François Mounier (1625-1655)

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Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices III.
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Biografias PaúlesLos primeros obreros enviados por san Vicente a Madagascar habían sucumbido. El santo lo sabía. Después de bendecir a Dios por todo, y adorar sus designios que, aunque secretos, son siempre perfectamente justos, él no pensó en otra cosa que n reemplazarlos y en procurar lo antes posible a los neófitos una ayuda que fuera proporcionada a sus necesidades. Es lo que escribe Collet en su Vida de san Vicente, y añade estas reflexiones: «En una congregación que no ha perdido nada todavía de su primer fervor, todo súbdito es hombre de buena voluntad. Así Vicente no se olvidaba de estos fracasos o, si se quiere, estos rechazos razonados que no prueban otra cosa que mucha cobardía y muy poco celo». (Suplemento en los anales de la Misión, 1 de junio de 1895)

Vocación apostólica del Sr. Mounier

Había actualmente en Picardía un sacerdote joven y lleno de celo ocupado en la distribución de las limosnas. Éste deseaba con tanta pasión derramar su sangre y su vida por la salvación de los infieles que había hecho voto de rezar cada día el rosario de la santísima Virgen, para obtener la gracia de ser destinado a las Misiones extranjeras. Era de Saintes, había nacido1625, había sido recibido en la Congregación, en París, el 19 de diciembre de 1643, y se llamaba François Mounier. Nuestro santo puso los ojos en él, y le asoció a Tiussaint Bourdaise para ir a evangelizar  la gran isla africana. Pero las revueltas del reino no les permitieron embarcarse tan pronto, no fue hasta marzo de 1654 cuando pudieron hacerse a la mar.

El Sr. Mounier, informando a su venerado Padre de las circunstancias  del viaje, en una carta con fecha en Madagascar del 6 de febrero de 1655, le expresaba primeramente con sentimientos muy apostólicos su gozo por ser escogido para llevar a estas regiones  infieles la fe de Jesucristo.

«Si alguna vez he tenido, escribía,  una gran estima y un gran amor por mi vocación, yo lo siento aquí incomparablemente más, al verme en el empleo que tanto y por tan largo tiempo he deseado, en el que puedo trabajar con tanto provecho por la salvación de las almas rescatadas por la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. No puedo por menos, Señor, que testimoniaros mi alegría y la gratitud que siento por la gracia que me habéis concedido al enviarme a este país, por la que os ofrezco mis muy humildes  agradecimientos».

Él mismo ha informado de su viaje y de sus primeros trabajos en Madagascar, en sus cartas a san Vicente de Paúl. Estos son sus principales rasgos:

La navegación. Piadosas ocupaciones. Escala en cabo Verde.

» Había puesto todo el interés en llagar a Nantes para el embarque. Dios lo quiso. Pero, ay, no encontré a mi querido compañero Al Sr. Bourdaise, y no sabía cuándo podría llegar. El Sr. mariscal de la Meilleraye, por su gran bondad, me concedió un día para esperarle o para buscar otro compañero, a falta de los cual dos Padres franciscanos debían ocupar nuestros lugares y embarcarse en los navíos; pero he aquí que, por una providencia particular de Dios, veo llegar al Sr. Bourdaise que disipó en un momento la gran tristeza en que se había hundido mi corazón, para trocarse en alegría que no puedo expresaros.

«El primer viernes de cuaresma, 1654, abordamos una pequeña chalupa, para ir a los navíos que estaban en Saint-Nazaire. El Sr. Bourdaise entró en uno y yo en el otro con el hermano René Forêt.

