Experiencia espiritual de santa Luisa y espiritualidad vicenciana (V)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. LA EXPERIENCIA DE ENCUENTRO CON CRISTO EN LOS POBRES Y DE SERVICIO A LOS POBRES COMO MIEMBROS DE JESÚS

«Amemos al Amor», escribe santa Luisa contemplando a Cristo clavado en la Cruz y entiende, el servicio a los pobres como respuesta de amor al Amor. «Trabajemos, pues, en el servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, por amor de Jesús Crucificado».

De este Amor han de ‘estar llenas las acciones de servicio: «… para servir a sus pobres enfermos con espíritu de mansedum­bre y gran compasión, a imitación de Nuestro Señor que así trata­ba a los más molestos… no basta con que nuestras intenciones sean buenas y nuestra voluntad inclinada al bien, ni con hacer nuestras acciones puramente por amor de Dios, porque juntamen­te con el mandamiento de amar a Dios con todo nuestro corazón, hemos recibido el de amar a nuestro prójimo, y para cumplir este último es preciso que todo nuestro exterior le edifique».

En octubre de 1646 escribía santa Luisa a las Hermanas de Nantes: «¿Leen ustedes su reglamento y sus oficios? ¿Rezan, mañana y noche, las oraciones con los enfermos, el Benedicite y las gracias antes y después de las comidas? ¿Tienen servilletas en las camas de los enfermos? ¿Las tienen bien limpias? Pero, sobre todo, queridas hermanas, ¿tienen ustedes un gran amor por su salvación? Porque esto es lo que nuestro buen Dios espe­ra en particular de ustedes». Siempre me ha llamado la aten­ción en esta carta la estrecha relación que establece santa Luisa entre unión con Dios, servicio a los pobres, unión y cordiali­dad en el seno de la comunidad. Para ella no se trata de asuntos distintos: la oración, el servicio a los pobres, el interés por su cuidado y por su salvación, la fraternidad, brotan de la misma experiencia y concretan el seguimiento de Jesucristo, el Señor Crucificado.

Desde que Jesucristo, el Señor Crucificado, quiso hacerse el último, los últimos de la tierra, los pobres, son sus miembros y nuestros amos. Son muchas y muy ricas las expresiones que encontramos en la correspondencia de santa Luisa, y también en sus Escritos, para destacar que nos encontramos con Cristo en los pobres y que servimos a Cristo en sus miembros pobres: los miembros de Jesús; nuestros amos»; pobres criaturas a las que Dios quiere considerar como miembros suyos; nuestros ama­dos amos»; almas rescatadas con la sangre del Hijo de Dios; nuestros amos, los miembros queridos del Señor; nuestros queridos amos, los miembros de Jesucristo; en su persona ser­vimos a Nuestro Señor; miembros de Jesucristo; criaturas rescatadas con la sangre del Hijo de Dios; miembros de Jesu­cristo y nuestros amos.

Desde este descubrimiento de los pobres como miembros de Jesucristo, podemos entender que santa Luisa no dudara en con­sagrar todas sus energías para servirlos; y que se dedicara sin escatimar esfuerzos a formar a las Hijas de la Caridad en el espí­ritu y en la organización del servicio a los pobres, que es la razón de ser de su vida y de su vocación.

No hace falta decir que pertenece al centro mismo de la espi­ritualidad vicenciana la comunión y solidaridad con los últi­mos, el servicio a Cristo en el pobre, la revelación del Amor de Dios al que sufre, la cercanía y atención a los hermanos y herma­nas desfavorecidos. Y que nada como la predilección por los más pobres seguirá haciendo hoy creíble nuestro seguimiento de Jesucristo.

  1. LA EXPERIENCIA DE SER IGLESIA, VIVIR Y SENTIR CON LA IGLE­SIA Y COMPARTIR CON LOS LAICOS LA MISIÓN DE LA IGLESIA

Santa Luisa tuvo conciencia muy clara de su pertenencia a la Iglesia. En repetidas ocasiones, santa Luisa utiliza la expre­sión «hija de la Iglesia» para referirse a sí misma y a las herma-nas78. Al comienzo de su testamento de 15 de diciembre de 1615, protesta «ante Dios y todas las criaturas que quiero vivir y morir en la Iglesia Católica… y recomiendo a mi hijo, en tanto en cuanto puedo, que haga lo mismo«.

