Enriqueta Gesseaume, una Hija de la Caridad de luz y sombra

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 1994 · Fuente: Folleto "Las cuatro cumplieron con su misión" (Asociación Feyda, Teruel, 1994).
Tiempo de lectura estimado:

En la primera quincena de noviembre de 1634, el sacerdote Vicente de Paúl estaba dando una misión en un pueblecito a unos 40 kilómetros al norte de Paris, cerca de la ciudad de Chantilly. El pueblo se llama Villers­sous-Saint-Leu. El sacerdote se alojaba en casa de Juan Andrés Lumague, señor del pueblo. Lo que quiere decir que la mayoría de las tierras eran suyas y las alquilaba a los campesinos. Tenía una hija dedicada entera­mente a los pobres. Pertenecía a la Damas de la Caridad del Gran Hospi­tal: María de Pollalion, el apellido de su difunto marido. En esta fecha tenía 35 años y San Vicente la había escogido, junto con la señora Goussault, para que ayudara a Santa Luisa en la dirección de las Hijas de la Caridad. Es decir, venían a ser las dos Consejeras de la Compañía.

La misión había terminado muy al gusto del padre Vicente, lo cual significaba que todo el pueblo había hecho confesión general. Vicente de Paúl recogía ya sus cosas, cuando se presentó en el salón la señorita Pollalion acompañada de dos jóvenes campesinas de unos 25 años. Se sentaron y la señorita le dijo que aquellas dos jóvenes querían pertenecer al grupo de María Joly que él y la señorita Le Gras acababan de fundar. Hablaron un rato y al fundador le parecieron buenas jóvenes. Pero les indicó que debía consultarlo con Luisa de Marillac.

Al otro día de llegar se lo comunicó a Luisa de Marillac y, sabiendo que las traía la señorita Pollalion, las aceptaron sin más. Una se llamaba Enriqueta Gesseaume, y fue la que mejor impresión causó a los dos san­tos. Era de esas campesinas que no dan importancia a las cosas, vivara­cha y más lista que el hambre. Por ello la pusieron a asistir a los enfer­mos en el Gran Hospital junto a las señoras de la nobleza y a las órdenes de Santa Luisa. Las Hijas de la Caridad no eran las encargadas de aten­der a los enfermos, lo eran las Agustinas Hospitalarias. Las jóvenes de la Cofradía de las Hijas de la Caridad las ayudaban voluntariamente.

Todas las tardes se presentaban en el hospital al lado de las Damas de la Caridad; algunas veces solas. Por estos años el Gran Hospital de Paris había crecido. Era una pequeña ciudad dividida en salas ventiladas por ventanas en lo alto de las paredes. Cada sala tenía dos filas de camas aisladas unas de otras por cortinones. Debajo de cada cama había una vacinilla para las necesidades que se vaciaban en barreños colocados en medio de los pasillos. En algunas salas había un rincón con paja donde solían poner a los incontinentes. No era raro que el hedor fuera insopor­table y que al entrar por las mañanas alguna religiosa se desvaneciera. El Gran hospital tenía unas trescientas camas y en cada cama había dos o tres enfermos. Una de las salas se destinaba exclusivamente para los en­fermos contagiosos.

Mientras las Damas hablaban y catequizaban a los enfermos, sirvién­doles la merienda-cena que pagaban ellas, las Hijas de la Caridad las acompañaban, daban de comer a los enfermos que no podían hacerlo por ellos mismos, fregaban los cacharros, limpiaban las vacinillas y ayuda­ban a las Agustinas cuando las veían apuradas de trabajo.

Éste fue el trabajo de Enriqueta durante cuatro años. A ella y a sus compañeras las dirigía personalmente Luisa de Marillac. Enriqueta tomó cariño a la señorita Le Gras. La consideraba una santa, de tal manera que se dolía siempre que no la tenía presente para que la guiara.

Cuando Luisa salía de Paris, Vicente de Paúl ponía más cuidado en atender a las Hijas de la Caridad, comunicándole a Santa Luisa la situa­ción de sus hijas. En mayo de 1636 Luisa fue a visitar las Caridades de los pueblos durante unas semanas. San Vicente notó que Enriqueta esta­ba continuamente lánguida, pero la avispada María Joly, que había que­dado al frente en ausencia de la señorita Le Gras, consoló al superior diciéndole que unicamente se debía a que Sor Entiqueta sentía más que las otras «la ausencia de Luisa de Marillac».

