Como amigos que se aman profundamente. Reflexiones sobre la vida de comunidad ayer y hoy

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Traductor: Rafael Sáinz, C.M.. .
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Desde el Vaticano II las dos comunidades fundadas por San Vicente han experimentado grandes cambios. Ambas han re-elaborado totalmente sus constituciones y estatutos, y su proceso de toma de decisiones es mucho más participativo. Casi todas las provincias han emprendido una seria evaluación y reestructuración de sus obras. Al mismo tiempo han florecido los estudios vicencianos. Han aparecido nuevas traducciones de las obras de San Vicente y Santa Luisa en varias lenguas modernas. Se han escrito nuevas biografías de ambos. Se ha despertado un renovado interés en su espiritualidad. Las dos Compañías han elaborado una nueva instrucción sobre los votos. Las virtudes que Vicente propuso a ambos grupos han sido nuevamente estudiadas en profundidad. Las dos comunidades han organizado numerosos cursillos y programas más amplios de formación permanente en el ámbito provincial, interprovincial e internacional.

Durante este tiempo se han dado también cambios significativos en la vida comunitaria. El estilo de vida menos formal, la autoridad menos impositiva, los horarios menos rígidos. Muchos tienen la sensación de que las relaciones interpersonales son menos formalistas y mucho más personales. Sin embargo, aún reconociendo estos importantes cambios, algunos sacerdotes, hermanos y hermanas manifiestan cierta desazón sobre la vida comunitaria. Preguntan ellos, en este periodo de transición acelerada ¿hemos encontrado nosotros la fórmula correcta para la vida en común? ¿ofrece la comunidad el apoyo de la fe, el estímulo, la comprensión, la solidaridad en la acción, el hogar que hoy tantos buscan —especialmente los jóvenes— ?

Plenamente convencido de no tener una respuesta definitiva a estas preguntas, ofrezco este ensayo como punto de partida para un ulterior diálogo sobre esta importante cuestión. Sirviéndome de la metodología que he seguido con frecuencia, este ensayo examinará:

I. La vida comunitaria en la tradición vicenciana,

II. Cambios de horizonte entre los siglos XVII y XX,

III. La vida comunitaria hoy — algunos modelos,

IV. Amándonos profundamente unos a otros.

I. La vida comunitaria en la tradición vicenciana

Vicente y Luisa no escribieron sobre la vida comunitaria de forma sistemática. Un examen de los índices de sus obras nos proporcionan escasos resultados sobre este tema. Pero las reglas de ambas Compañías, en varios capítulos, tratan la mayoría de los puntos clave y de los problemas de la vida común. Más aún, los dos fundadores trataron con frecuencia de la vida junto en una gran variedad de contextos. A lo largo de los años, quizá porque el material en las fuentes está bastante desperdigado, sorprendentemente se ha escrito poco sobre la vida comunitaria en la Congregación de la Misión y en la Compañía de las Hijas de la Caridad.1

Cuando uno examina lo que los fundadores esperaban crear, surgen unos cuantos temas:

a. una nueva forma de vida, para una misión

Aunque es claro que Vicente, al fundar ambas Compañías, concibió una forma nueva de comunidad, lo que creó de ningún modo totalmente nuevo. Él, más bien, espigó en la experiencia de la Iglesia los elementos clave adecuados a su proyecto. Como indicó André Dodin,2Vicente aprovechó la riqueza que le ofrecía la tradición, modelando un tipo de comunidad que combinaba la estabilidad de los monasterios, el ministerio profético de los mendicantes, y la contemplación activa de los Jesuitas. Sus dos Compañías serían sociedades apostólicas. Ambas serían comunidades para una misión: los Misioneros pondrían el acento en la predicación del evangelio a los pobres, pero nunca olvidarían las obras de caridad; las Hijas de la Caridad pondrían el acento en la caridad práctica de cada día, pero nunca debían olvidar las palabras de fe que condujeran los corazones de los pobres a Dios. Los miembros de ambas comunidades serían contemplativos en la acción y apóstoles en la oración. Se dedicarían a un ministerio profético.

En el caso de las Hijas de la Caridad, la nueva forma de comunidad que Vicente instituyó fue de lo más sorprendente. Vicente, casi por primera vez en la historia de la Iglesia, lanzó al mundo un numeroso grupo de mujeres consagradas que no estaban vinculadas al claustro sino a Dios y a los pobres. Las famosas palabras que proclamó el 24 de agosto de 1659, describen con una fuerza impresionante la vocación de las Hijas de la Caridad:

Tendrán presente que no están en una orden religiosa, ya que ese estado no es compatible con las ocupaciones de su vocación. Sin embargo, como quiera que se ven más expuestas a las ocasiones de pecado que las religiosas obligadas a guardar clausura, no teniendo

-por monasterio sino las casas de los enfermos y aquella donde reside la Superiora, ni más celda que un cuarto de alquiler, -ni más capilla que la iglesia parroquial, -ni más claustro que las calles de la ciudad, -ni más clausura que la obediencia, sin que tengan que ir a otra parte más que a las casas de los enfermos o a los lugares necesarios para su servicio, ni más rejas que el temor de Dios, ni más velo que la santa modestia

y no haciendo otra profesión para asegurar su vocación mas que

-una constante confianza en la divina Providencia -y la ofrenda que hacen a Dios de todo lo que son -y de su servicio en la persona de los pobres,

por todas estas razones, deben tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una orden religiosa; por eso, procurarán portarse en todos esos lugares al menos con tanta modestia, recogimiento y edificación como las verdaderas religiosas en su convento.3

Vicente esperaba lo mejor de los dos mundos. Proclamó con fuerza que los Misioneros y las Hijas de la Caridad no eran religiosos, pero quiso que incorporaran en su vida muchos elementos de la vida religiosa. En 1639 escribió a Juana Francisca de Chantal sobre la Congregación de la Misión:4

Y como desea saber en qué consiste nuestra humilde manera de vivir, le diré, mi dignísima Madre… que la mayor parte de nosotros hemos hecho los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y un cuarto de dedicarnos, todo el tiempo de nuestra vida a la asistencia del pobre pueblo; … que practicamos la pobreza y la obediencia y nos esforzamos, por la misericordia de Dios, en vivir religiosamente, aunque no seamos religiosos.

b. con profundas raíces teológicas

Como fundamentos teológicos para la vida comunitaria, Vicente ofrece a sus Compañías tres fuentes principales:

  1. La Trinidad. Él habló con frecuencia del misterio de la Santísima Trinidad a los Misioneros y a las Hijas de la Caridad. En una reunión del Consejo General de las Hermanas el 19 de junio de 1647, les dijo «que tienen que ser la imagen de la Santísima Trinidad, aun cuando sean muchas, sin embargo no tienen que ser más que un solo corazón y una sola alma»5. Recordó a los miembros de la Congregación de la Misión que la bula de erección de la misma les obligaba «a venerar de manera especial a la Santísima Trinidad»6. En la conferencia del 23 de mayo de 1659, exhortó a sus cohermanos: «Mantengámonos en este espíritu, si queremos tener en nosotros la imagen de la adorable Trinidad, si queremos tener una santa unión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. ¿Qué es lo que forma esa unidad y esa intimidad en Dios sino la igualdad y la distinción de las tres personas? ¿Y qué es lo que constituye su amor, sino esa semejanza?»7.
  2. El Cuerpo Místico. Vicente ruega a los Misioneros que sean conscientes de que forman un solo cuerpo. Como las partes de un cuerpo están unidas unas con otras estrechamente, esta misma unión debe reinar entre los miembros de la Compañía8. En una conferencia sobre un artículo de las Reglas Comunes relativo a la caridad,9 exclamó: «¡Cómo! ¡ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias»10. En el mismo artículo de las Reglas Comunes, que estaba comentando, presenta una lista de medios altamente evangélicos para crecer en la caridad que uniría a los miembros de la Compañía como un cuerpo: 1) tratar a los demás como razonablemente esperaríamos ser tratados por ellos; 2) conformarnos con su parecer y aceptarlo todo en el Señor; 3) soportarnos mutuamente sin murmurar; 4) llorar con los que lloran; 5) alegrarse con los que se alegran; 6) darnos precedencia unos a otros; 7) ser amables y ayudarnos unos a otros con toda sinceridad; 8) por fin, hacernos todo a todos para ganarlos a todos para Cristo.
  3. La imitación de los apóstoles y de los primeros cristianos. Vicente evoca la vida comunitaria y la comunión de bienes que florecieron entre los primeros cristianos11. Menos de un año antes de su muerte, animó a los Misioneros a alabar y dar gracias a Dios por haberlos colocado en el estado de su Hijo, de los apóstoles y de los primeros cristianos, que tenían todas las cosas en común12.

c. con apoyos institucionales

En el ámbito institucional, las Reglas Comunes que Vicente compuso para los sacerdotes y hermanos usan tres mecanismos para crear una estrecha cohesión en las comunidades locales: 1) las relaciones superior súbdito; 2) la uniformidad; 3) la comunión de bienes13.

4. Hoy, volviendo la mirada hacia atrás, resulta sorprendente el papel tan importante que el superior local tenía en tiempo de Vicente. En las reglas de la Congregación de la Misión las relaciones superior-súbdito aparecen ¡en 63 de los 142 artículos! El superior local interviene directamente en muchos aspectos de la vida diaria14: en el reparto del trabajo15, en la distribución de los bienes económicos16, en la regulación de asuntos concernientes a la vida espiritual y aún de conciencia de los súbditos17. Pero Vicente reconoció que tales intervenciones de parte de los superiores únicamente resultarían eficaces si iban acompañadas de una buena comunicación humana; de lo contrario, podrían parecer meras intromisiones. El 20 de junio de 1647 dice al Consejo de las Hijas de la Caridad: «¡Oh Dios mío! Qué necesario es eso: una gran comunicación mutua. Eso abarca todas las cosas. No hay nada tan necesario. Eso une los corazones»18.

  1. Un segundo mecanismo institucional para crear cohesión dentro de la comunidad era la uniformidad, que Vicente describe como «guardiana del orden y de la unión santa entre nosotros»19. Vicente pide esta uniformidad en la manera de vestir, en la comida, en las cosas que tienen en la habitación, así como en la manera de dirigir, enseñar y predicar, y en las prácticas espirituales. A un lector moderno,20 algunas de estas regulaciones le parecerán demasiado detalladas, y hasta rígidas, ya que hoy hacemos más hincapié en la unidad que en la uniformidad.
  2. Un tercer mecanismo institucional para crear cohesión era la comunión de bienes. «Todas nuestras pertenencias son comunes, cosas tales como la comida, el vestido, los libros, los muebles y demás, y será el superior quien las distribuya a cada uno según sus necesidades»21. Para salvaguardar la comunión de bienes, estableció que el superior daría a cada cohermano lo que éste necesitara. Las llaves personales, con las que uno pudiera cerrar sus pertenencias, estaban prohibidas22. En todo esto, Vicente sintió claramente la influencia de la descripción en los Hechos de los Apóstoles de la comunidad ideal cristiana, que «tenía un alma y un corazón, y nadie llamaba propia a ninguna de sus posesiones, sino que lo tenían todo en común»23. En su descripción del voto de pobreza cita expresamente el ejemplo de esta comunidad ideal.

Aún haciendo notar los mecanismos institucionales que Vicente puso en las reglas para consolidar la comunidad, es importante no perder de vista el tono evangélico que él establece, porque éste es la clave para entender su visiónfundamental de la vida en común. Él piensa en un grupo de personas que viven en comunidad «como amigos que se aman unos a otros profundamente»24.

II. Cambios de horizonte entre los siglos XVII Y XX

He escrito en muchas ocasiones sobre la naturaleza e importancia de los cambios de horizonte. Estos tienen una profunda influencia en nuestra visión de la vida. La vista del mundo desde la cima del Everest es notablemente diferente de la vista desde la profundidad de la plataforma del metro de Londres. La manera de reaccionar, favorable o desfavorable, a un determinado cambio de horizonte nos afecta enormemente e influye en como vemos el mundo a nuestro alrededor25. Estos cambios generalmente acontecen gradualmente, hasta sin darnos cuenta de que nuestra manera de ver las cosas está cambiando. Con frecuencia, mirando hacia los años pasados, podemos sorprendernos de cómo nuestra visión de la vida ha cambiado. A veces tales cambios en la manera de ver el mundo se dan en unas personas y en otras no. Pero aún para aquellos cuya perspectiva permanece inalterada, los cambios de horizonte suponen un impacto significativo ya que, estas personas, viven cada vez más en un mundo donde los que les rodean tienen una visión de las cosas desde una perspectiva muy diversa de las suyas.

Tres cambios de horizonte han tenido gran influencia en nuestra manera de contemplar la vida de comunidad.

