Federico Ozanam (1813-1853) (XIV)

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Autor: Bernard Cattanéo .
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Federico Ozanam-1LA ORGANIZACION Y LA EXPANSION

El 20 de agosto de 1833, un hombre de letras de treinta años familiar en los cenáculos románticos escribía después de una conversación con Bailly: «Existe, en este momento, aquí, un gran movimiento de caridad y de fe, pero todo eso, en la esfera velada de la humildad, escapa al mundo indiferente. Estoy equivocado, o de estas catacumbas nuevas saldrá una luz para el mundo.» Este visionario, Léon Le Prévost, se hizo admitir a la reapertura. Era el primer recluta de esta edad, que se halla más lejos del mundo de la universidad, y pronto desempeñará un papel muy importante en la sociedad. En otoño, cuando la conferencia de caridad reanudó sus actividades y sus encuentros del martes, había veinticinco miembros. Dieciocho de ellos, lioneses de origen, habían venido por intermedio de Ozanam, quien había trabajado en ello activamente durante las vacaciones.

Veinticinco personas eran demasiadas para los pequeños despachos de Bailly. Además, La Tribune catholíque, cuyo director era tan buen cristiano como mal gestor, acababa de fusionarse con otro diario, y el conjunto se le iba de las manos en lo sucesivo al presidente de la conferencia. Se propuso volver a la plaza de la Estrapade, «donde se podía disponer de un amplio local: en cuanto a los recuerdos comprometedores, se pensó que la joven conferencia se había destacado tanto en unos meses por su originalidad como para no tener que temer ya confusión alguna.»

Durante algún tiempo, Bailly había publicado artículos de Federico y de dos o tres de sus compañeros con alguna remuneración, lo que ponía unos francos en la bolsa común del grupo. Ahora, ya no era posible. Pero con el número de adeptos en aumento, Devaux, que hacía de tesorero, tenía menos problemas para cerrar el presupuesto. Además, una propuesta vino a ampliar sensiblemente el campo de actividad y las posibilidades materiales de la conferencia: un administrador de la oficina de beneficencia del Monte Santa Genoveva, impresionado por la disponibilidad y la entrega de los jóvenes colegas, les propuso por mediación de Bailly encargarse de una parte de las distribuciones oficiales de auxilios. Ozanam inclinó al grupo a aceptarlo, ya que veía en ello una ventaja suplementaria: la ocasión, para la sociedad naciente, de extender su acción moral y espiritual.

Entre tanto, siendo solicitada la conferencia por nuevos jóvenes deseosos de entrar para ir también ellos a visitar a los pobres según el espíritu querido por Federico y sus amigos, pareció oportuno hacer pública la filiación con san Vicente de Paúl, tan deseada por sor Rosalía. En la reunión del 4 de febrero de 1834, Le Prévost proponía que este patrocinio se hiciera efectivo «por la celebración solemne de la fiesta» del santo y «por la recitación de invocaciones al comienzo y al final de las sesiones». Federico lo apoyó en unos términos muy parecidos a los que utilice años después para explicar el vocablo de la sociedad: «Un santo patrón no es una enseña banal para una sociedad, como un san Denis o un san Nicolás para una taberna. No es tampoco un nombre honroso bajo el que se pueda acreditar en el mundo religioso. Es un modelo que hay que esforzarse en realizar, como él mismo realizó el modelo divino que es Jesucristo. Es una vida que se ha de continuar, un corazón al calor del cual hay que calentar el propio, una inteligencia en la que se han de buscar luces; es un ejemplo en la tierra y un protector en el cielo; un doble culto le es debido, de imitación y de invocación.»

Y precisaba cómo veía él al santo patrón de los colegas: «San Vicente de Paúl, uno de los más recientes canonizados, tiene una inmensa ventaja por la proximidad del tiempo en que vivió, por la variedad infinita de favores que realizó, por la universalidad de la admiración que inspiró… No nos quepa la menor duda de que san Vicente no haya tenido una visión anticipada de los males y de las necesidades de nuestra época. No era hombre que fundara sobre la arena, ni que construyera para un día.» Los santos que honraron aquí abajo a su Padre celestial […] vivirán por largo tiempo; se les concederá una inmortalidad en sus obras.»

