Espiritualidad vicenciana: Escatología

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Rafael Sainz, C.M · Año publicación original: 1995.

I. INTRODUCCIÓN.-1. Panorama escatológico.- 2. Cómo viene Dios al hombre y cómo el hombre va al encuentro de Dios.- II. COORDENADAS ESCATOLÓGICAS DE S. VICENTE Y DE LA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA. Introducción. I. LA CONVERSIÓN orienta a san Vicente hacia el Señor que viene.- II. San Vicente encuentra el camino hacia el Padre POR LA FE EN JESÚS.-1. Cristo, evangelizador de los pobres.- 2. Cristo anonadado.- 3. Los pobres.- 4. La Iglesia peregrinante, prolongación de Cristo.- san Vicente creyó en la Iglesia.- san Vicente amó a la Iglesia.- san Vicente se comprometió -sirvió a- con la Iglesia.- 5. La Virgen María, estrella polar que le guio en su ca­mino.- III. LA VIGILANCIA de san Vicente en su peregrinación - Cómo vivió las parábolas escatológicas: 1.- La higuera.- Providencia.- Signos.- Discernimiento de la voluntad de Dios.- 2. El Mayordomo infiel.- san Vicente el siervo fiel.- Lucha contra la injusticia.- 3. Las diez vírgenes.- El subsuelo de la espiritualidad vicenciana está impregnado de Fidelidad al amor del Esposo que viene.- Necesidad absoluta de las obras (el aceite de las lámparas), particularmente de las obras de misericordia.- Desconfianza de los sentimientos que no se traduzcan en obras. «Señor, Señor, ábrenos».- Temor y temblor ante los juicios de Dios: La suerte eterna del cielo o infierno (lámpara encendida o apagada). La inminencia e incertidumbre de la muerte.- Nostalgia del cielo (bodas eternas).- 4. Los talentos.- El trabajo en san Vicente.- 5. El Juicio final -Complemento y reafirmación de la parábola de las diez vírgenes.- Identificación de Cristo con el pobre.- Las sentencias.- IV. LA ORACIÓN, alimento para el ca­mino.


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Introducción

1. Panorama escatológico actual

En la teología actual la «escatología» es un te­ma relevante, porque va implicado de alguna ma­nera en todos los misterios del cristianismo (cf: «Índole escatológica de la Iglesia peregrinante»: LG 48-51).

Nos interesan aquí los aspectos referentes a las coordenadas escatológicas de la vida cristia­na, para aplicarlas después a la escatología vivi­da por san Vicente. En la escatología –»reflexión cristiana sobre los «últimos tiempos» en la His­toria de la Salvación»– tiene un máximo relieve el «acontecimiento escatológico fundamental» (cf LG 48b). Consiste en la venida –»adviento»– del Reino de Dios por el Mesías y en el Mesías, que es Jesús de Nazaret. Todo el Antiguo Testamento anuncia la venida del Mesías, como protagonis­ta, iniciador y consumador del Reino. Con la En­carnación –primera venida– comienzan los «últi­mos tiempos», o en frase paulina, «la plenitud de los tiempos», que se extiende desde la Encar­nación –venida en pobreza y humildad– hasta el jui­cio universal el «último día» –segunda venida de Cristo en poder y majestad–. Entre estas dos venidas tiene lugar la venida del Reino a cada hombre de cada generación a lo largo de la his­toria humana. Cada persona humana es, pues, un auténtico acontecimiento escatológico, estre­chanente dependiente del «acontecimiento-Cris­to». Para esta venida individualizada del Reino, Cristo instituyó su [glesia, que es, a su vez, el prin­cipal acontecimiento escatológico después de Cristo. Cada hombre, después de la muerte en­tra en un estado especial –escatología intermedia– hasta la resurrección de los muertos y el juicio uni­versal. Sólo entonces llegará a su consumación la venida del Reino de Dios.

Podemos resumir el panorama escatológico de esta manera:

  • Escatología anunciada: Antiguo Testamento. Escatología realizada en la tierra: Cristo, la Iglesia, cada persona humana.
  • Escatología intermedia: Muerte, juicio parti­cular (LG 48d), purgatorio (LG 49a), infierno (LG 48d) y gloria (LG 48d)1
  • Escatología consumada: Infierno y gloria.

2. ¿Cómo viene Dios al mundo y cómo va el hom­bre al encuentro de Dios?

Toda la obra de Jesús en la tierra puede en­tenderse como la respuesta a esta doble pre­gunta. Todo el evangelio es, pues, escatología.

Dios viene al mundo por la Encarnación de su Hijo anonadado. Y este anonadamiento –kenosis– llega a su cenit en su muerte ignominiosa en la Cruz (Fil 2, 6-8). La muerte en cruz no fue un fin en sí mismo, sino la manera sorprendente e in­sondable de revelar al hombre, en nombre de su Padre, el amor que él y su Padre le tienen (Jn 3, 16; 1Jn 4, 10). Fue este amor de Dios-hombre inmo­lado el que redimió al mundo (Jn 3, 35;12, 32). Por eso toda la escatología –anunciada, realizada y consumada– gira en torno a la venida de Cristo pa­ra instaurar el Reino, como el «acontecimiento es­catológico fundamental»

Y el hombre va al encuentro del Dios que vie­ne por medio de la conversión y la fe en Jesús –»convertíos y creed al Evangelio» (Mc 1, 15)– sos­tenidas y alimentadas por la vigilancia evangélica y la oración: «vigilad y orad».

Por la conversión el hombre se orienta, como la brújula, a su norte, que es Dios; por la fe en Je­sús encuentra el camino hacia el Padre; por la ora­ción reconoce la grandeza de Dios y su peque­ñez, la gratuidad del don del Reino y su absoluta incapacidad para alcanzarlo; y por la vigilancia evan­gélica permanece de continuo en la espera del Se­ñor y camina anhelante a su encuentro. Cristo nos habla de la conversión y de la fe ya en el primer anuncio del Reino. Son las dos condiciones indis­pensables para encontrar a Dios. Y en todo el Evangelio, particularmente en el discurso esca­tológico de los evangelios sinópticos, habla Jesús reiteradamente de la vigilancia y la oración, ya directamente, ya por medio de las pa­rábolas escatológicas. Éstas son las cuatro coor­denadas escatológicas que resumen y totalizan toda la vida del cristiano. En ellas naturalmente han de fundarse las coordenadas escatológicas vicencianas.

El encuentro de Dios con su criatura resume toda la revelación. Tiene su expresión más subli­me en el diálogo transcendente de la última pá­gina de la Biblia: «El Esposo (Cristo) dice: «Sí, vengo pronto»; y responde la Esposa (la Iglesia): «¡Amén, amén! Ven, Señor Jesús»» (Apoc 21, 20).

Coordenadas escatológicas de San Vicente y de la espiritualidad vicenciana

San Vicente fue un cristiano privilegiado por los singulares dones de que fue dotado. Entre ellos destaca el carisma de fundador que le hizo padre y patriarca de una numerosa familia a la que transmitió su espíritu. Pero los dones del Es­píritu tienen la finalidad de llevar a su plenitud de diversas maneras la gracia bautismal y capacitar así a cada cristiano para ir al encuentro del Esposo con toda la Iglesia peregrinante. En consecuen­cia, las coordenadas escatológicas de San Vicente son modos o matizaciones de las coordenadas propias de cada cristiano. Son estas matizaciones características las que intentaremos resaltar aquí.

