Dios sigue llamando: Sor Marga

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Josico · Año publicación original: 2011 · Fuente: Colegio Sagrado Corazón de Los Dolores (Cartagena).

La comunidad educativa del Colegio Sagrado Corazón de Los Dolores (Cartagena) realizó preguntas a sor Marga, seminarista de las Hijas de la Caridad procedente de este centro.


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Sor Marga

Sor Marga

¿En qué momento de tu vida comenzaste a sentir la llamada de Dios?

Pues, no lo puedo precisar. Yo sé que fueron muy importantes para mí las catequesis de JMV. Era algo que esperaba con ilusión toda la semana. El trabajar en grupo, tratar los temas con más compañeras, el ir introduciéndome poco a poco, con más profundidad en la oración. Son experiencias que en ese momento no valoras lo suficiente, pero que van calando, mojando la tierra de la vocación y con el paso del tiempo, crean un sedimento donde la semilla puede crecer.

Mis padres también han sido un apoyo fundamental, en el sentido de ir creando una base importante para desarrollar la fe. Nos han llevado a misa desde pequeños y han visto siempre con cariño y muy favorablemente el grupo de catequesis y el trato con las Hermanas. Especialmente el hecho de ver a mi madre rezar el rosario, de compartir con ella sus pequeñas devociones, es algo que facilita enormemente el continuar una vida de fe.

Pero supongo que una de las cosas más importantes, o que más ha podido influir, es el hecho de que las Hermanas nos llevaran a prestar servicio al Hospital de Caridad, los domingos después de la Eucaristía. El rostro de Cristo que aprendíamos en las fichas de JMV, se hizo de repente presente en los ancianos del hospital. Ya podía poner cara al Señor, en los pobres necesitados de cariño, de alegría, de una visita que les cambiara la rutina de una semana en la sillita de ruedas o en la cama.

Desde mi opinión, es fundamental que aprendamos a afinar la vista y el oído, que sepamos trasladar el Cristo ante el que rezamos, por el Cristo al que podemos abrazar, alimentar, acompañar, escuchar… Y esa fue una experiencia que a mí me hizo valorar a qué quería yo dedicar mi vida.

También el que las Hermanas nos abrieran las puertas de la Comunidad fue algo importante. Poder hablar con ellas, hacerles preguntas, que nos dejaran ver cómo era su vida, me ayudó a plantearme que yo quería vivir eso. Y finalmente, eso fue lo que yo comencé a sentir. No puedo decir cuándo, pero yo sentía que esa vida podía ser plena, una vida feliz al servicio del Señor. Como veis, no puedo daros el día y la hora exacta, solo el sentimiento de que quizá, esa podía ser mi vida. Si es cierto que hable con el párroco (José Alberto), más o menos con 17 años y le planteé la cuestión. Pero yo creo que la cosa venía de antes.

¿A qué temores o miedos has tenido que hacer frente al elegirme Dios para ponerme a su servicio a través del pobre?

Pues los temores lógicos de la persona que va a conducir su vida por un camino de entrega. El no saber si realmente estoy llamada a esto, la separación de mi familia, el dejar un trabajo, un modo de vida. Pero realmente sientes que algo te está llamando a eso, y puedes intentar eludir la llamada, pero Dios insiste y al final sabes que lo que tienes que hacer es responder. Después de eso, sientes mucha serenidad. No dejas de sentir temor, pero hay un fondo de paz interior, que te dice que estás haciendo lo que debes.

¿Cómo afrontó tu familia, y sobre todo tus padres tu vocación? ¿Les costó aceptarla?

En ningún momento me han mostrado su oposición y doy gracias a Dios por ello, ya que los pasos a dar hubieran sido mucho más difíciles. Ellos entendían, que si era lo que yo quería hacer e iba a ser feliz así, debía hacerlo. Lo cual no quita, que les duela la separación física evidentemente. Pero si te casas con un diplomático y lo destinan al otro lado del planeta, te vas con él. Si te ven feliz, ellos en el fondo son felices.

Cualquier vocación implica una serie de renuncias, ¿a qué has tenido que renunciar con la tuya?

