Espiritualidad vicenciana: Conversión

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Mulet C.M. · Año publicación original: 1995.

SUMARIO: 1.- Hacia una noción de conversión, 2.- La con­versión es un hecho salvífico. 3.- La conversión, empero, es tam­bién obra del hombre. 4.- Pero hay que trabajar para la conver­sión. 5. La conversión exige humildad y otras virtudes. 6.- San Vicente, un gran convertido. 7.- Vicente de Paúl llamado a ser ministro de conversión. 8.- San Vicente de Paúl, organizador de la Misión. 9. La Congregación de la Misión, heredera de la «Mi­sión»= Conversión. 10.- Vicente de Paúl y la Congregación de la Misión, llamados a ser Misioneros ad Gentes. 11.- La con­versión, exigencia vicenciana.


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1. Hacia una noción de conversión

La conversión de san Pablo

La conversión de san Pablo

El término conversión puede entenderse:

  • Respecto a cualquier realidad: implica cam­bio, mutación, transformación de todos o de al­gunos de sus aspectos.
  • Respecto al hombre: supone un cambio en el modo de pensar y de obrar, en la orientación de la vida, en el planteamiento de sus relaciones interpersonales, en el compromiso y en la inten­sidad con que lleva a cabo sus tareas.
  • Respecto a la religión: supone la transforma­ción de las relaciones del hombre con Dios. Que van desde el reconocimiento de Dios a partir del abandono de la idolatría o del ateísmo, hasta la aceptación de la salvación en Jesucristo, a un es­tado de vida consagrado a Dios y a un arrepenti­miento por falta de coherencia en la vida.

En cada uno de los significados anteriores, conversión puede indicar ya el momento incoati­vo del proceso de cambio, ya el camino conti­nuado del mismo proceso. Aquí, en san Vicente, asumimos la conversión en el ámbito religioso cristiano. Por tanto, la conversión de que habla­rnos es la transformación que se verifica en la vi­da del hombre que, en Jesucristo, se reconoce relacionado con Dios, liberado del pecado por medio del espíritu, vive en seguimiento de Je­sucristo y construye relaciones justas y amigables entre los hombres, es el cristocentrismo vicen­ciano, el Cristo regla de la Misión.

Esta conversión se expresa también con los vocablos arrepentimiento, penitencia, segui­miento de Cristo, donación a Dios, evangeliza­ción, santificación, etc. Siempre, conversión expresa un movimiento de alejamiento de, a una llegada a.

La conversión es una gracia divina que precede y guía el proceso. San Vicente lo dice así: «La con­versión es obra de la pura misericordia de Dios y de su omnipotencia» (V11, 4811. Dos serán las di­mensiones de la conversión: -una desde la in­credulidad o de la idolatría a la fe y acogida de Dios -otra desde el reconocimiento de Dios a la men­talidad que día tras día tiene que llevar a cabo el creyente para permanecer fiel a Dios, en el que cree y espera. Estas dimensiones aunque distin­tas son inseparables, es decir, la misma conver­sión que lleva de la incredulidad a la fe, es la mis­ma que alimenta, la que expresa la coherencia de la vida de fe. Una, empero, la que parte de la in­credulidad, se manifiesta en una nueva visión de la vida, en consonancia con el reconocimiento de Dios. La otra, en cambio, concierne más a la vi­da misma del convertido y al comportamiento consecuente. (Cfr. Diccionario teológico interdis­ciplinar, II sub voce)

2. La conversión es un hecho salvífico

La conversión tiene su origen en la actitud del Dios benévolo que ofrece y da la conversión. Así, lo cree y dice San Vicente: La conversión: «Es obra de la pura misericordia de Dios y de su omnipotencia» (VII, 481). «Es un fruto que supe­ra el poder de los hombres» (VIII, 53). «Es gran pre­sunción imaginarse que Dios tenga necesidad de nuestros talentos, como si Él no pudiera conver­tir las almas por otro camino» (II, 291). «Espera­ba que Nuestro Señor me concediera la gracia de enmendarme» (II, 228). «Me han dado motivos para dar gracias a Dios… por esta reconciliación que me parece un milagro» (II, 261). «¿Estaba en manos de los hombres conseguir esta reconci­liación? Aun cuando todo el parlamento se hubiese empeñado en lograr una pacificación tan difícil entre unos espíritus tan opuestos, apenas hu­biera podido conseguir más que cierto orden ex­terior» (XI, 701 s). «Llevar las almas a Dios…, cier­tamente Padre, en todo esto no hay nada huma­no: no es obra de un hombre, sino obra de Dios. Es la continuación de la obra de Jesucristo y, por tanto, el esfuerzo humano lo único que puede hacer aquí es estropearlo todo, si Dios no pone su mano. No, padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con Él, que obremos con El y Él en no­sotros… Para conseguir todo esto, padre, es me­nester que Nuestro Señor mismo imprima en Ud. su sello y su carácter» (XI, 236).

