El cisma de Llorente en Cuba y los Padres Paúles e Hijas de la Caridad (1872 – 1874)

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Autor: Hilario Chaurrondo · Fuente: Anales, 1972.
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“Es la tradición para las instituciones —se complacía en repetir el sa­bio argentino Franceschi— lo que las rige y el tronco para el árbol corpu­lento.”

Recordar los hechos gloriosos es regar las raíces para que siga dando frutos el árbol.

Po eso al cumplirse los cien años de un acontecimiento histórico, que tuvo relación con la Provincia de las Antillas, el Cisma de Llorente, tra­tamos de regar las raíces de este árbol cubano de la Congregación víc­tima hoy de una sequía que amenaza su existencia.

Antecedentes históricos

Resumiendo los hechos históricos para conocimiento de nuestra ju­ventud de Paúles españoles que no conocieron la generación de 1868, a la que nosotros llamábamos los Padres Septembrinos, Arnáiz, Jarero, De la Iglesia, Madrid, Valdivielso y otros, al derribarse la Monarquía española en la persona de Isabel II, luego del triunfo de los generales Prim, Se­rrano y Topete, en el puente de Alcolea, los españoles anduvieron mendi­gando un rey que, ante todo, debía responder a los intereses extranjeros para guardar cierto equilibrio político, sobe todo de Francia y Alemania, en la persona del duque de Montpensier, la pimera, y de Hohenzollern de Prusia, la segunda, pretendían unir al carro de sus ambiciones el control de la nación española a través de un candidato.

Por fin, gracias a las gestiones de Prim, el hombre fuerte de la revo­lución, se avinieron todos a entregar la Monarquía española a un hijo del rey de Italia, nación entonces insignificante, que se llamó Amadeo de Saboya, quien inauguró su reinado, velando el cadáver de Prim, asesinado en la calle del Turco de un trabucazo.

Rey solidario de la revolución y miembro de una familia excomulgada por Pío IX, roto el Concordato, pretendió Amadeo de Saboya y los go­bernantes laicistas de la época disponer del privilegio de presentación de los obispos que gozaron los reyes españoles desde Fernando e Isabel. Pero esa presentación siempre supuso la conformidad de la Santa Sede y las bulas pontificias, otorgando la jurisdicción espiritual y la sucesión apostólica de los obispos.

El Gobierno de Amadeo procedió a la presentación de varios sacer­dotes para obispos, juzgando la Santa Sede no deber acceder a tales pre­sentaciones, negando las bulas correspondientes.

Entre ellos estaba incluido el Pbro. Pedro Llorente, hombre de no honestas costumbres personales, libera] acérrimo, cuya personalidad ha estudiado algo don Marcelino Menéndez y Pelayo, al hablar de su paso vandálico por el archivo de la Inquisición, de tal suerte que el gran polí­grafo montañés afirma que no se ha escrito la verdadera historia de la Inquisición española y ni será posible escribirla, luego de la labor des­tructora realizada por Llorente en los archivos inquisitoriales.

Pues el tal clérigo perillán se presentó en Santiago de Cuba como Arzobispo con el documento de Amadeo, apoyado por las autoridades civiles de toda clase, pero con la oposición de Pío IX y del Nuncio en Madrid.

Ya las Hijas de la Caridad y los PP. Paúles andaban por aquellas tie­rras.

El cisma de Santiago de Cuba y los Padres Paúles en Cuba (1872 – 1874)

Interesante es el tema de relacionar la ‘historia de la Congregación de la Misión con la marcha general de la Iglesia. He ahí que siempre an­duvimos a la caza de datos sobre la actitud de los PP. Paúles de Cuba en sus relaciones con el cismático Llorente, acontecimiento que tuvo lu­gar en el reinado de Amadeo I de Saboya (1872-1874).

La primera pista la tuvimos en los escritos históricos del P. Pedro Sáinz, C. M., tan ricos en material sobre la historia de la Congregación en Francia, España y Cuba, y hasta algo de México y Guatemala.

Se encuentran en nuestros archivos de La Habana, escritos a mano en letra menuda y cuadernillos manuales. Un curioso, cuyo nombre desco­nocemos, los pasó a hermosa letra, encuadernándolos en dos volúmenes que se conservan en el mismo archivo.