¿Cómo va Vicente al encuentro del Señor? Todos los estudiosos del santo coinciden en que «la originalidad y riqueza de su espíritu se en­cuentran más en su vida que en su doctrina» (Ibá­ñez, 229), si bien es cierto que tuvo conocimien­tos extensos y profundos –como lo demostró muchas veces en su vida– en toda la gama de las disciplinas de la teología: dogma, moral, derecho, liturgia, ascética, historia de la Iglesia, etc. Esto es también verdad en la escatología. No discute de cuestiones teológicas sobre los «novísimos» –la escatología de entonces–. No tiene tiempo pa­ra ello. Simplemente pone a Cristo como centro de su vida y escucha su doctrina. Se deja im­pactar, sobre todo, por el discurso escatológico de Jesús en los cap. 24-25 de S. Mateo y luga­res paralelos. La muerte, el juicio y el infierno pro­ducen en él un temor saludable, que impregna su vida, la mantiene en tensión hacia Dios, fortale­ce su oración y sostiene en él un celo infatigable y un trabajo abrumador. A su vez el premio de la vida eterna, fruto del anonadamiento de Cristo, hace de Vicente un hombre sensible en sumo grado al amor de Cristo y de su Padre. Este amor inefable le «urgirá» en todo momento co­mo a Pablo y le moverá a la fundación de tres gran­des instituciones para dar testimonio de este amor de Dios a los hombres, en especial a los po­bres, por ser los preferidos de Dios.

El amor y temor de Dios se encuentran, pues, en el subsuelo de la espiritualidad de Vicente y hacen de él un hombre dueño de sí, sereno, siem­pre igual a sí mismo, humilde, magnánimo, sen­cillo e impermeable al desaliento.

I. La conversión orienta a Vicente hacia el Señor que viene

S. Vicente no fue un santo que nació hecho. Aunque no fue un gran pecador, como él pensa­ba, hubo de convertirse a Dios con gran esfuerzo entre pruebas y dolorosas experiencias, conduci­das por la mano misericordiosa de Dios. Esto su­cedía hacia los 33 años de su edad con ocasión de una tentación persistente contra la fe, que só­lo terminó cuando se decidió a consagrarse al ser­vicio de los pobres. Fue un toque divino que le descubrió al Señor Jesús y le mostró su vocación, como peregrino en la tierra. Al considerar el amor con que él nos amó, el pecado se le hizo intole­rable, hasta tal punto que de 1638 a 1650 saca a relucir en sus charlas sus «muchos pecados» 105 veces, como diciendo: «límpiame, Señor, más y más de mi pecado». Centrado en Dios por la hui­da del pecado y la conversión inicial, está ya pre­parado para»darse» a Dios y a su Maestro. En adelante una actitud de conversión permanente le mantendrá en tensión siempre creciente hacia Dios, que no le permitirá respiro alguno en su pro­digiosa actividad.

II. La Fe en Jesús le abre a Vicente el camino hacia el Padre

Desde su conversión, Jesucristo se convier­te para el santo en el «acontecimiento escatoló­gico fundamental», que centra, ilumina y plenifi­ca su vida. El Maestro será el Gran Peregrino (Jn 16, 28), a quien Vicente seguirá paso a paso en es­te destierro. Su fe en Jesús integrará en sí la fe en la Iglesia, pero lo más característico y nuclear de su fe se expresará por tres enunciados: «Cris­to, Evangelizador de los pobres», «Cristo anona­dado» y «los pobres». Estas expresiones dan ra­zón adecuada de su vida y forman una unidad indivisible. Las tres se aclaran y complementan mutuamente.

1. Cristo, evangelizador de los pobres

S. Vicente se complacía en referirse, en sus charlas a sus tres Instituciones principaies, al don que habían recibido de tener la misma misión de Cristo: ser evangelizadores de los pobres. No sa­bía cómo expresar su asombro y agradecimien­to a Dios. «Yo nunca había pensado en ello», solía decir, «todo ha sido obra de Dios». En efecto, la Providencia le situé en condiciones especia­les, como párroco, y después como misionero de las tierras de los Sres. de Gondi, de conocer el abandono del «pobre pueblo» en el orden es­piritual y material. Le conmueve la exclamación del Maestro: «Me da lástima de estas gentes, porque están como ovejas sin pastor» (Mc 6, 34). Pronto reparó en el texto de Lucas: «Me ha en­viado a evangelizar a los pobres» (Le 4, 18). Sería para Vicente, junto con Mt 25, 40. 45, su texto pre­ferido, la fuente inagotable de su amor a Jesu­cristo y a los pobres. Con sentido profético ad­mirable intuyó su enorme contenido. Su vida y sus obras serán una maravillosa exégesis del mismo.

Para Vicente de Paúl el titulo de «Evangeliza­dor de los pobres» era el preferido por Jesús. «Sí, evangelizar a los pobres es un oficio tan al­to que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios» (XI, 387). Esto le hacía prorrumpir en ex­clamaciones llenas de emoción, alegría, agrade­cimiento y humildad No había duda: éste sería el lema de la Congregación de la Misión. Además las palabras «evangelizar a los pobres» no se re­ducen, según él, a algo puramente espiritual si­no que abarcan todo el contenido del versículo 18: «proclamar la liberación a los cautivos, dar la vis­ta a los ciegos y la libertad a los oprimidos». In­cluyen también la respuesta de Jesús a los discipulos de Juan: «Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan. . (Lc 7, 22). Evangelizar es «hacer efectivo todo el evangelio» (XI, 391). En consecuencia la evangelización va dirigida a la persona, a todo el hombre, para su promoción integra; material y espiritual. Fue una de sus gran­des intuiciones, confirmada por la Iglesia del Conc. Vat. II. Sus tres Instituciones siguen promovien­do hoy el progreso material de este mundo (X1, 393ss). San Vicente cree firmemente que la venida del Reino de Dios a este mundo pasa por la promoción integral del pobre, según los de­signios de Dios.

2. Cristo anonadado

Para san Vicente, Cristo anonadado es el com­plemento esencial de Cristo, Evangelizador de los pobres. Quiso ser pobre con la extrema po­breza de su anonadamiento para evangelizar a los pobres, humillados como él. Utiliza de ordinario la palabra «anonadamiento» en términos de hu­mildad y obediencia (X, 514-515; X1, 405. 407. 688). Dice algo consolador: ek anonadamiento es en Jesús «puro amor» (XI, 411). La Encarnación y la Redención son para él las dos fases del anona­damiento de Cristo. Fueron, sin duda, un tema pre­ferente de las meditaciones del santo que influ­yeron poderosamente en su vida.

