El señor Vicente visto por su secretario, Luis Robineau. Artículos 071 al 075

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis RobineauLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Robineau, C.M. · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1995 · Fuente: Asociación Feyda.
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071. Respeto a las «cosas santas».

En primer lugar, para comenzar por las «cosas santas», me parece que no se puede sentir mayor respeto que el que profesaba, como por ejemplo a la Sagrada Escritura, a los vasos sagrados, a los ornamen­tos utilizados en el Santo Sacrificio, que quería que estuvieran limpios y bien nítidos, al canto de la Iglesia bien interpretado y recitado pau­sadamente, a las santas ceremonias bien realizadas, a la modestia de los oficiantes de la iglesia grande.

072. Respeto a los Prelados.

Su respeto a los Señores Prelados y Ministros de la Iglesia de Dios era muy grande, y no se acercaba nunca, o rara vez, a saludar a un Prelado, sin que al mismo tiempo se pusiera de rodillas ante él para pedirle la bendición. Eso mismo solía hacer a veces con ciertos reli­giosos, grandes servidores de Dios, a quienes solicitaba la bendición con mucha insistencia. Y me acuerdo que una vez, estuvieron discu­tiendo largo tiempo en la salita de San José un Padre Capuchino y él (se ha dicho que aquel buen Padre era el confesor del Señor Canciller). El buen Padre Capuchino rogaba una y otra vez al Señor Vicen­te que le diera su bendición, y el Señor Vicente, por el contrario, se la pedía con muchas súplicas a aquel buen Padre. Estuvieron así, arro­dillados, durante mucho tiempo uno y otro, discutiendo, hasta que, al fin, se pusieron de pies ambos, manteniéndose cada cual en su idea.

073. Actitud durante la oración.

Cuando oraba, lo hacía con mucho respeto, con los ojos fijos en tierra: esto lo he observado muchas veces, sobre todo, cuando iba a saludar a Nuestro Señor, o antes de salir a la ciudad, o al volver.

074. Actitud respetuosa.

Casi nunca hablaba de nuestro Santo Padre el Papa, sin que se quitase el sombrero o el bonete. Hacía lo mismo al referirse al Señor Arzobispo de París, al Señor R. P. de Gondi, al Señor Cardenal de Retz, su hijo, que consideraba como los fundadores de la Compañía de la Misión.

Cuando hablaba del Rey y de la Reina observaba la misma costum­bre.

075. Respeto a las autoridades romanas.

Tenía también un gran respeto por lo que toca a los Monseñores de la Congregación de la propagación de la Fe de Roma. Se sentía feliz, como toda su Compañía, por seguir las órdenes de aquéllos, especial­mente en el asunto de las Misiones extranjeras, y por el honor que dicha eminente y augusta Compañía hacía a su pobre y pequeña Com­pañía por confiarle semejantes ocupaciones.

Actuaba igualmente con el Señor Nuncio de Su Santidad, cuyas órdenes quería también seguirlas exactamente.1

  1. Las seis observaciones (71-76) revelan la disposición y el compor­tamiento constantes de Vicente de Paúl. Definen la naturaleza de su realismo: es totalitario. Lo invisible es más real que lo visible. Es él quien debe dictar y dirigir ante las apariencias fugaces y engañosas.

    Por lo que toca a los sacramentos que «dan la gracia» que signifi­can, deberán manifestarse una doble atención, un respeto particular. Las «ceremonias, ciertamente, sólo son la sombra, pero es la sombra de las cosas más grandes» (Abelly,II.222; XI.312/207). Las personas son «presencia de Dios» y signos del Creador. Toda la Creación re­vela al Creador (Cf, Rm 1,19-20). Únicamente la percepción de esta presencia puede asegurar la autenticidad y la solidez serena de la reli­gión personal.

    L. Abelly describe el programa y la forma de actuar del Sr. Vicen­te: «Era muy inteligente en servirse de las cosas naturales y sensibles para elevarse a Dios y, a tal efecto, no se detenía en la corteza, ni en la figura externa, ni tampoco en las excelencias particulares de los efectos creados, sino que se servía de ellas sólo para pasar a la con­sideración de las perfecciones del Creador. Cuando veía los campos cubiertos de trigo, o los árboles cargados de frutos, eso le daba moti­vos para admirar la abundancia inagotable de los bienes que hay en Dios, o bien para alabar y bendecir el cuidado paternal de su Provi­dencia para proporcionar el alimento y atender a la conservación de sus criaturas».

    «Cuando veía unas flores o alguna otra cosa bella o agradable, se aprovechaba para pensar en la perfección y bondad infinita de Dios y para decir en su corazón estas palabras, que se han encontrado escri­tas de su mano: ¿Hay algo que se pueda comparar con la hermosura de Dios, que es el principio de toda la hermosura y perfección de las Criaturas? ¿No es acaso Él de dónde sacan todo su brillo y su belleza las flores y los pájaros, los astros, la luna y el sol?» (Abelly, III.51 y XIII.143/X.183).

    Su visión de Dios omnipresente se prolonga y me concreta en la visión del Cristo místico: «La segunda máxima de este fiel Siervo de Dios era ver siempre a Nuestro Señor Jesucristo en los demás para excitar su corazón a prestarles todos los deberes de la caridad. Veía al divino Salvador como Pontífice y Cabeza de la Iglesia en nuestro

    Santo Padre el Papa, como Obispo y Príncipe de los Pastores en los obispos, Doctor en los doctores, Sacerdote en los sacerdotes, Reli­gioso en los religiosos, Soberano y Poderoso en los Reyes, Noble en los gentileshombres, Juez y Sapientísimo Político en los magistrados, gobernadores y otros oficiales». (Abelly, I.83).

    Recordamos la actitud y las disposiciones que se proponía Blas Pascal: «Considero a Jesucristo en todas las personas y en nosotros mismos: Jesucristo como Padre en su Padre, Jesucristo como herma­no en sus hermanos, Jesucristo como pobre en los pobres, Jesucristo como rico en los ricos, Jesucristo como doctor y sacerdote en los sacerdotes, Jesucristo como soberano en los príncipes, etc. Porque El es por su gloria todo lo que hay de grande, al ser Dios, y es por su vida mortal todo lo que hay de insignificante y de abyecto. Para esto ha tomado esta desgraciada condición: para poder estar en todas las personas y ser modelo de toda condición». (Pensées, Edit. Brunschvicg d785; Lafuma, 945).

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