Espiritualidad vicenciana y renovación conciliar

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Veremundo Pardo, C.M. · Año publicación original: 1967 · Fuente: Anales españoles.
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concilio1En la Iglesia posconciliar se necesita un estudio sólido y diverso de la espiritualidad cristiana básica y de las «espiritualidades» que han aplicado la Espiritualidad evangélica a distintas situa­ciones históricas y a familias religiosas y apostólicas, para reali­zar la «adecuada renovación» de estas espiritualidades a la au­téntica espiritualidad Cristocéntrica y Trinitaria, tal como se nos revela y como la Iglesia hoy pide que se realice. Por mi parte sólo intento un esbozo de estudio en la Espiritualidad de San Vicente de Paúl y su aplicación a la renovación conciliar. Él la hizo en relación a Trento, y así se debe hacer en línea continua en la rea­lización espiritual y apostólica del Vaticano I y II. Como Él intento es ambicioso, sólo puedo esbozar la figura, dejando para otros más documentados y menos ocupados que yo, Él acabar este cua­dro.

Plasmar o estereotipar esta espiritualidad en Él sistema de ejer­cicios vicencianos, comparativamente con los de San Ignacio, ini­ciaría una labor muy importante al revalorar Él sistema vicenciano de ejercicios espirituales. Felizmente, se han comenzado a realizar trabajos profundos sobre «Espiritualidad» después del Vaticano II, ante la llamada de la Iglesia a la renovación espiritual de todos los sectores de la misma, y tomando como base los principios doc­trinales y normas generales de renovación que Él mismo Concilio ha dado sabiamente. «La adecuada renovación de las Familias Re­ligiosas», pedida por Él Decreto Perfectae Caritatis, y reclamada para dentro de tres años por Pablo VI en Él «Motu propio Eccle­siae Sanctae», de seis de agosto de 1966, han acelerado estos estu­dios y encuestas previas.

La Historia de la Espiritualidad Cristiana y comparada ha co­brado grande importancia dentro de los estudios eclesiológicos de nuestro tiempo. La clásica de P. Pourrat: «La Spiritualité Chre­tienne», en cuatro tomos (Ed. Gabalda, París, 1920-26), tiene aún valor por la serie de documentos originales y textuales que aporta y por la relación entre escuelas que presenta Él autor.

Modernamente, L. Bouyer, F. Vandenbroucke, etc., han elabora­do una historia más profundamente en «La Spiritualité Chretien­ne (tres volúmenes. París, 1960-63). Otros varios, al iniciar sus libros de espiritualidad, como De Guibert y Thils, hacen introducciones orientadoras (le la historia de la Espiritualidad.

La historia comparada de la Espiritualidad tiene muchos cul­tivadores en este último decenio: 55-65. Últimamente, la revista internacional «Concilium» dedicó casi todo un número a la espiri­tualidad, en noviembre de 1965, escrito por excelentes especia­listas da fama mundial. Toda esta bibliografía y los textos conci­liares nos servirán de preciosa ayuda al trazar la historia de la espiritualidad vicenciana. En cuanto a ésta, después del centenario de San Vicente y Santa Luisa (1960), poco se ha producido, si se exceptúa lo que se viene publicando en «Charité et Misión», la re­vista del P. Dodin.

¿Qué es la Espiritualidad? Hay que ponerse de acuerdo sobre esta palabra tan usada hoy, la realidad que significa. Un doble es­tudio de Von Balthasar y Vandenbroucke, en «Concilium» (nov. 65; páginas 1-24, 50 64), analiza los elementos esenciales e históricos que nos conducen a una delimitación de «espiritualidad», en rela­ción con otras ciencias del espíritu y de la Revelación. No traemos aquí Él proceso, sino la conclusión: Espiritualidad es la ciencia de las reacciones de la conciencia religiosa ante Él objeto de la fe y de los actos humanos que tienen una referencia especial a Dios, es decir, la ascética y la mística. Esta definición, sacada en gran parte de Bouyer, y que coincide en otra parte con Balthasar, indica una ciencia doctrinal y práctica que se diferencia de la Teología dog­mática, que tiene por objeto Él mismo objeto de la Fe, Él Dogma revelado, la Palabra de Dios: y aun de la Moral que estudia Él caminar ordinario del hombre hacia Dios en sus actos humanos, ya que la Espiritualidad o Teología Espiritual trata de «la doctrina perfecta, de lograr la madurez de la Fe» (Hebr. 6, 1, y 1.» Cor. 2), o sea, la perfección en Dios.

En su relación con la PASTORAL, afirma Bernard en «Tendencias de la Espiritualidad contemporánea: «Tras la revitalización de la función Pastoral en la Teología, se inicia Él redescubrimiento de su función espiritual». Previene sabiamente contra entusiasmos pre­maturos (le ciertas «espiritualidades» que son verdaderas evasiones ante una realidad difícil. Ha de ser un auténtico esfuerzo para rea­lizar la experiencia y la existencia evangélica, interiorizándola con profundidad «para» vivir una vocación cristiana en toda su inte­gridad de la manera más personal y grave, o sea una vida de Fe.

El sentido realista y social de la Espiritualidad que actúa sobre Él mundo desde las alturas de la contemplación en sí misma o en la acción, ha de ser la característica principal de la vida espiritual en nuestro tiempo, como lo fue la de San Vicente de Paúl V sus Instituciones, por lo que conservan plena actualidad doctrinal práctica. Adelanto esta afirmación que se confirma después. En un libro «Mística de la Acción y de la Caridad, según San Vicente» (Madrid, 1961. Studium) ya traté este aspecto vital y caracterís­tico de la Espiritualidad vicenciana.

