Espiritualidad vicenciana: Misiones Populares

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Misiones «Ad gentes»Leave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luigi Mezzadri, C.M. · Año publicación original: 1995.

1. Definición.- 2. Orígenes.- 3. Las misiones del seiscientos.- 4. Las misiones del setecientos.- 5. Las misiones en el ochocientos y el novecientos.- 6. La Misión vicenciana.


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1. Definición

Las misiones populares o internas son una forma de predicación extrordinaria y sistemática, que tiene como objetivo convertir, instruir y en­fervorizar comunidades ya evangelizadas, aunque solo superficialmente. En la práctica son una sín­tesis de ejercicios espirituales, de catequesis doctrinales y morales, de prácticas de oración y de penitencia, dirigida a toda la población de una zona. Difieren, por tanto, de los cursos de predi­cación para el Adviento o la Cuaresma, en los que el público se limitaba a escuchar, y de los ejer­cicios espirituales «cerrados», en los que estaba ausente el aspecto de la catequesis. Constituyen uno de los medios privilegiados de la reconquis­ta católica del siglo XVI en adelante y de la recu­peración pastoral en zonas abandonadas, alejadas o probadas.

2. Orígenes

Es difícil hablar de un comienzo absoluto. No fueron un invento de una persona en concreto, sino la evolución de la predicación medieval iti­nerante, con el añadido de las características sistemáticas típicas de la época moderna: cate­quesis progresiva, división en catecismo mayor y pequeño, temáticas bien coordinadas. Funda­mental en la definición del carácter de la misión es también el encargo oficial por parte de la Igle­sia, que hacía a los predicadores, en el verdade­ro sentido de la palabra, «enviados».

En las misiones de la Compañía de Jesús, ya desde el principio, se sintió la necesidad de or­ganizar la predicación con temáticas presentes en los Ejercicios de s. Ignacio sobre la base de un mandato conferido por la autoridad pontificia o del general. San Ignacio legisló cuidadosamen­te sobre ello en los tres primeros capítulos (de 4) de la parte VII de las Constituciones, distinguiendo misiones pontificias y ordenadas por el general, y la libre iniciativa cuando se va enviado a una zo­na sin un lugar o encargo preciso. El Chronicon del P. Polanco (6 vol., hasta 1556) y las Litterae quadrimestres (7 vol., hasta 1562) de la colección Monumenta historica S. I. son riquísimas en re­latos de primitivas misiones. Las más sorpren­dentes en Italia fueron, ciertamente, las de Sil­vestre Landino en Garfagnana y Lunigiana y en otras partes (1547-52: cf. Tacchi Venturi, Storia de­lla Compagnia di Gesú in Italia, 11/2, Roma 1951, p. 285-92).

También los capuchinos y los barnabitas se empeñaron en este sector, poniéndose a predi­car incluso fuera de las iglesias, utilizando con frecuencia la «disciplina» y divulgando la devoción de las cuarenta horas.

Lo mismo hizo san Carlos cuando fundó los Oblatos de san Ambrosio, encargados de llevar la instrucción catequética en forma itinerante de parroquia en parroquia, dejando como elemento duradero la escuela de la doctrina cristiana.

De todos modos, la estructuración definitiva se debe hacer remontar al P. Claudio Acquaviva que quiso en todas las provincias un grupo de padres entre 6 y 12 dedicados a las misiones pa­rroquiales según un plan pastoral que precisó en 1599. Véase: De modo instituendarum missio­num (12 de mayo de 1599): Epistolae praeposi­torum generalium… Antverpiae 1635.

César de Bus (t 1607), siguiendo el ejemplo de Borromeo, pero también la enseñanza de san Felipe Neri, entre 1584 y 1590, transformó su predicación en una enseñanza sistemática del ca­tecismo. La Congregación de la Doctrina Cristia­na o Doctrineros fue como la cristalización de es­ta experiencia y se caracterizó sobre todo por un tono familiar y coloquial de sus exponentes, de tal modo que este método suscitó admiración y críticas: «En vez de predicar, discuten como los herejes».

3. Las misiones del Seiscientos

En el siglo XVII la misión se modificó, logró una sistematización más precisa y experimentó un período de extraordinaria fortuna. Como protago­nistas tuvo aún a los Capuchinos y los Jesuitas, pero también muchas nuevas comunidades, na­cidas justo para ejercitar este ministerio. Prácti­camente, las comunidades sacerdotales fran­cesas nacieron con esta finalidad. Hubo luego grupos de trabajo, que no llegaron a las estruc­turas congregacionales, dedicados al propio mi­nisterio de la predicación popular bajo el modelo de la misión.

La misión se puede, por lo tanto, caracterizar por áreas geográficas o por comunidades (mu­chos caracteres de la misión napolitana eran co­munes a distintas comunidades; ciertas comuni­dades tenían un método propio que utilizaban incluso en distintas áreas geográficas).

