Espiritualidad vicenciana: Gracia

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juan José González, C.M. · Año publicación original: 1995.

INTRODUCCIÓN.- (. EXPERIENCIA DE GRACIA DE VICENTE DE PAÚL.- II. POSTÚRA DE S. VICENTE EN LA CONTROVERSIA JANSENISTA SOBRE LA GRACIA.- III. CON­VICCIONES DES. VICENTE SOBRE LA GRACIA: 1. Dios es gra­cia. 2. El cristiano está llamado a vivir en «estado de gracia». 3. La gracia es necesaria para la vida cristiana. 4. Dios conce­de su gracia a todos los hombres. 5. Gracia de Dios y libertad del hombre. 6. Gracia de Dios y colaboración humana.


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Introducción

El concepto de gracia («jaris» en griego y «gra­tia» en latín) es central en la reflexión teológica cristiana, pero a la vez es de los más discutidos y difíciles de comprender y definir por la plurali­dad de significados e interpretaciones que ha re­cibido a lo largo de la historia.

Varios son los significados de la palabra «gra­cia»: benevolencia, bondad, actitud favorable de una persona que quiere bien a otra sin ésta me­recerlo; belleza, encanto, atractivo de la persona agraciada; don, beneficio, regalo recibido gratui­tamente; agradecimiento por el don recibido. Des­de el plano teológico, se puede decir que gracia es esa comunicación de la bondad del Dios-Amor libre y gratuitamente al hombre, manifestada so­bre todo en Jesucristo, por la cual el hombre se siente amado por Dios y colmado de sus dones sin mérito personal alguno, lo que le hace sentirse profundamente agradecido.

Desde la experiencia de gracia en el A. T. («he-sed» «hen») y en el N. T. («jaris») muchos auto­res han intentado acercarse al contenido de la experiencia de gracia desde diversas terminolo­gías, perspectivas y sistemas teológicos de in­ terpretación; muchas veces lo han hecho con ca­rácter polémico, lo que en lugar de ayudar a des­cubrir la bondad y gratuidad de Dios en la histo­ria humana, han convertido el tratado de gracia en un conglomerado de proposiciones abstractas pa­ra condenar algunos errores teológicos.

Vicente de Paúl vive en una época de con­troversias sobre la gracia. Ello le obligará, como hombre de Iglesia, a tomar postura y para ello reflexionar personalmente y guiar a sus comuni­dades en un tema tan discutido, defendiendo lo que considera la auténtica doctrina cristiana so­bre la gracia frente a las «nuevas opiniones teo­lógicas». Incluso tiene que redactar un estudio sobre estas cuestiones, una reflexión sistemáti­ca sobre el tema cuestionado de la relación en­tre gracia de Dios y libertad humana.

Pero como Vicente es más hombre de ac­ción que teólogo especulativo, además de esas reflexiones de carácter apologético y especulati­vo sobre la gracia, su pensamiento sobre el te­ma lo encontraremos a partir de su experiencia de fe y en su acción apostólica, así como en las exhortaciones de carácter espiritual y pastoral a los miembros de sus comunidades en conferen­cias y cartas. La reflexión vicenciana sobre la gracia se puede decir que tiene un carácter ex­periencial, apologético y parenético, poco siste­mático, en sintonía con la Iglesia de su tiempo y con su propio carisma y espiritualidad.

I. Experiencia de gracia de Vicente de Paúl

La gracia, antes que un concepto teológico es una experiencia humana, en la que se descu­bre vitalmente la bondad de Dios que se co­munica gratuitamente al hombre. Vicente de Paúl antes de hablar sobre la gracia se ha dejado tocar y hablar por la gracia, ha experimentado en su vida la bondad de Dios.

A través de su vida y escritos se descubre a un creyente que ha tenido clara conciencia de ser un «agraciado de Dios», pues ha experimen­tado la acción bondadosa de Dios en su vida y obras. Si un creyente es capaz de descubrir la presencia salvadora de Dios en los distintos momentos de su vida, hay algunas experiencias transcendentales, «fundantes», en las que el en­cuentro con Dios produce un cambio fundamen­tal en la persona.