Santa Luisa quiere que las Hermanas y las personas que se les han confiado pidan por la Iglesia y se mantengan en la Iglesia: «Pidan mucho a Dios por la Iglesia»; se mantengan «en la comunión de los santos y en la santa Iglesia militante que son

– como los buenos cristianos».

Para referirse a la Iglesia cuyo sentido de pertenencia vive tan intensamente, santa Luisa utiliza diversas imágenes bíblicas y de la tradición: Esposa de Jesús; Madre de todos los creyentes; Cuerpo místico».

Cuando en muchos cristianos se vive hoy una cierta desafec­ción por la Iglesia y no faltan quienes se proclaman seguidores de Cristo al mismo tiempo que contrarios a la Iglesia, la expe­riencia de santa Luisa nos desafía a ser creativos para hacer de nuestra Iglesia «casa y escuela de comunión», en feliz expresión del Papa Juan Pablo II.

Fue su amor a la Iglesia y su experiencia de vivir y sentir con la Iglesia lo que hizo posible una fructuosa colaboración de parte de la propia Luisa y de parte de las Hijas de la Caridad con los sacerdotes y obispos y, muy especialmente, la promoción de las mujeres (hoy diríamos laicos) en el apostolado de la Iglesia.

Efectivamente, santa Luisa estaba convencida de que los lai­cos, las mujeres en concreto, tienen en la vida de la Iglesia una misión insustituible. Encargada por san Vicente de la visita y animación de las Cofradías de la Caridad, ha contribuido a pro­mover la participación de la mujer en la Iglesia de su tiempo. Las relaciones que de estas visitas enviaba a san Vicente son el mejor testimonio. Lo son también los Reglamentos que fue redactando:

Santa Luisa misma es la fundadora y primera directora de la Cofradía de la Caridad en su parroquia de París. Junto con Vicen­te de Paúl participará, especialmente, en el nacimiento y desarro­llo de una nueva forma de vida en la Iglesia, que son las Hijas de la Caridad.

También las Damas de la Caridad, las grandes señoras de París implicadas en diversas obras caritativas, se vieron anima­das en su misión por el ejemplo y la palabra de Luisa de Marillac: «Es de toda evidencia que, en este siglo, la Divina Provi­dencia ha querido servirse del sexo femenino para hacer patente que era ella sola quien quería socorrer a los pueblos afligidos y otorgarles una poderosa ayuda para su salvación…».

Y, como directora de Ejercicios Espirituales, ayudó a muchas otras mujeres a «fortalecerse en la virtud» y responder a la misión que cada una debía desempeñar en la sociedad y en la Iglesia. La vida entera de santa Luisa es la mejor expresión de la misión de la mujer en la Iglesia.

Si la participación en la comunión de la Iglesia, desde la cola­boración y corresponsabilidad de los diversos carismas y minis­terios, y la coparticipación con los laicos en la Familia Vicenciana son urgencias del momento histórico que nos ha correspondido vivir, la experiencia de santa Luisa nos desafía a ser creativos y a ir cada vez más allá, más lejos.

  1. LA EXPERIENCIA DE LA ORACIÓN COMO FORMA DE VIDA

Las Hermanas que conocieron a santa Luisa y el propio Vicente de Paúl recuerdan su vida de oración en las conferen­cias celebradas para hablar de sus virtudes después de su muer­te: «he observado en ella que siempre tenía su espíritu elevado a Dios «. “Padre, tenía mucha vida interior y pensaba mucho en Dios… se elevaba mucho hasta Dios y esto se debía a que llevaba mucho tiempo ahondando en su interior… La seño­rita Le Gras tenía el don de bendecir a Dios en todas las cosas«. «… vuestra madre tenía una vida interior muy intensa para regular su memoria, de forma que sólo se servía de ella para acordarse de Dios, y de su voluntad para amarlo… era una mujer de mucha vida interior. Quiero superarme para seguir su ejemplo». «La señorita Le Gras tenía mucha presencia de Dios en todas sus acciones y elevaba siempre su espíritu a Dios antes de hacer alguna advertencia a una hermana. Siempre tenía el espíritu ocupado en Dios, como ya se ha dicho«.

