Cien años de historia bien merece un recuerdo y una celebración. Y esto es lo que han hecho las Hijas de María en Canarias al encontrarse en este año de 1969 con la fecha centenaria de su nacimiento. El acontecimiento se venía preparando desde el Cursillo Regional, dado en Canarias en 1967 por los Padres Cortázar, Director Nacional, Emilio Conde, que lo era de Sevilla, y Gisbert, de Canarias, y por varias Hermanas y Dirigentes de los Consejos Nacional, Regional y Diocesano, residentes, respectivamente en Madrid, Sevilla y Las Palmas. Fuera casi de programa, me rogaron que hiciera un resumen de la historia de las Hijas de María en Canarias, que logró interesar de tal manera que varias Hermanas Dirigentes me pidieron una copia. El interés procedía tanto de los datos aportados como del espíritu que insufló la asociación en la cristiandad canaria a lo largo de los cien años. Pero la revelación del año de la fundación no pasó inadvertida a los Dirigentes, que con el Padre Cortázar en cabeza dispusieron que se celebrara el centenario con la solemnidad que se merecía.
Peregrinación nacional
Y para dar más realce a la celebración, se dispuso que la excursión que todos los arios tiene la Asociación en plan nacional, con su tanto de peregrinación y su tanto de turismo, se hiciera este año al Santuario de la Virgen del Pino de Teror la peregrinación, y a las Islas Afortunadas el turismo. Y en esta dirección se trabajó, se hizo la propaganda, se habló con la agencia de viajes, se inscribieron más de 200 socias de casi todas las provincias y se concentraron en Cádiz con la intención de hacerse a la mar el 23 de septiembre en uno de los «ferris» que comunican a Canarias con la Península.
Entre tanto, el Consejo Diocesano
Por su parte, el Consejo Diocesano, que presidían el Padre Aller, Sor Carmela Penis y Ana María, como Director, Directora y Presidenta, planeó, se movió y programó los actos del Centenario recabando colaboraciones y moviendo voluntades, principalmente en los centros de la Asociación y organismos de propaganda, como son la Radio, la Prensa y la Televisión. Como actos más importantes se consignaron en el programa la Apertura en la Catedral, la excursión a Tejeda y otros lugares turísticos de la isla, descubrimiento de una lápida conmemorativa en San Martín, cuna de la Asociación, conmemoración artística en el teatro Pérez Galdós, peregrinación y clausura en Teror y excursiones a las islas de Lanzarote y Tenerife.
La única y compleja contrariedad
Pero el hombre propone y Dios dispone, y Dios dispuso que al «ferris» se le ocurriera averiarse y para arreglar la avería la salida se fue atrasando hora tras hora. El domingo, día 24, los viajeros se despertaron con la desagradable sorpresa de que el «ferris» estaba todavía anclado en el puerto de Cádiz, cuando esperaban encontrarse ya en alta mar navegando hacia donde tenían sus pensamientos. Y no menos desagradable fue la sorpresa que en los isleños causó la noticia de que la apertura había que retrasarla veinticuatro horas para que el señor Obispo, que venía en el mismo barco, pudiera presidirla. El retraso se difundió a todos los Centros por radio, prensa, teléfono y los anuncios en las Misas del domingo: «La apertura, en vez del lunes, como reza el programa, se hará el martes a la misma hora.» Por fin, el lunes otro telegrama anuncia que la avería del barco es definitiva, que les van a poner otro barco, que la empecemos nosotros y que los expedicionarios se incorporarán a las fiestas cuando lleguen.
Apertura en la Catedral
Atardecía. En la plaza de Santa Ana se notaba más bullicio que de costumbre. Sus escalinatas, las aceras, el pórtico de la Catedral se iban llenando de jóvenes, de otras no tan jóvenes, de Padres, Sacerdotes, Hermanas y hasta de algún que otro personaje del sexo fuerte que con sus diversos atuendos ponían nota polícroma en el paisaje aledaño y en el tiempo inmediato a los actos, destacándose la graciosa blancura de la mantilla canaria que, según consigna, iba cubriendo las cabezas de las Hijas de María, rememorando tiempos idos.