Italia. a) La misión napolitana. En Nápoles y en su reino, los jesuitas principalmente tuvieron el mérito de alimentar una fecunda laboriosidad misionera que luego asumió caracteres propios; entre ellos, recordemos a Francisco Pavone (t 1637), fundador de la «Conferencia», un so­dalicio de sacerdotes napolitanos que se dedica­ban a las misiones. Otros nombres importantes fueron: Carlos Carafa (t 1633), fundador de los

Píos Operarios; Antonio Torres, fundador de la «Congregación de los Sacerdotes seculares de la Pureza»; Sansón Carnevale, fundador de la con­gregación de las Misiones Apostólicas. La misión duraba cuando menos una semana, y compren­día la misa por la mañana, una iniciación a la me­ditación o una instrucción catequética; luego a mediodía se tenía el «gran catecismo» y la pre­dicación mayor. Se hacía mucho uso de las pro­cesiones penitenciales de los hombres que se trasladaban de una iglesia a otra con maderos, cuerdas, coronas de espinas, y se flagelaban, guiados en esto por el ejemplo de los misione­ros. Muy en boga la teatralidad con el uso de ca­laveras y la evocación de figuras de condenados, con elementos espectaculares de indudable im­pacto sobre el pueblo.

b) La misión central. Tuvo a Pablo Segneri senior (t 1694) como su máximo protagonista. La predicación del sermón de la tarde la tenía, des­pués de la catequesis hecha por el compañero (Pe­dro Pinamonti), en una iglesia a la que concu­rrían las poblaciones de las zonas circunvecinas, a las que, por la mañana, había ido en procesión a invitar. Una asamblea tan numerosa no podía reunirse más que en espacios abiertos. Las mi­siones que Segneri dirigió de 1665 a 1692 se des­arrollaban de Pascua a comienzos de noviembre durante 8 ó 10 días, concluyéndose con la co­munión general y la procesión de penitencia. Tal forma, en la que los elementos penitenciales y emotivos eran fuertemente subrayados, fue practicada por una bandada de imitadores como: Fulvio Fontana (t1723), compañero de Segneri durante 10 años; Antonio Tommasini (t1717), mi­sionero durante 53 años; Pablo Segneri junior (t1713); el beato Antonio Baldinucci (t1717). En muchas corporaciones se instituyeron fundacio­nes para misioneros estables, llegándose al «pre­fecto de misiones» para toda una zona.

c) Otros protagonistas. Fueron los Capu­chinos, con san José de Leonessa (t1612), que se distinguió por un modo de predicar muy po­pular; el venerable Antonio da Olivado (t1720) y el beato Angel da Acri (t1739), apóstol de Calabria. Recordemos también a los Paúles ita­lianos, entre ellos Cósimo Galilei (t1672), y la misión «urbana» en Roma de los Jesuitas, ini­ciada en 1609 y continuada hasta 1870 (fue célebre Pedro Gravita t1658, cuyo nombre so­brevive en el «Oratorio de Gravita»). La misión se tenía cada domingo trasladándose de mes en mes a doce iglesias y se orientaba a la co­munión general el último domingo. Otra iniciati­va interesante fue la del cardenal Esteban Durazzo (t1667), arzobispo de Génova, que, des­pués de haber introducido a los Paúles, quiso ins­tituir los Misioneros urbanos para completar con la predicación en la ciudad la que los hijos de san Vicente hacían en el campo.

En Alemania las misiones fueron el equiva­lente católico a las visitas de los protestantes. Se fundaron instituciones estables que debían ase­gurar la presencia de grupos de misioneros por un cierto tiempo y en un área determinada. En es­te caso, el nombre de misión no se refiere tanto a la forma de predicación, sino a la casa o a la zona (misión de Baviera, de Rezia, del Tirol…).

Francia. La herencia de las guerras de reli­gión, la concurrencia de la propaganda de los hugonotes, unida a la profunda decadencia del clero, habían creado las condiciones para consi­derar a Francia como «país de misión». Se debe añadir que el concilio de Trento no había sido aún aceptado más que unilateralmente por el clero. Las misiones fueron uno de los goznes de la re­forma junto con la restauración del sacerdocio y con el descubrimiento de una Iglesia entendida como lugar de la caridad.

Las misiones francesas se caracterizaron por una fuerte impostación catequética. Así, Miguel Le Nobletz (t1652), entre los Bretones, se servía de láminas pintadas, centradas sobre las princi­pales verdades de la fe, los sacramentos, las vir­tudes, los consejos evangélicos. Para favorecer más la memorización de las verdades, el mismo misionero compuso cánticos para el pueblo. La eficacia de la misión se veía reforzada con la im­plicación de auxiliares laicos que explicaban los cuadros, el catecismo, y, mezclados entre la gen­te, particiapaban en el diálogo entre el predicador y el pueblo. Le sucedió el jesuita beato Juliano Maunoir (t1683), que se rodeó de sacerdotes diocesanos, introdujo la renovación de las pro­mesas bautismales como gesto de la misión y de los cursos de ejercicios espirituales. En la prime­ra mitad del siglo, en Auvernia, san Juan Francisco Régis había alternado las duras misiones inver­nales con la catequesis estival en Le Puy. La mis­ma impostación catequética encontramos en las misiones de aquellas sociedades de sacerdotes creadas como «misiones», dependientes, en su origen, de Propaganda Fide y luego constituidas en comunidades autónomas.

a) Congregación de la Misión. La misión de san Vicente Depaúl (de Paul, 1581-1660) estuvo marcada por el encuentro con un moribundo ne­cesitado de confesión en 1617. Por esto, su mi­sión terminaba en la confesión general, aunque teniendo en la instrucción catequética el método más oportuno. La Congregación de la Misión fun­dada en 1625 se volvió en sus misiones a los po­bres del campo con un estilo sencillo («pequeño método»), dedicándose a los pequeños centros por no menos de 15 días en el período entre otoño y la primavera tardía (a diferencia de la pre­dicación central segneriana). También estaban ausentes las flagelaciones, las procesiones peni­tenciales, el canto popular. En efecto, san Vicente quería que el canto fuese sólo el gregoriano. Con la misión iba la formación de los maestros y, so­bre todo, de los sacerdotes del lugar para los que se tenían simultáneamente reuniones («confe­rencias») de carácter espiritual, litúrgico, moral. Al término de la misión se fundaba la «cofradía de la caridad», es decir, un grupo de laicos (en la práctica, sólo mujeres), que asumían el cuidado de las situaciones de necesidad de la parroquia. De su experiencia misionera, san Vicente sacó la convicción de que no bastaba la obra itinerante, sin un trabajo duradero sobre el clero. Por ello, la Congregación de la Misión se dedicó a la for­mación del clero.

