Espiritualidad vicenciana: Entrega a Dios

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fernando Quntano, C.M. · Año publicación original: 1995.

1.- ¿Entrega a Dios o consagración?. 2.- La entrega a Dios como modo de seguimiento a Cristo. 3.- Rasgos de Cris­to que configuran la espiritualidad vicenciana. 4.- Con un espí­ritu propio. 5.- Entrega a Dios y radicalismo evangélico. 6.- Es­tado de Caridad. Conclusión.


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Con la fórmula «entrega a Dios» se trata de expresar la peculiaridad del seguimiento de Cristo de Vicente de Paúl y, por lo tanto, de los miembros de las dos compañías que él fundó: la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Naturalmente que en dicha entrega se desea concretar la apertura y respuesta al llamamiento de Dios a un modo de vivir el evangelio con ra­dicalidad, de aspirar a la perfección y a ser bue­nos cristianos en fidelidad al bautismo. ¿En qué consiste el modo evangélico vicenciano de se­guir a Cristo? ¿Qué elementos configuran la no­vedad de ese carisma suscitado por el Espíritu en la Iglesia? La finalidad última de los diversos modos de encarnar el ideal evangélico de Jesús, en la diversidad de tiempos y lugares, es ser san­tos. ¿A través de qué camino, siguiendo las hue­Has y el espíritu de Vicente de Paúl, intentan los vicencianos conseguir esa meta?

1. ¿Entrega a Dios o consagración?

Con frecuencia se suscita esta cuestión entre los vicencianos: nuestra forma de vida evangélica ¿encaja bien dentro de lo que se denomina vida consagrada? Es bien conocido el empeño de Vi­cente de Paúl y Luisa de Marillac por desmarcar a sus misioneros y a sus hijas de la semejanza con los religiosos, porque ese estado no convenía ni a la Misión ni a la Caridad (cf. IX, 121. 418. 526. 593s. 1176. 1179; XI, 387. 643. 647).

En el desarrollo teológico reciente y en la es­piritualidad de la vida religiosa moderna se ha ve­nido insistiendo en que el concepto teológico de consagración es el más adecuado para definir la vida religiosa. «Todo lo que la vida religiosa es se centra y concentra en la consagración» (S. Alonso, en Diccionario teológico de la vida con­sagrada, 370). Y se entiende por consagración, aplicada a la vida religiosa, «configurándose real­mente con Cristo en esas tres dimensiones cons­titutivas de su modo histórico de vivir para los demás, es decir, para Dios y para los hombres: virginidad, pobreza y obediencia» (ib. 369).

Está claro que ningún vicenciano se sentirá identificado con este modo de seguimiento a Cris­to, sino más bien con otras dimensiones también constitutivas del modo histórico de vivir Cristo: evangelizador y servidor de los pobres, manantial y modelo de caridad, manso y humilde, cumpli­dor de la voluntad del Padre, etc.

De lo dicho cabría, pues, sacar una conclu­sión muy sencilla: los fundadores de la Congre­gación de la Misión y de las Hijas de la Caridad insistieron en nuestra condición de «no religio­sosLas». Si la palabra consagración es la que me­jor define la vida religiosa, no podemos sentirnos identificados ni con la vida religiosa ni con la ex­presión que mejor la define, la consagración. Lo nuestro es entrega a Dios, con lo que esta ex­presión vicenciana implica de novedad y de ca­rácter específico propio (cf. IX, 99-100, 132, 171, 535, 1055; Xl, 647).

Dicho esto, hay que reconocer que la realidad no es tan sencilla como la conclusión preceden­te. Porque, en honor a la verdad, también hay que añadir que, no obstante el uso del concepto con­sagración en el sentido expuesto anteriormente, los autores modernos más significativos en el cam­po de la reflexión sobre la vida religiosa acentúan otros aspectos a los que la consagración remite y sirve, tales como misión, compromiso, signo es­catológico e instrumento del reino, compartir el proyecto de vida de Jesús, comunidad de testigos y profetas, configuración con Cristo, etc., dejando en segundo plano el sentido jurídico y cultual de la palabra consagración. Y cuando explican los significados del verbo «consagrar» incluyen las siguientes acepciones: tomar plena posesión, trans­formar por dentro, renovar interiormente, confi­gurar a alguien con Jesucristo (vista la consagra­ción corno iniciativa de Dios); o, entregarse a Dios, darse a Él sin reservas, dejarse poseer libremen­te por Él (vista desde la respuesta del hombre) (ib. 369-370). Con lo cual acentúan sobre todo el sen­tido teológico, hasta afirmar: «siempre que se dé una auténtica configuración, un real parecido con Cristo en una dimensión esencial de su misterio, se da una real y verdadera consagración. De mo­do que es éste el verdadero criterio decisivo para saber cuándo existe consagración en sentido pro­pio y formal, en sentido teológico, y en qué con­siste esencialmente» (ib. 369).

Esto no obstante, rehusamos la palabra con­sagración a la hora de querer definir la forma de vida evangélica vicenciana. Cierto que tal palabra aparece en varios escritos del fundador1 y en al­gunos documentos recientes; pero siempre con la acepción de «entrega total», «darse a Dios sin reserva», «ofrenda de la vida»…, expresiones és­tas eminentemente vicencianas y más acordes con el modo original de seguir a Cristo suscitado por el Espíritu Santo en la Iglesia en las personas de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac.