3. La conversión, empero, es también obra del hombre

Aunque la conversión sea un hecho salvífico, es obra también del hombre, en cuanto éste li­bremente responde a la búsqueda y a la gracia de Dios y se deja salvar o transformar por Jesucris­to. San Vicente dice: «Las cosas de Dios se rea­lizan por sí mismas y que la verdadera sabiduría consiste en seguir la Providencia paso a paso» (II, 398). «Ellos podrían molestarles, pero les rue­go no se extrañen de ello porque no les harán nin­gún daño más que el que Nuestro Señor permi­ta que les hagan; y todo lo malo que les vendrá de ellos no será más que para hacerles merecer algunos especiales favores con que Él desea hon­rarles» (IV, 345). «Y cuando más obstáculos en­cuentran los asuntos de Dios, mejor resultan, con tal que no fallen nuestra resignación y nuestra confianza» (IV, 345). «Hay cosas en las que sólo podemos actuar pasivamente» (VII, 35). «Reco­nocemos que esta abundante gracia viene de Dios, y que Él la sigue concediendo a los humil­des cuando reconocen que todo cuanto hacen viene de Dios» (L. PP. 1291. «Dios le retirará es­ta gracia apenas dé lugar en su espíritu a una va­na complacencia, atribuyéndose lo que sólo a Dios pertenece» (I, 235). «No nos empeñemos en seguir nuestros caminos, sino caminemos por los que Dios quiera señalarnos»… «ofrezcámonos a Él para hacerlo todo y sufrirlo todo por su glo­ria y para la edificación de la Iglesia»… «ensan­chemos mucho nuestro corazón y nuestra volun­tad en su presencia, sin decidirnos a una cosa o a otra hasta que Él haya hablado» (VII, 438). «Lo que hemos de hacer, padre, es humillarnos profun­damente y abandonarnos por completo en las manos de Dios» (VII, 461). «¡Qué bueno es de­jarse guiar por su Providencia!» (II, 114)

4. Pero hay que trabajar para la conversión

San Vicente dice: «No hay que dejar de tra­bajar en ello siempre que se presente la ocasión, porque así lo quiere Dios» (VII, 481). «En efecto, me esfuerzo en enmendarme, con su ayuda» (II, 228). «… para disuadir a los que caminan en ti­nieblas y consolar a las almas que se ven atormentadas por las falsas ilusiones. Si no lo hace­mos, seremos culpables ante Dios de las almas que perezcan por culpa nuestra, ya que nuestro carácter nos obliga a ello…» (XI, 620). «Amemos a Dios, amemos a Dios pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nues­tra frente» (XI, 733). «Dios nos ha destinado en es­te tiempo para estas almas. ¿Qué responderíamos a Dios si alguna de estas almas se perdiese? ¿No seríamos nosotros mismos los que las hubiése­mos condenado… las almas que se salven por nuestro ministerio le darán a Dios testimonio de nuestra fidelidad… ¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación de socorrer a las pobres almas! Porque nos hemos entrega­do a Dios para esto… a pesar de mi edad, no me siento excusado en trabajar por la salvación de esas pobres gentes…» (XI, 56-57).

5. La conversión exige humildad y otras virtudes

San Vicente dice: «Si queremos que nos con­ceda esta gracia, hemos de esforzarnos en la humildad. No se le cree a un hombre porque sea sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apre­ciamos» (I, 320). «La obediencia, la mortificación, la oración, la paciencia y otras virtudes semejan­tes conquistan mejor a las almas que mucha cien­cia y toda la industria de los hombres» (II, 291). «Los sabios no son de ordinario los que dan más fruto, lo vemos demasiadas veces» (IV, 123). «No son los sabios los que producen más fruto, sino los que tienen más gracia de Dios» (VII, 441). «Nunca he visto ni he sabido que se haya con­vertido ningún hereje por la fuerza de la disputa, ni por la sutileza de los argumentos, sino por la mansedumbre» (XI, 753).

6. San Vicente, un gran convertido

Entre la carta que san Vicente escribe a su ma­dre el 17 de febrero de 1610 y el 19 de octubre del año siguiente, en que entrega 15. 000 libras al hospital de la Caridad, algo profundo ha pasa­do en san Vicente de Paúl. Su virtud ha subido muy alto y esta ascensión no se detendrá ya. Día a día, está únicamente pendiente en imitar a Je­sucristo y de seguir paso a paso a la Providencia. Vicente de Paúl se ha dejado atrapar por Jesucristo y toda su mentalidad, toda su vida, toda su exis­tencia no será otra que revestirse de su espíritu para imitarle y seguirle en fidelidad. El testimonio de Vicente de Paúl suscitó una toma de con­ciencia en aquellos a quienes llegó y sintieron en sí mismos la llamada a imitarle. Las palabras de Vicente cobran un valor de mensaje para aquellos que quieren o ya están recorriendo el mismo ca­mino.

