo y, tras haber redactado un primer esbozo, sometió esta redacción a los otros tres supervivientes de la fundación: Le Taillandier, Lamache y Devaux, pidiéndoles que rectificaran o que completaran lo que él había escrito. Esta colaboración condujo a un folleto que fue publicado en 1882 bajo el título: Origines de la Société de Saint Vincent de Paul d’après les souvenirs de ses premiers membres. Se volvió a imprimir este folleto en 1909.

No se sabe gran cosa sobre la muerte de Lallier, que ocurrió el 23 de diciembre de 1886. Trabajador, ponderado, sólido en sus convicciones y fiel en sus amistades, fue, en todos los aspectos, un modelo de magistrado cristiano. Y sobre todo fue un consocio de San Vicente de Paúl ejemplar. Le gustaba a Ozanam apoyarse en él: su correspondencia es una prueba de ello.

Paul Lamache (1810-1892)

Paul Lamache nació el 18 de julio de 1810 en Sainte-Mère l’Eglise en el departamento de «La Manche». Pertenecía a una antigua familia de propietarios y funcionarios, casi de la nobleza normanda. Su padre fue cirujano-mayor en la Marina Imperial. Su madre, nacida Suzanne Vastel, dio luz a cinco hijos: tres hijos y dos hijas. El mayor de los hijos, Charles, abrazó la profesión medical y se hizo médico-jefe del hospital de Cherbourg. El segundo, Jérôme, fue sacerdote y misionero en las Antillas. Es Paul quien fue el tercer hijo de la familia. Una hija, Virginie, entró en religión en las Damas de Saint-Thomas de Villeneuve. La otra, Julie, se quedó en su familia.

Paul Lamache hizo sus estudios en el Colegio real de Ruán durante la Restauración; tuvo la suerte de encontrar allí maestros y compañeros cristianos. Uno de sus condiscípulos y amigos, Adolphe Chéruel, adquirió cierta notoriedad como historiador de las instituciones francesas del Antiguo Régimen.

Tras una tentativa vana de entrar en la Escuela Politécnica, Paul Lamache se volvió hacia los estudios jurídicos. Tuvo que volver a Paris para matricularse en la Facultad de Derecho, sin duda en noviembre de 1830. Monarchista de tradición, como casi todos los cristianos practicantes de la época, y al acordarse de que sus padres escondieron a curas durante el Terror, Lamache no quiso que sus convicciones pudiesen ser atribuidas al deseo de hacer carrera y se abstuvo de cualquier adhesión a cualquier agrupación.

En 1832, conoció a Ozanam y formó parte, con él, de la Conferencia de Historia. Ozanam hizo que le recibiera Montalembert, cuyo salón era frecuentado por personajes más o menos ilustres, franceses o extranjeros.

Lamache tomó una parte activa en los debates de la Conferencia de Historia. Ozanam, Lallier y él formaron una especie de comité en el cual prepararon juntos respuestas a los ataques de los «filósofos» y de los sansimonianos en contra de la fe.

Las palabras de Le Taillandier y Ozanam, acerca de «las luchas oratorias no llevan a nada» le llamaron mucho la atención. Al dispersarse el pequeño grupo, cada uno llevaba en el corazón las palabras entusiasmadas que Nuestro Señor acaba de introducir a través de la voz de un joven estudiante. Se conoce lo que siguió: visita a Bailly, primera reunión de la Conferencia de la Caridad, y pronto nacimiento de la Sociedad de San Vicente de Paúl, bajo la paternal dirección de Bailly y bajo la influencia de Ozanam.

En 1838, Lamache acaba sus estudios de derecho. Ya ha escrito varios artículos, principalmente en la Revue Européenne, donde Bailly tenía sus entradas. Antes que cualquier otro escritor católico, se levantó con fuerza contra la esclavitud. Al no haber podido conseguir un puesto de sustituto, se matriculó, en 1841, en el Colegio de abogados de París. En febrero de 1843, se casa con la señorita Lebon d’Humbersin, hija de un teniente coronel de la Artillería y nieta de Philippe Lebon, inventor de la iluminación por el gas.