Fue el amor el origen de este anonadamien­to, exclama emocionado san Vicente: «¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande es el amor que tenías a tu Padre! ¿Podría acaso tener un amor más grande que anonadarse por él? Pues S. Pa­blo, al hablar del nacimiento de Dios en la tierra, dice que se anonadó. ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo?» (XI, 411). Aquí radica también la hu­mildad legendaria del santo XI, 519-520), que le llevó a verdaderos excesos en el desprecio de sí mismo. De aquí arranca también su célebre di­cho: «Démonos a Dios, hermanos míos, démo­nos a Dios, pero con un amor doliente y compa­sivo» (II, 9-10) para hacer efectiva la Redención. Por eso añadía: «Nuestro Señor y los santos hi­cieron más sufriendo que obrando» (II, 10; cf 1, 320). El «servicio de los pobres» tiene también aquí su raíz profunda.

Los pobres

S. Vicente se encontró en su vida con el mis­terio del pobre, misterio profundo que hunde sus raíces en el misterio de la Encarnación. Dios ya en el Antiguo Testamento nos revela que tie­ne una querencia singular con lo humilde, lo pe­queño, lo pobre. Aparece en los profetas como defensor y vengador de los pobres: el huérfano, la viuda, el emigrante. Elige como Pueblo suyo a Israel, pueblo pobre, desvalido entre poderosos rivales, desconocido entre los grandes pueblos que hicieron la historia. Y Dios mantiene esta elección a pesar de su persistente rebeldía, apos­tasía e idolatría. A este pobre pueblo pecador le hace portador de la promesa de un Redentor y Sig­no de la pobre humanidad pecadora. Por fin vie­ne a la tierra el Mesías Redentor, pero ¡de qué manera’ El Hijo de Dios se hace hombre en la Encarnación y muere en la cruz, dando así el su­premo testimonio, a la vez, de su amor al hom­bre y de su anonadamiento ante el Padre. Es de­cir, Cristo despojándose de su categoría de Dios, se hace pobre con la suma, extrema e infinita Pobreza. Es él, el Israel de Dios, el «pobre de Yahvé» quien se constituye, como nuevo Adán, en representante de la humanidad, pero con una «simpatía» o querencia hacia el pobre por ser el que sufre en cada momento histórico las conse­cuencias del pecado de toda la humanidad Por todo esto Cristo constituye al pobre en signo de la humanidad pecadora, y se compromete con el pobre de dos maneras: dándoles la primacía en el derecho de recibir la Buena Nueva –»Cristo evangelizador de los pobres»– y, después, iden­tificándose con ellos. De ahí que la suprema nor­ma por la que el hombre será juzgado será su com­promiso real con el pobre o necesitado (cf más adelante Juicio Final).

S. Vicente, por un don especial de Dios, fue extremadamente sensible a estos designios di­vinos y los convirtió en carne de su carne. Los po­bres fueron la brújula que le orientó en su cami­no y el faro que le iluminó en su marcha al encuentro del Señor. Estaba agradecido a los po­bres, porque recibía de ellos –decía– mucho más de lo que él les daba. Les veneraba y respetaba como a sus «amos y señores». Eran, para él, los «preferidos de Dios», los redentores de la hu­manidad, los que nos reconcilian con Cristo Juez, los «porteros del cielo e introductores en las eter­nas moradas». Las necesidades de los pobres son, para Vicente, las flechas indicadoras de la vo­luntad de Dios. La justicia, el amor, la paz y pro­greso de la humanidad en su conjunto pasan por los pobres. El bien del individuo, de la Iglesia y del mundo radica en que los pobres sean aten­didos, para sacarles de su estado de necesidad, de desamparo, de opresión. El amor al pobre, por fin garantiza que nuestro amor a Dios y a todas las criaturas sea generoso, gratuito, sacrificado, tal «como Cristo nos amó» (cf pag. 10 y 15-17).

La fe de san Vicente en la Iglesia

Según san Vicente (IX, 382-383), el sermón de despedida de Jesús en san Juan son las confe­rencias de Jesús con sus discípulos para hablar­les del «comienzo, progreso y perfección de la Iglesia». En efecto, la Iglesia es la «comunidad es­catológica de Jesús» (LG). La Iglesia es parte in­tegrante de la fe cristiana. Es también la madre que nos lleva en su seno hasta que nos dé a luz para la eternidad en la muerte. San Vicente cre­yó, amó y sirvió a la Iglesia.

La Iglesia era para él la prolongación de Cristo en la historia humana y la garante de la seguridad y certeza inconmovibles de nuestra fe en Jesús. Vicente se adelantó a nuestros tiempos conside­rando a la Iglesia como «peregrina» (A. Dodin, Per­vivencia de un fundador, 49) que nos lleva en su seno en camino al encuentro de su Esposo.

La Iglesia en que cree es la «Iglesia de los pobres». Su opción por los pobres es la garantía de que es guiada por el Espíritu Santo. «¡Qué di­cha para nosotros, los misioneros, poder de­mostrar que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, tra­bajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres!» (XI, 730}.

La Iglesia es, por fin, para él, el «lugar:del Es­píritu Santo»: «Su Santo Espíritu preside en los concilios y de él proceden todas las luces dise­minadas por toda la tierra, que han iluminado a los santos, ofuscado a los malvados, aclarado las dudas, manifestado las verdades, descubierto los errores y señalado el camino por el que puede ca­minar con seguridad la Iglesia en general y cada fiel en particular» (XI, 803-804).

Su amor a la Iglesia se manifestaba en el go­zo que sentía por sus triunfos y más todavía en la aflicción por sus males. Era grande el temor que tenía de su desaparición en toda Europa. Con fre­cuencia hablaba a los misioneros de esto (XI, 242- 246) y de la gran responsabilidad de los sacerdotes en los males de la Iglesia y de las naciones cris­tianas (V, 541). Por eso, sin duda, le dio a su Con­gregación como segundo fin la «formación del clero» (Const. 1, 3).

La vida del santo fue un continuo servicio a la Iglesia de Jesús en cumplimiento de su com­promiso bautismal. Se sentía corresponsable con ella en todo:

Su obediencia a los concilios, al Papa y a los Obispos fue exquisita (1, 341; X1, 692). «Le he ofre­cido a su divina Majestad nuestra pobre Compa­ñía para ir a donde su Santidad ordene.» (II, 45). Decía que su Congregación pertenecía a la «reli­gión de S. Pedro».

Con las Instituciones de las Hijas de la Cari­dad y de la Cofradía de la Caridad llenó un hueco importante en el apostolado de la Iglesia, incorpo­rando a éste el apostolado activo insustituible de la mujer cristiana, que estaba olvidado.

S. Vicente mimó las misiones «ad Gentes» con un amor a veces heroico: «Juzgamos felices a los misioneros que han muerto como hombres apostólicos por la fundación de una nueva Iglesia» (X, 536).

Fue un luchador esforzado contra las herejías de su tiempo, y en especial el Jansenismo. En la defensa del dogma cristiano es donde mani­fiesta sus profundos conocimientos teológicos (XI, 804; cf XII, Jansenismo y aquí).

Vicente tuvo también en cuenta «la índole es­catológica de la Iglesia», viviendo con gran de­voción el dogma de la «comunión de los santos». Conserva un recuerdo vivo y tierno de los difun­tos de sus tres Obras, a los que dedica, cuando puede, conferencias necrológicas admirables –se conservan nada menos que 17–, en las que les pro­diga grandes elogios. Con especial compasión y cariño se preocupa de los difuntos del Purgato­rio, corno más necesitados, asegurándoles múl­tiples sufragios (cf XII, Difuntos).