A) LA ESPIRITUALIDAD EVANGELICA ES CRISTOCENTRI­CA Y TRINITARIA. Todo lo escrito se puede aplicar eminente­mente a la Espiritualidad Evangélica. Jesucristo es Él mediador para ascender al Padre, que vive de la visión del mismo, depende en la oración y Él amor, siempre dispuesto a cumplir Su Voluntad en entrega absoluta para realizar la Acción redentora hasta Él sufri­miento y la muerte. En Él se recapitulan todas las perfecciones humanas; Él es la Palabra, Él es la Acción y Él es la Disponibi­lidad plena ante Él Padre, como resume Balthasar (página 17): «La actitud de Jesús, en cuanto constituye al sustrato único de la revelación del Dios trino, se cierne insuperable sobre toda otra actitud humana».

El amor trinitario, la Revelación de la Faz de Dios en Él Hijo y por él en los hombres y la Acción sumisa y siempre disponible de Cristo, revelan Él amor eterno de la Trinidad al mundo. Por eso mismo «la síntesis entre Dios y Él mundo y la integración con­creta del mundo en Dios descansa en Cristo».

«EL EVANGELIO», o vuelta a la «Buena Noticia de la Salva­ción y Perfección», ha de ser una característica común a todas las Espiritualidades Cristianas. «Repristina» la espiritualidad y sus medios, como ahora se dice, es volver a las fuentes auténticas v al seguimiento inmediato y fiel de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida Él Concilio Vaticano II lanza una afirmación base en Él número nueve de «Lumen Gentium»: «Constituido Él Pueblo de Dios en comunión de Vida, de Caridad y de Verdad, es tomado también por Cristo como instrumento de la Redención universal y enviado a todo Él universo, como Luz del mundo y Sal de la tierra». En lo que claramente se ven la Cumbre y las vertientes de toda Espi­ritualidad cristiana. Y este Pueblo de Dios «trata de vivir de Cristo en un universo que le somete a terribles tensiones v a seduccio­nes contradictorias, trata de sobrevivir —y de influir— en este mundo en cuanto Cristiano».

El Espíritu Santo, Alma de la Iglesia, está influyendo extraordi­nariamente en los Pastores y en los demás miembros del Cuerpo Místico, para que realicen esta experiencia doctrinal y vital apli­cada. «Puesto que se trata menos de permitirse Él lujo de una espiritualidad nueva que de vivir con verdad.»

HOY, «el Evangelio de siempre, Él realismo de este Evangelio, se convierte en Él objeto preferente de la búsqueda espiritual». Así centra Beshard todas las amplias discusiones de este gran pro­blema. Él Mesías del Evangelio en la Iglesia es Él eje de toda es­piritualidad cristiana auténtica.

«Los cristianos ardientes de hoy tienen sed de oír hablar de Jesucristo, de la condescendencia infinita del Padre y de la comu­nión en Él Espíritu.» Este Cristocentrismo es una nota acusada de la espiritualidad vicenciana, lo mismo en su ideología que en los medios prácticos de perfección de los ministerios.

UN SENTIDO FRATERNAL COMUNITARIO es caracterís­tico de la Espiritualidad evangélica, que hoy se renueva por idio­sincrasia de la Iglesia y sus Instituciones, cuando participan de Su savia vital, como ha sucedido a lo largo de la historia y en las épocas más necesitadas de amor sincero y fraterno.

«Las nuevas dimensiones de la solidaridad», de las necesidades y de las comunicaciones, los errores del comunitarismo ateo han hecho resaltar Él sentido de «comunión» personal y social de Cristo y Su Iglesia. En Él libro «Caridad fraterna, social y Misionera» (Colección Cáritas. Madrid, 1959) he resaltado este carácter esen­cial a la Iglesia, Verdad y Caridad. Hoy se vive en lo litúrgico y se inicia ya en lo Pastoral. La proliferación de «Conferencias, Diá­logos y Equipos», si se orientan bien, darán un nuevo sentido a la Espiritualidad, a la Pastoral, «al servicio de la vitalidad litúrgica, caritativa y apostólica». Esta será la panacea eclesial contra todo individualismo de grupo o institucional, tan peligroso…

San Vicente de Paúl tiene su palabra, su mensaje institucional sobre esta característica. Aprovechar y unir fuerzas espirituales y apostólicas y aun las de mero signo cultural y social es una empresa que pertenece en gran parte a los espirituales abiertos a este sentido fraterno comunitario para Él bien común de la Iglesia y de la Humanidad. Tal vez se diga que es función propia de la Jerarquía y de la Autoridad social; mas Él captar estas corrientes y esforzarse por la unión multiplicadora parece ser más bien una labor carismática, que después ha de encauzar la autoridad con­veniente. En cuanto al origen de las Comunidades o Familias re­ligiosas, Él Concilio reconoce que han nacido del Espíritu por medio de «varones o mujeres ilustres», cuyas Reglas aprueba la Jerarquía auténticamente («Lumen Gentium», 45).

INTERPRETAR LAS «SEÑALES» del Tiempo del Mundo y de la Iglesia, favorables o no al Reino del Señor. Conocer y tratar de remediar las necesidades espirituales y materiales de cada época o «círculo histórico» mediante esas fuerzas aunadas es otra y por ahora final característica de la auténtica Espiritualidad Cristiana de Iglesia.

Frente a una frecuente espiritualidad de «evasión» y de fron­tera cerrada hay que injertarse’ en Cristo y Su Iglesia con toda su actividad y la del mundo, con todos los acontecimientos; pero con una Fe «que vence al mundo» y lo consagra al Señor. Él Espíritu Santo impulsa a fieles y Jerarquía en este sentido. Buena prueba son los movimientos espirituales: bíblico, litúrgico, etc., y las Constituciones y Decretos del Concilio Vaticano, como lo fue Trento, etc.

