El religioso y los seglares en nuestras instituciones

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert Matthieu · Año publicación original: 1966 · Fuente: Anales españoles.
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I. Un problema nuevo

a) Por la evolución del espíritu caritativo.

Ninguna época en la historia de la civilización ha conocido una evolución tan rápida como la nuestra. El sector caritativo no se ha escapado a este ritmo acelerado. Las construcciones y los equi­pos médicos, cuyo valor de costo aún no ha sido amortizado, nos parecen pertenecer a otro siglo. El cuidado de los enfermos v aun las diferentes tareas médicas, paramédicas y de estudio, necesitan sin cesar un personal cada vez más numeroso, cuya formación téc­nica debe responder cada vez a normas más exigentes. El número de religiosos no ha aumentado en las mismas proporciones, y ciertas congregaciones han visto disminuir sensiblemente su número, des­pués de la guerra. Además no era siempre en el ambiente de la ense­ñanza media secundaria donde se reclutaban los postulantes de las congregaciones hospitalarias, lo que hacía más difícil una especiali­zación a un nivel superior.

El aumento del número de miembros del personal y la forma­ción técnica por una parte, y por otra la disminución del número de religiosos, han hecho necesario un reclutamiento intensificado de los seglares en el sector hospitalario. Pero para que esta colabora­ción produzca sus frutos será preciso que los religiosos y los se­glares se aproximen o acerquen todavía más.

b) Por la evolución de los religiosos.

La vida religiosa en la hora actual está en plena evolución. Se habla mucho de una apertura indispensable al mundo exterior. Se puede realizar mejor ese contacto con el mundo de los laicos, con­tacto diario en el seno de nuestras instituciones persiguiendo juntos el mismo ideal caritativo.

La inquietud de una vida religiosa intensa no falta en ninguna congregación. El celo con que los religiosos toman parte en cursos de perfeccionamiento, en reuniones diocesanas y en jornadas de estudio lo atestigua suficientemente. Los seglares, por su parte, no pueden perder de vista que esta nueva situación en la enfermería y en los servicios técnicos exige, por parte de los religiosos, una seria adaptación. Esta será más difícil para los religiosos mayores que para los jóvenes, que han militado en los movimientos juveniles y que han tenido contacto con los seglares, por este motivo.

Nosotros creemos que en vista de esta adaptación los religiosos deben perseguir un triple objetivo:

Deben aprender a colaborar con los seglares. Como veremos más arriba, esta colaboración exige un cambio de mentalidad, en el sen­tido que es necesario considerar a los seglares como colaboradores responsables. Hasta ahora el seglar ha sido considerado como un mal necesario. Con facilidad o fácilmente el número y la califica­ción del personal seglar han sido determinados en función de la penuria de religiosos, sin tener en cuenta las posibilidades técnicas y apostólicas que los seglares podían aportar.

Una vez que los seglares han sido admitidos como colaborado­res, pertenece a los religiosos formarlos. No pretendemos decir que es más difícil ser un buen jefe de personal que un superior de congregación capaz. Sin embargo, es preciso que los religiosos sean conscientes que la dirección del personal exige de la persona respon­sable buen número de cualidades que no es preciso subestimar o despreciar.

Nosotros pedimos ante todo a los religiosos animar a los segla­res. Mientras que los religiosos deben ser el símbolo vivo de la caridad cristiana. Su vocación al servicio de la Iglesia debe estar impreg­nada de una abnegación sin límite, de suerte que los seglares se sien­tan sostenidos por el medio en el que trabajan. Por otra parte, cada vez los religiosos serán más minoría en sus propias instituciones. Razón de más para animar al personal seglar, inculcándole un ideal caritativo propio. Así serán como el fermento que hace subir la masa.

c) Por la evolución de los seglares.

Es necesario esperar a que los seglares cumplan su tarea en el sector hospitalario en la perspectiva de la misión que se les ha re­servado en la Iglesia. Se habla mucho en la hora actual de la edad adulta que ha adquirido el seglar en la Iglesia. Por esto es por lo que nosotros pedimos que tengan fe en su misión, pero igualmente de probar que son dignos de la confianza que se les ha testimoniado. Deben darse cuenta que muchos religiosos no piden más que cola­borar con los seglares. Nosotros oímos, a menudo, afirmar que muy pocos seglares se esfuerzan en realizar su tarea en el espíritu que debe animar a la Iglesia de Cristo.

Concretamente, hace falta que el laico adopte una nueva actitud frente al religioso, que acepta su colaboración. El laico debe, a su vez, aprender a colaborar con el religioso. Tendrá en cuenta la men­talidad del religioso y de su concepción específica con respecto al mundo. El laico debe poder aceptar ser guiado por los religiosos. Pero entonces él tiene derecho a esperar que su dirección sea ca­paz, que esté animada de comprensión y de amor humano y preocu­pado del bienestar del personal.

En fin, el laico que ha elegido una profesión social y que desea cumplirla con espíritu cristiano estará animado igualmente de un espíritu de apostolado. Así como los religiosos deben comprender que el personal laico se preocupe de su bienestar material, así los laicos no pueden perder de vista que nuestras instituciones hospi­talarias son esencialmente cristianas. Esto implica que no basta con­tentarse con prodigar al enfermo los mejores cuidados técnicos; es preciso que esos cuidados vayan impregnados de una abnegación y de una caridad sin límites, basadas en motivos sobrenaturales : la cari­dad cristiana.

II. Colaboradores de un nuevo género

a) Trabajar juntos y colaboración.

El contacto entre el religioso y el laico ha creado relaciones hu­manas que para muchos eran nuevas. Estamos lejos de la comuni­dad cristiana de la Edad Media. Si la vida de nuestros antepasados no era tan ejemplar como se nos ha querido hacer creer, existía, sin embargo, una armonía entre los valores temporales y los espiritua­les. De esta unión del mundo natural y del sobrenatural, ha nacido una civilización que era aceptada por los laicos, porque para ellos también el bienestar temporal y espiritual se confundían.

Desde entonces mucha agua ha corrido debajo de los puentes. Ha habido la Reforma, la Revolución francesa y dos guerras mundiales. La sociedad se ha descristianizado, el poder no puede ba­sarse en Dios, sino en el pueblo. Es de este mundo descristianizado de donde vienen los laicos que se ponen al servicio de las misiones caritativas de la Iglesia.

Esos laicos son los hijos de su siglo, animados de un ideal cris­tiano, y que comprenden lo que quiere decir prestar un servicio y cumplir su deber. Desean desempeñar su vocación al lado de los re­ligiosos. Es posible que todos los enfermeros y enfermeras laicos no lo hagan con éxito, pero podemos de todas formas suponer que han aprendido a tender hacia este objetivo, pues la mayor parte de en­tre ellos han frecuentado la enseñanza católica.

Pero han aprendido al mismo tiempo la seguridad que les ofre­cen las leyes sociales. Gracias a las importantes encíclicas sociales y a la acción de las organizaciones sociales católicas, han aprendi­do también que sólo la colaboración entre los trabajadores puede garantizarles la participación en el bienestar del país. Han apren­dido también que una vida acompañada de placeres sanos prepara a la construcción de una vida familiar cristiana. En tanto que ver­daderos cristianos de nuestro tiempo se preocupan además de su formación cultural porque han tomado conciencia del hecho que existe un humanismo cristiano.

He aquí puntos que a los religiosos en general no inquietan más que muy poco, como podemos admitir fácilmente. ¿Qué interés pue­de presentar para un religioso la seguridad ofrecida por la legisla­ción social? La congregación se encargará siempre de esto. En vir­tud de sus votos, el religioso ha renunciado a fundar un hogar, a fin de ser todo para todos en el Señor. La vida religiosa ha hecho que el religioso no sea de este mundo, mientras goza de un retiro pacífico. Es por esto por lo que la cultura y los placeres tienen otra resonancia en la vida religiosa. Ahora bien, las dos partes deben respetar su vocación recíproca, sin que se haga imposible la cola­boración. Si el laico no considera más que el lado humano de la vida religiosa, chocará por la falta de adaptación y por la incom­prensión de la vida moderna, que son propias a toda vida comuni­taria. Pero si ese mismo laico no oye decir por el religioso, que él no sueña más que con dinero, placeres y que le haría falta un há­bito y votos religiosos, y que no deberían ocupar en la institución más que funciones subalternas, los religiosos no deben asombrarse que ese laico de valeur s’en aille. Por otra parte, ¿qué podría quedar por hacer, entonces, cuando no se tiene consideración hacia su vo­cación? Pensamos que en ese terreno han llegado ciertos religiosos a desanimar a sus colaboradores laicos.

b) Dictadura o democracia.

