«Evangelizar a los pobres»: Aporte bíblico a una mística vicentina

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Rafael Ortega, C.M. · Año publicación original: 1976 · Fuente: V Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca..
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Los Paúles hemos recibido del mismo Fundador el lema de nuestro carisma comunitario. En realidad fue la razón de ser de la existencia misma (el «hoy») de Jesús de Nazaret: «Me ha en­viado a evangelizar a los pobres» (Lc 4, 18). Y aunque debemos reconocer que no podemos «monopolizar» ninguna de las «má­ximas evangélicas» (como diría muy bien San Vicente, frente a los que con pobreza teológica prefieren hablar de «consejos» evan­gélicos), los Paúles queremos ser especialistas de la «evangeliza­ción de los pobres». Por eso no se entiende que en una amplísima Asamblea Provincial alguien sugiriera cambiar el lema del Fun­dador, como si él no resumiera nuestro específico carisma comu­nitario.

Y es que da la impresión de que pocas veces hemos hecho un esfuerzo por comprender toda la dimensión vicenciana y sobre todo cristiana y bíblica de esta expresión. Porque la palabra «evan­gelizar» pasó a ser, para muchos, simple sinónimo de «predicar», y ésta, privada igualmente de todo el contenido de «proclama­ción» bíblica (kerygma), ha terminado siendo un paralelo de «hablar», «gritar», «anunciar de palabra», etc., una «doctrina» que ¡ojalá no haya sido simplemente una «ideología», aunque cristiana! No que el Evangelio no incluya también una ideología; pero es mucho más que palabras, ideas y doctrina. Como todos los místicos cristianos, San Vicente de Paúl, como muy bien lo han demostrado los teólogos expertos en la historia de nuestro Fundador— léase, por ejemplo, la magnífica tesis mimeogra­fiada, ya en prensa, en «Ediciones Sígueme», de nuestro coher­mano José M.ª Ibáñez Burgos, «San Vicente de Paúl y la evan­gelización de los pobres»), aunque no fuera un especialista en la Biblia, intuyó profundamente la dimensión casi insondable de la misión «evangelizadora» de Jesús, y que quiso fuera la nuestra.

Quiero, por ello, dedicar unas líneas a sugerir algunas de las muchas y sencillas riquezas, como todo lo evangélico y vicen­ciano, ocultas en las mismas palabras bíblicas referentes a la «evan­gelización». Tal vez nos estamos habituando, sobre todo a partir del último Sínodo mundial de obispos en el 74, a estudiar la evan­gelización a partir de lo que dicen los teólogos, los pastoralistas, los episcopados, incluso la misma Exhortación apostólica «Evan­gelii Nuntiandi», pero son pocos los que acuden al mismo Jesús y a los mismos Evangelios para ver lo que en su vida, en su boca y en su pluma significaba «evangelizar» y que, en definitiva, creo era también la mística de Vicente de Paúl.

El mismo Pablo vi, en su Exhortación, ascendiendo a las fuen­tes mismas, reconoce que no es fácil hacer un estudio completo sobre este punto. Pero merece la pena que, con su orientación por delante, hagamos un esfuerzo por realizarlo. Este quiere ser el objetivo de estas líneas.

Resumiendo, en síntesis apretada, algunas afirmaciones de Pablo vi relacionadas con nuestro tema, presentaríamos sus orien­taciones siguientes, con un subrayado mío:

«Evangelizar: ¿Qué significado ha tenido esta palabra para Cristo? Ciertamente no es fácil expresar en una síntesis completa el sentido, el contenido, las formas de evange­lización tal como Jesús lo concibió y puso en práctica. Por otra parte, esta síntesis nunca podrá ser concluida. Bástenos aquí recordar algunos aspectos» (cf. «Evangelii Nuntiandi», n. 7).

«Cristo, en cuanto evangelizador, anuncia ante todo un reino, el Reino de Dios; tan importante que, en relación con él, todo se convierte en «lo demás», que es dado por añadidura. Solamente el Reino es, pues, absoluto, y todo el resto es relativo…» (Id., n. 8).

«Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese don de Dios que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado…» (Id., n. 9).

«Cristo llevó a cabo esta proclamación del Reino de Dios, mediante la predicación infatigable de una palabra…, pero él realiza también esta proclamación de la salvación por medio de innumerables signos que provocan estupor en las muchedumbres…» (Id., ns. 11 y 12).