2. La entrega a Dios como modo de seguimien­to a Cristo

Todos los fundadores han sido ellos imitado­res de Cristo, a la vez que iniciadores de un mo­do original o especial de seguimiento evangéli­co. ¿Cuál es el modo de seguir a Cristo de Vicente de Paúl y, por consiguiente, de los vicencianos? Vicente de Paúl, apóstol de la caridad, es condu­cido por el Espíritu al seguimiento de Cristo mediante el ejercicio de una caridad ardiente, in­cansable, que le impulsa a entregarse a Dios sirviendo a los pobres. Su entrega a Dios está inspirada e impulsada por el «principio caridad» y no por el «principio consagración».

En efecto, su primer biógrafo nos cuenta que Vicente -entre 1613 y 1616- «se decidió un día a tomar una resolución firme e inviolable para hon­rar más a Jesucristo e imitarle todavía más per­fectamente de lo que hasta entonces lo había he­cho, que fue entregar toda su vida por su amor al servicio de los pobres» (Abelly, III, 118-119). Este modo de entrega a Dios de Vicente, impul­sado por el deseo ardiente de amar más a Jesu­cristo y concretado en la caridad para con los pobres, es su camino de santidad, su modo de seguimiento, a la vez que, lógicamente, la senda tras la que caminan sus seguidores.2

La expresión entrega a Dios y sus numerosas variantes en los escritos del fundador,3 conden­sa su manera concreta de seguir a Cristo, resul­tado, a su vez, de su descubrimiento de un Cris­to encarnado para evangelizar a los pobres, cuya misión se sintió llamado a seguir, a la vez que im­pulsó su vida y sus obras.

De ese descubrimiento, hizo partícipes tanto a los misioneros como a las Hijas de la Caridad. Por eso tenía gran interés en que no faltasen a las conferencias y repeticiones de oración don­de compartía su fe y experiencia (cf. IX, 85-86). La entrega a Dios es la formulación de un des­cubrimiento personal de San Vicente compartido y hecho interpersonal con los primeros Padres y Hermanas.

¿Cuáles son los rasgos de Cristo que descubrió Vicente de Paúl y que tan decisivamente cambia­ron su vida y orientaron sus obras? La historia de la Iglesia nos demuestra que las diversas corrien­tes o formas de espiritualidad que la han enrique­cido en distintas épocas, tiene su origen en la experiencia de Cristo que tuvieron determinados santos. De este núcleo se despliegan otros ele­mentos íntimamente relacionados que llegan a for­mar un conjunto armónico, un sistema de vida espiritual. Así podemos hablar de espiritualidad be­nedictina, franciscana, ignaciana… y vicenciana. ¿Qué rasgos tiene el Cristo de la experiencia es­piritual de Vicente de Paúl? ¿Cómo colorean los rasgos de Cristo los demás elementos que integran la espiritualidad vicenciana? (sentido del don o en­trega a Dios, virtudes características, votos, etc.).

«Jesucristo es la Regla de la Misión».4 Esta fórmula condensa el cristocentrismo de la voca­ción misionera y de caridad de los evangelizado­res y de las servidoras de los pobres. Para aspi­rar a ser santos y dar gloria a Dios los vicencia­nos no harán profesión de una Regla (una de las cuatro grandes Reglas reconocidas), ni de unos votos. Será el ejemplo de ese Cristo misionero del Padre enviado a los pobres quien les dirá qué deben hacer y decir en cada circunstancia. De ahí la pregunta tan repetida «¿qué haría ahora Je­sucristo?». Porque Él había practicado las virtudes que los misioneros y las siervas de los pobres ne­cesitan para cumplir la misión que Dios les ha confiado. Cristo les da ejemplo; El es la Regla.

3. Rasgos de Cristo que configuran la espiritua­lidad vicenciana

En la mirada que Vicente de Paúl dirige a Cris­to se da una selección de determinados rasgos que configuran su experiencia de fe y la espiri­tualidad e identidad de las dos Compañías que fun­dó. Se sintetizarían en uno: Cristo evangelizador de los pobres, fuente y modelo de caridad. Pero se suele desplegar en los tres rasgos siguientes.

Cristo, adorador del Padre

Esta expresión sintetiza pensamientos y ex­presiones vertidos por San Vicente en varias conferencias a los primeros misioneros y Hermanas. Así les hablaba «del conocimiento que del Padre tenía», «del deseo infinito de honrarle»; de su «per­fecta caridad» (cf. XI, 411-412). Y encuentra esta expresión feliz para definir la misión de Cristo: «re­ligión en orden al Padre y caridad en orden al pró­jimo» (VI, 393). «Religión, es decir: don, alabanza, glorificación con respecto al Padre. Caridad, es de­cir: don, entrega, servicio en relación a los hom­bres» (J. M. a Ibáñez, Realismo y encarnación, Sa­lamanca 1982, 215 en nota). Los actos más puros de toda religión con respecto a Dios son precisa­mente los de adoración, honor y gloria, amor, de­pendencia y entrega. Cristo «religión en orden al Padre», estaba «lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dig­namente» (XI, 411). A ejemplo de ese rasgo de Cris­to, y «para honrar la vida humana de Cristo en la tierra» (IX, 21 y 34) la entrega a Dios de los vicen­cianos es la expresión de su estima y dependen­cia de Dios y la búsqueda de su gloria: «Por eso nos entregamos también a ti, Dios mío, para hon­rar y servir toda nuestra vida a nuestros señores los pobres» (IX, 43). «Sí, Salvador mío, tú has es­perado hasta ahora para formar una Compañía que continúe lo que tú comenzaste» (IX, 535).