Una de esas experiencias «fundantes» en la vida de Vicente es la que tiene lugar entre 1609 y 1617 aproximadamente, cuando va a experi­mentar a través de una serie de acontecimientos la gracia de la conversión, lo que va a marcar el sentido de su vida, dando comienzo en él un nue­vo modo de ser, de pensar y actuar, una nueva vida. Estos acontecimientos claves (calumnia de robo, tentación contra la fe, encuentros con Berulle y A. Duval, encuentro con el mundo de la po­breza,…) culminan en la experiencia de Gannes­Folleville y Chátillón, donde descubre la pobreza material y espiritual del pobre pueblo, lo que le interpela y se convierte para él en una gracia, en una llamada de Dios que va a dar un profundo gi­ro a su vida.

Este proceso de búsqueda y conversión en la vida de Vicente puede considerarse como la co­municación de la bondad de Dios que irrumpe en su vida, transformándole completamente: sus ide­as, pensamientos, misión, nueva forma de enten­der el Evangelio, la Iglesia, el mundo. Surge en él un nuevo proyecto vital que produce una auténti­ca refundación de su persona. Es una experiencia salvífica y liberadora; junto a un cambio moral, des­cubre una nueva forma de «lograr» su vida, de cum­plir la voluntad de Dios: la entrega a los pobres.

Él vive la gratuidad de esta experiencia, com­prende que es un don de Dios, incomprensible só­lo con su esfuerzo. Dios es el que ha actuado en su persona. Ha experimentado claramente en su vida la gracia de Dios.

Otra experiencia clave en su vida es la fun­dación de sus comunidades. Si es Dios quien le ha transformado y regalado su misión, también en el nacimiento de sus comunidades experi­menta la acción bondadosa de Dios que actúa a través suyo y que es el verdadero autor de estas obras. Partiendo del convencimiento de que «las obras cuyo autor no se puede encontrar provie­nen indudablemente de Dios», no puede sino destacar con gran insistencia a los suyos que «Dios es el que comenzó esta obra», «que es Dios el que ha fundado esta pequeña compañía y el que la dirige» (IV, 247;IX, 120, 232-233, 415, 543).

Estas experiencias fundantes de esa actuación de Dios en su persona son testimonio de su con­vencimiento de la continua presencia de la bon­dad de Dios en la vida del cristiano. La experien­cia le confirma la necesidad del creyente de ser acompañado por la gracia de Dios; por eso exhorta a las Hijas de la Caridad: «Recordad y confesad que sin esa gracia no podéis dar un solo paso en el camino de la virtud. Nos engañamos a noso­tros mismos cuando creemos que hacemos algo con nuestras propias fuerzas. La experiencia nos lo demuestra» (IX, 475).

Así pues, tanto a nivel personal como comu­nitario, Vicente ha experimentado la presencia de Dios en el mundo y en el hombre, la bondad de Dios que sale al encuentro del hombre y la posi­bilidad de apertura del hombre a Dios y a su amor. Esta experiencia está en el origen de su obra y de su carisma. La bondad de Dios que se comu­nica a los hombres en Jesús y que se manifies­ta especialmente como salvación para los pobres es el impulso y la llamada a ser testigos de la gracia de Dios, luchando contra las desgracias que sufre el hombre.

II. Postura de san Vicente en la controversia jansenista sobre la gracia

Vicente vive en una época de disputas y con­troversias en torno al tema de la gracia. Aunque habían quedado atrás las ideas de los reformado­res, contestadas por el Concilio de Trento, vuel­ven las discusiones con la controversia «de auxi­bis» entre la escuela de los Dominicos (Tomismo) y la de los Jesuitas (Molinismo), en torno a la ac­ción de la gracia y la libertad en las obras merito­rias. En estas disputas, que concluyen en 1607, por intervención de la autoridad eclesiástica, no in­terviene Vicente, todavía un joven y desconocido sacerdote.