7. Vicente de Paúl llamado a ser ministro de con­versión

En Gannes, enero de 1617, un enfermo se confiesa con Vicente de Paúl. «Ah, Señora, -dijo a la señora de Gondi este enfermo tres días an­tes de morir-, yo estaba condenado de no haber hecho una confesión general, a causa de los pe­cados graves que nunca me había atrevido a con­fesar». «¡Ah, señor Vicente!, exclamó la señora, si este hombre, que pasaba por hombre de bien, estaba en estado de condenación ¿Qué será de los demás, que viven peor? ¡Ah, cuántas almas se pierden! ¿Cómo remediarlo?». Escuchemos al mismo san Vicente de Paúl: «El día de la con­versión de San Pablo, que es el 25 de enero, me rogó esta señora que predicase un sermón en la iglesia de Folleville para exhortar a los habitantes a la confesión general; así lo hice. Les demostré su importancia y utilidad y luego les enseñé el mo­do de hacerla bien; y Dios tuvo tanta considera­ción para con la confianza y buena fe de esta señora (pues el número y enormidad de mis pe­cados hubiesen impedido el fruto de esta acción), que dio su bendición a mi discurso y Dios tocó de tal forma a aquella buena gente que todos ve­nían a hacer confesión general. Yo continué ins­truyéndolos y disponiéndolos a los sacramentos y comencé a escucharlos, pero la aglomeración fue tan grande, que no pudiendo ya bastar con otro sacerdote que me ayudaba, mandó la señora re­cado a los reverendos Padres jesuitas de Amiens para que viniesen en nuestra ayuda. Escribió al re­verendo Padre Rector, quien acudió él mismo en persona, mas no disponiendo sino de poco tiem­po para detenerse allí, envió a buscar al R. P. Four­ché, de su misma compañía, para que trabajara en lugar suyo y éste nos ayudó a confesar, pre­dicar y catequizar, y encontró, por la misericordia de Dios, en qué ocuparse. Fuimos luego a las demás aldeas pertenecientes a la señora por aque­lla comarca e hicimos como en la primera. Acu­dió mucha gente y Dios dio por doquier su ben­dición. Y he aquí, el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la corversión de San Pablo, lo que Dios no hizo sin propósito en un día semejante». La misión de Folleville de­mostró con claridad lo que Dios esperaba de él.

8. San Vicente de Paúl, organizador de la misión

Al año siguiente de la misión de Folleville, 1618, eran misionadas otras aldeas, ayudado por eclesiásticos virtuosos. (COSTE, El gran Santo del gran siglo. El señor Vicente, CEME, Salamanca 1990-1992, 1, 71). Vicente de Paúl en vano ha lla­mado a la puerta de las casas religiosas de París para encargarles el proyecto de la Señora de Gon­di, de misionar periódicamente a los habitantes de sus tierras. Es la Señora de Gondi que le ha­ce ver que debe fundar una comunidad de mi­sioneros (ib. 101-102).

El primero que le sigue es Antonio Portail. Contratan a un buen sacerdote para que colabo­re en las misiones, dice San Vicente: «los tres íba­mos a predicar…» (ib. 105).

El tercer misionero fue muy probablemente el Padre Belin. Al menos, es lo que nos hacen su­poner estas palabras que san Vicente le dirigió el 16 de diciembre de 1634: «Sepa bien que Nues­tro Señor le ha hecho misionero, así como tam­bién que tiene una de las partes principales en la concepción, la gestación, el nacimiento y el pro­greso de la Misión, y que, si no fuese por los tes­timonios evidentes que Dios ha dado de que le quería en Villepreux, estaría Ud. completamente en la Misión. En cuanto a mí, lo considero como un perfecto y perpetuo misionero» (ib. 105).

9. La Congregación de la Misión, heredera de la «misión» = conversión

Por los documentos:

a) Contrato de la fundación de la CM. 17 abril 1625.

Han pensado que su divina bondad ha pro­visto con su infinita misericordia a las necesida­des espirituales de los habitantes de las ciudades de este reino por medio de gran número de doc­tores y religiosos que les predican, les enseñan el catecismo, les exhortan y los conservan en el espíritu de devoción, pero que entre tanto el pue­blo pobre de los campos está solo y como aban­donado. «Por eso, han pensado…, que, con el beneplácito de los prelados de sus respectivas dió­cesis, se dedicarán por entero y exclusivamente a la salvación del pueblo pobre…, predicando, ins­truyendo, exhortando y catequizando a esa pobre gente y moviéndolas a hacer una buena confesión general de toda su vida pasada…» (X, 237-238).

b) Acta del arzobispo de París 24 abril 1620:

