Espiritualidad vicenciana: Consejos evangélicos

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Michel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1995.

SUMARIO. I. STATUS OUAESTIONIS: 1. Consejos evangélicos y vocación vicenciana. 2. Un «lazo» definido por las Constituciones.- II. CONSEJOS EVANGÉLICOS Y FINALIDAD DE LA VOCACIÓN, SEGÚN s. Vicente: 1. Primacía de la finalidad. 2. Disponibilidad pa­ra la finalidad. III. CONSEJOS EVANGÉLICOS Y ESPIRITU DE LA VOCA­CIÓN, SEGÚN S. VICENTE: 1. Espíritu que vivifica. 2. Espíritu que uni­fiCe. IV. CONSEJOS EVANGÉLICOS Y NATURALEZA DE LA VOCACIÓN, SEGUN S. VICENTE: 1. Un estatuto original. 2. Consumirse por Dios en la persona de los pobres.


Tiempo de lectura estimado:

I. Status quaestionis

1. Consejos evangélicos y vocación vicenciana

Poco aparece la expresión «Consejos evan­gélicos» como tal en los escritos y las conferen­cias que nos han llegado de s. Vicente de Paúl.1 Prefiere hablar de «Máximas evangélicas» y, en­tre ellas, no hay duda de que da una importancia particular a la pobreza, a la castidad y a la obe­diencia. La prueba es que cada una de ellas constituye el objeto de un capítulo tanto en las Reglas Comunes de los Sacerdotes de la Misión, como en las de las Hijas de la Caridad.2

A partir del Concilio Vaticano II, de nuevo se presentan los tres Consejos Evangélicos en el orden adoptado por Gregorio de Nisa (castidad, pobreza, obediencia), porque él consideraba la castidad perfecta como el elemento clave de la «vida consagrada». Nosotros conservaremos aquí lo más posible la presentación de san Vicente por fidelidad a su pensamiento y a su expresión. Por otra parte, es perfectamente indicado que una vocación orientada hacia los pobres dé, en su propia línea, una cierta prioridad a la pobreza. De todos modos, el compromiso de vivir radicalmente estos Consejos evangélicos tiende a seguir y a imi­tar, bajo formas diversas, al Verbo encarnado en su abajamiento, por nuestra salvación, dimensión que también está en el corazón de la vocación vi­cenciana.

Pero lo más importante es notar de conjunto que pobreza, castidad y obediencia están situa­das siempre por s. Vicente en el contexto propio de la vocación: De su finalidad, de su espíritu y de su naturaleza es de donde ellas reciben su significación precisa y las modalidades de su pues­ta en práctica. Ciertamente, ellas son la expresión tradicional del don total a Dios en la Iglesia y se­gún el Evangelio, pero no vamos a discutir aquí ni el buen fundamento ni la historia de esta «tría­da».3 De todas formas, es evidente que la organización propiamente dicha de la vida según los Consejos evangélicos, de cualquier modo que se la conciba o se la presente, es muy posterior a los tiempos de la Iglesia primitiva. La verdadera cuestión es la del origen evangélico y apostólico de estos modos de vida que, indudablemente, hunden sus raíces y encuentran sus primeras ex­periencias en la vida del mismo Cristo y de los apóstoles o discípulos que le siguieran más de cer­ca bajo el signo formal del radicalismo y de la koi­nonía evangélicos. De suyo, este ideal se dirige a todos los cristianos según su estado de vida y, en ciertas circunstancias, se impone a ellos, por ejemplo, cuando hay que elegir entre la fidelidad a Cristo y la negación de la fe. Toda esta ense­ñanza ha sido reemprendida y renovada por el Concilio Vaticano 11, que hace de la «vida consa­grada», en el sentido más general de esta pala­bra y en la extrema diversidad de sus formas, una presentación esencialmente carismática en el Misterio de la Iglesia.

2. Un «vínculo» definido por las Constituciones

Por eso es interesante, a propósito de la es­pecificidad de la vocación vicenciana y del lugar que en ella tiene la práctica de los Consejos evan­gélicos de pobreza, castidad y obediencia, hacer la confrontación con las Sociedades de vida apos­tólica tales como las define hoy el Derecho Ca­nónico:

«A los institutos de vida consagrada (se trata aquí evidentemente del sentido jurídico), se asemejan las sociedades de vida apostólica, cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apos­tólico propio de la sociedad y, llevando vida fra­terna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la ob­servancia de las constituciones.

Entre éstas, existen sociedades cuyos miem­bros abrazan los consejos evangélicos mediante un vínculo determinado por las constituciones» (CIC c. 731, 1 y 2).

