El señor Vicente visto por su secretario, Luis Robineau. Artículos 126 al 130

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis RobineauLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Robineau, C.M. · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1995 · Fuente: Asociación Feyda.
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126. Pronto pago de los préstamos y de las letras de cambio.

Se preocupaba mucho porque se pagara pronto lo que debían, so­bre todo, cuando se trataba de dinero o de letras de cambio, y le dolía que los acreedores vinieran dos o tres veces a pedirlo. Si por casua­lidad dichas personas se dirigían donde él, les decía que no se moles­taran en volver de nuevo, que él les mandaría el dinero, y si no sabía dónde vivían, lo que sucedía bastante a menudo, particularmente cuan­do se trataba de banqueros, que disponían las letras de cambio pen­dientes de él, mandaba que les tomaran la dirección y enviaba expresamente a la casa de ellos a alguno de la comunidad para llevar el dinero. Y en una ocasión le hablé y le dije que no hacía falta más que dejarles venir en busca de su dinero, sin molestarse en remitírselo. Me manifestó que no le agradaba aquel modo de hablar, pues creía que no era justo molestar a unas personas haciéndoles venir hasta tres y cuatro veces para hacerse con una cosa que les era legítima­mente debida, y en cuanto al salario o al sueldo de los servidores o criados, quería que les pagaran escrupulosamente.1

127. El Señor Vicente hace corregir una carta de las Salesas dirigida al Papa Alejandro VII.

Cuando Nuestro Santo Padre el Papa Alejandro VII, actualmente en la cátedra de San Pedro, fue elegido Papa, las religiosas de la Visitación de Santa María de París quisieron escribir a Su Santidad para felicitarle, entre otras cosas, porque se habían enterado de que Su Santidad tenía una devoción particular al bienaventurado Francis­co de Sales, obispo de Ginebra, su Padre y Fundador, cuya estampa llevaba consigo Su Santidad; y una vez escrita la carta, las buenas religiosas la enviaron, por medio del Señor Chevalier, sacerdote, al Señor Vicente, como a su Padre espiritual, con el fin de que tuviera a bien verla antes de remitirla a Roma. Pues bien, cuando la leyó el Señor Vicente, vio que un pasaje de dicha carta ponía que se creía que Su Santidad había sido elevado al soberano pontificado gracias al bienaventurado Francisco de Sales, quien le había procurado dicha dignidad en la tierra. El Señor Vicente exclamó ante aquello diciendo: «¡Oh Jesús! ¡No hay que poner esto!, sino que ha sido elevado al soberano pontificado por su mérito y santidad de vida».2

128. Sencillez en las cartas.

Asiste a Luis XIII en sus últimos momentos.

La virtud de la prudencia del Señor Vicente era considerable, hasta el punto de que lo honraban y servían los más grandes del Reino, y el Altísimo y Cristianísimo Rey de Francia y de Navarra, Luis XIII, llamado el Justo, lo quiso tener junto a sí durante los últimos días de su enfermedad, y que le asistiera junto al lecho de muerte, y si es que se puede hablar de este modo, este gran Rey quiso morir en los brazos del Señor Vicente.

Poco antes de morir, sacando el brazo de la cama, en la que estaba acostado, dijo al Señor Vicente: «¿Es esto el brazo de un Rey? Mire, los reyes son como los demás hombres».

Y la ventana de la habitación del castillo de Saint-Germain en don­de estaba el Rey, se la abrieron a la luz del día; y como el aire era entonces tan transparente y tan limpio, que fácilmente se veía la pun­ta del campanario de Saint-Denis, aquel bueno y piadosísimo Rey dijo más o menos estas otras palabras: «Mire allí el claustro de la iglesia adonde llevarán pronto mi cuerpo». Eso es lo que yo le he oído decir en diversas ocasiones al difunto Señor Vicente, y si no son sus mis­mas palabras, al menos es casi lo sustancial.

Nota. Llamaron al Señor Vicente a la cabecera de Luis XIII, en Saint-Germain-en-Laye, a petición de Ana de Austria y en ausencia del P. Dinet, confesor del Rey.

