El Señor Vicente relee su vida: En Casa de la Reina Margot

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Bernard Kock, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 2008.
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Por casualidad, era «cerca del hotel de la reina Margarita»1, la famosa Reina Margot, cuyo matrimonio con Enrique IV había sido declarado nulo, pero que conservaba un palacio en el que llevaba un gran tren de vida. Yo no tenía más que atravesar la calle para mezclarme con gentes de su casa. Me relacionarme bastante pronto por amistad con su secretario, el Sr. Dufresne. Gracias a {el, y gracias a mi obispo, Jean-Jacques Dussault, primer capellán de la reina Margot. Ésta, que reparaba sus devaneos con numerosas limosnas, me inscribió entre sus capellanes ordinarios, es decir distribuidores de sus limosnas2. En el mismo barrio de Saint-Germain des Prés, me había vuelto a encontrar con los Hermanos de San Juan de Dios, cuatro de los cuales acababan de ser llamados de Florencia por la Reina María de Médicis, en 1601, para fundar un hospital. Estaban todavía instalándolo, en un hotel particular, calle de los Santos-Padres, y se sentían felices por mi ayuda con los enfermos y por las limosnas que podía transmitir3.

En 1610, mi porvenir comenzaba a aclararse. No estaba en mis planes quedarme en Paris, y alguna solución estaba cerca. El 17 de febrero, podía escribir a mi madre la carta que ya os he citado: «espero que Dios me dé pronto el medio de hacer una honesta retirada para emplear el resto de mis días a vuestro lado«4. Durante ese mismo año, el 14 de mayo, Enrique IV era asesinado por un monje, ofendido, como muchos católicos durante esta época de divisiones, por verle aliarse con los países protestantes para combatir a los países católicos y principalmente a España. Enrique IV tenía también preocupación por la gente humilde. Fundaba y subvencionaba hospitales. Ese día fue una desgracia para el Reino de Francia. Día feliz para mí! Ese 14, luego el 17, era el acontecimiento tan esperado: el Arzobispo de Aix –consejero del rey en el Consejo de Estado- firmaba las actas por las cuales me cedía la encomienda de la abadía cisterciense de Saint-Léonard-de-Chaumes, en la diócesis de Saintes! Yo disfrutaría por consiguiente de «todos los frutos, derechos y rentas de dicha abadía con sus cánones atrasados«5, con la condición de satisfacer a dicho señor Arzobispo de Aix «beneficio de tres mil seiscientas libra cada año», con la carga también «de hacer reedificar la capilla de dicha abadía actualmente en ruinas, y establecer allí a dos religiosos de dicha Orden de Císter«6.

Había que ser ingenuo hasta este punto para aceptar semejantes condiciones! No sólo no he tocado nada nunca, sino que me las ví con varios pretendientes y usurpadores. Mientras tanto, yo iba a tomar posesión de ella el 16 de octubre, con una bula de Roma, transmitida por mi obispo, J. J. Dussault. Como no podía residir allí, firmaba poderes a Pierre Gaigneur, el 28, para representar y defender mis intereses. Era prudente ya que desde el 3 de febrero de 1611, un pretendido prior –André de la Serre- me requería ante el tribunal de La Rochelle (en poder de los protestantes), luego el 28 de mayo, era el Arzobispo de Aix quien iniciaba un procedimiento contra mí. Y aquí me tienen ustedes metido en una serie de procesos en los que aprenderé a defenderme, y también a ser condenado por más poderosos que yo7. Evidentemente, eso no me daba los recursos descontados para ir a encargarme de mi familia. Me quedaba en París, yendo de vez en cuando a La Rochelle, donde he entrado en conocimiento, entre otros, de un excelente sacerdote, celoso catequista, Jacques Gasteaud, quien no dudó en prestarme dinero. Como yo, era discípulo del Padre de Bérulle, y fundará además el Oratorio en La Rochelle. Un poco más tarde citaré La Rochelle como ejemplo, en un sermón sobre el catecismo8.

En el intervalo, quien había robado la cartera del juez de Sore con quien me alojaba al principio, «hallándose a cien leguas de aquí reconoció su falta, lo declaró por escrito y pidió perdón»9. Bertrand Du Lou, juez de Sore me lo dio a conocer pidiéndome por escrito sus excusas.

Entre los sacerdotes que me encontraba en la reina Margot, un doctor en teología, a quien sus funciones no ocupaban lo suficiente, fue asaltado de terribles dudas contra la fe.