El término «abrazar» (assumunt) es impor­tante y tendremos que volver sobre él. En cuan­to al «vínculo» del que se trata aquí, está consti­tuido, para los Sacerdotes de la Misión y para las Hijas de la Caridad, por los votos que ilustran bien la manera en que pobreza, castidad y obediencia se inscriben en su ideal y su vida. De hecho, el voto «especial» o «específico» tiene por objeto su fidelidad a su vocación de «misioneros de los pobres» o de «sirvientas de los pobres» según las Constituciones y Estatutos de su Instituto. Po­breza, castidad y obediencia son, para ellos, las «armas» –ésta es la palabra de san Vicente– con las que ellos se proveen para seguir e imitar a Cris­to, enviado del Padre para llevar la Buena Noticia a los pobres, y dejarse impregnar por su Espíri­tu. Así, es como Jesús se hace la «Regla de la Misión» (XI, 429) así como la «Regla de las Hijas de la Caridad» (Const. I. 5).

«Habiendo sido enviado Jesucristo al mundo para restablecer el dominio de su Padre en las al­mas que le había arrebatado el espíritu maligno por el amor desordenado a las riquezas, al honor y al placer, que había introducido astutamente en el corazón de los hombres, este benigno Salva­dor juzgó conveniente combatir a su enemigo con armas contrarias, esto es, la pobreza, la cas­tidad y la obediencia, como él lo hizo hasta la muerte.

Y habiendo sido suscitada en la Iglesia esta pequeña Congregación de la Misión, para traba­jar por la salvación de las almas, especialmente de los pobres campesinos, ha creído que no po­día utilizar armas mejores ni más apropiadas que aquellas mismas que con tanto éxito y ventaja uti­lizó la eterna Sabiduría» (RC CM, II, 18).

Dos precisiones es necesario hacer aún:

  • Los votos, tanto para los Sacerdotes de la Misión como para las Hijas de la Caridad, ratifi­can y urgen el compromiso que se ha adquirido desde la entrada en el Instituto y que comporta, de suyo, la práctica de los Consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia en el espíritu de la vocación (ver p. ej. IX, 816, a propósito de la pobreza). Es interesante comprobar que se da hoy precisamente un cierto retorno a una refle­xión sobre estos Consejos evangélicos como tales y no sólo sobre los votos. Sin eso, hay el peligro de olvidar, por una parte, la base auténticamente evangélica de los votos y, por otra, las exigencias ilimitadas de los Consejos (ver Dic­cionario Teológico de la Vida Consagrada, 418).
  • Por lo que concierne a las Hijas de la Caridad, hay que tener en cuenta igualmente el papel tan importante jugado personalmente por santa Luisa de Marillac, en particular para la adopción de los Consejos evangélicos y en el tema de los votos. En el marco de este Diccionario y de este artícu­lo, centrados esencialmente sobre el pensamien­to de san Vicente de Paúl, nos limitaremos even­tualmente a las referencias indispensables para una comprensión exacta.

II. Consejos evangélicos y finalidad de la vocación según san Vicente

1. Primacía de la finalidad

La finalidad es la que constituye toda socie­dad, de cualquier orden que sea: si esta finalidad no existe, o si se pierde de vista, o si no se reactualiza constantemente, la sociedad en cuestión pierde su razón de ser o, al menos, su vitalidad. Esto es particularmente verdadero para las So­ciedades de vida apostólica, de las que hemos vis­to que dice el Derecho Canónico que su primer elemento constitutivo es su fin apostólico pro­pio: Nada hay más importante que hacer de es­ta finalidad una realidad, porque ella es el valor principal que da su verdadero sentido a todos los otros, cualquiera que sea su importancia.

San Vicente es muy claro a este propósito. Él dice, por ej., a los Sacerdotes de la Misión: «A eso hemos sido llamados. Sí, nuestro Señor pide de nosotros que evangelicemos a los pobres: es lo que él hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros. Tenemos muchos motivos pa­ra humillarnos en este punto, al ver que el Padre eterno nos destina a lo mismo que destinó a su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que in­dicó esto como señal de que era el Hijo de Dios y de que había venido el mesías que el pueblo es­peraba. Tenemos, pues, contraída una grave obli­gación con su bondad infinita, por habernos es­cogido entre tantos y tantos otros, más dignos de este honor y más capaces de responder a él que nosotros» (XI, 386).

Lo mismo dice a las Hijas de la Caridad: «Te­néis que pensar con frecuencia que vuestro prin­cipal negocio y lo que Dios os pide particular­mente es que tengáis mucho cuidado en servir a los pobres, que son vuestros señores. Sí, her­manas mías, son nuestros amos. Por eso, tenéis que tratarlos con mansedumbre y cordialidad, pensando que por eso os ha puesto juntas y os ha asociado Dios, que por eso Dios ha hecho vuestra Compañía… ¡Qué felices sois, hijas mías, por haberos destinado Dios a esto, para toda vuestra vida!» (IX, 125).