En 1848, todavía está en París, y asiste sin sollozos a los últimos días de la Monarquía de Julio. Forma parte de la Guardia Nacional al igual que el Presidente general Baudon y como muchos otros consocios de San Vicente de Paúl. Se asocia siempre a las campañas de Montalembert a favor de la libertad de la enseñanza y, siempre preocupado por el apostolado, da su concurso otra vez con Montalembert al grupo de cristianos que, bajo el nombre imprevisto de «Club Saint-François de Sales», hacían oír las verdades de la Religión a un público de obreros.

Un poco más tarde, tras haber conseguido un éxito honorable a una difícil oposición, le encargan para que dé conferencias en la nueva Escuela de Administración, cargo envidiable, sobre todo para un hombre de 38 años. No permanece allí por mucho tiempo pues, el 10 de agosto, le nombran Rector de la Academia departamental de las «Côtes du Nord».

La Villemarqué, que le conocía entonces, le representa «andando entre Ozanam y Lallier, que domina de la cabeza, en elegancia y gracia. Lo que llamaba la atención en él era precisamente esta gracia. Ozanam era sombrío y tenía un aire inspirado. Lallier: un gran hombre. Paul Lamache atraía. La impresión que aún experimento, la han experimentado todos los Bretones de Saint-Brieuc.»

El Gobierno imperial suprimió los rectorados departamentales en 1854. Lamache lamentó esta medida.  Lamentó sobre todo dejar Bretaña pues le había cogido cariño. Poco después, le designaron para el puesto de profesor de Derecho romano en la Facultad de Estrasburgo. Al año siguiente, brindaba por escrito su testimonio personal a los amigos de Ozanam, afligidos por la campaña que L’Univers había emprendido para reducir a la nada el papel de Ozanam en la fundación de la Sociedad de San Vicente de Paúl.

En 1861, Lamache, entonces presidente de la conferencia de la Madeleine en Estrasburgo, aprueba enérgicamente la actitud del Presidente general Baudon que rechaza someterse al control del Gobierno, tras una circular del ministro Persigny, que reducía el Consejo general a una actividad casi secreta en cuanto a las Conferencias de Francia. Sint ut sunt, aut non sint. Esta respuesta, que Baudon hubiese podido dar a Persigny, como el general de los Jesuitas lo había hecho a Clemente XIV, tenía la gran ventaja de conservar las reglas y el espíritu de la Sociedad… para el futuro. Pero, para el presente, las conferencias francesas, reducidas al aislamiento, iban a sufrir de ello en más o menos medida. Baudon era consciente de ello, Lamache, quien presidía una conferencia de provincia, lo tenía por seguro. No hizo sentir nada y siguió reuniendo a sus consocios en una casi clandestinidad.

Vinieron los tristes acontecimientos de 1870. Lamache ya no podía hacer el servicio militar, pero sus hijos se enrolaron, combatieron valientemente y sufrieron uno y otro una dura cautividad en manos de los invasores.

Entre las miserias que los consocios de Estrasburgo tuvieron que aliviar, es bastante divertido encontrar a una tropa de actores. Esa pobre gente, que huía de la invasión, llegó a Estrasburgo sin ningún recurso. Lamache y sus consocios se hicieron cargo de ellos, les encontraron un lugar donde refugiarse, y le suministraron la comida. Los actores, de los cuales varios eran buenos cristianos, (la prima donna era una antigua alumna del Sagrado Corazón), manifestaron el reconocimiento más conmovedor y quisieron llevarse algunos bonos de pan de la Conferencia, en recuerdo de la acogida que tuvieron.