Sor Enriqueta Gesseaume se había convertido en una Hija de la Cari­dad de las más valiosas. Las Damas, los enfermos y las Agustinas esta­ban encantados con ella por su entrega, su trabajo y su inteligencia poco común. Solo percibían un pequeño defecto: que, a veces, obraba precipi­tadamente sin pensar en las consecuencias; asimismo no daba importan­cia a lo que pudieran decirle, aunque fueran avisos o correcciones. A veces, a solas solía exclamar: ¡Bah, qué bobada!. A pesar de esto, tenía un fondo natural bueno y todos la querían y la estimaban. El mismo San Vicente la conocía bien y la apreciaba.

Las Hijas de la Caridad que trabajaban en el Gran Hospital vivían en el piso de la señorita Le Gras. Cuando en 1636 Santa Luisa llevó la Casa

Madre al pueblecito de la Chapelle, en las afueras del norte de Paris, las Damas alquilaron, cerca del Gran Hospital, una vivienda para las cuatro Hijas de la Caridad que servían en él.

Hacia octubre de 1637 Sor Enriqueta pidió permiso para ir a su pue­blo. Santa Luisa lo consultó con San Vicente, que estuvo no sólo de acuerdo, sino muy encantado de concederle este permiso, con tal de que Luisa de Marillac encontrase a otra Hermana que pudiera sustituirla en el Gran Hospital y lo hiciera tan bien como ella. Y San Vicente, que la conocía muy bien, añadió: «pase lo que pase». Aquí se confundió el Santo. Nunca Sor Enriqueta dudó de su vocación, a pesar de las circuns­tancias tan duras que pasó después. El amor que sentía a su vocación y a la Compañía iba parejo a su entrega a los pobres.

No sabemos si fue o no, pero por estas fechas entraron en la Congre­gación de la Misión (padres paúles) un hermano y un sobrino de Enriqueta, y dos sobrinas, Hijas de la Caridad: Sor Petra Chefdeville y Sor Francis­ca Gesseaume.

En setiembre de 1638 Santa Luisa se la propone a San Vicente para sustituir a Sor Bárbara Angiboust en Saint-Germain-en-Laye. El destino era delicado porque tenía que reemplazar a una Hermana juiciosa y sere­na nada menos que en la Caridad de la Corte, porque había ocurrido un hecho desagradable con otra Hija de la Caridad que después de ganarse a la gente pudiente no quería salir destinada, y porque debía llevar tam­bién una escuelita. Vicente de Paúl dudaba de que estuviera preparada para llevar la escuela, pero accedió a hacer un ensayo. El ensayo resultó. Sor Enriqueta era responsable y muy inteligente.

No se sabe si con permiso o sin él, pero en diciembre del año siguien­te aparece en su pueblo. San Vicente pregunta por ella a su hermano Claudio, Hermano Paúl en la Congregación, y éste le dice que ya va a venir y que vendrá a hablar con Luisa de Marillac antes de volver a Saint-Germain. Por lo menos estuvo en casa más días de los debidos. San Vicente no lo llevó por la tremenda ni consideró la falta superficial. Y mandó a Santa Luisa que la quitara de Saint-Germain.

Sor Enriqueta no sufrió porque no la permitieran volver a su destino. Siempre será una Hermana que no se apega a ningún lugar. Admite que es irreflexiva y que suele obrar con precipitación, reconoce sin impor­tancia su falta y sume contenta el nuevo destino. En él se manifiesta continuamente alegre y responsable, haciendo su trabajo a las mil maravillas. En todos los lugares se ganará a la gente y a los pobres, y todo le parecerá que no tiene importancia.