Pero en 1640, con la publicación de «Augus­tinus», obra póstuma de Jansenio, estalla de nue­vo la polémica entre los que le acusan de ten­dencias bayanistas y calvinistas y los que defienden su ortodoxia. Vicente no interviene di­rectamente en esta primera polémica jansenista, hasta que en 1643 aparece el libro de Arnauld «De la frequente communion», escrito con ayu­da de Saint-Cyran. Si en otro tiempo había sido amigo de algunos de los defensores de las «nue­vas opiniones» jansenistas, ante el peligro que su­ponen algunas de sus ideas -que Vicente consi­dera «heréticas»- para la Iglesia, se va a destacar, desde su puesto en el Consejo de Conciencia y como personaje influyente en la Iglesia de Fran­cia, como una pieza clave en la oposición al jan­senismo, defendiendo lo que considera la doc­trina católica sobre la gracia.

No es Vicente un teólogo sistemático, amigo de discusiones doctrinales. Por eso su interven-clon en la lucha antijansenista va a ser más co­mo organizador que como teólogo. Esto no ex­cluye que tenga que realizar un trabajo profundo de reflexión, estudio y oración sobre los temas dis­cutidos en relación con la gracia. De hecho va a ser éste el tema de uno de los pocos estudios sis­temáticos que conservamos y que hay que situar en este ambiente de controversia (X, 189-197). Unas cartas a un compañero de Congregación que parece adherirse a las nuevas doctrinas, son indicativas de su preocupación por este tema y su dedicación, mediante el estudio y la oración, a clarificar las doctrinas discutidas sobre la gracia (cf. Ill, 295-305; 332-342).

Estos documentos son el reflejo de la doctri­na de Vicente sobre el tema de la gracia y los prin­cipios básicos en que se fundamenta su reflexión. En ellos se observa un tono polémico y apologé­tico, pues son respuesta a algunas afirmaciones atribuidas al jansenismo, y que Vicente nos resu­me así: «No hay gracias suficientes que se den a todos los hombres». «No hay más que gracias eficaces, que se dan a pocas personas, y que aquéllas a las que se dan no pueden resistir a ellas» (X, 189).

Debajo de estas afirmaciones se trasluce una determinada antropología, una visión muy pesi­mista de la naturaleza humana, y frente a ello una exaltación exagerada del poder de la gracia, in­fravalorando la cooperación de la criatura a su propia santificación. Y lo que más duele a Vi­cente es que desde estas «nuevas opiniones» se niegue la voluntad salvífica universal de Dios y, por tanto, que Jesucristo murió por todos los hombres. Así pues, estas doctrinas atentaban contra artículos de fe del cristianismo y dejaba sin fundamento la obra y espiritualidad vicen­ciana.

No es de extrañar que ante la insinuación de su compañero, el P. Dehorgny, sobre la legitimi­dad de las «nuevas opiniones», pues se trata de «cuestiones de escuela», su Superior le respon­da con claridad y firmeza: «La doctrina que él (Jansenio) combate, que Jesucristo murió por to­do el mundo, ¿es acaso nueva? ¿Es nueva la doc­trina de S. Pablo y de S. Juan?… ¿Llamaremos también nueva a la que él combate, contra la po­sibilidad de observar los mandatos de Dios?… ¿Y es nueva esa que usted dice, que nos importa po­co saber si hay gracias suficientes o si son todas eficaces?… Me parece que es de gran importan­cia que todos los cristianos sepan y crean que Dios es tan bueno que todos los cristianos pueden, con la gracia de Jesucristo, realizar su salvación, que él les da los medios para ello por Jesucristo y que esto manifiesta y ensalza mucho la infinita bondad de Dios» (III, 302).

