El hermano Mateo Renard

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices II.
Tiempo de lectura estimado:

1592-1669.

Nacimiento y muerte del hermano Mateo Renard. –Sus frecuentes viajes a Lorena. – Numerosos peligros que corre y cómo escapa de ellos. – Se convierte en el salvaguardia de los viajeros. Relato de sus aventuras a la reina. –Atribuye todos sus éxitos a las virtudes y a las oraciones de san Vicente.

La acción de Vicente en Lorena si fue conocida principalmente por el cielo en el tiempo en que se ejecutaba, es a partir de entonces excepcional como todas las obras de este hombre, a quien Dios se complació en exaltar en la misma proporción que su humildad. ¿Acaso no es justo asociar a su obra a aquellos que se hicieron los instrumentos de su caridad, el hermano Jean Parre, y sobre todo el hermano Mateo Renard, a quien, por lo demás, debemos la conservación de la mayor parte de los recuerdos sorprendentes mencionados en la vida de san Vicente? Ya que es del hermano Matías de quien casi todos los testigos interrogados en el proceso de canonización han declarado que tenían todos los detalles que sabían sobre la ayuda a Lorena. ¿Cuántas embajadas referidas pomposamente en la historia son menos preciosas ante Dios y merecen menos ser celebradas entre los hombres que la embajada oscura de este humilde mensajero, de quien todos los pasos y todas santas jugarretas han tenido por fin el alivio del sufrimiento!

Mateo Renard había nacido en Brienne-le-Château, en la diócesis de Troyes, de una familia muy honrada y bastante rica, el 26 de julio de 1592, fue admitido en la Congregación, en París, en octubre de 1651, y murió en San Lázaro, el 5 de octubre 1669. Él mismo ha redactado, sin duda por orden de Alméras, y en interés de la canonización de su venerado Padre, una descripción de sus viajes caritativos. Odisea de nueva factura, llena de prodigios y de aventuras, en la que una divinidad interviene sin para arrancar al humilde héroe del peligro. La divinidad aquí es Vicente mismo, pues es a las oraciones y mérito del santo a quien el hermano Mateo atribuye siempre su liberación y su salvación. En una época en la que el campo se veía batido sin cesar por las tropas de soldados, ladrones y salteadores, no había seguridad para la vida, ni para la bolsa, al viajar a Lorena. Todo el que llevaba algo de dinero era saqueado sin escrúpulos, si no masacrado sin misericordia. Los Croatas sobre todo, acantonados en algunas fortalezas, se posicionaban en ellas para vigilar, de allí caían sobre todo viajero que atravesaba la llanura, sin distinción de amigo o de enemigo, pero reservando el privilegio de su cruel bandidaje a los viajeros más ricos. Pues bien, el hermano Mateo llevaba siempre por lo menos 20.000 libras de limosnas, a menudo 10 u 11.000 escudos de oro, y una de las veces hasta 50.000 libras. Bueno pues con esta rica presa, a través de tantos peligros y en el curso de cincuenta y cuatro viajes, no perdió nunca ni un peo ni un óbolo. Admirable triunfo de destreza y de inteligencia, sin duda, pero más evidente protección de Dios.

¿Que se unía a un convoy? El convoy era atacado, vencido, robado, y el hermano Mateo escapaba siempre. ¿Se asociaba a algunos viajeros? Los dejaba un momento, como por una orden secreta de la Providencia y, en ese mismo momento, unos ladrones los despojaban sin verle a él. Atravesó alguna vez bosques llenos de soldados o bandidos, lo que era todo una misma cosa. ¿Descubría una tropa? de repente tiraba a la maleza, a un charco, la alforja desgarrada que contenía su bolsa, y una vez libre, sin timidez como sin audacia, se iba derecho hacia ellos; a veces de cacheaban, la mayor parte de las veces le dejaban pasar, sin decirle nada, a este pobre hombre que no tenía ni siquiera la alforja de pordiosero; raramente le insultaban o maltrataban. Después de pasar la inspección de los ladrones, cuando los veía a cierta distancia, volvía sobre sus pasos y recuperaba su dinero.

Una tarde, fue encontrado por unos rateros, que comenzaron por llevarle a un bosque para asustarle; después, le registraron todos los bolsillos, los pliegues repliegues de sus ropas, no habiendo encontrado nada, le preguntaron si no pagaría a gusto 50 doblones por su rescate: «50 doblones, exclamó el hermano sorprendido, un pobre hombre como yo! Ni aunque tuviera cincuenta vidas podría rescatarlas con un ochavo». Ante esta exclamación, los ladrones le dejaron pasar.

