El mensaje de la Medalla Milagrosa: Una meditación misionera (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad, Virgen MaríaLeave a Comment

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La Constitución Dogmática Lumen Gentium, en su capítulo VIII, sobre la participación de la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia, nos invita a “levantar los ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos” (n. 65). Hoy como ayer, levantamos nuestra mirada hacia María, que “se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de fe, hacia un destino de servicio y fecundidad” (EG 287)[1]. ¿Y qué vemos? ¿Cómo contemplamos a la Madre del Señor? Podemos contemplarla tal como ella misma se manifestó a Santa Catalina Labouré (1806-1876), dejándonos el don de la Medalla, breve compendio del Evangelio, signo de la maternal ternura de María hacia los pequeños y pobres. En la Medalla Milagrosa, encontramos una expresiva síntesis de la espiritualidad cristiana, la certeza de que Cristo «no quiere que caminemos sin una madre» (EG 285). Los relatos de Santa Catalina acerca de la singular experiencia mística que el Señor le permitió vivir, mediante sus encuentros con la Virgen María, trazan un hermoso y desafiante itinerario espiritual y apostólico, altamente alentador para toda persona de fe, que desea afirmarse en el seguimiento de Jesucristo. Tres iconos bien conocidos, ricos en reminiscencias bíblicas, no sólo dignos de reverente admiración, sino también capaces de suscitar actitudes y compromisos en vista de la revitalización del ser cristiano, frente a las exigencias de la caridad y de la evangelización.

1.er icono: María viene al encuentro de Catalina y la acoge cerca de sí: Nuestra señora de la proximidad

Espejo de la maternal predilección de Dios por los pequeños (cf. 1Cor 1,27), María se vuelve a los humildes y sencillos, iluminándoles la conciencia de su dignidad, infundiendo confianza en el Señor y transmitiendo una misión. Es así como manifiesta la fuerza perenne de su Magníficat, en el que resuena la esperanza de los pobres de Israel y de todos los lugares (cf. Lc 1,46-55). En la primera mitad del siglo XIX, en París, la Madre de Jesús escoge a una joven Hermana, una modesta campesina de 24 años, contada entre las más discretas y sin pretensiones, desprovista de seguridad humana y proyección personal. Algo semejante a lo que había sucedido en Guadalupe (1531) y, más tarde, en La Salette (1846), Lourdes (1858) y Fátima (1917). En aquel conturbado 1830, la Virgen posa su mirada sobre Catalina Labouré. Y lo hace, considerando tan sólo su sensibilidad espiritual y su ardoroso propósito de convertirse en una auténtica Hija de la Caridad, según lo que San Vicente le había inspirado en sueño, cuando tenía 19 años, invitándola a ser toda de Dios y de los sufrientes: «Mi hija, es bueno cuidar de los enfermos. Ahora, huyes, pero un día serás feliz por venir a mí. Dios tiene sus designios sobre ti, no te olvides».

En el silencio de la noche, entre 18 y 19 de julio, por un camino luminoso, Catalina es conducida a la capilla, lugar de su habitual encuentro con el Señor: «Mi hermana, ven a la capilla. La Santísima Virgen os espera», le dice el niño mensajero, en el que reconocerá más tarde su ángel de la guarda. Sin ningún alarde, el Cielo desciende a la tierra. Y a esta iniciativa de lo Alto, Catalina responde con libertad y prontitud, dejándose guiar por la luz que la envuelve y fascina. En este primer momento, se esboza el recorrido bíblico de todo itinerario vocacional (cf. Gn 12,1s; Ex 3,1s; Jr 1,4s): una llamada totalmente gratuita, que sorprende a la persona en las condiciones normales de su vida, invitándola a desinstalarse, a ponerse de pie y a caminar, apoyada únicamente en la promesa de aquel que la llamó y envió. ¿Y no fue ésta también la experiencia de María de Nazaret, en el momento en que acogió en la fe la invitación a ser la Madre del Salvador (cf. Lc 1,26-38)?