 «Este doctor pues, viéndose en este fastidioso estado, se dirigió a mí; […] Estando pues en tan lastimosa situación, le aconsejaron esta práctica que era que todas y cuantas veces que volviera la mano o un dedo hacia la ciudad de Roma, o bien hacia cualquier iglesia querría decir mediante este movimiento y con esta acción que creía todo lo que la Iglesia romana creía10

En este mismo año 1611, yo frecuentaba con mayor regularidad al Sr. de Bérulle, y completaba el campo de mis lecturas de espiritualidad. Tenía ya desde su aparición, en español, la vida y las Obras de Teresa de Ávila. Aparecieron en francés en 160111. Santa Teresa me enseñó con seguridad a centrar mi vida en la humildad de Jesús, y me animó como Francisco de Sales, a una cierta calma y desahogo en la vida espiritual. La he citado, a lo largo de mi vida, una decena de veces explícitamente. Había traído igualmente otros libros de espiritualidad, en español, italiano y francés, como Le Combat spirituel, de Scupoli, y escritos jesuitas. Y he continuado comprando lo que aparecía. Estos libros siguen aún en nuestra biblioteca de San Lázaro12. Gracias al Padre de Bérulle, yo descubría La Regla de Perfección, del capuchino Benoît de Canfield, que acababa de ser publicada a finales de 1608. Yo me quedaba lo primero de todo con la idea muy simple de que la perfección consiste en buscar, discernir y seguir la voluntad de Dios, lo que exige por de pronto renunciar a sí mismo y purificar sus intenciones. Yo no he comprado a pesar de todo el libro, no se encuentra en nuestra biblioteca, y nunca he nombrado a Benoît de Canfield ni su libro13. Yo apreciaba enormemente la Introducción a la vida devota, de Monseñor Francisco de Sales que acababa de salir a principios de 1609, y que yo compré14. Es seguramente uno de los primeros en mostrar que la perfección del Evangelio no está reservada a los religiosos, sino que puede ser buscada por los laicos, en todo estado de vida. Es además la perfección de la vida religiosa que él cree posible a los laicos: la vida de unión constante a Dios, en espíritu de obediencia, de castidad y de pobreza, con la escucha de la palabra de Dios; y el «las buenas intenciones» que recomienda renovar no dejan de tener relación con los votos15. Eso me ha marcado mucho, lo mismo que sus orientaciones para hacer oración. Más tarde, he tenido el honor de verle y de convertirme en su amigo. Releeré sus libros, los recomendaré, y los citaré con mucha frecuencia.