Cristo, servidor del designio de amor del Padre

Espigando en varias conferencias encontra­mos frases como éstas: «Jesucristo tenía (de su Padre) una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada per­sona y en todo lo que hacía, se lo atribuía todo a Él… Y su amor ¿cómo era su amor?… Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Pa­dre. ¿Podía acaso tener un amor más grande, her­manos míos, que anonadarse por El?… ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma que lo hizo?» (XI, 411). Yen otra conferencia a los misioneros les dice: «Miremos al Hijo de Dios. ¡Qué amor tan caritativo! ¡Qué llama de amor!. . ¡Oh Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio in­fame!» (XI, 555).

De este rasgo de Cristo como «Servidor del designio de amor del Padre» se deduce otro as­pecto de la entrega a Dios de los vicencianos: como participación en el anonadamiento de Cris­to buscando cumplir el designio y voluntad del Padre, que es amor y servicio al hombre, espe­cialmente a los pobres.

Evangelizador de los pobres:

Este rasgo es el que mas profundamente se grabó en la fe y experiencia espiritual de San Vi­cente, y también el que más influyó en la orien­ tación de su vida y en las Compañías que fundó. Un Cristo pobre, presente entre los pobres, en­viado a evangelizar a los pobres como misionero del Padre, portador de buenas noticias para ellos (XI, 387); ése es el modelo a imitar por los rnisio­neros y las Hermanas, mediante una vida entre­gada a Dios sirviendo a los pobres en sus nece­sidades corporales y espirituales.5

A semejanza de ese Cristo, la entrega a Dios es para la total disponibilidad para la misión, pa­ra ser buena noticia para el pobre: que Dios le ama, que el reino es para ellos. En esa entrega a Dios resuenan ecos de la decisión del funda­dor de imitar a Cristo evangelizador de los pobres (cf. Lc. 4, 18), rasgo percibido desde la consta­tación de la ignorancia y pobreza del pueblo. De tal constatación y de ese rasgo de Cristo evan­gelizador-servidor brota toda una espiritualidad mi­sionera, un modo de ser en la Iglesia, un estilo en la vida y la misión, y, en definitiva, un senti­do peculiar de comprender y vivir la entrega a Dios. Así escribía a un misionero: «¿Qué felici­dad para usted trabajar en lo que Él mismo hi­zol El vino a evangelizar a los pobres, y ésa es también su tarea y su ocupación. Si nuestra per­fección se encuentra en la caridad, como es lógico, no hay mayor caridad que la de entre­garse a sí mismo por salvar a las almas y por consumirse lo mismo que Jesucristo por ellas». (VII, 292-293).

Entrega a Dios «desprendiéndonos de todo lo que no es Dios, y uniéndonos con el prójimo por la caridad para unirnos con Dios mismo por Jesucristo» (XI, 426). Entrega a Dios, como lo si­guen comprendiendo hoy las Hijas de la Caridad: «La Compañía desea ardientemente ser por com­pleto de Cristo, en Cristo y para Cristo, igual­mente por completo de los pobres, para los po­bres y estar con los pobres» (D. I. A. 1991, 5). La entrega a Dios, según San Vicente, como res­puesta al querer de Dios y a la realización de su voluntad a semejanza de Cristo; y para ello re­vistiéndose de su espíritu de humildad, sen­cillez, caridad, mansedumbre, mortificación, celo evangelizador, disponibilidad; y adhirién­dose a las máximas evangélicas para llevar ade­lante la misión de Cristo usando las mismas armas que Él usó: la pobreza, la castidad y la obediencia entre otras. Entrega a Dios como un «acto de abandono en su divina bondad», for­mulado y orado así por San Vicente: «¡Oh rey de nuestros corazones y de nuestras almas! ¡aquí estamos humildemente postrados a tus pies, en­tregados por entero a tu obediencia y a tu amor!» (Xl, 432).

4. Con un espíritu propio

Hablando con propiedad y rigor hay que decir que lo que identifica a los vicencianos en la Igle­sia no es seguir a Cristo sirviendo a los pobres; hay otras congregaciones que también lo hacían (cf. IX, 533), y lo hacen más aún hoy. Lo propio, el carisma vicenciano, es el modo peculiar de se­guir a Cristo y de servir a los pobres, originado e inspirado en la comprensión y experiencia de Cris­to y de su misión que tuvo Vicente de Paúl. De ahí brota una comprensión de Dios y del pobre, un espíritu, unas virtudes específicas, un senti­do de los votos y de la comunidad, etc. que per­duran y se desarrollan en la historia de las dos Compañías en un deseo de fidelidad dinámica a la fuente originante.

