Lo que es posiblemente el estudio más completo sobre el contenido de este título se encuentra en la obra de José Mª Ibáñez, «Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo», Sígueme, Salamanca, 1977, en particular en las páginas 271-337.
Sobre un aspecto fundamental de este tema José Sendra ha publicado un trabajo, tesis doctoral en la facultad del Angelicum de Roma, bajo el título «La identificación de Jesucristo con el pobre», Ceme, Salamanca, 1983. Se recomienda la lectura de ambos para profundizar aspectos que en el trabajo presente se mencionan someramente.
Ha habido al menos un intento de analizar en detalle el significado de la palabra «pobre» en el conjunto de los escritos de san Vicente. El estudio es del padre John W. Carven, y se encuentra en Vincentiana, 1979, 1, pp. 42-56, y a él remitimos a quien se interese por los muchos significados que recibe la palabra en la obra de san Vincente como sustantivo o como adjetivo. Nuestra perspectiva es mucho más reducida. Nos vamos a limitar a tratar de responder a esta pregunta: ¿qué significa la palabra «pobre» en la expresión evangelizare pauperibus que aparece en el segundo miembro de lo que las Reglas Comunes definen como el fin de la Congregación? Con esta pregunta queremos delimitar claramente el objeto de este estudio. No se trata aquí de hacer un análisis de la idea que tenía san Vicente del pobre desde el punto de vista de la historia social, aunque tampoco será posible evitar del todo el mencionar ciertos aspectos de esta perspectiva. Lo que se intenta es descubrir a quién se refiere san Vicente cuando habla de pobres a sus compañeros de Congregación, a los que le oían en su tiempo y a los que le leemos en el nuestro, y los propone como objeto de su activitad evangelizadora y de la nuestra. En resumen: en la expresión evangelizare pauperibus qué significa la segunda palabra?
No vamos a tener en cuenta el significado bíblico de la palabra que estudiamos. Es cierto que san Vicente se mueve, y también nosotros, en una atmósfera cultural fuertemente inspirada por la sensibilidad bíblica en la visión del pobre, y por ello su lenguaje y su pensar no pueden dejar de estar influidos por esa sensibilidad. Pero no es menos cierto que san Vicente no es un experto en exégesis bíblica ni habla como tal, de manera que su idea de lo que es un pobre puede’ que coincida parcialmente o del todo con la idea que tiene, por ejemplo, Isaías o san Mateo, puede que no coincida.
Lo que no se puede hacer es buscar en la exégesis bíblica antigua o moderna las claves hermenéuticas del pensar de san Vicente. El no apelaba a la exégesis de su tiempo. De manera que si alguien pidiera que se entienda el lema de la Congregación en su sentido bíblico (como de hecho se ha pedido: cfr. Vincentiana, 1978, 6, p. 476), parece a primera vista que se pide una cosa justa y hasta muy piadosa. Pero si por casualidad la idea de san Vicente no coincide con la que se desprende del análisis exegético antiguo o reciente, al pedir que el lema de la Congregación se defina o entienda desde esa exégesis se está pidiendo en realidad que se redefina el fin de la Congregación en un sentido que no tuvo en cuenta san Vicente. Para evitar posibles malentendidos me creo obligado a decir que pienso que san Vicente tenía una imagen del pobre que coincide básicamente con la imagen bíblica, lo cual no quiere decir que coincida con ninguna visión del pobre que brota de la exégesis de ningún autor de su tiempo o del nuestro. En suma: si san Vicente cuando habla no lo hace desde una clave hermenéutica del texto bíblico, el apelar a una tal clave será de escaso interés para que lleguemos a entender lo que quiso decir cuando hablaba de evangelizar a los pobres.