En cambio, Ozanam deseó que la Sociedad, en adelante «de San Vicente de Paúl», se pusiera igualmente bajo la protección de la Santísima Virgen y se comprometiera a celebrar también la Inmaculada Concepción, que no será dogma de la Iglesia hasta 1854. A partir de aquel momento, el programa de los encuentros del martes quedaba fijado: oración al principio y al fin, breve lectura de piedad, sacada de la Imitation de Jésus-Christ o de la vida de Vicente de Paúl, informe de los participantes sobre las visitas que había efectuado a las casas de los necesitados durante la semana transcurrida, distribución de los bonos de pan y de los diversos elementos integrantes de los auxilios materiales; finalmente, el tesorero Devaux hacía circular una bolsita en la que cada uno vaciaba sus bolsillos.

En abril de 1834, los colegas, que eran ahora unos sesenta, tuvieron la ocasión de expresar con esplendor su relación con la corriente vicenciana de espiritualidad. En efecto, las reliquias de san Vicente de Paúl, que esperaban desde la Pascua de 1830 en casa de los Lazaristas de la calle de Sévres la terminación de las obras, debían ser instaladas solemnemente un una urna el 13 de aquel mes. Cuando se enteraron, Federico y sus compañeros pidieron venerarlas antes de que fueran encerradas. Los religiosos aceptaron, y la víspera del gran día, se fueron todos a recogerse ante los restos del santo, después uno tras otro se acercaron a besar los pies del cuerpo. Al día siguiente, una delegación acudió a Clichy, de donde partía una procesión conmemorativa de la traslación de 1830, y llevó durante toda la ceremonia los fragmentos de reliquias conservadas en la iglesia en la que san Vicente había sido párroco.

Fue por estas fechas cuando tuvo lugar un giro mayor para la Sociedad. Desde primeros de año, Ozanam se cuestiona sobre su acción y sobre su porvenir, lo que no tiene nada de nuevo en un angustiado como él. Porque se da cuenta de que su papel se extiende, y el grupo de colegas alcanza un tamaño crítico: «Imposible que haya una reunión, una conferencia de derecho o de literatura, sin que yo la presida», escribe a Falconnet en enero. «Cinco o seis colecciones y diarios me piden artículos; en una palabra, un montón de circunstancias, independientes de mi voluntad, me asedian, me persiguen, me apartan de la línea que me he trazado […]. A pesar de todo, ¿no puede ser una señal de la voluntad de Dios todo este cúmulo de circunstancias exteriores? Lo ignoro, y, en un mar de dudas, ni las busco, ni las persigo, pero lo dejo venir, resisto, si la fuerza es demasiado fuerte, me dejo llevar.» El 29 de abril, al salir de una reunión tumultuosa y desordenada por el gran número de los participantes, Federico se lleva a Devaux y a Lallier a pasear durante una hora por la plaza del Panteón, y les comunica sus inquietudes: ¿no conviene que la conferencia se desdoble para que cada grupo recupere un poco de la intimidad que se está perdiendo? Sus amigos lo aprueban; aunque no se toma ninguna decisión inmediatamente, el paso capital está a punto de darse.

Entretanto, hay otra cosa que los preocupa: el encuentro con el nuevo párroco de San Esteban del Monte, el abate Faudet. Convencidos por Ozanam de que la conferencia debía informar de sus actividades a la autoridad eclesiástica, los colegas delegaban con regularidad a su secretario Chaurand ante el párroco desde el mes de enero. Igual que su predecesor, Faudet, quien, no obstante, conocía bien a Bailly, no las tenía todas consigo. Su acogida era fría, y resolvieron invitarle a una sesión. Aceptó sin entusiasmo, exigiendo que el encuentro fuera por esta vez aplazado del martes al viernes. El 27 de junio, vino pues a la plaza de la Estrapade. En esta ocasión, La Noue, quien era como el escribano del grupo, recapituló todos los infortunios que los colegas habían aliviado desde hacía un año, después el debate recayó sobre las ayudas que había que llevar y las familias que socorrer. El abate Faudet quedó convencido y tomó la palabra al final para felicitar a la Sociedad, enterarle de los pobres necesitados de la parroquia, animarla en nombre de la Iglesia a continuar. Era la primera vez que el clero se manifestaba, y Ozanam se sintió vivamente satisfecho.

