Con los pobres, en camino hacia la paz

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Gregory Gay, C.M. · Año publicación original: 2006 · Fuente: Vincentiana, Mayo-Junio 2006.
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Me gustaría hablar de este tema1 desde la perspectiva de nuestra propia espiritualidad vicenciana. En diversos lugares San Vicente llama a sus seguidores a ser contemplativos en la acción. Sería un error considerar nuestra espiritualidad, contemplativos en la acción, como dos realidades diferentes. Para comprender de verdad nuestra espiritualidad tenemos que verla como una única cosa, contempla­ción-acción. Nuestra relación con los pobres siempre es contemplada en este contexto. Somos llamados a contemplar nuestra experiencia con los pobres, que, al mismo tiempo, nos motiva a actuar junto con los pobres. Es esencial que tengamos claro que este es el contexto en el que desarrollamos nuestra propia espiritualidad y es en este mismo contexto en el que quisiera hoy desarrollar el tema que se me ha confiado: «Con los pobres, en camino hacia la paz».

Comenzaré analizando un poco el título en sí mismo. En primer lugar, como se indica, «con los pobres». Es de suma importancia, en relación con nuestra eficacia en el servicio a los pobres, que estemos cerca de ellos, que estemos con ellos, y que, ante todo, les tratemos como lo que son, nuestros «señores y maestros», con sumo respeto, considerándoles como protagonistas de sus vidas, en vez de como objetos de la vivencia de nuestra espiritualidad. Dando un paso más, «junto con los pobres» implicará con seguridad lo que San Vicente quiso decir al afirmar que debemos amar a Dios, pero que debemos hacerlo con el sudor de nuestra frente y la fuerzas de nuestros bra­zos. Trabajar con los pobres, desde sus propias situaciones de mar­ginación, significa necesariamente mucha sangre, sudor y lágrimas.

Al acercarnos a los pobres llegaremos a conocerlos mejor y a experimentar los diversos aspectos de sus vidas: lo bueno y lo malo, lo redimido y lo irredento, las luces y las sombras. Entre las sombras que ciertamente descubriremos estará el grado de violencia que existe en la mayoría de los ambientes en los que los pobres viven, trabajan y caminan luchando por la supervivencia. Señalo el tema de la violencia porque es importante reconocer la violencia existente no sólo en la vida de los pobres, sino también en nuestras vidas, si que­remos asumir con seriedad la tarea que tenemos delante: «Con los pobres, en camino hacia la paz».

La segunda parte del título, «en camino», me habla de un pro­ceso, un proceso que tiene en cuenta nuestros procesos personales de crecimiento y nuestro crecimiento común en el proceso de la comu­nidad o de la asociación, junto con el proceso de acercamiento a los pobres. Los procesos de crecimiento son meticulosos. Implican mucho aprendizaje, mucha escucha, mucho dar y tomar, y cierta­mente mucha paciencia. Lo que es bueno verdaderamente nunca llega de manera fácil. El resultado de la lucha paciente, junto con los pobres «en el camino», es la paz y la armonía mutua. Si estamos dis­puestos a trabajar juntos a lo largo del proceso, seremos verdaderos testigos de que es posible la paz entre los seres humanos.

Desde la perspectiva cristiana aquí usamos como modelo — y más que modelo, como inspiración — la doctrina de la Trinidad. La Trinidad fue una de las doctrinas favoritas de San Vicente de Paúl y, de igual manera, también la veo así para mí. Quizás sepan que Vicente de Paúl tuvo una especial devoción a la Trinidad. He aquí lo que dijo en una conferencia del 23 de mayo de 1659: «¿Qué es lo que forma esa unidad y esa intimidad en Dios sino la igualdad y la distin­ción de las tres personas? ¿Y qué es lo que constituye su amor, más que esa semejanza? Si el amor no existiese entre ellos, ¿habría en ellos algo amable? Por tanto, en la santísima Trinidad se da la uniformidad; lo que el Padre quiere, lo quiere el Hijo; lo que hace el Espíritu Santo, lo hacen el Padre y el Hijo; todos obran lo mismo; no tienen más que un mismo poder y una misma operación. Allí está el origen de nuestra per­fección y el modelo de nuestra vida» (ES XI, 548-549).

