Ceferino Jiménez Malla (El Pelé)

Francisco Javier Fernández ChentoCeferino Jiménez MallaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido .

Beato que perteneció a la Sociedad de san Vicente de Paúl


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Un día apareció en la fachada del Vaticano el cuadro de un Santo del todo  excepcional.  Nunca  se  había  visto  uno  semejante.  Y  el  Papa  lo declaraba Beato, digno de los altares y presentado a la veneración de los fieles como ejemplo de vida cristiana… Todos se decían al ver sus estampas:”Pero, ¿quién es ese tratante de ganado, agarrado al cordel de un caballo?”. Y la respuesta dejaba perplejo a cualquiera. Pues, eso: un hombre —gitano para más señas, llamado Ceferino Jiménez, con el sobrenombre de Pelé— que no tuvo otro oficio que el de tratante de ganado, que era analfabeto, que llevó siempre una vida honesta y piadosa, y que al fin murió mártir al derramar su sangre por Jesucristo. ¡Quién iba a decir que un gitano iba a subir a los altares!  Y es que la fama del pueblo gitano, desparramado por toda Europa, es la de un pueblo segregado, malquerido, inadaptado e inaceptado en la sociedad. Porque, ya se sabe, el gitano es nómada, con mala fama siempre. ¡Cuidado con fiarse de un gitano!… Eso, lo que dice la gente. Pero viene ahora la autoridad suprema de la Iglesia, nos pone la imagen de Pelé ante los ojos, y nos dice todo lo contrario: “Este gitano, el hombre más honesto. Este gitano, un cristiano santo. Este gitano, un mártir glorioso. Este gitano, un modelo para todos. Pelé, el simpático gitano Pelé, ha de ser llamado desde ahora el Beato Ceferino Jiménez.

Quiso Dios y el nomadismo de sus padres que Ceferino Jiménez Malla viniera a nacer en la tierra leridana de Benavent  de Segriá, hacia el año 1861. Pero la pila bautismal lo esperaba  en Fraga,  que ya  era tierra  de Aragón. Lo llamaron Ceferino porque a lo mejor era el día del santo. En seguida, viéndolo tan desnudito y desarrapado, lo llamarían “El  Pelé”.  Y con El Pelé se ha quedado ya para siempre en los anales  de la historia. Como su familia, Ceferino también fue un gitano que vivió siempre como tal, profesando la ley gitana tanto en su formación como en el desarrollo de su vida. Analfabeto, vivió sus primeros veinte años por los caminos soleados de Aragón. La infancia del Pelé fue una infancia a salto de mata: de la ceca a la meca en el carromato de sus padres: el Tichs y la Jeseía. El Tichs se marchó pronto de casa y al Pelé le tocó, cuando casi era un niño, ponerse a sacar  la  familia  adelante.  Se  puso  en  contacto  con  su  tío,  un  gitano canastero. Y con él se fue a colocar cestillo y cuévanos por las ferias de los pueblos vecinos a Barbastro (Huesca),  que era el pueblo en el que vivía el tío y donde la familia del Pelé se estableció en 1880.

Hacia  los 20 años, se  casó,  por el  rito gitano,  con  Teresa  Giménez Castro, una gitana de Lérida, y se estableció en Barbastro. Teresa sabía leer y escribir y era una mujer de mucho carácter y muy cumplidora. Después de un proceso de acercamiento  a la fe católica,  de manos de don Nicolás Santos de Otto, profesor universitario en Barbastro, contrajo matrimonio religioso con Teresa  el 9 de enero de 1912. Comenzó desde entonces  a frecuentar la iglesia hasta convertirse en un cristiano modelo. No tuvo hijos a pesar de que le gustaban lo chiquillos y se entusiasmaba con ellos. Teresa le trajo  a casa  a “la  Pepita”,  que era  una gitanilla  preciosa, hija de su hermana. Pepita fue a la escuela  de las niñas payas y aprendió mucho y hasta tocaba el piano, cosa que al Pelé debí a gustarle bastante y que a la Teresa le llenaba de orgullo.

Asistía a las celebraciones litúrgicas de las distintas iglesias de Barbastro, acompañaba el Viático a las casas de los enfermos, rezaba el rosario con los ancianos en el hospicio del Amparo, reunía a los niños y les enseñaba la Biblia, las oraciones y los cantos. Cuando iba caminando por las calles de Barbastro, la gente decía: “No blasfeméis, pasa El Pelé”. Vivía con gran austeridad con él mismo. Al morir su mujer en 1922, se deshizo de su casa y se fue a vivir en arriendo.

El Pelé dedicó los mejores años de su vida a la profesión de tratante, experto en la compraventa de caballerías por las ferias de la región. Fue un tratante “de pro”, uno de esos profesionales que sabía de bestias lo suyo. El Pelé sembró fama de hombre bueno, leal para con sus clientes, incapaz de engañar a nadie. Le daba lo mismo payo que gitano, arre que so. Por eso resultó una ironía imposible que alguien lo acusara de haberle robado unas mulas. Fue en Vendrell y a El Pelé se lo llevaron los Civiles a la cárcel de Valls. Luego, en el juicio que se le siguió, el abogado que lo defendía dijo: “El  Pelé  no  es  un  ladrón,  es  san  Ceferino,  patrón  de  los  gitanos”. Finalmente, como no podía ser menos, salió absuelto. Llegó a tener una buena posición social y económica, que estuvo siempre a la disposición de los más necesitados. Por su reconocida prudencia y sabiduría, lo solicitaban payos y gitanos para solucionar los conflictos que a veces surgían entre ellos.