El Señor Vicente llegó el 23 de abril. Se produjo una mejo­ría después del mediodía del 24. Con el acompañamiento de cuatro Señores, el Rey, acompañándose con el laúd, cantó salmos con melodías compuestas por él.

El 5 de mayo, el Rey experimentó copiosos sudores. El 9, echa en cara a los médicos su estado.

El 12, se confiesa y comulga.

Vicente vuelve el 12 de mayo (11.393/327; Abelly, 111.88. Rob.73).

Luis XIII muere el 14 de mayo (jueves), entre las 14 y 15 horas.

El obispo de Lisieux (Felipe Cospéan) y el de Meaux le cie­rran los ojos.

Ana de Austria y sus dos hijos entran de nuevo en París ese mismo día.

Viernes 15, a las 6, autopsia y embalsamamiento.

Lunes 18, el Rey y la Reina en la Santa Capilla y en el Par­lamento. El Rey inaugura las sesiones del Parlamento.

19 de mayo, el cuerpo es llevado a Saint-Denis. Victoria de Rocroi.

20 de mayo, exequias. Limosna a 10.000 pobres.

22 de mayo, misa funeral celebrada por el Cardenal de Lyon. Asisten los Obispos de Bazas, Amiens, Saint-Brieuc, Marse­lla.3

129. Sencillez y ciencia.

Forma de invitar a los religiosos a llevar los cabellos cortos.

Cuando, alguna vez, tenía que avisar a alguno de la Compañía, que llevaba los cabellos demasiado largos, si por casualidad lo hallaba en alguna sala o en el lugar que fuere, se le acercaba con la cara son­riente, y muy suavemente con su mano le tiraba de la punta del pelo, para darle a entender con aquel gesto que debía cortárselo.

Por lo que se refiere a los externos, no usaba el mismo recurso: les daba a entender hábilmente lo mismo, manteniendo con ellos alguna conversación alusiva al caso y, a veces, les llegaba a decir que los cánones mandan que los sacerdotes deben llevar el cabello de mane­ra que las orejas queden descubiertas.4

130. Su actitud religiosa ante el Santísimo Sacramento.

Varias veces he observado, al verlo orar ante el Santísimo Sacra­mento, que su devoción era sólida, humilde y respetuosa, porque us­ted lo veía postrado en tierra de una forma tal, que denotaba que se habría puesto de buena gana en el centro de la tierra, si hubiera halla­do un pasadizo hasta descender hasta allí. Y su actitud era tan respe­tuosa, que no se podía dudar que Jesucristo, Dios y Hombre, no esta­ba presente allí en la Eucaristía, ¡tanto lo daba a entender su recogi­miento!; y confieso delante de Dios, que frecuentemente me he sen­tido conmovido y edificado.5

  1. Episodio omitido por L. Abelly 1664.
  2. Episodio omitido por L. Abelly 1664. Alejandro VII había sido ele­gido el 7 de abril de 1655.
  3. Episodio omitido por L. Abelly 1664.
  4. «He observado —decía en otra ocasión— en la mayor parte de los que han fracasado en la vocación el relajamiento en dos cosas: la primera es al levantarse por la mañana: no han sido exactos en eso; y la segunda, en la inmodestia en el cabello, dejándolo crecer demasia­do y dejándose llevar insensiblemente en otras vanidades». A este propósito, quería que todos los eclesiásticos de la Congregación lle­varan el pelo muy corto, y cuando le veía a alguno que le cubría, aunque fuera un poco, el alzacuello, extendía su mano y le tiraba de él un poco sonriéndose, dándole a entender con aquella señal, que se acordara de cortarlo, o bien, se lo decía expresamente en presencia de otros, porque ese defecto era visible a todos. (Abelly,III.342).
  5. Abelly (III.74) presenta el testimonio de un testigo muy virtuoso.

    «He notado muchas veces —dice— cuando el Sr. Vicente estaba orando ante el Santísimo Sacramento, que se podía fácilmente cono­cer por su exterior la verdadera y sincera devoción de su interior. Se mantenía siempre prosternado, arrodillado con un recogimiento hu­milde, que parecía que se había rebajado hasta el centro de la tierra para manifestar más tiempo su respeto ante la Majestad ante la que se consideraba presente».

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