Lo aleccionador aquí es que el símbolo de la Trinidad — para muchos de nosotros una doctrina marginal y a la que nos prestamos mucha atención — fue para San Vicente no sólo un tema de contem­plación, sino también un mandato en pro de la justicia social, que es absolutamente necesaria en la construcción de la paz. Con frecuencia el Papa Pablo VI afirmó esto e igualmente lo ha repetido el Papa Juan Pablo II. La vida interna de la Divinidad es una relación de amor y justicia. Las personas hechas a imagen de Dios deben esforzarse por vivir del mismo modo unos con otros. Si estas relaciones «justas y necesarias» no se dan en sincronía, debe existir un empeño por poner tales relaciones al derecho, de modo que la voluntad de Dios pueda «hacerse en la tierra como en el cielo». Cuando hablamos de paz, que es mucho más que ausencia de guerra, hablamos de relaciones armoniosas, de relaciones de igualdad de unos con otros, modeladas claramente en el ejemplo de nuestro Dios, Trinidad.

Como seguidores de Jesucristo, estamos llamados a cumplir la voluntad de Dios como lo hizo Jesús. Cumplir la voluntad de Dios puede entenderse como imitar a Dios, vivir como Dios en y mediante nuestra propia humanidad ayudados por el don de la gracia divina. Ciertamente, en la sociedad en que vivimos no son una realidad las relaciones de igualdad. Con frecuencia hay quien domina y quienes son dominados; existen los opresores y los oprimidos. Incluso en las supuestas «relaciones cristianas», existe una falta de igualdad, pues existen «bienhechores» que actúan en favor de los otros a veces de un modo paternalista o maternalista, haciendo con frecuencia por los demás lo que los estos podrían hacer por ellos mismos. La necesidad de «empowerment» (potenciación, autogestión) se convierte aquí en algo esencial.

El «empowerment» (potenciación) es un concepto que ha sido acuñado de una manera nueva por la Asociación Internacional de Caridades. Es un término «que implica conceder el primer lugar a los últimos, a los que son nuestros «señores y maestros».2 Una vez que quienes se benefician de nuestro compromiso de solidaridad llegan a reconocer su dignidad e igualdad, podemos más fácilmente trabajar con ellos de una manera corresponsable. A través de la corresponsa­bilidad, «esperamos mostrar un camino que conduce hacia la paz, una paz real, que no puede coexistir donde haya hombres y mujeres que mueren de hambre, sin oportunidades de vida y viviendo en la desesperación».3

La doctrina de la Santísima Trinidad habla claramente del con­cepto de corresponsabilidad en nuestro mundo de hoy. La Trinidad en sí misma, siendo la divinidad y fuente de gracia y amor hacia nosotros, es el elemento clave necesario cuando ustedes (AIC) mar­chen con los pobres en camino hacia la paz.

Para poder estar con los pobres en camino hacia la paz existe una llamada previa dirigida a cada uno de nosotros de entrar en un proceso personal de conversión. La meta que esperamos alcanzar — «paz junto con los pobres» — puede tener como base el crecimiento en las cinco virtudes que San Vicente de Paúl recomendó a la Con­gregación de la Misión. La mayoría de nosotros recordamos que recomendó tres virtudes a las Hijas de la Caridad: la humildad, la sencillez y la caridad. Para la Congregación de la Misión fueron cinco: humildad, sencillez, mansedumbre, mortificación y celo por las almas. Cada una de estas virtudes aportó mucho al proceso de conversión personal de San Vicente de Paúl, que fue la base de su transformación.

En otros escritos sobre la paz se ha subrayado el papel de la mansedumbre. Ciertamente es un tema desarrollado con belleza por nuestro anterior Superior General, el P. Robert Maloney.4 Me gusta­ría indicar cómo podemos desarrollar en nuestras vidas las cinco vir­tudes como un camino integral para ayudarnos a vivir más clara­mente como personas de paz, experimentando el proceso dentro de nosotros mismos y caminando junto a los pobres en el mismo pro­ceso de sus vidas. «Junto con los pobres» damos testimonio de lo que significa la verdadera paz en este nuestro mundo violento y rasgado por la guerra.

