En respuesta a tu llamada: Comunidad vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
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COMUNIDAD VICENCIANA

Las Hijas de la Caridad son unas mujeres seglares que viven en comunidad, consagradas al servicio de Dios en la persona de los Pobres.

Son mujeres. La mujer tiene unas enormes posibilidades frustra­das durante siglos por unas limitaciones sociales de todo punto injus­tas. San Vicente tiene conciencia de la carga de prejuicios que la ahoga y se apresta a la lucha para derribarlos. Está sentado ante el telar de la historia para urdir las primeras figuras femeninas extrovertidas, au­daces, apostólicas. Le va a costar jubilar un pasado acartonado de ri­gideces jurídicas. Pero el tiempo en que vive es un poderoso aliado. En el aire del Renacimiento flotan ideas frescas y renovadoras. El será, sin pretenderlo, uno de los grandes pioneros de la emancipación feme­nina. Los siglos posteriores verán asombrados a la mujer soltarse las últimas amarras de su insularismo secular.

11 de julio de 1657. Ante una nutrida asamblea de auxiliares y colaboradoras de sus obras de caridad, San Vicente suelta a volar las palomas de unas palabras nuevas: Debéis abrigar el temor de que es­tas obras lleguen a hundirse y a deshacerse en vuestras manos. Sería una gran desgracia, tanto mayor cuanto que la gracia de Dios, al emplearos en ellas siendo mujeres, es desusada, nueva y excepcional. Hace más de 800 años que lás mujeres no tienen ningún oficio o cargo público en la Iglesia. En un principio existían las diaconisas que se ocupaban de las personas de su sexo en las asambleas cristianas y las instruían en los ritos que estaban’ en práctica por entonces. Pero ‘en tiempo de Carlomagno, por un designio secreto de Dios, dejó de existir para la Iglesia esta colaboración femenina. Las vírgenes consagradas desaparecieron tras la clausura y vuestro sexo estuvo privado de todo empleo o función pública. Que yo sepa, no ha vuelto a tener ninguna otra mi­sión oficial. Pero hoy estamos viendo que la Providencia divina se ha dirigido a vosotras, os ha elegido para suministrar a los pobres todo lo que les falta. Muchas han respondido a la llamada de Dios. Más tarde han venido otras para sumarse a las primeras. Dios os ha cons­tituido madres de los niños abandonados, directoras de los hospitales, encargadas de los pobres de París, distribuidoras de las limonas en pro­vincias, salvadoras de las innumerables víctimas producidas por la guerra y las calamidades públicas. Hasta ahora habéis respondido, gra­cias a Dios, con el ardor y la firmeza que se esperaba de vosotras. Pero tengo miedo de que las cosas vayan por otro camino…

La Compañía fue, desde su amanecer, una escuela de promoción femenina en todos los campos. Primero, al abrir las puertas de la vida comunitaria a unas aldeanas carentes de toda cultura a quienes no se pedía, para ingresar, otra cosa que la firme voluntad de servir a los pobres y de vivir hermanadas unas con otras. Pero después, lenta e in­sensiblemente, se las va liberando de su ignorancia, de su analfabetis­mo. Poco a poco las aspirantes aprenden a leer y a escribir, saludan la ciencia de los números, se ejercitan en todo género de tareas y labo­res femeninas, dominan el catecismo, enseñan a los niños de la escue­la, a las muchachas, a los adultos. Y todo ello, decía San Vicente, porque tenían que ser útiles en todo para el pueblo.

Institucionalmente está sin explotar todavía el enorme caudal emotivo de la mujer. San Vicente pone al servicio de la Iglesia y de la sociedad la riqueza afectiva que de ella se desborda. «Vosotras sois ante todo verdaderas madres. Los pobres todos, los niños particu­larmente, son vuestros hijos. Yo sé de una compañera vuestra que les tenía tanto afecto que no perdonaba trabajos ni penas por ellos, hasta llegar a tenerlos en sus brazos durante noches enteras por carecer de cunas… Sí, a veces encontraréis placer en cuidarlos de tanto como los queréis. ¡Oh!, hijas mías, nunca podrá ser excesivo este afecto. Estad seguras que no ofendéis a Dios por amarlos demasiado puesto que son vuestros hijos.»

Muchas de aquellas humildes campesinas llegaron a ser figuras destacadas en el gobierno de la Comunidad, en la dirección de los hospitales y centros benéficos, en la organización de las Caridades, en la aportación misionera, en las mejoras sociales de su tiempo. La his­toria nos ha conservado el retrato de muchas Hermanas que por su valía adquirieron un relieve extraordinario. A causa de su fina sensi­bilidad, de su honradez, de su capacidad organizadora y administrati­va, San Vicente las prefería a los hombres. «La experiencia nos hace ver que es absolutamente necesario que las mujeres se independicen de los hombres, sobre todo en los asuntos referentes a la bolsa… Des­confío de esa caridad en la que los hombres andan mezclados…» No es menester hacer resaltar el salto gigantesco que supone la promoción de la mujer emprendida audazmente por San Vicente si se tiene en cuenta el contexto cultural, social y religioso de aquel siglo XVII que fue el marco de sus grandes realizaciones.

Son mujeres seglares. Las Hijas de la Caridad surgieron del lai­cado parroquial femenino y llevan el sello de secularidad desde su naci­miento. Ni los votos ni la vida en común afecta para nada a su condi­ción de seculares. Es su marca de fábrica. Está consignada en su partida de nacimiento. Si en el decurso de los años se les fueron «pegando» adherencias extrañas de tipo religoso-jurídico, hoy son las primeras en lamentarlo y en intentar sacudirse de ese sarpullido monjil.

Con el nombre de Hermanas de la Cofradía de la Caridad se de­signaba a las damas de la nobleza que dirigían las Caridades estableci­das por San Vicente en distintas provincias de Francia. Estas señoras tenían a su servicio en cada parroquia donde funcionaba la Caridad un grupo de mujeres solteras y viudas que desempeñaban cerca de los pobres todos los servicios que las señoras no podían. Las damas lleva­ban la dirección y las jóvenes la ejecución. Dos reglamentos coordina­ban y unificaban los papeles de ambas. A los grupos que trabajaban a las órdenes de las damas se los conocía por el apelativo de «Siervas de las Pobres». Todas estaban unidas por el trabajo y el compañeris­mo. Pero había entre ellas acusadas diferencias. Unas jóvenes ser­vían a los pobres benévolamente y por breve tiempo, mientras que ha­bía otras que, desde el primer momento, se dedicaban a este servicio plenamente, sin límites de tiempo ni de lugar. Como era de esperar estos dos grupos se fueron separando, no en el trabajo, sino en su forma de selección, formación y preparación. Los Fundadores consagraban especiales cuidados a las Siervas de los Pobres que deseaban entregarse a ellos de por vida. Hasta el día en que los dos grupos se hicieron autóno­mos. El año 1634 Santa Luisa se instaló con las más decididas y entusias­tas en una casa particular, redactó un reglamento interno sencillo, sus­tancialmente semejante al anterior, se puso a la tarea de formar a las candidatas, enviándolas luego solas o en equipos a las diversas carida­des del país. Aquellas pequeñas células seguían formando un cuerpo o asociación de mujeres seglares exactamente igual que antes. Sólo se distinguían de sus primeras compañeras por su formación específica y por su vida fraterna.