Tanta importancia tiene este tema para Vi­cente que, aunque en la lucha antijansenista no juegue un papel intelectual-teológico importante, redactará un estudio profundo y documentado sobre estas cuestiones discutidas sobre el tema de la gracia. Aunque no nos indica si lo compo­ne para uso personal, o para ofrecérselo a los po­lemistas, por su estilo y metodologia (se inspira en el «pequeño método» vicenciano), este estu­dio parece original y útil para la discusión con los defensores de las «nuevas opiniones».

Este «Estudio sobre la gracia» está estructu­rado en cinco apartados:

  • La primera parte es una introducción que resalta los motivos para estar bien instruidos so­bre este tema: no dejarse engañar por las nue­vas opiniones, necesidad de instrucción sobre la fe de la Iglesia, para la propia salvación, necesi­dad de tener las ideas claras en religión.
  • El segundo apartado estudia las diferencias entre la doctrina común de la Iglesia y la que sos­tienen las «nuevas opiniones» sobre la gracia. Para explicar mejor esta cuestión hace un reco­rrido histórico, repasando las disputas sobre la gracia desde la pelagiana y semipelagiana hasta llegar a las doctrinas de Bayo, concluyendo con las opiniones de Jansenio y Saint-Cyran.
  • El tercer apartado estudia las razones de la doctrina tradicional de la Iglesia, argumentando desde la Sagrada Escritura, la Liturgia, los Conci­lios, los Santos Padres, la razón y una compara­ción tomada de S. Francisco de Sales.
  • En el cuarto apartado va desmontando las objecciones que hacen los jansenistas a esta doc­trina eclesial, objecciones que suelen basar en textos de S. Agustín y a las que Vicente respon­de desde la Sagrada Escritura, desde S. Agustín o desde una razonada explicación de estas afir­maciones, mal interpretadas por las «opiniones modernas».
  • El quinto apartado (perdido en el autógrafo original) trataba de indicar los medios para con­firmarse y perseverar en la doctrina eclesial so­bre la gracia (Cf. X, 189-197).

III. Convicciones de san Vicente sobre la gracia

Dado el carácter asistemático del pensamiento vicenciano sobre este tema, es difícil estructurar ordenadamente su doctrina sobre la gracia. Des­de la lectura de sus textos, tanto los de carácter apologético-teológico como aquéllos en que pre­domina la exhortación pastoral o espiritual, se desprenden unas convicciones sobre este tema que reflejan su comprensión sobre la gracia den­tro de la vida cristiana.

1. Dios es gracia

Aunque la «cosificación» de la gracia ha sido una tentación constante de la reflexión teológica, si se parte del concepto bíblico de gracia se des­cubre tras él la imagen o forma de ser del Dios cristiano. La gracia designa ante todo una actitud o comportamiento de Dios que incluye la fideli­dad, magnanimidad, benevolencia,… La gracia es una realidad personal, el amor de Dios que bus­ca la comunicación con el hombre. Dios mismo puede definirse como gracia, en cuanto que es amor, bondad, comunicación.

En el pensamiento vicenciano, tras el con­cepto de gracia hay una determinada compren­sión de Dios como «el Padre de las misericordias y el Dios de todo consuelo». Un Dios con rostro humano y misericordioso, el «protector de los pobres», está en la base de su obra y espirituali­dad, así como en su visión de la gracia, ya que la misericordia es el «espíritu propio de Dios» (XI, 233-234). En Jesucristo, especialmente en su relación con los pobres, ve Vicente la benevo­lencia de Dios personificada.

Esta forma de ser de Dios explica sus rela­ciones providentes con los hombres y será un ar­gumento para defender ese amor universal de Dios que a nadie niega sus gracias: «No puedoexplicarme cómo Dios, que es una bondad infi­nita, que tiene siempre los brazos abiertos para abrazar a los pecadores…, sería capaz de negar sus gracias a todos los que se las piden» (X, 193).

El cristiano está llamado a ser espejo de la gra­cia de Dios, apóstol de esa «bondad de Dios» y «vehículo de su consuelo y misericordia», pues -como recuerda a las Hijas de la Caridad- «estáis llamadas a representar la bondad de Dios delan­te de los pobres enfermos» (IX, 915; cf. IX, 1057; X, 952).