«…que se ocupen de las misiones, en cate­quizar, predicar y preparar las confesiones gene­rales de la pobre gente del campo…» (X, 241).

c) Acta de asociación 4 setiembre 1620:

«… reunidos y asociados para trabajar en la ca­tequesis y la predicación al estilo de las misiones y para preparar la confesión general al pobre pue­blo del campo… para vivir juntos en forma de con­gregación… y para trabajar por la salvación del pueblo pobre del campo…» (ib. 242).

d) Primera solicitud de aprobación, en 1627, al Papa Urbano VIII:

«…que algunos sacerdotes, celosos de la sal­vación de las almas… a dar misiones al campo pa­ ra convertir herejes, instruir a los fieles y mover a penitencia a los pecadores…».

e) Relación verbal del 5 de junio, sobre la aprobación de la Misión por la Sagrada Congre­gación de Propaganda Fide, en 1627:

«…pueden dedicarse a convertir herejes, ins­truir ignorantes sobre los misterios de la fe y man­damientos cristianos y también guiar a los peca­dores por el camino recto…» (X, 251).

f} Acta de unión del Colegio de Bons Enfants a la Congregación de la Misión:

«…sus afanes, trabajos por la salvación de los fieles…, limpiando las conciencias de los aldea­nos…» (X, 253).

g) Cartas patentes del Rey para la unión del Colegio de Bons Enfants a la Congregación de la Misión:

«…para ir de aldea en aldea confesando, pre­dicando, instruyendo y catequizando…» (X, 258).

h) Facultades concedidas a los sacerdotes de la Misión por el Arzobispo de París, el 16 abril 1628.

«…absolver a cualquier persona de lás cen­suras eclesiásticas» (X, 202).

i} Carta del Rey Luis XIII al Papa Urbano VII! – 24 junio, 1628:

«…predicando, exhortando, confesando y ca­tequizando al pobre pueblo» (X, 204).

j) Carta del Rey Luis XIII al Sr. de Bethune, embajador de Francia ante la Santa Sede – 24 ju­nio 1628:

«…predicar, exhortar, confesar y catequizar al pueblo pobre…» (X, 205).

k) Carta del Nuncio al Cardenal Ludovisi – 15 agosto 1628:

«…por reducir a las almas al seno de la santa Iglesia y limpiarlas de sus pecados…» (X, 208).

I) Informe presentado a Propaganda Fide so­bre la súplica de San Vicente – junio 1628:

«…predicando y confesando en sus pueblos y aldeas, haciendo desaparecer las enemistades, introduciendo la paz, convirtiendo a los herejes…» (X, 209). Juicio: «… que cese la Misión al cesar su necesidad…» (X, 271).

m) Carta patente para ordenar al Parlamento ratificar la carta de mayo 1627:

«…a predicar, confesar, exhortar y catequi­zar…» (X, 274).

n) Aprobación por el Arzobispo de París de la unión de San Lázaro a la Misión – enero 1632:

«… exhortando afanosamente a todos a que ha­gan una confesión general de toda su vida pasa­da…» (X, 290).

o) Bula de erección de la Congregación de la Misión – 12 enero 1632:

«…sería de gran provecho para la salvación de las almas… buscar juntos con su propia sal­vación la de las almas que residen en los pueblos…habrá que instruir a los que hayan de ser pro­movidos a las órdenes sagradas, procurando que hagan ejercicios espirituales y confesión gene­ral…, a fin de recibir dignamente dichas órdenes… (X, 305-308) «…se verán los buenos resultados obtenidos…» (X, 311).

p) Documento relativo a la aprobación Ponti­ficia de la Congregación de la Misión – julio 1632:

«…formar a dichos campesinos en los rudi­mentos de la doctrina cristiana y administrarles los sacramentos eclesiásticos, oír sus confesiones, dirigirles sermones y enseñarles todas las cosas que corresponden a la salvación…» (X, 321).

q) Aprobación por el Arzobispo de París de la unión de San Lázaro a la Misión – 31 diciembre 1632:

«… en ejercicios espirituales como en la con­fesión general…» (X, 329).

En todos los documentos, aparece que la Con­gregación de la Misión es para llevar a cabo la con­versión en la segunda acepción, es decir, que la vida sea coherente con la fe.