Años ha, gracias a la diligencia del P. León del Barrio, los pasamos a máquina, remitiendo un ejemplar al archivo de Madrid.

El infatigable P. Benito Paradela, director de los ANALES en aquella época, aprovechó el material para ofrecernos una semblanza muy her­mosa sobre las actividades apostólicas y literarias del P. Pedro Sáinz, dejando sin utilizar la mejor y mayor parte del material, tal como su relación de 1868 y la casa de Madrid. La historia completísima de Are­nas de San Pedro, la distribución del personal de la Provincia de España, por Cuba, Filipinas y Estados Unidos, luego de su dispersión del Ber­ceau de Dax, a causa de la ocupación de la casa por el personal de París, emigrado a Dax, con motivo de la guerra franco-prusiana en 1870.

Y como éstos, otros interesantes temas contenidos en los escritos del P. Pedo Sáinz, capítulos interesantes de la Provincia española de aquella época, de Cuba y de Francia.

Con el pie casi en el estribo del avión para nuestro viaje a España, casi seguramente el último de nuestro amplio viajar sobre la tierra, se apoderó de nuestro espíritu, al sentirnos aliviados de una postración con tendencia de despersonificación y lucidez, de estudiar este incidente his­tórico de los P.P Paúles y las Hermanas de la Caridad durante el Cisma de Llorente en la Archidiócesis de Santiago de Cuba (1872-18741.

Habiéndose trasladado a España el legítimo Arzobispo de Santiago, dejó a Orberá como gobernador eclesiástico; pero fallecido el Excmo. se­ñor Primo Calvo López en la Península, el cabildo metropolitano lo eligió como vicario capitular, sede vacante.

Advertido Orberá por Pío IX y el Nuncio en Madrid de la nulidad de los documentos de Llorente mientras no presentase las bulas pontifi­cias, se aprestó a la lucha con el intruso, que arribó a Santiago el 3 de febrero de 1872, pretendiendo tomar posesión, apoyado por todas las au­toridades civiles, fieles al Gobierno de Madrid, pero sin bulas pontificias.

¿Qué parte tomaron los PP. Paúles y las Hijas de la Caridad en de­fensa del legítimo Pastor Episcopal y en oposición de Llorente?

Tal es el tema de este modesto ensayo, último que escribimos antes de abandonar a Cuba, en la que hemos trabajado más de cinco decenios reconstruyendo la historia eclesiástica de nuestra patria de adopción, si­guiendo la consigna de Pío XII, quien entendía que el misionero verda­dero debe preferir su patria de trabajos misioneros, que él llama “pa­tria de adopción” a su patria nativa.

Desde aquel día me acogí a la ciudadanía cubana, salvaguardando siem­pre mi ciudadanía española por medio de la cédula misional expedida en Madrid, con la cual seguía disfrutando de mis derechos de nativo español.

Tras esta ligera digresión entremos en materia.

Recordando que al copiar años ha los originales del P. Sáinz habíamos encontrado algo sobre este tema, a él acudimos con grandes ilusiones. Pero nos fallaron. Sólo encontramos las líneas que a continuación copia­mos, pues revisando el original vimos que habían sido comidas de los bichos las últimas páginas del fascículo que trataba esa materia.

Dicen así:

Padecimientos de las Hermanas ocasionadas por…

“La Providencia Divina, siempre tan en bondadosa vigilia sobre los que con corazón desinteresado se entregan confiados a su fervoroso ser­vicio, miró con predilectos ojos a las Hijas de San Vicente de Paúl, y una vez más demostró en la terrible cuestión del Arzobispado de Santiago de Cuba, con la venida del Excmo. Sr. D. Pedro Llorente y Miguel.

Este señor, elegido por el Rey Amadeo I para el Arzobispado de San­tiago de Cuba, se presentó en esta ciudad el 2 de febrero de 1873, pero sin las bulas pontificias.

Esta circunstancia y el decidido apoyo del Gobierno en sostenerle y darle posesión del Gobierno Eclesiástico, dividió los ánimos espantosa­mente y fue muy ruidoso el rompimiento entre los señores eclesiásticos.