En un primer momento para preparar este trabajo tuve la tentación de hacer un estudio estadístico de los diversos usos que la palabra «pobre» recibe en los labios y en la pluma de san Vicente. El trabajo del padre Carven apunta en esa dirección. Pero desistí de ello al pensar que en una larga vida como la de san Vicente, vida por otra parte rebosante de escritos y de palabras, la palabra que estudiamos había de surgir veces innumerables y acabaría cubriendo todos los significados que una tal palabra puede incluir aún en el diccionario más exigente. Esta idea me llevó por curiosidad a examinar los significados de la palabra «pauvre» en un célebre diccionario, el de Furetiére, que es casi contemporáneo del santo (fue publicado en 1690).1 Merece la pena citar literalmente la primera entrada del término:
PAUVRE. adj. m. & f. & subst. Qui n’a pas de bien, qui n’a pas les choses nécessaires pour sustenter sa vie, ou soustenir sa condition. Le Sage a dit qu’il ne trouvoit rien de plus insupportable qu’un pauvre superbe. Il y a un Bureau des pauvres dans Paris, une taxe faite sur les bourgeois pour les pauvres. On queste dans les Parroisses pour les Pauvres. On establit des Commissaires des pauvres: tout cela regarde les Petites Maisons sous la direction de Mr. le Procureur Général. On a fait un Hospital General pour renfermer tous les pauvres: auparavant on estoit assassiné de pauvres qui demandoient l’aumosne. Les mediants, les pauvres, sont appellez les membres de JésusChrist.2
Esta primera entrada del vocablo que estamos estudiando es sorprendente en varios aspectos. No es el menos sorprendente que esté llena de resonancias de las obras e ideas de san Vicente. Quiero aquí destacar el aspecto que nos interesa en este momento. El diccionario da en primer lugar (todos los diccionarios lo hacen) el significado propio y corriente de la palabra, su significado común y primero, nada metafórico ni figurado. La segunda entrada (hay otras siete más) se desliza ya hacia acepciones figuradas de segundo grado, por así decirlo, comunes sin duda en el lenguaje corriente, pero que necesitan ya de un contexto para que no se tome la palabra en su propio y primer sentido:
Pauvre, se dit en ce sens des Princes, des Seigneurs qui sont fort incommodez en leurs affairs, que ne peuvent pas paroistre avec l’eclat que leur convient. Un Prince que n’a que dix mille livres de rent est pauvre, passe pour gueux.3
Y en otra acepción figurada:
Pauvre, se dit aussi de tous les affligez ou miserables qui attirent de la compassion… Ce pauvre Prince a été cruellement massacré par des assasins. On a mis par force cette pauvre filie en Religion.4
Se nos permitirá citar aún otra acepción que tiene mucho que ver con ideas que saldrán enseguida:
Pauvre, se dit aussi des pais & des Communautés… Dan la France les villes sont riches, mais le plat pais est fort pauvre. 5
Los diversos significados del vocablo que estamos estudiando reflejan sin duda los usos de la palabra en tiempo de san Vicente. Por otro lado están muy cerca, si es que no coinciden del todo, con los usos del francés actual, e incluso con los de cualquiera de las lenguas modernas. No presentan pues los textos de san Vicente, para el lector de hoy, dificultades semánticas de importancia. Es decir: se le puede leer prácticamente como si fueran textos escritos ayer mismo.
La tesis central de este trabajo es que en la expresión «evangelizare pauperibus» la palabra que estamos estudiando ha de entenderse en la primera acepción, directa, no metafórica y no figurada, y que no debe entenderse en ninguno de los sentidos figurados que hemos calificado como de segundo grado, ni siquiera en el último citado que contrasta la riqueza de las ciudades con la pobreza del mundo rural.6
Sin embargo la Congregación de la Misión nació precisamente para poner remedio a un contraste similar que también se daba en le plano espiritual. El primer documento que menciona a la «Compañía, Congregación o Cofradía de los Padres o sacerdotes de la Misión», el contrato firmado entre san Vicente y los Gondy, menciona el «pobre pueblo del campo» (XIII 198/X 237) como abandonado espiritualmente. Nada se dice de su situación social o económica. Su pobreza espiritual se define por contraste con la riqueza de medios de que disfrutan en el terreno espiritual los habitantes de las ciudades. La misma idea se repite en todos los documentos subsiguientes.7 Puede que en el uso de la palabra «pobre» en la expresión «pauvre peuple de la campagne», que se repite innúmeras veces, se incluya también un significado difuso de pobreza material, pero es claro por el contexto que no se trata de eso. La nueva congregación ha sido fundada y luego aprobada por las diversas autoridades civiles y eclesiásticas para remediar la situación del mundo rural que «permanece solo como abandonado» (XIII 198/X 237, et passim) en el terreno espiritual. 8
La CM nació en un primer momento, hay que decirlo claramente, para evangelizar en el aspecto espiritual a los habitantes del mundo rural, a quienes el lenguaje del tiempo califica como pobres en sentido socio-económico, y el lenguaje eclesiástico en sentido espiritual, en contraste en ambos casos con los habitantes de las ciudades. Estamos, al decir esto, en los primeros años de la Congregación, pero es claro que la perspectiva original evolucionó con le tiempo. El texto de las Reglas Comunes (I, 1) que, unos años antes de la muerte del fundador, define oficialmente de manera definitiva el fin de la Compañia, no dice que éste sea «evangelizare pauperibus ruricolis», sino «evangelizare pauperibus maxime ruricolis» («particuliérement á ceux de la campagne» XII 74/XI 382), lo cual indica claramente una preferencia por los habitantes del campo, pero no excluye, más bien incluye, la evangelización de otros pobres que vivan en un ambiente diferente del rural. Adviértase que, al decir esto, se ha producido un deslizamiento semántico importante. Ya no es la condición rural la que delimita el ámbito de la pobreza, sino alguna otra cosa, pues por lo que implica el texto de las Reglas hay pobres también fuera del mundo rural.
En otro trabajo (Vincentiana, 1980, 1-2, pp. 42-57) hemos calificado a la conferencia que comenta el fin de la Congregación (XII 73 ss./XI 381 ss.) como «testamento de Monsieur Vincent». Efectivamente, en ella san Vicente quiere por una parte resumir la experiencia evangelizadora suya y la de la Congregación en los 30 años anteriores, y por otra legar a la posteridad una definición clara de lo que significa para él mismo el lema «Evangelizare pauperibus». Estas son las clases de pobres que san Vicente enumera en detalle como objeto propio de la labor evangelizadora de la Congregación de la Misión:
- las gentes de los campos (79/386 et passim)
- los ancianos del Nombre de Jesús (87/3937
- los habitantes de las regiones devastadas por la guerra (87, 89/393,395)
- los locos de San Lázaro (88/394)
- los jóvenes del reformatorio de San Lázaro (88/394)
- niños abandonados (88/394)
- (pobres de las) Indias (Madagascar?), (de) Berbería (esclavos) (90/395)
A esta lista se podrían añadir otros varios tipos de pobres que no aparecen en ella, pero que sí fueron objeto de la dedicación de san Vicente y de sus hombres: condenados a galeras, aristócratas arruinados y emigrados, refugiados de guerra, soldados.
Dos conclusiones se imponen al leer esta lista. La primera es obvia. La idea inicial de dedicación exclusiva a las gentes del campo se ha ido ensanchando hasta incluir en ella gentes pobres de todo tipo para asistir a las cuales no se tiene en cuenta su condición rural o urbana. La segunda: para su inclusión en esta lista el criterio definitivo no es la pobreza espiritual (ignorancia religiosa, por ejemplo, o situación de pecado)9, sino el desamparo social: pobreza, privación, destierro, condiciones duras de vida. O sea: «pobre» para san Vicente quiere decir, cuando habla del fin de la Congregación al final de su vida, lo que el diccionario de Furetiére define como pobre en su primera acepción: «Qui n’a pas de bien, qui n’a pas les choses nécessaires pour sustenter sa vie».
El mismo san Vicente, decíamos, no incluyó algunas clases de pobres que se daban en su tiempo, a los que también se dedicó la Congregación en vida de su fundador. Es decir, la enumeración de san Vicente no pretende ser exhaustiva. Pero tampoco pretende ser definitiva, como si fuera su intención excluir de la actividad evangelizadora de la Congregación de la Misión para el futuro clases de pobres que no existían en su tiempo y que tal vez pudieran surgir después de su muerte. San Vicente advierte que la Compañía es alabada como obra de Dios porque tiene como característica, no el dedicarse a una obra concreta y cerrar los ojos a cualquier otra perspectiva, sino «porque se ve que acude a las necesidades más urgentes y más abandonadas» (XII 90/XI 396). Si la Compañía está ahora en su infancia y ha podido con todas esas obras en favor de los pobres, podrá con otras cuando sea más fuerte (ibid. 92/397). Es Dios el que nos hará ver lo que quiere de nosotros en el futuro, y nosotros debemos estar siempre dispuestos para el cumplimiento de sus designios.
Es fácil pensar en tipos de pobres que san Vicente no conoció, pero que hoy nos rodean por todas partes: obreros sin trabajo, trabajadores temporeros, emigrantes y exiliados, minorías marginadas… Hace falta preguntar si san Vicente se ocuparía hoy de ellos, y si encontraría en esa ocupación el cumplimiento de su vocación de evangelizador?
San Vicente ve su vocación como una prolongación de la misión misma de Jesucristo: «evangelizare pauperibus misit me». La primera exigencia para evangelizar a los pobres es, cono hizo el Verbo de Dios, ponerse en contacto con ellos, y para ello encarnarse. Como es bien sabido, san Vicente vivió un proceso de conversión que consistió básicamente en abandonar sus ideales juveniles de promoción personal para dedicar su vida a la evangelización de los pobres. Para dedicarles su vida tuvo, primero, que descubrir la existencia de los pobres, pues no era nada difícil en su tiempo, ni tampoco lo es hoy, adoptar un estilo de vida y unos ideales que le protejan a uno de la presencia molesta de los pobres. El proceso de descubrimiento de los pobres y encarnación en su mundo comenzó para san Vicente en Clichy, en 1612. Cuando cinco arios más tarde abandona la casa de los Gondy camino de Chátillon lo hace sin duda movido por una firme resolución de dedicar su vida de sacerdote de Jesucristo a los pobres del mundo rural.
Sin un conocimiento de los pobres, de primera mano, no es posible dedicarse a su evangelización. Y tampoco es posible comprenderlos. No se encontrará en la voluminosa obra de san Vicente una sola palabra de reproche, que culpe a los pobres, por su pobreza material o espiritual. Si los pobres lo son en el aspecto espiritual, eso se debe no a alguna maldad ingénita o voluntaria, sino al hecho de que sus pastores los abandonan y prefieren las comodidades de la ciudad. Sin son pobres en el aspecto material, eso no se debe a su pereza o a falta de agudeza para dedicarse a trabajos lucrativos, sino a que «vienen las tropas que les saquean y les roban; y lo que no les quitan los soldados, vienen los funcionarios, se lo quitan y se lo llevan» (XI 200/XI 120). Los pobres son tales porque son víctimas de las deficiencias (o de la eficacia) de la institución eclesiástica en el plano espiritual, y de las instituciones sociales en el plano material. Comprender al pobre es comprender que es una víctima de la sociedad en que vive. Si la pobreza espiritual o material fuera obra de Dios o resultado inevitable de la naturaleza, intentar remediarla sería una pérdida de tiempo. La misión evangelizadora de Jesucristo, y la de su discípulo Vicente de Paúl, implica que la pobreza en todos sus aspectos tiene un remedio que reside en la conversión de la voluntad de los hombres, y en el cambio de las estructuras que los hombres construyen.
Comprender a los pobres es darse cuenta de que son la imagen viva de Cristo sufriente (XI 32/XI 725), que El vino a este mundo para anunciarles que el Reino de Dios es para ellos (XII 80/XI 387), mientras que a todos los demás que no son pobres Cristo anunció la buena nueva sólo «como de paso» («ce n’était que comme en chemin faisant» (XI 135/XI 56).
La pobreza de los pobres es espiritual. Para remediarla vino al mundo el Salvador, a enseñar a los pobres el camino que lleva a Dios y preparar pastores que les enseñaran en su nombre (Reglas Comunes, I, 1). Es también material. Jesucristo muestra con sus obras de curación que el Mesías ya está aquí (Luc. 7, 22-23; IX 61/IX 74). A quien sigue a Jesucristo como evangelizador, por ejemplo a Vicente de Paúl, no le basta anunciar de palabra la buena nueva, ni le basta didicar sus energías a alimentar solamente la dimensión espiritual del pobre, porque
«si hay entre nosotros quienes piensan que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para ayudarles, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les respondo que debemos asistirles de todas las maneras… Hacer eso es evangelizar por palabras y por obras» (XII 881/XI 393).
