El papel del laico en la Iglesia actual

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Miguel Antonio Chávez · Año publicación original: 2010 · Fuente: Conferencias de Caridad en Aguascalientes (México).
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Introducción

Con el objeto de participar activamente, y atendiendo al llamado que se nos hace para que, todo bautizado, participe en la misión Evangelizadora a la que estamos obligados, ofrecemos a nuestros visitantes una serie de «cursos» y documentos varios, mediante los cuales pretendemos facilitar información que permita conocer más y mejor algunos de los documentos, disposiciones y exhortaciones de nuestra santa Madre Iglesia, en cuanto a la manera como debemos comportarnos en el seguimiento de Cristo y en el cumplimiento de la voluntad del Padre Dios. Implorando la asistencia del Espíritu Santo para que nuestro entendimiento y voluntad sean esclarecidos y fortificados como instrumentos, para el ejercicio libre y consciente de acciones de cambio, que nos lleven a una auténtica conversión personal y social.

Tomamos además, de la espiritualidad de San Vicente de Paúl, aquellas máximas, pensamientos y recomendaciones que este santo patrono de las obras de Caridad nos ha legado como camino de santidad.

Iniciamos con la presentación de un documento acerca de «El papel del laico en la Iglesia actual», en el cual y a través de 25 puntos de reflexión distribuidos en siete subtemas, pretendemos introducir a los lectores en las respuestas a la pregunta común: ¿Por qué tengo yo que participar en la Evangelización? Esperamos que nuestra participación logre el objetivo y alcancemos la motivación para el trabajo personal, y el convencimiento para la puesta en común de esfuerzos, insertándonos y participando activamente, en las tareas de pastoral dentro de nuestras Parroquias.

Tema 1. La Iglesia, cuerpo místico de Cristo.

a).- La Iglesia.

¿Qué es la Iglesia para los fieles cristianos?

La Iglesia es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero.1 Es el lugar «donde florece el Espíritu».2

La Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad con todo el género humano.3

Iglesia, es un término griego que significa «los que son convocados».

«Iglesia: el pueblo unido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».4 «En comunión en la fe, esperanza y caridad».5

b).- Cuerpo Místico de Cristo.

El Padre eterno «determinó convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia, manifestada por la efusión del Espíritu Santo y que se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos».6

El Hijo de Dios, encarnado en la naturaleza humana, redimió al hombre y lo transformó en una nueva creatura. Cristo, «a sus hermanos, convocados de entre todas las gentes, los constituyó místicamente como su cuerpo, comunicándoles su Espíritu».

La vida de Cristo en este cuerpo se comunica a los creyentes por medio de los sacramentos. Por el bautismo nos configuramos con Cristo: en la fracción del pan eucarístico, nos elevamos a una comunión con Él y entre nosotros mismos. Así todos quedamos hechos miembros de su cuerpo (1 Cor 12,27), «pero cada uno es miembro del otro» (Rm 12,5).7

En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, «todo elcuerpo crece según la operación propia de cada uno de sus miembros» (Ef 4,16). «Si un miembro no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo, hay que decir que es inútil para la Iglesia y para sí mismo».

En la Iglesia hay variedad de ministerios, pero unidad de misión.8

c).- Misión de la Iglesia.

El carácter misionero de la Iglesia pertenece a su misma esencia, es una propiedad constitutiva de la Iglesia de Cristo, porque el Espíritu Santo la hizo misionera desde el momento de su nacimiento.

El mensaje final de Aparecida nos apremia: ¡Qué nadie se quede con los brazos cruzados! En respuesta, los Obispos de México, han declarado que estamos en Misión permanente.

El dinamismo misionero de la Iglesia tiene su arraigo en el maravilloso encuentro que cada fiel cristiano tiene con Jesús sacramentado.

«La Iglesia es depositaria de la Buena Nueva que debe ser anunciada. Es ni más ni menos que el contenido del Evangelio y por consiguiente de la Evangelización que ella conserva como depósito viviente y precioso, para comunicarlo. Enviada y Evangelizada, la Iglesia misma envía a los evangelizadores».9

Es en la Evangelización donde se concentra y se despliega la entera misión de la Iglesia: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 15,15).

Acogiendo y anunciado el Evangelio con la fuerza del Espíritu, la Iglesia se constituye en comunidad evangelizada y evangelizadora y, precisamente por esto se hace sierva del hombre. El hombre «es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión».10

Como el Padre envió al Hijo, así el Hijo envió a los Apóstoles. Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles, con la encomienda de llevarla hasta el fin de la tierra. De ahí que haga suyas las palabras del Apóstol: ¡Ay de mí si no evangelizara! (1 Cor 9,16).11

«Lo que debemos hacer es, la realización de la voluntad del Padre continuando la misión de Cristo evangelizador de los pobres, poniendo los signos claves del Reino de Dios».12

Tema 2. Fe, esperanza y amor, bases de la acción pastoral

Dios es, «misericordioso, clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad».13 Dios es Verdad y Amor. Dios es fuente de toda verdad. Dios es amor.14 El amor que Dios tiene por cada persona constituye, de hecho, el corazón de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y cuantos lo acogen se «convierten a su vez en testigos».15

Dios es el Padre todopoderoso. Su paternidad y su poder se esclarecen mutuamente. Nos da la adopción filial:»Yo seré para vosotros padre. Y vosotros seréis para mi hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso».16

Por su misericordia infinita, muestra su poder en el más alto grado perdonando libremente los pecados».17

Dios Padre, para participarnos su vida y su gloria y establecer la comunión de nosotros como pueblo de Él, nos envió a su Hijo como mediador que hace que los hombres participen de la vida divina.

Y, para comprender y hacer nuestra esta Palabra salvadora y comunicarla a los demás, nos envía al Espíritu Santo en Pentecostés.

La misión, el envío salvífico, se origina en la Santísima Trinidad: Dios Padre nos envía a su Hijo, y ambos envían al Espíritu Santo.

La misión se hace apostólica en la Iglesia y consiste en la prolongación de la encarnación de la Palabra de Dios en las circunstancias cambiantes de nuestro mundo.

«Toda comunidad cristiana esta llamada, por tanto, a dar a conocer que Dios es Amor. El testimonio del amor, alma de la misión, concierne a todos. Servir al Evangelio no debe considerarse como una aventura en solitario, sino como un compromiso compartido de toda la comunidad».18

a).- La fe

La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás.