Como bien sabemos todos, San Vicente de Paúl escogió estas cinco virtudes de la vida de Jesús cuando meditó en el Evangelio. Lo hizo así en y a través del reconocimiento de que él mismo no tenía tales virtudes y sentía la necesidad de alcanzarlas para ser más fiel en el seguimiento de Jesús, evangelizador de los pobres. En ocasiones el mejor camino para entender las virtudes es hablar en primer lugar de sus opuestos, y esto puede ayudarnos a conseguir una comprensión más profunda de lo que son. Me gustaría probar aquí este método al compartir con ustedes lo que considero esencial: es decir, la adquisi­ción en nuestra espiritualidad vicenciana de estas cinco virtudes, ayudándonos a ser más claramente «imitadores» de Jesucristo, lo que nos ayudará a marchar fielmente con los pobres en camino ha­cia la paz.

La vivencia gradual de estas virtudes condujo a San Vicente a estar en su vida más cerca de Jesús mismo. Supuso para él un ver­dadero cambio de corazón, que lo condujo a ser una persona más semejante a Cristo, un persona llena de paz, dinamizada por la vida de Cristo y con un deseo incontenible y un gran coraje para compar­tir su semejanza con Cristo con los otros. Crecer en estas virtudes supone un proceso de conversión o de verdadero cambio del corazón para todos nosotros. Creo que, en la base para establecer la paz ver­dadera, lo que importa es el cambio de corazón.

Humildad

Permítanme comenzar pon la virtud de la humildad. Su opuesto consiste en ser arrogante o, como diríamos en español, «prepotente». En tal persona, el o ella, se ve a alguien que domina, controla y se impone a sí mismo por encima de los demás. Se interpreta, a veces, como un sentimiento de ser más que el otro o de estar sobre el otro, y, sin embargo, a los ojos de Dios todos somos iguales. Me resulta interesante que para mantener ese equilibrio y llegar a la compren­sión de que todos somos iguales a los ojos de Dios, San Vicente de Paúl invirtió las medidas. Normalmente, desde una perspectiva so­cial, existe ciertamente un desequilibrio en las relaciones. Quienes están en el extremo más bajo de la escala serán sin duda los margi­nados, los excluidos, los empobrecidos del mundo en el que vivimos. San Vicente, para ayudarse a sí mismo a darse cuenta de que los pobres son iguales, de que todos somos iguales a los ojos de Dios, hizo de los pobres sus «señores y maestros», quizás como un camino intencionado para ayudarse a llegar a una relación de igualdad con ellos. Al mismo tiempo, nos anima a nosotros, sus hermanos y her­manas, Hijas de la Caridad, Voluntarias de la Caridad y miembros de la Congregación de la Misión, a quienes con frecuencia dice que los pobres son nuestros «señores y maestros», a llegar al mismo descu­brimiento, como camino para ayudarnos a ser humildes. Dicho sim­plemente, la humildad significa la capacidad de reconocer no sólo nuestra debilidad, sino también nuestras fuerzas; reconocer nuestras limitaciones y también nuestros virtudes; y ser capaces de reconocer lo mismo en el otro. A través de la humildad es como podemos llegar a ver que todos somos iguales a los ojos de Dios y que solamente Dios mismo es el que está por encima de nosotros, si bien eligió ser uno semejante a nosotros en todo excepto en el pecado. La relaciones de igualdad son un ingrediente esencial en el proceso de construc­ción de la paz.

Sencillez

La segunda de las virtudes es la de la sencillez. Su opuesto es la falsedad, la imagen de alguien que tiene dos caras, alguien que habla o actúa de un modo delante de ti y luego habla o actúa de manera diferente detrás de ti. El don de la sencillez nos llama a ser, en nues­tras relaciones mutuas, plenamente sinceros transparentes, abiertos, con capacidad de decir las cosas como son con gran compasión. Como nos dice la Escritura, «que vuestro ‘sí’ sea ‘sí’ y vuestro ‘no’ sea ‘no’».5 La sinceridad suscita la confianza y la confianza es además otra pieza esencial para construir la paz. La verdadera paz sólo puede edificarse sobre la confianza mutua.6

Mansedumbre

La tercera virtud es la mansedumbre, entendida con frecuencia como una virtud clave para crear la paz. Opuesta a la mansedumbre es la agresividad, opuesto es quien ataca, quien derriba a otros, quien abusa de palabra o de obra, quien hiere profundamente al otro dejando con frecuencia cicatrices duraderas. En la imitación de Jesús somos llamados a ser mansos, a ser dulces; a dar un paso atrás y a poner al otro en primer lugar; a no temer acercarnos al otro y a per­mitir al otro a acercarse a mí. La mansedumbre hace que una per­sona sea abierta y accesible. Podemos ser abiertos y accesibles cuando contemplamos a los otros como son en lo más profundo de sí mismos. Pese a todas las limitaciones y pese a toda la aspereza exte­rior, las personas, en lo más profundo de sus corazones, son buenas y son buenas porque así han sido hechas por Dios, que es totalmente bueno. La virtud de la mansedumbre es la que nos invita a mantener una actitud de no violencia. Necesitamos llegar a ser conscientes de la violencia existente dentro de nosotros mismos, conciencia que luego puede ayudarnos a tratar más fácilmente con la violencia en la vida de los otros, violencia que muchas veces bloquea las posibilida­des de crear ambientes de paz y echa por tierra el «empowerment» (la potenciación) de los otros para ser instrumentos de paz de este mundo en el que vivimos.

Mortificación

La cuarta virtud, que como vicencianos somos llamados a imitar para ayudarnos a ir con los pobres en camino hacia la paz, es la mortificación. Lo opuesto a la mortificación puede entenderse como el egoísmo, la preocupación por el propio bienestar, la búsqueda del propio interés personal o el intento por preservar los intereses de los propios partidarios. Éstas son actitudes que dominan el mundo en el que vivimos hoy: los que buscan el número uno, creerse a sí mismo el centro del mundo en el que vivimos, hacer todo cuanto se hace para beneficio propio, algunas veces incluso bajo el disfraz o tras la máscara de «ser bueno, generoso y espléndido». La raíz de la palabra mortificación es morir a sí mismo, sacrificarse, poner al otro en pri­mer lugar. Requiere tener en cuenta las necesidades y preocupacio­nes de los otros. Para construir la paz necesitamos luchar, sacrificar­nos, darnos a nosotros mimos.

Celo por las almas

La quinta y última virtud que San Vicente recomienda a sus seguidores es la del celo por el apostolado o celo por las almas. Su opuesto se podría entender como apatía e indiferencia, ceguera social, cerrar la puerta a la realidad de la vida de tantos con quienes compartimos este mundo. De nuevo, como virtud, el celo llama a poner al otro en primer lugar y a entusiasmarnos por esta vida que vivimos. Ciertamente significa tener pasión por esta vida, pasión que podemos sacar de una pasión por Cristo, de una pasión por los pobres. Teniendo esta pasión, incluso a pesar de tantas situaciones desesperanzadas en las que muchas veces se desenvuelve la vida de los pobres, tenemos la capacidad de esperar. El celo es pasión ar­diente o amor por los pobres en quienes, como San Vicente nos enseña, podemos ver claramente el rostro de Cristo. La esperanza anima a las personas a seguir en el largo recorrido por el camino hacia la paz. El celo es también otro elemento esencial para construir una paz que sea verdadera y duradera.

Estoy convencido de que nosotros, como seguidores de San Vicente de Paúl, y ustedes, como miembros de la Asociación Interna­cional de Caridades, verdaderamente esperamos marchar con los pobres en camino hacia la paz. Podemos hacer esto a la luz del crecimiento de estas cinco virtudes que San Vicente mismo trabajó por acrecentar en su vida. El resultado final será la capacidad de construir junto con los pobres relaciones de paz y, en consecuencia, de dar testimonio, ante el mundo en que vivimos, de que la paz es posible.

Para comprender claramente estas virtudes de la vida de Jesús, necesitamos acercarnos a él. Hacemos esto por un doble camino, como nos enseña San Vicente. Nos acercamos a Jesús acercándonos a su palabra. Los Evangelios son el lugar donde contemplamos su misma persona. Su Palabra es dinámica. Escuchada con apertura, penetra en lo más profundo de nuestro ser y nos transforma. Con­templamos también a Jesús en el rostro de los que sufren.

Es obvio, como lo fue en la vida de San Vicente, que cualquier proyecto humano y uno tan bello como un proyecto de caminar con los pobres para construir la paz, de ninguna manera puede ser asu­mido sin el reconocimiento de que nuestra fuerza motriz es la gracia creativa de Dios. La gracia nos alcanza en y a través de nuestra con­templación de su presencia en la Palabra y en los sacramentos, vivi­dos en la comunidad de creyentes. Sabemos qué gran fuerza de misericordia nos transforma en el sacramento de reconciliación; por no mencionar también el don de la eucaristía, especialmente en este año el que celebramos su significado en la vida de todos los católicos comprometidos. Los sacramentos nos unen en amor y paz en torno a Él, que es el camino, la verdad y la vida.

Caminar junto con los pobres es en verdad un desafío, de ma­nera especial cuando tratamos de caminar juntos en la construcción de la paz. Necesitamos que la luz que nos guíe sea la gracia de Dios, que es el mismo amor de Dios por nosotros. Pío XI afirmó que no puede haber «verdadera paz externa entre los hombres y entre los pueblos donde el espíritu de paz no se ha posesionado de las inteli­gencias y de los corazones…; las inteligencias, para reconocer y res­petar las razones de la justicia; los corazones, para que la caridad se asocie a la justicia y prevalezca sobre ella; ya que si la paz ha de ser obra y fruto de la justicia, ésta pertenece más bien a la caridad que a la justicia».7 Siguiendo la afirmación del Papa Pío XI, en el corazón mismo de la construcción de la paz está la caridad. Y la caridad está en el corazón mismo de lo que significa ser miembro de la Asociación Internacional de Caridades. La AIC ha recorrido un largo camino en su comprensión de la caridad. Me alegro de haber experimentado yo mismo esto en y a través de los recientes documentos de la Asocia­ción y también en mi compartir con diferentes miembros de la AIC en Panamá, Guatemala y otros países de América Central. Todos los que vivimos del espíritu de San Vicente hemos recorrido un largo camino en la comprensión de la caridad, pasando de una actitud «patenarlista» o «maternalista» a ver la caridad como una fuerza libe­radora y transformadora de la vida de quienes llamamos nuestros «señores y maestros». La caridad, cuando está profundamente arrai­gada en nuestros corazones, nos ayuda a transformarnos personal­mente y a transformar nuestras asociaciones, cosa que es tan nece­sario, como se indica en los diferentes documentos escritos para pre­parar su asamblea de este año.

Antes de concluir, me atrevo a ir un poco más lejos en el tema de cómo podemos comprender la caridad desde una perspectiva evangé­lica. San Vicente, como bien sabemos, fue muy práctico en su trato con los pobres y también muy práctico en ofrecer ejemplos concretos a los miembros de su familia para que vivieran más profundamente en el espíritu de Jesucristo, evangelizador de los pobres. Para poder verdaderamente marchar con los pobres en camino hacia la paz, per­mítanme sugerirles tres tipos de acción en nombre de la caridad.

La primera sería la acción política. Estamos llamados a sentir preocupación por nuestros hermanos y hermanas, especialmente los más marginados de la sociedad, porque todos somos uno y una única familia humana, pese a que podamos vivir en diferentes extremos del mundo. Para crear relaciones justas entre los pueblos, estamos lla­mados a emprender acciones, especialmente acciones políticas para salir al paso de las causas de la pobreza y unirnos en solidaridad por la justicia en favor de los pobres, que son a menudo empobrecidos, tanto social, política o económicamente, por los sistemas injustos creados por los corazones egoístas de los hombres.

Mientras trabajamos por renovar los corazones, también somos llamados a renovar los sistemas, las instituciones y los métodos para vivir en este mundo con igualdad, en el sentido de solidaridad global entre los que tienen y los que no tienen, en confianza mutua y amor fraternal. A veces, para algunas personas, la palabra «político» parece ser incompatible con la caridad. Eso podría ocurrir cuando entende­mos «político» como «politizante. Un desafío para la Asociación Inter­nacional de Caridades será continuar trabajando políticamente para cambiar las estructuras injustas. Un camino real y concreto está en y mediante el apoyo que den a su propia ONG ante las Naciones Uni­das. Junto con otros miembros de la Familia Vicenciana y otros gru­pos con estatuto de ONG, podemos trabajar por disminuir e incluso eliminar las causas de pobreza en nombre de la caridad. Todo esto es parte del proceso de construcción de la paz con los pobres.

Un segundo tipo de acción en nombre de la caridad, que libera a los pobres para que gocen del «empowerment» que les permita actuar en su propio nombre, lo podemos llamar acción «educativa». Les animo a todos ustedes de la AIC, que tienen diversos «tipos de escue­las», a continuar trabajando por promover la dignidad humana y el bienestar de todas las personas, especialmente de las mujeres. Citan­do al Papa Juan Pablo II, las mujeres tienen un papel importante que aportar en el proceso de la paz en el mundo. «Las mujeres, tan vin­culadas al misterio de la vida, pueden hacer mucho para que pro­grese el espíritu de paz, procurando asegurar la preservación de la vida, y con su convicción de que el verdadero amor es la única fuerza que puede hacer un mundo habitable para todos».8

Un tercer tipo de acción, de nuevo en nombre de la caridad, son las acciones concretas realizadas directamente al servicio de los po­bres, especialmente en situaciones de crisis, en las que son «empowe­red» (potenciados) para ser lo que son mediante el sentido de solida­ridad que experimentan de mujeres buenas como ustedes hoy aquí presentes.

La caridad es un componente esencial en la construcción de la paz. El desafío que tienen delante de ustedes, hermanas y hermanos, como miembros de la Asociación Internacional de Caridades, es actuar en solidaridad con los pobres, iniciando procesos que conduz­can a la construcción de la paz. Como espero haber indicado en estas reflexiones mías, nuestra espiritualidad vicenciana y la misma per­sona de Vicente de Paúl, pueden ser nuestra fuente principal de ins­piración para afrontar el desafío que tenemos delante de nosotros: llegar a ser más semejantes a Cristo en y mediante la vivencia de las cinco virtudes características indicadas en esta reflexión. Creemos el escenario para llegar a ser nosotros mismos personas de paz. Tene­mos que animarnos mutuamente en la Asociación para continuar creciendo como personas de paz. Al mismo tiempo, somos llamados a acercarnos a los pobres, a llegar hasta ellos, que a menudo son oprimidos por tanta violencia en sus propias vidas y despojados de este gran don de la paz que Dios desea para todos sus hijos.

Conclusión

Junto con los pobres podemos construir comunidades de paz, dándonos cuenta de que es un proyecto que sólo puede lograrse con la ayuda de la gracia y el amor de Dios. Nuestro desafío consiste en transformar el amor de Dios en acciones concretas de caridad, sean éstas políticas, educativas o, directamente, servicio de amor a los pobres. Que Jesús, Príncipe de la Paz, y María, nuestro madre, Reina de la Paz, estén siempre a nuestro lado cuando intentamos testimo­niar que la caridad es la única fuerza capaz de dar plenitud a las personas y a las sociedades, la única fuerza capaz de dirigir el curso de la historia por el camino de la verdad, la justicia y la paz. Jesús mismo es la verdadera encarnación de la caridad y por eso somos llamados a imitarle, imitarle en las virtudes que los Evangelios nos evidencian, especialmente las virtudes que transformaron la persona de Vicente de Paúl en otro Cristo.

Como Juan Pablo II dice, durante este año dedicado a la Euca­ristía, que los hijos e hijas de la Iglesia de la que nosotros, la Familia Vicenciana, formamos buena parte, encuentren en el supremo sacra­mento del amor la fuente de toda comunión: comunión con Jesús redentor y, en él, con todo ser humano. Al compartir un único pan y un único cáliz, llegamos a darnos cuenta de que somos familia de Dios y que, juntos, podemos contribuir eficazmente a construir un mundo basado en los valores de justicia, libertad y paz.9 Por eso, les digo a ustedes, miembros de la Asociación Internacional de Carida­des, estén siempre unidos, con los pobres, en este bello camino que conduce a la paz duradera.

  1. Conferencia del P. G. Gregory Gay, C.M., Superior General de la Con­gregación de la Misión en la Asamblea Internacional de AIC en Santo Do­mingo el 11 de febrero de 2005.
  2. Asamblea de Delegadas, AIX, 2002, «Corresponsabilidad social y paz», p. 5.
  3. Ibid., p. 6.
  4. Cf. ROBERT P. MALONEY, «Una reflexión vicenciana sobre la paz»: Vin­centiana 48/2 (2004), 116-128.
  5. Mt 5,37.
  6. Cf. Papa JUAN XXIII, Pacem in terris, 113.
  7. Tomado de un discurso de Pío XI, del 24 de diciembre de 1930.
  8. Cf. Juan Pablo II, La paz nace de un corazón nuevo, 1 de enero de 1984
  9. Cf. JUAN PABLO II, No te dejes vencer por el mal antes bien, vence el mal con el bien, 1 de enero de 2005.

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