San Vicente deseó siempre para sus hijas un género de vida pró­ximo al mundo. «Las Hijas de la Caridad viven en medio del mundo… Tienen que vivir como los demás… A lo sumo se contentarán con ser tratadas como los pobres a quienes asisten.» Han de tener por lo mis­mo un encanto especial, de modo que estén abiertas a todos, próximas a cada uno. Están obligadas a rechazar todo aquello que las convierta en seres lejanos, superiores, casi míticos. Les es preciso achicar todas las distancias posibles. Esa es la causa por la que ni son religiosas ni pueden serlo jamás. Es la razón por la que no deben adoptar ni costum­bres, ni rasgos ni mentalidades monjiles. Dejando a salvo su condición de consagradas y los elementos esenciales de la vida fraterna, han de acompasar, en la medida de lo posible, la totalidad de su estilo de vida al de las mujeres seglares corrientes. Este ha sido, es y será el secreto de su dinamismo, de su disponibilidad, de su audacia para actuar en medio de la sociedad, revestidas con su única armadura interior: la exacta fidelidad a Dios y a los pobres. «Su claustro, las calles de la ciu­dad; su monasterio, las salas de los hospitales; sus rejas, el temor de Dios; su velo, la santa modestia; su clausura, la obediencia…»

Son mujeres seglares que viven en comunidad. San Vicente no había pensado en ello. Las circunstancias que él llamaba Providencia se lo dieron hecho casi todo. Los acontecimientos desembocaron en un nacimiento plural, colectivo y organizado. La reglamentación vino mucho después, cuando la obra estaba en marcha impulsada por una cabeza y un corazón perfectamente sincronizados. Fue entonces cuando los Fundadores se dieron cuenta de la necesidad de que continuara como había comenzado; por medio de un equipo fraternal con su cuadro de mando y su elenco de constituciones. De sus palabras relativas al asunto se desprenden tres razones fundamentales para que las Hijas de la Cari­dad se agrupen en una comunión de vida:

1.a Este es el mejor medio para cumplir el precepto divino de la caridad. La vida comunitaria, como la vida familiar, les depara la oportunidad de amarse unas a otras a todas horas, en todos los momentos. Por razón de su convivencia y de su proximidad desempeñan el papel de «Prójimo» unas con otras mejor que los pobres que no siempre están al alcance de la mano.

2.a La caridad, o sea el servicio de los pobres, si está organi­zada en los medios y unificada en el fm, como sucede de ordinario en un equipo consagrado, es, sin género de dudas, más provechosa, más eficiente y más duradera.

3.a Porque para aprender a amar a los pobres hay que empezar amando a las compañeras. La caridad es una. Amar a los pobres sin amar sus colaboradoras es una pura ilusión. «¿Cómo vais a soportar a los pobres si no sabéis soportaros a vosotras? ¿Cómo vais a llevarles la paz si vosotras no la tenéis? Caridad, ése es el nombre que lleváis. Caridad, ése es el vestido que os cubre. Un traje que tiene tres partes: arriba, el amor de Dios; abajo, el amor al pobre; y en medio, el amor re­cíproco… Os amaréis como Hermanas que N. S. ha unido con los vínculos de su amor, como Hermanas que ha reunido para su propio servicio por medio de una particular dedicación a las obras de caridad.»

La vida común es el sostén de su vida, el freno de sus fantasías, el estímulo de su trabajo y el dique que contiene un posible activismo intempestivo y desordenado. Pero con tal que no sea un cuadro demasiado severo y rígido, cargado de pormenores y minucias, sino que esté dotado de tal flexibilidad que pueda adaptarse a las exigencias de la Caridad.

Son mujeres consagradas a Dios. Se trata de una consagración que ha sido hecha por medio de un compromiso, de una entrega total, personal y consciente. No son los votos los que la efectúan. Es el producto de una determinación íntima. Es la decisión concluyente de una voluntad enamorada y generosa. Es fruto de una fe profunda y de un amor va­liente. Quien se consagra a Dios lo hace convencido que está realizando la acción más grande que puede realizar sobre la tierra, el acto de culto más hondo y serio que puede tributar a Dios. Por éso toda consagración digna de tal nombre es absoluta y eterna. La verdad siempre será verdad. Lo mejor objetivamente siempre será lo mejor.

El amor es, pues, el dinamismo de la consagración. Ahora bien, el amor tiene dos dimensiones: la dimensión personal que hace refe­rencia a Dios y la dimensión apostólica que apunta al servicio del pró­jimo. Los dos aspectos son inseparables, pero, según las épocas, se acentúa más el uno que el otro. Para las escuelas de espiritualidad del siglo XVII la consagración era la expresión de un amor total y exclu­sivo a Dios. En el lenguaje de aquel tiempo se hablaba de la abnega­ción, del holocausto, del sacrificio. La persona consagrada pertenecía a Dios con toda propiedad. Era una ofrenda exhaustiva de sí. Se le aplicaba la metáfora bíblica de la alianza, del desposorio, del matri­monio. Era esposa de Dios.

Este aspecto de la consagración no ha perdido validez en la actua­lidad, pero se prefiere hacer resaltar sus relaciones con el amor y ser­vicio fraternal. La palabra devoción está desvalorizada. Tiene más sim­patía y audiencia la palabra compromiso porque subraya el riesgo, la actividad, la inserción en el mundo. En este sentido San Vicente se adelantó a su siglo. Dentro de la fe en Cristo él nunca disoció su Obra de su Persona. Adherirse a Cristo es colaborar con El y su Iglesia. Tra­bajar en su Obra es esencial al amor de su Persona. De este modo se adelanta a colocarse en la misma línea de la moderna pastoral, enfática de sociología. Pero también está en desacuerdo con ella porque ha caído en la flagrante inconsecuencia que supone trabajar en la Obra de Cristo sin tener relaciones íntimas, directas y profundas con su Persona. La pastoral de hoy, al querer prevenirse contra una vida interior des­carnada, se ha corrido hacia el extremo opuesto buscando la activi­dad por sí misma, como si Cristo no fuera más que sinónimo de justicia, cultura o promoción social. Para San Vicente ser cristiano no es adhe­rirse a ciertos valores fundamentales, sino a la persona de Cristo sin el cual esos valores no son más que palabras llenas de sororidades re­tóricas.

Son mujeres consagradas al servicio de los Pobres. El amor a Je­sucristo a quien ellas se han consagrado es la bella, fuerte y penetrante realidad de su vida. Pero como este amor, de ordinario, no roza siquiera la piel de la sensibilidad, se corre el riesgo de vivirlo sólo a nivel teórico y de convertirse por tanto en una pura ilusión. San Vicente les ha ense­ñado que, si es auténtico el amor a Cristo, iluminará sus corazones para verle con luz meridiana en la persona del Pobre. El amor al Pobre es el signo, el baremo, el contraste y la evidencia del amor a Cristo. Es incuestionable que todo cristiano tiene que encontrar a su Dios en el prójimo. Una esposa encuentra en su marido prójimo a quien ha de amar. Una madre en sus hijos. Una Hija de la Caridad lo encuentra en ese ser humano, universal y heterogéneo que se llama el Pobre.

La espiritualidad de una Hermana parte del pobre y tiene como meta el pobre. Su caridad fraterna tiene un matiz del que carece la de las demás religiosas. En el claustro la caridad empieza y termina en la comunidad. En la Compañía desemboca en el pobre. La armonía co­munitaria redunda en un servicio más puntual y esmerado de los nece­sitados. San Vicente llega al extremo de redactar una norma que hoy resulta impracticable: «Tendrán ellas solas el cargo de los pobres, sin que se les pueda asociar ninguna otra mujer, a fin de que por la mutua unión y tolerancia estén los pobres mejor servidos.» Cuando les pide que trabajen en su propia perfección, que vivan en pobreza, castidad y obediencia no es para que imiten a las religiosas, sino para servir a los pobres exactamente lo mismo que Cristo. «A medida que traba­jamos en nuestra perfección interior aumentamos nuestra capacidad de amar y de servir a los pobres.»

Este servicio no es completo si la Hermana no se identifica con los pobres en lo íntimo de su ser. «¡Oh, Hermanas, qué felicidad! Dios mismo os confió el cuidado de los pobres y por lo tanto debéis porta-ros con ellos según su voluntad, compadeciéndolos en sus miserias, sin­tiéndolas en vosotras mismas, como aquel que decía: soy perseguido con los perseguidos, maldito con los malditos, esclavo con los esclavos, enfermo con los enfermos…» San Vicente quiere que todas posean una gran capacidad de asimilación a los pobres, no desde fuera, sino desde dentro, viviendo con ellos, compartiendo incluso su existencia, amándolos porque son pobres, aceptándolos como son. El fue, como Cristo, un hombre realista. Fue directamente a los pobres de su tiempo. Los amó así tal como eran con su incultura, con sus formas groseras, con sus rasgos repugnantes. Se mezcló y vivió con ellos. No le gustaban, pero los amó más de lo que merecían, por Dios los amaba gratui­tamente también. Los distinguía con un trato lleno de respeto y corte­sía. No dejó sin respuesta ninguna miseria corporal de cada persona, pero quiso promocionar a toda la clase baja de la sociedad con medios absolutamente inéditos para su tiempo. Su característica más sobresa­liente era la exquisita sensibilidad que tenía para descubrir al pobre y la rapidez de inspiración para concretar una respuesta adecuada a sus necesidades.