En agosto de 1641 Sor Enriqueta estaba haciendo los Ejercicios espi­rituales en la Chapelle, la Casa Central de las Hijas de la Caridad, cuan­do la Señorita (así llamaban a Santa Luisa) recibió una carta emocionan­te de Sor María Joly, contándole el trabajo que hacían en Sedán. Luisa de Marillac se la leyó a las Hermanas que hacían Ejercicios, y escribió a Vicente de Paúl que todas las Hermanas escucharon la carta como los soldados esperan el toque de corneta para el ataque, en especial Sor Enriqueta. Emocionada pidió que la destinaran aquel mismo día a Sedán para atender a los pobres destrozados por la guerra. Y Santa Luisa pensó enviarla para sustituir a Sor Claudia, la apocada compañera de María, pero no lo hará porque la necesitaba para otro lugar.

Durante todo el año 1642 Sor Enriqueta, siempre alegre, es el como­dín de Luisa de Marillac. Nunca se queja porque quiere a la fundadora y conoce los problemas que la angustian: Si hay que hacer volver a Sor Catalina, se envía «cuanto antes a Sor Enriqueta»; si de Sedán conviene traer a Sor Gilita se piensa de nuevo en Sor Enriqueta para sucederla; si en Fontenay hay problemas, allá va ella; y se la envía a la Caridad de San Sulpicio a corregir los desórdenes.

El 25 de marzo de 1642 San Vicente de Paúl la escoge, junto con Sor Bárbara Angiboust, Sor Isabel Turgis y otra Hermana para que, con San­ta Luisa de Marillac, hagan los votos por primera vez en la historia de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Era una señal de estima y de con­fianza por parte del padre Vicente, pero también una señal de que estaba firme en su vocación y de que llevaba una vida espiritual segura y com­prometida. Sor Enriqueta se sintió alagada. Reconoció que su vida era una mezcla de luz y de sombra, y el padre Vicente valoraba más las luces que las sombras.

Sin embargo su carácter espontáneo, precipitado y acaso un poco des­carado le ocasionaron varios problemas: enfrentarse a un párroco, y en otra ocasión nada menos que el Procurador General del Parlamento de Paris la prohibió salir, no se sabe de dónde. Sin embargo el prestigio de Sor Enriqueta es tan estimado, tanto entre las Damas de la Caridad como por Santa Luisa, que nadie quiere desprenderse de ella. En 1645 sirve en la Caridad de la Parroquia de San Germán, la parroquia de la Corte. Pero Santa Luisa tiene necesidad de Sor Enriqueta para fundar una Caridad en la parroquia de San Gervasio. Imposible sacarla. Se llega a un acuerdo con las Presidentas de las Caridades: la Presidenta de San Germán se la presta a la de San Gervasio, pero «sólo por quince días». Sor Enriqueta no se enorgullece: ¡Bah, qué más da servir en esta parroquia o en la otra, lo que importa son los pobres!

En la primavera de 1646 vive en la Casa Madre, junto a Santa Luisa. Su talento, su amor a los pobres y su desprendimiento animan y encau­zan a las recién llegadas. A finales de julio de 1646 Luisa con varias Hermanas tomó la diligencia, luego el barco por el río Loira, para ir a presentar a las Hijas de la Caridad en el Gran Hospital de Nantes. La importancia del hospital y de la ciudad merecía la pena que fuera ella misma a hacer la fundación. Estaría ausente de Paris varios meses. Antes de salir para Nantes repartió los asuntos y las tareas entre las Hermanas de la Casa Madre. A Sor Enriqueta le encargó que cada siete o diez días visitara a las Hermanas y la Caridad de San Sulpicio. Sor Enriqueta com­prendió que la Señorita se fiaba de ella y la quería. Sor Enriqueta lo hizo bien y se sentía feliz, en especial cuando leían las cartas que les enviaba Luisa de Marillac y escuchaba que enviaba recuerdos expresamente para ella.

A la vuelta de Nantes, Luisa de Marillac traía una preocupación. La ciudad de Nantes era populosa, repleta de estibadores, marineros y mari­nos de galeotes y barcos de guerra, comerciantes, obreros y mujeres de toda clase de vida. Nantes era el puerto principal del comercio francés con las Américas. Igualmente el Gran Hospital de San Renato encerraba todo un mundo de enfermedades. Las medicinas eran caras y raras. El hospital necesitaba una Hija de la Caridad, no solo instruida en farmacia, sino una excelente farmacéutica que dominara las hierbas y las medici­nas.