1. El cambio de un modelo monárquico de autoridad a uno participativo.

La Lumen Gentium, la Perfectae Caritatis, la Ecclesiae Sanctae, la Evangelica Testificatio y otros muchos documentos han hecho de este cambio algo oficial en el pensamiento de la Iglesia26. Las constituciones revisadas de la mayoría de las Congregaciones rápidamente siguieron esa misma línea.

Este nuevo paradigma trae consigo nuevas expectativas: el diálogo, el cuestionar, la participación en la toma de decisiones, la responsabilidad compartida. Ello pone de relieve que la autoridad sirve a la comunidad y pretende dar atribuciones al grupo y con él a la persona.

Pero este cambio de horizonte, a veces, también ha originado crisis respecto a la autoridad en la Iglesia y en la sociedad civil. Disentir de la enseñanza oficial de la Iglesia se ha hecho bastante común; por ejemplo, en relación con el control de la natalidad y otros aspectos de la moral sexual. El descontento civil se ha convertido en la respuesta inevitable a gobiernos que niegan la voz al pueblo respecto a decisiones que afectan a su futuro, desembocando, por ejemplo, en un cambio sorprendentemente rápido de la situación política en Rusia y en la Europa del Este, y en cierta apertura y alguna opresión renovada en China.

Las comunidades son hoy muy conscientes de los modelos bíblicos de la autoridad, en los que se pone de relieve su naturaleza participativa27. El modelo del siervo indica con gran fuerza que el líder procede de la comunidad y ejerce la autoridad como uno de sus miembros, para unirla en la prosecución de sus objetivos. El líder-siervo no «señorea» sobre los miembros, sino que trata de promover sus dones, animar su crecimiento espiritual y canalizar sus energías hacia los fines apostólicos del grupo. El modelo-administrador afirma que el líder no «posee» la autoridad ni es «propietario» de los bienes de la comunidad. Se ponen en sus manos el poder y la responsabilidad sobre las cosas materialescomo un crédito. Él es responsable, ante Dios y ante la comunidad, de usarlos bien. El modelo-pastor se fija especialmente en la cercanía del líder con el grupo. Conoce y ama a los miembros del grupo, llamándolos por su nombre. Se preocupa sinceramente, incluso por los que se han extraviado. Está dispuesto a dar su vida por sus amigos.

2. Una transición de estructuras universalmente establecidas por ley a unas concertadas por las comunidades locales.

Durante siglos, las estructuras básicas de la vida de comunidad estaban establecidas por ley para toda la congregación. Hace cuarenta años, por ejemplo, un visitante, poco importaba que fuera a Roma o a Río, encontraría que, aunque los Misioneros hablaban idiomas diferentes en esos lugares, la forma fundamental de la vida comunitaria era totalmente similar. La comunidad se levantaba a las 5 a.m., se reunía para la oración y meditaba por espacio de una hora. A continuación los sacerdotes probablemente celebraban la Misa en privado, desayunaban, y se dirigían a sus respectivos apostolados. A mediodía todos se reunían para el examen particular, al que seguía la comida. Por la tarde antes de la cena, rezaban Vísperas y quizá anticipaban el rezo de Maitines. Finalmente, hacían en comunidad las oraciones de la noche, después empezaba el gran silencio.

Hoy, éstas y otras muchas estructuras establecidas por ley para todos han desaparecido. Dentro del marco general de las constituciones, estatutos y normas provinciales, cada comunidad local está llamada a crear las estructuras que concreten los diversos valores de su vida: ¿cómo realizaremos en esta casa nuestra misión específica vicenciana? ¿cómo compartiremos la vida cotidiana? ¿cuándo y cómo oraremos juntos? ¿con qué frecuencia nos reuniremos para dialogar como parte del proceso de toma de decisiones? ¿a qué comidas y otros encuentros de «familia» nos vamos a comprometer? En lugar de estructuras universalmente legisladas, se nos pide que elaboremos estructuras concertadas.

Preguntas como las anteriores proporcionan el marco para algunas de las decisiones que forman el acuerdo formal y serio.

Es evidente que llegar a un compromiso, por medio de proyectos comunitarios, requiere considerable creatividad y responsabilidad en los miembros de la comunidad. No existen ya estructuras detalladas establecidas por ley que nos obliguen desde fuera; nos toca a nosotros crear estructuras que nos obliguen desde dentro. El haber llegado a un acuerdo formal y serio implica que, habiendo creado dichas estructuras, la comunidad se atiene a ellas. La fidelidad al acuerdo formal comunitario es crucial.

Las Constituciones y Estatutos proponen el proyecto comunitario local como el instrumento básico para formular un acuerdo formal y serio. Al mismo tiempo enumera los puntos que deben entrar inevitablemente en dicho acuerdo28 así como la necesidad de evaluarlo y revisarlo periódicamente.

Muchas comunidades locales elaboran proyectos comunitarios serios, y los observan fielmente. Otras, desafortunadamente, tienen menos éxito, debatiéndose con este nuevo instrumento. A veces, el proyecto comunitario es poco más que un orden del día. Otras, es principalmente obra del superior local, con la participación sólo superficial de los cohermanos de la casa. Otras, se reduce a ser la misma copia año tras año con escaso esfuerzo de evaluación y revisión.

3. Un cambio de una sociedad industrial a una sociedad de la información.

Pocas cosas han influido en la vida comunitaria más profundamente. En más y más países se han hecho omnipresentes la televisión y otros medios de comunicación. En muchas de nuestras comunidades la TV aparece imponente en la sala de recreo, atrayendo intensamente la atención de casi todos. Cada vez con más frecuencia, hay cohermanos que tienen aparatos personales de televisión en su habitación, algunas veces al precio de aislarse del resto de la comunidad. En la última década, los ordenadores han llegado también a ocupar un importante lugar en nuestras vidas. Son una ayuda significativa en nuestro apostolado, pero pueden convertirse también en un cebo para el aislamiento. En muchas casas el teléfono suena constantemente. En algunas partes del mundo teléfonos portátiles acompañan a bastantes cohermanos a dondequiera que vayan. Ha habido cohermanos que han respondido a su teléfono portátil hasta cuando hablaban conmigo en mi habitación de la Curia General o mientras charlaba con ellos a la mesa en el comedor durante una visita a una provincia.

La rápida comunicación y las interrupciones de la «sociedad de la información» contrastan vivamente con la atmósfera de las casas de la comunidad de hace tres o cuatro décadas, cuando el silencio, la lectura a la mesa, y el «pronto a la cama, pronto levantarse» eran factores prominentes en la vida de comunidad.