Piadoso y caritativo, socorría a todos con sus limosnas. Daba a los demás lo que tenía y lo que no. Su dinero era el dinero que podía ir a aliviar las necesidades de los demás: la gitana que lo necesitaba para alimentar a su hijo o a los pobres que llegaban a la casa pidiendo una limosna por Dios. El Pelé cargó a hombros con el tuberculoso que se moría de hemoptisis en medio de la calle. El Pelé se marchaba por las tardes a la cercanía  de la ermita de san Ramón. Llevaba consigo a los chavales que encontraba en el camino o a los que estaban acogidos en el asilo de las monjas. Les enseñaba el catecismo y canciones. Y les daba consejos buenos: que no mataran a los pajarillos, que no pisaran los furacos de las hormigas, que no se pegaran los unos con  los otros.  Les  hablaba  de  Dios y  de  la  Virgen,  les  enseñaba cantares y padrenuestros. Les decía que tenían que ser buenos. Que no se olvidaran nunca que ellos eran “los huesitos de Dios”, que era una teología de  san  Pablo  que  debió  oír  en  alguno  de  los  muchos  sermones  que escuchaba. Aunque no supo nunca ni leer ni escribir, era amigo de personas cultas y fue admitido como miembro en diversas asociaciones religiosas: Jueves eucarísticos, Adoración nocturna, Conferencias de San Vicente de Paúl y Tercera Orden Franciscana.

Cuando estalló la Guerra Civil tenía 75 años de edad. En los últimos días de julio de 1936, El Pelé, que tenía una gran personalidad, estando en la plaza del municipio y frente a una evidente injusticia, no pudo evitar exclamar para salir en defensa de un joven sacerdote: “¡Virgen, ayúdame!

¡Tantos hombres armados contra un sacerdote indefenso!”. Fue detenido, y en sus bolsillos le encontraron un rosario. Uno de los jefes revolucionarios lo quiere salvar: “¡Deja  ese rosario y esas tonterías con tus fanatismos, y yo te saco de aquí!”. “¡Gracias! Pero yo moriré con mi rosario”, le contesta el Pelé. Llevado a la cárcel municipal, lo encerraron en una celda de 5 metros cuadrados con otras 15 personas. Se negó a entregar el rosario. Junto con otros sacerdotes y laicos, fue trasladado al Convento de las Capuchinas, transformado en  cárcel.  Le  ofrecieron  la  libertad  si  dejaba  de  rezar  el rosario. Prefirió permanecer en la prisión y afrontar el martirio. En la noche del 2 o del 9 de agosto, del sábado al domingo, hacia las tres de la mañana, fue fusilado junto a las tapias del cementerio de Barbastro con el rosario en la mano mientras gritaba su fe: “Viva Cristo Rey”.

Juan Pablo II lo beatificó el 4 de mayo de 1997, y estableció que su fiesta se celebre el 4 de mayo. En su homilía dijo: “A  vosotros os llamo amigos(Jn 15,15). También en Barbastro el gitano Ceferino Giménez Malla, conocido como “el  Pelé”,  murió por la fe en la que había vivido. Su vida muestra cómo Cristo está presente en los diversos pueblos y razas y que todos están llamados a la santidad, la cual se alcanza guardando sus mandamientos y permaneciendo en su amor (cf. Jn 15,11). El Pelé fue generoso y acogedor con los pobres, aun siendo él mismo pobre; honesto en su actividad;  fiel a su pueblo y a su raza calé;  dotado de una inteligencia natural extraordinaria y del don de consejo. Fue, sobre todo, un hombre de profundas creencias religiosas. La frecuente participación en la santa misa, la devoción  a la Virgen María  con el rezo del rosario, la pertenencia  a diversas asociaciones católicas le ayudaron a amar a Dios y al prójimo con entereza.  Así, aun a riesgo de la propia vida, no dudó en defender a un sacerdote que iba a ser arrestado, por lo que le llevaron a la cárcel, donde no abandonó nunca la oración, siendo después fusilado mientras estrechaba el rosario en sus manos. El beato Ceferino Giménez Malla supo sembrar concordia y solidaridad entre los suyos, mediando también en los conflictos que a veces empañan las relaciones entre payos y gitanos, demostrando que la caridad de Cristo no conoce límites de razas ni culturas. Hoy “el  Pelé” intercede por todos ante el Padre común, y la Iglesia lo propone como modelo  a  seguir  y  muestra  significativa  de  la  universal  vocación  a  la santidad,  especialmente  para  los  gitanos,  que  tienen  con  él  estrechos vínculos culturales y étnicos”.

El beato Ceferino Giménez Malla alcanzó la palma del martirio con la misma sencillez que había vivido. Su vida cristiana nos recuerda a todos que el mensaje de salvación no conoce fronteras de raza o cultura, porque Jesucristo es el redentor de los hombres de toda tribu, estirpe, pueblo y nación. Su vida fue coherente con su fe, practicando la caridad con todos, siendo honrado en sus actividades, poniendo paz en las contiendas y aconsejando sabiamente sobre las situaciones que se presentaban. Por esto gozó de la estima de quienes lo conocieron.

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