Como dices bien, cualquier vocación implica renuncias y todas las que sois madres lo sabéis mejor que nadie. Ya no te perteneces, en cierto modo. Tu vida ya forma parte de la de tu marido, tus hijos… y tus decisiones, tus actuaciones se remiten al bien de ellos, no al tuyo propio. Renuncias a cosas buenas, por otras que consideras mejores. Yo he tenido que cambiar una vida de pareja, unos hijos o un futuro profesional, por una vida en la que el amor no se circunscribe a unas personas en especial. Se opta por un amor universal, para los pobres, las hermanas, las personas que te rodean, sin estrecharlo a un ámbito concreto. En ese sentido, las renuncias, que no son pequeñas, encuentran un sentido y se hacen más llevaderas, porque son aceptadas libremente y en razón de un amor mayor.

¿En qué se parece o diferencia la vida de Comunidad a la vida en una familia?

Pues la verdad es que a nuestra familia no la elegimos, nacemos en ella y aprendemos a querer desde pequeños. La Comunidad tampoco la elegimos, Dios nos reúne y en ella tenemos que aprender a querernos, teniendo en cuenta que vivimos desde la fe. En eso nos parecemos. Luego, la vida diaria tampoco es tan diferente de la que se pueda llevar en una familia: se comparten los momentos buenos y los momentos malos de las hermanas. Las alegrías, las pérdidas… Nos cuidamos con cariño en las enfermedades, nos repartimos los trabajos de la casa, hay momentos de trabajo, de expansión, y como en una familia, unos días una está mejor y otros días le toca estar peor, pero se viven el perdón, la reconciliación y un esfuerzo continuo por superar aquello que nos diferencia.

¿Has sentido en algún momento, en este tiempo de postulantado y seminario, soledad o dudas sobre el camino seguido?

Como dije al principio, cuando te mueves en el campo de la fe, las certezas son pocas. Sí, se viven momentos de duda, pero precisamente el postulantado es el momento en el que se puede conocer la vida de las hermanas desde dentro de la Comunidad y puedes darte cuenta de si estás realmente llamada a esta vida o no. A medida que vas caminando, vas viendo claro si aquello que estás viviendo, se corresponde con la llamada que Dios te ha hecho.

También es cierto que vas encontrando fuerza, donde pensabas que no había tanta, y vas aprendiendo a superar las dudas, desde la confianza en el Señor, que al fin, es el que da la fuerza.

Estás dedicando tu vida, esfuerzo y cariño al servicio de los más necesitados, ¿qué te reportan ellos?

Pues me reportan mucho más de lo que quizá yo alcanzo a darles. La capacidad de confianza, de cariño, de poner su vida y su historia en nuestras manos son increíbles. Puedo decir con vergüenza, que los pobres me enseñan a mí en muchas ocasiones más de lo que puedo enseñarles yo a ellos. La solidaridad entre ellos, cómo comparten lo poco que tienen; su generosidad; su tremenda y profunda fe en Dios, desde la situación que les toca vivir; su aceptación de las enfermedades, de la pobreza, de la injusticia, son un verdadero ejemplo.

Cuando entras en la vida de otra persona y más si está en situación de fragilidad, estás pisando tierra sagrada. Cada día puedes percibir la facultad de hacer daño o de sanar que tiene una palabra, un gesto y aprendes a que tu manera de actuar sea acogedora y transmisora del amor de Dios.

Dentro de la Comunidad y en el trabajo que desempeñas, ¿Cómo es tu día a día?

Cada día comenzamos la jornada con la oración y la Eucaristía y luego tenemos estudio, que ahora se intensifica al ser un tiempo más concreto de formación. Tenemos varios días en semana clases fuera de casa, para ir mejorando nuestra formación en otros ámbitos.

Vamos al servicio directo a los pobres un tiempo a la semana y también existen momentos un poco más relajados de expansión, para disfrutar de las hermanas.

Y lo normal de una casa, la limpieza en común y las tareas que lleva una casa.

Desde tu experiencia, ¿crees que influye la familia y entre otros el tipo de educación recibida en la misma, en la vocación religiosa o es ajena a ésta?

Pues evidentemente, como comenté en la primera pregunta, sí es muy importante. Es fundamental vivir en un ambiente que favorezca esa coherencia como cristianos, que todos debemos tener. Pero también he podido hablar con personas, que ni por un momento hubieran pensado en esto, y ahora viven su vocación en cuerpo y alma. CUANDO DIOS LLAMA…

Y en ese sentido, ¿de qué forma podemos los padres fomentarla?

Yo creo que no hace falta hacer cosas extraordinarias. Simplemente, si somos capaces de vivir coherentemente nuestra vocación de cristianos y sabemos traslucir la alegría y la gracia que Dios nos regala, nuestro modo de vida, debe actuar de llamada.

De todas formas, introducir a los niños poco a poco en la oración, es una forma de enriquecerles, que les ayudará toda la vida. No sólo la oración como repetición mecánica de fórmulas, sino como un espacio para abrirse al silencio, al misterio de Dios.

¿Os gusta el trabajo designado que estáis realizando?

Entiendo que al decir trabajo designado, os referís al servicio que realizamos a los pobres directamente durante la semana. Ahora presto mi servicio en una obra social, es un centro para gente de la calle que hay en el centro de Madrid. Allí pueden dormir, comer, asearse, tienen seguimiento con trabajadores sociales, se les realizan curas por parte de las hermanas enfermeras, se les controla la medicación y se les deriva a otros programas, donde puedan promocionarse y mejorar su situación.

La verdad es que poder servir en este centro para mí es una interpelación continua. Cada día que voy me sorprendo de la cantidad de gente rota que hay en nuestra sociedad, en nuestro entorno más cercano. Personas normales, que tuvieron una vida buena, con su familia, su trabajo, sus amigos… y que han cruzado la línea de la pobreza, por situaciones inesperadas o por decisiones mal tomadas. Eso no les transforma en culpables, sino que siguen siendo víctimas de una sociedad, que frecuentemente les deja en la cuneta, sin mirar atrás. Y cada día hay más.

Es muy difícil explicar lo que se siente cuando se entra allí. La pregunta no es si me gusta o no el servicio que realizo. Simplemente es que quiero estar allí sirviendo a Cristo en cada una de esas personas. En ese sentido, he estado con ancianos, con niños, con transeúntes en otros centros, y aprendes a ver, a reconocer a Cristo en las distintas pobrezas que se te presentan delante. Sirves a la persona, pero fundamentalmente, estás viendo a Cristo en ellos. Desde esa visión de fe, resulta indiferente dónde te envíen, en cualquier lugar puedes servir.

¿Os satisface vuestra entrega a Dios?

Evidentemente si, sino, no estaría aquí. Pero yo tampoco lo llamaría satisfacción. Lo veo más como una respuesta lógica a una gracia. Si una persona se siente llamada a vivir su vida desde el amor en una vocación concreta, creo que la respuesta normal es aceptar esa llamada.

En muchas ocasiones una siente que lo que le ocurre es demasiado grande, que te sobrepasa. Pero Dios, nos va capacitando poco a poco. Va haciéndonos caminar despacio para llegar a donde Él quiere. Sólo se trata de dejar que actúe El.

¿Qué objetivos tenéis en el futuro?

Pues de momento seguir caminando e intentar afianzar mi entrega a Cristo. En cuanto a planes, no se pueden hacer muchos. Cuando termine el Seminario, me enviaran en misión al lugar al que consideren que puedo servir mejor, y allí intentaré vivir lo mejor posible mi vocación.

¿Sentís plena vuestra vida cuando acaba el día?

Todos los días terminamos la jornada con una relectura del día. Analizamos los acontecimientos e intentamos mirarlos a la luz del Evangelio. No siempre podemos decir que el día ha sido bueno desde un punto de vista humano, pero mirado con los ojos del Evangelio, doy gracias por lo que ha sido don de Dios y pido perdón por lo que no ha sido tan bueno. Si miramos así los acontecimientos, la visión cambia.

¿Cómo os sentís ahora?

Me siento en camino, avanzando en el plan de Dios, con ilusión y esperanza.

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