Cargado un día con 34.000 libras, se vio de repente asaltado por un hombre bien preparado quien pistola en mano, le hizo caminar por delante para registrarle aparte. El peligro amenazaba, y el hermano Mateo observaba con atención a su enemigo para sorprender un momento favorable. Le vio volver la cabeza; con toda rapidez, deja suavemente deslizarse la bolsa, y camina doblemente aligerado. A cien pasos de allí, se vuelve de repente y se pone a hacer grandes reverencias. Éste toma por loco al astuto hermano, quien no pretendía otra cosa que dejar rastros en una tierra recientemente labrada, para poder recuperar su tesoro. Lo recuperó en efecto, después de aguantar, al borde de un precipicio, una vista rigurosa, que no le costó más que la pérdida de la navaja.

Lo más embarazoso, tal vez, en que se haya visto fue un día que caminando en una vasta planicie, descubrió una banda de Croatas. Sin ninguna posibilidad de escapar a sus miradas, ¿y dónde esconder su oro? Por suerte vio una mata de hierbas, deja caer allí su alforja, tira cuatro o cinco pasos de allí un pequeño bastón que llevaba en la mano, cubriéndole incluso con el pie, y que debía servirle de jalón para, y pasa tranquilamente por entre los soldados. Algunos momentos más tarde, vuelve sobre sus pasos, pero era de noche y había caído la oscuridad. Busca a derecha y a izquierda, sin alejarse no obstante, la mayor parte de la noche y, no encontrando nada, se acuesta allí, se encomienda a Dios y aguarda a la aurora. Al amanecer recupera la preciosa alforja y reemprende alegremente su ruta.

Al final, le fue muy difícil ocultar su marcha. Era conocido en toda Lorena, y los ladrones esperaban su paso con la misma impaciencia que los pobres. Algo maravilloso, Dios le suscitó defensores entre los jefes mismos de ladrones. Por ejemplo, un capitán emboscado cerca de Saint-Mihiel le dio a conocer, sin mala intención; y al verlos listos para asaltar sobre él, carga su pistola «Le abriré la cabeza, exclama con un tono firme, a quien esté tan rabioso como para causar mal a este hombre que no hace más que bien».

En otras circunstancias, Dios mismo se encargaba de despistar a sus enemigos y haciendo inútiles sus trampas. Así, los Croatas, enterados una vez que se encontraba en el castillo de Nomeny, con una fuerte suma, se emboscaron por todos los lados, para que no se les escapara al salir. El hermano Mateo logra entonces, a fuerza de instancias, que le abran una poterna y, antes de amanecer, puede llegar al sendero secreto y desierto. Los Croatas le creían todavía en Nomeny, cuando estaba ya en Pont-à-Mousse. Sorprendidos al no verle fuerzan la entrad del castillo y, enterados de su partida, furiosos por haberse dejado escapar su presa: «Es preciso que Dios o el diablo, dicen jurando, se haya llevado por encima de las puertas a este maldito hermano. Todo el mundo supo pronto en Lorena la maravillosa protección con la que Dios rodeaba al buen hermano, ye en adelante, cuando querían viajar, su sola compañía era estimada más segura que todas las escoltas. La condesa de Montgomery se había buscado pasaportes del rey de Francia, del rey de España y del duque de Lorena, y no había podido resguardarse contra el pillaje. Por ello, no se atrevía a continuar su camino de Metz a Verdun. Se entera entonces que el hermano Mateo se dispone a hacer el mismo viaje. Le mandó venir «Subid a mi coche, os lo ruego, le dice, vos me valdréis más que todos los pasaportes del mundo». Y en efecto, los dos llegaron sin percances a Verdun.

Cuando el hermano Mateo estuvo de regreso en París, la reina tuvo a bien con frecuencia llamarle a su presencia, para oírle el relato de sus aventuras y de las mil estratagemas que imaginaba, según los casos, o que él variaba al infinito cuando eran ya conocidos. Le felicitaban por su inteligencia y su suerte; pero él, achacaba todos sus éxitos a la fe y a la caridad, a las oraciones y a las mortificaciones de san Vicente de Paúl. Eso hacían los misioneros cuando querían explicar a los demás, o explicarse a sí mismos los felices frutos de su palabra y de sus limosnas. Era Vicente, decían ellos, al mismo tiempo que el espíritu de Dios el que había hablado por su boca y dado a sus predicaciones una tal virtud; era la bendición recibida al salir de sus manos la que había multiplicado las limosnas en proporción con las miserias; ya que, enormes en su totalidad, las limosnas, divididas al infinito según innumerables necesidades, debían reducirse a lo imperceptible, y sin embargo habían sido suficientes para las más urgentes calamidades.

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