San Vicente se propuso socorrer la miseria de su tiempo. No tanto la pobreza corriente como la pobreza mayor. Si ocupó un lugar cons­picuo entre las grandes figuras de su época fue para orientar a los po­derosos hacia los pobres, fue para pedirles su ayuda, su colaboración y su dinero para atender a los más necesitados. En el reglamento que escribió para las Damas de la Caridad en 1617 hay una cláusula en la que se descubre el alma entera de San Vicente, toda su delicadeza espi­ritual: «No se olvidarán nunca de empezar por los que tienen familia, dejando para lo último a los que no tienen a nadie a fin de detenerse con ellos el mayor tiempo posible.» Estas palabras son decisivas y reve­ladoras. Las Hijas de la Caridad, para responder a la inspiración caris­mática de su Fundador deben elegir en primera instancia a los más po­bres, a los más abandonados, a los más desheredados material y espi­ritualmente. No hay que separar estas dos últimas palabras, porque in­dican que hay que ir con más urgencia allí donde nadie va, allí donde nadie quiere ir. Si otras comunidades desean relevarlas, si los organis­mos estatales quieren tomar los menos pobres a su cargo, deben ce­dérselos, dejarles el puesto para acudir al socorro de los que no tienen nada, de los que no tienen a nadie que se ocupe de ellos.

Es obvio que esto, en la mente del apóstol de la caridad, no supone el abandono, ni menos el desmantelamiento de los puestos actuales. Lo que quiere significar es que a la hora de la revisión, en la alterna­tiva de la opción y en igualdad de circunstancias, las Hermanas deben acudir a los sitios de urgencia, a las posiciones avanzadas de la miseria, del abandono y del sufrimiento.

«El espíritu de las Hijas de la Caridad consiste en consagrarse a Dios para amar a N. S. y servirle corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, ya en su casa ya fuera de ella, en educar a las jóvenes pobres, a los niños y en general a todos los que la divina Providencia les envía… Ellas no son de aquí ni de allí, sino de todaspartes en donde Dios las quiera… Irán alegremente adonde se las man­de… adonde los pobres las reclamen…»

«Vuestra principal misión, lo que Dios espera particularmente de vosotras es que tengáis un gran cuidado de servir a los pobres, nuestros señores. Sí, hijas mías, ellos son nuestros amos. Por ello debéis tratar­los con dulzura y cordialidad, pensando que para esto os ha llamado y reunido Dios… Al decir esto me parece que las coronas y los imperios son como el barro de las calles en comparación con vuestras cofias blan­cas destacándose entre las gentes que pasan a vuestro lado… De pobres jóvenes os habéis convertido en grandes reinas…»

El servicio del pobre configura la formación, la espiritualidad y la vida toda de la Hija de la Caridad. «Practicáis la pobreza porque así os asemejáis a ellos… Sólo tenéis derecho a lo estrictamente nece­sario, lo demás pertenece a los pobres.. Debiéramos incluso vendemos a nosotros mismos para sacar de la miseria a nuestros hermanos.» «Vuestra oración debe orientarse hacia los pobres… Sabed hijas mías, que cuando dejáis la oración o la santa Misa por el servicio de los po­bres, nada perdéis, puesto que servir a los pobres es ir a Dios. Debéis verle en sus personas… Se os señalan unos momentos para el rezo del Rosario separados unos de otros a fm de que no gastéis en él demasiado tiempo en detrimento del que debéis consagrar a los pobres… Si ellos os necesitan dejad la lectura o cualquier acto de comunidad, porque ellos son la Regla suprema… Hay que acudir a las necesidades de los pobres como si se tratara de correr a apagar un incendio…» «Vuestros sacramentos deben inflamaros a vosotras primero para atraer después a los demás con el calor de vuestra caridad y de vuestros ejemplos…» «La caridad está por encima de todas las reglas: hay que hacer lo que la caridad exija. El tiempo de las Hijas de la Caridad no les pertenece, se lo deben a los pobres… Si lo perdéis, por poco que sea, los pobres se resentirán de ello…»

CONSAGRACION —VINCULACION— VOTOS

Consagración. Todo lo que las demás religiosas intentan conse­guir con la profesión solemne de sus votos lo alcanzan las Hijas de la Caridad con el hecho simple, pero irrevocable, de darse al servicio de los pobres en la Compañía. El acto sencillo de solicitar el ingreso y de recibir la respuesta afirmativa tiene para ellas el significado de una consagración definitiva y total. Sus efectos sólo son de orden teologal, no de orden jurídico. La entrega total, ya lo hemos dicho, es la frase que repite San Vicente una y otra vez, martillando sin cesar en el yunque de sus palabras, como un forjador incansable: «Hermanas, es preciso en­tregarse a Dios… daos a Dios para llevar a cabo esta obra… démonos a Dios para practicar esta virtud…»

Para San Vicente las Hijas de la Caridad no son religiosas, ni en el sentido social ni en el sentido jurídico de la palabra. Pero su modo de vida tampoco es una forma rebajada de la vida religiosa. No quiso que fueran religiosas porque su vocación les exige una absoluta dispo­nibilidad para «ir por todas partes», para «vivir en medio del mundo», para «ir al encuentro de los pobres y estar con ellos donde se hallen…» Pero esta enorme flexibilidad reclama, según él, una santidad todavía mayor, un amor, una dedicación y una entrega más absoluta que la que recaba la clausura. Si las monjas están en estado de perfección, «las Hijas de la Caridad están en estado de Caridad», en perfección de ser­vicio a•Dios y la caridad hacia Dios se profundiza y se enriquece por el servicio del prójimo, según las palabras de Cristo: «lo que hacéis al más pequeño de los míos, a mí me lo hacéis». El servicio del pobre sitúa a las Hermanas en el mismo núcleo de la vida consagrada. Es, por lo tanto, un servicio «religioso», del mismo orden que la oración, la liturgia de las Horas o la liturgia sacramental o cualquier acto del culto oficial.

La vida consagrada de las Hermanas es una vocación de amor. No se entrega a las obras de caridad y al apostolado con el fin de santificar­se. Esto sería hacer de la caridad un medio. Se santifican practicando la caridad. La práctica de la caridad es la santidad. Como lo es para otros la oración, la contemplación, la vida litúrgica. Son dos caras de una misma moneda; dos aspectos de la misma realidad.

La Iglesia confía el ejercicio de la contemplación a los que han recibido el don de la vocación a la vida contemplativa. La vida contem­plativa es una función esencial de la Iglesia peregrina que tiene el deber de hacer presente en el tiempo, por medio de algunos de sus miembros, la forma definitiva que adoptará toda ella por entero en el Reino futuro.

El servicio de los pobres es así mismo un ministerio que la Igle­sia confía a los que han recibido del cielo esta invitación. La actividad caritativa ejercida exclusivamente es parte de la vida de la Iglesia y consustancial a su misión en el mundo. Esta actividad se la ha enco­mendado Dios a su Iglesia y la Iglesia a las Hijas de la Caridad. En cada Hermana dedicada a sus pobres concretos está toda la Iglesia cuidando al Pobre universal y desempeñando un cometido sin el cual no tendría razón de ser sobre la superficie del Planeta.

Vinculación a la Compañía. La consagración es un acto totalmente íntimo, personal, perteneciente al fuero interno. Dios y el hombre son las dos partes contratantes. La vinculación a la Compañía, como es ló­gico, tiene que revestir una forma externa, visible en la que esté signi­ficada la doble alianza que se establece entre la persona y la sociedad que la recibe. Es un contrato bilateral en el que todo se compromete a dar a cambio de recibirlo todo. Por ambas partes hay una entrega to­tal de derechos y obligaciones. Las notas características de la vincula­ción son exactamente las mismas que las de la consagración, hecha la salvedad del signo externo. Hay una vinculación inicial que puede variar con los tiempos. De ordinario en la Compañía ha tenido lugar a la sali­da del Seminario, después que ha finalizado la temporada de la prue­ba. La mutua aceptación se ha manifestado exteriormente con el rito sencillo de la investidura del Hábito. Es costumbre también que la Hermana suscriba un documento en el que constan sus compromisos con el Instituto.