5. La fe de Vicente en la Virgen María

Dice el Conc. Vat. II: «La Madre de Jesús pre­cede en la tierra con su luz al peregrinante Pue­blo de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor» (LG 68). La vida de Vicente estaba impregnada de es­ta doctrina escatológica. Consideró siempre a la Virgen María como su madre, guía y protectora en su peregrinación al encuentro del Señor. La in­vocaba con fervor en sus dificultades y peligros. Profesaba con el «credo» de la Iglesia que María era parte integrante de la fe en Cristo por ser su Madre. Para san Vicente la altísima dignidad de ser Madre de Dios fue la fuente de todos los do­nes y privilegios de María. «La Encarnación san­tificó y divinizó en cierto modo a la Sma. Virgen, y como perseveró en medio de sus dificultades. . fue glorificada por encima de los ángeles» (cf X, 937; marianismo vicenciano). En las reglas a sus misioneros (X, 509) labia del culto a María a continuación del culto a los misterios de la Trini­dad, la Encarnación y la Eucaristía. Por ello san Vi­cente honró a la Virgen con una veneración es­pecial.

Ofreció a María sus tres Obras, y reco­mendaba el ofrecimiento indivividual a sus miem­bros: «Prometamos entregarnos a su divino Hijo y a ella misma sin reserva alguna, a fin de que sea ella la guía de la Compañía (H. de la C.) en gene­ral y de cada una en particular» (IX, 1140). Invo­caba con oraciones llenas de unción, confianza y ternura a María, como Madre virginal de Jesús, madre nuestra, madre de misericordia, patrona, fundadora y guía de sus Obras (cf IX, 1078, 1147); habla repetidas veces de la obligación de invocar a María (cf XII, María (Virgen); recomienda el ayu­no en las vísperas de sus fiestas y termina sus cartas con la fórmula: «Soy en el amor del Señor y de su santa Madre».

Invita en sus charlas a imitar a María. Ma­ría es el modelo de todas las virtudes. Habla en especial de su amor a Dios, conformidad con su voluntad, humildad, perseverancia, amor al reco­gimiento, modestia, trabajo, sumisión, delicade­za, castidad, etc. (cf XII, María (Virgen). Además san Vicente tuvo el carisma de saber transmitir su amor a María a los miembros de sus Obras. Fomentaba en particular la celebración solemne de las fiestas de María, el rezo del «Angelus», el Rosario, las letanías de Ntra. Señora y la Salve.

Vigilancia

La palabra escatológica «vigilad» repetida tan­tas veces por los sinópticos se refiere primaria­mente a la preparación de los hombres para salir al encuentro del Señor en la hora de la muerte y en el juicio universal que son las venidas decisi­vas: la primera para cada hombre y la segunda para toda la humanidad. La destrucción de Jeru­salén parece ser, en la mente de Cristo, el signo prototípico del juicio universal. Pero las parábolas escatológicas nos enseñan que «vigilad» se apli­ca también con todo rigor a la preparación conti­nua para recibir al Señor que viene al encuentro de cada hombre a lo largo de su vida.

Los estudiosos de san Vicente han resumido su vida en acción y contemplación. Sin preten­derlo, nos han dado en estas dos palabras la me­jor exégesis del «vigilad y orad» evangélico como compendio de la vida del cristiano. San Vicente nos define lo que entendía por «acción» en dos pala­bras: «Buscad, buscad (el Reino de Dios), esto di­ce preocupación, esto dice acción (X1, 429). Se tra­ta, pues, de una actitud de espera tensa pero con obras, de una vigilancia activa. Toda la pastoral vi­cenciana tiene este carácter. Oigamos al santo: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios; pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente» (XI, 733).

Veamos ya cómo se realizaron en la vida de Vicente las parábolas escatológicas de Cristo so­bre la vigilancia, es decir, cuáles son las modali­dades propias de su acción en el cumplimiento de estas parábolas: la higuera, el mayordomo in­fiel, las diez vírgenes, los talentos, el juicio uni­versal.

1. La higuera (Mt 24, 32-35; Mc 13, 28-32; Lc 21, 29-33)

Jesús en la parábola nos enseña que, en la es­pera del Señor, los hombres deben prestar una atención permanente a los «signos» anunciado­res de cambios –hoy diríamos, por ejemplo, el desplome inesperado del comunismo ateo en el mundo–, a través de los cuales la historia, dirigi­da por la Providencia, camina imparable hacia la venida gloriosa de Cristo. San Vicente fue un gran devoto de la Providencia y un atento observador de los «signos de los tiempos». Es realmente un profeta que se adelantó a los tiempos actuales. Las palabras magistrales pronunciadas por Pablo VI el 16 de abril de 1969 parecen una interpreta­ción exacta de la doctrina y práctica de san Vi­cente: «En todo el universo creado podemos en­contrar señales que son como el puente que nos une con el mundo inefable del Dios escondido. Se debe concretar en el tiempo, es decir, en el curso de los acontecimientos, aquellos signos que nos pueden dar alguna noticia de la amante Providencia de Dios o su acción secreta, o con la posibilidad, disponibilidad o exigencia de una ac­ción apostólica» (cf tambien GS, 11). San Vicente recomienda siempre no retrasarse ni adelantarse a la Providencia, sino escrutar, a la luz de la fe, los acontecimientos hasta ver en ellos signos claros de la voluntad de Dios; pero una vez co­nocida es preciso seguirla con fortaleza y plena confianza, aunque sus designios nos sean des­conocidos. El santo actuó, según estos criterios, con el jansenismo y el protestantismo. En el jan­senismo descubrió un gran peligro para la Iglesia. Esto le instó a un gran esfuerzo para desenmas­carar y hacer condenar cuanto antes a los sutiles profetas de la herejía. El protestantismo le ha­blaba a su vez de la urgente necesidad de refor­ma de la Iglesia Las respuestas de san Vicente a esta necesidad fueron la formación del clero y las misiones «ad Gentes» para implantar la Igle­sia en otros lugares.

Pero en relación con los signos, lo más im­portante en el santo fue haber intuido que las ne­cesidades de los pobres, a escala individual o so­cial, son siempre signo infalible del querer de Dios en la vida de cada hombre o en la historia humana, y que su cumplimiento por el hombre es la condición de todo progreso en la justicia y en la paz. La necesidad del pobre es, para él, como un fuego que se enciende en la «casa» –individuo, familia, ciudad, nación, región–, que es necesario apagar –remediar– cuanto antes. Entonces «se tocan las campanas a fuego», para que toda la ve­cindad –individuos, familias, ciudades, naciones, regiones– acuda urgentemente a extinguir el fue­go, es decir, remediar la necesidad. Esta intui­ción movilizó todas sus energías y le llevó a la fun­dación de sus tres grandes obras y a su prodigiosa fecundidad en la práctica de las obras de miseri­cordia, materiales y espirituales. San Vicente só­lo pudo encontrar la alegría interior y la paz de su alma en la certeza y seguridad de que la de­dicación suya y de sus instituciones a los pobres era el signo claro de que estaba cumpliendo la vo­luntad de Dios. Por eso decía: «Todo el mundo piensa que esta Compañía es de Dios, porque se ve que acude a las necesidades más apremian­tes y más descuidadas» (XI, 396).