Cuando llegaron las vacaciones, Le Prévost se quedó en París con algunos colegas para continuar las acciones emprendidas, en particular la visita regular a los niños cuidados en una casa de corrección del barrio de las Escuelas, calle des Gres, una de esas «obras accesorias» que florecerán sin cesar en la Sociedad a partir de aquellos años. Desde Lyon, Federico se preocupa del grupo y el 15 de octubre, escribe a Lallier: «Os llevaremos a París a una pandilla de buenos Lioneses, que engrosarán todas nuestras reuniones, aunque, a decir verdad, no tengo mayor interés en la conferencia histórica sino como medio de reclutar la conferencia de caridad.» Algunos días después, informa a Bailly que una de sus amistades, Léonce Curnier, se propone crear una conferencia de caridad en Nimes, y sugiere al presidente que este grupo sea considerado como «correspondiente» del de París. Continuando con una reflexión comenzada en la primavera, y que revela su presciencia, Ozanam escribe a Pessonneaux el 3 de noviembre: «Tratemos de no enfriarnos, y recordemos que, en lo humano, no hay éxito posible más que en un continuo desarrollo y que no avanzar es caerse. Soy por lo tanto partidario de las innovaciones, de las subdivisiones, de las conferencias, de las clases y de todo lo que tenga a bien producir el cerebro bienhechor del sr. Bailly.» Por deferencia hacia su mentor, a quien se obstinaba en considerar como fundador y cabeza de la sociedad, Federico le pide que actúe mediante una carta del 4 de noviembre. El mismo día, en una misiva que envía a Curnier para felicitarle por su proyecto de Nimes, expone con más claridad todavía su pensamiento: «Como es probable que al comienzo del año escolar aumente nuestro número y alcance la centena, nos veremos obligados a dividirnos y a formar varias secciones, que celebrarán periódicamente una asamblea común.» Y añade en honor de su corresponsal: «Vuestra carta me ha llenado de alegría. Y no me la he quedado para mí solo; se la he comunicado a algunos amigos que forman parte de nuestra pequeña sociedad, y que se encuentran aquí de vacaciones. He escrito inmediatamente a los miembros presentes en París, para anunciarles esta noticia Vi. Así que el voto que nos hacíamos se ha cumplido: sois el primer eco que haya respondido a nuestra débil voz; quizá otras se alzarán muy pronto; entonces el mayor mérito de nuestra pequeña sociedad parisiense será el de haber dado la idea de formar otras parecidas.» Manifestando altura de miras, se alegra al concluir sobre la unión y la armonía que le parece deben existir entre las dos sociedades: «De la misma forma que rayos divergentes confluyen todos en el mismo centro, así nuestros esfuerzos variados y tendentes hacia puntos diversos se resuelven en un mismo pensamiento de caridad y proceden del mismo principio; hace falta pues que haya acuerdo entre nosotros a fin de doblar nuestra fuerza; hace falta que haya comunicaciones frecuentes que nos den una laudable emulación para el bien, y que nos identifiquen y nos hagan sentirnos orgullosos del éxito de los demás.»

Luego, consciente de las «irresoluciones de este excelente hombre», insiste el 20 del mismo mes, momentos antes de regresar a París: «¿No pensáis, pregunta a Bailly, que nuestra sociedad caritativa, para sostenerse, debe modificarse y que el espíritu de que se fundó y el crecimiento que debe tomar no se podrían conciliar más que dividiéndola en secciones que tuvieran un centro común y, de vez en cuando, asambleas generales?»

