François du Coudray (1584-1649)

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Autor: Noticias de Misioneros .
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El Señor Francisco du Coudray nació en Amiens en 1586. Fue ordenado sacerdote en setiembre de 1618 y admitido en la pequeña familia de san Vicente en 1626 . Su nombre figura el primero al lado del de san Vicente de Paúl en el acta notarial, por la que los Srs. Portail y de la Salle reconocían al Sr. Vicente como su Superior, y ésta va escrita totalmente de su mano.

El Sr. du Coudray había hecho excelentes estudios en Sorbona; perece según algunos indicios que había recibido el birrete de Doctor. Su conocimiento de los Libros sagrados y de las lenguas antiguas era muy extenso. Sabemos este detalle por una carta de san Vicente (de la que hablaremos más tarde) que le disuade de hacer una nueva traducción de la Biblia.

Le vemos en octubre de 1627 trabajar con san Vicente en la misión de Verneuil, como nos lo dice el santo en persona en su carta a la Srta. Le Gras:

«Ya que vuestra buena señorita quiere pues que su caridad corporal presente no dañe a la espiritual en el futuro, y que se distribuya ahora lo que ella nos ha entregado, os ruego que nos enviéis por el Sr. du Coudray, portador actual, la suma de cincuenta libras y tranquilizadla que Nuestro Señor mismo se lo devolverá en buena moneda, y que ya he comenzado a aplicar cuatro, en este lugar, para fundar la caridad que se establece aquí, y donde se encuentran necesidades temporales muy grandes junto con las espirituales, cantidad de hugonotes que hay, ricos, que se sirven de algunos alivios que dan a los pobres para corromperlos, con lo que causan un mal indecible. Nos enviaréis además cuatro camisas, y presentad nuestras muy humildes recomendaciones a vuestra buena señorita, por favor, y hacedme el favor de tranquilizar vuestro corazón que con tal que honre la santa tranquilidad del de Nuestro Señor en su amor, le será agradable, y soy en este mismo amor,

«Vuestro muy humilde servidor, VICENTE DE PAÚL»

Al año siguiente, hallándose san Vicente en Beauvais escribió al Sr. du Cournay que se encontraba en París, para pedirle noticias de la Compañía:

«¿Cómo está la Compañía? ¿Está todo el mundo en buenas disposiciones y bien contentos? Se observan los pequeños reglamentos, se estudia y se ejercita en las controversias? ¿observáis en todo el orden prescrito? Os ruego, Señor, que se trabaje cuidadosamente en esto, que se procure tener el pequeño Becan; imposible decir qué útil es este librito para esto. Dios ha querido servirse de este miserable (hable de sí mismo) para la conversión de tres personas, después de salir yo de París; pero debo confesar que la dulzura, la humildad y la paciencia, al tratar con estos pobres descarriados, es como el alma de este bien. He necesitado dos días de mi tiempo para convertir a uno; los otros dos no me han robado el tiempo. Os lo he querido decir para mi confusión, para que la Compañía vea que si Dios ha querido servirse del más ignorante y más miserable del equipo, se servirá todavía con mayor eficacia de cada uno de los demás».

 

La familia religiosa, que estaba bajo la dirección de san Vicente, había sido aprobada por la autoridad eclesiástica en 1626 y su acta de fundación fue al año siguiente (mayo de 1627), revestida con el sello de la autoridad real.

Pero san Vicente deseaba una aprobación más alta, la del Soberano Pontífice. A fin de conseguirla con mayor seguridad, resolvió enviar a Roma a uno de sus sacerdotes, hábil y prudente que debía negociar este asunto. Su elección cayó en el Sr. du Courday.

Acababa de llegar a Roma cuando san Vicente le escribió el 20 de julio de 1631.

«ya estáis pues en Roma, donde está la cabeza visible de la Iglesia militante, donde están los cuerpos de san Pedro y de san Pablo, y de tantos otros mártires y santos personajes, que en otros tiempos dieron su sangre y su vida para Jesucristo. Oh Señor, qué suerte la vuestra de caminar por la tierra que han pisado tantos personajes grandes y santos!. Esta consideración me conmovió tanto cuando estuve en Roma hace treinta años que, aunque me viera cargado de pecados, no dejé de enternecerme y hasta derramar lágrimas, me parece. Pienso, Señor, que es esta misma consideración la que os fortaleció y conservó la noche que llegasteis a Roma; allá, después del agotamiento de un camino de treinta millas que hicisteis a pie, os visteis obligado a dormir en el suelo y a trabajar al día siguiente con el ardor del sol para entrar en la ciudad. Oh qué méritos estáis haciendo!»