En los años de la postguerra han hablado mucho de una crisis de la autoridad. Se llega a oír hablar incluso en los medios religio­sos y en las instituciones hospitalarias, dirigidas por religiosos. Sin embargo, quien quiera hablar de dificultades de colaboración entre superiores y subalternos debe ser honrado. Si una crisis reina en esos dominios, la causa se puede encontrar tanto en los superiores como en los subalternos. No es equitativo que los primeros atribuyan to­dos los males a una falta de obediencia, como tampoco es admisi­ble, por otra parte, que los otros se excusen únicamente en la falta de capacidad o de comprensión.

Los religiosos que asumen una función, comprendiendo las de responsabilidad, y a priori los que ocupan una función subalterna, deben evitar una conducta dictatorial. Es un hecho que la vida re­ligiosa está basada sobre un principio jerárquico, y la relación su­perior-subalterno está prácticamente convertida en una segunda na­turaleza.

En los seglares, la situación es muy distinta. Sobre todo los jóvenes tienen tendencias eminentemente democráticas. Los vie­jos pedagogos están desesperados, y se preguntan ansiosamente lo que dará esta juventud. La joven generación, al contrario, declara: actualmente las personalidades se desarrollan, todos los talentos tie­nen que ponerse de manifiesto, hay que acabar con el espíritu de casta y de las clases privilegiadas.

Tal es la actitud, igualmente, del joven enfermero con respecto a los religiosos que, como director o jefe de servicio, asegura la di­rección de la institución o del servicio. Lleno de idealismo es cómo presta sus servicios, pero entonces tiene derecho a ser considerado desde el primer momento como un adulto consagrado al servicio de los enfermos.

Es preciso que el religioso director o la religiosa directora no confunda laico y religioso. El laico no tiene ni madre superiora, ni padre superior, no ha hecho voto de obediencia y no está sujeto por una regla monástica. No se preocupa de saber si el superior lleva un hábito religioso o si es muy útil a la congregación. Lo que le interesa al laico es que su superior tenga diplomas superiores y que demuestra una capacidad superior en la organización de la enfer­mería. El laico, a su vez, quiere ser apreciado en su justo valor y asegurar lo más rápidamente posible las responsabilidades corres­pondientes a sus diplomas y a su valor.

Ocurre, además, que los religiosos encuentran entre sus colabo­radores laicos que gozan de conocimientos profundos. Si ellos mis­mos se dan cuenta que su nombramiento se debe más bien a su experiencia adquirida y a sus méritos, se puede temer que esos religiosos no adquieran un complejo de inferioridad.

Aquel que posea una mayor personalidad será en general más libre y más humano con respecto a sus subordinados. Aquel que se dé cuenta que sus cualidades personales no están a la altura de las responsabilidades que le incumben, no se siente fuerte y se pone a la defensiva. Una crítica bien intencionada por parte de los súbdi­tos es considerada como una señal de protesta; las capacidades personales no son reconocidas y se llama la atención sobre la falta de experiencia. En este momento es cuando los choques se produ­cen. La dictadura y la democracia están frente a frente, y vista la penuria del personal de enfermería, éste estima inútil hacer la gue­rra civil. Deja el campo de batalla y se dirige a otros, donde ten­drán en cuenta su diploma y su capacidad.

¿Dónde buscar aquí la causa real de la crisis de autoridad? Como lo hemos señalado ya: verdaderamente, por parte de unos y de otros. El laico debe aprender aún responsabilidades en la pers­pectiva de la Iglesia. La humildad no es siempre la virtud primor­dial de la generación joven, que acaba de dejar los bancos de la escuela. Las más bellas profesiones sociales no están siempre inspi­radas por un ideal elevado.

Lo que es, sin embargo, cierto es que serán numerosos los pro­blemas que surgirán si el religioso jefe de enfermería o de la unidad (le servicios no dispone de cualidades humanas requeridas para todo jefe de empresa o de personal. A esas cualidades humanas debemos además añadir conocimientos técnicos profundos y confirmados con diplomas. Buscar la solución en una actitud dictatorial no puede más que retrasar el momento del fin: la catástrofe aún será más grande.

¿Dónde encontrar la solución? Nosotros diríamos que los me­jores asuman los puestos claves. ¿Los mejores serán en el porvenir los religiosos o los laicos? Eso dependerá de la capacidad y de la generosidad de los unos y de los otros. Tanto los unos como los otros deben tener bastante sencillez para aceptar que sus fuerzas y sus talentos son limitados. Es preciso dar a los unos y a los otros la posibilidad de asumir responsabilidades proporcionadas a su fuerza personal.

Que estas consideraciones puedan de por sí aumentar el valor de los religiosos y de los laicos para adquirir sin cesar más gene­rosidad y capacidad. Que ellas sean igualmente un estímulo para perfeccionar siempre más aquellos que son llamados a tomar la di­rección de nuestras instituciones y para darles si es posible tina formación universitaria.

c) Espíritu religioso y apostolado laico.

Si queremos ser fieles, en nuestras instituciones hospitalarias, al espíritu de los fundadores que han creado congregaciones religiosas destinadas a cuidar enfermos, es necesario no perder de vista el fin primordial, es decir, la inspiración por la caridad cristiana. Nues­tras hermanas y nuestros hermanos que se consagran al cuidado de los enfermos y de los enfermos mentales, de las madres y de los ancianos no pueden perder de vista que deben ante todo ser se­mejantes a Cristo, que pasó por la tierra haciendo el bien. Como San Pablo, deben hacer resplandecer el amor de Cristo. Su vida debe ser un Evangelio vivo y llevar el bien al mundo.

Eso son los religiosos que deben ser los artífices de esta ins­piración en nuestras instituciones. Son mantenidos por la regla y por sus votos. No hace falta que busquen en otra parte más que en la clínica un terreno de apostolado. Su comunidad parroquial es la institución hospitalaria, y sus parroquianos los pacientes.

Los laicos que aceptan vivir su vocación en nuestras institu­ciones católicas tomarán igualmente sus responsabilidades en esta importante misión apostólica. Deben saber que su tarea no consiste solamente en cuidar a los heridos y en endulzar las penas corpora­les. Tendrán valor para inclinarse sobre el hombre, cuerpo y alma, y cada una de sus acciones tendrá un sentido sobrenatural: un testi­monio de caridad cristiana.

A propósito de esto quisiéramos pedir consideración para la buena voluntad que anima a los laicos. En el curso de los años de formación de nuestras escuelas católicas de enfermería se atrae sin cesar su atención sobre el valor de su vocación en el seno de la Iglesia. No hace falta entonces que los laicos, conscientes de su vocación, sean considerados por los religiosos como niños, que no tienen nada que decir en el dominio de la caridad y del apos­tolado.

Así como buscamos en la hora actual una renovación de las formas litúrgicas en nuestras instituciones hospitalarias, ha llegado el momento de integrar a los laicos. Debemos esforzarnos por ha­cer que la santa misa, la comunión y el sacramento de los enfer­mos sean actos a los cuales asisten toda la comunidad de enfer­meras, en lugar de hacer un acontecimiento reservado sólo a las religiosas. ¿No sería deseable dejar que los laicos participen en nues­tros grupos de discusión, sobre todo cuando se trata de problemas actuales de deontología y de problemas morales? El laico, viviendo en contacto más estrecho con la realidad, podrá establecer el equi­librio en las discusiones que corren el peligro muy a menudo de ser demasiado teóricos.

Deberíamos encontrar normal interesar activamente a los laicos en todas las iniciativas que se relacionan con la reanimación de nuestra institución. Son muchos los laicos que se quejan a este respecto, sobre todo cuando llevan o tienen varios años de expe­riencia. Tienen la impresión a veces de que los religiosos son des­confiados a este respecto, cuando tienen conversaciones serias con los pacientes de maternidad o en la clínica. Eso no sería, sin em­bargo, normal que una enfermera, que en su parroquia es miem­bro activo de la legión de María y que asume tareas importantes, no pueda cumplir ninguna misión apostólica en el seno de la clínica.

Se podría afirmar que muchos no han tenido la suficiente for­mación. Bueno. Pero ¿qué hacemos nosotros a este respecto con el personal laico? El capellán es la persona más indicada para tomar la dirección de ciertas iniciativas. Puede contribuir en gran ma­nera a la movilización de todas las fuerzas disponibles.

Cada religioso debe velar en no poner la lámpara bajo el cele­mín. Ciertos religiosos tienen tendencia a considerar la reanimación de la institución como el claustro del convento, cuyo acceso está prohibido a los laicos. Pongamos más bien la luz a la vista. Enton­ces el laico que se debate quizá en medio de un montón de pro­blemas se sentirá envalentonado y atraído hacia un ideal elevado gracias a sus contactos con los religiosos. Los religiosos no olvida­rán que su primera preocupación debe dirigirse hacia sus propios colaboradores. Los laicos no desean sermones, pero el ejemplo vivo de un religioso siempre sonriente y abnegado que irradia el amor de Cristo y lo comunica a sus colaboradores y a sus pacientes.

Esperemos que los tiempos se acaben cuando el personal de nuestras instituciones católicas debía probar su espíritu caritativo por prestaciones más largas y baremos inferiores.

Ahora podemos esperar de ellos un don total que hará de su profesión una verdadera vocación. Digamos a los laicos: ¡colabo­rad! ; a los religiosos : ¡aceptad esta colaboración!

III. Perspectivas para el porvenir

Si en las líneas que preceden hemos señalado quizá puntos de vista, de forma alguna poco dura o pesimista, tenemos que evitar dar la impresión que en el porvenir las fricciones serán inevitables. Nosotros tenemos más bien la impresión de que el laico y los re­ligiosos están ya cercanos. El Concilio ha hecho abrir un espíritu nuevo de colaboración en buen número de nuestras instituciones.

Aquellos que piensan que en sus instituciones, religiosos y lai­cos han realizado ya una colaboración ideal, encontrará en estas páginas un ánimo para perseverar en el buen camino.

Aquellos que se den cuenta que los engranajes o ruedas del per­sonal no están bien suaves, que no se desanimen. Deben pensar que la evolución reciente ha sido grande y que una adaptación se impone.

¿En qué consistirá esta adaptación? En primer lugar, en una apertura recíproca y en una confianza creciente sin cesar a la vista de la vocación y de las responsabilidades de los unos y de los otros. Pensamos que un perfeccionamiento técnico siempre más formado será indispensable en el porvenir. Los laicos lo han com­prendido; la prueba: el interés que demuestran por las especializa­ciones y por una formación más profunda. Sería lamentable que los religiosos del sector de enfermería no tuviesen la misma pre­ocupación.

En fin, debemos buscar juntos una óptica profundamente cris­tiana en nuestra tarea caritativa. El religioso debe tomar con inte­rés los intereses de la Iglesia y debe por eso aceptar la colabora­ción de los laicos. Es preciso para esto, quizá, que ciertos religiosos aprendan a elevarse por encima de fronteras estrechas y los intere­ses de su propia congregación.

Los laicos deben igualmente impregnarse de la óptica de la Igle­sia. Serán conscientes del hecho que el obispo cuenta con ellos para la elaboración del reino de Dios. Es por esto por lo que se esforza­rán en animar su tarea cotidiana gracias a su generosidad y a su convicción cotidiana.

Si los religiosos y los laicos están prontos a darse generosamen­te a esta tarea importante, podemos mirar al porvenir con confian­za. Pero allí donde se quieran estabilizar situaciones antiguas y pa­sadas de moda, el porvenir no será fácil. El espíritu del Concilio inspirará igualmente la caridad cristiana. No es muy tarde para que nuestras instituciones católicas produzcan numerosos frutos en el porvenir. ¡Pero tengamos, sin embargo, la impresión que para algu­nos es mucho tiempo!

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