En realidad un estudio de los textos bíblicos nos lleva a com­prender con mayor profundidad lo que pudo significar esta pa­labra «evangelizar» para el mismo Cristo, o, si se quiere, mejor, para Jesús de Nazaret o el mismo Jesús prepascual.

1. «Evangelizar» es proclamar el «Reino de Dios»

Jesús no vino propiamente a predicarse a sí mismo, aunque por ser él la presencia de Dios en persona también se anunció como primicias de la realización existencial del Reino. Ni tampoco vino a predicar directamente la Iglesia que, en definitiva, no será sino la dimensión terrestre del mismo Reino de Dios. Lo que en realidad pregonó (el kerygma) el Jesús histórico, el auténtico anuncio de su Buena Noticia (euangelion) fue el «Reino de Dios», o el «Reino de los Cielos» que dirá Mateo.

En esto coinciden plenamente los Sinópticos: el objeto de la evangelización «lo constituye la verificación, en el espacio y en el tiempo, de la soberanía de Dios» (o el «evangelio del Reino»), es decir, el evangelio es el mismo Reino. De donde podríamos hacer este paralelismo: El «pregón» o «kerygma» es el «evangelio» y éste se identifica con el «Reino de Dios». Veamos algunos ejemplos:

  • Mt 4, 23 «Proclamando (Jesús) el evangelio del Reino»
  • Mt 9, 35 «Proclamando (Jesús) el evangelio del Reino»
  • Mc 1, 14s «Proclamando (Jesús) el evangelio de Dios y diciendo, el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el evangelio».
  • Mc 16, 15 «Proclamad el evangelio a toda creatura».
  • Lc 4, 43 «Tengo que evangelizar el Reino de Dios».
  • Lc 8, 1 «Proclamando y evangelizando (Jesús) el Reino de Dios».
  • Lc 9, 60 «Tú ve a evangelizar el Reino de Dios».
  • Lc 16, 16 «Después (de Juan) el Reino de Dios es evangelizado».

2. El «Reino de Dios» es la «liberación total»

Jesús anunció e inició la etapa última de la humanidad hacia el proceso a la libertad. Cuando Pablo vi dice que Jesús anunció la «salvación», explicita y desespiritualiza esta palabra añadiendo que es la «liberación de todo lo que oprime al hombre» (Ev. Nunt. n. 9), evitando así el angelismo desencarnado con que tantas veces se ha tomado.

Pero la afirmación del Papa no es un simple tributo a la moda de actualidad sino el contenido mismo de la expresión «Reino de Dios» en el mundo bíblico. Porque a esta conclusión nos lleva el estudio de la realidad del «Reino» tal como se veía en la época de Jesús en su triple dimensión profética, mesiánica y escatoló­gica .

Para los profetas, obsesionados por el ideal máximo y casi utópico de la «Teocracia», el objetivo religioso-político no era simplemente la supresión de toda opresión sociopolítico-econó­mica interna o externa, era ante todo una visión más amplia y trascendente en virtud de la cual Dios impondría su dominio salvífico en Israel y en el mundo entero, superando la impotencia de los intermediarios (reyes, jueces, instituciones, etc.) para sal­var a los pobres y estableciendo «un reino clara e inequívoca­mente entendido como salvación universal, como suma y esencia de la vida, de la felicidad y de la alegría para los hombres… El reinado de Dios es la promesa de la grande y definitiva felicidad, la consumación del mundo y del hombre» (cf. J. Blank, Jesús de Nazaret, Madrid, 1973, p. 119).

Pero esta visión profética del Reinado de Dios está íntimamente ligada al concepto mismo de mesianismo: es decir, para los pro­fetas será un Ungido por la fuerza del Espíritu de Dios, un Me­sías, quien con sabiduría y fortaleza «juzgará con justicia a los débiles y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra…, y serán vecinos el lobo y el cordero» (cf. Is 11, 1-9). La presencia de Dios en su pueblo, a través del Emanuel, como sucesor de la casa de David (cf. 28, 7, 5-16), llevará consigo la transformación de la historia en un mundo nuevo en el que el mal será erradicado en todas sus líneas, desde el egoísmo pecaminoso que crea insti­tuciones injustas y opresoras hasta las situaciones biológico-cósmicas que acaban con el hombre. Previendo al Mesías-Liber­tador, evangeliza un discípulo de Isaías (35, 4-7), diciendo: «¡Ani­mo, no temáis! Mirad que viene vuestro Dios…, vendrá y os sal­vará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como ciervo y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo. Pues brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa…».