Al llegar a Paris habló con Vicente de Paúl y los dos convinieron en enviar allá a Sor Enriqueta Gesseaume. Era la Hija de la Caridad mejor preparada. Había un inconveniente: que era necesaria en Paris para ense­ñar a otras Hermanas. Las Caridades de Paris la necesitaban. Sin embar­go, no podían fracasar en el Gran Hospital de Nantes, por eso la enviaron en octubre. Pero claramente precisaron a los administradores que les pres­taban a Sor Enriqueta sólo por seis meses, hasta que enseñara farmacia a Sor Claudia. Como siempre Sor Enriqueta obedeció y salió contenta. ¡Bah, qué más daba trabajar en Paris o en Nantes, si servía a los pobres!

A primeros de noviembre entró en el hospital, se presentó a los admi­nistradores y comenzó el trabajo de farmacéutica y de profesora de Sor Claudia. A los pocos días los administradores y los enfermos descubrie­ron la joya que les había llegado. Simpática, sociable, responsable y con una inteligencia rápida y segura para componer medicinas. Diez días tan solo llevaba en el nuevo destino cuando uno de los administradores es­cribió a la señorita Le Gras: «En lo que respecta a la farmacéutica, Sor Enriqueta, no espere quitárnosla dentro de seis meses, pues seguramente la necesitaremos por lo menos durante un año».

Así pasaron unos meses en paz y en calma. Sin embargo en el mes de marzo de 1647 le llegaron a Santa Luisa, como un torrente de primavera, cartas del director espiritual de la comunidad, del capellán, de la supe­riora, de las Hermanas. Nantes era un infierno donde estaban enfrentados y divididos el capellán, la superiora y las Hermanas. Se acusaba al cape­llán de dividir la comunidad y considerarla como algo propio. Dos Her­manas unidas a él le hacían regalos y acusaban a la superiora, Sor Isabel Martin, de autoritaria y nada comprensiva.

Sin ser causante del malestar, Sor Enriqueta no puede permanecer al margen. Su carácter precipitado e irreflexivo la empuja a hablar y a to­mar partido, y lo toma en favor del capellán sin detenerse a examinar la situación, únicamente porque las Hermanas no quieren confesarse con él. Y eso a ella le molesta. Su naturaleza la lleva a enfrentarse a la auto­ridad. Ella es así. Los dos bandos la toman como razón de sus derechos.

Tanto Santa Luisa como San Vicente no pueden tolerar una comuni­dad dividida, pero ambos tienen un corazón tierno y paciente, y los dos son prudentes. Cada uno les escribe una carta bien pensada y escrita detenidamente. Envían asimismo a una Consejera, Sor Juana Lepeintre, a pasar Visita Regular y al padre paúl Lamberto a pasar Visita Canónica. El P. Lamberto intuye inmediatamente el alma de Sor Enriqueta: es un alma sin maldad, inocente, que no ha tenido culpa en la inaguantable situación, pero que se ha unido estrechamente al capellán. Por ello la prohíbe todo trato con el capellán. Sor Enriqueta había recibido golpes duros debido a su espontaneidad, pero nunca pensó que pudiera ser causa de la visión de la comunidad que tanto amaba. Quedó preocupada.

En julio de 1648 volvió a pasar Visita el P. Lamberto. Comprobó que Sor Enriqueta había cumplido la orden que le había dejado por escrito y que trabajaba muy bien, sin aspavientos, como una hormiga silenciosa.

Estaba todavía herida por la situación de la comunidad y le pedía que la devolviera a Paris, pero que ella estaba dispuesta a obedecer siempre lo que la Señorita la mandara. Cuando el P. Lamberto se lo comunica a Santa Luisa, esta la destina a Richelieu, pero los administradores de Nantes, que la admiran, se oponen a su destino y Santa Luisa la deja en Nantes.

Ciertamente Sor Enriqueta estaba desanimada. La poca importancia que daba a sus respuestas, aunque fuera en asuntos importantes, se lo juzgaban como respuestas de una mujer contestataria; sus salidas espon­táneas, en las que ella no veía la transcendencia, la catalogaban como una Hermana descarada. Pierde el fervor y abandona la vida de piedad. A pesar de todo sigue trabajando por los enfermos, el sostén de toda su vida.