ESPIRITUALIDADES DISTINTAS EN LA IGLESIA.—Opino que estos caracteres son comunes sustancialmente a las distintas espiri­tualidades, bien sean de sacerdotes, religiosas o seglares, ya que todas han de tener una raíz y un tronco comunes que es Cristo, Su Mensaje y Su Iglesia como causantes de toda Espiritualidad. De aquí se deduce que no hay autor de Espiritualidad alguna que sea netamente original, como a veces se pretende en un movimiento de entusiasmo hacia una figura humana excepcional. «Jesucristo les confiere, a las espiritualidades, desde la unidad de su amor trinitaria su exclusivo sentido aceptable, y en F.I encuentran su común unidad», escribe Urs von Balthasar

La diversidad de formas «de la Unica Misión de Cristo —que es su absoluta Obediencia por Amor— son las que constituyen las espiritualidades, según la multiplicidad de gracias y funciones qué Él y su Iglesia conceden» en diversa medida, en «la diversidad de los carismas», que enumera San Pablo (Rom. 12, etc.), «mas sir­viendo con amorcarisma superior a la edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef. 14) y al bien común de todo hombre.

Es muy interesante la afirmación de Balthasar sobre Él «Caris­ma fundamental, previo a la diferenciación, y es Él dé la Iglesia como Esposa, realizada en arquetipo en María, Madre y Esposa Inmaculada», que se centra en Él «Ecce ancilla Domini», corres­pondiente al «Fíat Voluntas Tua» de Cristo. Esta «trascendencia, disponibilidad absoluta y pura indiferencia es la que ha de armo­nizar todas las espiritualidades, por muy diversas que parezcan (Concilium 9, pág. 21).

Poner unas espiritualidades frente a otras, dentro de la Iglesia, es un fruto antievangélico de la soberbia y Él resentimiento huma­nos, que se creen mensajeros exclusivos y excluyentes. Todas se completan y se diversifican según los estudios, las épocas y las fun­ciones, pero se unen en la variedad fecunda de la Iglesia, condu­cida por Él Espíritu, que une y enlaza en la CARIDAD.

LAS CAUSAS DE LAS DIVERSAS ESPIRITUALIDADES son muy varias. F. Vandenbroc Ke las reduce a: La Fuertes personalidades en la Iglesia que experimentan en profundidad al Evangelio y lo realizan en sus discípulos, estableciendo una continuidad espiritual y ministerial en una Institución, la que aprueba y vigila la Iglesia, para que no pierda su «pristinidad», como está haciendo ahora Él Concilio y como lo realizó a lo largo de su historia.

2.a Él medio ambiente y las necesidades de todo género que se han de entender y remediar acucia a esas personalidades carismá­ticas y proyectan Él organismo u organismos que han de continuar ese servicio en situaciones parecidas o adaptando los fines y mé­todos a nuevas situaciones y necesidades sin perder Él espíritu y la orientación original.

LA RENOVACION de las ESPIRITUALIDADES en la. Iglesia se han de realizar hoy a la luz del Concilio, que ha trazado los cami­nos desde las Fuentes hasta nuestros tiempos y para Él Futuro. Se ha escrito bastante del «sentido pastoral» del Concilio Vatica­no II, porque estaban más en boga las pastorales; pero analizando Él fondo conciliar, la revisión y renovación primera de carácter espiritual, con una vuelta sincera al Evangelio en todos los sectores de la Iglesia, con una conciencia clarificada por la Iglesia y una vivencia plena interior y social.

Cierto es que al estar inmersos en «nuevas condiciones de vida», psicológicas, morales y sociales, hay que proyectar en esos am­bientes las diversas espiritualidades renovadas, adaptando sabia­mente lo que los Fundadores de esas espiritualidades vieron bueno para su tiempo: y la mayoría, como profetas, intuyeron las nece­sidades de los tiempos futuros en su continuo volver. Una repe­tición ahora de la letra sin «espíritu» y sin los «propósitos», como indica Él Concilio en Él Decreto «Perfectae Caritatis» sobre la «adecuada renovación de la vida religiosa», sería improcedente, con tendencia al fariseísmo separatista, cerrado y pretencioso.

APLICAR TODO ESTO A LA RENOVACION y «ACTUALIZA­CION» DE LA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA es una tarea in­teresantísima, obra de todos los hijos e hijas espirituales de San Vicente de Paúl extendidos en Él mundo. Una modesta contribu­ción a la empresa común son estas páginas.

Los PP. Jesuítas lo están realizando desde antes de terminar Él Concilio y lo continúan en los Congresos de Ejercicios, Él pri­mero de ellos en Loyola, agosto de 1966, en Él cual los mejores especialistas en Ciencias Teológicas y en Ejercicios, junto con directores de los mismos, trataron de repristinar y actualizarlos al servicio del pueblo cristiano para una vida más interior y para un mundo mejor, «que era la finalidad de esta revisión hecha a la luz de la Revelación y del Concilio», según declaraba Él secretario P. Espinosa a la «Gaceta del Norte» (30 de agosto 1966) y en su larga Congregación General.

LA, ESPIRITUALIDAD VICENCIANA está puesta al servicio directo de todos los sectores del Pueblo de Dios desde que brotó y se experimentó en Él alma genial de San Vicente y la fue comu­nicando de palabra y por escrito a las Instituciones sacerdotales «religiosas», «seculares» y «seglares» (masculinas y femeninas) que salieron de su Misión (la Congregación Secular de la Misión, las Hijas de la Caridad, Damas, Conferencias, etc.) a los tiempos mo­dernos, y que perduran vivientes. Todas ellas piden esta renova­ción y actualización.

EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES a ESTILO VICENCIA­NO puso el fundador toda la intensidad de su doctrina espiritual y la vivencia de Cristo y de Iglesia para formar a sus discípulos, y con la modalidad del «Coloquio» y la «Conferencia», repetición de la meditación, hizo comunitaria su espiritualidad, preservándola del aislamiento individualista del humanismo renacentista. Su estilo de ejercicios en común, en «tanda», conjuga la parte personal y la comunitaria para preparar el trabajo en equipos apostólicos, que será el distintivo de todas sus obras. Su sentido comunitario y po­pular, enraizado en la parroquia, da un viraje en la Iglesia, que se continúa y perfecciona hasta nuestros días en lucha agotadora contra los modernos egoísmos, hijos de la mentalidad liberal y ca­pitalista. La reacción marxista «comunitaria» no es original ni eficaz. La Iglesia tiene en la Doctrina y Vivencia del Cuerpo Mís­tico y de la Comunión de los Santos una fuente inagotable de actividad comunitaria. San Vicente enseñó y vivió a Jesús Crucifi­cado, como Cabeza del Cuerpo Místico, y puso esa crucifixión como la meta de la vida espiritual y, por lo mismo, de los ejercicios espirituales, «la Obra de las Obras de Dios, más grande aún que crear el mundo» (Conferencia, edic. Coste XII).

Por eso mismo resaltamos la renovación y actualización de la espiritualidad vicenciana de los Ejercicios como instrumento exce­lente e intenso de la vida de Fe en la Palabra de Dios; de la Vida de Gracia y Sacramental, y de la Vida de Caridad activa, trabaja­dora con espíritu de Pobreza. La comparación del ejercicio a estilo de San Ignacio, con el estilo de su vulgarizador, importante y ori­ginal, es muy provechosa para toda clase de ejercitantes y ejer­citadores. Se trata de enriquecer la experiencia primera ignaciana, fruto de otras y todas del Evangelio con la vicenciana.

AL REVISAR HISTORICAMENTE LA ESPIRITUALIDAD DE SAN VICENTE Y SU PROYECCION APOSTOLICA se necesita com­probar COMO INTERPRETO LAS SEÑALES DE AQUEL TIEMPO DE LA IGLESIA Y DEL MUNDO y de sus Instituciones sacerdota­les, seculares y seglares, y el sistema de lanzamiento personal y co­munitario a la solución de las necesidades reales de su época futuras.

La historia de San Vicente y su época ha sido contada muchas veces, y según la interpretación de los diversos historiadores y su ambiente. En la nuestra la podemos hacer con mayor conocimiento de las fuentes, ya que tenemos la edición crítica de los docu­mentos vicencianos hecha por el P. Coste, en 14 volúmenes (Paris, 1920-24), y por otros varios en diversas publicaciones, como ANNA­LES de la Congregación de la Misión: en «Missión et Charité», etc.

Por otra parte, se ha sometido a un análisis científico la his­toria humana y religiosa del siglo XVII, de manera muy especial este siglo en Francia desde muchos ángulos de interpretación. Yo mismo, con el P. José Herrera, hemos escrito una «Vida de San Vicente», con sentido católico y español, en la Biblioteca de Autores Cristianos, que se ha difundido ampliamente en España y América. Y con el mismo Padre y los estudiantes de Teología de PP. Paúles en Salamanca hemos hecho la antología ordenada de la Doctrina del Santo, especialmente en Caridad y Actividad Apostólica, que había de llevar un estudio sobre «Mística de la Acción de la Cari­dad, según San Vicente», y que por circunstancias anómalas edité aparte en la colección «Caritas», ambas en Madrid, 1960.

Pero es necesario revisar, con los mejores biógrafos de hoy, I Giordani, S. Vicenzo de Paoli, Servo dei Poveri, Roma 1959, André Dodin, «San Vicent de Paul et la Charité», París 1960, etc., la sig­nificación eclesial y humana-personal y social del Santo en su tiempo y en el nuestro.

LA DOCTRINA Y PRACTICA ACERCA DE LA PROVIDENCIA es un presupuesto para entender a San Vicente en la interpreta­ción de los acontecimientos y en el modo de remediarlos, unidos al Plan Divino. «Tengo una devoción particular a seguir paso a paso la adorable Providencia de Dios» (II, 208). «Me ha venido un gran deseo de querer todo lo que sucede en el mundo, bueno y malo, tanto en general como en particular, ya que Dios lo quiere, pues nos lo envía. Esta disposición de voluntad respecto a la de Dios trae, entre otros bienes y no el menor, la tranquilidad de espíritu» (VI, 476). «Dios permite que haya grandes obstáculos de ordinario en los buenos planes, con el fin de que una vez logrados se reco­nozca que El es quien lo ha hecho» (V, 442). «No hay que alterarse cuando nos faltan los hombres con quienes contábamos: entonces es cuando Dios obra» (V, 436). «Es propio del Espíritu de Dios obrar suavemente, y el medio más seguro de triunfar es imitarle en esta manera de obrar.» «Me diréis —escribía a su gran colabo­rador en Annecy, Bernardo Codoing— que soy tardo en exceso, que hago esperar meses una respuesta: pero yo no he visto aún que se haya perdido algún asunto por mi lentitud. Dios es honrado en el tiempo que se toma uno para valorar maduramente las cosas de su servicio» (II, 207). «Así obró Dios con su Pueblo, permitiendo un gran desorden… para poner un Orden Divino y sal­varles a todos por la venida, pasión y muerte de su Hijo» (v. 441). Y terminamos con esta humilde y valiente confesión. Hace un re­corrido de las múltiples instituciones salidas al mundo en la Igle­sia por medio de él: «Y ninguna ha sido hecha según un designio previo: ha sido Dios mismo que ha querido ser servido en tal o tal ocasión, para suscitarlas insensiblemente… Sea antes paciente que obrante, y así Dios hará, por medio de usted, todo lo que todos los hombres no sabrían hacer sin El» (IV, 122). «Nuestro Señor es una comunión continua para los que están unidos a su querer o no querer», escribía a su gran cooperadora Santa Luisa de Marillac.