Y la apocalíptica judía del tiempo de Jesús, a partir del sen­tido de la Teocracia y del Mesianismo, da también al «Reino de Dios» una dimensión escatológica con la que se vislumbra la vuelta de la humanidad al paraíso perdido donde, como cantará más tarde el Apocalipsis, se «enjugará toda lágrima, y no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado ya» (Apo 21, 4).

Como puede observarse, este concepto de «Reino de Dios» dista mucho de una ingenua y reduccionista presentación de la salvación traída por Cristo, como si fuera de un orden meramente «espiritual», «trascendente» y extramundano, que agradaría a cierto tipo de «pietismo angelical», o solamente sociopolítico­económica, inmanente e intramundana, que aplaudirían los mar­xistas. «Reino de Dios» para el hombre bíblico es sinónimo de «liberación total» o, lo que es lo mismo, de «salvación», también «total».

3. «Evangelizar» es dar una buena noticia a los pobres

El hecho de que el objeto de la evanglización sea el «Reino de Dios» o se identifique con él, nos indica con toda claridad que «evangelizar» es realizar este Reino. A esta misma conclusión nos lleva el estudio de los pocos versículos en los que los evangelistas ponen en la misma boca del Jesús histórico la palabra «evangelio» o «evangelizar», aún prescindiendo de si son o no las mismísi­mas palabras de Jesús, pues, al menos, eso significa que los mismos testigos del Maestro interpretaron su vida y mensaje dentro del contexto optimista de llevar la salvación o liberación plena a todo necesitado. Analicemos algunos textos claves:

a) Marcos 1, 14-15 nos presenta a Jesús iniciando su minis­terio en Galilea después de haber sido investido mesiánicamente por el Espíritu, en el Bautismo, y resume toda la actividad poste­rior de Jesús, en una especie de pregón-programa, con estas pa­labras: «Pregonaba la Buena Nueva de Dios diciendo: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; concientizáos (metanoeite) y creed en la Buena Noticia».

Allá donde el pecado —que en la visión bíblica consiste en el «desconocimiento» que el «corazón» (potencia pensante en la Biblia) humano tiene de la presencia de Dios en el mundo, con su correspondiente forma de actuar en la práctica —se ha olvi­dado de la inmanente trascendencia de Dios en la historia, Jesús viene a recordar y anunciar que con su venida la acción salvífica de Dios se ha manifestado plenamente al mundo y, por consi­guiente, hay que comenzar a pensar y actuar de otra forma, hay que convertirse, creer en la buena noticia que Jesús en persona nos trae: que Yahweh, el Dios que estuvo con los padres, el Dios­con-nosotros, el Emanuel, ya está actuando para salvar y hacer justicia a los suyos. Una nueva época ha comenzado: los ciegos, los cojos, los sordos, los enfermos, los hambrientos, los perse­guidos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los aplastados por el peso de la opresión y del egoísmo pecami­noso, etc., van a ser consolados y vivir en el Reino de Dios, en el nuevo paraíso conquistado y realizado en Jesús. El posterior misterio pascual de Jesús demostrará hasta la evidencia que in­cluso la muerte va a ser destruida. Tal vez por ello Mateo 5, 1-12 ampliará el programa del Reino, que Jesús instaura, con las Bien­aventuranzas, glosando el lapidario pregón-programa de Jesús que nos presenta Marcos.

b) Lucas 4, 16-22 nos presenta, en paralelismo con el texto anterior de Marcos, una explicitación nítida del programa de Jesús, resumiendo igualmente toda su actividad terrena. El «hoy» de Jesús consiste en realizar lo que el discípulo de Isaías (61, 1-9) había prometido y pregonado como un «año jubilar» (tiempo de liberación total según institución del «goelazgo» de Israel) a los pobres desterrados en Babilonia:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido.
Me ha enviado a dar una buena noticia a los pobres:
a pregonar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
para dar la libertad a los oprimidos
y pregonar un año jubilar del Señor».

Hacer aquí una explicación completa de este texto, que con­tiene toda la mística del carisma vicenciano, sería prolijo en de­masía. Pero quiero sucumbir a la tentación de citar lo que ya en otra parte he escrito (cf. «Aporte bíblico a la Teología de la Libe­ración», en Medellín, 2 (1975) 139-180):

Jesús entiende que toda su vida es un acto de liberación, al estilo del año jubilar o de remisión (áphesis), que él inaugura.

