Compendio De La Vida Del V. J. Gabriel Perboyre. Capítulo 8

Francisco Javier Fernández ChentoJuan Gabriel PerboyreLeave a Comment

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Autor: Desconocido · Año publicación original: 1890.
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Capítulo octavo: Padecimientos en Ou-Tchagn-Fou

1. Es conducido a Ou-Tchang-Fou. — 2. Horrible prisión en que es ahe­rrojado. — 3. Sufre dos interrogatorios en el tribunal de los crímenes.­ — 4. Comparece después ante el presidente del tribunal civil. — 5. Trata­mientos indignos que sufre de los cristianos apóstatas. — 6. Su oración en la prisión. — 7. Crueldad del virrey de Ou-Tchang-Fou. — 8. Es sometido a horribles torturas, que sufre con paciencia heroica. — 9. Después del intervalo de un mes siguen nuevos interrogatorios y nuevos suplicios. — 10. Expresivo testimonio de amor hacia el Cruci­fijo. — 11. Rehúsa adorar un ídolo. — 12. Irrisión de que es objeto. — 13. Le acusan de magia por su paciencia inalterable en medio de tan­tos suplicios. — 14. Último interrogatorio en que el virrey descarga toda su rabia contra él. — 15. Estado a que el glorioso confesor se halla reducido cuando le vuelven a la cárcel.

1. El viaje de Siang-Yang-Fou a Ou-Tchang-Fou fue largo y pesado para el Sr. Perboyre y sus compañeros cautivos, la virgen Ana-Kao y diez más, los cuales, gracias a los ejemplos y exhortaciones del siervo de Dios, permanecían animosos en la confesión de su fe. Éste, que no tenía entre ellos otro privilegio que el de recibir peores tratamientos, se distinguía también por su más inalterable constancia, por una paciencia más heroica. Fue arrojado en el barco con cadenas en el cuello, en las manos y en los pies, y teniendo por delante atados los brazos perpendicularmente a una barra de hierro fija en una argolla de metal, lo cual impedía todos sus movimientos. Ningún insulto, por otra parte, ninguna crueldad se le dispensó durante toda la travesía, y sin embargo, todas estas amarguras podían considerarse como leves en comparación de las que había de sufrir en el término de su viaje. Llegados a Ou-Tchang-Fou, fueron los prisioneros entregados a un mandarín inferior que tomó sus nombres y luego se les condujo a unas prisiones, reservadas para los mayores criminales.

2. Difícilmente se podría formar idea de lo que el siervo de Dios hubo de padecer en esta terrible morada. Encontrábase en ella cuanto puede hacer más insoportable una prisión y cansar la paciencia más perfecta. La insaciable avidez de los carceleros estimulaba a éstos a atormentar a los prisioneros con refinamientos de barbarie para obtener dinero de ellos o para obligar a sus parientes amigos a contentar su avaricia. Era el alimento muy insuficiente y el aire estaba impregnado de fétidos miasmas. Como los detenidos ni por un instante podían salir bajo ningún pretexto, tornábase la prisión en un estercolero, cuya infección era preciso aspirar día y noche. De esta corrupción nacía una muchedumbre infinita de hediondos insectos y de miseria inmunda que devoraban vivos a los detenidos, ensuciándoles también sus vestidos. Para evitar cualquier tentativa de evasión por la noche, se les metía el pie en una especie de tornillo de madera fijo en la muralla. Esta medida tan inhumana hacía más insoportables los rigores de la cautividad. Efectivamente, además de que la circulación de la sangre quedaba impedida en el miembro inmoble afectado de penosa hinchazón, hallábase el pobre paciente privado de la libertad de sus movimientos, y por lo mismo, en una situación la más angustiosa. Fueron tales las consecuencias de tan horrible tratamiento en el Sr. Perboyre, que una parte de su pie llegó a gangrenarse y se le secó uno de los dedos. La paciencia inalterable con que soportó este suplicio y todos los otros excitó la admiración y el afecto de sus mismos guardias, que trataron de librarle de él. Pero observando que esto era para los demás prisioneros ocasión de críticas y de maldiciones, pidió y obtuvo el venerable sacerdote que se le tratase como a los otros. Volvió, pues, a tomar sus grillos, que con gozo llevó hasta la muerte, es decir, por el tiempo de ocho nueve meses que pasó en esta especie de infierno. Pero lo que el discípulo de Jesús encontraba allí de más repugnante era la compañía de aquella muchedumbre de criminales, familiarizados con toda suerte de maldades, los cuales ningún miramiento guardaban ni en sus palabras ni en sus actos, cuya boca sólo se abría para vomitar las palabras más obscenas, o maldiciones, imprecaciones y blasfemias. Era esto para su alma religiosa un linaje de suplicio más insufrible que todos aquellos de que su cuerpo era víctima.

3. No salía de habitación tan inmunda más que para comparecer ante sus jueces, quienes solamente en la ciudad de Ou-Tchang-Fou le hicieron sufrir más de veinte interrogatorios. Primero compareció en el Tribunal de los Crímenes; después de varias preguntas semejantes a las que se le habían hecho anteriormente y a las cuales respondió de igual manera, recibió del mandarín la orden de abjurar su fe. Y como se negase a ello con toda energía, fue puesto de rodi­llas por muchas horas con las piernas desnudas sobre cadenas y fragmentos de tejas y vasos rotos. Mientras que se hallaba en esta posición pasó por cerca de él otro confesor de la fe, Estanislao Tem-Ting-Fou, llevado al Tribunal mismo y el cual le pidió la abso­lución sacramental. Diósela el Sr. Perboyre inmedia­tamente, haciendo sobre él la serial de la cruz en pre­sencia de toda la Asamblea, cumpliendo así con una obra de misericordia delante de Magistrados inicuos que con tanta barbarie le trataban. Tres días después murió Estanislao en su prisión, a consecuencia de tantos malos tratamientos sufridos por amor a Jesu­cristo. No fue esta la única vez que al siervo de Dios le fue dado ejercer su ministerio de paz y de reconci­liación en circunstancias análogas. Poco después de este interrogatorio compareció por segunda vez ante el mismo mandarín, que de nuevo insistió en querer saber el motivo que le condujo a la China, teniendo por locuras las respuestas del mártir llenas de sa­biduría.

4. Se le condujo al Presidente del Tribunal civil, que le hizo las mismas preguntas, dando así al siervo de Dios ocasión de confesar nuevamente su fe, lo que hizo con grande firmeza, negándose igualmente a de­nunciar a los cristianos y Presbíteros, cuyos nombres y residencia deseaban conocer. Hízole poner el man­darín de rodillas sobre cadenas de hierro, desnudas las piernas y con las manos levantadas y cargadas de un gran pedazo de madera, que tuvo que sostener en aquella posición desde las nueve de la mañana hasta la noche. Los satélites tenían orden de castigarle cuantas veces dejara doblar los brazos o caer la pieza de madera rendido por la fatiga o el dolor. Mas tan largo y horrible tormento no fue capaz de abatir el ánimo del generoso confesor, el cual lo soportó con la misma paciencia e igualdad de espíritu.

5. En un nuevo interrogatorio le reconvino el mismo mandarín de haber engañado al pueblo con sus supercherías y de haber atraído sobre los cristianos presentes en el Tribunal todos los males de que eran víctimas. Afectando entonces falsa compasión hacia éstos, les intimó que renunciasen a los engaños en que estaban envueltos y castigasen al que así les había inducido a error hiriéndole, maldiciéndole, arrancándole los cabellos y escupiéndole en el rostro. Muchos de estos cristianos se resistieron a tamaña infamia y confesaron valerosamente su fe. Mas otros cinco tuvieron la cobardía de apostatar y de obedecer al tirano. Estos ultrajes, tanto más sensibles, cuanto que provenían de sus propios hijos y hermanos en la fe, los sufrió el manso pastor con la misma paciencia y dulzura y sin dirigir a nadie la más leve queja.

6. Vuelto a su prisión, no dejaba jamás de dar al Señor las más rendidas gracias por las que le había concedido, y le suplicó perdón para sus enemigos y perseverancia en su constancia hasta el fin. Era la oración para él lo que es a la flor un suave y fresco rocío, que hace reverdecer su tallo medio seco: en ella adquiría nuevas fuerzas que le tornaban apto para librar mayores combates.

7. Este valor sobrenatural había de serle muy necesario en el tribunal del Virrey, delante del cual todavía no había comparecido, pero que iba a exponer su paciencia a pruebas muy duras, y de este modo pre­pararle para obtener los más bellos triunfos. Este hombre tenía en todo el Imperio la reputación de una crueldad feroz. A vista de los criminales que le pre­sentaban, se dejaba llevar de los transportes del furor y los trataba con barbarie apenas increíble; llegaba esto hasta el punto de que montando en rabia y olvi­dando lo que a su dignidad debía, descendía del tri­bunal, se precipitaba sobre los acusados y les arran­caba los ojos con sus propias manos. Mas cuando se las había con cristianos, su furor ya no conocía lími­tes, profesábales un odio infernal y había jurado la destrucción de su religión en toda la provincia.

8. Compareció, pues, nuestro héroe ante este hom­bre bárbaro, declaró que era Sacerdote de la Religión cristiana y confesó de nuevo la fe con una dignidad firme y tranquila. Hizo el Virrey que se le llevase una Virgen muy bien pintada y arrebatada a los misione­ros en el saqueo de su residencia. Acusó luego al hombre de Dios de haber sacado los colores de la pin­tura de los ojos arrancados a los enfermos, y para castigarle por su respuesta de que jamás se había hecho culpable de tal crimen, le hizo estar colgado de los cabellos por espacio de muchas horas.

Sería imposible describir todos los bárbaros refina­mientos inventados por este monstruo para acabar con la paciencia del Santo misionero, forzarle a renegar de su fe y hacerle denunciar a los Presbíteros y cris­tianos que conocía. En una de sus horribles sesiones se le ató por las manos a una especie de cruz, en la cual permaneció colgado desde las nueve de la maña­na hasta la noche; ora se le amarraba a una grande máquina que le levantaba en el aire por medio de cuerdas y de poleas para en seguida dejarle caer en tierra con todo su peso, quedando así su cuerpo como quebrantado y dislocados sus huesos; ora mientras que estaba de rodillas sobre cadenas de hierro y casi suspendido por cabellos en un poste con los brazos violentamente extendidos en cruz por una cuerda y atados a un madero, se aplicaba a sus pantorrillas un cuartón, a cuyas extremidades balanceábanse dos hombres, causando al paciente el tormento más espantoso.

A fin de variar las crueldades, se le hacía sentar algunas veces sobre una silla demasiado alta, para que sus pies no pudiesen tocar en tierra, y a la cual se le amarraba con cuerdas bien apretadas alrededor de sus muslos; y después se colgaban de sus pies enormes piedras, lo cual producía en las rodillas dolor intolerable. Por el contrario, otras veces era la silla bastante baja a fin de que sus pies tocasen en tierra; mas entonces se hacían pasar con mucha fuerza por debajo de sus plantas gruesas piedras que le causaban dolores no menos atroces. En otra ocasión grabaron con fuego en su frente los cuatro caracteres siguientes: Sié-Kiao Ho-Tchoum; que significan: Propagador de una secta abominable.

Quedaba el siervo de Dios tan debilitado después de cada uno de estos interrogatorios, que ni podía ya andar ni tenerse en pie, y era necesario servirse de una parihuela para volverle a la cárcel. Mas en medio de tantos suplicios conservaba impávido su calma y serenidad. Lejos de oírse proferir alguna vez expresiones de queja gritos de dolor, veíase brillar en su cara el gozo sobrenatural de que estaba inundada su alma. Viendo, no obstante, el Virrey la debilidad de su víctima, concedióle un mes de tregua para que pudiese recobrar sus fuerzas, y hallase él en que cebar por más tiempo su rabia insaciable.

9. Pasado este plazo, compareció el siervo de Dios nuevamente ante su perseguidor, el cual entrando en cuestión le intimó que dijese el camino que había seguido para penetrar en el interior de la China, en qué casas se había detenido y quiénes eran los que favorecieron su entrada; pero no pudiendo recabar ni una sola respuesta del caritativo y prudente misionero, hizóle dar quince golpes en la cara con una gruesa palmeta. Después le preguntó qué brebaje misterioso hacía insensibles los tormentos a los cristianos, puesto que nada había podido obligarles a renegar de su fe; y como respondiese el mártir sencillamente que nin­gún brebaje les había dado, recibió, en precio de su respuesta diez nuevos golpes con la férula.

Preguntándole después si la virgen Ana Kao estaba empleada en servicio suyo, por su respuesta negativa le hizo poner de rodillas sobre cadenas de hierro, con las manos atadas a un poste, mientras que uno de los satélites, tomándole por la trenza de sus cabellos, le agitaba y levantaba con violencia. Pasada una hora en este suplicio, presentóle la caja de los Santos Óleos diciéndole: «¿No es este el brebaje de que te sirves para alucinar a los cristianos e impedirles que renuncien a su religión?» «Esto, respondió el confe­sor, no es un brebaje«; y cuarenta golpes de bambú sobre los muslos siguieron a esta respuesta.

10. Durante este interrogatorio, le solicitó el Virrey varias veces para que declarase los nombres y residencia de los Presbíteros, catequistas y cristianos; y siempre guardó un profundo silencio. Se le abofeteó y se le ultrajó indignamente para moverle a hablar; le aplicaron el tormento, y le azotaron del modo más cruel, pero nada fue capaz de hacerle desplegar sus labios. Mas cuando un mandarín le preguntó si era cristiano, respondió inmediatamente: «Sí, soy cristiano, y de ello me glorío y me honro.» Hizo llevar entonces este mandarín un Crucifijo, y díjole: «Si pisas a ese Dios a quien adoras, te pondré en libertad.» Al oír proposición tan impía, exclamó el confesor bañado en lágrimas: «¡Ah! ¿Cómo podría yo hacer esta injuria a mi Dios, a mi Criador y a mi Salvador?» E inclinándose como pudo, pues su cuerpo se hallaba rendido, toma la Santa Imagen, la baña con sus lágrimas, apriétala contra su corazón, la aplica a sus labios y la cubre de besos los más tiernos y afectuosos. Al ver esto uno de los satélites, inspirado por el infierno, se lanza sobre la víctima, arrebátale el Crucifijo, y le ensucia de una manera indigna. Tan horrible profanación parte el corazón del casto misionero, el cual prorrumpe en un grito de dolor, mostrando así ser más sensible a una injuria hecha a su Dios que a sus propios tormentos. Ciento diez golpes de pant-sé1 fueron la recompensa de su admirable profesión de fe.

11. Otro mandarín, manifestando compasión, le invitó dulcemente, con promesa de salvarle, a que tan sólo anduviese sobre la cruz pintada recientemente en la tarima. «No me es posible«, respondió sencillamente y con firmeza el siervo de Dios. Y como los satélites, obedeciendo a órdenes recibidas, se esforzasen en hacerle andar sobre la cruz, gritaba él en alta voz: «Yo soy cristiano; no yo, sino vosotros sois los que profanáis el signo augusto de nuestra Redención.» Entonces el Juez impío hizo llevar un ídolo y le prometió la libertad con tal que le adorase. Respondió con energía el invencible atleta: «Podéis, si os place, hacerme cortar la cabeza, pero jamás consentiré en adorar este ídolo.»

12. Añadió el mandarín la burla a la impiedad y a la crueldad. Habiendo hecho llevar los sagrados orna­mentos, robados a los misioneros en el saqueo de su residencia, ordenó al Sr. Perboyre que se los vistiese. Éste, al principio, se calló y pareció reflexionar pro­fundamente; después, mirando tranquilo al mandarín, díjole que iba a obedecer. Sin duda acababa de pensar en las escenas de burlas, a que plugo al Señor pres­tarse en casa de Herodes y en el Pretorio de Pilatos, y se juzgaba feliz de poder beber después de él el cáliz de las mismas humillaciones. Apenas se vistió los ornamentos sacerdotales, cuando se oyó un gran cla­moreo en el Tribunal. Jueces y satélites, todos grita­ban: «He ahí el Dios Fo, ahí está el Fo viviente.»

13. Después de haber sido saturado de oprobios, a ejemplo de su divino Maestro, volviendo a los Santos Óleos y a las calumnias tan frecuentemente repetidas con motivo de ellos, quiso el mandarín forzarle a que se declarase culpable de los crímenes que tan falsa­mente le imputaban, y como se resistiese a ello, recibió otros cuarenta golpes de bambú. Quebrantado por tan bárbaro tratamiento, como no pudiese estar ni levantado ni de rodillas, tomáronle por los cabellos los satélites y le levantaron muchas veces, dejándole en seguida caer en tierra; después le hacían abrir los ojos para que mirase por fuerza al Virrey, el cual volvióle a preguntar a cuántas personas se los había arrancado. Respondió otra vez que no era culpable de tal crimen, y por su respuesta le dieron otros diez palos, que sufrió también con paciencia siempre admirable. Atónito el Virrey, y no pudiendo comprender cómo un hombre pudiese sufrir tanto con tan grande calma, comenzó a sospechar que tenía algún secreto para tornarse insensible. Habiendo recibido otros diez golpes sin que su tranquilidad fuese alterada, le hizo nuevas preguntas, que no tuvieron respuesta, ya porque el siervo de Dios no podía hablar, ya porque juzgaba inútil refutar tan frecuentemente las mismas calumnias. Irritado con tan persistente silencio, ordenó el Virrey a sus satélites que descargasen quince palos sobre la víctima, la cual continuaba siempre muda, y le dijo: «¡Cómo! ¿Yo te hago herir y tú no respondes?«. Este silencio heroico le confirmaba en el pensamiento de que tenía sobre sí algún objeto, cuya secreta virtud embotaba el sentimiento de los golpes, y para descubrirle hízole desnudar completamente. A consecuencia de una enfermedad, hacía muchos años que el siervo de Dios llevaba cierto vendaje, y éste le pareció al tirano que era el mágico talismán que buscaba. A pesar de sus protestas y de la evidencia de su mal hízole arrancar sin piedad el aparato, y para destruir su pretendido sortilegio usó el tirano de un específico asaz, acreditado entre las supersticiones chinas; mandó degollar un perro, cuya sangre humeante aún tuvo que beber el confesor, después de haberle frotado con ella la cabeza. Para poner, finalmente, el colmo a tantas crueldades, hizo imprimir su sello de mandarín en las piernas del paciente.

14. Después de un tan largo como terrible interro­gatorio volvió a su prisión el siervo de Dios, que parecía no conservar ya más que un hálito de vida. Y sin embargo, desde el día siguiente se le volvió al Tribu­nal para hacerle pasar pruebas más crueles. Furioso el Virrey de no haberle podido reducir la víspera, presentóle de nuevo las mismas cuestiones, aseguran­do que le haría confesar todos sus crímenes. Respon­de el siervo de Dios que nada tiene que añadir a sus declaraciones pasadas. Inmediatamente, a una señal del mandarín, le desnudan, le echan por el suelo y le aplican diez palazos sobre sus espaldas. Repite otra vez el mandarín sus calumnias contra el misionero y dirígele muchas preguntas insidiosas, que permane­cen sin respuesta. Hácele dar otros diez golpes, di­ciéndole que en vano desea morir pronto; que sabría aún atormentarle por mucho tiempo con nuevos supli­cios cada día, y que sólo conseguiría la muerte des­pués de haber agotado los sufrimientos de los tormen­tos más atroces. Dicho esto, manda suspenderle en el caballete, donde los verdugos le atormentan por el tiempo de una hora, se le hace bajar ya casi muerto y le colocan a los pies del Virrey, el cual le insulta y le pregunta con ironía si se halla bien, mientras que los satélites le abren los ojos a fin de obligarle a que mire a su perseguidor.

No queda, sin embargo, satisfecho el tirano. Quiere a todo trance triunfar de la constancia del mártir y le insta a que dé respuesta satisfactoria a las cuestiones que le ha propuesto, y a que se confiese culpable de los crímenes que se le imputan. Pero no obtiene respuesta. Exasperado por tal silencio, hace cruelmente moler a palos al santo misionero, cuya heroica firmeza no son capaces de vencer ni el palo ni la férula. Cuéntase que a vista de constancia tan insuperable, el Virrey, fuera de sí y creyendo que los verdugos no aplicaban toda su fuerza, bajó del Tribunal, y armándose él mismo del mortífero instrumento, descargó golpes tan terribles sobre la víctima, que los espectadores creyeron que su muerte era inminente e inevitable. Este acto de ferocidad indignó a los mismos paganos: todos, mandarines y satélites, protestaron contra semejante crueldad hacia un hombre que de ningún crimen había sido convicto, y cuya paciencia y dulzura no podían menos de admirar.

15. El santo confesor fue vuelto a la prisión casi espirando, como que, según confesión de los satélites, había recibido en aquel día más de doscientos golpes. Cuando vieron los guardias, al recibirle, en qué estado se hallaba, moviéronse a compasión, y para que sus hábitos empapados en sangre no se pegasen a sus carnes desgarradas, despojáronle de ellos en seguida para lavarlos. El catequista Andrés Fong, que le vio en la cárcel cuando le desnudaban, ha declarado que tenía la cara hinchada de una manera prodigiosa; que sus carnes estaban tan llenas de cardenales y contusiones por efecto de los golpes, que colgaban pedazos de una parte y de otra, y que grandes jirones habían sido separados del cuerpo: en fin, que sus miembros no eran más que una llaga, y que semejante a nuestro Salvador en su Pasión, ni siquiera tenía la apariencia de hombre. Pero en un cuerpo así molido y despedazado, el alma del confesor, sostenida por la virtud divina, llevaba tamañas crueldades con admirable serenidad, y su mirada, radiante a través de las heridas de su cara, era indicio muy claro de cuán dichoso se creía por haber sido juzgado digno de padecer alguna cosa por el nombre de Jesús. Así es que, cuando el catequista Fong volvió a penetrar en la prisión, encontró al héroe en oración y de rodillas.

  1. El pant-sé es un instrumento de suplicio usado en la China, y consiste en un grueso y  largo bastón de bambú; el paciente está echado en tierra boca abajo y se le hiere con él en los riñones.

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