Fue ese mismo año de 1870 cuando fue proclamado el dogma de la infalibilidad pontificia. Lamache, cuyos amigos pertenecían casi todos a lo que se llamaba el catolicismo liberal, había visto aparecer, en 1864 la Encíclica Quanta Cura y el Syîlabus, no con una idea de rebelión o reprobación, sino con una sumisión mezclada de preocupación: temía que los partidos extremos, de un lado de la opinión al igual que del otro, encontraran allí una ocasión para destituir, por así decirlo, al Papa con ellos, y de tomar acta de esta confesión de la Iglesia para confirmar la opinión que unos y otros tenían, de un antagonismo necesario entre la religión cristiana y el mundo moderno. Las mismas tendencias se volvían a encontrar en el seno del Concilio. Sin duda, a pesar de lo que se dijo, ningún obispo francés rechazaba creer en la infalibilidad del Papa. Sin embargo, varios se preguntaban si era el momento oportuno para imponer la confesión a todos los católicos. Lamache, seguramente, tenía esa opinión, pero no lo dejaba ver al público. Ni los amigos de Monseñor Dupanloup, ni los del Cardinal Pio pudieron reivindicarlo. La voz del canon cubrió, para toda Europa, la de todos los comentadores más o menos autorizados para las decisiones conciliarias.

Lamache tuvo que dejar Estrasburgo al entrar allí las tropas alemanas. Le nombraron, de manera provisional, profesor de Derecho administrativo en Burdeos. Llegó allí en el momento en que se reunía la Asamblea Nacional. La ciudad, entregada a los políticos, no tuvo para él ningún encanto. Había podido, sin ninguna dificultad, hacerse bretón y, alsaciano, pero no lograba hacerse gascón. En cuanto a la tarea de la Asamblea, la consideraba difícil. Monárquico de tradición, no era capaz tampoco de ponerse en fila junto a los chevaux-légers de la extrema derecha ni tampoco entre los orleanistas del centro. Finalmente, con alivio, recibió su nombramiento en la Facultad de Grenoble donde iba, al igual que en Burdeos, enseñar el Derecho administrativo.

En el Delfinado, se adaptó bastante rápido. Por supuesto, entra en una Conferencia y pronto se hace Presidente de la de San Bruno. Su vida se organiza sin dificultad en el marco de sus ocupaciones, del cuidado a los estudiantes, de sus escritos, de sus amistades, de su participación en su Conferencia. En 1886, debe jubilarse, saludado por los cariñosos lamentos de sus compañeros. Es una jubilación activa pues no abandona nada de lo que aún puede hacer. Simplemente se entrega con más libertad a la lectura y a la jardinería, tomando un vivo interés en sus flores, sus hortalizas y su fruta que son para él, según dice sonriendo, mejores amigos que muchos hombres.

Rinde un último homenaje, en 1882, a la memoria de su amigo Ozanam, al trabajar con Lallier en el folleto de los Orígenes de la Sociedad. No quiere, por humildad, asistir a las fiestas llamadas «Bodas de Oro» de la Sociedad. Su salud ya es muy delicada. Es en 1892, el 28 de julio, cuando, velado por uno de los pobres a quien había asistido, exhaló el último suspiro.

Félix Clavé (1811-1853)

Félix Clavé había formado parte de los siete fundadores de la Conferencia de la Caridad y, poco tiempo después, había fundado la Conferencia de Saint-Philippe du Roule. Luego, desapareció de los anales de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Mucho mejor o más bien mucho peor: no querían, en el Consejo general, conocer el destino de aquel consocio quien, sin embargo, había sido el amigo de Ozanam. Nunca se hablaba de él y su retrato tampoco figuraba en la modesta galería de los veteranos. Solo, León de Lanzac de Laborie, que no ignoraba nada de la historia del siglo XIX, decía en voz baja: «Aún así es realmente de lamentar que, de nuestros siete fundadores, exista uno que se haya echado a perder.»

En una carta a Arthaud., del 9 de julio de 1839, Félix Clavé informaba su correspondiente de los progresos de la Sociedad. Examinando las nuevas Conferencias, acababa diciendo: «Argel incluso nos contesta y, bajo los auspicios de su santo obispo (Monseñor Dupuch) se forma allí una asociación, de la cual Clavé y varios de nuestros veteranos forman el núcleo». Eso no parecía concordar con un abandono del buen camino.