2. El mayordomo infiel (Mt 24, 45-51; Lc 12, 41-48)

La parábola responde, según Lc., a esta pre­gunta de Pedro a Jesús: «Señor, ¿dices esta parábola –la del siervo que espera la llegada del Señor– para nosotros o para todos?» (Lc 12, 41). Jesús en su respuesta nos enseña la transcen­dencia del servicio al prójimo. Todos los hombres son prójimos porque son solidarios unos de otros (cf Ecclo 17, 14). Todos son «mayordomos y sir­vientes en la «casa» del Señor. Pero a mayor au­toridad o mayordomía, mayor responsabilidad en el servicio (Sab 6, 1-8), «al que mucho se le dio, mucho se le exigirá» (Lc 12, 40). Está en «autori­dad» todo el que tiene ascendiente –por la in­fluencia, el dinero, la nobleza, el poder, la cultu­ra, etc.– sobre sus hermanos, que entonces se convierten en sirvientes, en pobres respecto de él.

S. Vicente fue el «siervo fiel y prudente» de la parábola, que salió gozoso al encuentro de su Señor, poniendo toda su «autoridad» al servicio del prójimo en la persona de los pobres. He aquí algunas características de su servicio:

Su servicio fue universal, como universal es el mandamiento del amor. Cada persona era pa­ra él hija de Dios y hermana suya. Estuvo siem­pre a disposición de Papas, Obispos, reyes, ricos y pobres, nobles y plebeyos. Prestó sus servicios de infinitas maneras, unas veces por propia iniciativa, otras porque era requerido, pero siem­pre guiado por la Providencia.

La «opción por el pobre». Fue la principal ca­racterística de su servicio. «Servicio a los pobres» es una expresión estereotipada, repetida miles de veces por el santo. Era algo consustancial a su vi­da y a la vida de sus Obras. En un texto magis­tral nos da el sentido de este servicio: «No po­demos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y sufriendo en el servicio de los po­bres, en los brazos de la Providencia y en una re­nuncia actual a nosotros mismos para seguir a Je­sucristo» (III, 359). Los pobres eran –decía– «mi peso y mi dolor», porque en ellos se ceba siem­pre la injusticia de los hombres. Él mismo se sen­tía responsable por sus pecados, llegando a pro­rrumpir en exclamaciones patéticas que nos parecen excesivas «¡Miserable!, no has ganado el pan que comes, el pan de los pobres». Esta si­tuación de su alma creaba en él un ansia irrefre­nable de justicia que le obligaba a emplear todos los resortes de su inventiva inagotable en la de­fensa de toda causa justa. Era Vicente como el ejecutor de la justicia de Dios, que se compa­dece, ama, defiende y venga a los pobres. Mo­vilizó a las clases superiores, nobleza y clero hacia el pobre. La dignidad del pobre era algo in­tocable, por lo que exigía de los suyos un trato delicado, hecho de «humildad, dulzura, tolerancia, paciencia y respeto» (cf XI, 588-589) y rebosan­te de «alegría, entusiasmo, constancia y amor» (cf IX, 534).

El servicio del santo iba dirigido a unir; armo­nizar y reconciliar a los hombres y a las clases. Nada de violencia! La justicia vendrá por la cari­dad, no la caridad por la justicia. Acercaba los ri­cos a los pobres por medio de un compromiso se­rio no sólo con sus bienes sino con la dedicación de sus personas, cuando era posible. En las Co­fradías de la Caridad se daban ejemplos magní­ficos de esto. Y acercaba los pobres a los ricos elevándoles a una mayor conciencia de su digni­dad y a un nivel social más alto, por medio de la ayuda material, la instrucción, la educación y la for­mación profesional, para que pudiesen valerse por sí mismos y ganarse honestamente la vida.

El servicio era siempre «en Dios y por Dios», es decir, alimentado por la fe. No hay otro cami­no para que el servicio del hombre al hombre sea desinteresado, gratuito y eficaz, como el amor de Dios a su criatura. No se precipitaba en el ser­vicio. Lo consultaba con Dios en la oración y aguar­daba a que hablasen las señales de la Providen­cia. San Vicente invita sin cesar a los suyos a «en­tregarse a Dios para servir a los pobres». En las Reglas de las Hijas de la Caridad estampó esta primera Regla de Oro: «El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Cari­dad es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo co­ mo manantial y modelo de caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los po­bres» (X, 874; Const. HH. de la C. :1. 3).

3. Las diez vírgenes (Mt 25, 1-13, Mc 13, 33-37; Lc 12, 35-40)

Esta parábola es una joya del Evangelio con referencia directa a nuestro tema escatológico. Je­sús, de una manera un poco velada, nos habla de la transcendencia de la muerte para el hombre re­presentado en las vírgenes. Y esto, porque sucede una sola vez, porque llega inesperadamente, por­que de ella depende la eternidad feliz o desgra­ciada, porque a la muerte sigue el juicio inapela­ble: «Señor, ábrenos», «no os conozco». Jesús no pretende amedrentarnos, sino que el hombre «tema a Dios» –en sentido biblico–, para que to­me la vida en serio y se prepare para ese mo­mento. Jesús añade la nota entrañable de su amor inefable al hombre con las imágenes de no­vio y novia. Él quiere entregarse a los hombres como sus esposas y los hombres están destina­dos a él, como a su Esposo.

Podemos decir que en esta parábola está con­tenido el subsuelo de la espiritualidad vicenciana. Veámoslo:

a) El amor de Dios al hombre y del hombre a Dios. san Vicente está penetrado del amor que Dios le tiene a pesar de su indignidad. Esto le pa­rece tan increíble que lo tiene como escandali­zado. De este sentimiento profundísimo surge, como réplica, su célebre «darse a Dios» y «dar testimonio del amor que Dios nos tiene», para conseguir que los hombres, y particularmente los pobres, se dejen amar por Dios. «No me basta con amar a Dios si mi prójimo no le ama. He de amar a mi prójimo como imagen de Dios y obje­to de su amor, y obrar de manera que, a su vez, los hombres amen a su Creador… que los ha ama­do hasta el punto de entregar por ellos a la muer­te a su único Hijo» (XI, 553-554).

El santo comprendió bien que el aceite, en la mente de Jesús, era el punto central de la pará­bola. El «aceite» de las obras de misericordia –jui­cio final– es el que alimenta la vida teologal de la fe, esperanza y caridad. «Les faltaba aceite en sus lámparas, esto es, no tenían caridad» (IX, 64. III. 1140). El aceite, además, mantiene en­cendida la lámpara del testimonio ante los hom­bres (XI, 414-415. 435). He aquí, pues, otro pilar sólido de la espiritualidad vicenciana: el «amor efectivo», al que el santo da gran preponderan­cia sobre el «amor afectivo» (XI, 733-734).

b) El temor de Dios. Dios conoce al hombre, lleno de pasiones y proclive por su sensibilidad a dejarse arrastrar de las cosas materiales que le envuelven, le fascinan, le dificultan la reflexión y le vuelven descuidado y olvidadizo. Por eso trata misericordiosamente de infundir al hombre un te­mor saludable que le mantenga fiel –»en forma»– a su eterno destino glorioso. Este temor nace con el pensamiento de la muerte, juicio e infier­no. Jesús nos recuerda esto en la parábola, pe­ro dando un relieve especial a la muerte por ser un hecho evidente, universal e inminente. Nada repite Jesús con más insistencia en el discurso escatológico: «Estad preparados», «vendré co­mo ladrón», «no sabéis el día ni la hora».