El Sr. du Coudray encontró en roma muchas dificultades para obtener la aprobación del nuevo Instituto; comunicó a san Vicente los obstáculos que encontraba y el santo Fundador le escribió para animarlo hacia finales de agosto de 1631.

«Debéis hacer comprender que el pobre pueblo se condena, por no conocer las cosas necesarias a la salvación, y por no confesarse. Que si Su Santidad conociera esta necesidad no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para remediarlo, y que es conocimiento que se tuvo el que hizo erigir la Compañía para, de alguna manera, ponerle remedio, que para hacerlo es necesario vivir en Congregación y observar cinco cosas como fundamentales de este plan: 1º dejar el poder a los obispos de enviar a los Misioneros a la parte de su diócesis que quieran; 2º que dichos sacerdotes estén sometidos a los párrocos adonde vayan a dar la misión, durante el tiempo de ésta; 3º que no reciban nada de esta pobre gente, sino que vivan a sus expensas; 4º que no prediquen, ni catequicen ni confiesen en las ciudades donde hay arzobispado, obispado o Tribunal de apelación, exceptuados los ordenandos o los que hagan ejercicios en la casa; 5º que el Superior de la Compañía tenga la dirección total de ésta; y que estas cinco máximas han de ser como fundamentales de esta Congregación.

«Notad que el parecer del Sr. Duval es que no hace falta que se cambie nada en absoluto en el proyecto del que os envío las memorias; en cuanto a las palabras, pase; pero en cuanto a la sustancia [99], es necesario que quede como está; que no se podría cambiar nada ni quitar, sin que causara un gran perjuicio. Este pensamiento es sólo suyo, sin que yo haya hablado de él. Manteneos firme en él y haced comprender que hace muchos años que se piensa en esto y se tiene experiencia de ello».

El Sr. du Coudray continuaba negociando con celo. Los ánimos de su Padre no le faltaban; le indicaba los motivos más graves en su carta del 4 de setiembre de 1631.

«Un gran personaje en doctrina y en piedad me decía ayer que era de la opinión de santo Tomás: que el que ignora el Misterio de la Santa Trinidad y el de la Encarnación, si muere en ese estado, muere en estado de condenación, y sostiene que es el fondo de la doctrina cristiana. Bueno pues, eso me impresionó tanto y me impresiona todavía que temo condenarme yo mismo por no ocuparme incesantemente en la instrucción del pobre pueblo. Qué motivo de compasión, quién nos excusará delante de Dios por la pérdida de un número tan grande de hombres que pueden salvarse por el pequeño socorro que se les puede dar?. Quiera Dios que tantos buenos Eclesiásticos que los pueden asistir entre el mundo lo hiciesen Pedid a Dios, Señor, que nos concedas la gracia de aumentar el celo por la salvación de estas pobres almas».

Las gestiones del Sr. du Coudray comenzaban a tener algún éxito, pero con el fin de apresurar la conclusión del asunto, quiso ayudarse de personas bien situadas y presentar sus memorias por ellas. Se lo comunicó a san Vicente el 23 de diciembre de 1631:

«En cuanto a las memorias que deseáis que sean presentadas por otros que tengan menos interés en la cosa, yo consentiría también , aunque me parece que sea bastante ingenuo; pero qué remedio. Quien dice las cosas buenamente como son y se somete, Dios acepta, creo yo, este proceder. La verdad y la humildad se entienden bien juntas».

Por último, el Sr. du Coudray pudo anunciar a san Vicente el pleno éxito de la misión que le había sido encomendada; la Bula de Urbano VIII (12 de enero de 1632) erigió en Congregación a la Compañía naciente de los sacerdotes de la Misión, y el Soberano Pontífice pidió al oficial del Arzobispo de París que se aprobaran las reglas.

Él mismo aprobó la elección de san Vicente como Superior.

Este primer resultado recibido alegró a san Vicente y a su Congregación naciente, pues la bendición del Vicario de Jesucristo les era querida. Esta acta de Urbano VIII daba a la Congregación una vida real y un lugar, en cierto modo oficial, entre las familias religiosas que trabajaban en la defensa de la santa Iglesia.