Pierre-Emmanuel-Félix Clavé, nacido en Tolosa, el 8 de julio de 1811, muerto en Pau el 9 de noviembre de 1853, dos meses después de Ozanam, era el hijo de Guillaume Clavé, profesor de instituto en Tolosa, luego en Tarbes y, de Marie-Louise Fayolle. Sus padres se establecieron en París, 20 Faubourg-du-Roule, hacia 1931. Tenían cuatro hijos, tres hijas y un hijo. La segunda hija, Pétronille, se casó en 1833 con Don Manuel de Zulayeta, mejicano bastante afortunado. Guillaume Clavé figura en las guías parisinas, como maestro de pensión. No sabemos qué estudios hizo seguir a su hijo, pero es cierto que Félix sabía de humanidades. También tenía modales y trataba mucho con un mundo más alto que el suyo, pequeño esnobismo que le atrajo los peores problemas. Cómo llegó a la Conferencia de Historia, no lo sabemos. Se unió a los amigos de Ozanam y tomó parte en las gestiones de los jóvenes ante Bailly así como en las reuniones de la Conferencia de la Caridad. Hemos visto que fundó él mismo una Conferencia en su barrio, la primera que haya existido en la orilla derecha del Sena y que trató de fundar otra en Argel en 1839. Como dejó Africa ese mismo año, el intento fue en vano. La primera Conferencia de Argel sólo vio la luz en 1846.

¿Por qué se había ido a Argel? Lo sabemos por actas ante notarios, registradas en París: se trataba de colonizar, empresa muy favorable desde que reinaba una paz relativa, por lo menos en la periferia de la ciudad de Argel. Debía obtener una concesión para cultivar el algodón, el olivo, el aloés así como otras plantas de los países calurosos. Parece ser que el asunto no tuvo continuación.

A partir de 1839, Félix Clavé ocupaba un pequeño empleo en la Administración. Dejó Argel en diciembre de 1839, se iba, quizás, directamente a Méjico con su cuñado y llevándose a su padre. No parece que haya encontrado en América la fortuna que África no le había dado, pero es durante su ausencia cuando se implicó a su nombre, sin que tuviera nada de culpa en ello, en una de los asuntos criminales del siglo XIX más escandalosos: el asunto Lafarge.

Clavé había conocido a la futura señora Lafarge, Marie Capelle, así como a una amiga de ésta, Marie de Nicolaï. Marie Capelle, aunque hija de un oficial general, tenía instintos de intrigante. Imaginó una novela de amor entre Clavé y su amiga y enseñó seguramente a nuestro joven cartas más o menos auténticas de la otra Marie. Esta se casó poco después con M. De Léautaud y la otra con el señor Lafarge que la llevó a su triste mansión lemosina donde se aburrió tanto que acabó, para quedarse libre, por envenenarlo. Es por lo menos lo que decidió la audiencia para los asuntos criminales.

En el mismo momento, M. De Léautaud acusaba a Marie Capelle de haber robado a su amiga, diamantes de un gran valor. Los encontraron en su casa, lo cual la tacha de cleptómana además de mitómana. Empezó diciendo que esas joyas le venían de una tía suya, mentira que no creyeron. Pretendió entonces que la señora de Léautaud se los había confiado para que los hiciera vender y así, poner fin a una campaña de chantaje  que el señor Félix Clavé podía emprender, pues este individuo tenía en su posesión, cartas comprometedoras para la señora de Léautaud. La ausencia de Clavé parecía quitar cualquier peligro a esta fábula. Se celebró el pleito. Lachaud, quien defendía en este asunto la señora Lafarge, atacó vehementemente al pobre Clavé y los testimonios favorables que produjo el abogado de Clavé tuvieron cuanto menos efecto cuanto Lachaud evitó cuidadosamente que hubiera alguna confrontación e hizo que su clienta no compareciera en el juicio. El asunto se unió al pleito de envenenamiento y no tuvo ninguna conclusión. Sólo quedaron los ardientes alegatos del gran abogado parisino y son los que inspiraron a Léon de Lanzac de Laborie sus dudas sobre la moralidad de Félix Clavé.