Esta Teología de la Historia de la Salvación, esta Ascética de la sumisión fiel a la Providencia, nos dan la visión global del sentido vicenciano en interpretar los acontecimientos y en poner remedio. En lugar de quejarse estérilmente, adoraba la Providencia en ellos y sacaba el bien del mal. Aceptó a los hombres benignamente como eran, igual que los acontecimientos para reformarlos conforme a Jesucristo, cada uno según su grado de necesidad. Cualquiera pue­de ver en estas expresiones vicencianas, acumuladas de intento, el espíritu por ejemplo, de un Juan XXIII, gran devoto del Santo. Al iniciar el inspirado Concilio, después de «disentir de los profe­tas de calamidades que siempre están anunciando infaustos suce­sos», dijo: «En el presente orden de cosas, en el que parece apre­ciarse un nuevo estilo de relaciones humanas, es preciso reconocer los arcanos designios de la Providencia divina, que a través de los acontecimientos y de las mismas obras de los hombres: y muchas veces sin que ellos los prevean, se llevan a término, haciendo que todo, incluso las fragilidades humanas, redunden en bien para la Iglesia.» Y terminaba con esta profesión: «Oh, Dios omnipotente, en Ti ponemos toda nuestra confianza, desconfiados de nuestros esfuerzos». (Documentos BAC, 1.a 747 y 752).

«La Iglesia es preferentemente para los pobres y de los pobres», es el lema apostólico de ambos.

Unos cuantos rasgos fundamentales de la etapa histórica del siglo XVII y su parecido con el XX serán suficientes para encua­drar la espiritualidad y acción apostólica vicenciana y la de sus Instituciones.

La Estado casi permanente de guerras, con sus secuelas eco­nómicas, sociales y religiosas en el pueblo. Sin terminar la lucha fratricida de «religión» y las intrigas y muertes por el poder, estalla la de los Treinta Años hasta 1648. Después las dos Frondas. Sólo tres años hubo una paz relativa, 1957-1960.

Por el predominio imperial entre España y Francia, la econo­mía sufrió un quebranto casi radical. Unos 20 millones de habitan­tes en Francia, con el 50 por 100 de mortalidad infantil y la me­dia de edad, 25 en el campo: 40 a 45 entre la clase media burguesa. Frecuentes epidemias, que quitaban la vida hasta el 33 por 100. Sólo unos tres millones de habitantes sabían leer en Francia, la economía sufrió un quebranto radical. (Datos tomados del P. Do­din. Págs. 6 y 7).

Las clases sociales viven completamente separadas. Inefi­caz la aristocracia, con excepciones. Comienza la influencia de la clase media y los financieros que sostienen la guerra con los im­puestos que esquilman al pueblo agrícola, depredado además por las diversas tropas que cubren el país. La miseria del pueblo es infrahumana, apenas «tienen figura de hombres», dirá el santo mi­sionando. La moral es defendida externamente por la ley civil. En las clases altas, domina la hipocresía y la ociosidad entretenida en cenáculos literarios de las «preciosas ridículas» y fustigadas por los escritores costumbristas, como Rochefoucauld, Molliere, etcétera.

El clero, muy abundante y poderoso en rentas. Ciento cincuenta y dos mil iglesias, 40.000 conventos. Cerca de 266.000 eclesiásticos y 181.000 religiosos y religiosas, preferentemente llenan las ciudades y grandes villas. La escisión protestante avanza por muchas pro­vincias. Las «encomiendas» eclesiásticas son legión y se obtienen por medios y fines financieros. La situación del clero, muy lamen­table (Dodin, 8).

El pueblo «perece en la miseria e ignorancia», dirá San Vicente al palparlo en sus misiones, pero maravillosamente conserva la fe y la religión verdadera, aunque es solicitado por los hugonotes.

La Reforma Católica apenas había arraigado en Francia des­pués de Trento, y era muy necesaria por los rasgos apuntados, -­en todos los sectores de la Iglesia y de la sociedad civil. San Vi­cente se fue inicialmente al pueblo del campo y del naciente su­burbio, pero se convenció que, sin renovar los otros sectores, no era posible la salvación espiritual, cultural y económica: y el san­to llegó a ser el centro de la Gran Reforma de la Iglesia en Francia, y aun del Estado y la sociedad.

Una pléyade de «espirituales» renovadores dio el Señor a Fran­cia, que más necesitada estaba, e hizo actuar entre ellos a Vicente, que era de origen español. Casi todos tuvieron muchos contactos y ayudas entre sus personas e instituciones. Igual pasó antes en España, en Italia y Alemania, que en mucha parte ya habían reali­zado la renovación antes y después de Trento. Son etapas de Iglesia.

Berulle, San Francisco de Sales, Andrés Duval, Olier, etc., y las Comunidades y sociedades religiosas son los ejecutores de un plan providencial sobre la Iglesia de Francia, que tanto había de in­fluir en los siglos posteriores hasta nuestros días, ya en bien o en mal, por las Fundaciones extendidas en todo el mundo o por las herejías y revoluciones que habían de nacer allí.

EL JANSENISMO, con la secta de las «Dos cabezas», la lucha contra la frecuente penitencia y comunión vino a empeorar la si­tuación religiosa que ya había deteriorado el «humanismo pagani­zante» con su individualismo y desprecio del hombre común: y las sectas protestantes con su salvación sin obras o con el fatalismo calvinista, que amparaba el Jansenismo, al hacer inútil la Encar­nación e irresistible la concupiscencia v la gracia. Un quietismo inoperante se deslizaba en ciertas corrientes «místicas» que cul­minó más tarde en herejía. Hablar y escribir de «amor», pero sin «sudor ni esfuerzo de brazos», fue moda entre «espirituales» y li­teratos, hasta en forma extravagante, como en Maribni. Por otra parte, el racionalismo de Descartes ganaba secuaces frente a la revelación.

DESCUBRIR Y CUMPLIR LA VOLUNTAD DIVINA en cada TIEMPO y en cada ACTO es primordial en la espiritualidad cris­tiana, y así lo entiende San Vicente de Paúl.