b) Otras experiencias francesas. Sobre la huella de san Vicente podemos recordar a Cris­tóbal d’Authier de Sisgaud (t1667), fundador de la congregación del Santísimo Sacramento, y a san Juan Eudes (t1680). Este último, además de una intensa actividad misionera (de 1632 a 1674 pre­dicó más de 110 misiones, incluso en grandes ciu­dades, de una duración entre las 2 semanas y los 5 meses), fundó una congregación de sacer­dotes «seculares», sin exención ni votos públicos, para dirigir los seminarios y las misiones al pue­blo, esto es, la Compañía de Jesús y María. Tam­bién el Oratorio de Jesús, de Pedro de Bérulle (t1629) se dedicó a las misiones. Recordemos a Juan Bautista Gault (t1643), misionero y obispo de Marsella, y a Juan Bautista Lejeune (t1672).

Hay otros destacados: san Alano de Solmi­nihac (t 1659), obispo de Cahors; J. A. Le Vachet (t1681), sulpiciano; el arzobispo de Evreux, H. M. Boudon (t 1702), los Misioneros de san José, fun­dados por Santiago Crétenet (t1666). Entre los dominicos jugó un papel de primerísimo plano Antonio Le Quieu (t1676). Tuvo grandísima importancia la misión de los capuchinos, estimu­lados en esto por el rey y por los cardenales ministros. La eminencia gris de Richelieu, el P. Jo­sé de París (Leclerc du Tremblay t 1638), se com­prometió personalmente y con todo su prestigio. El misionero más conocido es sin duda el P. Ho­norato de Cannes (t 1694) que introdujo el uso de los ejercicios espirituales durante las misiones. Al comienzo de algunas predicaciones subía al púl­pito una calavera que iba vistiendo con un birre­te de magistrado, un sombrero femenino, una corona real, y entablaba un diálogo.

No podemos pasar revista a otros países donde las misiones no fueron menos fervorosas, como España, Portugal, Austria, las naciones es-lavas, etc., de las que daremos algunos detalles por lo que toca el 700.

4. Las misiones del Setecientos

En el siglo XVIII la misión conoció quizás el pe­ríodo de su máximo esplendor e incluso de su más rigurosa sistematización. Mientras que los Jesuitas, los Capuchinos y los Paúles predicaban las misiones en su propio estilo, aparecieron tres experiencias muy importantes.

a)    En Francia, acaeció un giro importante por obra de san Luis María Grignon de Montfort (t1716), fundador de los Sacerdotes misioneros de la Compañía de María (Montfortianos). Se injerta sobre tradición misionera bretona y francesa, pe­ro con notables novedades. Los Paules (como los Jesuitas) predicaban misiones «fundadas», para no echar el peso de ninguna manera sobre las poblaciones, mientras que los Montfortianos se confiaban para el mantenimiento a la ayuda de la gente. A diferencia de san Juan Eudes que se dirigía a las grandes masas, san Luis María pre­fería predicar en pequeños centros, pero con un programa muy denso: Misa, tres predicaciones, catecismo, rosario íntegro. La misión montfortia­na estaba muy cercana a las exigencias de la re­ligiosidad popular. Mientras que san Vicente de Paúl era alérgico a las procesiones, Grignon de Montfort, intuyendo la necesidad de «fiesta» del pueblo, llegó a hacer 7 procesiones en cada mi­sión. Durante el desarrollo de la misión utilizaba medios muy convincentes, como los 15 estan­dartes del rosario y una serie de cánticos com­puestos por él mismo sobre la música de can­ciones muy conocidas. El momento culminante de la misión montfortiana estaba constituido por la renovación de las promesas bautismales. Cada participante, postrado ante el libro del Evangelio, decía: «Creo firmemente todas las verdades del santo Evangelio de Jesucristo». A continuación, delante de la pila bautismal se re­citaba la siguiente fórmula: «Renuevo de cora­zón las promesas del bautismo y renuncio para siempre al diablo, al mundo y a mí mismo». Por último, ante el altar de la Virgen, se reconocía la propia consagración: «Me doy enteramente a Je­sucristo por las manos de María para llevar mi cruz en su seguimiento todos los días de mi vida». El santo logró elaborar fórmulas sencillas, un pro­grama claro que tenía en cuenta la sensibilidad de su tiempo, y que no se desdeñaba utilizar inclu­so folletos, como el Contrato de alianza con Dios, una especie de compromiso bilateral que cada uno debía suscribir de propio puño, y la erección del Viacrucis.

b)    El esquema oratorio de san Pablo de la Cruz (t1775), fundador de los Pasionistas, era el co­rriente en dos momentos: el del temor y el de la confianza, al que, como rasgo propio, se unían fre­cuentes meditaciones sobre la Pasión. Al final de los sermones, a veces se flagelaba o se presen­taba con una corona de espinas sobre la cabeza y con una cuerda al cuello. Algunos ejercicios ca­racterísticos de la misión pasionista eran los «Ora­torios de penitencia», el sonar lúgubre de las campanas con la recitación de 5 Padrenuestros y Avemarías en honor de las 5 llagas de Cristo.