En abril de 1649, Vicente de Paúl, desterrado de Paris por la Fronda, visita la comunidad de Nantes. Si el P. Lamberto se fijó en lo positivo, en la luz de Sor Enriqueta, San Vicente tropieza de frente con lo negativo, con la sombra, y le escribe a Luisa de Marillac: «Enriqueta es una Her­mana llena de ardor y de caridad, pero poco respetuosa, poco sumisa a la Sirviente, o nada, y molesta al médico y a multitud de personas, y poco observante. Yo pienso que es la causante de la mayoría de los des­órdenes de las Hermanas… Es absolutamente necesario destinarla».

Todos estos golpes van haciendo mella en su corazón. A pesar de su irreflexión natural, se va haciendo más sensata. El amor y el servicio a los pobres la sostienen en una época de crucifixión. Nunca dudó de su vocación y se entrega al trabajo con frenesí y contenta a todos. Cuando el obispo de Nantes, que no quiere «religiosas» que no dependan de él, piensa sustituir a las Hijas de la Caridad por religiosas verdaderas de Vannes, llama a Sor Enriqueta para tranquilizarla y proponerle que se quede, aunque se vayan las Hijas de la Caridad. Pero Sor Enriqueta le responde que ella irá donde vayan sus Hermanas, que ella es Hija de la Caridad hasta la muerte.

Al año siguiente, 1650, la nueva superiora, Sor Juana Lepeintre, pide urgentemente a Santa Luisa que se la quite. Sor Enriqueta sufre. Le pare­ce que no tiene a nadie a su lado. Y casi sin darse cuenta se desahoga con el nuevo director espiritual, un ángel de Dios, dirá Santa Luisa. El direc­tor la comprende y la entiende. Dulcemente la va guiando a donde Dios la llama. También la superiora se da cuenta del valor de aquella Hermana y le escribe a la Señorita que lo que Sor Enriqueta necesita es paz y calma.

Hasta Paris llega el cambio que está dando Sor Enriqueta. San Vicen­te le escribe el 20 de agosto de 1651 nombrándola Hermana Sirviente (superiora) de Hennebont, en Bretaña. La respuesta que recibe el santo le enternece: ella siempre ha estado y lo está ahora a disposición de lo que digan los superiores. Y pregunta cuándo debe salir. Conmovido el supe­rior le responde dejándola escoger: quedarse en Nantes, ir a Hennebont o venir a Paris. Pero ella no quiere escoger su destino: que sea Dios a través de los superiores. Lo que hace exclamar a Luisa de Marillac: «Siem­pre se ha visto en ella firmeza para el bien en medio de sus debilidades». Cuando escribe a la superiora pone una nota cariñosa: «Dígale a Sor Enriqueta, aunque en broma, que ya sólo queda el viaje a Madagascar para poder asustarla».

Sor Enriqueta Gesseaume vuelve a nacer. Siempre tuvo cariño a San­ta Luisa y piensa que ahora la santa fundadora vuelve a ser su amiga; aunque Luisa nunca dejó de estimarla y de quererla. El director espiri­tual está atento a este diamante tallado, aunque cubierto de polvo. Toda­vía tiene un defecto: es expansiva y habla mucho con los de fuera de las cosas internas de la comunidad y esto molesta a las Hermanas. San Vi­cente se lo corrige con dulzura en noviembre de 1653, cuando hay un nuevo cambio de Hermana Sirviente. Pero la Hermana farmacéutica si­gue siendo el orgullo del Gran Hospital de Nantes.

Todo el año 1654 Sor Enriqueta fue feliz sirviendo a los enfermos pobres del hospital. Sin embargo el hospital sufrió cuando se enteró que los superiores habían escrito a la Junta, comunicándoles que traían a Paris a Sor Enriqueta. El grito unánime fue no. Sor Enriqueta no saldría, la necesitaban. Durante meses se cruzaban las cartas entre Paris y Nantes. Nadie cedía, ni los superiores ni los administradores. Los argumentos de la Junta eran fuertes, uno en especial: si Sor Enriqueta no estuviera des­tinada aquí y se la pidieran, conociendo la categoría del hospital en Fran­cia, es seguro que se la enviarían. ¿Por qué, entonces, se la quitan ahora que está allí? Se discutió en el Consejo de las Hijas de la Caridad y se decidió mantener el destino.