A la luz de estos cambios de horizonte, puede ser conveniente reflexionar de nuevo sobre los tres mecanismos que San Vicente empleó para crear una estrecha cohesión en las comunidades locales.

  • Ciertamente las relaciones superior-súbdito han cambiado enormemente en estas últimas décadas. Sin embargo, el cambio en estas relaciones no es un fenómeno nuevo. En el curso de la historia de la Iglesia se han dado varios modelos de autoridad. La cuestión clave, cualquiera que sea el modus agendi en una época particular, es la sumisión al misterio de la presencia de Dios que nos llega por la mediación de otros. La Iglesia en su conjunto, y cada comunidad en ella, tiene procesos de toma de decisión, que son caminos para discernir lo que Dios nos está pidiendo en un determinado tiempo. Tales procesos han sido muy variados a lo largo de los siglos. Algunas veces son plenamente democráticos, como en la elección del Papa y en la de un abad. Otras, han sido totalmente monárquicos, como cuando los príncipes-obispos regían sus diócesis de la misma manera en que gobernaban sus principados. Otras, han sido ampliamente participativos, dejando empero, la última decisión en las manos de una sola persona. Hoy seguimos un modelo de autoridad mucho más dialogante que en tiempo de San Vicente.
  • El lugar de la «uniformidad» ha cambiado significativamente con la transición de unas estructuras establecidas por ley para todos a unas concertadas por las comunidades locales. Hoy hablamos mucho más de la «unidad en la diversidad»29. Las comunidades manifiestan una creciente conciencia de que, en todas las relaciones, se debe tener un profundo respeto por el «irreducible otro». Las personas de un grupo no pueden ser fusionadas en una masa en la que sus identidades personales sean irreconocibles; ni nadie debe tratar de absorber o dominar la personalidad de otro. Al comprometernos a un futuro común en el Señor, los medios evangélicos propuestos por San Vicente en RC II, 12 (enumerados anteriormente) son esenciales. En el centro de estos medios está el amor genuino al hermano o hermana de la comunidad «como a uno mismo». En otras palabras, los reconocemos como enteramente iguales a nosotros, como compañeros en camino hacia el Señor.
  • El tercer mecanismo de San Vicente para crear una estrecha cohesión, «la comunión de bienes», sigue siendo muy importante, aún considerada desde el cambio de horizontes de la sociedad de la información. Las desigualdades materiales en la comunidad siguen creando tensiones. El problema surge, a veces, un tanto dolorosamente en Asia, África y América Latina. Cohermanos nacidos en esos países ven que los misioneros que viven y trabajan con ellos hombro con hombro en la comunidad disponen de muchos más recursos económicos que ellos. Este problema, que no es fácil de resolver, crea inevitablemente algún distanciamiento. Hoy, además de hablar de la comunión de «bienes» en el sentido material de los mismos, ponemos de relieve la importancia de otras formas de comunión: compartir nuestro camino, nuestra historia personal, nuestras experiencias espirituales y apostólicas30. Compartir información es también vital si todos se han de sentir incluidos en la vida y en las decisiones de la Congregación. E-mail, que es rápido y relativamente barato, está ya jugando un importante papel en este campo.

III. Vida Comunitaria Hoy -algunos modelos ­

En la mayoría de los casos, con toda seguridad no podemos volver ahora a las estructuras que dieron forma a la vida comunitaria en una época anterior. La mayor parte de las mismas cumplieron con su fin a su debido tiempo, pero gradualmente se fueron quedando en fórmulas sin vida, inflexibles y superadas. Sin embargo, con frecuencia apuntaban a valores de validez perenne: la unión mutua, una perspectiva y vitalidad común en el apostolado, la oración, la penitencia y conversión.

Desaparecidas las antiguas estructuras, a mi juicio, no hemos sabido ofrecer todavía los medios suficientes para crear comunidades locales que sean plenamente vivas y atractivas a los jóvenes.

En un libro reciente31 he tratado con cierta amplitud los diversos niveles en los que se construye la comunidad, subrayando la necesidad de la experiencia común, la comprensión común, el juicio común y la acción común. También he descrito los cinco momentos clave de la vida comunitaria: las comidas, la oración, el esparcimiento, las reuniones y el apostolado.

Dada la complejidad de las relaciones humanas, no debe sorprendernos que la comunidad sea a con frecuencia imperfecta. Si la comunidad es realmente algo hacia lo que debemos trabajar, ello significa que no está en nuestras manos conseguirla de una vez para siempre. Deberemos esforzarnos siempre por crearla. A veces habrá altos, otras bajos. Tendremos una comunidad mejor en una casa que en otra, y aún en la misma casa nos irá mejor en unos aspectos que en otros.

Cuando se considera las grandes diferencias culturales y la variedad de situaciones en las que vive la Congregación en el mundo entero, es evidente que no se le puede aplicar a toda ella un único modelo de comunidad. Es posible, y hasta necesaria, una considerable variedad.

El proyecto comunitario local, preceptuado por nuestras Constituciones y Estatutos,32 permite gran diversidad y creatividad. De hecho, cuando las comunidades locales tratan de concretar las Constituciones y Estatutos en la vida cotidiana dentro del ámbito de culturas diferentes, surgen muchas formas diversas. A continuación presento varios modelos, reconociendo que ninguno de ellos existe en una forma pura. Como los colores del espectro, se mezclan unos con otros. Sin duda alguna, son posibles otros muchos modelos intermedios. Con el fin de describir esos modelos más concretamente, les he dado unos nombres, consciente de las limitaciones de tal nomenclatura. Las comunidades mencionadas son ficticias, aunque, como será obvio para el lector, existen comunidades parecidas.

1. Un Modelo Tradicional Modificado

La casa de San Juan Gabriel, como muchas casas provinciales, es una comunidad local numerosa. Además de los miembros de la administración provincial, residen en ella otros muchos cohermanos, incluido un pequeño equipo de misiones, 15 sacerdotes y hermanos ancianos que siguen prestando sus servicios generosamente según sus capacidades, y ocho miembros de la provincia enfermos, que necesitan cuidados continuos.

El orden del día en la casa es bastante tradicional, acomodado a los tiempos. La oración de la mañana empieza a las 6:30, seguida de media hora de meditación en común y de la Eucaristía concelebrada. Un cohermano es asignado cada semana para animar la oración de la mañana y de la tarde: escoge los himnos y diversas maneras de recitar los salmos, siguiendo la «Instrucción General de la Liturgia de las Horas».33 Otro cohermano anima la Eucaristía concelebrada diariamente.

El desayuno es a las 7:45. A continuación, la mayoría de los cohermanos van a sus respectivos trabajos.