Podríamos multiplicar citas de esta clase con su consecuencia primordial: Sacerdotes de la Mi­sión e Hijas de la Caridad están llamados a san­tificarse esencial y radicalmente («primo, propriae perfectioni studere») para, en y por su vida apos­tólica misma. Es su mismo «ministerio» apostó­lico el que realiza su condición de discípulos de Cristo; no se contenta con reclamarla en cierto sentido como un «previo»; la hace acaecer en un acto de participación en la Misión misma de Je­sucristo, según las perspectivas y según el tipo que les son propios. Propiamente hablando, no hay otro «previo» que esta misma Caridad hacia Dios y hacia los hombres, de la que el Concilio Vaticano II dice precisamente que es «el alma de todo apostolado» (cf. LG nº 33 y Decreto sobre el apostolado de los laicos nº 14 y 29). Añade además que «el Espíritu Santo suscita en la Igle­sia Institutos que se encargan, como por oficio propio, de la misión de evangelización que per­tenece a toda la Iglesia» (Ad Gentes nº 23).

Hay aquí, pues, una llamada a seguir a Jesu­cristo con un acento de radicalidad: no se puede acoger su misión sin acogerlo a él mismo; no se puede ejercer su misión sin que su propia vida y su propio testimonio pasen a través del Misionero o de la Hija de la Caridad. Cuando los Consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia se asumen explícitamente, expresan más aún esta radicalidad del don total en el tener, el ser y el ha­cer. Esto forma cuerpo, en el pensamiento de san Vicente, con un «apostolado» (en el sentido más fuerte de la palabra) que nos hace entrar, al mismo tiempo, en el ser mismo y en la misión misma de Jesucristo con los pobres. Se ve qué grado de intimidad hay que tener con Él para que su vida y su testimonio pasen de este modo a tra­vés de nosotros, y para ser signos de Aquél que ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdi­do. Este amor absolutamente gratuito no es otro que el de Dios para con los hombres y es Él quien nos precede, nos llena, nos impulsa.

2. Disponibilidad para la finalidad

También es a las Reglas comunes de los Sa­cerdotes de la Misión a las que podemos pedir los textos más sugerentes: «Y para que esta con­gregación llegue, mediante la gracia de Dios, al fin que se ha propuesto, tiene que hacer todo lo posible por revestirse del espíritu de Jesucristo, tal como aparece principalmente en las máximas evangélicas, en su pobreza, su castidad, su obe­diencia, su caridad con los enfermos, su mo­destia, su manera de vivir y de obrar que luego prescribió a sus discípulos, su conversación, sus ejercicios diarios de piedad, sus misiones y sus otras ocupaciones para con los pueblos» (RC de la CM, 1, 3).

Nótese que la «tríada» está encuadrada en las máximas evangélicas y todo un comportamiento de Cristo y de sus discípulos. Pero sigue estando claro, a través de ello, que la finalidad de la voca­ción vicenciana exige una total disponibilidad: «Cuando [la compañía] llegue a consumirse y re­ducirse a la nada por hacer el bien, entonces ha­brá hecho todo lo que puede pretender hacer. Con­sumirse por Dios, no tener bienes ni fuerzas más que para gastarlos por Dios, es lo que hizo nues­tro Señor, que se consumió por amor a su Padre» (Diario de los últimos días de san Vicente X, 222).

La misma idea se recoge en las actuales Cons­tituciones de los Sacerdotes de la Misión (III, 28) y aún más explícitamente, en las de ias Hijas de la Caridad: «Para seguir a Cristo más de cerca y para continuar su misión, las Hijas de la Caridad eligen vivir total y radicalmente los Consejos evan­gélicos de castidad, pobreza y obediencia que las hacen disponibles para la finalidad de su Com­pañía: el servicio de Cristo en los pobres» (I, 5).

Pobreza, castidad y obediencia, vividas en es­te cuidado por la fidelidad al designio de Dios so­bre los Sacerdotes de la Misión y sobre las Hijas de la Caridad y en el camino de santidad que de­be ser el suyo, les permitirá «conformar su vida a la que nuestro Señor ha llevado sobre la tierra. Vi­no nuestro Señor y fue enviado por su Padre a evangelizar a los pobres… como, por la gracia de Dios, trata de hacer la pequeña compañía… pues ésta es nuestra finalidad» (IX, 323).

La expresión «démonos a Dios para…», tan­tas veces repetida por san Vicente, expresa bien esta insistente invitación a consagrarse totalmente a la misión de Jesucristo, quien, para cumplir la voluntad del Padre llevando la Buena Noticia a los pobres, ha llegado hasta a la cruz: «No hay amor más grande que dar la vida por aquéllos a quienes se ama» (Jn 15, 13).