Esta liberación plena y total, como era la del año jubilar, donde lo material, social y religioso (liberar cautivos, curar enfermedades, pregonar la remisión de las deudas materiales y de los pecados) se funden en una realidad gratuita, es el quehacer histórico, el «hoy» de Jesús.

En el programa de Jesús la «misión», «evangelización» y «pregón» (apéstalken, aposteilai, euangelisthai, keryxai) tienen como objetivo, cosa que no conviene olvidar, la «remisión» o liberación total (cf. Dt 15, 1-4; Lev 25, 8-19).

Cierto que la «remisión» en el contexto lucano está orien­tada fundamentalmente al pecado (hamartía) y por ello también la «remisión de los pecados» será el objetivo del ministerio y predicación apostólica (cf. Lc 24, 47; Hech 2, 38; 5, 31; 13, 38), pero habrá de entenderse el pecado con todo el realismo bíblico como la «codicia» o «rebe­lión», el egoísmo en virtud del cual el hombre «desconoce» la presencia de Dios en el mundo y actúa en cuanto tal, maltratando y oprimiendo de diversas formas a las crea­turas de Dios y, de esta forma, ofendiéndole.

La convivencia de Jesús, a través de su vida, con los po­bres, los pequeños y los fuera de ley (cf. Lc 5, 12 ss; 17, 11 ss) y, en general, con los pecadores (cf. Lc 5, 30-32; 7, 34 ss; 15, 1 ss; 19, 1 ss), confirma con los hechos lo pre­dicado con palabras.

El programa de Jesús sugiera la forma o el estilo paradó­jico y desconcertante de la nueva liberación que él ins­taura, al subrayar el aspecto positivo de optimismo, «buena nueva», «año de gracia», y eliminar el aspecto cruel, ne­gativo y acristiano, típico de la época nómada de Israel y de la ley del talión, el «día de venganza» explícito en el texto de Isaías (61, 2) que acabó de leer Jesús y que Lucas omite.

c) Lucas 7, 18-23 es otro texto (cf. Mt 11, 2-6) que esclarece profundamente el sentido de «evangelización» en boca de Jesús. Aquí acaba el logion de Jesús con lo que comenzaba el texto en el literal anterior comentado, haciendo así, entre ambos textos, un perfecto paréntesis inclusive con la expresión «se evangeliza a los pobres»: en 4, 8 se nos dice al comienzo que la «buena no­ticia» o «evangelio» consiste en liberar, dar la vista a los ciegos, etcétera; ahora, en 7, 22, se nos indica al final que lo que Jesús acaba de hacer y decir, dar la vista, el oído, la salud, resucitar muertos, etc., es «evangelizar».

Porque el texto sólo es oscuro para quien no quiera entenderlo. Al último de los profetas soñadores con el ideal de la «Teocracia», Juan el Bautista, que pregunta a través de sus emisarios, «¿eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro ?», Jesús responde categóricamente, primero con hechos, «signos», y después con palabras: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se da a los pobres una buena noticia (euangelísthontai); y dichoso aquél que no se escandalice de mí».

Los «signos» materiales y espirituales (llamemos así con la Biblia a los milagros, tanto de orden cósmico-material, v gr., dominar la naturaleza, curar enfermedades, multiplicar panes, resucitar muertos, etc., como de orden espiritual, v. gr., expulsar demonios, perdonar pecados) eran las «primicias», la buena no­ticia de la irrupción del Reino de Dios, tal como el mismo Jesús los explicó (cf. Lc 11, 20; Mt 12, 28). Pero esto debió escandalizar y desconcertar a muchos antiguos y modernos: «¡Dichoso aquél que no se escandalice de mí!». Fue el mismo desconcierto que produjo el sermón de las bienaventuranzas. La «buena noticia» que Jesús trajo a los pobres, a los afligidos y hambrientos, fue la promesa y realidad de sacarles de su situación de miseria, de tris­teza, hambre y egoísmo, dándoles los bienes escatológicos: el Reino de Dios, el paraíso, la posesión de la tierra (cf. Le 6, 20-26; Mt 5, 1-12), ya que nadie está con los pobres si no es haciendo algo para sacarles eficazmente de su pobreza.