1º Cristo viene al mundo para «cumplir la voluntad de su Padre celestial y agradarle». «Es su comida». Y hasta que llegue «la hora» o el «tiempo» no hace las cosas, por muy trascendentales que sean. Con este «estilo» consuma su OBRA.

2º San Pablo, intérprete fiel de Cristo, da esta norma básica a los cristianos: «No os configuréis a semejanza de este siglo o mun­do; antes bien, transformaos por la renovación de vuestra mente, para que SEPAIS AQUILATAR CUAL SEA LA VOLUNTAD DE DIOS, que es lo bueno, perfecto y agradable. Así, vuestro culto será lógico, por presentar vuestra vida en el cuerpo, como víctima vi­viente, santa, agradable a Dios» (a los romanos, 12-13).

La doble obligación cristiana:

1º No asemejarse, no «someterse al mundo» en el sentido evan­gélico, es decir, «repleto de concupiscencia de los ojos, de la carne y orgullo de la vida». Si alguno ama a «este» mundo NO ESTA EN LA CARIDAD DEL PADRE (1ª Juan, 2, 15, 16). «Y el mundo PASA y también SUS CONCUSPISCENCIAS, pero el QUE HACE LA VO­LUNTAD DE DIOS PERMANECE PARA SIEMPRE» (íd., 17). Cla­ridad meridiana.

2º Inquirir y seguir por amor la Voluntad Divina, es lo que agrada al Padre, y se ha de realizar en Xto. Jesús, a su semejanza, y por el Espíritu, que concede este don primordial; «porque los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios, que no viven según la CARNE, que muere, sino según el Espíritu, que vivifica». (Romanos, 8, 13 y 14.) Este es el problema general que se va concretando, según se descubre la voluntad de Dios, y se’ centra en los Carismas y servicios que son voluntad del Padre por el Espíritu que los concede «según la medida de la fe que el Señor repartió», con modestia y para obrar «corno un SOLO CUERPO EN CRISTO; más en el que cada miembro ESTA AL SERVICIO DE LOS OTROS, ejerciendo los dones de: Profecía-Ministerio o Ser­vicio general-Enseñar-Exhortar-DAR con LIBERTAD, Presidir con solicitud o gobernar-Practicar la MISERICORDIA». (Rom, 12, 6 8; 1ª Cor, 1, 17; Efs, 1, 17; etc.)

Este es el plan que siguió fielmente San Vicente para sí y sus Obras todas. Es cierto que Dios ha manifestado su Voluntad por la Ley natural, por la revelación, como verdad y como Norma indi­vidual y colectiva, y que ha colocado en las sociedades, naturales y sobrenaturales la autoridad legítima que señala los caminos de Dios, pero en la aplicación concreta a cada vida y en las sociedades libres se necesita buscar, aquilatar esa voluntad divina, interpre­tando rectamente los «signos» sicológicos, sociales, etc., de los hom­bres y de cada «tiempo».

El P. Karl Rahner, en su libro «Lo dinámico en la Iglesia», ha estudiado este gran problema central. Estampa estas afirmaciones iniciales: «Lo individual no puede ser absorbido por lo universal.» «Si surge en la Iglesia por intervención de Dios lo original o irre­petible, entonces debe existir lo carismático, ya que es Don de Dios a la Iglesia y a los particulares.» (Ed. Herder, pág. 11.) Es evidente también que en las circunstancias concretas se requiere LA PRU­DENCIA que mira a los principios y normas universales y desen­traña los entresijos de lo concreto.» San Vicente es el varón pru­dente, para algunos lento y pesado, «gallina mojada» en frase ás­pera de Bourdoise, avisado en su celo impetuoso.

El «no quiere adelantarse a la Providencia, y tiene devoción par­ticular en seguir paso a paso la adorable Providencia de Dios» (Cos­te, 11, 208). «Dios permite muchas dificultades, para que la persona que ejecute sus obras merezca su gracia (íd., 17) y concreta su ap• titud espiritual: «Ruego a Dios que doquiera actúe la Compañía la conceda la gracia de someterse CON AMOR A LAS DIVERSAS SI­TUACIONES providenciales.» Y porque «los nuevos problemas, transformaciones y dificultades exigen que al proclamar los prin­cipios se llegue a proclamar imperativos concretos». San Vicente estudia las circunstancias de los tiempos, las consultas, y ora para llegar a esos imperativos, que luego ejecuta con verdadero tesón, porque ha descubierto la voluntad de Dios en aquella situación o problema.

Un ejemplo: La situación del Clero en Francia y su remedio. Dice el Santo: «Tuvimos aquí —en San Lázaro— quince conferen­cias para examinar de dónde procedía el miserable estado de la Iglesia y de los eclesiásticos… y se llegó a la conclusión de que trae su origen de la división de los bienes eclesiásticos que a cada cual da su parte.» (Coste XII, 374 y 376).

Por esto, pidió a sus sacerdotes de «La Misión», que «permane­ciendo en el cuerpo del Clero secular profesen la pobreza» (Cos­te XII, 409 y ss.) y ve con claridad las cosas que se oponen más a ella: «Desear tener lo que se desea —desearlo ardientemente, exigirlo e impacientarse, tener gran dolor si nos lo niegan (Coste X, 214). El remedio contra estos fallos es el espíritu y práctica de la Pobreza.

El carisma de San Vicente en el modo de interpretar la situa­ción, la necesidad del pueblo, clero y religiosos, y su remedio en la acción personal e institucional lo contrasta con esas consultas prolongadas en todo a personas sabias y santas y lo somete a la jerarquía diocesana universal. Es histórico que hubo de mantener tensiones fuertes y largas para la aprobación de la «Misión» y de las Hijas de la Caridad, porque rompía moldes antiguos, que ni el mismo San Francisco de Sales, con su autoridad, lo pudo hacer. La Iglesia tiene el derecho y deber de probar si estos carismas son auténticos, y nada extrañará, aun en los contratiempos que produzca.