Fiel a sí mismo, Bailly no reaccionó, y en el momento de la reunión inaugural, el martes 16 de diciembre de 1834, cuando los miembros sobrepasaban según lo previsto le centenar, Ozanam tomó la palabra para proponer la división de la conferencia en tres secciones, cada una de las cuales tendría sus propias sesiones semanales, y la instauración de una asamblea general mensual que, ella sola tendría el derecho de asignar ayudas excepcionales y de admitir a los nuevos miembros. Este programa en líneas generales moderado levantó un clamor de indignación, y, por primera vez, los diálogos subieron de tono. Si Lallier y algunos más apoyaron a Federico con calor, Le Taillandier y Brac de La Perriére dirigieron los ataques. Este último, ya muy entrado en años, por más que pretenda casi sesenta años después que no había querido rechazar la división, sino aplazarla, no es menos cierto que afirmó aquella tarde «que sería un desastre, ya que no un crimen, romper la unidad que había cimentado tan agradables y preciosas amistades». Molesto y un tanto hostil a todo cambio, Bailly aprobó la constitución de una comisión que, a la semana siguiente, concluyó a favor del aplazamiento. Federico, consternado porque tantos de sus mejores amigos no hubiesen comprendido lo que realmente estaba en juego en el debate, se sintió tentado de poner a mal tiempo buena cara. Pero el abate Combalot, quien celebró la misa de medianoche en la capilla de los Carmelitas con los colegas, era su invitado a continuación a la cena de nochebuena. Y, después de ser informado del debate, se empleó a fondo en convencer a los recalcitrantes de la importancia de la fragmentación en secciones en bien de la perennidad y expansión de su obra. El martes 30, uno de los colegas volvió a introducir la propuesta, y al día siguiente se reunió una nueva comisión. Se reanudó la discusión, ardorosa y estéril; después de vueltas y más vueltas, cuando sonaron las doce campanadas de medianoche, Bailly tomó por fin una iniciativa: «Comienza un nuevo año», declaró. «Démonos un abrazo y dejadme a mí el cuidado de tomar disposiciones convenientes para dar satisfacción a todos los deseos.» Más tarde, Federico evocará con emoción «esta famosa sesión del último día de diciembre de 1834, en la que se discutió la división, en la que Le Taillandier lloraba, en la que La Perriére y yo nos tratamos de manera dura, en la que acabamos con un abrazo más amistoso que nunca deseándonos feliz año nuevo».

El 6 de enero de 1835, el presidente anunció muy curiosamente que constituía dos comisiones para examinar la propuesta de Ozanam: la primera compuesta de partidarios, la segunda de adversarios… Este extraño método pareció primero bloquear la discusión, luego llevó por fin a una solución que fue adoptada en dos tiempos, los 17 y 24 de febrero de 1835: se habían constituido dos divisiones y se reunirían en habitaciones vecinas. Luego se volverían a encontrar al final de la tarde para constituir, cada semana, la asamblea general prevista por Federico. Por su parte, éste era nombrado vicepresidente de la primera sección encargada del distrito XII y de la Ile de la Cité. Esta organización no resistió mucho, ya que las reuniones plenarias tenían los mismos inconvenientes que la antigua conferencia única. Ozanam logró rápidamente que se reservara la asamblea general a cuatro fiestas que los colegas celebrarían juntos durante el año. Se pusieron de acuerdo sobre estos días, que comenzarían por la misa, luego se dedicarían a discutir sobre la marcha de la sociedad. Y se aprobó la creación rápida y simultánea de secciones en el barrio du Roule y en la parroquia de Bonne-Nouvelle. Llegados a este punto, el establecimiento de una estructura y la promulgación de un reglamento escrito eran indispensables. En la asamblea general del 8 de diciembre de 1835, era ya un hecho. Se formó un consejo de dirección de cuatro miembros. Comprendía a Bailly como presidente, Le Prévost como vicepresidente, sobre todo por razón de su edad; Brac de La Perriére, quien se había olvidado por completo de sus reparos, era secretario general, y Devaux seguía de tesorero. Federico, inspirador discreto, y demasiado solicitado para sus gustos, tuvo a bien presidir la conferencia de San Esteban del Monte. En cuanto al reglamento, iba precedido de un preámbulo de Bailly, quien se había inspirado en un texto de san Vicente de Paúl, y contenía tan sólo unos breves artículos redactados por Lallier. No se hallaban en él grandes teorías, sino principios prácticos. Por otra parte, Bailly pensaba ya lo que dirá en 1837: no hay que «dogmatizar sobre la caridad». Y Ozanam iba más lejos: «En una obra como ésta, hay que abandonarse mucho más a la inspiración del corazón que a los cálculos del espíritu.» El artículo primero no puede ser más claro: «La Sociedad de San Vicente de Paúl recibe en su seno a todos los jóvenes cristianos que quieren unirse en oraciones y participar en las mismas obras de caridad.» El artículo 3 precisa: «Cuando en una ciudad varios jóvenes forman parte de la Sociedad, se reúnen a fin de ejercitarse mutuamente en la práctica del bien’.» Está claro que son las ideas y la visión de Ozanam las que han pasado a este texto tan sobrio. La importancia de la caridad en el mundo contemporáneo, las apuestas sociales terribles que se perfilaban en el futuro, «el entusiasmo mutuo de los espíritus», la abnegación y la humildad que debían llevar a los cristianos al servicio de los más pobres, convicción que él ponía en práctica todos los días: tales eran las constantes de su pensamiento. En un informe al Consejo de dirección con fecha del 4 de diciembre de 1836, recordaba los dos fines de la Sociedad: «El bien de los miembros y el bien de los pobres […]. La Sociedad, desde su establecimiento en París, tuvo por primer objeto la conservación, el aumento de la fe y de la caridad en el alma de los asociados; […] la limosna fue considerada sobre todo como un medio de unir y como el desahogo necesario de la caridad cristiana por la unión.»