Es interesante notar a este respecto que san Vicente valora, sin nombrarlo, el sacerdocio bau­tismal como tal,4 como consecuencia del don que Jesús hace de sí mismo: «La primera razón que tenemos para estar agradecidos a Dios por el estado en que nos ha puesto, por su miseri­cordia, es que es ése el estado en que puso a su Hijo, que dice de sí mismo: Evangelizare paupe­ribus misit me. ¡Qué gran consuelo encontrarnos en este estado!. ¡Cuánto hemos de agradecérselo a Dios! ¡Evangelizar a los pobres como nuestro Señor y de la misma manera que él lo hacía, utilizando las mismas armas, combatiendo las pa­siones y los deseos de tener riquezas, placeres y honores! Es verdad que nuestro Señor no te­nía estos defectos ni estas pasiones, pero prac­ticó de forma admirable y eminente las virtudes contrarias a estos defectos, deseos y pasiones, a saber, la pobreza, la castidad y la obediencia. ¡Dios mío! ¡Hasta dónde llevó él la práctica de es­tas virtudes! ¡Nacer pobre, vivir pobre y morir po­bre! La pureza y la castidad fueron admirables en él. En cuanto a la obediencia, murió por ella: Fac­tus obediens usque ad modem. ¡Dios mío! ¿No tenemos motivos para agradecer a Dios el vernos en este estado?» (XI, 639).

Los votos refuerzan aún más esta dimensión de «don total para…», y san Vicente añade: «Pido a la compañía que agradezca a Dios la institución de la compañía y la vocación de cada uno en ella, por encontrarnos en este estado de la religión de san Pedro o, mejor dicho, de Jesucristo. Salvador mío, has esperado mil seiscientos años para sus­citar una compañía que hiciera profesión expresa de continuar la misión que te había encargado tu Padre en la tierra y que utilizara los mismos medios que tú utilizaste, haciendo profesión de guardar la pobreza, castidad y obediencia… Se­ñor, concédenos la gracia de hacernos dignos de esta misión y de nuestra vocación, combatiendo generosamente ese vicio de la pasión y del deseo de riquezas, de placeres y de honores, mediante la práctica de la pobreza, castidad y obediencia, y de tener siempre en las manos la hoz de la mor­tificación para mejor conseguirlo y dejar nuestro ejemplo a la posteridad. Es ésta, Señor, la gracia que te pedimos» (XI, 647).

III. Cosejos evangélicos y espíritu de la vocación, según san Vicente

Entre las Máximas evangélicas, san Vicente pide a los Misioneros retener más particularmente, como «espíritu» propio, la sencillez, la humil­dad, la mansedumbre, la mortificación y el celo (RC CM, 11, 14). Del mismo modo, dice a las Hijas de la Caridad que la humildad, la sencillez y la caridad deben ser como las facultades del al­ma que anima el cuerpo de la Compañía y a ca­da uno de sus miembros (RC HC II’ 3).

Es necesario, pues, que pobreza, castidad y obediencia sean vividas en este espíritu vivifica­dor y unificador y según el carisma que él con­fiere a los Fundadores y a sus discípulos.5 A su vez, ellas contribuyen a conferir en la vida según este espíritu, absolutamente primordial, su ca­rácter de radicalidad para dejarse asimilar cada vez más a Jesucristo y continuar su misión en la línea propia de la vocación en el seno de la Igle­sia.

1. Espíritu que vivifica

Finalmente, no hay más que un «absoluto»: la vida en el Espíritu, la vida bajo la moción del Espíritu: «Lo mismo que un cuerpo, cuando se queda sin espíritu, está muerto, también una Hi­ja de la Caridad que no tiene su espíritu está muerta. ¿Dónde está la caridad de esa hermana que no tiene nada de humildad, ni sencillez, y que no sirve a los pobres con agrado y amor? Es­tá muerta. Pero si tiene esas virtudes, vive, por­que son la vida de su espíritu» (IX, 536).

Se puede aplicar, pues, a estas «virtudes de estado», y a los Consejos evangélicos en rela­ción con ellas, lo que san Vicente dice de las Re­glas que piden unas y otros: «Hay que esperar de la bondad de Dios, hermanos míos, de vuestras disposiciones actuales y de la gracia de la compañía, que ha hecho estas reglas como un resu­men del evangelio, acomodado al uso que más necesitamos para unirnos a Jesucristo y respon­der a sus designios, que nos concederá la gracia de llevar cada máxima y cada regla al último grado de perfección… Así pues, por su miseri­cordia, estamos muy dispuestos y obligados a practicar sus máximas, si no son contrarias al ins­tituto.6 Llenemos de ellas nuestro espíritu, llene­mos nuestro corazón de su amor y vivamos en consecuencia» (XI, 427s).

