Cuatro temas de la espiritualidad de san Juan Gabriel Perboyre

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Año publicación original: 1997 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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¿Lo creerán ustedes, Hermanas? Durante el año que ha terminado anoche, ha habido más matanzas de misioneros, hombres y mujeres, que en cualquier otro año desde que la Iglesia lleva estadísticas. Yo decía y lo he dicho con frecuen­cia en público— que es raro que haya mártires; pero hoy esto no resulta verdad. Todas ustedes han oído hablar de los misioneros, numerosos, que han muerto en Argelia, en Ruanda, en Burundi, sin hablar de otros muchos países. Ahora, en el comienzo de este nuevo año, estoy convencido de que esas mujeres, esos hom­bres, heroicos, están en la presencia de Dios para interceder por nosotros.

La Iglesia no canoniza a todas estas personas; pero de vez en cuando, para bien nuestro, nos presenta a alguna de ellas como modelo, a fin de alentarnos a nosotros que vamos todavía de camino. La Iglesia nos dice:

«Fijaos bien en este hombre, meditad en la vida de esta mujer, aprended de ellos lo que significa hoy ser santo.

Lo mismo ocurre con Juan Gabriel Perboyre. El 2 de junio de 1996 ha sido declarado oficialmente santo. ¿Y qué es lo que nos enseña sobre la manera de vivir la vida de Dios?

No voy a intentar repetir aquí lo que otros han dicho ya. Mi propósito es modesto. Planteo esta cuestión: ¿Qué llenaba el corazón de este auténtico santo? ¿Cómo veía a Dios? ¿Cómo enfocaba su misión? ¿Cuál era su actitud ante los que le rodeaban? ¿Qué forma adoptaba su vida de oración?

Para formular una respuesta, he analizado sus cartas. Otros lo han hecho con los acontecimientos de su vida y su muerte para tratar de comprenderle plena­mente.

Cuatro temas resaltan en especial en su correspondencia.

1. Su devoción a la Providencia

«Amo mucho este misterio do la Providencia».

Estas palabras las escribe Perboyre a Pedro Lo Go, Sus cartas ponen de relieve con toda claridad la profundidad de ese amor. En realidad puede decirse que el misterio de la Providencia es un leitmotiv que salta a la vista en todas sus páginas, una melodía que entona en sordina mientras va reflexionando en los diversos acontecimientos de la vida. Este interés por la Providencia resalta de manera especial en tres planos.

En primer lugar, la Providencia de Dios es el «toma do viaje» en muchas de las cartas de Perboyre: Dios va caminando con él y lo protege. Le pide al Superior General, P. Domingo Salhorgne, que se una a hl y a sus compañeros para alabar «a la Providencia del Padre Celestial» por todas las cosas admirables que han transcurrido a lo largo de su viaje de El Havre a Jakarta (antiguamente, Batavia). En el mismo sentido, escribe a otros corresponsales de Surabaya y de Macao. Pero Perboyre es muy concreto en el tema de la Providencia. Aunque todo lo atribuye a Dios, reconoce claramente que Dios actea a través de causas segun­das: Y así está convencido, por ejemplo, do que los misioneros que viajaban por mar, debían su salvación no sólo a la Providencia, sino también al capitán del barco. Durante sus viajes a pie, ya en China, estaba completamente seguro de que Dios le conducía paso a paso, pero no por ello dejaba de estar agradecido a sus guías. Igualmente, mientras creía profundamente en lo más íntimo de su ser que era la Providencia la que había preparado el camino a toda su aventura misionera en China, daba las gracias a sus Superiores por haberle enviado allá.

En segundo lugar, junto al tema del viaje, la Providencia tiene una resonancia más profunda en los escritos de Perboyre, considerada como «un orden» dentro «del plan oculto de Dios». En ese sentido, al igual que san Vicente de Paúl, no quiere «adelantarse a ella». A su hermano Luis, inmediatamente antes de la marcha de éste a China, le escribe: «Dios sabe llegar a sus fines y promover su mayor gloria y la santificación de sus elegidos». Esta carta de Perboyre es tanto más emotiva cuanto que era el último contacto que tenían los dos hermanos. Luis murió en el camino, sin haber alcanzado el fin que se proponía: China.

Al saber la muerte de su hermano, Juan Gabriel escribió a sus padres: «La Providencia de Dios es muy suave, admirable hacia sus servidores, e infinitamente más misericordiosa que lo que podríamos concebir».

En tercer lugar, resulta evidente, según las cartas de Perboyre, que considera el sufrimiento como un aspecto del amor providente de Dios. Está convencido de que «Dios castiga a los que ama». Declara que «sufrir constituye la mitad del misionero. Desde China, escribe al Superior General: «No sé lo que me está reservado en la carrera que se abre ante mí; sin duda, muchas cruces, porque ese es el pan cotidiano del misionero. Y ¿qué cosa mejor se puede desear cuando se va a predicar a un Dios crucificado?». A medida que empieza a entrever la posibilidad de su propia muerte, va profundizando en ese tema.

La perspectiva del martirio no escasea en sus cartas. Lo contempla con sere­nidad. Escribe a su padre: «Si nos fuera dado sufrir el martirio, sería una gracia muy grande». A su primo: «Nuestro Señor cuida siempre de los que lo abando­nan todo por El; y cuando se ven más desprotegidos de los hombres, sobre todo en el momento de la muerte, es cuando les devuelve por encima del céntuplo prometido». Siente el ardiente deseo de que su propio corazón esté íntimamente unido a los corazones dolientes de Jesús y María. Poco tiempo antes de ser arrestado, escribiendo a Jean Grappin, Asistente General, en París, bromea acer­ca de su mala salud y de su porvenir y saca la conclusión: «Por lo demás, no me inquieto demasiado por esa cuestión. Queda en manos de la Providencia».

2. Su amor a la misión

¡Qué feliz me siento en tan admirable vocación!

Esa es su exclamación cuando anuncia a su tío que ha sido destinado a China. El entusiasmo de Perboyre por las misiones se dejó ver muy pronto. Es cierto que dos misioneros que partieron a China fueron para él fuente de inspira­ción profunda: Francisco Regis Clet y su propio hermano Luis.

Con frecuencia hace mención de Clet. A Pedro Le Go le dice: «Ojalá pueda yo asemejarme, hasta el final, a un venerable cohermano, cuya larga vida apos­tólica ha sido coronada por la gloriosa palma del martirio». Sus cartas desde China hablan de Clet con gran admiración. Espera que su causa de beatificación vaya por buen camino. Expresa un gran deseo de visitar su tumba. Habla de los largos años del ministerio de Clet, de la dificultad que tuvo para llegar a hablar el chino, de sus sufrimientos, de su muerte por estrangulación en una cruz.

Existe una bella carta escrita a su tío desde Surabaya, en la que habla de su hermano:

«No podía hacer este viaje a China sin tener presente con frecuencia el recuerdo de mi hermano Luis; me gustaba pensar en él, caminando por delante de mí e indicán­dome el camino que debía seguir. Pero ¡ay! como la estrella que guiaba a los Ma­gos, desapareció de mi vista… ¡Cuánta será mi alegría cuando vuelva a verlo, rodea­do de brillante luz y mostrándome el lugar donde se halla el divino Rey Jesús!».

No cabe dudar que, desde febrero de 1832, Juan Gabriel sentía el deseo de ocupar el lugar de Luis, como misionero en China. En su correspondencia se encuentra frecuentemente la alusión a su hermano.

Desde su llegada al continente, Perboyre envía relatos muy expresivos de sus nuevas actividades misioneras. Es evidente que amaba al pueblo chino». Actual­mente, en que con tanta insistencia hablamos de la inculturación, es interesante apreciar las diferentes maneras como intentó adaptarse a la vida china. Ante todo, adoptó la apariencia y la vestimenta china. «¡Si pudieras verme!», escribe festiva­mente a su hermano Santiago, describiéndole el aspecto que presenta con su indu­mentaria china, la cabeza afeitada, una trenza muy larga y sus bigotes y su manera de comer con los palillos. Es cierto que parte de esta adaptación iba motivada por la necesidad que tenían los misioneros de pasar inadvertidos (porque estaba de­cretada la pena de muerte para los europeos que entrasen en China de manera ilegal), pero queda claro también que Perboyre quería «darse todo a todos» como se lo dice explícitamente a Santiago. Solía insistir en que los misioneros tenían que adaptarse a las costumbres chinas, y cuando no lo hacían, no dudaba en expresar su manera de pensar. Trabajó mucho para aprender la lengua; de hecho él mis­mo reconocía que podía expresarse en chino de manera satisfactoria.

Decía que la vida de los misioneros en China era «del todo apostólica», llena de dificultades y peligros. Pasaban tres cuartas partes del año caminando de pue­blo en pueblo, predicando, catequizando, administrando los sacramentos, viviendo con frugalidad en un país en el que la mayor parte de los cristianos eran pobres.

3. Su amor a la Comunidad «Daría por ella mil vidas».

La adhesión de Perboyre a la Compañía queda fácilmente demostrada en sus cartas. A su primo Gabriel le recuerda la gratitud que ambos deben tener a la Congregación por todo lo que les ha aportado.

Uno de los temas que con más frecuencia se encuentra en sus cartas es la forma en que Dios bendice a la Compañía. En la calidad de los novicios, ve una señal de los planes de Dios sobre el porvenir de la Compañía’. Desea con fervor que otros jóvenes lleguen a ser hijos de san Vicente. Está convencido de que el santo sigue atrayendo las bendiciones de Dios sobre la Congregación.

Sus cartas revelan amistades profundas en el seno de la Comunidad. Sin embargo, no vacila en criticar, con sencillez, lo que, a su juicio, es de lamentar en la Congregación. Este último rasgo le atrajo algunas dificultades por parte de su Superior Juan Bautista Torrette, que fue compañero suyo de promoción en el seminario. Juan Gabriel no dejó de presentar sus excusas a Torrette, que le había escrito una carta bastante dura con reproches. Mas aunque la carta de Perboyre fuera excusándose, no cedía plenamente en sus apreciaciones.

4. Su devoción a la Santísima Virgen

«La tierra entera está llena de la misericordia de María».

En la carta en la que da a su tío la buena noticia de su envío a China, añade que sus Superiores le han comunicado su destino el día de la fiesta de la Purifi­cación, lo que le lleva a pensar que, en este asunto, le debe mucho a la Santísima Virgen. En los últimos años de su vida, su amor a María tomó la forma de devoción a la Medalla Milagrosa.

La lectura de las cartas de Perboyre muestra con evidencia que él mismo, junto a otros, llevaron medallas a China poco después de las apariciones de la Virgen en París, sirviéndose de las mismas para incrementar la devoción a María. Juan Ga­briel conocía muy bien al Padre Aladel, Director espiritual de sor Catalina Labouré. En 1838, le escribió para referirle con entusiasmo las gracias de la Medalla de China.

Desde Jakarta escribió al Superior General, Padre Salhorgne, refiriéndole que durante una terrible tempestad, ocurrida en el transcurso de su viaje, viendo las olas asemejarse a montañas, los misioneros rezaron la jaculatoria: «Oh María, sin pecado concebida…» Y, añade, que apenas habían elevado sus voces a la Estre­lla del Mar, la tempestad se calmó poco a poco’.

Reflexión final

Sin duda, no es casualidad que estos cuatro temas cobren tanto realce en las cartas que conservamos de Perboyre. Todos ellos son otros tantos elementos importantes de la tradición recibida por él como miembro de la familia vicenciana, y que, a su vez, transmitía a otros, tanto en su calidad de Director del Seminario en Francia como, posteriormente, siendo Misionero en China. Todos estos temas se encuentran en las Reglas, dadas por san Vicente a sus hijos e hijas, e igualmente en las Constituciones actuales.

La devoción a la Providencia está en la raíz: Fe en la presencia atenta de un Dios personal que camina con nosotros en los diversos episodios dramáticos de la experiencia humana —luz y tinieblas, gracia y pecado, calma y lucha, paz y turbación, salud y enfermedad, vida y muerte—.

El amor a la Misión se halla en el corazón de la vida vicenciana: es una aspiración profunda a seguir a Cristo, Evangelizador y Servidor de los pobres, yendo, efectivamente, en busca de los más abandonados, sirviéndoles «espiritual y corporalmente» «con palabras y con obras».

El amor a la Comunidad se manifiesta fundamentalmente en la fidelidad a nuestros compromisos en nuestra vida y nuestro trabajo en común, «amándonos y respetándonos mutuamente como Hermanas, unidas por Nuestro Señor para su servicio». Una de sus expresiones más claras es el espíritu de gratitud por todo lo que Dios nos ha dado en y por la Compañía, evitando así la tentación perpetua de ingratitud, «el crimen de los crímenes», como la llama san Vicente.

La devoción a María se expresa hoy de muy variadas maneras —por la cele­bración de sus fiestas’, el rosario, la Medalla Milagrosa  pero de manera espe­cial, como san Vicente nos urgía a hacerlo, por nuestra unión con Ella en la escucha de la Palabra de Dios. «Mejor que nadie, nos recuerda san Vicente, Ella ha penetrado la sustancia de esa Palabra y nos ha enseñado su práctica».

Si las canonizaciones se hacen para nosotros, entonces, ciertamente, estos cuatro temas, que tanto resaltan en las cartas de san Juan Gabriel Perboyre, nos ofrecen muchos puntos de reflexión.

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