2. El cristiano está llamado a vivir en «estado de gracia»

Cuando Dios-Amor comunica su bondad pro­duce algún bien en la criatura, le sitúa en un es­tado de vida nueva, en amistad con Él, haciéndole participar de su propia vida. La persona que vive esa comunicacion de la bondad de Dios, hace una opción de vida orientada y centrada en Dios, vive «en estado de gracia». Vicente comenta en varias ocasiones, en un contexto parenético y de forma sencilla, la importancia para el creyente de vivir «en estado de gracia», y lo que ello signifi­ca de oposición al pecado: «Esto es lo que sig­nifica mantenerse en estado de gracia; sentir un gran odio contra el pecado mortal y huir de él co­mo del demonio, y también del venial; y cuando se haya cometido alguno, confesarse lo antes po­sible, sobre todo si es mortal» (IX, 745; cf. X, 702).

Con frecuencia en sus exhortaciones a los miembros de sus comunidades les invita a vivir en estado de gracia santificante o habitual y les explica lo que ello significa: «Mis queridas her­manas, todo lo que hagáis, si va acompañado de estas tres hermosas virtudes (sencillez, humil­dad, caridad), todo se cambiaba en oro; y así todas nuestras obras serán agradables a Dios. Esto se llama gracia santificante. Es una hermo­sura que hace al alma agradable a Dios, que lo­gra que Nuestro Señor se complazca en ella y en todo lo que hace… ¡Qué hermosas son las almas que están adornadas de esta gracia santifican­tel» (IX, 755; IX, 1129).

3. La gracia es necesaria para la vida cristiana

Dios como gracia acompaña al hombre en to­das las situaciones de su vida. Aunque la gracia de Dios es una, se va concretando de diversas ma­neras y en los diferentes momentos de la vida. Por eso la teología hace distintas clasificaciones de esa comunicación de la bondad de Dios al hombre: gracia preveniente, concomitante, con­secuente, excitante, auxiliante, sanante, elevan-te, suficiente, eficaz, . .

Vicente está convencido de esta continua co­municación de gracia por parte de Dios en la vi­da de los hombres y por ello insistirá a los suyos en que «sin la gracia no podéis dar un paso en el camino de la virtud», por lo que «nos engañamos a nosotros mismos cuando creemos que hacemos algo con nuestras propias fuerzas» (IX, 474-475). A pesar de su relativo optimismo antropológico (sobre todo si lo comparamos con la visión jan­senista del hombre), conoce la fragilidad huma­na, lo que le lleva a desconfiar de la obra huma­na si no va acompañada de la gracia de Dios. La naturaleza humana inclinada al pecado, esto es, a la «aversión a Dios» y «conversión a las crea­turas» (cf. IX, 62. 693), necesita la gracia para agra­dar a Dios:

«Hemos de proponernos obrar bien, pero no seremos capaces de hacerlo si Dios no nos con­cede esta gracia… Tenemos mucha necesidad de poner en práctica nuestras resoluciones, pe­ro no podemos hacerlo sin la gracia de Dios, ya que sin él no podemos tener ni un solo buen pen­samiento, ni pronunciar una sola palabra sin que el Padre eterno nos conceda esa gracia por los méritos de su Hijo» (IX, 1107; cf. IX, 1051).

Consciente de la necesidad de la ayuda de Dios al creyente para que pueda mantenerse y progresar en el seguimiento de Jesucristo, insis­tirá en las conferencias a sus comunidades en que recurran a la gracia de Dios. Muchas de sus ex­hortaciones concluyen con expresiones que re­saltan esta idea:

«Ayúdame con tu gracia, . .»; «Ruego a Nues­tro Señor que nos conceda la gracia…»; «Tenéis que pedirle a Dios que os conceda la gracia…» (cf. IX, 229. 828. 560. 1063. 1045,…).