Pero lo que alborozaba a san Vicente y a sus discípulos, indispuso también en Roma que en París una congregación poderosa entonces y cuyo Superior general era el Padre Bourgoing a quien san Vicente había remplazado en el curato de Clichy.

El Sr. du Coudray dio parte de lo que veía y oía a fin de que san Vicente bien informado pudiera trazarle una línea de conducta, y recibió esta respuesta con fecha del 12 de julio de 1632:

«Cuando haya recibido los testimonios que la Congregación desea de Mons. el Nuncio y de Mons. el Arzobispo, os los enviaré, si es que podemos conseguirlos.; ya que, es cierto, se trata de enredarnos, como me habéis informado, y eso que se trata de la persona de quien deberíamos esperar la mayor ayuda después de Dios; pero todo ello no me sorprendería sin mis pecados que me dan motivo de temer , no ya el éxito de la cosa que tarde o temprano se concluirá, tanto aquí como allí; pero yo no sabría expresaros cuánto me sorprenden los artificios! El R. P. General desaprueba sin embargo todo eso y me ha prometido escribir a Mons. el Cardenal Barberini, al Sr. Embajador y al R. P. René, Cuando tenga sus cartas, os las enviaré; no obstante vos actuaréis, por favor, lo más cristianamente que os sea posible con los que nos estorban; yo los veo aquí también con frecuencia y cordialmente, por la misericordia de Dios, como yo lo hacía; y me parece que, por la gracia de Dios, no sólo no les siento aversión, sino que los honro y aprecio más; y os diré más, que no me he quejado aún al P. de Gondi por miedo a indisponerle en su vocación. Es verdad, (lo que han escrito de la otra parte), que el P. B… ha ido en misión a Normandía con seis o siete, hace unos quince días después de Pascua , y que yo les he entregado al Sr. Renard, porque me lo han pedido, para conformarse a nosotros; y que a partir de entonces, uno de los suyos ha venido a pasar dos o tres días en una de nuestras casas de esta Diócesis para ver cómo se hace; y si les place venir más, serán bienvenidos; pues no creería ser cristiano si no participara o si no me esforzara por participar en aquello de ojalá todos profetizaran de san Pablo. Ay, Señor, el campo es tan grande! hay pueblos por miles que llenan el infierno; todos los eclesiásticos no serían suficientes, con todos los Religiosos para poner remedio a esta desgracia ¡ ¿sería preciso que fuéramos tan miserables envidiando que esas personas se dedicasen a al socorro de estas pobres almas que se van incesantemente perdiendo? Oh, ciertamente, sería ser culpable del cumplimiento de la voluntad de Jesucristo en la tierra! Que si nos lo quieren impedir, a nosotros, debemos rezar, humillarnos, hacer penitencia por los pecados que hayamos cometido en el ministerio santo. Os suplico después de esto, Señor, que nos dejéis de ver a estos Padres, y de hacer con ellos lo que Nuestro Señor aconseja hacer con los que ejercen e impiden, y pedir por ellos a quienes ha dado Dios caridad por nosotros y no perjudicarlos de palabra ni de obras».

Pero las dificultades que encontraba san Vicente no le impedían continuar con un celo siempre admirable las buenas obras emprendidas y comenzar otras nuevas.

La obra se los ordenandos había producido frutos maravillosos. La obra de las conferencias eclesiásticas, que debía rendir al clero tan grandes servicios, iba a tener nacimiento.

Así es como san Vicente habla de ella al Sr. du Coudray, el 5 de julio de 1633. para animarle en las dificultades que encontraba en Roma