Clavé, de vuelta en Francia mientras tanto, se vio profundamente afectado por aquella historia. Se vio comprometida su salud y su razón afectada. Sin embargo, creyó poder casarse y se casó con Marie-Louise Sorg, el 11 de febrero de 1847 en Notre-Dame de Lorette. Vivía entonces rue de la Rochefoucauld y se hacía llamar «hombre de Letras». En efecto, publicó varias obras. Una de ellas es interesante, es una recopilación de poesías, muy influidas por las de Lamartine. Su título: Impressions et souvenirs por Félix Clavé, París, Debécourt, 1836 in 8. Debécourt era  el impresor habitual de Bailly, Ozanam, etc. Esos versos son, por muchos de ellos, versos de amor. Se dirigen a una joven exótica, probablemente una pariente del cuñado mejicano. Nada puede ser atribuido a la supuesta pasión por Marie de Nicolaï. Otras obras se refieren a Pio IX, al Padre Ventura, al abate Bautain, pero quizás no son todos de la mano de Clavé.

Después de su boda, parece ser que Clavé volvió a Tarbes. No sabemos si tuvo hijos. Lo que sabemos, por desgracia, es que se agravaron sus trastornos nerviosos y que su mujer tuvo que resignarse a internarle en un manicomio. Le llevaron a Pau el 3 de octubre de 1853. Murió allí de disentería el 9 de noviembre. Debía tener algunos parientes después de la guerra de 1870-71, pues su acta de matrimonio fue reconstituido en 1872 en París y se encuentra en los Archivos del Sena.

Una vida acabada en las angustias, la tristeza y la locura, tal fue el destino de Félix Clavé. Pero, si cometió errores, nunca renegó su fe ni tampoco hizo nada que fuera incompatible con sus compromisos en el momento de entrar en nuestra Asociación caritativa.

Jules Devaux (1811-1881)

Jules Devaux nació en Colombières (Calvados) el 18 de julio de 1811. Era el hijo de un médico de campaña, probablemente de origen campesino. Hacia 1830, vino a París, seguramente, para completar sus estudios de medicina. Allí es donde debió de encontrarse con Ozanam y sus amigos que se reunían, bajo los auspicios de Bailly, en la Conferencia de Historia. Devaux formó así parte de esta Conferencia y no parece que tomó parte activa en sus obras.

«Tomaba mis comidas, nos cuenta en los Souvenirs, que su hijo recogió a poco de morir  su padre en su cama, tomaba mis comidas en un restaurante de la plaza de l’Estrapade. Una noche, Ozanam y uno de sus amigos, llamado Lallier, se acercaron a mi después de la cena. «Tenemos, me dice Ozanam, una comunicación que hacerle: sabe usted cual es la aspereza de las luchas a las que nos tenemos que enfrentar en las Conferencias de historia para defender nuestra fe. Hemos pensado que no basta con discurrir sobre ella ni con luchar por ella, sino que habría que hacer más y mejor: pasar a la acción bajo su influencia. Hemos pensado en reunirnos en número reducido y en entendernos para hacer algún bien a los pobres. ¿Quiere formar parte de ello con nosotros?». Les agradecí y acepté con mucho entusiasmo. Se decidió que constituiríamos un grupo de jóvenes que se comprometieran en visitar a los pobres y que, para socorrerlos sin ningún ruido, pusiéramos en una caja común lo que nos fuera posible deducir de nuestros recursos.»

Devaux se coloca de esta manera entre los primeros fundadores de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Participó en las reuniones preliminares, en la gestión ante Bailly. Incluso fue el primer tesorero de la Conferencia de la Caridad. Pero dejó París en 1839 después de haber presentado y defendido su tesis para el doctorado en medicina cuyos temas eran los siguientes: De la duodénite. Des plaies et ulceres aux lèvres. De l’époque à laquelle se soudent les points osseux. De la compressibilité, de la flexibilité et de l’extensibilité; applications aux tissus organiques.