Igualmente, si las «virtudes de estado» son estrictamente necesarias para la Misión y para el Servicio a los pobres, son primero –y por esta mis­ma razón– necesarias en la relación con Dios a fin de acoger su don y su gracia, comenzando por es­tas mismas virtudes. El «discernimiento de espí­ritu» exige mucha pobreza de corazón y de esti­lo de vida, una profunda pureza de la mirada, una total disponibilidad a la voluntad de Dios, tal co­mo se nos manifiesta por las mediaciones de que él usa habitualmente. San Vicente no ha dejado de hacer aquí la referencia al sermón de la mon­taña y sobre todo, a las bienaventuranzas (XI, 419). El Sacerdote de la Misión y la Hija de la Caridad se harán discípulos de Jesucristo y, en particular, vivirán la pobreza, la castidad y la obediencia dán­doles el estilo propio del «estado de caridad» que es el suyo y que san Vicente define de este modo: «Oh, Salvador, que viniste a traernos esta ley de amar al prójimo como a sí mismo, que tan per­fectamente la practicaste entre los hombres, no sólo a su manera, sino de una forma incompara­ble, sé tú, Señor, nuestro agradecimiento por ha­bernos llamado a este estado de vida de estar con­tinuamente amando al prójimo, sí, a este estado y profesión de entrega a este amor, ocupados en el ejercicio actual del mismo o en disposición de ello, abandonando incluso cualquier otra ocupa­ción para dedicarnos a las obras caritativas» (XI, 564).

Nada más típico a este propósito que la fa­mosa conferencia de san Vicente a las Hijas de la caridad sobre la imitación de las muchachas del campo, el 25 de enero de 1643 (IX, 91ss). Él co­loca la pobreza, la castidad y la obediencia en el espíritu de estas «buenas muchachas de pue­blo». Destacando su sencillez y su humildad, y en­lazada con estas virtudes, insiste sobre su so­briedad (pobreza), su pureza, su sumisión (obe­diencia). El todo forma una verdadera «fisonomía espiritual» y se resume en esta frase caracterís­tica: «Así es, hijas mías, como tenéis que ser, si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad» (IX, 94).

San Vicente dirá más explícitamente el 21 de julio de 1651: «Todas vuestras reglas tienden a convertiros en buenas cristianas, buenas siervas de Dios y buenas Hijas de la Caridad» (IX, 1080).

Una vez más, aparece el enraizamiento bau­tismal de la vocación. Es antes que la letra, la en­señanza del Concilio Vaticano II sobre la vocación universal a la santidad a través de los diversos estados de vida: «Los consejos evangélicos de castidad consagrada a Dios, de pobreza y de obediencia, como fundados en las palabras y ejemplos del Señor, y recomendados por los Apóstoles y Padres, así como por los doctores y pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia con­serva siempre» (LG nº 43).

San Vicente tiene de Cristo una visión selec­tiva, como Adorador del Padre, Servidor de su designio de amor, Portador de la Buena Nueva a los pobres: Por este Cristo es por quien se sien­te interpelado para identificarse a él y proseguir su misión. Pobreza, castidad y obediencia tienden, de suyo, a esta identificación tan radical corno sea posible con el Cristo casto, pobre y obediente, pero siempre en la línea de la especificidad de la vocación y de su espíritu. Hemos visto que las Re­glas comunes hablan de los Consejos evangéli­cos después de haber hablado de las virtudes fundamentales que traducen el espíritu del Insti­tuto y que deben, por consiguiente, impregnar toda su vida, bajo todos sus aspectos, y en par­ticular el modo de practicar los Consejos evan­gélicos. Es, como dice san Vicente, una cuestión de vida o muerte.

2. Espíritu que unifica

Recogiendo la comparación de san Vicente, el alma, principio vital, unifica el organismo que, sin ella, se desintegra, se descompone. De igual mo­do, el espíritu es fuente de unidad de vida ani­mándonos de un carisma determinado en torno al cual todas las cosas adquieren su verdadero sentido y, al mismo tiempo, es fuente de unión entre los miembros de la comunidad animándo­los del mismo soplo. En los dos casos, las «vir­tudes de estado» –que san Vicente llama a veces «virtudes de cuerpo»– imponen, pues, la manera de vivir la castidad, la pobreza y la obediencia.

Hablando de la fidelidad a Dios en la voca­ción, san Vicente dice a las Hijas de la Caridad: «La primera razón que tenemos para entregarnos a Dios, pero de verdad, para serle fieles, es que os habéis entregado vosotras mismas a él en la Com­pañía con la intención de vivir y morir en ella; y cuando entrasteis, así lo habéis prometido; algu­nas de vosotras incluso lo han prometido solem­nemente» (IX, 566).

Esta fidelidad comporta, pues, una manera de vivir los Consejos evangélicos en tanto que miembros del Instituto y en tanto que miembros de una comunidad local. Lo que está en juego es también el sentido de pertenencia a la Compañía. Ciertamente, el vínculo entre la castidad y la vi­da comunitaria ha sido puesto de relieve muchas veces. La castidad del Sacerdote de la Misión y de la Hija de la Caridad así como desemboca en la misión y el servicio de los pobres, del mismo modo desemboca en una vida fraterna que par­te y está en función de esta misión y de este ser­vicio de [os pobres, y a su vez recibe el apoyo de una amistad humana y sobrenatural, de una co­munión en el Cristo Servidor y Portador de la Bue­na Nueva a los pobres.

