Formación humana y cristiana de Luisa de Marillac (XI)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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III. LAS LECTURAS

Afirma el primer biógrafo de santa Luisa que poseía «tal afi­ción por la lectura que la hacía la más ordinaria de sus ocupaciones». Para completar nuestra aproximación a la formación humana y cristiana de Luisa de Marillac parece necesario tratar de conocer cuáles fueron sus libros de lectura.

A partir de los datos de que disponemos hoy, podríamos enu­merar los siguientes como libros de formación y lectura de santa Luisa:

  1. LA BIBLIA

A raíz de los planteamientos formulados por la reforma pro­testante, se requería permiso del Ordinario para que los laicos pudieran leer en su propia lengua la Sagrada Escritura. El acce­so ordinario de los fieles a la Biblia era la predicación de los eclesiásticos en sermones y catecismos.

Nos consta la autorización para leer la Biblia en lengua ver­nácula a la familia Le Gras, según testimonio del Obispo de Belley, Juan Pedro Camus, a la sazón director espiritual de Luisa de Marillac y vinculado con la familia: «Soy de parecer que los Superiores podrán permitir, no sólo sin peligro, sino con venta­ja, al señor Le Gras y a la Señorita su esposa, la lectura de la Sagrada Biblia en francés, según la traducción de los doctores de Lovaina. En fe de lo cual escribo y firmo el presente testimo­nio en París, a 8 de marzo de 1623. Juan Pedro, Obispo de Belley».

La práctica de leer la Biblia queda atestiguada en el Regla­mento de vida en el mundo, redactado por santa Luisa: «Una vez levantada, haré inmediatamente la oración (por espacio) de una hora o tres cuartos; tomaré el tema de los Santos Evangelios y Epístolas una hora entera y con las Epístolas y Evangelios, la vida del Santo del día…». También en el Empleo del día obser­vado por las primeras Hijas de la Caridad figura esta práctica: «De vuelta a casa, se ponen a trabajan leen para aprender y des­pués de hacer recordar los principales puntos de la doctrina, en ‘orina de catecismo, se lee algún pasaje del Santo Evangelio para excitarse a la práctica de las virtudes y al servicio del prójimo, a imitación del Hijo de Dios».

El Catecismo redactado por Luisa de Marillac y muchas de mis meditaciones nos muestran su familiaridad con la Palabra de Dios, especialmente con los escritos del Nuevo Testamento y, en concreto, con las actitudes de Jesús propuestas en el Evangelio, de las que deduce consecuencias para la vida cristiana, para el seguimiento de Cristo».

  1. DIÁLOGOS DE SANTA CATALINA DE SIENA

Publicados en francés en 1585, parece probable que los leye­ra, ya que su primera formación corresponde a la etapa de estan­cia en el priorato dominico de Poissy. Santa Luisa de Marillac menciona a santa Catalina en varias de sus cartas, aunque de paso. También una de las acuarelas pintada por santa Luisa parece estar inspirada en la imagen del Buen Pastor de santa Catalina de Siena.

Catalina de Siena (1347-1380) no llegó a tener una educación for­mal. Desde niña manifestó gusto por la soledad y la oración. Mien­tras sus padres hacían planes para su matrimonio, ella reaccionó cor­tándose todo su cabello y encerrándose con un velo sobre su cabeza. A los dieciocho años tomó el hábito de la Orden Tercera de Santo Domingo. En 1366 vivió lo que describió en sus cartas como un «Matrimonio Místico» con Jesús, en la basílica de Santo Domingo de Siena.

En 1370 recibió una serie de visiones del infierno, el purgatorio y el cielo, después de las cuales escuchó una voz que le mandaba salir de su retiro y entrar en la vida pública. Comenzó entonces a escri­bir cartas a hombres y mujeres de todas las condiciones, rogando por la paz entre las repúblicas de Italia y el regreso del papa a Roma. Llegó a escribir también al Papa Gregorio XI, emplazándo­lo a reformar el clero y la administración de los Estados Pontifi­cios. Consiguió el retorno del Papa a Roma en 1377, después de entrevistarse con él en Avignon, y en 1378 la paz entre Florencia y el Papa Urbano VI, sucesor de Gregorio XI. Llamada a Roma por el mismo Papa en ocasión del cisma de los anti-papas, permaneció allí hasta su muerte en 1380.

Durante el tiempo que duró la peste de 1374, Catalina socorrió a los apestados en cuyo servicio se le atribuyeron algunos milagros. El 1 de abril de 1375 en Pisa, Catalina recibió los estigmas invisibles (sentía el dolor pero no eran visibles las llagas).

Escribió el Diálogo de la Divina Providencia, conocido simple­mente como Diálogo, durante cinco días de éxtasis, del nueve al catorce de octubre de 1378.