Un testimonio parecido nos ofrece su primer biógrafo. Toda su vida trasparentaba oración, estaba centrada en Dios».

Luisa de Marillac ha sido verdadera maestra de oración para las primeras Hijas de la Caridad. Asegura Gobillon: ‘‘Esta supe­riora tan esclarecida y tan espiritual puso un gran cuidado en formar a sus hijas en el espíritu de la oración; les recomenda­ba su uso como un medio absolutamente necesario para mante­nerse en su vocación».

En la conferencia celebrada el 31 de mayo de 1648, sobre la oración, preguntada por san Vicente, expone Luisa de Marillac los motivos para vivir en oración: «Su excelencia, ya que cuan­do hacemos oración hablamos con Dios… Otra razón es la reco­mendación que el Hijo de Dios hizo tantas veces, con palabras y ejemplos…».

En su correspondencia y en sus escritos, santa Luisa de Marillac añade nuevos motivos para vivir en oración: en la oración encontramos todos los consejos de los que tenemos necesidad: allí podemos consultar con Nuestro Señor en las necesidades interiores y exteriores’: la oración adorna y embellece la con­ciencia y la voluntad para que pueda nacer en nosotros Jesús98; el Señor nunca nos faltará, por ello hemos de poner cuidado en no faltarle por nuestra poca correspondencia a su santo amor.

Luisa de Marillac se interesa continuamente por la oración de las Hermanas, por su fidelidad y perseverancia en la oración». Se interesa por los efectos que ha de producir en la comunidad: unión, tolerancia…

En varias cartas alude a los libros de rezo, de Horas, de oración, de meditación, para uso de las Hermanas, y hace sugerencias para la meditación y lectura espiritual’. En todos los horarios y regla­mentos elaborados o revisados por santa Luisa, concreta el momen­to y el modo para que las hermanas hagan oración.

En la formación para la oración, santa Luisa insiste particu­larmente en la importancia de vivir de modo que se favorezca la unión con Dios: mantener el recogimiento interior en medio de sus ocupaciones»; ser muy sencillas y hablar con la mira puesta en Dios»; dejar hacer a Dios, permitirle reinar entera­mente sobre nuestra voluntad; favorecer la unión con Dios en todas las cosas; querer actuar siempre en unión con las accio­nes de Jesús; vivir en la presencia de Dios»; hacer que la ora­ción no se reduzca a un tiempo, sino que se prolongue a lo largo de la jornada y en la misión o servicio que nos han confiado.

San Vicente de Paúl no duda en proponer a las primeras Hijas de la Caridad como inspiración para su vida y oración las de santa Luisa de Marillac. Les habla emocionado: «Sí, es un cua­dro que poseemos y al que tenéis que mirar como un prototipo que os tiene que animar a hacer lo mismo…, acordándoos de cómo tendía en todas las cosas a conformar sus acciones con las de Nuestro Señor. Hacía lo que dice san Pablo: ‘No soy yo el que vivo, sino Jesús el que vive en mí’. De esa manera, intentaba hacerse semejante a su Maestro por la imitación de sus virtudes.

¡Ved qué cuadro! ¿Y cómo vais a utilizarlo, hijas mías? Pro­curando conformar vuestra vida con la suya. ¡Qué hermoso cua­dro, Dios mío! ¡Qué humildad, qué fe, qué prudencia, qué buen juicio, y siempre con la preocupación de conformar sus acciones con las de Nuestro Señor».

Sabemos que la oración es pieza decisiva de la experiencia creyente; y que sin oración la vida cristiana languidece y el compromiso decael12. Una demanda frecuente de los grupos que se acercan a nuestras comunidades y ministerios es que les iniciemos en la oración. Desarrollar una pedagogía de la oración que haga de ella una forma de vida y no unos momentos aislados en la vida; propiciar el trato de las personas con Dios como Alguien vivo (no algo intermedio entre la imaginación y la rea­lidad): percibo ahí desafíos para nuestra Familia Vicenciana que podríamos ir afrontando desde la experiencia de Dios y la vida de oración de santa Luisa de Marillac.

Corpus Delgado

CEME 2010

 

 

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