Otro tanto podemos decir de la pobreza y de la obediencia y de su relación íntima y recíproca con la vida comunitaria vicenciana en su especi­ficidad. Es precisamente esta «especificidad» lo que constituye, una vez más, el centro de nues­tra reflexión sobre los Consejos evangélicos y, en particular, del sentido de pertenencia a la co­munidad a todos sus niveles. La humildad, por ejemplo, se hace aquí receptiva al don de Dios y, especialmente, al don de la castidad, de la po­breza, de la obediencia según la vocación y dis­ponibilidad de humilde dependencia en la verdad. Como dice la Madre Guillemin, «la castidad es pa­ra la caridad; la castidad perfecta es para la ple­nitud de la caridad» (Circular del 2 feb. 1966).

La pobreza –sobre todo bajo su aspecto de «dependencia»– está en armonía con una voca­ción en la que se quiere estar «ajustado» a los po­bres. Lo mismo sucede con la obediencia; y a su vez, la obediencia activa y responsable se ve favorecida por una auténtica humildad en unión con Jesucristo que «entra libremente en su pa­sión» (II Plegaria Eucarística).

La sencillez va a la par con la castidad, porque ella proclama la «transparencia» de un corazón to­talmente entregado y totalmente abierto a Dios y a los otros. Es también una ruta de claridad y de verdad. En cuanto al vínculo entre la sencillez y la pobreza, entre la sencillez y la obediencia es, por decir, evidente.

El celo apostólico, finalmente, no es auténti­co más que si traduce una ardiente caridad en­raizada en la mortificación y nos configura a la actitud de Cristo respecto a todos y, en particu­lar, respecto a los pequeños: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» añade Cristo después de haber dicho: «Venid a mí, to­dos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré reposo» (Mt 11, 283).

Pobreza, castidad y obediencia quieren ser signo de radicalidad en el amor y tocan la ley más fundamental de este amor que es la ley de «to­talidad»: la medida del amor es amar sin medida (ver la conferencia de SV sobre la caridad X1, 551ss).

IV. Consejos evangélicos y naturaleza de la vocación, según san Vicente

Hay dos convicciones inseparables. Si el servicio de los pobres debe ser preferido a todo, según la fuerte expresión de san Vicente, es evi­dente que esto supone una vida polarizada por este don total en lo que tiene de particular. El es­tatuto «original» que viven los Sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad en la Iglesia, le­jos de minimizar la plenitud y radicalidad de su «consagración», las postula de un modo impera­tivo, concretamente a través de los Consejos evangélicos, pero, como hemos visto, en función de esa especificidad.

1. Un estatuto original

Hemos dicho que el reconocimiento oficial por la Iglesia, en su Derecho Canónico, de las So­ciedades de vida apostólica nos permite precisar y situar mejor la identidad de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Ca­ridad. Es una manera verdaderamente especial de «hacer profesión», según la expresión bien co­nocida de las Reglas particulares de las Herma­nas de las parroquias que san Vicente explica en su conferencia del 24 de agosto de 1659 (IX, 1179) y que el P. Alméras hizo pasar a las Reglas co­munes. Las Constituciones de las Hijas de la Ca­ridad (1, 9) han recogido el texto primitivo de lo que ellas consideran su «carta magna»: «Consi­derarán que no pertenecen a una religión, ya que ese estado no va bien con las ocupaciones de su vocación. Sin embargo, como están más ex­puestas a las ocasiones de pecado que las reli­giosas obligadas a la clausura, no teniendo más monasterio que las casas de los enfermos y aque­lla en que reside la superiora; por celda, un cuar­to de alquiler;… y, como no han hecho ninguna otra profesión para asegurar su vocación más que la confianza continua que tienen en la divina Providencia y la ofrenda que le han hecho de todo cuanto ellas son y del servicio que le prestan en la persona de los pobres; por todas estas razones tienen que tener tanta o más virtud que si hubieran profesado en una orden religiosa».

Sin duda, estamos en el corazón de la voca­ción y esto vale, positis ponendis, para los Sa­cerdotes de la Misión. El término «profesión» se emplea aquí con todas sus resonancias espiri­tuales. Si otros viven la plenitud de su bautismo a través de su consagración (o «profesión») reli­giosa, para san Vicente y sus discípulos, hay una llamada a vivir radicalmente la unión íntima y re­cíproca del don total y del servicio (o de la misión). Claramente, se ve aquí el primado absoluto del amor a Dios vivido en este servicio o en esta mi­sión.

Si este estatuto equivale a «secularidad», lo es precisamente en este sentido. Para los Sa­cerdotes de la Misión, se da también el hecho de no ser del clero diocesano. Pero, para ellos, co­mo para las Hijas de la Caridad, está especificamente la vocación a vivir las rudas exigencias del don total en el seno del servicio misionero como tal y a vivir este servicio misionero como pura transparencia del don total.