«conviene que sepáis, lo que creo que no os he escrito aún, que ha querido la bondad de Dios dar una bendición muy particular, y que no es imaginable, a los ejercicios de nuestros ordenandos; es tal que todos los que han pasado por ellos, o la mayor parte, llevan una vida tal y como debe ser la de los buenos y perfectos eclesiásticos. Hay incluso [103] muchos que son considerables por su nacimiento o por las demás cualidades que Dios ha puesto en ellos, que viven también según una regla en sus casas como vivimos nosotros, y son tan interiores incluso más que varios de nosotros; se entregan a visitar los hospitales y las prisiones, donde catequizan, predican, confiesan , como también en los colegios, con bendiciones muy particulares de Dios. Entre otros muchos, hay doce o quince en París que viven de esta manera, y que son personas de condición; lo que comienza a ser conocido del público. Así pues, estos días pasados uno de ellos hablando del estilo de vida que llevaban los que habían pasado con él por los ejercicios de los ordenandos, propuso un pensamiento que había tenido para unirlos entre sí a modo de asamblea o de compañía, lo que se ha hecho con plena satisfacción de todos los demás. El fin de esta asamblea es entregarse a la propia perfección, a procurar que Dios no sea ofendido, sino que sea conocido y servido en sus familias, y a procurar su gloria en las personas eclesiásticas y entre los pobres, y esto bajo la dirección de una persona de allí donde deben reunirse cada ocho días. Y como Dios ha bendecido los retiros que muchos párrocos de esta Diócesis habían hecho aquí, estos señores han deseado hacer lo mismo y ya han comenzado. Se manera que hay razones para esperar grandes bienes de todo esto, si agrada a nuestro Señor dar su bendición a su obra que yo recomiendo especialmente a vuestras oraciones».

El Sr. du Coudray continuó poniendo a san Vicente al corriente de lo que podía servirle de interés. Le anunció hasta que una compañía de eclesiásticos de Provenza tenía la intención de unirse a la Congregación.

San Vicente le respondió a propósito el 17 de enero de 1634: [104]

«¿Qué os diré de esos eclesiásticos de Provenza? Habéis visto la carta que me han escrito, cómo se han unido a la Congregación de san Pablo de Matha, que me informan que tienen el mismo proyecto que nosotros; que si queremos unirnos, que lo podrán comprender y venir con uno de la Congregación del R. P. Paul a esta ciudad para hablar juntos. Alabo a Dios porque ha visto agradable suscitarse en este siglo tantas almas buenas y santas para la asistencia del pobre pueblo, y le ruego con toda la fuerza de mi corazón que bendiga los planes de todos estos eclesiásticos y les haga salir adelante para su gloria. En cuanto a la unión, es de desear; pero las uniones requieren un mismo fin, unos mismos medios y también un mismo espíritu. Aunque se tengan los mismos planes, no se deje separar. Todas las órdenes de la Iglesia tienen el mismo fin que es la Caridad y, a falta de tener los mismos medios, no se ponen siempre de acuerdo. Una orden tiene el mismo fin, los mismos medios y el mismo espíritu, y no dejan con frecuencia de tener discordias. Digo esto, Señor, para que veáis, si nos unimos, que tengamos el mismo fin, los mismos medios, el mismo espíritu, y que antes de unirnos, seamos informados mutuamente de nuestras pretensiones, de los medios de llegar, si tenemos un mismo espíritu. Pues bueno, para ser informados, tienen razón al proponer que nos veamos. Si nos hacen esta caridad, Dios sabe con qué ganas los recibiremos, y que feliz y sencillamente procederemos a ello. Doy respuesta a este buen eclesiástico, vos la veréis; y si está en la misma disposición que me ha demostrado, y que el P. Paul esté también allí, vos se la entregaréis; pero si no está no se la entregaréis, y si está, y el P. Paul no quiere entrar, vos veréis si será oportuno entregársela. Si verdaderamente desean unirse a nosotros, tender al mismo fin, adoptar nuestros medios y enviar a algunos aquí para recibir el espíritu; pienso que no habría nada que discutir».

El Sr. du Coudray que tenía, según se ha dicho, un gran conocimiento de los libros sagrados y de las lenguas hebreo y sirio, quiso dar una nueva traducción de la Biblia. Pero, como hijo de obediencia, no quiso hacer nada sin hablar de ello a su superior: y ésta es la respuesta que recibió, el 16 de febrero de 1634:

«Os ruego que no os detengáis ante la propuesta que se os ha hecho de trabajar en esta versión. Yo sé muy bien que serviría para satisfacer a la curiosidad de algunos, pero no, ciertamente, según creo, a la salvación de las almas del pobre pueblo, al que la Providencia de Dios ha planeado desde toda la eternidad dedicaros; os debe ser suficiente, Señor, que por la gracia de Dios , habéis empleado tres o cuatro años para aprender el hebreo y que sepáis lo suficiente para sostener la causa del Hijo de Dios en su lengua original y para confundir a sus enemigos en este reino. Piense que hay miles de almas que os tienden las manos y que os dicen: Ay Señor, habéis sido escogido por Dios para contribuir a salvarnos; tened pues compasión de nosotros, y venid a darnos la mano para sacarnos del mal estado en que estamos; ved que estamos sumidos en la ignorancia de las cosas necesarias a la salvación, y en los pecados que nunca hemos confesado por vergüenza, y que, por falta de vuestro socorro, corremos gran peligro de condenarnos.