«Por fin el tercer domingo de cuaresma, 8 de marzo del año 1654, entre las siete y ocho horas de la mañana, levamos anclas, cuatro navíos juntos, dos que iban a América  y los dos nuestros que iban a Madagascar. Comenzamos nuestro viaje con las oraciones acostumbradas que hemos continuado cada mañana, durante toda la duración del viaje; por la noche, hacíamos el examen de conciencia y demás oraciones ordinarias. Yo he dicho siembre la santa misa los domingos y días de fiesta, cuando el tiempo no ha sido demasiado malo, y durante el día me he ocupado en instruir a los muchachos del barco, y en hacer alguna lectura espiritual o en aprender  algo de la lengua de este país, sin hablar del oficio divino y de la oración mental que no omitíamos nunca. Seguimos muestro viaje, los cuatro barcos juntos, durante doce días, tras los cuales los otros dos nos dejaron  para seguir su ruta. He tenido que sufrir mucho, en todo el viaje por parte de quince a dieciséis personas de la religión pretendida reformada, por sus juramentos, sus palabras obscenas y sus canciones infames que eran casi continuas. No he logrado nada de ellos porque se sabían apoyados  por algunos oficiales del navío. Que pertenecían también a la religión reformada. Algunos católicos cediendo al mal ejemplo caían también en los mismos desórdenes.

«El 9 de abril, a las cuatro de la tarde, fondeamos en Cabo Verde, en la rada de Rufisque. Yo constaté la facilidad que hay allí parapara establecer las fe, y bauticé a un adulto de treinta y cinco años, instruido y presentado por una de los portugueses que residen allí en número de seis o siete con tres pequeños naturales de este portugués, bendije el agua y dije la santa misa.

Protección de Dios durante una tempestad, Llegada a Madagascar.

De allí partimos el segundo domingo después de Pascua. Pero llegó la tormenta, el 20 de junio, que parte el timón de nuestro barco por un violento maretazo que entra en la cámara de los cañoneros, rompiendo dos planchas y una parte considerable del navío. Nuestro mástil de trinquete y el de mesana y la verga del gran mástil de cofa quedaron partidos por el medio, y había que reponerlos. Ciertamente nos asustamos, pues viendo el un navío con una sola pacfi, o baja vela de mesana, sin timón, conducirse, como lo hacía toda una noche y medio día, ¿quién no dirá que era la mano del Todo Poderoso la que nos gobernaba y se contentaba con sólo asustarnos? Y como señal de su providencia especial, la fiesta de san Juan Bautista, tuvimos un tiempo en calma para recomponer lo mejor que pudimos el timón, hasta  llegar a la rada de la bahía de Saldanha, adonde llegamos el once de julio después de avistar tres días seguidos la tierra del cabo de Buena Esperanza. No pude ver a los negros de este cabo, después de descender dos veces a tierra para ello, con el fin de intentar si pudiéramos, según la intención del Sr. Nacquart, llevarle una pareja de niños de aquel país; pero como las gentes andan errantes de acá para allá, raramente se retiran dos veces al mismo lugar. Me enteré que por muy poco de mal tabaco, se obtienen los refrescos que allí se encuentran, estaría bien que nuestros Señores tuvieran una pequeña provisión para servirse a su gusto. Habiendo permanecido nueve o diez días en Saldanha, salimos de allí el veinte de julio.

Por fin nuestras esperanzas cumplidas… Oh gloriosa Virgen. A vos os lo debemos, ya que el día que precedió a vuestra Asunción al cielo, nos hicisteis tocar la tierra al menos con una sonda, lo que nos dio esperanza de tocarla con los pies ese mismo día; pero no pudo ser hasta el día siguiente, hallándonos demasiado alejados de la rada donde se quería fondear. Ello no impidió no obstante que yo no dijera la misa  aquel día, después de cantar el Te Deum, a la vista de nuestra tierra y de nuestra residencia tan deseada.

Los Misioneros conocen la muerte del Sr. Nacquart; descubren el santísimo Sacramento conservado en la capilla del Fort-Dauphin.

Echada el ancla, desembarcamos. Pero, ay, el gozo en mí se mezcló con una gran tristeza, cuando supe la muerte del Sr. Nacquart sucedida el 29 de mayo de 1650. No teníamos otro consuelo, después de Dios, en nuestro viaje, que la esperanza de encontrale todavía con vida, para disfrutar de la compañía de un hombre tan santo y recibir de él las instrucciones necesarias para trabajar útilmente en la salvación de estos pobres pueblos, y ahora nos vemos sin él: que la voluntad de Dios se cumpla en todo y bendito sea su nombre! Él vive en los cielos, y en este país por el buen olor de sus virtudes que han dejado sus hermosos ejemplos, y de lo cual nosotros sentimos los efectos por el afecto con que estos pobres infieles nos hablan de él.