A las siete la Catedral estaba llena de Hijas de María y fieles simpatizantes, en las capillas confesaban algunos grupos, las luces resplandecían como en las grandes fiestas, un coro numeroso se distribuía por las gradas del presbiterio para cantar la misa del maestro Luis Prieto, inspirada en los cantos canarios; por fin, rodearon al altar mayor los nueve concelebrantes, presididos por el Padre Aller, Director Diocesano. Los concelebrantes eran los Padres Valentín Navarro, Director provincial de Sevilla; Modesto Pascual, Federico García, Fernando Díaz Marina y Manuel Durán, de la Comunidad de Las Palmas; Antonio Parente, de la Orotava; Antonio Villoldo, de la Laguna; Vega Herrera, de Salamanca. La Homilía, entusiasta y fervorosa del Padre Aller, la Misa, maravillosamente dirigida por su autor y ejecutada por su coro, y la belleza de las ceremonias, religiosamente ejecutadas por los con- celebrantes, llegó al alma de todos y los entusiasmó hasta el punto que encontraron un intérprete en el genial escritor canario Juan del Río Ayala, que estaba allí, ojo avizor de lo que ocurría, y como buen catador de lo cristiano y de lo canario, lo vació todo en su famoso «Ganigó de papel», que sale todos los días en «El Eco de Canarias». Una de las cosas que más emocionaron fue la ofrenda floral durante de la Misa, hecha por representantes de los diversos centros de las Hijas de María, tocadas todas ellas con clásica y virginal mantilla canaria, que arrancó los más encendidos ditirambos a la pluma del ilustre escritor.
En el teatro «Pérez Galdós»
A las 7,30 de la tarde el Pérez Galdós, el más grande y señorial coliseo de Las Palmas, estaba repleto de Hijas de María, Directores y simpatizantes, que calentaron sus manos en los repetidos aplausos con que premiaron multitud de veces a los múltiples actores que tomaron parte en el espectáculo; en primer lugar, a la bella y elegante presentadora, Adela Cantalapiedra, que también lo era de la Televisión Española; en segundo lugar, al Padre Aller en su discurso de introducción, y luego a los tres maravillosos conjuntos «Pequeños músicos», del Colegio de la Sagrada Familia, «Rondalla de Ansite», con sus bailes y cantos canarios, y a la gran cantante María Sánchez y su conjunto «Bandama», con cuya colaboración interpretó muchas canciones de su invención y de estilo canario más algunas otras de tipo internacional.
Los «Pequeños músicos», bien adiestrados por Sor Ttrinidad, nos dieron un espectáculo de luz, de colores, de candor y de inocencia. Unos tras otros, con graciosos e inciertos movimientos —casi todos ellos tenían menos de seis año—, trajeron y manejaron en el escenario castañuelas, tambores, hierrillos, sonajas, panderetas y otros instrumentos, cuyos nombres desconozco, haciendo las delicias del público, que terminó por extasiarse cuando más tarde los contempló en medio de un jardín tropical, detrás de cuyas hojas aparecían y desaparecían, según les tocaba actuar y tocar los diversos instrumentos. Todo allí fue tan limpio, tan claro, tan alegre, tan luminoso y polícromo, que sería una imagen ideal del ambiente propicio a la floración de los jardines de la Virgen, que tal debe ser todo centro de las Hijas de María.
Ansite es un topónimo de la geografía isleña, refugio de los últimos resistentes guanches, que convencidos por su rey, ya bautizado, don Fernando Guanarteme el Bueno, se entregaron al gran Obispo don Juan de Frías, para ser instruidos y bautizados por él y así ser integrados en la Iglesia Católica y en la Hispanidad. Y este es el nombre con que sus componentes habían bautizado el conjunto que por más de media hora nos deleitó con el repertorio completo de los cantos y bailes canarios, folías, malagueñas, seguidillas, saltonas, etc., todo ello limpio, juvenil, alegre y caballeroso, en que ni la letra, ni los cantos, ni los gestos dan pie a ningún mal pensamiento. Hicieron una demostración artística de cómo los jóvenes pueden alegrarse sin pecar.
Bandama es otro topónimo con que es nombrado un famoso volcán apagado, delicia de los turistas, no lejos de Las Palmas, y con el que María Sánchez quiso rotular el conjunto y el estilo creado por ella y que lo ha paseado triunfante por no pocos países, especialmente americanos. Son aires canarios modernizados, pero sin las estridencias, histerismos y meneas con que frecuentemente nos amenaza y aturde era música negroide que llaman moderna. El público no se cansaba de aplaudir y gritar: «¡Otra, otra!», ni ella de cantar con mayor entusiasmo la más bellas canciones de su repertorio.
Durante dos horas largas los ojos vieron, las manos aplaudieron y el alma gozó de un espectáculo juvenil, limpio, repleto de arte y sugeridor de espiritualidad.
Lápida conmemorativa
No era posible celebrar el Centenario sin que las Hijas de María se acercaran a su cuna y la recordaran con una lápida conmemorativa. Y allí, en el Hospital de San Martín, que hacía siglo y medio que también había sido cuna de todas las obras de la Misión en Canarias, se reunieron las autoridades del establecimiento, los dirigentes de la Asociación y un gran número de Hijas de María que llenaron el patio y el corredor alto, y me obligaron a hablar, una vez descorrida la cortina por el Director del Hospital y el Padre Navarro, para que les explicara la génesis y primeras andaduras de la Asociación que ya había llegado a centenaria. Aunque a mí personalmente la charla me pareció fría y deslavazada, la gente aplaudió y dijo que estaba interesante, acaso por lo desconocido del tema.