c)     El ejemplo de una síntesis eficaz sobre la base de un orgánico soporte teológico y pastoral lo ofreció san Alfonso María de Ligorio (t1787). Fin de la misión no es infundir miedo, sino llevar a la conversión. Aunque los Novísimos tenían am­plio espacio, el acento se ponía sobre el amor y sobre la misericordia de Cristo. Por ello, los pun­tos fundamentales de la predicación misionera eran: el amor a Jesús crucificado, la devoción a la Virgen, la necesidad de la oración para la sal­vación; la huida de las ocasiones de pecado, el gra­ve daño de ocultar los pecados en la confesión. Para obtener esto, san Alfonso quería una dura­ción conveniente de las misiones, esto es, 10-12 días en los lugares más pequeños, 3 semanas al menos para los mayores. Además, no quería que los confesores fueran reclutados en el lugar. Eran los mismos misioneros los que debían confesar. Por ello, debían ser en número proporcionado a las necesidades de la gente. Donde san Alfonso se mostraba genial, era en los medios prácticos que enseñaba, como: «la introducción a la vida devota», que consiste en enseñar a meditar, y la «renovación del espíritu» que, después de un tiempo, volvía a los misioneros a la parroquia para una revisión.

d)    Otras experiencias. Hay que recordar de­bidamente otras figuras e iniciativas florecidas en Italia, como la «Misión Imperial», un instituto de sacerdotes romanos fundado por Francisco Ma­ría Imperial (t1770) precisamente para las misio­nes; la «misión de san Vicente Ferrer», de los dominicos napolitanos; el capuchino Cayetano Migliorini de Bérgamo (t1753); los «misioneros Mannariniani» (Misioneros del Smo. Sacramento) de Teano (de 1730) y los Oblatos de Rho.

En España, fueron famosos el jesuita Pedro Calatayud (t 1773), que iniciaba las misiones con frases de efecto («j Dentro de 40 días, Nínive se­rá destruida!»), y el capuchino beato Diego de Cádiz (t1801). En el área de lengua alemana, el P. Fontana SJ, obtuvo grandiosos éxitos también en Suiza y el Tirol (mediante intérprete), aunque levantaban graves objecciones las penitencias pú­blicas. Carlos Maillardoz SJ (t 1733) desarrolló un método que expurgaba los elementos contrariios a la sensibilidad de sus compatriotas. Célebre mi­sionero fue Cristóbal Müller (t1766) que impre­sionaba por su trato cautivador y afable: según él, los hombres no debían ser atados con las cade­nas del rigor, sino con los vínculos del amor. Se fundaron misiones estables en el Tirol, Baviera, en el territorio de Salsburgo, en Austria, Stiria y Hungría. En estos últimos territorios, destacó Ig­nacio Parhammer SJ (t1786), cuya misión tuvo un carácter catequético. Por medio de los re­dentoristas san Clemente María Hofbauer (t 1820) y Tadeo Hübl, el método alfonsiano llegó a Polo­nia y al mundo germánico.

5. La misión en el Ochocientos y el Novecientos

La experiencia misionera fue interrumpida du­rante el período revolucionario dondequiera que llegaron las tropas francesas. Las comunidades misioneras fueron dispersadas, los misioneros -que, en general, tenían un gran ascendente so­bre el pueblo- fueron particularmente vigilados. Ba­jo Napoleón, se reanudaron las misiones con los «Padre de la fe» y la «Sociedad del Corazón de Jesús» de Pedro José de Cloriviére (t1820). Fue­ron iniciativas insuficientes, además por la dis­persión y el envejecimiento de las comunidades misioneras tradicionales. En 1809, Napoleón (que pensaba en una única sociedad misionera) prohi­bió la actividad misionera.

La Restauración produjo una extraordinaria re­cuperación de las misiones, en cuanto que fue­ron juzgadas como el medio más eficaz para sa­cudir a las poblaciones y combatir la filosofía de las luces. En Francia, surgieron los «Misioneros de Francia». Reemprendieron su actividad los «Misioneros de Beaupré» fundados por Juan Vui­Ilemenot (t1721) en 1682. En Tolosa, en Tours, en Bayeux surgieron sociedades de sacerdotes misioneros. La «congregación de los Sagrados Corazones» (Picpus) de Pedro Coudrin (t1837) y la de los Oblatos de María Inmaculada de Carlos José Eugenio de Mazenod (t1861) tuvieron las mi­siones entre sus primeras actividades. Un ambi­cioso proyecto de misiones fue alimentado por los hermanos Juan (t1860) y Félix de La Mennais (t1854) con la creación de la «congregación de san Pedro», que no sobrevivió, sin embargo, a la crisis de L’Avenir .

La predicación misionera para suscitar la con­versión indujo a veces a una búsqueda exagera­da de lo macabro, mientras que, en el intento de proponer una sociedad cristiana, confundió la res­tauración religiosa con la borbónica. La revolu­ción de 1830, desencadenando una auténtica ca­za de las cruces de las misiones, demostró que no se había tenido en cuenta el cambio de la opi­nión pública y que la esperada cristianización no se había obtenido. Ciertamente, no faltaron las conversiones, e incluso no sería correcto atribuir a las misiones la responsabilidad del odio anti­clerical de los círculos liberal-burgueses, tanto más que hasta 1830, sobre 36. 000 parroquias, sólo se tuvo una media de cerca de 100 misio­nes al año.