San Vicente era muy consciente de la nove­dad que introducía en la Iglesia con ese modo de seguir a Cristo y de prolongar su misión en las dos Compañías. No eran religiosos/as, no pretendían propiamente (ni menos jurídicamente) al estado de perfección. Se asemejaban a Cristo mediante la entrega a Dios para evangelizar a los pobres y para el ejercicio constante de la caridad. La gran­deza de esta vocación está en que eso es lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra (cf. XI, 387. 647. 733; IX, 34. 534. 433-434). Dedicarse como Jesucristo a los pobres: «de esto es de lo que hacen profe­sión los misioneros» (XI, 387). «Hacéis profesión de dar la vida por el servicio del prójimo, por el amor de Dios» (IX, 418), dirá a las Hermanas. «Es­to es inaudito, porque jamás ha habido una Com­pañía que tuviese por fin hacer lo que Nuestro Señor ha venido a hacer al mundo» (XI, 323). «Pen­sad que en estos últimos tiempos Dios quiere poner en su Iglesia una Compañía de pobres cam­pesinas… para continuar la vida que su Hijo ha lle­vado en la tierra» (IX, 132). «¡Oh Salvador, tú has esperado mil seiscientos años para suscitar una Compañía que hace profesión expresa de conti­nuar la misión para la que tu Padre te ha enviado a la tierra!»(Xl, 647; cf. IX, 34. 99-100. 132. 171. 234. 525).

Consciente de esta novedad, el fundador pon­drá todo su empeño en colaborar para que am­bas Compañías se empapen de un espíritu co­herente con tal novedad y misión. Como no son religiosos/as («Maldición al que os hable de ha-ceros religiosas» IX, 594) no deben tener el espí­ritu de los religiosos/as. Primero tendrán que ser conscientes de tal diferenciación; luego del espí­ritu propio: «Es preciso que sepáis la diferencia que hay entre vuestra Compañía y otras muchas que hacen profesión de servir a los pobres como vosotras, pero no de la manera que vosotras lo hacéis. El espíritu de la Compañía consiste en entregarse a Dios para amar a nuestro Señor y ser­virle en la persona de los pobres corporal y espi­ritualmente» (IX, 533. 525. 547).

Es espíritu propio lo que les capacita para cumplir la misión. Para adquirir ese espíritu pro­pio los vicencianos deben fijarse en el ejemplo de Cristo, en las virtudes que practicó, en las máxi­mas que enseñó, en las armas que El usó. De las conferencias que San Vicente dio a los misione­ros y a las Hijas de la Caridad sobre las virtudes fundamentales y características se deduce que son como las cualidades necesarias para poder cumplir la misión; más aún, para imitar a Jesucristo en los rasgos que son más coherentes con la mi­sión, y que guardan relación directa con los tres rasgos del Cristo vicenciano.6

San Vicente enumera cinco virtudes funda­mentales para los misioneros: sencillez, humil­dad, mansedumbre, mortificación y celo (cf. Xl, 583-593). Y las tres virtudes características de las Hijas de la Caridad: «el espíritu de vuestra Compañía consiste en tres cosas: amar a Nues­tro Señor y servirle con espíritu de humildad y sen­cillez, mientras reinen en vosotras la Caridad, la humildad y la sencillez, se podrá decir: ‘Todavía vive la Compañía de las Hijas de la Caridad’; pe­ro cuando dejen de verse estas virtudes, se po­drá decir: ‘La pobre Caridad se ha muerto»‘ (IX, 536). Y a ambas Compañías les dirá que ese espíritu propio es como las facultades del alma, y que sin él no son más que «un cuerpo sin al­ma» (XI, 400), pues «el espíritu es para nosotros lo que el alma para el cuerpo» (IX, 541). No es de extrañar, pues, que al terminar la tercera confe­rencia a las Hermanas sobre el espíritu de la Com­pañía les diga: «Sien alguna ocasión he tenido con vosotras alguna plática de provecho, ha sido aho­ra» (IX, 547). Tal era el empeño del fundador por dotar y cultivar en sus misioneros e Hijas de la Caridad de aquel espíritu propio y adecuado pa­ra cumplir la misión nueva en la Iglesia: ser con­tinuadores e imitadores de Cristo evangelizador-servidor de los pobres.

Las virtudes que encarnan ese espíritu pro­pio, esa nueva forma de vivir el evangelio, son, ante todo, eminentemente misioneras y apostó­licas; es decir, están orientadas a la misión: la ac­ción evangelizadora y el servicio caritativo. Son, por lo tanto, dinamismos operativos de la misión, antes y más que virtudes ascéticas o maneras de perfeccionar la propia alma.

Para los misioneros, la sencillez está orienta­da para que el pueblo sencillo entienda la predi­cación (cf. XI, 587. 741); la humildad da el espíri­tu misionero (cf. X1, 588); «de la bondad de la misión se juzgará por la sencillez y la humildad» (XI, 592). La mansedumbre abre el corazón de los que nos escuchan (cf. Xl, 753-754) y nos hace pacientes para enseñar a la gente pobre e ignoran­te (cf. XI, 588-589). La mortificación es «necesa­ria para los que han de trabajar en la salvación de las almas» (XI, 759). Y el celo es imitar a Cristo que vino a traer fuego al mundo y quiere que ar­da en su amor, porque «no basta con que yo ame a Dios si mi prójimo no le ama» (cf. XI, 762). «Los verdaderos misioneros son sencillos, humildes, mortificados, y llenos de ardor por el trabajo… Estas cinco virtudes son como el alma de toda la Congregación» (XI, 591). Entre las máximas evan­gélicas hay algunas que son más apropiadas pa­ra los misioneros; ellas deben animar todas sus acciones (cf. XI, 583. 586).