10. Vicente de Paúl y la Congregación de la Misión, llamados a ser misioneros ad gentes

El 30 de marzo de 1648, san Vicente, en el do­cumento «Obediencia para Carlos Nacquart y Ni­colás Gondrée enviados a Madagascar» (X, 379ss), dice: «Estamos obligados a atender con esmero a la salvación de las almas en cualquier sitio a don­de Dios nos llame, sobre todo en los lugares don­de hay mayor necesidad y faltan otros operarios evangélicos, y sabiendo que en las Indias, espe­cialmente en la isla de Madagascar, llamada tam­bién San Lorenzo, hay una gran penuria de ope­rarios y es muy abundante la mies, tanto de católicos…, como de gentiles que son llamados al catolicismo…, os destinamos y os enviamos…, a dicha isla y a las demás partes de la India, pa­ra que según las funciones de nuestro instituto os dediquéis a la salvación de las almas con to­das vuestras fuerzas». A Carlos Nacquart – 22 marzo 1648: «Nuestro Señor puso en su corazón el sentimiento de hacerle un señalado servicio; cuando se empezó en Richelieu con las misiones entre gentiles e idólatras, creo que Nuestro Se­ñor le hizo sentir que le llamaba a ellas… Ya es hora de que esa semilla de la divina vocación pro­duzca su efecto en Ud…., ha escogido a la Com­pañía para ir a servir a Dios en la isla de San Lo­ renzo, llamada por otro nombre Madagascar… Lo principal es que… procuren que aquellas pobres gentes nacidas en las tinieblas de la ignorancia de su Creador, comprendan las verdades de nues­tra fe. ¿Cómo llevarles a la conversión? Que com­prendan las verdades de nuestra fe, no ya por las sutiles razones de la teología, sino por razona­mientos sacados de la naturaleza; pues hay que comenzar por ahí, intentando hacerles compren­der que no hace Ud. más que desarrollar en ellos las señales que Dios les ha dejado en sí mismo y que habrá ido borrando la corrupción de la na­turaleza, desde hace mucho tiempo habituada al mal» (III, 255-257).

Compromiso para la asistencia de los escla­vos de Berbería 20 diciembre 1655: «…ha pues­to en mis manos la cantidad de 30. 000 libras pa­ra que sean utilizadas por mí y por mis suceso­res en la asistencia y redención de los pobres es­clavos…» (X, 445).

Testimonio del Padre Dufour desde el barco que le lleva a Madagascar -julio 1656: «…porque, ¿hay algo más laudable que esforzarse en des­terrar el vicio de un barco y hacer que reine allí la virtud, acabar con las malas costumbres y dar algún consuelo a los afligidos, exhortar a la ob­servancia de los mandamientos de Dios…» (X, 449).

A Francisco du Coudray, C.M. : «…ha querido Dios servirse de este miserable para la conversión de tres personas…» (1, 130). «…es preciso que ha­ga entender que el pobre pueblo se condena, por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse…» (1, 176s).

«… Todos los que acuden a la Compañía han de tener el deseo de sufrir en ella el martirio y consagrarse por entera al servicio de Dios por la salvación del prójimo. Igual que Jesucristo dio su vida por nosotros, debemos estar dispuestos a morir por El…» (XI, 258). «…El Hijo del hombre vi­no a la tierra para evangelizar a los Pobres y no­sotros, padres, hemos sido enviados a lo mismo. ¡Qué dicha hacer en la tierra lo mismo que hizo Jesucristo!…» (XI, 209-210).

«… ¡Qué gran favor y gracia ha hecho Dios a esta casa, al llamar a tantas almas a los santos ejercicios y servirse de esta familia como de ins­trumento para servir a la instrucción de esas po­bres almas! ¿En qué otra cosa deberíamos ocu­parnos sino en ganar un alma para Dios? No deberíamos tener otra finalidad más que ésta… ¡Qué frutos más maravillosos…! Una persona vi­no a darme las gracias por haber hecho los ejer­cicios aquí: «Padre, sin esto, estaba perdido -me dijo-, se lo debo todo, aquello fue lo que me dio paz y me hizo emprender una forma de vivir que conservo todavía por la gracia de Dios. Sin el re­tiro que hice en San Lázaro, estaría condenado»» (X1, 143s).

11. La conversión, exigencia vicenciana

a) Para la comunidad de los Padres

Respecto a la caridad: «…amonestarse cari­tativa y humildemente los unos a los otros de las faltas que hayan observado…» (XI, 31). «…los ac­tos de caridad con el prójimo estarán siempre en vigor entre nosotros, como son: 19, hacer a los demás el bien que razonablemente querríamos que nos hicieran; 29 no contradecir nunca a na­die, y verlo todo bien en Nuestro Señor; 39 so­portarnos mutuamente sin murmurar; 49 llorar con los que lloran; 5° alegrarse con los que se ale­gran; 69 adelantarse a honrarnos mutuamente; 79 demostrar afecto a los demás y servirles cordial­mente. En resumen, hacerse todo a todos para ganarlos a todos para Jesucristo…» (XI, 551; RC. CM II, 12).

«…estad siempre unidos y Dios os bendeci­rá, pero que esta unión sea por la caridad de Je­sucristo… El espíritu de Jesucristo es de unión y de paz, ¿cómo podríais atraer a las almas a Je­sucristo si no estuvieseis unidos entre vosotros y con Él mismo?…» (XI, 71).