Llegando a la capilla, totalmente iluminada, sin poder darse cuenta de lo que se realizaba, Catalina no percibe de inmediato la presencia de María. La belleza del misterio de Dios, que resplandecía en el rostro de la Virgen y habría de reflejarse en la joven Hermana, necesitaba ser asimilada poco a poco, progresivamente, hasta penetrar lo más íntimo e iluminarla por dentro. El niño que la había conducido tuvo que repetir tres veces: «¡Aquí está la Santísima Virgen!». ¡Itinerario de fe, paciente espera de los que confían y aman! El corazón se amplía, afinando la sensibilidad, preparando el terreno para acoger la fecundidad del rocío. Al acercarse al presbiterio, Catalina se depara con aquella que ya la aguardaba, «una bellísima señora, sentada en una silla». Las miradas se cruzan y los corazones se entrelazan. En el alma de la humilde Hermana, la expectativa ya había cavado el espacio de la receptividad agradecida y gozosa. Dejemos que ella misma nos cuente: «Entonces, mirando a la Santísima Virgen, di un salto y me arrodillé en los escalones del altar, con las manos apoyadas en sus rodillas. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Fue el momento más feliz de mi vida. Jamás podría decir lo que he experimentado”. Con la mirada de la fe, del corazón confiado y disponible, Catalina puede «ver lo invisible». María, por su parte, con sencillez, recibe a Catalina como hija querida y establece con ella un coloquio de maternal solicitud, escuchando inquietudes, sirviendo sus penas y educándola para la vida: «Ella me dijo cómo debía proceder en las horas de sufrimiento”.

De la misma forma, demostrando su solidaridad con los dolores del mundo, la Señora pide a Catalina un corazón sin fronteras, predisponiéndola a la misión que Dios le quería conferir, en favor de la Iglesia y de la humanidad, en aquel contexto de agitación social y política, de crecientes desigualdades y acelerada descristianización, que desencadenaría la Revolución Francesa poco tiempo después: «Mi hija, el buen Dios quiere encargaros de una misión. Sufriréis, pero venceréis todas las penas, sabiendo que las soportáis por la gloria de Dios. Seréis contestada, pero no os faltará la gracia. Seréis inspirada en vuestras oraciones. Los tiempos son difíciles. Vendrá el momento en que todo parecerá perdido». Además, la Virgen solicitó a Catalina promover la fundación de una asociación de jóvenes, que se consolidará con el paso de los años, gracias al apoyo de su director espiritual, Padre Jean-Marie Aladel (1800-1865), de la Congregación de la Misión, con una clara orientación hacia las clases populares. Imbuida del carisma vicentino, la Asociación de las Hijas de María desempeñará un papel significativo en la promoción de la ciudadanía de los pobres y de su protagonismo en el mundo del trabajo, actuando decisivamente en la organización de los primeros sindicatos femeninos (1902). Hoy, la Asociación recibe el nombre de Juventud Mariana Vicentina (JMV) y procura mantenerse en la línea de aquel proyecto de evangelización y servicio que la Virgen María inspiró a Santa Catalina Labouré.