«Por fin, ya hemos llegado a Fort-.Dauphin, donde están los franceses. El Sr. Boudaise ya había llegado, y saludando al Sr.de Flacourt, fue bien recibido. Este último le contó la guerra que los franceses habían tenido contra los del país, y todas las grandes molestias y trabajos que habían pasado. No os diré nada de particular, sino que no deja de ser extraño que  setenta franceses han resistido solos a tantos pueblos, y que una vez entre otras doce hombres hicieron frente a muchos miles. Al día siguiente que era domingo este querido cohermano fue a la capilla a decir misa con gran contento del Sr. de Flacourt y de todos los demás franceses. Advertido por ellos que el Santísimo Sacramento estaba en el tabernáculo, porque el difunto Sr. Nacquart, sorprendido por la enfermedad, no había podido consumir las Santas Especies, no podía creerlo y se decía, como él me lo ha contado después: «Esta buena gente no comprenden lo que dicen y no saben que las Especies sacramentales no pueden permanecer tanto tiempo sin corromperse». Pero habiendo consagrado hostias y abriendo el santo copón para depositarlas, encontró cinco dentro, cuyas Especies estaban enteras sin otro cambio más que estaban algo pegadas unas a otras lo que le resultó admirable, y cree que Dios les había hecho este favor por el honor que ellos le habían rendido, ya que hacían sus oraciones, tarde y mañana,  en la iglesia, y llevaban el tabernáculo en procesión el día del Santísimo Sacramento.

No escuchamos otra cosa que los sentimientos por la muerte del Sr. Nacquart. Su memoria está aquí con tal veneración que no puedo expresarlo, la mayor parte de los franceses nos han dicho no haber sentido semejante aflicción como la de su muerte; y los negros comparten estos sentimientos de veneración».

Primeros trabajos. Pide algunos hermanos coadjutores. Da a conocer el deseo que habían expresado las Hijas de la Caridad de ir a Madagascar.

Los habitantes conservan los buenos sentimientos que el Sr. Nacquart les había inspirado en relación con la fe, de manera que desde nuestra llegada hasta el presente, no hemos necesitado salir de la residencia para ir a buscar a estos pobres infieles, para instruirlos. Vienen bastantes por sí mismos, sabiendo que estamos aquí para desempeñar las mismas funciones que nuestro querido difunto. Desde nuestra llegada, no ya pasado día en que no hayamos tenido, desde la salida del sol hasta las diez u once horas de la mañana, a algunas de estas buenas gentes y con bastante frecuencia tenemos hasta veinte a la vez, en una cabaña aparte, destinada únicamente a este uso, es decir a instruirlos en la religión y a enseñarles a rezar. Después de comer, estamos ocupados en ello desde la una hasta las tres y las cuatro, y con frecuencia desde las cinco hasta la noche. Si hacemos alguna otra cosa, se lo quitamos a la instrucción.

«Mientras os escribo esto, tengo que pedirles que me dejen un rato, lo que hace a regañadientes; por donde juzgaréis, Señor, la necesidad que tenemos de obreros en este país. Os aseguro que no hay casi pueblos que no están pidiendo la misma ocupación.

«Dos o tres de nuestros hermanos coadjutores hallarían donde emplear el tiempo, sobre todo si tienen virtudes sólidas de castidad, obediencia y dulzura, principalmente la última que es muy necesaria en este país. Convendría que sepan leer y escribir, que uno de ellos conozca algo de cirugía y de botica, y que traigan las cosas necesarias para ello. Véase una memoria, elaborada por el Sr. Bourdaise, a quien importunan a cada paso tanto franceses como indígenas, para tener los ungüentos para sus heridas y sus enfermedades. Bonita ocasión para hablar con estas gentes de las cosas de la fe y hacer progresos entre ellos. Un hermano  sastre, y otro carpintero y un cerrajero nos serían de la mayor utilidad.