Cerciorado de sus carismas personales e institucionales por la aprobación de la Iglesia, les entrega al Cuerpo Místico en generoso SERVICIO. La continuidad auténtica es lo que ha de cuidar la Ins­titución, revisando de tiempo en tiempo el espíritu, los «propósi­tos», y, si la actividad es conforme al Carisma correspondiente. LOS EJERCICIOS Espirituales en la mente de San Ignacio y de San Vicente, tienen por fin inmediato: Encontrar la Voluntad de Dios en un estado o en un caso determinado. Ranher ha hecho un estudio a fondo, y concluye que «todo en los ejercicios está orde­nado a este acontecimiento singular. Se basa en que hay una vo­luntad divina en orden al individuo en cuanto tal y a su decisión personal. Dentro del impulso interior del Espíritu, puede desple­garse la reflexión racional» (Obra citada, 112, 14).

San Vicente orienta los ejercicios espirituales a este fin en todo: «Separación temporal de todos los negocios terrenos, conocer su interior, examinar su situación, meditar, contemplar, orar, PURI­FICAR el alma de todos los pecados, de todas las malas costum­bres y aficiones desordenadas para BUSCAR Y CONOCER LA VO­LUNTAD DE DIOS Y, UNA VEZ HALLADA, SOMETERSE, CON­FORMARSE Y UNIRSE A ELLA». (Coste IX, 407.)

San Vicente acentúa el sentido comunitario de los ejercicios que hace dar en tanda, y les orienta a una renovación cristiana de la profesión perfectos soldados, perfectos sacerdotes, etc… «Aprende­réis en ellos cómo SERVIR AL PROJIMO, a imitación de Cristo. En ellos TODOS LOS PROBLEMAS SE HAN DE RESOLVER SE­GUN EL EVANGELIO». (Coste, XI, 17; IX, 221; XII, 44.) El paso del individualismo renacentista a la orientación comunitaria de ser­vicio, tiene en San Vicente un gran propulsor. Es su carisma es­pecífico que trasmite a todas sus instituciones, como se irá viendo. El santo admite plenamente que «El Espíritu Santo desciende con­tinuamente a las almas que se ejercitan espiritualmente. «Si al­guien pudiera contemplar esta efusión con los ojos, quedaría ad­mirado.» (Coste XI, 18.) Esta acción singular del Espíritu es para producir en «los hijos de Dios» lo que hoy se llama «pura disponi­bilidad», o sea, una entrega al divino servicio, sin reservas; el «Dé­monos a Dios» de San Vicente para amarle con «el sudor de nues­tra frente y el esfuerzo de los brazos.»

San Vicente mismo usó este ejercitarse, para conocer su voca­ción, y en una época que no era frecuente encerrarse para este fin. En 1622 y en 1625, en la Cartuja de Va1profonde, donde se «acabó de convencer irrevocablemente de que los pobres eran sus señores». Desde entonces se dedicó a instituciones sólidas y estables para realizar su Misión en la Iglesia, personal y corporativamente (Dodin, pág. 31).

La Santa Indiferencia o disponibilidad, que pide «ausencia de apego a empleos, personas», etc., que vean bien todos los cambios mirando en todo la voluntad de Dios es una disposición general para interpretar los acontecimientos, y «someterse, conformarse y unirse a la voluntad de Dios» (Reglas de la Misión, C. 11, art. 10 su explicación en mayo 1659) (ed. Dodin, 646-63). Dejemos a un lado por ahora si se inspira en el libro del capuchino inglés Benito de Canfiel: «Regla de la Perfección», que tampoco es original, sino mezcla de los Místicos alemanes, ingleses y españoles; lo cierto es que San Vicente la toma como camino previo para cumplir una vocación o su carisma. «Para abreviar, el ejercicio de hacer siem­pre la Voluntad de Dios, es lo más excelente y comprende la IN­DIFERENCIA, LA PUREZA de INTENCION, y todas las formas practicadas y aconsejadas, y todo ejercicio de perfección, se encuen­tra en éste de manera eminente» (Edc. Coste de las Conferencias a los Misioneros, XII, 152). De este modo el hombre está dispuesto a entender «las voces de Dios» en su misma alma, en la Iglesia, en la Historia y en cada hombre.

PARA INTERPRETAR EL SENTIDO DE LA HISTORIA Y DE LA IGLESIA, en cada época, y servir a la Iglesia y a los hombres, por medio de Ella, se precisan unas ideas claras sobre «El Misterio de la Historia», tema tradicional en los Escritores cristianos, desde San Agustín, en su «Ciudad de Dios»; Orosio, en «Maesta Mundi»; Bossuet, Donoso Cortés, etc. El P. Juan Danielou ha resumido para orientación actual, la significación del «Misterio de la Historia» (Traduc. J. Goitia. Dinor 3.», 1963) y ha conectado con la Constitu­ción conciliar «Gaudium et Spes» esta delicada ciencia de «Teolo­gía de la Historia». El P. Bernardo Háring, actualiza el tema en orden a la Pastoral, por medio de su libro «Fuerza y Flaqueza de la Religión» (trad. J. A. Prades, Herder, 1958).

Es básica en este asunto la declaración del Concilio Vaticano II, al comienzo de «Gaudium et Spes», número 3; «La Iglesia sólo desea una cosa: Continuar bajo la guía del Espíritu Santo la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar;PARA SERVIR Y NO PARA SER SERVIDO», y «Para lograr este intento, ES DEBER PERMA­NENTE DE LA IGLESIA ESCRUTAR A FONDO LOS SIGNOS DE CADA EPOCA, e INTERPRETARLES A LA LUZ DEL EVANGELIO, de forma que ACOMODANDOSE A CADA GENERACION, puede la Iglesia responder a las perennes preguntas de la Humanidad SO­BRE EL SENTIDO DE LA VIDA PRESENTE Y FUTURA Y RE­LACION ENTRE AMBAS.»

Esta obligación la han cumplido los santos de manera eminente para su época y aun previendo las futuras, pero debemos pregun­tarnos –como predica Mons. Pelegrino, Arzobispo de Turín—, si lo hemos cumplido todos en cada etapa de la Historia y sobre todo en la nuestra, tan movida, acelerada y en peligro de abismo te­rrenal.

El sentido radical de SERVICIO, que por parte de Dios y de la Iglesia es constante, condiciona la interpretación de la Historia y la actuación en favor de los hombres, dentro de la libertad que tiene en lo temporal la Iglesia de Cristo. Por parte de Dios: «TODO ES VUESTRO Y VOSOTROS DE CRISTO Y CRISTO DE DIOS» (1ª Cor., 3). Por parte de los hijos de la Iglesia: ES NECESARIO QUE LOS HOMBRES VEAN EN NOSOTROS MINISTROS O SERVI­DORES DE CRISTO Y DISPENSADORES DE LOS MISTERIOS DE DIOS».

La ley providencial de la Historia, la anuncia también San Pablo: «Nosotros somos hombres, igual que vosotros y os predica­mos para volveros de estas vanidades, al Dios vivo, que hizo el Cielo y la tierra, y que en las pasadas generaciones permitió que todas las naciones SIGUIERAN SU CAMINO, aunque NO LAS DE­JO SIN TESTIMONIO de SI» (Hechos, 14-15). «Dándonos a cono­cer el misterio de su voluntad, conforme a beneplácito, que se pro­puso realizar EN CRISTO, en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y de la tierra, en EL». (Efes. 1-9-12.) «A El sujetó todas las cosas bajo su poder y le puso por cabeza de todo en LA IGLESIA, que es su CUERPO» (Idim, 23). No nos ex­tendemos en explicaciones de los textos.

Un RESUMEN de la VISION CRISTIANA de la Historia en sus METAS FUNDAMENTALES, ayudará a la interpretación de la épo­ca vicenciana y de la nuestra actual y futura.

Sigo la interpretación lúcida de Danielou, que ha reflexionado mucho sobre esto.

1.» La Historia es una serie de acciones humanas, bajo la ac­ción divina, y forma etapas en la realización del Plan de Dios, que modifica la existencia humana.

2.a Hay una Fe irreversible en la salvación humana, fundamen­to de nuestra Esperanza, que se opone a la melancolía griega, al temporalismo marxista, y a la angustia actual.

3.a La Historia pone al individuo y a los pueblos en la trama de un plan providencial, que les supera y es su objetivo, en contra del «historicismo» que sólo admite la decisión libre del hombre, o quiere fijar la historia en un pueblo, o momento.

4.» EL ACONTECIMIENTO CENTRAL ES CRISTO Y SU IGLE­SIA. Lo anterior prepara, espera. Jesucristo introduce la juventud eterna «novísima» que se trasmite al «mundo definitivo».

El Principio de movimiento histórico es: a) LA ALIANZA FIEL E IRREVOCABLE DE DIOS; b) LA PARUSIA O TRIUNFO FINAL DE CRISTO, por medio de la humillación, la persecución, el riesgo de la fe en la Esperanza por la Caridad. «En función de ellas se define la visión y la actuación cristiana de la Historia». ES HISTORIA SACRA PLENA.

MISION ES EL CONSTITUTIVO y FIN de la Iglesia pre­sente, predicando el mensaje y dando la gracia de Cristo hasta que vuelva. Evangeliza a hombres y culturas. Frente a un sentido de Iglesia «madura», v. gr., en el Renacimiento o el liberalismo. Esta Misión es obra primordial DEL ESPIRITU SANTO por la palabra y CARIDAD COMUNITARIA.

7.» Existe una interacción entre la Historia sacra y la «profana» contra PECADO. La Iglesia es trascendente, pero no evasiva. El Maniqueísmo está condenado. Está encarnada, pero no se somete a una forma concreta de cultura, frente a: 1:°) integrismo, que se vincula a una forma caduca, o 2.°) progresismos que rebaja los me­dios propios de la Iglesia, los espirituales y exaltan el valor «reli­gioso de la ciencia y de la revolución» (Danielou, pág. 46).

La orientación escatológica de la Iglesia en la Historia no entraña despreocupación ante el DOLOR temporal del hombre; pero no define un «paraíso terrenal», objetivo único del marxismo ateo y materialista, con un optimismo excesivo.

«La herencia del pasado sólo se defiende en la conquista de un nuevo porvenir» (Rahner), pero la Iglesia no puedo dar todos los objetivos, fuera de los Evangelios. Los seglares han de descu­brir las metas temporales para ordenarlas a lo Eterno. Para ello se han de organizar con relativa autonomía en lo temporal.

10. Tres conquistas históricas no se dejarán perder ya: 1.) La seguridad de vida frente a la pobreza insegura, cansada por el des­nivel de poder de compra, etc. 2.) La revelación de la fraternidad humana y solidaridad universal, contra barreras de clases o de na­ción. Doctrina y vivencia evangélicas que se iban perdiendo… 3.) La conciencia de trabajar por un «mundo mejor» ordenado al bien­estar del hombre y sin sacrificarle, como hizo el capitalismo y quie­re el marxismo.

Con estas leyes o parecidas podemos cumplir el MANDATO DE LA IGLESIA y todo el pueblo de Dios, que «procure discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos de los cuales participa jun­tamente con sus contemporáneos, LOS SIGNOS VERDADEROS de la PRESENCIA DE DIOS. La fe todo lo ilumina y manifiesta el PLAN DIVINO sobre la plena vocación del hombre, y orienta la mente hacia soluciones humanas». («Gaudium et Spes», núm. 11. Decreto «Prefecta Caritatis», núm. 2, d. 3).

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