Vicente vivió intensamente estas verdades. Por eso, un temor saludable le acompañó en su vida y fue una de las profundas raíces que vivifi­caron su espiritualidad. Este temor marca todo su apostolado. «Al principio, nos dice, no tenía otro sermón que el de «temor de Dios», para salvar al pueblo», «La salvación de los pueblos es algo tan grande que merece cualquier esfuerzo. . no im­porta que muramos con las armas en la mano: es la más gloriosa y la más deseable» (VI II, 239). Es­te temor impregna la explicación de esta parábola a las Hijas de la Caridad (IX, 1139-1147), y lo mis­mo las misiones populares y en particular la con­fesión general en ellas. «El temor de los juicios de Dios» llegó a ser una expresión habitual de san Vicente.

c) Nostalgia de las «bodas eternas». La pa­rábola, por fin, exhala como un suave perfume de nostalgia de las «bodas eternas», que acaparaba al corazón de Jesús. Siente nostalgia no sólo de su Padre sino de las bodas que celebrará en el cielo con la humanidad. San Vicente era muy sen­sible a esta dulce esperanza de las bodas: ¡él que tanto trabajaba y sufría! En la explicación de la pa­rábola hay un momento en que exclama: «Cuan­do él venga, os abrazará como esposas, ya que siente un amor tan grande a las almas que le son fieles, que no hay ningún esposo que quiera a su mujer tanto como él quiere a las almas» (IX, 1142; cf IX, 784-785). Y en su célebre exhortación a un hermano moribundo dice: «Si sus pensamientos le dicen que es una temeridad el que un pobre deudor y un mal esclavo aspire a las caricias y be­sos del Esposo, dígales que es Dios quien lo man­da y lo desea» (XI, 66). Con la esperanza del cie­lo san Vicente moderaba el pensamiento de la muerte: «El pensamiento de la muerte es bueno y nuestro Señor lo ha aconsejado y recomenda­do, pero tiene que ser moderado» (VI II, 323-324). Emociona también la ternura con que habla de la «Misión del cielo» en sus conferencias necroló­gicas.

4. Los talentos (Mt 25, 14-30; Mc 13, 34; Lc 19, 11- 27)

Jesús nos enseña aquí que, en la espera del Señor, el hombre ha de darse al trabajo de cada día, para que, al llegar el Señor, pueda presentarle los intereses de la hacienda recibida. El trabajo, pues, consiste en «negociar» con los talentos -dones recibidos de Dios-, para producir abun­dantes frutos en proporción a los talentos recibi­dos. Al final de la vida los hombres serán seve­ramente juzgados del uso hecho de los dones. Los que hayan hecho «buen negocio» serán agasaja­dos espléndidamente, pero los que hayan des­perdiciado sus dones serán condenados hasta a la pena del infierno. Esta pena no nos parecerá exagerada, si pensamos que el trabajo es una de las condiciones esenciales del amor.

Vicente fue un gran «negociante». Dio frutos espléndidos para los pobres, la Iglesia, la socie­dad, en su presente y en el futuro. Fue realmen­te un coloso en el trabajo. Sobre lo que es y sig­nifica el trabajo tuvo una intuición profunda que partió de este texto de san Juan: «Mi Padre tra­baja hasta el presente, y yo también trabajo» (Jn 5, 17). San Vicente explicó su pensamiento en una charla sobre el trabajo a sus Hijas (IX, 439- 452). Dios es el primer trabajador y arquetipo de todo trabajador, porque es esencialmente activo. Produce frutos exquisitos, divinos, que le son propios: la generación del Verbo, la expiración del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo, la creación y conservación de! universo, la Redención. . y el concurso que presta a todas las criaturas –también al hombre– para que puedan existir y obrar (IX, 444- 445). En virtud de este concurso todas las cria­turas trabajan con él sin problema, cumpliendo los designios de su Creador. ¿Todas?. . Sí, todas me­nos el hombre que, abusando del mayor don re­cibido que es la libertad, puede contrariar por el pecado los designios de Dios.

a) El precepto del trabajo. Si el hombre no hubiera pecado, no habría necesitado este pre­cepto. El trabajo habría sido para él algo espon­táneo y gozoso. Pero, al pecar, Dios le hizo ex­plícito el mandamiento, añadiendo una cláusula onerosa: «Trabajarás, con el sudor de tu frente, para comer tu pan» (Gen 3, 17-19). San Vicente da gran importancia a la cláusula onerosa, «con el su­dor de tu frente», que acompaña a todo trabajo humano. El santo siente como escrúpulo de de­dicarse a trabajos más llevaderos que los traba­jos manuales de otras personas, como los po­bres. Le entusiasma S. Pablo, porque se ganaba el pan con un trabajo «extra». Siente también como añoranza de aquellos años en que era cos­tumbre en la Iglesia que todos trabajasen de esta manera. Y añade: «Dios sabe con cuánto gusto lo haría (yo), pero no podemos hacerlo y te­nemos que humillarnos» (IX, 448-449). Por eso se mostraba solidario de los que se dedican a trabajos duros y recelaba de otras maneras de vivir, que entrañan serios peligros de olvidarse de los po­bres, perder la austeridad de vida y hacerse insolidarios de los que hacen posibles las como­didades de la vida de los demás con trabajos menos cualificados y más duros. Así se entiende mejor la acusación que hacía de sí mismo: «¡Mi­serable!, ¿te has ganado el pan que comes, ese pan que te viene del trabajo de los pobres?» (XI, 120-121).

b) Solidaridad con la comunidad humana. A san Vicente le agrada poner el ejemplo de las hor­migas y las abejas, por su laboriosidad incansa­ble, pero, sobre todo, por su solidaridad. Traba­jan por la subsistencia de la comunidad, y sólo así subsiste cada una. Se imagina el santo que una comunidad humana trabajadora y solidaria sería perfecta y feliz. El hombre, dice, tiene que «ga­narse la vida, para no ser gravoso a los demás». Añade que el agradecimiento es también expre­sión de solidaridad con toda la humanidad –tam­bién los pobres– que trabaja para cada persona, proporcionándole alimento, vestido, habitación, cultura, medicinas, etc. Por eso, cuando se ex­cluye a los pobres de estos frutos del trabajo de todos, estamos realmente comiendo el pan de los pobres.

c) Colaboración con Dios en la obra de la cre­ación. Éste es para san Vicente el motivo más relevante del trabajo. Dios ha hecho al hombre el gran honor de admitirle como colaborador suyo en la creación y, por la gracia, también en la re­dención. Para esto le presta su concurso y su gracia. Dios espera del hombre que secunde los designios de su Providencia para que se logre el progreso del pueblo de Dios y de toda la familia humana. Sólo de esta manera la persona huma­na puede «salvarse»: aquí, por su realización ple­na en la tierra como hombre e hijo de Dios, y, en la escatología consumada, por la posesión de la «vida eterna». A esta colaboración del hombre san Vicente la llama de ordinario «fidelidad» en sus comentarios a Mt 25, 21 y a Lc 16, 10 y 19, 41 (IX, 297. 564. 567; Xl, 270. 392. 775).