La vinculación es gradual. No en el plano de la intención, sino en el del conocimiento y del amor. A medida que el tiempo transcurre, el aire familiar, la espiritualidad vicenciana, el carisma específico, la uni­dad plural de las obras van mostrando a la interesada todo su en­canto humano y sobrenatural y se van apoderando poco a poco de su inteligencia y de su corazón.

Es total. Dimana de la consagración que engloba y totaliza toda la persona, la compromete por completo, la penetra hasta sus raíces pro­fundas. La vinculación es la forma externa con que se realiza la con­sagración interna, el cauce, el vehículo, la horma institucional de una decisión completamente libre.

Es perpetua. Desborda la temporalidad de los votos. Cuando éstos no existían aun existía en los Fundadores y en las primeras Hermanas la certeza de que la entrega era perenne. «No recibimos a las jóvenes que no quieran vivir y morir en la Compañía.» La frase de Santa Luisa no deja lugar a dudas. Para San Vicente la continuidad de las obras exi­ge de la Compañía y de cada uno de sus miembros una fidelidad abso­luta. «Algunas jóvenes y viudas del campo a quienes Dios ha inspirado dedicarse al servicio de los pobres, ayudan a estos menesteres a las Señoras de la Caridad. Sin embargo, para asegurar la supervivencia de la Caridad se ha pensado en vincularlas en una Sociedad distinta e independiente para honrar la caridad de N. S. asistiendo a los pobres.»

La vinculación se establece sin reservas ni condiciones. Las Hijas de la Caridad no se pertenecen ni individual ni colectivamente. La Com­pañía pertenece a Dios y al mundo. «Así habéis de portaros para ser bue­nas Hijas de la Caridad, para ir adonde Dios quiera que vayáis: al ejérci­to, a las Indias, adonde quiera que os pidieren. Id, enhorabuena. Sois Hijas de la Caridad y debéis ir. N. S. ha fundado para Sí, más que para vosotras, una Compañía de la cual sois miembros. Por eso os llamáis Hijas de la Caridad, que es tanto como decir hijas de Dios… Estad pron­tas para aceptar todos los oficios que la divina Provindencia quiera con­fiaros. Nunca os recomendaré bastante lo que os digo, porque éste es vuestro fin…» La compañía, por tanto, no tiene obras determinadas, fijas, estables. Tiene un fin. Las obras decaen, mueren, se transforman. El fin permanece inalterable. Ella mantiene en este fin clavados los ojos, abiertos los brazos y fijos los pensamientos. Explora, como un faro in­termitente, la superficie del tiempo en que vive para descubrir las necesidades de la Iglesia, del mundo y de los pobres, y organiza después sus efectivos.

Es una vinculación a una Compañía de vida apostólica, fraternal y común. Hoy se habla más de la vida fraterna que de la vida común. El viraje de la terminología señala un cambio de mentalidad. Las jó­venes que se vinculan a la Compañía desean encontrar grupos de convi­vencia a escala humana en donde cada una sea reconocida como per­sona; que se tengan en cuenta sus valores propios; que se respete su intimidad; que se las ame como hermanas y no como compañeras de ca­mino a quienes hay que admitir y soportar. Desean el intercambio, el diá­logo y la participación a todos los niveles. Pero, en rigor, si apartamos el estilo literario de nuestros días, aparecerá en todo esto el cuño vicen­ciano. El «no amarse sino en Dios», por ejemplo, admite hoy esta traduc­ción: preocuparse por edificar la caridad fraterna sobre la base de una verdadera amistad

Los votos. Historia. Los votos y la misma existencia de la Com­pañía tienen su punto de arranque y su explicación en el voto que hizo San Vicente en 1616 de consagrarse al servicio de los pobres. Santa Luisa tenía en alta estima la práctica de comprometerse con Dios por medio de algún voto. Para ella, educada en la espiritualidad de su tiempo, el voto tiene un gran valor religioso y moral. Duplica el mérito y la eficacia del bien. La obra marcada con el voto pasa a ser un acto de religión. La voluntad oscila menos en la línea de la virtud. Ella pro­pendía al compromiso del voto porque desconfiaba de sí misma y bus­caba en él su seguridad interior.

Consta que hizo cuatro clases de votos. Corresponden a las cua­tro principales etapas de su vida. Siendo muy joven hizo voto de entrar en las Hijas de la Pasión. A juicio de su confesor, dicho compromiso carecía de validez, por lo que,. a instancias familiares, consintió en casar­se, no sin escrúpulos, sintiendo una vaga y dulce añoranza de la vida religiosa. Una vez casada, hizo voto de permanecer viuda en el caso de que su marido falleciera. En efecto, muerto éste de una manera prema­tura y violenta, desestimó las pretensiones de parientes y amigos que le sugerían un segundo matrimonio y renovó su voto de viudedad.

Cerca de diez años llevó, como de la mano, a la naciente Comuni­dad. La pequeña Compañía daba, bajo su dirección y la de San Vicente, los primeros pasos en la Iglesia de Dios, sin las andaderas de los vo­tos tradicionales. Ella era feliz «siendo toda de Dios, haciéndose una cosa con El en el tiempo y en la eternidad». Así puso en marcha aque­llos sorprendentes grupos de jóvenes comprometidas, ágiles y arries­gadas. El cumplimiento de su misión caritativa equivalía adecuadamen­te a los votos religiosos en relación con la perfección evangélica. Las Hijas de la Caridad, decía San Vicente, si bien no tienen votos no de­jan por eso de estar en estado de perfección, ya que estan obligadas por su método de vida a practicar las virtudes de la pobreza, de la cas­tidad y de la obediencia.

Pero Santa Luisa, aunque estaba persuadida de que los votos no eran indispensables para el nuevo Instituto que ella capitaneaba, los juzgó útiles para su persona. Por lo cual el 25 de marzo de 1642, con la aquiescencia de San Vicente, y en unión de otras cuatro compañeras, hizo los cuatro votos que hoy emiten todas las Hijas de la Caridad. Ella inauguró una tradición que no ha sufrido menoscabo. Pero antes de pasar a las Constituciones como materia legislable, fueron los votos un tema muy cuestionable, origen de fuertes polémicas, un problema cuya solución quedó durante años abandonada a la iniciativa de cada Her­mana. Y lo que en un principio fue excepción se fue convirtiendo al paso de los años en una práctica general. Algunos historiadores pien­san que Santa Luisa y sus cuatro compañeras hicieron los votos a per­petuidad. Las que luego las fueron imitando sólo se comprometían para un año. Y ésta es la práctica que ha prevalecido. Hay una fecha en el calendario que señala el principio y el ocaso de estas sagradas pro­mesas: el 25 de marzo. La consagración a la caridad sobrepasa todos los límites del espacio y del tiempo, pero la vigencia de los votos limi­ta con la fiesta anual de la Encarnación del Señor.

Los votos en la Compañía. No añaden nada sustancial a su fin específico ni cambian su carácter peculiar. Una mujer no entra en la Compañía para hacer los votos. Entra porque se siente llamada a seguir a Cristo y a servirle en la persona de los pobres. Esta es su intención fundamental, su vocación. Es en la vivencia y fidelidad a esta vocación donde descubre la pobreza, la castidad y la obediencia como medios que facilitan el camino de su amor y de su servicio a Cristo y a los pobres. No es primero una mujer consagrada y después una Hija de la Caridad, sino que resulta consagrada al vivir su vocación de Hija de la Caridad. Es la misión lo que da origen a la Institución y no viceversa.

Los votos que se emiten, las reglas que se observan sólo existen en función del fin específico que es el servicio de los pobres. El con­cepto que se tiene de una. Hermana no debe arrancar de su comporta­miento frente a las estructuras principalmente, sino de su amor a los pobres y de su sentido apostólico. Es un error hacerla primero perfec­ta y enviarla luego a las obras. Porque es inmersa en las obras donde se santifica y perfecciona. Es en el contacto inmediato con la miseria como descubre las exigencias de la pobreza. Es a la vista del amor pro­fanado como llega a valorar el amor consagrado. Es frente a la servidum­bre del desenfreno como » comprende la libertad que proporciona la obediencia. Los votos, las reglas, la vida común no pueden ser frenos que tiene que tascar ni muros que le opriman y sofoquen, sino estímu­los para derrochar energías, alas para transportarlas, pautas para en­cauzarlas y medios para fecundarlas. Son la caricia del agua para la gravidez de la semilla y de la flor.