En Italia, el período de la Restauración hizo florecer numerosas nuevas iniciativas, como los «Sacerdotes de la Preciosísima Sangre» de san Gaspar del Bufalo (t1837), los «Pallottini» de san Vicente Pallotti (t1850), los Oblatos de María Vir­gen de Pío Brunone Lanteri (t1830). Célebres mi­sioneros fueron san Vicente María Strambi (t1824) que predicó misiones incluso después de ser hecho obispo de Macerata, como san Antonio

María Gianelli (t1846), obispo de Bobbio, y Car­los Odescalchi (t1841) que, de cardenal vicario de Roma metido jesuita, reemprendió la predicación de misiones.

En España, como respuesta a la descristiani­zación, se levantó la obra de san Antonio María Claret (t1870), fundador de los «Claretianos». En Suiza, fueron los jesuitas los que reactivaron las misiones con Nicolás Godinot (t1842) en el Valiese y con el futuro general Juan Felipe Roothaan en los cantones alemanes en el trienio 1821-1823. Los redentoristas se empeñaron en Alsacia, en Baden, en Austria. Jesuitas y Reden­toristas reiniciaron las misiones en Bélgica desde el día inmediato a la independencia, aban­donando, sin embargo, la misión central por la parroquial. La recuperación misionera se comen­zó en Baviera en 1841, en 1846 en la diócesis de Paderborn, en 1849 en Westfalia y en Bohemia. El rosminiano L. Gentili y el pasionista beato Do­mingo Barberi de la Madre de Dios (t1849) in­trodujeron las misiones en Irlanda e Inglaterra. A las misiones, se confió en Estados Unidos el cul­tivo de los católicos inmigrados (Redentoristas; en­tre ellos san G. N. Neumann).

En la segunda mitad del 800 y en el 900, las misiones experimentaron un ulterior incremento geográfico. Recordemos al menos los Misioneros del SS. Sacramento fundados en Irlanda en 1866, los Misioneros adoradores de Andrés Soulas (1857), los Misioneros de La Salette fundados en 1852, los de issoudun de Julio Chevalier (t1907), los Oblatos de san Hilario (1855), en Francia. En el mundo latino-americano, junto a las comuni­dades tradicionales, hay que recordar: los Misio­neros de San José (1872) y los Misioneros de la Sagrada Familia de Uruapán (1935) en Méjico; los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús de Vic­toria (Chile) (1943); los Misioneros domésticos de América fundados en 1939 por Guillermo Bis­hop (t1953). Para Italia, hubo fundaciones misio­neras en Spoleto (1873), Brescia (1900), Vigeva­no (1908). También, los Misioneros libaneses de san Pablo (1903) tuvieron entre sus fines la pre­dicación de las misiones.

Aunque las misiones continuaron, no tuvie­ron ya la importancia de los siglos precedentes. Gradualmente, la misión dejó de interesar a la to­talidad de una parroquia o de una zona, no tuvo ya influjo sobre algunas categorías de personas (intelectuales, obreros) ni sobre los alejados en ge­neral, convirtiéndose más bien en un curso espi­ritual o catequístico para los practicantes más o menos tibios. Otros fenómenos colaterales a la misión han sido la cristalización de los métodos, que en muchos casos no tuvieron en cuenta el cambio cultural, y la actitud polémica o defensi­va de los misioneros que abusaban de la apolo­gética. Se intentaron otros caminos, como la ins­titución de misiones separadas por categorías (hombres y mujeres en horarios distintos, obre­ros, estudiantes), por sectores (misiones por barrios, misiones domésticas, misiones en las fábricas). En Italia, lograron un cierto relieve las misiones predicadas por los «voluntarios» de la Pro Civitate Christiana, dirigidas ya a las masas ya a grupos particulares de personas. Se intentó también renovar la temática de las misiones. Dis­cutidas en congresos apropiados (en Francia, en 1909; en Alemania en 1912 fue fundada la Mis­sionskonferenz), las misiones no lograron alcan­zar la transformación necesaria para asegurar la importancia de primer plano que tuvieron en los siglos XVII-XVIII. Las «peregrinatio Mariae» de­sarrolladas particularmente después de la se­gunda guerra mundial, no lograron detener una cri­sis ya en acto, que se manifestó ampliamente en los años posteriores a 1960. Desde hace algunos años (en concreto, después de 1975), sin em­bargo, se asiste a una recuperación de las mi­siones en Francia, en Italia, etc., a la búsqueda de fórmulas que permitan conservar el fruto tam­bién con estilos diversos de anuncio. (Cf. para algunas experiencias italianas el vol. Missioni al popolo per gli anni ’80… v. Bibliografía)

6. La Misión vicenciana

A la congregación fundada por san Vicente en 1625, la llaman «de la Misión» porque tuvo co­mo finalidad originaria la evangelización de los pobres por medio de las misiones. Se dio tanta importancia al nombre que el santo tuvo un con­flicto con D’Authier a causa del nombre del pro­pio grupo misionero.

En una conferencia a los misioneros, decía el santo: «El punto esencial de nuestra vocación es trabajar por la salvación de los pobres campesi­nos; todo lo demás es accesorio; porque no nos habríamos ocupado de las ordenaciones, de los seminarios eclesiásticos, si no hubiésemos creí­do necesario, para conservar en el pueblo el fru­to de las misiones, tener buenos sacerdotes; imi­tando en esto a los grandes conquistadores, los cuales dejaban guarniciones en los territorios que tomaban, por temor a perder lo que habían ad­quirido con tanta fatiga. ¿No somos muy afortu­nados, queridos hermanos, representando tan al vivo la vocación de Jesucristo? Porque, ¿quién re­presenta el estilo de vida seguido por Jesucristo sobre la tierra mejor que los misioneros?» (XI, 55; cf. 386). El santo ha dado a la congregación vir­tudes dinámicas para el servicio, esto es, fun­cionales para la misión: la humildad, la sencillez, la caridad, la prudencia, el espíritu de oración.

