
El inicio del capítulo 2º del evangelio de San Marcos, fragmento que inserta el relato de la curación del paralítico que leemos en el día de hoy, incluye también otros episodios que ponen de relieve la oposición de los escribas y fariseos a Jesús y a sus discípulos. Jesús, al superar con sus palabras y sus signos las duras pruebas a las que le someten estas personas, da testimonio de libertad y de firmeza a quienes se oponen y ocultan el rostro de Dios e impiden a los pobres y a los sencillos llegar a conocerle, curarse, liberarse, amarle y seguirle.
Jesús perdona y sana a un paralítico que es llevado a su presencia de una forma extraña: abriendo un boquete en el techo de la casa. Todos se quedan extrañados y defraudados ante la primera reacción del Señor: ”Tus pecados quedan perdonados” (Mc. 2,5). La apariencia externa indica que a nuestra mente sensible y a nuestros ojos llegan más fácilmente el sufrimiento físico que al dolor espiritual, el pecado. Sin embargo Jesús quería exponerles con rotundidad que el Hijo de Dios ha venido a sanar, liberar, perdonar y sanar de forma integral porque es Hijo de Dios y Dios es misericordioso.
Todos sufrimos de “parálisis”. Entender la vida desde la rutina y costumbre, no abrir la mente a horizontes nuevos, carecer de perspectivas, de iniciativa, creatividad e innovación, vivir permanentemente de lo aprendido sin actualizarnos no nos permite ensanchar nuestra mente y nuestro corazón hacia la apertura de lo nuevo, del riesgo de lo desconocido, de los retos por realizar. Hoy más que nuca en la sociedad donde vivimos, cada vez más especializada y exigente, necesitamos ampliar nuestra mente y espíritu.
También el alma se nos puede “paralizar” y por eso el Señor viene a perdonar los pecados. El egoísmo, las pasiones, las seducciones del mal, las tentaciones, son fuerzas externas e internas que nos arrastran y nos impiden desarrollarnos como hijos de Dios. Si nos dejamos “invadir” por el espíritu de Dios caminaremos nuevamente a paso decidido porque mientras conservemos una pequeña fe en el perdón y en la misericordia el Señor viene a nuestro encuentro para salvarnos. Jesús da preferencia a la vida interior pero no descuida tampoco la enfermedad física y por eso cura y perdona y libera integralmente a la persona.