En vista de la misión de señalar la presencia compasiva de Dios en la historia, la Madre de Jesús asegura a Catalina el auxilio del Señor en medio de las luchas, pruebas y fatigas, extendiendo esta consoladora promesa a todos los que se abren a la fuerza de la Misericordia: «Venid a los pies de este altar. Aquí, las gracias serán abundantes para todos los que las pidan con confianza y fervor». Junto al altar, el cristiano penetra más profundamente en el misterio del amor del Señor y en el dinamismo de su donación, para hacer de su vida un don para los hermanos, a semejanza de María, que siempre nos impulsa al encuentro con su Hijo ofrecido en la Eucaristía. Como Dios se da sin medidas, la Virgen nos invita a acoger la oferta de la gracia que nos hace capaces de transfigurar el mundo y a nosotros mismos, contagiando e involucrando a otros en la red de la caridad misionera. La legitimidad de las manifestaciones de María a Santa Catalina reposa en esta evidente centralidad del misterio de Dios, del cual María se hizo sierva, y en la orientación eclesial y misionera del mensaje destinado al bien y a la salvación de todas las personas y de toda la persona. A lo largo de su vida de silencioso recogimiento y laboriosa dedicación a los más necesitados, particularmente en aquel asilo de la periferia de París, donde permanecerá 45 años hasta el final de sus días, Catalina tendrá muy presente la convicción de que había sido elegida para ser portadora de un mensaje de consuelo y esperanza para sus hermanos: «Fui apenas un instrumento. La Santísima Virgen no se apareció para mí. Si me escogió, sin que yo supiera nada, fue para que nadie pudiera dudar de ella”. Y, al lado de los pobres, en sus idas y venidas de donación y servicio, Sor Catalina se encargará de revelar la cara materna de Dios que la Santísima Virgen le hizo conocer. El amor acogido y correspondido debería ser también compartido, abriéndose en el don total de sí para difundirse en proporciones cada vez mayores. O, como dice el Papa Francisco, la “primera y fundamental reacción” de quien se deja amar por Dios y lo ama verdaderamente consiste en “desear, buscar y cuidar el bien de los demás” (EG 178). En otras palabras, el amor recibido de Dios suscita y sostiene el amor laborioso a los hermanos, especialmente a los más pobres. Es lo que vemos realizarse en la vida y en las acciones de Sor Catalina Labouré, después de sus encuentros con la Santísima Virgen: la caridad y la misión, diuturnamente revestidas de discreción, desprendimiento y delicadeza, como enseñaron sus fundadores, San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac.

Paramos un instante para meditar sobre aquel primer diálogo. Coloquémonos en el lugar de Catalina, contemplemos el rostro de la Virgen María, dejémonos envolver por su ternura e instruir por sus consejos de madre que desea enseñarnos a hacer lo que su Hijo diga (cf. Jn 2,5), formándonos en el discipulado de Cristo, en la escucha atenta de la voz del Padre, en la docilidad operosa a los toques del Espíritu. Como recuerda el Papa, María se hace cercana a nosotros para aproximarnos a Dios: “María es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios” (EG 286). Con María, repletos de «confianza y fervor», vamos a los pies del altar, lugar en que el Señor se ofrece, para acoger la gracia capaz de llenar de sentido nuestra vida, iluminar nuestra conciencia, transformar nuestro corazón, alentar nuestro sí a la vocación que recibimos y mejorar nuestro compromiso caritativo y misionero en medio de las estridencias de la historia. De hecho, “una auténtica fe – que nunca es cómoda e individualista – siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra” (EG 183).

Como María, ¿tratamos de acercarnos a los más simples, por nuestra manera de ser, hablar y actuar, por las elecciones que hacemos y por la forma en que vivimos? ¿Permitimos que las personas se acerquen a nosotros y toquen nuestros corazones? ¿Demostramos disponibilidad para acoger, escuchar, consolar, alentar, promover? ¿Las personas que conviven y trabajan con nosotros son atraídas y contagiadas por la profundidad de nuestra oración, por la cordialidad con que nos relacionamos, por el celo de nuestro apostolado? ¿A través de nuestra cercanía respetuosa y humilde, ayudamos a las personas a acercarse a Dios y a confiar en su amor providente?

Concluimos la contemplación de este primer icono con esta oración inspirada en los escritos de Santa Luisa:

Santísima Virgen María,

mi Madre, Señora de las Gracias,

que, por los méritos anticipados del sacrificio de Jesús en la cruz,

fuiste concebida llena de gracia y santidad,

yo creo y confieso vuestra Santa e Inmaculada Concepción.

Alcanzadme de tu amado Hijo,

por vuestra Concepción Inmaculada y gloriosa prerrogativa de Madre de Dios,

la gracia del cumplimiento fiel del mandamiento de Jesús,

el amor al prójimo, mi hermano, en la humildad,

en la santa pureza de corazón, de cuerpo y espíritu,

en la compasión activa hacia los últimos, los pobres y excluidos.

Despertad en mi corazón el sentido de la justicia del Reino,

el compromiso con el derecho de todos

a una vida digna de hijos e hijas de Dios,

hermanos y hermanas de tu Hijo Jesús.

Dadme perseverancia en la práctica del bien,

una santa vida y una buena muerte. ¡Amén!

 

[1] Papa Francisco. Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (EG).

Vinícius Augusto Teixeira, C.M.

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