4. Dios concede su gracia a todos los hombres

La universalidad de la concesión de la gracia es uno de los aspectos discutidos en la contro­versia jansenista. «Los que tienen nuevas opi­niones -afirma Vicente, recogiendo las ideas jansenistas- sostienen que no hay gracias sufi­cientes que se dan a todos los hombres; que no hay más que gracias eficaces, que se dan a po­cas personas y que aquéllos a los que se dan no pueden resistir a ellas» (X, 189).

Frente a esta postura, Vicente defiende que «Dios les da a todos los hombres, tanto fieles como infieles las gracias suficientes para salvar­se, y que se puedan aceptar o rechazar esas gra­cias» (X, 189).

Está en juego la comprensión del cristianismo. Para Vicente es evidente, desde su experiencia de Dios, que «la bondad de Dios es tan grande que les da medios a todos los hombres para sal­varse». Por eso, a un misionero que cuestiona que haya «gracias suficientes» le responde que «me parece que es de gran importancia que todos los cristianos sepan y crean que Dios es tan bueno que todos los cristianos pueden, con la gracia de Jesucristo, realizar su salvación» (III, 301-302).

Dios ofrece su gracia a todos según la situa­ción y necesidades de cada uno. Vicente lo ex­plica con la imagen de una fuente: «Dios nos con­cede sus gracias según las necesidades que de ellas tenemos. Dios es una fuente de la que ca­da uno saca el agua según sus necesidades. Co­mo una persona que necesita seis cubos de agua, saca seis, si necesita tres, tres…» (XI, 37).

En este sentido afirma que hay unas «gracias de estado», es decir, una asistencia especial que Dios ofrece a los hombres para cumplir bien su deber en una situación concreta. Cuando Dios lla­ma a una misión concede las gracias suficientes para llevarla a cabo. Si alguien ha recibido un mi­nisterio para el bien de la comunidad, recibirá también la ayuda de Dios para realizarlo. Así lo apli­ca al ministerio de la «Hermana sirviente»: «Dios da las gracias suficientes a las que llama a este cargo. No creáis que se dan siempre los cargos a las más capaces o a las más virtuosas» (IX, 599).

5. Gracia de Dios y libertad del hombre

El problema de la relación entre gracia y li­bertad ha sido muy discutido en la historia de la teología cristiana. La cuestión surge al tener que salvar dos afirmaciones fundamentales:

  • para realizar un acto salvífico el hombre ne­cesita la gracia divina;
  • el hombre es libre y puede, por tanto, re­chazar la gracia ofrecida por Dios.

Ambos datos están atestiguados por la Sagra­da Escritura, ¿cómo conjugar el poder soberano de Dios y su gracia con el acto libre del hombre?

Esta controversia renace una vez más en tiem­pos de Vicente de Paul con la doctrina jansenis­ta, que no salva el dato de la libertad humana. Los jansenistas ven al hombre como un juguete de las fuerzas exteriores y pasiones interiores, contra las que nada puede. Es por tanto Dios el que por su gracia, que concede sólo a algunos, hace que el hombre pueda observar los mandamientos de Dios. El hombre no es libre, sino esclavo de Dios. No hay más que gracias «eficaces», A LAS QUE NO SE PUEDE RESISTIR.

Frente a esta postura Vicente defiende que «Dios da gracias suficientes a todos los hombres y que Nuestro Señor, al darnos estas gracias, no coacciona nuestro libre albedrío, sino que lo de­ja en libertad de emplear bien esas gracias o de abusar de ellas» (X, 192).

Él es consciente de que la salvación se reali­za en el horizonte de la libertad humana, pues el amor de Dios no fuerza, sino que solicita una res­puesta de amor. Por ello hay que afirmar que el hombre es capaz de rechazar la gracia de Dios y que no toda gracia es «eficaz». Muchos argu­mentos pone Vicente para justificar estas afir­maciones (cf. X, 192-197), pero es en la expe­riencia donde él ve más claramente demostradas estas verdades. «La experiencia lo demuestra continuamente», afirma al contemplar las infide­lidades de los hombres a la gracia de Dios (cf. VI, 164). Uno de sus argumentos sobre la li­bertad de rechazar la gracia parte dei concepto del «mérito»: «Si así no fuera, el hombre lo haría to­do por necesidad y por consiguiente no podría te­ner mérito alguno. ¿Qué mérito tiene un forzado en saludar al general de las galeras?…Según es­to se seguiría que el hombre no tendría ningún mérito en el bien que hace, ni en el mal que evi­ta, y por consiguiente que no habría recompen­sa…» (X, 195).