También las tres virtudes específicas de las Hijas de la Caridad están orientadas al fin de la Compañía, el servicio a los pobres. El pensa­miento de San Vicente al respecto, compartido con las primeras Hermanas en múltiples ocasio­nes lo sintetizan perfectamente sus Constitucio­nes: «La humildad… las acerca al pobre y las man­tiene ante él en actitud de siervas; la sencillez… hace su comportamiento inteligible a todos; la caridad… las apremia a contribuir a que toda per­sona realice su vocación de hijo de Dios» (C. 2. 3). A la práctica de estas tres virtudes deben dedi­carse especialmente (cf. IX, 537), conscientes de que «cualquiera que sea su forma de trabajo y su nivel profesional, se mantienen ante los pobres en una actitud de siervas, es decir, en la puesta en práctica de las virtudes de su estado: humil­dad, sencillez y caridad» (C. 2. 9).

5. La entrega a Dios y radicalismo evangélico

La espiritualidad de la Congregación de la Mi­sión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad es eminentemente cristológica y bautismal. El pro­yecto vicenciano de entrega a Dios no parte del concepto «consagración religiosa» sino de la «con­sagración bautismal». Tiende a despojarse del hombre viejo (máximas del mundo) y a revestirse del nuevo (máximas evangélicas) para poder con­tinuar la misión de Cristo entre los pobres. San Vi­cente dirá a los misioneros: «los votos realizan en nosotros lo que ya había hecho el bautismo» (XI, 642). Y para las Hijas de la Caridad apelará a su condición de «buenas cristianas» (IX, 132. 749).7

San Vicente, como todo santo, y más concre­tamente los fundadores, es un cristiano que ha sentido una fuerte llamada interior a vivir en radi­calidad el evangelio, y, desde su docilidad a la gra­cia del Espíritu, ha concretado su respuesta a tal llamamiento de Dios en un modo evangélico nue­vo de ser cristiano. Como fundador ha hecho partícipes de su fe y experiencia a los vicencianos. Por eso, tanto en él como en las dos Compañias, hay que hablar de radicalismo evangélico.

Dirigiéndose a los misioneros y comentando la máxima evangélica y regla de perfección pa­ra todos: «sed perfectos como vuestro Padre ce­lestial es perfecto» (Mt. 5, 48) les dice que, si por negligencia algunos cristianos no tienden a tal grado de perfección, los misioneros han sido sus­citados para aspirar a ello (cf. XI, 384). Y como eco de la radicalidad evangélica de abandonar to­dos los bienes (cf. Lc. 14, 33) y preferir a Cristo sobre la familia (cf. Mt. 10, 37), dice a las Herma­nas: «Para ser Hijas de la Caridad es preciso ha­berlo dejado todo: padre, madre, bienes, preten­sión de tener un ajuar; es lo que el Hijo de Dios enseña en el Evangelio. Además hay que dejar­se a sí mismo… Ser Hijas de la Caridad es ser hi­jas de Dios, hijas que pertenecen por entero a Dios» (1X, 33). Como está convencido de la gran­deza de una vocación que es más útil y agrada­ble a Dios que la vida religiosa, -aun con perte­necer ésta al estado de perfección-, les dice: «¿Habéis pensado bien en ello alguna vez? (en la grandeza de la vocación de Hija de la Caridad) ¡Hacer lo que Dios mismo hizo en la tierra! ¿Ver­dad que hay que ser perfectas? Sí, Hermanas mías, ¿verdad que habría que ser ángeles encar­nados?» (IX, 526). El fundador tenía en gran con­cepto la vida religiosa, hasta afirmar repetida­mente que la Compañía no era digna de tal gracia (cf. IX, 525-527). Pero también reiterativa-mente les dice que deben ser más virtuosas que las religiosas: «Si hay un grado de perfección pa­ra las personas que viven en religión, se necesi­tan dos para las Hijas de la Caridad» (IX, 1176) y «tienen que tener tanta o más virtud que si hu­bieran profesado en una orden religiosa» (IX, 1179; cf. IX, 132. 256. 644. 764; V, 299); y ello por la gran­deza de tal vocación y el bien que está llamada a producir en la Iglesia (cf. IX, 419. 739). La vocación de Hija de la Caridad las hace buenas cristianas, y «no os diría tanto si os dijese que seríais bue­nas religiosas. ¿Por qué se han hecho religiosos y religiosas, sino para ser buenos cristianos y bue­nas cristianas? Sí, hijas mías, poned mucho em­peño en haceros buenas cristianas» (IX, 132).

Tal radicalismo evangélico lo encarnan los vi­cencianos en el cumplimiento del fin y de la mi­sión con el espíritu que les es propio, expuesto anteriormente.