Por ser colaboradores de Dios, que todo lo ha­ce bien, san Vicente exige el trabajo bien hecho. Esto requiere la rectitud de intención para «agra­dar a Dios» y «honrar el trabajo duro y fatigoso de nuestro Señor». Dice el santo hermosamen­te: «hay que hacer las cosas. . más por encontrarle a él allí que por verlas hechas» (XI, 430), ya que si no, «las obras. . son una moneda falsa, porque no está acuñada con el sello del príncipe, ya que Dios mira las obras, sólo si se ve en ellas y se las dedicamos» (XI, 447). Para que el trabajo sea una obra bien hecha, san Vicente añade tres con­diciones: que trabajemos en bien del prójimo, que se destierre el espíritu de avaricia –acumu­lación de bienes, consumismo– e igualmente el espíritu de vanidad, que es idolatría, al atribuir el hombre a sus habilidades, ciencia, técnica, etc. lo que sólo pertenece a Dios, con desprecio de lo que nos advierte en un precioso texto bíblico (Deut o, 7-18).

Ante este cúmulo de consideraciones, a san Vicente se le hace incomprensible la pereza y la ociosidad, que son la antítesis del trabajo. Las fustiga con extrema severidad en sus charlas (IX, 397-398; X, 486. 533-534; XI, 120-121). Con el libro sagrado exclamaba: «Id, perezosos, apren­ded de la hormiga lo que es preciso que hagáis» (Prov 5, 6; IX, 443).

5. El juicio final (Mt 25, 31-46; Lc 4, 17-21; 15, 1- 32; 16 1-12. 19-31)

Es la parábola más comentada por san Vi­cente y la que inspira en profundidad su doctri­na de la entrega a Dios, para el servicio de Jesucrisco en los pobres y de los pobres en Je­sucristo. Jesús concreta y complementa en ella el contenido de las parábolas del mayordomo in­fiel y de las diez vírgenes. En las primeras Jesús pasa, en visión prospectiva, de las obras al jui­cio, mientras que, en el juicio final va, en visión retrospectiva, del juicio a las obras. Jesús hace estas concreciones: El Señor que se aguarda es el «Hijo del hombre», que vendrá al final de la his­toria como Juez y Rey universal en gloria y ma­jestad; las sentencias serán claras, inapelables, eternas, y separarán tajante y definitivamente la zizaña del trigo. Sobre todo, completa las pará­bolas anteriores con algo inaudito, inesperado, in­creíble, enunciado con juramento por estas pa­labras: «En verdad os digo que cuanto hicisteis –o dejasteis de hacer– con uno de estos herma­nos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis –o conmigo dejasteis de hacerlo–» (Mt 25, 40, 45). Palabras que dejaron aturdido a Vicente y, junto con las otras de Lc 4, 18, cambiaron su vida, le mantuvieron en actitud de conversión perma­nente en la espera del Señor y le impulsaron a una entrega a Dios cada día más comprometida con los pobres.

¿Quiénes eran, para san Vicente, los «her­manos míos más pequeños»? ¿Qué quiere de­cir «a mí me lo hicisteis»? Vicente no entraba en discusiones teóricas. Sencillamente creyó estas palabras en toda su literalidad y trató de ajustar a ellas su vida y la de los suyos. En los «her­manos de Jesús» ve los pobres en toda su am­plitud, los necesitados. A su vez en las palabras «a mí me lo hicisteis[/note] vio claramente una «mis­teriosa identificación de Cristo con el pobre». A la luz de la Biblia descubrió la «simpatía» de Je­sús y de su Padre con los pobres de tres ma­neras:

  • Dios infinitamente misericordioso se vuel­ve siempre con entrañas de compasión ¡qué misterio! –a todo lo humilde, desvalido, pobre, despreciado, olvidado, arrinconado, miserable, empecatado.
  • Los pobres son la imagen de lo que fue su vida en la tierra: él sufrió pobreza, hambre, sed, desnudez, desprecio, cárcel, abandono hasta de su Padre, ser tenido por loco…
  • Cristo se hizo hombre a imagen del pobre: siendo el Hijo Unigénito del Padre, se anonadó en el misterio de la Encarnación y Redención. Dios se hizo pobre criatura. Ésta fue la extrema e infi­nita pobreza de Cristo.

a) Identificación de Cristo con el pobre. Esta palabra se utiliza hoy en el doble sentido de «so­lidarizarse con otro haciendo causa común con él» o «identificarse con otro, por tener las mismas cre­encias, propósitos, deseos, sentimientos… que él». Para san Vicente, la presencia misteriosa de Cristo en el pobre es algo mucho más profundo. Las principales fórmulas con que S. Vicente ex­presa esta identificación son éstas:

  • Nuestro Señor está en la persona del po­bre (V, 592 y otros).
  • Los pobres representan a la persona de Nuestro Señor (XI, 726 y otros).
  • Nuestro Señor considera como hecho a sí mismo lo que se hace con los pobres (V, 578;IX, 302. 414 y otros)
  • Al servir a los pobres se sirve a Jesucristo (IX, 02).

En otros textos san Vicente adorna, aclara y completa estas fórmulas con expresiones muy sig­nificativas. Es obligado ponerlas aquí:

  • «Los pobres son los miembros doloridos de Cristo» (VI, 459; X1, 393)
  • «Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontra­rá a Dios en ellos… Esto es tan verdad como que estamos aquí» (IX, 240)
  • «Nuestro Señor es, junto con ese enfer­mo, el que recibe el servicio que le hacéis, porque representa a la persona de Nuestro Señor» (IX, 916).
  • «Los pobres son los preferidos de Dios…Re­conozcamos delante de Dios que los pobres son nuestros amos y señores, y que somos indignos de rendirle nuestros pequeños servicios» (XI, 273).
  • «Los pobres son nuestros amos, son nues­tros reyes… hay que obedecerles, ya que Nues­tro Señor está en ellos» (IX, 1137).
  • «Haceos amigos con vuestras riquezas, a fin de que os reciban en las eternas moradas. . Por tanto debéis tratarlos con mansedumbre y res­peto… ya que el Señor lo considera como hecho a sí mismo… Si él está enfermo, yo también lo estoy; si está en la cárcel, yo también» (IX, 1194).
  • «No hemos de considerara los pobres. . se­gún su aspecto exterior. . pues con frecuencia son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ellos los que representan al Hijo de Dios; él casi no tenía aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los gentiles» (XI, 725).
  • «El está en esos pobres privados de ra­zón… Cuando vayáis a verlos, decid: Voy a ver en ellos la Sabiduría Encarnada de Dios, que quiso pasar por loco» (IX, 750).