Hoy comprendemos que la vida consagrada no existe en sí mis­ma de un modo abstracto. No es un. molde. Es una forma concreta, original y distinta de todas las demás, como nacida de un carisma dife­rente. Evidentemente toda vida consagrada es portadora de unos ras­gos comunes en cualquier instituto porque todas tratan de vivir radi­calmente el Evangelio. Por eso encontramos en todas las comunida­des elementos coincidentes, como la oración, la vida común, los consejos evangélicos… Pero estos ingredientes de la vida consagrada tienen el color, el sabor y la forma del carisma que dio origen a la Institución. No existe la pobreza en sí misma, por ejemplo, sino la pobreza de San Fran­cisco de Asís. No existe la castidad, sino la de San Ignacio de Loyola. No existe la obediencia, sino la de San José de Calasanz. No existen los votos, sino los de las Hijas de la Caridad…

Valor teológico. Aunque en los comienzos, el compromiso de las Hermanas no llevaba consigo ningún género de votos, no quiere de­cir que era de inferior calidad, ya que tenía como ideal, como punto de mira la persona de Jesús, su vida y su doctrina. Los votos posterio­res no modifican en absoluto este compromiso inicial. A lo sumo le añaden un matiz más sagrado.

Los votos durante los doce primeros siglos de la Iglesia ofrecían a los cristianos comprometidos una dimensión más bien vertical. Se consideraban como parte de ese dinamismo espiritual que se adquiere en el bautismo que nos sepulta en la muerte de Cristo y nos sumerge en la vida de Dios. Los votos ratificaban, afianzaban, elevaban la entrega total a Dios hecha en la fuente bautismal. Los teólogos del siglo doce entrevieron ya la conexión orgánica entre los votos y la vida apostólica. Fue San Vicente quien vio meridianamente la trabazón indisoluble entre la elevación teologal que suministran los votos y el lanzamiento apostólico que envuelven. Hay una frase suya que lo explica: «no me basta amar a Dios si mi prójimo no le ama también». Por eso en las Hijas de la Caridad la dimensión teologal y la dimensión apostólica de los votos se identifican. «Darse enteramente a Dios para el servicio de los pobres… Vuestro estado es el mismo en el que puso Dios a su divino Hijo que dice de sí mismo: me ha enviado a evangelizar a los pobres. Motivo de gran consuelo: encontrarse en el mismo estado en que se en­contraba N. S; hacerlo de la misma manera que El lo hacía, sirviéndose de los mismos medios, practicando las mismas virtudes contrarias a las pasiones humanas, como son la pobrezá, castidad y obediencia… Todos los cristianos están obligados a servir al prójimo, pero al mismo tiempo tienen otras obligaciones que les impiden entregarse totalmente a este servicio. Dios os ha llamado a vosotras a una profesión en la que no tenéis otra cosa que hacer. Podéis hacer este servicio al prójimo incom­parablemente mejor que las señoras más distinguidas y opulentas del mundo, porque éstas dan sus bienes, que son nada en parangón con lo que dais vosotras que es la vida entera…»

El dinamismo de los votos de las Hijas de la Caridad proviene de los Evangelios leídos en la perspectiva de San Vicente que ha descu­bierto en él la llamada del amor, pero de un amor único e indivisible que en un mismo movimiento va a Cristo y a sus miembros abando­nados.

Valor jurídico. Los votos de las Hijas de la Caridad son privados, pertenecen al fuero interno. El hecho de que su dispensa esté reserva­da al Papa y al Superior General es un privilegio puramente externo y no afecta a su naturaleza. «Son como los que una persona devota puede hacer en el mundo.»

La primera fórmula de los votos, escrita seguramente por Santa Luisa bajo la supervivencia de San Vicente, contiene unos compromisos privados y anuales. El mismo Fundador escribe el 22 de octubre de 1650: Si vais a ver al señor Obispo de la ciudad le debéis asegurar que queréis vivir ahí enteramente bajo su obediencia, que os ponéis a sus órdenes para el servicio de los pobres, que os hemos enviado para eso. Si os pregunta: ¿haceis voto de religión? decidle: ¡oh!, no, señor, nosotras nos entregamos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras para un año. En una conferencia del 12 de noviembre de 1653 refiere: Sor Juana que es la Hermana Sirviente de aquella comunidad le dijo muy bien al señor Obispo: Monseñor, los vo­tos que hacemos no nos convierten en religiosas porque son votos sim­ples, como los que pueden hacer las buenas mujeres que viven en el mundo…

Valor sicológico. «Vuestros empleos son tan diversos, amplios y penosos; disipan, desagradan y exponen a tantas vicisitudes que es difícil que perseveréis si no existe en la Compañía algún lazo que garantice vuestra estabilidad.»

Los votos, por lo tanto, tienden a vigilar, a profundizar y a fortale­cer la dinámica de una persona que ha oído la palabra de Dios y se es­fuerza por responder adecuadamente a la llamada divina. Son el apoyo de una voluntad siempre sincera y siempre vacilante. Su ca­rácter privado es un recuerdo constante de que la vida bautismal y con­sagrada no es cuestión de observancias, ritos y fórmulas, sino, ante todo, una cuestión personal, de conciencia, de donación íntima y cons­ciente. Los votos son un medio, entre tantos, que nos ofrece la Iglesia y la comunidad para crecer en el amor del Padre y de los Hermanos. Algo que da seguridad a nuestra andadura, seguridad a nuestra consa­gración, equilibrio a nuestra libertad, solidez a nuestra vocación y consistencia a los vínculos que nos ligan a la Compañía.

RETORNO A LAS FUENTES

Hablando a las Hijas de la Caridad, San Vicente rara vez emplea la palabra fin que podría dar la impresión de un proyecto trazado de antemano. Prefiere utilizar otros términos, como vocación, espíritu, voluntad o designio de Dios. Para él sólo Dios es el verdadero inspira­rador y fundador de la Compañía. «Dios inspira suavemente el bien que quiere realizar a las personas elegidas. Y éstas lo llevan a cabo insensiblemente, casi sin pensar en ello. Así es como ha establecido la Compañía. No se inició Ion ningún designio consciente por nuestra parte, sino que El quiso que las Hijas de la Caridad le sirviesen así. Las suscitó El mismo imperceptiblemente. Y aunque se sirvió de nosotros, ignorábamos lo que pretendía.»

En efecto, cuando funda en Chatillón la primera Caridad no sabe cuán lejos va a llegar. Es un comienzo demasiado modesto e insig­nificante que nada deja adivinar. Es una pequeña experiencia cuyos felices resultados le obligan a repetirla en otros lugares. Camina despa­cio, paso a paso, atento a los acontecimientos, sin oponer resistencia, pero tampoco quemando etapas precipitadamente. En su corazón sólo palpita un sentimiento: la caridad de Jesucristo hacia los pobres. Esta es la premisa de su actividad. Esta es su inspiración, su carisma. La mi­seria en todas sus formas se le va revelando monstruosa y alucinante. Es un clamoreo bronco que brota de todos los desheredados de la tierra. Su grito desgarrador reclama una respuesta’ inaplazable. Los éxitos iniciales le orientan sobre el plan a seguir. Son años de tanteos, de ensayos, de avances y de rectificaciones. «La Caridad de Jesucristo le apreniia.» La Providencia le precede, le acompaña y le sigue. Confía en Ella plenamente, pero se sirve de todos los medios humanos posibles y lícitos, como si el resultado dependiera de ellos. Llegado el momento pone en marcha la complicada máquina de las Instituciones. Primero es la Cofradía de la Caridad. Las Damas aportan a la empresa naciente su corazón, su dinero y su influencia. Dieciséis años después son las Hijas de la Caridad, ayuda y complemento de las Señoras en un princi­pio, pero agrupadas más tarde en un grupo o Instituto completamente autónomo. Sobre estos dos ejes hace girar en los años sucesivos el abigarrado sistema solar de sus obras en favor de los pobres.

Durante este proceso fimdacional San Vicente está siempre atento a las sugerencias del Espíritu Santo. Tiene prisa, pero no se impacienta, no se precipita, no se adelanta a la Providencia. Permanece a la escucha de su voz, la sigue paso a paso. De este modo cimenta su Obra sobre granito y le confiere solidez y perennidad.