A las 12: 30, se sirve la comida, a la que precede el examen particular. A la comida sigue una media hora de recreo en común. Después, algunos cohermanos descansan; otros se emplean en diversos apostolados.

A las 6:40 de la tarde, la comunidad recita las Vísperas, a las que sigue un breve examen. La mayoría están presentes para la cena a las 7:00. El equipo de misiones, por supuesto, frecuentemente está fuera misionando.

Una vez al mes, el superior organiza una reunión de la comunidad, presentando una agenda el día anterior después de haber pedido puntos y sugerencias a los cohermanos. En la reunión dialogan sobre los principales asuntos que afectan a la vida y apostolados de la casa. Cuatro veces al año, un sábado por la mañana, los cohermanos tienen medio día de retiro. Anualmente, todos hacen cinco días de Ejercicios Espirituales, habiendo invitado a un cohermano de la provincia a dirigirlos.

En una comunidad numerosa, como la de San Juan Gabriel, el superior tiene que tomar muchas decisiones. Lo hace con la ayuda de un reducido consejo, nombrado por el Visitador34. Al menos una vez al año tiene un encuentro con cada uno de los cohermanos de la casa (la «comunicación»).

Los Visitadores han descubierto que necesitan un administrador bastante bueno para hacer que la casa marche bien. La experiencia ha enseñado que cuando las cosas quedan sin hacer, los cohermanos se desazonan bastante. Por otra parte, los cohermanos tienen una amplia experiencia de vida común y se han adaptado, razonablemente bien, a muchos cambios a lo largo de los años.

2. Un Modelo «Burbujeante desde el Fondo»

Ocho cohermanos viven en la comunidad del Colegio «Federico Ozanam», situado en un barrio muy pobre. Un único apostolado unifica sus actividades, aunque, naturalmente, todos se ocupan en algunos otros ministerios en la medida que el tiempo se lo permite. Como todos los cohermanos trabajan en el colegio, pasan mucho tiempo juntos. El P. Juan, que es el director del colegio, aunque no es el superior de la comunidad, tiene una reunión a la semana para discutir los asuntos principales del colegio. Además de los cohermanos, asisten a la reunión diez profesores seglares. El superior, P. Jorge, trabaja en íntima colaboración con el P. Juan. Tiene la convicción de que para que la comunidad permanezca verdaderamente unida, todos deben corresponsabilizarse de la vida de la misma. Los convoca dos veces a la semana para una reunión de comunidad en la que se discuten los asuntos principales (y otros no tanto, también), tomando las decisiones correspondientes. Todos los cohermanos, que participan en estas reuniones, forman el «consejo doméstico»35. Todos pueden presentar libremente asuntos para la agenda, que Jorge prepara y entrega el día previo a la reunión.

Los cohermanos celebran la oración de la mañana a las 7:00, seguida de la oración mental. Uno de ellos se encarga cada día de preparar cuidadosamente este tiempo de oración, con música, símbolos, diversas maneras de recitar los salmos, y esmerada selección de lecturas, que algunas veces son «vicencianas». Dos veces a la semana, durante la meditación, existe la posibilidad de un intercambio espiritual espontáneo.

Después del desayuno, todos van a sus clases o a sus responsabilidades administrativas en el colegio. El P. Juan, respondiendo a una sugerencia del P. Jorge, ha dispuesto el plan escolar de manera que la mayoría de los cohermanos quede libre por la tarde para la concelebración de la Eucaristía. Bastantes estudiantes participan libremente en esta celebración, que está muy bien preparada por un pequeño equipo de liturgia del colegio.

La comida es rápida e informal, pues todos tienen que estar de nuevo en las clases o en el despacho a las 1:15 p.m. No disponen de cocinero a mediodía.

Las clases terminan a las 3:20, pero las actividades extra escolares retienen a casi todos los cohermanos en el colegio por lo menos hasta las 5:00. A las 6:00 se reúnen para Vísperas, que preparan por turno. Sigue un breve examen, variado en la forma, y después la cena. Como la comida es tan rápida e informal, los cohermanos se han propuesto esforzarse por estar presentes regularmente en la cena. Al no ser esto posible siempre, se han comprometido firmemente a dos tardes «inviolables».

Después de la cena, hay más actividades escolares, pero todos se reúnen alrededor de las 9:30 p.m. para un tiempo de recreo juntos. Una vez a la semana ven juntos un film en video, discutiéndolo después, al mismo tiempo que gozan de unos refrescos. Un miembro de la comunidad se encarga de esto, preguntando a los demás antes de la elección del film.

Los cohermanos hacen juntos un retiro anual de cinco días fuera de casa, ordinariamente en el seminario local o en una casa de ejercicios. Dos veces al semestre, un sábado por la mañana, hacen el retiro espiritual, con mucho tiempo para la meditación y para el intercambio espiritual.

Han convenido en que cuatro veces al año leerán todos y discutirán el mismo libro, un jueves por la tarde, como ayuda para su propia formación permanente. Eligen el libro en uno de los consejos domésticos, se hacen con ejemplares, y por turno dirigen la discusión.

El P. Jorge se reúne con cada cohermano dos veces al año en una comunicación informal con el fin de ver cómo le va a cada uno.

3. Un Modelo de Pequeña Comunidad

Tres cohermanos viven en la parroquia de San Justino. Como las misas de la mañana son a las 8:00 y 9:00 y la de la tarde a las 6:00, han convenido en reunirse para Laudes y meditación a las 7:00. El lunes, en la meditación, leen y meditan las lecturas del domingo siguiente. Han visto que esto les ayuda a comenzar la preparación de la homilía del domingo.

Cada uno celebra una de las misas de la parroquia. El desayuno es informal, ya que todos están desde muy pronto ocupados con las misas y la atención a los feligreses. Al tener cada uno un día libre a la semana, según el proyecto comunitario, a menudo se sustituyen mutuamente en la celebración de las misas.

Tienen juntos la comida, que es la principal del día, a las 12:30. Casi siempre están presentes los tres. Las mañanas y las tardes están ocupadas con una amplia variedad de actividades: visita a los feligreses, orientación pastoral personal, ocasionalmente clases en la escuela parroquial, reuniones con diversos grupos de oración, organización y acompañamiento de las asociaciones parroquiales en su asistencia a los pobres.

Los cohermanos intentan cenar juntos alrededor de las 7:00. Es un tanto rápida e informal (no tienen cocinero por la tarde), pues enseguida hay muchas reuniones parroquiales, y , a veces, visitas a las familias. Todos se esfuerzan por estar de vuelta alrededor de las 10:00 p.m. para un rato de relajación, acompañado ordinariamente con un bocadillo. Rezan completas juntos a las 10:45.

Hacen los Ejercicios Espirituales en tiempo diferente cada uno, ordinariamente con los miembros de otras casas de la provincia o, a veces, con el clero diocesano de la misma ciudad. Participan también con otros sacerdotes de parroquia en algunos de los programas de formación permanente que ofrece la diócesis. Además de esto, han convenido con los Franciscanos de la parroquia vecina pasar una tarde juntos, una vez al mes, en formación permanente. En esa reunión, discuten un tema pastoral-teológico, habiéndolo preparado previamente con lecturas apropiadas y con los puntos para la discusión.

El P. Juan es el superior y el párroco. Aunque esta pequeña comunidad se halla frecuentemente junta, el superior organiza una reunión formal a la semana en la que él y los PP. Santiago y Federico discuten los principales puntos en su vida y ministerios, tomando las decisiones correspondientes.

4. Un Modelo de Comunidad Dispersa

La comunidad del Beato Francisco Régis Clet está situada en una extensa área misionera confiada a la Congregación de la Misión. La comunidad está compuesta por once cohermanos, aunque, de hecho, residen en siete pueblos diferentes. En cuatro de los pueblos viven dos cohermanos juntos; en los otros tres uno. Algunos viven bastante cerca de la casa-centro, en la que reside el superior; otros están a más de 50 kilómetros por carretera, carreteras de montaña sin pavimentar, llenas de baches, que en la estación de lluvias son difíciles de transitar. En el proyecto comunitario se han comprometido seriamente a reunirse todos los lunes. Hoy es raro que alguno falte. En el pasado, la tendencia al empeño excesivo en el trabajo mantenía a algunos cohermanos lejos, pero la comunidad se ha mantenido firme en insistir en la fidelidad al compromiso común de asistir.

El orden del día los lunes varía algo, pero en general los cohermanos oran juntos por la mañana y comparten su fe ya sea después de la meditación o en la Eucaristía concelebrada. Normalmente tienen una reunión cuyo tema es a veces sobre el proyecto apostólico, otras veces sobre formación permanente, a veces sobre la elaboración o evaluación del proyecto comunitario, o para tratar asuntos provinciales, consultas, preparación de Asambleas, etc.

Los cohermanos comen juntos a mediodía y dedican el resto de la jornada al descanso y recreo juntos. Confiesan que, después de una semana plena de ocupaciones, esperan con gozo la oportunidad de descansar y disfrutar de la compañía de los demás. Su recreación varía. Algunas veces, un grupo hace deporte. Otras, ven la televisión. Otras, nadan en el mar, que no está lejos. Algunos pasean. Otros juegan a las cartas. Otros se ejercitan en los ordenadores.

El superior local, P. Eduardo, se reúne con cada cohermano cuatro veces al año, algunas veces en los pueblos, otras en la casa-centro. Como los cohermanos se hallan tan dispersos, considera importante sentarse con ellos personalmente con bastante frecuencia y discutir lo que va surgiendo en sus vidas y trabajo.

Una vez al año los cohermanos se reúnen durante cinco días para hacer el retiro anual juntos, habiendo invitado a un cohermano de fuera de la misión para que lo dirija. Este retiro tiene lugar ordinariamente en las montañas en el límite de la misión, donde hay un monasterio Trapense.

Aunque viven en diferentes lugares, los cohermanos tratan de ayudarse mutuamente con la oración diaria. Reconociendo el peligro del aislamiento, han elaborado juntos un ritmo de oración que todos intentan seguir, vivan solos o con otros, aunque naturalmente ese ritmo, a veces, debe acomodarse a las cambiantes circunstancias, como las exigencias apostólicas o los horarios de misas. Los cohermanos confiesan que, en general, están siendo capaces de observar este programa que incluye la oración de Laudes más media hora de meditación, empezando a las 6:30 de la mañana y la oración de Vísperas al atardecer antes de la cena, que ordinariamente toman de vuelta a casa en sus pueblos. La mayor parte del resto del día lo pasan yendo a las diversas lugares de la misión, celebrando la misa allí, visitando a la gente y preparando dirigentes laicos. En esta extensa zona misional hay casi 300 aldeas.

Éstos son cuatro modelos. Animo al lector a crear otros. Sin duda que hay muchas posibilidades.

IV. Amarse unos a otros profundamente

El desafío en cada modelo es, por supuesto, ser «amigos que se aman unos a otros profundamente»36. Esto es una parte esencial del compromiso mutuo y con el Señor al entrar en la comunidad vicenciana. En este sentido presento aquí unas cuantas sugerencias. Se podría escribir mucho más. En este artículo estoy meramente «delimitando el terreno». Animo a otros a desarrollarlo.

Es un error yuxtaponer la comunidad y la misión. Es claro que en una sociedad apostólica, nuestra santidad está unida intrínsecamente con nuestra misión apostólica. Pero es también claro que el crecimiento en la vida de Dios y en la misión recibimos también fuerza de los lazos de una profunda caridad forjada entre nosotros en la comunidad.

En estos últimos años la obra de arte en el hermoso tríptico de Kurt Welther pintado para la Capilla de la Merced en la Parroquia de San Vicente en Graz se ha hecho muy popular. La usamos como cubierta del documento final de la 39 Asamblea de la Congregación de la Misión. Apareció en nuestra página web de internet durante toda la Asamblea, y posteriormente ha ilustrado la portada de muchas de nuestras publicaciones vicencianas. En el cuadro, Vicente está sentado entre los pobres como uno de ellos. Un rostro, resplandeciente desde el centro de la mesa, refleja la presencia de Cristo. Este cuadro nos evoca la Ultima Cena, el banquete sacramental del amor de Dios para su pueblo.

Este cuadro, ¿no nos dice también algo sobre la vida de comunidad? ¿En realidad, no debemos reunirnos alrededor de la mesa en profunda comunión con el Señor y unos con otros, justamente como esperamos reunirnos con los pobres? En el evangelio de Marcos, Jesús elige a los doce tanto «para que estuvieran con él» como «para enviarlos a predicar» (Mc 3, 14-15). En último término, la comunión es el objetivo de la misión de Jesús, y las comunidades en armonía son un signo vivo de que esta misión se está haciendo realidad. Por esa razón la exhortación apostólica Vita Consecrata afirma que la Iglesia necesita urgentemente comunidades íntimamente unidas, que por «su misma existencia contribuyan a la nueva evangelización, ya que muestran de manera fehaciente y concreta los frutos del ‘mandamiento nuevo'»37. A esa luz, pienso que hay dos verdades complementarias respecto a la comunidad y misión.

«La comunidad es para la misión» expresa con fuerza que nuestra Comunidad Vicenciana, como las otras sociedades apostólicas, nació para servir a un particular fin apostólico urgente. Todas nuestras decisiones fundamentales tienen que hacerse a la luz de tal fin. Más aún, las estructuras de la vida comunitaria han de mantenerse siempre flexibles, de manera que podamos responder a las necesidades urgentes de aquellos a quienes servimos38. Pero nuestras estructuras comunitarias no ha de ser tan flexibles que lleguen a hundirse. Nuestro objetivo vicenciano de profunda comunión con el pobre se realizará de manera óptima cuando vivamos en profunda comunión unos con otros en el Señor.

«La comunidad es una parte integral de la misión» pone de relieve que la comunidad no es únicamente un medio para un fin: tiene un valor en sí misma. La comunidad refleja y alimenta nuestra naturaleza como personas humanas y, en el contexto cristiano, es el lugar para la irrupción de la Palabra de Dios. Una comunidad determinada realiza en un lugar y tiempo una manera concreta de ser Iglesia. Es una de la muchas células vivientes que componen la más amplia comunidad cristiana. Por supuesto, estas comunidades determinadas deben trabajar siempre por reforzar los lazos con la comunidad más amplia, de lo contrario, corren el riesgo de cerrarse y quedar absorbidas por sí mismas39.

En otras palabras, como en todas las proposiciones verdaderas, «la comunidad es para la misión» es parte de un conjunto más amplio de verdades. Sólo dentro de ese conjunto más amplio puede ella entenderse adecuadamente. Sin duda es cierto que San Vicente fundó la Congregación para la misión. Pero cuando se exagera esta proposición, caemos en la trampa de usar un modelo de trabajo para entender la comunidad. En ese modelo, la casa de una comunidad local fácilmente degenera en un hotel o se convierte en una gasolinera donde llenamos el depósito para el viaje del día siguiente o cargamos nuestras pilas para seguir trabajando.

¿Cómo podemos fomentar nuestra comunión mutua, o nuestro vivir «como amigos que se aman unos a otros profundamente»? Como conclusión de este largo artículo sugiero lo siguiente:

Para que una comunidad sea verdaderamente viva40, debemos crear:

  1. un lugar de experiencia común, donde todos hayan compartido una sana formación inicial, actos simbólicos de iniciación e incorporación, y una formación permanente bien estructurada.
  2. un lugar de vida compartida, interés mutuo y perdón;
  3. un lugar de bienes compartidos, alegrías compartidas, sufrimientos compartidos, oración compartida, silencio compartido;
  4. un lugar donde se comparten la experiencia, los frutos, las esperanzas y los miedos de la vida apostólica;
  5. un lugar donde descansamos juntos, comemos juntos, y gozamos de la compañía mutua;
  6. un lugar de ayuda mutua, tanto en el apostolado como en las otras muchas cosas diarias que afectan la vida en común;
  7. un lugar donde gozamos de libertad personal y de iniciativa, pero donde, al mismo tiempo, estamos profundamente comprometidos con el bien común de los cohermanos y nuestra misión apostólica;
  8. un lugar impregnado por el amor afectivo y efectivo de unos para con otros y por toda la Congregación;
  9. un lugar donde cada uno de nosotros pueda decir con el Señor, como una comunidad Eucarística, «Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros».

Dietrich Bonhoeffer, que murió mártir en un campo de concentración Nazi al final de la Segunda Guerra Mundial, escribió lo siguiente acerca de la comunidad:

Entre la muerte de Cristo y el Último Día es solo por la gracia de una anticipación de las últimas realidades el que los cristianos tengan el privilegio de vivir en visible comunión con otros cristianos. Es por la gracia de Dios por lo que una comunidad puede reunirse visiblemente en este mundo para compartir la palabra de Dios y el sacramento. No todos los cristianos reciben esta bendición. El prisionero, el enfermo, los solitarios dispersos, los anunciadores del evangelio en tierras de gentiles se encuentran solos. Ellos saben que la comunión visible es una bendición. Recuerdan, como el Salmista, cómo iban «con la multitud… a la casa de Dios, con cantos de júbilo y loa» (Sal 42, 4).41

Hablamos hoy de la necesidad de «concertar», de «construir comunidad»,42 de formar comunidades «de intención » cuyos miembros dicen «sí» a las exigencias de la pertenencia al mismo tiempo que ayudan a formularlas. Construir tales comunidades requiere tiempo, energía, participación y responsable realización. Si en una época anterior la mayoría de las estructuras estaban legisladas y lo que había que hacer era adaptarse a ellas, hoy nos enfrentamos con el reto de crear estructuras para las comunidades locales que nos ayuden a vivir juntos «como amigos que se aman unos a otra profundamente».

  1. Esto en manera alguna significa que lo que se ha escrito no tenga valor. Todo lo contrario, ha habido algunos artículos muy buenos sobre la vida de comunidad. Cf. A. Dodin, «El nacer de una familia vicenciana: Las Hijas de la Caridad» en Lecciones sobre Vicencianismo (Salamanca: CEME, 1978) 139-160; A. Dodin, «Evolución de la Vida comunitaria y sus exigencias» en Vicente de Paúl, Inspirador de la Vida Comunitaria (Salamanca: CEME, 1975) 13­35; A. Dodin, «La organización y el espíritu de la Vida Común según San Vicente de Paúl» en ibid. 139-160; J. Corera, «Las Reglas o Constituciones de la C.M..» en Vicente de Paúl, la Inspiración Permanente (Salamanca: CEME, 1982) 187-216; R. Chalumeau, «La Vie Commune dans la Companie après Saint Vincent» en Bulletin des Lazaristes de France (Nº 34, mai 1972) 7-9; J. Corera, «La Comunidad en las Reglas Comunes» en Diez Estudios Vicencianos (Salamanca: CEME, 1983) 89-106; J. Corera, «Ideas de San Vicente de Paúl sobre la Autoridad» en ibid. 107-128; J. Corera, «Bases Económicas de la Comunidad Vicenciana» en ibid. 129-157; J. Corera, «Las Hijas de la Caridad no son Religiosas» en ibid. 158-184; J. Corera, «Entregadas a Dios para los pobres» en ibid. 185-199; M. Lloret, «La comunidad vicenciana, realidad viva de fe» en Identidad Vicenciana en un mundo de increencia (Salamanca: CEME, 1990) 161-180; J. Morin, «Saint Vincent de Paul et la Communauté» en Bulletin des Lazaristes de France (Nº 41, octubre 1973) 46-65); P. Pardiñas, «De los Reglamentos a las Constituciones de las Hijas de la Caridad» en Vicente de Paúl, la Inspiración Permanente, op. cit 277-314; J. Suescun, Vida Fraterna para la Misión» en Don total para el Servicio (Salamanca: CEME, 1982) 153-179; J. Suescun, «La identidad de las Hijas de la Caridad y los dinamismos comunitarios» en Identidad de las Hijas de la Caridad en las Constituciones y Estatutos de 1983 (Salamanca: CEME, 1984) 115-160; J. Rybolt, «As ‘Good Friends’ Reflections on the Devolopment of the Concept of Fraternal Life in the Congregration of the Mission» en Vincentiana XXXVII (1993) 475-488; M. Pérez Flores, «Identidad de la Comunidad Vicenciana» en Correo Vicentino —Comunidad para la Misión Septiembre/Octubre 1997) 13-18.
  2. Cf. A. Dodin, «La evolución de la vida comunitaria y sus exigencias» en Vicente de Paúl, Inspirador de la vida comunitaria (Salamanca: CEME, 1975) 15-35; «La organización y el espíritu de la vida común según san Vicente de Paúl», ibid. 141-160; cf. especialmente, 145-150.
  3. SV X, 66 / IX, 1178-1179.
  4. SV I, 562-563 / I, 550-551.
  5. SV XIII, 633 / X, 766.
  6. RC X, 2.
  7. SV XII, 256-257 / XI, 548-549.
  8. SV XI, 120 / XI, 44. 9
  9. RC II, 12.
  10. SV XII, 271 / XI, 561.
  11. SV XI, 226 / XI, 140; cf. RC VIII, 1.
  12. SV XII, 385 / XI, 654; cf. RC III, 1, 3.
  13. Para el tratamiento de los aspectos institucionales de la comunidad en las Reglas Comunes, debo mucho, quedándole muy agradecido, a Jaime Corera, «La Congregación de la Misión: La comunidad en las Reglas Comunes» en Diez Estudios Vicencianos (Salamanca: CEME, 1983) 89-106.
  14. RC V, 11-14; VI, 4; VIII, 5; IX, 5-7, 11-15.
  15. RC II, 10; V, 8-10; XI, 2-4, 8-11.
  16. RC III, 3-6, 9.
  17. RC II, 16-17; IV, 4; VIII, 8; ; X, 8, 11, 13, 15, 21; XII, 4, 9, 14.
  18. SV XIII, 641 / X, 773.
  19. RC II, 11.
  20. Cf. RC X, 6; VIII, 7-8.
  21. RC III, 3.
  22. RC III, 8.
  23. Hch 4, 32; Cf. Hch 2, 42-45 y 5, 1-11.
  24. RC VIII, 2.
  25. Cf. The way of Vincent de Paul (New York: New City Press, 1992) 48-52, 90-96 (en español: El camino de Vicente de Paúl, CEME, Salamanca 1993); también, He hears the Cry of the Poor (New York: New City Press, 1995) 60-63, 83-85 ( en español: Escucha el clamor de los pobres, CEME, Salamanca 1996).
  26. Cf. Lumen Gentium 18-28; Perfectae Caritatis 14; Ecclesiae Sanctae 18; Evangelica Testificatio 25.
  27. Bernard Lee «Community» en The New Dictionary of Catholic Spirituality, editado por Michael Downey (Collegeville: Liturgical Press. 1993) 183-192.
  28. C 27: «Cada comunidad se esforzará por elaborar su proyecto común según las Constituciones, los Estatutos y las Normas Provinciales. Este proyecto se tendrá presente en la ordenación de la vida y del trabajo, en la celebración de los consejos y en la evaluación periódica de nuestra vida y actividad». E 16: «El proyecto comunitario que cada comunidad confecciona, en cuanto sea posible al comienzo del año de trabajo, ha de abarcar: la actividad apostólica, la oración, el uso de los bienes, el testimonio cristiano en el lugar de trabajo, la formación permanente, los tiempos de reflexión comunitaria, el tiempo necesario de esparcimiento y de estudio y el orden del día. Todo esto se revisará periódicamente».
  29. Cf. C 22.
  30. C 46.
  31. Robert P. Maloney, Seasons in Spirituality (Hyde Park, NY, 1998) 143-150. (En español: Espiritualidad para diversos tiempos, CEME, Salamanca 1998, 179-189). Cf. también, Bernard Lonergan, A Third Collection (Mahwah, NJ. 1985) 5-6.
  32. C 27; E 16.
  33. «General Instruction of the Liturgy of Hours» en Documents on the Liturgy, 1963-1979: Conciliar, Papal and Curial Texts (Collegeville, 1982) 426 nos. 3431-2714).
  34. Cf. C 134, 2.
  35. Cf. E 79.
  36. RC VIII, 2.
  37. Vita Consecrata, 45.
  38. San Vicente acostumbraba expresar este concepto, especialmente a las Hijas de la Caridad, diciéndoles que teníamos que sentirnos libres para «dejar a Dios por Dios».
  39. Cf. F.A.B.C. Papers, # 83: «Communion and solidarity: A New Way of Being Church in Asia, a Colloquium on the Church in Asia in the 21st Century» (F.A.B.C., 16 Caine Road, Hong Kong) 7. F.A.B.C.. Papers es un proyecto de la Federación de las Conferencias de Obispos de Asia.
  40. Una de las razones sociológicas por las que las personas ingresan en las comunidades es la búsqueda de la satisfacción de ciertas necesidades básicas humanas que toda persona tiene: e.g., suficientes bienes de vida, identidad personal, intimidad, solidaridad y participación, engendramiento, realización. Estas necesidades no pueden ser satisfechas plenamente por la sola vida de comunidad, pero la comunidad debe jugar un papel significativo en afrontarlas. Para una muy lúcida e interesante discusión de esta cuestión, cf. Sandra Schneiders, New Wineskins New York: Paulist Press, 1986) 255-263.
  41. Dietrich Bonhoeffer, Life Together (London: SCM Press, 1954) 8.
  42. Cf. un artículo muy interesante de John Rybolt «As ‘Good Friends’ Reflections on the Development of the Concept of Fraternal Life in the Congregatión of the Mission» en Vincentiana XXXVII (1993): 475­488; esp. 481.

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