Al no poder convencer a los superiores, pensaron doblegar a la Her­mana. Unas veces en particular otras llamándola a la Junta, la ofrecieron los mejores puestos y recompensas si se quedaba en el hospital, aunque fuera de seglar. La respuesta de la «contestataria» era siempre la misma: soy feliz siendo Hija de la Caridad y yo obedeceré siempre a los superio­res.

Pasaron ocho meses y en noviembre los superiores comunicaron el destino a Sor Enriqueta. La Junta culpó de todo a la superiora Sor María Marta Trumeau y a su amiga Sor Renata e hizo el último intento de retenerla: si salía Sor Enriqueta saldrían también la superiora y su com­pañera. Salieron las tres. En noviembre de 1655 llegaron a Paris. Nadie recordaba un recibimiento tan emocionante y tan sencillo. Hasta les pre­pararon el agua para lavarse los pies.

Después de nueve años volvían a verse la señorita Le Gras y Enriqueta Gesseaume. El abrazo fue largo y fuerte. Las dos habían envejecido. Mientras cenaban las tres Hermanas, hablaron de Nantes, pero Luisa de Marillac y Sor Enriqueta hablaron también de los primeros tiempos de la Compañía, cuando Luisa era una mujer llena de vitalidad de 42 años y ella, Enriqueta, una joven de 25. Habían pasado nada menos que veintidós años. Al lado de Santa Luisa estaba escuchando una mujer de 32 años, Sor Juliana Loret. Desde hacía un mes era la Asistenta de Santa Luisa, la primera en el gobierno de la Compañía, después de la Señorita y la que hacía sus veces cuando se ausentaba. Les servía una joven de 24 años, Sor Maturina Guérin, primera secretaria de Luisa de Marillac y de la Compañía. También estaba Sor Bárbara Bailly, 27 años, segunda secre­taria y enfermera de la Casa.

Aquel grupito de los inicios se había convertido en una Compañía de más de 150 Hijas de la Caridad y el peso del gobierno lo llevaban la señorita Le Gras y una nueva generación de jóvenes. Del primer grupo solo quedaban la Señorita, Sor María Joly, ella y Sor Bárbara Angiboust. Las demás se fueron o habían muerto.

Después de unos días de descanso y de hacer los Ejercicios espiritua­les, la destinaron a la parroquia de San Severino. La joven descaradilla, que no daba ni veía la transcendencia de sus respuestas, es ahora una mujer más sensata y más serena, ciertamente siempre llevará consigo la precipitación y la irreflexión, propios de su naturaleza bondadosa y sin maldad. Santa Luisa se fía de ella y en la ciudad su casa es el centro donde se recibe el correo que llega a Luisa de Marillac. A finales de junio de 1658 Luisa de Marillac la envía a pasar Visita Regular a la comunidad de Chantilly.

Sor Enriqueta era la Hermana apropiada para pasar Visita a aquella comunidad; seguramente Santa Luisa lo sabía. Cuando Sor Enriqueta llegó a Chantilly, no le gustó la forma de vida de las Hermanas: no eran muy observantes y descuidaban la vida espiritual. Nantes la había prepa­rado para esta misión. La contestataria había descubierto que solo a poyándose en Dios, una Hija de la Caridad puede superar las dificultades de convivir en comunidad y servir a los pobres.

Mientras Sor Enriqueta estaba pasando Visita a Chantilly, llegó la noticia de la victoria francesa en la batalla de las Dunas sobre los espa­ñoles y la toma de Dunquerque. La victoria fue cruenta y los heridos franceses se contaban por miles. Todos los heridos eran llevados a Calais. La reina Ana de Austria, como lo había hecho en Sainte-Ménéhould, pidió Hijas de la Caridad para que atendieran también en Calais a sus soldados heridos.

Cuando Sor Enriqueta volvió a Paris habían salido ya para el hospital de Caíais cuatro Hijas de la Caridad. Con los calores de verano se decla­ró en el hospital una epidemia que causó casi tantos muertos como la batalla. El trabajo de las Hermanas fue heroico. No daban abasto a curar a los enfermos de unas heridas desconocidas hasta entonces: heridas de armas de fuego emponzoñadas por la pólvora. Agotadas y contagiadas dos Hijas de la Caridad murieron y las otras dos cayeron gravemente enfermas. Pero el hospital las necesitaba y la reina pidió otras cuatro.