«Hallándose en Nantes, fui a ver a las Hijas de la Caridad que allí sirven a los enfermos del hospital, las cuales me comunicaron un gran deseo de venir a contribuir en lo posible al servicio y a la salvación de las pobres gentes de aquel país, y me rogaron con insistencia que os escribiera. Creo firmemente  con grande y muy grande motivo que harían mucho fruto, tanto con el alivio que llevarían a los enfermos como con la enseñanza de las oraciones y demás cosas necesarias para la salvación y por el buen ejemplo que darían  a todos». Tales eran los deseos del Sr. Mounier.

Acerca de este asunto san Vicente decía, el 8 de agosto de 1655, a las Hijas de la Caridad: «Hijas mías, vuestro nombre se extiende a casi todas las partes; es conocido hasta en Madagascar, donde os desean. Nuestros Señores que están en ese país tan alejado, nos han escrito que sería de desear que tuvieseis allí un establecimiento para ganar con mayor facilidad para dios las almas  de los pobres negros. Ah, Hijas mías, es que Dios bendice a la Compañíay la bendecirá siempre, con tal que le seáis fieles».

El Sr. Mounier añadía: «Pienso también que cinco o seis de estos pequeños expósitos de París, de las más sabios y más hábiles en cualquier trabajo manual, como la costura y el trabajo en seda y algodón o cosa parecida, caerían bien aquí para comenzar un seminario menor de catecúmenos que imitarían a estos jóvenes franceses.

Costumbres de los malgaches. Clima.

«Estos pobres negros tienen un buen natural y son fáciles de convertir, ya que hasta los pequeños se dejan llevar por la razón. Los padres y las madres no los castigan nunca y les dan satisfacción en casi todo lo que desean, igualmente los niños son muy obedientes y quieren mucho a sus padres, su humor es dulce y no quejoso. No conozco más que una sola querella surgida entre ellos desde los seis meses que estamos aquí, lo que proviene de la gran amistad que tienen unos con otros, de manera que si uno está enfermo los otros acuden y le asisten con cuidados maravillosos. Si se da algo a alguno de ellos, lo repartirá con todos los que están con él, aún sin conocerlos; y lo admirable es que los niños también lo observan. Es algo común a todos no ser borrachos ni comilones, sino muy sobrios, y no se creería lo poco que comen y con lo poco que se contentan, sufren a menudo grandes escaseces sin quejarse ni mendigar, lo que se explica porque no piensan en el mañana y viven sin preocupaciones.

Un pequeño cajón cubierto de hojas les sirve de lecho y un tejido de una vara y media de largo por media vara más o menos de ancho es su único vestido, y aun así sólo lo llevan los más ricos y las mujeres, pues los demás se ciñen con un cinturón, muy estrecho que por otra parte se arreglan  de suerte que nunca se los ve descubiertos. Sus coqueterías siguen la sencillez de su espíritu y son naturales todas, como flores, hojas o hierbas aromáticas con las que se hacen guirlandas o se cuelgan en el pelo.

«Los blancos por el contrario, que son muy pocos y descienden de los mahometanos, son soberbios e insolentes, son el mayor obstáculo para el bien, impidiendo en cuanto pueden a esta buena gente abrazar la fe  y engañandolos con sus supersticiones para llevarlos a hacer lo que quieren de ellos. Todo lo bueno de estos blancos  en relación con estos pobres negros es que no los pegan nunca, sino que con dulzura y paciencia llegan a convencerlos. Son las dos virtudes que sobresalen en este país, incluso nuestros franceses, debido al trato con ellos,  han adquirido, quieras o no, estas dos virtudes; pues huyen de las personas rudas y dicen que ellas tienen el corazón duro. Tenemos desde hace poco a cuatro pequeños negros, en los que esperamos, que entienden un poco el francés, hay tres de ellos bautizados, saben rezar a Dios y tienen deseos de aprender lo que es necesario para la salvación. El Sr. de Flacourt los lleva a Francia, no dudo que os deje verlos y espero que un día lleguen a ser muy útiles». Estos niños fueron en efecto acogidos por san Vicente que los educó en San Lázaro, en París.