En la historia de la Iglesia, cuando se ha que­rido concretar la radicalidad del seguimiento de Cristo, el modo más frecuente ha solido ser abra­zando los consejos evangélicos, y, en concreto, mediante la profesión de los votos de castidad, pobreza y obediencia. Esto es lo propio del esta­do de vida religiosa. Si los misioneros y las Hijas de la Caridad no son religiosos/as, su modo de entrega a Dios no será a través de la profesión de los consejos evangélicos, ni siquiera por la prác­tica de esos consejos asumidos por los votos. Se es miembro de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad pro­piamente desde la firme decisión de entregarse a Dios para evangelizar y servir a los pobres, acep­tada por la autoridad competente. Los consejos evangélicos asumidos por la emisión de los vo­tos tienen, para las dos Compañías, la categoría de medios para mejor conseguir el fin (cf. Const. CM 3, §1; 28 y 29; Const. HC 1. 5; 2. 4 y 2. 9). Lo cual no significa disminuir en radicalidad y exi­gencia. El esfuerzo denodado del Fundador fue por conseguir para las dos Compañías un estatuto especial en la Iglesia, asumiendo los consejos evangélicos por votos sin determinadas conse­cuencias jurídicas, pero sin disminuir las exigen­cias teológicas de los mismos.

Los misioneros y las Hermanas continúan la misión de Cristo entre los pobres. Deben utilizar las mismas armas que Cristo y cumplir sus má­ximas. Por eso deben ser castos, pobres, obe­dientes, disponibles, humildes, sencillos… (cf. XI, 639). San Vicente, tanto a los misioneros como a las Hijas de la Caridad, les habló más de las vir­tudes de castidad, pobreza y obediencia que de los votos. (cf. IX, 43; XI, 647-694). Esas virtudes ayudarán a los misioneros a combatir el amor de­sordenado a las riquezas, al honor y al placer, pa­ra «evangelizar a los pobres como nuestro Señor y de la misma manera que Él lo hacía, utilizando las mismas armas» -pobreza, castidad y obe­diencia- (XI, 638-639). Los votos no les introdu­cen en el estado oficial de vida consagrada pro­piamente o de perfección, no los hacen religiosos; son «sacerdotes seculares» (XI, 643; X, 437), de la «orden de San Pedro» (XI, 646). Y a las Her­manas es «la profesión de la Caridad, y no la pro­fesión de los tres consejos evangélicos ni la pro­fesión de una regla lo que define exactamente su «estado de caridad» (J. Corera, Diez estudios vi­cencianos, Salamanca 1983, 169 y 158-199).

Al comienzo de la Compañía unas Hermanas hacían votos y otras no; unas por un año y otras perpetuos. Pero todas «nos damos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obediencia» (IX, 498), aunque «los votos que hacemos no nos convier­ten en religiosas» (IX, 593. 489).

En ambas Compañías, y desde los fundado­res, los votos han sido y se han asumido como signo de exigencia, de firmeza, de madurez, de disponibilidad, de eficacia y testimonio en la mi­sión (cf. IX, 326; IV, 132, 541; XI, 636-647); de radi­calidad, en definitiva.8 Si son votos que ratifican y confirman la entrega a Dios propia de la Com­pañía, y a su vez han sido en la Iglesia signo de radicalidad, están significando que la entrega a Dios de las Hijas de la Caridad, previa a la emi­sión de votos, es un modo de seguimiento a Cris­to con radicalidad. El hecho de hacer los votos por un año no disminuye la exigencia espiritual, ya que las Hijas de la Caridad «deben tener la intención de perseverar toda la vida en la Compañía» (Ins­trucción sobre los votos de las Hijas de la Cari­dad, 36). Santa Luisa decía: «no recibimos a nin­guna joven que no tenga intención de vivir y morir en la Compañía» (SL, 498). En ella «no se hacen votos para ser Hija de la Caridad; se hacen porque se es Hija de la Caridad y para seguir sién­dolo más cada día» (M. Lloret, en Ecos de la Com­pañía (1979) 328). Y como el fin de la Compañía es el servicio a los pobres, su cuarto voto «es el voto por excelencia, su voto especial (C. 2. 9), el que les confiere lo que tienen de específico co­mo tales Hijas de la Caridad» (M. Lloret, Ecos (1988) 209). Tanto para los misioneros como pa­ra las Hermanas, «con votos o sin votos, la espi­ritualidad del alma consagrada vicenciana se ca­racteriza, como la del mismo San Vicente, por la acción evangelizadora» (Corera, o. c. 293).

También los consejos evangélicos de pobre­za, castidad y obediencia asumidos por voto, están orientados a la misión evangelizadora y de caridad. En este sentido son funcionales, apos­tólicos como las virtudes específicas. La pobre­za, para no caer en el apego a las riquezas que incapacita para evangelizar al pueblo (cf. X1, 645­646); la castidad, porque la sola sospecha del vi­cio contrario «perjudicaría a la Congregación y a sus santas ocupaciones… y se recogería muy po­co fruto de nuestras misiones» (XI, 678); la obe­diencia, como búsqueda de la voluntad de Dios, disponibilidad para ir a donde nos manden a evan­gelizar, renunciando al propio juicio (cf. XI, 691). In­cluso hasta el cuarto voto de ambas Compañías tiene una clara orientación hacia los respectivos fines: garantizar la estabilidad y continuidad de la evangelización y del servicio a los pobres.