San Vicente y Santa Luisa temblaron. Les costaba encontrar Hijas de la Caridad para este servicio. Dos años antes, cuando necesitaban dos Hijas de la Caridad para el hospital militar de La Fére, las dos Hermanas nombradas se le negaron a ir, aunque después se arrepintieron, pero a Vicente de Paúl no le pareció bien obligarlas y envió a otras dos. Para evitar otra negativa San Vicente pidió voluntarias, pero parece que nadie se le ofreció. No es extraño que no encontrara Hermanas. Ellas mismas, antes de entrar en la Compañía, habían comprobado que la mayoría de la tropa estaba compuesta de maleantes, bandidos y gente de mala vida. El número mayor lo formaban mercenarios sin patria ni Dios que se alista­ban con la idea del pillaje que era su único modo de vida; robaban, tortu­raban, asesinaban y violaban. Por donde pasaban todo quedaba en incen­dio y ruina. Algunos pueblos o familiares de las Hermanas podían haber sufrido los desastres de su paso.

El 2 de agosto de 1658 Sor Enriqueta se enteró de la dificultad que tenía su superior para encontrar Hermanas que se ofrecieran para ir a Calais, y sin más, se presentó en el hospital a donde había ido el padre Vicente. Delante de él le dijo con aplomo: Yo me ofrezco para ir a Calais. San Vicente la miró y le preguntó: «¿Cuántos años tienes?». «Unos cin­cuenta», le respondió. El superior pensó que era ya una anciana (cierta­mente para aquel siglo lo era), sin embargo le dijo que volviera al día siguiente, pensando que acaso otras más jóvenes se ofrecerían. Pero nin­guna más se ofreció, excepto dos seminaristas (novicias) y una tercera que acaso también era seminarista.

Al día siguiente, sábado 3 de agosto, bien de mañana, Sor Enriqueta llamaba a la puerta de San Lázaro, residencia del padre Vicente, y pre­guntaba por él. San Vicente la recibió emocionado, le confirmó que la aceptaba y le dijo que iba de Hermana Sirviente del grupo y que saldrían al día siguiente, domingo. Sor Enriqueta volvió a su casa contenta y el padre Vicente quedó recordando a aquella Hermana que había juzgado un poco duramente cuando estaba en Nantes.

El domingo por la mañana Vicente de Paúl habló a los misioneros paúles durante la oración. Emocionado dejó hablar a su corazón: «¡Ofrecerse para ir a exponer su vida como víctima, por amor a Jesucristo y por el bien del prójimo! ¿Verdad que es admirable? Yo no sabría qué decir a todo esto, sino que esas pobres Hermanas serán nuestros jueces en el día del juicio; sí, hermanos míos, esas Hermanas serán nuestros jueces en el día del juicio de Dios… ¡Miserable de mí que no siento o siento muy poca disposición y atractivo por ese grado eminente de per­fección!»

A media mañana Vicente de Paúl reunió a las cuatro Hermanas y delante de Santa Luisa les habló con el corazón abierto: se admiraba y se disculpaba por enviar a unas seminaristas a una misión tan difícil. Inten­tó convencerlas de la eficacia y de la naturalidad de tan singular «novi­ciado». Comprendió que era una audacia volver a enviar otras cuatro Hijas de la Caridad, como si las abandonara en medio de la muerte, y comprendió igualmente el escándalo que ocasionaba en las Hermanas:

«Me parece oír a las Hermanas que se quedan aquí diciéndome: Pero, padre, ¿a dónde van nuestras Hermanas? No hace mucho tiempo que vimos partir a otras cuatro; he aquí que dos han muerto y las otras dos están enfermas y quizá hayan muerto también; ¡y ahora usted manda otras cuatro en lugar de ellas, a las que quizás no volvamos a ver! ¿Vamos a perder a nuestras Hermanas? ¿Qué es lo que va a pasar con la Compañía?».