«Nosotros estamos bien, gracias a Dios, añadía el Sr. Mounier, no hace tanto calor como pensábamos y las estaciones están marcadas tanto el invierno como el verano, igual que en Francia, desde el mes de junio hasta el de septiembre. Termino, Señor, diciendo que estamos encantados de estar en este país, y que todos los días alabamos por ello a Dios; querríamos que todos nuestros Señores hubiesen visto la gran mies que hemos de recoger, y para la cual no podemos dar abasto. Decía yo estos pasados días,  a algunos que vinieran a aprender; uno de ellos me contestó: «Mi corazón lo desea, yo no pido otra cosa, pero no hay más que tú y tu compañero para enseñarnos; es poco para tanta gente». Yo les prometí que vendrían otros, él me respondió: «Mi corazón te quiere, que vivas largo tiempo! Yo estoy encantado».

«Por último, Señor, pido a Nuestro Señor que envíe  obreros a su viña, como se necesitan en este país, muy dulces, muy pacientes, muy mortificados, muy celosos por la salvación de las almas, y que él me haga digno de la gracia que me ha hecho de enviarme aquí».

Continuación de los trabajos apostólicos. Viaje del Sr. Mounier a Imaphales.

El Sr. de Flacourt dejando el gobierno de la isla al Sr. de Pronis, se embarcó para Francia. El Sr. de Pronis, hombre industrioso, pero sin moral, condujo la colonia a su ruina. Perteneciendo a la religión protestante, contrariaba en toda ocasión a los católicos; cruel, exasperó a los indígenas y  los empujó a la indignación y a la revuelta.

Los Misioneros se dedicaban a los trabajos de evangelización. Un día que se anunció una expedición a los soldados, éstos debían estar listos para ir a buscar provisiones a Imaphales. El Sr. Mounier quiso acompañarlos para estar en condiciones de prestar los cuidados de su ministerio los heridos, como lo había hecho en una excursión precedente. Este viaje le había convencido cada vez más de la necesidad de la presencia de un sacerdote en estas excursiones, en que los franceses estaban expuestos a ser las víctimas de la animosidad de los jefes malgaches. Quisieron apartarle, pero nada pudo quebrantar su decisión. El celo de ir el primero a hablar de Dios en lugares donde su sagrado nombre era desconocido, le hacía encontrar dulces las privaciones y las fatigas. Se hacía a sí mismo este reproche tácito que si tanta gente iban con semejante valor, empujados tal vez por  solo motivo de la ganancia o del honor, él, con mayor razón, no podía dispensarse de ir por un plan tan noble. El Sr. Bourdaise escribía a continuación:

» El primer domingo de cuaresma hacemos el paquete, le damos tres buenos negros, para llevar los ornamentos y para ayudarle en caso de necesidad, y al día siguiente parte, acompañando a cuarenta franceses y a doscientos negros, todos muy decididos y en buen orden. Dos días después, tuvimos la noticia que había puesto fin a un escándalo casando a una negra y a un francés, apaciguando así la querella que había surgido entre dos franceses, por causa de ella; lo que nos alegró mucho. Nos dijeron también que otro francés había hecho ya la promesa de casarse para vivir cristianamente».

Durante este tiempo, un desastre del que la colonia no lograría reponerse estallaba en el Fort-Dauphin. Un incendio devora los almacenes de víveres, hace saltar una parte de las vigas y destruye la iglesia. Ay, la expedición ya no había sido feliz.

Enfermedad del Sr. Mounier.

Retomamos el relato del Sr. Bourdaise:

«El 23 de mayo, dice, hacia las tres de la tarde, un francés se asoma a lo lejos en una eminencia. Todo el mundo acude y se arremolina, encantados de saber noticias de la expedición. Pero en seguida, ay, dice con voz entristecida que el viaje había sido desgraciado. Hubierais visto en el mismo instante, la tristeza pintada en el rostro de todos, el gobernador le preguntó si había algún muerto,  él respondió que sólo había uno, pero que se han visto obligados a dejar a doce, muy enfermos a  seis jornadas de allí. Le supliqué que me dijera cómo estaba el Sr. Mounier. Me dijo qu estaba muy enfermo y que desde hacía seis días, le llevaban en una especie de angarillas, que cargaban cuatro negros al hombro. Ah, Dios mío, qué sorpresa! PIdi inmediatamente permiso al Sr. de Laforest. Me lo niega, diciendo que yo también caería enfermo. Vengo a ponerme a los pies de Nuestro Señor, y después de unos momentos de dolor, me levanto. Me pareció que debía ir, para consolar a nuestro querido enfermo, y para llevarle medicamentos. Me vuelvo y pido otra vez al Sr. de Pronis, nuestro gobernador, quien me lo concede esta vez.

«Partí con el mensajero y dos negros para guiarnos, eran las cuatro de la tarde. Caminamos mucho hasta antes de anochecer, y encontramos por fin un pueblo. Nuestros guías no quisieron seguir adelante a causa de las charcas y ríos que se han de atravesar. Me hospedo en la cabaña de jefe y me entero dónde estaban los franceses; me dice que acababa de llegar un negro y dice que estaban a media jornada, y que el sacerdote seguía allí, puesto que estaba muy enfermo. Dios mío, qué larga me pareció esta noche!

«No había luna, sin embargo partimos antes de amanecer y caminábamos deprisa. Por fin nos encontramos a los franceses en tan más estado que no podían ya ni con los fusiles ni dar un paso. El primer saludo fue que nos diéramos prisa si quería encontrar al Sr. Mounier todavía con vida. Entonces lo dejo todo y sigo adelante, lleno de tristeza. Llegamos al pueblo hacia las nueve, Me llevan a la cabaña, ya de lejos le oigo jadear, por lo que veo que se encuentra en la agonía, que se acababa, y que Dios le prolongaba la vida sólo para recibir los últimos sacramentos. Me dicen en efecto que hacía treinta y seis horas que estaba así sin conocimiento.

» Le di al momento la extrema unción en presencia de seis o siete Rohandries y de algunos franceses que no podían más. Mostraban todos tristeza al verle en este estado; así que aproveché para hablarles de la incertidumbre de la vida, añadiendo que el que veían tan cerca de la muerte había venido a enseñarles a creer en Dios y a servirle y a hacerles vivir después en el cielo, donde no tendrían ni sufrimientos ni pena y donde el último esclavo sería un rey muy grande, después de ser bautizado, si había servido bien a Dios; que si el cuerpo de mi hermano iba a morir, su alma sin embargo sobreviviría y que iba a subir al cielo, ya que estaba bautizado y había servido bien a Dios. Me escuchaban bien y me decían «Qué bueno es eso, qué bueno es eso!»

«Luego me fijé en el pobre enfermo y vi que estaba devorado por la fiebre. Me contaron su enfermedad, diciéndome que había comenzado hacías quine días; que siempre había querido caminar a pie, menos lo seis últimos días que le habían puesto en unas andas, donde había sufrido mucho a causa de las ramas y de las espinas que le herían al atravesar los bosques, de manera que todo su rostro estaba herido;  que se había sentido muy molesto por la falta de agua y por último que no había comido nada en cinco días. Con una pluma le refrescamos la lengua y la boca con vino. Veo que esto de aliviaba un poco. Me armo de valor y hago que le froten el estómago, los pies y las manos con vino tibio, y viendo que este remedio le daba algo de valor  seguimos así hasta la una de la tarde; pero al probar de nuevo su pulso, lo encontré muy  muy disminuido y comprendí que ya no había remedio, pero me tenía que resignarme a quedarme solo en una tierra tan lejana.

» Eché un vistazo mentalmente a los trabajos prodigiosos que este hombre tan robusto había soportado en estos seis años, para venir a este país. Dios mío, me decía, qué secretos  son vuestros juicios y qué distintos vuestros caminos de los de los hombres. Vos queréis la conversión de tantos miles de almas en países tan distantes y retiráis tan pronto a las personas que vienen con tanto entusiasmo. Y además, me parecía que la muerte de tan buenos operarios debía ser la semilla de los cristianos, en estas tierras, lo mismo que  que la de los mártires lo había sido, en Europa, en los primeros siglos de la Iglesia. Luego adoraba los divinos designios y me arrojaba en los brazos de la Providencia. Por último, después de estar todos juntos una hora y media o dos rezando y haciendo la recomendación del alma, él pasó de esta vida a la otra tan dulcemente como un niño, sin la menor convulsión ni esfuerzo.

«Después de su muerte, su rostro se volvió hermoso. Ay, no había nadie, ni pequeño ni grande que no manifestara dolor. Su fallecimiento sucedió la víspera de la Ascensión, a las tres de la tarde. El del Sr. Nacquart había tenido lugar el día siguiente de esta fiesta, que es el tiempo que Nuestro Señor hizo su entrada gloriosa en el cielo, y conduciendo a todos esos grandes patriarcas que habían trabajado tanto por su gloria: «Éstos son, continuaba el Sr. Bourdaise dirigiéndose a san Vicente, mi querido y muy honorado Padre,  la pena y el dolor de mi corazón; Éste, os digo, el motivo de mi aflicción que yo temía declararos, Pero bueno, Dios lo ha querido, adoremos su divina Providencia.

«Después de pensar qué haría con el cuerpo, por el calor y el largo camino, me resolví a traerlo al precio que fuera, a fin de colocarlo junto a nuestros Señores, y tenerlo yo cerca, después de la muerte, a aquél que era mi compañero durante su vida. Bueno pues, habiendo caminado toda la noche, llegamos a prolongar, al día siguiente, a las nueve de la mañana. . Todos acudieron a nuestra casa, para llorar al difunto, y consolarme a mí por esta pérdida tan dolorosa. Pero ay, si Tobías no podía consolarse por haber perdido la vista, ¿cómo lo habría podido y mismo, privado de dirección espiritual y temporal? Dije la misa solemne de los difuntos por el descanso de su alma, el día de la Ascensión de Nuestro Señor, y le enterramos con todos los honores posibles. Ni un solo negro que no estuviera presente ni declarara su dolor. Hecho lo cual, me retiré para pensar, en mí. Viendo la incertidumbre la vida, hice el inventario de todo. Luego repasé la vida de nuestro difunto, y traté de llevar a cabo, yo solo,  lo que nuestros cohermanos tienen costumbre de hacer en nuestras casas.

Las virtudes del Sr. Mounier.

«Oh qué entretenimiento más dulce era recordar las virtudes de aquél cuya pérdida acababa yo de experimentar! Me acordé del celo y del afecto con los que me hablaba de la virtud, cuando estábamos juntos en el seminario. El amor que profesaba a la Santísima Virgen era tan grande, que no podía ocultarlo; hablaba continuamente de esta gloriosa Reina, y le gustaban tanto las fiestas que la Iglesia celebra en su honor, que esos días estaba con una devoción extraordinaria;  había compuesto incluso discursos para todas sus fiestas y sobre todas las virtudes de esta Madre de pureza. Había hecho voto de rezar todos los días el rosario, con el fin de que ella le consiguiera la gracia de venir a estos países extranjeros.

«Por lo que se refiere a las maceraciones  y austeridades del cuerpo, no ha dejado nunca la disciplina y las vigilias, y le he visto a menudo pasar los días de ayuno con un poco de arroz al agua y queso. Sufría mucho los días de abstinencia por no querer comer grasa, la cual sirve aquí de mantequilla que no la hay aquí.

Su deseo ardiente de sufrir se ha visto bastante, cuando pasó dos años pidiendo limosna en Picardía y en Champaña, durante las guerras y el hambre. Tenía que ir a pie a cuatro o cinco parroquias para servirlas,  tener cuidado de los enfermos y darles de comer. Qué injurias, qué afrentas no ha sufrido! Cuántos azares no ha corrido!

«Pero bien, ¿no voy a hablar de los deseos ardientes que tenía de entregar su vida a Dios en los países lejanos, de las fatigas y trabajos prodigiosos que ha soportado para disponer las cosas de este viaje?  Ciertamente, resultaría demasiado largo, os las dejo pensar, ya que habéis sido testigos como yo; no os contaré tampoco las penas extrañas que debió padecer durante la travesía. Me contentaré con deciros los trabajos que ha pasado en el último viaje de las Imaphales, que le ha sido el más agradable, pues le ha hecho sufrir hasta la muerte. Ha debido hacer más de doscientas leguas a pie, por caminos estrechos, levantados, y a través de las montañas; comer algo de carne resecada y beber agua pestilente y estancada, durante un mes; no comer sino en mínima cantidad habas silvestres, cocidas en agua, sin sal ni salsa; pasar tres días de marcha sin hallar un gota de agua para beber, y con todo eso bajo la fiebre diaria. Los Franceses me cuentan los males que había sufrido, decían que durante seis días, había sido llevado por dos hombres, como un muerto, en un lienzo colgado de un bastón y que, durante todo el camino, se había golpeado contra las rocas y contra los árboles, y que una vez entre otras, en medio de un gran frío, tuvo que atravesar un río, casi entre dos aguas, y que sacaron su cuerpo todo lívido y como un cadáver.

«Comprendo que eso es mucho; pero ¿qué pena de espíritu, qué dolor mayor todavía no sentía él, cuando veía tantas ofensas contra Dios, sin poder ponerles remedio?  Qué calumnias no ha tenido que sufrir, de qué dolorosas  impresiones no se ha visto atormentada su conciencia delicada? Le preguntaban si no tenía algo que decir: respondió que habría deseado confesarse. Como los franceses le decían que se quedara a unas veinte leguas de la habitación, él respondió que había que sufrir y regresar pronto para que yo me viera libre de hacer un viaje ya proyectado.

«Tantos trabajos ¿habrían sido inútiles? Claro que no, pues Dios que veía su corazón bendijo de manera particular su viaje; remedió muchos desórdenes y calentó el corazón de estos idólatras con el deseo de abrazar la religión cristiana; lograba que rezaran a Dios, tarde y mañana,  los franceses y los negros. Durante ese viaje, dijo la misa, todos los domingos y fiestas, hizo que cumplieran con pascua una gran parte de los franceses  y socorrió a los enfermos con un gran celo. Muchos me han asegurado que había ayunado siempre y había rezado el breviario durante todo el viaje, que es una gran fatiga. Esto es, Señor y muy honrado Padre, lo poco que he podido descubrir de sus virtudes, desde que he tenido la suerte de estar con él. Sé que se ocultaba lo que podíay que muchas de sus virtudes no nos serán conocidas hasta la otra vida».

El 25 de junio de 1656, san Vicente escribía  al Sr, Martin, Superior de la casa de Turín: «Un navío (el Saint Georges) ha llegado a Nantes, procedente de Madagascar. Nos ha traído noticias. Las cartas del Sr. Bourdaise nos han consolado y afligido al mismo tiempo. Nada os voy a decir por ahora de los motivos de este consuelo, aguardando a que os informe cuando pueda enviaros una copia de su relato. Pero la asistencia que debemos a nuestros difuntos, de cuyo número forma parte el Sr. Mounier, me obliga a comunicaros nuestro dolor, para procurar a su alma el auxilio de nuestras oraciones, aunque tengamos razones de sobra para creer que no las necesita. Ha muerto por un exceso de celo y de austeridad de vida, y la forma de que vivía siempre nos debe hacer pensar que ahora goza de la gloria con la que Dios corona a los obreros evangélicos que mueren con las armas en la mano, como él lo ha hecho». –Memorias de la Misión. Madagascar. Suplemento en los Anales de la Misión, 1 de abril de 1895.

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