Entrega a Dios y evangelización, don total y servicio a los pobres son dos realidades insepa­rables para los vicencianos. Se mantienen en pie juntas o se derrumban a la vez.

6. Estado de caridad

La entrega a Dios para evangelizar y servir a los pobres, según el modo vicenciano de seguir a Cristo, tiene como clave y cimiento la caridad. Dios es amor. Y tanto amó al mundo que envió a su Hijo (Jn. 3, 16; 1Jn. 4, 9). A su vez Cristo dio la señal más grande de amor: entregar su vida por los que amaba (Jn. 15, 13). Su mandamiento nue­vo y la señal de que somos sus discípulos es el amor a Dios y al prójimo (Jn. 13, 34). Amar es querer bien, desear bienes, salir de uno mismo dándose y desviviéndose por los demás, perder la vida, consumirla entregándola (Jn. 12, 25). Ésa fue la vida y misión de Cristo y ésa debe ser la vida y la misión de los vicencianos, a ejemplo de su fundador.

Vicente de Paúl reitera una y mil veces y de diversas maneras su comprensión de la santidad y el camino para alcanzarla: imitar el amor que Cris­to tenía al Padre y a los hombres, preferente­mente a los pobres (cf. XI, 55. 411-413. 639). Oi­gamos sus palabras:

A los misioneros: «El espíritu de nuestro Se­ñor es caridad perfecta» (XI, 411). «Nuestra vo­cación… es hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamaría en su amor… He sido enviado no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si mi prójimo no le ama» (XI, 553). «La per­fección no consiste en éxtasis, sino en cumplir bien la voluntad de Dios» (XI, 211). «Nos encon­tramos en el estado en que se encontraron nues­tro Señor y los apóstoles, de haber renunciado a todo para ser misioneros… ¿Cuál es ese estado al que Dios nos ha llamado? ¿Es una religión? No, se trata de sacerdotes seculares que se co­locan en ese estado que nuestro Señor escogió para sí mismo» (XI, 641-643). «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente» (XI, 733). Y, desconfiando de los sentimientos y afectos, añade: «No nos en­gañemos: toda nuestra tarea consiste en la ac­ción» (XI, 733).

Y a las Hijas de la Caridad: «Sois los apósto­les de la caridad» (IX, 732); «inscritas en el libro de la caridad cuando os entregasteis a Dios para ser­vir a los pobres» (IX, 1025); «hacéis profesión de servicio al prójimo» (IX, 805); «el vuestro es un es­píritu de caridad que os obliga a consumiros en el servicio al prójimo» (IX, 934); «el amor afectivo es la ternura en el amor. Teneis que amar a nuestro Señor con ternura y afecto… Pero hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de las obras de caridad en el servi­cio a los pobres… Estas dos clases de amor son la vida de una Hermana de la Caridad» (IX, 534).

«No es posible encontrar un estado más per­fecto» (IX, 613. 623); «dais toda vuestra vida por la práctica de la caridad, por tanto la dais por Dios… y el que da su vida por Dios es tenido co­mo mártir; y la verdad es que vuestras vidas han quedado abreviadas por el trabajo que tenéis; y por tanto sois mártires» (IX, 418-420); «¡Qué con­solada se sentirá usted a la hora de la muerte por haber consumido su vida por el mismo motivo por el que nuestro Señor dio la suya! ¡Por la caridad, por Dios, por los pobres!» (VII, 326).

A través de todos estos textos, y de otros si­milares que abundan en las cartas y conferencias de San Vicente a los misioneros y a las Herma­nas, se constata que la entrega a Dios en ambas Compañías no es más que vivir ejercitando la ca­ridad con Dios y con los pobres, desvivirse por ha­cer efectivo el evangelio, anunciando el reino de Dios, prolongando la misión de Cristo evangeli­zador y servidor de los pobres.

A este modo de entrega a Dios, a este cami­no evangélico de seguimiento a Cristo lo llamó acertadamente San Vicente «estado de caridad»: «De los religiosos se dice que están en estado de perfección; nosotros no somos religiosos, pe­ro podemos decir que estamos en un estado de caridad, ya que estamos continuamente ocupa­dos en la práctica real del amor o en disposición de ello» (XI, 564; cf. IX, 33. 739. 1178; XI, 426; VII, 292-293).

Conclusión

Todo lo expuesto sobre la entrega a Dios que hacen los miembros de la Congregación de la Mi­sión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad se reduce a la puesta en práctica del mandato de Jesús en su doble vertiente del amor a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas… y al próji­mo, concretado en el servicio corporal y espiritual al pobre. Es la caridad la que inspira y dinamiza ese modo vicenciano de vivir con radicalidad el evangelio, de ser buenos cristianos, fieles al Bau­tismo.

Tres meses antes de su muerte, Vicente de Paúl sintetizó así lo que había sido su vida y lo que deseaba para sus misioneros: «Consumirse por Dios, no disponer ni de bienes, ni de fuerzas más que para gastarlos por Dios; eso es lo que hizo nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre» (X, 222). Y a las Hermanas les había di­cho antes: «El vuestro es un espíritu de caridad que os obliga a consumiros en el servicio al pró­jimo» (IX, 934).