«Pero, además de los gritos de estas pobres almas, que la caridad nos hace oír interiormente, escuchad también, por favor, Señor, lo que mi corazón dice al vuestro, que se siente muy apremiado por el deseo de ir a trabajar y de morir en las Cévennes, y que irá allá, si no venís pronto, a esas montañas, desde donde Monseñor[106] el obispo pide auxilio y dice que este región que fue en otro tiempo de las más florecientes en piedad de todo el Reino está ahora toda empecatada y que su pueblo se muere de hambre por la palabra de Dios».

En el mes de julio del mismo año, san Vicente volvió a escribir al Sr. du Coudray para pedirle que consiguiera a los misioneros, que van a los campos, las indulgencias concedidas a los Padres Jesuitas y a los Padres del oratorio. En esta misma carta, le pidió indulgencias para las Cofradías de la Caridad, dio a conocer el bien considerable operado en París por damas de calidad que formaban parte de ellas:

«Haced lo posible para lograr las indulgencias que Su Santidad ha dado a los RR. PP. jesuitas y a los Padres del Oratorio cuando van de Misiones al campo. Hay una indulgencia plenaria a los que se confiesan a ellos y luego comulgan. Quiera Dios que podáis obtener para las cofradías de la caridad que, por la gracia de Dios, hacen cosas maravillosas. Nosotros la hemos erigido en diversas parroquias de esta ciudad, y desde hace algún tiempo tenemos una compuesta de cien a ciento veinte damas de calidad, quienes, cada día, de cuatro en cuatro, van a visitar y a socorrer entre ochocientos o novecientos enfermos, llevándoles gelatina, consomés, confituras y toda clase de dulces, además de la porción ordinaria que la casa les suministra, y esto para disponer a esta pobre gente para hacer una buena confesión general de su vida pasara y procurar a los que mueren partir de este mundo en buen estado y los que sanan hacer buen propósito de no ofender más a Dios».

Esto se hace con una bendición especial de Dios, no sólo en París, sino también en los pueblos, sea por esta cofradía, sea por los que les proporcionan las limosnas.

Entre las numerosas cartas que san Vicente escribió a este celoso Misionero, citemos la del 6 de noviembre de 1634, en la que da al Sr. du Coudray una lección encantadora de sencillez y nos da conocer al mismo tiempo su atractivo por esta virtud.

El Sr. du Coudray se había quejado a san Vicente y parecía dudar de su sinceridad. Ésta es la respuesta que recibe:

«Os suplico muy humildemente que no deis ocasión a ningún sentimiento contrario al que yo veo en vuestra carta y que tenéis de mío de este buen Padre. Sabéis que la bondad de vuestro corazón me ha dado, por la gracia de Dios, la libertad de hablaros con toda confianza y de no ocultaros ni disfrazaros ninguna cosa, y me parece que habéis podido notar algo hasta el presente en mi modo de proceder con vos. Jesús, buen Dios, caería yo en la desgracia de hacer o decir algo contra la santa virtud de la sencillez con relación a vos. Oh Dios, que Dios me guarde, Señor, como también con cualquiera que sea. Es la virtud que más quiero, eso me parece, y la que más me aprecio en mis acciones, y si se me permite hablar así, diré que con algún progreso, por la misericordia de Dios. En el nombre de Dios, mi padrecito, rechazad esos pensamientos como tentaciones que el espíritu maligno pone en el vuestro, y creed que mi corazón no es tanto el mío como el vuestro, y que y que sois para mí satisfacción y consuelo mucho más de lo que lo soy conmigo mismo.»

A finales del año de 1637, la duquesa de Aiguillon fundó una casa en su ducado de Aiguillon y, con el consentimiento del obispo, estableció a los misioneros en la Peregrinación de de Nuestra Señora de la Roze (diócesis de Agen). Más tarde, en 1640, Mons. d’Elbène, obispo de Agen, puso a perpetuidad el curato en la capilla de Nuestra Señora de la Roze.

El Sr. François du Coudray fue elegido como primer superior de esta casa pero no duró más que un año, pues apenas se había organizado esta casa cuando san Vicente le envió a tomar la dirección de la nueva casa fundada en Troyes, y donde había un seminario y una misión.

El 12 de marzo de 1638, Mons. René de Bresles, obispo de Troyes dio a la Congregación una casa situada en la calle mayor del barrio Saint-Michel. Pedía seis sacerdotes para la dirección del seminario y para la misión ; con la carga de recibir cada semana en retiro a un párroco o a otro eclesiástico enviado por el obispo, y por último a los ordenandos durante diez días en las cuatro témporas.

Después de poner en orden el seminario y la misión, el Sr. du Coudray, fue enviado después a la misión de Toul. San Vicente quería, para representarle en este desdichado país, a un misionero que pudiera secundar su acción caritativa.

Era el momento en que la Lorena pasaba su mayor desolación. Escuchemos lo que dice Collet:

«Una parte de las ciudades, de los burgos y de los pueblos estaban desiertos, los demás estaban reducidos a cenizas. Aquellos de los que el soldado no se había podido apoderar sufrían todo lo que la peste y el hambre tienen de más terrible; sus habitantes lívidos, demacrados, desfigurados, se sentían con suerte, cuando se podían come en paz la hierba y las raíces de los campos. La bellota y los frutos silvestres se vendían comúnmente en el mercado para la alimentación para la alimentación del hombre. Los animales muertos por sí mismos, las carroñas más infectas eran objeto de su avidez, o más bien rabiosamente. Una madre se asociaba a otra para comerse a su propio hijo con la promesa de pagarle con la misma moneda. Colgaron a las puertas de Nancy a un hombre convencido de haber matado a su hermana por un pan de suministro. Todo lo que las ciudades de Samaria y de Jerusalén tuvieron de más terrible era todavía menos de lo que se vio entonces. No sabemos que durante el sitio de la ciudad santa los niños habían devorado a quienes les dieron la vida; estos horrores quedaban reservados a la Lorena, y no nos atreveríamos a relatarlos, si no tuviéramos ante los ojos a autores contemporáneos que nos han transmitido la funesta memoria. Es lo que le hizo decir al Padre Caussin, que vivía entonces y que era confesor de Luis XIII, que la Lorena era el único país del mundo que hubiera dado al universo un espectáculo tan horrible como el del último sitio de Jerusalén: Sola Lotharingia Ierosolimam calamitate vincit.»

San Vicente envió nuevos socorros, y el Sr. du Coudray estaba encargado de mandarlos distribuir.

Es también el momento en que el santo se multiplicaba para salvar a esta pobre región. Así se expresa Collet:

«Las penas que pasó el santo sacerdote no fueron infructuosas. Se vio poco a poco en situación de salvar la vida y a menudo el honor a los habitantes de veinticinco ciudades y de un número infinito de burgos y de pueblos, que se veían en las últimas; dio de comer a una multitud de gente hambrienta; él hizo llegar a un montón de enfermos que se acostaban a menudo en las plazas públicas todo género de auxilios que podían esperar de la caridad más sensible. Procuró ropas a los que no las tenían, es decir(pues se podía engañar) no sólo a un número prodigioso de gentes de la hez del pueblo, sino también a cantidad de jóvenes de condición que se hallaban a punto de perecer en más de un sentido, a cantidad de religiosos cuyos monasterios habían sido saqueados; a cantidad de vírgenes consagradas a Dios, que estaban tan desfiguradas como aquellas de quienes habla Jeremías: que en su mayor parte no tenían ni velos ni calzados y que, cubiertas de andrajos igualmente ridículos y extraños, habían hasta entonces anunciado inútilmente a toda Europa el exceso de su aflicción y de su pobreza.

«Como una sabia economía en el manejo de las limosnas es uno de los mejores medios de que se pueda uno servir para valorar a los que los hacen, y hacerlos útiles a los que los reciben. Vicente tomó en la distribución de que se había encargado todas las medidas de una prudencia consumada. Envió a doce de sus Misioneros llenos de celo a diferentes lugares de la región. Les asoció algunos Hermanos de su congregación que tenían secretos contra la peste, y que sabían de medicina y de cirugía, les trazó un largo y sabio reglamento, por medio del cual no podían ofender ni a los obispos, ni a los gobernadores ni a los magistrados. Les prescribió consultar a los párrocos o, cuando no los había, lo que pasaba con frecuencia, a las personas más cualificadas de los lugares que visitaban, a fin de evitar la sorpresa y de proporcionar los auxilios a las necesidades y a la condición de aquellos a quienes les debían ser aplicados. Aunque las damas de su asamblea se refiriesen absolutamente a él, y le dejaran una libertad total de disponer a su gusto de las grandes sumas que le ponían en las manos; no hizo nunca nada sin pedirles el parecer; con frecuencia incluso quería recibir, por sí mismo o por otros, las órdenes de la reina, a fin de seguir en todo la intención de los bienhechores, y de evitar toda sospecha de acepción de personas».

Encontramos en esta fecha (1640) dos cartas de san Vicente al Sr. du Coudray relativas al socorro que le enviaba dan a conocer la caridad del santo y la sabia prudencia que ponía en la distribución de las limosnas.

Ésta es la primera, con fecha del 17 de junio de 1840:

«Enviamos todo lo que tenemos para los religiosos y para las religiosas. Por la carta que escribo al Sr. Villeteau, y que vos sellaréis veréis el sentimiento de la Sra. duquesa de Aiguillon sobre el asunto de la distribución. Mathieu os lleva vuestro pequeño cometido, vos ajustaréis vuestros gastos a esto. en cuanto a las 2000 libras que habéis recibido del Sr. de Saint-Nicolas para las religiosas, en nombre del Dios, Señor, , no quitéis nada de ellas para vuestro uso, bajo cualquier pretexto de caridad que sea. No existe caridad que no vaya acompañada de justicia, ni que nos permita hacer más de lo que podemos razonablemente. No os digo nada sobre el asunto del S. F., sino que me parece bien que lo hable con el Sr. Midot y que vos contéis con él sobre vuestras diferencias amistosamente, mientras que el Sr. presidente de Trélon esté ahí, quien podrá moderar los pequeños calores. Sería de desear que estos señores vieran bien que las cosas volvieran al primer estado; pero habiendo dispuesto la Providencia otra cosa por este bueno y santo prelado difunto, hay que someterse, visto que no hay que esperar que la justicia disponga de otro modo, ni conveniente intentarlo.

«Todas las visitas que he hecho hasta el presente en Richelieu y en Troyes se han hecho con tanto fruto y bendición que he visto la verdad de lo que se dice de los Cartujos: que entre los medios por los que se conservan en su primera observancia está la visita anual. Por eso he pensado que es conveniente que hagamos las nuestras cada año, y que para ello, no pudiendo ir yo mismo en persona para hacerlas en Lorena, envío allí al Sr. d’Horgny, cuya sencillez y piedad, y su exactitud en la observancia del pequeño reglamento de la casa vos conocéis; os suplico, Señor, que le recibáis en esta calidad, y le mostréis la misma confianza que a mí, sabéis que sois vos quien nos le habéis dado y el agradecimiento que conserva, y la estima en que os tiene, hará, así lo espero, que obréis de suerte que todos de la casa se aproveche de esta acción, que no se hace sin gran fruto y bendiciones. Acabo de enviar al Sr. Lambert a nuestra casa de la Roze con el mismo fin, y espero ir a hacer lo mismo a mediados del otoño respecto de Troyes, Génova y otros lugares, si Dios me da vida y salud para ello. Importa que dicho señor no sea conocido en Toul por el que es, por muchas razones. Os contará nuestras pequeñas noticias, y como os abrazo en espíritu con toda la humildad y el afecto posible».

La segunda carta tiene fecha del 10 de julio de 1640:

«Éste es Mathieu quien os lleva vuestro cometido, nos enteramos por el Sr. Presidente del estado del asunto del Sr. de Fleury, y veremos luego. Os he escrito que hagáis las distribuciones por el orden del Sr. de Villereau, y que las mandéis hacer así. Estimo que habéis recibido orden firmada de él y que la seguiréis con exactitud. Os ruego también muy humildemente que recojáis recibo en cada monasterio de lo que deis, y en cuanto a las distribuciones que hacer en las demás ciudades donde hay personas de nuestra Compañía, les insistiréis en esto; que sigan con exactitud el orden que nos ha dado dicho señor de Villereau, que recojan recibo de todo lo que den pues lo necesitamos, y que bajo ningún pretexto no se quite ni se aplique a otras partes ni una blanca; y vos me enviaréis, por favor, por el Hermano Mathieu, una copia de las cuentas firmada por el Sr. de Villereau y de su ordenanza, si la hay, y me avisaréis cada mes de las sumas particulares que distribuís. Se las enseño a estas buenas Damas, todos los meses, de todos los demás lugares. Sólo me queda Toul por hacer, y ello las consuela enormemente. Empleamos, el sábado pasado, dos o tres horas en ver las otras cartas, que las llenaban de regocijo. Esto es, Señor, lo que tenía que decirle por ahora, que me preocupa vuestra salud, y eso os pido con todo el afecto que puedo en Nuestro Señor en cuyo amor y en el de su santa madre, soy, etc. …»