El 11 de agosto de 1838, decía a Lallier: «Se invita a los presidentes de las conferencias a recordar con frecuencia en las asambleas que presiden que el fin de la Sociedad es ante todo encender y difundir en la juventud el espíritu del catolicismo; que a este efecto la asiduidad a las sesiones, la unión de intenciones y de oraciones, son indispensables, y que la visita a los pobres debe ser el medio y no el fin de nuestra asociación.»

Por esta fecha, Federico presidía la conferencia de Lyon. Ésta había nacido durante el verano de 1836, y Ozanam había ocupado la presidencia en noviembre, cuando se había vuelto a la ciudad de su infancia, al parecer para largo tiempo, En el intervalo, ya se había desdoblado, y habían aparecido otras conferencias: Nantes en enero de 1837, Rennes un mes más tarde, Toulouse en el mes de mayo… No era una expansión, era un reguero de pólvora, y son una, dos, diez conferencias las que se constituían al mes en Francia, sin contar el extranjero al que se llegó muy pronto. Bailly seguía siendo presidente de la Sociedad en su conjunto, pero, desde Lyon, Federico no cesaba de escribir para dar su parecer debido a su propia experiencia puntual. Es verdad que, a pesar de la incomprensión de sus amigos, él persistía en rebajar siempre los méritos propios, y declinaba con fuerza toda responsabilidad en la fundación de la Sociedad y en sus progresos. ¿No había llegado hasta escribir a Bailly contra toda evidencia, pero sin duda era sincero: «La Providencia ha suscitado en vos el pensamiento de fundar esta obra, y la ha hecho crecer bajo vuestros auspicios. Continuad la obra comenzada y ocupaos de su propagación y de su robustecimiento»? El antiguo presidente tendrá su oportunidad, cuando estalle en 1856 una polémica lanzada por Luis Veuillot sobre los orígenes por demasiado «modernistas» de la Sociedad, de guardar el silencio y de dejar creer con algo de complacencia que había jugado un papel realmente de fundador. Fue preciso que los colegas de Lyon se subieran a las almenas y apelaran a los antiguos para restablecer la verdad. Al menos a medias palabras, antes de que se imponga definitivamente a finales de siglo. En 1856, uno de los jefes de fila de los colegas «ozanianos» no era otro que Brac de La Perriére…

En Lyon, Federico se encontró expuesto al recelo de los laicos, mientras que el clero permanecía en una prudente expectativa. Su grupo aparecía por demás «menesiano», y el compromiso de Ozanam con Lacordaire en el proyecto de conferencias en Nuestra Señora de París había asustado a más de uno. «Siguiendo el consejo de nuestro reglamento, decía él, nos hemos hecho muy pequeños, muy humildes, hemos hecho gala de nuestras intenciones inofensivas, de nuestro respeto por las otras obras, y ahora ya no se habla más contra nosotros, sino que no lo lograremos […]. Espero que, a pesar de las siniestras profecías, lo logremos, no a escondidas, sino por la humildad; no por el número, sino por el amor; no por las protecciones, sino por la gracia de Dios.»

Escrupulosamente, Federico enviaba sus informes cuatro veces al año al Consejo de dirección en París, describiendo al detalle, con humildad, la marcha de su conferencia, pidiendo el parecer y consejo. Pero no debemos equivocarnos: es él quien continuaba inspirando y guiando, exhortando a la Sociedad en la que todos, antiguos y nuevos, menos él, reconocían su preponderancia. El nuevo secretario general, Baudicour, que sucedió a Francisco Lallier en 1839 cuando éste se fue a comenzar su carrera de magistrado al Yonne, le escribía asimismo el 30 de mayo: «[Lallier] era para nosotros el último representante del grupo fundador de nuestra Sociedad, quien era por así decirlo su alma y vida. Ya se encuentran pues todos nuestros mayores dispersos y nosotros, vuestros hermanos menores, solos en la casa paterna […]. ¿Por qué nos han de separar tales distancias que no podáis venir en nuestra ayuda y consolidar en persona la obra de vuestras manos? Oh! si pudiéramos todavía reunir aquí a algunos amigos como vos, de corazón cálido y alma ardiente, qué fuerzas encontraríamos, y cuántas cosas no emprenderíamos con valor! Pero al menos prestadnos el apoyo de vuestros consejos: será también mucho para nosotros.»