Quería el santo que en su comunidad, com­puesta por «hombres apostólicos», todos, inclu­so también los hermanos coadjutores y los es­tudiantes, a través del «cuarto voto», estuviesen comprometidos en un servicio apostólico: «Ins­truir a los campesinos: he ahí, nuestra vocación. Sí; Nuestro Señor nos pide evangelizar a los po­bres: he ahí, lo que ha hecho y lo que quiere con­tinuar por medio de nosotros» (XI, 386).

Los presupuestos de la actividad misionera eran: la gratuidad y el pequeño método.

Vicente ha considerado siempre la gratuidad como un baluarte de la comunidad. Como los ca­puchinos están obligados a vivir de limosna, los misioneros deben predicar gratuitamente (III, 227s). Quiso, por consiguiente, que cada casa tu­viese rentas suficientes para mantener a los mi­sioneros en su alimento, vivienda, viajes y gastos varios. Haciéndolo de este modo, los misioneros no servían de carga a las parroquias, evitaban que los párrocos tuvieran ese pretexto para rehusar la misión y mantenía a sus hijos alejados de la codicia.

Al pequeño método, se aferraba particular­mente. Viene de Dios y se conforma al modo de predicar del Hijo de Dios y de los apóstoles (XI, 166). De ahí, la sencillez del contenido, de la forma y del tono, evitando prédicas largas, com­paraciones abstrusas, palabras ásperas y de difí­cil comprensión. «Predicar a lo misionero» era un estilo, un modo de ponerse humildemente en el lugar del evangelizador, una serie de contenidos con objeto de ganar al auditorio. Con este méto­do, Vicente de Paúl quería que el misionero se hi­ciera voz de la Palabra que salva para hacer na­cer la Iglesia en las almas.

Nacida para las misiones, la congregación no fue siempre rigurosamente fiel a su carisma. De la muerte del santo a final del siglo XVII, se da en Francia (pero no en Italia) un progresivo desliza­miento del centro de gravedad de la comunidad. El ministerio principal no es ya el de las misiones, sino que lo va siendo cada vez más es el de la formación del clero en los seminarios. Lo de­muestra la estadística de las nuevas casas. Bajo Alméras, se fundaron 8 casas. Una (Fontaineble­au) era una capellanía regia; de las otras 7, sabe­mos que eran seminarios, a los que se juntaba en 6 casas el ministerio de las misiones. Con Jolly, se da el verdadero giro. Fundó 28 seminarios fren­te a 19 casas de misiones. De éstas últimas, só­lo 5 tenían exclusivamente este ministerio, y es­taban todas fuera de Francia.

Por lo que concierne al desarrollo, sabemos que las misiones se tenían en los meses más in­clementes, cuando los caminos eran impractica­bles y los abastecimientos inciertos, los misio­neros, para no verse obligados a ser carga para la población, debían partir suficientemente equi­pados. Helos entonces, con un saco de cuero en el que ponían la lencería, un gorro para la noche, un peine, un par de botas, un solideo, el Brevia­rio, el Nuevo testamento, la Imitación de Cristo, un casuista. No podían, por tanto, cargarse con muchas cosas, particularmente de libros, que, después de todo, no podían leer.

Además del saco personal, habla algunos baú­les o cestas de mimbre para el ajuar común del equipo. Comprendía, ante todo, algunos libros co­munes, como una Biblia, una concordancia, un li­bro de meditaciones, otro para la lectura en la mesa, algunos libros de moral, entre ellos una copia de los casos resueltos en la Sorbona que servía de texto. Estaban luego, los documentos que se habían de presentar a los párrocos, como el mandato del obispo, el breve de las indulgen­cias, el reglamento de la cofradía de la Caridad. Para el correcto desarrollo de la misión, se pre­veía un reloj, un despertador, dos clepsidras, en­cerradas en una caja de cartón y lata, una cam­panilla. Los misioneros llevaban consigo además todo lo necesario para la misa, es decir, un mi­sal, un canon de altar, corporales, purificadores, hostias, sobrepellices para los predicadores y los confesores, confesonarios portátiles. En el equi­paje tenían sitio también platos y escudillas. Se hicieron peticiones también de transportar literas y cortinas de camas. Pero la asamblea de 1673 negó la autorización.

Se formaban, pues, los grupos de misione­ros, que en San Lázaro los llamaban «cuadrillas», compuestos por el director, algunos misioneros y un hermano coadjutor. Los sacerdotes debían ser por lo menos tres para que se observase el reglamento. En San Lázaro, había dos cuadrillas siempre organizadas para predicar en los alrede­dores de París y en las diócesis vecinas. Luego, estaba el «escuadrón volante» (camp volant), un grupo de 5 misioneros destinados a predicar en diócesis lejanas además de a la ayuda de otras casas. El superior de la casa o el director de la mi­sión distribuían las tareas. Uno predicaba el ser­món, otro tenía el gran catecismo y un tercero el pequeño catecismo. Un ejemplo de esta división del trabajo nos queda en una carta de san Vi­cente: Nicolás Pavillon tendrá el sermón, Fran­cisco Renar se ocupará del Credo, Nicolás Rocha de los mandamientos, Daniel Grenu de la plega­ria, Roberto de Sergis de los sacramentos, todos bajo la dirección de Portaill1, 230). La mención de Pavillon nos recuerda la presencia de otros sa­cerdotes, sobre todo de las conferencias de los martes. También, podía agregarse a las cuadrillas misioneras incluso novicios o estudiantes de la congregación o de los seminarios diocesanos.