«Todos los bautizados deben tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por el sacerdocio común del pueblo de Dios. Deben sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores».19

La fe en las verdades reveladas se funda en el Dios revelante; la «fe en algo» es la «fe en alguien».

La «fe en alguien» es el elemento que sostiene la fe. En el Nuevo Testamento la fe se apoya en el Padre celestial. Se exige Fe en el Dios que opera. En Cristo nuestra salvación.

La Fe es la respuesta afirmativa a la oferta de Dios.

«Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela».

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre.

Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente; debe actuar por la caridad, ser sostenida por la esperanza y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

En la misión, la espiritualidad pastoral que anima el trabajo evangelizador, es la certeza de que, Dios es Padre de Jesús y es también «nuestro» Padre. Porque lo considera como su Padre, el cristiano, como buen hijo, a ejemplo de Jesús, guarda sus mandamientos, y hace su voluntad para permanecer en su amor.20

Creer en el Dios de Jesús y creer en el mismo Jesús.21

Teniendo siempre, en el centro de la misión a Cristo, quien «celebrado en los ritos litúrgicos constituye un camino privilegiado e indispensable para construir comunidades cristianas vivas y perseverantes».22

b).- La esperanza

El hombre es, por esencia, un ser hacia. Un hombre en marcha, con un destino conocido.

Gracias a la virtud de la Esperanza, el hombre creyente vive su historia, no la soporta con pasividad y fatalismo, por lo contrario, la construye con seguridad y optimismo.

Esta orientación del creyente hacia el maravilloso mañana que lo espera, le hace vivir el hoy activa y valientemente. El creyente está seguro de que: «En Jesús, con Él y vida nueva. por Él, todos los hombres pueden llegar a la plenitud de una

Así encontramos en cada momento histórico a nuestra Iglesia peregrina, siempre hacia adelante, siempre unida, siempre hacia Cristo. Cumpliendo de esta manera una ley profunda de la realidad: la vida sólo se desarrolla plenamente en la comunión fraterna y justa porque «Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos».23

Es en la esperanza firme, fincada en un Dios fiel y misericordioso, en donde la Iglesia afianza paso a paso, caminando por «la senda estrecha de la cruz» (AG 1)»Hacia el banquete celestial, donde todos los elegidos se sentarán a la mesa del Reino».24

En cuanto a la actitud personal de cada fiel cristiano que busca su santificación en la Iglesia, san Vicente de Paúl nos enseña: «Para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesucristo» (SVP. XI, 410).

Este revestirnos del espíritu de Cristo nos prepara para nuestra futura unión con la gloria de Dios. «La esperanza nos orienta a Dios».25

Nuestra esperanza se funda en las promesas de Dios, que él puede y quiere cumplir por su omnipotencia, misericordia y fidelidad.

El hombre está siempre de camino hacia su salvación, de ahí su actitud cristiana, su conducta de ser cristiano, seguidor de Cristo que busca imitarle cumpliendo, en Evangelio, sirviendo a primer lugar, sus los semejantes, preceptos; viviendo su santo apostolando la buena nueva, propagando el Reino de Cristo por toda la tierra».26

c).- El amor

Dios es Amor. Es el Dios de Israel. El Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob; es el Dios de Jesús.

Es el Dios que, por amor, se olvida de sí mismo hasta hacerse hombre en medio de los hombres. El Dios que viene a este mundo no a ser servido sino para servir. Es el hermano solidario y sufriente con los que sufren; pobre entre los pobres, humillados, perseguidos y marginados.

Él mismo, perseguido por la justicia; escándalo para los judíos y locura para los griegos; sufrió pasión y muerte de cruz. En un acto de perfecta obediencia al plan de salvación y de entrega de su vida por amor a sus amigos.

Jesús, se hizo para el hombre:»camino, verdad y vida», pan y vino de comunión.

Jesús hace del amor al prójimo algo muy especial, objeto de un mandamiento nuevo que nos invita a amar como él mismo nos ama:»En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os améis los unos a los otros».27

Lo que define entonces al cristiano, lo original de su espiritualidad es el amor. El cristiano «cree» en el amor, «espera» todo de él, trata de convencer a todos para que todos tengan el amor como valor central de su vida y actividad.

San Vicente de Paúl, nos enseña: «Hacer efectivo el Evangelio».

Significa que el fiel cristiano debe amar a su prójimo, incluso al enemigo, al que no ama a los demás. Amar a todos por amor de Dios, con amor de Dios, por amor a Dios.

Dando testimonio de vida cristiana, evangelizando desde la propia casa, en el hogar y, expandiendo después a los familiares y vecinos, y ante todo, en un ambiente eclesial como miembro de la Iglesia, siguiendo a nuestro pastor, celebrando nuestra fe y haciendo viva la Buena Nueva.

Tema 3. La Iglesia y el apostolado hoy

«¡Qué dicha! ¡Hace aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra y mediante lo cual nosotros iremos de la tierra al cielo!» (XI, 324) Estas son palabras de San Vicente de Paúl, dirigidas a los sacerdotes de la Congregación de la Misión, y que ahora tomamos como estímulo para nuestro trabajo como laicos al servicio de la misión de nuestra Iglesia.

El Santo Padre Juan Pablo II, en su alocución en Santo Domingo, nos

señala: «La Iglesia, experta en humanidad, fiel a los signos de los tiempo, y en obediencia a la invitación apremiante del último concilio, quiere hoy continuar su misión de fe y de defensa de los derechos humanos. Invitando a los cristianos a comprometerse en la construcción de un mundo más justo, humano y habitable, que no se cierra en sí mismo, sino que se abre a Dios».

«Sí, Cristo vive en la Iglesia, está con nosotros, portadores de esperanza e inmortalidad».

«Si habéis encontrado pues, a Cristo, ¡Vivid a Cristo, vivid con Cristo!¡ Y anunciadlo en primera persona, como auténticos testigos: «Para mí la vida es Cristo».28

a).- Unión vital con Cristo.

La fecundidad del apostolado seglar depende de su unión vital con Cristo, porque dice el Señor:»El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer».29

Los cristianos seglares obtienen el derecho y obligación del apostolado por su unión de Cristo cabeza, ya que insertos por el bautismo en el cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el Señor. Son consagrados como sacerdocio real y gente santa, para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo.

El Santo Padre Benedicto XVI nos invita: «Cultivad en vosotros las dos dimensiones constitutivas y complementarias de la Iglesia: la comunión y la misión, la unidad y la tensión evangelizadora».

También, el actual Santo Padre, nos enseña: «La Iglesia no vive de sí misma sino del Evangelio y del Evangelio saca siempre la orientación para su camino. La palabra de Dios, por la acción del Espíritu Santo, guía a los creyentes a la plenitud de la verdad».

San Vicente de Paúl, estaba siempre «atento a caminar al paso de la Providencia y dócil a la acción del Espíritu Santo». Actualmente, la Iglesia y nosotros, quienes la integramos, debemos estar alertas siempre y preparados, para el momento justo en el que, nuestra participación como testigos de Cristo sea oportuna, para dar cumplimiento a los acuerdos de nuestros pastores reunidos en Aparecida, Brasil, con objeto de impulsar la dinámica misionera requerida en este momento.

«En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un encuentro personal con Jesucristo, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión y a un cambio de vida integral».30

Esta es la misión de la Iglesia, ayer, hoy y siempre: anunciar y testimoniar a Cristo, para que el hombre pueda realizar plenamente su vocación. Es necesario mantener fija la mirada en Cristo.

«En la Iglesia todas las tareas son importantes cuando se coopera a la realización del Reino de Dios. La barca de Pedro, para avanzar segura, tiene necesidad de tantos oficios escondidos, que junto con los más vistosos, contribuyen a regular el desarrollo de la navegación. Lo que es indispensable no perder nunca de vista el objetivo común, es decir la dedicación a Cristo y a su obra de salvación».31

La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda su persona al saber que Cristo lo llama por su nombre.32

b).- Unión por el amor de Dios

Para configurarse verdaderamente con el Maestro, es necesario asumir la centralidad del Mandamiento del amor, que Él quiso llamar suyo y nuevo: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado».33

Este amor además de ser el distintivo de cada cristiano, no puede dejar de ser la característica de su Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testi onio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio, «reconocerán todos que son discípulos míos».34

Al respecto, San Vicente de Paúl, nos enseña: «He de amar a mi prójimo, como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez, los hombres amen a su Creador, que los conoce y reconoce como hermanos, que los ha salvado, para que con una caridad mutua también ellos se amen entre sí por amor de Dios, que los ha amado hasta el punto de entregar por ellos a la muerte a su Hijo único» (XI,555).

La acción caritativa puede y debe llegar hoy a todos los hombres y a todas las necesidades. Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca como tal, es necesario que se vea en el prójimo la imagen de Dios según la cual ha sido creado, y a Cristo señor a quien en realidad se ofrece lo que se da al necesitado.

Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios…al llamar a los suyo para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones35 (Mt 28,19; Lc 24,46-48). Por esto todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano…Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma.

Hemos de volver a la espiritualidad de nuestro santo patrono, quien tan magistralmente habla a sus sacerdotes y nos deja el legado de su camino de santidad: «Servir a los pobres es servir a Jesucristo. Servís a Jesucristo en la persona de los pobres….Vayamos pues, hermanos míos, y dediquémonos con nuevo amor a servir a los pobres, e incluso busquemos a los más pobres y a los más abandonados; reconozcamos delante de Dios que son nuestros señores y maestros y que somos indignos de ofrecerles nuestros pequeños servicios» (IX, 252: XI, 392-393).

El amor es la esencia del cristianismo; hace que el creyente y la comunidad cristiana sean fermento de esperanza y de paz en todas partes, prestando atención especial a las necesidades de los pobres y los desamparados. Esta es nuestra misión común: ser fermento de esperanza y de paz porque creemos en el amor.

El amor hace vivir a la Iglesia vivir siempre, y puesto que es eterno, le hace vivi siempre, hasta el final de los tiempos.

Tema 4. Sacerdocio laical

Toda obra misionera debe contar con el asentimiento previo de la legítima autoridad eclesiástica, por tanto, es deber de la jerarquía promover el apostolado de los laicos, aportar los principios y subsidios espirituales, ordenar el ejercicio del apostolado al bien común de la Iglesia y vigilar para que se respeten la doctrina y el orden.

a).- Comunión de los discípulos misioneros.

En el Documento de Aparecida, el capítulo 5 está dedicado a la «Comunión de los discípulos misioneros de la Iglesia». Los discípulos de Jesús están llamados a vivir en comunión con el Padre36 y con su Hijo muerto y resucitado, en «la comunión en el Espíritu Santo».37 La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia.

No hay discipulado sin comunión…la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella «nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión.38

«La vida en el Espíritu Santo realiza la vocación del hombre. Está hecha de caridad divina y solidaridad humana. Es concedida como una salvación.39 «El cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con todos los bautizados. De la Iglesia recibe la palabra de Dios».40

b).- Imagen y semejanza de Dios.

«El hombre tiene la vocación de hacer manifiesto a Dios mediante sus obras humanas en conformidad con su condición de criatura hecha a ‘imagen y semejanza de Dios’».41

El hombre es imagen y semejanza de Dios, no en cuanto a su cuerpo sino a su alma, que es la parte más noble y la que hay que tratar con más cuidado. El alma es la imagen de Dios. Dios es espíritu purísimo; el alma también es espíritu. Dios es inmortal; el alma jamás morirá.

Dios es infinitamente sabio, conoce y sabe todo; también el alma es inteligente, conoce y sabe muchas cosas. Dios, con su libre voluntad, creó el mundo y lo conserva continuamente; el alma, con su voluntad, mueve las facultades para obrar.

La razón es que Dios nos ha hecho a su imagen para conocerle y amarle. De todas las criaturas visibles, sólo el hombre es «capaz de Dios». Sólo el hombre está llamado a vivir con Dios en el mundo más allá.

Y siendo a imagen de Dios, el hombre está llamado a amar: primero a Dios y luego a todo el que tiene semejanza con Dios, es decir, a cada persona humana, pues cada persona está hecha a imagen de Dios.

c).- La vocación del cristiano.

«La vocación primera del cristiano es seguir a Jesús»42 y, el amor, es, la vocación fundamental e innata de todo ser humano.43

El Concilio exhorta a los cristianos, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu del Evangelio. El cristiano que falta a sus deberes temporales, falta a sus deberes con el prójimo y con el mismo Dios, y pone en peligro su salvación eterna.

Los seglares son en el mundo «testigos e instrumentos vivos de la misión de la Iglesia».44 En conjunción con la Jerarquía, la cual enseña en nombre y con la potestad de Cristo, también los seglares manifiestan la luz del Evangelio en la vida cotidiana, familiar y social. Su testimonio adquiere una nota específica y una peculiar eficacia por realizarse dentro de las condiciones comunes del mundo.45

La gestión directa y la instauración concreta del orden temporal es oficio que compete a los seglares, en cuanto ciudadanos de la sociedad civil, bajo su propia responsabilidad y según sus conocimientos, aunque guiados por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, e impulsados por la caridad cristiana, buscando en todas partes y en todo la justicia del Reino de Dios.46

d).- Adecuada formación.

La operación de los dones del Espíritu que nos han sido confiados, debe revestirse de una adecuada formación humana, intelectual y espiritual, de manera tal que nuestra participación social facilite testimoniar los grandes valores de la fe y de la convivencia humana.

Hemos de tener siempre presente que en la actual situación, la cultura está profundamente marcada por un subjetivismo que, muchas veces, desemboca en el individualismo extremo, o en el relativismo que lleva a los hombres a convertirse en la única medida de sí mismos, perdiendo de vista otros objetivos que no estén centrados en el propio yo, convertido en el único criterio de evaluación tanto de la realidad como de las propias opciones.

Por ello, es necesario que nos esforcemos por acrecentar y fortalecer nuestra fe, mostrando a los demás cómo debemos mirar con autenticidad a los demás y a la creación misma, buscando siempre la maduración y la plenitud con Cristo.

«El cristianismo no puede ser relegado al mundo del mito o de la emoción, sino que debe ser respetado por su anhelo de ofrecer luz sobre la verdad del hombre, de ser capaz de transformar espiritualmente a los hombres y a las mujere , y por tanto, de permitirles realizar su propia vocación en el transcurso de la historia».47

He aquí nuestra tarea: reconocer ante todo que los hombres somos libres para orientar nuestra vida hacia un fin, que por nuestros actos podemos orientarnos hacia la felicidad a la que estamos llamados para la eternidad. En el ejercicio de esta libertad, realizamos nuestra vocación dando forma a nuestra identidad profunda.

La dignidad particular del ser humano es al mismo tiempo un don de Dios y la promesa de un porvenir.

e).- El discernimiento.

Los hombres tenemos una capacidad específica: discernir lo bueno y el bien. Impresa en el hombre como un sello, la sindéresis nos lleva a hacer el bien. La conciencia es el juicio del intelecto que decide, según los principios de la fe y la razón, si una acción es buena o mala. La conciencia es un acto específico de la mente, aplicando su conocimiento a una situación moral concreta.

La mente depende de los principios que conoce para decidir. Estos principios se conocen o por la luz de la razón natural o por la fe divina.

«Al recibir la fe y el bautismo, los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios «Abba».

Todos los bautizados y bautizadas de América Latina y el Caribe, «a través del sacerdocio común del Pueblo de Dios, estamos llamados a vivir y transmitir la comunión con la Trinidad, pues «la evangelización es una llamado a la comunión trinitaria».48

Lo que la Iglesia necesita son evangelizadores disponibles y generosos que hagan patente que es «la familia de Dios», por ello, la Iglesia habla todos los idiomas y sale al encuentro de todas las culturas, Jesús es la Buena Nueva para los hombres y las mujeres de todo tiempo y lugar que buscan el sentido de la existencia y la verdad de su humanidad.

Y anunciándolo a todos los pueblos, la Iglesia no quiere imponerse, sino que da testimonio de su estima por el ser humano y por la sociedad donde vive.

Su único objetivo es el de servir al hombre, inspirándose, como norma suprema de conducta, en las palabras y en el ejemplo de Jesucristo, quien «pasó haciendo el bien a todos».

San Vicente de Paúl, nos enseña: «Según el camino de la Providencia, Dios quiere salvar a los hombres por medio de otros hombres, y nuestro Señor se hizo él mismo hombre para salvarnos a todos» (VII, 292).

«Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros por su ejemplo y su Palabra la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención.(XI, 555)

No es suficiente sabernos portadores de los valores evangélicos en un contexto secularizado, debemos además testificarlos.

La espiritualidad de San Vicente de Paúl, nos señala una buena manera de lograrlo: «Debemos estar siempre atentos a caminar al paso de la Providencia y dóciles a la acción del Espíritu Santo».

f).- La opción de los pobres.

Terminamos este módulo del curso, transcribiendo del Documento de Aparecida, una declaración que debe motivarnos a la acción eficaz: «Asumiendo con nueva fuerza esta opción por los pobres, ponemos de manifiesto que todo proceso evangelizador implica la promoción humana y la auténtica liberación «sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad».

Entendemos, además, que la verdadera promoción humana no puede reducirse a aspectos particulares: «Debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre», desde la vida nueva en Cristo que transforma a la persona de tal manera que la hace «sujeto de su propio desarrollo».

Para la Iglesia el servicio de la caridad, igual que el anuncio de la Palabra y la celebración de los Sacramentos, «es expresión irrenunciable de la propia esencia».49

Tema 5. Los fieles laicos en la viña del Señor.

a).- Coparticipes en la obra de la creación.

En su misericordia sin límite, Dios ha querido dar al hombre el gran privilegio de participar en la obra de la Creación. Dios, equipa a cada uno de sus hijos, haciéndole capaz de ejecutar una o varias acciones en esta excepcional tarea.

Dios permanece siempre cerca de sus criaturas, y les acompaña en la etapa que les ha confiado. A cada uno llama a una etapa diferente y en un tiempo distinto, a una acción concreta, personalizada y, a la vez, complementaria del todo.

Nadie recibe la misma tarea, porque son múltiples los talentos y los carismas que el Espíritu de Dios otorga a cada persona, por ello para cada uno de los llamados la ocasión es especial e irrepetible.

Cada uno tiene designado un campo de aplicación de su esfuerzo, cada uno debe poner en común los carismas recibidos a fin de lograr, todos juntos, el fin propuesto por el Creador.

Todos somos llamados, sí. Pero, tenemos libertad para aceptar o no el llamado. En esta decisión nos jugamos la vida eterna.

El laico comprometido, esto es, aquel que escucha el llamado y actúa en consecuencia, vive las realidades de la vida cotidiana desde el seguimiento de Jesús, como cristiano que es, y las transforma desde su fe ya que, hace de toda su existencia un culto a Dios que determina su forma de asumir el trabajo, la familia, la profesión, la política, la cultura, etc.

Esto es lo que hace del laico un sacerdote en el mundo, es decir, una persona que todo lo re-liga a Dios, al conectar todas sus experiencias con las de Jesús.

El laico, se convierte así en instrumento sacerdotal de Cristo, actúa en su nombre y se convierte en testigo con su vida, de la Verdad del Señor. Esto exige discernimiento, la capacidad de afrontar las situaciones y buscar en ellas la voluntad de Dios.

b).- La Iglesia es la viña del Señor.

La viña a que se nos invita a trabajar es la Iglesia de Cristo. En esta viña hay, siempre, una gran diversidad de tareas que realizar. Los llamados a primera hora, hicieron su tarea, otros llamados poco después también cumplieron, de tal mane a que, Noé, Abraham, Isaac y Jacob, obtendrán la felicidad de la resurrección al mismo tiempo que nosotros.

San Agustín, Obispo y doctor de la Iglesia, nos comenta de esta manera el pasaje evangélico: «Moisés, Aarón y los profetas, llamados a la hora novena, gustarán de la misma felicidad que nosotros. Al final del mundo, los cristianos, que son llamados a la hora undécima, recibirán con ellos la felicidad de la resurrección. Cuando se tratará de recibir la recompensa, todos seremos iguales, los primeros como si fueran los últimos, y los últimos como si fueran los primeros».50

El premio destinado para todos es el Reino de los Cielos que Jesús viene a regalarnos a todos nosotros, llamados por igual, quizá a distinta hora, para trabajar en «la viña del Señor».

Para todos los llamados es necesario cultivar un corazón grande y una mano firme, puesto que el trabajo en la viña del Señor, en su Iglesia, requiere generosidad en el servicio y la entrega; disponibilidad absoluta hacia los demás y sincero amor al prójimo.

Se requiere, igualmente, compromiso y entrega, esfuerzo y resultados de vida. Amor, oración continuada y perseverancia en la acción. Generosidad, humildad y sencillez son las virtudes necesarias para una eficaz caridad operante.

Así nos enseña San Vicente de Paúl: «Humildad, caridad y sencillez. Religión para con el Padre y caridad para con los hombres. El amor a Dios es el hilo conductor de esas virtudes. La fuente de todo está en el amor de Dios, que dinamiza y urge el amor al prójimo».

El Catecismo de la Iglesia Católica, nos enseña:» La Iglesia es labranza o campo de Dios. En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y los gentiles.51 El labrador del cielo la plantó como viña selecta.52

La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir a nosotros. Que permanecemos en Él por medio de la Iglesia y que sin Él no podemos hacer nada.53

c).- Documentos de la Iglesia.

En el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y el Caribe (Documento de Aparecida) se recoge en la conclusión 371, la siguiente recomendación: «Los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución». (De la Pastoral).54

Ya anteriormente, en varios documentos Conciliares y post conciliares así como en el Magisterio de la Iglesia encontramos referencias y normas al respecto de la participación de los laicos, así por ejemplo en Lumen Gentium, leemos:»Los sagrados pastores conocen muy bien la importancia de la contribución de los laicos al bien de toda la Iglesia, … a ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el Espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor».

En la exhortación apostólica post-sinodal Christifideles Laici, de su Santidad Juan Pablo II, sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el Mundo, leemos: «La viña es el mundo entero,55 que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios.

Id también vosotros a mi viña

«Salió luego hacia las nueve de la mañana, vio otros que estaban en la plaza desocupados y les dijo: «Id también vosotros a mi viña»».56

El llamamiento del Señor Jesús «Id también vosotros a mi viña» no cesa de resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo.

San Gregorio Magno: «Fijaos en vuestro modo de vivir, queridísimos hermanos, y comprobad si ya sois obreros del Señor. Examine cada uno lo que hace y considere si trabaja en la viña del Señor».

No hay lugar para el ocio: tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor. El «dueño de casa» repite con más fuerza su invitación: «Id vosotros también a mi viña».

En otro documento, Su Santidad Pío XII nos orienta: «…Sus trabajos y sus fatigas serán fecundados y corroborados por aquellos carismas de gracia que Dios niega a los soberbios, pero que concede en abundancia a quienes, trabajando con humildad en la viña del Señor, no se buscan a sí mismos ni su propia vanagloria,57 sino la gloria de Dios y la salvación de las almas. Por lo tanto,…ponga más bien su confianza en la ayuda del Señor «Nada es el que planta ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento».58

En la misma línea de confianza, nos ilustra el Papa Juan Pablo II:»El empeño y la constancia…ofrecen preciosos frutos a los que trabajan en la viña del Señor con corazón confiado, sincero y constante».

En su homilía del 16 de diciembre de 1997, Juan Pablo II nos regala un texto de excelente factura y enseñanza: ¿Qué evoca la imagen de la viña? Siguiendo los textos evangélicos, podríamos decir que representa a todo el universo creado que, gracias a la venida de Cristo, se convierte de una manera particular en propiedad de Dios.

En efecto, gracias a la redención de Cristo, el universo y el hombre comienzan a pertenecer de modo nuevo a Dios. Por tanto, podemos afirmar que la Navidad es, en cierto sentido, el día santo en el que el mundo visible y el hombre se convierten en la viña del Señor.

«Ve (…) a trabajar en mi viña»,59 dice el padre de la parábola evangélica a sus dos hijos, y espera de ellos una respuesta; no se contenta con palabras; quiere que lo hagan realmente. Los dos responden de modo diferente: el primero dice que va, pero después no lo hace; el segundo, en cambio, aparentemente rechaza la invitación del padre, pero luego se arrepiente y hace lo que se le pide.

El evangelista san Mateo presenta así las dos actitudes típicas que los hombres, en el arco de la historia, adoptan con respecto a Dios.

La invitación evangélica a trabajar en la viña del Señor resuena en la vida y en el corazón de todo hombre y toda mujer, llamados a comprometerse concretamente en la viña divina y a participar en la misión de salvación.

En esta parábola, cada uno de nosotros puede reconocer su propia experiencia personal.

Benedicto XVI, nuestro Sumo Pontífice nos dice:»Miremos al futuro con esperanza y trabajemos en la viña del Señor con celo y confianza».

Tema 6. El rol del laico en la nueva evangelización.

A los laicos Cristo los constituye en testigos y los ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra, para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social.

La Iglesia, a la que todos pertenecemos desde nuestro bautismo, está llamada a hacer resplandecer en el mundo la luz de Cristo, reflejándola en sí misma. Cristo, al darnos el Espíritu Santo, puede transformar nuestra miseria y renovarnos constantemente.

Por eso los cristianos, habiendo aprendido de Jesús «a vivir con el estilo de las Bienaventuranzas», tendrán que atraer a través del testimonio del amor, a todos los hombres de Dios.

El testimonio coherente y convencido de los creyentes es el medio con el que la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándole a acoger libremente esta novedad radical.

«Los cristianos por ser miembros del cuerpo, cuya cabeza es Cristo, contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y de sus costumbres».60

De tal manera, los cristianos tenemos la obligación de dar testimonio por palabras y obras de la Verdad de Jesucristo, como miembros de la Iglesia. El medio para cumplir esta obligación es el apostolado.

a).- El apostolado en la evangelización

Todos los fieles de Cristo son llamados al apostolado para «anunciar la fe, sirviéndola en la comunión fraterna, y celebrándola en la liturgia y en la oración».61

Hacer apostolado significa compartir, significa guiar, significa iluminar a los que te rodean para que todos lleguen a su fin, que es Dios.

Jesús dijo «Id pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado».62

Jesús se acerca a sus discípulos, al igual que hoy se hace cercano a nosotros. Y le habla a cada uno de ellos, como también ahora nos habla a través de su Palabra.

De sus discípulos, quienes le escucharon salieron a cumplir el mandato recibido, fueron en busca de quienes aceptaran hacerse también discípulos del único Maestro y así cumplir su Palabra, para así llegar a ser un pueblo que produce el fruto del Reino.

Nosotros, hoy, tenemos la libertad de escucharle y apostolar, dando testimonio y anunciando la Buena Nueva. Si aceptamos, el trabajo está a la vista, en la viña del Señor.

Cumplir la Palabra de Dios, consiste en cumplir la voluntad del Padre, como el Hijo nos lo ha enseñado.

El mandato es amar al Padre y a los hermanos con el mismo Amor del Hijo.63

Los primeros cristianos recibieron de los apóstoles el contenido del mandato, y aceptaron ser los enviados, cumplieron y dieron ejemplo para que ahora, también nosotros lo cumplamos.

Los primeros cristianos evangelizaron la sociedad pagana romana con su santidad personal, con su entusiasmo apostólico, con su apostolado del ejemplo, de la palabra y de la amistad.

Todo bautizado, por el mismo hecho de serlo, está llamado por Cristo a la misión evangelizadora, con el dinamismo y exigencia de los primeros cristianos.

San Agustín, conmina a los cristianos: «Conocéis lo que cada uno de vosotros tiene que hacer en su casa, con el amigo, el vecino, con su dependiente, con el superior, con el inferior. Conocéis también de qué modo da Dios ocasión, de qué manera abre la puerta con su Palabra. No queráis, pues, vivir tranquilos hasta ganarlos para Cristo, porque vosotros habéis sido ganados por Cristo»

El Concilio Vaticano II, recuerda que hacer apostolado y ganar almas para Cristo es un derecho y un deber urgentes para todos: «A todos los cristianos se impone la gloriosa tarea de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado en todas partes por todos los hombres».64

b).- El protagonista del apostolado

El apóstol no es el protagonista del apostolado. No puede pensar, si hay frutos, que es él quien obtiene y consigue. El protagonista del apostolado es el Espíritu Santo, y los frutos son siempre frutos de la gracia.

Dios es el único que santifica, el único que mueve los corazones. Por esa razón, el bautizado acude con frecuencia al Espíritu Santo, y le pide sus dones: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios.

La misión del apóstol es secundar la gracia de Dios, que desea que todos los hombres se salven.

El apostolado nace de la oración, de la unión con Cristo.

Es el Espíritu Santo el que ayuda al verdadero apóstol, para que diga en cada momento lo que debe decir.

La verdadera y única dificultad en la evangelización es la falta de amor a Dios y de fe en Él, la falta de amor a la Iglesia y a la propia vocación cristiana.

Verdadera fe es aquella que no permite que las acciones contradigan lo que afirma con las palabras. Examinando nuestra conducta personal, debemos medir la autenticidad de nuestra fe.

San Vicente de Paúl, al respecto nos enseña:» Ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros o nosotros con Él; que obremos en Él, y Él en nosotros; que hablemos como Él y con su Espíritu»( SVP XI, 236).

c).- Vocación cristiana

Jesús, rey soberano del universo, de cuyo Padre ha recibido todo poder, envía a sus discípulos al mundo entero, con la finalidad de hacer discípulos a todas las naciones.

¿A qué conduce la evangelización y la catequesis? A vivir como cristianos.

La vida cristiana es una vocación porque es una vida en el Espíritu. De esta manera el evangelizado y catequizado se convierte a su vez en discípulo- misionero.

Un discípulo que ha recibido la Buena Nueva y con ella la vida y alegría del Señor, no puede permanecer egoístamente pasivo, sino por el contrario, debe insertarse en la dinámica misionera, profundamente católica. Testimoniando permanentemente una vida de fe viva.

El Espíritu de Dios genera dones específicos y diversos. Toda vocación es un carisma que hay que vivir en el servicio.

El servicio es el primer fruto de la felicidad, el resultado de un corazón ardoroso en el amor al prójimo.

La vocación es, además, un acontecimiento de comunión en Cristo y en la Iglesia. En la viña del Señor a nadie le es lícito permanecer ocioso, pues trabajo hay, y mucho: las nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy con fuerza la acción comprometida de los fieles laicos.

Alternativas para servir, existen en todos los ámbitos del saber y de hacer humanos.

Por medio del servicio, del anuncio y del testimonio, los fieles laicos tenemos un lugar original e irremplazable en la Iglesia de Cristo, pues somos quienes la hacemos presente en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza y de amor.

Los laicos pueden realizar su vocación en el mundo y alcanzar la santidad no solamente comprometiéndose activamente a favor de los pobres y necesitados, sino también animando con espíritu cristiano la sociedad, mediante el cumplimiento de sus deberes profesionales y con el testimonio de una vida ejemplar.

La nueva evangelización nos llama a renovar nuestro ardor, nuestros métodos y nuestras expresiones apostólicas. La riqueza y variedad de las asociaciones y movimientos eclesiales ponen de manifiesto la vitalidad de la Iglesia.