Presentó su tesis en la Facultad el 2 de mayo de 1839. Poco tiempo después, Devaux se establecía como médico en Honfleur. Pronto le llamaron a Colombières, a la cabecera de su madre agonizante. Permaneció allí algún tiempo después de la muerte de su madre y sintió, según dice, la necesidad de viajar. Renunció a Honfleur y al ejercicio de la medicina, al menos durante algún tiempo, volvió a París y, al final del otoño de 1840, se dirigió hacia Alemania. Durante una estancia bastante larga en Munich, conoció al abate Maret que más tarde, fue amigo de Ozanam y Lacordaire.. El abate le presentó al canónigo Windischmann a quien propuso crear una Conferencia de San Vicente de Paúl en Alemania. Se pospuso esa creación. De Alemania, Devaux escribió a Ozanam para hacerle llegar informaciones bibliográficas. Su carta es de fecha de 1847.

No sabemos lo que pasó con él después de esta fecha. Se unió, en 1856, a los demás fundadores supervivientes para protestar contra la campaña del Univers, que denegaba a Ozanam el título de fundador de la Sociedad. Volvió a la región parisiense en una fecha que no conocemos y murió en Auteuil el 27 de octubre de 1880, durante la redacción del folleto sobre los Origines de la Société.

  1. Lettres, Tomo I, p. 243.
  2. Lettres, à Falconnet, 21 juillet, 1834, tomo I, pp. 148-149.
  3. Discours à la Conférence de Florence le 30 janvier 1853. Cf. Oeuvres Completes, tomo VIII, pp. 39 y ss.
  4. S. Vicente de Paúl. Obras completas. Ed. Sígueme, Salamanca, 1976. Conferencias. Tomo IX, p. 120 (traducción en castellano de Coste).
  5. Según Mons, Lulien, era ésta una leña simbólica que encendería el fuego de la caridad. Cf. Goyeau, J., o. c., p. 56.
  6. Cf. Desmet, Henri: Sor Rosalía. Ed. Ceme, Salamanca, 1980, pp. 113-120.
  7. Cf. Melum: Vie de la soeur Rosalie, fille de la Charité. París, 1929, pp. 158-161, y Bulletin de la Soc. de S. V. De Paúl, t. I, 1849, pp. 250-253.
  8. Cf. Fernández, Celestino: Mujeres de corazón. Folletos Conel, «Hª y carisma», pp. 2-8.
  9. Conmemorando este hecho se puso una placa de mármol en dicha Parroquia por encargo del canónigo Blauvac, con motivo del 3er Centenario de la toma de posesión del Santo, con los nombres de los fundadores.
  10. Lettres, à F. Lallier, Lyon, 17 mai 1838, tomo I, p. 307.
  11. Coste, op. cit., pp. 574-575.
  12. Cf. Oeuvres complètes, tomo VIII, p. 41. Discours in Florence
  13. Lettre à León Curnier, 23 fevrier 1835. Tomo I, p. 165.
  14. I Cor. 16, 15
  15. Lettre à Enrique Falconnet, 19 mars 1833, tomo I, p.. 94.
  16. Lettres à Bailly, 3 novembre, 1834, tomo I, p. 152.
  17. Lc. 13, 21.
  18. Lc. 13, 19.

2 Comments on “Fundadores de la Sociedad de San Vicente de Paúl”

  1. Estoy interesada en la vida de los jóvenes, saber sobre sus vidas e inquietudes y que tenían en común para formar, fundar y crecer, esa célula de vida que hoy permanece, y q actualmente es difícil que germine así como en esa época.

  2. Hola es muy grato saber que en esa época se formó un grupo (organizacion) que se dedicaba a la caridad.me gustaría saber si se distinguían por algún crucifijo,pregunto porque acá en mi provincia encontramos un crucifijo con las iniciales SSVP,de un lado con el signo de géminis.y del otro lado las iniciales CGT también con el signo de géminis.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.