Está atento a la llamada del Pobre. A este respecto se coloca sobre la misma línea de Cristo. Cristo vivió como un pobre, pero sin excesiva pobreza. Entró en la vida humana compartiendo la suerte de esa masa de hombres en los que nadie se fija; en los que trabajan humildemente día tras día; en los que no tienen influencia, ni cargos, ni relieve social; en los que llevan una vida sin horizontes dejando a tiras su piel en el trabajo. En esta vida entró Jesús por su nacimiento. En esta vida fundó su Reino. También la cuna de San Vicente se meció sobre el infortunio y la desventura de esta misma clase social, pero desertó de ella en alas de la ambición para encaramarse a las nubes blandas y doradas de la vida burguesa. Un buen día los pobres, los suyos, le salieron al encuentro en un nuevo camino de Damasco. Los vio en toda su cruda realidad y se convirtió a ellos. Ya no los pudo dejar. Fue un divino descubrimiento y una dolorosa pesadilla. Llenaban todo el mundo. Eran la mayor y mejor parte de la humanidad. Carecían de todo y no pedían casi nada. Ocupaban el ínfimo peldaño de la escala humana, pero eran la más auténtica representación de Dios. En ellos Cristo volvía a sufrir, a llorar, a morir injustamente. San Vicente no sólo oía el grito estriden­te de sus necesidades, sino que empezó a percibir la voz ahogada de sus miserias secretas. Y para remediarlas se multiplicó hasta el infini­to en los brazos y en los pies de sus colaboradores, clérigos y segla­res, pudientes y humildes, hombres y mujeres.

Está atento a los acontecimientos. No es amigo de adobar teorías preciosistas, de dar soluciones tajantes y coactivas, de redactar primoro­sos reglamentos elaborados «a priori». Sólo después de muchos años de prácticas, ensayos y experiencias se decide a confeccionar unas nor­mas llenas de madurez y de sentido común. Las Reglas son el espalda­razo fmal de la eficacia. Buena parte de sus cartas y conferencias es para poner a sus huestes en guardia contra la precipitación y la impaciencia. Adopta sistemáticamente la costumbre de consultar a los especialistas más calificados. Antes de que se hablara del valor del diálogo es el hom­bre de la pesquisa, de la encuesta, del sondeo de opiniones, de la infor­mación «porque, de ley ordinaria, Dios quiere salvar a los hombres por medio de los hombres».

Está atento a las personas. No funda obras. Funda comunidades vivas y flexibles de personas a las que comunica su ideal, su carisma: la caridad de Cristo hacia los pobres. Las obras nacen, viven y mueren al compás de los tiempos y de las necesidades de los pobres. El ideal es eterno. Las obras y las instituciones no se sostienen sino por medio de unas personas entusiastas, generosas, selectas. Por eso trata a las Her- _ manas con respeto y cariño. Deposita en ellas su confianza. No las abruma con reproches ni censuras. Procura que respiren un clima de paz y de alegría. Forma con ellas pequeñas colmenas de oración y de trabajo. Les muestra la grandeza y la belleza de su vocación. Logra in­troducir bajo la sedosa envoltura de su feminidad el coraje, la audacia, el amor al riesgo y a la aventura. Muchas Hermanas formadas en su escuela cruzan la barrera del miedo y dan su vida por los pobres, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Está atento a la historia de la Iglesia. No para calcar sus insti­tuciones sobre las formas tradicionales, sino para escribir con ellas un capítulo enteramente original. Le gusta repetir que su Compañía es algo nuevo en la Iglesia, algo insólito que no podía menos de producir admiración, de causar extrañeza, de suscitar la polémica, de provocar el escándalo. La santa rebeldía de San Vicente quiebra muchos mol­des y estructuras seculares. Sus Hijas de la Caridad son mujeres con­sagradas que entroncan directamente con las que servían al Hijo de Dios y a los Apóstoles, saltan alegremente dieciséis siglos de clausura femenina, hacen caso omiso de rejas, votos y hábitos, sacan fuerza de su supuesta flaqueza, se aprestan a la lucha, se colocan en la vanguar­dia apostólica, penetran en el mundo repugnante de la miseria y llevan visible, como una bandera, la bondad de Dios a todos los cuadrantes de la rosa.

Las tentativas para que la vida religiosa femenina se abriese al apostolado exterior se habían estrellado siempre contra la oposición de los que defendían a ultranza la rigidez de las estructuras jurídicas. Pese a que el Renacimiento estaba abriendo a la mujer los accesos a la cultu­ra, pese a que Dios había suscitado féminas intrépidas que pusieron al servicio de la Iglesia el inagotable caudal de su ternura y abnegación, la promoción femenina en todos sus planos chocaba con el derecho, las costumbres y las mentalidades. Era inconcebible en las primeras dé­cadas del siglo XVII la actividad apostólico-social de la religiosa. Su puesto estaba en el aislamiento de la clausura, su ideal, en buscar la santidad por medio de los ejercicios de la vida contemplativa.

Habían de pasar casi tres siglos hasta que el Concilio Vaticano II proclamara que la acción apostólica pertenece a la naturaleza misma de la vida consagrada. Pero esta victoria tiene un signo vicenciano. San Vicente la empezó a ganar luchando con tesón y mansedumbre contra la inflexibilidad de las leyes, los prejuicios de los pastores y la lentitud exasperante de las cancillerías. En 1645 obtiene el asenso de Roma. En la Iglesia estaba abierta una brecha. La vida consagrada daba un paso decisivo. San Vicente realizaba lo que muchos antes que él habían proyectado. Las Hijas de la Caridad eran algo nuevo y ori­ginal en el mundo. Inauguraban una larga y fecunda primavera. A par­tir de ellas la Iglesia ha presentado a Dios y a la humanidad una gigante ofrenda floral de institutos femeninos apostólicos de la más varia­da escala cromática. «Vuestro género de vida es semejante al de los apóstoles que no poseían nada propio, ni casa ni tierras ni dinero, sino que iban donde los enviaba el Espíritu de Dios. Tenéis una vocación que os obliga a asistir indistintamente a toda clase de personas, hombres y mujeres, jóvenes, niños y ancianos, sanos y enfermos, buenos y malos, a todos los pobres que os necesitan.»

MATIZ-ESPIRITUALIDAD-CARISMA

La Experiencia religiosa de San Vicente ha dado a la Iglesia el soplo vital de un nuevo Pentecostés. Ha mudado su semblante. La ha rejuvenecido. De este oxígeno vicenciano viven hoy medio millón de caballeros de las Conferencias, otro medio millón de Damas de la Cari­dad, 43.000 Hijas de la Caridad y cerca de un centenar de asociaciones y congregaciones masculinas y femeninas que prueban su alcurnia vi­cenciana, porque de un modo o de otro nacieron de su espíritu y viven de su carisma. Estos millones de personas ven en él no sólo a un Patrono protector, sino, más bien, a un ideal concreto y personificado que las inspira, atrae, ilumina, estimula, compele e invita a darse cada vez más a Dios y al Prójimo.

El secreto de su espiritualidad descansa en no avanzar un paso sin apoyarse en el bordón de la fe. Es muy humano, pero no tiene nada de humanista. Trabaja porque cree. Trabaja tenazmente porque confía indudablemente. Se ha comprometido a no ver absolutamente nada sino a través del prisma evangélico. «Nada me agrada sino en Jesucristo… Yo no veo a los pobres desde fuera, sino desde la fe… Les ruego que miren estas cosas tal y como están en Dios y no como aparecen fuera de El, porque de lo contrario podríamos engañarnos y no actuar como Dios quiere… Les suplico que todo esto lo vean en el orden de la Pro­videncia…»

El punto de partida de su itinerario espiritual está en el voto deci­sivo que hizo de consagrarse a los pobres en 1616. Este hecho parte su vida en dos trayectorias diferentes, marca un grado de conversión excepcional, efectúa un cambio radical en su programa sacerdotal y da un estilo propio a su quehacer futuro. Los años que transcurren desde 1610 en que se ordenó hasta esa fecha, sólo ven a un pobre sacerdote acuciado por el afán de labrarse un porvenir confortable, aburguesado. Merced a sus ingeniosos esfuerzos ha ido obteniendo, acumulándolos sucesivamente, siete y ocho beneficios bastante rentables: una capellanía, dos parroquias, una abadía, una canonjía, un priorato y una preceptoría. Esta última es la de los Gondi. Es un retiro tranquilo, un descanso rico, cómodo y seguro. Pero a partir de 1617 la sed de bienes temporales se ha esfumado. Sus escritos revelan ya a un hombre entre­gado por completo a Dios y a los pobres. Estos son los que por fin dan a su vida una orientación definitiva. El voto de servirles aventó las dudas de la fe que le obsesionaban y le situó en un plano en el que ya sólo viviría de la fe.

Carisma vicenciano. La doctrina paulina de la unidad en la diver­sidad de los carismas aplicada a todo el cuerpo social es preciso acomo­darla también a los Institutos de vida consagrada. Hoy es corriente la vuelta a los orígenes, el estudio de las fuentes para poder justificar su existencia en el pueblo de Dios. Ninguno tiene razón de ser, si no pre­senta su propio matiz, su sello distintivo, el carácter que le distingue de los demás. Todos están de acuerdo en este punto. Todos son también unánimes en asegurar que el principio diferenciador es el carisma fun­dacional, el tono o color evangélico que los Fundadores imprimie­ron en su obra.

Llegados aquí, muchas Hijas de la Caridad se preguntan -llenas de confusión e incertidumbre: ¿Qué es en realidad lo que nos distingue de las demás religiosas, de los otros grupos consagrados, o de los insti­tutos seculares? En vida de los Fundadores la distinción era clara por­que las Hijas de la Caridad eran una Compañía única entre todas las demás comunidadés que llevaban sin excepción vida contemplativa. ¿Pero tenemos derecho a existir en la Iglesia y en el mundo de hoy en que innumerables institutos están haciendo exactamente lo mismo que nosotras hacemos?

Hay que confesar que no es una cuestión banal. Efectivamente hay congregaciones cuyos rasgos externos las tornan tan parecidas como gotas de agua. Muchas semejan Hermanas gemelas en todo: en las obras, en las costumbres y hasta en el hábito. Debido a ésto algu­nos elaboran proyectos de concentración y reunificación de religiosas a partir de ciertas afinidades. En este sentido las Hijas de la Caridad se­rían algo así como un centro magnético o un sistema axial de polariza­ción de varias comunidades por ser, históricamente al menos, la causa de que tantas familias religiosas de vida apostólica tengan hoy carta de ciudadanía en la Iglesia de Dios.

Pero no son las obras, usos y atuendo de las Hijas de la Caridad su razón de ser, su nota característica, su sello peculiar. No es en la cara solamente donde se pueden y se deben apreciar las diferencias. Es en la sicología íntima, en la mentalidad colectiva, en el aire de familia donde radica la tonalidad propia. Es en un cierto estilo de vida, en leer la Biblia, el Derecho y la Historia a través de su propio prisma, en la interpretación matizada del mismo Evangelio, en un detalle acusado de la Persona de Cristo, en algo sutil e impalpable, pero real y profundo, en eso que se ha dado en llamar espíritu del Instituto, alma de la Compa­ñía, santo y seña del vicencianismo, algo, en fin, que los Fundadores in­tuyeron, vivieron y transmitieron a su familia. En este sentido no puede haber coincidencia entre las comunidades de vida consagrada, aunque tengan, por otra parte, algunos puntos de contacto. La coincidencia del carisma implicaría indudablemente la unificación de los grupos afec­tados.

Cada fundador toma, como punto de referencia, a Cristo, no a los institutos existentes, para poner en marcha el suyo propio. Ha contemplado a Cristo y ha tratado de asimilarlo e imitarlo según el as­pecto que más impresión le ha causado. Cada congregación ha nacido de la savia evangélica, pero con un estilo de vida propio exclusivo e in­transferible. Para probar estas afirmaciones se podrían hacer desfilar por estas líneas una larga teoría de fundadores. San Vicente no es ningu­na excepción. Su carisma viene a ser el siguiente: Cristo, en sus relacio­nes con los pobres, es el modelo de la Hija de la Caridad. La Hija de la Caridad, en sus relaciones con los pobres ha de sentir el mismo amor, ha de tener los mismos cuidados, ha de abrigar las mismas ideas, ha de alimentar las mismas intenciones y ha de guardar el mismo trato que Cristo a fin de ser la continuadora de su misión en el tiempo y en el espacio.

‘ «Mirad, Hermanas, vuestros cuidados no sólo se refieren al cuerpo, sino también al alma. Y al alma principalmente. N. S. se cuidaba de ambas cosas. Curaba y evangelizaba al mismo tiempo. Vosotras le su­cedéis. ¡Qué dicha, que Dios os haya escogido para continuar lo que hizo su Hijo en la tierra! Es un estado de vida evangélico porque, si queréis continuar la misión de Cristo, debéis llevar la misma vida que El llevó… Desde toda la eternidad habéis sido destinadas para servir a los pobres de la misma forma que Cristo los servía… Tened siempre en la memoria que Cristo es vuestra Regla…» Estas palabras quieren decir que el servicio de los pobres para ser evangélico no debe hacerse sólo por amor a Cristo, sino que debe proceder directamente del mismo amor que se profesa a Cristo y guardar, por tanto, el mismo or­den, la misma medida, la misma forma que El guardó. Servir al pobre por amor a Cristo tiene la impronta de la legitimidad evangélica. Pero lo específicamente vicenciano es amar y servir a Cristo en el pobre. O mejor sería decir: amar y servir al Pobre, sacramento de Cristo y ser sacramento de Cristo para con el Pobre, mostrar al pobre con toda cla­ridad el rostro de Cristo.

Unidad de vida. Para definir a las Hijas de la Caridad no hay que encasillarlas en los institutos de vida activa con un sentido de oposición o de negación de la vida contemplativa. La razón es porque su peculiar consagración está caracterizada por la actividad contemplativa, o si se prefiere, por una contemplación dinámica y activa. San Vicente habla insistentemente sobre el valor de la oración, de la unión con Dios, de la vida interior. «Dadme un alma de oración y será capaz de todo.» Una Hermana sin oración está tarada por una esterilidad absolu­ta. Es imposible amar a los pobres con una caridad verdaderamente cris­tiana si no se «ve» y se ama a Dios en ellos. Pero ¿cómo verle y amarle sino se piensa en El, si no se busca y se actualiza a menudo su presen­cia? Para ser apóstoles de Cristo hay que sostener con El habitualmente relaciones personales de amistad. No sólo hay que obrar como El, sino con El y en El. «Hay que revestirse de su Espíritu».

La fidelidad a la oración se impone porque por medio de ella con­templamos a Cristo que siendo rico se hizo pobre, que nos enriqueció con su pobreza, que llama dichosos a los pobres, que no se contenta con hermosos sentimientos, sino que les consagra la integridad de su aposto­lado y de su vida. «Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su inmensa y paternal caridad que quiere establecer y dilatar en las almas.» Pero nadie puede ser instrumento de la caridad divina si no vive en contacto con su Fuente, si no está continuamente asido de la mano del Padre, si no tiene la mirada clavada en la diana de su Volun­tad. «Hay que vivir en dependencia :del- Hijo de Dios y preguntarse en cada acción: Señor, si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión?, ¿cómo consolarías a este enfermo de cuerpo o de espíritu…?» La vocación de la Hija de la Caridad no puede mantenerse más que apoyada sobre la fe que descubre en el pobre el sacramento de Cristo, de Cristo que está en él en agonía hasta el fin del mundo. Sólo la oración hace profundizar esa fe. Sólo con la oración se encuentra a Cristo en el pobre, se ama a Cristo en el pobre, se es sacramento de Cristo para el pobre.

Unidad y pluralidad. La uniformidad se refiere a lo esencial; la pluralidad, a lo accesorio. Lo esencial es el fin y los medios principales para llegar al fm. Sabemos el fin que San Vicente marcó a la Compañía. Es el lazo que debe unir a tantas flechas dispares. Lo accidental son las obras que nacen, viven y mueren al ritmo de los tiempos. Lo provi­sional son los medios materiales y los procedimientos técnicos de cada época, de cada nación, de cada cultura. Lo intangible son los cauces abiertos por el mismo Fundador para perpetuar su obra, como la ora­ción, la ascesis, un mínimum de vida comunitaria, un género sencillo de vida conforme a las sanas costumbres locales. Lo eventual son las distintas soluciones frente a los problemas planteados por la diversi­dad de las provincias, casas, personas y ministerios. La Compañía tiene que montar sobre el pivote de la unidad la rueda giratoria y multi­color de la pluralidad. Gracias a este arte difícil ha conseguido ocupar un lugar al sol y gracias a él podrá sortear limpiamente, sin accidentes mortales, los baches y las curvas de la historia.

Cristocentrismo. La espiritualidad de los Fundadores es total­mente evangélica. Conocen profundamente el Evangelio. Lo leen asi­duamente. Y lo que es más importante, lo viven. Yo diría que poseen un sentido no común, extraordinario del Evangelio. La vida de San Vicente es, desde el fondo de sus sentimientos hasta el menor de sus gestos, pasando por sus palabras, un Evangelio en acción. Vive pen­diente de Cristo. Anhela prolongar su vida en la tierra. Hace de su persona y de su doble comunidad otros tantos vehículos del Reino. El nombre de Cristo mana de sus labios, como un hilo de agua, ininte­rrumpidamente. No hay en sus escritos veinte líneas en que no aparezca con un pretexto o con otro. Es como una luz que todo lo ilumina. El servicio de los pobres sólo lo concibe como un servicio directo y perso­nal de Cristo. Cristo es el centro de gravedad de todos sus actos, de to­das sus obras, de toda su vida. Sin El todo el edificio vicenciano se des­plomaría como un castillo de naipes.

Testimonio. San Vicente exige de sus hijas un triple testimonio. Aunque en su tiempo no se planteaba el problema en coyunturas idén­ticas a las de ahora, su doctrina, como la del Evangelio, vale para todos los tiempos. Marcha en cabeza el testimonio de la simple presencia, la fuerza de la ejemplaridad, el apostolado puro y simple. «He consi­derado cómo quiere N. S. que yo viva, es decir, conformándome a El en cuanto me sea posible de modo que quien me vea, vea una imagen de Jesús… Dios escoge y reúne a las Hermanas de diversas regiones para manifestar a los hombres de todos los lugares por donde pasen el amor que El les tiene, el cuidado que pone su Providencia para so­correrlos en sus necesidades y de este modo hacer que le conozcan… Quien vea la vida de Jesús verá una reproducción en la vida de una Hermana».

En segundo lugar coloca el apostolado del servicio, de la ayuda, de la asistencia. «Un corazón que ama a N. S. no puede sufrir su ausencia y procura unirse a El con los lazos de un amor tierno y afectivo. Pero de este amor afectivo ha de pasar al amor efectivo que consiste en el ejer­cicio de las obras de caridad, en el cuidado de los pobres llevado a cabo con alegría, constancia y entusiasmo. Estas dos clases de amor consti­tuyen la vida de una Hermana. «Estáis destinadas a representar la bon­dad de Dios ante los pobres… Vais a dar a conocer a todos, católicos, herejes y paganos, la bondad de Dios; pues cuando vean que Dios tiene tanto cuidado de sus criaturas que ha formado una Compañía de perso­nas cosagradas al servicio de los pobres se verán obligados a confe­sar que es un Padre lleno de bondad.»

En tercer lugar pone el apostolado de la palabra. «Hay que tener la osadía de hablar de Dios… La Hija de la Caridad no debe contentarse con asistir corporalmente a los pobres, debe preocuparse de instruirlos. Vuestros cuidados no han de dirigirse sólo al cuerpo o a la inteligencia, sino también al alma. N. S. atendía a los pobres simultáneamente con la obra y con la palabra. Lo mismo hacían los apóstoles. Habéis de deciros: Dios me ha confiado este hombre para que yo le cure y para que yo le salve. Por eso habéis de enseñarles lo que deben creer y obrar para vivir como cristianos buenos, prepararlos para morir bien, inspi­rarles el deseo de contemplar á Dios… Pero todo con gracia y brevedad, con palabras sinceras que salen de dentro… ¿En qué debiéramos pensar, sino en ganar un alma para Dios, sobre todo, cuando esa alma viene a no­sotros? No debiéramos tener otro fin ni mirar a otro objetivo, sino a éste únicamente… En esto consiste el ejercicio de vuestra vocación, en ha­cer cuanto podáis para que los demás conozcan y amen a Dios.»

«¿Hay algo más grande? Dar a conocer la grandeza de Dios, su bondad, el amor que tiene a sus criaturas; enseñando a todo el mundo los misterios de la fe. Ciertamente no hay nada comparable con esto… Señor, otórganos la gracia de conmover los corazones; danos la valen­tía de enseñar las cosas necesarias para la salvación, el don de llegar al fondo de las almas y de conducirlas a tu amor…»

Los ricos. El nombre de San Vicente evoca necesariamente el recuerdo de los pobres. Sin embargo, a lo largo de su existencia no sólo estuvo rodeado de gentes poderosas, sino que se movió siempre en la esfera de las altas clases sociales y mantuvo relaciones de amistad con la nobleza. El hecho es evidente, incontrastable. Ahora, surge una pregunta que no se puede soslayar: ¿cuál es su actitud en el mundo del dinero, de la gloria y del poder en que le tocó vivir?

1.° La riqueza nunca le deslumbró. Vivía demasiado entregado a Dios para no sentir la fragilidad de la fortuna, la veleidad de la po­lítica, la insatisfacción del lujo. Las guerras, la ocupación extranjera, la espantosa miseria de la otra clase del pueblo se encargaban de que diera su justo valor a los bienes materiales. El fausto de la corte, la amis­tad de los reyes, el roce frecuente con la aristocracia, el trato con la «élite» de su tiempo le dejó indiferente. Conocía la otra cara de la de­coración, el reverso de la medalla humana. Palpaba además la trágica pobreza de los ricos, a veces más cruel que la pobreza material. La asumía, como a esta última y la remediaba volviéndola hacia Dios, orientándola hacia los pobres.

2.° Es fiel a sí mismo en medio de los grandes como en medio de los pequeños. Nunca niega su origen plebeyo. Cuando se le presenta la ocasión lo evoca con una sencillez no exenta de suave ironía. En to­dos los ambientes vive la grandeza y las exigencias de su sacerdocio. La refinada etiqueta y el boato de los palacios no interrumpen su contacto con Dios. La lisonja no le cabe en la cabeza ni en el corazón. Si está allí entre las clases rectoras e influyentes es para decir a cada uno la verdad, aunque le toque perder, como a San Juan Bautista. «En nombre de mi Salvador y de parte de Dios le ruego que abandone ese mal pensamiento…» Decía al Señor de Gondi para disuadirle de un duelo que estaba planeando…

3.° Se siente solidario de todos los pobres junto a los ricos. Su voz es la voz de todos los desheredados. Los representa en todas las familias pudientes que frecuenta. El mundo de la miseria va con él al mundo de la opulencia. Los,} acotes, cotes, los presos de las cárceles, los niños abandona­dos, los pobres vergonzantes, las aldeas arrasadas por la guerra, las religiosas que mueren de desnutrición, etc., se salvaron porque San Vicente llevó a las altas esferas su grito angutioso, lanzó su palabra arrojadiza, cortante y punzante que cortó las buenas digestiones, pero puso en pie de caridad los buenos corazones.

4.° Se sirve de su crédito entre los ricos en favor de los pobres. A veces sus iniciativas son tan atrevidas que pueden acarrearle la prisión o el exilio. Sus gestiones en favor de la paz revisten una audacia que raya con la temeridad. En defensa de la fe no teme afrontar las iras de ciertos clanes poderosos que ven desenmascaradas sus connivencias secretas con la herejía. Sabiendo el impacto violento que va a producir en la sociedad burguesa, edita un informe dramático y escalofriante so­bre la situación de ciertas provincias tras el paso de la guerra y apunta los remedios de urgencia que se estaban empezando a aplicar.

5.° Es un modelo de colaboración humilde y eficaz. Es un lazo de unión entre ricos y pobres. Pobre entre los ricos y pobre entre los pobres. «¿Quién querrá ser rico después de ver pobre a J. C.? Millones de mo­nedas pasaron por sus manos, pero nunca se creyó autorizado para dis­poner de esas cantidades al margen de los pobres. «¿A quién robáis cuando retenéis algo que se ha puesto en vuestras manos? A los pobres. Robáis a los pobres. Robáis a Dios. Es un sacrilegio porque esos bienes pertenecen a Dios. El es quien ha inspirado a los donantes el gesto de cedérselos a los pobres.

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