En 1642, encontramos al Sr. du Coudray en la primera asamblea general; y después de la clausura de la asamblea, se queda en París.

Al final de este mismo año, una carta de san Vicente del 28 de noviembre nos anuncia la partida del Sr. du Coudray para Argel. El conocimiento que tenia de la lengua árabe le hacía idóneo para la delicada negociación de liberar esclavos. Veamos lo que dice san Vicente:

«El Sr. du Coudray se va a Berbería para la liberación de unos ochenta esclavos, y con el fin de dar la misión entre los demás que son en número de diez mil, en Argel».

Se adelantó a los misioneros que tres años más tarde vinieron a fijarse en Argel.

A finales de 1644, volvemos a encontrar a du Coudray, superior de la Roze, casa que había fundado en 1638. Mons. Pavillon, obispo de Alet, mucho tiempo dedicado a las misiones por san Vicente, había conocido al Sr. du Coudray. Tenemos de él una carta dirigida al superior de la Roze del 23 de mayo de 1645. Es ésta:

«Señor,

Yo he dado cartas de orden al Sr. Lucas [115] que regresa lleno de una fuerte resolución de corresponder más fielmente que nunca a su vocación, y reparar en adelante por una profunda humildad y ciega obediencia las faltas que podría haber cometido, -Os suplico muy humildemente que tengáis a bien ayudarle en este plan por los cuidados caritativos que tendréis de su persona, luego por la confianza cordial que se propone en adelante tener en vos.

«Os agradezco de todo corazón por la acogida caritativa que disteis al eclesiástico de mi diócesis que tome hace algunos meses de dirigiros para los ejercicios espirituales. No puede por menos que testimoniar las grandes obligaciones que siente por vos, y repite que no serán en balde las santas y saludables instrucciones que ha recibido de vos. Añadid a esta primera gracia una segunda por favor con respecto a mí, que es que os acordéis de mi miseria en vuestros sacrificios y de creerme en el amor del Salvador y de su santa Madre,

«Señor, vuestro muy humilde y afectísimo servidor. «Nicolas, Obispo de Alet. «De Comance, 23 de mayo de 1645.»

Continuó varios años dirigiendo esta casa y estaba todavía cuando el Sr. Portail hizo la visita a finales del año 1646- Por último, enviado a Richelieu, murió allí en 1649.

San Vicente escribió al Sr. Portail, en Marsella, el 1 de marzo de 1649 para anunciarle esta triste noticia:

«Ha querido el buen Dios disponer del Sr. du Coudray en Richelieu. Siento un hondo pesar por no haberle visto anteriormente: ya sabéis las obligaciones que tiene la Compañía. Le recomiendo muy en particular a vuestras oraciones y a las de la familia».

Era el segundo de los primeros compañeros de san Vicente que se llevaba la muerte.

El Sr. du Coudray fallecía a la edad de sesenta y tres años, después de servir a la Compañía 23 años.

Breve resumen de su biografía:

  • Su nacimiento (1586).
  • Su ordenación (1618).
  • Su entrada en la Compañía (1626).
  • Misión de Verneuil (1627).
  • Su Regreso a París (1629).
  • Carta que le dirige san Vicente. Es enviado a Roma para negociar la aprobación de la Compañía. Cartas que recibe allí de san Vicente (1631-1637).
  • Es enviado a Notre Dame de la Roze (1637) y de allí a Troyes(1638), luego a Toul (1640).
  • Parte que toma en la Asamblea general de 1642.
  • Su regreso a Notre Dame de la Roze (1644).
  • Carta de Mons. Pavillon, obispo de Alet. Su muerte (1649).

Traducción del P. Máximo Agustín

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