Los hermanos se ocupaban de la cocina. Los seminaristas, de ayudar en la sacristía, asegurar el buen orden de las celebraciones. A estas dos categorías, les estaba prohibida la predicación, reservada exclusivamente a los sacerdotes. Pe­ro no debían perder la ocasión de enseñar priva­damente a los pobres, tomados individualmente.

El papel del director era muy importante. Gen­ralmente era también el superior de la casa, pe­ro no siempre. Podía incluso ser un hermano cua­lificado, pero designado por el superior. Debía tomar las directrices del superior, distribuir a los misioneros los alojamientos, tomar contacto con el párroco, dirigir una encuesta secreta sobre el estado de la parroquia. Antes del comienzo de las actuaciones de la misión, en una conferencia debía recordar los métodos de la iniciativa, asig­nar los confesonarios, seguir y animar a los co­hermanos, avisar a los predicadores demasiado largos que había terminado el tiempo de la predicación, haciendo sonar la campanilla. Los misioneros debían recurrir a él cuando querían alejarse de la iglesia. También era papel suyo el de consejero para los casos complicados que se presentasen.

En concreto, después de haber recibido la bendición del superior y hecha la visita al Santí­simo Sacramento, comenzaba el viaje, que se hacía a pie, a veces a caballo o con medios de transporte (carros, carrozas, barcos). Debían ir de dos en dos, caminar con recogimiento, después de haber rezado el Itinerario, hablar modesta­mente evitando familiarizarse demasiado con la gente.

Llegados a la vista del lugar donde los misio­neros deberían ser anunciadores de la salvación, el primer gesto que había que hacer era saludar a los ángeles tutelares y dirigirse al lugar reci­tando las letanías de los santos.

La primera visita que había que hacer era al párroco al que debían mostrar el mandamiento del obispo y pedirle su autorización y su bendición. Si recibían un rechazo, entonces debían retirarse en paz.

El director debía buscar el alojamiento y asig­nar a cada uno el lecho y el confesonario. Luego, debía informarse de las condiciones de la parro­quia, sobre el fervor, sobre las situaciones más corrientes, pidiendo consejo e información al pá­rroco y a los «libros vivos», es decir, a las perso­nas más influyentes e informadas del lugar.

Despúes, empezaba a desarrollarse la misión en un conjunto de predicación, de confesiones, de celebraciones, con una dosificación muy pru­dente.

a) La predicación. La participación en los ejercicios de la predicación no era taxativa para todos. Una cierta flexibilidad permitía cierta adap­tación a las situaciones concretas, para lugares muy pequeños o para un número reducido de mi­sioneros. La misma participación de los fieles no estaba prevista para todos los momentos. Se po­día admitir que en una familia algunos miembros escuchasen la predicación por la mañana y otros por la tarde. El criterio era la eficacia pastoral. Se reservaba una vigilancia especial para evitar la sa­turación de la palabra de Dios (I, 273).

Por lo que toca al desarrollo de la predicación misionera, ésta se basaba en dos gruesos pila­res.

El primer ejercicio era la predica di massima. Una inteligente planificación preparaba gradual­mente a la población a acoger los temas de la misericordia, la reconciliación, las restituciones que constituían la nervadura de toda la misión. Algunos predicadores se ayudaban con los re­cursos oratorios, otros con elementos teatrales, como mostrar una calavera o asistir al caminar solemne de una procesión con el Cristo muerto o con la Dolorosa. Todo esto estaba ausente de la tradición de la misión, por el contrario, gracias al pequeño método, tenía un instrumento flexi­ble y fácil para una exposición creíble y seduc­tora.

Para la predicación que se tenía por la mañana muy pronto, antes de que los campesinos se marchasen al trabajo, se encargaba al misione­ro más experimentado. Después de la misa, el predicador subía al púlpito y presentaba el tema que desarrollaba en los acostumbrados tres pun­tos del «pequeño método»: naturaleza, motivos, medios.

Los temas desarrollados eran los siguientes, según J. J. Jeanmaire, Sermons de Saint Vin­cent. . 2 vol. Paris 1859:

  1. Sermón que puede servir para anunciar la misión alguna semana antes de que comience.
  2. Sobre la salvación.
  3. Sobre la penitencia.
  4. Sobre el examen.
  5. Sobre el examen de los pecados.
  6. El pecado.
  7. La Palabra de Dios.
  8. La contrición.
  9. La confesión particular.
  10. La confesión general.
  11. La muerte.
  12. El juicio particular.
  13. El buen propósito.
  14. La muerte de los pecadores.
  15. La embriaguez.
  16. Sobre el callar los pecados por vergüenza.
  17. Los Mandamientos de Dios.
  18. La fe.
  19. El juicio final.
  20. Las penas corporales del infierno.
  21. Las penas espirituales del infierno.
  22. La esperanza.
  23. El juramento.
  24. La blasfemia.
  25. La santificación del domingo.
  26. El respeto debido a las iglesias.
  27. Las buenas obras.
  28. El sacramento del matrimonio.
  29. Los deberes de los hijos para con los padres.
  30. Los deberes de los señores y las señoras.
  31. Los deberes de los siervos y de las siervas.
  32. Los deberes de los padres y madres para con los hijos.
  33. La ira.
  34. Las personas casadas.
  35. El amor de Dios.
  36. La oración.
  37. El amor a los enemigos.
  38. El amor al prójimo.
  39. La huida de las ocasiones.
  40. El hurto.
  41. La restitución.
  42. La dilación de la penitencia.
  43. La satisfacción.
  44. La maledicencia.
  45. El escándalo
  46. El paraíso.
  47. La comunión sacrílega.
  48. La devoción a la Virgen.
  49. Los afectos.
  50. Sobre la práctica del cristiano.
  51. El sexto mandamiento.
  52. La recaída.
  53. El fruto de la Comunión.
  54. El retorno de la procesión.
  55. La perseverancia.