Este primado de la Misión o del Servicio no se comprende, en efecto, más que si se le ve co­mo un ir al encuentro de Jesucristo, o dicho de otra manera, la presencia y la acción de su Espí­ritu en el corazón y en la vida de los hombres, de los pobres. La conformidad, tan perfecta como sea posible, con la voluntad de Dios se expresa en él esencialmente por medio de la Caridad que va al encuentro de las necesidades de estos hombres y de estos pobres. Es lo que escribe san Vicen­te a sor Ana Hardemont: «Hermana, qué conso­lada se sentirá usted en la hora de la muerte por haber consumido su vida por el mismo motivo por el que nuestro Señor dio la suya! ¡Por la caridad, por Dios, por los pobres!… ¿Y qué mayor acto de amor se puede hacer que entregarse a sí mismo por completo, de estado y de oficio, por la sal­vación y el alivio de los afligidos? En eso, está to­da nuestra perfección» (VI1, 326).

2. Consumirse por Dios en la persona de los pobres

No nos extrañará, pues, encontrarnos con un vocabulario propiamente sacrificial : ofrenda, oblación, incluso holocausto: «En los antiguos sacri­ficios había la diferencia de que el holocausto era un sacrificio hecho a Dios, en donde toda la víc­tima quedaba consumida por el fuego y de la que no se reservaba nada para el sacrificador ni para quien ofrecía el sacrificio. Pues bien, una perso­na que hace los votos de pobreza, castidad y obediencia se lo da todo a Dios, renunciando a los bienes, placeres y honores; es un perfecto holo­causto, hermanos míos, ya que se le sacrifica a Dios el entendimiento, así como el propio juicio y la voluntad propia» (XI, 643).

Las Constituciones de las Hijas de la Caridad, tomando una expresión de Pablo VI a propósito de María (cf. Const. 11, 16 y Marialis Cultus n. 21), les mandan hacer de su vida un culto a Dios y de su culto un compromiso de vida. Si hay un holo­causto que sea mucho más agradable al Señor que el perfume de los sacrificios rituales y la ob­servancia rigurosa del Sabbat, es el de una vida puesta totalmente, por su amor, al servicio de los más desposeídos y de los más abandonados. Los más humildes instantes, las más humildes ac­ciones de nuestras vidas son de este modo va­loradas de un modo increíble: predicar el Evangelio a los pobres con toda sencillez, lo mismo que la­varles los pies o vaciar las vasijas en seguimien­to de Cristo Servidor, se convierte en participa­ción en el sacrificio de Jesús. Por otra parte, es este sacrificio el que celebramos en la Eucaristía donde «no es sólo el sacerdote el que ofrece el santo sacrificio, sino todos los que asisten a él… es el centro de la devoción» (IX, 24; cf. también XI, 646).

El término «asumir» (en lugar de «profesar» en sentido estricto) los Consejos evangélicos que emplea el canon 731, 2, al distinguir las Socieda­des de vida apostólica de los Institutos religio­sos, muestra bien que, aunque hay diferencia de identidad, no hay la menor oposición en cuanto a la radicalidad del compromiso.

San Vicente lo dice de un modo que no se pue­de mejorar en claridad: «De los religiosos, se di­ce que están en un estado de perfección; noso­tros no somos religiosos, pero podemos decir que estamos en un estado de caridad, ya que es­tamos continuamente ocupados en la práctica re­al del amor o en disposición de ello» (XI, 564).

En este sentido, es en el que hay que com­prender una frase como ésta de las Constitucio­nes de las Hijas de la Caridad (II, 4): «Para servir a Cristo en los pobres, las Hijas de la Caridad se comprometen a vivir su consagración bautismal por la práctica de los Consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que reciben de es­te servicio su carácter específico».

Hemos tenido ya ocasión de citar aquellas pa­labras tan claras de san Vicente a propósito de la Congregación de la Misión: «Hace profesión ex­presa de continuar la misión» para la que el Padre había enviado a su Hijo y se sirve para ello de los mismos medios. Esto muestra cuánto importa no ser simplista cuando se trata del pensamiento de san Vicente. Cuanto más netas son las nervaduras esenciales y constitutivas, tanto más sabe él ser realista y pragmático para integrar, «naturalizándolos» de algún modo, todos los ele­mentos que pueden confirmar su vitalidad y sus exigencias. De todos modos, como hemos visto, hay que insistir al mismo tiempo en la radicalidad de las exigencias evangélicas en cuanto tales y en la dimensión carismática propia de la llamada a una condición de vida particular en la que la ac­titud radical se convierte en la norma. Así, es co­mo, hablando de las máximas evangélicas a sus misioneros, san Vicente les dice: «Debemos des­prendernos de todo lo que no es Dios y unirnos al prójimo por la caridad para unimos con Dios mis­mo por Jesucristo» (XI, 426).

