Hay momentos en la vida en que resulta difícil creer en Dios. Más aún cuando a lo largo de los años hemos confiado en una especie de “revelación” tan clara, que no había espacio para la duda. El problema se da cuando queriendo caminar por el lindero del precipicio de ese esquema religioso nos sorprendemos de lo que aparentemente creíamos verdadero y que resulta algo tan personal y experiencial que terminamos por rechazarlo categóricamente o aceptarlo reverencialmente. Me voy convenciendo de que el camino de la fe tiene que ser una respuesta personal y una renovación constante del Dios a quien amamos y en quien creemos y por ello, este camino de discipulado debe tener un matiz de libertad en la confianza. El problema es que nosotros no nos prestamos para ello; aunque Dios, por su parte, sí lo propone y está testimoniado en la Sagrada Escritura tal afirmación. Pongamos esta situación: tienes un amigo de años, con quien pasaste muchas experiencias juntos; pero en estas vivencias, reconoces que en muchas ocasiones, por no decir todas, tú le fallaste, le hiciste pasar malos ratos, lo pusiste en evidencia para salirte de los problemas y siempre que te disculpabas, él te perdonaba y seguía a tu lado porque te veía como su amigo. Pero llegó un momento fuerte en tu vida, aunque como la de tantas, fuiste tú la que lo provocaste. Fue tal la situación, que te quedaste totalmente solo y aunque buscaste desesperadamente a tu amigo, él nunca llegó. Pasada la experiencia frustrante, superaste el mal momento, la tempestad de tu vida y de pronto, apareció tu amigo. ¿Qué le podrías decir en aquel momento a aquel que no estuvo a tu lado en ese tiempo difícil de tu vida? Un rotundo rechazo ha embargado tu corazón y lo despides. Tu amigo insiste, te busca, te pide perdón, quiere reanudar la amistad. Otra vez lo rechazas. Y él otra vez insiste, promete, te pide que recuerdes el pasado y todo ese largo tiempo en que estuvo a tu lado. ¿Cuál es el precio para volver a confiar? ¿No crees que esto también pudo haber sido parte de tu experiencia de la fe? El profeta Isaías en esta segunda parte de su obra conocido como Libro de la Consolación no hace sino retratar esta misma experiencia que les he contado. Conforme vas leyendo estos capítulos de Isaías, sientes a un Dios que le está pidiendo una nueva oportunidad a Israel para que confíe en él. Así como lo lees. La experiencia del exilio fue apabullante para Israel. Aunque las voces de los profetas resonaron antes pidiendo arrepentimiento ante las idolatrías del pueblo; Israel vivió aquellos momentos dramáticos de su vida en medio del silencio de Dios. Pasada esa experiencia, a la vuelta del exilio, en la etapa de reconstrucción, irrumpe la palabra de Dios y pide a Israel que vuelva a creer en Él. “¿No os acordáis de lo pasado ni caéis en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, voy hacer algo nuevo; ya esta en marcha, ¿no lo reconocéis?”. Es que de verdad nos cuesta reconocer a Dios desde esta faceta. Por esta razón, también les resultó contradictorio a los contemporáneos de Jesús, ver lo que Él hacía, cómo lo hacía y lo que decía. “¿Cómo alguien puede perdonar pecados si eso solo le corresponde a Dios?”. Hoy sigue siendo un enigma para muchos, pero lo peor es que se ha quedado en eso, en un enigma; cuando el esfuerzo que nos pide Jesús no es mental sino de confianza. Hemos notado que los días de Jesús en Cafarnaúm era agotadores; se sabía que estaba haciéndose realidad algo nuevo y en medio de la oposición de quienes se sentían seguros en su “religiosidad”, empezaron a brindarse manifestaciones de confianza que rayaban el atrevimiento. Marcos nos subraya un elogio particular de parte de Jesús a estos cuatro hombres anónimos que hicieron de todo para que aquel paralítico estuviera delante del Maestro. “Viendo la fe que tenían”, se ve que estos entendieron lo que no podían hacer los escribas, los supuestos “entendidos” de la Escritura. Por eso entra en juego lo que es más fácil y lo que no es, para comprender los designios de Dios. Parece que el camino seguro, redundando es más seguro. Es mejor creer que el enfermo es un castigado por Dios por sus pecados que confiar que Dios puede perdonarle sus pecados. Es más fácil creer en Dios viendo que puede devolver la movilidad al paralítico que entender que aquella enfermedad; aquellos años postrado en una camilla, pueda ser un signo de la misericordia de Dios. De esta manera, podemos también entender a Pablo que cree firmemente que la opción del cristiano siempre debe ser “sí”, como Cristo dijo
que “sí” a nosotros. Es que Pablo se justifica el no poder haber cumplido su meta de visitar a los corintios en el momento planeado; y reconoce humildemente que a veces no se dan las cosas porque suceden circunstancias que uno no las espera y pueden resultar siendo mucho más urgentes. ¿Hay que renegar por ello? ¿Por qué? No podemos encontrar lo valioso de las importunidades o situaciones que van surgiendo sin que lo prevengamos. “Amén”. Allí también está Dios conmigo.
Estamos ante una invitación a confiar y, más aún, aprender a confiar por el otro también. Esos cuatro, fríamente presentados por el evangelista, son el mejor ejemplo de confianza en el Señor: en lo que pueda hacer por su amigo y por ellos mismos. Quizá querían romper con sus propios esquema de fe y de seguro se dejaron sorprender gratamente por esto: “nunca hemos visto cosa igual”. Sáname, Señor, soy yo el que estoy paralizado, soy yo el que necesito ser perdonado, soy yo el que necesito caminar, soy yo el que necesito confiar.