c) Por ello los textos sobre La «misión» de los Doce no su­gieren otra cosa de lo que fue la misión del mismo Jesús (cf. Lc 4, 18): «Id pregonando que el Reino de Dios está cerca. Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demo­nios» (Mt 10, 7; cf. Lc 9, 1; 10, 9-10). En la misma línea está la misión universal que el Maestro da a sus discípulos después de la resurrección: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda la creación… Estos son los signos que acompaña­rán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y aunque be­ban veneno no les hará daño, impondrán sus manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16, 15-18). Después de leer esto, ¿se podrá continuar diciendo que superar las diversas opre­siones materiales no es «evangelizar» y que sólo es necesario, «conditio sine qua non», para crear el orden natural e implantar, después, la evangelización, el orden sobrenatural?

4. Sentido de «evangelizar» en la Iglesia apostólica

La brevedad de este estudio no puede llevarnos a hacer un análisis meticuloso de los múltiples textos apostólicos que nos hablan de «evangelio» o «evangelizar», a pesar de la importancia que tiene tratar de comprender lo que entendieron los sucesores inmediatos del Maestro al usar estas palabras. Simplemente voy a citar dos textos claves del gran teólogo de la Iglesia Apostólica que fue San Pablo. Creo que, en definitiva, resumen y confirman lo que antes hemos dicho.

Sabemos que la carta a los Romanos es el escrito principal teológico del Apóstol. Ahora bien, el centro nuclear de ella es la «justicia» de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo. Pero la «justicia» de que habla San Pablo, al decir de uno de sus me­jores intérpretes (cf. S. Lyonnet, La Soteriología paulina, en Introducción a la Biblia, tomo II, Barcelona, 1965, pp. 746-787), «no puede confundirse con lo que se llama la justicia puramente vindicativa —qua Deus punit peccatores (a la que, por lo demás, la Biblia llama «la ira de Dios»)—, ni con la justicia distributiva, en virtud de la cual Dios recompensa o castiga las obras de cada uno —precisamente la que invocaban Job y los judíos contem­poráneos de Pablo—, sino de una justicia que se podría deno­minar salvífica, por la que Dios justifica en virtud de las promesas que El mismo tiene hechas. De ahí el paralelismo frecuente, aquí como en el A.T., entre justicia y fidelidad de Dios: Dios es justo en cuanto que obra conforme al compromiso que contrajo libremente de otorgar a su pueblo la herencia de Abraham» (cf. op. cit., p. 757).

Si la «justicia» de Dios es el núcleo de la carta a los Romanos, entendida de esta forma realista que abarca toda la promesa hecha a Abraham, esa misma justicia podríamos decir que es el objeto del «evangelio» de Pablo en esta carta: «Pablo, siervo de Jesucristo…, escogido para la buena nueva (evangelio) de Dios que había prometido por medio de sus profetas» (Rom 1, 1 s). Y un poco más adelante afirma: «Pues no me avergüenzo de la buena noticia (evangelio), que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree…, porque en él (en el evangelio) se manifiesta la justicia de Dios» (Rom 1, 16 s). Es decir, ya en su prólogo a los Romanos, Pablo afirma que la buena noticia o el evangelio es la justicia salvífica de Dios, en virtud de la cual todas las pro­mesas hechas por los profetas —promesas muy realistas e in­tramundanas, aunque trascendentes y escatológicas también—se cumplen fielmente en Jesús y su mensaje.

Por otra parte, como cerrando en un paréntesis maravilloso la misma carta, en el epilogo resume, con un himno cristológico, toda la dimensión del «evangelio» o «justicia salvífica de Dios», añadiendo un nuevo término paralelo o sinónimo de «evangelio» que ampliará en la carta a los Efesios, el de «misterio»: «A Aquél que puede consolidamos conforme a mi buena nueva (evangelio) y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio, mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al pre­sente…» (Rom 16 ,25 s). Nuevamente compendia el Apóstol aquí el contenido de su concepto de «evangelio»: su buena nueva es la misma de Cristo, y se identifica con el mismo Jesús que, a su vez, es la realización de un «Misterio» de Dios.

