El Seguimiento de Jesucristo desde la experiencia espiritual de san Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benjamín Romo, C.M. .
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1. Cristocentrismo en la espiritualidad vicentina.

Decía san Vicente: «procuremos… hacernos interiores, hacer que Jesucristo reine en nosotros» (XI, 430). Ésa es la consigna básica de san Vicente. Solo quiere conocer un gran principio: Imitar a Jesucristo. Para el santo, ser interior es prioritario y esto significa revestirse de Jesucristo asumiendo su espíritu y sus disposiciones.

La persona de Jesús y su seguimiento son temas nucleares de la vida, obra y enseñanza espiritual de san Vicente. El llega a afirmar de sí mismo: «Nada me agrada que no sea en Jesucristo» (Abelly, I, pag. 78).

Toda la vida interior como la actividad en san Vicente responde a la llamada que le dirige Jesús como evangelizador de los pobres. En él tiene su fe y su experiencia.

Para san Vicente también la vocación cristiana es ir tras las huellas de Jesús, haciendo el bien con los sentimientos y afectos que él tenía.

San Vicente reinterpreta el mensaje evangélico para integrarlo en su propia vida y en las de los miembros de sus tres fundaciones. Para él y para ellos «Jesucristo es nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo» (V, 511). También dirá que «Jesucristo es la Regla de la Misión» (XI, 429).

La espiritualidad vicenciana es eminentemente cristocéntrica. Cristo es el centro de la vida de san Vicente de Paúl.

2. Vivir de Jesucristo y por la vida de Jesucristo.

Reflexión sobre el texto de san Vicente al P. Antonio Portail: «Recuérdese Padre que vivimos en Jesucristo, por la muerte de Jesucristo y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llenad de Jesucristo y que para morir como Jesucristo hay que vivir como Jesucristo». (SVP I, 320).

San Vicente desde su experiencia nos invita a mantener tres actitudes fundamentales:

  1. Reproducir en nosotros la vida de Cristo. Lo primero e importante es estar con Cristo, vivir con él, vivir de él. En esto san Vicente toma la cristología paulina: Gal. 2,20. Las dificultades en el apostolado no deben desanimarnos, sino más bien enraizarlo más en Cristo.
  2. Reproducir a Cristo en su lógica de la cruz. El morir en Jesucristo hace alusión al texto de san Pablo 2 Cor. 5,14-17. El cristiano no vive para sí mismo sino para Cristo. Radicados en cristo somos una criatura nueva. Las máximas del mundo y las máximas de Jesucristo. Jesús quien ha planteado un mundo al revés, donde los reyes son los pobres, los grandes aquellos que sirven, los que viven aquellos que mueren, cfr Jn 12,24, etc…
  3. Reproducir a Cristo en su misión. En ir a los pobres. Revestirse del espíritu del evangelio para vivir y actuar como Cristo lo ha hecho, y el espíritu de Jesucristo, lo dice san Vicente, es un espíritu de perfecta caridad. Sorprendente estima de la divinidad y del deseo de honrarle dignamente que se expresa en el reconocimiento de la grandeza del Padre. Jesús que está proyectado siempre hacia el Padre.

San Vicente nos invita a atener presente la lógica de la cruz, es decir reproducir la escala de valores que Jesús vivió, valorar las cosas como Jesús las valoró: Jesús es nuestro maestro y guía que nos invita a conformarnos con su forma de comportarse. En el escándalo de la cruz Dios manifiesta su sabiduría 1 Cor. 1,18.

3. Renuncias del seguimiento:

Las renuncias para el seguimiento tienden a desinstalar a la persona de su proyecto egoísta, para situarlo cada vez más en el cumplimiento de la voluntad de Dios y en la comunión del designio de amor con Cristo.

Los apóstoles o dejaron todo para seguir al maestro. El joven rico se aleja lleno de tristeza porque tenía muchos bienes.

Jesús mismo proclama abiertamente: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y que me siga».(Lc 9,23)

Las renuncias no pueden entenderse como algo negativo que destruye la persona, sino como medios liberadores que aseguran el seguimiento. Existe una relación íntima entre la propuesta de Jesús y la negación de sí mismo hasta participar en el destino del salvador del mundo, que murió en la cruz para darnos la vida. El sentido positivo de la renuncias evangélicas viene dado por los bienes que ellas producen:

La libertad de los hijos de Dios.

«Los que se alejan del afecto de los bienes de la tierra, del ansia de placeres y de su propia voluntad, se convierten en hijos de Dios y gozan de una perfecta libertad, porque la libertad solo se encuentra en el amor a Dios. Ésas personas, hermanos míos, son libres, carecen de leyes, vuelan libres por doquier, sin poder detenerse, sin ser nunca esclavas del dominio ni de los placeres. ¡Bendita libertad la de los hijos de Dios!. (XI, 585).

La disponibilidad para el servicio, gozo en el Señor.

San Vicente reúne a todos los sacrificios y renuncias que impone el seguimiento de Jesús y lo llama virtud de la mortificación, como se decía en su tiempo, y hoy se prefiere llamar «ascesis».

«Se trata dice él, de un consejo que les da nuestro Señor Jesucristo a quienes desean seguirle, a quienes se presentan a él para eso: ¿Queréis venir en pos de mi?-Muy bien- ¿Queréis conformar vuestra vida con la mía? – Perfectamente- Pero, ¿sabéis que tenéis que renunciar a vosotros mismos y seguir llevando vuestra cruz» (XI, 512).

«Con la hoz de la mortificación hemos de cortar continuamente todas las malas hierbas de nuestra naturaleza envenenada…, para que no impidan que Jesucristo nos haga fructificar abundantemente en la práctica de las virtudes…La señal para conocer si uno sigue a nuestro señor es ver si se mortifica continuamente» (XI, 522-523).

La renuncia primera y más difícil se llama «negarse a sí mismo». Cada uno conoce mejor los propios fallos y debilidades que le dificultan la marcha en pos de las huellas de Jesús. Los deseos de comodidad, , de poseer bienes materiales, de dominio sobre las personas y las cosas. La negación de sí mismo facilita otras renuncias. Vicente mismo vivió la tentación de conseguir un «honesto retiro» junto a sus familiares.

Segunda renuncia: «Cargar cada día la cruz». El auténtico seguidor no tiene otra alternativa que abrazarse con la cruz del redentor: «El que no cargue con su cruz y me siga no es digno de mí» (Mt 10,38). Cargar con la cruz es aceptar toda clase de adversidades que provienen de la enfermedad, del servicio, de la convivencia en la comunidad. San Vicente dirá: «No podemos vivir sin ella, lo repito no podríamos vivir unos con otros. Y no solo es necesaria entre nosotros, sino también con el pueblo, con el que hay tanto que sufrir.

Las renuncias hechas en nombre del evangelio conducen al cristiano a la comunión y la identificación con Cristo.

4. Seguimiento y evangelización, tarea unitaria.

San Vicente usa indistintamente el término «seguimiento» o «imitación», no se detiene a hacer distinciones. Cierto que en predomina el término «seguimiento».

Las imágenes que san Vicente aplica a Jesús: «regla», «modelo», «ejemplo», «espejo», «cuadro» y «escuela», sugieren una espiritualidad de imitación, según las perspectivas espirituales de su tiempo. Pero, frente a este modo de hablar, se impone en él, otro más incisivo y dinámico y así cuando habla de Jesús lo presenta como el «evangelizador», el «misionero», el «Camino», el»servidor». Cuando san Vicente habla de la imitación de Cristo no tiene la connotación de algo estático, tiene por  el contrario el significado de algo creativo, dinámico y nuevo.

San Vicente parte de las lecturas evangélicas para presentarnos a Jesús en movimiento continuo de amor y reverencia filial para con su Padre y de caridad concreta para con los hermanos. Por eso para san Vicente el seguimiento nuestro es una continuación de la obra salvadora. El heraldo del evangelio estará dispuesto a continuar la vida y misión de Jesucristo. Misión que se vive sobre todo evangelizando a los pobres, llenándose de los sentimientos y afectos de Cristo, más aún, ha de llenarse de su mismo espíritu y seguir fielmente sus huellas. Y la evangelización desde la espiritualidad vicentina es la liberación integral de los pobres. Seguir fielmente las huellas de Jesús es participar de la obra evangelizadora o de servicio a los pobres, pues para esto vino Jesús.

Entendido así el seguimiento nos damos cuenta que éste va unido íntimamente a la misión de mismo Jesús ya que él escogió: «como principal quehacer el de asistir y cuidar a los pobres…Si se le pregunta a nuestro señor: ¿qué es lo que has venido a hacer a la tierra? A asistir a los pobres. –¿A algo más?- A asistir a los pobres«. Las obras de caridad corporales y espirituales a favor del pobre manifiestan, por una parte, la vocación cristiana y, por otra, garantizan la fidelidad a la llamada de seguir a Jesús.

5. Seguimiento y oración.

El seguidor de Jesús no será capaz de mantenerse fiel si abandona la oración. El seguimiento de Jesús entraña sacrificio, y pruebas de las que podrá salir adelante solo en la medida que mantenga una actitud de oración. La experiencia enseña que » no hay nada más conforme con el Evangelio como reunir por un lado, luz y fuerzas para el alma en la oración…y, por otro, ir luego a hacer partícipes a los hombres de este alimento espiritual» (XI, 734).

6. Revestirse del espíritu de Jesucristo.

El diálogo con el P. Antonio Durand es elocuente por sí mismo: XI, 410-412. (En tiempos de san Vicente y hoy, pág. 216).

«Señor, si tu estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión?, ¿cómo instruirías a este pueblo?, ¿cómo consolarías a este enfermo de espíritu o del cuerpo?» (XI, 240). Esto nos lleva a terminar adquiriendo el espíritu mismo, los sentimientos y la manera de actuar del mismo Jesús.

La vida de san Vicente no fue otra cosa que una perfecta expresión de la vida de Jesucristo…

Hoy, ¿quién es Jesucristo para mí?

¿Qué lugar ocupa en mi vida?

¿Cómo se ha enriquecido mi descubrimiento y experiencia de Jesucristo a lo largo de mi historia?

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