La fórmula complexiva que resuma estos di­chos podría ser ésta: Jesucristo está en los po­bres, miembros doloridos y preferidos por Nues­tro Señor, que representan a Jesucristo pobre y anonadado, en virtud de aquellas palabras: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de es­tos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hi­cisteis».

b) El misterio de la identificación de Cristo con el pobre. ¿En qué consiste esa misteriosa iden­tificación o presencia de Cristo en el pobre que se adivina en los textos de san Vicente? Hoy se oye hablar cada vez más entre los teólogos y el pue­blo de Dios, del «sacramento de los pobres». Es­to es debido a los datos de la Revelación en el An­tiguo y Nuevo Testamento, a la doctrina de los Stos. Padres y a la opción preferencial de la Igle­sia por los pobres en toda su historia. Con esta ex­presión se alude a una especie de sacramento universal instituido por el Señor con validez para los hombres de todos los tiempos, sin excluir a los ateos. El sujeto apto para identificarse con Cristo es cualquier hombre en necesidad, en la medida de su gravedad y desvalimiento. Su identificación misteriosa con Cristo se realizaría por virtud de las palabras de Cristo en la solemne fórmula que él enuncia con juramento: «en verdad os digo…». Estas palabras, según esta doctrina, crean por su eficacia infinita una nueva realidad, a saber, la iden­tificación de él con el pobre, que es distinta de otras identificaciones, como por ejemplo, la de la vid con los sarmientos.

La consecuencia de esta identificación es cru­cial para el destino eterno del hombre. Compro­meterse con el pobre –asistirle– o no comprome­terse, es, según se deduce de las sentencias, nada menos que creer en Cristo y aceptarle, o no creer y rechazarle. Y esto es independiente de que, aquel que hace la obra de misericordia o el que la recibe, haya recibido o no el anuncio ex­preso de Jesús. Ahora bien la fe al menos impli­cita, en Jesús es necesaria para la salvación, co­mo lo afirma tantas veces el Nuevo Testamento y ha enseñado siempre la Iglesia. La doctrina del «sacramento de los pobres» nos da una exce­lente explicación de la identificación expresada por los textos del santo.

Otra consecuencia de singular transcenden­cia es que Cristo, por virtud de este «sacramento universal», unifica, al parecer, los mandamien­tos de amor a Dios y al prójimo en un solo obje­to que sería Cristo identificado con el pobre y vi­ceversa. Así el Dios invisible se hace visible en el pobre, para poder ser creído y amado por cual­quier hombre (cf 1Jn 4, 20). Digamos también que, a la luz de esta doctrina, se resuelve la aparente antinomia de la salvación «dentro o fuera de la Iglesia», igualmente brilla con nuevo fulgor la transcendencia de las obras de misericordia y se capacita al hombre para que ¡pueda dar algo! en la persona del pobre a aquel de quien lo re­cibe todo.

Concluyamos: Jesús quiere que la pobreza y abatimiento de su vida mortal sean contemplados en el pobre hasta que él vuelva. Quiere seguir su­friendo en el pobre y compartir con él las nece­sidades que experimentó en su vida. El pobre se convierte, pues, en «memoria viva e imagen vi­viente» de su pobreza y anonadamiento, tanto más cuanto que el pobre es miembro «dolorido» del Cuerpo místico de Cristo, «Nuevo Adán». (cf J. Sendra, La identificación de Jesucristo con el pobre, p. 101-134).

La oración

La oración es una de las coordenadas esca­tológicas fundamentales de la vida cristiana. Con la «vigilancia» forma una unidad indisoluble, ex­presada por el dicho castellano: «A Dios rogando y con el mazo dando», traducción magnífica del «orad y vigilad» de Jesús. Son la «contemplación y acción» de Vicente de Paúl. El tema de la ora­ción es estudiado ampliamente en otros lugares de esta obra. Tocaremos nada más los puntos más relacionados con nuestro tema.

S. Vicente dijo: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo». Sin pensarlo, acertó a dar la mejor explicación de la fecundidad de su pro­pia vida. La oración está enraizada en la entraña de la realidad humana del hombre peregrino, que consiste en vivirse como criatura, hijo y pecador ante Dios hacia el que camina por ser él nuestro Creador, Padre y Redentor.

El dogma de la creación influyó poderosa­mente en la vida de san Vicente. Estaba penetrado hasta los tuétanos de su pequeñez como criatu­ra y de la grandeza de Dios, su Señor y Creador. Se sentía, pues, absolutamente dependiente de Dios. Sabía que todo pecado, desde el primero de Adán, es un intento de suplantar a Dios, y que el reconocimiento de su soberanía condiciona de raíz la realización de la persona humana. Por algo Jesús en el «Padre Nuestro» nos pone como pri­mera petición, «sea reconocido que tú eres el único Dios», y en la sexta «no nos dejes caer en la tentación» de querer «ser como Dios». De es­te reconocimiento brotó en el santo su espiritu de adoración y anonadamiento ante la Majestad de Dios; igualmente su proverbial humildad, su acu­dir a Dios como mendigo en todo instante, su te­mor de Dios.

Por otra parte los dogmas de la Encarnación y Redención grabaron a fuego en su alma el amor inefable del Padre y de su Hijo al hombre pecador, hasta hacerle hijo suyo Este amor inefable fue para el santo la fuente inagotable donde be­bió aquella caridad que darramó a manos llenas sobre la tierra. Ahora la oración se convirtió para él en la respiración de su alma, en viático de su peregrinación, en alimento que sostenía y acre­centaba su fe, esperanza y caridad. Su oración de hijo era filial, íntima, rebosante de compunción, agradecimiento y alabanza. Inflamado por la ora­ción prorrumpía en exclamaciones espontáneas que se le escapan en sus pláticas, conferencias y repeticiones de oración; y de manera especial en las oraciones preciosas con que termina a ve­ces sus charlas.

Vicente aparece en la oración enamorado de su Maestro. «Oh Salvador, oh Salvador», de­cía. La imitación de Jesús era el objeto prefe­rente de sus meditaciones. Con la llave de la oración penetró en el Corazón de Jesús y sor­prendió allí los sentimientos íntimos de su Espí­ritu: la experiencia vivísima del amor que el Pa­dre le tiene; su respuesta al Padre, colmada de amor, reverencia y anonadamiento; su caridad activa y compasiva con los pobres; los designios providenciales de su Padre. S. Vicente quiso que este Espíritu de Jesús fuese también el espíritu de sus tres Obras más importantes.

Bibliografía

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  1. Existe hoy un movimiento procedente de teólogos protestantes y seguido por algunos teólogos católicos que niegan la escatología intermedia y piensan que a la muer­te seguirá inmediatamente la resurrección, ya que, des­pués de la muerte, dicen, ya no habrá tiempo. Pero la tradición de la Iglesia, fundada en la Revelación, y su doc­trina actualizada en el Vaticano II, la considera errónea, co­mo fundada no en la Biblia, sino en filosofías modernas muy discutibles (cf. C. Pozo, La salvación del alma, en Creo en la vida eterna, Centro de Estudios de Teología Espiritual, 1979, 163-178.

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