La clausura
La clausura tuvo lugar en Teror, y tuvo dos fases: la conferencia del Padre Navarro en el teatro y la Misa en la Basílica.
El acto del teatro fue a las diez de la mañana. Hubo representantes de muchos Centros isleños que llenaban el amplio patio de butacas. El P. Navarro mantuvo la atención de todos con su dicción correcta y la profundidad teológica de su doctrina casi durante una hora acerca de la Virgen nuestro modelo. En una época en que lo exterior lo invocado todo y el movimiento llega hasta el histerismo, de que la música y los bailes modernos son expresión y trasunto, fue muy oportuna aquella llamada del P. Navarro a la interioridad y sobrenaturalización de la vida, que tiene su hontanar inagotable en los escondidos y altos misterios de la Religión. Los manantiales superficiales pronto se secan y no son capaces de fecundar y mantener la vida en los campos circundantes. Por eso toda aquella juvenil Asamblea abandonó el cine y llenó la Basílica de la Virgen del Pino para inclinarse sobre el manantial de la vida que iba a brotar a sus plantas, cuando el «verum Corpus natum ex Maria Virgine» se hiciera en la misa alimento de sus almas. Presidió la misma el P. Navarro y concelebraron casi todos concelebrantes del día de la apertura más el P. Modesto Leal, Superior de la Comunidad de Las Palmas. Terminada la misa, las Hijas de María hicieron a la Virgen del Pino la ofrenda de una placa conmemorativa, que recogió el Rector del Santuario, Mons. Socorro, que en su juventud había sido uno de los más activos Directores de la Asociación, el cual pronunció una emocionante alocución, recordando a los Padres y Hermanas que más han trabajado en la Asociación, como Sor Agustina Jiménez, la primera Directora, natural de Teror; Sor Felipa Salarich y Sor Petra Aulés, de santa y feliz recordación, lo mismo que los Padres Trepiana, Pascual y Coello, de no menos santa memoria, a los que puso por modelos de los Directores de hoy, como las primitivas Hijas de María lo fueron de las de hoy en su vida interior y en su acción apostólica. En ciertos momentos hubo en él un poco de «llantina» y una emoción que se comunicó a todos.
Y después de la Misa, la mesa, que fue a mantel tendido a la sombra de los pinos y castaños que cubrían las laderas próximas o sobre algunas mesas en los patios de las casas de campo de nuestras Hermanas.
Cuando se apagan las velas
Estábamos de sobremesa, cuando se difundió la noticia de que las de la península llegaban a las cuatro; la noticia movilizó a todos y antes de las cuatro el puerto empezó a poblarse de Padres, Hermanas e Hijas de María; pero pasaron las cuatro y las cinco y el «Ciudad de Burgos» no asomaba por el horizonte. El plantón duró hasta las ocho, en que unas y otras pudieron saludarse y dar y recibir la bienvenida. Todavía las viajeras tuvieron el buen humor de dirigirse a Teror y cantar la Salve a la Virgen, que lucía sus mejores galas, y recibir los agasajos de Monseñor Socorro, que las atendió con la caballerosidad con que él sabe hacerlo. Como este fue el último acto del Centenario, no faltó quien, no sé si madrileña o andaluza, que comentara susurrando: «Hemos llegado cuando se apagaban las velas.»
Dos monumentos
Además de la lápida conmemorativa en San Martín, las Hijas de María han dejado como recuerdo de la celebración centenaria dos monumentos: uno escrito, sus «Cincuenta años de Historia», que les escribió este cronista, y dos asociaciones nuevas incorporadas a su obra, la de Tías, en Lanzarote que es una resurrección de las fundadas a principios de este siglo por el Padre Pazos, y la de la Graciosa, que es totalmente nueva, que son dos símbolos que las compromete a resucitar los centros desaparecidos y a plantar otros nuevos en las parroquias que carecen de ellos. Y para que ello pueda ser, el Consejo Diocesano intenta crear un dinámico y apostólico equipo de propaganda.
Se concluye el periplo
El periplo de las peninsulares y sus dirigentes prosiguió y se terminó con algunos recortes y variantes. Desde luego, hubieron de prescindir del viaje a Fuerteventura y reducir su estancia en Gran Canaria a veinticuatro horas, durante las cuales pudieron ver Las Palmas, el Centro y Norte, desde Bandama hasta la montaña de Arucas, y las grandiosas instalaciones turísticas de San Agustín y Maspalomas. El programa de Tenerife fue más completo. Sus ojos pudieron contemplar en diversas etapas los bellísimos panoramas que van desde Santa Cruz a Icod, pasando por La Laguna, La Orotava y Puerto de la Cruz, los que se ven desde la carretera que va por la cumbre y la dantesca plataforma de las Cañadas, que el Teide preside y señorea.
Es de esperar que si esta celebración es el broche que cierra cien años de historia, también será la llave que abra y dé paso a otros cien años no menos gloriosos.