Sabemos también, por Ef 1, 3-14, que el «Misterio» de Dios es el plan estratégico y la realización del sueño optimista que Dios estableció gratuitamente, desde antes de la eternidad, para li­berar («en El tenemos la liberación», Ef 1, 7) a todos y a todo por Cristo Jesús, es decir, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. ¿No es ésta la gran noticia que nos da Pablo, teologizando profundamente sobre el contenido del «evangelio» que es el mismo Jesús? ¿No es esto lo que en la actualidad llama Pablo vi la «sal­vación, ese gran don que es la liberación de todo lo que oprime al hombre»? (Ev. Nun. n. 9).

5. Conclusiones

Con lo dicho se podría confeccionar un manojo de conclu­siones teológico-pastorales que podrían ser como el perfume de la mística evangelizadora cristiana y del carisma comunitario de los Paúles, si queremos continuar siendo fieles al lema del Fundador: «Me ha enviado a evangelizar a los pobres». El lector seguramente ya habrá espigado lo que más le interesa. Por mi parte subrayaría gustosamente lo siguiente:

  1. La acción evangelizadora cristiana contiene un realismo mucho más profundo que aquél a que estábamos acostumbrados: «evangelizar» no es sólo predicar de cosas espirituales o una doc­trina o ideología. Es proclamar, con signos y palabras, el acon­tecimiento histórico realizado por Dios en Jesús de Nazaret para implantar su reinado de justicia salvadora en el mundo. Y como por Cristo se anunció y realizó el evangelio, es prácticamente imposible el anuncio de la buena nueva sin la explicitación del Evangelio encarnado, que es Jesús mismo. Cristo es el evan­gelio.
  2. De ahí que «evangelizar» es para el cristiano, hoy día, como lo fue para Jesús, instaurar el ideal de la «Teocracia», es decir, eliminar los obstáculos para que la presencia del dinamismo salvífico de Dios libere plenamente al hombre, haciendo que la humanidad se realice al estilo como Cristo quiso: superando todo aquello que al hombre esclaviza, desde el egoísmo peca­minoso, pasando por las estructuras injustas, hasta llegar a eli­minar la limitación misma creatural, creando un hombre nuevo que llegue en Cristo, a la madurez del hombre perfecto, es decir, a la libertad.
  3. Todo lo anterior implica que en la «evangelización» no caben escapismos ni dualismos camuflados de diversas índoles: no vale la dicotomía espiritual-material, alma-cuerpo, histórico-eterno, aquí-allá, etc… Para que la salvación o liberación sea «total», debe incluir todas las dimensiones. El reduccionismo a uno de los extremos sería privar al «evangelio» de la riqueza incon­mensurable que tiene. Liberar, en cualquier campo en que se haga, ya es «evangelizar», pero no es toda la evangelización, que por ser metahistórica (en cuanto al punto de partida, que es gracia, y en cuanto al punto de llegada, que es escatología) supera todo raquitismo terreno.
  4. El «evangelio» es ante todo «buena noticia». Reducirlo a «profetas de desgracias», como afirmaba Juan xxm, es olvi­darse que la «denuncia», por muy importante que sea, vale me­nos que el «anuncio» positivo. Es claro que en esta línea estuvieron también los profetas. «Anunciar» la presencia salvífica de Dios en el mundo, con lo que esto implica de dignidad e igualdad para todos los hombres en la práctica, y «denunciar» todo lo que opaca y asfixia la manifestación plena de esta presencia divina en el mundo es «evangelizar» y construir el Reino de Dios. Por ello la «buena nueva» debe suscitar la esperanza o el prudente opti­mismo cristiano: cuando el mensaje cristiano engendra miedo, tristeza, odio, pesimismo…, podemos estar seguros de que no se dan buenas noticias, no hay auténtico «evangelio». Y mucho de esto había en nuestra antigua presentación de las «verdades eternas» y en ciertas formas actuales de predicar la liberación.
  5. Si el carisma o mística de los Paúles está en «evange­lizar» a los pobres, significa que es ahí donde debemos poner nuestro empeño: en ser los especialistas o vanguardistas de la liberación total al estilo de Cristo, y esto lo mismo en la teoría que en la práctica, tal como ya lo propuse en la Asamblea pro­vincial de Madrid del 68, cuando se trataba de revisar la mística y estructura de la Congregación de la Misión. Pero da la impresión de que, en vez de profundizar y llevar a la práctica estos aspectos, las Asambleas provinciales o generales se entretienen, la mayor parte de las veces, en casuísticas jurídico-practicistas, olvidando la mística que da vida a la letra de la ley o de las Constituciones.

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