Fue en el curso de su periodo lionés de cinco años cuando Ozanam fijó definitivamente el espíritu que iba ser el de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Su correspondencia rebosa de reflexiones que, más allá de las anécdotas y sucesos diversos, precisa y desarrolla su pensamiento. Así recuerda que desea «que la Sociedad no sea ni un partido, ni una escuela, ni una cofradía, que sea profundamente católica, sin dejar de ser laica». En 1838, dijo a Lallier que había convocado el consejo, ya que algunos sentían inquietudes por intervenciones eclesiásticas «que podían asimilar la Sociedad a ciertas congregaciones religiosas», y «reclamaban una serie de medidas capaces de dar a nuestra obra un carácter al mismo tiempo profundamente cristiano y absolutamente laico». Y promulgó unas decisiones que iban acertadamente en este sentido.

Insistió también varias veces sobre la humildad, afirmando: «¿Cómo predicar a los desafortunados una resignación, un ánimo de los que uno se siente desprovisto? Pues reconociendo con san Vicente de Paúl que estos pobres de Jesucristo son nuestros señores y nuestros amos, y que no merecemos prestarles nuestros pequeños servicios.» Incansablemente, predicaba «la humilde sencillez que presidió en un principio nuestros encuentros, nos hizo querer la oscuridad sin buscar lo oculto, y nos valió quizá nuestros incrementos ulteriores; puesto que Dios se complace sobre todo en bendecir lo que es pequeño e imperceptible […], las obras buenas en la timidez de sus comienzos.

De regreso en París, profesor de la Sorbona, historiador reconocido, Federico continúa ocupándose de la Sociedad, que no cesa de crecer y que acoge en sus filas, en la capital y por toda Francia, a un número de personalidades que tener en cuenta en la historia del catolicismo social. Como Henri de Riancey, Adolphe Baudon, Armand de Melun, Franz de Champagny o Augustin Cochin. Antiguos legitimistas o admiradores de Buchez ocuparon en ella importantes funciones sin la menor ambigüedad, y ni la revolución de 1848, ni la instauración de la República, ni la proclamación del Imperio sembraron confusión en las conferencias.

Mientras aceptaba tomar nuevas responsabilidades, como la vicepresidencia general en1844, mientras visitaba sin cansancio las conferencias extranjeras con motivo de sus viajes, mientras intervenía a menudo ante sus compañeros para explicarles sus deberes en diversos momentos difíciles de la actualidad, Ozanam continuaba fielmente subiendo los pisos para ir a ver a los pobres que tenía a su cargo y a quienes dio limosna por lo general hasta el final.

Por encima del éxito increíble de la obra en cuyo origen estaba él, pero de lo que no se atribuía ninguna gloria, por encima de los miles de conferencias que dejaba a su muerte por toda Europa, por encima de las instituciones innumerables, patronatos, cajas de socorros mutuos, hospedajes cristianos para los jóvenes obreros, asociaciones de trabajadores, que organizaban las conferencias en todas partes, por encima de la felicidad que sintió cuando el papa Gregorio XVI concedió indulgencias a todos los colegas por los breves del 10 de enero y del 12 de agosto, Ozanam siguió siendo él mismo. Un día, cuando se encontraba ya gravemente enfermo, escribió: doy gracias a Dios por haberme dado «una inspiración que me empuja a ver a mis pobres un día de mal humor, y que me hace bajar de sus casas totalmente humillado por mis miserias, por el pensamiento ante le espantosa realidad de sus males». Y a los contradictores que le echaban en cara que hacer la caridad era ofender la dignidad del pobre, dio esta sencilla respuesta: «Cuando os asusta tanto la humillación de quien recibe la limosna, me temo que nunca hayáis pensado que obliga también a quien la da. Los que saben el camino hacia la casa del pobre, los que han barrido el polvo de su escalera, esos no llaman nunca a su puerta sin un sentimiento de respeto.»

 

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