Comprender al pobre es dejarse evangelizar por él. Quien se dedica a ellos acabará descubriendo con sorpresa, como le sucedió a san Vicente, que
«los pobres campesinos nos disputarán un día el paraíso y nos lo arrebatarán, porque hay una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nuestra. Su amor se ejercita, como el de Nuestro Señor, en el sufrimiento, en la humillación, en el trabajo, y en la conformidad con la voluntad de Dios» (XII 100-101/XI 404-405).10
El pobre, decíamos, es imagen viva de Cristo sufriente, de manera que san Vicente no encuentra al Dios de Jesucristo en un vuelo místico de la imaginación o del sentimiento, sino en la dedicación activa a la redención del pobre, dedicación que a su vez redime al evangelizador porque «servir a los pobres es ir a Dios» (IX 5/IX 25). El pobre es para san Vicente el lugar del encuentro de Cristo, la mediación histórica de la permanente presencia de Cristo en el mundo (Juan 12,8; Mat. 25,40), de manera que su «imitación de Cristo», que en la práctica diaria se diversifica en la imitación de sus múltiples virtudes, encuentra su centro fundamental y su sentido profundo en un proceso de descubrimiento de Cristo en el pobre.
Como la evangelización es obra de la fe, que procede de Dios y lleva a Dios, hay que ver y entender a los pobres con los ojos mismos de Cristo. Las diversas visiones antropológicas, marxista, freudiana, existencialista, estructuralista, tecnocrática, o de cualquier otro tipo, en la medida en que definen con objetividad diversos aspectos del ser humano, deben ser tenidas en cuenta por el cristiano para entenderse a sí mismo y para entender a los demás y a la sociedad en la que vive. No otra cosa hizo, por ejemplo, Tomás de Aquino con los elementos aprovechables de la antropología aristotélica. Pero su visión global y más profunda del misterio del hombre, en particular del misterio del hombre pobre, no puede ser marxista, freudiana etc., sino que tiene que ser cristiana. Es decir, son Cristo y su enseñanza el criterio definitivo para entender al pobre, no sea que lo que quiere pasar por acción evangelizadora se reduzca en realidad a un trabajo de promoción que tal vez desarrolle realmente ciertos aspectos del ser humano, pero lo empequeñezca y mutile en lo que tiene de fundamental. No es éste un problema de hoy, aunque revista hoy una importancia muy viva, dada la existencia de variadas visiones antropológicas que no quieren simplemente proveer de una base empírico- científica a la visión antropológica cristiana, sino sustituirla. Ya san Vicente nos advierte que hay que ver las cosas «como son en Dios, y no como aparecen al margen de El, porque, si no es así, podríamos engañarnos, y obrar de manera distinta de la que El quiere» (VII 398/VII 331).
Para san Vicente, y para quien cree tener una vocación similar a la suya e inspirada en la suya, el pobre es, en fin, el mediador de la salvación final (IX 235/IX 241), porque si servir a los pobres es un camino infalible para llegar a Dios, no hay «mejor manera de asegurar nuestra felicidad eterna que vivir y morir en el servicio de los pobres» (III 392/III 359).
- Le Dictionnaire Universel d’Antoine Furetiére, 1690, La Haye-Rotterdam; edición facsímil SNL, París 1978, tomo III.
- POBRE. adjetivo masculino y femenino, y sustantivo. El que no tiene bienes, el que no tiene las cosas necesarias para sustentar su vida, o mantener su condición. El Sabio ha dicho que no había encontrado nada más insoportable que un pobre soberbio. Hay una Oficina de los pobres en París, un impuesto a los burgueses en favor de los pobres. Se pide en las parroquias en favor de los pobres. Se han nombrado Comisarios de los pobres: todo eso se refiere a las Petites Maisons bajo la dirección del Procurador General. Se ha construido un Hospital General para encerrar a todos los pobres: antes había asesinatos por parte de pobres que pedían limosna. Los mendigos, los pobres son llamados miembros de Jesucristo».
- «Pobre se dice, en este sentido, de los Príncipes, de los Senores que sufren gran incomodidad en sus asuntos, que no pueden aparecer con el aparato que conviene a su condición. Un Príncipe que no tiene más que diez mil libras de renta es pobre, pasa por indigere». (En tiempo de san Vicente la nómina anual de un párroco era de entre 300 y 400 libras. Una boutique de París podía producir unas 400 libras de ganancia al año. Cfr. XII 295/XI 580).
- «Pobre se dice también de todos los afligidos o miserables que producen compasión… Este pobre Príncipe ha sido cruelmente degollado por unos asesinos. Se ha metido por fuerza a esta pobre joven en Religión».
- «Pobre se dice también de los países y de las Comunidades. En Francia las ciudades son ricas, el campo es muy pobre».
- Con esto mostramos nuestra discrepancia de las conclusiones del Padre Carven en el trabajo citado. Véase en particular pp. 53-54. Nos parece que sus conclusiones están basadas en una imprecisión metodológica. El que san Vicente usara la palabra «pobre» en sentidos múltiples no quiere decir que aplicara todos esos sentidos, o varios de ellos, siempre que usada esa palabra, y menos aún cuando quería definir con precisión el fin de la Congregación.
- Por citar algunos más significativos:
- Acta de aprobación del arzobispo de París (1626) (XIII 203/X 242)
- Acta de asociación de los primeros misioneros (1626) (XIII 204/X 242)
- Primera súplica de aprobación a Urbano VIII (1627) (Coppo/X 247)
- Primera súplica de aprobación a Urbano VIII (1628) (I 45/1 112)
- Contrato de unión a San Lázaro (1632) (XIII 235/X 284) (Este documento afirma expresamente que habiéndose hecho imposible la atencion corporal a los leprosos por no haberlos, se cede el priorato a la Congregación de la Misión para ayudar «espiritualmente al pobre pueblo del campo… infectado de la lepra del pecado» (Cfr. también XIII 255/X 300).
- Bula fundacional «Salvatoris nostri» (1633) (XIII 260-261/X 308-309).
- En algunos documentos se menciona ciertamente la prática de la caridad y la institución de cofradías de caridad como actividades de los misioneros, pero de una manera muy secundaria. Ver, por ejemplo, XIII 223, 232, 249, 260/ X 269, 279, 296, 309. Es claro aún el estos casos que la Congregación de la Misión ha sido fundada para remediar ante todo las necesidades espirituales de la población campesina exclusivamente.
- En el reglamento para los misioneros enviados a trabajar entre los soldados se dice expresamente: «Son enviados…para ayudar a las gentes de guerra que están en pecado a librarse de él, y a los que están en estado de gracia a mantenerse en ese estado» (XIII 279/X 335). En cuanto a los auxilios de guerra, buena parte de ellos fueron dirigidos a ayudar a sacerdotes y religiosos/as. En estos casos no había que suponer en principio ni ignorancia religiosa ni falta de estado de gracia, pero sí se daba en todos ellos la falta de medios necesarios para vivir.
- La idea la refiere san Vicente como oída a Duval, su gran amigo y consejero, y decano de la facultad de teología de la Sorbona. Una opinión similar reciente, expresada en términos de actualidad: «Debe ser el ‘saber racional’ de las élites (teología) o la ‘sabiduría cristiana’ (la fe como seguimiento de Cristo)? Si optamos por el ‘saber racional’, la religiosidad popular queda descalificada. La exquisitez de análisis de las élites tiene poco que ver con muchos conceptos de la religiosidad popular. Para muchos fieles no es en absoluto claro que el culto a un santo sea cualitativmente distinto del que se otorga a Cristo. Obviamente las clasificaciones teológicas (dulía, hiperdulía y latría) pasan muy al margen de la vida del pueblo; sin embargo, ese mismo pueblo siente la necesidad radical que tiene de Dios con una convicción tal que para sí quisieran muchos eruditos de lo sagrado» Q.L. González, «La teología de la liberación: un marco teórico para la comprensión de la religiosidad popular», Páginas, n. 49/50, 1982, pp. 4-13. Publicado también en Selecciones de Teología, n. 88, 1983, Barcelona, p. 262). Cfr. Mateo, 11, 25.