Respecto a la humildad: «…El Padre Vicen­te recomendó mucho a la Compañía que pidiese a Dios las virtudes propias de nuestra congrega­ción, pero sobre todo la humildad…, hay que es­tar contentos de vernos despreciados en parti­cular, e incluso la Compañía en general y aceptar las humillaciones que Dios permite que caigan sobre la Compañía en general…» (XI, 219). «…des­pués de haber pensado muchas veces para en­contrar un medio de adquirir y mantener la unión y la caridad con Dios y con el prójimo, no he en­contrado ningún otro que la humildad…» (XI, 72).

Respecto a la mortificación: «…ser muy morti­ficados y hacernos indiferentes a todo, sobre todo, en lo referente a la comida, cama, vestido… tener grandes deseos de llegar a la perfección…» (XI, 28).

Respecto a la pobreza: «…el estado de los misioneros es un estado apostólico que consis­te en dejarlo y abandonarlo todo para seguir a Je­sucristo… La pobreza es una renuncia voluntaria a todos los bienes de la tierra, por amor a Dios y para servirle mejor y cuidar de nuestra salva­ción…» (XI, 156).

Respecto a la castidad: «…por tanto, es muy conveniente que la congregación tenga un deseo singularísimo y ardentísimo de esta virtud de la castidad y que en todo tiempo y lugar haga pro­fesión especial de practicarla con toda perfec­ción…» (XI, 678; RC. CM. IV, 1).

Respecto a la obediencia: «,, . Para honrar la obediencia que nos enseñó de palabra y de obra Nuestro Señor Jesucristo… obedeceremos fiel­mente a todos nuestros superiores, mirándolos en Nuestro Señor y a Nuestro Señor en ellos…» (XI, 687; RC. CM. V, 1).

Respecto a los votos: «… Y habiendo sido suscitada en la Iglesia esta pequeña Congregación de la Misión para trabajar por la salvación de las almas, especialmente de los pobres campesinos, ha creído que no podía utilizar armas mejores ni más apropiadas que aquellas mismas que con tanto éxito y ventaja utilizó la eterna Sabiduría. Por eso, todos y cada uno de los miembros de esta congregación guardarán fiel y perpetuamente la pobreza, castidad y obediencia según nuestro ins­tituto…» (XI, 638; RC. CM. II, 18).

Respecto a la penitencia: «Los sacerdotes no sólo han de dedicarse al estudio e iluminar al pue­blo de Dios con la predicación sino que han de entrar en el espíritu y en los actos de penitencia: 1° Para satisfacer a la justicia de Dios. 29 Para re­parar el daño que se le ha hecho. 39 Porque es el modelo perfecto del sacerdote que nos ha dado ejemplo continuo de penitencia a pesar de ser ino­cente» (XI, 52).

Respecto al buen ejemplo: «¡De cuántas bue­nas obras y santas acciones serán causa los bue­nos sujetos de la Compañía que hayan dado buen ejemplo! Pues a medida que los que les sigan va­yan haciendo el bien y manteniéndose en el ca­mino recto, en esa medida aumentará su gloria y recibirán de Dios la recompensa en el cielo…» (XI, 131).

Respecto a las máximas evangélicas: «…Aun­que hemos de hacer todo lo posible por guardar estas máximas evangélicas, por ser tan santas y tan útiles, hay entre ellas algunas que son más propias de nosotros que las demás, esto es, las que recomiendan especialmente la sencillez, la hu­mildad, la mansedumbre, la mortificación y el ce­lo de las almas; por eso, nuestra congregación se esforzará en ellas de una forma especial, de mo­do que estas cinco virtudes sean como las fa­cultades del alma de toda la compañía…» (XI, 593s).

b) Para la comunidad de las Hermanas

Respecto a la caridad: «…vosotras debéis es­tar siempre dispuestas a ejercer la caridad…» (IX, 740) «…Hay que imitar al Hijo de Dios que no hacía nada sino por el amor a Dios su padre; vues­tro propósito al venir a la Caridad tiene que ser puramente por el amor y el gusto de Dios, todas vuestras acciones han de tender a ese mismo amor…» (IX, 38) «…amara Dios sobre todas las co­sas, que seáis todas y por completo suyas, que no améis cosa alguna más que a Él y, si se ama alguna cosa, que sea por su amor…» (IX, 1015) «…¿Es posible que una Hermana que ha renun­ciado a todo, pueda trabajar por un motivo distinto del amor de Dios y el deseo de servirle con ma­yor perfección que el mundo?» (IX, 1066) «…no harán nada unas contra las otras, no tolerarán nin­gún pensamiento de aversión, no dirán nunca nada que pueda molestar a la otra, a no ser que es­té obligada por su oficio…» (IX, 1015s); «…debe­mos hacer algunas mortificaciones y rezar por las Hermanas que no aman a Dios ni al prójimo y pueden acabar con la Compañía, para que Dios quiera unirlas a las demás con el vínculo de la ca­ridad… cuando os cueste hablar con una Herma­na que os haya causado algún disgusto, demos­tradle todo el afecto posible, si obráis de este modo conquistaréis a la que os tenía alguna an­tipatía, aunque os cueste algún trabajo, no dejéis de hacerlo, porque es el espíritu propio de la Hi­ja de la Caridad que deben amarse como hijas de un mismo padre…; otra señal de una verdadera Hija de la Caridad: amar a las otras y a todos sus prójimos con cordialidad. Es la señal que Jesu­cristo dio a sus discípulos: «En eso, conocerán que sois mis discípulos, si os amáis mutuamente» (IX, 1071) «…¿creéis que podéis agradar a Dios si no estáis unidas al prójimo por la caridad? No, hi­jas mías. Dios prefiere la reconciliación de dos personas a sus sacrificios…» (IX, 1022).