Para tales apuros Dios había deparado la venida providencial de los Paúles, que permanecieron de Santa Lucía al principio los señores Sáinz y Rojas, y habiendo marchado el último a La Habana en noviembre de 1872, se quedó solo con el señor Sáinz para principalmente dirigir las Hermanas.

En circunstancias tan críticas era esta venida muy visiblemente pro­videncial, pues menudeaban sin cesar las persecuciones contra el clero fiel a la causa de religión, y eran diarios las embarcaciones exportando a La Habana a los señores sacerdotes que no querían reconoce al señor Llorente como legítima autoridad.

En nada se metieron con las Hermanas de la Beneficencia en los me­ses de febrero, marzo y abril; pero amenazaron meterse a fines de mayo de 1873.

Fue del modo siguiente:

“Habiendo el señor Lara…”

Así encontramos el original, en estado ininteligible.

El mártir de Cuba y Obispo de Almería, Ilmo. D. José Orberá y Carrión.

“Historia documentada”, por el P. Juan M. Sola, S. J. Madrid, 1914. Librería de Gregorio del Amo. Calle de la Paz, 6.

Al caer en nuestras manos este voluminoso libro de casi novecientas páginas sobre un hombre que había sido la figura central de la lucha con­tra el cisma de Llorente, presumimos hubiera algo del material que bus­cábamos acerca de los PP. Paúles y las Hijas de la Caridad en sus rela­ciones con aquel acontecer.

Así fue, en efecto. Copiamos de la página 451: “Quedaban todavía tres o cuatro sacerdotes fieles al legítimo gobernador eclesiástico, que era el P. Orberá, preso con sus vicarios, lo cual era un pequeño consuelo para los fieles; pero como era una protesta viva para el cismático, no pasó hasta lograr que la policía, a petición de Llorente, les pusiera en las manos el pasaporte para, uno tras otro, salir de Santiago”, terminando el Sr. Orberá con estas líneas.

Y no le valió al Director de las Hermanas de la Caridad el ser el único sacerdote que quedaba para confesar a las Hermanas; no tuvo más remedio que embarcarse para La Habana, como lo hizo el 23 de agosto de 1873.

Por testimonio subsiguiente sabemos que el dicho Director era el mismo P. Pedro Sáinz.

“Ya no hay —escribe Orberá— en toda Santiago de Cuba ni un sacer­dote católico que obedezca a la legítima autoridad de la Iglesia, pues todos los que no quisieron seguir el cisma han pasado per orden de la autoridad civil a otras diócesis, sin exceptuar a D. Pedro Sáinz, sacerdote de la Congregación de la Misión o de San Lázaro, que con mi venia aca­baba de llegar para tratar de la fundación de una casa de la Comunidad en Santiago de Cuba.” El P. Orberá fue encerrado preso en el Castillo del Morro. El P. Sáinz no perdió su conexión con el legítimo Pastor de la Iglesia de Oriente. Y antes de abandonar su prisión, dice el autor del libro, “cerró Orberá su estancia en el Castillo del Morro con un acto de caridad y de justicia”.

“El superior de los Misioneros de San Vicente de Paúl en la metró­poli de Cuba tenía que salir de allí y recorrer otras diócesis donde mo­raban hermanos de su Congregación. Pidió a Orberá unas letras comenda­ticias para todos los Obispos católicos, recordando que en aquel entonces era tan sólo el de La Habana, que abarcaba las actuales diócesis de Ha­bana, Matanzas, Pinar del Río y Cienfuegos aprovechando esta coyun­tura.” Son palabras de Orberá. Para testimoniar su alto concepto del Pa­dre Pedro Sáinz. Dice así:

“Debiendo Nos darle al Pbro. D. Pedro Sáinz un testimonio de nues­tro aprecio y de la aprobación que han merecido todos sus actos, atesta­mos y certificamos que desde que aparecieron los primeros síntomas del expresado cisma, al momento compareció ante Nos, a auxiliarnos y a defender los derechos de la Iglesia, reiterando al mismo tiempo su firme adhesión a la legítima autoridad que estamos ejerciendo; que después, cuando ejerció el referido Llorente el gobierno de este Arzobispado, re­sistió cuantas órdenes le comunicó, tanto oficial como extraoficialmente. sin que las amenazas de destierro y de destitución de sus cargos le hicieran jamás separarse de su deber y los temores que se le comunicaron por los sectarios del cisma lograron jamás separarlo del cumplimiento de su deber, ni desistir de defender la causa católica con un valor y celo dignos de todo elogio, y que en medio de la persecución que soportaron los cató­licos y cuando apenas quedaba un solo sacerdote fiel a nuestra legítima autoridad, se veía al P. Sáinz ocupado constantemente en administrar los santos sacramentos a los fieles, confesar a toda clase de religiosas, asistir a los enfermos y enseñar la santa doctrina, habiendo sido llevado por ese celo ante los Tribunales de justicia y por fin desterrado de esta diócesis a la ciudad de La Habana, habiendo así merecido bien de la Iglesia y siendo muy merecedor a que, como esforzado defensor de los derechos de la Iglesia, se le reciba con señaladas muestras de consideración y apre­cio por los muy reverendos prelados y jueces eclesiásticos de las Dióce­sis por donde transita y también por los legítimos superiores de la Con­gregación a que pertenece. En testimonio de lo cual —concluye el docu­mento— expedimos las presentes letras, firmadas de nuestra mano y re­frendadas por nuestro secretario de gobierno, que lo era Sancha y Hervas, no pudiendo ir expedidas en papel sellado correspondiente ni con el sello que usa el Cabildo metropolitano por encontrarnos encarcelados y haberse apoderado del archivo y sellos de la Secretaría por medio de la policía el referido sacerdote Llorente.”

Y finaliza: “Dada en las bóvedas del Castillo del Morro de Santiago de Cuba, a 2 de diciembre de 1873.”

Orberá fue un gran escritor de cartas a autoridades, familiares y amigos, siendo su epistolario el mejor material que utilizó el autor de su biografía para componer tan voluminoso e interesante libro.

Pero como nuestro intento sólo viene al caso sus relaciones con los PP. Paúles y las Hijas de la Caridad, recogemos el documento en el que se comunica la excomunión de Llorente por el Papa, que aña­dimos a la carta testimonial al P. Pedro Sáinz, copiándolos al pie de la letra de la dicha Biografía de Orberá.

El mismo día 30 de junio le comunicaba en la siguiente forma el Superior de la Casa Misión de los Paúles:

“Por decreto de la S. Congregación del Concilio, autorizándolo el Sumo Pontífice, Pío IX, que felizmente gobierna la Iglesia Católica, se ha declarado con fecha 30 de abril último, que don Pedro Llorente y Miguel está incurso en excomunión mayor, privado del beneficio que obtenía en esta santa Iglesia Metropolitana, inhabilitado in perpetum para obtener beneficios eclesiásticos, y además, incurso en las pe­nas y censuras establecidas en los sagrados cánones contra los usur­padores e invasores de la jurisdicción, ejercidos por él y subsanando solamente in radice, en gracia de los que no son culpables, aquellos que no tengan otro vicio que la falta de autoridad en que se efec­tuaron.

Cuyas penas y censuras ha merecido por haberse intrusado en el gobierno y administración de esta diócesis, sin haber sido antes pre­conizado por su Santidad, ni haber obtenido las Bulas Apostólicas, ni tampoco habérselas presentado al Cabildo Metropolitano.

Por el mismo decreto se declara también incurso en la excomunión mayor al Deán del Cabildo, don Manuel Miura, privado de su bene­ficio y sujeto a las demás penas y censuras mencionadas, quedando también excomulgados con igual censura mayor e incursos en las penas canónicas todos los demás individuos, tanto eclesiásticos como seglares, que de una manera activa han cooperado y auxiliado al señor Llorente en la realización del Cisma que aflige este arzobispado.

Finalmente, por el citado decreto se dispone quedar restituido in integrum, con todos los derechos y facultades que antes tenía en su vicariato capitular, el gobernador eclesiástico de este arzobispado, don José Orberá y Carrión; y se ordena y manda por la S. Congregación que seamos tenidos y habidos por tal Vicario Capitular. Lo que parti­cipamos a usted para su conocimiento y a los fines consiguientes, en vista de que el señor Llorente y el señor Miura son excomulgados nominatum, como resulta del susodicho decreto. Dios guarde a usted muchos años. Cuba, 30 de junio de 1873.”

¿Cómo acabó el Cisma? Materia es esta de la historia general de España, no de los Anales de la Congregación.

La decisión del general Jovellar, como gobernador general, solucionó el problema, desterrando de Cuba a Llorente y a Orberá, de tal suerte, que el día que este último entraba en La Habana, camino del destierro, salía Llorente en el vapor que lo llevaba a España.

Llorente se hospedó en el Hotel San Carlos, que todavía subsiste en la antigua Plaza de las Ursulinas, mientras que Orberá se acogió a la amistad sincera que profesaba a los PP. Paúles, hospedándose en la iglesia o convento de la Merced, residencia de los PP. Paúles des­de 1863. Cuanto significaba en La Habana, cumplimentó a Orberá en la Merced.

Escribe a este propósito don Mariano de Juan en carta a Orberá, con fecha del 30 de mayo de 1874, desde Santiago.

“Pensaba escribir cuatro letras al P. Viladás, pero llaman a coro y aun cuando está lloviendo copiosamente, tengo que asistir, pues so­mos muy pocos para el coro.

Dígale que tenga a ésta por suya. A los PP. Sáinz, Güell, Alejo, Abella, Villa y demás, recuerdos afectuosos. Lo mismo al Hno. José y Hno. Valiente, y a los maestros sastre y cocinero y al hombre más ruidoso de la casa, al señor Sampol.

“Son los PP. Paúles en cuya casa se hospedaba el señor Orberá”, dice el autor del libro.

Pero percibamos con gran emoción las palabras que desde la Mer­ced escribe Orberá al Santo Padre en Roma.

“Aquí me tiene —dice el 15 de mayo—, en la casa de los Padres Paúles, exconvento de la Merced, los cuales, y en especial el P. Viladás, me tratan con la caridad proverbial en estos buenos y observantes sacerdotes.” (Pág. 728).

Ya en España siguió el señor Orberá sus relaciones con los Padres Paúles. Leemos en su diario:

“17 de junio de 1874. Vi al P. Maller, Visitador de las Hijas de la Caridad. Hablamos sobre la residencia de los PP. Paúles en Santiago y está conforme en que vaya.”

“18 de junio. Dije la misa en el Noviciado, ya me dijeron que hay 110 casas de la Congregación en España, con más de 2.000 hermanas.”

Aun cuando el general Manuel de la Concha fue el ejecutor de esta solución, ya todo estaba resuelto por el general Jovellar, su prede­cesor.

El autor de la biografía del intrépido Orberá deja entrever que no fue ajena a este arreglo una tal Sor Jovellar, hermana del general de este nombre, de la cual afirma simplemente que era Hija de la Caridad y residente en Cuba.

¿Quién era esta Sor Jovellar? Guardo cierta impresión de haber leído este nombre entre mis manipulaciones de papeles antiguos sobre las Hnas. de la Caridad, como una de las Vice-Visitadoras de Cuba, pero no puedo actualmente precisar. ¿Coincidió su gobierno de las Hijas de la Caridad en Cuba con el de su hermano, como Capitán General de la Isla? Quizá el archivo general de las Hermanas en Ma­drid pueda aclarar esta incógnita. Sor Cristina Jovellar, que fue Visita­dora de España, ¿estaba en Cuba por los años en que estuvo su hermano?

Lo cierto es que la solución de Jovellar fue acertada, al alejar de Cuba las dos figuras más encontradas en el problema, dejando a las futuras actuaciones de los tribunales la resolución definitiva de las causas de su destierro que habían caído sobre ambos personajes, uno de los cuales, Orberá, tenía por abogado en Madrid al prestigioso Nocedal.

Orberá volvió a Cuba, por algún tiempo, luego del triunfo de Noce­dal, para después volver a España, preconizando Obispo de Santander, mientras Llorente se puso a vivir en Madrid, de las utilidades obtenidas de una tienda, adquirida en la Puerta del Sol, por el valor de 5 20.000 (veinte mil pesos), confiando su administración a su sobrino.

Con la desaparición de la escena de ambos actores, parece debíamos dar terminado nuestro modesto ensayo, pero todavía nos resta recoger dos actuaciones de cierto interés: una, de las Hijas de la Caridad: y otra, de un Padre Paúl de la Península, consignadas en el libro del Padre Juan María Sola, S. J.

Como prueba de la intervención de las Hnas. de la Caridad con los hombres de gobierno, escribe Orberá a la Superiora de las Hnas de la Enseñanza de Reus, en diciembre 22 de 1873.

“El hermano del Ministro, don Cristóbal Seguí, cayó enfermo con estado de gravedad. Pidieron Hermanas de la Caridad para asistirlo, pero ellas pusieron como condición que fuesen las Hermanas a prestar ese servicio, pero acompañadas de un Padre Paúl, al cual nada se le moles­taría en sus funciones sacerdotales. Las acompañó el Padre y celebraron el 22 una magnífica fiesta de la Enseñanza, con grandísimo concurso, siendo la primera vez que en el curso de cuatro meses se abría la puerta de la capilla para celebrar la Santa Misa. La enseñanza era una nueva orden religiosa fundada por Orberá.

No da el nombre del Padre que las acompañó.

Noticia que aclara Orberá en un largo informe al señor Blanchi, Inter­nuncio de Madrid, con fecha 22 de diciembre de 1873, y del cual entre­sacamos estas cortas líneas.

“Ayer,121, llegaron de La Habana dos Hermanas de la Caridad, que fueron allá a reponerse de su salud y las acompaña un Padre de la Con­gregación de la Misión, porque ellas no querían regresar, sabiendo que hacía mucho tiempo, habían desterrado a todos los sacerdotes católicos, sin dejar uno siquiera, y parece que pidieron Hermanas de la Caridad para asistir al hermano del Ministro de Ultramar, que estuvo muy grave; con este motivo, pudieron arrancarle la concesión de que les permitiera tener aquí un Padre de ese Instituto, sin que Llorente le molestara, a fin de asistirlas espiritualmente.” (Pág. 519.)

Estuvo repleto de incidentes de toda clase el tal Cisma, trágicos, cómicos y hasta ingeniosos, que el autor de “El Mártir de Cuba” ha recogido con profusión, pero el intento de traerlos a este ensayo, hubiera extendido de tal forma el material, que difícilmente se hubiera justificado su inserción en el actual twmato de nuestros Anales.

Recojamos solamente tres, tocantes a las Hijas de la Caridad.

Presentándose los agentes de la autoridad a recoger las llaves de la capilla de la Casa de Beneficencia, la Superiora se negó a entregárselas.

—Para que no digan que usted nos las entregó, déjelas sobre esa mesa y nosotros las cogeremos.

—No las dejo —contestó la Hermana. Y con un gesto instintivo se las guardó en el bolsillo de su hábito, diciendo:

—Tendrán que matarme antes de quitarme estas llaves.

—Pues bien, Hermana, daremos cuenta a la superioridad de su actitud.

De vuelta los emisarios, con autorización para forzar la puerta, ya las Hermanas habían realizado su treta.

En unas pocas horas, desmantelando la capilla, habían convertido ésta en dormitorio para las niñas más pequeñas, encontrando los agentes las camitas colocadas en la capilla.

—¿Quién les aconseja a ustedes tan bien en sus cosas? —preguntó uno de los agentes oficiales.

—El Espíritu Santo –contestó la Hermana—, que sabe bastante más que ese Llorente cismático.

Llorente designó a un capellán amigo suyo para el servicio del Hos­pital Militar. Acto continuo, las Hermanas pidieron sus pasaportes para La Habana o para España, pues se negaron a oir su misa, exigiendo la venida de un Padre Paúl de La Habana, como condición para continuar sus servicios. Ya hemos consignado que fue el padre para su atención. El P. Sola consigna que el tal capellán, rechazado, murió al poco tiempo, sin recibir los últimos sacramentos, a pesar de la visita personal que le hiciera con este objeto el mismo Llorente.

Rechazando los servicios de Llorente, pidió a éste que avisase al capellán de un barco español, anclado en la bahía, pero el descarado de Llorente le negó este servicio, prefiriendo que muriera sin los últimos sacramentos.

Sólo queríamos consignar la fidelidad de los PP. Paúles y de las Hijas de la Caridad al señor Orberá, el legítimo Pastor de la grey católica de Santiago de Cuba y su protesta contra el rapaz lobo, que fue don Pedro Llorente.

Y eso ha quedado probado claramente.

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