Comunitariamente pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1983 · Fuente: CEME.
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asd18«Dejaos de amontonar rique­zas en la tierra en donde la polilla y la carcoma las echan a perder, en donde los ladro­nes abren boquetes y la ro­ban…

Nadie puede servir a dos amos, porque aborrecerá a uno, o bien se apegará a otro. No podéis servir a Dios y al dinero». (Mt 6,19-24).

«Teniendo presente las con­diciones de vida de los po­bres, nuestro estilo de vida debe denotar sencillez y so­briedad. En cuanto a los medios de apostolado, si bien eficaces y modernos, ca­recerán de toda apariencia de ostentación.

Lo que es necesario para el sustento y formación de los misioneros y para el desa­rrollo de las obras ha de proceder, sobre todo, del es­fuerzo común. La Congrega­ción evitará toda acumula­ción de bienes y procurará gastar de lo propio en favor de los pobres. Así es como, libre del deseo de riquezas, servirá de testimonio a un mundo contagiado de mate­rialismo». (C 33).

La pobreza personal puede quedar obscurecida por la falta de pobreza comunitaria. Se piden signos convin­centes de la pobreza practicada por toda la comunidad. El Artículo 33 pide un estilo de vida sencillo y sobrio; que se evite la acumulación de bienes; que nuestro sus­tento, formación y apostolado se sostenga de lo que produzca el esfuerzo de todos y que los medios de apos­tolado, aunque eficaces y modernos, carezcan de osten­tación.

1. «Estilo de vida como conviene a quien es pobre».

En San Vicente quien dice a los misioneros:

«No buscaremos cosas superfluas o curiosas. Moderaremos el uso de las cosas necesarias, y hasta el deseo de ellas, de manera que el estilo de nuestra vida: alimentación, habitación y lecho sean como conviene a quien es pobre. En estas cosas, y en todas, hemos de estar preparados a sufrir las consecuencias de la pobreza, hasta el punto de que hemos de estar dispuestos a aceptar con alegría el que se nos dé lo peor que haya en casa». (RC III 7).

A estos pensamientos de San Vicente se puede añadir lo que dice el Concilio:

«Los mismos institutos, teniendo en cuenta los diversos lugares, se han de esforzar en dar testimonio colectivo de pobreza y destinen gustosos algo de sus propios bienes para otras necesidades de la Iglesia y para sus­tento de los necesitados a quienes han de amar en las entrañas de Cristo (Mt 19,21; 25,34-36; Sant 2,15; 1 Jn. 3,17)». (PC 13).

2. «En la fuerza del Espíritu».

El Estatuto 21 orienta a la Congregación de la Mi­sión a que se sirva de los medios técnicos de comunica­ción social para la evangelización. Estos y otros medios modernos y eficaces deben carecer de ostentación. Vale lo que San Pablo escribió a los de Corinto: «No llegué anunciándoos el secreto de Dios con ostentación y elo­cuencia… sino en la fuerza del Espíritu» (1 Cor 2,1-4). Pablo VI recoge la misma idea del Apóstol cuando es­cribe:

«En nuestro siglo influenciado por los medios de comunicación social, el primer anuncio, la catequesis…, no puede prescindir de esos medios… La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no se emplearan esos podero­sos medios que la inteligencia humana perfecciona cada vez más… Sin embargo, el empleo de los medios de comunicación social en la evangelización supone un desa­fío: el mensaje deberá llegar, a las muchedumbres, pero con capacidad para penetrar en las conciencias, para po­sarse en el corazón de cada hombre en particular con todo lo que tiene de singular y personal y con capacidad ele suscitar en favor suyo una adhesión y un compromi­so verdaderamente personales… Las técnicas de evange­lización son buenas, pero ni las más perfeccionadas po­drían reemplazar la acción discreta del Espíritu». (EN 45, 75).

3. «El deseo de las riquezas es la ruina de casi todo el mundo».

Es antigua la convicción de que la ambición por la riqueza es causa de infinidad de males: «¡Ay de los ri­cos!», dice el Señor (Lc 6,23). La tentación de ser ricos, de acumular riqueza es muy fuerte aún en las comuni­dades.

Meditemos lo que dice San Vicente sobre la ambi­ción de las riquezas:

«No hay ningún mal en el mundo que no provenga de esta maldita pasión de poseer. La ambición, la avari­cia, el amor a las riquezas es la fuente de toda clase de males. El que está sometido a esta avaricia tiene en si el principio, el origen y la fuente de todo mal, radix omnium malorum. No hay nada de lo que no sea capaz el hombre aguijoneado de este deseo; tiene dentro de si todo lo que necesita para hacer cualquier cosa desca­radamente. No hay crimen… que no sea capaz de come­ter el hombre apegado a sus intereses. Así está la raíz, la semilla de todo. No busquéis otra cosa: esta es». (XI 152).

El Estatuto 100 manda meditar constantemente, abrazar de corazón y poner en práctica con confianza y fortaleza:

1.- que se establezca de nuevo la sobriedad de vida que con el ejemplo más que con las palabras, en nombre de la pobreza de Cristo, se opone al consumismo y al deseo unánime de riquezas que es la ruina de casi todo cl mundo (RC III 1);

2.- que se gasten con solicitud práctica los bienes en la promoción de la justicia social;

3.- y deshacerse de los bienes superfluos en favor de los pobres.

  • ¿Me ayuda el estilo de vida pobre de la comuni­dad en donde vivo y trabajo para practicar la pobreza personal?
  • La pobreza de la comunidad en la que vivo y trabajo ¿la considero verdaderamente testimo­nial?
  • ¿He cumplido lo que se establece en el Estatu­to 16 y sobre todo en el Estatuto 18 sobre la revisión de la práctica de la pobreza comunitaria?

Oración:

«Oh Jesús Salvador, poderoso en la palabra y en los signos, concédenos que todos los miembros de la Congregación practiquemos la pobreza apostólica de la que Tú, Señor, nos diste ejemplo. Ayúdanos a portarnos en nuestros trabajos misioneros como lo hicieron tus discípulos, a quienes enviaste de pueblo en pueblo fiados más en tu palabra que en sus propias fuerzas. Haz, Señor, que también nosotros confiemos más en la fuerza del Espíritu que en el poder de los medios; más en la humilde entrega de lo que somos que en la riqueza de lo que poseemos. Amén».

 

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