Esa misma mañana salió Sor Enriqueta al frente de aquellas jóvenes animadas para llegar cuanto antes a socorrer a sus Hermanas. La diligen­cia tragaba leguas. A los cuatro días de viaje (8 de agosto) están tan sólo a unos 90 kilómetros de Calais y tienen que cambiar de diligencia, repos­tar y comer. En la posta se encuentran con una señora que se presenta como la dueña de las diligencias de Calais y que lleva una carta para la señorita Le Gras a Paris. La carta está cerrada con un sello de lacre. Era de las dos Hijas de la Caridad enfermas; la escribía Sor María Poulet y decía:

«Señorita, queridísima madre: Yo la saludo en el amor de nuestro Señor Jesucristo y al padre Vicente y al padre Portail y a nuestras queri­das Hermanas a las que ruego que pidan a Dios por nosotras en nuestras enfermedades. Dudamos mucho que usted sepa la muerte de dos de nues­tras Hermanas, que son Sor Francisca y Sor Margarita. Y en cuanto a nosotras, Sor Claudia hace ya tres semanas que está en cama, y yo, ocho días.

Me asombro mucho de que no nos haya escrito desde nuestra salida de Paris —sí les había escrito, pero la carta no había llegado—. Creo que Dios me aflige por todos los lados; primero privándonos de sus noticias y segundo, con la muerte de mis Hermanas…

Le ruego que se acuerde de mí en sus oraciones. Le pido también que haga saber mi enfermedad a la señorita Bricart, que es mi hermana de leche, y que ella se lo haga saber a su madre. Queridísima madre, le envío una carta de Sor Margarita que escribió un día antes de morir y que prohibió que la viera nadie más que el padre Vicente o el padre Portail.

Les pido perdón al padre Vicente, al padre Portail, a usted, queridísima madre, y a todas las Hermanas. Sor Francisca nos encargó mucho que sobre todo le comuniquemos su muerte a su hermano, que vive en Richelieu, para que pida a Dios por ella».

Ésto es lo que también les contó la dueña de las diligencias. Al escu­charlo las cuatro Hermanas se estremecieron. Rápidamente, sin tiempo para comer, Sor Enriqueta tomó un papel cualquiera y allí mismo escri­bió cuatro letras a Santa Luisa contándole lo que les había narrado la dueña de las diligencias; poco más o menos, lo que decía la carta. En la suya Sor Enriqueta le decía a Santa Luisa una frase que la retrata: «Al diablo, si creen que ésto nos va a desanimar, al contrario, nos duele tardar en llegar para socorrer a las que quedan». Las dos cartas salieron para Paris al tiempo que la diligencia volaba a Calais.

En Calais las dos enfermas parecieron revivir con la llegada de las cuatro compañeras. En el hospital militar todavía quedaban más de 500 heridos y las jóvenes seminaristas y la «anciana» se dieron de lleno al trabajo. En un mes el hospital casi se había vaciado de heridos y las Hermanas pensaban en volver, pero los administradores del hospital las retenían. Tanto trabajo no pudieron soportar las Hermanas y todas caye­ron enfermas, excepto Sor Enriqueta. Sin darle importancia organiza a las enfermas en los hospitales, prepara la vuelta en camillas o literas, y las va enviando a Paris una a una. Ella se queda con la más grave y hasta que no la ve curada no la abandona. Ella es la última en volver. De todo ello le escribe puntualmente a la señorita Le Gras.

La impresión que dejaron en Calais fue de asombro por el sacrificio de aquella aventura. En recuerdo de las dos Hermanas muertas la reina mandó grabar una lápida.

A finales de octubre entraba en la Casa Madre Sor Enriqueta con las últimas enfermas. La alegría, los abrazos y las lágrimas se mezclaron con el dolor de las dos Hermanas que habían quedado enterradas en Calais. Sor Enriqueta recibió las felicitaciones de San Vicente y de Santa Luisa, pero seguramente ella pensaría como la cosa más natural: «¡Bah, qué más da hacer ésto o lo otro si lo importante es servir a los pobres, los miembros dolientes de Jesucristo!».

A primeros de noviembre de 1658 está sirviendo a los galeotes de la Tournelle, donde Sor Bárbara Angiboust dejó un vaho de santidad. Tam­bién ella lo dejó.

De aquí en adelante perdemos el rastro de Sor Enriqueta y no sabe­mos dónde estuvo destinada después ni cuándo murió.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *