El sentido de la renovación

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Miguel Lloret, C.M., C.M. · Año publicación original: 1981 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Henos de nuevo en la víspera de la «Renovación», con un deseo único: que esta palabra tan sugestiva sea la traducción de una realidad y, para que así sea, que, en la mañana del día 25 de marzo, el Señor encuentre a todas las Hijas de la Caridad y a cada una de ellas, con la ayuda de María y siguiendo su ejemplo:

  • ir plenamente receptivas a la Gracia que previene y acompaña siem­pre las llamadas divinas y hace posible su realización;
  • plenamente disponibles para la «obra» que el Espíritu Santo quiere cumplir en ellas y por ellas;
  • plenamente entregadas al Amor infinito del que, por vocación, .son testigos y mensajeras.

Aquí tenemos lo esencial: ¿Qué acogida van a dispensar a Jesucristo, que solicita de ustedes —corno personas y como comunidad— un don cada vez más completo con el que poder participar en la Misión de contemplándole y sirviéndole corporal y espiritualmente en los más pobres; los más abandonados, los más oprimidos?

Bien sabe Dios que desde hace unos quince años hemos dicho y escrito cosas sobre los Fundadores, sobre el verdadero espíritu de la Compañía, sobre la manera más deseable dé vivir ese espíritu desde todos los puntos de vista… etc. Por lo demás, es la misma Iglesia la que nos ha pedido ese trabajo y la que, en cierto modo, nos pide que lo prosigamos: análisis de este tipo son fundamentales para «ser» y para «vivir»…

Pero, en definitiva, lo que importa es «ser» y «vivir». Sería una terrible contradicción y una especie de pecado contra la Luz el haber logrado por una parte, llegar a conocer mejor nuestra «identidad» y, por otra, no dedicar­nos resueltamente a vivirla. «Mas quiero sentir la compunción que saber definirla», decía el autor de la Imitación de Cristo. La Renovación es el mo­mento privilegiado para la conversión: si bien en muchos terrenos no resulta siempre fácil el discernimiento, en cambio,- es cosa segura que todas nues­tras, «opciones» —ya con relación al apostolado, ya al estilo de vida que de él se desprende— están condicionadas por la densidad de nuestra pertenencia a Jesucristo, «Fuente y Modelo de toda Ca­ridad»… Vivir en el Espíritu Santo es una prioridad absoluta. En ella deben enraizarse todas nuestras convicciones, todas nuestras intuiciones; en ella deben comprobarse ante todo y constantemente.

*

La Renovación es un hallazgo magnífico, es una de las expresiones más típicas de su ideal de Hijas de la Caridad y al mismo tiempo significa una confirmación continuamente renovada, cada vez más profunda de la primera donación, definitiva de suyo, que hicieron ustedes de sí mismas al Señor al entrar en la Compañía.

Lejos de cuestionar esa donación primera,

  • Ø la asumen ustedes con mayor lucidez, con mayor libertad todavía, puesto que día tras día, año tras año, han podido confrontar su amor a la vocación con la experiencia vivida en lo más íntimo de su corazón, junto a los pobres y junto a sus Hermanas;
  • Ø la hacen más apremiante y la enriquecen mediante el acto que expresa lo más perfectamente posible su deseo de vivir en pleni­tud y radicalidad las exigencias bautismales en la línea de su voca­ción: el «voto», sobre lodo tal y como lo comprendía Santa Luisa.

«El voto da al alma la libertad de entrar en una comunión familiar con Dios. La hace entrar en una especie de trato con El por el que el alma promete y se obliga y Dios acepta y promete también. El alma promete y entrega el amor que más le agrada que es el de darse por completo a El, sin reservarse el poder de disponer de sí misma; y Dios se da recíprocamente al alma y le asegura la comunicación de todos sus bienes. ¡Oh abatimiento de un Dios, o más bien potencia admirable para exaltar a la nada tan alta dignidad!. ¡Bendito seáis por siempre por permitir que el hombre se en­tregue así a Vos, y por la meced que le hacéis de darle tal deseo!»

 

  1. VOTO Y LIBERTAD

Cada vez que leo este texto de Santa Luisa, me llama la atención su insistencia sobre la libertad:

  • libertad del compromiso: Dios nos da ese deseo… y permite que lo realicemos, pero no lo impone;
  • libertad en el compromiso: entre Dios y nosotros se establece una sorprendente familiaridad en la que, Él y nosotros en toda verdad, damos y recibimos alternativamente,

Es que se trata esencialmente de Amor: y sin libertad no hay verdadero amor; y sin amor, tampoco hay verdadera libertad. Pero desde el momento en que se quiere ofrecer a Dios el amor «que más le agrada», como dice Santa Luisa, desde el instante en que se siente la exigencia del don total, ¿cómo no desear llegar hasta la entrega más radical y completa?

a) Aparición de los Votos en la Compañía

Lo que acabamos de decir explica la forma en que aparecieron los Votos en la Compañía y, a la inversa, esa forma en que aparecieron nos permite captar mejor su significado para las Hijas de la Caridad.

La primera vez, a lo que sabemos, que San Vicente habla de los votos es el 5 de julio de 1640:

«El tema de la conferencia —dijo— es de la dicha que tienen las Hijas de la Caridad: lo que es ser, y cómo se debe ser, verdaderas y buenas Hijas de la Caridad.

La dicha de los cristianos consiste en permanecer siempre en el estado que más gratos les hace a Dios, de suerte que no haya en ellos nada que pueda desagradarle.

Dos clases de personas en el mundo pueden hallarse en tal estado: unas están en sus casas ocupadas solamente en el cuidado de su familia y en la observancia de los mandamientos; otras son aquellas a las que Dios llama al estado de perfección, como los religiosos de todas las Ordenes, y aun otras que Él pone en comunidades, como las Hijas de la Caridad, las cuales, si bien no tienen por ahora votos, no dejan por eso de estar en ese estado de perfección, si son verdaderas Hijas de la Caridad».

Se han dado ustedes cuenta del inciso: «si bien no tienen por ahora votos»; palabras que revelan y traducen ya desde aquella fecha temprana una aspiración a hacer votos que San Vicente no sólo no rechaza, sino que la mira como eventualidad posible y hasta completamente normal.

Pero ¿en qué sentido?…

Es muy interesante observar que ya desde entonces –y es un punto en el que no cambiará de parecer— San Vicente no vincula a los votos el hecho de ser Hija de la Caridad: si bien «no tienen votos», son «verda­deras Hijas de la Caridad», y su consagración al Señor es, en su género, tan real, tan completa como la de «los religiosos de todas las Ordenes», desde el momento en que son fieles a su vocación. Cuando lleguen los votos, serán, pues, esencialmente la expresión de una exigencia del amor, el fruto de una andadura espiritual en el sentido que hemos visto en Santa Luisa.

No perdamos nunca de vista esa vivencia teologal que siempre cons­tituirá el núcleo de nuestros votos y les dará su carácter propio. El hecho de que se hayan convertido en obligatorios no cambia nada de su esen­cia y, lejos de contradecir el significado de los orígenes, nos fuerza en cierto modo a comprenderlo mejor, a vivirlo más profundamente: ¿Cómo una Hija de la Caridad que vive verdaderamente su don total a Dios para el servicio de los pobres, no habría de sentirse «obligada» a llevar hasta ahí su amor y la expresión de su amor.

Esa exigencia es lo que la Compañía quiere expresar y confirmar. Por lo demás, tiene perfecto derecho a unir el ejercicio de ciertas prerroga­tivas a la emisión y a la renovación de los votos, por ejemplo, el ejer­cicio de la voz activa o pasiva en determinadas ‘circunstancias. Pero es de notar que la edad de vocación es el criterio fundamental —y muy significativo— y, sea como quiera, los votos permanecen como tales en la línea de la inspiración original.

Además, la renovación anual traduce una doble convicción:

  • Ø la consagración fundamental y específica de una Hija de la Ca­ridad es la que hizo al entrar en la Compañía, donde —como de­cían los Fundadores— no se admitiría a una persona que no tuviera intención de vivir y morir en ella;
  • Ø los votos llegan todos los años a urgir, a reforzar, a enriquecer esa consagración, y su «renovación» debe ser el signo y la ocasión, como la palabra lo expresa, de un rejuvenecimiento de todo el ser en el amor a la vocación.

 

*

b) La Asamblea de 1979-1980

Las últimas Asambleas generales han puesto gran empeño en volver a encontrar ese fervor y ese significado original, haciéndose eco de la in­vitación de la Iglesia cuando pedía volver a las fuentes al mismo tiempo que una adaptación o expresión tan adecuada como fuera posible a los tiempos actuales.

Las Constituciones de 1979-1980, en espera de la aprobación romana, han expresado ese propósito en fórmulas a las que conviene dar toda su densidad en esa línea:

«En el momento en que una Hermana es admitida en el Seminario, pasa  a ser miembro de la Compañía. Para seguir siéndolo, conforme a la» con­diciones requeridas por la misma Compañía, tiene que hacer los votos y renovarlos» (C. 1, 17).

«Muy pronto en la historia de la Compañía, las Hermanas expresaron el deseo de ratificar su don total a Dios por medio de votos, fuente de for­taleza, alianza que toma sus raíces en el misterio de la Iglesia…»

Los votos son privados, en el sentido que esta expresión ha tenido en la Compañía desde los orígenes. Son anuales, siempre renovables. La Igle­sia los reconoce tal y como la Compañía los comprende en fidelidad a sus Fundadores.

«La renovación anual de los votos permite a las Hermanas afianzar su voluntad de responder a la vocación, al mismo tiempo que garantiza la estabilidad de su servicio a Cristo en la en la Compañía: supone un  acto libre­mente hecho y siempre inspirado por el amor» (C.2, 23).

No cuesta trabajo reconocer en este texto las notas dominantes que hemos señalado: la ratificación por los votos del don total hecho al entrar en la Compañía para servir en ella a Jesucristo en los pobres, el signifi­cado esencial de esos votos en la línea del amor, el deseo de permanecer fieles a la intuición de los orígenes en su emisión y en su renovación anual.

Hay que reconocer que en el correr de los años y de la historia, no siempre la Compañía y sus Superiores tuvieron fórmulas tan felices. Una preocupación legítima, pero a veces excesiva de reglamentación, deslices más o menos conscientes hacia otras formas de vida consagrada, un pa­ralelismo con los Sacerdotes de la Misión…, etc. pudieron ser causas de ciertas desviaciones. Pero siempre que ha sido cuestión de defender el carácter propio de la Compañía y en particular de sus votos, se ha sabido rectificar las formulaciones de manera sorprendente.

De todas formas, las Asambleas de «aggiornamento», sobre todo la últi­ma, han permitido, a Dios gracias, la vuelta a una concepción más cercana a la de los Fundadores. Dejando de lado consideraciones puramente mo­ralizadoras que ponen el acento en las implicaciones jurídicas, despren­diéndose de lastres tomados de la Vida religiosa propiamente dicha, desea­mos ver los votos, tal y como los veían San Vicente y Santa Luisa, como la coronación de una madurez espiritual de la célebre definición

«totalmente entregadas a Dios para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como Manantial y Modelo de toda Caridad, contemplándole y sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres, nuestros Amos y Señores».

Para convencernos de ello, volvamos a aquel mes de julio de 1640 en el que la cuestión de los votos estaba decididamente en el orden del día. En efecto, el día 19 San Vicente volvió a ello, pero esta vez de manera comple­tamente intencionada y explícita:

«Qué consuelo tuve, mis queridas Hermanas, uno de estos días! Tengo que comunicároslo. Oía yo la fórmula de los votos de los religiosos hos­pitalarios de Italia, que está concebida en estos términos: ‘Yo… fulano de tal… hago voto y prometo a Dios guardar toda mi vida pobreza, castidad y obediencia y servir a nuestros señores los pobres’ Sí, hijas mías, es algo muy agradable a nuestro buen Dios el honrar así a sus miembros los que­ridos pobres.»

Y el texto, cuya copista no es otra que Santa Luisa, continúa así: «El fervor con que el Señor Vicente leyó los términos de esos votos indujo a algunas a demostrar el sentimiento que experimentaban. Representándose la dicha de aquellos buenos religiosos que se entregaban así enteramente a Dios, preguntaron si, en nuestra Compañía, no podría haber Hermanas a las que se admitiera a hacer un acto semejante.

Su Caridad nos respondió así: Sí hijas mías, pero con esta diferencia: que al ser los votos de esos religiosos solemnes, no pueden ser dispen­sados ni siquiera por el Papa; mientras que aquellos que vosotras pudieseis hacer, el Obispo podría dispensarlos. No obstante, valdría más no hacerlos que tener intención de que se os dispensaran cuando quisierais.

 

A la pregunta de: ¿sería bueno que las Hermanas los hicieran parti­cularmente, según su devoción?, su Caridad respondió que había que guar­darse de ello, pero que si alguna tenía tal deseo, debía comunicarlo a los Superiores y después permanecer en paz, ya se lo permitieran, ya se lo negaran».

Lo menos que puede deducirse de esto es que San Vicente se mostraba acogedor con la aspiración a hacer los votos y que, de cierta manera, él mismo la había provocado. Se ve que tenía ya ideas claras sobre el asunto puesto que después de haber evocado los votos de los religiosos con tanta admiración, se detiene a explicar las diferencias. Tenernos ya ahí en germen lo que encontramos a la muerte de los Fundadores y que se concretó al término de una seria búsqueda, durante la cual las líneas esenciales lejos de variar se fueron perfilando cada vez más, mientras, como es normal, proseguían largo tiempo los tanteos en el plano de las modalidades prác­ticas.

Se trata de «votos simples» —»privados», diríamos hoy— puesto que Santa Luisa escribe al Abad de Vaux el 29 de, junio de 1656 (por lo tanto, hacia el fin de su vida):

«No son distintos de los que un devoto o una devota pueden hacer en el mundo; y aun ‘ni siquiera son así, ya que de ordinario las personas del mundo hacen votos en presencia de su confesor.»

No pertenecen entonces, propiamente hablando, a la estructura de la Compañía, sino a su vida espiritual. Sin embargo, no se dejan a la libre iniciativa de las Hermanas, sino que los Superiores los conceden, de acuer­do con la madurez espiritual. Cualesquiera hayan sido las evoluciones pos­teriores, estos puntos no han variado nunca y habrán de constituir la línea de fondo que las últimas Asambleas han trabajado por revalorizar.

 

II. UNA VIVENCIA TEOLOGAL

Para esclarecer la «vivencia teologal» que sus votos quieren expresar, me ha parecido sugestivo partir del hecho de que, la renovación, según dicen sus Constituciones,

«tiene lugar en la fiesta de la Anunciación, día escogido por Santa Luisa para asociar al Fiat de la Virgen María su propia donación y la de sus hijas» (C. 2, 23).

Acerca de la introducción de este uso en la Compañía, tenemos el tes­timonio del P. Gicquel que fue Director General de 1668 a 1672. En una conferencia a las Hermanas sobre el espíritu de la Compañía, de fecha 16 de marzo de 1669, dice:

«Nuestro venerado Padre Alméras (Superior General) ha sabido que varias Hijas de la Caridad han hecho hasta ahora los votos en días dife­rentes y los han renovado también en diferente fecha que la de la fiesta de la Anunciación, 25 de marzo, día en que la Srta. Le Gras, de feliz me­moria, y sus primeras hijas fueron autorizadas a hacer los votos por el Señor Vicente, nuestro venerable Fundador. Estima, por tanto que toda la comunidad se sentiría feliz de renovar los votos el 25 de marzo, y así lo juzga oportuno; de ello se dará aviso por carta a las Hermanas que están lejos.»

Podría no verse en esto más que tina manifestación, entre otras —y muy de alabar, por cierto de la devoción mariana de Santa Luisa, sobre todo teniendo en cuenta que en vida suya las Hermanas hicieron con fre­cuencia los votos en diferentes fiestas de la Virgen, como la Asunción o la Inmaculada Concepción, Esta última merecería también una mención especial porque aun cuando en aquella época no había sido objeto todavía de definición dogmática, es una de las notas dominantes del culto ma­riano que profesaba Santa Luisa y que inculcó a la Compañía; pero eso, no podemos menos de quedar impresionados con lo que podríamos llamar, la respuesta de las Apariciones y el mensaje de 1830, cuyo 150″ aniversario estamos celebrando todavía.

Y sin embargo, por lo que se refiere a los votos, la fecha del 25 de marzo siguió ocupando lugar de preferencia en el corazón de Santa Luisa: acaso sea una de las manifestaciones más claras de la profundidad de su cultura doctrinal y de su vida espiritual. Queda bien claro que quería unir su «Sí'» al de María, aquel «Sí» que hizo posible la Encarnación del Hijo de Dios con todas sus consecuencias en el Misterio Redentor y que en último término se une al «Sí» del mismo Hijo de Dios: el que dijo al llegar al mundo y el que dice y ES en persona eternamente como Verbo, como Palabra del Padre. Nuestra vocación de misioneros de los pobres queda así «re-situada» en el centro del designio misericordioso del Señor para con los hombres. No sólo nos enseña María en su Anunciación las disposiciones que deben animarnos para entrar plenamente en ese Plan de Salvación, sino que por Ella nos vemos inmediatamente introducidos en ese Plan, en referencia a nuestro bautismo («Yo… renuevo las pro­mesas de mi bautismo…») y al espíritu en que tenemos que vivirlo. Como lo dice tan bien Santa Luisa: no somos de María «sino para pertenecer más perfectamente a Dios».

 

a) Un «sí» de amor y de libertad

Una vez más, van ustedes a decir «sí'», un «sí» que, según dicen las Constituciones, «supdne un acto libremente hecho y siempre inspirado por el Amor». (C. 2, 23). Esos términos merecen ser pesados con toda ma­durez; sobre todo, no hay que ver en ellos un «relleno» edificante (a no ser que se dé toda su fuerza al verbo edifica•). Una vez más, escuchamos a San Luisa, a propósito de la Anunciación:

«La elección que Dios hace de una criatura para enviar una embajada a la Virgen en orden al cumplimiento de la Encarnación de su Hijo, me da a conocer que no debemos contentarnos con hacer el bien a los demás o con proporcionárselo, sino que ha de hacerse de manera suave, propo­niendo las cosas, pero dejando a las personas en libertad». (Escritos, ed. fr. p. 803).

Muchas observaciones interesantes cabrían acerca de este texto, sobre todo en relación con la vocación de servicio a los pobres. Por el momento, lo que retiene nuestra atención es el «Sí» libremente dicho por María al Señor que no quiere —y porque no quiere, no puede— hacer nada sin nosotros y que aun, y sobre todo, en la cosa más importante que es nuestra Salvación y la de nuestro in ~no. pide y espera nuestro «sí». Sin embargo, es El quien inspira, quien suscita ese «sí» y a El debernos pedir la gracia de pronunciarlo, pero, si me es licito expresarme así, es tan «nuestro» como «de El», y sin ese «sí» nuestro, El no hará nada… Santa Luisa continúa:

«La respuesta de la Santísima Virgen, que revela su voto de virgini­dad, me enseña con qué agrado recibe Dios lo que sus criaturas le dan. Y el cumplimiento de la promesa de Dios que se hace hombre en su seno en cuanto Ella ha dalló Su consentimiento, me hace ver que Dios se da infinitamente a las criaturas que le son fieles en sus promesas.»

Sí, Dios nos respeta tanto, que no quiere salvarnos sin nosotros, sin nuestro concurso. Espera ese «sí» para penetrarnos, para invadir la hu­manidad. En este día de la renovación más que nunca, la disponibili­dad de cada una al Señor en, su vida personal y en su vida comu­nitaria y apostólica le permitirá que se les comunique El mismo, como a María, cuyo «sí» permitió a Cristo no sólo bajar a Ella, sino a todo su Cuerpo Místico.

 

b) El «sí» de María determina la Encarnación con todas sus consecuencias

En ese «sí», corno tan bien lo percibió Santa Luisa, hay algo extraor­dinario: Dios ha querido necesitar ese «Fiat» para realizar todo su plan de Amor sobre nosotros. Ciertamente no es sorprendente que María corno «Sierva del Señor», se haya presentado ante nuestros Fundadores y se presente a todas las Hijas de la Caridad como el Modelo de una vocación de servicio a Cristo en los pobres; pero debemos meditar, ahondándolo en la Fe, ese «sí» de María que determinó la Encarnación con todas sus consecuencias. Guardando las debidas distancias, lo mismo nos ocurre a nosotros.

El Misterio de la Encarnación redentora se prosigue sin cesar… y sigue dependiendo de nuestro «í>>. ¿Necesito recordarles el lugar que ocupa este Misterio en su vocación de Hijas de la Caridad? Por ello se dan ustedes cuenta en seguida del significado que tiene el «sí» que van a re­petir en esta fiesta de la Anunciación. La maternidad divina de María es obra de la gracia con que la revistió su Inmaculada Concepción, con miras a su misión excepcional de Madre de Dios; pero es también (y en cierto sentido en la misma medida) fruto de la Fe y el Amor de la Virgen, de su disponibilidad al Señor. San Bernardo decía: «Varia concibió en su espíritu antes de concebir en su cuerpo». Tan pronto como hubo dicho «he aquí la esclava del Señor: hágase en mí según in palabra», el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros; pero hizo falta esa aquiescencia to­tal de su parte.

Ahora bien, las Hijas de la Caridad

«contemplan a Cristo en el anonadamiento de su Encarnación Reden­tora, maravillándose de que un Dios, en cierto modo no pueda o no quiera estar nunca separado del hombre (Santa Luisa, Misterio de la Encar­nación). Del Hijo del Hombre aprenden a revelar a sus hermanos el Amor de Dios al mundo» (C. 2, 2).

Son, ya lo saben, expresiones de sus Constituciones, expresiones —lo repito— cuya densidad temo que no lleguemos a Captar plenamente, a fuerza de repetirlas sin profundizarlas en la meditación, sin confrontar­las con la vida, con nuestra vida.

Lo mismo ocurre con estas otras:

«Entregadas a Dios para el servicio de los pobres, las Hijas de la Ca­ridad encuentran la unidad de su vida’ en esa finalidad. El Servicio es para ellas la expresión de su consagración a Dios en la Compañía y le co­munica su pleno sentido.

«Reconocen en los que sufren, en los que se ven lesionados en su dignidad, en su salud, en sus derechos… a hijos de Dios, a hermanos y hermanas de los que son solidarias.

«Según querían los Fundadores, los miran como a maestros ‘que les predican con su sola presencia’ y como a sus señores a los que deben amar con ternura y respetar mucho (C. 2, 1).

Tenemos que profundizar más que nunca en toda esta mística del Ser­vicio en la víspera de la renovación. Veamos cómo sigue prolongándose la Encarnación:

«Pero, sobre todo, los pobres les representan a Cristo, que ha dicho: ‘Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más, pequeños, conmigo lo hicisteis’.

«El Servicio… es, al mismo tiempo que mirada de Fe, puesta en práctica del Amor, del que Cristo es fuente y modelo. La imitación de Jesús Servidor es el fundamento que San Vicente y Santa Luisa les proponen para su vida de buenas cristianas» (C. 2, 1).

Importa mucho puntualizar que la Encarnación es «redentora». El Misterio Pascual es el punto culminante del «servicio» de Jesús, Dios dice el Concilio Vaticano II, da a todos los hombres el poder participar en ese Servicio a Cristo de una manera que sólo El conoce. Los pobres son el sacramento privilegiado de ese misterio. Con toda intención Santa Luisa añade la palabra «crucificado» cuando cita a San Pablo: «El Amor de Cristo crucificado nos apremia» y da esta frase como divisa a las Hijas de la Caridad.

 

c) Ese «sí» se une al de Jesucristo

En último término el «sí» de María (y el de ustedes a través de él) es una asimilación tan perfecta como es posible con el Verbo divino que es «SI» al Padre, y cuyo alimento, una vez encarnado, será hacer la volun­tad de Aquel que le envió. Precisamente con la Encarnación es como se cumple esto, ya que, por una parte, según la Epístola a los Hebreos, es en ese momento cuando el Hijo de Dios entra en el mundo diciendo:

«Heme aquí que vengo para hacer ¡oh Dios! tu voluntad»; y por otra, la receptividad de María se abre en un «sí» que irá creciendo de continuo por su adhesión al misterio redentor.

El «sí» terreno del Hijo de Dios

Toda vida bautismal tiende así a unirse con Cristo y a dar testimonio de El. Si amamos tanto nuestra vocación, no es porque pudiera hacer de nosotros como una categoría aparte de cristianos, sino porque los ca­minos que nos hace andar nos ayudan a ser verdaderamente cristianos en medio de nuestros hermanos y del Pueblo de Dios, poniendo a plena luz a Cristo como Portador de la Buena Nueva a los pobres. Esta dimen­sión es algo esencial a Cristo (todo es esencial en Cristo como Sal­vador), pero la renovación que ustedes van a hacer significa el acento de radicalidad con el que quieren unirse a su «sí» al Padre, que le consagró y envió para eso, el acento de radicalidad con el que quieren vivir de su amor sencillo y humilde de «Servidor».

Es la forma peculiar con que ustedes han de dar testimonio de El, vivir con El su Misterio Pascual, participar de su Espíritu en el hoy de Dios, de la Iglesia y de los hombres. Entre paréntesis, todos estos tér­minos no dejan —con mucha razón— de hacernos pensar en la celebra­ción eucarística, que, en el centro de toda vida bautismal, es el lugar y el momento por excelencia en que se hace memoria de Jesucristo, en que se proclama su muerte y su resurrección, en que se entra en su consagra­ción. Los votos de las Hijas de la Caridad, lo mismo que su renovación, tienen lugar siempre durante la Misa: en ella realmente es donde ad­quieren todo su significado, y la Misa diaria debe vivirse evidentemente en función del conjunto de nuestra existencia cristiana dentro del marco de la vocación.

Por otra parte, si queremos entrar verdaderamente en el Corazón de Cristo, tenemos que lee y meditar el Evangelio, buscando en él todas las manifestaciones de su amor al Padre. De ese amor vivía Jesucristo esen­cialmente y hasta podría decirse únicamente, puesto que para El es lo mismo hacer la voluntad del Padre que salvarnos; todo se resume en esa actitud filial, tanto más cuanto que al mismo tiempo Jesús nos re­vela al Padre, nos manifiesta al Padre: «Que me ve, ve a mi Padre»… En ello estriba toda la carrera terrena de Cristo, y en el momento de la Pasión cima de esa carrera, podrá decir: «Para que el mundo conozca que yo amo al Padre, levantaos, vamos de aquí»… Su oración se hace significativa: «Padre, llega la hora; glorifica a tu Hijo… (muestra a plena luz quien es) para que el Hijo te glorifique… (manifestándote plena luz, puesto que de Ti recibió de toda eternidad la vida que comunica a la humanidad por su muerte y su resurrección)». Y también»… No sea como Yo quiero, sino como quieres Tú…».

El «sí» eterno del Verbo

Por toda su vida terrena, Jesús es un «sí» de obediencia perfecta al Padre. Pero es mucho más que todo eso; ese «sí» pudo pronunciarlo por­que tomó una naturaleza humana capaz de obedecer. Ahora bien, ese «sí» nos introduce en otro «.sí» Ind.s profundo, el que el Hijo dice al Padre por toda la eternidad, como Palabra, como Verbo del Padre.

Sería terrible no llegar hasta ese «sí» que dice el Verbo, que el Verbo es, en el seno de la Trinidad, y sería terrible porque es a esa vida divina a la que Cristo nos llama a través de su «sí» terreno; de esa vida divina quiere que hacernos participar mediante la obediencia al Padre y envián­donos al Espíritu Santo, que es comunión vital entre el Padre y el Hijo.

Tal es el plan redentor; tal es ese proyecto de infinita misericordia; tal es la Buena Nueva por excelencia que hay que anunciar a los hombres, que hay que anunciar a los «pobres»; y por «pobres» sabernos que hay que entender, sin separarlos, aquellos cuyo corazón está bien dispuesto para acoger esa Buena Nueva, y aquellos que por su condición de des­provistos, de abandonados, de oprimidos son los preferidos del Señor y tienen necesidad, más que nadie de escuchar el Mensaje liberador.

Todo esto es esencialmente lo que debemos «hacer ver», «hacer oír» a través de toda nuestra vida; a eso esencialmente es a lo que estamos llamados a consagrarnos, para eso, finalmente, es para lo que van ustedes a renovar sus votos.

Una vez más, van a afirmar que su vida está completamente entregada a seguir a Jesucristo como Anunciador de la Buena Nueva a los Pobres y que para eso se dan enteramente a El en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Volvamos a la conclusión de aquella célebre conferencia del 19 de ju­lio de 1640, en la que San Vicente, en cierto modo, provocó en las pri­meras Hermanas el deseo de hacer los votos, o por lo menos acogió ple­namente su aspiración a hacerlos:

«El Señor Vicente, penetrado de gran fervor, empezó a elevar su corazón y sus ojos al cielo y pronunció estas palabras:

‘;Oh Dios mío! nos damos completamente a Vos. Concedednos la gra­cia de vivir y morir en una perfecta observancia de una verdadera po­breza. Os lo pido para todas estas Hermanas presentes y para las que se hallan ausentes. ¿no lo queréis así, hijas mías? Concedednos tam­bién la gracia de vivir y morir castamente. Os pido esta misericordia para todas las Hermanas de la Caridad y para mí, y la de vivir en una perfecta observancia de la obediencia. Nos damos también a Vos, Dios mío, para honrar y servir durante toda nuestra vida a nuestros señores los pobres, y os pedimos esta gracia por vuestro santo Amor. ¿No lo queréis así, ama­das Hermanas?’

Todas nuestras Hermanas dieron de buen grado su consentimiento con testimonios de verdadera devoción y se pusieron de rodillas. El señor Vicente nos dio su bendición como de costumbre, pidiendo a Dios que cumpliéramos por entero su designio.»

¡Felices de nosotros si logramos tener ese mismo fervor!

P. Miguel LLORET.

 

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