En efecto, aunque todos los escritores espi­rituales recomiendan este desprendimiento, la originalidad consiste aquí en que san Vicente hace de ello una condición, una exigencia de la caridad hacia el prójimo y, con ello, un medio pa­ra realizar al mismo tiempo la unión con el próji­mo y con Dios en Jesucristo.

Podemos terminar con esta cita de santa Lui­sa de Marillac, que muestra bien su armonía de pensamiento con san Vicente:

«Deseo que todas nuestras hermanas estén llenas de un amor fuerte que las ocupe tan sua­vemente en Dios y tan caritativamente en el ser­vicio de los pobres, que su corazón no pueda ya admitir pensamientos peligrosos para su perse­verancia. Ánimo, queridas hermanas, no pense­mos más que en agradar a Dios por la práctica exacta de sus santos mandamientos y consejos evangélicos, puesto que la bondad de Dios se ha dignado llamarnos a ellos; para lo cual nos debe servir la exacta observancia de nuestras reglas, pero alegremente y con diligencia» (SLM c. 73).

La misma preocupación se expresará en el testamento espiritual de la Fundadora con la frase «modo de vida», tan querida para san Vi­cente, que expresa bien la especificidad de su vo­cación: «Sigo pidiendo para ustedes a Dios su bendición y le ruego les conceda la gracia de per­severar en su vocación para que puedan servirle en la forma que El pide de ustedes».

BIBLIOGRAFÍA:

El Dictionnaire de la vie spirituelle, Cerf, Paris, 1983, en las voces Conseils évangeliques, Vie consacrée, Voeux ofrece una bibliografía in­teresante, especialmente en las referencias a los textos eclesiásticos y pontificios; igualmente, Diccionario teológico de la vida con­sagrada, Publ. Claretianas, Madrid 1989; J. Bonfils, Les Societés de Vie Apostolique, Cerf, Paris 1990.

Circulaires des Supérieurs généraux et des Su­périeures genérales, particularmente las en­viadas con ocasión de la renovación anual.- Ecos de la Compañía, revista mensual en la que cada año se publican las conferencias de renovación tenidas en la Casa Madre.- Ins­trucción sobre los votos de las Hijas de la Ca­ridad, Madrid 1990.- W. Reflexiones sobre la identidad de las Hijas de la Caridad, CEME, Sa­lamanca 1980.- W, Identidad de las Hijas de la Caridad en las Const. y Est. de 1983, CEME, Salamanca 1984.- CPAG-1980, La C.M. : sus vo­tos y el vínculo entre miembros y comunidad, en Anales 85(1977)351-380.

  1. Así, por ejemplo, en las conferencias a los Misione­ros (tomos XI/1 y 2), apenas se encuentra el término ‘con­sejos evangélicos’ propiamente dicho más que 8 veces y en 3 conferencias muy relacionadas, las del 14 de febrero, 22 y 29 de agosto de 1959 (XI, 418. 584. 585. 593). Es sig­nificativo que estas tres conferencias traten de las Máxi­mas Evangélicas y las virtudes fundamentales.
  2. Las Reglas Comunes de los Sacerdotes de la Misión se las distribuyó el mismo s. Vicente el 17 de mayo de 1658 (XI, 321ss). Por Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad se en­tiende habitualmente las que fueron codificadas por el P. Alméras, Superior general y Sor Maturina Guérin, Superio­ra general, en 1672. Nosotros preferimos remitir al texto de las Reglas comunes y de las Reglas particulares que s. Vi­cente comenta en sus conferencias, a partir del 29 de sep­tiembre de 1655 (IX, 733ss), y de las cuales nos queda una copia en los archivos de la Casa-Madre. El tomo X de la traducción española (pag. 874) ofrece un texto similar con una presentación y una numeración un poco diferente.
  3. Acúdase para este tema a las obras especializadas, por ejemplo, al Dictionnaire de la Vie Spirituelle, du Cerf, Paris, 1983, o Diccionario Teológico de la Vida Consagra­da, Claretlanas Madrid, 1989.
  4. La contra-reforma católica, para reaccionar contra el Protestantismo, ha privilegiada indebidamente a veces el Sacerdocio ministerial. El Concilio Vaticano II devolverá su honor al Sacerdocio bautismal. S. Vicente y otros miembros de la Escuela francesa de espiritualidad no han perdido nunca de vista la verdadera doctrina de la Iglesia, aunque el vocabulario no es el que nosotros empleamos hoy (cf. IX, 25; XI, 646).
  5. A propósito de los carismas, Juan Pablo II escribe, por ej.: «Los carismas se dan a una persona determinada, pero pueden ser participados por otras, de suerte que se mantienen a través del tiempo como una herencia viva y pre­ciosa que engendra una afinidad espiritual particular entre numerosas personas» (Exh. Ap. Christifideles laici, nº 24).
  6. Aquí, s. Vicente expresa vigorosamente que cada ins­tituto da prioridad, sin exclusiva, a ciertas Máximas evan­gélicas en función del carisma propio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *