El mensaje de la Medalla Milagrosa: Una meditación misionera (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Virgen MaríaLeave a Comment

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3er icono: Ojos abiertos y manos extendidas: Nuestra Señora de las Gracias.

En esta segunda fase de la aparición del 27 de noviembre, nos unimos a la feliz Catalina para contemplar a la Madre de las gracias, tal como aparece en la Medalla Milagrosa. La descripción continúa: «Se formó un cuadro oval en torno a la Santísima Virgen, donde estaban escritas, con letras de oro, estas palabras: ‘Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a vós’”. En el misterio de su Inmaculada Concepción, repleta de la gracia que llenó su ser, dilató su libertad, la preservó del pecado y la preparó para la misión de generar, educar y seguir al Salvador, convirtiéndose así en inspiración y modelo para la comunidad de los discípulos. En los evangelios, María habla muy poco, pero es ella quien nos da la Palabra, el Verbo hecho carne, conduciéndonos siempre a lo esencial (cf. Jn 2,5). La Medalla es un compendio del Evangelio, porque, a través de ella, María no sólo revela su corazón, sino que también comunica el amor que lo llena, haciéndonos entrar en relación con su Hijo, enseñándonos a ser sus amigos (cf. Jn 15,14 -15).

La cabeza levemente reclinada de la Virgen y su mirada hacia el mundo traducen un amoroso gesto de solidaridad con las necesidades, dolores, alegrías y esperanzas de sus hijos e hijas. Los brazos extendidos y las manos abiertas son prolongaciones de un corazón magnánimo, de quien no vive para sí y nada retiene en provecho propio. Viene a la memoria el episodio de la presurosa visita de María a Isabel. La madre virginal del Señor, oyente de la Palabra, agraciada por Dios, cubierta por el Espíritu, se pone en camino, sale de sí, va al encuentro de aquella que más  lo necesita, en un gesto de gratuita donación (cf. Lc 1,39-45). Así como la maternidad divina de María fue asumida como participación en la obra redentora del Hijo, hecho siervo por amor, también su condición de madre de la Iglesia e intercesora al lado de Jesús es asumida como comunión y servicio a la humanidad. Es lo que se puede intuir de sus brazos extendidos y de sus manos abiertas, esparciendo sobre el mundo entero las gracias de que su corazón está lleno, a fin de alentarnos a “salir de nosotros mismos para buscar el bien de todos” (EG 39), “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20).

Atenta, acogedora y disponible, la Madre de las Gracias nos impulsa a ser discípulos fieles y misioneros ardientes de su Hijo, enviados a testimoniar la «alegría del Evangelio», en la caridad y en la misión, en el servicio a la vida y en la construcción del Reino que se dirige prioritariamente a los pobres, a los que, en virtud de nuestra fe, “nunca podremos dejar solos” (EG 48). María, nos recuerda también el Papa, “es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás ‘sin demora’ (Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización” (EG 288). Los pies de María están descalzos. Ella conoce la dureza de esta vida, pisó el suelo de las luchas, sufrimientos y esperanzas de los pobres, recorrió el valle de lágrimas y sonrisas que atraviesa la trayectoria humana. Y, con estos pies tan marcadamente humanos, ella aplasta la cabeza de la serpiente, símbolo del mal, del pecado, del desamor y de la muerte (cf. Gn 3,15), enseñándonos a hacer lo mismo, porque en su Hijo crucificado-resucitado toda negatividad del corazón humano y del mundo puede ser vencida.

El relato de Sor Catalina prosigue: «Y una voz me dijo: ‘Haced acuñar una medalla conforme a este modelo. Todas las personas que la traigan recibirán grandes gracias. Las gracias serán abundantes para los que la traen con confianza’”. La Inmaculada pide grabar en una pequeña medalla la expresión de su amor solícito por la humanidad, señalándonos, por sus gestos y actitudes, cómo vivir el Evangelio, en la absoluta confianza en Dios y en la constante disponibilidad para servir a los hermanos, “haciendo presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús” y “dando a nuestro caminar el ritmo sanador de proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana” (EG 169). La Medalla es una invitación para que grabemos la imagen de María en nuestra vida, dándole la hospitalidad de nuestro corazón, acogiendo el don de su maternidad, llevándola a nuestra convivencia, colocándonos en su escuela, como hizo el discípulo amado (cf. Jn 19,27), hasta que Cristo se forme en nosotros (cf. Gal 4,19). Es precisamente para eso – para que profundicemos nuestra amistad e identificación con su Hijo – que María nos ofrece su compañía, auxilio e intercesión.

El reverso de la Medalla explicita, con admirable claridad, el horizonte de la espiritualidad mariana: «En el mismo instante, el cuadro pareció volverse y vi el reverso de la medalla: la letra M, coronada por una cruz, y, debajo, dos corazones, uno coronado de espinas, y el otro traspasado por una espada. Me pareció oír una voz que me decía: ‘La M y los dos corazones dicen lo suficiente’. En María, íntimamente asociada al misterio de su Hijo, fiel a Jesús en todas las circunstancias de su camino misionero hasta la Cruz (cf. Jn 19,25), solidaria con los crucificados de la historia, encontramos inspiración y estímulo para el seguimiento de Cristo. La M entrelazada a la cruz nos lleva a comprender que el misterio de María, así como el misterio de toda persona, sólo se aclara a la luz del misterio de Cristo, que nos hace partícipes de su filiación divina, revela nuestra dignidad y nos da acceso a la comunión trinitaria. Así, María se nos presenta como un referencial de humanidad. “Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia” (EG 286). Las doce estrellas que rodean el reverso de la Medalla evocan el misterio de la Iglesia, «edificada sobre el fundamento de los apóstoles» (Ef 2,22), imagen de la Trinidad, pueblo de Dios peregrino en el tiempo, servidora solícita de la humanidad, llamada a la perfección amor y dilatando el Reinado de Dios en la historia, camino de la patria definitiva. Así, la Medalla traduce la dimensión eclesial de la fe cristiana, invitándonos a amar a la Iglesia, desde nuestras comunidades, para ayudarla a abrirse “a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo”, o sea, a “crecer en la fidelidad a su propia vocación” (EG 26).

Al contemplar la Medalla Milagrosa, a la luz de los testimonios de Santa Catalina, no podemos fijarnos sólo en los rayos luminosos, en las gracias y favores que deseamos obtener de Dios por las manos de María. Esta mirada sería demasiado restrictiva. Las gracias no pueden ser condición para la fe, sino consecuencia y desdoblamiento de una convicta y amorosa adhesión a Cristo y de una comprometedora opción por el Reino. En las manifestaciones que dieron origen a la Medalla, descubrimos un vigoroso impulso misionero. María, la Señora de la proximidad, del globo y de las Gracias, es la “estrella de la nueva evangelización”, aquella que nos ayuda a “resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz” (EG 288).

¿A dónde hemos vuelto nuestra mirada, hacia nuestro ombligo o hacia los demás? ¿En la misión de cada día, mantenemos brazos extendidos, manos abiertas y pies en marcha, en actitud de disponibilidad? ¿Buscamos en María el estímulo necesario para aplastar las serpientes que envenenan a la comunidad y paralizan la misión (egoísmo, pereza, acomodación, contentarse con el mínimo necesario, mal humor, inconveniencia, indelicadeza, maledicencia, deshonestidad, etc.)? ¿Cómo uso y difundo la Medalla Milagrosa: como mero adorno, como una joya? ¿Cómo amuleto, objeto de superstición? ¿O como recuerdo y expresión de mi deseo de ponerme en la escuela de María para aprender de ella a seguir a Jesucristo, en el amor a Dios y al prójimo?

Oración a la Virgen de la Medalla Milagrosa

(San Juan Pablo II, en visita a la Capilla de la Medalla Milagrosa. Paris, 1980)

 

¡Oh María!, concebida sin pecado,

ruega por nosotros que recurrimos a vos.

He aquí la oración que inspiraste, ¡oh María!,

a Santa Catalina Labouré,

en este mismo lugar, hace 150 años.

¡Esta invocación, desde entonces grabada en la Medalla,

es ahora usada y pronunciada por tantos fieles en todo el mundo!

 

¡Eres bendita entre todas las mujeres!

Fuiste unida íntimamente a la obra de nuestra Redención,

unida a la Cruz de nuestro Salvador;

tu corazón fue traspasado, al lado del corazón de tu Hijo.

 

Y ahora, en la gloria de Cristo,

no cesas de interceder por nosotros,

pobres pecadores.

 

Protege a la Iglesia de la que eres Madre.

Vela sobre cada uno de tus hijos.

Obtén de Dios, para nosotros,

todas esas gracias simbolizadas por los rayos de luz

que se irradian de tus manos abiertas,

con la única condición de que osemos pedirlas a ti,

que nos acerquemos a ti, con confianza, con audacia,

con la simplicidad de un niño.

 

Es así como, sin cesar,

nos conduces a tu Divino Hijo.

  1. Vinícius Augusto Teixeira, C.M.

 

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