Respecto a la perfección: «…habéis acepta­do hacer lo que Nuestro Señor hacía en la tierra. Hermanas mías, ¡si pudieseis ver cuánta perfec­ción requiere vuestro estado!… Hijas mías, decid en vuestro interior: «Dios me pide más a mí que a las religiosas «…» (IX, 765); «… hijas mías, he­mos de tener gran cuidado en no perder ningu­na ocasión de perfeccionaros…» (IX, 44), «…por tanto, hijas mías, no os extrañéis que se os pida que huyáis del pecado mortal sino también del ve­nial… (IX, 746);…haced que vuestro espíritu se llene de Dios…» (IX, 50); «…tomad de nuevo la re­solución de estimar más que nunca vuestra vo­cación y de intentar trabajar con mayor fidelidad en la perfección que Dios os pide…» (IX, 102); «… que el Espíritu Santo derrame en vuestros co­razones las luces que necesitáis para caldearlo con un gran fervor y haceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas las virtudes…» (IX, 103).

Respecto a la humildad: «…hay que pedirle muchas veces a Dios que nos conceda el des­precio a nosotros mismos, que nos guste que nos tengan por pobres y miserables, que amemos todo lo que nos lleva a este desprecio…» (IX, 771); «…Hermanas mías, acordaos de considerar a vuestras Hermanas más perfectas que vosotras; creed que son buenas y que vosotras sois las pe­ores de todas; si así lo hacéis ¿qué ocurrirá? Que haréis de vuestra Compañía un paraíso…» (IX, 999s).

Respecto a la pobreza: «…si queréis ser bue­nas Hijas de la Caridad y yo buen sacerdote de la Misión, tenemos que tener odio y aversión a las máximas del mundo; una máxima del mundo es huir de la pobreza y juzgarse feliz por evitarla, ya que el mundo aprecia la prosperidad, los honores, las alabanzas. Por el contrario, la Hija de la Cari­dad tiene que pensar que el Hijo de Dios prefirió siempre la pobreza a las riquezas, el desprecio al
honor, pues bien, hijas mías, después de esto
¿estimaréis los bienes y comodidades…? (IX, 759).

Respecto a la obediencia: «…para ser obe­dientes, de verdad, hay que hacer las cosas co­mo están mandadas, a la hora debida, sin retra­so, obedecer toda la vida y en todas las cosas. Ésa es la perfección de la obediencia…» (IX, 961); «… no seréis agradables a Dios mientras no seáis obedientes…» (IX, 79); «…si obedecéis, cumplís siempre la voluntad de Dios…» (IX, 961).

Respecto a la desunión: Una hermana dice: «…la desunión en la Compañía sería un obstácu­lo para la recepción de las gracias de Dios…» (IX, 108), otra, «…tenemos que impedir todo lo que podamos que la desunión se introduzca en nuestra Compañía porque estaríamos desunidas con Dios y no podríamos llegar a la perfección que El nos pide…» (IX, III).

Respecto a la unión: «… vuestra Compañía re­presenta la Santísima Trinidad y la unión que hay entre ellos se basa en el amor recíproco…» (IX, 956), «…por eso, las que son dóciles y sumi­sas a los superiores contribuyen a mantener es­ta unión. ¡Qué felices son estas almas! Crecen en virtud día a día…» (IX, 957).

Respecto al buen ejemplo: «… mientras siga en la Compañía podrá servirse de los buenos ejemplos que ve en sus Hermanas y volver al ca­mino que ha abandonado, ayudada por las ora­ciones de las demás…» (IX, 997).

Respecto a las Reglas: «…tendrán todas un gran aprecio de las reglas y de las costumbres lau­dables que hasta el presente han observado con­siderándolas como medios que Dios les ha dado para adelantar en la perfección propia de sus es­tado y para conseguir más fácilmente su salva­ción…» (IX, 1079); «…os dirá que no hay nada más santo ni más perfecto en los consejos evangéli­cos como lo que se os escribe en las reglas que Dios os ha dado…» (IX, 293).

Respecto a la conversión: «…si estáis en es­tado de imperfección y sentís que Dios os llama hoy mismo para haceros salir de este estado tan peligroso, escuchadle…» (IX, 1077); «…si una per­sona de buen corazón se entrega a Dios en un género de vida que tiende a su gloria para repa­rar allí el tiempo perdido, todas sus observancias le serán satisfactorias por las penas debidas por sus pecados, de forma que puede aplicar todo lo que sus reglas le ordenen en reparación de sus pecados pasados…» (IX, 295).

Respecto a la mortificación: «…mortificad vuestros sentidos y enseguida encontraréis en vosotras un cambio y gran facilidad para el bien…» (IX, 40); «…hijás mías, es necesaria la mortificación sin la cual no podéis seguir las máximas de Je­sucristo…» (IX, 770), «… Hermanas mías, las que se mortifican como es debido no tienen más pen­samiento que entregarse a Dios, porque creen que si hay algo que les cuesta, eso es un medio pa­ra unirse a Dios…» (IX, 967); «…apenas sintáis afecto a cualquier cosa, inmediatamente tenéis que buscar los medios para mortificarlo…» (IX, 969).

Respecto a la oración: «…la Hermana que haga bien la oración se verá elevada a un grado muy alto de amor de Dios…» (IX, 1117).

Respecto a las máximas evangélicas: «…los hijos de Nuestro Señor no se afanan en buscar su satisfacción en las cosas que hacen; lo único que desean es dar gusto a Dios y es lo que de­béis hacer, hijas mías, abrazando las máximas de Jesucristo, pero hay que humillarse conociéndo­se indignas de tal gracia…» (IX, 763).

Respecto a la murmuración: «…Se acordarán con frecuencia del nombre de Hijas de la Caridad que llevan y procurarán hacerse dignas de él por el santo amor que siempre tendrán a Dios y al pró­jimo. Sobre todo, vivirán en gran unión con sus Hermanas y jamás murmurarán ni se quejarán la una de la otra, desechando cuidadosamente to­dos los pensamientos de aversión que puedan te­ner una contra otra, etc. » (IX, 1014s).

c) En los individuos:

«…Debe Ud. recurrir a Dios por medio de la oración para conservar su alma en su temor y su amor, pues a veces nos perdemos mientras con­tribuimos a la salvación de los demás…» (XI, 237).

«… Ya que ha de creer Ud. con toda seguridad que Dios le retirará esta gracia apenas dé lugar en su espíritu a una vana complacencia atribu­yéndose lo que sólo a Dios pertenece… ¿y qué le aprovecha al mayor predicador del mundo do­tado de los talentos más excelentes, haber hecho resonar sus predicaciones… y haber convertido in­cluso a varios millares de almas si, a pesar de to­do esto, llegue a perderse él mismo?… » (I, 235).

«…Siento un consuelo muy sensible al ver que ha procurado seguir a esta misma providen­cia en toda su humilde conducta…, puedo decir­le, padre, que ése creo precisamente es nuestro peligro; y si la Compañía me cree, nunca obrará de otra manera… No lo crea así, padre; todas es­tas máximas no sirven para una Compañía que Nuestro Señor ha suscitado…, pero esté seguro, padre, de que la experiencia se lo demostrará así…» (III, 170).

«…Hay que pedir al final de las misiones un certificado del trabajo realizado? Harán bien en no pedirlo, basta con que Dios conozca sus buenas obras y que los pobres se vean aliviados…» (II, 34).

«… Huir de la reputación en demasía, de ordi­nario es nociva… hace que los efectos no co­rrespondan a la aceptación, sea porque se cae en el orgullo, sea porque el público refiere a los hom­bres lo que se debe a Dios…».

«…sea fiel a su fiel amante que es Nuestro Se­ñor…» (I, 100).

Vicente de Paúl dirigía y gobernaba a los su­periores particulares de las casas, orientándolos y estimulándolos por medio de la Corresponden­cia. La enseñanza vicenciana de esta correspon­dencia es ocasional, desigual, fragmentaria; pero suficiente para afirmar, en lo que corresponde a la correspondencia dirigida a personas bajo su ju­risdicción espiritual, que le preocupaba tanto la organización de la vida interior como la santifica­ción apostólica. Por lo que se refiere a la con­versión en estas cartas, se destaca una cons­tante preocupación por dar primacía a Dios antes que a las industrias humanas, pero en ellas hay también siempre una exhortación a poner la par­te del esfuerzo humano. (Cf. J. M. a Ibáñez, Pre­sentacion, en Obras Completas de S. Vicente de Paúl, 1, Sígueme, Salamanca 1972).

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