  1. LA IMITACIÓN DE CRISTO

La Imitación de Cristo es, sin duda, una de las obras más influyentes en la espiritualidad de los últimos seis siglos (el libro católico más editado del mundo después de la Biblia). Luisa de Marillac ha leído directamente esta obra y la ha recomendado a las primeras Hermanas: «Le ruego que el poco tiempo de que dis­ponen para hacer lectura lo empleen en leer su reglamento, lodos los meses, y en la Imitación de Nuestro Señor o en Filotea: esto es lo más necesario para las Hijas de la Caridad».

La estructura de la obra, en cuatro partes, y un estilo de redac­ción en forma de sentencias que parece favorecer su memoriza­ción, sugiere que ha sido escrita en diversos momentos de la vida de su autor. El tono coloquial (unas veces, el autor habla consi­go mismo, otras se dirige a Cristo, otras une en el plural al lec­tor con el autor) destaca el carácter afectivo de la obra y la expe­riencia del autor de su camino hacia Dios.

Un cierto desencanto en relación con las realidades históri­cas, la desconfianza en los hombres y en el intelectualismo, así como el desprecio de lo mundano, presentes en La Imitación de Cristo, parecen responder al contexto histórico de principios del siglo XV, época en que se ha escrito: «No podemos confiar­nos mucho en nosotros mismos porque frecuentemente nos faltan el buen juicio y la gracia». Cercano a la escuela de los místicos que se extendieron por el norte de Europa, de Suiza a Holanda, seguidor de Groote y de los Hermanos de la Vida Común, el autor resalta la perfección evangélica y presenta a Jesucristo como el único modelo del conocimiento auténtico.

Durante mucho tiempo (y aún hasta hoy) se ha discutido la autoría de La Imitación de Cristo. El P. Coste asegura que en los escritos vicencianos aparece el nombre de Gerson para identifi­car el libro de La Imitación de Cristo». Escribe San Vicente a Luisa de Marillac: «Señorita: En cuanto a vuestro pequeño reti­ro, hágalo tranquilamente, según el orden de la Introducción de monseñor de Ginebra; pero no haga más de dos oraciones por día, una hora por la mañana y media hora después de comer, y en el intervalo lea algo de Gerson o de las vidas de santas viu­das, a las que tenga más particular devoción y empleará el tiem­po restante pensando en la vida pasada y en la que resta. Pero hágalo todo esto tranquilamente, por favor, después de haber cambiado de alojamiento, y conténtese con hacer esto durante seis días. No me olvide en sus oraciones. Quizás haga yo tam­bién mi retiro al mismo tiempo. Dios nos dé la gracia de hacer­lo bien». Y, explicando al Abad de Vaux cómo hacen los ejerci­cios espirituales en París, Luisa de Marillac escribe: «… Después de haberse confesado, las lecturas se toman de Gerson u otro libro semejante que excite al amor de Dios».

¿Kempis o Gerson?

Gerson es el nombre de Juan Charlier o Juan Le Cartier de Gerson o Juan Gerson (1363-1429), a quien se le atribuyó durante algún tiempo la Imitación de Cristo. Canciller de Notre Dame y de la Uni­versidad de París desde 1395, delegado del rey en el Concilio de Constanza, profesor de teología y de mística, predicador, autor de numerosas obras en latín para la formación de los estudiantes de París y más tarde para los cartujos de Lyon, escribió también dos obras en francés para la formación religiosa de sus hermanas (La montagne de contemplation y La mendicité spirituelle). Intenta demostrar con sus obras que el mejor conocimiento de Dios no es intelectual sino afectivo, que no consiste en una elaboración de con­ceptos, sino en una unión de amor extático.

Tomás de Kempis (1380-1471). Tomás de Kempis, nacido cerca de Colonia, comenzó sus estudios bajo la guía de los Hermanos de la Vida Común, representativos de la conocida como «devoción moderna». Copista de oficio, pidió ingresar en el convento agustino de Monte Santa Inés (no lejos de Ámsterdam), donde era prior su hermano. Sólo después de concluir los estudios de humanidades en Holanda, fue admitido como novicio en 1406 y ordenado sacerdote en 1413 en dicho convento, donde vivirá toda su vida dedicado a la devoción, a la lectura, a la formación de los novicios y a su activi­dad de copista (copió la Biblia cuatro veces). Sus obras están llenas de citas bíblicas y de los padres de la Iglesia, en un lenguaje senci­llo y pedagógice90. La Imitación de Cristo parece que haya sido escrita durante todo el tiempo de su vida y es muy posible que haya sido el material con el cual el autor enseñaba a sus jóvenes novicios en Monte Santa Inés.

Juan Corpus Delgado

CEME, 2010

 

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