  1. S. V. XIII, 14, 29 octubre de 1611.
  2. Ab. I, 21; Coll. I, 31.
  3. Coll. I, 26; M. V. I, 68.
  4. S. V. I, 18.
  5. S. V. XIII, 8-13, 17 de mayo de 1610, contrato de renuncia de Hurault del Hospital.
  6. Ann. 1941-1942, p. 260, alquiler del 4 de mayo de 1610, y Arch. Nac., Minutario Central de los Notarios de París. El manuscrito llevaba en primer lugar «mil doscientas libras», pero el arzobispo ha hecho borrar el «mil doscientas» con una cruz que envía a la corrección del margen izquierdo: «tres mil VI C» –es decir tres veces más, con las formas y rúbricas de rigor, de el mismo, de Vicente y de los notarios! Los Annales se han olvidado de notar esta modificación escrita al margen.
    Después de la carta de julio de 1607, enviada al notario como al Sr. De Comet, es la primera acta notarial conocida pasada físicamente ante notario por el Sr. Vicente. Es probable que ya había pasado antes otras , que no se han conservado o no se han descubierto aún.
  7. S. V. XIII, 38; Ann. 1941-1942. pp. 262-265; y los demás documentos en los archivos de Charente-Maritime, series B y 3E, y en los Arch. Nac. Minutier Central.
  8. Ver el reconocimiento de deuda a Jacques Gasteaud, S. V. XIII, 19, el 7 de diciembre de 1612, más adelante, en esta fecha. El sermón sobre el catecismo está en S. V. XIII, 25-30.
    En relaciones don Bérulle a primeros de 1611, Jacques Gasteaud entró en el Oratorio fundado el 11 de noviembre de 1611, que trató de establecer en La Rochelle a partir del 3 de enero de 1612; en febrero, es Gran Vicario, oficial y prior-párroco de San Juan. El 7 de enero de 1614, es superior del Oratorio de La Rochelle, luego en otras ciudades. Cf. Correspondance de Bérulle, por R. Dagens, I, 124, 148, 184, 192; luego 227. 293 nota, 188 y 189, 248 nota 3, y III, 373, en nota.
    Según M. A. Dodin, el buen «párroco en La Rochelle», de quien habla el Sr. Vicente a los misioneros el 23 de mayo de 1659 (S. V. XII, 256, E. S. 674) sería este Jacques Gasteaud. Cf. «San Vicente de Paúl catequista, o la catequesis según el Señor Vicente de Paúl?) en la Revista Catéchèse, y «sermón de San Vicente de Paúl sobre el catecismo. Presentación histórica y literaria», Revista Catéchèse, octubre de 1960, p. 58. Ahora bien, él no era párroco en La Rochelle, sino en la ciudad. En cuanto a estas palabras de San Vicente, la conferencia esta en estilo hablado, y no tenemos más que una copia de las notas tomadas por el Hermano Ducournau, no las palabras exactas del Sr. Vicente. No hay pues que tomarse «en La Rochelle» demasiado a la letra y la identificación parece verosímil.
    Mas por otra parte, el Sr. Vicente dice que fue a ver a los Padres de la Doctrina Cristiana de Toulouse, cuando fue en el Oratorio de Bérulle donde él se incorporó. No es sin embargo imposible que haya ido a ver a estos Padres en Toulouse, habiendo estado Bérulle mismo en relaciones con la congregación de la Doctrina Cristiana de César de Bus y de Romillon, la mayor parte de los cuales, según Romillon, se agregó al Oratorio, separándose de César de Bus. Queda por ver si es la misma congregación que en Toulouse. La identificación no es pues evidente, pero no imposible. Entonces, podemos admirar la fidelidad del Sr. Vicente a sus amigos.
  9. S. V. XI, 337; E. S. 300, 9 de junio de 1650, que dice «seis meses después»; Ab. I, 23, dice «seis años» y Collet I, 29 informa en la nota»el manuscrito del Sr. de Saint-Martin por los 10 años». Parece que se deba dar más confianza al manuscrito de las repeticiones de oración, escrito bien mientras Vicente hablaba, bien inmediatamente después, antes que al Sr. de Saint-Marti seguido por los biógrafos, que refiere más tarde antiguos recuerdos.
  10. Ab. III, 116-117 ; S. V. XI, 32-4, E. S. 896-898.
  11. Ver A. Dodin, François de Sales, Vincent de Paul, les deux amis, O, E. I. L. 1984, p. 88, nota 90.
  12. Esta biblioteca, como los Archivos, ha sido saqueada el 13 de julio de 1789. Lo que se ha podido recoger se encuentra en algunas Bibliotecas parisinas, y los catálogos están en Biblioteca Mazarino; el primero nos informa pues sobre lo que poseía el Sr. Vicente. Cf. extractos dactilografiados, Arch. C. M. París.
  13. Le Règle no figura en el catálogo de la biblioteca de San Lázaro, y el ejemplar de Troyes. Biblioteca Municipal, no proviene de la Misión, sino del Oratorio (cf. Jean Orcibal, Benoît de Canfield, La Règle de Perfection, P. U. F. 1982, Introduction, p. 19). Conviene pues relativizar la noticia del Sr. Dodin al principio de la conferencia del 7 de marzo de 1659 sobre La conformidad con la voluntad de Dios, en su edición, E. S. P. p. 567: «Inspirándose en la «Regla de Perfección», etc.» y en «Las fuentes de la enseñanza del Sr. Vicente de Paúl», Mensis Vincentianus, Vincentiana, Roma, 1984, p. 551. El Sr. Dodin, que había descubierto el ejemplar de Troyes, razona como si proviniera de los lazaristas, lo que no es el caso, y este libo no estaba en San Lázaro. Si Vicente se inspira en él, no puede ser más que por recuerdos lejanos.
  14. Primer catálogo de San Lázaro, Biblioteca Mazarino; extractos dactilografiados, Arch. C. M. Paris. Ver Sr. André Dodin, «Las lecturas del Sr. Vicente», (sus lecturas de San Francisco de Sales), Ann. tomo 106-107, 1941-1942, pp. 239-248, t. 112-113, pp. 479-497; François de Sales, Vicente de Paúl, los dos amigos, p. 40,68, 94 nota 205; «Las fuentes de la enseñanza del Sr, Vicente de Paúl», Mensis Vincentianus, Vincentiana 1984, p. 544-555.
  15. Véase Introducción a la Vida devota, en la edición de Annecy, tomo III, 1893, 3ª Parte, capítulos 11-16, pp. 172-194, 5ª Parte, capítulo I, p. 339-340; los planes de la Edición Príncipe (1609) y de la definitiva (1619), p. 191-194; y Dom Mackey, prefacio de la edición definitiva, Annecy 1893, p. XLI.

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