La misión de la Iglesia, ayer, hoy y siempre, es: anunciar y testimoniar a Cristo, para que el hombre pueda realizar plenamente su vocación.

Vocación del hombre que se resuelve al «conocer a Jesucristo por la fe, lo que constituye nuestro mayor gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos, al elegirnos, nos ha confiado».65

Tema 7. El Espíritu de Dios presente en toda evangelización.

En la Constitución Apostólica Lumen Gentium, leemos: «Cristo Jesús, supremo y eterno sacerdote, porque desea continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos vivifica a estos en su espíritu e ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta….»

a).- Espíritu Santo vivificante

El Espíritu de Dios que da vida, desde la Encarnación, en que Cristo fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, hasta la especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo.

Este vivificar constante y benéfico lo celebramos el pueblo de Dios, desde el esperanzado y agradecido salmo que canta: «Envías tu soplo y son creadas, y renuevas la faz de la tierra…»

Dios es espíritu, y está presente en el mundo y, de manera inmanente, lo penetra y vivifica desde dentro.

Esto mismo sirve para explicar la presencia del Espíritu de Dios en el hombre: Dios está en lo íntimo de su ser como pensamiento, conciencia, corazón; es realidad psicológica y ontológica, ante la cual San Agustín decía: «es más íntimo de mi intimidad».

Solamente el Espíritu puede ser tan inmanente al hombre y al mundo, al permanecer inviolable e inmutable en su absoluta trascendencia.

En la resurrección de Cristo, el Espíritu Santo Paráclito se reveló sobre todo como el que da la vida:»Aquél que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales por su Espíritu que había en nosotros».

El soplo de la vida divina, el Espíritu Santo, en su manera más simple y común, se manifiesta y se hace sentir en la oración. En ella se manifiesta ante todo y sobre todo como el Dios «que viene en auxilio de nuestra necesidad»

La presencia del Espíritu Santo en nuestra vida es resultado del aliento exhalado originalmente sobre los Apóstoles en el cenáculo. De tal manera, desde entonces y para siempre, respiramos a Dios, vivimos en Dios.

Un Dios que se acerca, que llama; pero hay que abrirle para que entre en nosotros.

Él está siempre ahí, espera, susurra su amor y lo impulsa hacia el prójimo; zarandea nuestra conciencia, impele a la misericordia, invita a perdonar, ofrece su mesa de la comunión, y guía a hacer vida el Evangelio y a predicarlo.

b).- El Espíritu Santo guía a la iglesia en la evangelización

«El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, dará testimonio de mí».66

Es decir, mostrará el verdadero sentido del Evangelio en el interior de la Iglesia para que ella lo anuncie de modo auténtico a todo el mundo.

El Espíritu es la fuerza que nos capacita para cumplir la tarea que Dios nos asigna a personas y comunidades. La religión con Espíritu se convierte en vida, el cristianismo se convierte en testimonio.

En Pentecostés, el Espíritu Santo:

  • Iluminó el entendimiento de los Apóstoles en las verdades de la fe, y los transformó de ignorantes, en sabios.
  • Fortificó su voluntad, y de cobardes los transformó en valerosos defensores de la doctrina de Cristo, que todos sellaron con su sangre.

El Espíritu Santo descendió no sólo para los Apóstoles, sino para toda la Iglesia, a la cual enseña, defiende, gobierna y santifica.

  • La enseña, ilustrándola e impidiéndole que se equivoque. Por eso Cristo lo llamó: «Espíritu de Verdad».67
  • La defiende, librándola de las asechanzas de sus enemigos. La gobierna, inspirándole lo que debe obrar y decir.
  • La santifica con su gracia y sus virtudes
  • Su acción en la Iglesia es permanente: «Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros eternamente».68 Tal fue la promesa de Cristo.

c).- El Espíritu Santo en los laicos evangelizadores

«… a los laicos, Cristo los constituye en testigos y los ilumina con el sentido de la fe y la gracia de las palabras, para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana, familiar y social».69

Cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva que excita a la esperanza y obra por la caridad.

«Dios es caridad y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él».70

Enraizados y vivificados por la vid, los sarmientos son llamados a dar frutos: «Yo soy la vid, vosotros, los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto».71

Cristo ha sido glorificado y sigue presente y operante en el mundo por el Espíritu Santo. Los dones del Espíritu Santo superan lenguas y razas, diferencias y divisiones. Sus dones que ayudan a crear actitudes de comunidad, de plegaria y de servicio. «En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común».

El cristiano es un enviado, «Como el Padre me ha enviado así también os envío yo». ¿Y, a qué nos envía?:

  • A vivir y a contagiar la paz. Cristo y su Espíritu son fuentes de paz para que el mundo crea.
  • A experimentar el perdón y la misericordia.
  • A ser constructores de la comunidad. El Espíritu de Dios se ha derramado en cada uno para lograr la unidad de todos en el amor.

Un fuerte impulso evangelizador es uno de los efectos del Espíritu Santo en los cristianos. Para emprender la misión evangelizadora, debemos implorar, honestamente y con humildad que la Palabra de Dios y su Santo Espíritu nos conceda los carismas necesarios para la edificación de la Iglesia.

Quien se siente llamado a trabajar en la viña del Señor debe, de muy diversos modos, «participar en el designio divino de la salvación. Debe marchar hacia la salvación y ayudar a los demás a fin de que se salven. Ayudando a los demás, se salva a sí mismo»

d).- Los dones del Espíritu Santo

Un carisma, estrictamente hablando es un don espiritual; desde el día de nuestro Bautismo está el Espíritu Santo en nosotros y también todos sus dones y carismas. El día del Bautismo hemos recibido el Espíritu Santo con sus siete dones, y estos dones son, a su vez, raíz de todos los carismas.

«Un carisma es una manifestación exterior del Espíritu Santo».72

Los carismas son para que edifiquemos el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, para construir la comunidad, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo.

Los carismas son siempre para el servicio de la comunidad y para evangelizar, para anunciar la buena noticia de Jesús Resucitado y formar comunidades fraternas donde Jesús es el centro y donde se vive en la fe.

Jesús dice a sus discípulos: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis frutos y vuestro fruto permanezca».73

La labor de los fieles laicos es: testificar la fe cristiana en el mundo que viven, siempre y cuando cada testigo haya superado en sí mismo la fractura entre Evangelio y vida.

Solamente así, y únicamente así, el fiel laico estará capacitado para recomponer su vida familiar cotidiana, así como su participación e influencia innovadora en su ámbito laboral, social cultural, político, etc.

La unidad de vida le dará consistencia, credibilidad, liderazgo. Su autenticidad le hará ejemplar. Será un buen testigo de Cristo. Será un cristiano cabal.

Es verdad que hemos sido elegidos, sí, pero una parte de la tarea nos corresponde resolverla. Pues estamos llamados a formar de comunidades eclesiales, en las cuales la Evangelización consiga liberar y realizar todo su originario significado de adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio.

Que propicie y sostenga un permanente estado de encuentro y de comunión sacramental, y que suscite una existencia plenamente vivida en la caridad y en el servicio al prójimo.

Toda la Iglesia está llamada al servicio de la caridad. La caridad que ama y sirve a la persona no puede jamás ser separada de la justicia.

e).- La vid y los sarmientos.

El hombre es interpelado en su libertad por la llamada de Dios a crecer, a madurar, a dar fruto, no puede dejar de responder; no puede dejar de asumir su personal responsabilidad.

«Yo soy la vid, y mi Padre es el viñador, todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto».74

«Con la parábola de la Vid y los Sarmientos, Jesús revela el tipo de vinculación que Él ofrece y que espera de los suyos. No quiere una vinculación como «siervos»,75 porque «el siervo no conoce lo que hace su señor».76 El siervo no tiene entrada a la casa de su amo, menos a su vida. Jesús quiere que su discípulo se vincule a Él como «amigo» y como «hermano». El «amigo» ingresa a su Vida, haciéndola propia. El amigo escucha a Jesús, conoce al Padre y hace fluir su Vida (Jesucristo) en la propia existencia77 marcando la relación con todos. El «hermano» de Jesús78 participa de la vida del Resucitado, Hijo del Padre celestial, por lo que Jesús y su discípulo comparten la misma vida que viene del Padre, aunque Jesús por naturaleza79 y el discípulo por participación.80 La consecuencia inmediata de este tipo de vinculación es la condición de hermanos que adquieren miembros de su comunidad».81

«Jesús los hace familiares suyos, porque comparte la misma vida que viene del Padre y les pide, como a discípulos, una unión íntima con Él, obediencia a la Palabra del Padre, para producir en abundancia frutos de amor».82

«La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano,83 que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos,…»84 siguiendo en todo la práctica de Jesús.

Cerramos con una página de nuestro santo patrono, guía espiritual de nuestro carisma: «Si, me entrego a Dios para cuidar de los pobres y para practicar con ellos las obras de caridad; los atenderé, los querré, los cuidaré; y, a ejemplo de nuestro Señor, amaré a quienes les consuela y respetaré a todos los que los visiten y atiendan» San Vicente de Paúl (X,955).

  1. Diccionario teológico del Catecismo de la Iglesia Católica. Luis Martínez Fernández. Pág 162
  2. Catecismo de la Iglesia Católica, número 749
  3. Constitución Dogmática «Lumen Gentium» I,1
  4. Cipriano. «De oratio. dom.» 23
  5. Constitución Dogmática «Lumen Gentuim» I, 4,8 13-15
  6. Constitución Dogmática «Lumen Gentium» I,2
  7. Constitución Dogmática «Lumen Gentium» I,5
  8. Decreto «Apostolicam Actuositatem» I,2
  9. Exhortación Apostólica «Apostólicam Actuositatem», I
  10. Exhortación Apostólica Postsinodal «Christifideles Laici», III
  11. Constitución Dogmática. «Lumen Gentium» , II, 16
  12. San Vicente de Paúl. Cartas. XII, 139
  13. Ex 34, 5-6
  14. 1 Jn 4,8,16
  15. Benedicto XVI
  16. 2 Co 6, 18
  17. CIC 270
  18. Benedicto XVI
  19. Benedicto XVI en Aparecida, Brasil 2007
  20. San Juan 14, 15, 21
  21. San Juan 14, 1
  22. Benedicto XVI
  23. Documento de Aparecida 359
  24. CIC 1344
  25. San Agustín, Sil: I,1,3
  26. Apostolicam Actuositatem 2
  27. San Juan 13, 35
  28. Filipenses 1, 21
  29. Juan 15, 4-5
  30. Documento de Aparecida
  31. Benedicto XVI
  32. Benedicto XVI
  33. Juan 13, 3
  34. Juan 13, 3
  35. Juan 15, 12
  36. 1 Jn 1, 3
  37. 2 Cor 123, 13
  38. Documento de Aparecida
  39. CIC 1699
  40. CIC 2030
  41. CIC 2085
  42. Mateo 16, 25
  43. Familiaris Consortio 11
  44. Lumen Gentium 33
  45. Lumen Gentium 35
  46. Apostolicam Actuositatem 7
  47. Benedicto XVI
  48. Documento de Aparecida 157
  49. Documento de Aparecida 399
  50. San Agustín Sermón 87
  51. Romanos 11,13-26
  52. San Mateo 21,33-43. Isaías 5,1-7
  53. San Juan 15, 1-5. Catecismo de la Iglesia Católica 755
  54. Documento de Aparecida 371
  55. San Mateo 13, 38
  56. San Mateo 20, 3-4
  57. 1 Corintios 10,33
  58. 1 Corintios 3, 7
  59. San Mateo 21, 28
  60. Catecismo de la Iglesia Católica 2045
  61. Libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 42
  62. Evangelio según San Mateo 28, 19-20
  63. Evangelio según san Mateo 22,34-40
  64. Apostolica Actuositatem 3. Lumen Gentium 35
  65. Documento de Aparecida, 18.
  66. San Juan 16,13
  67. San Juan 16,13
  68. San Juan 14,16
  69. Lumen Gentium
  70. 1 Juan 4, 16
  71. San Juan 15,5
  72. Efesios 4, 11-13
  73. San Juan 152,16
  74. San Juan 15, 1-2
  75. San Juan 8, 33-36
  76. San Juan 15,15
  77. San Juan 15,14,
  78. San Juan 20,17
  79. San Juan 5,26 ; 10,30
  80. San Juan 10,10
  81. Documento de Aparecida 132
  82. Documento de Aparecida 133
  83. San Lucas 10, 29-37
  84. Documento de Aparecida 135

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