La certeza de la posibilidad de rechazar la gra­cia de Dios le lleva a insistir a los miembros de sus comunidades sobre el cuidado que hay que tener para no perder las gracias que Dios ofrece, pues «cuando uno no usa sus gracias debida­mente, él se las pasa a otros» (cf. XI, 803).

6. Gracia de Dios y colaboración humana

Partiendo de un espíritu humanista y de la afirmación de la libertad del hombre, Vicente des­taca que éste ha de cooperar con la gracia de Dios en su propia justificación. La gracia de Dios, ofrecida a todos los hombres, se hace eficaz a tra­vés de la colaboración humana.

En este sentido, Vicente hace suya la máxi­ma ignaciana de «confiar como si Dios lo hiciera todo y nosotros nada y trabajar como si Dios no hiciera nada y nosotros todo», cuando afirma: «Encuentro buena la máxima de servirse de to­dos los medios lícitos y posibles para la gloria de Dios, como si Dios no nos ayudara, con tal que se espere todo de su divina Providencia, como si no tuviéramos medios humanos» (cf. IV, 346).

Para él hay una relación muy estrecha entre gracia de Dios y la fidelidad humana, de modo que «la fidelidad que cada uno ponga en las gra­cias recibidas atrae cada vez más otras nuevas». Así se lo explica a las Hijas de la Caridad: «Dios le dará más al que utiliza bien lo que se le ha da­do. Mis queridas hermanas, no hay nada que atrai­ga tanto las gracias de Dios para hacer el bien co­mo el ser fieles a ellas y poner en práctica lo que se conoce; por el contrario, no hay nada que per­judique tanto al alma como la infidelidad. ¿Sabéis cómo actúa Dios con un alma que desprecia sus gracias? Se las retira, y entonces cae en el endu­recimiento, luego en el hastío y finalmente en la imposibilidad para hacer nada; de forma que no só­lo pierde la gracia que se le ofreció, sino también las virtudes que tenía» (IX, 372; cf. VI, 164; X1, 803).

La gracia de Dios es un carisma que se reci­be para el servicio de los demás. Es el aspecto solidario de la gracia, que hace que, en cierta ma­nera cada uno sea responsable de la gracia del otro y cada uno debe ser sacramento de gracia y sal­vación para el otro. Vicente es consciente de que las gracias recibidas de Dios tienen que ponerse al servicio de los demás, pues Dios se comunica no sólo para aumento de la propia virtud, sino pa­ra «trabajar incesantemente en provecho del pró­jimo» (cf. IX, 373). Por otra parte el mismo servi­cio a los hermanos se convierte en testimonio y expresión de la gracia de Dios: «Me he enterado que esa pobre gente está muy agradecida a la gra­cia que Dios les ha hecho y, al ver que van a asis­tirles y que esas hermanas no tienen más inte­rés en ello que el amor de Dios, dicen que se dan cuenta entonces de que Dios es el protector de los pobres.

Ved qué hermoso es ayudar a esas pobres gentes a reconocer la bondad de Dios» (IX, 1057).

Bibliografía elemental

Algunas obras generales asequibles son:

L. BOFF, Gracia y liberación del hombre, Cristian­dad, Madrid 1978.- AA. W., Mysterium Salu­tis, IV/2, Cristiandad, Madrid 1975, 575-938.- K. RAHNER, La gracia como libertad, Barcelo­na 1972.- J. A. SAYES, La gracia de Cristo, BAC, Madrid 1993.

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