En efecto, Vicente de Paúl integró en su pro­yecto personal y en el de las Compañías que fun­dó la relación directa e inseparable entre Misión y Caridad, entre evangelización y servicio al pobre.

La fuente originante, el principio dinamizador, a la vez que el eje unificador de este modo de ser en la Iglesia, es Cristo encarnado para evange­lizar y servir preferentemente a los pobres, mi­sionero del Padre y caridad perfecta.

Aquellos a quienes Dios llama («él nos amó primero», 1Jn. 4, 19) al seguimiento de este Cris­to concreto, responden con la entrega total de su vida para consumirse por Dios en el servicio a los pobres, continuando la misión de Cristo, usando las mismas armas que Él usó y revestidas de su mismo espíritu.

Espíritu que es un talante carismático, un estilo propio configurado por unas virtudes fun­damentales y específicas (humildad, sencillez, caridad, mansedumbre, mortificación, celo, dis­ponibilidad…), traducción vicenciana de las bie­naventuranzas y de otras máximas evangélicas (cf. XI, 419). Desde ese espíritu propio asumen por voto y practican los consejos evangélicos de cas­tidad, pobreza y obediencia, comprendidos y vi­vidos desde y para la misión: para dedicar toda la vida a la evangelización y al servicio de los pobres (voto especial).

Una entrega a Dios vivida en la misión y en la caridad no como actividad apostólica añadida a di­cha entrega, sino como expresión y realización de la misma.

A la luz de todo esto, los vicencianos con­templan y revisan los restantes elementos de su vida concreta y de las obras, para tratar de vivir dicha entrega y el espíritu propio con una fideli­dad siempre renovada. Y es que «el amor es in­finitamente inventivo» (XI, 65).

Bibliografía:

Constituciones y Estatutos de la Congregación de la Misión, CEME, Salamanca 1985.- Cons­tituciones de las Hijas de la Caridad, Madrid 1983.- Instrucción sobre los Votos de las Hi­jas de la Caridad. Madrid1989.- J. COREFIA, Diez estudios vicencianos. CEME, Sala manca 1983.-J. M. a IBÁÑEZ, La fe verificada en el amor. Paulinas. Madrid, 1993.- La vía consacrée. Au temps de St. Vincent de Paul… et au­jourd’hui. (Cahier 7. Bordeaux, 1974).- A. Do­DÍN, San Vicente de Raúl y la caridad. CEME, Salamanca 1977.- L. BOFF, Testigos de Dios en el corazón del mundo. Publicaciones cla­retianas, Madrid 1977.- J. M. TILLARD, Reli­giosos: un camino de evangelio. Publicaciones claretianas, Madrid 1975.-J. ÁLVAREZ, Por qué y para qué los religiosos en la Iglesia. Publi­caciones claretianas, Madrid 1979.- Dicciona­rio teológico de la vida consagrada. Publica­ciones claretianas, Madrid 1989.

  1. La palabra «consagración» la emplea san Vicente más en el sentido de consagrarse a los pobres que a Dios (cf. IX, 67. 359). También la palabra «profesión» aparece al­gunas veces, pero en claro contraste con la profesión reli­giosa; como expresión de exigencia, pero dejando claro que la profesión de los vicencianos es evangelizar y servir a los pobres: «hacéis profesión de servir a los pobres» IIX, 418. 805; XI, 387. 647).
  2. Para San Vicente, la entrega a Dios de los misione­ros y de las Hijas de la Caridad era sustancialmente lo mis­mo, aunque tengamos que reconocer también algunas diferencias, unas de carácter jurídico y otras de estilo de vida. Pero el fundador unió inseparablemente en ambas compañías evangelización y servicio al pobre, misión y ca­ridad (cf. XI, 393; IX, 534-535). Tal semejanza es lo que lle­vó a Santa Luisa a pedir a Dios la unión de todo el cuerpo -misioneros y Hermanas- (cf. SL, 930). El mismo San Vicente escribió al P. La Fosse: «Estas jóvenes se dedican igual que nosotros a la salvación y alivio del prójimo» 2271. Es
    precisamente por tal similitud por lo que citaremos indis­tintamente textos referentes a los misioneros y a las Her­manas.
  3. Entre las variantes de la fórmula «entrega a Dios» encontramos: «os habéis entregado», «para entregarme por completo», «nos entregamos a ti», «démonos a Dios», «dándonos por entero»… (Cf. IX, 43, 125, 136, 209, 359, 498, 533, 537, 613, 732, 751, 919, 1025, 1066; XI, 3, 458, 460, 552).
  4. La fórmula también la han asumido las Constitucio­nes de las H. C., cf. 1. 5.
  5. San Vicente nunca separó, ni en los misioneros ni en las Hermanas, la atención espiritual y el cuidado corpo­ral y material (cf. XI, 393; IX, 241. 534s; VIII, 227).
  6. Las Constituciones de la C.M. 6 y 7 también rela­cionan estas cinco virtudes con la peculiar visión de Cristo que tuvo san Vicente.
  7. Las Constituciones de las H. C. también remiten al bautismo en 1. 4; 2. 4 y 2. 5.
  8. El D. I. A. 1991 dice: «Por la radicalidad de nuestro don total a Dios confirmado por los votos…», 8. El mismo sentido de radicalidad y exigencia expresarían sus Consti­tuciones 1. 5, § 2.

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