El segundo era el catecismo, por el que san Vicente tenía una verdadera pasión. Estaba con­vencido de que un alma que no conoce a Dios, que no sabe lo que Dios ha hecho por ella, no pue­de creer, esperar, amar (XI, 388). En una carta a Lamberto aux Couteaux, el santo afirmaba que el fruto de la misión se sacaba principalmente del catecismo (1, 441). Sus maestros, según Andrés Dodin, habían sido el oratoriano Santiago Gas­taud (Gasteau, t1628) que le había enseñado la sencillez en la predicación; Adrián Bourdoise (t1655), el fogoso párroco de San Nicolás du Chardonnet, del que aprendió la eficacia de los ins­trumentos rápidos como pequeños folletos a im­prenta; César de Bus y san Francisco de Sales.

Una pregunta que se plantea es qué catecis­mo se enseñaba. San Vicente habla de un cate­cismo en una carta a Juan Martín (VI1, 222). La asamblea de 1668 recomienda a los misioneros servirse de «nuestro catecismo». Éste ha sido identificado con un manuscrito de la Biblioteca na­cional de París, pero sin pruebas evidentes (J. Guichard, Saint Vincent de Paul catéchiste, Paris 1938-9 ‘sacado de los Cahiers catéchsitiques]. El autor publica un documento en la BN, fonds fr. Ms. 19228, ff 219-230).

El ejercicio del catecismo (catequesis) esta­ba subdividido en grande y pequeño, según se re­firiese a los adultos o a los niños, en los que los predicadores intentaban desarrollar un plan de instrucción que privilegiase los principales mis­terios de la fe.

El pequeño catecismo se tenía a mediodía en­tre la 1 y las 2 y era para los niños. Comenzaba con una instrucción muy familiar, que la tenía un misionero que no subía al púlpito. Usando el mé­todo del diálogo, se instruía a los niños sobre la Unidad y la Trinidad de Dios, sobre la Encarnación, el pecado, la penitencia, los mandamientos, la preparación para la comunión. Luego se enseñaban las oraciones, se cantaban los mandamientos y se recitaban el credo y el Pater.

La inventiva pastoral había sugerido a los mi­sioneros utilizar cartelones ilustrados o un diálo­go entre los misioneros o incluso con algún niño más espabilado. Es más, justamente este diálo­go se usaba en el gran catecismo para sorpren­der a los adultos.

El catecismo para los adultos, o gran catecis­mo, se desarrollaba por la tarde, hacia las 6, a la vuelta del trabajo. El encargado subía al púlpito y comenzaba interrogando a un niño y recapitulan­do la lección precedente. La eficacia de este ges­to se verificó en la conversión de un protestante en Marchais. Un hugonote estaba ya muy cerca­no a la fe católica, pero encontraba dificultad a pro­pósito de la veneración de las imágenes. Se cues­tionaba una estatua de la Sma. Virgen. El santo preguntó a un niño. Éste expuso con tanta claridad la doctrina católica sobre la veneración de las imágenes que el protestante se quedó sorpren­dido y convencido (Abelly 1, 91).

b) Los sacramentos. En primer lugar, estaba el sacramento de la penitencia. Había sido el punto que decidió al santo en Folleville, y era conside­rado el culmen de la misión. La misión triunfaba si se hacía bien la confesión general. Los misio­neros insistían sobre este punto. En los primeros días, se evitaban las confesiones, que luego se re­alizaban en los días siguientes, para permitir una adecuada preparación. Los predicadores tenían que pedir ayuda porque la afluencia era muy ele­vada. En algunos lugares, la gente esperaba fue­ra de la iglesia horas y horas y hasta de noche. Pa­ra los misioneros, que se hacían ayudar por otros religiosos o por sacerdotes celosos, era una labor muy fatigosa. Podían estar en el confesonario has­ta 8 horas. Los confesores tenían la facultad de absolver de los casos reservados y de conceder indulgencia plenaria. Generalmente, los confeso­res eran severos. Sobre todo en el 600, la actitud de los confesores era más bien severa.

Estaba después la comunión general. Nadie comulgaba antes del día establecido para la co­munión de todos. El día convenido se solemnizaba el encuentro con Dios de modo muy cuidado y devoto. Un cuidado particular se ponía en la pri­mera comunión de los niños, que constituía uno de los fines de la misión, como se deducía de la carta a Urbano VIII en 1626 (1, 122).

c) Elementos de renovación. La misión tenía un efecto social, incidía en la vida. Los resultados eran sustancialmente dos: la reconciliación y la ca­ridad. La predicación, apoyada sobre el temor, pero también sobre temas del amor y de la es­peranza, conseguía su resultado cuando podía acercar las familias y los lugares. Había odios que deponer, homicidios que perdonar, uniones que restablecer, escándalos y convivencias que re-guiar. Frecuentemente, las reconciliaciones eran, además, sancionadas con actos notariales. El se­gundo elemento era la fundación de las cofradías de la caridad, que configuraban un nuevo modo de entender la Iglesia. Muchas veces, ligado a es­to, estaba también el compromiso del pueblo a proveer el contrato de un maestro de escuela.

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